11 diciembre 2019

Fuertes

 En la Cinemateca Boliviana pude ver el largometraje “Fuertes” (2019) de Oscar Salazar Crespo y Franco Traverso Chueca. Es un placer ver películas cuando no hay público que hable o juegue con sus celulares, ni mastique pipocas con olor a mantequilla rancia.  Uno se puede concentrar en la gran pantalla y dejarse conquistar por la narrativa cinematográfica.

Entré a ver “Fuertes” con la mejor disposición, atraído por la historia de 600 stronguistas (jugadores y simpatizantes) que cuando estalla la Guerra del Chaco con Paraguay en 1932, deciden enlistarse en el ejército boliviano y formar parte de un destacamento que tendrá la misión de defender Cañada Esperanza (hoy Cañada Strongest).

No soy ni aficionado ni conocedor de fútbol (aunque por invitación de Ricardo Bajo he escrito a cuatro manos con Carlos D. Mesa un cuento para el libro que celebró el centenario de The Strongest), y tampoco me gustan las narraciones que rebalsan patriotismo, pero me atrajo la perspectiva de ver cómo los directores de la obra habían logrado tejer el entramado del fútbol y de la guerra, a partir de una historia real, no muy lejana en el tiempo.  

Luego de 115 minutos de proyección, casi dos horas, salí de la sala con impresiones y sentimientos encontrados, tratando de buscar los hilos de la historia para poder comentar esta obra que es representativa de las nuevas corrientes en el cine boliviano.

Recordé a Henri Langlois, el fundador y director durante muchos años de la Cinémathèque Française, quien alguna vez afirmó que solía ver las películas sin sonido, para apreciar mejor la calidad del relato. Puede parecer un extremo, ya que en el cine tiene tanta importancia la imagen como el sonido, pero fue inevitable pensar en esa aseveración cuando lo primero que uno nota en el film es la voz en off que narra demasiado, y lo segundo, una música imprudente, que pretende un papel protagónico en el filme, pero no ayuda al conjunto.

El argumento desarrollado por Salazar y Traverso es rico en anécdotas, muchas de ellas basadas en hechos reales, lo cual es muy atractivo desde el punto de vista histórico y biográfico. La sola mención, por ejemplo, de Juan Lechín en su época de crack del fútbol, emociona. Sin embargo, sobre las precisiones históricas me remito al formidable comentario que hizo del film Ricardo bajo, alguien que realmente conoce el tema y que podía haber sido consultor en la producción.

Sigo. Ciertos personajes son más creíbles que otros… Con esto quiero decir que algunos actúan con mayor naturalidad y otros tienden a la caricatura, pero ya sabemos que un actor es alguien que puede modelarse, y que al final, la responsabilidad de la dirección de actores recae sobre los autores de la película, aunque en este caso pareciera que cada actor tuvo mucha libertad de interpretar su personaje a su manera (quizás por eso el Víctor Zalles de Luigi Antezana resulta un tanto caricatural).

Veo mis notas, tomadas en la oscuridad de la sala (no como Julio de la Vega, que tenía una puntabola con luz), y rescato lo bueno de este film que es un tributo sincero a un episodio histórico importante para los bolivianos, y que está motivado por valores humanos fundamentales: la amistad por encima de todo, el amor a la patria, el coraje frente a la muerte, el valor de la familia, etc. El personaje principal encarna todo eso. Mariano Velasco Romero (Christian Martínez) es un joven absolutamente bueno, estudioso, esforzado y apasionado. De esos que se enamora cuando niño y cultiva ese amor toda la vida. Con la misma fidelidad y pasión se une a The Strongest o marcha a la Guerra del Chaco.  Es un personaje perfecto, sin contradicciones.

El “arco dramático” (una expresión que les gusta usar a mis estudiantes de cine) tiene una progresión lógica, aunque en su primera parte muy larga y reiterada. Para establecer la personalidad del personaje, su relación con quienes lo rodean y el contexto de Bolivia en aquellos años, asistimos a numerosos entrenamientos, partidos y campeonatos de fútbol entre barrios (San Pedro versus Los Obrajes, y otros). Tantos, que se llevan la mitad del film, hasta que aparecen las primeras alusiones a la Guerra del Chaco.

En el esquema de un filme convencional, el clímax del arco dramático es la ruptura que se produce cuando el fervor patriótico hace que todo el equipo de The Strongest y 600 fanáticos del club sigan la consigna de “pisar fuerte en el Chaco”. Y en la segunda parte del film, transcurrida ya una hora de proyección, lo hacen al grito de ¡Huarikasaya K’alatakaya! mientras salen del túnel de Cañada Esperanza (como si salieran del túnel del estadio) dispuestos a dar lo mejor de sí mismos en una de las pocas batallas ganadas por Bolivia. Allí se reiteran escenas de solidaridad y de amistad que se proyectan más allá del sentido de pérdida y de muerte, y no cabe duda de que son escenas enternecedoras, de mucha carga emocional. Lamentablemente, todo ello con muy poco análisis crítico, que es más o menos obligatorio cuando se hace una reconstrucción histórica y se mencionan nombres y hechos reales. Los jóvenes que marcharon al Chaco manipulados por gobernantes irresponsables y carentes de estrategia y logística, fueron empujados por un patriotismo sin respaldo real, a una muerte que su entusiasmo no podía evitar. Hay escenas que sugieren esa falta de apoyo a quienes estaban en el frente (falta comida, agua, armas), pero todo ello con tanta sutileza que pasa desapercibido.

El filme está narrado con una fotografía y con encuadres y movimientos de cámara magníficos, y una “paleta de color” (otra expresión que usan mis estudiantes) que refleja el imaginario que nos transmiten las fotos antiguas, amarillentas porque con el tiempo el químico del fijador tiende a homogenizarlas.  Me saco el sombrero dominguero para saludar la fotografía de Gustavo Soto, la producción de Pilar Groux, la dirección de arte de Serapio Tola y el vestuario de Melany Zuazo, realmente impecables. Todas las locaciones de filmación son estupendas, y se agradece las interpretaciones mesuradas de Fernando Arze, Christian Martínez, Christian Vázquez y Reynaldo Pacheco, actores con mucha experiencia.  

Entonces, si todo parece tan “en su lugar”, ¿por qué salgo de la sala con la sensación de que me falta algo? Quizás porque todo está demasiado prolijo y carente de contradicciones, y a la vez narrado en un estilo de telenovela donde las actuaciones de algunos personajes dejan la impresión de ajustarse a la pequeña pantalla. Así como he identificado más arriba las fortalezas en el argumento, en la fotografía, producción y dirección de arte, quiero mencionar las que a mi juicio son debilidades: el comentario en off excesivo con datos que no interesan en la propuesta dramática (la historia minuciosa de los campeonatos de futbol), la música omnipresente y melosa que impregna la cinta buscando protagonismo propio (sin desmerecer que la composición pueda ser de calidad), la falta de una mirada crítica sobre la guerra, y algunas actuaciones y diálogos poco convincentes.

A pesar de sus limitaciones, “Fuertes” es una película boliviana que hay que ver porque se suma a un puñado de producciones recientes muy significativas de una nueva etapa profesional en nuestra cinematografía, que no ha perdido su vocación social. Pienso en “Muralla” de Gory Patiño, “Lo peor de los deseos” de Claudio Araya o “Cuando los hombres quedan solos” de Fernando Martínez, entre otras dignas de ser vistas y comentadas. 

(Publicado en Página Siete, el domingo 10 de noviembre 2019)
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Aprendamos a esperar siempre sin esperanza;
es el secreto del heroísmo.
— Maurice Maeterlinck


07 diciembre 2019

Sebastiana

Sebastiana Kespi y su hija Emiliana
  Este año la perdimos. Una de las últimas veces que estuve con Sebastiana Kespi Mamani en Chipaya, en el ayllu Wistrullani donde vivía, la miraba caminar con paso rápido de un lado a otro.  Rengueaba porque los pies ya no respondían como antes, pero aún así se desplazaba como una hormiguita inquieta y laboriosa. “¿Qué haces Sebastiana?, le pregunté con curiosidad y me respondió que estaba construyendo su nueva casa, no muy lejos de la antigua y de la casa de su hija, Emiliana.

En años recientes estuve varias veces en Chipaya y siempre buscaba a Sebastiana. Mientras filmaba el documental de largometraje “Amanecer chipaya” (2018), no dejaba de visitarla y de incluirla en las actividades que desarrollamos mientras rodamos la película. En cada caso ella participaba entusiasta y voluntariosa.

Imagen de "Vuelve Sebastiana" (1953), de Jorge Ruiz
Desde La Paz, llamaba de vez en cuando a Emiliana o al yerno de Sebastiana, para que me dieran noticias de ella, que en los últimos años sufría de demencia senil. Una de las veces que llamé fue con motivo de la desaparición de Sebastiana en las calles de Oruro, a principios de noviembre del 2017. Había salido sola muy temprano el jueves 2, y no había regresado a su casa. La noticia apareció en las redes y en los medios, y muchos se movilizaron para buscarla. La policía colocó carteles de “persona desaparecida”, con una foto antigua de ella. Ese jueves y viernes hablé varias veces con Emiliana, que no tenía buenas noticias hasta que finalmente me las dio el viernes 3 por la noche: la habían encontrado deambulando por la calle Soria Galvarro. Deshidratada, tuvieron que hospitalizarla por unas horas.

Con Sebastiana en Santa Ana de Chipaya
Tuve la suerte de conocerla y de conversar con ella muchas veces cuando todavía su memoria no la traicionaba, aunque poco recordaba su participación en la película emblemática “Vuelve Sebastiana” (1953) de Jorge Ruiz, sobre un guion de Luis Ramiro Beltrán, cuando tenía 10 años de edad. O quizás le daba pereza responder cuando le preguntaban sobre esa etapa de su vida que la hizo famosa. Lo de “famosa” no deja de ser una ironía, pues todos se olvidaron de ella durante varias décadas, mientras Sebastiana vivía pobremente en Chipaya, y pasaba la mayor parte del tiempo en casa de su hija Emiliana.

En mayo de 2015 la Cinemateca Boliviana le hizo un merecido homenaje. Me senté a su lado mientras veíamos la película de Jorge Ruiz, que ella veía -según me dijo- por primera vez, aunque otras versiones indican lo contrario. Durante la proyección se mantuvo atenta, con la vista fija en la pantalla. Al finalizar le pregunté sobre sus impresiones y respondió: “Ahí vive mi papá, ahí vive mi mamá, por eso estoy llorando”. Quería decirme que sus padres vivían todavía en la pantalla.  Para ella, eso era magia. Luego retomó el hilo que más le interesaba de la conversación: “Algunos me dicen, usted tendría que tener un sueldo, por qué no tiene sueldo”.  No supe qué responderle.  “No tengo sueldo, quiero morir”, me dice, pero esta vez sonriendo con cierta picardía, como si todo fuera un juego para victimizarse.

Llegó aquella vez a La Paz con su única hija mujer. Además, tiene un hijo varón y diez nietos. Dos de ellos viven en Antofagasta, donde ha ido a visitarlos varias veces. Me contó que de allá traía algo de dinero para comprar arroz en Oruro. Por lo demás, sobrevivía de las 25 ovejas que tenía, el equivalente de una cuenta bancaria: “Yo sigo pastoreando, llorando, llorando”, me decía. Elaboraba queso con la leche de las ovejas, pero “en marzo la tierra se seca y las ovejas ya no dan leche”. Los meses buenos son de junio a febrero, cuando llueve. Luego las ovejas se secan como la tierra.

Por iniciativa del diputado Santos Paredes de la Comisión de Naciones y Pueblos Indígena Originario Campesinos, Cultura e Interculturalidad de la Cámara Baja la Asamblea Plurinacional, recibió una medalla vistosa. Me la mostraba con cierto orgullo, pero al mismo tiempo decía con sorna: “Qué voy a hacer con la medalla, mejor me hubieran dado platita”.

Jorge Ruiz, con quien conversé tantas veces, solía decirme: “En toda mi carrera de cineasta, sólo he hecho, unas cuatro películas de mi propia voluntad, todas las demás han sido encargos”. Entre ese puñado de películas propias, Ruiz citaba Vuelve Sebastiana, considerada por muchos su obra más importante.

Sebastiana me contaba que el maestro de la escuela de Santa Ana de Chipaya la había “prestado” a Ruiz por sus buenas notas, pero no recordaba cuánto duró la filmación: “una semana, dos semanas ¿o un mes será?”. Todo eso que importa tanto a los cinéfilos, a ella la tiene sin cuidado. No recuerda sino tres momentos de la filmación: las escenas donde aparece pastoreando ovejas, aquellas tomas que se filmaron en Sabaya, y también la escena de la muerte del abuelo que se aventura en el altiplano para buscarla. Cuando le pregunté sobre la muerte del abuelo, me contó que lloró de verdad, no fingió. “De verdad he llorado, pues”.  “¿Por qué?”, le pregunté. “Porque se ha muerto”, responde. “Pero si no ha muerto de verdad”, insistí. “Igual he llorado. Vas a llorar me han dicho, entonces he llorado”.

Filmación de "Amanecer chipaya"
El periodo que más frecuenté a Sebastiana fue en 2017 cuando filmé “Amanecer Chipaya”, con un equipo reducido a Freddy Delgado y Marcos Machaca como camarógrafos (ambos se turnaron), y Ramiro Valdez como sonidista. La película nació de la iniciativa del Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (SIFDE), del Órgano Electoral Plurinacional.  El SIFDE tuvo la iniciativa de documentar los tres primeros procesos de autonomías indígenas originario campesinas, consagradas en la Constitución Política del Estado de 2009. Charagua Iyambae, Uru Chipaya y Raqaypampa fueron, en nueve años, las únicas naciones indígenas que accedieron a su autonomía.

Lo que tenía que ser un sencillo registro de 15 o 20 minutos (el presupuesto no alcanzaba para más) se convirtió en un documental de largometraje porque me enamoré de los Chipayas y sentí mucha empatía con ellos por su historia, su cultura y sus condiciones de vida, que están plasmadas en la película. Pero además la filmación me dio la oportunidad de rescatar la figura de Sebastiana y devolver a los chipayas parte de su memoria. Siempre tuve en mente que además de cumplir con el SIFDE, debía hacer un documental que sirviera a los propios chipayas y a las futuras generaciones, como unas páginas de su libro de historia.

Sebastiana Kespia y Paulino Lupi
Sebastiana ya había recibido homenajes y medallas, pero nadie sabía (ni preguntaba) lo que había sucedido con Paulino, el niño aymara que protagoniza con ella la película de Jorge Ruiz. Un día, conversando con ella en el patio de su casa, le pregunté qué había sido de la vida de Paulino, y su respuesta me sorprendió. Entre risas me dijo: “No es aymara, es chipaya, del ayllu Manazaya, vive en la esquina de la plaza”. Solo podía ser una esquina, ya que la escuela, la alcaldía y una tienda ocupan tres esquinas. Lo fui inmediatamente a buscar en una humilde casa azul y encontré a un Paulino López (ya no Lupi), bonachón que me recibió con una mirada cristalina y una gran sonrisa. Paulino confirmó que Jorge Ruiz había pedido “prestados” a los dos mejores alumnos de la escuela, y que el profesor había seleccionado a ambos.

El “descubrimiento” de Paulino ha sido en mi vida de cineasta tan importante como el redescubrimiento de José María Velasco Maidana en Houston el año 1975. Dos satisfacciones enormes como cineasta y como historiador del cine. Paulino se queja, con razón, que ha sido olvidado por todos, nadie le hizo hasta ahora el homenaje que se merece. Es una promesa que le hice y que quiero cumplir.

Sebastiana Kespia y Paulino Lupi
Las nuevas generaciones no habían visto nunca “Vuelve Sebastiana” en Santa Ana de Chipaya, de modo que como parte de la filmación organizamos una proyección en el auditorio del colegio. En primera fila estaban Sebastiana, Paulino y los dirigentes de los ayllus. Filmamos sus rostros mientras veían el film y al día siguiente “me presté” de nuevo, seis décadas más tarde, a Sebastiana y a Paulino para filmar con ambos unas cuantas escenas que reproducen aquellas en las que se los ve juntos en la película de Jorge Ruiz. Fue emocionante para el equipo de filmación pedirles que repitieran lo que habían hecho tantos años antes, y lo hicieron de buen gusto, como cómplices divertidos. Esas escenas también están incluidas en la edición final del documental.

Esta vez Sebastiana se fue para no volver. La recordaré siempre en movimiento, participando en todas las actividades de su pueblo, haciendo fila para votar y bailando el día de las elecciones de autoridades originarias en el ayllu Wistrullani, siempre con una sonrisa un poco pícara. 

(Publicado en Página Siete el domingo 27 de octubre 2019)

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Momentos que desde que uno los vive parecen viejos recuerdos.
—Luis Ignacio Helguera


03 diciembre 2019

Los celestes

 Durante el gobierno del MIR (1989-1993), llamábamos “casimires” a los simpatizantes del partido del presidente Jaime Paz Zamora que ocupaban cargos dentro del país o en el servicio exterior, pero afirmaban que no eran militantes miristas.


Guardando las distancias, sucedió algo parecido durante los gobiernos del MAS: una pléyade de personajes, funcionales al partido de Evo Morales, no se reconocían como militantes. De hecho, admitían cada vez menos una relación orgánica, a medida que el “proceso de cambio” se deterioraba corroído internamente por la corrupción, el abuso de poder y las continuas violaciones de la Constitución.

A estos “casiMAS” yo los llamo los “celestes” (sin ánimo de ofender a los seguidores del equipo de fútbol). Durante 14 años medraron de contratos de consultoría o cargos públicos más o menos visibles. Aunque decían que no eran militantes, orbitaban alrededor de la vicepresidencia, a veces adoptaban tímidas posiciones públicas en favor del gobierno del MAS, pero las más de las veces trabajaban para él manteniendo un perfil bajo.

Como este es un país desmemoriado, vale la pena dedicarles una columna, ahora que están más callados que nunca -aunque probablemente todavía estén vinculados a instituciones del Estado por contratos que no lograron concluir. Durante años intercambiaron consultorías en proyectos que supuestamente contribuían a la democracia y a la gobernabilidad, pero que en realidad las socavaron, como se ha visto en el “apoyo” al Órgano Electoral Plurinacional (OEP), copado por afines al MAS hasta después del fraude electoral.

Los “celestes” tienen una sorprendente habilidad para reciclarse como grupo: hoy por ti, mañana por mí… Algunos ocuparon posiciones públicas y luego desaparecieron discretamente, pero siguieron como “operadores-submarino” (modelo silencioso, sin sonar), replegados en instituciones donde se turnan como en puerta giratoria de hotel para obtener trabajo de botones bajo el rótulo de “gobernabilidad” o “apoyo a la democracia”: Idea Internacional, el PNUD, la FES, otorgaban un barniz “independiente”, mientras se beneficiaban de los “celestes” por sus vínculos políticos con las más altas esferas del MAS. En ese grupo figuran “expertos” y “analistas” como: Mayorga, Exeni, Mendoza, Ortuño, Villanueva, Peña y otros que optaron por un perfil muy bajo (en todos los sentidos de la palabra). Varios han desaparecido, dentro o fuera de Bolivia, aunque solamente los amenaza su propia conciencia.  

Era un negocio sin ética: compra y venta de consultorías, la mayoría de las cuales no sirvió para nada, pero garantizaba ingresos continuos a los “celestes”, rotando de un proyecto a otro, serviles a un proceso corrupto, autoritario, aferrado al poder, promotor del narcotráfico, extractivista y depredador de la naturaleza. Los “celestes” nunca tomaron distancia en posiciones públicas sobre los grandes problemas que aquejan al país.  Ellos conocían perfectamente el daño irreversible que se le hacía al país y no pueden argumentar ignorancia o inocencia, pues no son parte de la masa masista ingenua que se traga las consignas y los discursos. Es peor aún: los “celestes” son los constructores de ese discurso del engaño.

¿Dilema ético? Ninguno. Ahora están calladitos, pero se reciclarán, son expertos en hacerlo. Hace mucho que traicionaron sus ideales, si es que alguna vez los tuvieron. Era un negocio frío y calculado, una argolla de contratos. No importaba cómo estuviera Bolivia.

Algunos “celestes” se dedican a denostar a nuestro país en el extranjero, para aislar el proceso constitucional de transición a la democracia. A través de sus contactos internacionales contribuyen a crear un cerco que es más doloroso que el cerco sobre Cochabamba y La Paz que impuso Evo Morales a costa de varias vidas humanas. Ahora es un cerco sobre la paz de Bolivia, una paz que se está logrando a costa de mucho sacrificio y dolor, y pese a los “celestes”, tan ubicuos como oportunistas.


(Publicado en Página Siete el sábado 30 de noviembre 2019) 
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Todos esos oportunistas que se llaman socialistas pueden irse.
¿Son acaso algo más que un desecho
que la historia arrojará al cesto de la basura?
—Leon Trotsky

30 noviembre 2019

Desde las cenizas

   (Publicado en Página Siete el sábado 16 de noviembre 2019) 

El gigantesco fraude electoral revelado por el peritaje de 30 expertos enviados por la OEA (a pedido del propio gobierno de Evo Morales), dejó a Bolivia durante 25 días en una situación de zozobra. La testarudez y cinismo de Morales al no aceptar que obtuvo mayoría parlamentaria y presidencial en las elecciones del 20 de octubre, mediante la manipulación manual de miles de actas y del sistema informático de transmisión de datos, provocó reacciones de indignación en la población.

Al día siguiente, la ciudadanía salió a las calles para defender el voto en forma pacífica, luego de enterarse de que el sistema de transmisión de datos había sido manipulado. Algunos grupos, enardecidos por el engaño actuaron de manera violenta contra los tribunales departamentales, pero en términos generales la población se manifestó pacíficamente portando banderas bolivianas, antes que banderas partidarias.

Ingeniero Edgar Villegas muestra pruebas del fraude
Las denuncias de ingenieros bolivianos, con base en evidencia tomada de las propias actas presentadas por el Órgano Electoral Plurinacional (OEP) en su página web, se complementaron con los testimonios de las dos empresas contratadas por el mismo OEP (Ethical Hacking y NeoTec) en sentido de que se cometieron irregularidades en el proceso electoral. El informe preliminar de los técnicos de la OEA vino a confirmarlo: las elecciones estuvieron “viciadas de nulidad”.

Evo Morales se vio acorralado y sacó a las calles y a las carreteras a grupos de choque del MAS y grupos pagados (según testimonios de los propios agresores) que atacaron a la población civil, instituciones, supermercados, casas de dirigentes cívicos, periodistas y opositores, y luego —cuando la policía se negó a enfrentarse a la ciudadanía— quemaron en todo el país edificios enteros de la Policía Nacional, de la Fuerza Especial de Lucha contra el Crimen (FELCC) y de la Unidad Táctica de Operaciones (UTOP). La policía se acuarteló (o huyó) antes que responder a la violencia.

Grupos de choque del MAS quemaron 64 autobuses municipales
Bandas de maleantes afiliados al MAS quemaron 64 buses municipales PumaKatari en La Paz y aterrorizaron a la población en las noches, alentados por el propio Evo Morales que en sus discursos y tuits llamaba a defender el “proceso de cambio”. Pero al renunciar poco después dijo que lo hacía para “pacificar” el país, sin mencionar ni una sola vez el informe de la OEA y el fraude electoral, pero inventando un “golpe” inexistente, ya que los militares solamente salieron a resguardar la seguridad ciudadana la noche del 11 de noviembre, a pedido de la Policía Nacional. Esa noche el autócrata decidió partir a México. Nadie lo exilió ni expulsó. Hasta entonces no hubo un solo militar en las calles.

Cabildo ciudadano en La Paz en repudio del fraude electoral
La mejor prueba de que no hubo “golpe” es que el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) puesto por Morales, confirmó la legalidad de la sucesión presidencial, y que la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP) ha retomado sus funciones con mayoría del MAS, que ha copado las cabezas de ambas cámaras. Veremos si ellos facilitan el camino a elecciones transparentes o lo obstruyen.

A los bolivianos nos toca ahora levantarnos de las cenizas que dejó Evo Morales luego de 14 años de régimen autoritario. Para hacerlo, el gobierno de transición tiene que tomar medidas tan inmediatas como difíciles de implementar. A mi juicio esas medidas urgentes incluyen:


1 . Poner en funcionamiento las instituciones públicas y normalizar las operaciones del Estado, reemplazando a funcionarios políticos, pero no técnicos, y evitando el sabotaje interno.
2 . Difundir ampliamente el informe final de la auditoría electoral de la OEA, que debe tomar en cuenta los insumos de ingenieros de sistemas bolivianos, del CONADE, la UMSA, etc.
3 . Restablecer el funcionamiento de los medios de información del Estado y privados, con garantías de libertad de expresión, a diferencia de lo que sucedió con el MAS.
4 . Sustituir a los principales embajadores (OEA, Naciones Unidas, Unión Europea, Brasil, Argentina, y otros) y enviar misiones de “notables” que recorran América Latina y Europa para para explicar a la comunidad internacional la verdad sobre el fraude electoral y la inexistencia de un “golpe”.
5 . Presupuesto extraordinario para los Tribunales Electorales Departamentales, la Policía, y algunas alcaldías (La Paz y El Alto, entre otras), y la reconstrucción inmediata de estas instituciones avasalladas y destruidas, para garantizar su funcionamiento normal.
6 . Restablecimiento del sistema de salud, educativo, transporte, financiero, y otros servicios afectados en todo el país por los ataques de grupos de choque y sabotajes internos.
7 . Control policial y militar de poblaciones conflictivas (Challapata, Yapacaní, San Matías y otras), conocidas por sus actividades delictivas de narcotráfico y contrabando.
8 . Reactivar una justicia eficiente y apegada a las leyes, que procese a quienes son responsables, en todos los niveles, de la situación de caos que ha vivido el país.


Nada de esto será fácil, y solo será posible con la unidad de todas las fuerzas civiles y políticas, dejando a un lado los intereses personales y regionales. Y obviando también críticas y exigencias mezquinas en momentos en que el único objetivo de todos debería ser llegar sin conflicto a elecciones transparentes a principios del 2020. 


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El hombre es un animal que estafa,
y no hay otro animal que estafe además del hombre.
—Edgar Allan Poe

26 noviembre 2019

El hombre que leía cine

 Sobre llovido, mojado. Cuando uno cree que las malas nuevas van a terminar al día siguiente y cuando uno busca algo de descanso después de tanta zozobra, siguen llegando esas noticias que uno no quisiera leer ni escuchar. Por ello me ha tomado varios días vencer mi parálisis y escribir lo que sigue.


Jean Douchet (1929-2019)
A los 90 años de edad, el 22 de noviembre, falleció Jean Douchet, gran crítico y también realizador del cine francés. Cuando yo lo conocí en 1973, tenía 44 años. Fue mi maestro en el Institut de Hautes Études Cinématographiques (IDHEC) en París, y junto a Louis Daquin, fue la persona que me entrevistó el primer día en el IDHEC, luego de haber pasado dos meses de pruebas exhaustivas que fueron reduciendo el número de más de 600 aspirantes a 22 finalmente aceptados, entre ellos solo cuatro extranjeros, uno de ellos un boliviano que entonces apenas balbuceaba el francés.

En esa primera entrevista, luego de interesarse en mi procedencia (fui el primer y único boliviano que estudió en el IDHEC), me hizo varias preguntas, de las que me marcó una aparentemente inocente, pero que no lo era en absoluto: “¿Para qué quieres estudiar cine”?” Ahí empezó una larga amistad.

Jean Douchet me enseñó a ver cine.  No a mirar cine, sino a ver. Es decir, me enseñó a desarrollar la capacidad (o el instinto) de analizar una película en toda su complejidad y en los niveles que un espectador normal no alcanza a distinguir. Las clases con él eran deliciosas, porque nos sentábamos alrededor de una mesa de edición y en la pequeña pantalla pasaban las escenas de grandes clásicos del cine en copias en 16mm o en 35mm. Jean detenía la imagen cuando era necesario, o volvía a mostrar una toma para revelar en un encuadre algo que no habíamos notado. Con él analizábamos plano por plano algunas películas, con especial atención al montaje, a la fotografía, a la luz, a las líneas de la composición. En los grandes maestros, nada era gratuito. Todo lo que aparecía en la imagen tenía una razón de ser. Después de cada clase con él, nos sentíamos más inteligentes.

Nos decía que el conocimiento a través del cine se hacía de adentro hacia afuera, en lugar de estudiar el objeto de arte desde afuera hacia adentro. Y para demostrar aquello todas sus clases de análisis de filmes, en grupos muy pequeños de estudiantes alrededor de la mesa de montaje, tenían la misma estructura: ver una película y analizarla escena por escena, plano por plano.  Era la escuela que había dejado Henri Langlois, el creador de la Cinemateca Francesa: no fijarse tanto en los diálogos y en la historia, sino en la manera de narrar a través de la imagen.

Douchet, profesor en el IDHEC 
En un libro de entrevistas con Douchet, titulado “El hombre cine”, el historiador Joël Magny lo llamó el “Sócrates del cine”, porque fue un maestro de varias generaciones que veneraban sus enseñanzas. Era un erudito del cine, un cinéfilo que tenía un conocimiento profundo del lenguaje cinematográfico (en especial de la composición de la imagen) y una sensibilidad especial para ver en una película lo que los demás no veían. Con el aprendimos a “leer” el cine de Murnau, Mizoguchi, Kurosawa, y Godard, entre otros. Le interesaba mucho “cómo” y “porqué” un director decide componer una imagen o construir un movimiento de cámara. La historia podía ser muy importante, pero para él lo era más aún la manera de contarla: la construcción del lenguaje cinematográfico.

En mis tiempos de estudiante de cine (1972-1976), gracias a su estímulo comencé a escribir comentarios de todas las películas que veía. Lo hice con férrea disciplina durante cuatro años, pero no era una tarea fácil ya que en virtud de una tarjeta mágica que nos permitía entrar gratuitamente a todas las salas de cine de París, veíamos entre 3 y 4 películas diarias. Solíamos terminar a media noche en la última proyección de la Cinemateca Francesa, que entonces quedaba en el Palais de Chaillot. Antes de acostarme, escribía varias páginas. Como resultado, tengo probablemente dos mil comentarios de cine inéditos, en cuatro gruesos archivadores de palanca, escritos de un solo golpe en una máquina de escribir portátil, Olympia.

Douchet nació el 19 de enero de 1929 en Arras, la ciudad capital de Pas-de-Calais, y después de sus estudios de filosofía comenzó a escribir en La Gazette du Cinéma fundada por Eric Rohmer, y posteriormente durante la década de 1950 en Cahiers du Cinéma, la emblemática revista especializada fundada por André Bazin. Jean Douchet ejerció la crítica junto a François Truffaut, Jean-Luc Godard, Eric Rohmer, Claude Chabrol y otros que en años siguientes se convirtieron en los grandes cineastas de la Nouvelle Vague (Nueva Ola) del cine francés. Jean hizo también algunos filmes, pero lo suyo era escribir sobre cine, analizar películas, desmenuzarlas, y eso es lo que hizo a lo largo de su vida.

Su personalidad era la de un diletante, al menos así lo recuerdo, un hombre grande y bonachón a quien le gustaba la buena comida, el buen vino y por supuesto el buen cine. Nunca lo vi de mal humor, ni durante mi periodo de estudiante ni años después, cuando me daba modos para verlo un rato cuando regresaba a París.

Aunque menos conocido como cineasta, fue uno de los autores de “Paris, visto por…” (1965), un largometraje de ruptura compuesto por seis historias que suceden en diferentes barrios de París, dirigidas por Jean Douchet, Jean-Luc Godard, Jean Rouch, Claude Chabrol, Eric Rohmer y Jean-Daniel Pollet. Douchet hubiera querido dirigir el corto sobre el barrio de Le Marais, más suyo que ninguno, pero aceptó desarrollar su historia al otro lado del Sena, en St. Germain des Pres. Un dato no menor es que la fotografía del corto la hizo Néstor Almendros, a quien Jean Douchet llevó como profesor al IDHEC, donde fue un lujo tenerlo como maestro y amigo.

Sobre el IDHEC, ofreció en abril de 2018 una larga charla que me ha traído a la memoria aquellos años. Esa conversación, en francés, se puede ver en YouTube. Fue una de sus últimas apariciones públicas.

Douchet, con Agnes Varda y Jean-Luc Godard 
Entre 1962 y 2010 hizo una docena de filmes, la mayoría documentales sobre personalidades de la Nouvelle Vague que él conocía muy bien. Publicó también libros importantes sobre Hitchcock, André Bazin, la Nouvelle Vague, entre otros.

A pedido de sus amigos cineastas, hizo breves apariciones (cameos) en películas emblemáticas de Godard, Truffaut, Rohmer, Eustache y Rivette, y posteriormente interpretó papeles en películas de directores de las nuevas generaciones que él había formado. Una tercera faceta es su trabajo en la televisión, realizando el análisis de películas de grandes realizadores.

Lo vi pocas veces en este siglo, por razones de distancia mayor, pero lo extrañaré como si hubiéramos estado conversando ayer en un café de Le Marais, su barrio, y el barrio donde nos encontramos la última vez.  
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La critique est l'art d'aimer. Elle est le fruit d'une passion qui ne se laisse pas dévorer par elle-même, mais aspire au contrôle d'une vigilante lucidité. —Jean Douchet