19 septiembre 2019

El perfeccionismo de Cuéllar

Fernando "Coco" Cuéllar (foto: Alfonso Gumucio)
 Era un fotógrafo exquisito que transparentaba en sus imágenes la delicadeza de las formas y la intensidad de los colores. No disparaba el obturador de la cámara impunemente, buscaba la armonía de la composición y representaba el volumen de los cuerpos con el cuidado de un escultor.  Fernando Cuéllar, “Coco” para los amigos, hizo miles de fotografías en México, en Bolivia y otros países, sin prodigarse en exposiciones ni buscar la figuración.  

Su actividad como profesor en la Universidad Católica San Pablo ofreció la oportunidad a varias generaciones de estudiantes de descubrir la fotografía como un arte exigente, que trascendía la facilidad tramposa de la instantánea. Fernando era un perfeccionista que enseñaba a manejar la imagen con responsabilidad y respeto. Más allá de las oportunidades que brinda la tecnología digital, tenía como referente su experiencia con fotografía analógica, aquella que permite el trabajo artesanal y exige un doble esfuerzo creativo.  


Saxo
Lo acompañé en dos ocasiones importantes para su carrera de fotógrafo, dos momentos de reconocimiento a su obra: la muestra retrospectiva “30 años de Fernando Cuellar”, que se presentó en julio de 2016 en la Casa de la Cultura de La Paz con motivo de sus tres décadas como fotógrafo, y la exposición “Revive el papel, revive la fotografía”, que presentó junto a Marión Macedo en el Espacio Patiño en abril y mayo de 2015.  

En ambas pasiones estuve a solas con él, porque no fui el día de la inauguración sino después. Conversamos sobre fotografía y me sorprendió su humildad: no hacía alarde de su obra, más bien se refería a ella con cierta timidez, un poco incómodo cuando le hacía alguna pregunta. Y me impresionó su disciplina de estar todas las tardes acompañando sus muestras, de corbata y muy elegante, aunque hubiera pocos visitantes. 

La retrospectiva que se organizó con el auspicio de la Secretaría de Cultura del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz, hacía justicia a la diversidad de su obra porque las 52 fotos expuestas incluían por una parte sus proyectos personales y por otra los trabajos de encargo que había realizado en Bolivia, en México, en Haití, en Francia y otros países donde residió durante algún tiempo. 


Marion Macedo
En la exposición conjunta del Espacio Patiño, Fernando mostró su complicidad y compatibilidad con la delicada obra de Marión Macedo, realizada con pliegos de papel: figuras humanas, libros resignificados, collages, lámparas, etc. La fotografía de Fernando acompañaba esas obras uniéndose a ellas en un mismo esfuerzo de expresión y representación.  La muestra era el resultado de años de colaboración e intimidad entre ambos artistas, puesto que Coco Cuéllar había fotografiado varias ediciones de “La moda de papel”, vestidos creados por Marión Macedo utilizando como único material el papel. Mi hija menor participó en un par de esos desfiles de moda caracterizados por la creatividad de lo efímero. 

Fernando Cuéllar, como muchos de nosotros, tenía una faceta trashumante. Durante sus estudios en Ciudad de México y luego en París hizo énfasis en los aspectos técnicos, lo que luego le serviría para desarrollar proyectos de encargo con el mayor profesionalismo. Recuerdo que alguna vez me contó de su trabajo en Cancún, México, donde permaneció algún tiempo. 

Armando Urioste lo recuerda: “Coco fue un creador comprometido y singular. Nos trajo una estética que no conocíamos, la de la fotografía como puesta en escena, entonces elegía un espacio o un lugar iconográfico y lo poblaba de personajes surreales, ya sea de teatro con Mondacca Teatro o el Festijazz. No le interesaba documentar sino sugerir un mundo que tan solo lo fotográfico podría construir y ese mundo era de una pureza singular”. 


Danza
Otro amigo fotógrafo, Tony Suárez, recuerda que Coco Cuéllar le abrió las puertas en Bolivia a su regreso definitivo de Nueva York: “Hicimos una hermandad muy fuerte”. La memoria de Tony se remonta a un Carnaval de Oruro donde Coco Cuellar, embriagado por la belleza de la festividad, gritaba “Soy feliz, soy feliz” abrazando un poste. “El Cumpa”, escribió Suárez tiempo atrás, “es un hombre de pasiones que no tiene miedo de expresarse”. La pasión por la fotografía unió a ambos amigos durante más de 20 años: “Lo que más me gusta del Cumpa es su fotografía artística, porque siempre está sorprendiendo con su imaginación, su libertad y uno siente que se divierte al hacerlo con toda pulcritud y técnica”. 


Valparaíso
Otro homenaje a la obra de Fernando Cuéllar tuvo lugar cuando la Alcaldía de La Paz lo invitó, de diciembre de 2006 a junio de 2007, a exponer 24 fotografías gigantescas en la Galería al Aire Libre en el barrio de Següencoma. Seleccionó imágenes de la entrada folclórica del Gran Poder, y el día de la inauguración contó con la presencia de varios conjuntos de morenada (Illimani, Unión Comercial y Rosas de Viacha) que animaron con coreografía y música en vivo, las imágenes plasmadas en los paneles metálicos de 7 x 4 metros.  

Lamentablemente esa galería adosada a uno de los muros de contención de la Avenida Costanera, es uno de los peores lugares para exponer, pues no hay manera de que puedan apreciarse las fotos al pasar en un vehículo. 

Muchos años atrás, cuando fui presidente del Círculo de Fotógrafos Profesionales, escribí para el sitio Bolivia Web una semblanza de Fernando, tratando de resumir su extensa carrera profesional en pocas palabras: 


Con Coco Cuéllar, en abril 2005 
“Ha destacado tanto en la fotografía publicitaria, de la que vive, como en la artística, con una fuerte inclinación hacia las representaciones simbólicas. Su trabajo lo ha llevado a México, donde en 1985 se incorporó como fotógrafo oficial del Archivo Histórico de la Ciudad de México. Entre 1986 y 1988 colaboró con revistas de turismo como Cancún Tips y Cancún Destination. De regreso al país fue coordinador de la revista Foto Bolivia. 

“Ha sido Secretario General del Círculo de Fotógrafos Profesionales de Bolivia (CFPB) de 1995 a 1997. Sus trabajos de encargo lo han vinculado a instituciones como CORDEPAZ, USAID, JICA, FADES y Naciones Unidas. Ha participado en numerosos concursos de fotografía y obtenido menciones en algunos de ellos: el XVLI Concurso Fotográfico KIMSA – Kodak (México 1984); el Primer, Segundo y Cuarto Salón Municipal de Fotografía (La Paz, 1991, 1992 y 1994); el Concurso Internacional ASOFOTO (Colombia, 1994); el Concurso Reisfchneider/FUJI (La Paz, 1994) y el II Salón Municipal de Fotografía (Cochabamba, 1995). Ha exhibido en numerosas muestras colectivas en Bolivia y en México”. 

Fernando Xavier Cuéllar Otero nació el 10 de agosto de 1956 y falleció el jueves 15 de agosto de 2019 en La Paz. 

(Publicado en Página Siete el domingo 1 de septiembre 2019)  
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En la fotografía hay una realidad tan sutil
que llega a ser más real que la realidad.
——Alfred Stieglitz

12 septiembre 2019

El impostor

  Melgarejo, a pesar de su autoritarismo y de su megalomanía, era genuino. Exactamente cien años más tarde, Barrientos era auténtico con su populismo y las masacres de mineros y guerrilleros. Banzer era un dictador sobrio a quien no le temblaba la mano para ordenar masacres de campesinos o asesinatos selectivos de opositores. Era como era, al igual que García Meza, que tampoco escondía sus propósitos dictatoriales. 

Melgarejo, Barrientos, Banzer, García Meza y Evo Morales
Evo Morales ha perdurado en el poder más tiempo que los mencionados dictadores militares. Es también populista, autoritario, soberbio y megalómano, pero a diferencia de los anteriores, es además un impostor y mentiroso patológico, porque maneja un discurso supuestamente progresista o “de izquierda”, que en cada uno de sus actos de gobierno queda desmentido. 


En semanas recientes ha quedado desenmascarado su discurso de la “madre tierra”. Los incendios provocados en la Chiquitania por su política (leyes, decretos) de deforestación en favor de ganaderos, soyeros y cocaleros, ha derretido la máscara de cera con que suele cubrirse. No había sido el defensor de la Pachamama que dice ser, sino todo lo contrario: el gobernante más depredador de la naturaleza de toda la historia de Bolivia. 

Vinculado a lo anterior, su discurso de “defensa de los recursos naturales”, la nacionalización del gas y otras mentiras, no tiene asidero real porque su política extractivista (gas, petróleo, oro, litio, etc.), es la más voraz que hayamos conocido desde los barones del estaño. O aún peor, puesto que ha avasallado incluso reservas naturales protegidas, entregadas a empresas transnacionales. 


El discurso de defensa de los derechos humanos ha quedado también al desnudo: su régimen autoritario suma más muertos por violencia política que Sánchez de Lozada o García Meza, la represión de indígenas del Tipnis, de discapacitados y la censura de periodistas y medios, revelan su autoritarismo y desapego de las leyes (incluso las suyas). No ha desclasificado los archivos de las dictaduras militares y su enfrentamiento con las organizaciones legítimas de Derechos Humanos desnuda la máscara de quien hace pocos años tuvo la osadía de promoverse como candidato al Premio Nobel de la Paz. 

Otros discursos, repetidos hasta a saciedad a toda hora por el poderoso Ministerio de Propaganda que sostiene y controla a los medios de información mediante millonaria publicidad, son igualmente una impostura. La educación, la salud o las redes viales son temas centrales del discurso de una revolución inexistente, pero en la realidad lo que ha habido es gasto en infraestructura, pero no en calidad. El presidente desembolsa a discreción y sin licitación 600 millones de dólares anuales en carreteras que pocos meses después hay que reparar porque fueron construidas sin supervisión de las normas de calidad, teleféricos costosos y económicamente insostenibles, aeropuertos subutilizados, viviendas abandonadas, escuelas y hospitales que son edificios vacíos por falta de planificación y estudios de factibilidad. Los recursos para mejorar la calidad de la salud o de la educación se desperdician en aviones, helicópteros, o palacios y museos a su propia gloria. 


El discurso de la soberanía política se desploma porque se ha entregado sin disimulo el Estado a la intervención de China, un capitalismo más salvaje que el de Estados Unidos. La deuda contratada con China (cerca de 7 mil millones de dólares) supera con creces la contraída por gobiernos anteriores con la comunidad internacional. Y sin embargo la coyuntura externa le había permitido al régimen de Morales acumular 15 mil millones de US$ en reservas internacionales (de las que ahora gasta mil por año). El espejismo de bonanza no es más que una hipoteca que pagarán los bolivianos durante muchos años. 

El discurso de la soberanía alimentaria se cae con un sencillo análisis de las importaciones de alimentos. Nuestra balanza de pagos es deficitaria, importamos más de lo que exportamos. El país no es siquiera capaz de producir papa, la importamos de Perú, como importamos frutas de Chile. La industria nacional se desmorona frente al contrabando alentado por la “estabilidad” artificial del dólar. Muestra de ello son las empresas estatales en quiebra (aunque subvencionadas), que sería largo enumerar aquí. 


El discurso de la impostura ha sido cuidadosamente construido a través del culto a la personalidad como no se ha visto en ningún otro país (quizás Corea del Norte). El sello con la cara de Morales aparece en todas las obras del Estado, como si todo se hiciera con dinero de su bolsillo, cuando en realidad sucede lo contrario: mete las manos en las arcas del Estado como si fueran propias. 

Es innegable la astucia con que Morales maneja el arte de la impostura. 


(Publicado en Página Siete el sábado 7 de septiembre 2019)
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Malditos aquellos que con sus palabras defienden al pueblo
y con sus hechos los traicionan.
——Benito Juárez

06 septiembre 2019

Le gai savoir

Fue en 1938, en “Bringing up baby” de Howard Hawks (con Katharine Hepburn y Cary Grant (él mismo homosexual), que se utilizó por primera vez en el cine la palabra “gay”. Pero pasaron décadas antes de que la sociedad reconociera que la homosexualidad no era una enfermedad o una perversión. 

Desde que se abrieron los closets a fines del siglo pasado, nos olvidamos que la palabra “gay” en inglés (gai en francés, gayo en castellano) tiene como sinónimos: alegre, vistoso, jovial, feliz, animado, exuberante, boyante, vivaz… y otros similares. “Tu me manques” (2019), el más reciente largometraje de Rodrigo Bellott, viene a recordarnos esos significados porque muestra el amor homosexual con una normalidad que las sociedades más retrógradas han querido escamotearle hasta ahora.

Sin embargo, no todo es alegría y pasión amorosa en el largometraje, puesto que narra un drama que nace de la propia experiencia del director y probablemente de muchos que han pasado por episodios similares: Jorge (el actor argentino Oscar Martínez) descubre luego del suicidio de su hijo, que Gabriel era gay y que mantenía en Nueva York una relación amorosa con Sebastián (un excelente Fernando Barbosa), otro inmigrante boliviano. Nacido en una familia muy conservadora de Santa Cruz, Gabriel es prácticamente empujado al suicidio en Miami, cuando la familia le exige regresar a Bolivia. 

El padre, que no conocía bien a su hijo, viaja a Nueva York para encontrar explicaciones en Sebastián y en los amigos de la comunidad gay (hay una hermosa secuencia de testimonios de jóvenes gay), y ese viaje significa para él un aprendizaje, un proceso de conocimiento y toma de conciencia que constituye el alegato central de “Tu me manques”. A lo largo del film se contrastan valores morales y generacionales, a través de un guion muy elaborado y muy bien llevado a la pantalla (a partir de la obra de teatro de Bellott). 


Ese es, en síntesis, el argumento. Pero ya sabemos que buenos argumentos no hacen necesariamente buenas películas. Si bien el tema es de gran importancia actual (sobre todo en un país conservador como Bolivia), la película de Bellott ofrece mucho más. 

“Tu me manques” teje una trama compleja en la que se mezclan tiempos y espacios y a veces se superponen dentro de una misma secuencia con mucha versatilidad. Gabriel, ya muerto desde que comienza el film, revive en la memoria de Sebastián, de Jorge y de los amigos gay a través de una dramaturgia bien pensada, que involucra muchos personajes e incluso tres actores que interpretan a Gabriel (algo que no deja de ser caprichoso, puesto que en el film no se llega a entender en qué se diferencian). 


La ficción cinematográfica se entreteje con la obra de teatro que prepara Sebastián en memoria de Gabriel, que en la realidad “hors champ” fue creada por Rodrigo Bellott. La obra teatral aporta a la obra cinematográfica hasta cierto punto, sobre todo en las secuencias en las que se subraya la emotividad de los actores, todos masculinos. Sin embargo, conspira contra ella en los minutos finales del film porque introduce una especie de noticia periodística que nos dice que la obra se presentó con éxito en Santa Cruz, que la gente aplaudió, bla bla. La obra de teatro (o más bien la coda sobre ella) se “come” el desenlace del filme y es ajena a la obra cinematográfica, pues la prolonga vanamente, en lugar de concluir con el retorno del padre a Bolivia. 

Los actores-personajes de la comunidad gay de Nueva York son entrañables en su manera de relacionarse con humor y picardía, algo que a Jorge (el padre) le permite levantar la venda de los ojos y el estigma católico sobre la homosexualidad (la escena sobre la biblia es excelente, por el cuestionamiento crítico de las cartas de San Pablo). A ratos los personajes resbalan en el estereotipo (me comentó un amigo gay que vio el filme), y no aparecen personajes homosexuales femeninos, pero ello no le resta a la representación una gran naturalidad y complicidad. Es una obra madura para la que ya no caben las disculpas propias del cine boliviano que se esconde detrás de la pobreza del quehacer cinematográfico en nuestro medio. 


Toda obra de arte está hecha de préstamos y de homenajes. “Tu me manques” me hizo recordar “Le gai savoir”, tanto la obra original de Nietzsche como la película de Godard. En ambas abundan las frases sobre la humanidad, sobre el conocimiento, sobre las crisis, sobre la importancia de aprender con alegría. 

En sus apuntes y aforismos sobre la vida Nietzsche escribió: “¿Qué significa la vida? Vivir quiere decir arrojar constantemente lejos de uno aquello que tiende a morir; vivir quiere decir ser cruel e inmisericordioso con todo lo que hay de débil y de reprimido en nosotros, y no sólo en nosotros”. 

En el largometraje de Godard la teatralidad de las escenas y de los personajes permite concentrarse en un discurso que tiene frase que bien podrían repetirse en el film de Bellott. En un escenario vacío que reproduce el eco de las voces teatrales, dice Jean-Pierre Léaud: “Y naturalmente, como siempre, estamos solos”, y a esa frase sigue la réplica de Juliet Berto: “Evidentemente, estamos todavía en la Edad Media”. Aunque ambos se refieren al desierto de la política francesa inmediatamente después del fracaso de Mayo de 1968, el texto nos remite a la “alegría del conocimiento”, el “saber más” para acercarse a las soluciones de los problemas. 
Fernando Barbosa y Oscar Martínez

Pero al igual que las películas de esa época realizadas por Godard, la voluntad didáctica corre el riesgo de anular los planteamientos estéticos y dramáticos. En “Tu me manques” los últimos 15 minutos deshacen un camino que se había planteado en el inicio del filme. 


Desde el momento en el que actor-padre comienza (en la escena de la obra de teatro en la que súbitamente aparece incorporado) un monólogo de cómo se le abrieron los ojos sobre la realidad de su hijo homosexual, se pierde el encanto. Ese discurso sobra, porque las palabras no pueden reemplazar el proceso que ha vivido el personaje en Nueva York en la comunidad gay, y que lo ayuda a entender sus prejuicios y limitaciones. 

Basta la formidable actuación de Oscar Martínez a lo largo del film para que el espectador entienda esa transformación a través del conocimiento y la experiencia, y no sea necesario un discurso didáctico. Menos aún, enterarse de manera extemporánea (a través de una entrevista que sirve para tapar agujeros) que en realidad Sebastián nunca conoció al padre, que el padre es un actor más, etc. cuando el espectador ya se había enamorado de ese personaje que va en busca de la verdad sobre su hijo. 


Rodrigo Bellot
Con sus virtudes y sus limitaciones, como cualquier obra de arte, la película de Bellott tiene todos los elementos para lograr una carrera internacional importante, ya que cuenta con dos actores de mucha trayectoria como Rossy de Palma (favorita de Almodóvar) y Oscar Martínez, y toca un tema que no puede ser de mayor actualidad en sociedades que reconocen los derechos de las comunidades LGTBI, y practican ahora una discriminación positiva para contrarrestar la injusta marginación en la que vivieron (y siguen viviendo en algunos países).

Por muchas de las razones expuestas y por el interés que puede despertar en Estados Unidos, la obra de Bellot fue seleccionada por unanimidad por un jurado de nueve especialistas de cine, para representar a Bolivia en la categoría de "Mejor Película Internacional" en los Oscar. 


(Publicado en Página Siete el domingo 18 de agosto 2019)


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En sí, la homosexualidad está tan limitada como la heterosexualidad: lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer o a un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación.
——Simone de Beauvoir

25 agosto 2019

Nerón de Orinoca

 Hay fuegos de vida y fuegos de muerte. Fuegos como el de Prometeo, que se sacrificó para que el conocimiento permitiera la evolución de la civilización, y fuegos de la estupidez humana, que son los que destruyen el planeta. 

El fuego de la inteligencia permite crecer y anima la espiritualidad creativa, y el fuego del amor enriquece las relaciones entre los seres humanos y hace de la sexualidad un ámbito hermoso, como lo describe con tanta lucidez Octavio Paz en “La llama doble”. 

También hay fuego en el infierno de los cristianos, que sirve para aterrar a los ingenuos y castigarlos en vida. Y hay fuego en la tierra, que destruye lo que tomó muchos siglos construir. 

En estos días hemos tenido en Bolivia un ejemplo doloroso del fuego destructivo causado por la indolencia de un gobierno incapaz. No es un fuego casual el que arrasó la Chiquitanía, no es “mala suerte” ni castigo de algún dios: es producto de la insensatez, de la estupidez humana y del oportunismo de corto plazo. 

En julio tuve oportunidad de recorrer con mi hija mayor, mi yerno y dos de mis nietas la zona de la Chiquitanía que ahora ha sido envuelta por las llamas. Estuvimos en San José de Chiquitos, luego en Chochis, la misión Mariana, Roboré y Santiago de Chiquitos. 

Gracias a los consejos de Carlos Hugo Molina del CEPAD, disfrutamos cada minuto ese itinerario que ofrece la historia y arquitectura de las misiones y las pinturas rupestres de El Manantial, pero también el ecosistema que se brinda como un regalo inmerecido porque no es obra del hombre, ni de dioses, sino de la propia naturaleza. Bosques acogedores, aguas termales, alturas vertiginosas con vistas extraordinarias sobre la serranía. Aguardar el amanecer en el mirador de Santiago de Chiquitos fue una experiencia inolvidable. 

Todo ello ha sido devorado por las llamas, por el fuego destructor de una política irracional enemiga de la madre tierra, enemiga de la naturaleza. 

Los culpables están bien identificados. El principal se llama Evo Morales, que funge como presidente de Bolivia, aunque no le corresponde, porque viola la Constitución Política del Estado que él mismo impuso en 2009 entre gallos y media noche. Morales debe ser juzgado por autorizar (Ley 741, PDM-20, DS 3973, RA-ABT 217/2019) la deforestación y la ampliación de la frontera agrícola, además de los cultivos transgénicos y de agrotóxicos. Debe ser juzgado por decir que los “chaqueos” son necesarios. Para el autócrata soberbio, medio millón de hectáreas calcinadas no es nada. El Nerón de Orinoca solo se preocupa por eternizarse en el poder: en dos semanas ha sido incapaz de pedir ayuda internacional que podía haber llegado en 24 horas. 

La ignorancia del personaje es bien conocida y muy aprovechada por otros culpables. Por una parte, los empresarios soyeros y ganaderos: angurrientos, solo les interesa su propio enriquecimiento. Avaros e indolentes, no les preocupa que los bosques de Bolivia queden destruidos mientras en sus cortas vidas disfruten sus ganancias. Y si fracasan aquí, tienen la posibilidad de abandonar Bolivia para gozar su fortuna en Europa o en Estados Unidos. Son aves de rapiña que despojan al país de su riqueza. 

Luego están los llamados “interculturales”, una categoría inventada por el gobierno del MAS, que incluye a masas de avasalladores que arrasan con motosierras y topadoras destruyendo lo que la naturaleza tardó siglos en establecer. Estos interculturales son los obreros de la expansión de la frontera agrícola. Aliados a los empresarios, carecen de un horizonte de largo plazo, solo pretenden el usufructo inmediato: deforestan para negociar la madera, luego hacen chaqueos que no pueden controlar, para exterminar lo que queda de vegetación y de especies animales desorientadas por falta de bosques. 

Todo lo anterior es el resultado de la ignorancia de quienes nos gobiernan, incapaces de entender el equilibrio de la naturaleza. No entienden que la ausencia de nieve en las montañas y de humedad en la serranía es el resultado de la deforestación. Bolivia carga la vergüenza de ser el país en el mundo que más deforesta cada año (por habitante). 

La nieve retrocede en los picos de Los Andes porque no recibe suficiente humedad desde la cuenca amazónica. Por ello llueve menos y los ríos tienen menos agua. La tierra se seca, hay lugares áridos en el altiplano donde antes se podía plantar quinua y ahora las dunas de arena llegan hasta la puerta de las casas. Hay dunas de arena también en Santa Cruz, por la sobreexplotación de la tierra. La falta de conciencia es el peor de los males. 

La gente inconsciente no entiende que la naturaleza es una trama compleja de relaciones, y que la deforestación tiene un efecto dominó que acabará por derrumbar todas las fichas, hasta llegar muy pronto, a un punto sin retorno. 

(Publicado en Página Siete el sábado 24 de agosto 2019)
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Hereje no es el que arde en la hoguera,
hereje es el que la enciende.
—William Shakespeare

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19 agosto 2019

Amado Liber

 Nadie que haya tenido el privilegio de ser amigo de Liber Forti ha seguido viviendo igual que antes de conocerlo. Liber tenía la capacidad de transformar a las personas con su palabra y con su mirada. Era un hombre excepcional en todo sentido. Todos nos enamoramos de él, hombres y mujeres, porque era fascinante y encantador. 


Visitar a Liber en Cochabamba, en París, en Lima o donde estuviera exiliado (porque fuera de Tupiza, siempre fue un exiliado con ganas de volver) era cada vez una experiencia inolvidable. Uno se enfrentaba a un hombre que era un molino de palabras, recuerdos e ideas que salían de su boca como de una ametralladora, apresuradas porque tenía tanto que decir que las palabras se atropellaban al salir. 

Y en una conversación que podía durar fácilmente cuatro, cinco o seis horas Liber iba construyendo un tramado aparentemente desordenado, pero que luego se convertía en un árbol frondoso. Sí, se iba por las ramas, porque su pensamiento complejo encontraba cabos sueltos por todas partes. Como Tarzán sus frases saltaban colgadas en una liana de una rama a otra, y volvían, y se enterraban en la raíz de ese árbol imaginario o brillaban en la copa. 

Era una experiencia maravillosa escucharlo, pero uno tenía que estar preparado para recibir una avalancha imposible de digerir en el momento. Sus palabras seguían emergiendo del subconsciente horas, días y semanas después de haber estado con él alrededor de una taza de té con marraqueta, de una baguette con queso y vino tinto (en París), o de chambergos y sopaipillas llegadas de Potosí (en Cochabamba). 


En esas conversaciones, a veces a solas y muchas veces con otros compañeros y compañeras que lo visitaban, lo que había en su mirada era ternura. Los ojos le brillaban de amistad y solidaridad, quizás porque sentía que alrededor suyo se aglutinaban amigos que compartían con él sus ideales libertarios, y que venían a verlo y a escucharlo para cargar sus corazones y seguir luchando en la vida cotidiana. 

Liber sabía reconocer la calidad humana de las personas inmediatamente, tenía un olfato muy desarrollado para ello. Cierta vez me dijo que no creía que la gente se dividía entre personas de derecha o de izquierda, sino entre buenas y malas personas. Por eso tenía amigos de ideologías diferentes, aunque quizás en todos ellos anidaba en el fondo del pecho un soplo libertario que anhelaba salir. 


En Cochabamba, con Marina y Jorge Ruiz 
Su red de amigos se extendía por muchos países. El mundo era su casa sin fronteras ni aduanas. En cualquier país de América Latina pero también en Francia, en España y otros, era recibido por hermanos anarquistas. Hermanos de verdad, no “hermanos” en el sentido devaluado demagógicamente durante el prebendal “proceso de cambio”. Los anarcos de Barcelona, de París o de Buenos Aires lo recibían con la misma ternura y solidaridad que él tantas veces había dispensado. 

Tan hermosas como sus conversaciones en estilo metralla eran sus cartas, escritas en papel copia tan delgado que se veía a través. En esos tiempos sin internet las cartas tenían que ser livianas para que costara menos su envío, y sobre todo las cartas de Liber que no eran de una sola página sino de 5 o 6, escritas a máquina a renglón seguido aprovechando los márgenes hasta el extremo. Son cartas que hablan, porque en el ritmo de las frases y en la puntuación está su voz atropellada, su manera de saltar de una idea a otra porque es importante hacerlo en ese momento para no olvidar algo que recordó o que quiere apuntar. Y casi siempre terminan con un rápido y cariñoso adiós, a veces a mano, porque se acabó la hoja. 

Cada vez que yo recibía una de esas cartas abría el sobre con muchísimo cariño porque sabía que contenía la voz de Liber, que siempre empezaba con las preguntas generosas, interesándose por los míos, recordando algo que le había contado en alguna carta anterior. Y luego de preguntar, venían sus comentarios, la continuación de una conversación nunca interrumpida pero a plazos, sus temas preferidos: el teatro, la educación por el arte, sus lecturas preferidas (por supuesto Barret), pero tanto más, el debate con todo, con todos y consigo mismo, sus dudas y sus certezas. 


Liber, Elizabeth Burgos, Tony Suarez, Luis Mizon,
Carol Prunhuber, Ana Santiago y Monette en París
No quiero citar frases de sus cartas porque me faltaría espacio. Algún día las publicaré y comentaré in extenso, como era intenso el diálogo que teníamos por correspondencia, del cual una parte (la suya) ahora me pertenece y otra parte (la mía) quizás se haya perdido en la hojarasca después de su muerte. 

Cuando leía sus cartas lo imaginaba inclinado sobre su máquina de escribir, tecleando con la rapidez y con la habilidad con que tecleaba en el linotipo cuando era trabajador gráfico. No salía vapor de plomo de la máquina de escribir, pero el entusiasmo y la pasión por comunicar era la misma. ¿Por qué los primeros sindicatos anarquistas de Argentina los formaron los trabajadores gráficos? Porque los linotipistas leen mucho, leen de todo y todo el tiempo, tienen una cultura amplia… me decía. 

Luego tuvimos computadora y ya no era lo mismo el correo electrónico. Ya no había magia, por mucha magia que los jóvenes crean que hay en la tecnología. 
Simón Reyes, Liber Forti y Juan Lechín 

La política boliviana lo hacía renegar pero estaba metido de corazón en ella y sobre todo en el trabajo sindical. “Cada boliviano es un partido político –decía y añadía inmediatamente- con grave crisis interna”.  Toda su vida la dedicó a la cultura y al arte, primero como radialista y teatrero (Nuevos Horizontes, Tupiza), luego apoyando a los mineros como difusor de a pie o como Asesor Cultural de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y de la Central Obrera Boliviana (COB). 

En la COB empezamos a construir nuestra amistad, y Juan Lechín tuvo mucho que ver en esa intermediación. Liber, a quién nunca le faltaba iniciativa, me pidió que diseñara unos talleres de cine y fotografía, cosa que hice con entusiasmo porque mis visitas a las radios mineras me habían mostrado un camino hermoso para las actividades culturales. Lamentablemente nuestro programa de talleres para mineros y obreros no se concretó por razones de golpe mayor y exilio. Dos exilios, el de Bánzer (que nos permitió volver a encontrarnos en París) y el de García Meza. 

Sus años finales no fueron fáciles. El rebrote del cáncer en el cuello le había quitado la palabra definitivamente. Así fuimos a Cochabamba a celebrarle el último cumpleaños en 2014. Hablaba solamente con los ojos, pero escuchaba y entendía todo. 

Lo que antecede es tan solo un vistazo. Siempre hubo mucho que escribir sobre Liber, pero él no se dejaba grabar o fotografiar. Había que tenderle trampas, porque era radicalmente reacio a las entrevistas. Solo Gisela, con amor, logró torcerle el brazo muy al final de su vida para hacer ese libro donde Liber es quien habla de sí mismo. Gisela Derpic, Lupe Cajías, Erick Butrón y otros compañeros han contribuido a mantenerlo vivo, tal como era en sus mejores momentos. 

Todo lo anterior para celebrar este 19 de agosto de 2019 los cien años del nacimiento de Liber Forti, a quien amamos profundamente. 

(Publicado en la revista Jiwaki en julio 2019)
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Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo
porque no es lo que importa llegar solo ni pronto,
sino llegar con todos y a tiempo.
—León Felipe