25 septiembre 2020

Muertos en el closet

Técnicamente se llama “exceso de muertes” pero yo les llamo “muertos en el closet”, y no me refiero a los que pesan sobre los 14 años de autoritarismo de Evo Morales, sino a los fallecidos no contabilizados desde que comenzó la pandemia del coronavirus. No es un tema exclusivamente boliviano, sino global como la pandemia: durante meses las mediciones sobre contagios y muertes por Covid-19 han sido mentirosas porque los gobiernos solo contaban a los pacientes detectados, mientras en asilos de ancianos y en casas particulares los fallecidos quedaban escondidos en el closet de la estadística. Los cementerios estaban abarrotados y los carpinteros ya no tenían madera para fabricar ataúdes. Las familias enterraban a sus muertos en cementerios clandestinos o simplemente los dejaban envueltos como paquetes en los parques para que los recogieran los servicios municipales de salud. Nos conmovieron las imágenes de Guayaquil pero, para ser justos, lo mismo sucedió en otros países.
La gente se muere en su casa, y como no tiene acceso a pruebas de Covid-19, las causas de mortalidad son atribuidas a cualquier falla orgánica, como si de pronto a todos se le hubiera ocurrido morirse al mismo tiempo por afecciones a los riñones o al corazón. Los operadores de crematorios y cementerios revelan que se ha multiplicado por cinco el número de muertos con relación al año anterior. Son muertos sin etiqueta. Los gobiernos no los cuentan.
Para rechazar críticas, algunos gobiernos dicen que se conocen más casos porque se hacen más pruebas, pero no es cierto: España ha realizado tantas pruebas como Portugal (por millón de habitantes), pero tiene tres veces más muertes por Covid-19 que su vecino país. Se habla del “milagro” sueco que venció el coronavirus sin confinamiento, pero no es cierto, pues el país nórdico tiene 580 fallecidos (por millón de habitantes), igual que Italia o México, y cien muertos más que Francia o que Colombia. En número de contagios, Chile y Perú tienen alrededor de 23 mil (por millón), más que Brasil, aunque las cifras totales hacen aparecer a Estados Unidos, India y Brasil encabezando la lista de la ignominia. El cristal estadístico es siempre tramposo, porque depende de cómo se mira.
Para Bolivia es un
grave problema estar acorralada entre los países que más contagios diarios han tenido en semanas recientes, como Argentina donde el número aumenta exponencialmente. Las fronteras permeables con Brasil, Perú, Chile y Argentina ponen a nuestro país en un riesgo muy grande, porque no hay manera de controlar varios centenares de pasos fronterizos clandestinos por los que circulan contrabandistas y narcotraficantes portadores del virus. Somos el caso diametralmente opuesto de Nueva Zelanda, que no tiene casos porque es una isla. El subregistro de muertes era tan grosero, que universidades y otras instituciones científicas decidieron comparar todas las muertes con estadísticas de años anteriores en las mismas fechas. Recién ahora los gobiernos han aceptado “revisar” sus cifras de muertos por Covid-19 que, como ahora se sabe, no afecta solo a los pulmones con su “hipoxia silenciosa”, sino a cualquier órgano del cuerpo. Los países están “sincerando” sus cifras con base en modelos estadísticos. La verdadera curva de muerte es la que proyecta, entre otros, el estudio realizado por la Red de Epidemiólogos EuroMOMO, difundida por el New York Times y The Economist, que han medido el “exceso de muertes”. Es decir, han comparado el número de muertes totales de un país en el periodo del coronavirus, con las muertes totales de los tres años anteriores. El resultado es escalofriante, porque el incremento de muertes en algunos países de Europa llega a 350%.
Países con dirigentes políticos irresponsables, como Estados Unidos, Reino Unido, Brasil y México se negaron a imponer medidas drásticas y por ello muestran una escalada de contagios. España y Francia relajaron las medidas de confinamiento para pasar buenas vacaciones de verano y ahora vemos las consecuencias, porque el virus no toma vacaciones. Hay un nuevo tipo de vandalismo en el mundo, que no se limita a los que organizan “fiestas Covid” para contagiarse y contagiar a otros. La irresponsabilidad radica también en los “normales”, en esos miles de manifestantes en Alemania o Estados Unidos que se niegan a usar tapabocas. Si ellos fueran los únicos afectados, qué importa que se mueran, pero el problema es que infectan a otros que tratan de cuidarse. Lo único claro en esta pandemia de la que aprendemos todos los días, es que el virus entra por la boca, la nariz y los ojos, y si uno actúa con responsabilidad y se cubre esas tres mucosas, las posibilidades de contagiarse en la calle, en la casa o en el trabajo, son mínimas.
(Publicado en Página Siete el sábado 19 de septiembre 2020)

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La turbulencia de los demagogos derriba los gobiernos democráticos.
—Aristóteles


11 septiembre 2020

El club de Paulo Abrão


A mis 10 años, en el garaje de mi casa en Obrajes, tenía un “club de detectives” con tres amigos del barrio. Nos reuníamos dentro de una enorme caja de madera que quedó de un traslado, para leer a la luz de una candela las novelas de Enid Blyton (famosa por la serie “El club de los 5”, que vendió 600 millones de ejemplares)  y para inventar inocentes conspiraciones. 

Recuerdo eso cuando pienso en Paulo Abrão, hasta ahora Secretario Ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), quien pasó su gestión inventando con su club de amigos conspiraciones nada inocentes, más bien dañinas para la paz y la convivencia en la región latinoamericana. Recientemente, cuando la OEA no quiso renovar su contrato, hizo un berrinche de adolescente y movió todos sus contactos para conseguir apoyos de instituciones como CLACSO, venida a menos desde su adhesión al peronismo conservador.
 
Gente como Paulo Abrão, con una carrera meteórica que logró trepando con escalera gracias a apoyos políticos, suele luego hacer maromas para prorrogarse en sus cargos.
 
Por eso mismo nunca respondió a la consulta que le hicieron repetidas veces sobre el intento de prórroga de Evo Morales, contra lo que dice la Constitución Política del Estado. Años después de que le hicieran esa pregunta me queda claro que Abrão no respondió porque estaba planeando su propia prórroga, su última posibilidad de ocupar un alto cargo en la burocracia internacional. A partir de aquí, lo que le espera en un camino de bajada. 

La mala fe de Abrão la señalé en otro artículo en estas mismas páginas: convirtió a la CIDH en un club de amigos que responden obsecuentemente a las decisiones que él toma de manera inconsulta.
 
Su ojeriza con la democracia boliviana y su defensa del régimen corrupto y autoritario de Evo Morales son bien conocidas. La CIDH no censuró las violaciones de derechos humanos y las arbitrariedades cometidas por el “jefazo”, con quien Abrão mantenía afinidades temperamentales. De 115 solicitudes de medidas cautelares, la CIDH solo aceptó tres en 14 años de régimen autoritario. Se pasó por el arco la masacre del hotel Las Américas y la de El Porvenir, la represión en Chaparina y de los discapacitados, o el hostigamiento hasta la muerte del Ingeniero Bakovic, entre otros casos que, a lo largo del régimen de Morales, suman cerca de 150 fallecidos. 

 
Cuando el pueblo boliviano se rebeló contra el fraude electoral y el autócrata pedófilo escapó de Bolivia después de renunciar públicamente a su cargo, Abrão pulió su microscopio para observar cualquier desliz que pudiera cometer el gobierno constitucional provisional que asumió el poder para garantizar elecciones libres, transparentes y democráticas.
 
Desde el fraude de octubre 2019, Abrão miraba la realidad boliviana con un solo ojo.  Con una lupa agrandaba los hechos que dañan al proceso de retorno a la vida democrática y cerraba el otro ojo para no ver los actos de terrorismo que alienta Evo Morales en plena pandemia, para impedir las elecciones generales y crear un clima de zozobra y miedo en Bolivia.
 
Paulo Abrão no es trigo limpio, no es una persona en la que se puede confiar.  Es un arribista manipulador, cuya estrategia ha sido sumarse a quienes crean inestabilidad social en Bolivia. 

 Ni siquiera consultaba con otros en la CIDH: en pocas horas exigió “medidas cautelares” para la actual Defensora del Pueblo, que ya lleva meses prorrogándose en el cargo (como el propio Abrão quiso hacer). Cuando visitó Bolivia, diputados del MAS lo llevaron de la mano para mostrarle lo que a ellos les convenía que viera: Senkata, donde hubo un enfrentamiento entre grupos violentos que al grito de “ahora sí, guerra civil” trataban de impedir el abastecimiento de combustible para la ciudad de La Paz y atacaban la planta de gasolina y gas, que de estallar habría afectado un radio de 5 kilómetros.
 
Del mismo modo, Abrão exigió proteger a cocaleros del Chapare que subieron hasta Sacaba para cercar la ciudad de Cochabamba y fueron repelidos por la población y por las fuerzas del orden. 

Ninguna de esas razones figura en el expediente que justifica la salida de Abrão de la CIDH, sino su vergonzosa actitud con funcionarios de esa misma institución, que se quejaron públicamente del acoso de que han sido objeto por parte del oportunista secretario a quien se acusa también de manipulación de contrataciones. En total, 61 denuncias documentadas.
 
Señor Abrão, ya no me escriba un mensaje privado, como hizo la vez pasada, tratando de justificarse y de explicarme lo honesto que es, porque su comportamiento dentro y fuera de la CIDH demuestra todo lo contrario. 


 

(Publicado en Página Siete el sábado 5 de septiembre 2020)

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Llénalos de noticias incombustibles.

Sentirán que la información los ahoga,

pero se creerán inteligentes.

Les parecerá que están pensando,

tendrán una sensación de movimiento sin moverse.

—Ray Bradbury

30 agosto 2020

Trucos en ALADI

Algo sospechoso sucede en la Asociación Latinoamericana de Integración: estamos cerca de la elección de un nuevo Secretario General del organismo regional, pero todo aparece rodeado de misterio. Si uno revisa la página web de ALADI, no hay mención de la elección donde hay solo dos candidatos: el uruguayo Sergio Abreu y la boliviana Karen Longaric. 

El candidato uruguayo fue canciller el siglo pasado y ha sido desenterrado del cementerio diplomático. Simple y llanamente, es un abuso del país sede, pues Uruguay ya tuvo a Didier Opertti y antes a Juan José Real en la Secretaría General. En los últimos tres lustros el cargo ha sido rotado como en una puerta giratoria entre Uruguay, Argentina y Paraguay. Ninguno, ni el actual Secretario General, contribuyó a resucitar a ALADI, que tiene muy poco oxígeno a 40 años de su creación.  

Karen Longaric
El argumento manoseado por Uruguay es un contra-argumento: que la Secretaría General debe ir (¿otra vez?) a un uruguayo porque la sede de ALADI está en Montevideo.  Eso es como decir que el Secretario General de las Naciones Unidas debería ser gringo, o que el Director Ejecutivo de la FAO debería ser italiano, porque la sede está en Roma. 

Entonces, ¿qué tan “regional” es un organismo donde el país sede quiere controlarlo? El pequeño país, con una población que es la tercera parte de Bolivia, ya tiene funcionarios en altos niveles de organismos internacionales, como el propio Luis Almagro en la OEA. ¿Cuál es el afán de acaparar más? ¿Se quiere repetir la maniobra que favoreció a México en 2017? 

Como denunció en 2017 la Agencia Latinoamericana de Información (ALAI), México impuso a su candidato sin respetar las reglas del juego. El investigador Rubén Armendáriz escribió: “El mexicano Alejandro de la Peña será de facto nuevo Secretario General de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), sin haberse siquiera instalado el XVIII Consejo de Ministros de Relaciones Exteriores, tal como lo exige la normativa. Es decir, en ALADI se produjo un acto de magia donde se sacó a un conejo de un sombrero inexistente”. 

Los argumentos de la candidatura de Bolivia en cambio muy sólidos, pero eso no parece importar a quienes actúan sin transparencia. 

En primer lugar, el cargo le corresponde a la región andina ya que el actual Secretario General de ALADI representa a los países de América Central y los anteriores fueron uruguayos, argentinos o paraguayos. Esta es una oportunidad para la Comunidad Andina, si es que los países de dicha comunidad actúan como los “hermanos” que dicen que son. En un gesto coherente Ecuador ya ha dado por escrito su voto por Bolivia, y también lo ha hecho Brasil, demostrando que no está de acuerdo con la imposición que intenta Uruguay. 
En segundo lugar, Bolivia nunca ha ocupado la Secretaría General de ALADI. Esta sería la primera vez que nuestro país ocupa la Secretaría General del organismo regional en 40 años. 

En tercer lugar, por primera vez tendríamos en la Secretaría General a una mujer, con lo que se rompería la tradición machista del organismo regional.  Y no cualquier mujer, sino una mujer especializada en temas regionales, que traería al organismo vientos de renovación que buena falta le hacen. 

Está en manos de Perú y de Colombia tomar una decisión que ponga por delante su pertenencia a la región andina por encima de cálculos políticos que no ayudarán a consolidar otros organismos regionales (CAN, Prosur, Pacto de Leticia) donde la Bolivia democrática ha mostrado su mejor voluntad de apoyo. 

Entre los 13 países de ALADI, sería lógico que se diera la unidad en el bloque andino, que Venezuela abandonó. A este bloque podría sumarse Chile, que comparte la cordillera de Los Andes. Pero además de un bloque andino, es también Amazónico, pues tanto Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, comparten la cuenca amazónica con Brasil. 

Quedan en minoría: Argentina, Cuba, México y Venezuela, que no tienen candidato propio pero que por su apoyo al ex autócrata Morales podrían hacer bloque. México le negaría su voto a Bolivia para ajustar cuentas por el conflicto de los delincuentes asilados en su Embajada en La Paz, pero esperemos que los otros países amigos no le hagan el juego. La buena vecindad y la historia deberían permitir que el voto de Paraguay favoreciera a Bolivia, y quedaría Panamá como incógnita. 

En toda lógica democrática, Bolivia debería ganar la Secretaría General de ALADI, pero en estos tiempos de hiperpolítica y trucos debajo de la mesa, el resultado de la elección, al momento de escribir estas líneas, es impredecible. 

(Publicado en Página Siete el sábado 22 de agosto 2020)

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Los diplomáticos son personas
a las que no les gusta decir lo que piensan.
A los políticos no les gusta pensar lo que dicen.
—Peter Ustinov

 

23 agosto 2020

Jorge Gumucio Granier

Constructor del servicio exterior 

El jueves 20 de agosto por la noche recibí una de esas noticias que uno no quisiera recibir, aunque las probabilidades de recibirla sean mayores a medida que pasa el tiempo: mi primo Jorge Gumucio Granier había fallecido en Pittsburgh, en el exilio al que fue empujado hace años por el régimen autocrático del MAS que lo persiguió con la saña que hostigó a tantos otros, vaciando la Cancillería de su personal diplomático más calificado. 

Jorge era un diplomático de carrera que muchos califican como constructor del servicio exterior de Bolivia. Su gestión en la Cancillería, en los puestos que ocupó, dejó una huella profunda en todos quienes trabajaron con él cuando fue Viceministro de Relaciones Exteriores (en varias ocasiones), o embajador en Naciones Unidas y en Perú, y en quienes aprendieron de él en la Academia Diplomática.

 

La cancillería de Bolivia está impregnada de su ejemplo, y de su paso por esos salones de altos y señoriales techos queda mucha obra y mucha generosidad. No solamente fue el artífice del edificio anexo que ahora alberga la mayor parte de las direcciones de nuestro servicio diplomático, una construcción que respetó la estructura clásica del edificio original (cuyo espacio físico ya era insuficiente), sino que además se ocupó de los mínimos detalles: en los pasillos del segundo piso donde se encuentran los despachos más importantes del ministerio (despacho de la Ministra, viceministerios, protocolo y ceremonial del Estado), están los retratos que donó de ilustres predecesores de la diplomacia de Bolivia.

 

Llegó al servicio exterior boliviano con su amplia experiencia como doctor en Sociología e investigador de la realidad boliviana, que había enriquecido durante los años que estuvo en IBEAS (Instituto Boliviano de Estudio y Acción Social) donde investigó y publicó varios ensayos y formó a nuevas generaciones de investigadores. El servicio exterior boliviano necesitaba el perfil de personas comprometidas con la realidad del país, con músculo académico y una visión de futuro de las relaciones regionales e internacionales. En esa medida jerarquizó las funciones diplomáticas rodeándose de profesionales del más alto nivel. 


Era meticuloso en todo lo que investigaba: Ocupación y desocupación urbana (IBEAS 1967), Estudio regional del noreste boliviano (IBEAS 1966). Sus libros sobre la cuestión marítima figuran entre los más serios y documentados: Estados Unidos y el mar boliviano (1985), El enclaustramiento marítimo de Bolivia en los foros del mundo (1993), Perú-Bolivia: forjando la integración (1995), Orígenes del enclaustramiento de Bolivia y del Tratado de 1904  (2013), Apuntes para una historia diplomática de Bolivia y Ley del servicio exterior (1993), y Diplomacia presidencial entre Bolivia y el Perú, son algunos de sus aportes.

 

En la familia Gumucio había dos primos especialistas de la genealogía familiar, que podían casi de memoria revisitar la trayectoria de todos nuestros antepasados. Uno era Fernando Baptista Gumucio y el otro Jorge Gumucio Granier. Conversar con ambos era una delicia. Tuve oportunidad de grabarlos para la investigación que hice para la biografía sobre mi padre. Jorge proporcionó información invalorable, matizada con jugosas anécdotas que enriquecían su relato.

 

Uno de los episodios más conocidos en la vida de Jorge Gumucio fue su dura experiencia como rehén del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Todo comenzó con el asalto armado a una recepción diplomática el 17 de diciembre de 1996 en la Embajada de Japón en Lima, con cerca de 800 invitados del mundo diplomático, pero también de instituciones culturales. Yo me enteré el 18 de diciembre de 1996 cuando, por mera casualidad, estaba en Bilbao visitando a los antepasados españoles, la familia Gumuzio del país vasco, que Jorge también había visitado. Uno de ellos acababa de escuchar la noticia en la radio. Pasaron los meses y me encontraba en Haití el 23 de abril de 1997 cuando una acción militar acabó con el grupo de secuestradores y logró rescatar con vida a 71 de los rehenes. Jorge recibió minutos antes el aviso de que se iba a producir el ataque y pasó la voz a los rehenes para que se tiraran al piso.

 

Al cabo de unas semanas del asalto a la embajada los captores del MRTA dejaron salir a muchos rehenes, pero conservaron a 72 que tenían un peso político mayor, entre ellos Jorge Gumucio, que padeció hora por hora los 126 días de su cautiverio, aquejado por una dolencia cardiaca que mantenía su salud en un estado de extrema fragilidad. Meses después Jorge ofreció su propio relato de esa experiencia cuya noticia dio la vuelta al mundo, y alguna vez me comentó con tristeza que el gobierno de Sánchez de Lozada no había hecho lo suficiente para gestionar su salida de esa situación tan riesgosa para su salud.

 

En una entrevista con Anna Infantas Soto publicada en Los Tiempos el 10 de diciembre de 2006, reconoció que una salida negociada hubiera sido imposible dada la determinación de los guerrilleros del MRTA, y habló de las conversaciones que sostuvo durante su cautiverio con el jefe del comando, Néstor Cerpa Cartolini:

 

“Cerpa era un dirigente con mucha experiencia sindical en Perú. Conversamos sobre Bolivia, había vivido en Santa Cruz y en Chapare. Tenía papeles de ciudadano boliviano, de Uyuni, que le permitían mimetizarse como colla. Me mostró su carnet de identidad. Su señora también vivió en Bolivia, y fue ella la que, cuando sucedió el secuestro de Samuel Doria Medina, llevó el dinero a Perú. Cerpa conocía bastante bien el país. Era parte de sus estrategias, aunque tenía problema de habla… hablaba como limeño. (…) Él vino en busca de nombres de empresarios para secuestrar. Elaboró una lista. Tenía gente de Santa Cruz y de La Paz, pero al final optaron por Doria Medina, porque vieron que era el más joven y por quien el padre podía pagar. Algo que me dijo es que cuando se secuestra a un empresario mayor, los hijos lo venden para cobrar el seguro. Por eso, prefirieron a un joven, porque el padre siempre da todo para salvar a su hijo”.

 

Antes de morir, Jorge expresó su voluntad de ser cremado y de que sus cenizas fueran esparcidas en el océano Pacífico, un acto simbólico que debería ser acto de Estado. 

 

No dudo que todo gobierno democrático en el futuro mantendrá vigente el reconocimiento y la memoria de Jorge Gumucio Granier, que murió lejos de la patria a la que sirvió con grandeza y humildad, hasta que la ignorancia y torpeza arbitraria del MAS lo apartó del camino.

 

(Publicado en Página Siete el sábado 22 de agosto 2020)

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¿Cómo se puede decir a un hombre que tiene una patria

cuando no tiene derecho a una pulgada de su suelo?

—Henry George

18 agosto 2020

Gabo y Gaba

  El texto que sigue lo escribí pocos días después de la muerte de Gabriel García Márquez, y estaba seguro de que lo había publicado en alguna parte, pero parece que se quedó, como tantos otros, en el archivo de los recuerdos (y de los olvidos). 

Ahora es el momento de publicarlo, porque este sábado 15 de agosto falleció en México la Gaba, Mercedes Barcha, la compañera de uno de los escritores más queridos de América Latina. Digo bien “querido”, porque más allá de su obra enorme, Gabo era, como Julio Cortázar, uno de esos seres humanos de los que uno se enamora instantáneamente.

 

Así va este texto, con algunas variantes, que rescaté en el arcón de los secretos:

 

Ahora que ya pasó el tsunami de homenajes póstumos a Gabriel García Márquez, quiero decir un poco de lo mucho que significó para mi su existencia y sus obras. Cada quien tiene su Gabo, hay un Gabo para todos, nos permite apropiarnos de él, tanto de su obra como del personaje.

 

Y quiero hablar también de la Gaba, que fue según el propio Gabo lo más importante que le pasó en la vida: Mercedes Barcha, la mujer sin la cual García Márquez no sería lo que fue ni como persona ni en la literatura.

 

En una carta de 1950 que Gabo escribió a su amigo Francisco Padilla antes de casarse con Mercedes Barcha, estaba este hermoso párrafo: “La tengo aquí, atravesada como un venablo en la bomba circulatoria, en una terrible cosa entre tiempo y espacio, viento y marea, que no sé si sea amor o muerte. De todos modos, es algo tan tenebroso que no habrá más remedio que disolverlo en una buena pócima matrimonial, con cucharaditas suministradas tres veces al día, hasta la hora de la muerte, amén”.

 

Me remonto a la década de 1960, cuando éramos jóvenes con pretensiones de escribir, ávidos lectores en cualquier caso, todavía no deformados por la televisión que iba a aparecer recién en Bolivia a fines de esa década.

 

Esperábamos como una revelación mística cada obra de los escritores del “boom” de la literatura latinoamericana. Cada libro nuevo de García Márquez, de Cortázar, de Carlos Fuentes y de Vargas Llosa lo adquiríamos y lo compartíamos con algarabía, pero también las novelas y los cuentos de Guimarães Rosa, de Alejo Carpentier, y otros que aprendimos a querer como si fueran hermanos mayores.

 

Para alguien que a sus diez años se leyó la colección completa de novelas de Agatha Christie, descubrir durante la década de 1960 El coronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1962) o Los funerales de la mama grande (1962) de García Márquez constituía un inmenso placer. Recibíamos cada libro de “los nuestros” con genuino entusiasmo: Todos los fuegos el fuego (1966) de Cortázar, las novelas de Vargas Llosa de esa década, La ciudad y los perros (1963) o La casa verde (1966), y la narrativa de Carlos Fuentes con Aura (1962), Cantar de ciegos (1964), Zona sagrada (1967) y Cambio de piel (1967).

 

En mi caso, sentía la misma excitación cuando salía un nuevo disco de The Beatles, precisamente en esos mismos años.  Qué gran década para la literatura y para la música.

 

Tener la primera edición de esos libros era como adquirir un tesoro, y no por el valor, insospechado entonces, que tienen hoy esas ediciones, sino por la fortuna que sentíamos de poder contarnos entre los primeros lectores de libros que tantas generaciones han venerado después.

 

Solíamos reunirnos con Jaime Nisttahuz, Manuel Vargas, y Pedro Shimose (unos años mayor que nosotros), en la trastienda de la Librería y Editorial Difusión, que tenía en la Avenida Mariscal Santa Cruz nuestro querido Jorge Catalano, a quien le debe tanto la literatura de Bolivia.

 

Cuando en 1967 se produjo la explosión deslumbrante de Cien años de soledad sus chipas nos llovieron como un regalo de los dioses. Sentimos tanta alegría estética y entusiasmo literario como el que habíamos sentido cuando cuatro año antes, en 1963, nos llegó Rayuela, de Julio Cortázar, una obra que no tenía comparación con ninguna otra en la literatura latinoamericana. Teníamos la primera edición (las mías desaparecieron entre exilios y asaltos) de esas grandes obras que nos deleitaban y nos desafiaban.

 

Puedo decir que mi generación mamó de la teta literaria de esos grandes escritores que no solamente nos hicieron gozar la literatura sino que nos abrieron los ojos sobre la realidad de nuestra región.

 

A Gabo lo vi varias veces en Cuba, casi siempre en diciembre cuando aparecía con o sin Fidel en las actividades desarrolladas alrededor del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Muy pocas de esas muchas veces tuve oportunidad de saludarlo, aunque cuando lo hice siempre se mostró amable y cordial, a diferencia de otros (Benedetti, por ejemplo).

 

Una de sus últimas apariciones públicas fue la noche que se inauguró el Museo Soumaya, un evento al que solamente se podía entrar con invitación (sobre el que escribí una nota para la DPA). Allí estuvo Gabo con Mercedes, junto Larry King y cerca del anfitrión y dueño del museo, Carlos Slim. 

 

La última vez que vi a Gabo fue con Gaba, y eso me parece importante decirlo. Gaba me invitó a su casa en el No. 144 de la calle Fuego en el Pedregal de San Ángel, una calle estrecha, larga y tranquila a pesar de encontrarse a espaldas muy cerca del Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria de la UNAM.

 

Era una mañana soleada a fines de enero de 2013, que compartimos con Jaime Muñoz Baena, amigo de Gabo y Gaba. No era la primera vez que visitaba a Mercedes, pero en las anteriores Gabo no se había dejado ver.

 

Luego de conversar con Jaime y Mercedes, apareció Gabo que acababa de desayunar y se sentó junto a nosotros luego de preguntarme de dónde era yo. No olvidaré lo que me dijo cuando le comenté que era boliviano: “Aahh, menos mal”.  Nunca supe que quiso decir con eso.

 

(Publicado en Página Siete el 17 de agosto 2020)

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Estar enamorado es como tener dos almas y eso es maravilloso.

—Gabriel García Márquez