18 febrero 2018

Recorridos de Alasita

La Unesco premió la devoción de la gente

Hay quienes se están llenando la boca con el cuento de que la Fiesta de Alasita ya es Patrimonio Mundial declarado por la Unesco. Si fueran menos perezosos leerían el título completo de la declaratoria: la Unesco ha inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad “los recorridos rituales en La Paz durante la Feria de Alasita”, y no la feria misma.

Es decir, la Unesco ha reconocido a los paceños que con devoción o por tradición y costumbre, cada año recorremos una Feria de Alasita cada vez más venida a menos. La Comisión de Patrimonio Mundial de la Unesco ha reconocido nuestra ilusión y nuestro imaginario de una fiesta que estaba cargada de simbolismo y de historia, y que solo permanece incólume en la memoria de quienes tenemos cierta edad.

Durante varios años el Estado trató de que la Feria de Alasita fuera considerada un bien patrimonial de la humanidad, pero cada año era más difícil lograrlo y los dossiers presentados a la Comisión de la Unesco era sistemáticamente rechazados porque la feria ya no es lo que fue alguna vez. Se ha ido desnaturalizando hasta perder aquello que la hacía única y sorprendente: el ekeko y las miniaturas. Por eso, lo que se logró es una victoria pírrica que me entristece antes que alegrarme.

Estuve a medio día del 24 de enero en la ceremoniosa inauguración de la Feria (el Alcalde Revilla acompañado del Robespierre de Alasita) con la esperanza de encontrar alguna mejoría: nada, la misma decepción de los años anteriores. Cualquiera lo puede comprobar recorriendo los puestos donde abundan gallos, monos, sapos, caballos y elefantes chinos o de la India, pero donde ha desaparecido nada menos que el “rey de la abundancia” el ekeko, el símbolo más emblemático de la Alasita, ese hombrecito bigotudo, mestizo cargado de bienes de toda especie, para la suerte.

De cada diez puestos, quizás uno muestra algún ekeko, muchas veces el que usan los propios vendedores para adornar su puesto, no para venderlo. Parece que en esta ocasión les obligaron a exhibir al menos un ekeko en cada puesto, mientras venden peluches o chorizos. Tuve un alegrón de burro cuando vi en un rincón un grupo de ekekos bastante bien terminados pero cuando indagué el precio me echaron un balde de agua fría: “son caros porque los traemos desde Puno, allí los hacen, mire, bien cargadito está” (luego alguien me aclaró que en realidad los compran en Juliaca, donde se realiza cada año la Feria de Alasita como si fuera peruana). O sea, no somos ya siquiera capaces de fabricar nuestros propios ekekos, los hacen nuestros hermanos peruanos. Y cuando los hacen artesanos bolivianos, son ekekos pobres, esmirriados, flacos, con poco cargamento.

Antes la gente compraba quintales diminutos de arroz o azúcar, bolsas de fideo, latitas de leche Klim, verduras de cerámica, un colchón para dormir, un techo humilde de yeso. Es decir, las aspiraciones eran tener lo necesario para alimentar a la familia y un colchón para dormir.

A mi me gustaban los soldaditos de plomo, las miniaturas de cámaras fotográficas, las máquinas de escribir, un camión de latón hecho por los presos de San Pedro… Hay un solo puesto este año que tiene soldaditos de plomo, y ya no estará el 2019 porque la señora que lo mantuvo durante cuatro décadas, falleció hace pocos meses. Así han desaparecido los artesanos y la feria se ha llenad de comerciantes que no son capaces de fabricar con sus propias manos nada de lo que venden. Por eso en todos los puestos se ven las mismas cosas, ya no hay variedad, o muy poca.

Ahora, las aspiraciones de la nueva clase media del proceso del buen vivir son otras: un cholet de cuatro pisos, un camión o jeep 4 x 4 de lujo, un hotel enterito, Barbies rubias como las rubias teñidas que aparecen en la televisión, estilo Gabriela Zapata, la ex amante del presidente, hoy presa por tráfico de influencias… Esa es la clase media que puede permitirse llegar a una inmobiliaria y pagar con una maleta llena de dólares, con un solo golpe de magia, tres o cuatro departamentos en un edificio a punto de estrenarse, sin siquiera verlos.

Lo que abunda en toda la feria son los billetes y es lo que compramos los que no tenemos eso, billetes, porque es lo más barato. La gran oferta de billetes (sobre todo Dólares, Euros, Bolivianos) pequeños, medianos, grandes y gigantes, se explica no solamente porque con maletas llenas de esos billetes de pueden comprar desde casas hasta conciencias, sino porque es lo más fácil de producir (no se necesitan artesanos) y el margen de ganancia de los comerciantes es de 1 a 1000.

Una rápida aspersión de alcohol con flores amarillas de retama, hojas de coca y humo de copal completa el rito de medio día para decirnos que nuestro recorrido no ha sido en vano. Eso es lo que reconoció la Unesco: nuestros recorridos de ilusiones. 


(La versión corta de este texto se publicó en Página Siete el sábado 27 de enero 2018)
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Cada cultura absorbe elementos de las culturas cercanas y lejanas,
pero luego se caracteriza por la forma en que incorpora esos elementos.
—André Malraux


10 febrero 2018

Viaje onírico al averno

(Una versión corta de este comentario se publicó en Página Siete el domingo 7 de enero 2018)

El Averno era un bar de mala muerte en el barrio Belén, en la zona de San Pedro, creo que en el callejón Belzu, cerca de la Illampu, donde solíamos ir de vez en cuando para sentirnos mejores discípulos de Jaime Sáenz. No sé si ese era su nombre porque no tenía letrero. Recuerdo que para ingresar había que agacharse para pasar la pequeña puerta de madera y bajar un tramo de gradas que descansaban en un espacio con una veintena de mesas de madera desnudas y manchadas. No fui asiduo del lugar porque nunca me gustó mucho el alcohol, ni siquiera la cerveza, pero confieso que alguna vez terminé pasado de copas y dormido debajo de la mesa después de alguna larga discusión sobre literatura. 

Jaime Sáenz tenía la culpa porque había agrupado (sin querer) en torno a sí mismo un círculo de admiradores incondicionales y creado un mundo literario embriagante de misterio y de muerte, atractivo para los que teníamos una veintena de años y muchas ganas de escribir.

En esos años de juventud yo lo visitaba en su casa al final de la Avenida Saavedra, en Miraflores, donde ahora comienza la Avenida de Los Leones que antes no existía. Las visitas eran siempre en las tardes, después de la siesta de Jaime. La tía Esther me abría la puerta y a veces tenía que esperar un rato hasta que él apareciera con el cabello revuelto y los mitones de lana. Me mostraba las calaveras que estaba dibujando sin levantar la pluma del papel y me hacía escuchar en su vitrola de 78 RPM “Kantumarqueñita” de Adrían Patiño. En una de esas visitas le tomé en su balcón el retrato con ch’ullu y fondo de Illimani que otros han reproducido a diestra y siniestra, generalmente sin siquiera avisarme.

Su casa tenía la atmósfera de su obra poética y de la novela que estaba escribiendo, Felipe Delgado, que por primera vez publicó Jorge Catalano en la Editorial Difusión en 1980. Muñecas, relojes, dibujos, fotografías de su estadía en Alemania, el cristal que se robó en la casa-museo de Goethe y por supuesto muchos libros.

Esta introducción es necesaria para hablar de Averno (2018) el más reciente largometraje de Marcos Loayza, una de las obras más sorprendentes del cine boliviano en varias décadas.

Hablar de Sáenz tiene mucho sentido no solamente porque aparece como personaje en la película y porque cada escena parece ser un homenaje a la atmósfera onírica de su obra poética y narrativa, sino porque además Jaime era un apasionado de la imagen, elaboraba los collages de las tapas de sus poemarios, dibujaba calaveras y otras cosas, y quizás hubiera sido cineasta si nuestro cine hubiera estado más desarrollado cuando él era joven.

Su trabajo poético es sin duda cinematográfico en muchos sentidos, y quién mejor que Marcos Loayza, un dibujante compulsivo, creador las 24 horas del día y de la noche, para recrear esa atmósfera desbocada, tan delirante  sobrecogedora como atractiva y seductora.

Sin embargo, la cita que abre el film es de Proust, no de Sáenz: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos”.

Tupah es un lustrabotas de 18 años de edad que vive en El Alto y “baja” a La Paz cada día para trabajar, o más bien, para encontrarse con su grupo de amigos del mismo oficio, que parecen no moverse de la misma esquina todos los días, como compelidos a ello por una fuerza invisible similar a la de El ángel exterminador de Buñuel.

Ese día, y no otro (esto es fundamental), Tupah recibe 200 Bs y la oferta  de otro billete igual si logra encontrar a su tío Jacinto, músico de tuba en la banda “Fusión Los Andes” para tocar en el entierro de un policía. Ahí se inicia un periplo que dura toda la noche, mucho más escabroso que el de Paul Hackett en After hours de Martin Scorsese, porque en el caso de Tupah su vida está en juego cada minuto.

Para buscar al tío Jacinto “Vino Tinto” Tupah se adentra en la noche de los lugares más escabrosos que hubiera podido imaginar. En verdad, y eso hace de este film algo extraordinario, cruza el umbral de una dimensión paralela donde la vida y la muerte se encuentran. Pareciera una pesadilla, pero no lo es, porque todo lo que Tupah vive es real, es experiencia vivida de un mundo nocturno amenazante, poblado de personajes extraordinarios y de símbolos que saturan el film sin darnos mucho tiempo para desentrañarlos.

Es una obra barroca, que tiene cierto parentesco con los films de Guillermo del Toro, magníficamente fotografiada (Nelson Wainstein), con decorados  (Abel Bellido) muy elaborados y significativos (con una venia al cine expresionista alemán), vestuarios pensados hasta en el último detalle (Valeria Wilde), un trabajo novedoso en la banda sonora (en dos secuencias la radio parece dialogar con los personajes, algo nunca antes “oído” en el cine boliviano) y escenas que una tras otra nos transportan a dimensiones más complejas, como en un juego de internet en el que hay que superar las primeras pruebas para pasar a un nivel superior.

Tupah las supera todas (menos las preguntas kitsch que le hace el “anchancho” de la mitología minera, personaje tan extraño como jocoso que sale de un pequeño socavón) en una persecución que no cesa, atravesando umbrales hacia mundos paralelos donde enfrenta bandas de pandilleros delincuentes y aterriza en bares que solo existen de noche, que detrás de la primera puerta, fachada o salón encierran, cada uno, otros espacios de atmósfera sorprendente, ambientes a cual más denso y tenso: “El Colosal”, “La Oficina”, “Nido de dragones” y “La Trastienda” para llegar finalmente a “El Averno”, el infierno de donde no sabemos si saldrá con vida a menos que sea acompañado por la serpiente de fuego. Probablemente no, le dicen todos, porque mató al “príncipe de la noche” con una puñalada: “Esta noche morirás”.

De todos esos ambientes el que me ha fascinado por su surrealismo es “La Oficina”, donde para entrar hay que registrar documentos en orden. Adentro, en escritorios apretujados con máquinas de escribir y papeles, trabajan y beben una serie de personajes inexplicables, y la única manera de salir no es el regreso sino un laberinto donde Tupah tiene que enfrentarse y huir del minotauro que lo persigue. Ese camino sin regreso es el que caracteriza a toda la historia y justifica la frase de Proust, salvo el final, inexplicable aunque demasiado explícito.  

El lugar “real” en ese mundo onírico es la casa de Jaime Sáenz, noctámbulo reconocido y conocedor de todo lo que pasa en la noche de Chuquiago, donde la figura de  Santiago de los Caballeros es emblemática, al punto que Jaime Sáenz mismo, en la escena siguiente, aparece transfigurado en Santiago para salvar a Tupah de la banda que lo persigue. Lo salvan también bellas prostitutas y una poderosa contrabandista, porque de alguna manera para todos ellos Tupah representa la tenacidad que ninguno de ellos tiene para llegar al final, al infierno representado en El Averno (“Escupa antes de entrar”), donde lo mismo están burócratas corruptos que prelados de la iglesia.

Personajes como el anchancho o Lari-lari, Roberto Lara, o el kusillo de la batalla final consigo mismo, enriquecen ese fresco misterioso que parece reflejarse en los grafiti nocturnos de La Paz, que ya no miraremos con la inocencia de antes.

El viaje que ha emprendido Tupah no es para cumplir un compromiso, como la narrativa lineal podría sugerir, sino un viaje de descubrimiento de sí mismo para salir de la mediocridad y de la monotonía de su vida. Su trayecto nocturno le permite encontrar en sí mismo una fuerza de voluntad que desconocía, un temperamento persistente y testarudo, que el personaje revela poco a poco sin necesidad de que el actor recurra a gestos grandilocuentes y melodramáticos. Todo lo contrario, Paolo Vargas (Tupah) es un antihéroe que mantiene un registro de interpretación muy controlado, una suerte de Buster Keaton que no cambia de rostro frente a la adversidad porque tiene la certeza de vencer todos los obstáculos.

El mundo onírico que nos ofrece Averno es subyugante, rompe con todo lo que antes pudimos ver en el cine boliviano, aunque pueda tener algún parentesco sombrío con la expresión plástica en El cementerio de elefantes de Antezana o en el Viejo calavera de Russo. En Averno, cuyo título de producción era “Arcano Katari”, el registro realista se confunde con la narrativa onírica de tal manera que no se las puede separar, por eso es que el final del film resulta innecesario y a mi juicio sobra: es un aterrizaje forzoso, un retorno a lo cotidiano cuando ya no puede existir “normalidad” para Tupah, que ya no es la misma persona, que ya no puede pasar sus días en una esquina conversando banalidades con sus amigos.  

Esos tres minutos del final, donde vemos a Tupah con sus colegas lustrabotas en la esquina de siempre y casualmente vemos pasar ahí mismo, en esa esquina de la calle Pichincha el entierro del militar, son el equivalente de un panzazo en la realidad, que aniquila la magia en la que estábamos envueltos.

Creo que sucesivas miradas a este film de Marcos Loayza permitirían descubrir otros elementos que en una primera visión no son fácilmente detectables. La apreciación de la obra se vería sin duda enriquecida volviendo a ella varias veces, como sucede con algunas de las películas magistrales de la historia del cine, porque es una obra llena de símbolos cabalísticos, esotéricos y masónicos, que si bien no contribuyen a descifrar códigos, construyen la atmósfera de lo desconocido, lo que está por descubrir.  

Inmediatamente después de la primera proyección en sala, cuando el mismo director veía por primera vez la película completamente terminada, le pregunté sobre la génesis del film, cuál había sido la imagen primigenia de la que partió todo el proyecto: “No es un sueño mío, son imágenes colectivas de todos los bolivianos, de todos los andinos”. En su proceso de creación, me dijo, fueron incorporándose elementos simbólicos de muchos grandes creadores de nuestra identidad cultural, tanto aquellos que se remontan a momentos previos de nuestra existencia como país (Guamán Poma de Ayala), como los contemporáneos (Jaime Sáenz, Raúl Lara, Humberto Jaimes Zuna, Antonio Eguino, René Bascopé, Víctor Hugo Viscarra, entre otros).  

“Ya he perdido el rastro de dónde salió todo esto. Creo que la motivación era salir del costumbrismo con otro tipo de héroe. No había una sola imagen dominante. Quería una historia mítica, no solo dramatúrgicamente correcta. Es una película compleja, todo lo que está en ella es por alguna razón”.
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El verdadero viaje de descubrimiento
no consiste en buscar nuevos paisajes
sino en tener nuevos ojos.
—Marcel Proust