27 marzo 2020

Espinal

 Solamente vivió 12 años en Bolivia, pero 40 años después de su muerte el legado de Luis Espinal no deja de crecer. Tenía apenas 35 años cuando llegó a nuestro país el 6 de agosto de 1968, y 47 cuando fue secuestrado, torturado y asesinado, por haberse convertido en el emblema del periodismo independiente y combativo. 

Desde las páginas del semanario Aquí Lucho nos dio a un grupo de periodistas jóvenes la oportunidad de decir lo que pensábamos sobre el país y de luchar contra los afanes golpistas, contra la corrupción y contra el abuso de poder. 

Fue nuestra escuela no solo de periodismo, sino nuestra escuela de ética. Bajo su dirección y gozando el privilegio de su amistad, nos sentíamos seguros de que era correcto lo que hacíamos, de que valía la pena arriesgarlo todo para decir la verdad y revelar lo que los medios de información excesivamente cautos no se atrevían a publicar. 

Nunca retrocedimos ante el peligro, ni cuando nos pusieron una bomba en las oficinas a principios de 1980, ni cuando asesinaron a Lucho durante la noche del 21 al 22 de marzo de ese mismo año. Seguimos con el trabajo mientras se pudo, imprimiendo el semanario en una imprenta clandestina, con el apoyo de miembros de la Asamblea de Aquí que hacían el enorme trabajo de plegar los ejemplares durante la madrugada y distribuirlos. Erick de Waseige y Amparo Carvajal, entre muchos otros, fueron pilares en esas etapas difíciles que vivimos hasta el golpe artero del General García Meza el 17 de julio de 1980. 

El tiempo nos juega con frecuencia triquiñuelas. Llevo 40 años recordando aquella noche fatídica, cuatro décadas recordando el profundo compromiso con Bolivia de ese joven cura español que eligió nuestro país como destino final. El tiempo se comprime cuando uno ha vivido los hechos de cerca. Para otros, parece un pasado remoto. Para nosotros, algo que todavía tenemos a flor de piel, como si hubiera sucedido hace muy poco tiempo. 

A pesar del trágico desenlace que tuvo la vida de Luis Espinal, yo conservo sobre todo gratos recuerdos de su amistad. No nos unía solamente el compromiso en el semanario Aquí, sino también el cine. En buena medida él me impulsó para ir a estudiar cine a Europa y fue gracias a los primeros cursillos sobre cine que dio en La Paz que yo empecé a escribir regularmente sobre cine como lo sigo haciendo hasta ahora. 

Creamos junto a Pedro Susz, Julio de la Vega y Carlos Mesa una Asociación de Críticos de Cine de Bolivia (CRIBO) de corta duración, pero nuestras recomendaciones sobre películas se publicaban en el semanario Aquí. Lucho y yo participamos junto a Oscar “Cacho” Soria en la escritura de los primeros guiones de “Chuquiago” de Antonio Eguino. Luis escribió la historia de “Isico” y yo la de “Patricia”. 

Solía visitarlo en su casa en Miraflores para tomarnos un whisky mientras me mostraba sus tallados de madera y hablábamos de cine, nuestra pasión común. Bolivia le quedaba chica en ese sentido, por eso sentía el deber de ejercer como pedagogo del cine, ya sea en la Universidad Mayor de San Andrés (donde daba su clase justo antes que yo), en sus cursillos, en colegios y a través de su colección de pequeños libros de cine que ahora se reeditarán con un prólogo que me ha pedido escribir la Editorial Don Bosco. 

Durante cuatro décadas he escrito dos libros e infinidad de artículos sobre Luis Espinal. Cada vez que visito la tumba de mi padre en el Cementerio General de La Paz, dejo un clavel en el nicho de Lucho. Nunca le faltan flores frescas. 

Lucho está presente en mi vida cotidiana y en mis decisiones. Siento su presencia constantemente. Cada vez que miro nuestro país me pregunto cuál sería su comentario sobre la situación social y sobre los personajes de nuestra política. Imagino que al igual que Xavier Albó y que tantos otros, se hubiera decepcionado de un “proceso de cambio” corrupto y mentiroso, que ha vaciado al país de sus recursos naturales y ha endeudado a varias generaciones futuras. 

No lo dudo, Lucho estaría otra vez luchando en la trinchera de la verdad y de la ética, contra la impostura y el oportunismo. 

(Publicado en Página Siete el sábado 21 de marzo 2020)
_______________________________.
La lucidez con que hemos pensado jugarnos la vida en algún momento,
me trae un instante de suprema serenidad:
la vida es para esto, para gastarla... por lo demás.
Luis Espinal
 

22 marzo 2020

El mundo al revés

Dibujo de Abecor 
 En esta campaña electoral donde el MAS parece seguir manejando tanto dinero como antes, el eje del discurso parece anclarse en supuestos éxitos económicos de sus 14 años de desgobierno, cuando la realidad claramente demuestra todo lo contrario. 

Estamos viviendo la ficción del mundo al revés: el partido de Evo Morales reclama lauros que precisamente fueron la causa del descalabro económico, social, político y cultural que dejó como legado luego de 14 años de administración corrupta e ineficiente. 

El candidato masista, quiere aparecer ahora como un genio de las finanzas y quizás lo era pero en reversa: transformó la riqueza más grande acumulada por Bolivia en toda su historia republicana, en una estrategia económica prebendal que no generó empleo (el 67% de la población boliviana es informal y “autoempleada”), contribuyó a destruir la industria nacional, a quebrar empresas estatales mal concebidas, y malgastar en elefantes blancos que hoy se cubren de maleza. 

Arce Catacora, candidato de Evo Morales
Rey Midas al revés, Arce Catacora, que era un oscuro y mediocre funcionario durante los gobierno neoliberales, convirtió el oro en dolo, poniendo las arcas del Estado a servicio de los caprichos de un presidente megalómano y narcisista. 

Ni en periodos de dictaduras militares se gobernó tanto por decreto, aún con mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa Plurinacional y en todos los poderes del Estado. Miles de contratos sin licitación pública favorecieron el enriquecimiento de empresas fantasma que generalmente se creaban con la seguridad de que iban a obtener esos contratos, empresas que luego subcontrataban a otras porque no tenían capacidad de ejecutar obras. Las empresas “accidentales” crecieron en número y desaparecieron cuando ya no obtenían contratos mediados por la corrupción. 

Dibujo de Abecor 
Los sobreprecios y las coimas eran cosa “normal” en las obras contratadas por el Estado a empresas privadas a las que no supervisaba. De ahí las carreteras, los puentes, las escuelas, los aeropuertos, los edificios y conjuntos de vivienda social, y las mega-obras mal concebidas, mal ejecutadas y mal localizadas, que hoy son monumentos a la ineficiencia y a la corrupción. 

Una auditoria de las obras del gobierno del MAS, una por una, terminaría rápidamente con el discurso de supuestos éxitos. Bastaría tomar una docena de ejemplos emblemáticos para demostrar que los recursos de los bolivianos fueron malversados, como lo hemos denunciado en esta columna a lo largo de muchos años. 

Dibujo de Abecor 
El asalto al Fondo Indígena, la corrupción en YPFB con Santos Ramírez y otros pillos, la compra de aviones y helicópteros, de autos de lujo blindados, los desfalcos en el Banco Unión, el caso Quiborax, las barcazas chinas, la minería ilegal, el contrabando de oro y de todo, el narcotráfico como negocio floreciente y el masivo lavado de dólares ilícitos en el “boom” de la construcción… todo lo anterior constituye la verdadera esencia del “milagro económico” que reclama el candidato del gobierno depredador de Evo Morales. 

Depredador de la madre tierra al constituirse en campeón mundial de la deforestación per cápita, además de los 8 millones de hectáreas calcinadas en la Chiquitanía, el gobierno engañó sobre todo en el exterior a quienes creyeron en el discurso del presidente supuestamente indígena que agitaba con falsedad la bandera de la pachamama, mientras autorizaba por decreto la explotación y exploración minera y gasífera en parques nacionales y reservas indígenas. 

Dibujo de Abecor 
Además de las obras grotescas como el Palacio de Evo detrás del antiguo Palacio Quemado en la Plaza Murillo, del museo de Orinoca a la gloria del autócrata, está el malgasto del satélite Tupaj Katari cuya inversión jamás podrá ser recuperada durante su vida útil, la quiebra de Enatex, Papelbol, Quipus, San Buenaventura, Cartonbol, y otras “empresas estatales” truchas que desde su nacimiento tenían el virus de la corrupción. 

Es tan grande la dimensión de la corrupción durante el gobierno de Evo Morales, que el próximo gobierno que triunfe en las elecciones bolivianas deberá tomar como primera medida un acuerdo para constituir en Bolivia una misión especial de Naciones Unidas contra la corrupción, como se hizo en Guatemala con la CICIG, la Comisión Internacional contra la Impunidad de Guatemala. Con urgencia necesitamos una comisión similar en Bolivia.

(Publicado en Página Siete el sábado 7 de marzo 2020) 
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Muchos de ellos, por complacer a tiranos, por un puñado de monedas,
o por cohecho o soborno están traicionando
y derramando la sangre de sus hermanos.
—Emiliano Zapata
   

01 marzo 2020

Una mirada cinéfila sobre 1917

  Hay dos tipos de público para 1917 de Sam Mendes: los que ven una película sobre la guerra, y los que ven una película sobre el cine. Los primeros, ávidos de espectáculo, aprecian la historia y calidad general de la producción. Los segundos, los cinéfilos, vemos un extraordinario homenaje a la narrativa cinematográfica. 


Lo voy a decir de una vez: el protagonismo principal en 1917 lo tiene la cámara cinematográfica. Mientras unos se entretienen en comparaciones con otras películas sobre la guerra, otros nos empeñamos en desentrañar “cómo” hizo el director para hacernos creer que todo el largometraje se hizo solo con dos planos, en apariencia con un solo corte marcado por varios segundos de la imagen en negro, en el momento en que uno de los personajes, Schofield, pierde conocimiento al recibir un balazo. 

¿Dos planos secuencia en dos horas de proyección? Claro que no: el plano secuencia más largo del film dura en realidad 8 minutos y medio. 

Hay antecedentes importantes en la historia del cine, de películas con largos planos secuencia. Hitchcock hizo Rope (La soga) en 1948 con apenas 10 cortes en 80 minutos, porque los rollos de película no permitían que los planos fueran más largos. Los planos secuencia del director húngaro Miklos Jancsó  (Salmo rojo, 1972) nos maravillaban en la década de 1970, cuando no existía la tecnología digital para “hacer trampa”, y los planos secuencia eran proezas sin cortes. 


Ello entrañaba enormes dificultades no solamente por la duración de los rollos o el peso de las cámaras, sino también porque la película en acetato no tenía la latitud suficiente para adaptarse a los cambios de iluminación bruscos. En esa época se usaban medios artesanales para compensar la temperatura del color en exteriores e interiores, con filtros y lámparas especiales. Néstor Almendros, que fue mi profesor de fotografía en el IDHEC, nos enseñaba a cubrir las ventanas con enormes hojas de plástico de color, para equilibrar la luz de tungsteno con la luz solar del exterior. 

Otra dificultad suplementaria era mantener la cámara en mano, en circunstancias donde no se podía usar “dolly” (sistema de rieles o ruedas), para que no se notaran los pasos del camarógrafo al filmar a personajes en movimiento. Había camarógrafos duchos en filmar cámara en mano, como mi gran amigo peruano Jorge Vignati, que trabajó en dos obras de Jorge Sanjinés y en dos proyectos míos. El “Flaco” parecía bailar ballet con la cámara al hombro. 


Roger Deakins
Durante mis estudios de cine en Francia, tomé cursos con Jean Rouch, y cada cierto tiempo llegaba su amigo, el ingeniero Jean-Pierre Beauviala, con un prototipo modificado de la cámara Aaton 16mm. André Coutant había diseñado antes la cámara Eclair, estupenda para sostenerla sobre el hombro, pero la Aaton la desplazó cuando salió al mercado. Los estudiantes de Jean Rouch tuvimos el privilegio de hacer pruebas con los prototipos. 

La dificultad dejó de existir cuando Garrett Brown inventó el “steadycam”, un sistema de contrapesos y giroscopios que permite mantener la cámara estable, aunque el camarógrafo corra con ella. Los dos primeros largometrajes comerciales, ambos de 1976, donde se utilizó el “steadycam” fueron Bound for glory de Hal Ashby (biografía de Woody Guthrie), y The marathon man de John Schlesinger, con Dustin Hoffman y Laurence Olivier. A partir de entonces las cámaras podían subir o bajar gradas y hacer movimientos sorprendentes en terrenos escarpados. 

En Un día particular (1977) de Ettore Scola (con Sofía Loren, Marcello Mastroiani) tenemos un plano-secuencia hermoso al inicio del film, donde la cámara se introduce por la ventana del tercer piso en un conventillo en la época de Mussolini, y realiza un recorrido de varios minutos dentro del departamento. 


Sam Mendes
Todo lo anterior para decir que el plano secuencia era una proeza técnica antes de la era digital. 

Con la llegada de la tecnología digital las cosas se hicieron en parte más fáciles, pero surgieron nuevos desafíos. Quienes nos maravillamos al ver el largo plano secuencia del estadio de fútbol en El secreto de sus ojos (2015) de Juan José Campanella, estuvimos un poco decepcionados cuando vimos el documental donde se explicaba cómo ese plano secuencia había sido fabricado digitalmente.  Sin embargo, ello no le quitaba valor al concepto y al trabajo de producción. 

Algo similar sucede ahora con 1917 de Sam Mendes: sabemos que hay truco digital, pero también que hay un enorme desafío narrativo para convencernos que toda la película transcurre en tiempo real el 6 de abril de 1917 (aunque sepamos que la filmación se realizó durante 67 días). 

Nos maravilla la propuesta cinematográfica porque hay un concepto que la sostiene: el director se propuso relatar la historia como un largo plano secuencia de principio a fin, y si bien utilizó la tecnología digital para esconder los cortes del ojo más aguzado, no deja de maravillarnos la fluidez de sus planos secuencia en espacios naturales o en sets artificiales. 


1917 no es una película más sobre la Primera Guerra Mundial, basada en relatos reales contados por Alfred H. Mendes, abuelo del director. Si bien la historia de dos jóvenes cabos ingleses que deben atravesar en un tiempo récord un espacio que estuvo -y todavía lo está en alguna medida- controlado por el ejército alemán, apasiona y sorprende, lo que impacta es cómo se construye el relato. 

El uso del plano secuencia en las trincheras o en campo abierto no es solo un desafío técnico, sino una manera de atrapar en la escena al espectador. El uso de un lente único en la cámara, permite abarcar más allá de la pantalla a los espectadores, tragándoselos en la continuidad de las escenas. Por ello es tan importante verla en una sala de cine, con una gran pantalla, y no en la “caja boba” del televisor. 


La vertiginosa carrera contra el tiempo de los cabos Blake y Schofield subyuga al espectador, pero también los momentos de reposo, como el encuentro con una joven mujer que ha salvado a un bebé que no es suyo. Es una escena llena de ternura que cumple además la función de dar un respiro al espectador antes de reiniciar el camino lleno de fuego y tropiezos. 

Más allá de las consideraciones y las extrapolaciones que podamos hacer sobre sobre la crueldad y la insensatez de las guerras, o sobre las motivaciones geopolíticas que las provocan, lo que nos maravilla en la película de Mendes es su manera de narrar. El mismo tema, en manos de un director con menos talento, hubiera resultado en “una película más”. Incluso con los mismos personajes, decorados y ambientaciones, podría haber pasado desapercibida: es la fotografía de Roger Deakins la que le otorga el vuelo que nos maravilla. 


La cámara no solamente pasa al lado de los personajes, sino que parece atravesar la materia, las cosas. Hay escenas de extrema dificultad que transcurren con fluidez de movimiento. 

Solo espero que este comentario haga que los lectores vean una vez más 1917, con nuevos ojos, con la atención que merece la fotografía y el relato como obra del séptimo arte, algo que muchos espectadores olvidan con frecuencia cuando entran a las salas de cine con baldes de pop corn con olor a mantequilla rancia y grandes vasos de refrescos azucarados. Soy de los que piensan que en los cines debería haber dos secciones: una para los que van a comer y beber, y otros que van como amantes del séptimo arte, a disfrutar la obra de un talentoso director. 

(Publicado en Página Siete el domingo 16 de febrero 2020)
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Les obus miaulaient un amour à mourir
Un amour qui se meurt est plus doux que les autres
Ton souffle nage au fleuve où le sang va tarir
Les obus miaulaient
Entends chanter les nôtres
Pourpre amour salué par ceux qui vont périr
—Apollinaire

25 febrero 2020

Supranacionalidad

 La Unión Europea (UE) nació con el Tratado de Maastricht el 7 de febrero de 1992, por lo que cumplió en días pasados 28 años de existencia. La Comunidad Andina de Naciones (CAN) nació el 26 de mayo de 1969 con la entrada en vigor del Acuerdo de Cartagena. Este año cumple (y celebra, con justa razón) su cumpleaños número 50, y es el más antiguo sistema de integración regional supranacional del mundo. En muchos aspectos, la CAN se ha inspirado en medidas adoptadas por la Unión Europea, pero en otros se ha adelantado a ella. 

Fue en Cartagena de Indias, allí donde se fundó, que esta semana que termina se conmemoraron las cinco décadas de existencia de la CAN, que nació como Pacto Andino o Grupo Andino antes de adoptar su nombre actual. El dictador Augusto Pinochet retiró a Chile de la CAN en 1976, y lo propio hizo en 2006 el venezolano Hugo Chávez, mientras declaraba que la CAN ya estaba "muerta". 

Quizás la CAN andaba "de parranda" en alguna etapa de su vida, pero contra los deseos o suposiciones del entonces presidente venezolano, parece haberse fortalecido, mientras la Venezuela de Maduro se desmorona y se hace añicos con más 500 muertos, cuatro millones de exiliados y una crisis económica brutal, a pesar de la riqueza petrolera (o quizás por causa de ella). 


La Canciller Karen Longaric durante la reunión de la CAN en Cartagena
Bolivia tuvo la semana pasada un papel protagónico, pues ha ejercido la presidencia Pro Tempore desde mayo de 2019, que formalmente será entregada a Colombia en el encuentro entre presidentes que tendrá lugar en Bolivia en pocos meses. 

La Canciller de Bolivia, Karen Longaric, quien por su trayectoria académica conoce el tema en profundidad, expresó en su intervención que la integración "abarca mucho más que los aspectos económicos y comerciales" porque su fundamento “son los valores comunes, la cultura común y el férreo compromiso con la democracia". 

El Secretario General de la CAN, Jorge Hernando Pedraza, hizo un balance alentador. En cincuenta años se hubiera podido hacer más, pero lo que se hizo es ya significativo y beneficia a los 111 millones de ciudadanos de los países miembros. 


La zona de libre comercio ampliada, que elimina en 100% los aranceles en la región andina y fortalece los flujos comerciales, ha favorecido el crecimiento de la región. Los acuerdos migratorios, los acuerdos de aduanas, son algunos de los hitos. Hace 50 años la región tenía 45 millones de ciudadanos y el comercio era apenas de 53 millones de dólares, mientras hoy alcanza 9 mil millones de dólares. El ingreso per capita ha crecido 17 veces más. 

No es poca cosa, por ejemplo, que los ciudadanos andinos podamos desplazarnos de un país a otro sin necesidad de pasaporte, simplemente mostrando la cédula de identidad. Acuerdos académicos que se están gestando permitirán que los profesionales puedan ejercer en cualquier país miembros de la CAN.

Estos resultados concretos solo son posibles cuando hay acuerdos supranacionales como los que facilita la CAN, que nació con la vocación de promover el desarrollo y el bienestar de los ciudadanos de la región. 


El Presidente Iván Duque con cancilleres de Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú
La última de las 854 decisiones que ha tomado la CAN en su historia, es la anunciada esta semana en Cartagena: la norma que dentro de cinco meses permitirá iniciar el proceso de generar una tarifa liberada para roaming internacional en la región andina. Es decir, cualquier ciudadano podrá viajar y hacer llamadas dentro de la región sin costo adicional. 

Uno de los fundadores de la CAN, el Dr. Jorge Valencia, recordó que hace 50 años era una herejía hablar de "supranacionalidad", no solo en América Latina sino en el mundo, aunque ahora la integración regional es buscada y desarrollada en todo el planeta. 

No todo es agua de rosas, por supuesto. Chile prefiere mirar a través del Pacífico hacia Asia en lugar de integrarse más a la región, y Venezuela deberá recuperar la democracia para integrar de nuevo este organismo regional unido por la cordillera. Por otra parte, la CAN tiene un retraso notable en su adaptación a las nuevas tecnologías que permiten desarrollar plataformas digitales y gobiernos electrónicos. El futuro ya nos sacó una ventaja considerable. 

(Publicado en Página Siete el sábado 22 de febrero 2020)   
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El nacionalismo es la extraña creencia de que un país es mejor
que otro por virtud del hecho de que naciste ahí.
— George Bernard Shaw

20 febrero 2020

Y ahora Drummond

  Es considerado por muchos como el mayor poeta de Brasil. Una escultura de bronce lo muestra sentado con las piernas cruzadas en una banca sobre la playa de Copacabana en Rio de Janeiro, donde solía pasear, a tres cuadras de donde vivía en la Rua Conselheiro Lafayette, No. 60

Carlos Drummond de Andrade nació en 1902 y falleció en 1987, a la edad de 84 años. Pero, ¿qué tiene que ver con Bolivia? Ni siquiera tenemos noticia de que haya estado en nuestro país, y hasta donde llega mi entender, nunca conoció personalmente a un escritor boliviano (¿o quizás a Francovich, su contemporáneo que vivió en Brasil?), ni tuvo relación con nuestra literatura. Sin embargo, en estas páginas regresa a mi memoria un hecho que puso a nuestro país en la mirada de Drummond de Andrade. Es parte de un acontecer anecdótico, pero vale la pena rescatarlo por lo que significó para nosotros, más que para él. 

Aparte de su abundante producción poética, hay tres razones por las que me siento cercano al poeta brasileño. La primera, porque Drummond de Andrade y yo somos escorpiones en el mapa astrológico: nacimos el mismo día, un 31 de octubre, aunque él casi cinco décadas antes que yo. Curiosamente, compartimos también el signo Tigre en el calendario chino. Esa doble coincidencia la descubrí después y de ella nunca supo Drummond. 

La segunda razón, muy obvia, es que su poesía me parece grande y abarcadora de muchos temas, y como ejemplo de complicidad poética comparto al final de este texto su poema “A bunda”, sensual y delicioso por donde uno lo mire (por detrás, naturalmente). 

La tercera razón es la que marcó mi memoria cuando hacía mis primeras armas como periodista cultural: Drummond de Andrade y yo tuvimos un breve intercambio epistolar en abril de 1971, a raíz de un episodio de plagio que me tocó poner en evidencia y al que me voy a referir en detalle. 

El Nacional era el diario oficialista del gobierno progresista del general Juan José Torres (“Jota Jota”), en el que trabajé entre 1970 y 1971 bajo la dirección de Ted Córdova Claure. Fueron meses de lucha frontal contra la derecha golpista y disfruté cada día de ese trabajo combativo (junto a colegas como Coco Manto, Andrés Soliz Rada, Paulo Cannabrava, Álvaro Barros Lemez y otros) mientras la Asamblea del Pueblo, encabezada por don Juan Lechín, se reunía a pocos metros de la redacción del diario, en la Plaza Murillo. 

Además de escribir columnas sobre temas políticos y sociales, mi principal ocupación y preocupación era una página cultural diaria y un famélico suplemento literario dominical. Fue en ese suplemento que me vi en la obligación ética de exhibir a un médico boliviano con veleidades de poeta, Harry Trigoso Tapia, quien tuvo la desafortunada ocurrencia de plagiar el poema “Y ahora José” de Drummond de Andrade (un clic para ver y escuchar el poema en la voz del poeta en una versión con música de Paulo Diniz). 

Probablemente Trigoso -a quien nunca conocí personalmente- no fue plenamente consciente en ese momento de la arbitrariedad que había cometido al fusilar los versos de un poeta tan conocido, pero no se podía pasar por alto su osadía. Había mala fe en esa “adaptación” del poema brasileño a la realidad boliviana: los mismos versos, el mismo ritmo. Para demostrar que se trataba de un burdo plagio, publiqué lado a lado en una plana de El Nacional el poema original de Drummond de Andrade, su traducción al castellano (que me proporcionó el Agregado Cultural de la Embajada de Brasil), y la “versión” altiplánica de Trigoso. 

El plagio es de por sí un asunto sórdido, que ha dañado la reputación de grandes escritores, como sucedió con el peruano Bryce Echenique por unos artículos “alimentarios” para la prensa. En el caso de Trigoso, quien no tenía ninguna reputación literaria que defender, el incidente no tuvo mayores consecuencias en Bolivia, y menos aún en Brasil. 

Lo que me interesa de esta anécdota no es otra cosa que la carta que recibí de Drummond de Andrade unas semanas después, por intermedio de la Embajada de Brasil en La Paz. El gran poeta, más allá del bien y del mal, le restaba importancia a su plagiario y lo condecoraba generosamente. Esto me dice en su carta, traducida aquí al castellano: 
Rio de Janeiro, 19 de abril de 1971. 

Mi querido hermano Alfonso Gumucio Dagron: 

He leído sus artículos “Las malas de costumbres” y “Juzgue el lector...” en El Nacional. Vi en ellos, junto con un noble celo por las cuestiones relacionadas con la creación literaria, un toque de simpatía profunda por la obra de un poeta brasileño. Y como ese poeta soy yo, vengo a decirte que me ha tocado mucho su actitud espontánea y generosa. 

No me corresponde decidir sobre la cuestión suscitada, ya que, aún involuntariamente, soy parte de ella. El lector dirá, de hecho, la última palabra. Apenas, a modo de comentario, se me ocurre recordar la frase de Virgilio, a quien se censuraba el hecho de utilizar versos ajenos en su obra inmortal, y extraerlos incluso de poetas de menor categoría, como un tal Enio (cito en francés, porque la fuente y Saint-Beuve, en su “Étude sur Virgile”): “Je tire l’or du fumier de Ennius”. ¿El poeta que fue el blanco de sus críticas no estaría siguiendo ese ilustre ejemplo?... 

Cordialmente el abrazo, la admiración y el agradecimiento de 

Carlos Drummond de Andrade 
Rua Conselheiro Lafayette, 60. AP. 701 

Luego de muchos años vuelvo a leer detenidamente la carta como si fuera la primera vez, y entonces distingo los golpes gastados de la máquina de escribir, las minuciosas correcciones que hizo Drummond a mano con tinta negra para completar una letra que no se leía bien, o para colocar un acento que faltaba. La traduzco al castellano no porque suene mejor que en portugués, sino para compartir su contenido. Conservo con cariño inmenso estas líneas enviadas por “el animal menos epistológrafo del mundo”, como se definió a sí mismo ante Rodolfo Alonso, autor de una excelente selección y traducción de 45 poemas de Drummond: Antología (2005), publicada en Bogotá por Arquitrave. Lean, lectores, esos 44 poemas y un texto en prosa sobre Machado para aquilatar el valor de la poética de Drummond. 

Algún día conoceremos los tres poemarios inéditos que Drummond escribió a lo largo de la relación secreta que mantuvo con Lygia Fernandes, su amante durante 36 años, fallecida en 2003. Los manuscritos permanecen en custodia de la familia de ella. 

En una visita a Rio de Janeiro fui a la calle Rua Conselheiro Lafayette, 60 para mirar de frente el edificio donde vivía el poeta. Habían pasado 34 años desde que me envió la carta, para que en febrero del 2005 pudiera visitar y fotografiarme junto a su figura en bronce, sentado y pensativo en la rambla de la Avenida Atlántica, sobre la playa de Copacabana, en una banca que deja leer uno de sus versos: “No mar estava escrita uma cidade”. 

La escultura, inaugurada el 30 de octubre de 2002, en vísperas del centenario del nacimiento de Drummond, fue realizada por el escultor Leo Santana con base en una foto de Rogério Reis para la revista Veja. Al igual que la estatua de John Lennon en La Habana, la de Drummond ha sido víctima de compulsivos admiradores que le robaron los anteojos ocho veces desde su inauguración, cuatro desde octubre del 2007. En la última, el restaurador Valdeci Santos decidió soldar los lentes como para que no vuelva a suceder. 

No me cabe la menor duda de que en esa banca donde aparece con las piernas cruzadas y los antebrazos sobre las rodillas, nacieron los versos de este poema que no me atrevo a traducir: 

A bunda, que engraçada 

A bunda, que engraçada. 
Está sempre sorrindo, nunca é trágica. 

Não lhe importa o que vai 
pela frente do corpo. A bunda basta-se.
Existe algo mais? Talvez os seios.
Ora - murmura a bunda - esses garotos 
ainda lhes falta muito que estudar.

A bunda são duas luas gêmeas 
em rotundo meneio. Anda por si 
na cadência mimosa, no milagre 
de ser duas em uma, plenamente.

A bunda se diverte 
por conta própria. E ama. 
Na cama agita-se. Montanhas
avolumam-se, descem. Ondas batendo 
numa praia infinita. 

Lá vai sorrindo a bunda. Vai feliz
na carícia de ser e balançar 
Esferas harmoniosas sobre o caos. 

A bunda é a bunda
redunda. 

Carlos Drummond de Andrade 

(Artículo publicado en la revista municipal Jiwaki #60, La Paz, octubre de 2019) 


14 febrero 2020

Narco prestidigitación

Coronel René Sanabria
 Sabíamos de las estrechas relaciones entre el narcotráfico y Evo Morales, pero lo que se ha descubierto en semanas recientes sobrepasa la imaginación más febril. 

El gobierno del MAS estuvo metido hasta el cuello en el negocio ilícito. El caso más sonado durante el primer gobierno de Evo Morales fue el del coronel de la Policía Nacional, René Sanabria, director de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico (FELCN) entre 2007 y 2009. Es un chiste grotesco que “el mejor alumno de la DEA” traficaba toneladas de cocaína, fue atrapado fuera de Bolivia por la misma DEA, y cumple una condena en Miami. Evo Morales hizo que el asunto se olvidara. 


Valentin Mejillones, el narcoamauta
Otro caso de mucho significado para Evo Morales, que aprecia tanto los símbolos ancestrales, es Valentín Mejillones, el amauta que lo entronizó el año 2005 en Tiwanaku, en una ceremonia teatral que resonó en el mundo porque se convirtió en el símbolo del retorno de las culturas indígenas al poder “usurpado por los blancos”. Pues bien, tiempo después el sabio aymara fue sorprendido en su casa en El Alto con una fábrica de cocaína y dos “huéspedes” colombianos. 


Parte del clan Terán
Durante los 14 años de autocracia de Evo Morales el régimen no pudo ocultar las noticias sobre sus vínculos con el narcotráfico. Es el caso del clan de las hermanas Terán, una de las cuales (Margarita) fue pareja del expresidente. Las atraparon en 2008 con 147 kilos de cocaína, acusadas de la tortura y del asesinato de los esposos Andrade, procesadas por la justicia boliviana pero liberadas unos meses más tarde por influencias del soberano presidente. Ahora están prófugas, salvo Elba, capturada en enero con identidad falsa. En la investigación se le han encontrado hasta ahora una docena de lujosas casas en varias ciudades del país. 


Dora Vallejos, prófuga
El entorno íntimo de Evo Morales está vinculado al narcotráfico. Su partido político ha hecho titulares frecuentemente y los sigue haciendo. En el curso de la primera semana de febrero del 2020 fue identificada por el Ministerio de Justicia, una mujer cuyo nombre era hasta entonces desconocido: Dora Vallejos, militante del MAS vinculada al ex ministro de Gobierno Carlos Romero, dueño de Sport Boys (¿cuánto cuesta un equipo de fútbol?), y a otros personajes cercanos a Evo Morales. Esta señora puede batir records pues logró acumular “calladita” (sin hacerse notar), una fortuna de 250 millones de dólares (y probablemente mucho más, que aún se está investigando). 



Parientes de diputados y senadores de MAS, militantes y simpatizantes, familiares de dirigentes de “movimientos sociales” afines a Evo Morales, han ido cayendo por narcotráfico sin que el ex presidente parpadee siquiera. Se han incautado toneladas de cocaína, avionetas, pistas de aterrizaje, y exportaciones que ingeniosamente escondían droga. Todo ello, que ya es mucho, es apenas la punta del iceberg. 

Sin embargo, no debería extrañarnos. Según cifras ofrecidas en 2012 por César Guedes, Representante en Bolivia de la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC), el 94% de la hoja de coca en el Chapare (la zona de influencia de Evo Morales), se destina a la producción de cocaína. La UNODC basó su análisis en datos proporcionados por la Dirección General de Coca e Industrialización (DIGCOIN), es decir, por el propio gobierno de Evo Morales. 


No es casual que a lo largo del régimen de Evo Morales se haya deforestado masivamente en Bolivia para expandir los cultivos de coca. No es casual que Evo Morales haya hecho construir en Chimoré un enorme aeropuerto “internacional”, donde no aterriza ni una sola línea aérea comercial. Y no es casual que el expresidente quiera blindarse con un curul en el senado, de los juicios que, de todas maneras, le van a caer encima por corrupción y narcotráfico. 


(Publicado en Página Siete el sábado 8 de febrero 2020) 
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Nosotros creemos que el narcotráfico, no la droga,
el narcotráfico es el peor flagelo
que estamos soportando recientemente en América Latina.
—José Mujica

08 febrero 2020

El olor de los pobres

El extraordinario elenco de actores
 Lo malo de ver una película que llega precedida de tanta fama, es que uno no puede evitar la información que circula sobre ella, y eso corre el riesgo de influenciar el criterio de quienes escribimos sobre cine. Lo bueno, es que términos como “extraña”, “original”, “inclasificable” y otros similares tuvieron el efecto de provocar mi curiosidad por el filme, aunque antes de verla evité leer comentarios y críticas sobre “Parásitos” (2019) dirigida por el sudcoreano Bong Joon-ho. 

Al salir de la sala de cine, muchas ideas, y sobre todo sensaciones, daban vuelta vertiginosamente en mi cabeza, pero algo quedaba claro sobre todas las demás consideraciones: “Parásitos” es una gran metáfora sobre la lucha de clases en la sociedad de la información. 

En pocas palabras la línea argumental muestra a la familia Kim de cuatro personas (padre, madre, hijo e hija) que viven la pobreza más deprimente en un subsuelo de la ciudad donde incluso la taza de baño está encima de sus cabezas y tienen que trepar a ella como a un trono, ya sea para hacer sus necesidades o para “robar” la señal de wifi de algún vecino. La otra familia, los Park, también conformada por cuatro miembros, padece otro tipo de inseguridad que su bienestar familiar no permite resolver completamente. 

La familia de estrato bajo, por un azar del destino, logra poner un pie dentro de la casa de estrato alto, y en poco tiempo se apropia del funcionamiento de esa casa: el hijo empleado como profesor de inglés, el padre como chofer, la hija como profesora de arte y la madre como ama de llaves. Los cuatro desplazan gradualmente a los empleados anteriores, tendiéndoles trampas que terminan en su despido. 

La historia dista de ser simple, me recordó el cuento de Cortázar “Casa tomada”, donde una pareja de hermanos cuarentones en un caserón enorme, se ve progresivamente reducida por fuerzas invisibles, a una parte de la casa y luego expulsados.  No es solamente el tema que tiene afinidades con la película de Bong Joon-ho, sino la estructura misma del relato: la primera parte puede parecer anodina y descriptiva, mientras que la segunda desata una dimensión simbólica que desborda. 

La casa es también un personaje
Nada está librado al azar en “Parásitos”. La construcción de la casa de la familia pobre, en un subsuelo de la ciudad, y la casa de la familia rica, en la parte más alta, con un enorme jardín que parece más cerca del cielo, constituye uno de los decorados más elocuentes que recuerdo en mi vida de cinéfilo. Ambas casas hablan, dicen mucho de la distancia que media entre las clases sociales. Y no se trata solo de Corea del Sur, se trata de la humanidad, del mundo en que vivimos, porque la metáfora puede aplicarse a cualquier ciudad y país. 

La invasión de los “parásitos” de estrato bajo, que emergen prácticamente de las alcantarillas de la ciudad, se produce sin escollos hasta que el filme adquiere una dimensión inesperada y fantástica que en la segunda mitad descompone completamente las relaciones entre todos los personajes. 

Todo se precipita gracias a una lluvia torrencial, una de las secuencias más poderosas en cuanto a su narrativa y a su valor simbólico, porque en pocos minutos muestra de manera literal la caída de la familia de clase baja que huye de la moderna casa señorial hacia el subsuelo de la ciudad, que ha sido colapsado por la cantidad de agua de manera que las aguas servidas revientan las cañerías y marcan de la manera más gráfica la miseria humana en la que vive la familia que mediante el engaño, la seducción y la impostura trató de igualarse con la familia rica. Cuando los Kim huyen de la mansión descienden interminables calles y escaleras hasta el submundo de los pobres. 

¿Podemos inferir por tanto que la familia de estrato bajo representa a los “parásitos” del título de la película? ¿No son acaso tan parásitos los miembros de la familia rica y bondadosa que los emplea a su servicio? 

Los acontecimientos se precipitan con la misma violencia con que la torrencial lluvia se abate sobre la ciudad. La línea argumental parece evolucionar con vida propia de la mano de actores formidables que enfrentan situaciones extremas, una tras otra. No voy a describir aquí las escenas, porque el elemento sorpresa es fundamental en esta película que teje de manera imbricada e inseparable varios géneros: comedia, drama, tragedia, suspenso… 

Hay dos leitmotiv (temas recurrentes) importantes en el film. El primero tiene que ver con las nuevas tecnologías de la información, presentes desde la primera escena, cuando la familia de estrato bajo se desespera porque sus celulares han quedado sin wifi. La dependencia de la conexión permanente a internet es paradójica en el país que tiene, en el mundo, el servicio de internet más veloz y eficiente. Y el hecho de que solamente puedan captar señal “robada” aproximándose a la taza de baño donde hacen sus necesidades, no tiene nada de gratuito. 

Pero es la conexión de internet la que permite a la familia de astutos “perdedores” fraguar hasta en el más mínimo detalle su asalto a la fortaleza de los ricos, los ingenuos “triunfadores”. La tecnología del teléfono celular hace posible que sin plantearse problemas de conciencia, los Kim planifiquen una pequeña rebelión que equivale a una toma circunstancial del poder político. El único personaje aislado de esa tecnología, usa en el refugio antiaéreo en el que se esconde, el código morse para comunicarse con el exterior, lo cual no deja de ser fascinante porque ese sótano secreto está muy por encima del semisótano donde sobrevive la familia de clase baja. 

En todos y cada uno de los personajes, el dilema moral es permanente. Un poco menos en los Park, cuyo bienestar los mantiene viviendo en una burbuja que flota sobre cualquier consideración de culpa o remordimiento. 

El otro leitmotiv es el que sirve de título a esta columna: el olor de los pobres. En un momento dado los miembros de la familia rica comienzan a distinguir en la familia de estrato bajo un olor peculiar que los distingue y que los identifica como miembros no solo de una misma familia, sino de una comunidad desplazada del bienestar y del poder, una especie de casta de servidores, de vasallos. Por ello una de las escenas más sorprendentes ocurre precisamente como desenlace de un gesto de disgusto por ese olor, que en circunstancias muy dramáticas provoca la solidaridad de clase con un desenlace inesperado. 

Es a propósito que he sembrado este comentario de referencias crípticas. No es la intención confundir al lector sino por el contrario invitarlo a ver el largometraje de Bong Joon-ho, una de las propuestas cinematográficas más innovadoras que he visto en mucho tiempo

(Publicado en Página Siete el domingo 2 de febrero 2020)
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Un buen vino es como una buena película:
dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria;
es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas,
nace y renace en cada saboreador.
—Federico Fellini