26 julio 2020

De golpe

 “Ya han pasado 40 años, estamos viejos”, le digo a un amigo. “Hablá por ti, yo estoy joven…” replica con picardía. Cuatro décadas, pero no parece. “Parece ayer”, decimos al unísono, y así lo sentimos, porque la memoria -siempre selectiva, ha grabado esos momentos con fuego y parecen muy cercanos en el tiempo. 

Paramilitares
Hace cuarenta años, como hoy, yo estaba escondido en una casa en San Jorge donde me acogieron generosamente mis amigos Macri y Chaskas. Ni ellos mismos sabían el riesgo que corrían al tenerme de alojado, pero se dieron cuenta en pocos días. Cada noche, en la televisión del Estado asaltada por periodistas de uniforme se emitían amenazas: “Quien esconda a terroristas sufrirá las mismas consecuencias que ellos”. 

El terrorista era yo. Un terrorista libertario sin partido ni aparato de protección ni armas de fuego, un francotirador solitario que lanzaba palabras en lugar de granadas. Mis crímenes estaban a la luz del día en las páginas del semanario Aquí, donde escribía junto a Luis Espinal y otros compañeros tan o más peligrosos por su pluma. 


Una semana antes, el 17 de julio, se había producido el golpe militar de García Meza, un hombre sin pies ni cabeza. El ambicioso general de caballería solía montar cuadrúpedos más inteligentes que él y su notoria torpeza no tenía un ápice de la elegancia de un caballo. Estaba rodeado de asesinos, el más notorio de ellos Luis Arce Gómez, quien durante más de una década había urdido atentados y crímenes, entre ellos el de Luis Espinal, en marzo de 1980. 


General García Meza y Coronel Arce Gómez, golpistas
El día del golpe me encontraba trabajando en CIPCA, en lo alto de la calle Sagárnaga, cuando escuchamos en vivo y en directo los disparos de los paramilitares atacando la COB. Decidimos bajar corriendo a “defender” la sede sindical con las manos desnudas, pero llegamos tarde. Ya se habían llevado a Marcelo Quiroga malherido, habían asesinado a Gualberto Vega y Carlos Flores, y los demás estaban ya capturados camino al Estado Mayor para ser torturados. Traté de volver a mi casa, pero había paramilitares en la puerta. 

Marcelo Quiroga Santa Cruz
En el semanario Aquí habíamos “cantado” el golpe de Natusch Busch y el de García Meza con meses de antelación, desde las elecciones democráticas del 1 de julio de 1979. Cuando uno revisa la colección del semanario, encuentra numerosos artículos donde subrayamos la reticencia de los militares a regresar a los cuarteles luego de siete años de dominio absoluto durante la dictadura de Banzer, y mucho antes, desde el golpe de Barrientos en 1964. 

Nos acusaban de provocar a los militares pero en realidad, solo publicábamos lo que todos sabían que iba a suceder más temprano que tarde debido a la terquedad de las fuerzas políticas para unirse frente al autoritarismo. ¿Suena conocido cuatro décadas más tarde? 

Estuve escondido hasta que no quise seguir arriesgando a mis amigos, y entonces pedí asilo en México. Ximena Iturralde, amiga y vecina en Obrajes, me recogió y me dejó en la puerta de la embajada mexicana, donde junto a más de un centenar de asilados me acogió el embajador y ex militar Plutarco Albarrán, quien despejó todos los ambientes de su residencia en la calle 5 de Obrajes, menos su dormitorio, para que pudiéramos dormir codo a codo sobre el suelo. 

Luis Rico y Alfonso Gumucio asilados en la Embajada de México
Pequeño, introvertido, don Plutarco enviaba al ministerio del Interior las listas de asilados solicitando su evacuación a México. Luego de varias semanas comenzaron a salir grupos de 20 cada sábado. Los despedíamos con “La caraqueña” de Nilo Soruco, con el vozarrón de Luis Rico y su inseparable guitarra. Salían unos y entraban otros al asilo, algunos saltando la pared como nuestro querido amigo el “Intruso” (Rolando Durán Llano). En el bosquecillo de la esquina elevada del terreno de la embajada, Coco Manto, René Bascopé, Ramón Rocha y otros componían versos o canciones. Yo me aplicaba en la redacción de un testimonio: “La máscara del gorila”, que luego fue premiado en México en 1982. 

No supe hasta semanas más tarde que en manos de Arce Gómez había una lista de seis nombres: “Estos que se pudran, no les vamos a dar salvoconducto”, habría dicho el ministro del Interior en la cúspide de su brutal arrogancia. Y entonces decidí que no debía darle gusto, y monté una operación clandestina de fuga hacia Perú, con la complicidad de varios amigos dentro y fuera de la embajada de México. 

Pero esa ya es otra historia, mucho más larga. 

(Publicado en Página Siete el sábado 25 de julio 2020)
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Those who cannot remember the past
are condemned to repeat it. 
—George Santayana

24 julio 2020

Hounkonnou

Dominique Hounkonnou en Utrecht, febrero del 2007
 Con su apellido impronunciable se ha ido al otro lado del espejo un amigo africano con el que me tocó compartir agradables momentos en La Haya, entre 2007 y 2012, cuando ambos integrábamos el International Advisory Board de PSO, la organización estatal holandesa de cooperación para el desarrollo.

Éramos cuatro miembros de diferentes regiones del mundo, y sin representar a ninguna de manera oficial sino por invitación personal, traíamos a la mesa los problemas comunes para enriquecer el pensamiento progresista de la cooperación de Holanda. Y fuera de las reuniones, la paseábamos bien durante los tres o cuatro días que nos tocaba compartir cada año.

P.N. Vasanti, Dominique Hounkonnou, Alan Fowler, Margo Kooijman y Alfonso Gumucio en La Haya, 2012
No sé si Dominique es otra víctima del exceso de muertes de este año, pero el caso es que ya no está para deleitarnos con su humor y sus historias de Benín, su país y de alguna manera también mío durante los cuatro años que pasé en Nigeria.

El pequeño país encajonado entre Togo, Burkina Faso, Mali y Nigeria era un lugar de escape de Lagos, la ciudad invivible. Los fines de semana no me daba pereza manejar durante cinco horas para llegar a Cotonou, disfrutar la tranquilidad de la capital, la cocina heredada de los franceses y las playas sobre el Golfo de Guinea.

Dominique tenía sólidos lazos desarrollados con Holanda muchos años antes, pues había estudiado y enseñado en la Universidad de Wageningen, donde durante 20 años dirigió el proyecto Convergencia de las ciencias”. Antes, durante 12 años, había sido investigador en el Centro Técnico de Agricultura y Cooperación Rural (CTA), por lo que pasó una buena parte de su vida profesional en Europa.

Recuerdo que en su billetera llevaba siempre minúsculas tarjetas SIM de cada país, que colocaba en su celular antes de pasar la frontera de un país a otro.

Vasanti, Hounkonnou y Gumucio en La Haya
El comunicado de la Universidad de Wageningen por el que me he enterado de su muerte en la mañana del 15 de julio, destaca que “hizo una contribución indispensable a los proyectos de investigación en universidades de Benín, Ghana, Mali y Países bajos en las innovaciones institucionales en el ámbito rural”. Por esos aportes recibió en noviembre de 2014 la Orden de Oficiales de Orange-Nassau que otorga el gobierno holandés.

Los amigos se van, pero lo importante es dejar testimonio de ellos y preservar su memoria.

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Lo único que está mal en la muerte
es que nuestro esqueleto podrá́ confundirse con otro.
—Ramón Gómez de la Serna 

12 julio 2020

Partió para quedarse

 Hay quienes son injustamente olvidados cuando fallecen, pero hay los que parten y se quedan. Los recordamos todo el tiempo, no solo en los aniversarios de natalicio o fallecimiento, los tenemos presentes en la vida cotidiana porque nos han enriquecido en el largo recorrer de la amistad. A esta categoría pertenece Luis Ramiro Beltrán, que partió hace cinco años para quedarse. 

Luis Ramiro está presente en las conversaciones de quienes trabajamos en el campo de la comunicación en América Latina, pero también en una red mucho más amplia, donde se tejen sus ideas pioneras con sus picardías de niño y sus actos de nobleza y generosidad. 

La “vieja guardia” de gente como Luis Ramiro atravesó la vida armada de valor pero sobre todo de valores y principios de ética, honestidad y solidaridad. Cada vez son menos y cada vez son más los que hacen del más descarado oportunismo su bandera, acomodándose sin escrúpulos no solo en la política, sino también en la academia e incluso en las relaciones sociales más básicas. 

Aunque la palabra pueda sonar anticuada, Luis Ramiro era un “caballero”. Es decir, un caballero andante como don Quijote, un hombre armado de ideales como coraza. Y ese tipo de caballeros, con o sin Rocinante, dejan su ejemplo de vida: una totalidad que no se fragmenta porque es compacta, hecha de nobles materiales. 

Han pasado cinco años desde el 11 de julio en que falleció. Estuvimos con su esposa Nohorita Olaya y con Karina Herrera hasta la noche y lo dejamos en su cama del hospital Arco Iris confiados en que lo veríamos al día siguiente, como todos los días anteriores. Nos despidió con una mirada chiquita que probablemente quería decir muchas cosas y no supimos leerla. Fuimos los últimos en verlo con vida. Esa madrugada Nohorita recibió la llamada que nunca hubiera querido recibir. 

Es un privilegio decir que Luis Ramiro me honró con su amistad durante varias décadas, y también fue mi mentor y maestro. Desde su puesto como asesor regional de la Unesco para América Latina, en 1985 apoyó con un primer financiamiento, pequeño pero fértil, al Centro de Integración de Medios de Comunicación Alternativa (CIMCA), una ONG que fundé al regresar del exilio en México. Con un puñado de dólares que nos dio Unesco organizamos en Potosí (donde tenía que ser) el Primer Simposio Internacional sobre las Radios Mineras, del cual salió el primer libro sobre ese tema, que coordiné con Lupe Cajías. 

Muchas veces compartimos encuentros académicos para los que se preparaba con un esmero obsesivo compulsivo. Para él, escribir una ponencia magistral de una hora o tres páginas de un prólogo o una presentación de cinco minutos, era un asunto de tanta seriedad que le provocaba úlceras. Perfeccionista, se creía en la obligación de leer toda la bibliografía existente y solía empezar con meses de anticipación. Después de un congreso en La Habana, donde presentó La comunicación antes de Colón, volamos a México para presentar allá en simultáneo su libro y mi Antología de comunicación para el cambio social

Cuando tuve la oportunidad de hacerlo, como director del Consorcio de Comunicación para el Cambio Social, lo invité a una reunión a puerta cerrada en Bellagio (Italia), a orillas del lago Como, donde durante cinco días alternó con algunos de los más importantes pensadores de la comunicación para el desarrollo del mundo. Fue la culminación de varias reuniones anuales donde además de Luis Ramiro pudimos contar en años diferentes (de 1997 a 2004) con Everett Rogers (su maestro y amigo), Jan Servaes, Daniel Prieto Castillo, Rosa María Alfaro, Robert White, Juan Díaz Bordenave, Colin Fraser, John Downing, Alfred Opubor, por no citar sino algunos especialistas de nivel internacional. 

Veinte años más tarde yo transitaba los caminos que él había abierto con sus propuestas pioneras sobre políticas nacionales de comunicación y comunicación horizontal, entre otras. En mis viajes pisaba sus huellas: colegas y estudiantes que lo habían leído en todo el mundo me preguntaban por él con admiración. Cuando yo le anunciaba que regresaba a Bolivia por unos días, me decía: ¿a quién quieres que invite a la casa? Y así podía ver yo a sus amigos que eran también los míos, con quienes celebrábamos todos sus cumpleaños con algarabía. 


Su sola presencia era un visto bueno para cualquier actividad académica. Así fue cuando organizamos con algunos colegas el Primer Coloquio de Políticas y Legislación para la Radio Local en América Latina, o cuando en la UMSA impulsamos la Cátedra IPICOM, para traer sin costo para la universidad a colegas internacionales como Manuel Chaparro, Omar Rincón, Paco Sierra, Juan Ramos Martín, Jorge González, entre otros. 

Hasta el final de sus días fue un hombre generoso y desprendido. Yo le decía: “Eres una chica fácil”. Porque era incapaz de decir no a los pedidos que recibía de prólogos, presentaciones y ponencias. 

(Publicado en Página Siete el 11 de julio de 2020)


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Cada partida es una anticipación de la muerte
y cada encuentro, una anticipación de la resurrección.
— Arthur Schopenhauer



30 junio 2020

De una vez

 Me perdí algo en la telenovela política boliviana. Como ya me aburre la saturación de noticias, me perdí algún capítulo del sainete. Hasta donde recuerdo, había una gran presión política para que el gobierno de la presidenta Añez promulgue la ley de convocatoria a elecciones para el 6 de septiembre, y ella se resistía a hacerlo en consideración de los riesgos de la pandemia. 


Hasta donde me quedé en la cadena de acontecimientos, la presidenta del Senado, por instrucciones de su jefe Evo Morales, amenazó con promulgar la ley si no lo hacía el gobierno. De lo que recuerdo, hace un par de semanas insultaban como “masista” al presidente del Tribunal Supremo Electoral, porque ese órgano del Estado dispuso las elecciones para septiembre. Un funcionario de lujo para cualquier país del mundo, pero denigrado en Bolivia. 

Hasta donde recuerdo, la opinión pública estaba dividida entre los que afirman que es un riesgo para la salud y la democracia hacer elecciones tan pronto, y los que acusaban al gobierno de prorrogarse usando como excusa la pandemia. Los primeros argumentan que la gente se puede contagiar al votar (riesgo para la salud) y que muchos no irán a votar por miedo al contagio (abstención, riesgo para la democracia). Los otros, que de todas maneras exigen elecciones lo antes posible, esgrimían argumentos basados en cálculos políticos, no en previsiones sanitarias. 


Hace semanas escribí que el MAS jugaba ambas cartas de manera sucia, en el estilo brutal del irresponsable “jefazo”: por una parte, exigía elecciones cuanto antes, y por otra, sacaba a sus huestes a las calles para aumentar los contagios y mantener al país en crisis sanitaria permanente. 

Pero, como digo antes, me perdí algún capítulo de la telenovela, porque no bien promulgada la ley de convocatoria a elecciones, los mismos que presionaban ahora acusan de irresponsable al gobierno. Ya no entiendo nada. 

Parece que hay dos verdades que es imposible conciliar, y ambas nos llevan a un desastre, pero ya no me importa: que suceda de una vez. 


La verdad número 1 es que la pandemia continuará. No hay solución para los próximos seis meses, ni en Bolivia, ni en ninguna parte. Ningún país ha eliminado el COVID-19, una montaña rusa con curvas peligrosas y bajadas espeluznantes. Donde ya no había casos, empiezan a aparecer de nuevo (China, Europa). Bolivia, a pesar de los esfuerzos realizados, es más frágil porque tiene una frontera extensa con Chile (que hasta ahora no ha podido frenar el número de contagios diarios) y con Brasil, que tiene como presidente a un demente que califica la pandemia mundial como “uma gripezinha”. 

La verdad número 2 es que todos queremos que la situación política encuentre una salida cuanto antes. La pandemia no estaba en los cálculos de nadie: ni de los que salimos con pititas y banderas a bloquear las calles contra el fraude electoral de Morales, ni de los masistas que orquestaron el engaño para eternizarse en el poder, ni de los aspirantes a llegar al gobierno. A todos nos sorprendió por igual y nos puso frente a un espejo que nos muestra como somos: intolerantes e irresponsables. 

Entonces, entre las dos verdades hay un dilema que no tiene solución. Quien diga que tiene una solución, miente. Resulta muy cómodo echar todas las culpas al gobierno: culpable si no convoca a elecciones porque quiere eternizarse en el poder, y culpable si las convoca porque pone en riesgo la salud y la misma democracia. 

¿Entonces qué? Sí que sí, o no que no. O sí que no, o no que sí. Parece una cantinfleada colectiva en la que todos se echan culpas (por no usar otra palabra) con ventilador. 


Lo voy a decir clarito: todos somos responsables, cada uno de nosotros. Todos somos comparsa en la telenovela. Todos somos campeones en ofrecer recetas y criticar. Y el día de las elecciones todos decidiremos por quien votar o si vamos siquiera a votar. Entonces, no se vale regar culpas al Tribunal Supremo Electoral, a Carlos D. Mesa, al gobierno o a Eva Copa (presidenta de un senado transitorio, cuyo mandato había concluido el 22 de enero). Todos hemos ejercido en coro opiniones para uno o para otro lado, que nos han llevado a este momento jocoso del sainete. 

En lo que a mi respecta, coincido con los quieren elecciones el 6 de septiembre. Creo que la votación se puede realizar con más orden que las ferias de El Alto y evitando el comportamiento desaforado de los narcos del Chapare o de Yapacaní. Pase lo que pase, que suceda de una vez para no prolongar la doble agonía. Y todos seremos responsables de lo que resulte: más pandemia y menos democracia. Pero sería lo mismo sin elecciones. 

(Publicado en Página Siete el sábado 27 de junio 2020)
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O ya no entiendo lo que está pasando
o ya pasó lo que estaba entendiendo.
—Carlos Monsiváis

19 junio 2020

Al fondo a la derecha

 ¿Qué pasará con la cultura después de la pandemia? me preguntó Bernardo Monasterios en una entrevista virtual de la Carrera de Artes de la Universidad Mayor de San Andrés. 

El confinamiento indispensable para bloquear al coronavirus ha anulado los eventos públicos: el cine, las artes escénicas, las manifestaciones de culinaria o folklore. La sociedad tendrá que reinventar la manera de consumir manifestaciones culturales y no habrá vuelta atrás. Si no aprendemos esa lección quedaremos expuestos. En nuestro país la cultura está al fondo a la derecha, como el baño (también ideológicamente). Y huele mal. 

En las últimas décadas ha habido más ayuda del Estado y de instituciones internacionales para el cine. Cuando comencé, o antes, cuando empezaron Ruiz, Sanjinés o Eguino, no existía apoyo, salvo excepcional, como la televisión italiana que permitió a Sanjinés realizar “El coraje del pueblo”. 

Ahora apoyan tanto el gobierno central como las alcaldías, y además fondos concursables internacionales como Ibermedia, DocTV, Al Jazeera, y otros recursos para cineastas jóvenes y sobre todo hábiles para obtenerlos: desarrollo de la idea, escritura del guion, pre producción, producción, postproducción, difusión, etc.  Si sumamos, un cineasta sin experiencia puede conseguir antes de comenzar su primera obra más de 100 mil dólares y vivir de ello. Antes era impensable. 

Si la cultura no es una prioridad para la gente,
menos lo será para el Estado 
Las políticas de Estado son parte de la solución y del problema porque la cultura es lo primero que sufre en tiempos de crisis y de la “nueva normalidad”. La eliminación del ministerio de Culturas en Bolivia es un botón de muestra, como la del Instituto de Cine y Creación Audiovisual (ICCA) en Ecuador. Participé como jurado internacional del ICCA en una categoría que distribuía recursos a fondo perdido, para cineastas con proyectos de ficción, documental, guion, etc. En total, una bolsa de dos millones de dólares de la que algunos proyectos buenos y otros mediocres se beneficiaban cada año. 

La cultura no solo depende del Estado nodriza, sino de los propios hacedores del oficio. En Bolivia se creó el mejor cine en las décadas de 1960 y 1970 cuando no había un centavo de apoyo, solo la creatividad y el esfuerzo de los cineastas. La creatividad no se decreta. 

¿La literatura es un negocio?
Los escritores hemos trabajado siempre sin apoyo. Otros países tienen becas que otorga el Estado o las universidades, pero también las propias editoriales que subsidian mensualmente a escritores en Europa o Estados Unidos para que se dediquen exclusivamente a escribir. En Bolivia no nos pagan ni los artículos de prensa que publicamos cada semana. Para los escritores, para los fotógrafos, para los pintores y para la gente de teatro la situación va a ser “igual de peor” después del COVID-19. 

¿Volveremos a salas llenas alguna vez?
La forma de consumo tendrá que cambiar en los eventos públicos: cine, teatro, danza, exposiciones. De hecho, ya ha cambiado. ¿Quién ha multiplicado su negocio en esta época de cuarentena? Disney y Netflix muestran un desarrollo exponencial porque la gente consume más cine en sus casas. Kindle y Kobo, que ofrecen libros digitales, han ganado más que las editoriales de papel. El sector editorial también tiene que reinventarse. No hay vuelta a lo mismo, eso se acabó. 

Otro factor nos afecta: nadie es profeta en su tierra. Creadores que son ninguneados o maltratados en sus países, obtienen reconocimiento en otros. Eso pasó con los autores del “boom” de la literatura latinoamericana: su vida en Barcelona o París les ofreció la oportunidad que no tenían en Perú, Argentina o Guatemala. Lo mismo sucedió con los cineastas mexicanos González Iñarritu, Cuarón y Guillermo del Toro, que han adquirido notoriedad mundial desde que trabajan en Hollywood. Claro que tienen talento, pero han escapado a los celos, la envidia y las rencillas provincianas. 

Andrea Bocelli durante su concierto solitario en el Duomo de Milán 
Algunos gobiernos apoyan industrias culturales que ahora denominan “economía naranja”, una iniciativa de Colombia que ha creado un vice-ministerio especializado. Pero esas políticas públicas no impulsan por igual a todos los sectores del ámbito cultural y favorecen sobre todo a la industria cinematográfica y editorial, que son las que más ganancias generan. En ese diseño hay un criterio de oferta y demanda que determina la sobrevivencia. 

Un problema adicional es la no separación entre Estado y gobierno, con sus implicaciones políticas. En Europa las políticas culturales se aplican sin mirar quién apoya al gobierno de turno. En América Latina, y sobre todo en Bolivia, hay favoritismo hacia los cortesanos y lambiscones, y eso se ha visto claramente en los 14 años de Evo Morales. 

Creo que el apoyo del Estado es necesario pero no define la creatividad y el futuro de las artes.  Tienen además responsabilidad la empresa privada y las universidades, el público que acude a la cultura y los propios creadores que deben ser igualmente creativos a la hora de plantear soluciones que vayan más allá de extender la mano para recibir ayuda como si fuera limosna. 


(Publicado en Página Siete el sábado 13 de junio de 2020) 

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La cultura es el aprovechamiento social del conocimiento.
—Gabriel García Márquez


14 junio 2020

Novela de una crónica

 Me acerqué a Tiempos recios (2019) de Mario Vargas Llosa con la mejor voluntad del mundo, con el afecto predispuesto por Guatemala, país en el que viví ocho años y que conozco muy bien pues lo recorrí de punta a canto y desarrollé una estrecha amistad con dos grandes: el pintor Efraín Recinos y el político y escritor Mario Monteforte Toledo (mencionado en la novela). 

La primera parte me pareció tediosa porque abunda el ensayo y escasea la narrativa. Pecando de didáctico, el autor se empeña en describir el contexto histórico de Guatemala suponiendo que es necesario para que entiendan la novela los que ignoran la historia. Proporciona detalles sobre Arévalo, Árbenz, Castillo Armas, la CIA, los mayas, la Reforma Agraria, la United Fruit y otros, prolijo como una referencia de Wikipedia, salpicando de vez en cuando el ensayo con apariciones de personajes en la intimidad. “Mucha carne y poco nervio”, escribí sobre el marcador de páginas para recordar la impresión que produjeron las primeras que leí. 


Está bien mucha carne con poco nervio sobre una parrilla, pero en una novela espero la fibra viva que mueve y conmueve, antes que la investigación que esconde la creatividad. Me pregunto si estas cosas suceden cuando los escritores se convierten en commodity, es decir, en inversiones que deben ser rentables. Hay escritores, con limitada experiencia y pocos libros, que trabajan a tiempo completo en los “establos” de grandes editoriales que pagan puntualmente una mensualidad para que escriban. Cada cierto tiempo, deben entregar algún resultado redituable, algo así como los futbolistas: son propiedad de un equipo y se espera que metan goles de vez en cuando. No es el caso de Vargas Llosa, claro. 


Alguna vez leí que Mario Vargas Llosa tiene en Barcelona (donde reside una buena parte del año) una oficina con media docena de asistentes —entre investigadores, correctores de estilo y secretarias, que lo apoyan en cada novela que publica. Como la mayoría de sus novelas recientes se inspiran en personajes y hechos históricos, estos asistentes buscan y verifican todos los detalles y “limpian” el texto antes de que el autor ponga el punto final y su firma. Las comodidades para escribir pueden anular a un escritor cuando siente que “debe” hacerlo. Les ha pasado a algunos cineastas que comenzaron con una opera prima magnífica, realizada sin más recurso que la creatividad, y que en películas posteriores que gozaban de una holgada producción, se vieron atrapados en la mediocridad. 

No había notado antes este trabajo de investigación en equipo como en Tiempos recios, que aborda el periodo anterior y posterior a la presidencia de Jacobo Árbenz, el militar que quiso modernizar y democratizar su país, pero no se lo permitieron los gringos. La gran potencia del norte se ensañó contra el pequeño país centroamericano hasta aplastarlo. Los detalles se supieron años más tarde cuando se desclasificaron los archivos de la CIA, la siniestra organización terrorista del gobierno de Estados Unidos. El libro Secret History - CIA's Classified Account of Its Operations in Guatemala, 1952-1954 (1999) de Nick Cullather, vino a confirmar lo que todos sabían, pero esta vez con datos de la propia CIA. 


Esperaba que el primer párrafo del libro abriría mi apetito, pero no sucedió. Recordé que García Márquez dijo que una buena novela se reconoce en las diez primeras páginas. Llegué a pensar que el ensayo introductorio lo había escrito otra persona. Tuve la impresión de leer en esas primeras páginas a un escritor prolijo pero desganado, sin el vigor de escritores guatemaltecos como Asturias y el mismo Mario Monteforte Toledo. 

Ojo, que no soy de los que desmerecen a Vargas Llosa por sus (cambiantes) posiciones políticas. Lo considero un gran narrador, disfruto casi todos sus libros y comparto su posición contra el autoritarismo, venga de donde venga. Conversé con él solo una vez, durante el ensayo de una obra suya en Lima, y de esa charla lo que me quedó fue su cariño por Cochabamba y por un condiscípulo de La Salle de apellido Gumucio. 

Trato de meterme en la cabeza de Vargas Llosa: ¿Quizás el excesivo didactismo histórico obedece a su idea de que las nuevas generaciones no conocen lo que sucedió en Guatemala en la década de 1950? (Pero entonces, no leerán de todas maneras la novela). Eso supondría que toda novela debería estar sembrada de fechas y datos para ser comprendida por lectores que ya no leen… ¿Dónde queda entonces el placer de la complicidad creativa entre el escritor y el lector? 


Una novela revela muchas veces más que un ensayo. Esta, también pretende hacerlo al reivindicar la memoria del soñador Jacobo Árbenz y la revolución democrática que devolvió a los campesinos más pobres la tierra que les habían quitado y trató de que la United Fruit pagara impuestos como cualquier otra empresa. Es un acto de justicia y hay que reconocerle a Vargas Llosa el compromiso de llevar a un público más amplio una historia que esos mismos lectores no leerían en un ensayo. De alguna manera, el autor sacrifica su papel de narrador para convencer a los lectores con su descripción descarnada de la Guatemala feudal (que no ha cambiado mucho). Por eso, cada vez que introduce a un nuevo personaje, tiende a decirlo todo sobre él, de una vez. 


A medida que pasaban las páginas me fui reconciliando con Tiempos recios. Todo cabe en una novela, el origen de la palabra “novela” lo sugiere. En Tiempos recios la voz del narrador aparece poco a poco cuando los principales personajes cobran vida propia y se independizan. Al ser la mayoría personajes parte de la vida real, le cuesta al narrador desprenderse de ellos, dejarlos crecer fuera de la computadora, aunque el retrato que elabora de Árbenz debería figurar en los libros de historia. Ingenuo, Árbenz esperaba el apoyo de Estados Unidos a la revolución democrática que había comenzado Arévalo, pero los gringos estaban más interesados en mantener las arbitrariedades de la United Fruit, aunque sea con mentiras y conspiraciones. Típico de ese país donde no interesan los derechos de la sociedad sino de las sociedades anónimas, es decir de las empresas. 


La novela levanta vuelo cuando se apropian de ella los personajes ficticios, sobre todo Marta Borrero Parra, la que nunca fue “Miss Guatemala”, amante del dictador Castillo Armas, personaje construido sobre alguien que sí existió y que existe todavía con más de 80 años de edad: Zoila Gloria Bolaños Pons. Paradójicamente, es un personaje más entrañable en la novela que la caricatura que representa en su vida real (basta buscarla en internet). Ella, a quien Vargas Llosa visita de verdad en el último capítulo del libro, titulado “Después”, es la columna vertebral de la ficción y hace que parezcan más humanos personajes tan despóticos y poco agradables como los dictadores Castillo Armas y Leónidas Trujillo, el torturador Johnny Abbes García o el gringo que no se llamaba Mike, agente de la CIA de aspecto inofensivo. Fue necesario reinventar a “Miss Guatemala”, esta mezcla de Mata Hari, colegiala inocente (personaje recurrente en Vargas Llosa) y hábil sobreviviente de asonadas militares, para entender mejor la verdadera historia de tanta insidia y manipulación. 

Es en la historia íntima de amoríos y traiciones políticas, de mentiras piadosas y de fidelidades imposibles, donde la novela acaba fascinándonos y se yergue como novela testimonial. 


El riesgo de mencionar hechos reales en una novela, es que uno les debe cierta fidelidad histórica. Ahí, a pesar de su equipo de investigadores, la novela comete algunos deslices. Afirma, por ejemplo, que Árbenz había “estudiado” la Reforma Agraria de Paz Estenssoro en Bolivia, pero en realidad ésta última se inauguró en Ucureña el 2 de agosto de 1953, mientras que la de Árbenz comenzó un año antes, el 17 de junio de 1952. O cuando menciona a la ciudad de Antigua como “la primera capital de Guatemala” cuando en realidad fue la tercera. Y no faltan un par de descripciones que se repiten, casi con las mismas palabras (a Rulfo no se le hubiera escapado algo así). 

Luego de 17 novelas, 8 libros de ensayos formidables y varias obras de teatro, Vargas Llosa sobrevive como uno de los narradores más importantes del mundo. Solo le pueden hacer sombra los muertos. 

(Publicado en el suplemento Letra Siete el viernes 12 de junio 2020)
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Desde su fundación la novela es un género voluntariamente impuro,
que admite discursos ajenos a su esencia.
—Juan Villoro 


03 junio 2020

Xiconhoca

 La primera de las cuatro veces que estuve en Mozambique fue en 1976, apenas un año después de la independencia. El país estaba cerrado y aislado, rodeado por Sudáfrica y Rodesia (hoy Zimbabue), estados neocoloniales en los que reinaba el apartheid, a los que se adelantó la guerrilla del FRELIMO encabezada por el carismático Samora Machel. 

Antes de la independencia en 1975 —que se precipitó por la “Revolución de los Claveles”, el FRELIMO había liberado tres de las diez provincias de este país que se extiende sobre el océano Índico frente a Madagascar. A pesar de que Mozambique carecía de infraestructura caminera las vías de tren lo atravesaban paradójicamente de manera perpendicular, para sacar de Rodesia y Malaui las riquezas minerales a los puertos de Beira y Nacala, y llevaras a Europa. 

El país recién liberado del colonialismo portugués no solo tenía enemigos externos, sino también internos: los xiconhoca. La palabra estaba de moda en 1976 para referirse a los traidores, parásitos y enemigos internos incrustados en el aparato del Estado, que respondían todavía a los intereses de la administración colonial para realizar sabotajes y poner piedras en el camino de la independencia. 

Me vino a la memoria la palabra xiconhoca al leer las noticias sobre el golazo que le metió al exministro de Salud uno de sus propios colaboradores que anteriormente había servido al régimen del MAS. Al margen de lo que decida la justicia y de la presunción de inocencia, es un hecho que el exdirector jurídico del Ministerio de Salud, Fernando Valenzuela Billevicz —hijo de un militar muy cercano a Evo Morales, habló durante 16 minutos con la exministra Gabriela Montaño el 19 de mayo, horas antes de ser detenido por el caso del sobreprecio de los respiradores. Para curarse en salud (valga la expresión en tiempos de COVID-19), antes de que el hecho fuera revelado, Montaño declaró que “por razones políticas” se iba a tratar de implicarla en la corrupción de los respiradores.

Un gobierno de transición no puede (ni debe) hacer grandes cambios en la estructura del Estado, pero es muy difícil trabajar con funcionarios que durante 14 años trabajaron para el MAS, a quienes obligaron a afiliarse a ese partido político, a ceder parte de sus salarios, a asistir a manifestaciones para deificar a Evo Morales, a pintar consignas en los muros y empapelar el país con la cara del gran impostor. Muchos funcionarios del Estado son eficientes técnicos y profesionales sin filiación partidaria, pero en niveles de decisión el gobierno tiene derecho a colocar a personas de confianza.

No quiero ni pensar en la cantidad de burócratas puestos por el MAS que están en permanente contacto con exministros o dirigentes masistas y reciben consignas para hacer que el gobierno “pise el palito”. Los xiconhoca abundan en este gobierno y en el próximo gobierno con seguridad seguirán ejerciendo pequeños y grandes sabotajes, porque su lealtad es con el gobierno que los mantuvo en sus puestos durante más de una década. 

Aunque todo gobierno tiene el derecho de rodearse de gente de confianza, esto es más difícil en un gobierno compuesto por una coalición de fuerzas políticas y de sectores independientes, como es el caso en Bolivia. Los xiconhoca aparecen debajo de las piedras, como alacranes. También están en las calles, en juntas de vecinos, en sindicatos de transportistas, en grupos de gremiales que ocupan ilegalmente las calles de las ciudades y falsifican permisos de circulación. Esa es la base social de Evo Morales, quien sin ninguna restricción del gobierno argentino, continúa jalando los hilos de sus títeres en Bolivia para que su gente lance piedras contra las ambulancias que van a salvar vidas, que llenen las calles de El Alto para provocar a la policía, que insulten a los médicos y enfermeras, o que bloqueen los caminos por donde transitan brigadas de salubristas. Es inhumano y es asquerosamente despiadado. 

La estrategia es clara: impedir que se hagan elecciones porque se saben perdedores. Por un lado, el MAS pide públicamente elecciones cuanto antes a través de sus parlamentarios y de su mediocre candidato presidencial, pero por otra parte circula por debajo consignas para que la gente salga a las calles y el contagio del coronavirus se propague, obligando a reforzar los protocolos de seguridad. En la medida en que haya más contagiados y más muertos y se violen las normas de prevención, el MAS logrará la postergación de las elecciones y el desgaste del gobierno. Ese es su objetivo. 

Puede parecer una estrategia perversa, porque pone en la línea de fuego a la población más vulnerable, pero eso al MAS nunca le ha importado. Mientras tanto, los xiconhoca seguirán actuando en la sombra del aparato del Estado, con un juego doble y embozado muy peligroso para el país. 

(Publicado en Página Siete el sábado 30 de mayo 2020)
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Nadie sabe en qué rincón se oculta el que es su enemigo.
—José Hernández




29 mayo 2020

Capobianco

  Con la muerte de Memo Capobianco el martes 12 de mayo me vino a la memoria la importancia que tuvo el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en un momento trascendental en la historia contemporánea de Bolivia. Veo a Memo con Jaime Paz, Toño Araníbar, Oscar Eid, Gloria Ardaya, Coco Pinelo, Miguel Urioste y otros todavía unidos en esos años por ideales que luego se quebraron y distanciaron a algunos. Nunca fui militante del MIR (ni de ningún otro partido) pero mi relación con ellos fue cordial en esos turbulentos años de la década de 1970 y más tarde sobre todo con Toño, Gloria, Miguel, Oscar, Coco y con Memo en la distancia. 

Memo me enviaba las obras que publicaba ya sea en papel o por correo electrónico. Me hizo llegar sus “Memorias de un militante” libro que leí en octubre de 2014 y sobre el que empecé a escribir un comentario que nunca llegué a publicar. En esa obra menciona a mi padre, y no fue la única vez que lo hizo. Memo era de los cruceños que tenían la hidalguía de reconocer lo que el “colla” Gumucio había hecho por Santa Cruz cuando estuvo a cargo de la economía boliviana durante dos gobiernos de Paz Estenssoro, de 1952 a 1956, y luego de 1960 a 1964 como ministro de Economía. 

En varias ocasiones en que Memo escribió sobre el desarrollo económico de Santa Cruz, mencionó a mi padre y siempre agradecí ese reconocimiento. A principios de agosto de 2012, con motivo del ingreso de Venezuela al MERCOSUR y la llegada con bombos y platillos del presidente Hugo Chávez a Brasilia, Capobianco publicó un texto donde señala que en el territorio de Santa Cruz no podía darse “dos o tres Vietnam”, como había prometido el militar venezolano, porque “se había operado una revolución productiva que ya tenía medio siglo de existencia”. Seguidamente argumentaba que dicha transformación se había producido como una “continuación” de la Revolución Nacional del 52 “mediante la migración masiva desde occidente” con ejes como la instalación del ingenio azucarero de Guabirá. Todo ello como un plan integrado “bajo la conducción de un ilustre ciudadano ‘colla’, Alfonso Gumucio Reyes, al mando de la Corporación Boliviana de Fomento (CBF)”. 

En enero de 2016 me hizo llegar la edición digital de “Así recuperamos la democracia”, un testimonio personal de 24 páginas con fotos. En ese testimonio recoge varios documentos en los que hace un recuento sobre el desarrollo de Santa Cruz en términos de política, geopolítica, desarrollo, institucionalidad, sociedad y economía, reconociendo en diferentes periodos a quienes contribuyeron en el crecimiento del departamento, incluso los aportes de regímenes a los que en algún momento de su vida de dirigente estudiantil y político había combatido. 

Este texto es interesante porque revela a un Guillermo Capobianco que llega al final de su vida con el ánimo de hacer las paces con todos y reconciliarse con la vida. Al final del texto, concluye: “Señor: cuando estoy al final de mi existencia material en este mundo al que me mandaste -estoy seguro- a cumplir una misión de humanidad que lleve tu sello y pronuncie tu nombre, nada tengo que reprocharte pues me lo diste todo: una madre “milagrosa”, una familia amante y solidaria y un mundo maravilloso fruto de tu creación a la que no logro entender todavía debido a su absoluta perfección”. Y más adelante concluye agradeciendo “por la oportunidad de dejar en el camino una pequeña huella mientras que somos testigos y a veces protagonistas de esta monumental aventura que es la vida y que la recibimos gratuitamente de vos”. 

Antonio Aranibar, Guillermo Capobianco y otros militantes del MIR
A veces firmaba sus mensajes como “Memo Capo”. El último, muy breve, data de marzo 2016: “Apreciado Alfonso, Te envío este recuerdo fotográfico de mi ultima visita a Concepción, pueblo donde nací. Un abrazo”. Al abrir el archivo encontré más que una foto: un texto amoroso sobre la genealogía de la familia, titulado: “Concepción de Ñuflo de Chávez: pueblo de los orígenes de la familia Capobianco”. 

Y el texto dice: “Serafín y Angelinita fueron la pareja fundadora. De ese amor surgieron quienes hoy forman la gran familia chiquitana de los Capobianco concepcioneños en Santa Cruz y en el país. Todos cambas chiquitanos de pura cepa... ¡Orgullosos de su estirpe! ¡La represa sobre el Rio Zapocó! Obra pionera construida por nuestra Corporación Regional de Desarrollo (CORDECRUZ) conducida en ese tiempo por el Ingeniero Jorge Capobianco Ribera. Hijo distinguido de Concepción. Memo y Ruli Capo en visita a Aldo Capo y al pueblo concepcioneño los últimos días de febrero de este año dos mil dieciséis”. 

Guardo con sincero cariño ese breve texto, no solo porque Memo quiso compartirlo conmigo, sino porque transpira por una parte el profundo amor por la tierra de su familia, y porque es además un botón de muestra sobre la importancia que tenía para Memo el rescate del testimonio y de la memoria, esa memoria que lo fue abandonando poco a poco, borrándose como las palabras que uno escribe sobre la arena. 

(Publicado en Página Siete el sábado 16 de mayo 2020)

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Prefiero menos vida con más vida
en vez de más vida con menos vida.
—Daniel Samper Pizano


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06 mayo 2020

Contando muertos

 Estoy convencido de que la estadística es una de las ciencias menos exactas. Está hecha de caucho: puede doblarse en todos los sentidos. 

He seguido con un estrés que no me atrevo a ocultar, la evolución de la pandemia de coronavirus a través de todos los canales de información documental y estadística que he podido encontrar. Al principio tuve un comportamiento obsesivo: cada hora revisaba el incremento de casos y fatalidades en el mundo. Además, guardé cada día los cuadros estadísticos de Worldometers (lo que más se aproxima a cifras creíbles), para comparar la pandemia en países con mayor y menor población, y sobre todo con políticas públicas diferentes.

A lo largo de dos meses me quedó claro que los países cuyos dirigentes se rieron de la pandemia calificándola como una “gripita” (Bolsonaro, López Obrador, Trump, Boris Johnson, etc) fueron los que en pocas semanas mostraron las más graves consecuencias. Por fortuna los servicios de salud y la población de esos países no hizo caso a sus irresponsables mandatarios. 

Es obvio que no tiene sentido comparar cifras absolutas, sino cifras relativas a la población y al periodo de incubación del virus. En cifras relativas, nos sorprendería saber que los Estados con más contagios con relación a su población son los más pequeños: San Marino, El Vaticano, Andorra, o Islandia. En cifras relativas de fallecidos, los mismos países aparecían en lo alto de la lista, pero ahora Italia, Reino Unido y España les pisan los talones. 

Pero las estadísticas son mentirosas. En países de reducida población es más fácil registrar los casos y llevar una estadística completa. Algo que hemos aprendido es que los países con mayor población solo han reportado casos “confirmados” de muertes hospitalarias. Es decir: no entran en la estadística miles que mueren en su casa de enfermedades pulmonares o cardiacas atribuibles al COVID-19, pero no tomadas en cuenta porque no fueron confirmadas por pruebas virales. 

Los Estados que más pruebas de COVID-19 han realizado con relación a su población, son las Islas Faroe, los Emiratos Árabes, Gibraltar, Islandia, San Marino, Estonia, Brunei, Malta… Y entre los de mayor población: Italia, Alemania y España, con más de 30 mil pruebas por millón de habitantes. Bolivia figura en la lista de la vergüenza: solo ha realizado 496 pruebas por millón, y está por debajo de todos los demás países de América del Sur, incluso debajo de Suriname y Guyana. 

Ecuador es un ejemplo escandaloso, porque el país reconoce oficialmente solo 1.063 muertes, pero en dos semanas de abril fallecieron 6.700 mil solo en la provincia de Guayas, víctimas de “enfermedades respiratorias” que el gobierno no quiso sumar a las cifras oficiales de fallecidos por COVID-19. Los cadáveres se acumulaban en calles de Guayaquil, pero no en las estadísticas oficiales. 

Para poner al desnudo las trampas estadísticas detrás de las que se escudan los gobiernos, la Red de Epidemiólogos EuroMOMO, así como los prestigiosos New York Times y The Economist, están midiendo el “exceso de muertes”, es decir: comparando el número de muertes totales de un país en el periodo del coronavirus, con las muertes totales de años anteriores. El resultado es escalofriante, porque el incremento en algunos países llega a 350%. 

Desde marzo hay informes de especialistas en cuidados intensivos y autopsias que indican que la neumonía -tratada con respiradores mecánicos- no es la única causa de muerte, sino múltiples microtrombosis letales para cualquier órgano, no solo para los pulmones. Contrariamente a las directivas todavía vigentes, se pueden tratar muchos casos con anticoagulantes y antiinflamatorios. 

Una lectura “de comprensión” de las estadísticas, demuestra que no hay solo un indicador válido, pero las pruebas de COVID-19 son fundamentales. No resulta extraño que los países que figuraban con más casos y una tasa mayor de mortalidad, fueran aquellos que realizaron más pruebas de COVID-19. Los otros, simplemente escondieron en el closet a los muertos, colocándoles etiquetas tramposas: “enfermedad pulmonar”, “embolia”, “trombosis múltiple”, “infarto”, y otras. De pronto, a todos se les ocurrió morirse al mismo tiempo. Bochornoso. 

(Publicado en Página Siete el sábado 2 de mayo 2020)  
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La estadística es una ciencia que demuestra que
si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno,
los dos tenemos uno.
—George Bernard Shaw