23 julio 2015

Machado duerme en Colliure

Machado, por Amparo Climent
De mis siete años de vida en París me quedan muchas cosas, todas buenas, y entre ellas las canciones de Jean Ferrat, muy poco conocido fuera de Francia a pesar de su voz profunda y de los innumerables poemas que convirtió en música. Uno de esos, “Los poetas”, del escritor comunista Louis Aragon, es un homenaje a Antonio Machado, el poeta republicano español cuyos restos descansan en el pequeño cementerio de Colliure, en territorio francés, donde murió exiliado. Es un bello poema y una bella canción. 

Machado duerme en Colliure
Tres pasos bastaron fuera de España
el cielo para él se hizo pesado
se sentó en este campo
y cerró los ojos para siempre

La tumba de Machado en Colliure 
Entre mis antigüedades memoriosas aparece una foto de la visita que hice a la tumba de Machado en Colliure, allá por 1974 o 1975 (parece, por la pinta que tengo). Colliure es un pequeño pueblo pesquero al sur de Perpiñán y a solo veinte kilómetros de la frontera de España. Allí llegó Antonio Machado huyendo del fascismo, sobrevivió ese exilio apenas 25 días ya que murió el 28 de febrero de 1939, a los 63 años de edad. Allí está enterrado desde entonces el poeta que todos, hasta los más despistados, conocen por sus versos:

Caminante, son tus huellas 
el camino y nada más; 
Caminante, no hay camino, 
se hace camino al andar. 

Se humedecen mis ojos cada vez que escucho “Cantares”, la canción de Joan Manuel Serrat que retoma esos versos y añade varios propios y otros de Proverbios y cantares. Algo inédito: la canción de Serrat estuvo en primer lugar en la lista de éxitos cuando salió en 1969, un sitial que generalmente ocupan canciones frívolas y poco interesantes.

Con Machado en Baeza, 2010
Este 26 de julio se cumplen 140 años del nacimiento de Machado. Hace un par de semanas estuve en Sevilla y no encontré el monumento que su ciudad natal iba a inaugurar recién en febrero de 2014 para rendirle homenaje. Se anunció con bombo y platillo incluso el lugar donde iba a colocarse la obra de Julio López Hernández: los jardines del Palacio de Dueñas donde el poeta nació en 1875. Pero sucede que ese palacio pertenece a la Casa de Alba y la famosa duquesa de las cirugías no apoyaba la idea "por el momento" (hace un año).  

La escultura existe desde 1991, hay fotos de ella y se ha exhibido en museos, pero los espacios públicos de Sevilla se resisten a recibirla. Largo olvido que prueba que el franquismo depredador dejó hondas huellas hasta ahora en esa ciudad de Andalucía.  

En cambio en Baeza, donde estuve en 2010, encontré a Machado en bronce, leyendo tranquilo en una calle de la pequeña ciudad en la que dictó clases de francés durante siete años, y donde no fue muy feliz, según sus propias palabras.

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Machado dort à Collioure
Trois pas suffirent hors d’Espagne
Que le ciel pour lui se fît lourd
Il s’assit dans cette campagne
Et ferma les yeux pour toujours.

—Louis Aragon

20 julio 2015

Cuando el cine importa

El cine, que es arte e industria, sufre las consecuencias de decidirse entre ambos caminos.  Es un arte bipolar, que pone en aprieto a los creadores. A diferencia de la literatura, de la pintura o del teatro, una película es en buena medida sirviente de la gran pantalla y cuando la gran pantalla se convierte en el objetivo principal, comienzan las concesiones y las derrotas. Suele perder el arte y ganar el comercio. Rara vez ambos.

América Latina le ha regalado al mundo un cine importante, con contenido, un cine sensible y comprometido, y también un cine bello y trascendente. Todo esto, con mucho esfuerzo y con poco apoyo por parte de quienes tienen la obligación de proteger y promover la cultura.

Los Estados tienen (a veces) políticas culturales que rara vez implementan. Si apenas cumplen con las políticas de educación y salud, menos aún con las que conciernen a la cultura. En tiempos de crisis, lo primero que se corta en los presupuestos es la cultura, y en tiempos de bonanza, lo último que se toma en cuenta es la cultura.

Por ello resulta estimulante encontrar un Estado que tiene cierta visión de futuro y valora el papel de la educación y de la cultura, más allá de los discursos melifluos y las promesas postergadas.

Toda esa introducción para referirme al Consejo Nacional de Cine (CnCine) de Ecuador, que me invitó a mediados de junio para formar parte del Comité de Selección de Fomento a la Producción Cinematográfica y Audiovisual Intercultural 2015. Fue una oportunidad estupenda para conocer mejor ese proceso y para retomar contacto con mis amigos ecuatorianos. No era la primera vez ya que a fines de noviembre de 2014 me invitaron a participar en el Encuentro Internacional de Cine Comunitario que tuvo lugar en Cotacachi. 

El CnCine es una institución que ya quisiéramos tener en Bolivia. Es una instancia pública descentralizada y completamente autónoma, sin injerencia del gobierno, de los ministerios, de los burócratas de turno, pero con apoyo del Estado (que no es lo mismo que del gobierno), un apoyo que le permite disponer de más de dos millones de dólares anuales de fondos para apoyar la producción y difusión del cine en Ecuador.

El directorio del CnCine está conformado por siete personas: el Presidente del Instituto Ecuatoriano de la Propiedad Intelectual (IEPI), el Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, un representante de los productores cinematográficos, un representante de los directores y guionistas, un representante de los actores y técnicos cinematográficos, y dos delegados de los ministerios de Industrias y de Cultura y Patrimonio. Ojo, solamente dos ministerios, y no como en Bolivia donde la mayoría del directorio del Consejo Nacional de Cine (Conacine, un cascarón vacío), está en manos del gobierno que no hace nada por el cine ni como arte ni como industria.

Juan Martín Cueva, director de CnCine
Lo que más destaco en el CnCine ecuatoriano es la autonomía del director ejecutivo (actualmente el cineasta Juan Martín Cueva), que opera libre de influencias políticas o de intereses sectarios y con total transparencia de gestión.

Tengo en mis manos las Memorias de gestión 2013-2014 del CnCine, y no puedo sino admirar la cantidad y calidad de actividades realizadas durante esos dos años. En 160 páginas se pasa revista a logros importantísimos, uno de ellos el incremento del fondo de fomento, que creció en 30% en 2013 y nada menos que en 300% en 2014. Ese es un indicio claro de un Estado que se interesa en la cultura y que la apoya en términos concretos. (En Bolivia se invierten millones en el circo del Dakar y en centenares de campos de fútbol de césped sintético).

CnCine promociona el cine de la diversidad, por ello Juan Martín Cueva habla de “cines” y no solamente de cine en singular. La institución representa al conjunto de actores que tienen que ver con la cinematografía ecuatoriana y no está supeditada a funcionarios del gobierno que solamente ven números allí donde deberían ver ventanas y horizontes. Aunque los cineastas ecuatorianos están dispersos y mal organizados, CnCine dirige su accionar hacia todos ellos, sin exclusiones y sin favoritismos. Por ello su informe incluye un panorama completo de la producción, distribución y exhibición, con datos estadísticos y con artículos de análisis.

Gracias a la política de apertura propositiva y creativa de CnCine se ha logrado en pocos años estimular la producción y difusión del cine ecuatoriano a nivel nacional e internacional. En 2013 y 2014 películas ecuatorianas recibieron premios en veinte festivales internacionales de cine. El fondo de fomento asignó en 2014 la suma de 2.200.800 US$ dólares para las diferentes categorías establecidas.

Mujeres waorani
No hay ninguna arbitrariedad en la atribución de fondos, todo el proceso es transparente y las reglas de participación son tan claras y detalladas que la convocatoria del fondo de fomento es un libro de 192 páginas.

En 2015 se inauguró una nueva categoría de fomento a la producción cinematográfica y audiovisual intercultural, de la que me tocó ser uno de los tres jurados, junto al cineasta ecuatoriano Pocho Álvarez, a quien conozco hace tres décadas, y a Magaly Solier, actriz y cantante peruana. La inclusión de jurados internacionales en el proceso de atribución de los fondos de fomento es parte de la transparencia del proceso, ya que garantiza imparcialidad y elimina los riesgos del “amiguismo” local y las arbitrariedades que genera el uso discrecional del poder.

Magaly Solier
Con un jurado como el nuestro, da gusto trabajar. Me he referido al trabajo cinematográfico de Pocho Álvarez en otras ocasiones, ahora quiero decir algo sobre Magaly Solier. El cine peruano dio un salto a nivel internacional cuando se estrenó la película La teta asustada, de Claudia Llosa, interpretada por Magaly, que había sido la protagonista del primer largometraje de Llosa: Made in USA. Ambas películas fueron éxitos de taquilla y de crítica, y parte de ese éxito se debió a las interpretaciones de Magaly Solier, una artista con mucha energía dentro y fuera de la pantalla. Dice Magaly: "La actuación es como entrar a un pozo de agua helada cuando uno tiene el cuerpo caliente". Los días que compartimos en el jurado me permitieron apreciar sus cualidades creativas, no solamente como actriz sino como compositora e intérprete de música. En un momento de descanso en los trabajos del jurado Magaly compuso sobre la marcha música para uno de mis poemas.

Trabajos del jurado, con Magaly Solier
La categoría de cine y audiovisual intercultural es una conquista de las comunidades indígenas para contar con una categoría propia de discriminación positiva. Su filosofía se expresa en frases como: “Tu sueño es mi sueño, tu historia la mía”, “Si tu cortometraje te construye, me construye”, “Si tu documental te visibiliza, me visibiliza”, “Si gana una propuesta me sentiré ganadora también, porque el triunfo de un proyecto solo traza un largo camino que nunca termina y hay que caminarlo en colectivo, en comunidad”.

Lamentablemente esa enunciada armonía y solidaridad no se verificó al final del proceso de selección.  Aunque la mayoría de los postulantes estuvo conforme con las determinaciones del jurado, el día de la apertura del sobre sellado con los resultados, un grupo cuyos proyectos no habían sido favorecidos en la medida en que esperaban, cuestionó las decisiones tomadas por unanimidad. Detrás de esa queja había la noción bastante demagógica de que basta ser indígena para merecer el financiamiento y ganar a toda costa, mientras que para los miembros del jurado quedaba claro que los proyectos merecedores son aquellos que tenían mayor potencial cinematográfico, y no solamente los que plantean un tema interesante.

De todo lo que uno vive saca lecciones. Conclusión: ojalá Bolivia que se ufana en contar con más dinero que nunca en las arcas del Estado siguiera el ejemplo de Ecuador. Si en nuestro país hay mucha plata pero no buenas ideas, es mejor copiar las buenas ideas de otros países.

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La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir
de los pueblos ninguna conducta moral.
—José Vasconcelos


16 julio 2015

Aire para una tarde de sol

El domingo 12 de julio a media tarde, cuando amigos y colegas despedían a Luis Ramiro en el Cementerio Jardín de La Paz, mi primo hermano Mariano Baptista Gumucio leyó este texto como yo le pedí que lo hiciera en nombre mío. Tuvo que leerlo dos veces, porque la primera lectura la hizo sin micrófono y pocos escucharon.




Aire para una tarde de sol

En este mundo pocos respiran.

El aire es con frecuencia violeta
demasiado mezquino y enrarecido.
No lo queremos compartir.
Peleamos por parcelas de aire.
Matamos por parcelas de miedo.

Hacemos como que vivimos,
pero en realidad estamos vegetando a medias
habitantes desorientados
en una construcción de engaños.
Respirar no es solamente inhalar
y expulsar el aire,
sino renovarlo y purificarlo para todos
es un servicio público.

Es lo que hacía a Luis Ramiro especial:
su manera de respirar era ética.
En otras palabras: inspiraba cuando respiraba.

Era un hombre generoso
y comprometido y apasionado y alegre
y contagioso.

Luis Ramiro era peligrosamente contagioso
por su integridad y su aire quijotesco.
Este país sería mejor
con unos cuantos contagiados.

Quiso enseñarnos a ser buenos.
No solamente buenos investigadores,
buenos científicos sociales,
buenos comunicadores y buenos ciudadanos,
sobre todo buenas personas,
dotadas de nobleza, solidaridad y compromiso.

Al Moro mayor del Moro menor,
su discípulo y su amigo.

Moro Gumucio






12 julio 2015

Partió el Moro mayor

No sé por donde empezar.  Tampoco sé por donde terminar.  Frente a la pantalla en blanco estoy en blanco. Cada vez me cuesta más escribir sobre los amigos que se van, cada vez siento yo mismo el cansancio.  Y es quizás más fácil escribir sobre un amigo con el que uno ha compartido en diez o veinte ocasiones, que con un amigo que uno ha frecuentado un centenar de veces a lo largo de varias décadas.

Luis Ramiro Beltrán Salmón
La muerte es algo que todos esperamos, y hay casos en los que nos decimos a nosotros mismos que estamos preparados para recibirla. Pero nunca estamos realmente armados del coraje suficiente para soportar la muerte de los amigos más queridos. Estos últimos años han sido para mi experiencia personal demasiado duros. Sin ir más allá de nuestras fronteras, en pocos años hemos perdido a Ricardo Pérez Alcalá, a Líber Forti, a Jorge Ruiz, a los hermanos Raúl y Gustavo Lara, a Cecilia Quiroga, a Rubén Vargas y ahora a Luis Ramiro Beltrán, entre varios otros, para no mencionar sino a los bolivianos. Es demasiado.  Golpe sobre golpe.  Piedra negra sobre una piedra blanca, como dice el título del soneto de César Vallejo que habla de morirse un día de aguacero. No hay nada extraño en la muerte, salvo que nos vamos quedando solos. 

El tiempo se puso triste en La Paz el viernes que Luis Ramiro fue internado en el Hospital Arco Iris, en Villa Copacabana. Al día siguiente los cerros aparecieron inusualmente blancos porque el frío y el agua juntaron fuerzas en su estrategia de maravillarnos. Y ahora esos cerros siguen blancos para lastimar la retina del recuerdo.

Luis Ramiro con Nohora
Pienso en Luis Ramiro y se viene la avalancha de momentos fragmentados. Las imágenes se pelean, en desorden, para  entrar en el callejón de los recuerdos, como ovejas asustadas.  Digo “Moro Mayor” en voz alta para sentir mejor su presencia. Pocos saben que Luis Ramiro es también Moro, nuestro primer eslabón de identidad. A ambos nos pusieron Moro cuando éramos pequeños, a él su padre porque era hijo de “la morita”, doña Becha, y a mí porque llevaba ya nacido unos cuantos meses y no me habían bautizado. A falta de ser “cristiano”, seguía siendo moro. En Bolivia, hasta prueba de los contrario, solo hay dos moros (además de algunos caballos), el Moro mayor que acaba de partir, y el Moro menor que se queda huérfano. Las escenas de la infancia podrían ser la más antiguas, aunque entonces no sabíamos que nuestros destinos se irían a cruzar tantas veces.

Pugna ahora por salir otro recuerdo. Veo a Luis Ramiro en el cementerio Jardín, llorando desconsoladamente y tratando de echarse sobre la fosa donde acaba de bajar el ataúd de doña Becha, su madre, a quien idolatró toda su vida. Es un día de sol, los amigos lo retienen. Doña Betshabé Salmón de Beltrán le dejó a su Morito un legado enorme. Un ejemplo de entereza y fuerza de voluntad. Su historia es otra historia, enorme, muy rica.

Algo hicimos juntos sobre doña Becha. Cuando yo dirigía CIMCA (Centro de Integración de Medios de Comunicación Alternativa) publicamos un libro sobre Feminiflor, la pionera revista feminista que ella había creado y dirigido en Oruro en la década de 1920. Y un documental: Dos mujeres en la historia.

Durante ese periodo Luis Ramiro era asesor regional de comunicación de la Unesco con sede en Quito, y cuando supo de los esfuerzos que hacíamos en CIMCA como la única institución no gubernamental de Bolivia exclusivamente dedicada a la comunicación participativa para el desarrollo, nos apoyó con un fondo semilla que nos permitió hacer muchas cosas importantes, con muy poco dinero.

Con Lupe Cajías organizamos en noviembre de 1988 el primer “Simposio internacional realidad y futuro de las emisoras mineras de Bolivia”, y lo hicimos en Potosí, donde debía hacerse, con participación de trabajadores de las radios mineras y de colegas que las habían estudiado y apoyado. Pocos meses después Lupe y yo publicamos Las radios mineras de Bolivia, el primero sobre el tema, recogiendo los testimonios y artículos de todos los que en aquel momento tenían algo que decir sobre la experiencia pionera de la comunicación participativa. A Luis Ramiro le debemos ese impulso.

En materia de trabajo era qonana, o sea, obsesivo compulsivo. A pesar de su trayectoria y su amplio conocimiento de la comunicación, cuando tenía que preparar un artículo o una ponencia, empezaba con varios meses de anticipación recolectando todas las referencias disponibles. Su proceso de escritura era lento, ya que nunca pudo dar el salto de la máquina de escribir a la computadora, de modo que descansaba esa responsabilidad en Nohorita o en alguna secretaria que conocía un poco más que él de computación. Escribía a mano o dictaba.

Quiroga, Aliaga, Beltrán, Claure, Herrera y Arroyo
En todos los puestos que ocupó, allí donde estuvo, se esmeró en apoyar a quienes hacían cosas interesantes. Varias generaciones de colegas dedicados a la comunicación están en deuda con su generosidad. Tan generoso que yo solía decirle: “eres una chica fácil”, pues era incapaz de decir “no” a nadie. Le pedían presentaciones, prólogos, entrevistas y el siempre aceptaba, aunque ello le tomaba cada vez más tiempo y energía, y lo obligaba a postergar su principal proyecto, la investigación y libro sobre su padre, su madre y la guerra del Chaco. Yo mismo fui uno de los hinchabolas que le pidió una vez un texto de presentación, y fue tan generoso que estuvimos a punto de pelearnos cuando le pedí que rebajara los elogios excesivos que hacía de mi trabajo.

Gumucio, Uranga, Gerace, Beltrán, Díaz Bordenave y Prieto Castillo en Santa Fé (Argentina), mayo 2005
Hasta que pudo sostenerse sobre sus piernas fue un seductor de hombres y mujeres, fiestero y bailarín. Su esposa Nohorita Olaya, compañera de tantos años, puede dar fe de esa manera que tenía de dejar la formalidad a un lado y con sus canciones y chistes alegrar a quienes lo rodeaban. Cantaba en quechua, aimara y hasta en guaraní con su querido amigo del alma Juan Díaz Bordenave. Con ambos y otros colegas (Washington Uranga, Daniel Prieto Castillo, Francisco Gutiérrez y Frank Gerace) pude compartir una semana memorable en Santa Fe, Argentina, el año 2005.  Nunca habíamos estado antes todos juntos como en esa ocasión.

Exeni, Aliaga, Beltrán, Gumucio, Peñaranda y Aguirre
Durante varios meses en el año 2013, José Luis Aguirre y yo estuvimos grabando en video a Luis Ramiro, con la intención de hacer un libro que pudiera completar aquel que se quedó en Mis primeros 25 años. Todos los jueves por la tarde venía Luis Ramiro a mi casa, se sentaba en un sillón frente a nosotros, y comenzábamos a interrogarlo, avanzando cronológicamente para ubicar mejor la evolución de su pensamiento. Teníamos en mano su tesis de maestría y su tesis de doctorado, cuyos directores fueron nada menos que David Berlo y Everett Rogers. Una formación de lujo la que tuvo en Estados Unidos con esos pensadores tan importantes a los que, sin embargo, cuestionó con un pensamiento renovado. Poco antes de morir Rogers expresó en una entrevista su deuda con Luis Ramiro y otros pensadores latinoamericanos que lo ayudaron, con su pensamiento crítico, a revisar su posición “difusionista”.  

Luego de una docena de sesiones de una hora, José Luis y yo decidimos suspender la grabación porque Luis Ramiro se cansaba y él mismo nos decía que su memoria ya no le permitía recordar los detalles que le estábamos preguntando. No era justo someterlo a esa presión.

Estos tres últimos años en la vida de Luis Ramiro estuvieron llenos de homenajes y reconocimientos, lo cual nos alegró profundamente.  No es frecuente ser profeta en su propia tierra, pero Luis Ramiro obtuvo el reconocimiento merecido, ya sea con la publicación de obras con selecciones de sus textos, o con honores, diplomas y medallas que recibía humildemente agradecido.

Su último libro importante fue La comunicación antes de Colón (2009) una investigación pionera que realizó junto a Karina Herrera-Miller, con el apoyo de Esperanza Pinto y Erick Torrico.

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Y en la fina agonía se levanta
Con anhelos de vida, mi otra vida,
Erguida sombra en medio a mi desierto.
—Dora Isella Russell   

02 julio 2015

La nariz del diablo

En materia de narices hay todo tipo de expresiones que van desde “meter las narices” donde no te llaman hasta aquel “érase un hombre a una nariz pegado”, el maravilloso verso del soneto de Quevedo. Y ahora esta “nariz del diablo”. Como no he visto al diablo en persona (aunque sí algunos de la misma calaña pero de poca monta), no sé qué tipo de nariz tenga. Sin embargo, en Alausí, la Nariz del Diablo tiene connotaciones históricas vinculadas a la integración territorial de Ecuador. Veremos de qué se trata.

Mi visita a Alausí no estaba prevista cuando llegué a Ecuador a mediados de junio para incorporarme al Comité de Selección de Fomento a la Producción Cinematográfica y Audiovisual Intercultural del Consejo Nacional de Cine (CnCine), pero cuando Pocho Álvarez y Pecas Corral me invitaron a acompañarlos para participar en la apertura de la primera sala de cine de Alausí, no pude sino regocijarme y saborear el viaje.

Dumas Mora y Alexandra Cusmi
En el sediento vehículo del Pecas atravesamos el páramo neblinoso, a 3.800 metros de altitud, que se extiende a los pies del Chimborazo, donde exactamente 40 años atrás, también en junio, participé como asistente de dirección del largometraje Fuera de aquí de Jorge Sanjinés. Solo la niebla me remontó a esa época, todo lo demás ha cambiado. Mi memoria era en blanco y negro y la realidad es ahora en color. Dicho esto en un sentido tanto literal como simbólico.

Llegamos al anochecer, directamente al estreno de la sala y a la proyección de Ale y Dumas, el documental de Pocho Álvarez, en presencia de los protagonistas que llegaron  de la costa el día anterior, Alexandra Cusmi y Dumas Mora, personajes “de película”, sobre todo Dumas que a sus 90 años y su caminar frágil sigue haciendo las delicias de quien quiera escuchar sus ocurrentes y picarescas frases rimadas.

Cuando el cine llega por primera vez a un lugar, hay magia. En realidad, antes existió una sala de cine en Alausí, pero hace tantas décadas, que ya nadie la recuerda. Esta vez, se trata de una sala enorme y cómoda en el propio edificio de la alcaldía, institución presidida por un indígena, Manuel Vargas, que participó orgulloso en los actos de inauguración. Con el apoyo de la Cinemateca Nacional del Ecuador y del Consejo Nacional de Cine (CnCine), habrá en la sala de cine de Alausí una programación permanente de películas de calidad, así como exposiciones fotográficas, visitas de cineastas y otras actividades que serán parte del Sistema nacional de Difusión del Cine Nacional, un proyecto ambicioso que pretende cubrir todo el territorio de Ecuador.

Viaje al pasado con Pocho, Dumas, Ale y Pecas
Con Ale y Dumas, con Pocho y Pecas, fuimos temprano al día siguiente a visitar la Nariz del Diablo. Entre Alausí y Sibambe el tren zigzaguea en las faldas de la montaña para hacer menos agresiva a la pendiente. En dos ocasiones entra a una vía cuyos rieles se extienden solamente unos metros, para permitir a la locomotora y sus cuatro vagones de pasajeros dar marcha atrás y seguir el camino de descenso. De esa manera salva los niveles que llevan de las alturas de Alausí a Sibambe. Quién diría, al ver la pequeña y desierta estación de trenes de Sibambe, que alguna vez este lugar fue la bisagra entre la costa y la sierra, un lugar de enorme importancia geopolítica.

Taladros, barrenos y cartuchos de dinamita pero sobre todo miles de hombres armados de picos y palas de los cuales más de mil, según algunos, dejaron sus huesos en el esfuerzo vencieron la distancia vertical de roca que separa a la sierra de la costa. Dado que los indígenas kichwa de la zona trabajaban como peones en las haciendas, la empresa constructora trajo negros de Jamaica, que luego permanecieron en Ecuador y se instalaron en Guayaquil, uno de los dos extremos de la pionera red ferroviaria. 

La Nariz del Diablo
Para nivelar el paso del tren en la montaña hubo que extraer alrededor de 90 mil metros cúbicos de roca por cada kilómetro y medio de recorrido. Entre 1875 y 1895 se construyó una vía entre Durán y Yaguachi, y otra entre Bucay y Chimbo, pero fue con la llegada al gobierno de Eloy Alfaro que en junio de 1897 se contrató a la empresa Guayaquil & Quito Railway Company y se optó por una ruta que sigue el valle que recorre el río Chanchán y luego sube abruptamente en zigzag por la montaña conocida hoy como la Nariz del Diablo. No fue sino en 1901 que pudo superarse ese tramo y un año más tarde, el 8 de septiembre, el tren llegó a Alausí. De allí a Quito sobre el espinazo de la sierra era cuestión de tiempo, no de dificultad.  

La Nariz del Diablo recibe el nombre porque la montaña representó en ese momento el desafío más grande, como si la roca se negara a dar paso a esa conexión vital entre la sierra y la costa, y como si una maldición diabólica cayera en forma de pesadas rocas sobre las cabezas de los trabajadores que osaban hincar sus palas y picos en la montaña. Sin embargo el esfuerzo y la voluntad de integración lo lograron.

Alausí se convirtió así en la puerta de la sierra, o si se quiere, en la salida a la costa, según se vea el trayecto desde Guayaquil o desde Quito. Un eslabón entre dos pisos ecológicos. El clima saludable de Alausí convirtió a la pequeña ciudad no solamente en un lugar de paso, sino en residencia temporal para quienes huían del extremo calor y humedad de la costa, y de enfermedades tropicales como la malaria.

En Alausí el tren pasa todavía en medio de filas de casas pintadas de vivos colores, pero ya no sobre el Puente Negro cuya estabilidad ponen a prueba los peatones que cruzan de un lado al otro de la quebrada. El pueblo conserva un aire nostálgico del pasado y el orgullo de su cocina local: el hornado de cerdo, que en el mercado es donde mejor lo sirven, según pudimos constatar.

El círculo de la historia se cierra aquí. El arribo de un tren a La Ciotat (Lumière, 1895) y la llegada del cine a Alausí se funden en un abrazo.

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La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren.
—Francis de Croisset