23 noviembre 2011

Clave de la comunicación participativa


Hace diez años, en diciembre de 2001, en un evento de Unesco realizado en Bucarest (Rumania), presenté por primera vez mi ensayo titulado “Communication for social change: key to participatory development”, que un año más tarde tuve oportunidad de presentar en castellano con el título “Comunicación para el cambio social: clave del desarrollo participativo” como ponencia magistral en el XX Encuentro Académico de AFACOM, en Medellín (Colombia), en septiembre 2002. A partir de allí el texto dio muchas vueltas por el mundo virtual y “carnal” (como dice mi amigo John Perry Barlow), y finalmente aterrizó en Colombia, en dos publicaciones importantes de universidades colombianas, por lo que me siento muy honrado.

Por una parte la Universidad Javeriana de Bogotá en el marco de la Cátedra Unesco, y la Universidad Minuto de Dios (Uniminuto), con apoyo del Centro de Competencia en Comunicación para América Latina (C3) de la Fundación Friedrich Ebert (FES), publicaron el texto en la primera parte de un libro cuyo título algunos quisiéramos haber utilizado antes: Comunicación, desarrollo y cambio social – Interrelaciones entre comunicación, movimientos ciudadanos y medios, editado por los colegas y amigos José Miguel Pereira, Director de la Maestría en Comunicación en la Universidad Javeriana y Amparo Cadavid, Decana de Comunicación de la Uniminuto.

En la introducción del libro ambos señalan que el libro constituye “una carta de navegación, a modo de propuesta-apuesta, en el proceso de construcción del campo intelectual de la comunicación” en la medida en que “recoge y desarrolla una tensión” conceptual en la comprensión del desarrollo y de la comunicación para el desarrollo, terminología que unos execran al rechazar las experiencias del desarrollismo o el “mal desarrollo” (Rene Dumont), y otros intentan recuperar y revalorizar desde los enfoques de desarrollo humano y de desarrollo con perspectiva de derechos. 

En 520 páginas se recogen esas perspectivas que son un aporte fundamental sobre el tema. Los autores seleccionados constituyen sin duda lo más emblemático del pensamiento generado en Colombia sobre comunicación para el desarrollo y el cambio social, entre ellos Clemencia Rodríguez, Rafael Obregón, Jair Vega, Jorge Iván Bonilla, Omar Rincón, Mario Murillo, César Rocha, Mónica Pérez, Jeanine El’Gazi, y los propios editores. Además figuran Gustavo Cimadevilla (Argentina), Diana Coryat (USA), Alejandro Barranquero (España), y John Downing (UK), este último con dos capítulos de su libro Medios radicales, traducidos por primera vez al castellano.   

El libro está dividido en cuatro secciones, la primera de las cuales, ‘Cuestiones conceptuales; balances y debates”, compila textos históricos y conceptuales, comenzando con el mío. El segundo apartado, “Movimientos sociales, tejidos y prácticas comunicativas” reúne capítulos sobre experiencias en diferentes lugares de Colombia, mientras el tercero, “Medios, narrativas y mediaciones” reúne estudios sobre el comportamiento de los medios ciudadanos y comunitarios, y las nuevas TICs en Colombia.  La cuarta sección, ya mencionada, reúne los textos de John Downing.

En suma, una obra ambiciosa y completa, que demuestra que Colombia está ahora a la cabeza en América Latina, en la discusión sobre comunicación para el desarrollo y el cambio social, gracias al compromiso de algunas de sus más importantes universidades.

En ese mismo sentido obra la propuesta más reciente de Signo y Pensamiento, la revista semestral de comunicación de la Universidad Javeriana. El número 58 (Vol XXX, enero-junio 2011), dedicado al tema de “Comunicación y Desarrollo: tensiones entre hegemonías y emergencias”, estuvo a cargo de Fanny Patricia Franco Chávez, y contiene un sinnúmero de textos de autores latinoamericanos.

La sección “Eje temático” se abre con mi texto “Comunicación para cambio social: clave del desarrollo participativo”, e incluye artículos de colegas como Thomas Tufte, Dennis de Oliveira, Antonieta Munoz Navarro y Carlos del Valle, entre otros. La entrevista de este número, realizada por Fanny Franco y Ana María López Rojas, es con Luis Ramiro Beltrán, nadie mejor que él para hablar del tema central de la revista.    


16 noviembre 2011

Retrouvailles


detalle de Diálogo del tiempo y la muerte, de Arturo Borda

Me gusta más la palabra francesa que la castellana “reencuentros”, para significar esos momentos privilegiados en los que uno vuelve a coincidir en la vida con personas a las que aprecia. De eso quiero hablar en esta nota que reúne en un solo lugar a varios amigos, algunos de los cuales no veía hace tiempo, otros a los que me da gusto volver a encontrar.

Ahora que desde el 31 de octubre somos 7 mil millones de personas en el pequeño planeta, valoro cada vez más las relaciones privilegiadas que me unen a amigos en varios rincones del mundo. París se presta a estos encuentros alrededor de una botella de vino tinto, una buena comida y una conversación memoriosa.

con Michel y Monette Servant, Paris octubre 2011
No veía a Monette y Michel Servant desde hace tres décadas, años más y años menos. Ahora viven en el sur de Francia, en Saint-Mary, cerca de Limoges.  Nos une la amistad cultivada en la distancia y de una red de abrazos con amigos comunes como Liber Forti. 

La estadía de Monette y Michel en Bolivia, en los años 1970 los marcó para siempre; ambos sienten por nuestro país un especial cariño, que entre otras cosas se manifestó hace un par de años con la donación que hicieron al Museo Nacional de Arte de 60 obras de Guzmán de Rojas que habían adquirido a lo largo de su estadía en La Paz: 58 dibujos y dos óleos, “Diálogo del tiempo y la muerte” y “La Diana cazadora”. 

En La Paz crecieron sus hijos Alain y Frederick, éste último regresó a Bolivia hace unos años, y decidió quedarse. Es un animador cultural en El Alto, donde ha formado un grupo de teatro. Alain hizo teatro y ahora, en Francia, es parte de una agrupación musical. 

Sylvain, Monique y Julien Roumette
A Monique y Sylvain Roumette los vi la anterior vez hace unos cuantos años, y ahora los visité de nuevo en el 16 de Rue de Villafranca, que desde afuera parece una casita en un pueblito en el campo, envuelta en enredaderas y plantas.  Sólo que esta vez la casita creció al doble de su estatura, con dos pisos nuevos. Monique fue la traductora de algunos capítulos de mi libro Bolivie, el primero publicado en Francia en 1983, y Sylvain es un cineasta que hace las cosas que le interesan, como el documental Claude Lanzmann, il n’y a qu’une vie (2009) sobre el escritor y cineasta que ha devuelto la memoria sobre el holocausto. 

Julien, el hijo de Monique y de Sylvain, tiene a quien salir; ya había leído yo hace años un poemario suyo, de pocas páginas, y ahora compartió conmigo un libro más reciente -inspirado en los escritos de Michaux sobre la India- con textos, reflexiones y versos, que escribió en Calcuta donde vivió 16 meses.

Fatiha Rahou
Gracias a Pierre Kalfon, de quien ya he hablado otras veces aquí, y de Nicole, quienes me invitaron otra vez a su casa a cenar, pude ver de nuevo a Fatiha Rahou y a Theo Robichet, amigos que me da gusto abrazar cada cuatro o cinco años, cuando el tiempo nos permite vernos. Un par de días después los visité en su casa en Gennevilliers, que tanto me gusta porque está literalmente tapizada de obras de arte y objetos interesantes, sobre todo la colección de objetos de arte erótico de varias culturas. El erotismo ha sido uno de los temas recurrentes en la pintura de Fatiha, quien pinta sobre vidrio o más bien debajo del vidrio prolongando una técnica muy particular de hacer arte, me puso al tanto de sus últimos trabajos, unas ventanas hermosas a las que dio nueva vida y color. 

Theo Robichet
Theo, con la misma energía de siempre, produce obras de caballete, esculturas o documentales en video. Esta vez me convenció de que tenemos que trabajar juntos en algún proyecto cinematográfico. 

La trayectoria de Theo en el cine documental es amplia y tuvo momentos culminantes, por ejemplo en 1973 cuando realizó en Chile, con Bruno Muel,  Septiembre chileno, una de las primeras películas documentales sobre el golpe militar de Pinochet. Otro de sus documentales importantes fue La faim dans le monde (El hambre en el mundo). Que además de su intensa labor de cineasta se dedique a la pintura y a la escultura, dice mucho de su talento creativo.

No pude resistir la tentación de hacerme con una obra de cada uno de ellos, un cuadro de Theo y una obra bajo vidrio de Fatiha, que ya tienen un lugar en casa. El pequeño cuadro de Fatiha representa una pareja, en vivos azules, haciendo el amor en un paisaje abierto que sugiere el desierto del norte africano. El de Theo muestra también una pareja desnuda, en tonos vivos, abrazada de cuclillas.  


Aunque lo veo con mayor frecuencia que a los amigos mencionados antes, quiero aprovechar para mencionar a mi yerno Michaël Neuman que acaba de publicar con el sello de Médicos sin Fronteras, donde trabaja, Agir a tout prix un libro de análisis crítico sobre la ayuda humanitaria en condiciones políticas que plantean dilemas éticos para las organizaciones que intervienen. Fue un trabajo largo de escritura y edición, junto a los colegas Claire Magone y Fabrice Weissman. La experiencia de Michaël y de mi hija Sybille, que trabaja en Médicos del Mundo (la organización hermana de Médicos sin Fronteras) en el trabajo humanitario es amplia, pues ambos han estado en varios países en situaciones de emergencia. Trabajaban a veces separados durante varios meses para atender emergencias el uno en Chechenia y la otra en El Salvador, y ambos en países africanos que vivían situaciones críticas de guerra, refugiados, etc. 



04 noviembre 2011

El lente de Keith John Richards


Keith John Richards es un investigador inglés que se ha interesado por el cine y la literatura de América Latina, y en particular de Bolivia, donde reside desde hace varios años. Keith enseñó en varias universidades, entre ellas la Universidad de Leeds (Inglaterra) y la Universidad de Richmond (Estados Unidos). Ahora lo hace en la Universidad Mayor de San Andrés. Lo imaginario mestizo: aislamiento y dislocación de la visión de Bolivia de Néstor Taboada Terán (1999), su primer libro publicado por Plural, que es la tesis doctoral que presentó en el King’s College de la Universidad de Londres. Además ha publicado artículos y capítulos en libros especializados.  

A fines de mayo del 2009 conocí a Keith en La Paz, durante una visita que hice a Elizabeth Carrasco, encargada de documentación de la Cinemateca Boliviana, y en julio del mismo año Keith me escribió para preguntarme si podía escribir el prólogo de un libro que estaba terminando de escribir sobre el cine latinoamericano.

Hace unas semanas –dos años más tarde como suele suceder en temas de edición- recibí con satisfacción el libro Themes in Latin American Cinema – A Critical Survey (2011), publicado en North Carolina por la editorial McFarland. Confieso que a primera vista la foto de la portada me desconcertó, no solamente porque muestra a un militar en traje de campaña, sino porque el haber escogido la foto de una de las películas analizadas en el libro, de alguna manera reduce la riqueza que este encierra.

Cabeza de Vaca (México)
En 232 páginas, Richards analiza 19 largometrajes latinoamericanos y lo hace, según declara en su introducción, con una intención didáctica, pero su texto sobrepasa con creces ese objetivo. Su selección de películas es interesante sobre todo por inesperada, ya que ha evitado caer en lugares comunes, se ha concentrado en obras de los últimos 25 años y en realizadores mejor conocidos en sus países que internacionalmente (con algunas excepciones). Ello permite incluir países como Bolivia, Uruguay o Guatemala, no necesariamente conocidos por su cinematografía. Lo cual me lleva a recordar el trabajo que nos costó en los años 1970 (sin internet, sin email, sin bibliografía de referencia), a Guy Hennebelle y a mí, preparar el libro Les Cinémas d’Amérique Latine, la primera revisión exhaustiva de la cinematografía latinoamericana, país por país, sin dejar a ninguno al margen.

Caída al cielo (Bolivia)
Muchas de las películas seleccionadas son “invisibles” en salas de cine, aunque ahora gracias a las ediciones en DVD, son accesibles para consumo casero, al menos en Estados Unidos. Uno de los méritos de este libro, justamente, es llamar la atención sobre ellas.

Más interesante aún es la estructura que Richards le ha dado a su libro. Si bien las fichas de las películas seleccionadas contienen información útil y concisa sobre el contexto, el realizador, la historia que se narra, el lenguaje, etc., es en los estudios temáticos donde Keith Richards vuelca su capacidad de análisis. Para ello, ha agrupado las películas en siete secciones que tratan estos temas: “México precolombino”, “Sexualidad e identidad”, “El niño sabio”, “Roles y estereotipos femeninos”, “Crimen y corrupción”, “Fratricidio y neo-imperialismo: conflictos en el Siglo XX”, y “El poeta en la ciudad”. Bajo estos temas de estudios, nada convencionales, se agrupan tres películas mexicanas, dos bolivianas, dos brasileñas, dos argentinas, dos peruanas, una paraguaya, una chilena, una cubana, una uruguaya, una colombiana, una venezolana, una ecuatoriana y una guatemalteca.

El silencio de Neto (Guatemala)
En esas secciones explaya su conocimiento del cine, de la literatura, de la historia y de la sociedad latinoamericanas, de modo tal que sus apretadas referencias son vetas que permitirían seguir profundizando en cada uno de los temas. Cuando aludo a su “conocimiento”, me refiero justamente a su capacidad de procesar la información a través de una lectura propia del contexto político, social y cultural. Para ofrecer un texto que es fácil de leer y que puede servir para quienes se aproximan por primera vez a los temas tratados, el autor ha tenido que leer y procesar cientos de libros y de películas.

El cristal a través del cual mira Keith Richards es multifacético y refracta una gran riqueza de colores, porque es el cristal de la diversidad cultural, una entidad en permanente proceso de transformación e intercambios, que es precisamente lo que hace que la cultura viva y se enriquezca. Así puede abordar la complejidad cultural de tantas culturas, grandes y pequeñas, que comparten un  mismo espacio físico, no siempre en armonía.

En la puta vida (Uruguay)
El libro de Richards respira frescura y cierta espontaneidad, a pesar del rigor del investigador que se aproxima sin embargo a cada tema con el espíritu abierto al descubrimiento y al aprendizaje.  En eso se diferencia de muchas investigaciones académicas cuyo punto de partida es una camisa de fuerza: una hipótesis que se trata de probar a toda costa. Y no es menos aleccionadora su manera de demoler los mitos superficiales y las caracterizaciones fáciles que sobre América Latina circulan en otras regiones, a través de agudas citas de escritores y cineastas que echan por tierra las miradas romantizadas, tropicalistas y paternalistas sobre nuestras culturas.

Esperemos que la edición en castellano del libro pueda circular pronto. No solamente los de habla inglesa tienen que aprender sobre nuestro cine latinoamericano, sino nosotros mismos.


29 octubre 2011

Desde nuestros acentos


Armand Mattelart y Alfonso Gumucio
“Desde nuestros acentos” es una buena manera de nombrar el Encuentro de Radio Universitaria de Latinoamérica y el Caribe que tuvo lugar en Ciudad de México del 5 al 7 de octubre 2011, donde fui invitado para participar en la plenaria del primer día, en la mesa redonda “Función social de la radio universitaria”, junto a Armand Mattelart y a Manuel Alejandro Guerrero, de la Universidad Iberoamericana. Coincidimos los tres en que la radio universitaria no debe recluirse en el espacio académico, pues desde el momento en que es escuchada por una audiencia más amplia, puede contribuir en el desarrollo de una ciudadanía crítica y participativa.

La mesa fue moderada por Guillermo Gaviria, quien preside la Red de Radio Universitaria de Latinoamérica y elCaribe (RRULAC), organización que convocó al encuentro. Antes de comenzar el diálogo se proyectó en pantalla un saludo en video enviado por Federico Mayor Zaragoza, quien fuera Director de la Unesco entre 1987 y 1999, invitado también a la mesa redonda, aunque no pudo viajar a México. También Eduardo Galeano envió un mensaje, que en su habitual estilo dice: “Ojalá significa, en árabe, que Dios quiera. Ojalá que las radios universitarias se multipliquen en cantidad y en calidad en toda América Latina. Y si Dios no quiere, pues que se multipliquen también, aunque nada mal vendría esa ayuda desde el Más Allá a la difusión de estas voces necesarias en el Más Acá. Las radios universitarias son un producto de primera necesidad en países como los nuestros, donde los medios dominantes de comunicación usurpan el espacio público para vender automóviles o guerras, para mentir la realidad y para desalentar la esperanza”.  

Enrique Fernandez Fassnacht (UAM), Guillermo Gaviria (RRULAC), José Narro (UNAM), 
Katherine Grigsby (Unesco), José Morales Orozco (Universidad Iberoamericana)
La inauguración del evento contó excepcionalmente con la asistencia de los tres rectores de las universidades de Ciudad de México que cuentan con radios universitarias, José Narro de la UNAM, José Morales Orozco, rector de la Universidad Iberoamericana, Enrique Fernández Fassnacht, rector general de la Universidad Autónoma Metropolitana; además de Katherine Grigsby, directora de la Unesco en México, Guillermo Gaviria, presidente de RRULAC y  Wim Jansen, director del Departamento Latinoamericano de Radio Nederland (RNW).

El principal objetivo del evento era analizar y proponer estrategias para reforzar la función social de la radio de las instituciones universitarias y de educación superior”, y para coadyuvarlo se diseñaron objetivos específicos, muy concretos, vinculados a realizar actividades de capacitación, estudios de audiencia, concursos para estimular la producción, encuentros entre guionistas y productores, alianzas internacionales, etc.

Radio UNAM transmitió en directo las sesiones plenarias de las mañanas, a un centenar de emisoras universitarias en América Latina y el caribe, que son parte de la red. Radio Nederland en castellano, que dirige José Zepeda, hizo lo propio en video y radio, a través de su centro de producción en Hilversum, Holanda.

El programa del evento de tres días consistió en conversatorios y mesas redondas en las sesiones plenarias de las mañanas, en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); y en la tardes, “Jornadas académicas”, “Sesiones de Trabajo” y “Talleres de Coproducción” en Radio UNAM y otras sedes universitarias de Ciudad de México.

Fue interesante la intervención en la última plenaria del evento, del escritor Antonio Skármeta, quien habló de su larga relación afectiva con la radio, desde que era niño, y su experiencia de adulto como productor del programa “El show de los libros”, donde trató de presentar la literatura mediante un formato de entretenimiento. El autor de Ardiente paciencia, que fue la base del film El cartero de Neruda, mostró su capacidad histriónica y su buen sentido del humor.

Octavio Getino, Michelle Mattelart, Alfonso Gumucio y Armand Mattelart
Como siempre, estos encuentros sirven para hacer nuevos amigos y para volver a encontrar a viejos conocidos. No había compartido una mesa redonda con Armand Mattelart desde que estuvimos juntos en La Habana, el año 1985, en un diálogo en el que también participaron Herbert Schiller, Octavio Getino, Luiz Fernando Santoro y Michelle Mattelart. Conservo una sola foto que alguien tomó de ese encuentro, aunque no aparecen sino unos cuantos de los mencionados.

Esta vez pasamos más tiempo con Armand, y al día siguiente de la clausura del evento visitamos dos museos de reciente creación: el Museo Soumaya con su magnífica colección de Rodin, Renoir, Dalí y tantos otros grandes artistas, y el Museo Memoria y Tolerancia cuya magnífica museografía permite apreciar los horrores de la intolerancia y de la discriminación, los genocidios del holocausto en Alemania, de Pol Pot en Camboya, de los militares guatemaltecos contra la población maya, o de tutsis contra hutus en Ruanda, entre otros que pertenecen a la galería de la vergüenza de nuestra humanidad.

“Desde nuestros acentos” queda como un primer intento de hacer de la radio universitaria una radio pública, que cumpla la función de estimular la participación en el debate sobre el presente y el futuro político y social de América Latina. 

21 octubre 2011

Movimientos y cambios sociales



Hace casi tres años mencioné aquí mismo la publicación en inglés del libro Civic Driven Change, editado por mis colegas Kees Biekart y Alan Fowler. Ahora contamos finalmente con la versión en castellano, El cambio dirigido por la acción cívica (2011), título no del todo afortunado, pero así sucede a veces con las traducciones de términos que son difíciles de traducir. 

No es fácil verter al castellano un concepto que en inglés suena tan certero, en parte porque “acción cívica” evoca la jerga que utilizaron en los años 1960 en América Latina algunos programas de desarrollo mediante los cuales las Fuerzas Armadas querían limpiar o mejorar su imagen. En cualquier caso, de lo que aquí se trata es de cambios sociales promovidos por movimientos de la sociedad civil. El libro analiza el poder de los ciudadanos en las transformaciones sociales, y revisa de manera crítica el papel que cumple la cooperación externa. 

El cambio dirigido por la acción cívica (285 páginas) fue traducido por Bertha Pancorvo y de Susana Ojeda, y publicado en la colección Antrazyt de Icaria Editorial, de Barcelona, especializada en ciencias sociales. Esta editorial independiente cuenta con un frondoso catálogo de 960 títulos, en 26 colecciones, de las cuales esta es la más nutrida. 

Alan Fowler y Kees Biekart
El libro es el resultado de un proceso de investigación y de diálogo intelectual que comenzó en 2007 con el apoyo de varias ONGs holandesas con amplia experiencia de trabajo en el tercer mundo, y con el auspicio del Institut of Social Studies (ISS) de La Haya, que entonces dirigía otro gran colega y amigo, Louk de la Rive Box. En mi caso, fui invitado para integrar el grupo de investigadores hacia el final, poco antes de que el libro entrara a imprenta. El culpable, a quien agradezco esa oportunidad, fue Alan Fowler, mi colega en el directorio internacional de PSO, quien me pidió el capítulo sobre comunicación para "ayer". En dos semanas se lo entregué, trabajando a todo vapor, y un mes más tarde ya estábamos presentando esta obra colectiva en La Haya. Recuerdo que Alan y Kees no aceptaron fácilmente el título de mi capítulo, “Six degrees and butterflies”, aparentemente aún más confuso en castellano, “Seis grados y mariposas”, pero como dicen ambos en el prólogo a la edición española “una pauta que siguieron los autores fue la producción de estudios que no pretendían ser excesivamente académicos, sino por el contrario buscaron redactar ensayos que se basaban en su compromiso personal con el tema”.

Reconozco que tengo debilidad por los títulos sugerentes, que a veces desconciertan, pero en este caso se explica en el contexto del artículo, al referir que en materia de comunicación para el cambio social, todo está vinculado y todo tiene algún impacto, como en la analogía poética del matemático y meteorólogo Edward Lorenz, padre de la teoría del caos, cuando se preguntaba si el aleteo de una mariposa en Brasil podía provocar un tornado en Tejas. 
Atardecer en Scheveningen: Biekart, Fowler, Gumucio
Lo de los “seis grados” de separación no se explica en el texto pero alude a la teoría bastante conocida de que el mundo es en realidad tan pequeño que todo individuo en la tierra está conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. El tema, claro, es descubrir esas conexiones; cómo saber que la persona que se sienta a mi lado en el tranvía en La Haya conoce a alguien en Ámsterdam que a su vez conoció en Londres a un indio que tiene un hermano en Bangalore que trabaja en nuevas tecnologías con un gringo de San Francisco que estudió en la Universidad de Stanford donde enseña mi primo Marcelo Gumucio que vive en Menlo Park y no tiene idea de todo esto. 

15 octubre 2011

Hablando de Roma


La comunicación para el desarrollo sigue haciendo camino desde hace medio siglo, y no es un camino fácil, a pesar de que su función en el desarrollo sostenible y en los procesos participativos está fuera de toda duda. Durante cinco décadas ha tenido que enfrentar la predilección de las agencias de cooperación por la visibilidad institucional, su debilidad por los medios de difusión masiva y su fascinación por los instrumentos que ofrecen las llamadas “nuevas tecnologías”.

La verdadera razón por la que el concepto es resistido por las burocracias institucionales, es porque alienta la participación en la toma de decisiones y la apropiación de los procesos de comunicación por parte de las comunidades. En otras palabras, es subversivo porque promueve la democracia en el ejercicio del poder, un poder que las burocracias no están dispuestas a compartir.

Luego de más de 60 años de desperdicio de los modelos desarrollistas, las grandes instituciones que han fracasado siguen formulando metas que no podrán alcanzar –por mucho dinero que inviertan- si no es con la participación de todos aquellos ciudadanos involucrados en los procesos de desarrollo. Y esa participación solamente es posible a través de la comunicación participativa, algo que las instituciones se niegan a reconocer, empeñadas como están en las campañas de información o, peor aún, en la propaganda institucional.

James Deane (BBC) y Mario Lubetkin (IPS)
De esto y mucho más se habló a mediados de septiembre en Roma, en la “Consulta de Expertos sobre Comunicación para el Desarrollo”, una reunión convocada por la FAO, con el propósito múltiple de revisar el marco conceptual de la comunicación para el desarrollo en nuestros días, particularmente en el sector del desarrollo rural, analizar los desafíos y las oportunidades para institucionalizar la disciplina en las agencias para el desarrollo rural y en los gobiernos nacionales, y conformar alianzas entre instituciones para poder avanzar en el tema.

Fue bueno que esto sucediera precisamente en Roma, y en la misma FAO, donde en 2006 nos reunimos más de mil delegados participantes en el Congreso Mundial de Comunicación para el Desarrollo (CMCD).

Equipo de coordinación de la Consulta de Expertos de la FAO
Esta vez, la FAO me pidió coordinar la consulta de expertos, para lo cual preparé un documento de antecedentes que presenté el primer día de la reunión, y al cabo de la consulta otro documento que fija la posición de los participantes y de la FAO, y recoge las recomendaciones principales. Estos documentos deberían servir a los propios encargados de comunicación para el desarrollo de la FAO, los colegas Mario Acunzo y Riccardo del Castello, a fortalecer su unidad en el interior de una institución que, lamentablemente, no ha sabido mantener el liderazgo que tuvo durante varias décadas en este tema.

Efectivamente, tanto la FAO como la Unesco fueron líderes en comunicación para el desarrollo durante las décadas de 1970 y 1980.  La Unesco produjo el Informe MacBride, Un solo mundo, voces múltiples, (que irritó tanto al gobierno de Estados Unidos que decidió dejar la organización), y la FAO bajo el liderazgo de Colin Fraser desarrolló una enorme capacidad de ejecución para demostrar que la comunicación para el desarrollo era indispensable en la perspectiva de un desarrollo sostenible y a largo plazo.

Esa conciencia –y quizás nostalgia- del pasado planeó inevitablemente sobre la Consulta de Expertos, más aún cuando los enfoques de moda impulsados desde el Banco Mundial hacen hincapié en las nuevas tecnologías antes que en el desarrollo humano, y algunas agencias del sistema adaptan su lenguaje a los nuevos tiempos, negociando los puntos más conflictivos de la agenda pendiente, como es el derecho a la comunicación. La FAO no está al margen de esas influencias, ahora disfrazadas con el discurso de “gestión de conocimiento” (que muchos confunden con diseminación de información) o con el sofisma “sistemas de innovación”, un pozo donde todo cabe con tal de revivir el desprestigiado extensionismo rural que Paulo Freire criticó acertadamente hace 40 años.

La ventaja de esta Consulta de Expertos es que además de algunos funcionarios con poca experiencia concreta en el terreno y poca capacidad para articular ideas, había también colegas con enorme capacidad de reflexión proveniente de su experiencia directa de muchos años de trabajo en comunicación para el desarrollo y el cambio social. Así, me dio gusto volver a coincidir con Bruce Girard, Ricardo Ramírez y Rafael Obregón, además de aquellos que desde el ámbito académico promueven la comunicación para el desarrollo, como Nabil Dajani en la American University de Beirut (Líbano), Helen Hambly en la Universidad de Guelph (Canadá) o Cleofé Torres en la Universidad de Filipinas en Los Baños. Las intervenciones de Silvia Balit, James Deane y Mario Lubetkin, con larga experiencia institucional (FAO, BBC e IPS respectivamente), enriquecieron sin duda el nivel de los intercambios. Aquí se pueden ver algunas fotos.

Ricardo Ramirez
Me llamó la atención, durante la reunión, la angustia que sienten algunos colegas de instituciones porque sus superiores o los donantes a los que quieren convencer sobre la utilidad de la comunicación para el desarrollo, “no entienden” lo que es. Estos colegas se colocan en una posición subalterna y se esfuerzan en encontrar un lenguaje “simple”, que les permita “vender” en “dos minutos” la comunicación para el desarrollo a aquellos importantísimos y muy ocupados burócratas que no están dispuestos a conceder sino una fracción de su precioso tiempo para que les expliquen, como a niños bobos, lo que es la comunicación para el desarrollo y el cambio social. 

Con dedicatoria para esos ejecutivos que apenas se dignan aparecer durante cinco minutos en nuestras reuniones sobre comunicación, Wendy Quarry y Ricardo Ramírez escribieron Communication for Another development: Listening before telling (2009), en el que explican de la manera más didáctica posible a tomadores de decisión, administradores y planificadores la importancia de la comunicación para un desarrollo con dimensión humana. Quarry y Ramírez no banalizan el lenguaje de la comunicación ni lo rebajan para explicar aquello que no es tan difícil de entender. 

Venus Jennings, de Unesco
Coincido plenamente con ellos en que no es necesario colocarse en una posición subalterna. Si algunos donantes o funcionarios que ocupan posiciones de privilegio no entienden los conceptos de diálogo, participación, comunicación horizontal, etc., no es porque sean tontos, sino porque no les interesa. De modo que aunque reduzcamos las descripciones y definiciones de comunicación para el desarrollo a lo más obvio y pedestre, a un par de frases destinadas a la “conversación en el ascensor”, no van a escuchar aquellos que no quieren escuchar. No hay peor sordo que el que no quiere oír... Lo cierto es que si una mujer analfabeta de la India o un campesino aymara del altiplano de Bolivia entienden perfectamente lo que es la comunicación para el desarrollo, no veo qué dificultad tendrían aquellos burócratas que, muy pagados de sí mismos, dicen que “no entienden” o que “no tienen tiempo”.


10 octubre 2011

Efraín Recinos (1928-2011)


Que acabe este año de una vez, ya no lo soporto, me duele. Uno tras otro, casi sin respiro, he ido perdiendo amigos cuya memoria me marca: el 30 de abril, en Panamá, murió Raúl Leis; en Havelock se extinguió Ted Córdova el 10 de mayo; el 13 de julio, en Quito se fue Nicole Adoum; el 22 de agosto, en Cochabamba, Raúl Lara; y en Puebla, el 10 de septiembre, Renato Prada Oropeza. Ahora me entero con una semana de retraso de la partida de Efraín Recinos, el domingo 2 de octubre, en Ciudad de Guatemala.  

Tengo tanto que decir sobre Efraín, que me cuesta decirlo, la emoción traba el tintero y la memoria hierve a borbotones. Las burbujas mezclan imágenes de los múltiples momentos que compartimos, ya sea en su estudio en el Teatro Nacional, en los paseos que hicimos para que lo filmara frente a sus esculturas y relieves regados por la ciudad, en el Conservatorio Nacional de Música, en la Biblioteca Nacional, o en casa con Mario Monteforte Toledo, su gran amigo. Aquí van, fragmentos.

Conservo varias horas de entrevistas que le hice en video a lo largo de cinco o seis años, con la intención de armar un documental sobre su vida y su obra. Ese proyecto se fue postergando por esa idea absurda de que la vida se estira a medida de que la vamos viviendo, con la peregrina esperanza de que durará mientras nos mantengamos activos. Es lo que creían Efraín Recinos y Mario Monteforte, cuando hasta el último día ponían a prueba su energía y su creatividad. Es lo que creemos todos.

Efraín tenía su taller -su nido más bien- en el Teatro Nacional, en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, que él mismo diseño como arquitecto e ingeniero, y cuya construcción vigiló día a día, pasando por infinidad de peripecias que me contó en detalle. Allí guardaba todo lo que era importante en su vida, desde los dibujos que hizo cuando niño, celosamente conservados por su padre, hasta los discos de música clásica que atesoraba.    

Cada vez que llegaba a visitarlo lo encontraba escuchando música, mientras trabajaba ya sea en el fondo del taller, donde tenía su caballete, el banquito manchado de pintura que le servía de paleta y las maquetas de sus obras; o en la parte de adelante, junto a la ventana, donde una amplia mesa soportaba sus apuntes, sus bocetos, y papeles de toda suerte cuyo orden solamente él conocía. Alguna vez le sugerí que permitiera que alguien lo ayudara a ordenar todos esos documentos, pero creo que la idea no le gustó.

Conocía mucho de música, al igual que Mario Monteforte, y sus gustos eran variados. Le gustaba, por ejemplo, George Antheil, el autor de “Le ballet mecanique” (que ahora vuelvo a escuchar para recordarlo) y de numerosas composiciones para cine. En uno de mis viajes me pidió que le trajera la autobiografía del compositor: “The bad boy of music”, que disfruté leyendo en el avión.

De una curiosidad desbordante, cada vez que pintaba a un personaje se tomaba el tiempo de investigar su historia, para entenderlo mejor. En una oportunidad me dijo que quería pintar a mujeres notables de la independencia de América Latina, y me pidió que en mi próximo viaje a Bolivia le trajera una biografía sobre la guerrillera Juana Azurduy de Padilla, y datos sobre la heroína colombiana Policarpa Salvarrieta, fusilada por los españoles en 1817. Cumplí con esos encargos alentado por el placer de verlo sonreír cuando recibiera la encomienda.

La galería de personajes que pintó para el Conservatorio Nacional de Música es digna de un capítulo especial. El día que lo filmé allí, rodeado de todos esos personajes, me explicó cuales habían sido los motivos para incluir a cada uno de ellos, incluso a algunos (o “alguna”, diremos), que ocupaba un lugar especial en su corazón.

A medida que pasaban y pesaban los años, permanecía más tiempo escribiendo o dibujando sobre la mesa junto a la ventana, y menos tiempo en el fondo del taller de pintura. Más de una vez lo encontraba dormitando, sentado, con el lápiz en la mano, y entonces cerraba la puerta con cuidado y me iba. Encorvado sobre un cuaderno, escribía con mano temblorosa, dibujando cada palabra, relatos o guiones para las películas que soñaba hacer, y que hizo, por ejemplo Los Visitantes, un film de animación donde incluyó a los personajes que más admiraba, desde Leonardo da Vinci –su referente más importante- y la Mona Lisa, hasta Marilyn Monroe y Grace Kelly, pasando por sus arquitectos predilectos, Mies van der Rohe y Le Corbusier.


Una mañana que lo visité en el Teatro Nacional me leyó partes del guión mientras me mostraba los dibujos de caracterización de cada personaje, y el vehículo que él había imaginado los transportaría por las calles de Ciudad de Guatemala. De eso se trataba la película, de mirar su país, que tanto le dolía, a través de los ojos de esos ilustres visitantes.

Sus gruesos anteojos quizás ya no le servían de mucho para ver de cerca, aunque todavía se aventuraba a manejar en las calles de Ciudad de Guatemala, en el auto rojo que le regaló Pepo Toledo, el sobrino de Mario Monteforte.

Entre 1971 y 1978, durante los años que duró la construcción del Teatro Nacional, Efraín tenía un escarabajo Volkswagen de esos que ya no se fabrican, que al final quedó estacionado frente al teatro mientras el tiempo daba cuenta con él y el metal adquiría color de esqueleto. Cuando en 2008 se concretaba el proyecto del parque escultórico que lleva su nombre, en Santo Domingo el Cerro, cerca de la salida de Antigua, Efraín tuvo la ingeniosa idea de convertir a su viejo automóvil en una escultura.  Le sentó encima una risueña y colorida guatemalita, el personaje que aparece en muchas de sus obras, y lo plantó en el parque como un caballo chúcaro que levanta las patas delanteras.  

Disfruté muchas veces del fino humor de Efraín, que solía por ejemplo contar La Caperucita Roja al revés, es decir, invirtiendo las sílabas de cada palabra, de modo que la historia era la de “Tacirupeca” y así sucesivamente. Se sabía el cuento entero al revés, y lo decía imitando las voces de la “tacirupeca” y del “bolo”, lo cual además de ingenio era una prueba adicional del privilegio de la memoria que lo caracterizaba.

Era vegetariano y tempranero, por lo que declinaba cortésmente las invitaciones a cenar, pero varias veces tuvimos la suerte de que nos visitara en la casa. Tener a Efraín Recinos y a Mario Monteforte juntos, era un regalo, por el ingenio de ambos y por la riqueza del diálogo que sostenían. 

En una de sus visitas, en junio del 2003 dejó su huella en un cuaderno: hizo un dibujo en el que aparezco con una cámara de cine. En otra oportunidad, en enero del 2004, estuvo en casa con otros artistas e intelectuales guatemaltecos cuando recibimos a Carlos D. Mesa, quien acababa de asumir la presidencia de Bolivia, y llegaba a Guatemala para asistir a la toma de posesión de Oscar Berger. 

Como todos los que lo conocieron, recordaré a Efraín con sus zapatos manchados de pintura, sus manos finas temblorosas y los chalecos que lucía. Alguna vez le pregunté cuantos chalecos tenía, y no supo decirme, eran tantos que no llevaba la cuenta. Recordaré sus "guatemalitas" de rostro amable y aquellas mujeres piernudas y sensuales que le gustaba pintar. Recordaré a Efraín en la colina sobre la que se asienta el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, su obra magna, los paseos que hacíamos entre los árboles de jacaranda, florecidos de intenso violeta, y el edificio en construcción de lo que iba a ser otro de sus sueños, el Museo de la Marimba.
   


03 octubre 2011

Fundación del horizonte


Una de las imágenes más bellas en La Habana es la caída del sol vista desde el malecón. Centenares de jóvenes se dan cita cada tarde en ese largo paseo frente al mar, para admirar el disco enrojecido del sol que se hunde en las aguas del horizonte.

Ese y otros horizontes son importantes para los cubanos, por ejemplo el horizonte del cine. Pocas veces he conocido a un pueblo tan motivado por la actividad cinematográfica, tan amante del cine.

Uno de los primeros decretos del gobierno de Fidel Castro al triunfo de la Revolución, en 1959, fue la creación del Instituto de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), que no solamente ha sido motor fundamental para alentar durante cinco décadas la producción de cine cubano, sino que ha apoyado a centenares de cineastas de toda la región para que puedan concluir sus películas, gracias al apoyo generoso del ICAIC y de otras instituciones dedicadas al cine.

Cuando en el mes de diciembre se realiza cada año el festival de cine, la ciudad entera se convierte en una pantalla cinematográfica, las salas de cine se llenan de gente, la actividad es incesante. El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana es una gran fiesta para los sentidos. Allí se puede ver lo mejor de la producción de cine en la región. De todos los festivales en los que participé, el 7º fue el mejor regalo, por la cantidad y calidad de películas y colegas que participaron, y por el ambiente extraordinario que vivimos. Allí se otorgó ex aequo el Gran Premio Coral a Frida-Naturaleza Viva de Paul Leduc (México) y a Tangos – El exilio de Gardel de Fernando Solanas (Argentina).

Eso fue en 1985, y tuve la suerte de estar en el Teatro Karl Marx la noche de clausura, el 15 de diciembre, cuando en un discurso de casi cinco horas Fidel mostró su conocimiento y su pasión por el cine, y anunció la creación de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños (EICTV) y de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL).

Quinta Santa Bárbara, sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano
La Quinta Santa Bárbara, sede de la Fundación, es un espacio emblemático por varias razones, entre ellas porque fue allí que Tomás Gutiérrez Alea, uno de los grandes del cine cubano, filmó “Los sobrevivientes”. En el acto de inauguración de esta sede, el 4 de diciembre de 1986, Gabriel García Márquez, Presidente de la Fundación, afirmó: “Pocas casas como esta podrían ser tan propicias para emprender desde ella nuestro objetivo final, que es nada menos que el de lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado. Y nadie podría condenarnos por la simpleza sino más bien por la desmesura de nuestros pasos iniciales…”.
La Fundación ha sido desmesurada durante los 25 años que han seguido a las palabras inaugurales de Gabo, y se ha convertido en un referente indispensable en el cine latinoamericano, la casa de todos los cineastas y estudiosos del cine de la región. Al ritmo de la dulce batuta de Alquimia Peña, los trabajadores de la Fundación hacen actos de magia cotidianos para mantener ese espacio lleno de actividad.  El centro de documentación es un ejemplo de ello, como lo es el Portal del Cine y el Audiovisual Latinoamericano y Caribeño y su boletín semanal.  Uno admira aún más la riqueza de contenido de este boletín cuando conoce las dificultades que enfrenta Cuba en materia de conectividad de internet.
Lola Calviño, Julio García Espinosa, Nora de Izcue, Fernando Birri,
Alfonso Gumucio, Alquimia Peña
Sin duda, la Fundación es uno de los cuatro pilares sobre los que se asienta el festival de cine, la gran fiesta del cine latinoamericano. Los otros tres pilares son el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), y la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) en San Antonio de los Baños.
De la Escuela Internacional de Cine se han graduado varias generaciones de cineastas latinoamericanos, pero también europeos, norteamericanos, africanos o asiáticos. Cinco lustros después de su creación, me dio mucho gusto retornar a la escuela a fines de julio pasado, para asistir a la graduación de la 20ª promoción de nuevos cineastas, y volver a encontrar a Fernando Birri, quien fuera el primer director, a Julio García Espinosa, a Orlando Senna, a Lola Calviño, y a otros grandes animadores de la escuela.

Cine comunitario en América Latina: grupo de investigadores
Pero el motivo principal de la visita a La Habana fue participar en una reunión de investigadores de cine, convocados por la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano para abordar un proyecto de investigación sobre el cine comunitario en América Latina y El Caribe, que recibió el apoyo del Fondo de la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de Expresiones Culturales de la Unesco. Por invitación de Alquimia Peña acepté coordinar al equipo de investigadores, en consulta también con Octavio Getino, que coordina a su vez investigaciones para el Observatorio del Cine y del Audiovisual Latinoamericano y Caribeño.
La investigación sobre cine comunitario cubrirá una selección de procesos participativos en el campo audiovisual, desde el año 2000, que se caracterizan por producciones y acciones lideradas por los propios sujetos comunitarios.  En otras palabras, nos concentraremos en los procesos de cine y video gestionados por la propias comunidades, incluyendo producciones de ficción, documentales, de animación, etc. Es una primera aproximación a un tema poco estudiado.