12 septiembre 2014

La agenda de la comunicación y el desarrollo

El tiempo pasa volando, o quizás el que pasa volando es uno, y el tiempo está siempre allí, mirándonos pasar. Pienso en esto porque “desde hace tiempo” quiero comentar el libro Comunicación y desarrollo en la agenda latinoamericana del siglo XXI. Fundamentos teóricos-filosóficos (2013), editado en la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) por Carmen Castillo Rocha, Daniel Murillo Licea y Roxana Quiroz Carranza.

Trato de vez en cuando, en estas páginas que se lleva el viento, de ocuparme al menos de aquellas publicaciones en las que he tenido alguna participación, como es el caso ahora, donde contribuí con el primer capítulo, “Comunicación para el desarrollo: experiencias y reflexiones”. En este caso no pude hacerlo a su debido tiempo, cuando el libro se publicó, porque en medio de eso se me complicó la vida con el traslado de México a Bolivia y el libro de llamativa portada, con el sur que mira al norte, estuvo jugando a escondidas saltando de un cajón de libros a otro hasta que finalmente lo atrapé a vuelo. Y al vuelo lo leí para comentarlo ahora.

Hay tres cosas que quiero mencionar sobre este libro pero no sé realmente cual de ellas es la que más quiero destacar. Usted dirá. Por una parte este es un libro hecho por amigos y eso siempre importante. Además, es un libro hecho en Yucatán, lo cual en el contexto mexicano es novedoso y esperanzador. Finalmente, es un libro que rescata el pensamiento propio latinoamericano en comunicación, desarrollo y cambio social, que algunos quisieran ver desaparecer definitivamente en función de teoría y corrientes más de moda, de tecnologías de la información más “sexy”.

Otra comunicación para el desarrollo

Empiezo por esto último para destacar el compromiso y la toma de posición de quienes gestaron este libro y lo editaron: Castillo, Murillo y Quiroz. La comunicación para el desarrollo tiene más de medio siglo de desarrollo, más de cincuenta años de abrir senderos y caminos en las comunidades y en el pensamiento académico, pero de tiempo en tiempo es marginada y arrasada por alguna de esas “carreteras de la información” con las que obnubilan a las masas universitarias los que pasan en raudos automóviles último modelo de la marca Bourdieu modelo Postmoderno.

Los autores de este libro, entre los que me incluyo orgullosamente, hablamos de otra comunicación que no quiere arrasar sino construir con otros senderos, atajos, rutas peligrosas, para que la propia gente que es sujeto de programas y proyectos de desarrollo (es decir, todos lo somos), tenga el poder de decir su palabra sobre aquello que va a afectar su vida positiva o negativamente. Porque, claro, no podemos olvidar que el desarrollo como lo hemos conocido hasta ahora ha tenido desde siempre un doble filo: ha sumido en mayor pobreza y dependencia a muchísimas comunidades del planeta, y en algunos casos ha permitido que otras comunidades mejoren, se fortalezcan, se hagan dueñas de su futuro.

En este libro los autores le damos el crédito que se merece a quienes ha sido propulsores de experiencias y de pensamiento vinculado a esta noción de comunicación que tiene que ver con la participación, con el diálogo interdisciplinario entre iguales y entre diferentes, y con la construcción de conocimiento colectivo, para decirlo de la manera más escueta.

Manuel Calvelo Ríos
Entre quienes merecen ese crédito está la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), pero no por méritos exclusivamente institucionales sino porque la FAO tuvo expertos de primer nivel que lograron llevar a la práctica una comunicación comprometida con el cambio social, no solamente con los cambios que se pueden dar desde las comunidades urbanas o rurales, sino con los cambios en las políticas de desarrollo.

Uno que entendía mucho y muy bien el tema era nuestro querido Colin Fraser, quien desde su puesto en la FAO hizo crecer la comunicación para el desarrollo como concepto y como práctica concreta, apoyando a quienes trabajaban en el terreno, como Manuel Calvelo y el Negro Funes, entre otros. Después de Colin Fraser llegó Silvia Balit, que continuó con ese trabajo formidable de pensar y hacer comunicación y desarrollo. Yo mismo fui parte de esa experiencia cuando la FAO me contrató como consultor a principios de la década de 1980 en México, para trabajar en Nayarit y en Puebla.

Menos crédito se le da en el texto a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) que jugó un papel preponderante desde la década de 1970 en el cuestionamiento del injusto sistema de información prevaleciente a nivel mundial y en las propuestas de una comunicación comprometida con el desarrollo y el cambio social. Además del emblemático Informe MacBride, la Unesco propuso el Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC) e impulsó investigaciones sobre políticas públicas en materia de comunicación. 

Con Juan Díaz Bordenave, Colin Fraser y Daniel Prieto Castillo
Aquí también hay nombres que no se pueden olvidar, como el de Luis Ramiro Beltrán o Antonio Pasquali (ambos trabajaron para la Unesco), cuyo pensamiento tuvo la capacidad de contrarrestar la aplastante influencia de las teorías difusionistas generadas en las universidades de Estados Unidos e impuestas por la cooperación gringa en numerosos países dependientes. Beltrán y Pasquali no fueron los únicos, hay todo un pensamiento “unesquiano” inspirado en Paulo Freire que alimentó varias generaciones de pensadores y de comunicadores que ejercieron una práctica enriquecedora, como Juan Díaz Bordenave o Mario Kaplún, y luego reflexionaron ellos mismos a partir de esa práctica.

Al igual que la agenda pendiente del Informe MacBride, la de la comunicación para el desarrollo sigue pendiente porque no interesa a la mayoría de las universidades, cuyo enfoque de la comunicación es cada vez más funcionalista e instrumentalizado por los medios.  Las universidades se han convertido en fábricas de periodistas que saben apenas leer y escribir y hacer videos, pero que reflexionan muy poco sobre el papel de la comunicación. Según la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social (Felafacs) hay cerca de 1 800 “carreras de comunicación social” en la región, casi todas enfrascadas en estudios de periodismo dirigidos a los medios, a la publicidad empresarial y a las relaciones públicas.

No es sino en tiempos recientes, a partir del Congreso Mundial de Comunicación para el Desarrollo (CMCD) en 2006, que se vuelve a posicionar el tema tanto en la agenda de desarrollo como en el ámbito académico.  Muy recientemente, y hablaré de esto en otra nota, se ha constituido en Bogotá una nueva red internacional de posgrados con énfasis en comunicación, desarrollo y cambio social: REDECAMBIO.

Luis Ramiro Beltrán y Jesús Martín Barbero, en La Habana
Tanto entre las organizaciones bilaterales y multilaterales para el desarrollo, las no gubernamentales, las gubernamentales y la mayoría de universidades, se mantiene la confusión perversa entre información y comunicación, por eso la palabra comunicación está tan asociada a los medios de difusión. En el mejor de los casos se asocia la comunicación para el cambio social con el activismo de la comunicación comunitaria, pero se olvida que además tiene que ver también con políticas de comunicación, con diálogo intercultural e interdisciplinario, con la construcción de consensos y con la generación de conocimiento colectivo.

Algunos han encasillado todo en una supuesta “escuela latinoamericana” de la comunicación como si fuera producto de un laboratorio universitario, una etiqueta que no le hace bien a la pluralidad y riqueza de pensamiento y de las experiencias. Yo prefiero llamarle movimiento de comunicación y cambio social, aunque no me apego a los términos y no me importa si otros la llaman ciudadana, participativa, alternativa, estratégica, radical, etc. Lo importante es que es una comunicación incluyente, que se ocupa tanto de los problemas de las comunidades como de las políticas y las relaciones con el Estado, y que tiene un carácter estratégico a través de la generación de conocimiento emergente.

De Yucatán y sus alrededores

Decía antes que uno de los méritos de este libro es su procedencia: la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), una institución pública que hace suya la divisa de José María Morelos: “Morir es nada cuando por la patria se muere”.  Sus orígenes se remontan a 1624, cuando sobre la base del trabajo realizado por los jesuitas se creó la Real y Pontificia Universidad de San Javier, una de las más antiguas de América, aunque pasó por varios procesos de extinción, renacimiento y cambio de nombre.

Con Roxana Quiroz y Carmen Castillo
La Licenciatura en Comunicación Social está dividida en cuatro áreas, una de las cuales es Comunicación para el Desarrollo, lo cual ya es una sorpresa porque son muy pocas las universidades mexicanas, públicas o privadas, incluso las más grandes, que le prestan atención al tema. Y ello se debe, como suele suceder, al empuje de profesores que coinciden en su compromiso. Muy probablemente sin Carmen Castillo, Roxana Quiroz y Daniel Murillo, el área de comunicación y desarrollo no se hubiera consolidado en Yucatán como lo está ahora.

Da gusto comentar un libro cuando entre sus páginas asoman los amigos con sus experiencias, sus ideas y sus guiños de complicidad. De la “vieja guardia” si se puede decir así, me siento unido al trabajo tesonero de Manuel Calvelo y de Silvia Balit.  Silvia aporta con la introducción del libro, escrita con dos de los autores, y Manuel con un texto de recapitulación de su accionar en el campo de la pedagogía audiovisual y sus ideas sobre comunicación, desarrollo y cambio social, en las que encontramos muchas coincidencias con el pensamiento de otros colegas latinoamericanos como Luis Ramiro Beltrán, Antonio Pasquali, Juan Díaz Bordenave, Mario Kaplún, Jesús Martín Barbero y Daniel Prieto Castillo, aunque no recoge el nombre de ninguno de ellos en su bibliografía recomendada.

Mi amistad con Carmen Castillo, Daniel Murillo y Roxana Quiroz es más reciente, pero no menos fructífera, como el propio libro sugiere. Tuve oportunidad de estar recientemente con Carmen y Roxana en la reunión de maestrías que tuvo lugar en Bogotá a fines de agosto, y ello asegura que seguiremos viéndonos con cierta frecuencia.

Desde las páginas de este libro, el “Tomo I” de una serie enriquecedora, saludan también las ideas de autores con quienes no he tenido aún oportunidad de desarrollar vínculos de amistad, como es el caso de Sandra Salazar, Jorge Martínez Ruiz, Pablo Chávez Hernández, Eduardo López Ramírez, Ksenia Sidorova, cuyos textos enriquecen el debate desde ángulos tan diversos como las políticas de Estado, la prevención de desastres naturales y el saber escuchar a las comunidades.

Ya me extendí más de la cuenta. La culpa la tiene el entusiasmo.

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Hace ya mucho tiempo que solamente me peleo con mis amigos
o con personas inteligentes.
—Manuel Calvelo Ríos
  

06 septiembre 2014

La trayectoria trunca de René Bascopé

A 30 años de la muerte de René Bascopé, encontré un texto que publiqué en México en la revista Plural que dirigía entonces el poeta Jaime Labastida. Lo entrego ahora a los lectores bolivianos como una pieza de memoria en homenaje a mi amigo y colega escritor.
Hemos perdido a René Bascopé Aspiazu, boliviano, 32 años de edad, director del semanario político Aquí, narrador, ensayista y poeta clandestino. Hemos perdido a uno de los escritores jóvenes más importantes de Bolivia, cuya trayectoria ha sido truncada accidentalmente por una bala torpe, injusta, absurda. Ante esta muerte el primer sentimiento que cabe es de indignación. El primer impulso es de ira. La primera reflexión es de desaliento.

Luego la memoria impone su justicia y comienza a armar un mosaico de imágenes, frases, momentos. La memoria, el recurso más refinado del hombre de cara a la historia, ejerce su oficio de rescate. René Bascopé debe quedar entre nosotros no solamente en su obra trunca, también a través del rescate testimonial.

Un grupo sin nombre 

No recuerdo en qué circunstancias lo conocí pero en la época en que comenzamos a reunirnos los jóvenes escritores bolivianos que éramos Manuel Vargas, Jaime Nisttahuz y algún otro, Bascopé no era aún parte del grupo. Esto ocurría a fines de los años sesenta, quizás en 1969 y 1970. René seguramente no había concluido aún los estudios de ingeniería.

René Bascopé, Alfonso Gumucio Dagron, Félix Salazar,
Jaime Nisttahuz y Manuel Vargas
Alrededor de Pedro Shimose y de la editorial Difusión que alentaba Jorge Catalano (librero y fanático de la vida y obra de Chopin), Jaime Nisttahuz, Manuel Vargas y yo comenzamos a tomarnos en serio la literatura. Pedro Shimose obtuvo de Catalano apoyo para editar una revista literaria llamada como la editorial y la librería. No era el mejor título pero era un compromiso aceptable: algo de publicidad para la empresa y la posibilidad de publicar, de conocer el manejo de una revista, de lograr un nivel de calidad respetable.

En Difusión se publicó por primera vez el poema que acababa de escribir directamente en castellano (echado sobre la cama de Shimose) el poeta ruso Evgueni Evtuchenko luego de su visita al lugar donde fue asesinado el Ché Guevara. Los mejores escritores bolivianos hallaron cabida en las páginas de Difusión y cada vez que algún autor latinoamericano o algún investigador europeo llegaba a La Paz nos preocupábamos de abordarlo. René no estuvo en esta etapa pero hoy, en la distancia, siento como si ya hubiera sido parte de ella puesto que desde entonces se fue consolidando un grupo generacional del cual él formó parte más adelante.

Bascopé dibujado por Pérez Alcalá
Cuando regresé al país luego de siete años de ausencia, en l975, encontré que René ya estaba allí y de alguna manera encabezaba el grupo. Supe que había comenzado a publicar en suplementos literarios hacia 1972 y que en 1976, junto a Manuel y a Jaime, había fundado la revista Trasluz. Difusión había desaparecido desde que en 1971 se produjo el golpe militar del entonces coronel Hugo Banzer. Trasluz no alcanzó los ocho números de Difusión pero sí tres ediciones dignas concentrando la atención en los jóvenes escritores no solamente de Bolivia, sino de otros países de América Latina. Cada número venía ilustrado con dibujos de Edgar Arandia, pintor amigo del grupo, quien durante el golpe militar de Natusch en 1979 fue gravemente herido por una ráfaga de ametralladora.

Desde el golpe militar de 1971 no se había abierto en Bolivia un resquicio cultural. Las principales revistas –Letras Bolivianas, Cultura Boliviana, Difusión y alguna otra- habían desaparecido “de golpe”. Trasluz vino a abrir poco a poco un nuevo espacio. René se inclinó hacia la narrativa y en 1971 obtuvo el Premio Nacional Franz Tamayo con su libro de relatos Primer Fragmento de la noche, publicado un año más tarde. Su cuento “Ángela desde su propia oscuridad” obtuvo además en 1977 el Premio Cuadernos de Vientos Nuevos y fue publicado en esa misma colección. En 1978 el currículo de René Bascopé se reducía a la carrera de ingeniería a un puñado de poemas y cuentos. Muy rápidamente iba a crecer.

Matilde Casazola, Alfonso Gumucio, René Bascopé, Jaime Nisttahuz
Decidimos que nuestro grupo realizara una acción conjunta para revelarse en el medio literario como un núcleo generacional que pretendía romper con el estancamiento de la producción literaria. La Universidad Mayor de San Andrés nos ofreció la posibilidad de publicar en 1979 un libro colectivo y para ello juntamos treinta cuentos e incluimos a otros dos escritores jóvenes: Ramón Rocha Monroy y Félix Salazar Gonzáles. Dimos muchas vueltas en torno al título. Jaime Nisttahuz sugirió “Reunión de emergencia” pero al final se impuso Seis nuevas narradores bolivianos, como para subrayar la idea generacional que nos animaba. René incluyó los siguientes relatos: “Ventana”, “EI portón”, “La parábola del conjuro”, “La noche de Cirilo” y “Ángela desde su propia oscuridad”.

Poeta clandestino

Pocos sabían que René Bascopé era poeta, un poeta clandestino que no quería aparecer como tal públicamente. Ahora que los secretos no tienen mayor sentido creo que es justo mencionar este aspecto de su trayectoria y rescatar aquello que le corresponde como creador. René escribía bastante poesía pero publicaba muy poca. Las veces que lo hizo se escudó detrás de un seudónimo: Ernesto Javier.

Otra buena parte de su caudal poético fue dado a conocer a través de una amiga suya, Martha Gantier, que firmó dos poemarios completos obteniendo con ellos durante dos años consecutivos el Primer Premio de Poesía en el Concurso Nacional Franz Tamayo auspiciado por la Municipalidad de La Paz.

Sobre Martha Gantier, es decir sobre René Bascopé el crítico y poeta Julio de la Vega escribió lo siguiente: “La obtención del Primer Premio de Poesía en el Concurso Anual de Literatura Franz Tamayo por dos años consecutivos, 1979 y 1980, y en otros concursos de poesía juvenil no hicieron más que confirmar la calidad que se asomaba en los primeros poemas publicados en suplementos literarios por esta poetisa. Estos pocos poemas bastan para revelar su talento. Acorde con su juventud. Ella es fiel a su época dentro de una adecuación de los grandes temas de la poesía universal: el amor en “Las pisadas del camino” (Sonriendo de pena / con la mirada puesta en la ancianidad de los pinos / cubriendo el parpadeo de la penumbra con tus llantos / arañando los rostros del silencio…) donde la concepción y el enfoque del tiempo tienen una esencia machadiana: (el camino no es el que pasa o lleva a alguna parte, sino nosotros con el tiempo a las espaldas. somos los que pasamos).

“Esta acción del pasar con los pasos, caminar sobre el camino aunque el camino no se mueva y se quede, se determina en ambos sentidos: el de ida que está presente en el citado ‘Las pisadas del camino’ y el de venida o de llegada se verá en ‘Los pasos de otoño’ (Ya viene el otoño, / con su rostro de mendigo harapiento / con sus manos de viento carcomido. / Detrás de los muros ancianos / atisba con mirada transparente / presto a desnudar los árboles / presto a incrustarse en la angustia). El amor que llega a su punto de desencuentro de tanto haberse dado surgirá en la melancolía resignada o como ante un acontecimiento inevitable en la pareja que se abre en direcciones opuestas, también tema para ‘¿Por qué morir en abril?’: Iban tomados de la mano / aquel abril de las hojas muertas. Morir / morir cada abril de los siglos / es un rito al pasado / cuando la hojarasca / en cada esquina se prostituye. 

“La relación entre paisaje interno y externo, es decir subjetivo y objetivo, sin que esta relación sea de causa a afecto o sea de estado de ánimo a visión sensorial, no se da con la exacerbación romántica sino mediante la equivalencia que lleva a la suma y a la fusión cósmica de estas visiones.

“No falta en esta poesía el tono social, no utilizado como apoyo panfletario sino como tierna sinceridad humanista porque se conduele de ejemplos aislados que constituyen parte de toda una humanidad, dentro de un lenguaje poético engarzado de metáforas originales sin que la comunicación disminuya la modernidad y la claridad de la expresión. La traslación de las significaciones desentraña el hermetismo y así despoja al verso de una característica de impenetrabilidad que muchas veces aparece en la poesía nueva.

“Esto se nota en ‘EI hombre del rostro de arcilla’: un nuevo surrealismo domina el mecanismo de las imágenes con su parte de introspección con toda buena poesía donde la subjetividad de un universo personal no significa oscuridad ni tampoco verbalismo vacío.

“EI verso libre mantiene la variedad de temas dentro de una unidad de estilo, que no se entrecorta pese a exponer términos opuestos en el uso de un vocabulario de erotismo delicado: ‘Cosmos como tentáculos de pulpos / muerte de los vientos / jamás la noche me ha urgido tanto a vivir / tu sombra me penetra / tu sonrisa me penetra / tu misma esencia me abraza / ya no puedo ni siquiera mirarte a los ojos del alma / porque tu cercanía es fatal’.

El semanario Aquí

Hasta 1980 René trató de combinar su oficio literario con trabajos esporádicos tanto en el campo de la ingeniería civil como en el de la docencia. En 1978 una novela suya obtuvo un segundo premio nacional pero René detuvo su publicación y la destruyó. “Consideré que era una obra escrita irresponsablemente, prohibí su publicación y la deseché para siempre”, escribió en cierta oportunidad. 

Con un nuevo libro de cuentos, Niebla y retorno, obtuvo en 1979 por segunda vez el Premio Nacional Franz Tamayo. Paralelamente su relato “La parábola del conjuro”. que se publicaría en el libro colectivo editado por la Universidad Mayor de San Andrés obtuvo en Cochabamba otro premio en la colección Cuadernos de Vientos Nuevo que dirigía Roberto Laserna. En 1978 la dictadura del general Banzer había sido derrotada al cabo de una gran lucha popular. En 1978 y 1980. Bolivia viviría tres años de intensa actividad sindical y política. Tres elecciones iban a confirmar, una tras otra (y seguidas cada cual por un golpe militar), la indiscutible mayoría de la izquierda y el poder de la central Obrera Boliviana (COB). Cada vez, la lucha iba a renovarse, a ampliarse, englobando en su dinámica a sectores más amplios. No era posible ser indiferente en aquel momento. No lo fue Luis Espinal, el sacerdote y crítico de cine que murió asesinado en 1980, y no lo fue tampoco nuestro grupo de escritores y artistas.

René. junto a Luis Espinal, estuvo en grupo que formó el semanario de izquierda Aquí a principios de 1979. Por entonces no éramos parte del Consejo de Redacción, pero contribuíamos cada semana con una o dos notas firmadas. La literatura quedó un poco al margen porque lo político nos obligaba a pronunciarnos en una forma más directa y participativa. De esta época data un impulso que acompañó a René hasta su muerte: quería participar en la política sin abandonar por ello la literatura.

En enero de 1980 una bomba destruyó parte de las instalaciones del semanario Aquí en La Paz. Hubo que buscar un lugar más seguro, menos accesible. En marzo, nuestro director y compañero Luis Espinal fue secuestrado. torturado a lo largo de una noche y asesinado al amanecer. La guerra en contra del semanario había sido declarada mucho antes con los anónimos que recibíamos o las amenazas telefónicas, pero esta vez los hechos definieron con precisión los límites de esa guerra. O más bien: no había límites.  Los compañeros del semanario andaban armados. René llevaba un revólver y sonreía cuando le decía: “Vas a terminar agujereándote las bolas por accidente”.

A la muerte de Espinal una asamblea reestructuró el semanario. Algunos compañeros periodistas se habían alejado, por temor o por desacuerdo político. Otros nos incorporamos al Consejo de Redacción. René fue elegido director. Dedicaría la totalidad de su tiempo y de su energía al trabajo de Aquí, desde abril de 1980 hasta julio del mismo año, en que se produjo el golpe militar del general Luis García Meza, el golpe del narcotráfico.

El semanario Aquí había denunciado con nombres, pelos y señales a los principales implicados en el narcotráfico, que eran parte además del complot subversivo que se venía preparando para impedir que la izquierda triunfante en tres elecciones sucesivas llegara al gobierno. Mientras la “gran prensa” nacional callaba y omitía sistemáticamente las informaciones y los comentarios sobre la corrupción sobre la corrupción, el narcotráfico y el golpismo, Aquí se exponía cada semana con sus denuncias y documentos, y se suponía que contaba con canales privilegiados de información. No había tal. El semanario se hizo siempre de la manera más artesanal, con informaciones que podían recoger otros medios. La diferencia estaba e el análisis que hacíamos, y en un estilo de decir las cosas sin rodeos. Semana tras semana, sin otro apoyo que el de los lectores, Aquí creció en prestigio entre los sectores mayoritarios de la población. Artículos de corresponsales voluntarios e improvisados empezaron a llegar de las minas, del campo y de las ciudades del interior del país.

Nuestra actividad de grupo se mantuvo aun en medio de esa dinámica que nos absorbía completamente. Creamos una colección de libros con el título “Palabra Encendida” y en ella comenzamos a publicar nuestros propios libros de poesía y narrativa, por los que los editores no habían manifestado ninguna inclinación. En esa colección se publicaron poemarios de Jaime Nisttahuz y míos. Participamos con esos libros y los que ya habíamos publicado antes en varias ferias de autores que se organizaban en La Paz y que permitían un contacto directo con los lectores. Cada feria de esas fue un éxito para nosotros. La venta de libros era tan buena que nos permitía financiar nuevas ediciones. Y por otra parte el contacto con el público era muy estimulante. En muchos casos la gente se detenía a conversar con nosotros sobre tal o cual artículo del semanario Aquí, con el que de alguna manera nos identificaban a casi todos los del grupo literario.

A principios de 1980 inauguramos una galería y lugar de encuentro, “Puerta Abierta” (en la calle Bueno), con el concurso de artistas plásticos como Edgar Arandia, que era parte del grupo. Allí se exponía obra plástica de ellos y se presentaban nuestras publicaciones. “Puerta Abierta” tuvo, como otras muchas iniciativas, corta vida.

La edición de algunos de esos libros de poemas publicados en la colección “Palabra Encendida” se agotó súbitamente a partir del 17 de julio de 1980. Tres días antes había concluido una de las ferias de autores. El día del golpe los militares se llevaron los ejemplares que quedaban de mi libro Antología del asco.  Alguien que estuvo preso vio uno de esos ejemplares subrayado con rojo por los militares que lo custodiaban. Menos mal, por una vez siquiera y sin importar la motivación, algún militar abrió un libro para leerlo y no solamente para quemarlo.

El exilio tiene cara de hereje

El golpe militar nos hizo añicos como grupo y naturalmente silenció al semanario Aquí. La mayoría de nosotros militaba o simpatizaba con el Partido Socialista liderado por Marcelo Quiroga Santa Cruz. Marcelo fue asesinado el mismo 17 de julio en que se produjo el golpe militar. Sobraban razones para perseguirnos a todos, y eso es lo que precisamente sucedió. Al cabo de dos semanas René y yo nos encontramos en el asilo de la Embajada de México en La Paz. Jaime Nisttahuz y Manuel Vargas lograron evitar el cerco, aunque Manuel saldría del país precipitadamente un año más tarde por causa de un relato que publicó en el matutino Presencia.

René en el jardín de la Embajada de México
En la clandestinidad tanto René como yo habíamos comenzado a escribir algunos textos en torno a lo que estaba sucediendo en Bolivia en aquellos días. Más tarde en el asilo ambos decidimos continuar ese trabajo hasta conformar un libro escrito a dos manos, o más bien a cuatro, puesto que nos turnábamos frente a mi máquina de escribir portátil. Así nació la primera versión de La máscara del gorila, donde René escribió un texto de análisis sobre la trayectoria del ejército boliviano en la historia, y yo un testimonio sobre el golpe militar. Más adelante René decidió retirar su texto del libro porque consideraba que no había contado con la documentación necesaria para hacerlo bien.  El mismo impulso que en 1978: descartar aquello que no l satisfacía plenamente.

En México se inició una nueva etapa: a sobrevivencia. El periodismo fue entonces la primera y única opción. René trabajó en El Día, en la sección internacional y retomó el oficio literario escribiendo quizás uno de sus mejores cuentos: “La noche de los turcos” que obtuvo una mención en el concurso de la revista Plural en 1982.

A fines de 1982 la dictadura boliviana terminó  de resquebrajarse y todo volvió al punto en que se había quedado en julio de 1980. El presidente electo en 1980, Hernán Siles Zuazo, asumió el gobierno. A las universidades retornaron los antiguos rectores que habían sido desplazados por coroneles o por civiles designados a dedo por el dictador. Los sindicatos mineros obtvieron la devolución de sus radioemisoras, dirigentes sindicales y políticos retornaron del exilio.

Retorno y niebla

René estuvo entre los primeros en volver. México había sido su primera salida de Bolivia (y de México un viaje relámpago de pocos días a Holanda), y sería su última. A los pocos meses de regresar a La Paz René reconstruyó el semanario Aquí e inició la segunda época de esa publicación. Luis Espinal había sido asesinado cuando el semanario cumplía un año de vida. René Bascopé dirigió Aquí durante cuatro meses en 1980 y 17 meses entre 1983 y 1984. Como antes lo fuera Espinal, René también fue tachado de sectario, de extremista, de suicida, de estar al margen del proceso democrático. Sin embargo la publicación se mantuvo fiel a los propósitos que la animaron en su origen en la medida en que René contó con una participación tan importante de columnistas como la que se dio bajo la gestión de Espinal.

En México, 1982 (detrás Oscar Prudencio y el "Mono" Miranda)
En medio de esa nueva etapa de convulsiones publicó dos ediciones seguidas de un ensayo que había escrito en México: La veta blanca, donde revela las conexiones del poder militar con el narcotráfico. El título hace alusión, naturalmente, a la cocaína que ha transformado la economía del país subterráneamente y ha dividido transversalmente a la sociedad boliviana.

Nuestra colección “Palabra Encendida” salió a superficie nuevamente, esta vez con un nuevo libro colectivo de relatos bajo el título Cuatro narradores bolivianos contemporáneos. A los cuentos de René (“Niebla y retorno”), “Paulina de voz triste”, “Una visión” y “La noche de los turcos”) se unieron otros de Manuel Vargas, Félix Salazar y Jaime Nisttahuz. El grupo se había reconstituido.

En los últimos tiempos René llevaba una vida muy peculiar. Por razones de seguridad había dispuesto que el semanario tuviera su sede en un lugar que solamente conocían algunas personas. Aun en un periodo de democracia era importante cuidar la composer, única propiedad de Aquí, que no disponía además sino de un par de máquinas de escribir portátiles y una mesa para hacer el diagramado. Las precauciones no sobraban, puesto que los grupos paramilitares no habían sido desmantelados, el narcotráfico gozaba de una impunidad sin límite.

René volvió a su hábito de andar con un revólver acomodado en la cintura a la altura del estómago. Volví a hacer la broma acostumbrada sin suponer que ese mismo revólver lo llevaría a la muerte días más tarde.

A fines de 1984 le pedí que participara en calidad de actor en una película semi-documental sobre Luis Espinal y los derechos humanos en Bolivia. Durante dos días seguidos, un jueves y un viernes en que se elaboraba el semanario, René estuvo frente a la cámara, interpretando su propio papel, explicando a uno de los personajes las circunstancias en que se había producido el asesinato de Espinal y las amenazas que se recibían entonces en el semanario Aquí.

El papel de René no se reducía a una entrevista, implicaba movimientos predeterminados, frases que había que repetir con exactitud. Todo ello lo hizo con gran naturalidad y dominio, como si hubiese estado frente a las cámaras antes. Todos los miembros del equipo de filmación lo felicitaron  por la justeza de su interpretación. La última escena en las instalaciones de Aquí nos dejó a todos sin aliento: al terminar René su texto, la cámara descubría mediante un juego de luces en un rincón oscuro la silueta de Luis Espinal, como una evocación premonitoria.

Esa misma noche, cuatro horas más tarde, René Bascopé estaba al borde de la muerte. Un proyectil disparado accidentalmente de su propio revólver le había atravesado el vientre en diagonal, con tan mala fortuna que no dejó ni un solo órgano intacto. Hizo su camino de fuego a través del hígado, los intestinos, tocó un pulmón y un riñón atravesó longitudinalmente el bazo y se detuvo pocos centímetros antes de encontrar salida. Más de siete horas duró la intervención quirúrgica. René recibió seis litros de sangre, algo de la mía.  Los donadores voluntarios hacían fila en los corredores de la clínica. Allí se comprobó que había mucha gente que lo respetaba y lo quería.

Esto fue el 16 de junio. En los días siguientes René le ganó espacio de duda a la muerte. Día a día su restablecimiento fue sorprendente. Cuando recuperó conciencia pude verlo unos minutos para darle una noticia que acababa de conocerse: el jurado del Premio de Novela Erich Guttentag había declarado desierto el primer premio del concurso, pero había otorgado en forma compartida el segundo a René Bascopé por su novela La tumba infecunda y a Ramón Rocha Monroy, otro de los Seis nuevos narradores bolivianos, por El run run de la calavera.

Tres semanas después René fue dado de alta y todos estábamos seguros de que estaba completamente fuera de peligro. No fue así. De pronto fue arrebatado por una infección y dos paros cardiacos consecutivos que cerraron ese espacio de duda que temporalmente le había arrancado a la muerte.

La desaparición de René Bascopé priva a Bolivia de uno de sus escritores más agudos.  A sus treinta y dos años de edad no hacía sino comenzar una trayectoria que sin duda lo llevaría a ocupar un lugar de importancia en la cultura y quizás también en la política boliviana. Por ello, ante su muerte, el sentimiento que aflora es el de indignación: no es posible que sigamos perdiendo precisamente a los hombres que más falta le hacen a Bolivia. No es posible que la muerte siga truncando trayectoria de las que tanto podíamos esperar, de las que tanto íbamos a recibir todos.

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No sé en qué momento crucé el umbral
Que separa a la vida de la vida.
—René Bascopé

01 septiembre 2014

Julio en agosto

París, diciembre 1973
Tuve la fortuna de conocer a Julio Cortázar y atesoro una carta que me envió con su generosa opinión sobre mi poemario Razones técnicas, nos encontramos varias veces de manera casual en París y pudimos conversar. Nunca he pretendido haber sido su amigo, ni cercano ni lejano pero como no son muchos los escritores bolivianos que lo conocieron personalmente, me ha tocado describir algunas veces esos encuentros que tuve con él. Quizás esta sea la última vez que lo hago, en ocasión del centenario de su nacimiento, el 26 de agosto.

Lo primero que tengo que decir, si recorro esas páginas cada vez más escondidas de la memoria, es la profunda admiración, casi reverencia, que sentí desde muy joven por la narrativa de Cortázar.  No era el único por supuesto, muchos escritores de mi generación fuimos influenciados por Cortázar y por otros narradores de la generación del “boom” de la literatura latinoamericana, pero yo sentía por la obra de Cortázar un cariño especial. No solamente lo leía con enorme placer, sino que adivinaba detrás de sus páginas a ese enorme niño de gran corazón que siempre encerró su cuerpo.

Me gusta la manera como lo describe Elena Poniatowska: “Si lo pienso bien, todo Julio es de leche, es alimenticio, es bueno, calienta el alma y se deja beber por cuantos se le acercan. No guarda una sola distancia, nada hay en él de vedette, jamás se burla de sus interlocutores ni siquiera del que insiste en Luis Sandrini. Asume nuestra ignorancia, nuestra debilidad. Abraza. Imposible sentirse mal con él”.

De muchas maneras, cuando llegué a París en 1972 estaba ingresando en la ciudad de Cortázar, llena de personajes de sus cuentos y novelas. Cada nueva calle que descubría intencionalmente o por accidente, me remitía a Rayuela, a Todos los fuegos el fuego, o a Bestiario. Tanto vivía yo esa atmósfera de los personajes en el París que a mi primera hija le puse el nombre de la Maga (Sybille, en la traducción francesa de Rayuela).  

Como sus personajes, Cortázar transitó por Saint-Michel, Saint Germain-des-Pres, Chatelet, rue Monsieur-le-Prince (donde vivió también César Vallejo), el Canal Saint-Martin y por supuesto los puentes sobre el rio Sena, huella de identidad de la ciudad luz: Pont des Arts, Pont au Change, Pont Saint-Michel, Pont Neuf, mencionados repetidas veces en la novela. 


París fue para Cortázar y para sus personajes -como para miles de latinoamericanos- el refugio ideal y la cura para el desarraigo. La ciudad se prestó para ser apropiada, caminada, acariciada y amada. Su latinidad estaba siempre en sintonía con el sur de manera que los latinoamericanos nunca se sintieron extranjeros, sino dueños de calles y parques; los meteques, los extranjeros, eran los otros.

Creo que el primer contacto con Cortázar se produjo gracias al axolotl, un pez con patas que es el tema de uno de los 18 cuentos de Final del juego. Hasta que lo descubrí detrás de un grueso vidrio en el acuario de Trocadero yo tenía la certeza de que Cortázar lo había inventado. Mi emoción fue tan grande de verme cara a cara con ese extraño pez que parece sonreír desde una boca apenas dibujada, que le tomé varias fotos y luego de pasarme la noche revelando el rollo y haciendo ampliaciones, le envié una a Cortázar a su domicilio en el número 9 de la rue l’Eperon, en el barrio latino. Seguramente yo pensaba que le estaba dando una noticia a Cortázar con esa foto del axolotl. Me imagino la paciencia con que se tomó el asunto y el esfuerzo que hizo semanas después para enviarme una nota de agradecimiento, que todavía debe sobrevivir en algún archivo.

Otro encuentro fortuito en St. Germain-des-Pres
Nunca busqué a Cortázar deliberadamente, pues una suerte de pudor me impedía hacerlo. ¿Por qué no toqué su puerta como hice con Robert Graves, con Romain Gary o con Max Ernst? No quería invadir su privacidad, sin embargo las ocasiones se presentaron sin buscarlas. Una de ellas fue en Saint Germain-des-Pres, en diciembre de 1973, en la puerta de una exposición colectiva de pintura chilena.  Estábamos afuera, aprovechando el sol de la mañana, bien protegidos por abrigos y chamarras. Filmé en super 8 algunas tomas (¿dónde estarán?), mi amigo Luis Minaya tomó algunas fotos, yo tomé otras. Hablamos de Chile, del golpe militar de Pinochet que se había producido apenas dos meses antes.

Una de las conversaciones más largas que sostuve con él tuvo lugar mientras ambos hacíamos una larga fila entre africanos, árabes y latinoamericanos, para renovar nuestro permiso de residencia (carte de séjour) en la Prefectura de Paris, en la isla de la Cité. El escritor, ya famoso en esos años, hacía la misma fila que cualquier hijo de vecino. Mientras tanto en su país, Argentina algunos de sus críticos afirmaban que Cortázar había optado por la nacionalidad francesa y que era por lo tanto una suerte de traidor a su bandera. Me consta que a pesar de todos los años que ya había vivido en París estaba haciendo la misma fila que cualquier otro inmigrante con permiso temporal de residencia. Recuerdo bien su resignación y su impaciencia apenas disimulada: “Esto es peor que el noveno círculo del infierno de Dante”, me dijo cuando ya llevábamos más de una hora esperando.

Por todo lado se me aparecía Cortázar, no siempre físicamente. Me lo encontré  cuando vi Blow up (1966) de Antonioni, basando su guión en el relato “Las babas del diablo”, y también cuando leí los cuentos completos de Edgar Alan Poe que tradujo para Alianza Editorial o Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

Un par de años antes, durante el periodo que pasé en Madrid, cuando descubrí que Cortázar era además poeta, toda su obra me supo aún mejor, como un manjar. Una pequeña editorial de Barcelona, Ocnos, había publicado su poemario Pameos y meopas (1971). Sobre ese libro escribí un comentario para la revista española Reseña. Hoy no encuentro entre mis cosas ni el libro, ni la reseña.  

El 5 de mayo de 1980 le hice llegar a rue l’Eperon mi segundo poemario, Razones técnicas, que acababa de publicarse en La Paz. No podía hacer menos, ya que tomé el título del libro de un poema de Cortázar que cito en su integridad en las primeras páginas de mi libro. Mi dedicatoria en el ejemplar que le envié decía probablemente “A Julio Cortázar, a quien este libro debe tanto”. Tardó un par de años en acusar recibo, pero lo hizo de la manera más generosa comentando el libro. No solamente lo había leído, sino que le gustaba. El 6 de enero de 1982 me explicaba en una carta que mi libro había quedado enterrado entre muchos otros papeles, pero que al descubrirlo y leerlo le había gustado: “lo encuentro, lo leo y lo quiero”. Esa carta manuscrita sí la conservo, a diferencia de otras que están extraviadas.

Y luego vino el disco de poemas sobre el Ché Guevara, otra oportunidad de cruzar nuestras voces, de tejerlas más bien junto a las de otros poetas. Casa de las Américas (La Habana) preparaba un disco en homenaje al décimo aniversario de la muerte del Ché en Bolivia. Aparentemente conocían los poemas sobre el Ché publicados en mi primer poemario, Antología del asco. Me pidieron que les enviara uno de esos poemas grabado con mi voz, y eso hice. Cual sería mi sorpresa y alegría cuando recibí meses después el disco y vi que Cortázar era otro de los poetas seleccionados.

No lo he hecho desde hace años, pero solía visitar cada vez que iba a París la tumba de Julio Cortázar en el Cementerio de Montparnasse. Una lápida sencilla, junto a la de Carol Dunlop, me recuerda cada vez cómo la vida y la muerte de ambos está tan contaminada, revuelta.

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Amigo Alfonso:

En esta máquina escribió Rayuela
Contestar el 6 de enero de 1982 una carta fechada el 5 de mayo de 1980 es cosa de locos o de cronopios. Pongámoslo en la segunda categoría; el hecho es que Razones Técnicas quedó mucho tiempo en una mesa, rodeado y tapado por decenas de otros envíos, y sólo ahora lo encuentro, lo leo y lo quiero. El tono, la música y mucho del contenido de sus poemas me son familiares. Usted, el primero, dirá lo que me decía en la dedicatoria, o sea que me debe algo. Pero no creo que sea ese algo que me acerca a su poesía, sino simplemente una afinidad entre poetas. Como tan bien lo vio John Keats, el poeta es poroso, es una esponja que absorbe y devuelve, pero entre las dos cosas se instala siempre la voz personal, la experiencia irremplazable e intransferible. Y además sus poemas me gustan porque son ceñidos, sin nada que sobre, y eso no es frecuente entre nosotros. Perdóneme este largo silencio y también esta brevedad. He estado muy enfermo y todavía me cansa escribir. Un abrazo fuerte de su amigo,

Julio Cortázar

27 agosto 2014

Tierra de agua

Tuve la oportunidad a mediados de julio de participar como ponente en el II Congreso Colombiano de Áreas Protegidas 2014: territorios para la vida y la paz. Fue un evento enorme y de una gran riqueza, en el que coseché más de lo que entregué durante mis conferencias y conversatorios con especialistas y con jóvenes.

El concepto central del congreso fue debatir y analizar el presente y futuro de áreas protegidas que viven sometidas a la presión de los guerra, de los desplazamientos forzosos y de la expansión de la frontera agrícola. Colombia tiene muy claro el esquema de protección de sus parques nacionales e invierte para mantener y desarrollar propuestas de conservación con una visión de participación y desarrollo. Las políticas del Estado colombiano se traducen en recursos para los parques nacionales, algo que difícilmente podemos encontrar en Bolivia, donde las amenazas de destrucción de las áreas protegidas son cada vez mayores.

Me impresionaron los esfuerzos de coordinación que realiza el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SINAP) que agrupa a todos los parques nacionales, cada uno de ellos con propuestas propias de gestión, todas fundamentadas en valores que tienen que ver con la protección de la naturaleza y el uso sostenible de los recursos.

Javier Ramallo y Marco Encalada
La invitación la recibí de uno de esos parques, el Macizo Colombiano, y particularmente del área de comunicación donde desarrolla un buen trabajo Javier Ramallo, boliviano. Javier y el equipo del SIRAP Macizo pugnan por llevar adelante una propuesta estratégica de comunicación para el desarrollo con participación local.  En el marco del congreso tuvieron varias actividades en las que me tocó participar.

Según los organizadores, el evento contó con la participación de 2 140 inscritos, 43 patrocinadores, 101 conferencistas, 39 stands, 25 emisoras universitarias y 30 medios nacionales. No es poca cosa y demuestra el enorme interés que hay en el tema.

Cinco ríos, los más importantes de Colombia, nacen en el Macizo Colombiano y recorren caudalosos todo el territorio del país hasta el Pacífico hasta la cuenca amazónica y hasta el Caribe. Colombia es de los 12 países megadiversos del mundo. Aunque su extensión terrestre representa solamente el 0.7% de la superficie del planeta, alberga alrededor del 10% de la fauna y flora del mundo. Tiene el 10% de las especies de mamíferos (479), el 14% de las especies de anfibios (763) y el 18% de las especies de aves (1885) del mundo. De acuerdo con la información disponible y según los criterios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) se han identificado 1 500 especies en distintas categorías de amenaza.

Mi principal conferencia, “Nuevas competencias de la comunicación para el desarrollo en la conservación”, se dirigió a la red de comunicadores del SIRAP Macizo. Basta decir “red de comunicadores” para darse cuenta de la importancia que se le otorga a la comunicación como proceso de transformación. Al igual que otros parques nacionales este cuenta con una red compuesta por decenas de técnicos y especialistas en comunicación, con quienes es posible desarrollar políticas y estrategias de comunicación, como la diseñada por Ramallo. La comunicación, como debe ser, es transversal a todas las acciones que se desarrollan en los programas de conservación.

También participé junto a Marco Encalada (Ecuador) y  JoAnn Valenti (USA) en el Simposio 10 sobre “Comunicación y educación para la conservación”. Heidi Pohl, la moderadora, organizó una sesión en el estilo de las conferencias TED, que salió muy bien porque nos permitió ser concisos en la exposición y provocadores a la hora de plantear nuestro tema.

Una de las sesiones que más disfruté fue organizada por la Mesa de Jóvenes, con una dinámica participativa innovadora. Los jóvenes me pusieron en el banquillo de los interrogatorios, junto a tres otros colegas, y a través de sus preguntas e inquietudes pudimos colegir su capacidad de liderazgo en un futuro próximo. Por sus intervenciones lúcidas y llenas de entusiasmo y compromiso, me queda claro que hay una nueva generación que tomará el relevo en el diseño de políticas y estrategias con un mayor énfasis en la comunicación y la participación.

Es más, durante la clausura del congreso, al día siguiente, esos jóvenes hicieron una presentación de sus propias conclusiones, una declaración paralela a la oficial,  y no fui el único que pensó que ese documento era más rico y más comprometido que el presentado por las autoridades de gobierno que se ocupan del tema. Comparativamente, el documento oficial se aplazó. No solamente más rico sino que las conclusiones de la Mesa de Jóvenes fueron presentadas con música, canciones y un largo mural sobre papel donde habían plasmado sus demandas y sus ideales sobre la conservación y el medio ambiente.

“Exigimos, prometemos y nos comprometemos” era el slogan que cantaban cada vez que expresaban una propuesta que era resultado de un verdadero trabajo colectivo, antes que de un acuerdo entre un pequeño grupo de redactores, como sucedió con el documento oficial, que ni siquiera recogió las recomendaciones de todas las mesas. Las palabras “participación” y “comunicación” brillaron por su ausencia en el documento oficial.

El colectivo de comunicación “Voces del Macizo”, compuesto por jóvenes comunicadores de todo el país, hizo énfasis en la necesidad de desarrollar procesos de comunicación y de participación que involucren y comprometan a las poblaciones.

Otra declaración paralela fue la de los pueblos indígenas y negros de Colombia, que expresaron su crítica al centralismo del Estado exigiendo con mucha lucidez formas de gobernanza local y prácticas de diálogo intercultural.

El entusiasmo y el compromiso de quienes lideran los procesos desde la sociedad civil y también en algunos de los organismos del Estado sobre todo en los niveles más cercanos a la problemática, no se queda en las buenas intenciones y en los discursos innovadores. En los hechos existe un trabajo colaborativo donde todos los actores ponen de manifiesto su voluntad de trabajar por una causa común, sin que la politiquería parcele el concepto unitario del territorio. La visión estratégica de la comunicación, más allá de los cambios de gobierno, es visionaria. 


Me impresionó constatar en muchos de los ponentes una claridad meridiana en la articulación necesaria entre democracia, pobreza y conservación en los niveles de políticas, de estrategias, de leyes y de desarrollo concreto de acciones. Los parques nacionales aparecen como un escenario estratégico para el desarrollo sostenible de Colombia. Para todos los actores con los que pude conversar y a quienes tuve oportunidad de escuchar, queda claro que no se puede trabajar en conservación si no se vinculan las estrategias con las comunidades en guerra, con los desplazados, con la protección de los habitantes locales en los parques para que no abandonen sus territorios.

La actividad económica, sobre todo la expansión de la frontera agrícola del café, compite con la cobertura forestal.  Dentro del propio gobierno hay posiciones divergentes, unas más proclives al extractivismo y a un desarrollo guiado únicamente por objetivos de rendimiento económico. Por ello la integración de las estrategias de comunicación para el desarrollo, de gestión y de fortalecimiento institucional y del marco normativo, entre otras, abre enormes perspectivas. En materia de conservación y desarrollo, Colombia está años luz por delante de Bolivia.
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Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla
mientras el género humano no la escucha.
—Víctor Hugo