13 abril 2014

La Cecilia

De mi época parisina recuerdo vagamente una película de Jean Louis Comolli titulada La Cecilia (1976), la historia de una colonia anarquista italiana que decide establecerse en Brasil en 1890 para llevar una vida diferente en armonía con la naturaleza y lejos de cualquier imposición de la sociedad o del Estado. Es un retrato del espíritu libertario de gente que decide vivir sin patrón, sin policía, sin dinero y sin jerarquía.

Se me vino a la mente esa película cuando me senté a escribir sobre “la Cecilia”, la nuestra, Cecilia Quiroga San Martín, que el lunes 7 de abril emprendió un largo viaje a tierras desconocidas. Quizás pensé en aquel film por esa manera afectiva que tenemos en Bolivia de llamar a las personas que queremos, anteponiendo el artículo determinado “la” o “el” para denotar familiaridad, o quizás porque nuestra Cecilia era cineasta y una de sus primeras películas, A cada noche sigue un alba (1986), evoca también los movimientos anarquistas de los años 1920 en Bolivia.

Nora de Izcue y Cecilia Quiroga en La Habana, 2011
Nuestra Cecilia tenía unos ojos brillosos, mirada risueña y una sonrisa siempre dispuesta. Esto suena a lugar común pero no lo es: creo que todos los amigos de Cecilia la recordarán por su cara luminosa y ese su modo dulce de ser. Había algo de niña en ella, una manera un tanto tímida de estar con los demás.

Aunque su formación inicial era en sociología, tuvo mucha actividad en el campo del cine como guionista, productora y realizadora. Entre 1989 y 1990 estuvo a cargo de la producción audiovisual en el Centro Gregoria Apaza y más tarde fue directora ejecutiva del Consejo Nacional de Cine (CONACINE), entre 1996 y 1998.

El año 1987 realizó junto a Esperanza Pinto Intensos fulgores, una obra de ficción que retrata la vida cotidiana de una mujer de clase media en los años 1920 y establece una comparación con la época actual. En este video como en el anterior, Cecilia rescata para la memoria aspectos de la lucha de las mujeres que en los años veinte y treinta del siglo pasado estaban ya organizadas en movimientos y grupos feministas. Intensos Fulgores tiene dos tiempos: un pasado en el cual el personaje único, una mujer de clase media, se cuestiona sobre el rol que le asigna la sociedad de esos años y un presente, muy breve hacia el final, donde el personaje se incorpora a las luchas sociales. El film muestra el proceso de evolución del pensamiento de una mujer, la negación de los roles tradicionales impuestos y el crecimiento de una conciencia de participación social. En 1990 escribió el guión de Epílogo, que dirigió Sergio Calero. En la película aparece como intérprete, junto a Martha Nardín de Urioste, Flavio Machicado, Pedro Susz y el actor que interpreta el personaje principal, Luis Gómez. 

Cecilia Quiroga  y otros cineastas en La Habana durante el 25 Aniversario de la Escuela de Cine 
Cecilia y yo coincidimos muchas veces en los dos campos de actividad en que estuvimos involucrados: el cine y la comunicación. En años recientes trabajamos juntos en varias iniciativas. Cuando la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL) me pidió coordinar la primera investigación sobre el cine comunitario en América Latina y el Caribe invité a Cecilia a formar parte del equipo de seis investigadores para que se hiciera cargo de tres países: Bolivia, Chile y Perú. En el marco de ese proyecto nos reunimos en La Habana a fines de 2011 con la directora de la FNCL, Alquimia Peña, y otros colegas que se incorporaron al equipo de investigación: Pocho Álvarez (Ecuador), Vincent Carelli (Brasil), Idanea Licea y Jesús Guanche (Cuba).

En esos días se celebraba en Cuba el 25 aniversario de la creación de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños, donde se han formado varias generaciones de cineastas latinoamericanos, de modo que fuimos a San Antonio para sumarnos al festejo. De esa ocasión especial conservo una foto en la que Cecilia aparece junto a realizadores y grandes pioneros del nuevo cine latinoamericano como Julio García Espinoza (Cuba), Fernando Birri (Argentina), Nora de Izcue (Perú) y Orlando Sena (Brasil).

Cecilia Quiroga y Karina Herrera-Miller
La investigación sobre el cine comunitario de América Latina y el Caribe se hizo libro y se presentó a fines de 2012 en el 34 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana , el último que contó con la presencia de Alfredo Guevara. Ahora nos preparamos para una segunda edición del libro, que se publicará en Colombia y que estará dedicada a Cecilia Quiroga y a Octavio Getino, dos compañeros que acompañaron el proceso de investigación.

Cecilia fue una gestora cultural comprometida, ocupó durante muchos años la Coordinación de Comunicación de la Fundación Friedrich Ebert (FES-ILDIS) en Bolivia. Desde allí impulsó y apoyó numerosos proyectos importantes y en algunos solicitó mi concurso. Publicó la investigación ¿Del grito pionero… al silencio? (2006) de Karina Herrera-Miller, una actualización imprescindible sobre las radios sindicales mineras, un libro para el que Karina me pidió escribir el prólogo.

Como especialista en comunicación estuvo vinculada a la Asociación Boliviana de Investigadores de la Comunicación (ABOIC) desde 1999 cuando participó como ponente en la Mesa de Trabajo de Medios y Producción Audiovisual. Fue docente de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y docente titular del Taller Audiovisual de la Carrera de Artes de la Facultad de Arquitectura y Artes en la misma universidad.

En tiempos más recientes Cecilia me brindó la oportunidad de involucrarme en dos iniciativas interesantes.  Por una parte me incluyó como miembro de un panel de expertos que elaboró recomendaciones sobre el funcionamiento y contenidos del Canal TV Culturas del Ministerio de Culturas y Turismo, junto a Oscar Calasich, Reynaldo Yujra, Ramón Grimalt, Yeanet Villegas, Viviana Vargas y Germán Monje. Por otra, me pidió participar en unas jornadas de evaluación sobre el programa de televisión Bolivia Constituyente.

La discusión y aprobación de la nueva Constitución Política del Estado en 2009 fue el tema de su última producción documental. Junto a Javier Horacio Álvarez trabajó durante varios años en la realización de Por siglos despiertos – Voces de la Asamblea Constituyente (2013), donde recogió testimonios y analizó de manera exhaustiva la participación de los movimientos sociales en el proceso generado alrededor de la nueva constitución.

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Así como una jornada bien empleada
produce un dulce sueño, así una vida
bien usada causa una dulce muerte.

—Leonardo da Vinci

07 abril 2014

Querido Rubén

¿Quién dijo que las malas noticias vuelan? Recién ahora me entero, casualmente y con dos semanas de retraso, de la muerte de mi amigo Rubén Bareiro Saguier el martes 25 de marzo en Asunción, a los 84 años de edad. Como suele suceder en estos casos, se me viene a la memoria un torbellino de imágenes y momentos en los que coincidimos para renovar nuestra antigua y lejana amistad.

El hecho de que Paraguay esté pegadito a Bolivia y de que la historia de ambos países esté indisolublemente unida por una guerra entre hermanos, no ha hecho que nos conozcamos mejor. Muy lamentablemente. Es como si el Chaco fuera un mar de sed que nos ha mantenido aislados el uno del otro, incapaces de sostener el abrazo con el que dimos por concluida una guerra estúpida (como todas las guerras) en 1935.

Quizás por ello y por la espesa frontera que nos aparta pocos conocen en Bolivia acerca del poeta, narrador, estudioso y defensor de la lengua guaraní que ha sido Rubén Bareiro Saguier, el último gran escritor del exilio y sin duda el más importante después de Augusto Roa Bastos. Desde que ganó en 1952 el primer premio del Concurso Ateneo Paraguayo, cuando tenía escasos 22 años de edad, no cesó de trabajar arduamente para construir una obra sólida que incluye poemarios, ensayos y narrativa.

En 1971 cometió el pecado de obtener en Cuba el Premio Casa de las Américas por su libro de cuentos Ojo por diente. Tremenda afrenta para la dictadura de Stroessner que lo encarceló y etiquetó como “comunista”. Fue liberado luego de una campaña internacional que reunió las firmas de distinguidos intelectuales del mundo y de América Latina, desde Roland Barthes y Jean Paul Sartre hasta Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.

Rubén Bareiro Saguier en París, septiembre 1978
Le esperaba un largo destierro en París, donde nos conocimos y nos frecuentamos a mediados de los años 1970. El tenía entonces poco más de cuarenta años y yo poco más de la mitad, pero ambos habíamos llegado a la capital francesa siguiendo los senderos paralelos del exilio y eso acortaba la diferencia de edad. Nos veíamos en las plazas y callejuelas del barrio latino y a veces en su casa, donde hacía gala de excelente anfitrión, preparando él mismo la cena. 

Su vida sentimental fue siempre apasionada, lo cual algunas veces se tradujo en rupturas escandalosas. Me cuenta Elizabeth Burgos en un correo electrónico que entre risas y lágrimas Rubén le había confiado que una de sus mujeres, al separarse de él, cortó todas sus corbatas, un gesto de alto significado simbólico. 

En septiembre de 1978, poco antes de regresar a Bolivia, nos despedimos con un largo paseo por el Quartier Latin, donde le tomé una docena de fotos. Llevaba entonces barba y los mismos ojos saltones que volví a ver en visitas sucesivas a París, durante la década de 1980. Cuando en 1989 regresó a Paraguay, a la caída de la dictadura, participó en la elaboración de la constitución política del Estado de 1992.  Tantos años de exilio habían fortalecido y madurado su amor por Paraguay y por la lengua guaraní. Sus libros Literatura guaraní del Paraguay, De la literatura guaraní a la literatura paraguaya: un proceso colonial y De nuestras lenguas y otros discursos, son muestras de esa pasión. Otros títulos suyos: Pacte du sang, Biografía de ausente, A la víbora de la mar, El séptimo pétalo del viento, Cuentos de las dos orillas

Augusto Céspedes, Rubén Bareiro Saguier, Carlos Villagra,
Yolanda Bedregal y Alfonso Gumucio, La Paz, mayo 1990
Como él lo recordaba en una dedicatoria fechada poéticamente en un día inexistente, el 31 de junio, habíamos soñado juntos en París otros encuentros en territorio latinoamericano y mientras tanto habíamos recorrido algunas aventuras literarias en las páginas de la minúscula pero vigorosa revista Desquicio que dirigía nuestro común amigo Luis López Álvarez, poeta leonés a quien le perdí la pista en Puerto Rico hace muchos años.

En mayo de 1990 nos visitó en La Paz junto a Carlos Villagra, otro escritor y diplomático paraguayo. Organicé en mi casa una cena a la que invité a otros amigos escritores bolivianos: Augusto Céspedes, Yolanda Bedregal, Mariano Baptista Gumucio y Manuel Vargas, entre otros.

Dos años después regresó a París donde en varios de mis viajes me recibió con la misma sencillez y amistad como embajador de la democracia paraguaya en Francia, cargo que ocupó entre 1994 y 2003. Al dejar definitivamente la capital francesa, donde había escrito la mayor parte de sus libros, regresó a Paraguay y fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura el año 2005.  

Rubén Bareiro, Alfonso Gumucio y Ángel Yegros en Asunción, agosto 2009

​"Escribir es, para mi​, una necesidad. Cada vocablo, cada frase, cada poema o cuento, cada libro es el resultado de una profunda carga que se va a cumulando hasta que el peso de la misma desencadena la tormenta de la palabra. La necesidad de transponer  el asco y el rechazo ante la degradación de mi sociedad, da origen a parte de mi escritura. La infancia, la prisión y el exilio transitan por páginas y páginas y páginas. ¡Y el amor, esa dimensión absoluta de mi existencia!", escribió.

Nos vimos por última vez en Asunción, a principios de agosto del 2009, cuando fui a presentar unos de mis libros. Me acompañó a su casa el amigo escultor Ángel Yegros,  y allí encontré a Rubén fragilizado, algo tembloroso e inseguro de sus movimientos. Acababa de pasar por un problema de salud y aún no estaba completamente restablecido. Me dedicó su nuevo libro de relatos La Rosa Azul, en cuya introducción habla de las marcas que deja el exilio: “… luego de pasar un mes y tanto incomunicado en las mazmorras de la policía política, no pude pisar mi tierra durante 17 años. De 1972 a 1989 deambulé por el mundo con mi nostalgia a cuestas y mi combate sin tregua contra el sórdido tirano y su régimen corrupto”.

Las últimas fotos de Rubén que veo ahora en internet lo muestran con la mirada cansada, los ojos hundidos en las cuencas ensombrecidas como si la vida le hubiera dado certeros golpes de puño. El proceso de deterioro de su salud era al parecer irreversible, ya que el propio escritor había dejado instrucciones de ser enterrado en la Villeta de Guarnipitán, el lugar que lo vio nacer el 22 de enero de 1930.
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Que mi lengua se pegue al paladar
si pierdo tu recuerdo, Guarnipitán. 
-Rubén Bareiro Saguier

03 abril 2014

Periodismo cultural

Bolivia carece de periodistas que se especialicen en temas culturales. Eso puede ser bueno o malo, según se mire. Malo porque es un síntoma de la precaria situación en los medios, donde los periodistas de oficio tienen que cumplir múltiples tareas al mismo tiempo, muchas de las cuales se limitan a publicar tal cual boletines de prensa institucionales. Bueno porque esa carencia de periodistas especializados ha hecho que gente con mucho talento, escritores, artistas y críticos de cine, ocupe en los medios el lugar de esos inexistentes periodistas culturales. No es la mejor situación, pero así es.

Cuando hablamos de “los medios” somos generosos. Por lo general la televisión no hace periodismo cultural, la radio un poco y las prensa un poco más. No es que la cultura esté totalmente ausente de la pequeña pantalla y de la programación de radio, pero su presencia es más bien a través de programas bien elaborados, de reportajes y documentales.  No hay propiamente periodismo cultural en el sentido de una cobertura cotidiana de la actualidad de las diferentes manifestaciones culturales. Menos aún una práctica de periodismo cultural que trascienda lo meramente informativo hacia algo más elaborado y crítico.

Pensé en esto cuando recibí la invitación hace un par de semanas, para dar una charla sobre la historia del cine boliviano en el marco de las II Jornadas de Periodismo Cultural organizadas por el Centro Cultural de España de La Paz, la Fundación para el Periodismo y el Instituto Goethe. Se trata de un importante esfuerzo para promover la especialización de periodistas interesados en el tema. Este año las jornadas estuvieron dedicadas por entero a la actividad cinematográfica, lo cual es estimulante para quienes trabajamos en ese ámbito.

El primer evento de las jornadas transcurrió del 24 al 28 de marzo y los dos siguientes, también sobre temas de cine, tendrán lugar en mayo y en agosto incluyendo en cada caso conferencias magistrales, talleres, mesas redondas, charlas, proyecciones, etc.

Rocío García, de El País
Para el primer evento, “La cobertura del cine”, se contó con la mirada de Rocío García, del diario El País (España), especialista en crítica cinematográfica que facilitó un taller para periodistas culturales de La Paz, Cochabamba, Sucre y Oruro. Durante la semana hubo una mesa de intercambio entre los cineastas Tomás Bascopé, Marcos Loayza y Juan Carlos Valdivia, y otra sobre crítica con Santiago Espinoza, Marcelo Cordero, Sergio Zapata y Pedro Susz. Además una presentación de Diego Mondaca sobre la muestra de cine “Cielo abierto” que tendrá lugar en Cochabamba en agosto y una conferencia de Victoria Guerrero sobre la nueva Ley de Cine.

A mi me tocó hablar de “Mi historia del cine boliviano”.  Titulé de esa manera la conferencia porque no quería repetir aquello que ya está en mi libro, publicado hace 42 años, sino más bien contar la historia de la investigación y del proceso que desarrollé para llegar al resultado final, el libro que se publicó casi simultáneamente en México y en Bolivia.

Conté por ejemplo cómo revisé durante años las colecciones de periódicos de principios del siglo pasado para rastrear breves anuncios de la llegada de los primeros “biógrafos”, “kinetoscopios” y “cinematógrafos” a Bolivia, así como notas sobre las primeras filmaciones que se hicieron en territorio nacional. No solamente no había internet en aquellos tiempos, sino que tampoco había en la Biblioteca Municipal una fotocopiadora, de manera que para guardar la información me veía obligado a fotografiar los periódicos en rollos de celuloide –no existía la fotografía digital- que en las noches revelaba en casa y ampliaba pacientemente.

Narré la investigación detectivesca que me permitió encontrar la única foto conocida entonces de Luis Castillo, pionero del cine boliviano y poco después hallar en Houston el paradero de don José María Velasco Maidana, pionero cineasta boliviano, a quien visité varias veces hasta convencerlo de que regresara de visita a Bolivia por última vez.

Entre otras anécdotas, describí los avatares de la edición boliviana que estaba lista para entrar a imprenta a fines de 1980 (corregí las pruebas de galera cuando me encontraba asilado en la residencia del embajador mexicano), que sin embargo no fue publicada hasta 1982 porque la editorial Los Amigos del Libro temía represalias de la dictadura por las menciones que hacía en el libro a Marcelo Quiroga Santa Cruz y a Luis Espinal.

Uno se siente a gusto hablando frente a un grupo selecto como el que participó en las jornadas organizadas por el Centro Cultural de España, porque quienes están allí es porque quieren y porque el tema les interesa. Me ha sucedido otras veces dar conferencias para universitarios estudiantes de la carrera de comunicación que son incapaces de decirme quien fue Luis Espinal o que en su vida han visto una película de Jorge Sanjinés. En esos casos, me molesta y me deprime.

Hace 30 años éramos apenas cuatro o cinco los que ejercíamos la crítica de cine en Bolivia: Julio de la Vega, Luis Espinal, Amalia de Gallardo, Pedro Susz, Carlos D. Mesa, Alfonso Gumucio y algún otro. En años recientes ha crecido el número de críticos de cine a la par que ha aumentado la producción y los mecanismos de apoyo a la actividad cinematográfica nacional. Hay más oportunidades y más interés.  Lo que no hay es mercado porque la gente ya no valora la producción nacional y prefiere ir al cine para ver la décima secuela de Terminator o de Rápido y furioso, películas tan fundamentales como las palomitas de maíz con que acompañan esas sesiones. 

No tenemos un público educado para el cine y las artes, pero quizás más periodistas culturales y más espacios en los medios de información, produzcan en el mediano plazo algunos cambios alentadores.

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La televisión es el espejo donde se refleja
la derrota de todo nuestro sistema cultural.
—Federico Fellini

30 marzo 2014

Panóptico, patrimonio cultural

A mediados de 2013, con el desparpajo que suele caracterizar a los que acumulan demasiado poder, un funcionario de gobierno anunció que el Panóptico Nacional, que todavía funciona como cárcel en la Plaza San Pedro de la ciudad de La Paz, sería desalojado y vendido como terreno. Según sus aventuradas declaraciones, la recaudación permitiría la construcción en Palca de un “mega complejo penitenciario” de 20 hectáreas para alojar a 5.000 presos, es decir los 2.355 de ahora, mas los que vendrán. Gran obra de desarrollo productivo con una visión carcelaria de nuestro futuro.

Panóptico de San Pedro, la fachada pintada, el resto en abandono
Cuando leí esa declaración en la prensa tomé la iniciativa de hacer una campaña de preservación del edificio porque allí donde el funcionario chicato veía solamente una cárcel, otros vemos un monumento que tiene valor histórico y cultural; allí donde él vislumbraba simplemente un buen negocio, quizás un centro comercial o un condominio de apartamentos, muchos soñamos con un gran centro de la cultura.

La campaña que lancé en Avaaz el 5 de agosto de 2013 no tuvo mucho éxito, apenas 111 firmas. La carta que hice circular en Bolivia la firmaron personalidades que han aportado a nuestra cultura desde diversos ámbitos como Luis Zilveti, Carlos D. Mesa, Pedro Querejazu, Luis Ramiro Beltrán, Adolfo Cáceres Romero, Elías Blanco Mamani y José Antonio Quiroga, entre otros. Desde Inglaterra llegó la adhesión de Margaret Anstee, amiga de Bolivia que fue la máxima autoridad de Naciones Unidas en nuestro país a principios de los años 1960. Algunas instituciones como la Fundación Flavio Machicado Viscarra, la Fundación Solón, la Fundación Comunidad, la Fundación Cajías y el Museo del Aparapita, entre otras, manifestaron también su respaldo a esa iniciativa, pero no pasó mucho más desde entonces.

En meses recientes los vecinos del barrio de San Pedro tomaron en mano propia el asunto. Han ocupado en varias ocasiones calles y plazas para expresarse también en contra de la arbitrariedad anunciada por el funcionario de gobierno. Un “Cabildo Cívico Cultural de la Paceñidad” logró que el Ministro de Culturas, a quien yo apelaba en mi carta de campaña, considere la posibilidad de un mejor destino para el Panóptico Nacional.

La parte posterior del Panóptico de San Pedro, en La Paz
Con el concurso de varios artistas, entre ellos Luis Rico, se organizó hace poco en La Paz una manifestación artística de apoyo para que el predio del Panóptico sea destinado a la cultura y no al negocio. Mi amigo Luis Rico hizo entonces declaraciones a la prensa en el sentido de que se debería “tumbar” el edificio para construir en el mismo terreno un centro cultural. Estoy en absoluto desacuerdo con esa afirmación. La posibilidad de demoler un edificio histórico es lo primero que debemos evitar. Tumbar el Panóptico dejaría además en suspenso cualquier posibilidad real de establecer en ese lugar un proyecto cultural. Ya no existiría un patrimonio en peligro para poder reclamar. Lo que se tiene que hacer es precisamente lo contrario: rehabilitar el edificio, cuyo diseño arquitectural data de fines del siglo XIX, con todas las características que tuvo cuando fue construido.

El primer paso para ello es que el Panóptico sea declarado patrimonio cultural nacional y convertido en el futuro cercano en un centro de la cultura y de las artes, donde tengan cabida todas las manifestaciones que hoy conforman el amplio abanico de nuestras culturas nacionales.

Este es un edificio emblemático, construido de acuerdo a las normas más modernas de su época. Se llama “panóptico” porque desde las cuatro esquinas puede verse todo lo que sucede en los diferentes sectores de la cárcel, erigidos con un diseño de eje radial sobre una superficie de 8.257 metros cuadrados. La idea, muy innovadora cuando fue inaugurado en 1895, era que en lugar de estar encerrados en celdas con barrotes, los presos pudieran desplazarse libremente dentro del perímetro carcelario. La sobrepoblación hizo que al pasar el tiempo el diseño interior se modificara para aumentar celdas, pero no sería muy difícil recuperar la distribución original del espacio.

Alfonso Gumucio Reyes (con barba), rodeado por Simón Reyes, Alberto Jara,
Oscar Salas, Corsino Pereira, Irineo Pimentel y otros dirigentes de la
Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) en 1967
 
Además de su valor arquitectónico y cultural, el Panóptico ha recibido muchos “huéspedes” ilustres y no ilustres. Esos cuatro muros han visto pasar muchísimas cosas, están tapizados de historia que algún funcionario miope quisiera eliminar con una oprobiosa firma. Mi padre fue a caer allí como preso político durante la dictadura de Barrientos, en 1967. Durante los meses de su prisión hizo estrecha amistad con los dirigentes de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB). La dirigencia en pleno estaba allí encarcelada por el “presidente payaso ” (como llamó Cortázar a Barrientos). Con estos consecuentes dirigentes sindicales de las minas, que venían de tiendas políticas distintas como el partido comunista o el trotskismo, sostenía largas conversaciones sobre economía y desarrollo. 

En esa época residían también en el Panóptico los autores del atraco de Calamarca, los hermanos Hugo y Marcial Fuentes y el argentino Oscar Rodríguez, a quien conocí, cuya celda estaba decorada para recibir las visitas de sus amigas del Jankanou, famoso club nocturno que funcionaba en el Prado. Anécdotas hay muchas, el edificio vibra de tanta historia que contiene. Despedazarlo por iniciativa de algún funcionario efímero sería como borrar de un plumazo una parte de nuestra memoria nacional.

Panóptico de Bogotá, hoy Museo Nacional de Colombia
No es necesario inventar la pólvora ni el hilo negro, puesto que hay ejemplos que podríamos seguir. Muchas prisiones en el mundo han sido convertidas en centros de cultura, en bibliotecas, en símbolos de libertad. Es el caso Alcatraz en la Bahía de San Francisco, donde estuvo preso Al Capone, y de la prisión en la isla Robben donde permaneció durante 18 años Nelson Mandela. En Bogotá, desde 1948 el Museo Nacional de Colombia ocupa el edificio de la antigua Penitenciaría Central de Cundinamarca, también diseñada como un conjunto panóptico. En Costa Rica el Museo de los Niños ocupa desde 1994 los predios de lo que fue una prisión, construida durante la primera década del siglo pasado. En Dublín la prisión Kilmainham Gaol construida en 1796 encerró durante más de cien años a irlandeses que luchaban por la independencia de su país, y hoy aloja un museo de historia sobre el nacionalismo irlandés. Por su belleza arquitectónica y su valor histórico allí se han filmado no menos de una docena de películas. 

El Palacio Negro de Lecumberri
En México está el Palacio Negro de Lecumberri, inaugurado el 29 de septiembre de 1900 por el presidente Porfirio Díaz, que sirvió como penitenciaría hasta 1976. El edificio es también un panóptico en forma de estrella donde estuvieron encarcelados personajes de la talla de David Alfaro Siqueiros, Valentín Campa, Heberto Castillo, Ramón Mercader el asesino de Trotsky, José Agustín, José Revueltas, William Burroughs, Francisco Guerrero y el escritor colombiano Álvaro Mutis. Durante la decena trágica, el presidente Francisco I. Madero, así como el vicepresidente José María Pino Suárez, fueron asesinados en el patio trasero de Lecumberri en 1913. 

Como los mexicanos sí saben valorar sus bienes culturales e históricos, hoy el Palacio Negro de Lecumberri aloja al Archivo General de la Nación En sus alas se han instalado salas de consulta para investigadores y lectores. En las antiguas celdas hay exposiciones de fotografía, salas de lectura y recintos donde se guardan los libros más valiosos. Los mexicanos cuidan su patrimonio mientras nosotros estamos a punto de permitir que algún funcionario torpe se salga con la suya. 

Podríamos extendernos aún más con ejemplos de prisiones convertidas en centros de la cultura y del arte.  Los que he mencionado hasta ahora deberían ser suficientes para que los funcionarios del actual gobierno reflexionen sobre la enorme responsabilidad que tienen si toman una decisión equivocada. 

Ojalá que el Ministro de Culturas Pablo Groux se sume al esfuerzo de conservar el edificio del Panóptico. Cuando ejerció las funciones de Embajador de Bolivia ante la Unesco fue uno de los abanderados de la preservación del patrimonio mundial y recibió por ello reconocimiento. No es una idea ni loca ni nueva.  Ya en la época del alcalde Ronald MacLean, por iniciativa de Gastón Araoz, se diseñó un plan de restauración y recuperación que fue publicado bajo la dirección de Carlos Rosso en el Catálogo de Proyectos Concertados del gobierno municipal de La Paz. 


Imaginemos ese edificio restaurado, una ciudadela donde las culturas de Bolivia podrán dialogar entre sí y donde las artes tendrán espacios para exposiciones, talleres de aprendizaje, salas para conciertos y para representaciones teatrales, bibliotecas y salones para exponer pintura y escultura. No permitamos que ese patrimonio arquitectónico sea destruido.