26 julio 2020

De golpe

 “Ya han pasado 40 años, estamos viejos”, le digo a un amigo. “Hablá por ti, yo estoy joven…” replica con picardía. Cuatro décadas, pero no parece. “Parece ayer”, decimos al unísono, y así lo sentimos, porque la memoria -siempre selectiva, ha grabado esos momentos con fuego y parecen muy cercanos en el tiempo. 

Paramilitares
Hace cuarenta años, como hoy, yo estaba escondido en una casa en San Jorge donde me acogieron generosamente mis amigos Macri y Chaskas. Ni ellos mismos sabían el riesgo que corrían al tenerme de alojado, pero se dieron cuenta en pocos días. Cada noche, en la televisión del Estado asaltada por periodistas de uniforme se emitían amenazas: “Quien esconda a terroristas sufrirá las mismas consecuencias que ellos”. 

El terrorista era yo. Un terrorista libertario sin partido ni aparato de protección ni armas de fuego, un francotirador solitario que lanzaba palabras en lugar de granadas. Mis crímenes estaban a la luz del día en las páginas del semanario Aquí, donde escribía junto a Luis Espinal y otros compañeros tan o más peligrosos por su pluma. 


Una semana antes, el 17 de julio, se había producido el golpe militar de García Meza, un hombre sin pies ni cabeza. El ambicioso general de caballería solía montar cuadrúpedos más inteligentes que él y su notoria torpeza no tenía un ápice de la elegancia de un caballo. Estaba rodeado de asesinos, el más notorio de ellos Luis Arce Gómez, quien durante más de una década había urdido atentados y crímenes, entre ellos el de Luis Espinal, en marzo de 1980. 


General García Meza y Coronel Arce Gómez, golpistas
El día del golpe me encontraba trabajando en CIPCA, en lo alto de la calle Sagárnaga, cuando escuchamos en vivo y en directo los disparos de los paramilitares atacando la COB. Decidimos bajar corriendo a “defender” la sede sindical con las manos desnudas, pero llegamos tarde. Ya se habían llevado a Marcelo Quiroga malherido, habían asesinado a Gualberto Vega y Carlos Flores, y los demás estaban ya capturados camino al Estado Mayor para ser torturados. Traté de volver a mi casa, pero había paramilitares en la puerta. 

Marcelo Quiroga Santa Cruz
En el semanario Aquí habíamos “cantado” el golpe de Natusch Busch y el de García Meza con meses de antelación, desde las elecciones democráticas del 1 de julio de 1979. Cuando uno revisa la colección del semanario, encuentra numerosos artículos donde subrayamos la reticencia de los militares a regresar a los cuarteles luego de siete años de dominio absoluto durante la dictadura de Banzer, y mucho antes, desde el golpe de Barrientos en 1964. 

Nos acusaban de provocar a los militares pero en realidad, solo publicábamos lo que todos sabían que iba a suceder más temprano que tarde debido a la terquedad de las fuerzas políticas para unirse frente al autoritarismo. ¿Suena conocido cuatro décadas más tarde? 

Estuve escondido hasta que no quise seguir arriesgando a mis amigos, y entonces pedí asilo en México. Ximena Iturralde, amiga y vecina en Obrajes, me recogió y me dejó en la puerta de la embajada mexicana, donde junto a más de un centenar de asilados me acogió el embajador y ex militar Plutarco Albarrán, quien despejó todos los ambientes de su residencia en la calle 5 de Obrajes, menos su dormitorio, para que pudiéramos dormir codo a codo sobre el suelo. 

Luis Rico y Alfonso Gumucio asilados en la Embajada de México
Pequeño, introvertido, don Plutarco enviaba al ministerio del Interior las listas de asilados solicitando su evacuación a México. Luego de varias semanas comenzaron a salir grupos de 20 cada sábado. Los despedíamos con “La caraqueña” de Nilo Soruco, con el vozarrón de Luis Rico y su inseparable guitarra. Salían unos y entraban otros al asilo, algunos saltando la pared como nuestro querido amigo el “Intruso” (Rolando Durán Llano). En el bosquecillo de la esquina elevada del terreno de la embajada, Coco Manto, René Bascopé, Ramón Rocha y otros componían versos o canciones. Yo me aplicaba en la redacción de un testimonio: “La máscara del gorila”, que luego fue premiado en México en 1982. 

No supe hasta semanas más tarde que en manos de Arce Gómez había una lista de seis nombres: “Estos que se pudran, no les vamos a dar salvoconducto”, habría dicho el ministro del Interior en la cúspide de su brutal arrogancia. Y entonces decidí que no debía darle gusto, y monté una operación clandestina de fuga hacia Perú, con la complicidad de varios amigos dentro y fuera de la embajada de México. 

Pero esa ya es otra historia, mucho más larga. 

(Publicado en Página Siete el sábado 25 de julio 2020)
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Those who cannot remember the past
are condemned to repeat it. 
—George Santayana

24 julio 2020

Hounkonnou

Dominique Hounkonnou en Utrecht, febrero del 2007
 Con su apellido impronunciable se ha ido al otro lado del espejo un amigo africano con el que me tocó compartir agradables momentos en La Haya, entre 2007 y 2012, cuando ambos integrábamos el International Advisory Board de PSO, la organización estatal holandesa de cooperación para el desarrollo.

Éramos cuatro miembros de diferentes regiones del mundo, y sin representar a ninguna de manera oficial sino por invitación personal, traíamos a la mesa los problemas comunes para enriquecer el pensamiento progresista de la cooperación de Holanda. Y fuera de las reuniones, la paseábamos bien durante los tres o cuatro días que nos tocaba compartir cada año.

P.N. Vasanti, Dominique Hounkonnou, Alan Fowler, Margo Kooijman y Alfonso Gumucio en La Haya, 2012
No sé si Dominique es otra víctima del exceso de muertes de este año, pero el caso es que ya no está para deleitarnos con su humor y sus historias de Benín, su país y de alguna manera también mío durante los cuatro años que pasé en Nigeria.

El pequeño país encajonado entre Togo, Burkina Faso, Mali y Nigeria era un lugar de escape de Lagos, la ciudad invivible. Los fines de semana no me daba pereza manejar durante cinco horas para llegar a Cotonou, disfrutar la tranquilidad de la capital, la cocina heredada de los franceses y las playas sobre el Golfo de Guinea.

Dominique tenía sólidos lazos desarrollados con Holanda muchos años antes, pues había estudiado y enseñado en la Universidad de Wageningen, donde durante 20 años dirigió el proyecto Convergencia de las ciencias”. Antes, durante 12 años, había sido investigador en el Centro Técnico de Agricultura y Cooperación Rural (CTA), por lo que pasó una buena parte de su vida profesional en Europa.

Recuerdo que en su billetera llevaba siempre minúsculas tarjetas SIM de cada país, que colocaba en su celular antes de pasar la frontera de un país a otro.

Vasanti, Hounkonnou y Gumucio en La Haya
El comunicado de la Universidad de Wageningen por el que me he enterado de su muerte en la mañana del 15 de julio, destaca que “hizo una contribución indispensable a los proyectos de investigación en universidades de Benín, Ghana, Mali y Países bajos en las innovaciones institucionales en el ámbito rural”. Por esos aportes recibió en noviembre de 2014 la Orden de Oficiales de Orange-Nassau que otorga el gobierno holandés.

Los amigos se van, pero lo importante es dejar testimonio de ellos y preservar su memoria.

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Lo único que está mal en la muerte
es que nuestro esqueleto podrá́ confundirse con otro.
—Ramón Gómez de la Serna 

12 julio 2020

Partió para quedarse

 Hay quienes son injustamente olvidados cuando fallecen, pero hay los que parten y se quedan. Los recordamos todo el tiempo, no solo en los aniversarios de natalicio o fallecimiento, los tenemos presentes en la vida cotidiana porque nos han enriquecido en el largo recorrer de la amistad. A esta categoría pertenece Luis Ramiro Beltrán, que partió hace cinco años para quedarse. 

Luis Ramiro está presente en las conversaciones de quienes trabajamos en el campo de la comunicación en América Latina, pero también en una red mucho más amplia, donde se tejen sus ideas pioneras con sus picardías de niño y sus actos de nobleza y generosidad. 

La “vieja guardia” de gente como Luis Ramiro atravesó la vida armada de valor pero sobre todo de valores y principios de ética, honestidad y solidaridad. Cada vez son menos y cada vez son más los que hacen del más descarado oportunismo su bandera, acomodándose sin escrúpulos no solo en la política, sino también en la academia e incluso en las relaciones sociales más básicas. 

Aunque la palabra pueda sonar anticuada, Luis Ramiro era un “caballero”. Es decir, un caballero andante como don Quijote, un hombre armado de ideales como coraza. Y ese tipo de caballeros, con o sin Rocinante, dejan su ejemplo de vida: una totalidad que no se fragmenta porque es compacta, hecha de nobles materiales. 

Han pasado cinco años desde el 11 de julio en que falleció. Estuvimos con su esposa Nohorita Olaya y con Karina Herrera hasta la noche y lo dejamos en su cama del hospital Arco Iris confiados en que lo veríamos al día siguiente, como todos los días anteriores. Nos despidió con una mirada chiquita que probablemente quería decir muchas cosas y no supimos leerla. Fuimos los últimos en verlo con vida. Esa madrugada Nohorita recibió la llamada que nunca hubiera querido recibir. 

Es un privilegio decir que Luis Ramiro me honró con su amistad durante varias décadas, y también fue mi mentor y maestro. Desde su puesto como asesor regional de la Unesco para América Latina, en 1985 apoyó con un primer financiamiento, pequeño pero fértil, al Centro de Integración de Medios de Comunicación Alternativa (CIMCA), una ONG que fundé al regresar del exilio en México. Con un puñado de dólares que nos dio Unesco organizamos en Potosí (donde tenía que ser) el Primer Simposio Internacional sobre las Radios Mineras, del cual salió el primer libro sobre ese tema, que coordiné con Lupe Cajías. 

Muchas veces compartimos encuentros académicos para los que se preparaba con un esmero obsesivo compulsivo. Para él, escribir una ponencia magistral de una hora o tres páginas de un prólogo o una presentación de cinco minutos, era un asunto de tanta seriedad que le provocaba úlceras. Perfeccionista, se creía en la obligación de leer toda la bibliografía existente y solía empezar con meses de anticipación. Después de un congreso en La Habana, donde presentó La comunicación antes de Colón, volamos a México para presentar allá en simultáneo su libro y mi Antología de comunicación para el cambio social

Cuando tuve la oportunidad de hacerlo, como director del Consorcio de Comunicación para el Cambio Social, lo invité a una reunión a puerta cerrada en Bellagio (Italia), a orillas del lago Como, donde durante cinco días alternó con algunos de los más importantes pensadores de la comunicación para el desarrollo del mundo. Fue la culminación de varias reuniones anuales donde además de Luis Ramiro pudimos contar en años diferentes (de 1997 a 2004) con Everett Rogers (su maestro y amigo), Jan Servaes, Daniel Prieto Castillo, Rosa María Alfaro, Robert White, Juan Díaz Bordenave, Colin Fraser, John Downing, Alfred Opubor, por no citar sino algunos especialistas de nivel internacional. 

Veinte años más tarde yo transitaba los caminos que él había abierto con sus propuestas pioneras sobre políticas nacionales de comunicación y comunicación horizontal, entre otras. En mis viajes pisaba sus huellas: colegas y estudiantes que lo habían leído en todo el mundo me preguntaban por él con admiración. Cuando yo le anunciaba que regresaba a Bolivia por unos días, me decía: ¿a quién quieres que invite a la casa? Y así podía ver yo a sus amigos que eran también los míos, con quienes celebrábamos todos sus cumpleaños con algarabía. 


Su sola presencia era un visto bueno para cualquier actividad académica. Así fue cuando organizamos con algunos colegas el Primer Coloquio de Políticas y Legislación para la Radio Local en América Latina, o cuando en la UMSA impulsamos la Cátedra IPICOM, para traer sin costo para la universidad a colegas internacionales como Manuel Chaparro, Omar Rincón, Paco Sierra, Juan Ramos Martín, Jorge González, entre otros. 

Hasta el final de sus días fue un hombre generoso y desprendido. Yo le decía: “Eres una chica fácil”. Porque era incapaz de decir no a los pedidos que recibía de prólogos, presentaciones y ponencias. 

(Publicado en Página Siete el 11 de julio de 2020)


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Cada partida es una anticipación de la muerte
y cada encuentro, una anticipación de la resurrección.
— Arthur Schopenhauer



30 junio 2020

De una vez

 Me perdí algo en la telenovela política boliviana. Como ya me aburre la saturación de noticias, me perdí algún capítulo del sainete. Hasta donde recuerdo, había una gran presión política para que el gobierno de la presidenta Añez promulgue la ley de convocatoria a elecciones para el 6 de septiembre, y ella se resistía a hacerlo en consideración de los riesgos de la pandemia. 


Hasta donde me quedé en la cadena de acontecimientos, la presidenta del Senado, por instrucciones de su jefe Evo Morales, amenazó con promulgar la ley si no lo hacía el gobierno. De lo que recuerdo, hace un par de semanas insultaban como “masista” al presidente del Tribunal Supremo Electoral, porque ese órgano del Estado dispuso las elecciones para septiembre. Un funcionario de lujo para cualquier país del mundo, pero denigrado en Bolivia. 

Hasta donde recuerdo, la opinión pública estaba dividida entre los que afirman que es un riesgo para la salud y la democracia hacer elecciones tan pronto, y los que acusaban al gobierno de prorrogarse usando como excusa la pandemia. Los primeros argumentan que la gente se puede contagiar al votar (riesgo para la salud) y que muchos no irán a votar por miedo al contagio (abstención, riesgo para la democracia). Los otros, que de todas maneras exigen elecciones lo antes posible, esgrimían argumentos basados en cálculos políticos, no en previsiones sanitarias. 


Hace semanas escribí que el MAS jugaba ambas cartas de manera sucia, en el estilo brutal del irresponsable “jefazo”: por una parte, exigía elecciones cuanto antes, y por otra, sacaba a sus huestes a las calles para aumentar los contagios y mantener al país en crisis sanitaria permanente. 

Pero, como digo antes, me perdí algún capítulo de la telenovela, porque no bien promulgada la ley de convocatoria a elecciones, los mismos que presionaban ahora acusan de irresponsable al gobierno. Ya no entiendo nada. 

Parece que hay dos verdades que es imposible conciliar, y ambas nos llevan a un desastre, pero ya no me importa: que suceda de una vez. 


La verdad número 1 es que la pandemia continuará. No hay solución para los próximos seis meses, ni en Bolivia, ni en ninguna parte. Ningún país ha eliminado el COVID-19, una montaña rusa con curvas peligrosas y bajadas espeluznantes. Donde ya no había casos, empiezan a aparecer de nuevo (China, Europa). Bolivia, a pesar de los esfuerzos realizados, es más frágil porque tiene una frontera extensa con Chile (que hasta ahora no ha podido frenar el número de contagios diarios) y con Brasil, que tiene como presidente a un demente que califica la pandemia mundial como “uma gripezinha”. 

La verdad número 2 es que todos queremos que la situación política encuentre una salida cuanto antes. La pandemia no estaba en los cálculos de nadie: ni de los que salimos con pititas y banderas a bloquear las calles contra el fraude electoral de Morales, ni de los masistas que orquestaron el engaño para eternizarse en el poder, ni de los aspirantes a llegar al gobierno. A todos nos sorprendió por igual y nos puso frente a un espejo que nos muestra como somos: intolerantes e irresponsables. 

Entonces, entre las dos verdades hay un dilema que no tiene solución. Quien diga que tiene una solución, miente. Resulta muy cómodo echar todas las culpas al gobierno: culpable si no convoca a elecciones porque quiere eternizarse en el poder, y culpable si las convoca porque pone en riesgo la salud y la misma democracia. 

¿Entonces qué? Sí que sí, o no que no. O sí que no, o no que sí. Parece una cantinfleada colectiva en la que todos se echan culpas (por no usar otra palabra) con ventilador. 


Lo voy a decir clarito: todos somos responsables, cada uno de nosotros. Todos somos comparsa en la telenovela. Todos somos campeones en ofrecer recetas y criticar. Y el día de las elecciones todos decidiremos por quien votar o si vamos siquiera a votar. Entonces, no se vale regar culpas al Tribunal Supremo Electoral, a Carlos D. Mesa, al gobierno o a Eva Copa (presidenta de un senado transitorio, cuyo mandato había concluido el 22 de enero). Todos hemos ejercido en coro opiniones para uno o para otro lado, que nos han llevado a este momento jocoso del sainete. 

En lo que a mi respecta, coincido con los quieren elecciones el 6 de septiembre. Creo que la votación se puede realizar con más orden que las ferias de El Alto y evitando el comportamiento desaforado de los narcos del Chapare o de Yapacaní. Pase lo que pase, que suceda de una vez para no prolongar la doble agonía. Y todos seremos responsables de lo que resulte: más pandemia y menos democracia. Pero sería lo mismo sin elecciones. 

(Publicado en Página Siete el sábado 27 de junio 2020)
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O ya no entiendo lo que está pasando
o ya pasó lo que estaba entendiendo.
—Carlos Monsiváis

19 junio 2020

Al fondo a la derecha

 ¿Qué pasará con la cultura después de la pandemia? me preguntó Bernardo Monasterios en una entrevista virtual de la Carrera de Artes de la Universidad Mayor de San Andrés. 

El confinamiento indispensable para bloquear al coronavirus ha anulado los eventos públicos: el cine, las artes escénicas, las manifestaciones de culinaria o folklore. La sociedad tendrá que reinventar la manera de consumir manifestaciones culturales y no habrá vuelta atrás. Si no aprendemos esa lección quedaremos expuestos. En nuestro país la cultura está al fondo a la derecha, como el baño (también ideológicamente). Y huele mal. 

En las últimas décadas ha habido más ayuda del Estado y de instituciones internacionales para el cine. Cuando comencé, o antes, cuando empezaron Ruiz, Sanjinés o Eguino, no existía apoyo, salvo excepcional, como la televisión italiana que permitió a Sanjinés realizar “El coraje del pueblo”. 

Ahora apoyan tanto el gobierno central como las alcaldías, y además fondos concursables internacionales como Ibermedia, DocTV, Al Jazeera, y otros recursos para cineastas jóvenes y sobre todo hábiles para obtenerlos: desarrollo de la idea, escritura del guion, pre producción, producción, postproducción, difusión, etc.  Si sumamos, un cineasta sin experiencia puede conseguir antes de comenzar su primera obra más de 100 mil dólares y vivir de ello. Antes era impensable. 

Si la cultura no es una prioridad para la gente,
menos lo será para el Estado 
Las políticas de Estado son parte de la solución y del problema porque la cultura es lo primero que sufre en tiempos de crisis y de la “nueva normalidad”. La eliminación del ministerio de Culturas en Bolivia es un botón de muestra, como la del Instituto de Cine y Creación Audiovisual (ICCA) en Ecuador. Participé como jurado internacional del ICCA en una categoría que distribuía recursos a fondo perdido, para cineastas con proyectos de ficción, documental, guion, etc. En total, una bolsa de dos millones de dólares de la que algunos proyectos buenos y otros mediocres se beneficiaban cada año. 

La cultura no solo depende del Estado nodriza, sino de los propios hacedores del oficio. En Bolivia se creó el mejor cine en las décadas de 1960 y 1970 cuando no había un centavo de apoyo, solo la creatividad y el esfuerzo de los cineastas. La creatividad no se decreta. 

¿La literatura es un negocio?
Los escritores hemos trabajado siempre sin apoyo. Otros países tienen becas que otorga el Estado o las universidades, pero también las propias editoriales que subsidian mensualmente a escritores en Europa o Estados Unidos para que se dediquen exclusivamente a escribir. En Bolivia no nos pagan ni los artículos de prensa que publicamos cada semana. Para los escritores, para los fotógrafos, para los pintores y para la gente de teatro la situación va a ser “igual de peor” después del COVID-19. 

¿Volveremos a salas llenas alguna vez?
La forma de consumo tendrá que cambiar en los eventos públicos: cine, teatro, danza, exposiciones. De hecho, ya ha cambiado. ¿Quién ha multiplicado su negocio en esta época de cuarentena? Disney y Netflix muestran un desarrollo exponencial porque la gente consume más cine en sus casas. Kindle y Kobo, que ofrecen libros digitales, han ganado más que las editoriales de papel. El sector editorial también tiene que reinventarse. No hay vuelta a lo mismo, eso se acabó. 

Otro factor nos afecta: nadie es profeta en su tierra. Creadores que son ninguneados o maltratados en sus países, obtienen reconocimiento en otros. Eso pasó con los autores del “boom” de la literatura latinoamericana: su vida en Barcelona o París les ofreció la oportunidad que no tenían en Perú, Argentina o Guatemala. Lo mismo sucedió con los cineastas mexicanos González Iñarritu, Cuarón y Guillermo del Toro, que han adquirido notoriedad mundial desde que trabajan en Hollywood. Claro que tienen talento, pero han escapado a los celos, la envidia y las rencillas provincianas. 

Andrea Bocelli durante su concierto solitario en el Duomo de Milán 
Algunos gobiernos apoyan industrias culturales que ahora denominan “economía naranja”, una iniciativa de Colombia que ha creado un vice-ministerio especializado. Pero esas políticas públicas no impulsan por igual a todos los sectores del ámbito cultural y favorecen sobre todo a la industria cinematográfica y editorial, que son las que más ganancias generan. En ese diseño hay un criterio de oferta y demanda que determina la sobrevivencia. 

Un problema adicional es la no separación entre Estado y gobierno, con sus implicaciones políticas. En Europa las políticas culturales se aplican sin mirar quién apoya al gobierno de turno. En América Latina, y sobre todo en Bolivia, hay favoritismo hacia los cortesanos y lambiscones, y eso se ha visto claramente en los 14 años de Evo Morales. 

Creo que el apoyo del Estado es necesario pero no define la creatividad y el futuro de las artes.  Tienen además responsabilidad la empresa privada y las universidades, el público que acude a la cultura y los propios creadores que deben ser igualmente creativos a la hora de plantear soluciones que vayan más allá de extender la mano para recibir ayuda como si fuera limosna. 


(Publicado en Página Siete el sábado 13 de junio de 2020) 

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La cultura es el aprovechamiento social del conocimiento.
—Gabriel García Márquez