18 julio 2014

Mario y la Cinemateca

Para celebrar su 38 aniversario la Cinemateca Boliviana organizó el pasado viernes 11 de julio un homenaje en memoria de Mario Mercado, cuyos vínculos con el cine y las artes muchos bolivianos no recuerdan o no conocen. Me invitaron a decir algunas palabras sobre él junto a otros amigos que lo conocieron mejor que yo.

Mario era un personaje difícil de encasillar porque reunía muchas facetas diferentes en su persona. Fue director y productor de cine, dueño de la empresa PROINCA, quizás la más importante productora cinematográfica en su momento. Fue empresario minero, dueño de Inti Raymi, entre las más grandes empresas  de la minería privada. Fue presidente del Club Bolívar, uno de los dos equipos de fútbol más emblemáticos de Bolivia. Fue dueño del diario Última Hora, el único vespertino en la prensa nacional, con una larga trayectoria. Fue Alcalde de la ciudad de La Paz durante el gobierno autoritario del General Bánzer y por lo tanto próximo a la derecha política del país, pero un hombre progresista en muchos sentidos. Fue mecenas de actividades artísticas, presidente de la Fundación Cultural EMUSA que apoyó a toda una generación de artistas plásticos.

Eso era y mucho más. La lista de campos en los que se desempeñó no alcanza para definirlo como personaje porque entre una y otra faceta se tejían otras relaciones. Por ejemplo, entre su actividad de funcionario público y su pasión por el cine: como Alcalde fue que dio el primer paso para la creación de la Cinemateca de La Paz mediante ordenanza municipal. Otro ejemplo, de la minería al deporte: su amor por el fútbol lo llevó a arriesgarse en un último viaje, un vuelo peligroso que le costó la vida cuando falleció en un accidente de aviación al regresar de la mina Inti Raymi para llegar a tiempo a un partido del Club Bolívar. En la política, a pesar de su proximidad y lealtad con un gobierno de derecha, mantenía buenos lazos de amistad con personalidades de la izquierda, entre ellos con don Juan Lechín, el dirigente de los trabajadores mineros, a quien acogió generosamente en tiempos difíciles. Tantas facetas diferentes, a veces contradictorias.  

Mario Mercado y Norah Claros
Los testimonios que sobre Mario Mercado ofrecimos aquella noche de homenaje Antonio Eguino, Guido Loayza, Norah Claros y yo mismo apenas lograron rescatar algunas facetas del personaje, sobre todo su generosidad y su notable apertura hacia los demás. Si otras personas hubieran tenido la oportunidad de brindar sus testimonios probablemente habrían coincidido con nosotros en un aspecto: todos estábamos en deuda con Mario.

Le debemos la creación de la Cinemateca Boliviana, que es un bien colectivo patrimonial. Él puso la primera piedra de una institución cuyos muros luego levantaron Pedro Susz, Carlos Mesa y Norma Merlo con el apoyo de Amalia de Gallardo y otros. Yo puse un granito de arena en ese emprendimiento, como lo hizo también Luis Espinal en la misma época, a través de artículos de prensa y de unas ponencias que presentamos en eventos nacionales sobre cultura. Durante el testimonio que ofrecí quise recordar una vez más mi vínculo personal con Mario en el origen de la Cinemateca.

El 21 de agosto de 1975, exactamente cuatro años después del golpe militar del general Bánzer, cuando Mario era Alcalde de La Paz, publiqué en la página editorial del diario Presencia un artículo titulado “La necesidad de crear una filmoteca”, en el que argüía que casi todos los países latinoamericanos tenían con un archivo fílmico para preservar la memoria de su cinematografía, mientras en Bolivia no contábamos siquiera con las principales películas producidas en el país desde la década de 1920.

Como ya estaba en plena investigación de mi Historia del cine boliviano, que se publicó luego en 1982, aludí en el texto del artículo a esa historia un tanto secreta y muy desconocida de nuestro cine, que por ese entonces no parecía interesar a nadie desde el punto de vista de la investigación, salvo por un par de cortos artículos publicados por Raúl Salmón y Marcos Kavlin. Mencioné a los pioneros del cine mudo (Castillo, Posnansky, Sambarino, Velasco Maidana) y a los grandes directores del cine sonoro (Ruiz, Soria, Sanjinés, Eguino).

El artículo terminaba con este párrafo: “La obra de crear una Filmoteca Boliviana correspondería en principio al Ministerio de Cultura, pero yo elevo este comentario en calidad de propuesta al Sr. Alcalde Municipal de La Paz, hombre vinculado al cine desde hace muchos años, para que en el marco de su gestión iniciada ponga en práctica su conocida afición por el cine e instruya la creación de la Filmoteca Boliviana que es una necesidad urgente”.

Al día siguiente, tal como narré durante el homenaje, Mario me hizo llamar a su despacho en la Alcaldía de La Paz y medio en broma y medio en serio espetó: “¿En qué lío me estás metiendo? La Alcaldía no tiene recursos para crear un archivo fílmico”. Respondí que, para empezar, bastaría una ordenanza municipal creando la institución y unas cartas a las embajadas y a los cineastas solicitando la donación de películas.  Lo demás vendría poco a poco. Y así fue: un año después creó la Cinemateca de La Paz mediante ordenanza municipal.

Una foto curiosa, el joven Evo Morales con Mario Mercado
En una nota aún más personal, recordé durante mi intervención otra anécdota que tuvo lugar probablemente en 1986 o 1987 cuando yo estaba embarcado en la producción de una película sobre Luis Espinal, asesinado en 1980. Fui a visitar a Mario para pedirle prestada una cámara de 16mm de PROINCA. Me escuchó y luego con la sorna que a veces lo caracterizaba me dijo: “O sea que una persona de izquierda como tú le viene a pedir ayuda a una persona de derecha como yo para realizar un documental sobre Luis Espinal, otro izquierdista”. “Sí”, respondí, y sin más comentarios me prestó la cámara durante el tiempo que la necesitara, sin siquiera firmar un compromiso o recibo. Naturalmente que yo no me hubiera atrevido a visitarlo con ese pedido si no hubiese tenido ya antecedentes sobre la probable reacción, positiva, de Mario.

Recuerdo otros vínculos con Mario que fueron importantes en mi propia trayectoria: durante varios años fui colaborador de Última Hora en temas de cine y literatura y en 1995 expuse mi muestra fotográfica “Bagaje Africano” en el salón que el periódico tenía en su edificio en la Avenida Camacho.

Por las razones “colectivas” (la Cinemateca Boliviana) y las por razones personales que acabo de mencionar me alegró que Mela Márquez, directora de la Cinemateca Boliviana, me invitara a ser parte del homenaje. No tuvimos tiempo de decirle gracias a Mario cuando estaba en vida, porque no pensamos que desaparecería tan pronto.

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Para escribir el guión de una buena película hacen falta dos años, para rodarla dos meses, para efectuar el montaje dos semanas, para dar los últimos retoques dos días, para verla dos horas, y para olvidarla dos minutos. —Joseph Mankiewicz



12 julio 2014

Un encuentro, muchos encuentros y una medalla

A principios de julio me invitaron a participar en el Segundo Encuentro Pedagógico de Fortalecimiento de la Formación Artística “Educación a través de las Artes” organizado por la Dirección General de Educación Técnica, Tecnológica, Lingüística y Artística del Ministerio de Educación del Estado Plurinacional de Bolivia. El objetivo del encuentro, era de “contribuir a la construcción de la Educación Integral y Holística a través de las artes, en el marco de la Educación Sociocomunitaria Productiva” (sic) así, con todas esas mayúsculas innecesarias, pero con una buena intención.

“La educación por el arte”, pensé, e inmediatamente recordé lo que sobre este tema he aprendido a lo largo de varias décadas de mi querido Liber Forti, teatrero y libertario, desde que colaboré con él cuando era asesor cultural de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y de la Central Obrera Boliviana (COB), allá por la década de 1970, cuando esas organizaciones eran independientes y representativas. Ya no lo son. 

Segundo Encuentro Pedagógico de Fortalecimiento de la Formación Artística
Las ideas de Liber, impulsor del arte para el crecimiento personal y colectivo, planeaban sobre mi cabeza y quizás sobre las cabezas de unos pocos más durante el evento. Se organizaron mesas de diálogo por cada área artística y en cada una se discutió la orientación que el ministro de educación subrayó durante su intervención el día de la inauguración: por una parte la profesionalización de los artistas y por otra la necesidad de incluir la educación por el arte en el currículo nacional. "Queremos incorporar la mirada del artista en el currículo”, había afirmado el ministro Aguilar.

Claramente, se trataba de que las artes fueran transversales a los estudios de primaria y secundaria, no solamente asignaturas complementarias como ha sido siempre. Pero ese concepto no es fácil de entender y por ello en algunas mesas donde tuve oportunidad de estar, escuché que la discusión no se apartaba del concepto tradicional de enseñanza de la música, de la literatura o de las artes plásticas como un añadido ajeno a las materias “duras”.

En la mesa de literatura, por ejemplo, escuché barbaridades como esta: que las obras literarias son muy “difíciles” para  los jóvenes y que por lo tanto deberían ser “traducidas” a un lenguaje más simple “por alguno de los presentes”. Con tal osada propuesta se desvirtuaría por completo el valor literario de las obras, además de considerar a los estudiantes como inferiores e incapaces de entender lo que leen. Quienes así opinaban olvidaban, además, que existe en el mundo de habla castellana y en Bolivia, excelente literatura para todas las edades y si no, que le pregunten a mis amigas Gaby Vallejo y Rosalba Guzmán, que son autoras y expertas en ese rubro. Lamentablemente no estaban allí.  

Es más, ¿quién dice que los jóvenes no pueden “entender” la gran literatura? ¿Por qué no entenderían (y disfrutarían) la lectura de un cuento de Cortázar, de Rulfo, de Oscar Cerruto o de Augusto Céspedes? La patraña de que la literatura debe ser mediocre para estar “al nivel” de los estudiantes no debería ser tomada en cuenta por el ministerio y seguramente no lo será.

Con ese mismo criterio tan pedestre de “traducir” las grandes obras de arte a un lenguaje “accesible”, ¿qué harían con la pintura de Alfredo La Placa y Quico Arnal o con la música de Alberto Villapando y Cergio Prudencio?

El problema no está en las obras literarias o artísticas sino en la pérdida de lectores. Lectores de literatura y lectores de imágenes. Las culpables no son la gran poesía o la maravillosa narrativa que tenemos en el país, en la región y en el mundo, sino la falta de amor por la lectura. De lo que se trata es de promover el gusto por la lectura y no de elaborar listas de libros “accesibles”.

No creo que las recomendaciones de las mesas le sirvan de mucho al Ministerio de Educación.  De hecho, por algo será que no se hizo lectura de esas recomendaciones durante la clausura del evento, quizás porque lo que los facilitadores y moderadores de las mesas fueron anotando durante los tres días de trabajo no fue sino una suma de intervenciones más o menos disparatadas.  Al final, sería mucho más lógico y práctico que el Ministerio de Educación convoque a un grupo reducido de expertos en educación y artistas de probada trayectoria, para aportar a ese nuevo currículo que no podría surgir de un proceso de asamblea sino de un trabajo metódico y científico.

Nunca he sido de los que compiten en busca de premios y honores, aunque conozco algunas colegas escritores y artistas que lo hacen de manera sistemática y persistente, ávidos de reconocimiento en un país que maltrata a los creadores y artistas. Por ello me sorprendió sobremanera que el Ministerio de Educación del Ministerio Plurinacional de Bolivia, me invitara al acto de clausura del evento para otorgarme el título y una linda medalla de ‘Maestro de las Artes’ en la categoría de cine junto a mis colegas Antonio Eguino, Jorge Sanjinés, Luis Ramiro Beltrán (autor del guión de Vuelve Sebastiana) y Guillermo Aguirre.

Me alegró profundamente que recibieran también ese mismo reconocimiento a su extensa carrera artística otros artistas, entre ellos mis amigos músicos Matilde Casazola, Ernesto Cavour y Alberto Villalpando, actores de teatro como David Mondacca, Norma Merlo y David Santalla, así como mis amigos pintores Gil Imaná, Alfredo La Placa, Lorgio Vaca y Quico Arnal. Fabricio Lara recogió el título póstumo otorgado a Gustavo, su padre, que se nos fue unas semanas atrás. Liber Forti no pudo llegar de Cochabamba para recibir su título, además, conociéndolo, probablemente no le interesa.

Roberto Aguilar, Ministro de Educación
Cuando me hizo entrega del título le comenté brevemente al ministro el aprecio que yo sentía por su padre, el abogado Aníbal Aguilar Peñarrieta, luchador por los derechos humanos y las causas justas. A Anibal lo filmé varias veces para un proyecto de documental sobre Luis Espinal que nunca llegué a terminar. No sé dónde tengo (o si sobrevivió o no a exilios y asaltos) ese material, pero recuerdo claramente dos escenas. Lo filmé una vez en la puerta de su casa, en Miraflores, mientras me mostraba en la fachada los agujeros de bala de un atentado que le habían hecho días antes. En otra ocasión, probablemente en esos mismos meses, lo filmé detrás de los barrotes de la carceleta de San Pedro, donde la dictadura de turno lo acababa de encerrar.

David Mondacca, Gil Imaná, Matilde Casazola,
Norma Merlo, Erasmo Zarzuela y otros artistas
En la clausura del Segundo Encuentro Pedagógico de Fortalecimiento Artística el Ministro de Educación Roberto Aguilar Gómez explicó que la resolución ministerial que se emitió para otorgar los títulos de ‘Maestro de las Artes’ habilita a los artistas, “por el esfuerzo y trabajo que han desarrollado cada uno de ellos”, a dar clases con un nivel de maestría en instituciones educativas. Sin duda esto constituye un apoyo enorme a aquellos artistas autodidactas, que no pasaron por una formación académica, pero que aportaron enormemente a las artes en Bolivia. El título no hace sino reconocer su condición de maestros, adquirida a lo largo de sus vidas.

Ha sido el caso de Walter Solón Romero, uno de nuestros dos grandes muralistas (junto a Miguel Alandia Pantoja), a quien la universidad le ponía trabas para ejercer la enseñanza porque no tenía un “título”. Walter había trabajado con Siqueiros y expuesto su obra en numerosos países, era maestro de maestros como Gil y Jorge Imaná, Lorgio Vaca, y muchos otros, pero no tenía ese cartón que generalmente autoriza a dar clases en la universidad a una legión de mediocres improductivos, incapaces de mostrar en sus disciplinas una obra consistente.

Ojalá que el esfuerzo del Ministerio de Educación de organizar el Segundo Encuentro Pedagógico de Fortalecimiento de la Formación Artística “Educación a través de las Artes” se vea retribuido siquiera con algunas de las recomendaciones de los grupos de trabajo. No dudamos que hay gente valiosa que participó en ellos, pero a veces sus voces se pierden en el oleaje de propuestas superficiales y mediocres.
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El autor sólo escribe la mitad del libro.
De la otra mitad debe ocuparse el lector. 
—Joseph Conrad
Los libros van siendo el único lugar de la casa
donde todavía se puede estar tranquilo.
—Julio Cortázar

10 julio 2014

Nos visita Jorgenrique

Parece increíble que ya hayan pasado cinco años desde que el 29 de junio de 2009, el día de su cumpleaños, decidió irse Jorge Enrique Adoum, o Jorgenrique (como firmaba en los últimos tiempos), o JEA (para diferenciarlo de JEFA, su padre), o el turquito como lo llaman cariñosamente Alejandra, su hija, y algunos amigos. Cinco años en los que a pesar de su salida silenciosa, ha estado muy presente entre los que lo queríamos, entre su gente en Ecuador y entre los lectores de poesía del mundo.

Por suerte nos dejó tantísimo. Su poesía para empezar y terminar, pero en medio de ella todo lo que fue como persona, como actor de hechos históricos y como amigo de sus amigos, que fueron una legión sin fronteras.

Juan Gelman y Jorge Enrique Adoum
En días pasados Alejandra compartió conmigo unas fotos donde junto a JEA aparecen en diferentes lugares del mundo Neruda (de quien fue secretario), Benedetti, Cortázar, Vargas Llosa, Carpentier, Galeano, Cardenal, Rulfo… tantos otros y por supuesto Guayasamín, su amigazo en vida y más allá de la muerte: las cenizas de ambos reposan lado a lado en vasijas de barro para hacer honor a la hermosa canción compuesta para Oswaldo por el propio JEA junto a Jorge Carrera Andrade, Hugo Alemán y Jaime Valencia, y la música de Gonzalo Benítez Gómez y Luis Alberto Valencia. Escuchar la versión original de esa canción mientras leemos el poema es un privilegio. 

Afortunadamente Pocho Álvarez realizó en 2007 con el propio Jorgenrique y con Alejandra un hermoso film documental, un largometraje de dos horas que muestra al enorme poeta ecuatoriano en plenitud de lucidez y memoria apenas dos años antes de su partida. Vuelvo a ver el film con alegría, porque hace vivir de nuevo una y otra vez la vida de JEA, su pensamiento y su poesía.

En estos días le rinden homenajes en Ecuador y vuelven a surgir sus imágenes, sus poemas y sus anécdotas que engrandecen su memoria. Sus amigos lo recuerdan ahora y leen sus poemas y ofrecen testimonios en el Cafélibro, mismo café donde durante un año, el último martes de cada mes, Jorgenrique leía y honraba con su voz a Vinicius de Moraes, a Yannis Ritsos, a Jacques Prévert, a Maiakovski, a Rilke, a Paul Valéry, o a Nazim Hikmet. “Era la locura –me cuenta Alejandra. En alguna ocasión tuvieron que poner parlantes hacia la calle porque el sitio no daba abasto.” 

No siempre han honrado en su propio país a Jorgenrique como se debe. A veces priman las mezquindades y los mediocres trepan la escalera de los poderes efímeros para evitar en lo alto la sombra de los grandes. Sucedió este mismo año, en febrero, cuando Ecuador fue el país invitado de honor a la XXIII Feria Internacional del Libro de La Habana, en Cuba. Resulta que Jorgenrique Adoum, el gran poeta, el mayor escritor de ese país, no figuró en el programa, a pesar de la inmensidad de su obra y a pesar de su estrecha amistad con la revolución cubana.

Los amigos se indignaron, y Pocho Álvarez escribió una protesta tan indignada como bella de la que rescato un párrafo: “Inexplicablemente en la memoria del programa del país honrado con la invitación, el poeta de Cuadernos de la Tierra, el autor de De cerca y de memoria, libro publicado por primera vez en 2002  por Editorial Arte y Literatura del Instituto Cubano del Libro y presentado en la Feria del Libro de Cuba de 2003, dedicada a la Comunidad Andina de Naciones y al poeta cubano Pablo Armando Fernández, ha sido olvidado por la memoria oficial de este Ecuador Amargo… Ni una sola mención ni un solo recuerdo a este entrañable y fiel amigo de Cuba y sus utopías”.

Alejandra y el Turquito
A Jorgenrique Adoum me llevan varios senderos que sería largo explicar aquí, pero puedo dar algunas pistas. Nos conocimos 40 años atrás en París, cuando él trabajaba en la Unesco y me lo presentó otro amigo poeta, el español Luis López Álvarez que dirigía la revista “Desquicio”, pequeña y hermosa. Luego, una elipse grande, de varias décadas, hasta que Mario Monteforte Toledo, mi querido amigo y escritor guatemalteco me conminó a visitar a Alejandra Adoum y a Jorgenrique cuando pasara por Quito. Así hice y de alguna manera y nunca más me fui completamente de ese edificio en la avenida Colón de Quito, donde en un piso vivía Alejandra y en otro Nicole y Jorgenrique.

Jorge Enrique y Nicole
La última vez que nos vimos en Quito fue a fines de enero del 2009, cinco meses antes de su partida. Como escribí ese año, lo encontré en buena salud, pero flaquito, le sobraba tela por todas partes. Arrellanado en un sillón de su departamento, con un vodka en una mano y un puro en la otra, seguía las conversaciones de Nicole, Alejandra y François Rochaix con una sonrisa que podía indicar que se sentía a gusto, o que su memoria se lo había llevado de regreso a quién sabe qué lugares donde sólo él tenía acceso.

Y dos años después se fue Nicole, por la misma puerta, también sin aspavientos. A ella pude verla varias veces más después de la partida de JEA, y por supuesto a Alejandra, que mantiene la vela encendida y el mástil con las velas al viento de esta amistad que es a la vez una red de amistades generosas.  

Cada vez que uno lee los versos de Jorgenrique Adoum crece el poeta y crece su poesía. Despliega alas, se eleva, eleva a los lectores en un viaje travieso por el lenguaje, donde el ingenio de las palabras es tan importante como el derrame del sentimiento. También crece uno mismo, porque la poesía es para eso.

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todo ha sido tan súbito tan corto
que aún me sobra amor y no sé dónde ponerlo
—Jorgenrique Adoum