22 mayo 2016

Hablemos Perú

A pocos días de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales peruanas, estuve en Lima invitado para dar una conferencia sobre comunicación para el desarrollo en el foro “Hablemos Perú”, que se realizó por quinto año consecutivo en Lima.

“Hablemos Perú” es una experiencia que sería impensable en Bolivia por el tipo de gobierno que tenemos encima. Este es un evento organizado por la Oficina General de Comunicación Social de la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) de Perú encargada de llevar adelante la comunicación estratégica del poder ejecutivo, que convoca a periodistas y trabajadores de la comunicación de instituciones del Estado de todo el país, para involucrarlos en una jornada de discusión libre, abierta y democrática sobre la situación de la comunicación e información en el país, con particular énfasis en la información pública.

El diálogo está abierto a todos, no solamente a los periodistas de medios públicos. En 2012, más de 900 personas se hicieron presentes para debatir las políticas de Estado sobre comunicación. Este año se enviaron invitaciones a los dos partidos políticos que competirán por la presidencia el 5 de junio, sin embargo para ellos la comunicación es sinónimo de propaganda, de modo que no les interesa debatir.

En Perú la dirección de esa instancia del ejecutivo está a cargo de Blanca Rosales, cuya experiencia en medios, comunicación y democracia es tan extensa como ejemplar su manejo de las relaciones con medios privados y públicos. Las comparaciones son odiosas, pero a su lado nuestra ríspida ministra de propaganda (su ministerio no merece la palabra “comunicación”) solo destacaría por su sombrero (que no tuvo siquiera la humildad de sacárselo para saludar al papa Francisco). Ya ven por qué dije que es impensable algo así en Bolivia.

Alfonso Gumucio y Silvio Waisbord en el cierre del evento
La pluralidad ideológica de la experiencia de “Hablemos Perú” está garantizada por la voluntad política de las instituciones de Estado y también por los invitados a dialogar con representantes de los medios públicos de todas las regiones del país. No se trata de un diálogo de sordos entre profesionales afines al gobierno, todo lo contrario, se ha abierto el espacio para voces críticas. Año tras año los temas centrales fueron “Más voces para la comunicación”, “Compromiso ético con los más pobres”, “Comunicación, derecho de todos”, “Comunicación ciudadana en red” y “Modernización de la comunicación pública”.

Esta fue la primera vez que se invitó a ponentes internacionales. Me tocó compartir la palestra con Silvio Waisbord, investigador de la comunicación a quien conozco desde hace muchos años. En eventos anteriores “Hablemos Perú” ha convocado para debatir temas de comunicación pública a especialistas y académicos peruanos como Luis Peirano, Hugo Aguirre, Carla Colona, Juan Gargurevich, Marisol Casteñeda, Franklin Cornejo y Jorge Acevedo, entre otros.

Jorge Vergara
No es todo: las ponencias de los expositores y las participaciones de quienes comentan y debaten los temas en cada evento se recogen en un libro, de manera que no se benefician solamente los asistentes, sino cualquiera que se interese en leer esas publicaciones, también disponibles en la página web de “Hablemos Perú”. Además, estos libros recogen las síntesis de los siete foros macroregionales que se realizan cada año y que permiten socializar los temas y recoger nuevas inquietudes. Foros realizados, según los años, en Arequipa, Cusco, Chiclayo, Huancayo, Tarapoto, Iquitos, Trujillo, Ica, Moquegua, Tacna, Piura y por supuesto Lima.

En todo ese proceso ha sido central el empeño de Jorge Vergara, quien ha logrado convertir a “Hablemos Perú” en una red nacional de un valor y potencial que ojalá sepa reconocer el próximo gobierno peruano. La sostenibilidad de la red sería esencial para preservar el espíritu de una comunicación pública democrática e inclusiva. 

María Luisa Málaga
Me impresionó la presentación que hizo María Luisa Málaga, presidenta ejecutiva del Instituto Nacional de Radio y Televisión del Perú (RTP), cuyo mérito indudable ha sido sacar a los medios públicos de la esfera presidencial para ponerlos al servicio de la ciudadanía. Qué diferencia notable con Bolivia. María Luisa logró la confianza del gobierno de Ollanta Humala y fue ratificada en el cargo que ocupaba desde el gobierno anterior. Esa continuidad y perspectiva de servicio ha fortalecido las cadenas de televisión pública, cuyo nivel de producción propia es tan alto (en horas y en calidad) como baja es la presencia de la figura presidencial, lo cual honra al presidente Humala.

Estamos muy lejos en Bolivia de tener esa visión compleja y democrática de los medios públicos. En diez años, mientras aquí se han fortalecido los medios estatales en tecnología y alcance, se ha debilitado su carácter democrático. No tenemos medios del Estado sino medios de propaganda del gobierno, aunque pagados con recursos públicos. Peor aún, son medios que ensalzan la figura de la persona que ocupa la presidencia con el único objetivo de culto a la personalidad, como nunca antes se había conocido.

El segundo evento en el que participé durante mi estadía en Lima, que era en realidad el motivo original de la invitación que me hicieron los colegas peruanos, tuvo lugar en el auditorio de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM) donde impartí la conferencia de clausura del diplomado sobre “Periodismo y desarrollo” que organizó la facultad de Periodismo que dirige Franklin Cornejo, con apoyo de la Oficina General de Comunicación Social de la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM).

Los organizadores, Franklin Cornejo y Manuel Herrán, me otorgaron el privilegio de exponer a lo largo de la mañana sobre comunicación y desarrollo (“Más allá de los mensajes”) frente a un grupo de comprometidos periodistas del interior del Perú que desde octubre de 2015, cada sábado, ha asistido a las sesiones presenciales de este diplomado.

Con el rector de la UARM, Ernesto Cavassa
Hablé, como hago muchas veces con otros grupos de estudiantes, de la necesidad de entender la comunicación como un proceso, y diferenciarla de las actividades de información o de visibilidad institucional. Puse ejemplos concretos de mi experiencia en Asia, África, América Latina y El Caribe, y los reté a no decir nunca más “medios de comunicación” para referirse a los grandes medios de información y difusión, que no se merecen una palabra tan hermosa como “comunicación”.

Hubo mucho más, que la radio de la universidad tuvo a bien transmitir y grabar. Mi intervención fue más un taller participativo que una exposición magistral.

El acto de clausura se hizo con la participación de Ernesto Cavassa, rector de la UARM, y Blanca Rosales, directora de comunicación social de la PCM.
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Mi ideal político es el democrático.
Cada uno debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado.

—Albert Einstein

18 mayo 2016

La mansión de azúcar y sangre

La realidad está llena de historias que luego sirven de argumento para novelas o canciones, por su dimensión mítica y porque encierran moralejas. Los itinerarios de uno a veces lo llevan a toparse con esas historias convertidas en leyendas. 


Cerca de Ocho Ríos y a doce kilómetros de Montego Bay, dos de los lugares más emblemáticos del turismo internacional en Jamaica, a la vera de la carretera hay una mansión llena de historias. El aspecto solitario de Rose Hall Great House en lo alto de una colina la hace más atractiva y misteriosa, pero claro, en esa percepción media todo lo que uno ha podido leer sobre ella.

Comenzó a construirse en 1750 cuando George Ash, un hacendado inglés que era su propietario, quiso ofrecerle a su esposa Rose una casa que llevara su nombre. Ash murió dos años después y Rose se casó dos veces más en años subsiguientes. Su tercer esposo fue John Palmer, quien concluyó la construcción de la mansión entre los años 1770 y 1780. Añadió dos alas laterales a la construcción, para que la mansión tuviera 365 ventanas, 52 puertas y 12 dormitorios, por cada día, semana y mes del año.

La propiedad contaba entonces con más de dos mil esclavos y  2.600 hectáreas (6.600 acres) de plantaciones de caña de azúcar y pastizales para 300 cabezas de ganado vacuno. Hoy, la casa se yergue sobre una extensión mucho menor ya que muchas hectáreas, sobre todo cerca de la costa, han sido transformadas en años recientes a cadenas hoteleras, campos de golf y proyectos inmobiliarios.

Al morir John Palmer y más tarde su esposa Rose, su sobrino nieto John Rose Palmer heredó la propiedad y se casó en 1820 con una joven inglesa, Annie Mae Patterson, de madre inglesa y padre irlandés, comerciantes que la llevaron a vivir a Haití cuando tenía apenas diez años de edad. Dice la historia que la fiebre amarilla dejó huérfana a Annie, quien fue criada por su niñera haitiana, una sacerdotisa vudú. A la muerte de esta, Annie, de 18 años, se trasladó a Jamaica en busca de marido y encontró en John Rose Palmer el candidato perfecto por su posición y dinero.

Annie Palmer convirtió a la plantación en un infierno para los esclavos que le temían y la nombraban como la “bruja blanca” porque realizaba prácticas de vudú que había aprendido en Haití, en las que incluía sacrificios humanos. Dice la leyenda que escogía a su conveniencia entre los esclavos jóvenes para satisfacer su apetito sexual, pero luego los asesinaba.

Lo mismo hizo con John Rose Palmer y los dos maridos que tuvo después de él.  A cada uno lo asesinó en un dormitorio diferente y de una manera diferente. A Palmer, con quien convivió siete años, lo envenenó con arsénico. Al segundo, con quien duró dos años, lo apuñaló mientras dormía y para asegurarse de que estaba bien muerto, vertió aceite hirviendo en sus oídos. Al tercero lo estranguló al cabo de seis meses con ayuda de su esclavo Takoo, que según unas versiones le prestaba servicios especiales y según otras era el abuelo de una esclava abusada por Annie.

El turno le llegó a ella cuando los esclavos, Takoo a la cabeza, se sublevaron frente a sus abusos y acabaron con ella en diciembre de 1831, luego de once años de brutalidades propiciadas por la “bruja blanca”. Usando las mismas prácticas del vudú que ella había usado para someterlos, escogieron el lugar de su tumba y sobre la piedra grabaron tres cruces para atrapar su espíritu. Dejaron un lado sin cruz convencidos de que el cuerpo estaba allí pero el espíritu seguía en la casa, y por eso la leyenda dice que Annie Palmer todavía se presenta ocasionalmente en las habitaciones de la mansión y nadie ha querido dormir en ella desde que fue restaurada.

Por temor a ese espíritu suelto no quisieron los esclavos quemar la casa, como hicieron de 1831 a 1838 otros esclavos durante las sublevaciones en plantaciones de azúcar de Jamaica, incendiando 685 de las 700 mansiones que había en la isla. Rose Hall quedó abandonada durante 134 años hasta deteriorarse completamente,

En 1965 la compró y la hizo restaurar una pareja de millonarios de Delaware que vieron el negocio de vender los terrenos de la propiedad a las cadenas de turismo y convertir la casa en un museo, con muebles que, por supuesto, no corresponden a la mansión original, probablemente ni siquiera el enigmático cuadro que muestra supuestamente a Annie Palmer con cinco hijos que nunca tuvo. La casa es propiedad actualmente de Michele Rollins, que estuvo entre las quince finalistas de Miss Mundo el año 1963 y tenía veleidades políticas en el partido republicano de Estados Unidos.

Esta atractiva leyenda de crímenes y fantasmas, que al parecer tiene una base histórica real, ha dado lugar a varias obras de literatura y música. El escritor Herbert G. De Lisser publicó en 1929 La bruja blanca de Rosehall, novela que retomaba los detalles de la historia y que no hizo sino amplificar la leyenda. Diana Gabaldon, autora de best sellers, situó una parte de su novela Voyager en Rose Hall. La historia de Anita motivó al cantante Johnny Cash, que tiene una propiedad cerca del lugar, a componer “La balada de Annie Palmer” canción que narra la escabrosa historia. Lo mismo hizo el grupo de rock sicodélico Coven, en su primer álbum de 1969.

Estas leyendas y canciones son variaciones múltiples de la misma historia, donde los nombres y los hechos parecen acomodarse caprichosamente o alterarse de acuerdo al narrador, pero en su conjunto constituyen también una forma de referirse a la crueldad de la esclavitud y son parte de la memoria, real o inventada, de países como Jamaica que recién forjan una identidad propia.  
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Fueron reales, pero de tanto contarlos se hicieron leyenda. O al revés: fueron leyenda y de tanto contarlos se volvieron verdad. Es lo de menos.

—Laura Restrepo

08 mayo 2016

Strawberry Hill

La relación entre la música y la imagen se hace estrecha cuando las canciones sugieren visiones. Es la misma relación que existe con la poesía: hace que el cerebro proyecte imágenes en cada persona, cada una diferente.

Digo esto pensando en una canción icónica (otra vez, la referencia a la imagen), compuesta e interpretada por los Beatles, con quienes crecí desde mi adolescencia: Strawberry fields que al igual que Lucy in the sky with diamonds sugiere en quien las escucha paisajes diferentes, mediados no solamente por la letra de las canciones, sino por todo lo que se ha ido tejiendo alrededor de ellas en el imaginario colectivo desde que fueron creadas. Las leyendas urbanas y los mitos.

Lo anterior explica mi interés por visitar en Jamaica Strawberry Hill, un lugar que ha adquirido fama por varias razones. Aunque no lo es, el nombre podría ser un guiño a los Beatles y al rock en general, pero además, todo el ambiente del hotel y restaurante en la Montaña Azul cercana a Kingston parece una referencia a la música, empezando por su propietario: Chris Blackwell.

Curiosamente, no fue Blackwell quien puso el nombre a Strawberry Hill, sino su primer dueño, el inglés Horace Walpole, mucho antes de los Beatles, del rock y de Jamaica como república independiente. En 1780 la corona británica le otorgó los derechos sobre la propiedad, a la que le puso el mismo nombre que su castillo en Londres. Después se convertiría con Chris Blackwell en un destino preferido por famosos rockeros del mundo. 

Un estrecho y tortuoso camino trepa la Montaña Azul hasta Strawberry Hill, que destaca por su blancura impecable. Es una construcción hecha enteramente de madera en un estilo georgiano adaptado al Caribe o gingerbread (propio de Haití), con amplios balcones y ventanales. Las paredes presentan frisos con encajes calados en madera, que permiten el paso de la brisa, para ventilar los espacios interiores.

La vista desde Strawberry Hill sobre Kingston es magnífica, pues a mil metros de altitud se divisa todo, incluyendo la estrecha península del aeropuerto. Los jardines cuidadosamente mantenidos, son parte del encanto. Las plantas exóticas de formas y colores llamativos atraen a fotógrafos como yo.

Quizás lo que más sorprende a los amantes de la música es el salón que se encuentra debajo del restaurante y del bar, donde Chris Blackwell ha puesto en exhibición los originales de los discos de oro y de platino que ganó como productor de Island Records. Una colección impresionante tapiza las paredes.

Blackwell a quien conocí brevemente durante mi primera visita a Strawberry Hill hace varios meses (ahora pasa más tiempo en Golden Eye), es un personaje legendario. A sus 78 años camina como hormiga afanosa de un lado a otro, cuidando hasta los mínimos detalles. Curioso, apenas nos vio llegar preguntó de dónde éramos.

Fue el creador del sello de grabación Island Records, que catapultó a la fama mundial a Bob Marley & The Wailers y puso para siempre a la música reggae en la foto de la música contemporánea. Luego de ganar cerca de 30 millones de dólares Marley se separó de Island Records en 1967 para irse a vivir a Estados Unidos.

Jamaica es de esos países-isla del Caribe incapaces de producir siquiera leche, mantequilla y queso, todo lo importa y lo paga caro. Lo que ha producido el país es Bob Marley (además de Usain Bolt y tres Miss Mundo). Por lo demás vive del turismo, entregando concesiones de sus bellas playas a empresas hoteleras multinacionales, mientras el Estado invierte en infraestructura para servirlas pero no para tapar los baches de las calles de Kingston o mejorar la calidad de vida de la población.

La música de Bob Marley fue y sigue siendo una de las fuentes de ingreso importantes de Jamaica, y obviamente de la familia de Marley que le saca todavía el jugo a los derechos de autor del cantante que falleció a una edad muy temprana, 36 años.

Chris Blackwell tuvo la visión de popularizar la música reggae y le fue muy bien con Island Records que fundó en 1959 con un capital inicial de apenas 5.300 US$. No solamente grabó a Bob Marley, sino también a Cat Stevens, Traffic, Marianne Faithfull, Steve Winwood, King Crimson y Melissa Etheridge, entre otros. Su habilidad como productor hizo que el sello discográfico se convirtiera en uno de los más importantes, de modo que recibió por él 300 millones de dólares cuando lo vendió en 1986 a PolyGram. Ya antes, en 1972, había comprado las diez hectáreas de Strawberry Hill para su residencia personal y otras propiedades en Jamaica y en Estados Unidos.

El ojo empresarial de Blackwell se ha extendido sobre otros lugares turísticos de la isla. Adquirió The Caves en Negril y en 1976 Golden Eye en Ocho Ríos, la propiedad que Ian Fleming, el creador de James Bond, compró a la madre de Chris Blackwell, Blanche Lindo (quien tuvo una relación amorosa en los últimos años de Fleming y fue la inspiración de Pussy Galore en Goldfinger). Blackwell convirtió la propiedad en un exclusivo resort al que llegan solamente los que pueden pagar 2.500 dólares por noche (en la habitación más barata).

Los huracanes del Caribe han llegado varias veces a la Montaña Azul de Jamaica, pero el que más destrozos hizo fue Gilbert, que en los primeros días de septiembre de 1988 arrasó con varias islas caribeñas y remató en las costas de México como ningún huracán lo había hecho antes. Desde 1951 Jamaica no había sido tan afectada por un huracán. Strawberry Hill estuvo entre las cien mil casas que destruyó Gilbert, y Blackwell tuvo que reconstruir todo desde cero y decidió abrir el lugar como hotel en 1994.
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Living is easy with eyes closed
Misunderstanding all you see
It's getting hard to be someone
But it all works out
It doesn't matter much to me
—John Lennon & Paul MacCartney