01 septiembre 2014

Julio en agosto

París, diciembre 1973
Tuve la fortuna de conocer a Julio Cortázar y atesoro una carta que me envió con su generosa opinión sobre mi poemario Razones técnicas, nos encontramos varias veces de manera casual en París y pudimos conversar. Nunca he pretendido haber sido su amigo, ni cercano ni lejano pero como no son muchos los escritores bolivianos que lo conocieron personalmente, me ha tocado describir algunas veces esos encuentros que tuve con él. Quizás esta sea la última vez que lo hago, en ocasión del centenario de su nacimiento, el 26 de agosto.

Lo primero que tengo que decir, si recorro esas páginas cada vez más escondidas de la memoria, es la profunda admiración, casi reverencia, que sentí desde muy joven por la narrativa de Cortázar.  No era el único por supuesto, muchos escritores de mi generación fuimos influenciados por Cortázar y por otros narradores de la generación del “boom” de la literatura latinoamericana, pero yo sentía por la obra de Cortázar un cariño especial. No solamente lo leía con enorme placer, sino que adivinaba detrás de sus páginas a ese enorme niño de gran corazón que siempre encerró su cuerpo.

Me gusta la manera como lo describe Elena Poniatowska: “Si lo pienso bien, todo Julio es de leche, es alimenticio, es bueno, calienta el alma y se deja beber por cuantos se le acercan. No guarda una sola distancia, nada hay en él de vedette, jamás se burla de sus interlocutores ni siquiera del que insiste en Luis Sandrini. Asume nuestra ignorancia, nuestra debilidad. Abraza. Imposible sentirse mal con él”.

De muchas maneras, cuando llegué a París en 1972 estaba ingresando en la ciudad de Cortázar, llena de personajes de sus cuentos y novelas. Cada nueva calle que descubría intencionalmente o por accidente, me remitía a Rayuela, a Todos los fuegos el fuego, o a Bestiario. Tanto vivía yo esa atmósfera de los personajes en el París que a mi primera hija le puse el nombre de la Maga (Sybille, en la traducción francesa de Rayuela).  

Como sus personajes, Cortázar transitó por Saint-Michel, Saint Germain-des-Pres, Chatelet, rue Monsieur-le-Prince (donde vivió también César Vallejo), el Canal Saint-Martin y por supuesto los puentes sobre el rio Sena, huella de identidad de la ciudad luz: Pont des Arts, Pont au Change, Pont Saint-Michel, Pont Neuf, mencionados repetidas veces en la novela. 


París fue para Cortázar y para sus personajes -como para miles de latinoamericanos- el refugio ideal y la cura para el desarraigo. La ciudad se prestó para ser apropiada, caminada, acariciada y amada. Su latinidad estaba siempre en sintonía con el sur de manera que los latinoamericanos nunca se sintieron extranjeros, sino dueños de calles y parques; los meteques, los extranjeros, eran los otros.

Creo que el primer contacto con Cortázar se produjo gracias al axolotl, un pez con patas que es el tema de uno de los 18 cuentos de Final del juego. Hasta que lo descubrí detrás de un grueso vidrio en el acuario de Trocadero yo tenía la certeza de que Cortázar lo había inventado. Mi emoción fue tan grande de verme cara a cara con ese extraño pez que parece sonreír desde una boca apenas dibujada, que le tomé varias fotos y luego de pasarme la noche revelando el rollo y haciendo ampliaciones, le envié una a Cortázar a su domicilio en el número 9 de la rue l’Eperon, en el barrio latino. Seguramente yo pensaba que le estaba dando una noticia a Cortázar con esa foto del axolotl. Me imagino la paciencia con que se tomó el asunto y el esfuerzo que hizo semanas después para enviarme una nota de agradecimiento, que todavía debe sobrevivir en algún archivo.

Otro encuentro fortuito en St. Germain-des-Pres
Nunca busqué a Cortázar deliberadamente, pues una suerte de pudor me impedía hacerlo. ¿Por qué no toqué su puerta como hice con Robert Graves, con Romain Gary o con Max Ernst? No quería invadir su privacidad, sin embargo las ocasiones se presentaron sin buscarlas. Una de ellas fue en Saint Germain-des-Pres, en diciembre de 1973, en la puerta de una exposición colectiva de pintura chilena.  Estábamos afuera, aprovechando el sol de la mañana, bien protegidos por abrigos y chamarras. Filmé en super 8 algunas tomas (¿dónde estarán?), mi amigo Luis Minaya tomó algunas fotos, yo tomé otras. Hablamos de Chile, del golpe militar de Pinochet que se había producido apenas dos meses antes.

Una de las conversaciones más largas que sostuve con él tuvo lugar mientras ambos hacíamos una larga fila entre africanos, árabes y latinoamericanos, para renovar nuestro permiso de residencia (carte de séjour) en la Prefectura de Paris, en la isla de la Cité. El escritor, ya famoso en esos años, hacía la misma fila que cualquier hijo de vecino. Mientras tanto en su país, Argentina algunos de sus críticos afirmaban que Cortázar había optado por la nacionalidad francesa y que era por lo tanto una suerte de traidor a su bandera. Me consta que a pesar de todos los años que ya había vivido en París estaba haciendo la misma fila que cualquier otro inmigrante con permiso temporal de residencia. Recuerdo bien su resignación y su impaciencia apenas disimulada: “Esto es peor que el noveno círculo del infierno de Dante”, me dijo cuando ya llevábamos más de una hora esperando.

Por todo lado se me aparecía Cortázar, no siempre físicamente. Me lo encontré  cuando vi Blow up (1966) de Antonioni, basando su guión en el relato “Las babas del diablo”, y también cuando leí los cuentos completos de Edgar Alan Poe que tradujo para Alianza Editorial o Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

Un par de años antes, durante el periodo que pasé en Madrid, cuando descubrí que Cortázar era además poeta, toda su obra me supo aún mejor, como un manjar. Una pequeña editorial de Barcelona, Ocnos, había publicado su poemario Pameos y meopas (1971). Sobre ese libro escribí un comentario para la revista española Reseña. Hoy no encuentro entre mis cosas ni el libro, ni la reseña.  

El 5 de mayo de 1980 le hice llegar a rue l’Eperon mi segundo poemario, Razones técnicas, que acababa de publicarse en La Paz. No podía hacer menos, ya que tomé el título del libro de un poema de Cortázar que cito en su integridad en las primeras páginas de mi libro. Mi dedicatoria en el ejemplar que le envié decía probablemente “A Julio Cortázar, a quien este libro debe tanto”. Tardó un par de años en acusar recibo, pero lo hizo de la manera más generosa comentando el libro. No solamente lo había leído, sino que le gustaba. El 6 de enero de 1982 me explicaba en una carta que mi libro había quedado enterrado entre muchos otros papeles, pero que al descubrirlo y leerlo le había gustado: “lo encuentro, lo leo y lo quiero”. Esa carta manuscrita sí la conservo, a diferencia de otras que están extraviadas.

Y luego vino el disco de poemas sobre el Ché Guevara, otra oportunidad de cruzar nuestras voces, de tejerlas más bien junto a las de otros poetas. Casa de las Américas (La Habana) preparaba un disco en homenaje al décimo aniversario de la muerte del Ché en Bolivia. Aparentemente conocían los poemas sobre el Ché publicados en mi primer poemario, Antología del asco. Me pidieron que les enviara uno de esos poemas grabado con mi voz, y eso hice. Cual sería mi sorpresa y alegría cuando recibí meses después el disco y vi que Cortázar era otro de los poetas seleccionados.

No lo he hecho desde hace años, pero solía visitar cada vez que iba a París la tumba de Julio Cortázar en el Cementerio de Montparnasse. Una lápida sencilla, junto a la de Carol Dunlop, me recuerda cada vez cómo la vida y la muerte de ambos está tan contaminada, revuelta.

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Amigo Alfonso:

En esta máquina escribió Rayuela
Contestar el 6 de enero de 1982 una carta fechada el 5 de mayo de 1980 es cosa de locos o de cronopios. Pongámoslo en la segunda categoría; el hecho es que Razones Técnicas quedó mucho tiempo en una mesa, rodeado y tapado por decenas de otros envíos, y sólo ahora lo encuentro, lo leo y lo quiero. El tono, la música y mucho del contenido de sus poemas me son familiares. Usted, el primero, dirá lo que me decía en la dedicatoria, o sea que me debe algo. Pero no creo que sea ese algo que me acerca a su poesía, sino simplemente una afinidad entre poetas. Como tan bien lo vio John Keats, el poeta es poroso, es una esponja que absorbe y devuelve, pero entre las dos cosas se instala siempre la voz personal, la experiencia irremplazable e intransferible. Y además sus poemas me gustan porque son ceñidos, sin nada que sobre, y eso no es frecuente entre nosotros. Perdóneme este largo silencio y también esta brevedad. He estado muy enfermo y todavía me cansa escribir. Un abrazo fuerte de su amigo,

Julio Cortázar

27 agosto 2014

Tierra de agua

Tuve la oportunidad a mediados de julio de participar como ponente en el II Congreso Colombiano de Áreas Protegidas 2014: territorios para la vida y la paz. Fue un evento enorme y de una gran riqueza, en el que coseché más de lo que entregué durante mis conferencias y conversatorios con especialistas y con jóvenes.

El concepto central del congreso fue debatir y analizar el presente y futuro de áreas protegidas que viven sometidas a la presión de los guerra, de los desplazamientos forzosos y de la expansión de la frontera agrícola. Colombia tiene muy claro el esquema de protección de sus parques nacionales e invierte para mantener y desarrollar propuestas de conservación con una visión de participación y desarrollo. Las políticas del Estado colombiano se traducen en recursos para los parques nacionales, algo que difícilmente podemos encontrar en Bolivia, donde las amenazas de destrucción de las áreas protegidas son cada vez mayores.

Me impresionaron los esfuerzos de coordinación que realiza el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SINAP) que agrupa a todos los parques nacionales, cada uno de ellos con propuestas propias de gestión, todas fundamentadas en valores que tienen que ver con la protección de la naturaleza y el uso sostenible de los recursos.

Javier Ramallo y Marco Encalada
La invitación la recibí de uno de esos parques, el Macizo Colombiano, y particularmente del área de comunicación donde desarrolla un buen trabajo Javier Ramallo, boliviano. Javier y el equipo del SIRAP Macizo pugnan por llevar adelante una propuesta estratégica de comunicación para el desarrollo con participación local.  En el marco del congreso tuvieron varias actividades en las que me tocó participar.

Según los organizadores, el evento contó con la participación de 2 140 inscritos, 43 patrocinadores, 101 conferencistas, 39 stands, 25 emisoras universitarias y 30 medios nacionales. No es poca cosa y demuestra el enorme interés que hay en el tema.

Cinco ríos, los más importantes de Colombia, nacen en el Macizo Colombiano y recorren caudalosos todo el territorio del país hasta el Pacífico hasta la cuenca amazónica y hasta el Caribe. Colombia es de los 12 países megadiversos del mundo. Aunque su extensión terrestre representa solamente el 0.7% de la superficie del planeta, alberga alrededor del 10% de la fauna y flora del mundo. Tiene el 10% de las especies de mamíferos (479), el 14% de las especies de anfibios (763) y el 18% de las especies de aves (1885) del mundo. De acuerdo con la información disponible y según los criterios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) se han identificado 1 500 especies en distintas categorías de amenaza.

Mi principal conferencia, “Nuevas competencias de la comunicación para el desarrollo en la conservación”, se dirigió a la red de comunicadores del SIRAP Macizo. Basta decir “red de comunicadores” para darse cuenta de la importancia que se le otorga a la comunicación como proceso de transformación. Al igual que otros parques nacionales este cuenta con una red compuesta por decenas de técnicos y especialistas en comunicación, con quienes es posible desarrollar políticas y estrategias de comunicación, como la diseñada por Ramallo. La comunicación, como debe ser, es transversal a todas las acciones que se desarrollan en los programas de conservación.

También participé junto a Marco Encalada (Ecuador) y  JoAnn Valenti (USA) en el Simposio 10 sobre “Comunicación y educación para la conservación”. Heidi Pohl, la moderadora, organizó una sesión en el estilo de las conferencias TED, que salió muy bien porque nos permitió ser concisos en la exposición y provocadores a la hora de plantear nuestro tema.

Una de las sesiones que más disfruté fue organizada por la Mesa de Jóvenes, con una dinámica participativa innovadora. Los jóvenes me pusieron en el banquillo de los interrogatorios, junto a tres otros colegas, y a través de sus preguntas e inquietudes pudimos colegir su capacidad de liderazgo en un futuro próximo. Por sus intervenciones lúcidas y llenas de entusiasmo y compromiso, me queda claro que hay una nueva generación que tomará el relevo en el diseño de políticas y estrategias con un mayor énfasis en la comunicación y la participación.

Es más, durante la clausura del congreso, al día siguiente, esos jóvenes hicieron una presentación de sus propias conclusiones, una declaración paralela a la oficial,  y no fui el único que pensó que ese documento era más rico y más comprometido que el presentado por las autoridades de gobierno que se ocupan del tema. Comparativamente, el documento oficial se aplazó. No solamente más rico sino que las conclusiones de la Mesa de Jóvenes fueron presentadas con música, canciones y un largo mural sobre papel donde habían plasmado sus demandas y sus ideales sobre la conservación y el medio ambiente.

“Exigimos, prometemos y nos comprometemos” era el slogan que cantaban cada vez que expresaban una propuesta que era resultado de un verdadero trabajo colectivo, antes que de un acuerdo entre un pequeño grupo de redactores, como sucedió con el documento oficial, que ni siquiera recogió las recomendaciones de todas las mesas. Las palabras “participación” y “comunicación” brillaron por su ausencia en el documento oficial.

El colectivo de comunicación “Voces del Macizo”, compuesto por jóvenes comunicadores de todo el país, hizo énfasis en la necesidad de desarrollar procesos de comunicación y de participación que involucren y comprometan a las poblaciones.

Otra declaración paralela fue la de los pueblos indígenas y negros de Colombia, que expresaron su crítica al centralismo del Estado exigiendo con mucha lucidez formas de gobernanza local y prácticas de diálogo intercultural.

El entusiasmo y el compromiso de quienes lideran los procesos desde la sociedad civil y también en algunos de los organismos del Estado sobre todo en los niveles más cercanos a la problemática, no se queda en las buenas intenciones y en los discursos innovadores. En los hechos existe un trabajo colaborativo donde todos los actores ponen de manifiesto su voluntad de trabajar por una causa común, sin que la politiquería parcele el concepto unitario del territorio. La visión estratégica de la comunicación, más allá de los cambios de gobierno, es visionaria. 


Me impresionó constatar en muchos de los ponentes una claridad meridiana en la articulación necesaria entre democracia, pobreza y conservación en los niveles de políticas, de estrategias, de leyes y de desarrollo concreto de acciones. Los parques nacionales aparecen como un escenario estratégico para el desarrollo sostenible de Colombia. Para todos los actores con los que pude conversar y a quienes tuve oportunidad de escuchar, queda claro que no se puede trabajar en conservación si no se vinculan las estrategias con las comunidades en guerra, con los desplazados, con la protección de los habitantes locales en los parques para que no abandonen sus territorios.

La actividad económica, sobre todo la expansión de la frontera agrícola del café, compite con la cobertura forestal.  Dentro del propio gobierno hay posiciones divergentes, unas más proclives al extractivismo y a un desarrollo guiado únicamente por objetivos de rendimiento económico. Por ello la integración de las estrategias de comunicación para el desarrollo, de gestión y de fortalecimiento institucional y del marco normativo, entre otras, abre enormes perspectivas. En materia de conservación y desarrollo, Colombia está años luz por delante de Bolivia.
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Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla
mientras el género humano no la escucha.
—Víctor Hugo

17 agosto 2014

El ingeniero descalzo


En la Corporación Boliviana de Fomento (CBF)
El 3 de agosto de 1914 nació mi padre. Han pasado cien años, de los que él solamente vivió 67. Cuando falleció era un hombre envejecido prematuramente, que había entregado cuarenta años de su vida al desarrollo de Bolivia, y ocupado altos cargos en los gobiernos de la Revolución Nacional sin haber jamás tomado ventaja en beneficio propio del poder ni de los recursos públicos que tuvo bajo su responsabilidad.

Concibió y llevó a término los grandes planes de integración económica y territorial del país. Durante su gestión como presidente de la Corporación Boliviana de Fomento (CBF) entre 1952 y 1956 y más tarde como Ministro de Economía entre 1960 y 1964 llevó adelante el diseño y la construcción de carreteras de vinculación con el oriente de Bolivia, la instalación de la primera Planta Industrializadora de Leche (PIL), proyectos de desarrollo agropecuario e agroindustrial, y muchas otras obras.

El martes 12 de agosto de 2014 el Gobierno Municipal de La Paz le rindió un homenaje en el Salón de Honor de la Alcaldía, en un acto donde el Alcalde Luis Revilla en nombre del Concejo Municipal le otorgó la distinción de Hijo Predilecto de la Ciudad de La Paz, la segunda vez que dicha distinción ha sido otorgada, según mencionó durante su intervención.

Pedro, Alfonso y Pablo Gumucio con el Alcalde Luis Revilla
En la misma ocasión se anunció la designación de una rotonda con su nombre en el barrio de Achumani y la colocación de una placa recordatoria junto a su tumba en el Cementerio General. Allí estaban los que tenían que estar, la familia cercana, los amigos de mis hermanos y míos, algunos que conocieron a mi padre, como Jacobo Liberman, que estuvo a su lado en los últimos minutos de su vida.

El ex presidente Carlos D. Mesa hizo una semblanza de mi padre, destacando que fue un político diferente porque no buscaba la luz de los reflectores: “Era por encima de todo un creador que hizo posible que las ideas de transformación de la revolución fueran una realidad. Sería imposible entender varios de los lineamientos y varios de los caminos que siguió el proceso de 1952 sin la mano firme, clara y la iniciativa sin desmayos, y el estar siempre dispuesto a hacer locuras de Alfonso Gumucio Reyes”.  

Carlos D. Mesa, Alfonso Gumucio, Luis Revilla
Se refirió a la particular relación de amistad con el presidente Víctor Paz Estenssoro: “Una relación infrecuente en el caso del ex presidente, una amistad que estaba por encima de la sintonía política y por encima de la sintonía de partido. Como se sabe, Paz Estenssoro no era una persona de amistades fáciles o de muchas amistades, y la relación de Gumucio con Paz Estenssoro era por encima de todo la de dos amigos que se respetaban y se consideraban mutuamente, y eso le permitió a Gumucio un margen de juego basado en la confianza plena depositada por el presidente, una confianza que estaba garantizada por sus capacidades y por algo infrecuente: una honestidad fuera de toda discusión, honestidad que se reflejó hasta el final de su vida”.

El desarrollo económico de la región de Santa Cruz no podría entenderse sin la actitud visionaria que acompañó la integración entre el occidente y el oriente. Todavía recuerdo las vacaciones que pasábamos en Santa Cruz de la Sierra acompañando a mi padre en sus visitas a los proyectos de desarrollo. La ciudad era un pueblito donde las carretas tiradas por bueyes se estancaban en el barro y en la plaza principal todavía se ataban las bridas de los caballos a los pilares de las casas. Hoy pocos tienen memoria de ello. La gran paradoja es que Santa Cruz no se acuerde hoy de quien sembró su desarrollo a través de la integración y de las migraciones internas.

Gumucio Reyes en el Ministerio de Economía
No había una sola carretera pavimentada hacia el oriente a mediados de los años 1950. En esos años, desde la colonia, la riqueza del país se concentraba en las minas del altiplano y eran muy pocos los que creían en la posibilidad de desarrollar la agricultura. “Gumucio estuvo dispuesto a apostar por sus sueños y transformarlos en realidad porque combinaba el sueño con los dos pies bien firmemente puestos sobre la tierra”, afirmó Carlos D. Mesa y recordó que durante su gestión como presidente enfrentó el desafío de construir en apenas siete meses el puente más largo del Chapare que une a Cochabamba con Santa Cruz, para remplazar al que había sido destruido en diciembre de 2003 por una riada sin precedentes: “Estuvimos en la reinauguración del puente completamente nuevo, para volver a colocar el nombre que es más justo para ese viaducto: Alfonso Gumucio Reyes”.

Hacia el final de su intervención quiso destacar en el perfil del personaje la faceta del patriota: “Tenemos una tendencia en Bolivia a asumir la palabra patria con retórica, grandilocuencia, grandes discursos, expresiones de amor infinito. Gumucio fue un patriota en un contexto concreto, lo fue desde el momento en que se comprometió con un proceso político en la línea en que lo hizo. […] No era un hombre de gabinete, no era un hombre de oficina, era un hombre de estar permanentemente en aquellos sitios que eran los objetivos de trabajo del desarrollo económico del país. […] Gumucio patriota, Gumucio visionario, Gumucio soñador, Gumucio pragmático… el ‘general’ Gumucio que era capaz de dar las órdenes que había que dar para que las cosas se hicieran bien”. 

Antes de concluir el acto entregué al Alcalde de La Paz el primer ejemplar de El ingeniero descalzo, un libro en el que he tratado de dibujar el perfil de mi padre en relación a su acción y pensamiento visionario a favor del desarrollo económico y social de Bolivia. Este libro, como dije al presentarlo, es el adelanto de un trabajo de mayor aliento donde he intentado cubrir esas y otras facetas de la personalidad de Alfonso Gumucio Reyes. Sobre El ingeniero descalzo dijo Carlos D. Mesa: “Magnífico título. Ese es el nombre que le da el hijo al padre. Para quienes se acerquen al libro encontrarán que es necesario que Bolivia mire más y con mayor profundidad a aquellos que hicieron patria de verdad, que la construyeron directamente”. 

Fue el gran visionario del desarrollo de Bolivia.  No solamente hizo bellos planes, sino que los llevó a buen término, algunos interrumpidos solamente por la fuerza del golpe militar de 1964. Con relativamente poco dinero hizo grandes obras, pero no organizó alrededor de esas obras los espectáculos mediáticos a los que estamos mal acostumbrados ahora. En lugar de manifestar un triunfalismo exacerbado para validarse políticamente, mantenía un recato del que deberían aprender los dirigentes actuales, que usan todo –lo propio y lo ajeno, para proyectarse electoralmente. 

Durante el acto mi padre nos miraba a todos desde una fotografía que le tomó Julia Vargas en el Chapare, donde aparece con una barba patriarcal. A Carlos le llamó la atención que yo hubiera escogido esa foto hasta que le expliqué que en los últimos años de su vida mi padre, que había diseñado la estrategia de integración desde el Estado a través de las carreteras 1 y 4, acabó trabajando como contratista de alcantarillas en la empresa Bartos que fue la encargada de construir de la carretera hasta su inauguración en 1972. No sé si esa sola foto lo contiene, pero en todo caso expresa una etapa de su vida y lo hace de manera amable, más allá de todo lo que había sufrido pocos años antes: exilio, represión y prisión. 



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En la gigantesca tarea que llevaste a cabo,
pusiste no solo pasión sino todo lo más noble
que puede tener un hombre.
—Víctor Paz Estenssoro

08 agosto 2014

Tres en uno: IPICOM

Desde principios de este año estoy como docente e investigador invitado en el Instituto de Investigación, Posgrado e Interacción Social en Comunicación (IPICOM) de la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz, lo cual me ha permitido poner un pie en actividades académicas en mi propio país, algo que paradójicamente no sucedía desde hace mucho tiempo. 

En las décadas recientes mi trabajo académico se ha desarrollado en otros países como profesor visitante, conferencista o asesor de maestrías con énfasis en comunicación, desarrollo y cambio social. Sin duda alguna Colombia es el país donde esas actividades han tenido lugar con mayor frecuencia, dos o tres veces cada año, en universidades como Uniminuto, Santo Tomás, Javeriana y Uninorte. 

En el IPICOM, que dirige Oscar Meneses, somos un equipo pequeño pero con mucha iniciativa. Desde el inicio de nuestras actividades y sin contar con un centavo para investigación pero al menos con el apoyo solidario y entusiasta de Sidney Torres, director de la carrera de Ciencias de la Comunicación, hemos logrado establecer la Cátedra IPICOM, que hasta ahora se ha realizado cada mes con excelentes expositores nacionales e internacionales.

A principios de agosto recibimos en la cátedra a Omar Rincón, el especialista colombiano de narrativas audiovisuales y director regional del Centro de Competencia en Comunicación (C3) de la Fundación Friedrich Ebert.

Omar Rincón 
La presencia de Omar nos permitió desplegar alas con tres iniciativas paralelas que quiero mencionar aquí en parte porque muestran la versatilidad del trabajo que hacemos en la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UMSA en favor de la investigación y de la interacción con otras instituciones.

Una de esas iniciativas fue, por supuesto, la cátedra que ofreció Omar Rincón, “Hacia la reinvención del discurso de la comunicación”, donde en su estilo desenfadado y sin concesiones desnudó el discurso y las prácticas de los medios masivos y de las narrativas envejecidas que pugnan por mantener su vigencia.

Rincón recomendó a los estudiantes y futuros investigadores “pasar de pensar en medios a investigar y ensayar el ecosistema de medios cuyo centro es móvil: para los más jóvenes todo se reorganiza alrededor de las redes sociales, para los más jóvenes productivos la vida gira alrededor del internet, para los más adultos el centro está en los viejos medios (prensa, radio y TV) pero hechos de nuevos modos. No se puede pensar un medio en solitario, sino en relación con las otras pantallas. Pasar de pensar en monomedios (prensa, radio, TV, internet, redes, videojuegos…) a actuar, pensar, investigar, ensayar la convergencia y lo transmedial (en términos narrativos, participativos y de mercado)”.

Además de la importancia de su exposición, esta fue la primera vez que la Cátedra IPICOM se realizó fuera de la Universidad Mayor de San Andrés. En acuerdo con la Cinemateca Boliviana, tuvo lugar en el auditorio de esa institución que acaba de cumplir 38 años de existencia.
 
Marcelo Cordero, Omar Rincón, Mela Márquez, Carlos D. Mesa, Alfonso Gumucio y Sidney Torres 
La cátedra fue uno de los tres actos concertados entre la carrera de Ciencias de Comunicación de la UMSA y la Cinemateca Boliviana. El segundo fue la presentación de la segunda edición de mi libro Cine comunitario en América Latina y el Caribe, que publicó Omar en la notable colección que dirige en el Centro de Competencia en Comunicación (C3). El libro es el resultado de una investigación que me tocó coordinar en 2011 y 2012 con el auspicio de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL), la Unesco y el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) de Venezuela.

María Aimaretti escribió sobre el libro en la revista argentina Cine Documental: “El lector que se acerque a este trabajo encontrará reseñadas 55 experiencias de producción y difusión alternativa posteriores a 2000 y actualmente activas; una selección de reflexiones de los mismos actores sobre su práctica; la mención al papel del Estado y la empresa privada en las iniciativas comunitarias; los marcos legales vigentes a nivel nacional; los tipos de financiamiento; las formas de distribución; los marcos y dinámicas de capacitación/formación; el estilo de trabajo por redes de cooperación; los tipos de festivales y espacios de conservación, preservación y archivo de materiales; además de una serie de referencias bibliográficas que le serán útiles para continuar y complejizar el análisis de este fenómeno que, sin experiencias ‘modélicas’ y aún con momentos de retracción, tiene más de treinta años de desarrollo”.

La presentación del libro estuvo a cargo de Omar Rincón y el comentario lo hizo el expresidente Carlos D. Mesa, crítico de cine y fundador de la Cinemateca Boliviana. Ahora el libro está disponible también en la página web del Centro de Competencia en Comunicación (C3) de la Fundación Friedrich Ebert, a un clic de distancia, como todos los demás libros  publicados en esa misma colección.  

Marcelo Cordero, Mela Márquez y Sidney Torres
Cecilia Quiroga, fallecida el 7 de abril de este año, fue una de las investigadoras que colaboró conmigo en ese ambicioso proyecto al que ya me he referido en otras oportunidades. Cecilia fue una gestora cultural comprometida, ocupó durante años la Coordinación de Comunicación de la Fundación Friedrich Ebert (FES-ILDIS) en Bolivia. Desde allí impulsó y apoyó numerosos proyectos importantes y en algunos solicitó mi concurso.

En honor a Cecilia realizamos una tercera actividad entre la UMSA y la Cinemateca Boliviana, la firma del convenio para la creación del Cine Club Cecilia Quiroga, también con el auspicio de la distribuidora Yaneramai Films, de Marcelo Cordero.  El convenio fue suscrito por Mela Márquez, directora de la Cinemateca y Sidney Torres, director de la carrera de Ciencias de la Comunicación.

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Lo local popular se narra y vivencia desde y como culturas bastardas: muchos padres (referentes de sentido y narración) y una sola madre (lo propio). Y las culturas bastardas no son de contenido ni ilustraciones sino de narraciones y goces. Omar Rincón

04 agosto 2014

Madidi en imágenes

Boa y Milenius Spanowicz
Si no supiera que Mileniusz Spanowicz es su nombre verdadero, pensaría que lo inventó para transitar de su mundo polaco a la sonoridad cercana al habla hispana y a su trabajo en este continente donde el milenio comenzó auspicioso. Mileniusz es uno de esos personajes que llega al país y se sumerge en su vida cotidiana y en su cultura hasta convertirse en hijo adoptivo, no por algún decreto o concesión administrativa, sino por su obra de incontestable amor por Bolivia.

Lo conocí en los alrededores de Ricardo Pérez Alcalá, mi querido amigo fallecido hace menos de un año. Mileniusz estaba siempre allí, en el círculo de confianza del pintor, fotografiando su obra plástica y su arquitectura, acumulando un archivo formidable de imágenes. Y de vez en cuando se perdía, desaparecía de la ciudad porque se zambullía en las selvas tropicales del norte del departamento de La Paz.

Todos tenemos incrustado en el imaginario de La Paz un paisaje altiplánico montañoso, frío y desolado, con un horizonte de llamas y vicuñas. Lo que no asimilamos fácilmente es que el norte del departamento es también una vasta región tropical, de vegetación exuberante e intricada, poblada por infinitas especies de flora y fauna de las que apenas conocemos unas cuantas.

Yacaré 
Estamos hablando de doce mil especies de plantas superiores que representan el 60% de la flora boliviana, de dos mil especies de vertebrados (3.7% de todos los vertebrados del mundo) y 1 100 especies de aves (34% de las que tenemos en toda la región y 11% de las que existen en el mundo). La mirada de Mileniusz se ocupa de recordarnos esa realidad desconocida para la mayoría de los bolivianos y de traernos en cien fotos una pequeña muestra, solo para antojarnos o hacernos sentir ignorantes.

No es casual que la muestra de fotografías que exhibió a fines de mayo el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (MUSEF) se llame “Retratos del Madidi” y no “Fauna y flora del Madidi”.  La palabra retrato tiene un significado de proximidad.  Uno retrata a alguien que conoce y con quien establece lazos de empatía, como los que Mileniusz ha construido a lo largo de muchos viajes, de varios años y más de seis mil imágenes.

Los fotógrafos de la naturaleza superan con su paciencia a los pescadores. Mi amigo ítalo-mexicano, Fulvio Eccardi solía pasar tres o cuatro semanas bajo una carpa en medio de la lluvia inclemente de la selva de El Triunfo, en Chiapas, esperando que asomara en algún árbol cercano el quetzal con su larga cola y sus vivos colores. Fulvio fue de los primeros que logró fotografiar de cerca al quetzal, un pájaro tan libre que huye cuando siente la presencia humana a cientos de metros.

Falsa coral
No necesito preguntarle a Mileniusz cuánto tiempo invirtió para lograr las imágenes de su muestra porque está claro que detrás de cada una hay una aventura, varias anécdotas y un centenar de fotos. Imagino a Mileniusz en esa circunstancia porque todos los fotógrafos hemos sentido alguna vez una emoción creativa semejante: el fotógrafo espera mientras a través del visor ve modificarse la secuencia. Cuando dispara, siente que es el instante preciso, el momento que nunca más volverá a repetirse. Es cuestión de uno o dos segundos, nada más. Uno de esos clics (que hoy ya no se escuchan en las cámaras digitales, a menos que uno quiera) es el que sobresale entre todos los demás: a veces el fotógrafo lo sabe desde que dispara y a veces lo descubre más tarde cuando revisa la serie completa.

Armado de un imponente teleobjetivo blanco que parece una bazuca Mileniusz se adentra en ríos caudalosos y tupidas selvas. En la fotografía de la naturaleza sucede algo sorprendente, pues no solamente nos maravilla la foto de un animal de cuerpo entero o de una planta completa, sino los detalles de formas y colores que uno puede descubrir si se acerca a la fotografía y observa el detalle de las plumas de un pájaro, de la piel de una serpiente o del intricado diseño de alguna flor que señala su presencia con su belleza involuntaria.

La paciencia de un pescador
Detrás de la cámara está el ojo del fotógrafo y detrás de él el apoyo de instituciones sin las cuales su trabajo no sería posible: la exposición fue organizada por Wildlife Conservation Society (WCS) y posteriormente contó con el apoyo de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, del Programa Nacional de Biocultura, del Servicio Nacional de Áreas Protegidas y de la Comisión Madre Tierra y Medio Ambiente de la Asamblea Departamental de La Paz. En cada institución hay personas cuyo compromiso hace que se alcancen resultados concretos, por ello menciono a Rob Wallace, Lilian Painter, Elvira Salinas, Elvira Espejo, para no citar sino algunos.

Rana mono
Lo que conocemos ahora gracias a quienes se dedican a la investigación y a la protección de la diversidad biológica es que cerca de tres mil especies de vertebrados han sido registradas en Bolivia: 389 mamíferos, 1 415 aves, 306 reptiles, 254 anfibios y 635 peces. Nuestro país ocupa el séptimo lugar en el mundo por su diversidad de aves y es el undécimo por su riqueza florística: más de 20 mil especies de plantas superiores se han catalogado en Bolivia.

La diversidad de fauna y flora en el departamento de La Paz se explica también por su excepcional condición topográfica que abarca desde cumbres nevadas a 6 100 metros de altitud sobre el nivel medio del mar, hasta 180 metros en la cuenca amazónica.

Mono lucachi
Contamos con tres áreas protegidas contiguas que forman parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas de Bolivia y que sobresalen por su biodiversidad: el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Madidi (1 895 750 hectáreas), el Área Natural de Manejo Integrado Apolobamba (483 743 hectáreas) y la Reserva de la Biósfera y Tierra Comunitaria de Origen Pilón Lajas (400 mil hectáreas). Esas zonas tienen también importancia cultural gracias a la presencia de comunidades Leco, Tacana, Araona, Esse Ejja, T´simane y Mosetene.

Una muestra fotográfica como esta, acompañada de la información científica pertinente, en lugar de instalarnos en una zona de confort por toda aquella riqueza que tenemos al alcance de la mano, debería cuestionarnos sobre la posibilidad de perderla. Hay, en efecto, especies amenazadas como el ciervo de los pantanos, el jaguar, el borochi, la londra, el águila harpía, pavas de monte, parabas, garzas, el caimán negro, el lagarto y especies de tortugas de tierra y agua.

Elvira Espejo, directora del MUSEF, inaugura la muestra fotográfica
Cuando uno mira las fotos de Mileniusz Spanowicz lo hace con un sentimiento a la vez de admiración y de nostalgia. Admiración por su trabajo y por la belleza que pone frente a nosotros, y nostalgia porque no tenemos ninguna garantía de que en el curso de las próximas décadas esa belleza permanezca intangible.

Lo que la diversidad biológica nos proporciona (sin ningún mérito nuestro), lo podemos perder por las acciones que ejercemos sobre la naturaleza. La invasiones de colonos en áreas protegidas, los proyectos depredadores del extractivismo a ultranza, la tala indiscriminada de especies forestales preciosas y la expansión de la frontera agrícola, pueden significar la pérdida de un tesoro que la naturaleza elaboró pacientemente a lo largo de miles de años.

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Produce una inmensa tristeza pensar
que la naturaleza habla
mientras el género humano no escucha.

—Víctor Hugo