18 octubre 2018

Muralla y escombros

 Las murallas tienen pasajes secretos como la Muralla China. No son inexpugnables, como muestra la historia de Troya. Murallas que dividían el mundo acaban derrumbándose, como la de Berlín. Las murallas son en apariencia sólidas y permanentes, pero siempre tienen un flanco débil, permeable. 

Me parece muy acertado el nombre del personaje que es también el título del primer largometraje dirigido por Gory Patiño: Muralla.  Una sola palabra, muchos significados. La palabra tiene una sonoridad contundente y a la vez misterio. 

Como toda obra bien lograda, Muralla tiene varios niveles de lectura. Yo quiero referirme a dos: la narrativa que genera el personaje interpretado por Fernando Arze con mucha maestría, y el tema desgarrador del tráfico y trata de personas. 

Veinte años atrás Jorge “Muralla” Rivera era un tremendo arquero en el equipo de fútbol San José, en la ciudad de Oruro. Hasta que no. Hasta que la muralla que su cuerpo construía en el arco fue perforada. Es un sino de quienes llegan muy alto: la caída suele ser estrepitosa.  En la cultura occidental tenemos un rasgo malvado: esperamos que caigan ruidosamente los que más arriba llegaron. 

Muros y murallas 
Muralla cae dos veces, no una. En la primera se convierte en un marginal alcohólico. Los días de gloria se convierten en días de sobrevivencia como conductor de un minibús con amistades de dudosa calaña. Si pensó que había tocado fondo en esta perra vida, estaba equivocado: la segunda caída es más dura. El hijo de 10 años de Coco Rivera, lo más preciado que tiene en la vida, necesita con urgencia un trasplante de riñón y él está dispuesto a rebajarse a los infiernos para conseguirlo. 

Esta es una historia de doble redención. Muralla quisiera redimirse salvando a su hijo (que vive en un hogar decente con la madre), y sin embargo esas alas de redención no puede obtenerlas sin hacer un pacto con lo más odioso y bajo de la degradación, lo que supone que aún si salva a su hijo, tendrá que redimirse nuevamente de un crimen mucho mayor que el de haber caído en el alcoholismo y la irresponsabilidad como padre. 

Fernando Arze, "Muralla"
Ese dilema moral atormenta al personaje que con tanta autenticidad interpreta Fernando Arze, y es sin duda lo más valioso de la narrativa del film de Gory Patiño: construir un personaje de carne y hueso, que es malo y bueno al mismo tiempo, que tiene virtudes que ha relegado en favor de actos crueles que comete sin pensarlo dos veces. Esta vez, pasa los límites de lo que la memoria de aquel que alguna vez fue, puede soportar. 

A simple vista su vida no vale nada, pero si puede hacer una buena acción que lo redima, su vida recobra valor ante los ojos de su hijo y de las almas que se cruzan con él cargando pesados fardos de culpa. 

Uno agradece que esta no sea una película de Hollywood con un final feliz. Por el contrario, es una tragedia griega donde todo lo que podía salir mal, sale mal: el hijo muere, él se convierte en traficante de personas, asesino (aunque haga justicia por su propia mano), y víctima del linchamiento propiciado por su propio gremio de minibuseros, convertidos también en fieras asesinas. En el nivel simbólico no puede irle peor:  termina colgado en un arco de fútbol, como probablemente quedó metafóricamente colgado dos décadas antes. 

Este es un film oscuro, porque saca a relucir esa sombra negra que Muralla trae aprisionada en el pecho. Si bien todas las interpretaciones de los otros actores son normalmente buenas, la del personaje central tiene la capacidad de desnudar el conflicto sin paliativos, con sincera crudeza. 

Un final de tragedia: todos los hombres son lobos  
Uno agradece también que no haga concesiones folclóricas como tantos films bolivianos que con o sin disimulo nos muestran los paisajes turísticos de los que estamos saturados. La película de Patiño nos muestra la ciudad sucia, corrupta y marginal que no tiene ninguna magia ni encanto. Un mundo sórdido que nos rodea en las laderas sin que queramos verlo, porque siempre preferimos la vista del Illimani, lejano y límpido, para olvidar que nuestros pies están en el barro y en la basura. 

Y eso lleva a la lectura del tema: la trata y tráfico de personas. Para quienes piensen que esta es una película muy “dura”, muy “cruel”, muy “explícita”, muy “difícil de ver”… quizás no bastará el dato de que en América del Sur, Bolivia y Venezuela son los dos países con mayores índices de tráfico de personas, ya sea para prostitución o para arrancar órganos vitales que luego son vendidos por sumas astronómicas en redes internacionales. 

Pablo Echarri y Fernando Arze
La única concesión que hace el director, es que coloca como el más “malo” del casting a un cirujano argentino que con el mayor disfrute y frescura extirpa los riñones de sus víctimas, y no a un médico boliviano, que es lo que probablemente sucede en la realidad. Las estadísticas nos dejan siempre indiferentes hasta que un numerito nos toca en la lotería.  Por ello, deberíamos ser más conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor: no es casual que cada semana veamos pegados en los postes de la ciudad avisos con las fotos de jóvenes desaparecidos, que padres desesperados colocan con la esperanza de que se hayan fugado de casa, solamente, pero que no hayan caído en manos de estas redes de traficantes. 

Es una realidad que muerde el alma, no es solamente el argumento de un film de suspenso. A diferencia de otras películas recientes que apenas soban por encima temas como el machismo, la violencia de género, etc., esta entra hasta el fondo de un problema sobre el que las autoridades no actúan con decisión, en parte porque el negocio es también compartido por quienes deberían hacerlo desaparecer.  Exactamente igual sucede con el contrabando o el narcotráfico. 

Rodrigo "Gory" Patiño, director
Muralla tiene un tema importante y está muy bien hecha en casi todos los aspectos técnicos (menos, a veces, el doblaje de los diálogos), pero en un escenario mundial no podría competir con producciones similares de Estados Unidos o de Europa.  No creo que sea su objetivo y no importa, porque es una película honesta, hecha para un público exigente de Bolivia o América Latina.  No propone una experiencia cinematográfica nueva, no es una película para cineasta y cinéfilos, sino para un público amplio que necesita ver algo que lo haga pensar y no evadirse de los problemas. 

La apuesta en publicidad ha sido enorme, si comparamos con otras películas bolivianas. Los anuncios espectaculares en las calles no pasan desapercibidos. Esperemos entonces que el público reconozca el valor de este film y permita recuperar la inversión. 

(Publicado en Página Siete el domingo 14 de octubre 2018)
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Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie.
—Concepción Arenal


04 octubre 2018

El cacique no tiene quien le escriba

Evo Morales (foto @Platon)
  Está solo. No tiene amigos. No puede decir lo que siente. No confía en nadie porque sabe que solo está rodeado de servidores obsecuentes y oportunistas, tirasacos y chupamedias. 

Los que eran sus amigos se aprovecharon de él, lo hicieron quedar mal. Robaron descaradamente en su nombre. Hermanos de “cama y rancho” como Santos Ramírez acabaron en la cárcel, también narcotraficantes como el clan Terán tan cercano a él en el Chapare, su amante pálida y teñida que lo exprimió con un falso hijo que él mismo reconoció estampando su firma en el certificado de nacimiento, y dirigentes de “movimientos sociales” fácilmente corrompidos en el Fondo Indígena. Todos lo usan y él los deja hacer porque está enamorado del poder, un poder asentado en la corrupción.


No se da cuenta todavía, pero está acorralado.  Nadie le sopla las malas noticias. Quienes lo rodean lo endiosan públicamente aunque entre bambalinas hablen mal de él. Está acorralado en una espiral que solamente puede llevarlo al fondo del sumidero. No importa cuantos acólitos le amarren los zapatos y le dejen meter goles en los partidos. Está acorralado, pero no lo sabe todavía.



El clan Terán, cercano a Morales
Su corral es la historia. Todavía cree que puede saltar todas las trancas y controlar el país con propaganda masiva y muy costosa para el erario, discursos de plaza y gestos autoritarios. Descubrió maravillado que con un chasquido de dedos podía decidir la compra de un satélite millonario, construir un museo a su propia gloria o un lujoso palacio estilo neofascista del tamaño de su ego y de su resentimiento social, cada vez más alejado de la tierra firme que de niño pisó con abarcas. Para él el poder es una escalera que sube sin fin. 


Nuevo Palacio de Evo Morales
Está ahora encerrado y solitario en el piso 28 de su palacio, rodeado de lujos que son como espejos de su degradación personal. Un piso más arriba, el helipuerto. Listo para escapar todos los días a cualquier rincón del país o fuera del país, a un costo altísimo para los bolivianos. De allí saldrá algún día su último vuelo, cuando huya.

Repitió los gestos de los señores feudales, reprodujo la misma actitud arrogante de los militares cuando ocupaban el poder por la fuerza de las armas. No midió los alcances de sus exabruptos porque el círculo de obsecuentes celebra todo lo que dice y hace.



Bolivia ya le dijo NO
La historia le pasará la factura. Quizás no inmediatamente, sino en los tiempos en los que la historia camina y se escribe. Si quería dejar su nombre en letras doradas en algún libro, no sucederá. Toda la propaganda de ahora se la llevará el viento. Si pretendía estar por encima de los numerosos escándalos de corrupción y tráfico de influencias, de las repetidas represiones de comunidades indígenas, de la insolvencia en materia de derechos humanos y de la falta de respeto por la madre tierra (la manoseada "pachamama"), no lo ha logrado. Su discurso está vacío, no se verifica en la realidad de todos los días. La espiral de la historia lo atrapará.

Quizás esta sentencia parezca prematura, pero todavía hay que confiar en la memoria de aquellos que lucharon contra las dictaduras, aquellos que le tendieron la cama presidencial para que la ocupara con esa actitud arrogante y absolutista que es una mezcla de “todo me lo merezco” y “no me importa lo que piensen o digan”, y que ahora se dan cuenta del grave error.  



Sello personal en las obras del Estado
“Métanle nomás” dijo y dice todavía con prepotencia, llevándose por delante la Constitución y cualquier regla de juego existente, porque para él no existen reglas, solamente existe su propia voluntad autoritaria y los rodillazos con que se abre camino cada día que juega fútbol o que juega a la política politiquera. En ambos terrenos juega sucio.  

Ha convertido Bolivia en su feudo. A todo le pone el sello de su rostro, como una marca de propiedad. El mal manejo de las entidades públicas y la corrupción prevalente en las empresas vinculadas al Estado se han convertido en la “marca país” de Bolivia durante dos sexenios de desgobierno. Ese logo es ahora marca de oprobio, símbolo del abuso del poder, del uso indiscriminado de los bienes del Estado, de arrogancia personal e insolvencia moral. 



Doble blindaje: ¿a quién teme?
A la desconfianza que siente por quienes lo rodean se añade el miedo. Ningún mandatario del pasado –ni siquiera los dictadores militares, ha vivido rodeado de tanta seguridad, autos con blindaje doble, caravanas de vagonetas con luces de navidad y agentes con lentes oscuros y audífonos armados hasta los dientes, policías equipados como “robocops” rodeando una plaza Murillo cerrada como nunca antes por miedo a la gente, al pueblo en cuyo nombre habla siempre.   

En sus apariciones públicas apuesta a lo seguro, ya no se arriesga a un baño de masas, apenas de masistas. Solo entran en el perímetro de sus actuaciones públicas (donde discursea todos los días lo mismo), los de su partido político o funcionarios públicos con pases, obligados a aplaudirlo y a corearlo a riesgo de perder sus puestos. Los utiliza incluso incluso como delatores de quienes se filtran para gritarle en la cara #BoliviaDijoNo.    


Este hombre vive una gran soledad y tiene miedo. El cacique no tiene quien le escriba.    


(Artículo publicado en Página Siete el sábado 8 de septiembre 2018)

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Los caciques son parásitos de un sistema
de pura apariencia democrática.
—–Castelao
      

30 septiembre 2018

Arde la memoria

 La memoria es un laberinto lleno de incógnitas. Nadie recuerda todo lo que ha vivido. Algunos recuerdan episodios que no han vivido.  Abundan los estudios sobre memorias inventadas y memorias reales. La única memoria relativamente fiel es la que está registrada al instante, en el momento en que los hechos ocurren, pero aún ahí hay un sesgo, una forma de narrar, una elección de los límites del campo. 

No importa que la memoria sufra el desgaste del tiempo o su caprichoso enriquecimiento con los años. Así es: un producto de manipulaciones involuntarias, de recuerdos confusos, una nebulosa de estrellas que a veces brillan y tan pronto se extinguen. La memoria será siempre una versión personal: lo que queda cuando hemos recorrido el laberinto en el que estamos atrapados. 

Todos tenemos memorias no resueltas y laberintos sin salida aparente. Tenemos deudas pendientes con el pasado que no llegamos a resolver a lo largo de nuestras vidas, o que resolvemos parcialmente a través de ejercicios de catarsis y ceremonias de exorcismo. 

Eso sucede en “Algo quema” (2018) el documental de Mauricio Ovando que no entenderíamos si no situáramos al director en su contexto familiar: nieto del ex presidente y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Bolivia, General Alfredo Ovando Candia, e hijo del cineasta y activista social Alfredo “Bis” Ovando. El General Ovando fue presidente tres veces mediante golpes militares y una copresidencia con René Barrientos. Lo curioso es que Ovando fue partícipe de un golpe de derecha con Barrientos, pero “su” golpe cívico-militar en 1969 fue de izquierda. 

Barrientos y Ovando 
Por su temperamento taciturno y su reticencia a defenderse públicamente, se le atribuyeron a lo largo de su estadía en el poder, responsabilidades en episodios históricos de gran magnitud: la muerte de René Barrientos y asesinatos que se produjeron a fines de la década de 1969, la ejecución del Ché Guevara, los fusilamientos de jóvenes guerrilleros en Teoponte y la masacre de San Juan en las minas. 

Menos se recuerdan sus logros, como la creación de la fundición de estaño de Vinto y posteriormente, en 1969, la nacionalización de la Gulf y la conformación de un gobierno de izquierda con jóvenes intelectuales probos y brillantes como Marcelo Quiroga Santa Cruz, José Ortiz Mercado, Alberto Bailey Gutiérrez, Mariano Baptista Gumucio, Edgar Camacho Omiste, Oscar Bonifaz y José Luis Roca, entre otros. 

Entierro de Ovando
Describo lo anterior en detalle porque tengo la certeza de que muchos jóvenes de ahora, atacados por una amnesia colectiva escalofriante y sumergidos en la pantalla de sus prótesis electrónicas, no tienen idea de quién fue Ovando o Torres o Paz Estenssoro… No es cuento: me ha tocado dar conferencias a estudiantes universitarios (repito “universitarios”), que no tenían la más remota idea de quién fue Marcelo Quiroga Santa Cruz o Luis Espinal.  Por ello, contarles quién era Ovando no está de más (aunque tampoco leen diarios, o sea que no leerán esta nota). 

Mauricio Ovando no es de esos jóvenes porque la historia lo rodeaba desde que nació. Desde la edad más tierna estuvo empapado de símbolos relacionados con el poder, como en las filmaciones familiares de la primera parte de “Algo quema”, donde se lo ve con la gorra militar o el sable del abuelo, o armado de una pequeña escopeta que dispara corchos. La referencia militar y la vida política fue parte de su vida y la de sus padres, Bis y Liliana. 

Mauricio Alfredo Ovando, director
Quizás este film debió realizarlo antes Bis, su padre cineasta, pero ha sido el nieto el que ha decidido saldar cuentas con la memoria familiar y hacerlo de manera que funcione como un exorcismo para todos: su padres y sus hermanos. Eso requiere una gran dosis de valentía, una decisión desgarradora de enfrentar con sentido autocrítico lo más duro que puede vivir una familia: la noción de que el abuelo que en casa era tierno y cariñoso, en su función pública era implacable y tomaba decisiones que se traducían en muertes violentas. 

No es fácil saldar esas cuentas porque se corre un doble riesgo: defender al abuelo y a la familia a toda costa adoptando una posición de negación, o por el contrario asumir las culpas como si fueran propias, y sufrirlas toda la vida. 

De manera inteligente y sentida, Mauricio Ovando logra un equilibrio a costa de mucho dolor y lágrimas. Lo hace de manera descarnada, creando a lo largo del documental un ritmo que va en crescendo alimentando la reflexión del espectador al mismo tiempo que indaga “la verdad”, una verdad que solamente podremos conocer parcialmente, pero de manera suficiente como para dejar la impresión de que el personaje retratado tenía luces y sombras. A cada quien de evaluar cuales pesaron más en la historia. 

Mauricio Ovando, niño 
La pesquisa de Mauricio Ovando, desencadenada a partir de la muerte de su tío Marcelo en un accidente de aviación, comienza en una primera secuencia anterior a los títulos del film, donde se establece quién era el general Ovando con imágenes documentales de su entierro en 1982. La primera parte del film incluye filmaciones artesanales en Súper 8mm que muestran la convivencia familiar y alguna en 16mm que nos remite a la vida pública del personaje. Para el espectador es quizás un poco larga esta parte, aunque para la familia pueda estar llena de significados. 

Las voces de la familia construyen el relato mientras observan esas imágenes y analizan la vida del personaje con una enorme apertura, para expresar sentimientos y tomar posiciones a medida que avanza la narración, excepto doña Elsa, afectada por la edad y principios de demencia senil, pero también por un bloqueo defensivo que le impide indagar dentro de sí misma. 

Lo interesante es que el documental se narra a sí mismo: el realizador incluye en campo del film la revisión que hace de esas imágenes y más de una vez introduce en la edición el momento en que el film se quema en la ventana del proyector, algo que solía suceder y que los jóvenes de hoy no entenderían. Esos fotogramas que arden por el calor de la lámpara nos introducen en el tema de “Algo quema”: el fuego de la memoria, un leit motiv a lo largo del documental. 

Si los espectadores estaban distraídos, un giro en el relato los sacará de su adormecimiento. Apoyado por una banda sonora muy bien trabajada, el realizador corta abruptamente el relato familiar idílico para enfrentarse cara a cara con una realidad exterior que es adversa: todo lo que se dice del abuelo puede resumirse en una palabra: asesino. 

Frente a ello la indagación familiar es descarnada y sirve de catarsis. Son extraordinariamente emotivos los testimonios de Techy (la tía de Mauricio), de Bis (su padre) y de Carolina (su prima). La capacidad de ellos de analizar críticamente los hechos, aunque quemen en el pecho, hace del documental una obra magnífica de relato introspectivo y de honestidad intelectual. 

En esa línea, la toma final de un cerillo encendido en la oscuridad mientras la voz de Mauricio trata de entender hasta dónde llegó su pesquisa, no solamente es conmovedora sino magistral como expresión cinematográfica. 

Además “Algo quema” es una demostración de que se puede hacer buen cine en Bolivia con presupuestos modestos (en este caso, 12 mil dólares).
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No importa lo mucho que has sufrido,
a veces no quieres dejar marchar ciertos recuerdos.
—Haruki Murakami

25 septiembre 2018

Trampas y oportunidades

 Advertencia: al igual que las vacunas contra la A1H1, esta columna tiene validez de cuatro horas, nada más. 


La dinámica política vivida durante la tercera semana de septiembre se ha acelerado de tal manera, que cuando esta columna se imprima, ya veremos un nuevo escenario. Estamos inmersos en una feria de juegos sucios, donde han trucado los dados y tienen cartas en la manga para torcer el destino normal de los procesos. 

El partido de gobierno, luego de copar el sistema de justicia más corrupto (desde el ministro Quiborax para abajo: magistrados, jueces, fiscales, etc), nos ha mostrado que también tiene bajo control el Tribunal Supremo Electoral (TSE) que parecía ser la única esperanza de un poder autónomo. 


La última jugada sucia del MAS es la negativa del TSE a reconocer la personería jurídica de Sol.Bo, una de las cuatro agrupaciones políticas más importantes de Bolivia, con el objetivo de impedir su participación en las elecciones generales de 2019 y de bloquear posibles alianzas con otros candidatos de oposición. 

Pero las trampas del MAS son también oportunidades para la oposición. 

Se sabe ahora que las jugadas del TSE ya estaban pactadas con el gobierno. Quienes le dimos el beneficio de la duda a los vocales del órgano electoral nos sentimos traicionados, porque no han tenido el valor de cumplir con su obligación de pronunciarse sobre algo que no necesita discusión: Evo Morales y Álvaro García Linera no pueden ser candidatos. Punto final. 

Todo lo que toca Morales en los cuatro poderes del Estado que controla (Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Electoral) lo pudre. Sucedió con las elecciones judiciales rechazadas por la mayoría de la población, y ahora con la Ley de Organizaciones Políticas del Tribunal Supremo Electoral (TSE), malversada entre gallos y media noche para violar la Constitución y habilitar la candidatura espuria del autócrata que se aferra al poder. 

Tal como se mira el tablero, la oposición no ha dado pasos serios para presentar una candidatura unida en la primera vuelta electoral. La trampa de organizar “primarias” por partidos lo único que hace es asegurar que se dividan más. Se habla de 25 siglas en trámite. Estupenda noticia para el MAS: mientras más siglas mejor. Algunos quieren medir sus fuerzas en la primera vuelta, con lo cual lo único que lograrán es atomizar el campo opositor y tender la alfombra para que el MAS gane, con o sin Morales. 


Las agrupaciones políticas que cuentan en la intención del voto opositor son las de Rubén Costas, de Samuel Doria Medina y de Luis Revilla. Si esos tres partidos acuerdan unirse para la primera vuelta electoral, pueden derrotar al MAS con el apoyo de innumerables movimientos ciudadanos independientes. Pero si por oportunismo, ego y ambiciones personales no van unidos a la primera vuelta, yo sería el primero en castigarlos con un voto nulo. 

Pero no depende solo de ellos: nuestra gente es apática e hipócrita. Cuando digo que esos dirigentes pueden hacerle frente a Morales, salen a criticarlos: “no pues, cómo Rubén Costa”, o “a Revilla nadie lo conoce en Santa Cruz”, o “la Sole no tiene experiencia”… y comentarios de ese tipo. Estoy convencido de que los que exhiben tantos reparos, en el fondo quieren que siga el MAS destrozando el país. 


A todos ellos les digo: cualquiera es mejor que Evo Morales: ¿Qué virtudes personales tiene el jefazo para ser indispensable (aparte de la suerte de haber recibido durante su gobierno más recursos que todos los gobiernos anteriores en la historia)? Carisma: cero. Inteligencia: cero.  Honestidad: cero. ¿Entonces? 

Morales, un animal político cuyo instinto es innegable, dejará hasta el último momento su decisión para ver lo que tiene al frente. Su única y verdadera preocupación es que si el MAS no gana las elecciones, tendrá que someterse a una avalancha de juicios de responsabilidad. Pero si logra dilatar los juicios que lo inhabilitarían y le hace la vida difícil al gobierno que surja de la oposición, regresará en hombros cinco años más tarde, o antes. 


Como con Banzer, todos recordarán una década de “estabilidad” económica, sin importar el costo que significó para el país. La gente no piensa en derechos humanos, en corrupción o en despilfarro en palacios y aviones. Muchos se benefician del lavado de dinero del narcotráfico y del contrabando. Ese sector incluye a la empresa privada de corbata: no le interesa que esto cambie. 

La consigna de “o nos unimos o nos hundimos” es muy cierta, pero lo difícil es saber en torno a quien. Si no hay una alianza generosa entre los principales candidatos, de nada habrá servido nuestro griterío callejero (o virtual) de #BoliviaDijoNo. 

Me queda claro que el desafío de ganar la presidencia no es tan importante como el de gobernar con una economía en declive y un MAS dispuesto a hostigar desde el primer minuto. 

(Publicado en Página Siete el sábado 22 de septiembre 2018)

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La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía.
—Simón Bolívar

20 septiembre 2018

Avenida de Las Américas

 Cada 11 de septiembre los medios de información suelen recordar la caída de las torres gemelas en Nueva York, que vimos en vivo y en directo por la televisión el año 2001, pero poco recuerdan que 28 años antes, casi tres décadas, ese mismo día se produjo en Chile el sangriento golpe militar de Pinochet contra el gobierno democrático del socialista Salvador Allende. 

Ese hecho histórico no lo vimos por la televisión pero pronto surgieron imágenes documentales de quienes registraron día a día las luchas de un pueblo que pretendió recobrar su dignidad y no lo dejaron. Además de cineastas chilenos como Patricio Guzmán (que estuvo en las calles durante todo el periodo de la presidencia de Allende entre 1970 y 1973), antes y después, otros cineastas internacionalistas brindaron su testimonio sobre del golpe, como lo hizo mi amigo francés Theo Robichet en Septiembre chileno (40 minutos, 1973), en plena represión militar.

Otro amigo de muchos años, el cineasta peruano Jorge Reyes, estuvo filmando en Chile pocos meses antes del pinochetazo, y después del golpe concluyó su documental Avenida de Las Américas (80 minutos, 1975) con entrevistas y documentos de archivo. Durante la filmación inicial trabajó con Charles Horman, joven periodista de Estados Unidos que fue apresado y fusilado por los militares chilenos el 18 de septiembre, en el Estadio Nacional de Chile, convertido en campo de concentración donde también fue mutilado y asesinado el cantante Víctor Jara, y muchos más.

Alfonso Gumucio y Jorge Reyes 
Conversé hace poco con Jorge Reyes –en el salón de té de la Mezquita de París, con motivo de la presentación de su documental en la Cinemateca Bolivia el 18 de septiembre, aniversario del asesinato de Horman.  Me contó que llegó pocos días después del asesinato del General René Schneider, el 25 de octubre de 1970, y permaneció en Chile durante buena parte de los tres años de la Unidad Popular. Allí conoció a Charles Horman, que había llegado a Santiago a mediados de 1972 con su esposa Joyce. Horman y Reyes trabajaron juntos en el guion del documental, que está dedicado a la memoria de Horman. En 1982 Costa Gavras hizo sobre Horman el largometraje Missing, con las actuaciones de Jack Lemmon, Sissy Spacek y John Shea (como Charles Horman).


Charles Horman 
“Mi colaboración con Charlie fue directa y duró varios meses. Nos presentó Walter Locke nuestro productor quien nos dejó manos libres para el guion. Buen investigador, buen periodista y buen cineasta, quería hacer un film que se titularía "La segunda independencia" donde evocaríamos a Balmaceda, Emilio Recabarren, las luchas sociales y la Unidad Popular”.

Con el apoyo de Joris Ivens quien había filmado antes en Chile y que era amigo personal de Salvador Allende, Jorge Reyes obtuvo tuve unos rollos de película en 16mm y una pequeña cámara con la que filmó entrevistas con obreros, campesinos y otros ciudadanos a quienes sistemáticamente preguntaba cómo vivían antes y después del triunfo electoral de Allende.

Ciertamente se trata de un film con una orientación militante, finalizado cuando la dictadura de Pinochet se hallaba consolidada en el gobierno, después de haber barrido con la posición política y popular, por eso su discurso no deja lugar a matices. Le pregunté a Jorge si hoy cambiaría algo de su documental:

“Nada, no le cambiaría ni un fotograma porque: a) es un documento histórico que exige rigor para el debate, b) recordemos que el deterioro de nuestras ideas progresistas no se debe a la fuerza de la dominación imperialista sino a nosotros mismos, c) con respecto a Chile, quiero recordar que nosotros fuimos al encuentro del socialista Salvador Allende y a toda su historia y con los años hemos asistido al abandono de las posturas socialistas y a la asimilación de algo que nosotros no somos: nacionalistas, que no es otra cosa que un chauvinismo disfrazado”.

Philip Agee, ex agente de la CIA 
Mi pregunta iba dirigida al tono del discurso, no a su contenido, y quizás es algo que me pregunto acerca de mi propio largometraje sobre la dictadura de Banzer: Señores Generales, Señores Coroneles, realizado en la misma época, dónde yo sí cambiaría el tono panfletario de la voz en off, para colocar un texto más reflexivo.

Luego de escapar a la represión y de pasar un tiempo en Argentina, Jorge Reyes llegó a New York para iniciar el montaje del film con el apoyo de Joyce Horman, de los padres de Charlie y Don Lancer, un camarógrafo y director de fotografía quien se ofreció a filmar las entrevistas, entre ellas las de la familia Horman, Daniel Ellsberg (el de los Papeles del Pentágono), la del ex agente de la CIA Phillipe Agee, a quien filmaron en Portugal y la viuda de Allende, entre otras. (Entrevisté a Agee en París, más o menos en la misma época).

A medida que nueva información se conocía sobre la naturaleza del golpe de Pinochet, Reyes la incorporaba en el montaje de su documental, por ejemplo la intervención directa de la ITT que entregó a la CIA 11 millones de dólares para promover acciones terroristas contra el gobierno de Allende. Philip Agee menciona las formas que tuvo la CIA para infiltrarse en los medios de información contrarios a Allende, en los militares y en sindicatos como los camioneros, que paralizaron el país, precipitando la sangrienta intervención de los militares.

Presos políticos durante el golpe militar
En la primera parte del documental, antes de presentar el golpe, Reyes evita la voz en off y construye el relato a través de entrevistas realizadas en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular. Para contextualizar los episodios históricos prefiere utilizar títulos que explican las medidas tomadas por Allende para nacionalizar la minería y elevar el nivel de ingresos de la población más vulnerable. Allende había ganado las elecciones con 36.2 % de los votos, lo cual hacía que su gobierno fuera sumamente frágil.  Las amenazas de la derecha más conservadora eran permanentes, y no contribuía a la estabilidad del país la actitud beligerante de la extrema izquierda.
Al final, ya conocemos la historia… El ejército supuestamente con mayor “institucionalidad” de América del Sur se convirtió en el actor armado más represor y menos respetuoso de las leyes y de la Constitución. Las imágenes del bombardeo aéreo de La Moneda, el palacio presidencial, siguen estremeciéndonos. De allí salieron las últimas palabras de Allende que el pueblo chileno pudo escuchar en vivo por la radio: “Yo no voy a renunciar (…) pagaré con mi vida la libertad del pueblo. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

Carmen Castillo, compañera de Miguel Enríquez
Avenida de las Américas se estrenó en 1975 en Montreal en un auditorio de la universidad con más de 800 personas. Reyes recuerda otra proyección memorable en Costa Rica con exiliados y gente del Frente Sandinista (en la época en que Somoza todavía gobernaba Nicaragua). “El film se distribuyó en Estados Unidos y luego fue vendido a Alemania, Dinamarca, Suecia y España, donde participó en más de un festival”, recuerda Jorge Reyes.

El 18 de septiembre se estrenó en la Cinemateca Boliviana ante un público reducido a unos cuantos espectadores maduros a quienes todavía les interesa la historia reciente. La memoria de los jóvenes, en cambio, es corta y apática. Toda una generación de autistas colectivos sumergidos en la pantalla de sus teléfonos celulares, ausentes del mundo y de la historia.

A pesar de su factura artesanal (que era como hacíamos las películas cuando carecíamos de medios de producción más sofisticados), Avenida de las Américas tiene un enorme valor testimonial que nos recuerda la crudeza de las intervenciones militares en América Latina y el valor de la vida democrática.

(Publicado en Página Siete el 2 de septiembre 2018) 
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No se mueve ninguna hoja en este país si no la estoy moviendo yo,
que quede claro.
—Augusto Pinochet