03 enero 2020

Las metamorfosis de Narciso

La obra de Salvador Dalí, “La metamorfosis de Narciso”, me gusta porque representa en estilo surrealista el mito griego del personaje que se enamora de su propio reflejo. Pero en lugar de concentrarse en ese reflejo, Dalí muestra dos figuras similares, lado a lado, pero diferentes en el detalle: la primera está acuclillada junto al agua con la cabeza apoyada sobre una rodilla en actitud humilde, y la otra es una mano erguida que sostiene un huevo en la punta de los dedos.

En estos 14 años de autocracia he pensado a veces que esa obra representa al Narciso que tuvimos de presidente, transfigurado una y otra vez a medida que se enamoraba patológicamente de su reflejo proyectado en los medios de información serviles, para crear una imagen endiosada: un caso enfermizo de auto-culto a la personalidad, replicado al infinito por el aparato de propaganda estatal, financiado con fondos del erario. 

Evo Morales, joven de corbata y uniforme militar
Esa transfiguración de Evo Morales sería digna de un estudio de sicología. Comienza con las imágenes de un joven con corbata o con uniforme de la Policía Militar, que no soñaba todavía en convertirse en reencarnación de las antiguas civilizaciones del altiplano, disfrazado en una ceremonia en Tiwanaku con un atuendo totalmente inventado para la ocasión, sin ninguna raíz histórica.

La vena histriónica de Evo Morales no ha sido suficientemente estudiada a pesar de que sigue funcionando con éxito en el exterior, convenciendo a ingenuos (y a otros no tan ingenuos) de que el expresidente fue echado del gobierno por “racismo” … (tardó 14 años en llegar a esa conclusión), o peor aún, por ser amigo de los pobres (un despropósito mayúsculo considerando que vivió en el fasto como ningún otro presidente en la historia de Bolivia).

El presidente “más humilde de América Latina” fue desde el principio un megalómano frívolo y calculador. Primero la chompita a rayas con la que conquistó al rey de España y a otros líderes de Europa poco antes de asumir su primera presidencia. Luego, la vestimenta creada especialmente para él por Beatriz Canedo, una de las diseñadoras de moda más cotizadas de la burguesía boliviana.

Evo Morales nunca dejó de sentir que su imagen en el espejo reflejaba a alguien más grande que sí mismo, alguien en quien tenía que convertirse por la fuerza. Hasta su cabellera supuestamente descuidada, que no deja adivinar cuántos dedos de frente tiene el sujeto, estuvo siempre muy cuidada, al extremo de que el 20 de enero de 2016 nada menos que el ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, apareció en la televisión nacional, junto al estilista Rodolfo Paz, para desmentir que el presidente había gastado 1.400 Bs del erario en un corte de cabello. Toda una cuestión de Estado…

En el documental “Cocalero”, filmado en 2005 por Alejandro Landes, hay dos escenas, a falta de una, donde se muestra al candidato a la presidencia frente al espejo de una peluquería, dando instrucciones precisas al estilista sobre su peinado.

La construcción de Narciso-presidente ha sido costosa para el pueblo boliviano, sobre todo para quienes pagan impuestos (no es el caso de los cocaleros). Una vez establecido el personaje (indígena-pobre-magnánimo-generoso), todo fue posible sin crítica desde sus bases: a) carretera y edificación de un museo de 5 millones de dólares a su propia gloria (en su pueblo natal de 200 familias, sin alcantarillado ni hospital decente), b) la compra de un avión de lujo de 34 millones de Euros (Falcon 900 EX Easy, que estaba destinado al equipo de fútbol Manchester United), c) la erección de un fálico palacio de 28 pisos con lujosas suites presidenciales y helipuerto (que destruyó el casco histórico de La Paz), entre otros gustitos del autócrata que dejó atrás los autos blindados para usar exclusivamente aviones y helicópteros en sus desplazamientos.


Morales en el avión presidencial y en su museo en Orinoca 
En paralelo a su metamorfosis física está su transfiguración política. De ardiente defensor de la Pachamama pasó a convertirse en el más voraz depredador extractivista de la madre tierra, autorizando por decreto el ingreso de empresas mineras y petroleras a reservas forestales e indígenas, y culminando con la destrucción de 5 millones de hectáreas en la Chiquitanía para favorecer a soyeros, palmeros, ganaderos y cocaleros. Ningún gobierno en el planeta ha destruido en tan poco tiempo tanta extensión de bosques (per cápita) como el de Evo Morales.

Algo similar sucedió con la metamorfosis que sufrió en su confrontación con las organizaciones de derechos humanos de la sociedad civil, mientras convertía a la Defensoría del Pueblo en una agencia paraestatal controlada desde el ejecutivo.

Y por supuesto, su mayor transfiguración fue la violación de la Constitución Política del Estado que él mismo hizo aprobar entre gallos y media noche en 2009, garantizando su tercera presidencia consecutiva, su cuarto intento inconstitucional luego del desconocimiento del referendo del 21F, y el fraude electoral del 20 de octubre.

Hay que reconocerle a Evo Morales su arte de prestidigitador, además de artista de la metamorfosis.  Apenas la OEA emitió el informe preliminar sobre el fraude, Morales voló a la Terminal Presidencial de El Alto para dar la conferencia de prensa donde, sin mencionar a la OEA, anunció nuevas elecciones y la destitución del Tribunal Supremo Electoral. Era un implícito reconocimiento del fraude, pero tarde piace… las cartas ya estaban jugadas. A medida que pasaban las horas Narciso Morales hacía nuevas concesiones para aferrarse al poder, pero ya nadie creía en su reflejo engrandecido, ni siquiera él mismo.

(Publicado en Página Siete el 28 de diciembre de 2019) 


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Hermano, que no entre comida a las ciudades.
Vamos a bloquear, (vamos a hacer) un cerco.

—Evo Morales



28 diciembre 2019

Cinco películas latinoamericanas de 2019

El próximo sábado 11 de enero de 2020 se entregarán en Madrid los galardones de la 25 edición del Premio José María Forqué. Por quinto año consecutivo me invitó EGEDA (Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales) a contribuir como jurado virtual en la categoría de Mejor Largometraje Latinoamericano. Es una tarea que hago con gusto cada año porque me permite ver películas que de otro modo no estarán a mi alcance, ya que tienen una distribución comercial limitada o llegan tarde, mal o nunca a nuestro país.


No sé si las cinco películas que voy a comentar brevemente a continuación son realmente las mejores de América Latina en este año que termina, pero, en cualquier caso, han sido preseleccionadas entre más de un centenar porque tienen méritos cinematográfico importantes, aunque siempre queda la duda sobre otras que no entraron en esta apretada selección, y que pueden ser mejores. No las conozco todas, pero me parece, por ejemplo, que la boliviana “Tu me manques”, es mejor que alguna de las que voy a reseñar ahora.

Todo certamen o concurso “de belleza” tiene esos bemoles. Los criterios para seleccionar obedecen a muchos factores, y no excluyo los de orden económico, porque se trata de inversiones cuantiosas, de coproducciones que involucran a dos o más países, y en general de intereses que en algunos casos están por encima de las consideraciones artísticas.

En 2019, las cinco finalistas que me tocó poner en orden de preferencia eran: “Monos” (Colombia) dirigida por Alejandro Landes, “Araña” (Chile) de Andrés Wood, “La camarista” (México) de Lila Avilés, “La odisea de los giles” (Argentina) de Sebastián Borensztein, y finalmente “Un traductor” (Cuba) de Rodrigo Barriuso y Sebastián Barriuso. En ese orden, precisamente, las clasifiqué y ahora diré mis razones.

"Monos" de Alejandro Landes 
Me impactó “Monos” porque es una fábula sobre la irracionalidad de la guerrilla y de la lucha armada cuando involucra a jóvenes, casi niños, en prácticas despiadadas en nombre de una ideología que en ningún momento tiene claridad y propósito definido.  Aunque no se refiere a una guerrilla específica, reconocemos los rasgos de la guerrilla de las FARC o del ELN a través de este grupo de muchachos, menos de una docena, librados a su suerte en un campamento improvisado en medio de la selva, donde tienen que entrenar militarmente todos los días en espera de los días importantes que les esperan para enfrentarse a un “enemigo” implacable.

"Monos" de Alejandro Landes
Landes, quien antes hizo un documental sobre Evo Morales titulado “Cocalero” (que también vale la pena ver), ha logrado en “Monos” una ácida crítica al absurdo de una guerra donde el enemigo no se ve ni siquiera de lejos, y donde el propósito parece ser doblegar voluntades antes que forjarlas.

Para que la parábola sea más rica, el director introduce al personaje que comanda a este pequeño grupo guerrillero, un enano que aparece ocasionalmente para poner orden, ejercer algunas humillaciones adicionales, y dejar a los adolescentes de nuevo librados a su suerte, con un aparato radiotransmisor con el que pueden comunicarse en caso de necesidad con algún “superior” en la jerarquía guerrillera.

Uno se pone a pensar si todo eso no es más que un chiste macabro del enano, y que afuera no hay ninguna organización jerárquica que enmarque al pequeño grupo de jóvenes que pasa la mayor parte del tiempo tratando de sobrevivir (algo así pasó en la tristemente célebre guerrilla de Teoponte). El título de la película refleja la regresión a la que son sometidos los jóvenes por la violencia interna más que externa.

Todo lo anterior narrado con excelente fotografía, interpretaciones, música, ambientes, etc. Es un filme alucinante por todo lo que simboliza y representa. Una parodia mordaz sobre la estupidez y la degradación humana que lleva a la pérdida de identidad.

"Araña" de Andrés Wood 
Me gustó “Araña” y la puse en segundo lugar porque es un relato crítico del movimiento de extrema derecha “Patria y Libertad” que actuó en Chile preparando el terreno del golpe militar de Pinochet. La película transcurre en dos tiempos: en 1971 y en el presente. Los mismos personajes narrados con casi 50 años de distancia. En 1971 jóvenes de clase media metidos en planes macabros para combatir al “comunismo”, y en 2019, burgueses bien acomodados que no han dejado a un lado su ideología matriz, aunque la disimulen en los cargos “respetables” que ocupan en la sociedad. En otras palabras: la derecha chilena actual está constituida por remanentes de esos movimientos neofascistas de la década de 1970.

Ambos planos temporales están muy bien descritos, con texturas de imagen y sonido diferentes, más allá de los vestuarios o la reconstrucción de los ambientes. La reaparición de uno de los personajes principales, muchos años después, viene a abrir viejas heridas y memorias como fantasmas del pasado.

"La camarista" de Lila Avilés 
Menos interesante es “La camarista”, una película mexicana que quisiera retomar el personaje principal de “Roma” pero sin la pericia narrativa de Alfonso Cuarón. El personaje de origen indígena, de una edad similar a Cleo, trabaja en un gran hotel como camarista, es decir, limpiando habitaciones, haciendo camas y mirando de reojo lo que hacen o dejan detrás los huéspedes, una fauna diversa e interesante.

Sin embargo, el filme no se dedica a seguir a los huéspedes que están de paso, sino a la camarista en su peregrinaje, un tanto aburrido, de una habitación a otra, siempre con la misma cara inexpresiva (como si la naturaleza indígena tuviera esa connotación), y sin que suceda realmente nada a lo largo del filme. Lo poco que sucede es después de la primera hora del largometraje. A la manera del “nouveau roman”, la cámara sigue al personaje interpretado por Gabriela Cartol, sin ahorrarnos nada de tiempo.  

"La odisea de los giles" de Sebastián Borensztein 
“La odisea de los giles” tiene todas las posibilidades de llevarse el Premio Forqué y también los Premios Platino que vienen a mediados de 2020, por razones en muchos casos extra-cinematográficos: una coproducción con España, y con una “estrella” de moda de nivel internacional como Ricardo Darín (además de que él es coproductor de la película). Esos “plus” se añaden a una buena película a medio camino entre el suspenso y la comedia, un género que Darín ha desarrollado muy bien antes.

“Los giles somos personas que aprendimos a levantarnos, una y otra vez, a no bajar los brazos nunca”, dice uno de los personajes. El estilo narrativo me recordó a “Mr. Kaplan” (Uruguay, 2014) de Álvaro Brechner. La historia tiene también rasgos similares: cómo ciudadanos del “común” deciden hacer justicia por sí mismos, frente a un Estado no solamente indolente, sino que se convierte en una maquinaria de opresión y de engaño. Situada en los años del “corralito” argentino, es una buena lección de historia narrada con humor y con un final feliz.  Una película para todo público, bastante comercial.

"Un traductor" de Sebastián y Rodrigo Barriuso
Finalmente, la cubana “Un traductor” ocupó el último lugar en mi lista porque no pude reconocer los rasgos de Cuba como se muestran con tanta veracidad en “Sergio y Serguei” (2017) de Ernesto Daranas, que también nos remite al “periodo especial” luego de la caída del muro de Berlín. En “El traductor” el relato es menos verosímil, aunque se apoya bastante en la película antes citada. Lo interesante en el filme es el relato de la solidaridad de Cuba con miles de víctimas de Chernobyl, sobre todo niños.  Cuba les sigue prestando asistencia médica a pesar de que la isla apenas tiene lo suficiente para sostener a su propia población.

A veces en estas preselecciones de festivales uno tiene la impresión de que hay películas que han sido puestas de relleno ya sea para mantener cierto equilibrio geográfico, o también para favorecer a alguna que está predestinada a ser la ganadora, como sucede en este caso con “La odisea de los giles”.

En cualquier caso, vale la pena ver estas cinco, y muchas otras que ha producido América Latina entre 2018 y 2019.

(Publicado en Página Siete el domingo 22 de diciembre 2019) 
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El mundo es un tejido que tejemos diariamente en los grandes telares de
información, debates, películas, libros, chismes, pequeñas anécdotas.
—Olga Tokarczuk


23 diciembre 2019

De pititas y dinamitas

El día que fuimos a votar 
 Los bolivianos hemos vivido colectivamente momentos de mucha tensión y fractura social a fines de 2019. A partir del fraude electoral que tuvo lugar al anochecer del 20 de octubre, en una primera etapa que duró tres semanas, salimos a las calles para protestar contra el engaño, exigiendo explicaciones sobre la interrupción del TREP (conteo rápido de votos en las actas transmitidas por internet), y recibiendo azorados las primeras denuncias de ingenieros independientes que señalaron irregularidades, usando los propios datos de la página web del Órgano Electoral Plurinacional (OEP).

La revolución de las "pititas"
Todavía no conocíamos la dimensión gigantesca del fraude, pero los hechos sugerían que una mano pachona nos había robado el voto. Desde el 21 de octubre las manifestaciones fueron pacíficas, más de dos millones de ciudadanos —muchos jóvenes antes desinteresados en la política— protestaron en el país durante 21 días, ya sea en vigilias simbólicas, cabildos multitudinarios o cerrando miles de esquinas de todas las ciudades, con banderas bolivianas (no partidarias) y con “pititas” de las que se burló Evo Morales cuando dijo altaneramente: “yo les voy a enseñar a bloquear”.

La violencia sin control en El Alto
Y lo hizo, con crueldad, antes y después de huir a México. El terror organizado comenzó el mismo 4 de noviembre cuando grupos de cocaleros y supuestos mineros con dinamitas o bombas molotov, y enardecidos vecinos de zonas rurales aledañas a Cochabamba, El Alto y La Paz descendieron sobre estas ciudades para romper bloqueos por la fuerza, quemar o destruir domicilios privados, recintos policiales, propiedad municipal, fábricas, farmacias o agencias bancarias. Amenazaron a medios de información como el Canal de TV universitaria y Página Siete (que dejó de imprimirse varios días), y a la Universidad Mayor de San Andrés, a punto de ser tomada por vándalos.

La Policía Nacional se amotina contra el fraude
En las redes se multiplicaron imágenes de personas que pagaban a esos manifestantes con dinero del Banco Central y del Banco Unión (ambos del Estado). Los cintillos de esas entidades aparecieron días después en un basural. Corrió mucho dinero para alentar la violencia que fue creciendo para amedrentar a los vecinos que optaron por defender sus barrios y proteger sus viviendas con maderas y hojas de calamina. Los más jóvenes hacían vigilias nocturnas y a las 9 de la noche se escuchaban los cacerolazos de protesta.

Hubo un giro de 180 grados cuando la policía, cansada de ser colchón amortiguador entre las turbas violentas del MAS y la ciudadanía de las “pititas”, se acuarteló y se declaró en rebeldía el 8 de noviembre. Las calles quedaron a merced de vándalos y de la violencia orquestada por el MAS. Volaban bombas molotov y cachorros de dinamita, las pititas tuvieron que replegarse.

El domingo 10 de noviembre quedará como una fecha de infarto en la memoria de los bolivianos. Cada hora sucedía algo extraordinario. Primero, el informe preliminar de la auditoría de la OEA solicitada por el propio gobierno de Morales, puso en evidencia las irregularidades graves del proceso electoral, pero ciego y sordo, el candidato Morales insistía en su victoria prefabricada con mañas. 

Ese mismo día, la Central Obrera Boliviana (COB), tradicional aliada de Evo Morales, le pidió que renunciara por el bien del país. Morales hizo tardías declaraciones cediendo terreno político, mientras por detrás alentaba la confrontación con la esperanza de un “mamertazo” en su favor, pero no fue así. Por el contrario, los altos jefes militares intimaron al comandante de las Fuerzas Armadas, el General Kalimán, a que emitiera una concisa declaración indicando que los militares no iban a disparar contra el pueblo, y que sugerían que Evo Morales renunciara para evitar más violencia.

Luego de 14 años de poder absoluto, el miedo se apoderó del autócrata. No hizo el menor intento de resistir. Estuvo unas horas más refugiado en su zona de seguridad del Chapare, en espera del avión mexicano que vino a recogerlo y renunció con un largo discurso que parecía de campaña electoral. Triste final para quien se las daba de valiente y ganaba partidos de fútbol (y elecciones) a rodillazos.

La Asamblea Legislativa Plurinacional aprueba la sucesión constitucional
La noche del mismo domingo 10 de noviembre fue la noche del terror en La Paz, El Alto y Cochabamba. Morales cumplía con la amenaza de sacar sus huestes a las calles, mientras ni la policía ni el ejército cuidaban el orden público. Durante dos días no hubo gobierno debido a la cascada de renuncias de dirigentes del MAS en el ejecutivo y en la Asamblea Legislativa Plurinacional. Finalmente, esta fue convocada para que la senadora Jeanine Añez asumiera legalmente la presidencia por sucesión constitucional.

La insidiosa campaña internacional liderada por México, hablaba de “golpe” en Bolivia, a pesar de que todas las instituciones seguían funcionando normalmente y que el ejército sólo intervino atendiendo la voz de auxilio de la policía, para resguardar instalaciones públicas y ciudades amenazadas por grupos violentos. La CIDH, que nunca abrió la boca sobre las violaciones de derechos humanos durante los tres gobiernos de Morales, de pronto despertó para condenar al gobierno provisional de Jeanine Añez.

La pacificación se logró gracias a dirigentes jóvenes del propio partido de Evo Morales, que ocuparon las presidencias del senado y de diputados en la Asamblea Legislativa y se apegaron a la legalidad del proceso constitucional. La Unión Europea, la iglesia y el CONADE jugaron un papel positivo en las negociaciones. El sector violento y corrupto del MAS, cercano a Morales, quedó en minoría.

Finalmente, las elecciones libres y transparentes aparecen en el horizonte con la calidez de un sol de esperanza.

(Publicado en Página Siete el sábado 14 de diciembre 2019)
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El ajedrez es la única forma civilizada de hacerle la vida imposible al prójimo.
—Luis Ignacio Helguera

20 diciembre 2019

Nueva Cinemateca de Bogotá

 Tuve la oportunidad de visitar el nuevo edificio que aloja desde hace unos meses a la Cinemateca de Bogotá (antes Cinemateca Distrital de Bogotá, fundada 48 años antes), una institución emblemática que recibe el apoyo de la Alcaldía Mayor de esa gran ciudad.

En su nueva etapa, Paula Villegas Hincapié ocupa el cargo de gerente del Centro Cultural de las Artes Audiovisuales del Instituto Distrital de las Artes (IDARTES). Ese es el nombre completo de la Cinemateca, parte del complejo entramado cultural de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Paula Villegas, una artista en el campo de la video danza, tiene la formación y la experiencia necesaria, ya que estudió dos carreras que se complementan: comunicación social en la Universidad Bolivariana de Medellín y artes plásticas en la Universidad Nacional. En España estuvo durante dos años en Valencia para hacer una maestría en investigación y creación en artes visuales, y otros dos años en Salamanca, donde completó una maestría en historia del arte. 

Trabajó cuatro años en el ministerio de Cultura, en el área de televisión pública y otros tres años en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, en el centro de creación e investigación conocido como el Ático, un laboratorio cultural donde desde septiembre de 2010, las artes, las tecnologías, la información y la comunicación convergieron con el concurso de las Facultades de Artes, Comunicación y Lenguaje, Arquitectura y Diseño e Ingeniería en busca de compartir conocimientos y experiencias de forma colaborativa en un mismo espacio.

Visitar la nueva Cinemateca de Bogotá acompañado por su directora-gerente, fue una oportunidad que me permitió comparar esa experiencia con la de Bolivia y de otras filmotecas en América Latina que he conocido a través de varias décadas.

A diferencia de la Cinemateca Boliviana, la de Bogotá no es un archivo cinematográfico de la producción nacional, sino una institución de promoción del cine y de capacitación en artes audiovisuales. Hay otra entidad privada en Colombia, el Archivo Fílmico, que tiene como misión el acopio, la restauración, la catalogación y la preservación de la producción de cine en Colombia.  Ambas instituciones reciben el apoyo del Estado, algo que quisiéramos ver en Bolivia, donde la Cinemateca ha sobrevivido a pesar del Estado, particularmente en los 14 años pasados.

Lo primero que llamó mi atención al recorrer la Cinemateca de Bogotá es la dimensión y la estructura del nuevo edificio, que cuenta con cuatro salas de cine, amplios ambientes dotados del equipamiento necesario para ofrecer cursos y talleres de capacitación, un salón para exposiciones temporales y la Biblioteca Especializada en Cine y Medios Audiovisuales (BECMA) con espacio para alojar colecciones que representan más de 50.000 unidades bibliográficas, hemerográficas, fotográficas, iconográficas, gráficas, sonoras y audiovisuales. Tanto la biblioteca, los espacios para talleres, una librería y el salón de exposiciones se encuentran en la planta baja para facilitar el tránsito público, mientras que las salas de cine están en el segundo y tercer piso.

El énfasis en la capacitación es la principal vocación de la Cinemateca de Bogotá. De ahí que todos los espacios están equipados con computadoras, estudios de filmación, y facilidades que se ofrecen para que grupos de jóvenes puedan trabajar. Me dice Paula Villegas: “Esta Cinemateca nació con el objetivo principal de expandir la producción de contenidos audiovisuales, usando software libre y tecnologías de última generación”. La Cinemateca ofrece becas para participar en los laboratorios y esas actividades se realizan también de manera descentralizada en las localidades, a través del proyecto Cinemateca Rodante. Además, una convocatoria de residencia de proyectos, para jóvenes que llegan para trabajar durante un mes o más en sus proyectos.

Los espacios incluyen una sala de creación digital, con varias aulas para capacitación, no solo para estudiantes de cine, sino para cualquiera que tenga interés en los procesos creativos audiovisuales. Estos espacios están reservados para la creación de contenidos inmersivos, e incluyen un estudio de televisión y facilidades de postproducción.

“Tuvimos que elegir entre ser un centro cultural o un museo de cine, y escogimos ser un centro cultural, ya que no tenemos archivos fílmicos, salvo una cantidad pequeña, copias internacionales de tránsito que se fueron quedando en la Cinemateca. Toda la nacional se entrega a Patrimonio Fílmico. Nosotros tenemos algunas copias interesantes como “El acorazado Potemkin” (1925) de Eisenstein, o “Nanook el esquimal” (1922) de Robert Flaherty. Tenemos una copia única, que no existe en todo el planeta, de un film donde aparece Benny Moré, y un documental sobre el Che Guevara que es una copia única. Estamos acondicionando una bóveda para guardar todo eso”, agrega Paula Villegas.

Las copias residuales que películas del cine mundial que circularon alguna vez en las salas de cine de Colombia, se conservan en la Cinemateca y se digitalizan allí gracias a una máquina especial para ese fin, quizás menos sofisticada que la que conocí en la Cinemateca del Ecuador, pero suficiente para preservar los clásicos del cine mundial y de América Latina, como “La perla” (1947) de Emilio Fernández. Con apoyo de un proyecto de Ibermedia, se están cambiando los envases de las películas, descartando los de metal.

“Algunas de las copias estaban mal conservadas, olían a vinagre. Hemos estado separando las copias que olían a vinagre de las otras, y vamos a colocarlas poco a poco en la bóveda a una temperatura adecuada. Lo ideal sería tenerlas todas a unos 5 grados de temperatura”, me explica Henry Caicedo, arquitecto de formación, a cargo de la restauración, digitalización y preservación, luego de un entrenamiento que recibió en la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba.

Además de libros, la Cinemateca de Bogotá publica regularmente dos colecciones de revistas: los “Cuadernos de cine colombiano”, de aproximadamente 200 páginas, y la Revista Cinemateca, con un formato más ligero (20 páginas), con artículos de divulgación sobre las actividades y la programación de la Cinemateca. Ambas publicaciones están muy bien diseñadas y su contenido incluye artículos, crítica de cine, entrevistas, fotografías, etc. El formato de “Cuadernos de cine colombiano” es cuanto más interesante cuanto que cada número está a cargo de un “editor invitado”.  Por ejemplo, David Melo para un especial sobre “Cine y televisión” (Nº 25), Jaime Tenorio para “Instrumentos del Estado para el fomento del cine” (Nº 26) o Isabel Torres Reyes para “Sonido” (Nº 29). Estos tres números corresponden a 2016, 2017 y 2019.

En los pisos superiores, la Cinemateca cuenta con 4 salas (3 de cine, equipadas en 4K y proyectores de 35mm), que funcionan por las tardes en horarios intercalados. Además, un salón múltiple para talleres, foros, clases, contenidos inmersivos, 360, y con interacciones con teatro y otras artes.

“Uno de mis espacios favoritos es para la primera infancia, lo estamos recién adaptando.  Es para que los niños puedan experimentar.  Está destinado a los más pequeños, a veces vienen colegios en las mañanas, pero por las tardes está abierto al público”, dice Paula Villegas. “La sala E se equipará con butacas retráctiles para otro tipo de creaciones y experiencias. Aquí no se muestra programación de cine, pero se realizan actividades relacionadas con eventos y festivales”. La sala de cine más grande es 272 personas, y las otras dos salas cada una para 75 personas. Durante mi visita, en el curso de la mañana, en la sala más grande había una actividad de cine club con adultos mayores, familiarizándolos con un ciclo de clásicos del cine mexicano.

Cuando la cultura es una prioridad para el Estado, ya sea en el nivel nacional o municipal, encontramos experiencias alentadoras como la Cinemateca de Bogotá.
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El olvido no es lo contrario de la memoria.
La memoria es, esencialmente, recuerdo y olvido.
Sólo puede recordarse sobre un fondo de olvidos.
Sólo puede olvidarse sobre un fondo de recuerdos.
—Luis Ignacio Helguera