26 octubre 2014

Tardes de fútbol

Hace meses que circula este libro y no había podido dedicarle un espacio porque otras cosas se metieron en medio en este blog, queriendo sin querer. 

Domingos por la tarde: cuentos bolivianos de fútbol (2014) es una selección realizada por Ricardo Bajo, el periodista vasco que vino hace 17 años a remover la cancha de juego de la crítica en Bolivia y que lo ha hecho con compromiso y con éxito. Como él mismo anuncia: “la selección nacional de las letras bolivianas salta a la cancha y no tenemos rival”.

En esa selección que hizo Bajo aparezco otra vez jugando de siamés con Carlos D. Mesa, lo cual tiene su gracia. El tándem funcionó bien hace seis años, cuando Ricardo nos hizo una primera provocación para ser parte de un libro de cuentos “stronguistas” publicado por Letralia y La Gloriosa Ultra Sur 34, en ocasión del centenario de uno de los clubes de fútbol más emblemáticos de Bolivia, The Strongest.

Ni Carlos Mesa ni yo estamos convencidos de que ese equipo sea realmente “el más fuerte” como dice su nombre traducido al castellano, (Carlos es del Always Ready y yo supuestamente bolivarista, mas no fanático), pero nos gustó el reto de escribir a cuatro manos un relato que titulamos “Descenso” y que fue apreciado por los lectores cuando salió a la luz junto a otros 32 cuentos en el libro Warikasaya: cuentos stronguistas (2008) y en la segunda edición de 2912. Warikasaya, palabra enigmática de origen aymara, simboliza el grito de victoria de los atigrados. Se supone que hace temblar de susto a los contrincantes.

La explicación de la palabra aparece en el blog Área Gualdinegra: en 1936 se festejaba la fiesta de San Juan, el día más frío del año cuando en torno a una fogata que habían armado los stronguistas, el hincha Francisco Villarejo dijo “¡qué frío! k'alatakaya warik'asaya”, que quiere decir que el frío invernal paceño es capaz de romper las piedras y hacer temblar a las vicuñas. La expresión gustó y quedó como grito de guerra.

Como sé que es amante del fútbol, le regalé a Eduardo Galeano un ejemplar de Warikasaya cuando vino a Bolivia a mediados de julio de 2013. Cenamos juntos en el Hotel Radisson donde llegó con varias horas de retraso y subió a su habitación con el libro bajo el brazo. Estaba cansado por el viaje y lo único que quería era dormir. 

Al día siguiente cenamos de nuevo en el mismo lugar y me dijo con mucha seriedad: “Por tu culpa no dormí bien anoche, porque estuve leyendo varias veces tu cuento sobre fútbol y me pareció magistral la manera como los ejes narrativos confluyen hacia el final”. No es menor el piropo que nos hizo a Carlos y a mi el autor de Las venas abiertas de América Latina.

Para la segunda convocatoria en la cancha literaria Ricardo Bajo vistió la camiseta verde de la selección nacional y nos puso en aprietos con su habitual persistencia (por no utilizar una palabra que no está en el diccionario) porque tanto Carlos como yo andábamos atareados en países diferentes.

Sin embargo, golosos ante el desafío, al igual que en el primer ensayo hicimos el trabajo disciplinadamente. La primera idea que propuse fue un cuento sobre el tan famoso como infortunado rodillazo de mala leche que el presidente Morales le dio a un jugador de fútbol que le quitó la pelota en un partido amistoso, como puede verse en YouTube, pero luego pensamos que a Ricardo Bajo no lo iba a publicar, dadas sus preferencias políticas, aunque fuera muy buen cuento.

Entonces surgió otra idea, la de narrar en paralelo un penal y un suicidio, ambos fallidos, que trabajamos mediante sucesivos intercambios de correo electrónico. Al parecer salimos nuevamente airosos con el cuento Tiro fallido, a juzgar por el comentario que publicó Sebastián Antezana, que sabe de literatura porque es uno de los narradores jóvenes más importantes que tiene Bolivia. Sebastián afirma que algunos relatos del libros son buenos, otros malos y unos pocos “sobresalen con ventaja”:

“Entre estos últimos, la figura de la derrota está notablemente narrada en Tiro fallido, de Carlos Mesa y Alfonso Gumucio. En el cuento, un tiro penal es metáfora de un instante trascendental en la vida de su personaje, uno de esos momentos definitivos que raras veces ocurren en la vida real pero suceden sistemáticamente en el fútbol y, por eso, lo transforman en pasión extradeportiva, en código religioso, en cuestión de fe. El cuento es el relato de uno de aquellos momentos de ultratensión que lo definen todo y que, al mismo tiempo, definen muy poco más allá de sí mismos, y quizás por eso hacen evidente lo efímero y frágil de una vida. Eso porque en este cuento como en casi todos los del libro, se pone en evidencia una relación explícita: el fútbol se ve como la vida y viceversa. Así, es un relato que "literaliza” (o, performa, en jerga académica) el fútbol; es decir, que iguala la experiencia futbolística a la vital, el juego a la existencia, el deporte a una biografía que dura 90 minutos y cuyas consecuencias exteriores al sistema que se desarrolla en la cancha son definitivas aunque, de cierta forma, permanece dentro de sus límites”.

Bajo decidió esta vez empezar el libro con nuestro cuento, pero según el poeta Gabriel Chávez en realidad jugamos de zagueros. Chávez bautizó a la selección nacional de las letras bolivianas: “Homero Carvalho en el arco; Carlos Mesa y Alfonso Gumucio, de pareja de zagueros; Gary Daher y Willy Camacho en los laterales; Wilmer Urrelo y Claudio Ferrufino en la contención; Juan Pablo Piñeiro y Christian Vera, volantes mixtos; Mimo Pacheco de enganche y Edmundo Paz Soldán de punta solitario; y 15 más, de refresco, por si acaso”.

Ahora, en la edición de El Cuervo, 31 autores con 30 cuentos (el nuestro explica otra vez la discrepancia numérica), jugamos codo a codo en Domingos por la tarde: cuentos bolivianos de fútbol. Repiten en esta segunda aventura los titulares Gonzalo Lema, Willy Camacho, Liliana Carrillo, Inés Gonzáles, Homero Carvalho, Paul Tellería, Christian Vera, y Mariana Ruiz, y se incorporan delanteros de la talla de Wilmer Urrelo, Juan Pablo Piñeiro, Magela Baudoin y Adolfo Cárdenas.

Si en el terreno de verdad del fútbol boliviano se jugara con tanta ética y compromiso, probablemente no nos iría tan mal.
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¿En qué se parece el fútbol a Dios?
En la devoción que le tienen muchos creyentes
y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

—Eduardo Galeano

19 octubre 2014

Una plaza para el Flaco Gumucio

Como dijo mi hermano Pedro el viernes 17 de octubre durante la inauguración de la Plaza “Alfonso Gumucio Reyes” en la calle 22 de Achumani, a mi padre le hubiera encantado este homenaje del Gobierno Municipal de La Paz, en parte porque en sus años finales le gustaba salir a caminar y sentarse a tomar el sol en alguna plaza, encorvado y con las piernas cruzadas, con sombrero para protegerse y una vieja chompa beige que aún conservo.

Denise Ostermann, Pedro Gumucio Dagron, Alfonso Gumucio Dagron, el Alcalde a.i. Freddy Miranda y Pedro Susz 
Por lo demás, no era afecto a los homenajes. Como recordó mi hermano, dos veces rechazó la oferta que le hicieron de colgar en su pecho la máxima condecoración que otorga el Estado boliviano: el “Cóndor de los Andes”.  Una de las razones que esgrimía para rechazar ese honor tenía que ver con su natural vocación de servicio: “lo único que he hecho es trabajar por el país”. La otra razón, como me dijo alguna vez, es que el “Cóndor de los Andes” se ha devaluado bastante desde que las dictaduras lo concedían con cualquier motivo a cualquiera. Esto es fácil de comprobar si se revisa la lista de los recipientes a lo largo de las cinco o seis décadas pasadas.

Este año ha sido y es todavía el año del centenario del nacimiento de mi padre y gracias al Gobierno Municipal de La Paz, su memoria ha sido honrada. El Alcalde Luis Revilla, el Director de Gobernabilidad Pedro Susz y todo su equipo se han portado no solamente como funcionarios responsables, sino como amigos, aunque Pero Susz me ha dicho varias veces que lo que hizo la Alcaldía es lo que se debía hacer: un mínimo reconocimiento al constructor del desarrollo económico de Bolivia a principios de las décadas de 1950 y 1960.

Los homenajes han sido gratificantes para la familia y los amigos, sobre todo porque son la prueba de que unos pocos en este país tienen memoria. Lo dije con todas sus letras y sin ambages durante la inauguración de la Plaza “Alfonso Gumucio Reyes” en Achumani: no han recordado el centenario de mi padre los cruceños, por los que tanto hizo desde sus funciones de Estado, ni los cochabambinos, y lo que es peor, no lo ha recordado el gobierno nacional, tan auto-convencido de que la historia del país comenzó recién hace nueve años. Parte es ignorancia, parte es arrogancia, pero el resultado es el mismo: desmemoria malagradecida.

Tal como escribí en El ingeniero descalzo, el libro presentado en el homenaje que tuvo lugar en el salón de Honor de la Alcaldía de La Paz, el 12 de agosto de 2014, nuestro padre fue el impulsor del desarrollo económico de Santa Cruz, que hasta mediados de los años cincuenta no era sino un pueblito aislado del resto del país.

No me lo contaron, así recuerdo que era, pues en la plaza principal todavía se arrastraban sobre el fango las carretas tiradas por bueyes. Las carreteras que diseñó desde la presidencia de la Corporación Boliviana de Fomento (CBF) y más tarde como Ministro de Economía integraron el oriente de Bolivia al altiplano. Pero no fueron solamente los grandes ejes viales de integración sino las carreteras de penetración que permitieron el crecimiento de polos de desarrollo en torno al ingenio azucarero de Guabirá y de Montero (donde hay un hospital que lleva su nombre), los proyectos ganaderos en Todos Santos, y varios proyectos de agricultura tropical.

Pedro Gumucio Dagron, Katherine Grigsby y Alfonso Gumucio Dagron
Nació en Cochabamba e hizo mucho por ese departamento donde tampoco lo han recordado. Los cochabambinos viven también su momento de abulia y desmemoria. De hecho, fue contra la voluntad de muchos que se hizo la carretera 1 y 4 que ahora comunica a Cochabamba y Santa Cruz por la zona del Chapare, donde hay un puente que lleva su nombre (no porque se les ocurriera a los cochabambinos sino a don Jorge Bartos, que ni siquiera había nacido en Bolivia). Aunque el actual presidente diga en sus fogosos discursos que nadie antes se ocupó de generar energía en Bolivia, ahí está junto a la carretera que lleva al Chapare la planta hidroeléctrica de Corani y un poco más abajo la de Santa Isabel, proyecto que impulsó Gumucio Reyes.

El vivero de frutales de San Benito en el valle alto de Cochabamba cambió la estructura de producción y la economía familiar de los campesinos de la zona. No por nada la variedad más chaposa y jugosa de durazno fue nombrada “Gumucio Reyes” por el ingeniero René Saavedra, ese “loco por los duraznos” que mi padre buscaba y encontró para hacer realidad ese proyecto. La semana pasada mi amiga Ximena Jáuregui me trajo de Cochabamba unas plantas de esa variedad, que, espero, puedan echar raíces firmes en la nueva Plaza “Alfonso Gumucio Reyes”.

Rolando Costa Arduz, Pedro Gumucio y Carlos D. Mesa
La introducción del ganado cebú en Bolivia, primero en la región del Beni y luego en todo el país, fue otro de los proyectos que ideó nuestro padre para fortalecer la industria ganadera nacional.  Hoy, la joroba inconfundible del ganado Nelore (originario de la India), destaca en el horizonte de todas nuestras praderas. A esos proyectos se suman otros en varios departamentos del país, porque la visión que tuve mi padre fue de integración nacional, más allá de las artificiales fronteras departamentales.

La Alcaldía de La Paz colocó simultáneamente una placa idéntica a la de la plaza de Achumani, junto al nicho de mi padre en el Cementerio General.  En ambas el Alcalde Luis Revilla decidió recoger debajo de la declaratoria de “Hijo Predilecto de la Ciudad de La Paz” (que se otorga solamente por segunda vez en la historia de esta ciudad) una frase que incluí en el libro: “Los bolivianos honestos y dignos lo recuerdan como un visionario de la economía de Bolivia, que supo impulsar los grandes proyectos de desarrollo a través de una administración rigurosa e impecable, guiada por la ética y por la noción de servicio al país”.


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Gumucio era por encima de todo un creador que hizo posible que las ideas de transformación de la revolución fueran una realidad. Será imposible entender varios de los lineamientos y varios de los caminos que siguió el proceso de 1952 sin la mano firme, clara y la iniciativa sin desmayos, y el estar siempre dispuesto a hacer locuras de Alfonso Gumucio Reyes.
—Carlos D. Mesa


10 octubre 2014

Arte y parte

Estuve un par de días en Tarija a mediados de septiembre, en el 5º Encuentro Plurinacional de Teatro Universitario y Escuelas Superiores de Formación de Maestros. Colegas del Ministerio de Educación me invitaron para hablar de “la función de las artes en la educación a través de la literatura”, y lo hicieron sin duda porque mi faceta de escritor es más conocida para muchos que la de cineasta. Sin embargo al comenzar mi charla anuncié a los asistentes que iba a contarles un secreto: mi relación episódica con el teatro, y mi deseo de hablar de teatro en esa oportunidad, una de las pocas que tenía para hacerlo.

Mi relación con el teatro empezó en la escuela primaria, como les sucede a muchos, con una obra graciosa que representamos en el Teatro Municipal de La Paz en ocasión del Día de la Madre. Se trataba del ejercicio cómico Los sordos de Germán Berdiales (esto lo averigüé hace poco), donde el humor se basaba en los malentendidos entre cuatro personajes que confundían las palabras: leones con melones, legua con yegua, etc. La obrita no daba para más. Los niños actores tampoco.

Años más tarde, en secundaria, ensayé el personaje de Martín en La dama del alba de Alejandro Casona, pero ni siquiera recuerdo si llegamos a representarla alguna vez. Solo recuerdo los ensayos porque una de las actrices me gustaba. Ya fuera del ámbito del colegio, a fines de los años 1960, me sumé a un grupo de teatro formado por amigos escritores, bajo la dirección de Carlos Coello. Nos enfrascamos durante algún tiempo en los ensayos de una obra de Peter Handke, cuyo título no he retenido, una obra oscura, según recuerdo. O sería oscuro el lugar donde ensayábamos.

En mi trabajo en comunicación para el desarrollo el teatro ha estado también presente. A principios de la década de 1990, mientras trabajaba en Unicef en Nigeria, alenté un programa de capacitación de grupos de teatro comunitario para representar obras sobre temas de prevención de salud. Fue una experiencia tan estimulante que en un par de meses escribí un libro titulado Popular theatre (1995). Una versión más corta de ese manual se publicó cuando el año 2001 trabajé con la cooperación australiana en Papua Nueva Guinea, al otro lado del planeta. En ambos países, y también durante mi estadía en Haití, el teatro comunitario probó su eficacia en lugares donde ni siquiera había radio o televisión.

Más allá de esa episódica experiencia personal, el teatro se convirtió en algo muy especial para mi a través de mi querido amigo Liber Forti, al que tanto debemos en nuestro aprendizaje de la vida. Además de ser el creador de Nuevos Horizontes en Tupiza dedicó parte de su vida a promover el teatro en las minas o en las ciudades. Algo hicimos juntos en los años 1970, más bien relacionado con la fotografía y el cine, cuando él estaba de asesor cultural de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y de la Central Obrera Boliviana (COB), hermosas épocas.

Alfredo Rivera demuestra su técnica
Aunque generalmente se afirma que la expresión primigenia del arte fue la pintura rupestre en cuevas donde los cazadores plasmaban sus escenas de cacería,  el drama fue anterior. Todos nacemos con una predisposición para el drama y aprendemos a actuar antes de aprender a caminar. Antes de hablar, conocemos el valor de la gestualidad y del lenguaje corporal. Más tarde se suma la voz para expresar los estados de ánimo y las demandas que queremos que otros perciban. Nuestras expresiones faciales son aprendidas, aunque el hecho de actuar sea espontáneo.

Desde que las primeras comunidades humanas desarrollaron formas de organización social, inventaron rituales en los que la dramatización es fundamental. Las religiones surgieron en buena medida como formas de representación dramática que hoy se mantienen en el histrionismo de los predicadores evangélicos, maestros de la actuación. Algo parecido sucede en los torneos de lucha libre donde todos sabemos que se finge pero nos prestamos como cómplices voluntarios de esa parodia de violencia.

Con Elías Serrano
¿Por qué es tan importante la relación entre los procesos de comunicación y los procesos de producción artística? Porque en ambos procesos se aprende continuamente  y no solo a través de los resultados finales. Quienes se dedican a la escritura, a las artes plásticas o al teatro saben que en el proceso de creación de una obra es donde más se genera conocimiento, sobre todo cuando se trata de creaciones colectivas. La obra final es solamente uno de los resultados de ese proceso, pero hay otro resultado más importante: el aprendizaje , ese camino que se hace al andar.

Las fronteras entre el teatro y la literatura son tenues porque el teatro es también texto. Hay obras de teatro que están escritas para leer antes que para ser representadas. En el teatro, el actor presta su cuerpo y su voz al texto, y los espectadores prestan su imaginación a las palabras. La razón por la que una obra de teatro puede ser representada de tantas formas distintas es porque las palabras se abren a la imaginación de cada persona que las lee.

El binomio arte-educación que intenta promover el Ministro de Educación con estas actividades es fundamental, pero lo importante es no confundir la enseñanza de las artes con la enseñanza a través de las artes. Son dos procesos distintos.

Cacho Mendieta
Infortunadamente la enseñanza de las artes se reduce por lo general en los colegios al aprendizaje de las corrientes estéticas, a la memorización de algunos poemas y nombres de autores y a entonar himnos patrios. En el mejor de los casos la enseñanza de las artes es algo más interactiva: niños y jóvenes aprenden a tocar un instrumento, a pintar una acuarela o a escribir un poema. Sin embargo, esa visión no deja de ser instrumental, y no contribuye a desarrollar la creatividad.

En cambio, si concebimos las artes como puertas que se abren para dar paso a la creación de conocimiento, estamos hablando de algo distinto donde las artes en el contexto de la enseñanza se convierten en un medio y no en un fin.  ¿Cómo se aprende mejor, memorizando datos o haciéndose preguntas?

Para distinguir entre la acostumbrada clase de música o de artes plásticas, y una clase de educación a través de las artes imaginemos un colegio donde el maestro y los estudiantes trabajan conjuntamente para crear conocimiento a través de la práctica artística colectiva. A un grupo de estudiantes el maestro le pide que elabore una pintura mural sobre la contaminación del medio ambiente. Para realizar ese trabajo práctico los estudiantes tienen que investigar: buscar información, seleccionarla, interpretarla críticamente, compartirla con los compañeros, discutir los detalles del mural y ponerse de acuerdo antes de la primera pincelada.

Ponerse de acuerdo no es poca cosa. Significa estar dispuestos a crear colectivamente, a actuar en comunidad.  El proceso de comunicación es el proceso de generación colectiva de conocimiento. Y es en ese proceso donde se aprende más, y se aprende al mismo tiempo los temas de enseñanza y la práctica de las artes. El resultado, el mural, es una ganancia adicional porque permite compartir el aprendizaje con otros, aunque no el proceso enriquecedor que llevó a ese aprendizaje.

Lo mismo sucedería si esos estudiantes tuvieran la tarea de producir una obra de teatro sobre cualquier otro tema de estudio, por ejemplo un episodio de la historia contemporánea de Bolivia.  En el proceso de preparar la obra, tendrán que usar su creatividad, su imaginación, su experiencia personal y su conocimiento puesto en común para el beneficio de todo el grupo. El resultado será infinitamente más rico no solamente como producto de aprendizaje, sino como proceso colectivo.

Podríamos dar ejemplos de otras artes: la literatura, la música o el cine. En cada caso los estudiantes aprenderán mejor a través de ejercicios prácticos creativos, donde la experiencia lúdica se entreteje con la generación de conocimiento. Para una tarea de ciencias naturales los estudiantes podrían realizar con sus teléfonos celulares o pequeñas cámaras fotográficas, breves documentales en video, de tres o cuatro minutos, sobre temas de botánica o zoología.

En los procesos educativos la responsabilidad de los artistas es enorme, a condición de no verse como meros instructores de disciplinas, sino como promotores de pensamiento y de creación colectiva de conocimiento a través de las artes. 

Así, en Tarija me lancé en esa breve aventura de recordar mi casi inexistente relación con el teatro delante de amigos como Alfredo Rivera, Cacho Mendieta o Elías Serrano, que sí conocen el tema en profundidad, porque son actores y directores de larga trayectoria.
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El arte es uno de los medios de comunicación entre los hombres.

—Leon Tolstoi  

05 octubre 2014

Jacobo

Hablé con Jacobo Libermann el domingo pasado, para felicitarlo por su cumpleaños. Lo sentí animado como siempre, con esa voz que vibraba de juventud. Y como siempre que hablábamos, rayaba rápidamente la cancha de la conversación recordándome cuán amigo había sido de mi padre y la satisfacción que sentía de que yo hubiese heredado la amistad y el cariño que se profesaban.

Jacobo Libermann, Victor Paz Estenssoro, y Alfonso Gumucio Reyes en Tipuani
Esta vez volvió a evocar una anécdota que en conversaciones anteriores simbolizaba esa amistad especial que tuvo con mi padre, más allá de la militancia política en el MNR, más allá del poder y el exilio, más allá de los ajos y carajos con que Jacobo se expresaba siempre sobre política, pícaro en la lengua y en la mirada.

Recordó la finca San Antonio, en Rosario del Tala, en Entre Ríos, que Jacobo administró cuando estuvo exiliado en Argentina a mediados de la década de 1960, hasta la muerte de Barrientos. Mi padre se recuperaba apenas en Buenos Aires de una operación de la que, en realidad, nunca se repuso totalmente, y Jacobo lo visitó varias veces primero en el hospital y luego en la pensión de Marilú Valdivia de Escobari, donde estaba alojado. En esas visitas solía encontrarlo deprimido, hasta que lo invitó a Rosario del Tala y lo acompañó en el viaje en tren hasta Zárate Brazo Largo y de ahí en ferry hasta Ibicuy sobre el Rio Paraná.

Bertha, esposa de Jacobo, y los cuatro hijos (Máximo, Kitula, Juan y Gilka) los recibieron en el aljibe de la casa con una bandera boliviana atada a una caña larga. Era como estar un poquito en Bolivia, donde por las sinrazones de la dictadura militar no podían estar. “Le dimos una inyección de nueva fuerza a la vida, porque estaba delicado. Ahí estaba él en ese crepúsculo, y la bandera y las vacas mugiendo… y nosotros cantando el himno nacional”.  Esa anécdota y otras las repetía Jacobo con fruición.  

En Rosario del Tala, en Buenos Aires o en el dormitorio de la casa de Obrajes en La Paz, las conversaciones entre Jacobo y mi padre duraban cinco o seis horas, nunca les faltó materia para dialogar y discutir a veces acaloradamente. La política era, por supuesto, uno de los temas que regresaba en las conversaciones. A veces se puteaban, con inmenso cariño.

Con Jacobo, en su casa (2004)
Jacobo era un gran conversador, se expresaba con una energía que podía a veces intimidar a sus interlocutores, porque su manera de afirmar era siempre contundente. Además, se expresaba en un castellano perfecto, con una dicción envidiable, regodeándose en particular con los adjetivos cortantes (las “malas palabras”, que no son necesariamente malas). Los once años de diferencia entre Jacobo y mi padre se borraban a medida que ambos envejecían, sólo que Jacobo tuvo más tiempo para envejecer, tener nietos y bisnietos, y ver cómo el país se convertía en otro país, mientras que mi padre murió a los 67 años, con Jacobo a su lado, pendiente de su último suspiro.

De las veces que visité a Jacobo para conversar, en por lo menos dos ocasiones lo entrevisté largamente, la última de ellas en video, en abril de 2001. La anterior, solo con sonido, fue el 22 de octubre de 1999. En su estudio, rodeado de libros, apoyaba cada uno de sus recuerdos y argumentos exhibiendo algún documento, artículo o fotografía. No había límite de tiempo en esas conversaciones en las que, faltaba más, quien monopolizaba la palabra era él.

Jacobo y mi padre en el puente de Lipari recién construido (1975)
Habría mucho que escribir sobre la personalidad y la obra de Jacobo Libermann. Espero que los especialistas en historia, arqueología, antropología y literatura le dediquen algo de su tiempo a rescatar su obra dispersa y devolverle algo de lo mucho que dio a Bolivia. 

Si tan solo nos pusiéramos a revisar los números de la Revista de Arte y Letras Khana que él fundó cuando era Oficial Mayor de Cultura de la Alcaldía de La Paz, tendríamos una medida de su enorme aporte a la cultura y a la identidad nacional. Sin sesgo político y sin favorecer capillas ni feudos culturales, cada tres meses Khana abrió sus puertas a los investigadores más serios de este país, y allí se publicaron textos de Teresa Gisbert, de José de Mesa, de Carlos Ponce Sanginés, de Julia Elena Fortún, entre otros. No está por demás añadir que la calidad de la revista decayó rápidamente cuando Libermann dejó la dirección.

Desde la Alcaldía de La Paz impulsó a mediados de los años 1950 el primer Festival Anual de Música y Danzas Nativas, creó la biblioteca paceña y también el Salón Anual Pedro Domingo Murillo, un espacio privilegiado para los artistas plásticos. Y mientras tanto escribía poesía, poco conocida todavía.

Hombre cercano a Paz Estenssoro, no tuvo tan buena “química” con Siles Zuazo quien al llegar a la presidencia en 1956 lo cesó sin mayor trámite, nombrando en su lugar en el cargo de Director Nacional de Informaciones, a José Fellman Velarde. Sin ingresos para mantener a la familia, abrió una pequeña librería en la Imprenta Artística, en la calle Ayacucho que pertenecía a Jaime Otero Calderón, amigo y partidario político. La pequeña librería se llamaba Humaniora, como se leía en un gran letrero decorado por Luis Luksic. No les fue bien: “Fue un maldito negocio, más nos robaban los libros que lo que vendíamos”, recordaba Jacobo.

Luego de exilios y peregrinajes durante el régimen de Barrientos, regresó a Bolivia y fue director del vespertino Última Hora y también columnista de varios diarios en los que colaboró hasta años recientes.  Sin embargo la memoria de ese océano virtual que es internet es tramposa, porque depende mucho de cómo se etiqueta la información. Por ello no es fácil encontrar el rastro de los varios centenares de artículos que publicó Jacobo. Yo conservo algunos que me interesaron especialmente, como aquel que escribió a fines de 2013 sobre los chipayas que migran a Chile en busca de mejores oportunidades.

El primer párrafo da una idea del vigor de su lenguaje de cronista: “A nadie le importa si están aquí, allí, en cualquier lugar o desaparecen. Los miran sin ver y son transparentes como el vidrio. Parecen estar y no están. Su tiempo pertenece a un ayer sin fecha. En la estructura social, desde las oscuras edades del pasado, existe una escala de servidumbres de los indios chipayas que fueron subalternos de los aymaras y éstos, a su vez bajo el dominio de los incas, hasta llegar al sistema colonial hispanoamericano y sus jilakatas mestizos provistos de chicote. Habría que estudiar el papel de los cholos en el mundo de la explotación india. ¡Ahora lucen sombreros negros de ala ancha!”.

Su interés por la figura fundacional de Bolívar lo llevó a dedicar varios años de investigación entre los documentos y cartas del Libertador y a convertirse en uno de los mayores especialistas de América Latina. Su obra Tiempo de Bolívar: 1783-1830, publicada en 1989 en dos tomos, tiene más de mil páginas que son la mejor prueba de esa dedicación. Paradójicamente, esa obra magnífica no se publicó en Bolivia.  La primera edición se hizo en Colombia y la segunda, dos años más tarde, en Venezuela, auspiciada por la presidencia de la república. Su incorporación a la Academia Boliviana de la Historia el 17 de febrero de 1993, no fue sino un reconocimiento de su enorme capacidad y erudición. Ocupó desde entonces la silla “Z” con la que empieza su segundo apellido, Zelonka. Como resultado subsecuente de esa misma investigación publicó, también en Caracas, Sucre, desde el ápice a la adversidad (1995).

En la última conversación que sostuvimos por teléfono el día de su cumpleaños, el domingo 28 de septiembre, me dijo que ya no quedaba nadie de su generación para charlar, y que veía cercana la posibilidad de seguir conversando con mi padre más allá de la vida. Quizás por eso cuando el corazón volvió a traicionarlo hace unos días y los médicos recomendaron que fuera internado en una clínica, él, con la plena lucidez que lo acompañó hasta el último minuto, dijo que prefería quedarse en la casa. Y el viernes al mediodía, casi entre sueños, decidió que ya era tiempo de irse.
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Es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado.
—Voltaire