09 julio 2019

Moro mayor

 Fue mi maestro pero mentiría si quisiera reclamar algún privilegio, porque fue también generoso mentor de tres generaciones de especialistas en comunicación, no solo en Bolivia: Luis Ramiro Beltrán es un referente latinoamericano y mundial. 

Cariñosamente me llamaba “Moro menor” y yo le decía con respeto y cariño “Moro mayor”, reconociendo no solo que él tuvo el apodo 20 años antes que yo, sino que en nuestro campo común de actividad me superaba con creces. Jugábamos a ser los únicos dos “moros” de Bolivia, además de una cantidad de caballos. 

Sería ocioso gastar estas pocas líneas reiterando su biografía. Bastará decir que aquel adolescente que se hizo periodista a los 12 años de edad, rompió su capullo de crisálida y echó a volar transfigurado en uno de los especialistas de la comunicación más importantes de América Latina, polinizando aportes teóricos y políticas nacionales que marcaron un punto de inflexión en la comunicación para el desarrollo. 

Celebrar a Luis Ramiro en estas fechas tiene mucho sentido porque nació un 11 de febrero de 1930 en ese Oruro que se insurreccionó contra la corona española un 10 de febrero de 1781. Y un 12 de febrero se casó con la mujer de su vida, Nohorita Olaya, luego de un largo romance clandestino autoimpuesto por una promesa que le había hecho a su madre, la intrépida Betshabé Salmón de Beltrán, feminista adelantada a su tiempo. 

Doña Becha formó al único hijo que le quedó luego de la muerte accidental de Oscar Marcel, un año menor, y puso su vida en manos de Luis Ramiro, el hombre que sostuvo el hogar cuando Luis Humberto, su padre, se fue a la Guerra del Chaco para no regresar más. En 1937 doña Becha cumplió la promesa de encontrar sus restos en Paraguay y repatriarlos a Oruro. 

La vida nos permitió querernos y encontrarnos muchas veces en ciudades diferentes. El “Moro mayor” era bromista y fiestero, podía cantar en quechua o guaraní según la ocasión, acompañándose con algún tambor improvisado para encantar a su audiencia. Y a la vez era un investigador obsesivo compulsivo y perfeccionista que preparaba durante meses una conferencia o artículo. Un “fatiguillas”, como le decía su amigo Mago Baptista Gumucio. 

Los más cercanos pudimos acompañarlo en sus últimas horas, muy duras, el 11 de julio de 2015. No nos dejó solo textos y enseñanzas teóricas invalorables, sino su lectura generosa de la vida y de la amistad. 

(Publicado en la revista Rascacielos de Página Siete, el 10 de febrero de 2019)
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Es una forma de la desventura,
venir a la vida
con todas las condiciones
necesarias
para salirse de ella. 

—Edmundo Aray


03 julio 2019

Curva peligrosa

Edwin Saavedra y su hijo embajador 
  Las semanas recientes han revelado las tretas poco éticas y el oportunismo político de Edwin Saavedra, dueño de Toyosa y de la Curva de Holguín (entre otras que habría que investigar). Este es un personaje que con mañas ha doblado el brazo a varios gobiernos municipales, y ha establecido una relación cercana con el régimen de Evo Morales (al más alto nivel: García Linera y familia), al extremo de que Erick Saavedra, hijo del empresario y sin trayectoria diplomática, fue nombrado Embajador en Japón (para facilitar sus negocios).

En 1950 la ciudad acababa en San Jorge, y fue un hombre de negocios peruano, Manuel Holguín, quien se aventuró a levantar a las orillas del Choqueyapu una pequeña cabaña y años después una casa, rodeada de chacras de “los obrajes”. Manuel y María Rosa, su esposa ecuatoriana, cultivaron jardines y construyeron una enorme casa de muñecas para Sambita, su hija.

Mega proyecto WTC, que haría colapsar la zona 
Varias volteretas poco transparentes hicieron que Saavedra se apropiara del terreno ahora tan codiciado de la Curva de Holguín. La cronología de tráfico de influencias se va enriqueciendo a medida que pasan los días y salpica al propio alcalde Luis Revilla, lo que dice mucho de la habilidad manipuladora de Saavedra para meterse en el bolsillo no solamente a la máxima dirigencia del gobierno masista, sino también a un alcalde de oposición, lo cual lamento más.

Incluso “Rocha el Breve”, alcalde masista que hizo mucho daño en muy poco tiempo, reveló que Saavedra le había ofrecido 50 mil dólares para cambiar el uso de suelos de la Curva de Holguín. Quizás Rocha esperaba una mejor oferta, porque otro masista, el Concejal Silva, aprovechó su breve interinato en la Presidencia del Concejo Municipal en 2016 para autorizar el cambio de uso de suelos y regalarle así más superficie a Saavedra. Hasta donde se ha desenrollado el ovillo, sabemos que los actos irregulares que permitieron apropiarse de los terrenos municipales de la Curva de Holguín comenzaron con el alcalde Germán Monroy Chazarreta. Recordemos que a ese pillo la policía lo halló escondido en un ropero y luego fue sentenciado a seis años de cárcel (pero ofreció su apoyo al “proceso de cambio”).

Ronald MacLean Abaroa
No todos los alcaldes de La Paz han sido corruptos, por suerte. Uno de los que frenó las ilegalidades fue Ronald MacLean, quien recuerda que Saavedra construyó una casa en La Florida (para su mala suerte a media cuadra de MacLean), y se excedió en el cumplimiento del permiso municipal y su norma, aumentando ilegalmente un piso a la construcción. MacLean ordenó la demolición del piso excedentario, luego de una larga lucha para obligar a Saavedra a cumplir con la norma.

Edwin Saavedra ha estado muchas veces involucrado en trámites ilegales. A principios de la década de 1990, se alió con el concejal Chito Valle (otro que está o ha estado preso por corrupción) y durante esa gestión se autorizó rebanar y aplanar el cerro Rosasani de la Curva de Holguín. Cuando MacLean regresó como Alcalde en 1996 paralizó las obras, pero el cerro ya había sido decapitado. Ese fue un hecho contrario a toda norma municipal. “Fuera del enorme daño estético y ecológico, los cerros en La Paz cumplen el papel de biombos naturales que mitigan el viento y guarnecen los pequeños valles agrícolas de las inmediaciones. El derrumbe de ese cerro ha dejado una horrible cicatriz a Obrajes y a La Paz”, afirma Ronald MacLean.

Entre socios
Saavedra se ha asociado con jerarcas del MAS y ha consolidado la propiedad con la instalación del teleférico en terrenos usurpados del municipio y los paceños. El origen propietario de esa curva es espurio. Al final, la Alcaldía se derrota a sí misma por no tener los pantalones bien puestos.

La verdad está saliendo con tirabuzón y explica la tenaz resistencia del Alcalde Luis Revilla de investigar el caso Saavedra: Maricruz Medrano, esposa de Siñani trabajó para Saavedra hasta 2017, en flagrante conflicto de intereses. No se entendía hasta ahora el empecinamiento de Revilla para defender al socio de García Linera, en lugar de liderar una investigación transparente que se remonte al año en que esa propiedad municipal fue transferida a manos privadas.

Medida insuficiente del Alcalde Revilla 
Si Revilla quiere salvar su futuro político, tiene que revertir esos terrenos a propiedad municipal. Si no lo hace, está perdido.  Puede recuperarse de los deplorables accidentes de Alpacoma y de Llojeta, que empañan una buena gestión municipal, pero de la “curva peligrosa” de Holguín no podrá salvarse si no toma una posición radical de recuperación de un bien público. El problema de Revilla es que no ha sabido diferenciar entre sus amigos y quienes le hacen pisar trampas.

Ahora puedo titular así este comentario, porque la curva de Holguín se ha convertido en pocas semanas (desde mi nota: “Curva apetecible”), en una montaña rusa sin frenos. Basta de trampas y complicidades. Sería un gran regalo del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz anunciar durante las fiestas de julio que se avecinan, la recuperación de esos terrenos para convertir la Curva de Holguín en un hermoso parque. Hay argumentos de sobra y la ciudad se lo merece.

(Publicado en Página Siete el 29 de junio 2019)
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La honestidad es un regalo muy caro,
no la esperes de gente barata.
-- Warren Buffett

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27 junio 2019

Blindaje de hojalata

 La economía boliviana no había estado “blindada” como afirmaba con tanta soberbia el gobierno de Evo Morales. La realidad es bastante diferente: el revestimiento es de hojalata y ya empiezan a anunciarnos una versión arrepentida del supuesto blindaje.

Cuando Morales subió al poder fue bendecido por un contexto económico internacional favorable. Los precios de las materias primas e hidrocarburos estaban muy altos. En esas condiciones no le fue difícil hacer el simulacro de una “nacionalización” que no fue otra cosa que una renegociación de precios con las empresas transnacionales que estaban operando en Bolivia y que siguen haciéndolo ahora, las mismas.

Para quienes no van más allá de los discursos presidenciales y del juego de espejitos que manipula el gobierno, el “boom” económico no se debía al contexto internacional favorable, sino a la habilidad y clarividencia de Evo Morales y de su ministro de Economía y Finanzas, Arce Catacora, que anteriormente había servido en gobiernos “neoliberales” sin que se notara su magia como economista.

Luis Arce Catacora
Se creó alrededor de Arce Catacora la areola de un experto capaz de convertir la pobre economía de Bolivia en una economía sólida y resistente a cualquier crisis futura.  Como él mismo cacareó en determinado momento, la economía boliviana estaba “blindada” porque no dependía del contexto internacional, sino de la habilidad de sus administradores.

Ahora resulta que ya no es así, y durante las últimas semanas varios personeros del gobierno se han encargado de desdecir sus propias palabras y recordar que sí dependemos del contexto internacional, algo que ya sabíamos los que leemos diarios serios y vemos informativos internacionales, y no la Intox-TV nacional que nos presenta un país sin problemas.

Sabíamos, por ejemplo, que el negocio del gas tiene sus días contados, y que el gobierno de Morales cometió el grave error de seguir apostando a los hidrocarburos (dinero fácil) en lugar de invertir en agricultura para alimentar al país y en industria para generar empleo permanente.

No era necesario ser clarividente para atar cabos: por una parte Argentina ya tenía suficiente gas (puesto que revendía el nuestro a Chile), mientras reclamaba que Bolivia le envíe la cantidad de gas comprometida en los contratos. Luego, con el inicio de la explotación del campo gasífero de Vaca Muerta, en el norte de la Patagonia, Argentina puede exportar mucho más gas del que necesita.

La relación económica con Brasil también se puede hacer “gas” este mismo año, cuando finaliza el contrato firmado en 1993 durante la presidencia de Jaime Paz Zamora, sin ningún mérito de Evo Morales, que por entonces se dedicaba a tocar trompeta y jugar fútbol (como ahora). Brasil puede comprarle gas a Argentina o a quien le ofrezca el precio más bajo, porque mientras Bolivia depende de gasoductos y sigue invirtiendo en ellos (ahora a Paraguay), el gas comprimido circula en inmensos buques metaneros por el mundo.

Tratando de curarse en salud (y esta no es una alusión a su kermesse de beneficencia), Arce Catacora afirma ahora lo que antes negaba: que la “crisis brasileña tendrá un efecto negativo en el crecimiento económico boliviano”. Casi a coro, Pablo Ramos, Presidente del Banco Central, hasta hace poco otro optimista disciplinado, nos dice que la guerra comercial entre China y Estados Unidos tendrá un impacto en nuestra economía. Ahora sí, cuando le va mal, el régimen está dispuesto a echar culpas al contexto internacional.

El disco rayado de la bonanza económica que con mucho acierto menciona Juan Antonio Morales en un artículo reciente, está tan gastado que ya se puede ver la verdad que emerge al otro lado.

En un país donde hasta las rosas para el Día de la Madre vienen de Ecuador, algo huele muy mal (y no son las rosas).


(Publicado el sábado 15 de junio 2019)
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Los empresarios desean verse libres del Gobierno cuando prosperan,
pero protegidos cuando les va mal.
¾ ¾William Simon

21 junio 2019

Viaje sin camino

 Lo primero que se me ocurre decir de “Wiñay” (2019) largometraje de Álvaro Olmos, es que es una película honesta. Es una película sin pretensiones en el buen sentido: su ambición no es la espectacularidad sino la introspección. Se agradece la sencillez del tratamiento y la simplicidad de la historia. 

Algo de espectacularidad hay, legítima, en este viaje de dos mujeres jóvenes hacia lo desconocido, pero se justifica porque no puede existir desplazamiento de un territorio valluno y sobrio, a uno tropical y lujurioso sin que se note. No es una concesión, es una necesidad. 

Cambiar de espacio vital es sano para cualquiera que enfrenta una situación de crisis existencial. Dos mujeres, una francesa (Susane, interpretada por Marie Soriano) y otra boliviana (Sole, interpretada por Sarah Tamayo) están en crisis de pareja: a la primera la abandonó el hombre que era una de sus motivaciones para quedarse a vivir en Bolivia, y la segunda abandonó a su marido. La primera se autodefine como rutinaria, no proclive a las aventuras (aunque luego habla de sus aventuras en otros continentes) y la segunda todo lo contrario, aventurera. 

Lo que une a ambas, sin haberse conocido antes, es el propósito de hacer un “viaje” con ayahuasca (“vino del alma”), la poción ritual indígena cuyo contenido de alcaloides y psicotrópicos produce alucinaciones reveladoras. Para ese viaje interior ambas tendrán que emprender un viaje por caminos tortuosos que llevan a un punto perdido en el mapa, donde las esperan los maestros de la ceremonia de ayahuasca. Todos los arreglos se hacen por internet, porque al fin y al cabo, indígenas o no, este es un mundo moderno y (probablemente gracias a algún satélite) se sugiere que hay conectividad en lo más profundo de la selva. 

La intención del realizador es hacer un mix de road movie y drama psicológico, pero me temo que en ambos propósitos el resultado se queda a medio camino. 

Por una parte el viaje físico (en meat space, diría mi amigo John Perry Barlow), está lleno de baches en el tratamiento del guión. Cito alguno como ejemplo: llegadas a un pueblito del camino para descansar la primera noche, las invitan de buenas a primeras a bailar y a beber, de modo que pasadas las horas cuando regresan de madrugada al jeep de Susane, éste ha desaparecido. Casi estaba cantado al ritmo de la música del baile. Las denuncias a la Policía a veces sirven, puesto que el jeep aparece mágicamente abandonado en una cancha de fútbol, con sus cuatro ruedas, su motor intacto, sólo que sin gasolina. Susane y Sole van a buscarlo, sin que la Policía aparezca de nuevo, ni siquiera para cerrar el caso. 

Otra inconsistencia notable es que cuando las dos mujeres (ahora amigas, unidas por el destino) llegan al lugar anhelado, se encuentran con los dos maestros de ceremonia demasiado apurados por regresar a la ciudad.  Es decir, ni siquiera viven allí ni están dispuestos a regalarles una noche más a estas arriesgadas mujeres que han llegado hasta ahí luego de atravesar peligrosos campos de maíz, en uno de los cuales Susane sufre uno de sus varios desmayos. 

El trópico de Cochabamba es muy lindo, pero, por las razones que todos conocemos y que hacen infeliz a este país, no es precisamente el paradigma de la selva tropical amazónica, donde cabría extraviarse porque no hay poblaciones cercanas. Cuando las dos protagonistas se extravían en el bosque, no deja de notarse que hay cultivos e incluso una construcción de concreto abandonada. 

En cuanto al viaje interior, la búsqueda de sí mismas, si bien no se realiza a través de la ceremonia de ayahuasca, se enriquece en la relación entre ambas mujeres, que es quizás lo más rescatable de la película de Olmos, y probablemente su motivación principal para hacer el largometraje. Susane y Sole no solamente tejen una amistad venciendo sus diferencias y la desconfianza inicial, sino que crecen (Wiñay significa crecer) en la medida en que comparten sus experiencias pasadas y sus dudas sobre el horizonte de sus vidas. 

Al final no encuentran soluciones, porque eso sería demasiado simplista y un fallo del tratamiento, sino que deciden continuar juntas la búsqueda de sí mismas aislándose en medio de la supuesta selva “a dos días de camino del poblado más cercano”. 

Desde el punto de vista de la realización, el film está bien hecho, a pesar de tratarse de una producción de bajo presupuesto. La idea de combinar el drama a sicológico con el viaje es oportuna, ya que si fallara la densidad sicológica quedarían los percances del camino. 

Las interpretaciones de las dos protagonistas sin experiencia cinematográfica anterior son buenas, quizás en parte porque interpretan sus propios roles y lo hacen con naturalidad y frescura. Hay una clara conexión entre el director y sus actrices. Algunos planos secuencia con cámara en mano subjetiva y voz en off, y las tomas de flash back intercaladas, ayudan a adentrarse en la sicología de ambos personajes, aunque sin descubrir nada fuera de lo previsible. 

Alvaro Olmos
La fotografía es funcional, no hace alarde de los paisajes y usa el dron con discreción para situarnos en el viaje a vuelo de pájaro.  A veces, el uso de cámara lenta es meloso e innecesario, pero no son muchas las tomas de ese tipo. El sonido de pájaros añadido a la banda sonora es a veces estridente, quizás con la intención de colocarnos en el contexto de la “selva”. 

Sin duda es un filme bien intencionado, de ahí que incluye escenas algo mistificadoras de la población local. Los campesinos acogen siempre con el corazón abierto a Susane y a Sole, en los momentos en que más ayuda necesitan, sobre todo Susane con sus quebrantos de salud. Las buenas intenciones no siempre se traducen en buenas películas, pero “Wiñay” se deja ver sin que haya momentos de exasperación. Es una obra que fluye sin necesidad de artificios, por ello me parece honesta en el sentido de que no pretende más de lo que el director se propuso: narrar la búsqueda de estas dos mujeres para saber dónde están paradas en sus vidas, y qué pueden hacer de ahí en adelante. 

Otro aspecto interesante es esa tenue frontera que existe entre el cine de ficción y el cine documental, cuando se trata de exploraciones dramáticas como “Wiñay”. Si bien existe un guión (probablemente con un margen de improvisación), el estilo de narración es testimonial y subjetivo, lo cual lo acerca al documental, mientras que los “accidentes” del camino constituyen la parte argumental, donde los diálogos no son necesariamente buenos. 

Aunque no sea una obra lograda totalmente (de acuerdo a los enunciados de su director) “Wiñay” se suma a exploraciones valiosas en el cine boliviano actual, como “Eugenia” de Martin Boulocq, “El río” de Juan Pablo Richter y “El corral y el viento” de Miguel Hilari, entre otras. 

La ventaja de los nuevos realizadores del cine boliviano es que manejan bien a través de internet las ayudas internacionales, los concursos y múltiples festivales, de modo que sin mucho esfuerzo consiguen producción, distribución y una mayor visibilidad. 

Al final de la proyección la memoria me brinda una frase: “se hace camino al andar…” El verso más emblemático de Antonio Machado me sirve tanto para calificar a Wiñay como a su director, Álvaro Olmos. Un cineasta hace camino al andar, y en este caso valoro su propuesta de realizar una obra intimista, con profundidad psicológica, antes que una película de vocación estrictamente comercial. 

(Publicado en Página Siete el domingo 26 de mayo 2019)
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¿Dónde están las palabras que iluminan el camino?
¾Henri Barbusse

17 junio 2019

Duro con la Pachamama

 Oscurecida por la llegada de dos “Luisitos” muy parecidos entre sí (un jovenzuelo mexicano que se toma video-selfies con las camisetas de fútbol que le van regalando en los países que visita y Almagro que cambia de camiseta política según la conveniencia de su anhelada reelección en la OEA), se conoció el dictamen ético no vinculante sobre el TIPNIS del Tribunal Internacional de los Derechos de la Madre Tierra.

Los 27 jueces, personalidades independientes de varios países, conocidas todas por su trayectoria de defensa del medioambiente y de los territorios indígenas, emitieron una sentencia que concluye que el Estado boliviano violó los derechos de la Madre Tierra y de los pueblos indígenas. Violó la Constitución Política del Estado y vulneró numerosas leyes nacionales y normas internacionales.

Por supuesto, los funcionarios del MAS (incluido el que se la pasa volando en helicóptero) le restarán importancia o atacarán a los jueces, olvidando un detalle importante: fue por iniciativa del propio Evo Morales que se creó este tribunal a partir de la Cumbre de Tiquipaya en 2010. Eran otros tiempos, algunos todavía creían que el discurso del impostor indígena iba a ser acompañado por acciones concretas. En realidad sí: la verborrea pachamamista fue acompañada por represión en los territorios indígenas y la testaruda decisión unilateral de construir una carretera en medio del TIPNIS para expandir la frontera agrícola eliminando bosques y promover el cultivo de coca para la elaboración y tráfico de cocaína.

En materia de depredación del medioambiente y política económica extractivista, los “neoliberales” eran niños de pecho comparados con los lobos actuales (con perdón del animal, que se come unas cuantas gallinas por hambre).

Si hay algo que caracteriza al régimen de Evo Morales es la distancia entre el discurso y la realidad. Y lamentablemente lo que ha contribuido a mantener su popularidad internacional es precisamente el discurso, no la realidad. Eso se acabó. Dentro y fuera de Bolivia ya tenemos claro que Evo Morales es el principal enemigo de la Madre Tierra.

Ya no le va a servir a Morales todo el dinero público que se gasta para ensalzar su figura, llenándolo de atributos nobles que no tiene. Todo un Ministerio de Propaganda se ocupa de recordarnos cada día que Morales es irreemplazable, aunque esa misma propaganda no menciona ninguna de sus virtudes como ser humano.

Ningún gobierno anterior en toda la historia de Bolivia ha destruido tanto la naturaleza. Según estudios recientes de Global Forest Watch, en la época de Evo Morales Bolivia es el país que deforesta más en el mundo, en términos per cápita. Ese dato es escalofriante porque no solamente afecta a nuestro país, sino a toda la región amazónica.

La angurria de obtener dinero fácil con la venta de petróleo, gas y minería, hace que el gobierno del MAS conceda sin mayor trámite permisos de explotación a compañías transnacionales, incluso en 11 reservas protegidas por ley durante décadas, de las 22 que hay en Bolivia.

El modelo de desarrollo del régimen promotor del “capitalismo andino” ha alterado leyes y normas para facilitar la explotación de recursos naturales no renovables en una escala nunca antes vista. El mecanismo de la Consulta Previa consagrado por la CPE ha sido vulnerado muchas veces, lo que ha provocado varias marchas indígenas hacia La Paz, que han sido simple y llanamente reprimidas por el gobierno autoritario.

El régimen flexibilizó los requisitos para las empresas transnacionales, no solo autorizando la concesión de más de tres millones de hectáreas en parques nacionales (como Tariquía), sino también ampliando el área de descarga de residuos tóxicos y autorizando en la agricultura el uso de agroquímicos y de semillas transgénicas, cuyos efectos perversos sobre la salud y la economía ya fueron denunciados.

A lo anterior se suma la política de puertas abiertas a empresas mineras que explotan las faldas del Illimani, que extraen sin control oro en los ríos de Beni y Pando, y grupos de bandoleros chinos que de manera encubierta trafican con fauna silvestre y maderas preciosas, sin control alguno del gobierno. La tala ilegal en Bolivia representa el 57% del total.

El falso indígena que funge de presidente ha logrado penetrar con engaños, como el programa “Mi agua”, en Territorios Comunitarios de Origen (TCO) para que luego lleguen detrás las perforadoras de las empresas petroleras, como sucedió en el TCO de los Tacana y en las reservas nacionales de Manuripi y Madidi.

El nuevo grito de guerra de Evo Morales es “Duro con la Pachamama”. Vamos muy mal.

(Publicado en Página Siete el sábado 18 de mayo 2019)
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Toda mariposa
encarna
su serpiente.
--Gina Lizeth

28 mayo 2019

Ciudad colapsada

Deslizamiento en Llojeta 
Sucedió de nuevo en La Paz: otro deslizamiento se llevó al barranco 68 viviendas, afectó otro centenar y dejó a la intemperie a 188 familias. 

Inmediatamente se hicieron trabajos de estabilización y recuperación con el concurso de instituciones del Estado (Defensa Civil, Alcaldía de La Paz, etc.) y de nuevo despertó  la solidaridad de la población, siempre generosa para atender a las víctimas, aunque sean avasalladores. Los jóvenes, sensibles al maltrato de animales domésticos, se organizaron para rescatar mascotas y acogerlas. 

Ya hemos vivido otras veces este escenario y ocurrirá de nuevo, como una crónica de desastres anunciados. ¿Queremos seguir viviendo así, en una ciudad siempre al borde del colapso? ¿Por qué no entendemos de una vez por todas que la ciudad ya no aguanta más? 

La Paz ya no soporta más peso encima. Ya no soporta más edificios. Ya no soporta más presión sobre el abastecimiento de agua. Ya no soporta más basura.  Ya no soporta más tráfico vehicular. Ya no soporta más ruido. Ya no soporta más marañas de cables. Ya no soporta más habitantes. 

Lo sucedido en Llojeta debería servir para revisar las normas y cómo se aplican. Sólo 15 viviendas tenían catastro y 41 estaban fuera de planimetría. El desastre natural debería hacer que la Alcaldía de La Paz se ponga los pantalones de una vez y apruebe un estricto reglamento de uso de suelos que no admita trampas ni excepciones, que castigue la corrupción drásticamente y establezca la fiscalización de oficio en toda La Paz. La ciudad está asentada sobre más de 350 ríos. Ese dato por sí solo indica que es una bomba de tiempo. Ya no es sensato seguir autorizando edificios cuyo peso puede desmoronar zonas enteras. 

Pareciera que no se aprende de las lecciones tan duras que nos da la topografía. Meses atrás la Alcaldía tuvo que invertir sus propios recursos (los nuestros) para reparar el daño ocasionado en la calle 5 de Obrajes debido a construcciones de edificios que no respetaron las normas (pero tenían en regla sus “autorizaciones”). Como resultado, se hundieron varias casas, entre ellas la hermosa residencia de la Embajada británica. Sucedió lo mismo en la calle 17, cuando la construcción del Edificio Mario Mercado afectó la residencia de la Embajada de Francia. 

No se trata de echar culpas a la actual gestión municipal, porque estas prácticas depredadoras de la ciudad vienen de mucho antes, a pesar del estudio de suelos muy completo que se hizo en la gestión de Ronald MacLean Abaroa. Este es el momento de exigir respuesta a preguntas que valen tanto para Llojeta como para cualquier otro lugar de la ciudad: 

1. ¿En qué momento los terrenos municipales pasan a manos privadas? 
2. ¿Por qué no se castiga a avasalladores que consiguen documentos truchos de propiedad?
3. ¿Por qué se autoriza construcciones en suelos clasificados como deleznables y de riesgo? 
4. ¿Por qué no se verifica la planimetría y se sanciona las irregularidades? 
5. ¿Por qué no se fiscaliza de oficio (antes de los desastres) el uso de suelos? 
6. ¿Por qué la Alcaldía provee de calles y servicios a barrios construidos ilegalmente? 

Da ira que los gobiernos municipales no actúen con vigor para prohibir drásticamente asentamientos en zonas de riesgo. Me subleva que sigan otorgando autorizaciones “excepcionales” contra las normas, o modificando las normas para beneficiar a los especuladores de la construcción que blanquean dinero en efectivo proveniente del narco y del contrabando. 

Durante el feriado de Semana Santa, Pablo Solón denunció, con fotos, que maquinaria pasada estaba aplanando cerros y haciendo movimiento de tierras en la parte alta de Sopocachi. La Alcaldía “notificó” y ordenó parar los trabajos, como siempre hace, pero luego no pasa nada y los avasalladores siguen provocando desastres, derribando árboles y aplanando terrenos. 

Construcciones que no respetan normas
Las denuncias a la Alcaldía no sirven para un carajo (para decirlo científicamente). Siete meses tardaron en responder a una demanda de los vecinos de la calle 10 de Calacoto por construcciones fuera de norma. Y cuando lo hicieron, resulta que los perpetradores tenían autorizaciones de la misma Alcaldía para construir más pisos, para no respetar el retiro, el número de parqueos y otras normas. 

Esta suerte de complicidad con loteadores y especuladores de la burbuja inmobiliaria terminará por destruir nuestra frágil ciudad aunque sigan pintando graditas y adornando parques. 

(Publicado en Página Siete el 4 de mayo 2019) 
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La ciudad se está desmoronando, no puede durar mucho más; 
su tiempo ha pasado. Es demasiado vieja... 
—Le Corbusier 

24 mayo 2019

No estaba muerta

Murales de Solon Romero y Alandia Pantoja
en el Monumento a la Revolución
 La ciudad no estaba muerta, andaba de parranda… cultural.

Los ciudadanos se volcaron a las calles y plazas y ocuparon el espacio público como si fuera suyo, porque la verdad es que aunque es suyo, se lo han arrebatado. Esa noche tan especial, se apropiaron de las calles ávidos de satisfacer la dieta cultural (y también alimenticia) que despierta su imaginario de colectivo ciudadano. Hay algo mágico en la Larga Noche de Museos (la primera tuvo lugar en Berlín en 1997), un evento mundial que con el paso de los años ha ido creciendo como para demostrar que los ciudadanos quieren más oportunidades para hacer suya la ciudad, para desplazar por unas horas la carga negativa de la política y su coyuntura perversa, y la frustración del medio ambiente enrarecido en el sentido a la vez literal y metafórico.


Carrera de Artes en la UMSA
En La Paz se respira poco oxígeno, hace frío y es habitualmente una ciudad aburrida, replegada sobre sí misma y vacía a partir de las 9 de la noche. Ir al teatro al cine de noche es un calvario. Hay vida nocturna, pero no se caracteriza precisamente por su esplendor. No faltan "artilleros" que se alcoholizan hasta quedar tirados como bultos, y grupos jóvenes que reciben y ejercen presión de pares para auto-convencerse de que se divierten y de que la pasan bien recogiéndose en la madrugada con pasos tambaleantes y tufo de “pucha, otra vez se me fue la mano”, mientras sus padres y madres (los que ejercen como tales), no duermen hasta no recibir el mensaje esperado: “ya estoy regresando a la casa”. 

Ramiro Soriano y el coro de la Universidad Católica
No, nada que ver con esas noches ófricas y frívolas.  La noche del 18 de mayo fue diferente. La convocatoria lanzada por el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz ofrecía 200 espacios abiertos a la curiosidad de los paceños. Algo similar pasaba en otras ciudades de Bolivia y del mundo.

Los museos siempre están allí, no se mueven, pero en la Larga Noche de Museos hay oportunidad de ver cosas que habitualmente están cerradas al público. Si bien muchos de los museos ofrecen más de lo mismo (pero gratis), hay otros espacios cuya oferta es irresistible. Por ejemplo, quien no quiere conocer la “segunda entrada” lateral del emblemático Teatro Municipal, la puerta “solo para locos” que lleva detrás de bastidores para conocer los secretos de la maquinaria que se esconde detrás del escenario.

Museo de Rosita Ríos en la Calle Jaén
Cerca de allí, la empedrada Calle Jaén, el reducto más antiguo de la ciudad, que ha conservado parte de sus encantos coloniales para beneplácito de los turistas. Esta estrecha vía bullía de gente por razones comprensibles: en una sola estrecha cuadra empedrada hay una decena de museos históricos y galerías de arte. Yo solo quería conocer el más nuevo de todos: el Museo de Rosita Ríos, donde la actriz fallecida un año atrás tenía su tienda de golosinas y abarrotes. En la puerta de su tienda tuvimos algunas veces breves pláticas cuando yo regresaba de dar mis clases en la Escuela Andina de Cinematografía en el Parque Riosinho. Sin embargo,  imposible entrar ahora al Museo de Rosita Ríos: la fila se extendía hasta el final de la cuadra y avanzaba muy lentamente. Para compensar hice escala un poco más abajo en la galería Jiwitaki Art de Edgar Arandia, donde saludé a este y otros amigos artistas, músicos y escritores: Fabricio Lara, César Junaro, Jaime Nisttahuz.

Anticuchos: de todo coazón 
Toda la calle Indaburo entre la Pichincha y la Genaro Sanjinés estaba ocupada por una fila de anticucheras que ofrecían ese emblemático ensartado de corazón y papa a la parrilla, cada una con su salsa secreta que hace la diferencia. Tuve que pasar rápido para que el olor a tentación no retrasara mi itinerario planeado.

La fila era de tres cuadras para visitar la sede de la Gran Logia de Bolivia, la sociedad secreta abría por primera vez sus puertas a la población. Yo estaba más interesado en el Museo de la Policía, cerca de allí, que siempre está cerrado por falta de personal, pero encontré otra larga fila que me disuadió.  Quedé con las ganas y el recuerdo de alguna vez que lo visité décadas atrás en la Plaza Murillo y descubrí lo que hasta entonces formaba parte de un mito (o yo creía que lo era), la camisa que Melgarejo hizo fusilar mientras afirmaba con su vehemencia habitual: “confianza ni en mi camisa”. La camisa baleada existe, y pocos lo saben.

En resumidas cuentas no pude visitar ni el Museo de Rosita Ríos, ni la entrada “para locos” del Teatro Municipal, ni el Museo de la Policía, que eran mis tres escalas programadas en el centro histórico de la ciudad, pero disfruté el ambiente que se vivía y resbalé en un par de lugares que no había incluido en mi agenda: el Hotel Torino, uno de los más antiguos de la ciudad, abierto de par en par con remembranzas de La Paz de antaño, y en una tónica similar la muy antigua Foto Gismondi, aunque en este evento fue la excepción por su propósito comercial y un letrero anacrónico: “Prohibido tomar fotos”, qué vergüenza.

Interminables filas de gente le daban varias vueltas a la Plaza Murillo y a las calles aledañas para visitar el emblemático Palacio Quemado que fue la sede del gobierno hasta que la megalomanía de Evo Morales hizo construir en 2018 su espantoso adefesio personal de 28 pisos detrás del histórico palacio inaugurado por el Presidente Isidoro Belzu en 1853. Las filas eran largas para uno como para el otro, pues hay quienes están motivados por su interés en la historia y otros por la novedad kitsch mussoliniana (cuyos arquitectos no hacen ningún alarde de su obra, es más, sus nombres son casi un secreto).

Hotel Torino
El Parque Riosinho, la Plaza Murillo, el Prado, el atrio de San Francisco, la Plaza Abaroa, la Plaza España y otros espacios abiertos estaban literalmente tomados por la gente: familias enteras, abuelos, hijos y nietos, grupos de jóvenes, parejas de enamorados. Nunca vi la ciudad tan llena, y es que mucha gente llegó también de El Alto para participar en el festejo cultural. En cada una de esas plazas había presentaciones de grupos de música, proyecciones de películas, artistas que pintaban en público, y por supuesto puestos de comida.

Un aspecto que me parece digno de atención es la participación en la Larga Noche de Museos de la “nueva ola” de cafés con vocación cultural.  Se sumaron al evento por derecho propio ya que en sus actividades regulares ofrecen actividades culturales: música en vivo, proyecciones de películas, exposiciones de arte, etc. Es un fenómeno relativamente nuevo que incluye espacios tan interesantes como Thelonius, Typica, Wayruru, Equinoccio, Ciclick, Magik, Retrato, Sultana, entre otros. Los café-cultura no eran tan frecuentes en La Paz como en otras ciudades de América Latina.


Las Flaviadas
Y mientras enfilaba mis pasos por la Avenida Ecuador hacia la Casa de las Flaviadas y la Fundación Solón Romero, el reloj me decía que se acercaban las 12 campanadas que ponen fin a la Larga Noche de los Museos. No es tan “larga” finalmente: es imposible ver un 5% de la oferta, y menos aún si en alguna de las estaciones de la vía cultural hay que hacer fila media hora o más. Por eso en alguna ciudades de Europa se conoce como la Noche Blanca, y las actividades duran, así, hasta el amanecer. 

En síntesis, una experiencia estimulante por su carácter colectivo, por la recuperación del espacio público urbano, y por la posibilidad que ofrece de descubrir algunas instituciones culturales que en lo cotidiano un tanto esquizofrénico de esta ciudad, no son sino puertas cerradas durante todo el año.
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La noche tiene mil ojos, el día uno sólo.
--Francis William Bourdillon


16 mayo 2019

Todo cine es político

Sergio Zapata, Alfonso Gumucio Dagron, Santiago Espinoza y Andrés Laguna

Del 25 al 29 de marzo tuvo lugar el coloquio II Jornadas de Cine Boliviano organizado por el Centro Cultural de España en la Cinemateca Boliviana. Participé en el panel sobre "Cine y política: Imaginarios políticos en el cine boliviano" junto a Andrés Laguna y a Santiago Espinoza. 

Abordar el “cine político” es como patinar en una tautología. Sobra decirlo: todo cine es político, por acción o por omisión. No existe un cine neutro por la sencilla razón de que no existe un cine fuera de la realidad. La ficción más delirante permite niveles de lectura crítica que develan conexiones con un imaginario que tuvo el poder de desencadenar el proceso creativo. 

Jean-Luc Godard
Política significa acción pública, desde su origen etimológico tiene que ver con la ciudad (o el Estado) y el lugar donde cada uno de los ciudadanos se posiciona. En términos epistemológicos, la acción pública del cineasta o del artista en general, es un acto político porque desarrolla un discurso que  se organiza a partir de una interpretación y segmentación de la realidad. El solo hecho de seleccionar un espacio para la mirada, desarrollar un argumento, elegir una locación, un elenco de actores y por supuesto cada encuadre y cada movimiento de cámara, constituye una forma de posicionarse política y éticamente sobre y desde la realidad. La decisión de un desplazamiento de cámara hizo decir alguna vez a Jean-Luc Godard que “un travelling es una decisión moral”. 

"La chinoise", de Jean-Luc Godard
Del lado del espectador tampoco hay impunidad porque quien observa participa con su carga propia de sentidos y significados que buscan establecer una relación dialéctica, ya sea por afinidad o por negación. Quien analiza críticamente una película es partícipe de un acto colectivo con una trama de complejidad en la que se tejen impresiones, sensaciones, ideas y creencias. La riqueza de una obra está en su capacidad de ofrecer niveles de lecturas que van más allá de la imagen en dos dimensiones. En los márgenes de la pantalla hay un imaginario construido por cada espectador. 

El cine boliviano ofrece, como cualquier otro cine, esas posibilidades. En el plano creativo, no hay nada especial en el cine boliviano actual que lo haga diferente a otras cinematografías en la región. Esto no fue siempre así porque los niveles de desarrollo económico y tecnológico de la cinematografía latinoamericana fueron distintos en la época formativa de los cines nacionales. 

Jorge Sanjinés y miembros del Grupo Ukamau
Durante las décadas de 1960 y 1970 la emergencia del llamado “Nuevo Cine Latinoamericano”, de características explícitamente políticas, permitió el surgimiento de obras y teorías que indagaron sobre las necesidades nacionales y regionales de un cine que contribuya a la construcción de identidades y culturas propias, frente al avasallamiento de la industria cultural importada. La razón de ser del “Tercer Cine” fue la negación de un “primer cine” dominado por la industria y de un “segundo cine” de autor. La frase de Marx (Karl, no Groucho), guiaba el pensamiento de la época: “No basta interpretar el mundo, hay que transformarlo”.  

“No hay en América Latina espacio para la expectación ni para la inocencia. Una y otra son solo formas de complicidad con el imperialismo” leemos en la Primera declaración del Grupo Cine Liberación (Solanas y Getino), en 1968. Hoy podríamos parafrasear esa postura radical con una más adaptada a la realidad que vivimos: “No hay espacio para la pasividad ni para la indiferencia. Una y otra con formas de complicidad con el conformismo”. 

Lo que más debemos temer es el conformismo y la indiferencia, es decir, una manera de ver el barrio, la ciudad, el país o el mundo con ojos nublados, como si no pasara nada. El conformismo sigue siendo una forma de complicidad. 

Parecía más definible la lucha de las décadas de 1960 y 1970 contra el imperialismo o el colonialismo económico y cultural. La polarización simplificaba la toma de posiciones, la línea divisoria era más clara.  Sin embargo, los problemas actuales no son menos importantes: corrupción extendida en todas las capas de la sociedad, narcotráfico, contrabando, feminicidios, violencia contra los niños, extractivismo y depredación del medio ambiente… problemas que nos afectan cotidianamente y que están a punto de llevar a un punto sin retorno que pone en riesgo la existencia misma de la estabilidad social y ecológica. 

"Citizen Kane", de Orson Welles
El debate sobre el cine explícitamente político ha sido superado porque el mundo ha evolucionado hacia sociedades formalmente más democráticas (aunque no participativas), y porque las transformaciones tecnológicas y económicas plantean nuevos retos no solo desde la perspectiva de los creadores, sino también desde las percepciones del público o de los “consumidores” de las industrias culturales. 

No se puede aislar a Bolivia de las corrientes mundiales. Los mecanismos de coproducción con intervención de múltiples actores económicos alientan el desarrollo de un cine de autor, con ventajas (y limitaciones) que no teníamos tres o cuatro décadas antes. La proliferación de fondos de apoyo va de la mano con la multiplicación de festivales y la facilidad de hacer disponibles la obras digitalmente. Las oportunidades nunca fueron mayores para los nuevos cineastas. Una película puede ser fácilmente enviada a 50 o 60 festivales, y hasta por cálculo de probabilidades obtener varios premios, aunque no sea en los eventos internacionales de mayor prestigio. 

"Averno" de Marcos Loayza y "Muralla" de Gory Patiño
En ese contexto, hablar de un cine “de ruptura” sería una especulación bastante lejana de la realidad.  Lo que sucede en Bolivia como en otros países, es un fenómeno de multiplicación favorecido por las nuevas tecnologías y por las nuevas oportunidades de financiamiento. Se multiplican los cineastas y se multiplican los films.  En mi base de datos tengo carpetas sobre 227 cineastas bolivianos que han realizado al menos una película (largo, documental o cortometraje). 

Sería artificioso hablar de un “nuevo cine boliviano” que no existe sino como segmentación generacional y no por características narrativas o estéticas. Al contrario, hay una continuidad que puede ser rescatada como una virtud de la nueva generación. No se puede trazar una línea: “a partir de aquí empieza el nuevo cine en Bolivia”, porque no hay hitos para definir esa frontera. 

"Algo quema" de Mauricio Ovando y "Eugenia" de Martin Boulocq
El cine boliviano ha crecido como un árbol, sobre raíces muy sólidas y un tronco de obras fundamentales del que han crecido ramas en diferentes direcciones, incorporando a la mirada social y política del cine una diversidad de temas y expresiones. Hay ramas de ese árbol que son más débiles que otras, y quizás siguen siendo las más sólidas las que se ocupan de problemas que afectan al país, pero no son las únicas que describen el imaginario colectivo de los bolivianos. 

Ese panorama debería estar acompañado por análisis y desarrollos conceptuales ya sea producto de los propios cineastas o de los centros de estudio especializados, que se dedican demasiado a los aspectos técnicos y muy poco a la reflexión teórica. ¿Qué tanto piensan los cineastas bolivianos cuando hacen una película? ¿Cuáles son sus motivaciones? ¿Cómo expresan sus reflexiones sobre la realidad nacional? ¿Para qué hacemos cine? ¿Para quién? ¿Qué aportamos con el cine? 

(Publicado en Página Siete el domingo 31 de marzo 2019) 
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No escribo como hablo, no hablo como pienso,
no pienso como debería pensar,
y así sucesivamente hasta las más profundas tinieblas. 
-—Franz Kafka