17 agosto 2014

El ingeniero descalzo


En la Corporación Boliviana de Fomento (CBF)
El 3 de agosto de 1914 nació mi padre. Han pasado cien años, de los que él solamente vivió 67. Cuando falleció era un hombre envejecido prematuramente, que había entregado cuarenta años de su vida al desarrollo de Bolivia, y ocupado altos cargos en los gobiernos de la Revolución Nacional sin haber jamás tomado ventaja en beneficio propio del poder ni de los recursos públicos que tuvo bajo su responsabilidad.

Concibió y llevó a término los grandes planes de integración económica y territorial del país. Durante su gestión como presidente de la Corporación Boliviana de Fomento (CBF) entre 1952 y 1956 y más tarde como Ministro de Economía entre 1960 y 1964 llevó adelante el diseño y la construcción de carreteras de vinculación con el oriente de Bolivia, la instalación de la primera Planta Industrializadora de Leche (PIL), proyectos de desarrollo agropecuario e agroindustrial, y muchas otras obras.

El martes 12 de agosto de 2014 el Gobierno Municipal de La Paz le rindió un homenaje en el Salón de Honor de la Alcaldía, en un acto donde el Alcalde Luis Revilla en nombre del Concejo Municipal le otorgó la distinción de Hijo Predilecto de la Ciudad de La Paz, la segunda vez que dicha distinción ha sido otorgada, según mencionó durante su intervención.

Pedro, Alfonso y Pablo Gumucio con el Alcalde Luis Revilla
En la misma ocasión se anunció la designación de una rotonda con su nombre en el barrio de Achumani y la colocación de una placa recordatoria junto a su tumba en el Cementerio General. Allí estaban los que tenían que estar, la familia cercana, los amigos de mis hermanos y míos, algunos que conocieron a mi padre, como Jacobo Liberman, que estuvo a su lado en los últimos minutos de su vida.

El ex presidente Carlos D. Mesa hizo una semblanza de mi padre, destacando que fue un político diferente porque no buscaba la luz de los reflectores: “Era por encima de todo un creador que hizo posible que las ideas de transformación de la revolución fueran una realidad. Sería imposible entender varios de los lineamientos y varios de los caminos que siguió el proceso de 1952 sin la mano firme, clara y la iniciativa sin desmayos, y el estar siempre dispuesto a hacer locuras de Alfonso Gumucio Reyes”.  

Carlos D. Mesa, Alfonso Gumucio, Luis Revilla
Se refirió a la particular relación de amistad con el presidente Víctor Paz Estenssoro: “Una relación infrecuente en el caso del ex presidente, una amistad que estaba por encima de la sintonía política y por encima de la sintonía de partido. Como se sabe, Paz Estenssoro no era una persona de amistades fáciles o de muchas amistades, y la relación de Gumucio con Paz Estenssoro era por encima de todo la de dos amigos que se respetaban y se consideraban mutuamente, y eso le permitió a Gumucio un margen de juego basado en la confianza plena depositada por el presidente, una confianza que estaba garantizada por sus capacidades y por algo infrecuente: una honestidad fuera de toda discusión, honestidad que se reflejó hasta el final de su vida”.

El desarrollo económico de la región de Santa Cruz no podría entenderse sin la actitud visionaria que acompañó la integración entre el occidente y el oriente. Todavía recuerdo las vacaciones que pasábamos en Santa Cruz de la Sierra acompañando a mi padre en sus visitas a los proyectos de desarrollo. La ciudad era un pueblito donde las carretas tiradas por bueyes se estancaban en el barro y en la plaza principal todavía se ataban las bridas de los caballos a los pilares de las casas. Hoy pocos tienen memoria de ello. La gran paradoja es que Santa Cruz no se acuerde hoy de quien sembró su desarrollo a través de la integración y de las migraciones internas.

Gumucio Reyes en el Ministerio de Economía
No había una sola carretera pavimentada hacia el oriente a mediados de los años 1950. En esos años, desde la colonia, la riqueza del país se concentraba en las minas del altiplano y eran muy pocos los que creían en la posibilidad de desarrollar la agricultura. “Gumucio estuvo dispuesto a apostar por sus sueños y transformarlos en realidad porque combinaba el sueño con los dos pies bien firmemente puestos sobre la tierra”, afirmó Carlos D. Mesa y recordó que durante su gestión como presidente enfrentó el desafío de construir en apenas siete meses el puente más largo del Chapare que une a Cochabamba con Santa Cruz, para remplazar al que había sido destruido en diciembre de 2003 por una riada sin precedentes: “Estuvimos en la reinauguración del puente completamente nuevo, para volver a colocar el nombre que es más justo para ese viaducto: Alfonso Gumucio Reyes”.

Hacia el final de su intervención quiso destacar en el perfil del personaje la faceta del patriota: “Tenemos una tendencia en Bolivia a asumir la palabra patria con retórica, grandilocuencia, grandes discursos, expresiones de amor infinito. Gumucio fue un patriota en un contexto concreto, lo fue desde el momento en que se comprometió con un proceso político en la línea en que lo hizo. […] No era un hombre de gabinete, no era un hombre de oficina, era un hombre de estar permanentemente en aquellos sitios que eran los objetivos de trabajo del desarrollo económico del país. […] Gumucio patriota, Gumucio visionario, Gumucio soñador, Gumucio pragmático… el ‘general’ Gumucio que era capaz de dar las órdenes que había que dar para que las cosas se hicieran bien”. 

Antes de concluir el acto entregué al Alcalde de La Paz el primer ejemplar de El ingeniero descalzo, un libro en el que he tratado de dibujar el perfil de mi padre en relación a su acción y pensamiento visionario a favor del desarrollo económico y social de Bolivia. Este libro, como dije al presentarlo, es el adelanto de un trabajo de mayor aliento donde he intentado cubrir esas y otras facetas de la personalidad de Alfonso Gumucio Reyes. Sobre El ingeniero descalzo dijo Carlos D. Mesa: “Magnífico título. Ese es el nombre que le da el hijo al padre. Para quienes se acerquen al libro encontrarán que es necesario que Bolivia mire más y con mayor profundidad a aquellos que hicieron patria de verdad, que la construyeron directamente”. 

Fue el gran visionario del desarrollo de Bolivia.  No solamente hizo bellos planes, sino que los llevó a buen término, algunos interrumpidos solamente por la fuerza del golpe militar de 1964. Con relativamente poco dinero hizo grandes obras, pero no organizó alrededor de esas obras los espectáculos mediáticos a los que estamos mal acostumbrados ahora. En lugar de manifestar un triunfalismo exacerbado para validarse políticamente, mantenía un recato del que deberían aprender los dirigentes actuales, que usan todo –lo propio y lo ajeno, para proyectarse electoralmente. 

Durante el acto mi padre nos miraba a todos desde una fotografía que le tomó Julia Vargas en el Chapare, donde aparece con una barba patriarcal. A Carlos le llamó la atención que yo hubiera escogido esa foto hasta que le expliqué que en los últimos años de su vida mi padre, que había diseñado la estrategia de integración desde el Estado a través de las carreteras 1 y 4, acabó trabajando como contratista de alcantarillas en la empresa Bartos que fue la encargada de construir de la carretera hasta su inauguración en 1972. No sé si esa sola foto lo contiene, pero en todo caso expresa una etapa de su vida y lo hace de manera amable, más allá de todo lo que había sufrido pocos años antes: exilio, represión y prisión. 



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En la gigantesca tarea que llevaste a cabo,
pusiste no solo pasión sino todo lo más noble
que puede tener un hombre.
—Víctor Paz Estenssoro

08 agosto 2014

Tres en uno: IPICOM

Desde principios de este año estoy como docente e investigador invitado en el Instituto de Investigación, Posgrado e Interacción Social en Comunicación (IPICOM) de la Universidad Mayor de San Andrés en La Paz, lo cual me ha permitido poner un pie en actividades académicas en mi propio país, algo que paradójicamente no sucedía desde hace mucho tiempo. 

En las décadas recientes mi trabajo académico se ha desarrollado en otros países como profesor visitante, conferencista o asesor de maestrías con énfasis en comunicación, desarrollo y cambio social. Sin duda alguna Colombia es el país donde esas actividades han tenido lugar con mayor frecuencia, dos o tres veces cada año, en universidades como Uniminuto, Santo Tomás, Javeriana y Uninorte. 

En el IPICOM, que dirige Oscar Meneses, somos un equipo pequeño pero con mucha iniciativa. Desde el inicio de nuestras actividades y sin contar con un centavo para investigación pero al menos con el apoyo solidario y entusiasta de Sidney Torres, director de la carrera de Ciencias de la Comunicación, hemos logrado establecer la Cátedra IPICOM, que hasta ahora se ha realizado cada mes con excelentes expositores nacionales e internacionales.

A principios de agosto recibimos en la cátedra a Omar Rincón, el especialista colombiano de narrativas audiovisuales y director regional del Centro de Competencia en Comunicación (C3) de la Fundación Friedrich Ebert.

Omar Rincón 
La presencia de Omar nos permitió desplegar alas con tres iniciativas paralelas que quiero mencionar aquí en parte porque muestran la versatilidad del trabajo que hacemos en la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UMSA en favor de la investigación y de la interacción con otras instituciones.

Una de esas iniciativas fue, por supuesto, la cátedra que ofreció Omar Rincón, “Hacia la reinvención del discurso de la comunicación”, donde en su estilo desenfadado y sin concesiones desnudó el discurso y las prácticas de los medios masivos y de las narrativas envejecidas que pugnan por mantener su vigencia.

Rincón recomendó a los estudiantes y futuros investigadores “pasar de pensar en medios a investigar y ensayar el ecosistema de medios cuyo centro es móvil: para los más jóvenes todo se reorganiza alrededor de las redes sociales, para los más jóvenes productivos la vida gira alrededor del internet, para los más adultos el centro está en los viejos medios (prensa, radio y TV) pero hechos de nuevos modos. No se puede pensar un medio en solitario, sino en relación con las otras pantallas. Pasar de pensar en monomedios (prensa, radio, TV, internet, redes, videojuegos…) a actuar, pensar, investigar, ensayar la convergencia y lo transmedial (en términos narrativos, participativos y de mercado)”.

Además de la importancia de su exposición, esta fue la primera vez que la Cátedra IPICOM se realizó fuera de la Universidad Mayor de San Andrés. En acuerdo con la Cinemateca Boliviana, tuvo lugar en el auditorio de esa institución que acaba de cumplir 38 años de existencia.
 
Marcelo Cordero, Omar Rincón, Mela Márquez, Carlos D. Mesa, Alfonso Gumucio y Sidney Torres 
La cátedra fue uno de los tres actos concertados entre la carrera de Ciencias de Comunicación de la UMSA y la Cinemateca Boliviana. El segundo fue la presentación de la segunda edición de mi libro Cine comunitario en América Latina y el Caribe, que publicó Omar en la notable colección que dirige en el Centro de Competencia en Comunicación (C3). El libro es el resultado de una investigación que me tocó coordinar en 2011 y 2012 con el auspicio de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL), la Unesco y el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) de Venezuela.

María Aimaretti escribió sobre el libro en la revista argentina Cine Documental: “El lector que se acerque a este trabajo encontrará reseñadas 55 experiencias de producción y difusión alternativa posteriores a 2000 y actualmente activas; una selección de reflexiones de los mismos actores sobre su práctica; la mención al papel del Estado y la empresa privada en las iniciativas comunitarias; los marcos legales vigentes a nivel nacional; los tipos de financiamiento; las formas de distribución; los marcos y dinámicas de capacitación/formación; el estilo de trabajo por redes de cooperación; los tipos de festivales y espacios de conservación, preservación y archivo de materiales; además de una serie de referencias bibliográficas que le serán útiles para continuar y complejizar el análisis de este fenómeno que, sin experiencias ‘modélicas’ y aún con momentos de retracción, tiene más de treinta años de desarrollo”.

La presentación del libro estuvo a cargo de Omar Rincón y el comentario lo hizo el expresidente Carlos D. Mesa, crítico de cine y fundador de la Cinemateca Boliviana. Ahora el libro está disponible también en la página web del Centro de Competencia en Comunicación (C3) de la Fundación Friedrich Ebert, a un clic de distancia, como todos los demás libros  publicados en esa misma colección.  

Marcelo Cordero, Mela Márquez y Sidney Torres
Cecilia Quiroga, fallecida el 7 de abril de este año, fue una de las investigadoras que colaboró conmigo en ese ambicioso proyecto al que ya me he referido en otras oportunidades. Cecilia fue una gestora cultural comprometida, ocupó durante años la Coordinación de Comunicación de la Fundación Friedrich Ebert (FES-ILDIS) en Bolivia. Desde allí impulsó y apoyó numerosos proyectos importantes y en algunos solicitó mi concurso.

En honor a Cecilia realizamos una tercera actividad entre la UMSA y la Cinemateca Boliviana, la firma del convenio para la creación del Cine Club Cecilia Quiroga, también con el auspicio de la distribuidora Yaneramai Films, de Marcelo Cordero.  El convenio fue suscrito por Mela Márquez, directora de la Cinemateca y Sidney Torres, director de la carrera de Ciencias de la Comunicación.

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Lo local popular se narra y vivencia desde y como culturas bastardas: muchos padres (referentes de sentido y narración) y una sola madre (lo propio). Y las culturas bastardas no son de contenido ni ilustraciones sino de narraciones y goces. Omar Rincón

04 agosto 2014

Madidi en imágenes

Boa y Milenius Spanowicz
Si no supiera que Mileniusz Spanowicz es su nombre verdadero, pensaría que lo inventó para transitar de su mundo polaco a la sonoridad cercana al habla hispana y a su trabajo en este continente donde el milenio comenzó auspicioso. Mileniusz es uno de esos personajes que llega al país y se sumerge en su vida cotidiana y en su cultura hasta convertirse en hijo adoptivo, no por algún decreto o concesión administrativa, sino por su obra de incontestable amor por Bolivia.

Lo conocí en los alrededores de Ricardo Pérez Alcalá, mi querido amigo fallecido hace menos de un año. Mileniusz estaba siempre allí, en el círculo de confianza del pintor, fotografiando su obra plástica y su arquitectura, acumulando un archivo formidable de imágenes. Y de vez en cuando se perdía, desaparecía de la ciudad porque se zambullía en las selvas tropicales del norte del departamento de La Paz.

Todos tenemos incrustado en el imaginario de La Paz un paisaje altiplánico montañoso, frío y desolado, con un horizonte de llamas y vicuñas. Lo que no asimilamos fácilmente es que el norte del departamento es también una vasta región tropical, de vegetación exuberante e intricada, poblada por infinitas especies de flora y fauna de las que apenas conocemos unas cuantas.

Yacaré 
Estamos hablando de doce mil especies de plantas superiores que representan el 60% de la flora boliviana, de dos mil especies de vertebrados (3.7% de todos los vertebrados del mundo) y 1 100 especies de aves (34% de las que tenemos en toda la región y 11% de las que existen en el mundo). La mirada de Mileniusz se ocupa de recordarnos esa realidad desconocida para la mayoría de los bolivianos y de traernos en cien fotos una pequeña muestra, solo para antojarnos o hacernos sentir ignorantes.

No es casual que la muestra de fotografías que exhibió a fines de mayo el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (MUSEF) se llame “Retratos del Madidi” y no “Fauna y flora del Madidi”.  La palabra retrato tiene un significado de proximidad.  Uno retrata a alguien que conoce y con quien establece lazos de empatía, como los que Mileniusz ha construido a lo largo de muchos viajes, de varios años y más de seis mil imágenes.

Los fotógrafos de la naturaleza superan con su paciencia a los pescadores. Mi amigo ítalo-mexicano, Fulvio Eccardi solía pasar tres o cuatro semanas bajo una carpa en medio de la lluvia inclemente de la selva de El Triunfo, en Chiapas, esperando que asomara en algún árbol cercano el quetzal con su larga cola y sus vivos colores. Fulvio fue de los primeros que logró fotografiar de cerca al quetzal, un pájaro tan libre que huye cuando siente la presencia humana a cientos de metros.

Falsa coral
No necesito preguntarle a Mileniusz cuánto tiempo invirtió para lograr las imágenes de su muestra porque está claro que detrás de cada una hay una aventura, varias anécdotas y un centenar de fotos. Imagino a Mileniusz en esa circunstancia porque todos los fotógrafos hemos sentido alguna vez una emoción creativa semejante: el fotógrafo espera mientras a través del visor ve modificarse la secuencia. Cuando dispara, siente que es el instante preciso, el momento que nunca más volverá a repetirse. Es cuestión de uno o dos segundos, nada más. Uno de esos clics (que hoy ya no se escuchan en las cámaras digitales, a menos que uno quiera) es el que sobresale entre todos los demás: a veces el fotógrafo lo sabe desde que dispara y a veces lo descubre más tarde cuando revisa la serie completa.

Armado de un imponente teleobjetivo blanco que parece una bazuca Mileniusz se adentra en ríos caudalosos y tupidas selvas. En la fotografía de la naturaleza sucede algo sorprendente, pues no solamente nos maravilla la foto de un animal de cuerpo entero o de una planta completa, sino los detalles de formas y colores que uno puede descubrir si se acerca a la fotografía y observa el detalle de las plumas de un pájaro, de la piel de una serpiente o del intricado diseño de alguna flor que señala su presencia con su belleza involuntaria.

La paciencia de un pescador
Detrás de la cámara está el ojo del fotógrafo y detrás de él el apoyo de instituciones sin las cuales su trabajo no sería posible: la exposición fue organizada por Wildlife Conservation Society (WCS) y posteriormente contó con el apoyo de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, del Programa Nacional de Biocultura, del Servicio Nacional de Áreas Protegidas y de la Comisión Madre Tierra y Medio Ambiente de la Asamblea Departamental de La Paz. En cada institución hay personas cuyo compromiso hace que se alcancen resultados concretos, por ello menciono a Rob Wallace, Lilian Painter, Elvira Salinas, Elvira Espejo, para no citar sino algunos.

Rana mono
Lo que conocemos ahora gracias a quienes se dedican a la investigación y a la protección de la diversidad biológica es que cerca de tres mil especies de vertebrados han sido registradas en Bolivia: 389 mamíferos, 1 415 aves, 306 reptiles, 254 anfibios y 635 peces. Nuestro país ocupa el séptimo lugar en el mundo por su diversidad de aves y es el undécimo por su riqueza florística: más de 20 mil especies de plantas superiores se han catalogado en Bolivia.

La diversidad de fauna y flora en el departamento de La Paz se explica también por su excepcional condición topográfica que abarca desde cumbres nevadas a 6 100 metros de altitud sobre el nivel medio del mar, hasta 180 metros en la cuenca amazónica.

Mono lucachi
Contamos con tres áreas protegidas contiguas que forman parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas de Bolivia y que sobresalen por su biodiversidad: el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Madidi (1 895 750 hectáreas), el Área Natural de Manejo Integrado Apolobamba (483 743 hectáreas) y la Reserva de la Biósfera y Tierra Comunitaria de Origen Pilón Lajas (400 mil hectáreas). Esas zonas tienen también importancia cultural gracias a la presencia de comunidades Leco, Tacana, Araona, Esse Ejja, T´simane y Mosetene.

Una muestra fotográfica como esta, acompañada de la información científica pertinente, en lugar de instalarnos en una zona de confort por toda aquella riqueza que tenemos al alcance de la mano, debería cuestionarnos sobre la posibilidad de perderla. Hay, en efecto, especies amenazadas como el ciervo de los pantanos, el jaguar, el borochi, la londra, el águila harpía, pavas de monte, parabas, garzas, el caimán negro, el lagarto y especies de tortugas de tierra y agua.

Elvira Espejo, directora del MUSEF, inaugura la muestra fotográfica
Cuando uno mira las fotos de Mileniusz Spanowicz lo hace con un sentimiento a la vez de admiración y de nostalgia. Admiración por su trabajo y por la belleza que pone frente a nosotros, y nostalgia porque no tenemos ninguna garantía de que en el curso de las próximas décadas esa belleza permanezca intangible.

Lo que la diversidad biológica nos proporciona (sin ningún mérito nuestro), lo podemos perder por las acciones que ejercemos sobre la naturaleza. La invasiones de colonos en áreas protegidas, los proyectos depredadores del extractivismo a ultranza, la tala indiscriminada de especies forestales preciosas y la expansión de la frontera agrícola, pueden significar la pérdida de un tesoro que la naturaleza elaboró pacientemente a lo largo de miles de años.

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Produce una inmensa tristeza pensar
que la naturaleza habla
mientras el género humano no escucha.

—Víctor Hugo

25 julio 2014

El cine según Isaac

El pasado miércoles 23 de julio estuvimos en la Cinemateca Boliviana para acompañar a Isaac León Frías en la presentación de dos libros recientes: El nuevo cine latinoamericano de los años sesenta (2012) y Tierras bravas: cine peruano y latinoamericano (2014). Además de la embajadora Silvia Alfaro de Perú y de Mela Márquez, directora de la Cinemateca, compartí la mesa de comentaristas con Pedro Susz y Santiago Morales. 
 
Santiago Morales, Pedro Susz, Isaac León Frías, Silvia Alfaro, Mela Márquez, 
Antonio Eguino, Alfonso Gumucio y Viviana Saavedra 
Comencé diciendo que Chacho León Frías y yo hemos envejecido en estos 40 años de conocernos, de haber colaborado en proyectos comunes y de habernos encontrado repetidas veces en festivales de cine.  Pero añadí inmediatamente que sus textos se mantienen jóvenes gracias a la capacidad que siempre tuvo y desarrolló de cuestionar modas y tendencias, y de ponerse frente a todo dogmatismo y encasillamiento fácil. Claro que como él mismo afirma en uno de sus libros recientes: “No creo que en estos momentos escribiría con ese mismo grado de penetración en las operaciones expresivas de esas películas”. Nos pasa a todos cuando ya no ejercemos la crítica de manera regular y “estable”.

A Chacho lo conozco desde hace cuarenta años. Se dice fácil, pero han pasado tantas cosas en estas cuatro décadas, que el balance no puede ser parco. Para empezar, el cabello bien plantado y las tupidas barbas negras que esgrimíamos con orgullo en los años setenta, se han convertido en un pelusas blancas que nos dan el aspecto “respetable” de la tercera edad aunque por adentro quizás alimentamos todavía algo de picardía y rebeldía.

Nuestro vínculo fue siempre el cine, y dentro del cine la crítica de cine. Chacho dirigía una de las revistas de cine más importantes de América Latina en aquella época, y quizás en todas las épocas. Fundó y dirigió “Hablemos de Cine” que desde 1965 entregó 77 ediciones –una cifra cabalística- para que conociéramos mejor nuestro cine, el cine que por dictaduras o por distribuidores (que a veces se parecen mucho) solamente veíamos en festivales y en cinematecas. 

Contribuí alguna vez en “Hablemos de Cine”, pero eso no fue lo más importante de nuestra relación profesional y de amistad en la década del 1970, sino la participación de Chacho en la primera obra monumental sobre el cine latinoamericano, el primer libro que se ocupó de todas las cinematografías del continente, incluso de aquellas que aparentemente no existían, pero, como pudimos demostrar en este libro que coordiné junto al crítico de cine francés Guy Hennebelle, sí existían, aunque en algunos casos clandestinamente.

Les cinémas d’Amérique Latine se publicó en París y en francés en septiembre de 1981 y hoy se ha convertido en un libro de culto casi imposible de encontrar como no sea en algunas bibliotecas, porque el editor Lherminier quebró meses después de editar el libro (quizás por nuestra culpa) y nunca  pudimos sacar adelante una edición en castellano. Por supuesto que Guy y yo encomendamos el capítulo sobre el cine peruano a Isaac León Frías, no existía en Perú nadie que conociera tan profundamente y con un sentido crítico tan agudo el cine de su país. El prefacio lo escribió otro peruano notorio, el escritor Manuel Scorza, quien dos años después, el 27 de noviembre de 1983, falleció en un accidente de aviación junto Marta Traba, Jorge Ibargüegoitia, Ángel Rama y otros intelectuales latinoamericanos que viajaban a un congreso.

Con Guy Hennebelle nos empecinamos en que cada capítulo del libro tuviera un autor del mismo nivel que Chacho en Perú.  Así, el capítulo de Argentina lo escribió Octavio Getino, el de Paraguay Rubén Bareiro-Saguier, ambos fallecidos hace pocos meses. Emilio García Riera contribuyó con el de México, Hernando Salcedo Silva con el capítulo colombiano, Paulo Antonio Paranagua con Brasil, Rodolfo Izaguirre con Venezuela y así sucesivamente.

Después de ese libro ya no fue tan difícil hacer otros sobre el cine latinoamericano en su conjunto, porque la información básica ya se había obtenido a lo largo de un intenso y moroso trabajo de seis años. En una época en que no había ni internet ni la red, todo era a través de cartas que tardaban semanas en ir y volver y a veces no llegaban a su destino. El esfuerzo pionero fue encontrar la veta que luego otros pudieron explotar y enriquecer, pero que no podrían hacerlo sin ese precedente.  Me pasó igual con mi Historia del cine en Bolivia (1982).

La crítica de cine y los ensayos publicados en revistas y periódicos suelen extraviarse en la hojarasca, se los lleva el viento. Isaac León Frías ha escrito tanto sobre cine, que solo podemos darnos cuenta de ello cuando vemos esos estudios reunidos en estos dos magníficos libros: El nuevo cine latinoamericano de los años sesenta (2012) y Tierras bravas: cine peruano y latinoamericano (2014).

Tierras bravas es un una obra de rescate.  Incluye dos partes que dividen aritméticamente el libro: una sobre el cine peruano y otra sobre el cine latinoamericano. No se trata solamente una colección de críticas de películas, sino de un ordenamiento de ensayos que abordan diversos aspectos del cine de nuestra región y peruano en particular. Empieza, precisamente, con la versión en castellano del capítulo histórico que Chacho escribió para Les cinemas d’Amérique Latine y sigue con otros textos que analizan la ley de cine peruana, los problemas de producción de cortometrajes y largometrajes y un excelente capítulo hasta ahora inédito sobre la crítica cinematográfica peruana. La selección de críticas de películas, desde la pionera Kukuli (1961) de hasta La yunta brava (1999) pone en perspectiva los estudios anteriores.

La segunda parte dedicada al cine latinoamericano está estructurada de manera parecida. Se inicia con un excelente ensayo, también inédito hasta ahora, que intenta abarcar las fuentes bibliográficas y documentales  para el estudio comparado de las cinematografías de la región y luego le dedica sendos capítulos al cine de Cuba, México y a películas emblemáticas de otros países.

El nuevo cine latinoamericano de los años sesenta es también una bocanada de aire fresco para la memoria, pues no trae de regreso, pero de una manera crítica y analítica, lo que fue ese gran movimiento latinoamericano de renovación del cine de la región, y que a pesar de dictaduras y dictablandas, a pesar de no existir posibilidades materiales óptimas, dio paso a la emergencia de un cine extraordinariamente rico e innovador, que paradójicamente no se pudo ver inmediatamente en América Latina sino en festivales europeos, pero que dio a conocer a nivel mundial la imagen hasta entonces escondida de esta región.

En 474 páginas Isaac León Frías hace una revisión exhaustiva y crítica de lo que fueron aquellos años y aquellos cines que reclamaban independencia política y comercial. Para empezar,  hace una crítica de la noción del “nuevo cine” porque efectivamente, hubo experiencias independientes y renovadoras anteriores, pero con el cine latinoamericano sucedió algo parecido con el “boom” de la literatura, hubo un momento en que se convirtió en movimiento, en tendencia, y ocupó todos los espacios que no estaban suficientemente ocupados. Al igual que con el “boom” de la literatura, ciertos nombres quedaron indisolublemente ligados a lo que se nombró como “nuevo cine latinoamericano”.

Algo novedoso en el nuevo cine latinoamericano fue la emergencia de cinematografías donde antes no existía una producción regular. Países que no tenían una tradición de cine, de pronto se unen a una corriente que ya no representa solamente a los países de manera individualizada, como había sido hasta entonces, sino a una región con voracidad de cambios sociales y políticos. Al trascender las fronteras el nuevo cine latinoamericano se establece como un referente a nivel mundial y acompaña perfectamente a las nuevas “olas” del cine francés, inglés y sueco entre otros, aunque sus raíces están en realidad en las del neorrealismo italiano de la posguerra.

Con la flexibilidad que permiten los equipos de 16 milímetros y la cámara en mano, se renueva el lenguaje de la misma manera que sucedió en Europa o en Estados Unidos. La cámara en la calle, dependiente de la acción y no al revés, es una de las características de todos los nuevos cines de la época. Eso permite que quienes no habían hecho cine antes, lo hagan, es decir, organizaciones sociales, militantes, luchadores por la democracia y cineastas independientes comprometidos con ideales de cambio social y político. Algunos cineastas se suman y otros se quedan en el camino del cine comercial, con la excepción de Cuba, cuyo proceso es diferente.

"Chacho" León Frías en La Paz
Otro rasgo importante del nuevo cine latinoamericano es la capacidad de elaboración teórica (Sanjinés, García Espinoza, Glauber Rocha, Solanas y Getino, entre otros) en paralelo a la creación cinematográfica y como producto de la reflexión de los realizadores.  No se trataba solamente de hacer un cine diferente, independiente, sino de reflexionar por qué.

Cuando el llamado nuevo cine latinoamericano adquirió carta de ciudadanía, dejó de ser lo que fue en su inicio.  El Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, creado en 1979, lo consagró y al hacerlo lo incorporó en los cines nacionales apartándolo de los cines independientes. El rótulo de nuevo cine latinoamericano, permitió un mejor marketing internacional para el cine de la región.

Isaac León Frías ofrece una visión integradora de las cinematografías latinoamericanas más allá del análisis de las películas, que es lo que generalmente se hacía hasta que con Guy Hennebelle intentamos abordar las cinematografías contextualizadas en el acontecer regional político y social. Las visiones integradoras llegaron años más tarde y los precedentes eran escasos, por ejemplo Nuevo Cine Latinoamericano (1973) de Augusto Martínez Torres y de Manuel Pérez Estremera, donde sin abarcar sino las principales cinematografías, se trataba de ofrecer una visión de conjunto, aunque con errores de información.

La revisión bibliográfica es otro de los importantes aportes de León Frías en el capítulo inicial de su libro, a través de una revisión completa, exhaustiva y en orden cronológico de todos los libros referidos al llamado nuevo cine latinoamericano. Según el autor su libro pretende “aportar luces para entender un poco más qué ocurrió en esos años de conmoción en algunos de nuestros países, cómo se perfiló la noción de un nuevo cine, en qué medida se diferenció del anterior, qué alcance tuvo, cuales fueron sus rasgos distintivos y sus diferencias”.
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Las visiones del pasado no pueden ser inmovilistas
ni se pueden imponer sobre ellas artículos de fe.
—Isaac León Frías