02 noviembre 2019

Kolibrí

 ¿Cine para niños? ¿Cine con los niños? ¿Cine desde los niños? ¿Podemos hablar de un cine que los adultos hacen poniéndose en el lugar de los niños? ¿El cine de animación es un cine dedicado per se a la infancia? ¿Existe un cine hecho por los niños y dirigido a los adultos que no los entienden? ¿Los niños deberán hacer cine para niños? 


Son algunas de las preguntas que me hago y que formulé durante mi corta intervención en el panel de especialistas en proyectos audiovisuales educativos “Situación de la producción audiovisual para la niñez y la adolescencia en Latinoamérica”, que tuvo lugar el 9 de octubre en la “Cátedra Luis Ramiro Beltrán” de la Universidad Católica Boliviana, como una de las actividades del XII Festival Internacional Kolibrí, dedicado a niños, niñas y adolescentes.  En el panel participaron invitados de Argentina, Cuba y Bolivia, cuya relación con el audiovisual para la infancia es diversa: algunos son productores o realizadores de programas de televisión o de animación, otros son docentes de cine o promotores del cine destinado a la infancia, como es el caso de la organizadora del evento, Liliana de la Quintana (y toda su familia, podríamos decir), quien lleva muchísimos años forjando en Bolivia espacios de capacitación, de participación, de producción y de difusión en el tema de cine para la infancia y la adolescencia. 


Empecé recordando a los asistentes y participantes del panel la feliz coincidencia de estar en la Cátedra Luis Ramiro Beltrán, quien fuera el guionista de “Vuelve Sebastiana”, la primera película en la historia de Bolivia donde los protagonistas son dos niños. Qué feliz coincidencia. 

Aunque no estoy involucrado directamente en la producción de cine para niños, mis siete años de experiencia de trabajo en UNICEF en Nigeria y en Haití me han permitido hacerme las preguntas que formulé antes, y adoptar una posición crítica con la organización de Naciones Unidas supuestamente dedicada a la infancia, pero en realidad una burocracia muy mal llevada para responder a las necesidades reales de niños, niñas y adolescentes. El sistema educativo en Bolivia también suele ignorar el potencial del audiovisual en el aula, lo que muestra sus enormes límites a pesar de los discursos grandilocuentes desde el Estado. 


"Cuentos de la cuenca" (Bolivia, 2018) de Andy Garnica 
Razón de más para interesarme en proyectos de otras instituciones privadas o del Estado que efectivamente dedican sus esfuerzos al campo del audiovisual para la infancia, y escuchar sus relatos, aunque el panel me pareció demasiado descriptivo de lo que cada uno hace, sin entrar en reflexiones más amplias y entablar un debate sobre el tema. Es un mal común a los paneles de eventos, en general, que cada quien viene a contar su propia experiencia sin elevar un poco el nivel de análisis. 

El Festival Kolibrí recibió este año 280 obras, de las que fueron seleccionadas 158 para concurso, de 26 países en cinco continentes. Esos números indican su capacidad de convocatoria, pero detrás de las cifras hay mucho más: una evolución de las temáticas que interesan crecientemente a los niños, niñas y adolescentes, entre ellas el medio ambiente, la discapacidad y la diversidad sexual. En los talleres que se realizan anualmente en los colegios, en diferentes departamentos de Bolivia, los propios niños han propuesto otras temáticas vinculadas a los derechos humanos (Luis Espinal, por ejemplo) y a la violencia familiar, entre otras, de las que surgen producciones de documental, animación o ficción realizadas por los propios niños y adolescentes que participan en los talleres que organiza Nicobis (la familia Ovando) y el Festival Kolibrí.  Más de un centenar de obras se han producido de esta manera en diferentes lugares de Bolivia: aymaras del lago Titicaca, poblaciones afrobolivianas en Yungas, Tarabuco en Chuquisaca, los distritos mineros, Alto Beni, guaranís del Chaco tarijeño, etc. 


"Cuentos de la cuenca"
Las producciones del XII Festival fueron clasificadas y premiadas en varias categorías:  ficción, animación, documental, serie de televisión y obras realizadas por niños y adolescentes. 

“Cuentos de la cuenca” (2018, 7 min.) de Andy Garnica Iriarte obtuvo el primer premio en la categoría de animación.  Es una hermosa alegoría que, en la línea de la ya clásica “Abuela grillo”, muestra la preocupación por el medio ambiente y la necesidad de vivir en armonía con la naturaleza tejiendo comunidad y valores. Una visión pesimista nos inclinaría a decir que ya es demasiado tarde con un Estado tan indolente y depredador, pero lo cierto es que el cambio de actitudes individuales y comunitarias, como muestra el corto, es la clave para que ecocidios como el de la Chiquitanía no vuelvan a ocurrir. Por la belleza de su narrativa y la pertinencia de la historia este corto debería ser obligatorio en todas las escuelas y en todos los canales de televisión. Es mucho más importante que toda la propaganda o los falsos programas para niños que saturan la pequeña pantalla. 


"Muyuspa" (Bolivia) de Jesús Vilca 
Una excepción honrosa, cuyo director, Jesús Vilca, recibió un Premio a la Trayectoria, es “Muyuspa” (“Girando”), serie producida por la televisión estatal boliviana, que en cada edición le da la palabra a niños, niñas y adolescentes de algún lugar de Bolivia (Cobija, Chorolque, Trinidad, Desaguadero, Chipaya, entre otros) con mensajes educativos sobre problemas que aquejan a las comunidades.  La serie adolece de cierta falta de rigor en su estructura y de creatividad en su expresión audiovisual (los niños repiten lo que les piden decir para la cámara, incluso con sesgo político), pero cumple una función didáctica necesaria. “Muyuspa” me recordó las video-cartas de la Televisión Serrana, la experiencia cubana con niños desarrolladas ya hace varias décadas en la Sierra Maestra por Daniel Diez Castrillo. 


"Cocodrilo" (España) de Jorge Yudice
En la categoría documental se llevó el premio “El sembrador” (México 2018, 86 minutos) de Melissa Elizondo Moreno, que muestra la dedicación de un profesor rural en Chiapas, que trabaja con niños tzeltales, mientras “Cocodrilo” (España 2018) de Jorge Yudice, recibió el Premio de Ficción.  El jurado consideró que “sintetiza el conflicto entre un adolescente con sus padres recurriendo a un lenguaje claro sobre las diferencias generacionales y plataformas comunicacionales que van surgiendo por la tecnología, redes sociales y videojuegos. Es emotiva y esperanzadora pues concluye en lo que se presume un reencuentro gestado desde el amor materno de entender los intereses del hijo adolescente. Parece dirigida a los padres que muchas veces no comprenden los modos de vida de sus hijos, pero al mismo tiempo por cómo fue realizada, es atractiva y reflexiva para un público infanto-juvenil”. 


"Crónicas elefantiles" (Colombia), de Miguel Otálora 
He visto algunos capítulos de “Crónicas elefantiles” la serie televisiva colombiana de Miguel Otálora (que se transmite por Señal Colombia), que recibió el Premio a la Mejor Serie de Televisión.  Es una muestra de que la capacidad de síntesis (cápsulas de menos de dos minutos) y la creatividad (mezcla de animación y documental) tienen más y mejor efecto en los niños que producciones largas y pesadas. En Bolivia, un excelente ejemplo de este estilo es el programa para adolescentes “Pica”, producido por Nicobis, otra prueba que lo bueno, si breve, es dos veces bueno. 

Muchas otras actividades giran alrededor de este proyecto ambicioso que es Kolibrí, que comienza a merecer la atención del Estado para garantizar su continuidad en el tiempo. No me cabe la menor duda: las nuevas generaciones “picadas” por este dulce Kolibrí serán mejores. 


(Publicado en Página Siete el domingo 13 de octubre 2019)
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La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir;
nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras.
—Jean-Jacques Rousseau


29 octubre 2019

No es su plata

(Este artículo fue publicado antes de las elecciones generales del 20 de octubre 2019) 


El hombre del helicóptero sigue gastando la plata de los bolivianos, a un ritmo acelerado. Las aspas de la aeronave giran y los dólares vuelan. Desde su palacio de 28 pisos en la Plaza Murillo hasta la casa presidencial de San Jorge, o a su lujosa terminal aérea en El Alto, o a su palacio colonial en Sucre, o a su hacienda en el Chapare, o a los refugios secretos que utiliza para beber “a ocultitas” (según sus propias palabras), el hombre del helicóptero utiliza ese caro instrumento del poder como ningún otro presidente latinoamericano. ¿Quién paga ese lujo? Los bolivianos. 


Museo de Evo en Orino-k 
Pero el helicóptero, el avión o su museo personal en Orino-K, no son sino un botón de muestra del desvío de fondos del Estado en favor de un partido político, pero sobre todo en favor de una sola persona: el autócrata Evo Morales, que se aferra al poder como lo hicieron los dictadores africanos (Mugabe, Obiang, Biya, Campaore, etc), durante décadas hasta que algunos fueron derrocados por sus pueblos, mientras otros siguen amarrados al poder. 

Evo Morales utiliza los recursos del Estado como si fuera dinero de su billetera, y no rinde cuentas a nadie.  Los funcionarios públicos que son cómplices de esos desembolsos irregulares son culpables por complicidad. No vale aquí la excusa de que reciben órdenes, sería como excusar a los burócratas del nazismo por enviar millones de personas a las cámaras de gas y luego decir: “yo solo cumplía con mi deber” (Eichmann). ¿Quién paga los sueldos de todos los ministros y otros funcionarios asignados abiertamente para dirigir la campaña de Evo Morales en diferentes departamentos de Bolivia? 


Disfrazado para el culto a la personalidad
La malversación de fondos del Estado sucede todos los días para complacer al cacique autoritario. Cuando los funcionarios públicos son obligados a asistir a las marchas con banderas azules y a firmar o sacarse selfies para que no quedarse sin trabajo, se está desviando fondos de los bolivianos para el aparato de propaganda del eterno candidato. Y cuando se utilizan aviones, helicópteros y vehículos de toda suerte que pertenecen al Estado, para movilizar a la gente en el tren de campaña electoral, se le está haciendo un daño económico irreversible al Estado, porque ese gasto nunca podrá recuperarse. 

La entrega de obras, incluso las más pequeñas realizadas por las alcaldías, se ha convertido en la palanca de la campaña electoral. Evo Morales gasta más en desplazarse para inaugurar una cancha de fútbol o una escuelita, que el costo real de esas obras. Inaugura varias veces las mismas carreteras, en diferentes fases de construcción. Pone aquí y allá primeras piedras de edificaciones que nunca se terminan, o se terminan sin supervisión y sin respetar las normas técnicas. Todo ello para hacer bulla en campaña electoral. 

A pesar de que hay cinco normas establecidas que prohíben claramente el uso de bienes del Estado en la campaña electoral, este cacique feudal que se cree dueño del país las ignora, se limpia con ellas. El artículo 235 de la Constitución, los artículos 125 y 126 de la Ley de Régimen Electoral, el artículo 9 del Estatuto del Funcionario Público, los artículos 41 y 45 del reglamento de Elecciones, entre otros, son violados todos los días por el “Jefazo”, para quien las leyes y reglamentos están allí para mofarse de ellos. Y el Tribunal Supremo Electoral, esa vergüenza que han copado por masistas, no dice nada. 



El dinero que gasta el Estado en la propaganda electoral del régimen no tiene precedentes en la historia de Bolivia.  Las cifras indican que el gobierno de Evo Morales, a través del Ministerio de Propaganda, ha gastado más que todos los gobiernos anteriores juntos en la historia de Bolivia. Es decir, la suma de la propaganda estatal de todos los gobiernos anteriores es menor a lo que ha gastado el régimen de Morales. Desde 2011 el canal nacional de televisión del Estado ha seguido los movimientos del megalómano día a día. Renovó equipos móviles para poder atender las necesidades del compulsivo viajero y asistir a todos los actos de proclamación electoral.  Transmitió en vivo sus partidos de fútbol, sus mismos discursos repetidos hasta la saciedad (llenos de mentiras), a un costo de 457 millones de bolivianos. 


Evo Morales, venciendo a rodillazos
Desde 2010 el gobierno central ha destinado a la publicidad la friolera de 5.395 millones de Bs. Es decir: dinero de los bolivianos desviado para la propaganda electoral de un candidato. 

Pero no solamente es el canal del Estado y el canal de propiedad personal de Evo Morales, Abya Yala (pagado con recursos del Estado), sino que todos los canales privados están sometidos por el gobierno a través de los inmensos recursos que reciben por la difusión de la propaganda electoral, disfrazada de “información sobre la gestión de gobierno”. 

El culto a la personalidad del autócrata boliviano no tiene parangón ni en la historia de Bolivia ni en otros países. En ninguna nación del mundo (salvo quizás Corea del Norte) se ve la cara del primer mandatario en todos los rincones del país y en todo lo que le pertenece al Estado y a los bolivianos. 


El sello con la cara del sátrapa aparece en todas las cabinas de teleférico, en todas las carreteras y hasta en los snacks que reparten en la línea aérea BOA. Es como si el megalómano fuera multimillonario que paga todo eso con recursos propios, cuando en realidad, usa el Estado como su caja chica. 

Ahora que ya no hay “gastos reservados”, la malversación y desvío de bienes del Estado se hace abiertamente a la luz del día, y los bolivianos, sometidos por la propaganda, bajan la cabeza. 

(Publicado en Página Siete el sábado 5 de octubre de 2019) 




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El primer signo de la corrupción en una sociedad que todavía está viva
es que el fin justifica los medios.
—Georges Bernanos


25 octubre 2019

La fotografía me robó el alma

 Lo que sigue es una parte del epílogo que escribí para “La fotografía, un documento social”, libro coordinado por Beatriz E. Múnera Barbosa y J. Ignacio “Iñaki” Chaves G., dos buenos amigos de Colombia que me invitaron a reflexionar con ellos y con otros autores sobre este tema tan cercano a nuestras sensibilidades. 


¿Qué tiene la fotografía que impregna la memoria con nostalgia? ¿Qué tiene la imagen documental que escribe la historia sin palabras? ¿Qué tiene la cámara que cosecha aquello que con el tiempo se enriquece, adquiere peso y volumen? 

No se necesita ser fotógrafo para sentir una emoción especial cuando uno recorre con los ojos un antiguo álbum de fotografía. Y no solo con los ojos. Dan ganas de tocar las fotos, no solamente para sentir la textura del papel o apreciar con las yemas de los dedos el contorno, sino porque uno siente que esos rostros que nos miran, esas poses que nos impresionan, tienen volumen y tienen presencia. 

La fotografía documental regresa del pasado para inquietar el presente y consolidar el futuro. Una sola foto documental puede cambiar la historia escrita, porque la historia escrita es interpretación que no tiene necesariamente un asidero testimonial tan evidente, tan tajante, como la fotografía. 

No cabe duda de que toda fotografía es también interpretación, no es una imagen neutra, pero tiene la capacidad de interpretar no solamente al fotógrafo-autor, sino a los sujetos fotografiados, porque entre ambos se establece un diálogo cercano que no tiene parangón con la interpretación escrita. La fotografía documental tiene más de diario íntimo y de testimonio de la realidad que el reportaje o la crónica. 

Sus antecedentes están sin duda en la pintura. ¿No es acaso radicalmente documental un cuadro como “Los fusilamientos del 2 de mayo”, de Goya o “La lección de anatomía”, de Rembrandt? Son cuadros que nos interpelan a través de los siglos no solamente por su maravillosa composición, por su color o por la destreza del artista, sino porque retratan una época, son el testimonio de un hecho irrepetible. 

Se puede disfrutar una buena fotografía por su belleza formal, pero si no tiene la capacidad de revelar en la realidad aquello que los ojos comunes no ven, no trasciende en la memoria. No todo clic sobre la realidad es una foto documental, porque para que lo sea no basta el aparato que registra sino el diálogo que establece el fotógrafo con esa realidad que no es definible si no es primero interpretada. 


"Napalm girl" ©Nick Ut
La realidad en realidad no existe, lo que existe es la mirada sobre la realidad. Y hay tantas miradas sobre la realidad como seres que la miran. De un hecho histórico cualquiera donde se tomaron miles de miles de fotografías, por ejemplo la Guerra de Vietnam o el terremoto de Nepal, solo algunas trascenderán a través de los años porque significan más de lo que muestran. Esa es la virtud de la fotografía documental, su capacidad de decir más allá de sus bordes físicos, más allá de su composición, de su color o de su contexto. 

La fotografía documental está cargada de magia como no lo está hoy ninguna fotografía pasada y repasada por los mil procedimientos entretenidos que ofrece Photoshop y cualquier otro editor digital de imágenes. Nuestra vista se ha acostumbrado ya tanto a la manipulación, que no nos sorprenden los colores saturados y las composiciones que llevan la fotografía documental al estatuto de expresión plástica pero la alejan de la sencillez cargada de verosimilitud. 

La fotografía documental es relación antes que artificio. Relación humana, relación de respeto con las personas, con los paisajes, con los hechos históricos. Hay en la fotografía documental una honestidad que es su principal característica, su centro esencial y su eje ético. Nada de eso se ve con los ojos, pero la honestidad y la actitud ética se respiran frente a una fotografía que es resultado de esa actitud del fotógrafo. 


"Fascisti" ©AlfonsoGumucio 
Una visión instrumental de la fotografía documental la reduce a su función de ilustrar. La fotografía de reportaje completa o complementa el texto. Es también una función digna, pero subsidiaria. La fotografía de reportaje no necesariamente trasciende como imagen documental que se separa de la herramienta y del medio de información. Y cuando logra trascender esa categoría, no es más un elemento de información sino una imagen para la memoria. 

La confusión entre información y comunicación viene también al caso para hablar de la fotografía documental como para hablar de los medios. Los medios masivos no comunican, informan. La comunicación es un proceso que implica diálogo, dos puntas, un camino de ida y vuelta. Sucede lo propio con la fotografía de reportaje, que es de información, y la fotografía documental, que comunica

La narrativa de la fotografía documental es la de la memoria. Del mismo modo que una imagen del pasado reconstruye una historia que desborda lo que se ve en la imagen, una fotografía documental del presente tendrá (o no) la capacidad de evocar en el futuro un momento social o histórico que no está limitado por la capacidad de describir. 


"El beso" ©Doisneau
No es lo mismo describir que narrar. La descripción es parte de los registros de información, mientras que la narrativa es imprescindible en un proceso de comunicación. La descripción es al reportaje lo que la narrativa es a la creación simbólica. La fotografía documental es creación simbólica, de ahí su capacidad de permanecer en el tiempo. 

El tejido simbólico de la fotografía documental atrapa no solamente la vista, sino todos los sentidos, porque interpela sobre todo a la memoria, y si no existe esa memoria, interpela la curiosidad científica, el deseo de conocer, de generar conocimiento propio. 

Hay la creencia en muchas culturas de que la fotografía le roba al sujeto fotografiado el alma. Esto sucede sobre todo cuando quien toma la fotografía no se involucra, permanece ajeno y distante, escondido detrás de su cámara, utilizando el aparato como un arma de avasallamiento. El robo del alma puede tener una significación diferente en la fotografía documental, cuando de lo que se trata es de producir complicidad antes que reproducir información gráfica. En la complicidad que se lee entre líneas o entre luces y sombras en la fotografía documental, está ese robo del alma legitimado por la memoria. 

(Publicado en Página Siete el domingo 29 de septiembre de 2019)
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Hay siempre dos personas en cada cuadro:
el fotógrafo y el espectador”.
—Ansel Adams

20 octubre 2019

Érase una vez…

 Ya que el silencio electoral obligatorio impide referirse a los candidatos en las elecciones de este domingo, decidí escribir un cuento para niños. Y va así… 


Érase una vez un país donde todo andaba al revés. Las manecillas del reloj en la plaza principal giraban en sentido contrario, por ello en vez de avanzar, el país retrocedía cada hora más. 

Todos caminaban hacia atrás y tropezaban. En lugar de extender la mano para estrechar la de un amigo, la retiraban involuntariamente y por eso surgieron muchas enemistades y malentendidos. Los que habían sido amigos, cruzaban la calle para no saludarse. 


Los frondosos bosques de ese país tan hermoso sufrían un proceso de regresión incontenible. Los árboles se volvían chiquitos: desaparecían las altas copas, las ramas que antes regalaban grandes abrazos se quebraban y los troncos terminaban al ras del suelo calcinados en una mezcla de polvo y ceniza. Allí donde antes se erguían bosques densamente poblados, quedaba apenas una tierra yerma donde solo crecía pasto para el ganado. 

Las vacas caminaban también hacia atrás, pero los cangrejos hacia adelante. En verdad, los cangrejos eran los únicos que se beneficiaban porque mientras todos los demás retrocedían, ellos podían adelantarse con sus pinzas bien abiertas para agarrar todo lo que encontraban en el camino. Su voracidad era mayor puesto que nadie podía detenerlos. 


Las hormiguitas y las abejas obreras, que son las que mejor organizan su sociedad para trabajar por el bien común, estaban desorientadas porque todo funcionaba al revés. Las abejas volaban hacia atrás, y las hormiguitas en lugar de abrir túneles dentro de sus nidos, los llenaban de tierra para que nadie pudiera salir ni entrar. Antes habían trabajado armoniosamente, pero por el anacronismo en el que vivían comenzaron a disputarse espacios. Las hormigas negras despreciaban a las coloradas y con la ventaja de su tamaño les impedían hacer filas para transportar alimento a sus familias. 

Algo similar ocurría con las abejas y las avispas. Habían convivido muchos años, pero ahora se maltrataban mutuamente porque el tiempo iba hacia atrás. Las abejas ya no podían construir los hexágonos de cera en sus panales porque ya no había flores. Grandes industrias mineras se habían instalado en esos campos donde antes podían libar. Las abejas obreras vieron quebrar su industriosa labor y aprovechando esa situación las avispas organizaron el contrabando de flores y frutos de países vecinos, que vendían a las propias abejas y a otras especies que ya no producían nada propio. Y mientras más importaban de otros países, menos se producía localmente. 


Lo que sí abundaba era un arbusto que acabó reemplazando a todas las flores y frutos, cuya hoja tenía poderes especiales. Los cangrejos vieron la alta rentabilidad de esas hojas y se dedicaron a su producción intensiva. Eso les permitió controlar la sociedad y hacer otros negocios que empobrecían a los demás. El cangrejo mayor, a quien los cangrejos enanos obedecían ciegamente porque tenía la boca más grande, construyó un lujoso palacio donde se encerraba para mirar el país desde arriba y sentirse superior. Esto inspiraba miedo a todos, que le hacían reverencias por donde pasaba. Y cuando alguna ardilla inquieta o una altiva llama se negaban a hacer la reverencia, las expulsaban de sus trabajos. Un ejército de ratas se encargaba de ejecutar las órdenes que venían desde el piso 28 del palacio. Así pasaron muchos años, tantos que las nuevas generaciones ya no tenían memoria de cuándo había comenzado el desastre, ni cómo eran las cosas antes de que los cangrejos tomaran el poder. El cangrejo mayor, que discurseaba todos los días desde su torre, les había borrado la memoria. 


El país se quedaba aislado porque mientras retrocedía, los otros avanzaban. “Tenemos que hacer algo para que juntos podamos caminar hacia adelante”, dijeron los perros y gatos, librados a su suerte. Vivían de la generosidad de quienes les daban agua y comida, pero no estaban organizados para enfrentar a los cangrejos. Necesitaban alianzas, por ello convocaron a un cabildo de animales al que acudieron perros, gatos, osos, caballos, llamas y alpacas, abejas, hormigas, cóndores y todo tipo de aves. 


Y ahí resolvieron una medida secreta para el domingo siguiente: en medio de la noche, en la plaza principal, hicieron una pirámide, los más fuertes abajo y los más pequeños arriba, y el que logró subir hasta la cúspide pudo darle la vuelta a las manecillas del reloj para que volvieran a avanzar en el sentido de la historia. Y eso tuvo un efecto insospechado en el vecino palacio del cangrejo mayor: el edificio se desplomó con todos los cangrejos adentro, y de la nube de polvo surgieron miles de mariposas de todos los colores. 


(Publicado en Página Siete el sábado 19 de octubre 2019)
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En nuestra época no existe tal cosa como ‘mantenerse fuera de la política’. Todas las cuestiones son cuestiones políticas, y la política misma es una masa de mentiras, evasivas, tonterías, odio y esquizofrenia. —George Orwell

18 octubre 2019

Voto por Carlos Mesa

Dibujo de Abecor (Página Siete) 
 Si durante las últimas semanas los lectores de esta columna conversaron con personas que dicen “todavía no sé por quién votar”, lo más probable es que estén mintiendo y tengan la intención de votar por Evo Morales. Es imposible que una persona racional y medianamente inteligente, no haya decidido su voto a estas alturas, luego de 14 años de mal gobierno. Es muy poco creíble que esa persona no sepa, al menos, por quién NO votar. 

Si la persona es honesta y reflexiona sin egoísmo en el presente y en el futuro de Bolivia, no puede votar por una camarilla oportunista que ha copado todos los poderes del Estado en beneficio personal y ha hipotecado la economía del país por varias generaciones, despilfarrando recursos que nunca antes había tenido la nación. 

Aquellos que no expresan abiertamente su voto es porque tienen intereses y privilegios que no quieren perder, y deudas con el país que no quieren saldar. Son muchos, es cierto, todos los que participan en la cadena sin fin del contrabando, del narcotráfico y del lavado de dinero. Algunos no se manchan las manos, pero han obtenido mediante coimas contratos estatales aceitados por un gobierno que ha dejado atrás las normas y dispensa recursos públicos por contratación directa, sin estudios de factibilidad, sin licitación y sin supervisión. 


La COB y la FSTMB, entregadas a Evo Morales
Todo mecanismo de control social ha sido eliminado, los sindicatos sobornados y domesticados, salvo alguna excepción. Organizaciones de gran trascendencia histórica como la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), la Central Obrera Boliviana (COB) o la Confederación Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) ya no representan nada. Nadie conoce siquiera los nombres de los actuales dirigentes, que operan como funcionarios del partido de gobierno. Estamos lejos de la ética revolucionaria de Víctor López, Simón Reyes, Domitila de Chungara o Genaro Flores, por no citar sino cuatro dirigentes históricos. 


Intelectuales orgánicos del MAS 
Hay una categoría especial de los que votarán por Evo Morales, yo los llamo “los celestes”. Posan como intelectuales con olfato y sentido de la oportunidad. Se dicen “independientes” pero han servido a Evo Morales y a García Linera desde el inicio, usando al Estado para beneficiarse con contratos de consultoría, uno tras otro (y a veces dos o tres a la vez),  de manera rotativa: “hoy por ti, mañana por mi”, al amparo de fundaciones internacionales que los reciclan, como la FES o Idea, y organizaciones de Naciones Unidas como el PNUD, donde se acomodan año tras año en proyectos que supuestamente consolidan la democracia en Bolivia, pero que en realidad la socavan, como se ha visto en el “apoyo” al TSE, ahora copado por el partido de gobierno. 

Para los “celestes” acomodaticios, como para los sindicalistas vendidos y para toda la red de tráfico de influencias, el “proceso de cambio” es un jugoso negocio que nada tiene que ver con posiciones ideológicas. No importa que el régimen de Evo Morales sea el más corrupto de la historia de Bolivia, no importa el permanente desvío de fondos ni el culto a la personalidad de un personaje tan ambicioso como mediocre.  Son “analistas” políticos, pero les vale madre que la burocracia corrupta e ineficiente del Estado se haya inflado cuatro veces para fidelizar a la militancia partidista. No importa que estemos más endeudados que nunca a pesar de haber recibido mayores recursos que todos los gobiernos anteriores juntos, por la bonanza de las materias primas. Tampoco importa el extractivismo depredador de la naturaleza, ni el cambio artificial del dólar que favorece al contrabando y mantiene deficitaria nuestra balanza comercial. 


Gabriela Zapata, militante de las juventudes del MAS (hoy presa)
Evo Morales ha trastocado los valores de toda una generación que no había llegado a la adolescencia cuando asumió el poder en 2005. Su discurso mentiroso, repetido machaconamente 3 o 4 veces al día a lo largo de 14 años a través de propaganda en casi todos los medios de difusión, logró crear la ilusión de un país que progresa, mientras sectores esenciales como la salud, la educación y el medio ambiente, evidencian los peores indicadores de la región. 

Nunca ha estado el país tan dividido. Morales y su equipo han exacerbado el racismo a través de la prédica indigenista, mientras reprime a los indígenas. A pesar del falso discurso izquierdista-populista, el gobierno de Morales se ha revelado de derecha, neoliberal y autoritario. Como los dictadores africanos, el autócrata pretende quedarse indefinidamente en el poder. 

Quienes todavía “dudan” porque “ninguna candidatura es buena” y los que creen que votando “nulo” o “blanco” estarán tranquilos con sus conciencias, saben que su apatía favorecerá al MAS. Su actitud es abiertamente oportunista: “mejor que todo siga igual”. Pero no puede seguir igual porque el país ya está muy dañado. 

Al menos por un principio de salud democrática todos los bolivianos deberían aspirar a tener poderes del Estado independientes, y un parlamento verdaderamente diverso, y no el circo de levantamanos que tenemos ahora. 


Por todo o anterior votaré por Carlos D. Mesa. Considero que su posición es la más progresista de todas, la que conjuga mejor con mi pensamiento de izquierda, porque soy alguien que, a diferencia de los masistas, ha sufrido persecución y exilios en las dictaduras de Banzer y García Meza, como ahora sufro las presiones, amenazas y difamación del régimen autocrático. 

Un debate público nacional entre Morales y Mesa hubiera mostrado claramente la diferencia cualitativa entre ambos, pero la cobardía y falta de ideas del primero ha privado a la población de la verdad. Carlos Mesa es la posibilidad que tenemos de regresar a cierta racionalidad en el país, luego de 14 años de absurdos. Carlos representa a los bolivianos que creen en la ética política, en la decencia, en la honestidad y en la recuperación de los valores humanos esenciales. 

Voto por Mesa con la esperanza de que tomará medidas urgentes como el juicio de responsabilidades a Morales y a sus colaboradores, con auditorías independientes sobre cada gasto del Estado, la liquidación del narcotráfico y del contrabando, y una atención eficiente de la salud, la educación de calidad y el medio ambiente. Voto por una asamblea parlamentaria diversa, no por una aplanadora. 

Hemos perdido 14 años de historia que será difícil recuperar en los próximos 5 años, pero Carlos Mesa merece la oportunidad, la confianza y el apoyo sostenido de los bolivianos. 


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La ética es la práctica de reflexionar sobre lo que vamos a hacer
y los motivos por los que vamos a hacerlo.

—Fernando Savater