13 diciembre 2018

El hombre caleidoscopio

 Es muy refrescante ver de vez en cuando una película que no se toma en serio, que se burla de sí misma y de los espectadores, sin vapulearlos, simplemente provocando su imaginación y su agudeza visual. Esa película absolutamente extraña, que se desmarca del cine “serio” que se hace en nuestro país, se llama “El hombre”, un título que es parte de la tomadura de pelo, porque el hombre en el film es interpretado por varios actores y tiene tantos rostros como intérpretes. 

“El hombre” (2018), dirigida por Daniel Moreno Catalano, de quien no tengo ninguna referencia anterior, podría clasificarse en varias categorías: film policial negro, comedia experimental o broma surrealista. No importa el género en este mundo en que las fronteras entre géneros son ahora tan tenues, pero importa la realización, la manera de contar una historia. 

En el cine boliviano hay demasiadas historias que creen que porque tocan algún tema social considerado “importante”, ya merecen el apoyo de los espectadores y de la crítica, aunque estén muy mal llevadas al cine. En los mismos días en que vi “El hombre” como miembro del jurado boliviano que eligió los filmes que enviaríamos a los premios Oscar y Goya, vi también “Las tres rosas” y “Madre agua”, y siento decirlo, pero estas dos que acabo de mencionar no me dejaron absolutamente ningún rastro en la memoria, mientras que “el hombre” estuve dándome vueltas en la cabeza hasta que decidí escribir estos párrafos. 

En descargo de “Madre agua” y de “Las tres rosas” diré que son películas bien intencionadas, pero sin ningún mérito narrativo. Revisando mis notas veo que la primera es un documental que  subraya su preocupación por la desaparición del lago Poopó y muestra imágenes del carnaval de Oruro y de zonas aledañas al Sajama con un uso exagerado y no siempre justificado de dron. Y la segunda, aún más débil narrativamente a pesar de un comienzo interesando en animación, es una especie de Romeo y Julieta en Charazani, entre dos niños indígenas huérfanos, con escenas inverosímiles, un final pink y un abuso de fundidos en negro para pasar de una escena a otra (o incluso sin cambiar de escena). 


Sin embargo en “El hombre” hay elementos que quedan grabados en la memoria, independientemente de que la historia sea solamente una excusa para que un grupo de jóvenes creativos se diviertan haciendo cine. Qué bueno hacer un ejercicio colectivo y pasarla bien al mismo tiempo, aún siendo muy conscientes los autores del filme, de que no es otra cosa que un ensayo de estilo, un borrador de propuesta, pero con hallazgos sumamente interesantes en la fotografía (color, encuadres), en las interpretaciones de los actores (que cambian sin que eso importe, como en un film de Buñuel), en el montaje y en el guion. 

La historia de partida es cualquiera en el rango de historias policiales: una mujer es secuestrada y asesinada por un par de rufianes que la dejan abandonada sobre una calle empedrada. Su esposo, un hombre cualquiera (“el hombre”), decide vengar su muerte porque en su vida de pronto todo carece ya de sentido. Ese itinerario de venganza en el que se producen muertes violentas (pero sin dramatismo exagerado) es la excusa para desarrollar ese relato saturado de experimentos. 


Empieza con cine de animación en stop-motion mientras pasan los títulos del film y se repiten los nombres del pequeño equipo creativo de la película: una maqueta de pequeñas casas, un tren que pasa de noche, sombras que anuncian un film oscuro.  

Escena tras escena, cada una es un experimento diferente en la “direxión” de fotografía y de la música: toda la gama de efectos. Desde time lapse, blanco y negro, escenas saturadas de color o recortadas como un comic de Dick Tracy, uso de dron muy pertinente, sin exageración, encuadres en picado, contrapicado, movidos, borrosos, primeros y primerísimos planos… 


Cada escena es una situación diferente, aunque todas situadas en la década de 1940 o 1950, inspiradas en el cine policial negro y en los comics de entonces. Y cada escena es una propuesta artística, plástica, provocadora, aunque no necesariamente innovadora, porque todo lo que vemos ahí ya lo hemos visto antes. Curiosamente esa mezcla “sacrílega” de estilo no molesta, todo lo contrario, a mí me fascinó. 

Todo el film es un elogio del absurdo, lo cual es gratificante para el espectador. La película es kitsch de principio a fin, aunque a diferencia del kitsch involuntario (los cholets de El Alto, por ejemplo), que provoca mofa (o admiración de algunos con la misma mentalidad kitsch), el kitsch voluntario de esta película tiene un encanto especial. 


El comentario en off también saturado, y por lo tanto en muchas escenas innecesario, está muy a tono con el resto de la narración porque el personaje principal no va describiendo sus propias acciones e intenciones que se traducen en escenas de violencia sin violencia.  Es decir, una violencia sublimada por el estilo jocoso de la historia, como en la escena final conde el hombre (esta vez interpretado por Camilo Zilvety), dispara un cigarrillo encendido que se clava en la frente de su última víctima, el asesino de su esposa. 

Una escena, la de la madre que le regala al niño un caleidoscopio, podría resumir la intención estética del filme: un caleidoscopio de posibilidades, un juego de cristales con muchas visiones para anunciar algo más, muchas posibilidades de expresarse sin tomarse demasiado en serio el arte cinematográfico. 

Prefiero una película con esta honestidad en su sentido de “juego”, que aquellas obras de arte (y esto se ve mucho en el llamado “arte conceptual” o “arte contemporáneo) donde una basura de verdad, una piedra, un pedazo de madera colgado, son elevados a la categoría de arte. En este caso es todo lo contrario: un intento de decir “no se hagan los serios” porque el cine y el arte son también expresiones lúdicas. 

(Publicado en Página Siete el domingo 28 de octubre de 2018)
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La venganza es dulce y no engorda.
—Alfred Hitchcock


07 diciembre 2018

El régimen más corrupto

 No cabe la menor duda: el régimen que preside Evo Morales desde hace 13 años es el más corrupto que haya conocido Bolivia a lo largo de su historia, tanto en el número de casos de corrupción como en las cantidades de dinero y bienes públicos que se malversaron o desviaron. 


El régimen de Evo Morales 
Al leer la contundente afirmación anterior la reacción típica del masista promedio suele ser: “En todos los gobiernos hubo corrupción”... El detalle es que eso no es completamente cierto. Aunque el MAS ha buscado con lupa y microscopio durante 13 años a los corruptos de gobiernos anteriores, en ese noble esfuerzo ha encontrado pocos casos, por lo que se ha visto obligado a inventarlos, como sucedió con los más de 70 procesos en contra del Ingeniero José María Bakovic, a quien acabaron liquidando físicamente con juicios sin respaldo. 

Por el contrario, con el MAS es fácil detectar la corrupción (por lo menos la punta visible del iceberg) porque la soberbia de sus dirigentes es tan grande, que ni siquiera la disimulan. Estos son algunos casos emblemáticos para que no perdamos la memoria. 


Santos Ramírez a la cárcel - YPFB
Caso uno: El profesor rural Santos Ramírez fue nombrado por su amigo de cama y rancho Evo Morales (con quien compartía incluso un departamento en Miraflores), presidente de la más importante empresa del Estado: Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB). El despropósito fue mayor aún cuando el presidente boliviano dictó un decreto que le permitía firmar contratos por decenas de millones de dólares que antes debían pasar primero por la superintendencia de hidrocarburos. Ya sabemos el resultado: Ramírez recibía cuantiosas coimas y una de esas, de 450 mil dólares de la empresa fantasma Catler fue “volteada” por sus propios cuñados y acabó con en el asesinato de un joven empresario igualmente corrupto. 


Nemesia Achacollo a la cárcel - FONDIOC
Caso dos: Las reglas del Fondo Indígena (FONDIOC), creado durante la breve presidencia de Rodríguez Veltzé, fueron cambiadas por Evo Morales de manera que el directorio compuesto por dirigentes de los “movimientos sociales” fabricados por el gobierno (para quebrar el sindicalismo boliviano), pudieran recibir en cuentas privadas fondos supuestamente destinados a 153 proyectos productivos para el beneficio de comunidades rurales. Así se esfumaron 6.8 US$ millones y se enriquecieron y corrompieron una docena de dirigentes indígenas, mientras que quien los denunció, Marco Antonio Aramayo, lleva más de tres años en la cárcel con una carga de 256 procesos en su contra. Para no creerlo. 


Caso tres: La empresa china CAMC con capital boliviano de apenas 17 mil dólares suscribió contratos con el Estado por más de 560 millones de dólares ya que la intermediaria en esos negocios era la amante del presidente Morales y usaba su influencia para que las empresas estatales otorgaran dichos contratos, con coimas entre firma y firma. El hecho de que la señora Gabriela Zapata esté presa (con un holgado régimen de salidas para ir a la peluquería) no cambia en nada la figura pues la empresa china sigue operando en el país y probablemente otros funcionarios se benefician de sus coimas, más discretas. 


Caso cuatro: El Estado boliviano expulsó durante el gobierno de Carlos D. Mesa a la empresa chilena Quiborax por incumplimiento de contrato. Esta empresa inició un juicio de arbitraje al Estado boliviano, que podía haberse resuelto con un par de millones de dólares pero algunos tenían interés en que la suma creciera para recibir una tajada.  Al final, gracias a los buenos oficios de Héctor Arce, Pablo Menacho, César Navarro, Carmiña Llorenti y Ramiro Guerrero, Bolivia terminó pagando 42,6 millones de dólares. Tajadas van, tajadas vienen. 


Pari a la cárcel - Banco Unión
Caso cinco: El pinche Jefe de Operaciones de la agencia del Banco Unión en el pueblo de Achacachi logró robar en efectivo 5.2 US$ millones en once meses. Obviamente no lo hizo solo, porque semejante asalto a un banco perteneciente al Estado boliviano no puede hacerse sin cómplices. Mariela Valdés, la persona que denunció la trama de corrupción estuvo presa por haberlo hecho. Es una regla de oro en la corrupta justicia de Bolivia: van presos los que denuncian, no los que cometen los actos criminales. 


El lector acucioso puede seguir completando los casos de corrupción que son de dominio público. Constan en documentos pero envían en muy pocos casos a los culpables detrás de los barrotes de una cárcel: visas chinas en 2006, Papelbol en 2007 (sobreprecio de 7.4 US$ millones en maquinaria), el tráfico de franquicias en la Embajada de Bolivia en Buenos Aires y los 33 camiones de Quintana en 2008, las barcazas chinas en 2009 (28 US$ millones), la red de corrupción en la Aduana y sobreprecio del avión presidencial en 2010, el clan de corrupción en YPFB en 2014, los taladros de YPFB y el tráfico de tierras menonitas por Rogelio Cocarico (hermano del ministro César Cocarico) en 2017, Dircabi, Bolivia TV… y lo que vendrá todavía. 

Lo anterior no incluye los casos de narcotráfico y contrabando en los que han estado implicados dirigentes del MAS. Una historia de no acabar, inédita en Bolivia antes de Evo Morales. Ahora no pueden sino callar, pero con el próximo gobierno dirán que es persecución política…

(Publicado en Página Siete el sábado 17 de noviembre 2018)

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Vamos a invertir primero en educación, segundo en educación, tercero en educación. Un pueblo educado tiene las mejores opciones en la vida y es muy difícil que lo engañen los corruptos y mentirosos. —José Mujica


01 diciembre 2018

Trece años en campaña electoral

 El periódico que recibo debajo de mi puerta está cada día lleno de sorpresas. Uno quisiera comentar todos los temas pero hoy me limitaré a uno que es digno de Ripley. 

El aparato del Estado al servicio de una persona 
Aunque usted no lo crea… ministros,  gobernadores y diplomáticos están obligados a hacer campaña para Evo Morales (y todos los funcionarios debajo de ellos). A ninguno se le ocurrirá pensar, ni siquiera por un mínimo de decencia y dignidad: “Soy servidor del Estado, no agente del MAS o empleado de Evo Morales”.  Todos harán campaña por un partido político y por un candidato usando recursos públicos. 

Antes de que el maltrecho Tribunal Supremo Electoral (TSE) dominado por el MAS (Cruz es delegada presidencial, Mamani pintaba en las noches consignas azules, Choque dejó el vestido por la pollera para estar a tono con el régimen) dicte su resolución sobre la candidatura de Evo Morales, y a pesar del NO mayoritario en el referendo del 21 de febrero de 2016, el autócrata –que se aferra al poder con la uñas, decidió que empleados públicos pagados con nuestros recursos, deben hacer campaña en su favor, usando el tiempo y los bienes del Estado como si fueran propiedad de un partido político. Aunque usted no lo crea… 

Muchos votos en Argentina
El MAS no solamente le compró la sigla a la Falange Socialista Boliviana (FSB), también le compró la ideología y las prácticas fascistas de apropiarse del aparato del Estado en beneficio propio y sin transparencia. 

El autócrata encumbrado en el poder no tiene reparo en visitar Buenos Aires (sin permiso del presidente de Argentina) para hacer campaña en la numerosa comunidad boliviana durante la entrada folklórica que le sirvió de acto de proclamación. 

Mientras el soberano cacique salta de un lado a otro como pavo real, exhibiendo avión presidencial de lujo, helicópteros, museos a su propia gloria y palacios fálicos, en el país donde los niños consumen menos leche en América Latina, la muerte acecha a los enfermos. La debacle del sistema de salud es noticia cotidiana: los enfermos de cáncer (una enfermedad que el presidente “no conocía”) se mueren todos los días porque en el país no hay aceleradores lineales que podrían comprarse con lo que cuestan unas cuantas horas de vuelo del soberbio presidente en su lujoso avión. El demagogo lleva trece años en el gobierno y promete que la salud pública “será mejor que la privada”.  Aunque usted no lo crea… 

Evo Morales y los niños con cáncer (dibujo de Abecor)
Mientras se moviliza todo el aparato estatal para proclamar ilegalmente al binomio Morales-García, el país se desmorona: Argentina nos compra cada vez menos gas y se lo vende a Chile…La Haya solo sirvió para poner en evidencia la demagogia triunfalista, pero Morales cayó mal parado  y ahora, como es costumbre, “no acepta el fallo”.  

Los malos perdedores buscan rápidamente titulares para hacer creer que todavía tienen la sartén por el mango, pero cada disparo les sale por la culata: tren bioceánico, relaciones con los países vecinos, precios de las materias primas en baja, etc. El autócrata recurre a espectáculos masivos para anunciar medidas y obras económicamente insostenibles: doble aguinaldo (aún en empresas deficitarias como Huanuni), bono Juancito Pinto, teleféricos, “perdonazo” tributario, seguro universal de salud (que ya prometió hace 10 años)… 

Se obliga a niños de las escuelas a declamar poemas con loas al autócrata y a levantar el puño que identifica a los militantes del MAS. Los eventos deportivos llevan el nombre de Evo Morales, al igual que coliseos, hospitales, mercados, puentes, barrios y escuelas, entre otros.  Hasta en el servicio de comida de la línea aérea BOA aparece el sello característico con el rostro del autócrata. En países democráticos está expresamente prohibido que obras del Estado lleven el nombre de funcionarios del gobierno en ejercicio. 

Nunca el Ministerio de Propaganda (mal llamado Ministerio de Comunicación) tuvo tanto dinero. En términos absolutos y relativos, lo que ha dilapidado en 10 años esa oficina de culto a la personalidad de Evo Morales supera con creces la suma de todo lo gastado en propaganda por todos los gobiernos anteriores en toda la historia de Bolivia. El culto de Evo Morales es solo comparable a la dinastía de Kim Il-sung, Kim Jong-il y Kim Jong-un en Corea del Norte. No existe otro país en todo el mundo donde la imagen de un presidente sea tan avasalladora: está en todas las obras del Estado como si éstas fueran un regalo personal del autócrata. 

Solo así se pudo encumbrar como semidios local a un personaje que no tiene ninguna cualidad personal que merezca la pena destacar: no es carismático, no es inteligente, no es honesto, no es trabajador, no es creativo, no es solidario… No representa ningún valor humano del que pueda sentirse orgulloso. Pero es astuto, solapado y artero. 

Morales lleva trece años de campaña electoral usando nuestros recursos, pero el número 13 no le va a traer buena suerte, que empiece a despedirse.

(Publicado en Página Siete el sábado 3 de noviembre de 2018) 
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La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia
lo que la cachiporra al estado totalitario.
—Noam Chomsky

24 noviembre 2018

Un cementerio lleno de vida

 La muerte es algo que todos vamos a encarar algún día.  Lo mágico de ella es que no sabemos cuándo. No tenemos ningún control ni posibilidad de evitarla. Como Woody Allen podríamos decir: “No le tengo miedo a la muerte, simplemente no quisiera estar allí cuando me suceda”, pero sabemos que vendrá, y que ahí se acabó todo, aunque no, según algunos. 

La ciudad sagrada de Varanasi 
Los cristianos y musulmanes creen en una vida más allá de la muerte, ya sea en el cielo, el infierno o el purgatorio, que es como una estación donde uno espera el tren sin saber cuándo va a llegar. Creo que los evangélicos o los mormones piensan que para el anunciado “juicio final” todos revivirán para encontrarse con los seres queridos (aunque no dicen en qué estado físico). Los hinduistas, a quienes he visto en Benarés quemar los cuerpos con madera de sándalo y echar las ceniza al caudaloso Ganges, creen en la reencarnación, que sería como un proceso de perfeccionamiento a lo largo de varias vidas para llegar al Nirvana. 

La idea de quemar el cuerpo y esparcir las cenizas es la más atractiva. El poeta mexicano Alejandro Aura, con quien mantuve contacto por correspondencia alguna vez, hizo cremar sus restos y sus cenizas fueron colocadas detrás de una placa conmemorativa en el café que solía frecuentar en el Parque Centenario de Coyoacán. Algo así me gustaría, pero aquí no hay un café tradicional que dure varias vidas. 

Panteón de Dolores (México) 
El culto a los muertos es importante en muchas sociedades. Los cementerios tienen un encanto particular, sobre todo aquellos que gozan de cualidades artísticas. Otros destacan por su opulencia desmedida: los cementerios de narcos en el norte de México sobresalen por su lujo exacerbado. En el panteón de Humaya, Sinaloa, hay tumbas como las de Beltrán Leyva, Amado Carrillo o el “Güero” Palma, que son mansiones de tres pisos, con música perimetral, internet, aire acondicionado, colecciones de arte y armas, y guardias armados las 24 horas, por si acaso. 

Me hace gracia la propaganda de los cementerios tipo jardín que ofrecen “tranquilidad” o “vista al mar” como si eso importara a quienes están enterrados. Me atraen otro tipo de cementerios y he tenido la oportunidad de visitar y fotografiar algunos emblemáticos y hermosos como el de Mompox (Colombia), el Cementerio Colon de La Habana (Cuba), el más antiguo de Boston (Estados Unidos), el Panteón de Dolores en Ciudad de México, el antiguo cementerio judío de Praga (República Checa), y por supuesto el de Pere Lachaise y el de Montparnasse en París, donde descansan Cortázar y César Vallejo, entre otros. 

Todo lo anterior para hablar de nuestro Cementerio General, en La Paz, donde descansa mi padre a quien suelo visitar con la idea de conversar con él durante unos minutos.  A la salida siempre dejo un clavel a Luis Espinal, mi amigo y mentor. 

El Cementerio General de La Paz fue fundado en 1831 por instrucciones del presidente Andrés de Santa Cruz después de las guerras de independencia que llenaron hasta el tope los pequeños cementerios que había en las iglesias de la ciudad. Este nuevo cementerio, que entonces estaba fuera del reducido casco urbano, ha quedado ahora atrapado en medio de uno de los barrios con mayor movimiento comercial y contrabando. 

Si al principio hubo mucha resistencia de la burguesía local para enterrar allí a sus difuntos, después surgió una competencia por hacerlo en mausoleos familiares en estilo gótico ornados de esculturas y relieves. No fue sino después de muchos años que se construyeron los cuarteles “multifamiliares” donde descansan los que no pertenecían a familias acaudaladas, y otros medianamente exclusivos como el que alberga el nicho de mi padre. Las placas más antiguas del cementerio son obras de arte y ahora se exponen debajo de vidrios de protección (lamentablemente cagados por palomas y que hay que limpiar constantemente). 

Gracias a la gestión municipal que encabeza el ingeniero Ariel Conitzer el Cementerio General está estupendamente mantenido y en años recientes embellecido por setenta pinturas murales en las paredes laterales de los cuarteles. 

En 2014 el artista Sergio Torrez fue el pionero con la primera intervención mural y un año más tarde se añadieron cuatro nuevos murales del artista Marco Soria. En 2016 con el apoyo del colectivo mARTadero se hizo en el Cementerio General el “Encuentro de arte urbano y muralismo Ñatinta” y se pintaron 21 murales nuevos. 

En 2017 una alianza entre mARTadero y el colectivo de arte "Perrosueltos" de Cochabamba permitió que se enriqueciera el espacio público con 19 murales, además de restaurar algunos de los anteriores. Se invitó al evento artístico muralistas nacionales e internacionales. Entre los nacionales: Die 77, Oveja 213, Khespy Pacha, Puriskiri, Knorke Leaf, Sak Crew y Nona. Y entre los extranjeros: Lluc (España), Medianeras (Argentina), Coche (Argentina), Leiga (Brasil) y Ledorian, Bufon y Memo (Chile). 

Cada quien hizo lo que quiso, mostrando una gran diversidad de expresiones alrededor del día de los difuntos. La libertad creativa es evidente en la diversidad de estilos y expresiones. 

En 2018 el desafío ha sido aún mayor. Con el lema “Arte urbano donde menos te lo esperas” 37 artistas cubrieron de murales 30 paredes laterales de los cuarteles en una semana, haciendo uso de imaginación y humor (algo que falta en estos casos par romper el exceso de solemnidad). 

Entre los participantes extranjeros Alme, Nebs y Samir de Chile, Decoma y Kolejo de España, Kiki y Malegría de Colombia, Tekaz y Agus Rúcula de Argentina. Entre los bolivianos, HXC Crew, Osek, Willka, Smooth, Andino, Rat, Tuer, Huayllas, La Wasa, Nando Pantoja, Gabriela Zeballos y otros. Como Banksy, algunos son reacios a ser fotografiados, a pesar de estar en un lugar público y creando obra pública. Me pasó con una joven que pintaba junto a la puerta trasera del Cementerio General: a veces la timidez se junta con la arrogancia. 

Pasear por el cementerio es algo mucho más interesante que trepar el pasto de los cementerios privados de la ciudad, que carecen de atractivos artísticos porque no existe una política de reinvertir las ganancias en ello. En el cementerio General saltan los colores.  Incluso las escaleras que permiten acceder a los nichos más altos están pintadas de colores vivos que hacen juego visual con los murales. 

El Cementerio General de La Paz es muy lindo, y está cada vez mejor. Dan ganas de quedarse…  


(Publicado en Página Siete el domingo 11 de noviembre 2018)
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El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos.
—Pitágoras


17 noviembre 2018

Aguas turbias

 El río nunca es igual aunque se lo mire desde el mismo lugar. Las aguas pasan y nunca retornan, aunque podríamos imaginar también lo contrario: el río no se mueve y lo que se mueve es la tierra que gira, es nuestro tiempo de vida el que cambia. No pasan las aguas, pasamos nosotros, los que miramos. No envejece el río, sino la mirada. 


La fascinación que ejerce un río tan respetable como el Mamoré, cuyas aguas se vierten sobre el Madeira y luego en el caudaloso Amazonas, y que constituye la frontera natural del norte de Bolivia con un extenso territorio de Brasil, ha inspirado el escenario natural de “El río”, largometraje de Juan Pablo Richter. Con ese fondo de agua y de tiempo que transcurre implacablemente Richter arma una historia de pasiones con asomos de crítica social a la depredación de la naturaleza y a la violencia de género (machismo). 

Soy de los que se aproxima a una nueva producción de cine boliviano con la esperanza de ser sorprendido positivamente. En otras palabras, tengo una predisposición generosa porque reconozco el esfuerzo creativo y las limitaciones económicas para hacer cine en Bolivia.  Otros dirán: “eso no importa, lo que importa es el resultado”… Y es cierto en buena parte desde que la técnica y el financiamiento ya no constituyen los principales obstáculos, sino la manera de contar una historia, es decir, la capacidad narrativa del cineasta. 


Durante la filmación de "El río" 
Sin embargo, en un país donde los espectadores suelen ser diez veces más exigentes con una producción nacional que con una película importada, el desafío de llenar las salas con público es mayor. En años recientes los cineastas de las nuevas generaciones han optado por estrenar primero sus películas en festivales internacionales (hay más de 300 festivales por año), de manera que regresen a Bolivia precedidas por oropeles que podrían despertar la curiosidad del público. Pero ni aún así, colocando en los afiches los laureles de los premios obtenidos, el público boliviano se deja convencer. 

Es un público que tiene otros valores que los de aquel espectador que llenaba las salas para ver “Chuquiago” hace 40 años. Había más interés por la producción nacional cuando las fronteras culturales eran menos difusas. Hoy los favores de los espectadores se encaminan por lo que dicta la publicidad que precede a un film producido en Hollywood: el resto del cine mundial no existe. El bajo nivel de exigencia del espectador boliviano hace que sea benigno con cualquier film producido en Estados Unidos. El día del estreno de “Avengers” o “Rápido y furioso” las filas pueden ser de varias cuadras, aunque nadie sepa a ciencia cierta si se trata de buenas películas. Esa predisposición al cine de acción ha adormecido el sentido crítico de toda una generación. 


Pero volvamos al río antes de que pase demasiada agua. Como espectador y como crítico considero que uno está en el deber de ver la producción de cine boliviano y en el derecho de emitir juicios críticos, aunque tengo serias dudas de que lo que escribimos sirva para algo más que para reflexionar desde el rincón de alguna página de diarios que cada vez se leen menos. 

Las películas nacionales no duran mucho en pantalla, salvo en la Cinemateca Boliviana donde existe una política comprometida para favorecer a nuestro cine. En los multicines comerciales, que imponen los gustos de la cartelera, cuando ya no hay espectadores llega como guillotina el miércoles fatídico en que se acaba el plazo de exhibición. Los realizadores (que suelen ser a su vez productores de sus films) se sienten satisfechos si llegan a 25 mil o 30 mil espectadores (“Chuquiago” de Antonio Eguino, tuvo medio millón en Bolivia). 

Vi “El río” un día antes de que saliera de cartelera. Había seis personas en la sala, espectadores de mediana o ninguna cultura cinematográfica, de esos que se ríen en momentos dramáticos y hacen comentarios necios cuando no entienden lo que está pasando. Aún con ese molesto ruido de fondo, hice lo posible para extraer lo mejor de la película. 


Juan Pablo Richter, director 
La historia tarda en pronunciarse, transcurre más lentamente que el caudal del Mamoré: Sebastián, un joven paceño de 16 años, viaja al encuentro del padre que lo abandonó de niño. Su padre (interpretado por Fernando Arze) es un ganadero y maderero que tiene su finca en el Beni y vive con una mujer mucho más joven que él (Julieta, interpretada por Valentina Villalpando). Más de la mitad del tiempo de la película se queda en eso, no avanza. 

Entendemos que Sebastián y su madre terminaron muy mal su relación, aunque nunca sabemos las razones. Y vemos en el film que la relación entre Sebastián y su padre tampoco va a ser mejor. El taciturno hijo no deja transparentar ni sus sentimientos ni sus pensamientos: es un personaje hermético que solo se abre un poquito con las mujeres por la que siente atracción física. 

La sexualidad que se expresa en el film parece una parábola de la depredación de la naturaleza. Las escenas sexuales explícitas no expresan deseo y placer sino hastío y violencia, esa misma violencia que se ejerce contra la naturaleza cuando el bosque milenario es violado por las motosierras. En entrevistas, el director ha tratado de poner la carga del “mensaje” sobre la crítica a la deforestación y la crítica al machismo, pero las alusiones no hacen suficiente énfasis en esa temática. A  mi juicio el verdadero tema del film son las relaciones entre los personajes, sin embargo esa perspectiva es la que no logra ser bien desarrollada. 


Fernando Arze y Santiago Rozo 
Si lo que se pretendía era hacer del río Mamoré un personaje de la película, ese propósito queda frustrado. Hay secuencias muy bellas de la naturaleza, pero no basta que los diálogos describan al río y sus leyendas. Como espectador me hubiera gustado sentir en las imágenes la fuerza del río, su turbulencia, su majestuosidad, su enigma: un río “subjetivo” que sea inseparable de la historia. Sin embargo, incluso en la escena más dramática, cuando el padre cae al agua, se pierde una oportunidad de traducir en imágenes aquello que en palabras se había dicho antes sobre ese cauce caudaloso donde los hombres desaparecen para siempre. 

Si el río, como personaje, carece de “espesor”, también los otros personajes adolecen de la misma debilidad con excepción de Valentina Villalpando, extraordinaria actriz capaz de transmitir sus sentimientos con una mirada o un mínimo movimiento de la boca. 


Valentina Villalpando y Santiago Rozo 
Unas palabras sobre el estilo narrativo: desde el plano inicial uno nota el uso y el abuso de encuadras posteriores, de los personajes de espaldas, a veces bien logrados cuando se juega con el enfoque y la profundidad de campo, pero otras veces malogrados cuando solo el paisaje aparece con nitidez y los personajes quedan desenfocados. El uso de teleobjetivo incluso en escenas interiores, con el propósito de desenfocar el primer plano o el último plano del encuadre, se verá probablemente mejor en la pantalla de televisión que en la de una sala de cine. 

De Juan Pablo Richter yo había visto antes “Casting” que realizó junto a Denisse Arancibia, promocionado como el primer largometraje de terror realizado en Bolivia. Una buena parte de la crítica vapuleó al film, pero a mi me pareció un ensayo interesante, coherente y verosímil con el género, pero además innovador en su forma narrativa que superpone varias texturas. Entre “El río” y “Casting”, esta última me parece más convincente. 

(Publicado en Página Siete el domingo 19 de agosto de 2018)
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En el río pasan ahogados todos los espejos del pasado.
—Ramón Gómez de la Serna