19 octubre 2014

Una plaza para el Flaco Gumucio

Como dijo mi hermano Pedro el viernes 17 de octubre durante la inauguración de la Plaza “Alfonso Gumucio Reyes” en la calle 22 de Achumani, a mi padre le hubiera encantado este homenaje del Gobierno Municipal de La Paz, en parte porque en sus años finales le gustaba salir a caminar y sentarse a tomar el sol en alguna plaza, encorvado y con las piernas cruzadas, con sombrero para protegerse y una vieja chompa beige que aún conservo.

Denise Ostermann, Pedro Gumucio Dagron, Alfonso Gumucio Dagron, el Alcalde a.i. Freddy Miranda y Pedro Susz 
Por lo demás, no era afecto a los homenajes. Como recordó mi hermano, dos veces rechazó la oferta que le hicieron de colgar en su pecho la máxima condecoración que otorga el Estado boliviano: el “Cóndor de los Andes”.  Una de las razones que esgrimía para rechazar ese honor tenía que ver con su natural vocación de servicio: “lo único que he hecho es trabajar por el país”. La otra razón, como me dijo alguna vez, es que el “Cóndor de los Andes” se ha devaluado bastante desde que las dictaduras lo concedían con cualquier motivo a cualquiera. Esto es fácil de comprobar si se revisa la lista de los recipientes a lo largo de las cinco o seis décadas pasadas.

Este año ha sido y es todavía el año del centenario del nacimiento de mi padre y gracias al Gobierno Municipal de La Paz, su memoria ha sido honrada. El Alcalde Luis Revilla, el Director de Gobernabilidad Pedro Susz y todo su equipo se han portado no solamente como funcionarios responsables, sino como amigos, aunque Pero Susz me ha dicho varias veces que lo que hizo la Alcaldía es lo que se debía hacer: un mínimo reconocimiento al constructor del desarrollo económico de Bolivia a principios de las décadas de 1950 y 1960.

Los homenajes han sido gratificantes para la familia y los amigos, sobre todo porque son la prueba de que unos pocos en este país tienen memoria. Lo dije con todas sus letras y sin ambages durante la inauguración de la Plaza “Alfonso Gumucio Reyes” en Achumani: no han recordado el centenario de mi padre los cruceños, por los que tanto hizo desde sus funciones de Estado, ni los cochabambinos, y lo que es peor, no lo ha recordado el gobierno nacional, tan auto-convencido de que la historia del país comenzó recién hace nueve años. Parte es ignorancia, parte es arrogancia, pero el resultado es el mismo: desmemoria malagradecida.

Tal como escribí en El ingeniero descalzo, el libro presentado en el homenaje que tuvo lugar en el salón de Honor de la Alcaldía de La Paz, el 12 de agosto de 2014, nuestro padre fue el impulsor del desarrollo económico de Santa Cruz, que hasta mediados de los años cincuenta no era sino un pueblito aislado del resto del país.

No me lo contaron, así recuerdo que era, pues en la plaza principal todavía se arrastraban sobre el fango las carretas tiradas por bueyes. Las carreteras que diseñó desde la presidencia de la Corporación Boliviana de Fomento (CBF) y más tarde como Ministro de Economía integraron el oriente de Bolivia al altiplano. Pero no fueron solamente los grandes ejes viales de integración sino las carreteras de penetración que permitieron el crecimiento de polos de desarrollo en torno al ingenio azucarero de Guabirá y de Montero (donde hay un hospital que lleva su nombre), los proyectos ganaderos en Todos Santos, y varios proyectos de agricultura tropical.

Pedro Gumucio Dagron, Katherine Grigsby y Alfonso Gumucio Dagron
Nació en Cochabamba e hizo mucho por ese departamento donde tampoco lo han recordado. Los cochabambinos viven también su momento de abulia y desmemoria. De hecho, fue contra la voluntad de muchos que se hizo la carretera 1 y 4 que ahora comunica a Cochabamba y Santa Cruz por la zona del Chapare, donde hay un puente que lleva su nombre (no porque se les ocurriera a los cochabambinos sino a don Jorge Bartos, que ni siquiera había nacido en Bolivia). Aunque el actual presidente diga en sus fogosos discursos que nadie antes se ocupó de generar energía en Bolivia, ahí está junto a la carretera que lleva al Chapare la planta hidroeléctrica de Corani y un poco más abajo la de Santa Isabel, proyecto que impulsó Gumucio Reyes.

El vivero de frutales de San Benito en el valle alto de Cochabamba cambió la estructura de producción y la economía familiar de los campesinos de la zona. No por nada la variedad más chaposa y jugosa de durazno fue nombrada “Gumucio Reyes” por el ingeniero René Saavedra, ese “loco por los duraznos” que mi padre buscaba y encontró para hacer realidad ese proyecto. La semana pasada mi amiga Ximena Jáuregui me trajo de Cochabamba unas plantas de esa variedad, que, espero, puedan echar raíces firmes en la nueva Plaza “Alfonso Gumucio Reyes”.

Rolando Costa Arduz, Pedro Gumucio y Carlos D. Mesa
La introducción del ganado cebú en Bolivia, primero en la región del Beni y luego en todo el país, fue otro de los proyectos que ideó nuestro padre para fortalecer la industria ganadera nacional.  Hoy, la joroba inconfundible del ganado Nelore (originario de la India), destaca en el horizonte de todas nuestras praderas. A esos proyectos se suman otros en varios departamentos del país, porque la visión que tuve mi padre fue de integración nacional, más allá de las artificiales fronteras departamentales.

La Alcaldía de La Paz colocó simultáneamente una placa idéntica a la de la plaza de Achumani, junto al nicho de mi padre en el Cementerio General.  En ambas el Alcalde Luis Revilla decidió recoger debajo de la declaratoria de “Hijo Predilecto de la Ciudad de La Paz” (que se otorga solamente por segunda vez en la historia de esta ciudad) una frase que incluí en el libro: “Los bolivianos honestos y dignos lo recuerdan como un visionario de la economía de Bolivia, que supo impulsar los grandes proyectos de desarrollo a través de una administración rigurosa e impecable, guiada por la ética y por la noción de servicio al país”.


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Gumucio era por encima de todo un creador que hizo posible que las ideas de transformación de la revolución fueran una realidad. Será imposible entender varios de los lineamientos y varios de los caminos que siguió el proceso de 1952 sin la mano firme, clara y la iniciativa sin desmayos, y el estar siempre dispuesto a hacer locuras de Alfonso Gumucio Reyes.
—Carlos D. Mesa


10 octubre 2014

Arte y parte

Estuve un par de días en Tarija a mediados de septiembre, en el 5º Encuentro Plurinacional de Teatro Universitario y Escuelas Superiores de Formación de Maestros. Colegas del Ministerio de Educación me invitaron para hablar de “la función de las artes en la educación a través de la literatura”, y lo hicieron sin duda porque mi faceta de escritor es más conocida para muchos que la de cineasta. Sin embargo al comenzar mi charla anuncié a los asistentes que iba a contarles un secreto: mi relación episódica con el teatro, y mi deseo de hablar de teatro en esa oportunidad, una de las pocas que tenía para hacerlo.

Mi relación con el teatro empezó en la escuela primaria, como les sucede a muchos, con una obra graciosa que representamos en el Teatro Municipal de La Paz en ocasión del Día de la Madre. Se trataba del ejercicio cómico Los sordos de Germán Berdiales (esto lo averigüé hace poco), donde el humor se basaba en los malentendidos entre cuatro personajes que confundían las palabras: leones con melones, legua con yegua, etc. La obrita no daba para más. Los niños actores tampoco.

Años más tarde, en secundaria, ensayé el personaje de Martín en La dama del alba de Alejandro Casona, pero ni siquiera recuerdo si llegamos a representarla alguna vez. Solo recuerdo los ensayos porque una de las actrices me gustaba. Ya fuera del ámbito del colegio, a fines de los años 1960, me sumé a un grupo de teatro formado por amigos escritores, bajo la dirección de Carlos Coello. Nos enfrascamos durante algún tiempo en los ensayos de una obra de Peter Handke, cuyo título no he retenido, una obra oscura, según recuerdo. O sería oscuro el lugar donde ensayábamos.

En mi trabajo en comunicación para el desarrollo el teatro ha estado también presente. A principios de la década de 1990, mientras trabajaba en Unicef en Nigeria, alenté un programa de capacitación de grupos de teatro comunitario para representar obras sobre temas de prevención de salud. Fue una experiencia tan estimulante que en un par de meses escribí un libro titulado Popular theatre (1995). Una versión más corta de ese manual se publicó cuando el año 2001 trabajé con la cooperación australiana en Papua Nueva Guinea, al otro lado del planeta. En ambos países, y también durante mi estadía en Haití, el teatro comunitario probó su eficacia en lugares donde ni siquiera había radio o televisión.

Más allá de esa episódica experiencia personal, el teatro se convirtió en algo muy especial para mi a través de mi querido amigo Liber Forti, al que tanto debemos en nuestro aprendizaje de la vida. Además de ser el creador de Nuevos Horizontes en Tupiza dedicó parte de su vida a promover el teatro en las minas o en las ciudades. Algo hicimos juntos en los años 1970, más bien relacionado con la fotografía y el cine, cuando él estaba de asesor cultural de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y de la Central Obrera Boliviana (COB), hermosas épocas.

Alfredo Rivera demuestra su técnica
Aunque generalmente se afirma que la expresión primigenia del arte fue la pintura rupestre en cuevas donde los cazadores plasmaban sus escenas de cacería,  el drama fue anterior. Todos nacemos con una predisposición para el drama y aprendemos a actuar antes de aprender a caminar. Antes de hablar, conocemos el valor de la gestualidad y del lenguaje corporal. Más tarde se suma la voz para expresar los estados de ánimo y las demandas que queremos que otros perciban. Nuestras expresiones faciales son aprendidas, aunque el hecho de actuar sea espontáneo.

Desde que las primeras comunidades humanas desarrollaron formas de organización social, inventaron rituales en los que la dramatización es fundamental. Las religiones surgieron en buena medida como formas de representación dramática que hoy se mantienen en el histrionismo de los predicadores evangélicos, maestros de la actuación. Algo parecido sucede en los torneos de lucha libre donde todos sabemos que se finge pero nos prestamos como cómplices voluntarios de esa parodia de violencia.

Con Elías Serrano
¿Por qué es tan importante la relación entre los procesos de comunicación y los procesos de producción artística? Porque en ambos procesos se aprende continuamente  y no solo a través de los resultados finales. Quienes se dedican a la escritura, a las artes plásticas o al teatro saben que en el proceso de creación de una obra es donde más se genera conocimiento, sobre todo cuando se trata de creaciones colectivas. La obra final es solamente uno de los resultados de ese proceso, pero hay otro resultado más importante: el aprendizaje , ese camino que se hace al andar.

Las fronteras entre el teatro y la literatura son tenues porque el teatro es también texto. Hay obras de teatro que están escritas para leer antes que para ser representadas. En el teatro, el actor presta su cuerpo y su voz al texto, y los espectadores prestan su imaginación a las palabras. La razón por la que una obra de teatro puede ser representada de tantas formas distintas es porque las palabras se abren a la imaginación de cada persona que las lee.

El binomio arte-educación que intenta promover el Ministro de Educación con estas actividades es fundamental, pero lo importante es no confundir la enseñanza de las artes con la enseñanza a través de las artes. Son dos procesos distintos.

Cacho Mendieta
Infortunadamente la enseñanza de las artes se reduce por lo general en los colegios al aprendizaje de las corrientes estéticas, a la memorización de algunos poemas y nombres de autores y a entonar himnos patrios. En el mejor de los casos la enseñanza de las artes es algo más interactiva: niños y jóvenes aprenden a tocar un instrumento, a pintar una acuarela o a escribir un poema. Sin embargo, esa visión no deja de ser instrumental, y no contribuye a desarrollar la creatividad.

En cambio, si concebimos las artes como puertas que se abren para dar paso a la creación de conocimiento, estamos hablando de algo distinto donde las artes en el contexto de la enseñanza se convierten en un medio y no en un fin.  ¿Cómo se aprende mejor, memorizando datos o haciéndose preguntas?

Para distinguir entre la acostumbrada clase de música o de artes plásticas, y una clase de educación a través de las artes imaginemos un colegio donde el maestro y los estudiantes trabajan conjuntamente para crear conocimiento a través de la práctica artística colectiva. A un grupo de estudiantes el maestro le pide que elabore una pintura mural sobre la contaminación del medio ambiente. Para realizar ese trabajo práctico los estudiantes tienen que investigar: buscar información, seleccionarla, interpretarla críticamente, compartirla con los compañeros, discutir los detalles del mural y ponerse de acuerdo antes de la primera pincelada.

Ponerse de acuerdo no es poca cosa. Significa estar dispuestos a crear colectivamente, a actuar en comunidad.  El proceso de comunicación es el proceso de generación colectiva de conocimiento. Y es en ese proceso donde se aprende más, y se aprende al mismo tiempo los temas de enseñanza y la práctica de las artes. El resultado, el mural, es una ganancia adicional porque permite compartir el aprendizaje con otros, aunque no el proceso enriquecedor que llevó a ese aprendizaje.

Lo mismo sucedería si esos estudiantes tuvieran la tarea de producir una obra de teatro sobre cualquier otro tema de estudio, por ejemplo un episodio de la historia contemporánea de Bolivia.  En el proceso de preparar la obra, tendrán que usar su creatividad, su imaginación, su experiencia personal y su conocimiento puesto en común para el beneficio de todo el grupo. El resultado será infinitamente más rico no solamente como producto de aprendizaje, sino como proceso colectivo.

Podríamos dar ejemplos de otras artes: la literatura, la música o el cine. En cada caso los estudiantes aprenderán mejor a través de ejercicios prácticos creativos, donde la experiencia lúdica se entreteje con la generación de conocimiento. Para una tarea de ciencias naturales los estudiantes podrían realizar con sus teléfonos celulares o pequeñas cámaras fotográficas, breves documentales en video, de tres o cuatro minutos, sobre temas de botánica o zoología.

En los procesos educativos la responsabilidad de los artistas es enorme, a condición de no verse como meros instructores de disciplinas, sino como promotores de pensamiento y de creación colectiva de conocimiento a través de las artes. 

Así, en Tarija me lancé en esa breve aventura de recordar mi casi inexistente relación con el teatro delante de amigos como Alfredo Rivera, Cacho Mendieta o Elías Serrano, que sí conocen el tema en profundidad, porque son actores y directores de larga trayectoria.
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El arte es uno de los medios de comunicación entre los hombres.

—Leon Tolstoi  

05 octubre 2014

Jacobo

Hablé con Jacobo Libermann el domingo pasado, para felicitarlo por su cumpleaños. Lo sentí animado como siempre, con esa voz que vibraba de juventud. Y como siempre que hablábamos, rayaba rápidamente la cancha de la conversación recordándome cuán amigo había sido de mi padre y la satisfacción que sentía de que yo hubiese heredado la amistad y el cariño que se profesaban.

Jacobo Libermann, Victor Paz Estenssoro, y Alfonso Gumucio Reyes en Tipuani
Esta vez volvió a evocar una anécdota que en conversaciones anteriores simbolizaba esa amistad especial que tuvo con mi padre, más allá de la militancia política en el MNR, más allá del poder y el exilio, más allá de los ajos y carajos con que Jacobo se expresaba siempre sobre política, pícaro en la lengua y en la mirada.

Recordó la finca San Antonio, en Rosario del Tala, en Entre Ríos, que Jacobo administró cuando estuvo exiliado en Argentina a mediados de la década de 1960, hasta la muerte de Barrientos. Mi padre se recuperaba apenas en Buenos Aires de una operación de la que, en realidad, nunca se repuso totalmente, y Jacobo lo visitó varias veces primero en el hospital y luego en la pensión de Marilú Valdivia de Escobari, donde estaba alojado. En esas visitas solía encontrarlo deprimido, hasta que lo invitó a Rosario del Tala y lo acompañó en el viaje en tren hasta Zárate Brazo Largo y de ahí en ferry hasta Ibicuy sobre el Rio Paraná.

Bertha, esposa de Jacobo, y los cuatro hijos (Máximo, Kitula, Juan y Gilka) los recibieron en el aljibe de la casa con una bandera boliviana atada a una caña larga. Era como estar un poquito en Bolivia, donde por las sinrazones de la dictadura militar no podían estar. “Le dimos una inyección de nueva fuerza a la vida, porque estaba delicado. Ahí estaba él en ese crepúsculo, y la bandera y las vacas mugiendo… y nosotros cantando el himno nacional”.  Esa anécdota y otras las repetía Jacobo con fruición.  

En Rosario del Tala, en Buenos Aires o en el dormitorio de la casa de Obrajes en La Paz, las conversaciones entre Jacobo y mi padre duraban cinco o seis horas, nunca les faltó materia para dialogar y discutir a veces acaloradamente. La política era, por supuesto, uno de los temas que regresaba en las conversaciones. A veces se puteaban, con inmenso cariño.

Con Jacobo, en su casa (2004)
Jacobo era un gran conversador, se expresaba con una energía que podía a veces intimidar a sus interlocutores, porque su manera de afirmar era siempre contundente. Además, se expresaba en un castellano perfecto, con una dicción envidiable, regodeándose en particular con los adjetivos cortantes (las “malas palabras”, que no son necesariamente malas). Los once años de diferencia entre Jacobo y mi padre se borraban a medida que ambos envejecían, sólo que Jacobo tuvo más tiempo para envejecer, tener nietos y bisnietos, y ver cómo el país se convertía en otro país, mientras que mi padre murió a los 67 años, con Jacobo a su lado, pendiente de su último suspiro.

De las veces que visité a Jacobo para conversar, en por lo menos dos ocasiones lo entrevisté largamente, la última de ellas en video, en abril de 2001. La anterior, solo con sonido, fue el 22 de octubre de 1999. En su estudio, rodeado de libros, apoyaba cada uno de sus recuerdos y argumentos exhibiendo algún documento, artículo o fotografía. No había límite de tiempo en esas conversaciones en las que, faltaba más, quien monopolizaba la palabra era él.

Jacobo y mi padre en el puente de Lipari recién construido (1975)
Habría mucho que escribir sobre la personalidad y la obra de Jacobo Libermann. Espero que los especialistas en historia, arqueología, antropología y literatura le dediquen algo de su tiempo a rescatar su obra dispersa y devolverle algo de lo mucho que dio a Bolivia. 

Si tan solo nos pusiéramos a revisar los números de la Revista de Arte y Letras Khana que él fundó cuando era Oficial Mayor de Cultura de la Alcaldía de La Paz, tendríamos una medida de su enorme aporte a la cultura y a la identidad nacional. Sin sesgo político y sin favorecer capillas ni feudos culturales, cada tres meses Khana abrió sus puertas a los investigadores más serios de este país, y allí se publicaron textos de Teresa Gisbert, de José de Mesa, de Carlos Ponce Sanginés, de Julia Elena Fortún, entre otros. No está por demás añadir que la calidad de la revista decayó rápidamente cuando Libermann dejó la dirección.

Desde la Alcaldía de La Paz impulsó a mediados de los años 1950 el primer Festival Anual de Música y Danzas Nativas, creó la biblioteca paceña y también el Salón Anual Pedro Domingo Murillo, un espacio privilegiado para los artistas plásticos. Y mientras tanto escribía poesía, poco conocida todavía.

Hombre cercano a Paz Estenssoro, no tuvo tan buena “química” con Siles Zuazo quien al llegar a la presidencia en 1956 lo cesó sin mayor trámite, nombrando en su lugar en el cargo de Director Nacional de Informaciones, a José Fellman Velarde. Sin ingresos para mantener a la familia, abrió una pequeña librería en la Imprenta Artística, en la calle Ayacucho que pertenecía a Jaime Otero Calderón, amigo y partidario político. La pequeña librería se llamaba Humaniora, como se leía en un gran letrero decorado por Luis Luksic. No les fue bien: “Fue un maldito negocio, más nos robaban los libros que lo que vendíamos”, recordaba Jacobo.

Luego de exilios y peregrinajes durante el régimen de Barrientos, regresó a Bolivia y fue director del vespertino Última Hora y también columnista de varios diarios en los que colaboró hasta años recientes.  Sin embargo la memoria de ese océano virtual que es internet es tramposa, porque depende mucho de cómo se etiqueta la información. Por ello no es fácil encontrar el rastro de los varios centenares de artículos que publicó Jacobo. Yo conservo algunos que me interesaron especialmente, como aquel que escribió a fines de 2013 sobre los chipayas que migran a Chile en busca de mejores oportunidades.

El primer párrafo da una idea del vigor de su lenguaje de cronista: “A nadie le importa si están aquí, allí, en cualquier lugar o desaparecen. Los miran sin ver y son transparentes como el vidrio. Parecen estar y no están. Su tiempo pertenece a un ayer sin fecha. En la estructura social, desde las oscuras edades del pasado, existe una escala de servidumbres de los indios chipayas que fueron subalternos de los aymaras y éstos, a su vez bajo el dominio de los incas, hasta llegar al sistema colonial hispanoamericano y sus jilakatas mestizos provistos de chicote. Habría que estudiar el papel de los cholos en el mundo de la explotación india. ¡Ahora lucen sombreros negros de ala ancha!”.

Su interés por la figura fundacional de Bolívar lo llevó a dedicar varios años de investigación entre los documentos y cartas del Libertador y a convertirse en uno de los mayores especialistas de América Latina. Su obra Tiempo de Bolívar: 1783-1830, publicada en 1989 en dos tomos, tiene más de mil páginas que son la mejor prueba de esa dedicación. Paradójicamente, esa obra magnífica no se publicó en Bolivia.  La primera edición se hizo en Colombia y la segunda, dos años más tarde, en Venezuela, auspiciada por la presidencia de la república. Su incorporación a la Academia Boliviana de la Historia el 17 de febrero de 1993, no fue sino un reconocimiento de su enorme capacidad y erudición. Ocupó desde entonces la silla “Z” con la que empieza su segundo apellido, Zelonka. Como resultado subsecuente de esa misma investigación publicó, también en Caracas, Sucre, desde el ápice a la adversidad (1995).

En la última conversación que sostuvimos por teléfono el día de su cumpleaños, el domingo 28 de septiembre, me dijo que ya no quedaba nadie de su generación para charlar, y que veía cercana la posibilidad de seguir conversando con mi padre más allá de la vida. Quizás por eso cuando el corazón volvió a traicionarlo hace unos días y los médicos recomendaron que fuera internado en una clínica, él, con la plena lucidez que lo acompañó hasta el último minuto, dijo que prefería quedarse en la casa. Y el viernes al mediodía, casi entre sueños, decidió que ya era tiempo de irse.
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Es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado.
—Voltaire


30 septiembre 2014

Oro para el Moro

Francisco Sierra, de Ciespal, y Luis Ramiro Beltrán
A Doña Betshabé Salmón de Beltrán su esposo la llamaba cariñosamente “Morita”, de ahí que a su hijo, Luis Ramiro Beltrán, algunos amigos lo conocemos como Moro. Yo le digo respetuosamente Moro mayor, porque compartimos el apodo. En Bolivia, hasta prueba de lo contrario, somos los únicos moros, además de algunos caballos árabes.

Luis Ramiro tuvo el humor de recordar nuestro común parentesco morisco en sus palabras de agradecimiento al finalizar el homenaje que se le hizo en La Paz. Ambos nos hemos ocupado del campo de la comunicación más desde las políticas y estrategias, y desde el desarrollo y el cambio social, que desde los medios de información o desde la academia. De todo lo que tenemos en común hay algo que nos diferencia y es la enorme deuda que tengo con él.

La del martes 23 de septiembre fue una celebración múltiple dedicada a este hombre que tanto nos ha dado con su pensamiento, su obra crítica y creativa y su manera de ser generosa y sencilla. La iniciativa surgió de Francisco Sierra Caballero, el nuevo Director General del Centro Internacional de Estudios Superiores en Comunicación para América Latina (CIESPAL) que tuvo la feliz idea de otorgar a uno de los grandes comunicólogos de América Latina la Medalla de Oro como reconocimiento a sus aportes durante más de seis décadas. A ello se añadieron como cascada otros homenajes y distinciones.

Como Luis Ramiro no estaba en condiciones físicas de viajar a Quito para recibir los honores, la delegación de CIESPAL vino a La Paz, donde el Servicio de Radio y Televisión para el Desarrollo (SECRAD) de la Universidad Católica Boliviana y el Instituto de Investigación, Posgrado e Interacción Social en Comunicación (IPICOM) de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), se unieron para preparar el homenaje. José Luis Aguirre por el SECRAD y el equipo de investigación del IPICOM, hicieron lo necesario para que en el acto central que tuvo lugar en la Universidad Católica Boliviana san Pablo estuvieran lado a lado, entre Luis Ramiro y Francisco Sierra, los rectores de las dos universidades. Waldo Albarracín, el rector de la UMSA, recordó que conoció a Luis Ramiro a través de Ana María Campero, cuando ella cumplía las funciones de Defensora del Pueblo, cargo que Albarracín ocupó después. 

Esa, la parte oficial del acto. Pero aún mejor: la sala estaba llena de amigos de Luis Ramiro, los muy antiguos, entre los que me incluyo, y los de las nuevas generaciones., También los que lo quieren por su obra y por su dimensión de investigador y los que querían ver de cerca a esta icónica figura latinoamericana. Para celebrarlo llegaron especialmente delegaciones del interior de Bolivia y también de Perú. 

En el acto de homenaje no podían faltar las alusiones y elogios sinceros a Nohora Olaya de Beltrán, compañera de vida indispensable de Luis Ramiro, cuyo trabajo de recuperación y clasificación de la obra del Moro mayor ha sido fundamental. Cualquiera que conozca de cerca a ambos sabe lo que Nohorita significa para Luis Ramiro.

Además de la Medalla de Oro la comitiva de Ciespal se trajo bajo el brazo ejemplares de un nuevo libro con textos publicados en la revista Chasqui: Luis Ramiro Beltrán. Comunicación, política y desarrollo, que reúne tres artículos de Luis Ramiro, tres entrevistas realizadas por Patricia Anzola, Juan Braun y Jucara Brittes, y dos semblanzas, la de Erick Torrico y la que escribí para el número especial de Chasqui que se publicó en 2009. Ciespal anunció la creación de una cátedra itinerante sobre "comunicación y buen vivir" que llevará el nombre de Luis Ramiro Beltrán.

Por su lado la Universidad Católica aprovechó la oportunidad para otorgarle la Medalla San Pablo y la Asociación de Periodistas de La Paz decidió llamar a su auditorio con el nombre de Luis Ramiro Beltrán. Lo propio hizo la Carrera de Comunicación de la Universidad Técnica de Oruro (UTO) con su edificio de cinco pisos que está en proceso de construcción. Llovieron los mensajes en texto y en video enviados por comunicólogos de América Latina. Estos se sumaron a los videos, que no fueron mostrados en esta ocasión, realizados recientemente por otras instituciones como Uniminuto (Colombia). Desde Ecuador su amigo Pepe Luque, el dibujante boliviano radicado en Guayaquil, le hizo llegar un retrato. En suma, el homenaje fue una fiesta. Una fiesta un poco larga, pero así son las buenas fiestas. 

Luis Ramiro según Pepe Luque
Los aportes de Luis Ramiro a la comunicación tienen un carácter pionero. Fue uno de los actores principales en el proceso que condujo al Informe MacBride de la UNESCO y al Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación (NOMIC) una propuesta que irritó a Estados Unidos por el control que ejercía sobre los flujos de información en el mundo. Recordemos que la ira de Estados Unidos llegó al extremo de abandonar la Unesco, arrastrando en su salida a Inglaterra y dejando a la organización con un magro presupuesto, a pesar de lo cual y contra los pronósticos de la potencia del norte, sobrevivió. 

Beltrán fue uno de los primeros que planteó la necesidad de que los países cuenten con políticas de comunicación acordes a sus necesidades de desarrollo. Esto lo hizo a mediados de la década de 1970 y sin embargo sigue siendo parte de la agenda pendiente en muchas regiones sometidas por la comunicación globalizada. Todavía nuestros países no entienden lo que es una política de comunicación que garantice su independencia, aunque en Bolivia, por ejemplo, somos expertos en comunicación política, que no es lo mismo.

Otra faceta fundamental de su trabajo está referida a la comunicación para el desarrollo, concepto que impulsó no solamente con su reflexión sino a través del apoyo concreto a programas y proyectos que buscan transformaciones sociales y una mayor participación de las comunidades en las decisiones que afectan sus vidas. Junto a otros especialistas en comunicación de esos años, apoyó el planteamiento de una comunicación horizontal, basada en los principios que Paulo Freire elaboró para la educación. Son muchos sus textos recogidos en libros y revistas especializadas, donde propone una visión crítica e innovadora de la comunicación, apartada del mero ejercicio instrumental del periodismo y de los medios. Aunque ejerció el periodismo desde muy joven, casi niño, su comprensión de la comunicación como proceso de interacción y de participación constituye el eje fundamental de su pensamiento. Por ello, reducir a Beltrán a un rol de "periodista" es un enorme error de percepción y de conocimiento. 

Gracias al apoyo que nos dio desde su puesto de Consejero Regional de Comunicación de la UNESCO, con sede en Quito, pudimos organizar en noviembre de 1988 el primer evento internacional sobre la experiencia más emblemática de comunicación participativa que hemos tenido en Bolivia. Convocamos a especialistas y trabajadores de las radios mineras al “Simposio realidad y futuro de las radioemisoras mineras de Bolivia”. Luis Ramiro ofreció un aporte que, aunque relativamente modesto en términos de dinero, nos permitió organizar el evento en Potosí y además publicar con Lupe Cajías el libro Las radios mineras de Bolivia (1989) el primero sobre el tema.

A lo largo de su trayectoria profesional en organizaciones internacionales Luis Ramiro no ha cesado de aportar con su pensamiento al campo de las ciencias de la comunicación. Incluso después de su carrera institucional ha seguido produciendo pensamiento. Su contribución más reciente es el libro La comunicación antes de Colón, resultado de una investigación que realizó junto a los bolivianos Karina Herrera-Miller, Erick Torrico y Esperanza Pinto.

En este libro, como en ningún otro anterior, Beltrán se introduce en la cultura visual para revelar los códigos de comunicación usados por culturas precolombinas. En la literatura sobre historia de la comunicación, esta es también una obra pionera y de referencia.

Hoy podemos decir que Luis Ramiro es finalmente profeta en su tierra (aunque en este caso lo sea porque no pudo desplazarse a Ecuador). En años recientes se han multiplicado los homenajes, se han publicado diversas ediciones de su obra o sobre su persona. No es para menos, tratándose de alguien que trasciende las fronteras de nuestro país con sus ideas pero también con su generosidad y ejemplo personal.  

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Para mí ser joven es por definición ser capaz de rebeldía, 
adicto al cambio, amante de la quimera, defensor de la justicia y retador de lo imposible…

—Luis Ramiro Beltrán