23 enero 2015

Soliloquio del historiador

La literatura es una actividad solitaria, sobre todo cuando quien escribe desafía convenciones, desbarata catecismos y se atreve a ir contra la corriente. Cuando el narrador es además historiador, como en este caso, transita como equilibrista de alturas entre la creatividad literaria y la referencia histórica

Todo relato histórico despierta la imaginación. El rigor científico dice que el historiador debe atenerse a los hechos para poder leerlos de manera crítica, pero el narrador se queda con una inquietud que rebasa aquello que se puede certificar, porque aún allí, los “hechos” son relativos. Al final, escribimos libros que se basan en las historias que otros, que no eran neutros, nos cuentan.

La legitimidad de las novelas históricas está fuera de duda, de ahí que me parece interesante que uno de nuestros historiadores más importantes, Carlos D. Mesa, haya dado el salto que lo lleva con Soliloquio del conquistador (2014) al terreno de la ficción. La tentación que sienten por igual historiadores y lectores de hacer literatura a partir de personajes históricos ha dejado grandes obras literarias. Es más, podemos decir con certeza que hay novelas que nos dicen más de la Historia con “H” mayúscula que los libros de historia sin espesor, de cuyas verdades absolutas podemos dudar.

En la novela el narrador tiene la libertad de recrear a los personajes, de proponer una visión de “carne y hueso”, relaciones que quizás no existieron, pero que contribuyen a construir a los personajes. Allí radica el gozo de la literatura, la posibilidad de inventar un mundo que articula a personajes y episodios para darles una nueva oportunidad.

Si bien es la primera novela de Carlos D. Mesa, no es su inicio en la narrativa. Juntos hemos escrito un par de cuentos sobre fútbol, y ello me permite dar fe de su capacidad como narrador. Claro que la novela es una apuesta más difícil, sobre todo cuando se trata de dar vida, desde una mirada actual, a un personaje tan controvertido como Hernán Cortés.

La placa en la iglesia del Hospital de Jesús, México DF
Conozco este proyecto desde hace años, he leído varias versiones anteriores de la novela y me consta que Carlos, con el rigor que lo caracteriza, se ha leído todo lo publicado sobre Cortés y ha peregrinado por los lugares donde el personaje transitó, llegando incluso a encontrar en una iglesia de Ciudad de México, en el Hospital de Jesús, el lugar donde reposan los restos del conquistador, algo que pocos conocían, por las razones que se exponen en este corto video. Sobre todo, Carlos ha escrito y reescrito su texto varias veces buscando una estructura apropiada y un estilo narrativo propio.

La historia oficial, que no tiene matices ni volumen, la historia plana de disfraces y máscaras, ha reducido la personalidad de Cortés a una caricatura. Octavio Paz  dice que “es preciso desconfiar de la historia” y desenmascararla. Lo hizo recientemente Christian Duverger en Crónica de la eternidad donde rescata la figura compleja de Cortés al afirmar, documentos en mano, que fue él y no Bernal Díaz del Castillo quien escribió Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Mesa hace lo propio desde la narrativa.

La novela es un diálogo desde la eternidad entre Hernán Cortés y Marina, su gran amor americano. Octavio Paz comparó ese amor con el de Marco Antonio y Cleopatra. Estos son diálogos sobre la vida desde la muerte, porque solo la muerte permite mirar la totalidad y hacer un balance desapasionado y completo. No es solamente una historia de amor, sino de la historia de la cultura que heredamos, una historia del mestizaje. La relación entre Cortés y la Malinche está metida en los genes de todos los latinoamericanos de una manera inseparable: todos somos hijos de esos amoríos. Todos somos Martín.

Para la tapa del libro se ha escogido un bello fragmento de un mural donde Cortés y la Malinche aparecen desnudos, desprovistos de historia. José Clemente Orozco los pintó sin prejuicios, de la  misma manera que Carlos D. Mesa los retrata en la novela. Octavio Paz escribió que “son el Adán y Eva de México: los fundadores”.

“Que nadie dude del destino de mis sangres” dice Cortés. Aunque quisiéramos negarlo apelando a purezas raciales o culturales inexistentes, el mestizaje latinoamericano está representado en ese imaginario que se construye en el discurso del conquistador y de la mujer indígena. Es natural que el tema fascine a los narradores tanto como a los historiadores. ¿Qué tanto sabemos de lo que existía entre ambos? En la especulación está el gusto del que escribe y del que lee. Al final no hay certezas absolutas pero una visión más rica y menos acartonada.

Carlos D. Mesa durante la presentación del libro en México
Como en toda obra hay capítulos mejor construidos que otros. La voz del narrador se pierde un poco en el relato de la conquista del Perú, donde la descripción histórica prima sobre el estilo literario. Pero son capítulos necesarios para subrayar las diferencias históricas entre Cortés y los Pizarro. 

La discusión sobre los indígenas está explicitada en el formidable capítulo que reconstruye el debate de Valladolid que enfrentó a Bartolomé de Las Casas con Juan Ginés de Sepúlveda. Y el Epílogo, que tiene sus detractores, es un intento de recordar que el debate del mestizaje no está zanjado hoy, cuando una gran mayoría de la población de Bolivia se reconoce mestiza.


Que la novela se haya publicado en México, país donde la huella de Cortés fue definitiva, es indicio de que se respeta la seriedad de la propuesta de Carlos D. Mesa. 

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Quizá la más grande lección de la historia es
que nadie aprendió las lecciones de la historia.
—Aldous Huxley

17 enero 2015

Gráfica de tiempos remotos


Sierra de San Francisco
Durante tres horas a lomo de mula, descendemos por el estrecho sendero que lleva de la Sierra de San Francisco al Cañón de Santa Teresa para visitar uno de los conjuntos de pinturas rupestres más importantes de México. Munidos del permiso del Instituto Nacional de Arqueología e Historia (INAH) y acompañados por un guía certificado (de otro modo no se puede ingresar al sitio), Jorge González, Mónica Carles y yo vamos ya saboreando el gustito del descubrimiento. 

El desierto es todo menos desierto
Al principio estábamos algo recelosos porque el camino es muy empinado, pedregoso y deleznable, pero Ángel, nuestro guía, tiene razón: las mulas no se caen, no resbalan aunque giren inseguras en curvas estrechas al borde del precipicio. Como tienen cuatro patas, si dos resbalan, las otras dos frenan. En eso y en otras cosas nos llevan ventaja, salvo que apareciera una serpiente cascabel reclamando territorio, pero sería de muy mal gusto. Ángel aconseja reclinarnos hacia atrás sobre la silla de montar para mantener el equilibrio, mientras sorteamos las espinas de los arbustos y cactus que aparecen en el camino.

Delante de las mulas van tres borricos cargando las vituallas, mochilas y carpas. El primero lleva un cencerro cuyo cascabeleo guía a las demás acémilas por el buen camino. Una vez abajo, podemos acampar en un espacio abierto junto al lecho del rio casi seco, y al anochecer calentar algo de comida alrededor de una fogata mientras nos esforzamos por atrapar estrellas fugaces que resbalan en la bóveda límpida del cielo.

El Cañón de Santa Teresa
“El desierto es todo menos desierto”, dice Jorge con justa razón. La riqueza de fauna y flora no se presenta en el desierto de manera lujuriosa como en la selva, pero enseña a mirar. Las variedades de cactáceas son numerosas: biznagas, cirios, torotes, nopales, cardones, pitahayas, choyas y otras cuyas espinas las defienden de la voracidad de las cabras.

Muy temprano a la mañana siguiente, caminamos durante varias horas por el lecho pedregoso del rio, sorteando desniveles y pasos estrechos por donde ni siquiera las mulas podrían aventurarse. Nos cuenta Ángel que en septiembre 2014 el huracán Odile hizo desaparecer las islas de palmeras que engalanaban de verde el cañón de Santa Teresa. Las aguas arrastraron enormes rocas que rodaban hasta encontrar un nuevo lugar, quedando más de una en delicado equilibrio.

Chamanes y guerreros en "Las flechas"
Luego de un par de horas llegamos a “Las flechas”, así llamada porque dos de las figuras humanas pintadas sobre la roca están atravesadas por flechas, una rara representación de la guerra entre grupos de cazadores. En el acantilado del frente, distinguimos “La pintada”, uno de los conjuntos de arte rupestre más emblemáticos de la Reserva de la Biósfera El Vizcaíno, en Baja California Sur. Con un millar de figuras que no es fácil descubrir porque algunas se encuentran debajo de la roca, “La pintada” constituye una de las concentraciones de figuras humanas y de animales más importantes del mundo, junto a las de la cueva de Lascaux, en Francia, que tiene cerca de dos mil figuras.

Las pinturas rupestres del cañón de Santa Teresa, junto a otras 250 de la Sierra de San Francisco y Mulegé, fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad el año 1993. Según el informe de inscripción de la Unesco, constituye uno de los conjuntos de pinturas rupestres más amplios y mejor conservados del mundo, gracias a su difícil acceso y a las condiciones climáticas.

La ballena y otras figuras en "La pintada"
Además de los animales terrestres que eran comunes en esa época, como venados, borregos, serpientes, pumas, liebres, aves, aparece en “La pintada” una gigantesca ballena, quizás el dibujo más interesante de todo el conjunto. En otros sitios más cercanos a la costa, como “La trinidad”, habíamos visto peces, pero la representación de la ballena en el Cañón de Santa Teresa, en medio de la Sierra de San Francisco, hizo volar nuestra imaginación.

Las figuras humanas en “La pintada” tienen extraordinaria fuerza porque representan chamanes y guerreros, y dan la sensación de haber sido pintadas mientras en las cuevas alguna fogata proyectaba sus sombras sobre la roca. La sensación de movimiento que producen esas imágenes es extraordinaria.  Es como el cine de la prehistoria, el juego de sombras y colores. Las figuras están hechas de negro, blanco, marrón y amarillo, en varias gamas y mezclas.

Los chamanes impactan por la gesticulación de los brazos, por los penachos que cubren sus cabezas. Uno adivina que tienen los cuerpos pintados y que posan para que las generaciones futuras sepan de su paso por allí, como si marcaran su territorio de manera definitiva. Son más misteriosos en la medida en que las cabezas no tienen ojos, nariz, orejas y otros rasgos. No tienen rostro.

Abigarramiento de figuras en "La pintada"
¿La superposición de figuras en un mismo espacio del mural será indicación de que en “La pintada” permanecieron mucho tiempo? Quizás era un juego de poder que acababa saturando el espacio. Chamanes y guerreros se disputaban quizás la representación, como los políticos de ahora que tratan de copar espacios de visibilidad. En aquellos tiempos remotos probablemente se trataba más de vanidad que de oportunismo.

Según los expertos de Unesco las pinturas rupestres de la Sierra de San Francisco tienen una antigüedad de mil a dos mil años, relativamente “jóvenes” si se comparan con las de Quinkan (Australia) que tienen cerca de 30 mil años o las de Chauvet (Francia), con 35 mil años de antigüedad (sobre estas hizo Werner Herzog un maravilloso documental: La cueva de los sueños olvidados).

Bip-bip, un correcaminos
A diferencia de las pinturas rupestres de Lascaux o Altamira, en Europa, las de la Sierra de San Francisco son menos conocidas en parte por la dificultad de acceder a algunas de ellas. Eso hace más interesante la visita y renueva la sensación de un descubrimiento. Según nuestro guía, Ángel, muy pocos se aventuran a realizar el recorrido por el cañón de Santa Teresa, y desde que Odile se abatió sobre Baja California Sur en septiembre, éramos los primeros que guiaba.

No todos los sitios identificados y registrados por el INAH en la reserva El Vizcaíno se pueden visitar, pero recorrimos cuatro, uno cerca de Mulegé y tres en la Sierra de San Francisco, dos de las cuales se encuentran frente a frente a ambos lados del cañón de Santa Teresa, a una altura de 50 o 60 metros encima del lecho del rio, lo que hace pensar que quizás el cauce del agua fue mucho mas elevado cuando los cochimís o guachimis habitaban la sierra.
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Cuando comienzas una pintura es algo que está fuera de ti.
Al terminarla, parece que te hubieras instalado dentro de ella.
—Fernando Botero

04 enero 2015

La Paz, la otra

Mientras en La Paz (Bolivia) se daban un alegrón de burro con la designación (mediante plebiscito maniqueo y poco transparente) de la sede de gobierno como una de las siete “ciudades maravilla” del mundo (una lista bastante arbitraria a la que se accede pagando), yo estaba con mis amigos Mónica Carles y Jorge González en la otra La Paz, capital del Estado de Baja California Sur, en el extremo sur de la enorme península que parece flotar entre las agitadas aguas del Océano Pacífico y las del Mar de Cortés, preparando el ánimo para varias exploraciones terrestres y acuáticas de esas que le ponen color, sabor y humor a la vida: recorrer cientos de kilómetros en el desierto, descender a la profundidad de cañones donde junto a oasis y humedales se hallan pinturas rupestres que son Patrimonio de la Humanidad, nadar en mar picado entre tiburones ballena bebé que miden 4 o 5 metros de largo, y tostarme como camarón en playas de arena fina y blanca.

Los conquistadores españoles tardaron cien años en reconocer la península, pues su extensión les hizo pensar que se trataba de una isla separada del continente. En su segmento más ancho, que corresponde a la reserva de la biósfera El Vizcaíno, la península mide apenas 230 kilómetros, y en su punto más angosto mide menos de 50 kilómetros.

Para tener una idea de la dimensión de la península de Baja California podemos superponerla sobre el mapa de Italia. Hay que recorrer 1628 kilómetros de distancia por carretera entre Tijuana (en el extremo norte) y Cabo San Lucas (en el extremo sur), más que desde la frontera de Italia con Suiza hasta el extremo sur de la bota. De Milán a Palermo (Sicilia), cruzando toda Italia por carretera, hay 1470 kilómetros de distancia.

Comparemos su longitud con Bolivia: si trazamos una línea recta entre Cobija, la capital de Pando que es el punto fronterizo más al norte de Bolivia, y el punto más alejado en el extremo sur, Yacuiba,  en la frontera con Argentina, tendríamos 1336 kilómetros de distancia, algo menos que la longitud de Baja California.  

Estuve una semana recorriendo el sur de la península y una semana en La Paz, donde pocos paceños peninsulares habían conversado antes con un paceño altiplánico. Cerca de 300 mil habitantes tiene esta ciudad que fue azotada, al igual que todo el sur de la península, por el huracán Odile precisamente en los días en que los mexicanos celebraban sus fiestas patrias, el 14, 15 y 16 de septiembre. El diámetro del ojo del ciclón tenía 30 kilómetros y la masa de agua superaba los 200 kilómetros, cubriendo completamente el sur de la península y el Mar de Cortés.

Cerca del Hotel La Posada donde  nos alojamos, acababan de terminar la construcción del edificio más alto de la ciudad, a punto de ser inaugurado cuando las ráfagas de vientos sostenidos con velocidad de 195 km por hora lo dejaron desnudo hasta el esqueleto.  Por suerte no había sido aún ocupado, pues volaron todas las ventanas y parte de los muros.

Otras ciudades peninsulares fueron castigadas por el huracán, que se llevó árboles, torres de electricidad, carreteras y playas. Y también turistas que ahora tienen miedo de regresar, por lo que la temporada alta se ha retrasado como si la cola de Odile siguiera escarmentando la economía de la región. En la ciudad más visitada por turistas, Los Cabos, 26 mil extranjeros y 4 mil mexicanos fueron albergados en 164 refugios temporales. Pero a apenas tres meses del evento meteorológico, no quedan muchas cicatrices porque el proceso de reconstrucción se inició al día siguiente.

Malecón de La Paz
Uno camina ahora sobre el extenso malecón de La Paz como si nada hubiese pasado. Con sus tres kilómetros de largo, es el lugar más agradable de esa bahía. La ciudad entera parece confluir sobre él y los restaurantes, cafés y bares que se llenan de día y de noche. Sobre la rambla del malecón hay esculturas alusivas al mar, pequeñas plazas y kioscos, y un carril especial para bicicletas. En un extremo, el Hotel El Moro hizo, por unos minutos, que me sintiera lugareño.

Agua por todas partes, agua que se mira en el cielo con tonos turquesa, azules profundos o verdosos. Agua que destella con olas plateadas y se deja golpear por pelícanos en busca de la pesca del día. Mientras me clavaba varias agujas en la barriga y en las piernas, el doctor Oliver Chung, connotado médico acupunturista, me decía que era esa visión del agua que lo había retenido en La Paz durante 35 años.

Punta Balandra
Cerca de La Paz hay numerosas caletas de piedra o de arena blanca y fina, las preferidas por los visitantes. Pasamos una tarde agradable en Punta Balandra, una extensa bahía que uno puede recorrer en cualquier dirección sin que el agua pase de la altura de las rodillas. En la desembocadura de la bahía hay formaciones rocosas, una de ellas emblemática: el honguito, que al final de la tarde cuando cae el sol ofrece vistas espectaculares.

No todo es armonía en Baja California Sur, pues además de los huracanes se ciernen otras amenazas sobre lugares paradisíacos que durante décadas solamente eran habitados por pescadores locales. En años recientes la voracidad de inversionistas ajenos al lugar, en complicidad con autoridades mexicanas, ha penetrado en espacios hasta entonces vírgenes con gigantescos proyectos inmobiliarios que suelen empezar con la privatización de las playas y la expulsión de la población local, como se denuncia el excelente documental Baja all-exclusive (2011) realizado por Carmina Valiente, a quien conocimos durante la estadía en La Paz. 

con Micheline Cariño y Mario Monteforte Sánchez
Otros encuentros van tejiendo el mapa transfronterizo de relaciones. El más inesperado tuvo lugar la noche que Micheline Cariño, profesora de la Universidad de Baja California Sur, nos invitó a su casa para celebrar la primera posada de Navidad. Hacia el final de la velada nos llevó a su estudio para mostrarnos su obra Oasis sudcalifornianos y otros libros, uno de los cuales había publicado en coautoría con Mario Monteforte Sánchez. Cuando le preguntamos si tenía alguna relación con mi amigo el escritor guatemalteco Mario Monteforte Toledo nos dijo que sí, que era su hijo y además marido de ella. Una increíble casualidad puesto que estábamos en la propia casa y yo no lo había reconocido. No tenía yo idea (o no lo recordaba) que el hijo de Mario vivía en Baja California, pero sí recordaba que él y sus hermanos habían estado en mi casa, en Ciudad de Guatemala, en enero del 2004, cuatro meses después de la muerte de Mario. Es más, Micheline había estado también allí y ni ella no yo lo recordábamos.

Los itinerarios entre las personas se cruzan y se tejen de maneras que escapan a cualquier razonamiento lógico, aunque hay teorías como “seis grados de separación” que explican el fenómeno mediante fórmulas matemáticas. En cualquier caso, no terminó allí  el recorrido por Baja California Sur.
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El mar también elige
puertos donde morir. 
Como los marineros. 

Miguel Hernández  

28 diciembre 2014

La mirada de Hilari

Una nueva generación de cineastas bolivianos enriquece nuestro panorama cultural con propuestas muy personales que se distancian de la narrativa a la que estamos acostumbrados, ya sea en el género de ficción o en el documental. Por la abundancia de las nuevas incursiones y aportes resulta difícil clasificar a estos nuevos cineastas en categorías etarias o temáticas, porque se multiplican como si no dependieran de una tradición, de una historia que marca, como sucedió con mi generación.

Hace más de un mes estuve en la Cinemateca Boliviana para asistir al estreno de El corral y el viento (2014, 55 min) de Miguel Hilari, y me quedé desde entonces con ganas de comentar este film construido con una mirada muy particular, muy personal. La película de Hilari es un retorno, un regreso a los orígenes del cineasta a la comunidad de Santiago de Okola el lago Titicaca, donde fue niño.

Sin embargo, ya no lo es. Hilari es ahora un adulto, un cineasta profesional formado en Europa, que ha incorporado otra cultura y otras miradas en su manera de ver el mundo. Y aunque ya ha adoptado un mundo muy diferente al suyo, su mirada no es europea, más  bien se aleja de las formas miserabilistas o conmiseradas de ver la realidad de los campesinos pobres como objetos de estudio antropológico, y también de las formas heroicas que convierten a cualquier comunidad indígena en una suerte de trinchera de resistencia de las culturas ancestrales contra el malevo mundo occidental.

La primera escena de la película capturó mi atención por esa su manera apacible, sin prisas, de recobrar el pasado. Sobre la cama de una humilde morada, un niño juega con su gato. Plano fijo. Largo. No es más que eso y es mucho más que eso, porque a pesar de que la cámara no se mueve, no interviene, no manipula, lo que sucede dentro del cuadro, el movimiento dentro de la composición, es fascinante. Ese plano, como varios otros en el film, transcurre sin prisas, no tiene apuro, lo cual probablemente aburre a quienes ya perdieron la costumbre de contemplar, es decir, a los espectadores que ahora ven cine como si vieran televisión, mientras comen, hablan por teléfono y se distraen con tonterías fuera de la pantalla.

Hay una manera de ver cine que tiene que ver con la capacidad de observación y de empatía que Hilari, de manera muy natural, desarrolla en El corral y el viento. Ese es uno de los grandes aportes de este documental, nos enseña a ver cine de nuevo, a dialogar con la imagen sin presiones, a comprometernos con la posición epistémica del realizador.

Miguel Hilari
En la manera de ver de Hilari hay un respeto profundo por los sujetos con los que interactúa y sobre los objetos que estudia con la cámara. No interviene sobre ellos para modificarlos, ni para dar testimonio de ellos. No puede clasificar la película como un documental, ni como un testimonio, ni como un estudio antropológico o etnográfico, pero es una mirada respetuosa, amiga, cercana y solidaria.

Resulta muy difícil encasillar en un género esta secuencia de planos largos y con muy poco comentario, que reconstruyen la relación entre el cineasta y la comunidad a la que regresa. Todo lo que sucede delante de la cámara es cotidiano y a la vez fundamental para la comunidad, para el cineasta y para el espectador que observa. El vuelo de un barrilete, el juego de los niños con los animales o el parto de una oveja en el corral. Arriba, en el cielo, la huella de un jet es suficiente para marcar con fuego la paradoja: un mismo planeta, dos mundos distintos, dos dimensiones de espacio y tiempo.

Una de las escenas que llama la atención transcurre frente a la escuela donde los niños declaman poemas que sus maestras les enseñan a recitar para estar a tono con los tiempos de cambio. “El imperio yanqui” se menciona como si los niños supieran de qué se trata. Contrastan el discurso ideologizado apegado a la versión oficial y el estilo de declamación que pertenece a un pasado que no se puede borrar tan fácilmente. Para esos niños de escuela, el contenido de lo que declaman con vehemencia forzada, con el puño en alto y un casco de minero, les es tan ajeno, como el mural a sus espaldas, que representa a Pitágoras y a Thales de Mileto. No necesita decirlo el director del film, cualquier espectador entiende.

Las intervenciones “en off” del realizador son poas y breves. Constituyen un contrapunto más que una explicación de la imagen, que no necesita de palabras para ser muy elocuente: “En otros tiempos, los primeros hombres salieron de las aguas del Lago Titicaca. Mucho después, mi abuelo fue encerrado en un corral de burros por querer aprender a leer y escribir. Hoy, mi tío vive solo, porque sus hijos se fueron a la ciudad”.


Hilari nos da con su voz la información básica sobre la que se funda su documental, a partir de la cual él desarrolla el diálogo visual –con un gran sentido plástico, con los personajes que son parte de su familia ampliada, la comunidad. Las descripciones visuales incluyen el horizonte del altiplano, las fachadas de las casas, las puertas y ventanas, todo aquello que el cineasta reconoce, es decir, re-conoce, conoce de nuevo, casi como si fuera la primera vez.

En El corral y el viento no hay una línea argumental en el sentido cinematográfico tradicional. Sin duda hubo un guión para poder filmar, pero este podría resumirse en una lista de intuiciones y sentimientos que solamente una persona podría haber filmado: Miguel Hilari.

No voy a decir que El corral y el viento es una gran película, pero es una manera reposada, fresca y sin prisas de mirar la realidad, sin otra pretensión que la de enseñarnos a ver cine de nuevo. 

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El cine es como un diario personal, un portátil o un monólogo
de alguien que intenta justificarse ante una cámara.
—Jean Luc Godard