18 junio 2017

El cubo de Kubrick

(La mitad de este texto se publicó en el diario Página Siete el domingo 4 de junio 2017)

Uno de los realizadores más enigmáticos de la historia del cine no podía sino ser sujeto de un homenaje excepcionalmente revelador sobre su obra, sobre sus ideas y sobre su vida. Y esta vez, con su ayuda, aunque él haya fallecido hace 18 años, en 1999.

“Stanley Kubrick: la exposición” es el resultado de un esfuerzo institucional colectivo que por primera vez incluye muchos objetos de la colección personal del director, abierta a la investigación el año 2003.


En mil metros cuadrados de exhibición, la muestra incluye más de 900 objetos provenientes del Archivo Stanley Kubrick de la Universidad de las Artes de Londres, del Museo Fílmico de Frankfurt, del año 2004, y de las colecciones privadas de Christiane Kubrick y Jan Harlan, con el concurso de cuatro gigantes de la industria del cine de Estados Unidos: Warner, Sony-Columbia, Universal y Metro Goldwyn Mayer.

La búsqueda perfeccionista del mejor ángulo
Tuve la oportunidad de visitar la exposición en la Cineteca Nacional de México, apenas unos días antes de que sea trasladada a Copenhague, donde abrirá sus puertas en septiembre. Estuvo en México de diciembre 2016 a mayo 2017, y ha estado rodando por el mundo desde el año 2004: Frankfurt, Berlín, Melbourne, Gante, Zúrich, Roma, París, Ámsterdam, Los Ángeles, Sao Paulo, Cracovia, Toronto, Monterrey, Seúl y San Francisco.

Resulta difícil encontrar un calificativo que corresponda a la grandiosidad de esta muestra. Podría decir que el espíritu de Kubrick se ha apropiado del espacio de la Cineteca Mexicana, que de por sí tiene el mérito de ser un edificio bello que parece desplegar sus alas de cemento y luz. Pero no basta decir eso.

Si puede ser escrito o pensado, puede ser filmado.
La exposición sobre Kubrick es un ejemplo formidable de trabajo museográfico porque no solo contiene sino que además proyecta. Una cosa es reunir objetos en un espacio determinado y otra muy diferente es crear un recorrido armónico y sorprendente a cada paso. Todos los amantes del cine hemos visto una o varias veces las extraordinarias obras cinematográficas de Kubrick, pero todos sentiremos que las descubrimos de nuevo.

Mi mente asocia la filmografía de Kubrick al cubo de Rubik (de ahí el título de este texto), el polifacético juego de inteligencia y habilidad manual, un desafío casi mágico para quienes lo conocimos por primera vez el año 1974. Cada componente, de un color diferente, puede armarse hasta completar un todo perfecto.


La silla del director
La diferencia estaría en que cada filme de Kubrick es también un todo perfecto, y eso es lo que esta extraordinaria exposición nos permite descubrir, gracias a la creatividad de la museografía. En cada una de las ciudades donde ha estado antes se ha montado con las mismas características, de manera cronológica, aunque a veces con más objetos o protegiendo mejor algunos de ellos, como en México.

“Si puede ser escrito o pensado, puede ser filmado”, decía Kubrick. Los cuatro pisos de la exposición en la Cineteca Nacional demuestran que no solamente puede ser filmado, sino filmado con una perfección que apabulla. Kubrick no permitía que ningún detalle escapara a su atención. Como prueba de ello la exhibición incluye no solamente los guiones con anotaciones personales muy precisas, sino también agendas, dibujos, bocetos, cartas, fotografías con notas y, lo más impresionante, escaletas de producción que muestran el maniático detalle de cada toma.

En la exposición de la Cineteca Nacional el visitante es llevado de la mano al complejo universo de Kubrick para entenderlo y amarlo más. Cada una de sus películas en una sala dedicada a mostrar desde las claquetas de producción (por las que siento añoranza), hasta el vestuario y la utilería, pasando por proyecciones de secuencias de cada película, y elementos del decorado que recrean la misma atmósfera de cada filme. Es sencillamente maravilloso.

Desde la entrada a la Cineteca Nacional el visitante es recibido con una amplia muestra fotográfica en las rejas exteriores del predio, sobre la calle Real Mayorazgo de Coyoacán. Luego, al ingresar, hay una réplica de la famosa puerta blanca de El resplandor que Jack Nicholson hiende con un hacha de largo mango para asomar su rostro maravillosamente enloquecido. Uno puede tomarse allí fotos para el recuerdo, como yo lo hice.

A  medida que uno asciende a los pisos superiores de la galería siente cómo el mundo de Kubrick invade el espíritu. A medida que uno avanza en la exposición, se hace más grandiosa, como su filmografía.

Extras numerados en Espartaco
Decía Kubrick que la única película sobre la que no había tenido control artístico absoluto fue Espartaco (1960), y esto fue por varias razones. La primera porque la producción ya estaba en marcha bajo la dirección de Anthony Mann cuando Kirk Douglas, el principal actor del film y además productor del mismo, lo despidió y contrató a Kubrick, con quien había trabajado antes en La patrulla infernal (1957). El rol de Kubrick se reducía entonces a dirigir un guion que no era suyo y donde el personaje de Espartaco le parecía sin matices. La relación entre ambos fue conflictiva a lo largo del rodaje, tanto que ambos fueron a ver a un sicólogo para poder seguir trabajando juntos. Quizás ello permitió mantener en adelante una relación cordial, como se desprende de una carta que le envía Douglas a “Stan”, donde firma como Espartaco.  

Apuntes para una escena clásica de 2001 odisea del espacio
Cada sala tiene una museografía que se adecúa a cada película. En la sección dedicada a Paths of glory (Patrulla infernal), el decorado recrea las trincheras de la guerra, con barricadas de madera y alambrados de púas. Los dibujos de la serie “La guerra” de Otto Dix se exhiben en esa sala como testimonio de una influencia que el propio Kubrick admitía. Un hombre con una vasta cultura como él, no podía ser ajeno a la producción artística de cada momento histórico en el que ambienta sus películas.  

Las salas dedicadas a Lolita, 2001 Odisea del espacio, Barry Lyndon y La naranja mecánica, son excepcionales también por la meticulosidad de la investigación que hizo personalmente a tiempo de escribir los guiones.  Por ello todos sus guiones están llenos de anotaciones manuscritas y para cada filmación hay pruebas de escenografía, de vestuario, de maquillaje, que Kubrick hacía previamente. Para Espartaco, cada uno de los extras (y eran muchos), tenía un número de identificación de manera que el director pudiera dar instrucciones precisas.

Lolita, una hermosa provocación
Lolita (lo recuerdo muy bien) fue un sonado escándalo a pesar de que el film  es de una castidad visual impecable. Como siempre los hipócritas comisarios de la moral cristiana se manifestaron contra el film y enviaron cartas incendiarias a Kubrick instándolo a abandonar el proyecto incluso antes de haber filmado un metro de película. La hermosa novela de Nabokov venía precedida de la fama de ofrecer una visión “degenerada” de la relación entre un hombre maduro y una joven adolescente. Esas cartas originales también se exhiben, así como fotos y correspondencia con Nabokov.

Como homenaje complementario al perfeccionismo de Kubrick, la museografía de cada sala es especial y se adecua a la atmósfera de sus films con un detallismo extremo. El espacio dedicado a Barry Lyndon está iluminado con candelabros, como la película y en la sala de Eyes wide shut predomina la oscuridad y un ambiente lúgubre y misterioso, enriquecido por las magníficas máscaras venecianas.

Con HAL 9000, ahora bajo control
El ambiente de 2001, odisea del espacio ya no sorprende hoy, pero era absolutamente visionario y futurista cuando se hizo la película 33 años antes de la fecha de su título emblemático. Su afición por el ajedrez se refleja en algunas escenas que parecen compuestas sobre un tablero. HAL 9000, la supercomputadora de inteligencia artificial puede parecer ahora un juguete obsoleto pero aún impresiona ese ojo rojo y la voz suave con que resistía a las órdenes de los tripulantes: “Lo siento Dave, me temo que no puedo hacer eso”.

En esa misma sala está el Oscar que le dieron al film en 1969 por Efectos Especiales, como si se tratara solamente de trucos. Ese mismo año el Oscar a la mejor película se lo dieron a Lawrence de Arabia y el Oscar al mejor director se lo llevó David Lean. Kubrick no asistió a la ceremonia. Habría que ver cuál de las dos obras aguanta mejor el paso del tiempo.

Los muchos nombres de Dr Strangelove 
“No es un mensaje que yo hubiera querido transmitir en palabras. 2001 es una experiencia no verbal. Intenté crear una experiencia visual, una experiencia que evite el encasillamiento verbalizado y que penetre directamente en el subconsciente con un contenido emocional y filosófico”, dijo sobre su film, que ha dado origen a varios libros con intentos de interpretación.

Su obsesión compulsiva por la perfección es también evidente en la sala dedicada a Dr. Strangelove, donde Peter Sellers interpreta tres personajes extraordinarios. Allí se exhibe una hoja de papel, donde con su puño y letra Kubrick escribió 15 títulos posibles para la película.  Las tres palabras que más se repiten son “bomb”, “Dr. Strangelove” y “doomsday” (Día del juicio final, el día final). Al final eligió un título compuesto bastante largo: Dr. Strangelove o como aprendí a no preocuparme más y amar la bomba, que en España, donde los distribuidores de cine tienen poco cerebro y la mala costumbre de alterar los títulos de las películas, tradujeron como: ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú.   

Claqueta original de El resplandor
En el espacio que reconstruye el ambiente de El resplandor se exhiben muchas fotos de la filmación, y algunos objetos valiosos: los vestidos de las niñas y la chompa del niño, dos hachas, la maqueta del laberinto, la famosa puerta quebrada con la palabra REDRUM que el niño escribe con el lápiz labial de su madre y que al revés se lee MURDER (asesinato), y la máquina de escribir en la que compulsivamente el escritor enloquecido escribía obsesivamente páginas y más páginas con una misma frase: “All work and no play makes Jack a dull boy”.  Uno puede alzar una de esas hojas para llevárselas de recuerdo.   


El preciosismo obsesivo de Kubrick lo llevó a inventar la tecnología que requería cada película. Me impresionó una sala donde se exhiben 49 lentes cinematográficos que utilizó en sus películas, algunos de ellos modificados o creados especialmente para él, porque buscaba un efecto visual único.

Una de sus primeras fotos publicadas
Sus inicios como fotógrafo de la revista Look fueron sin duda una gran escuela para mirar la vida a través de la cámara. Desde ese tiempo sus imágenes tienen puesta en escena, no son simples disparos al aire, como lo prueba la primera foto que publicó el 26 de junio de 1945, con motivo de la muerte del presidente Franklin D. Roosevelt: el retrato sombrío de un vendedor de periódicos. Sus fotos de Frank Sinatra y de tantos otros personajes y situaciones capturadas desde ángulos atrevidos, muestran que Kubrick no apretaba el disparador impunemente.

El perfeccionismo de Kubrick rivalizaba con la claridad meridiana que tenía de ser un genio cinematográfico, y ello empezaba desde la escritura del guion literario, cuando se enviaba a sí mismo por correo los guiones que iba escribiendo, para dejar constancia de sus derechos de autor.

Una de las últimas salas está dedicada a mostrar los tres proyectos que nunca pudo realizar. Probablemente la palabra “proyecto” se queda corta, porque se trata de obras trabajadas con tanto detalle, que solo faltaba filmarlas. Es el caso de Napoleón, Inteligencia artificial (que fue realizada con su autorización por Steven Spielberg) y Aryan papers. En los tres casos Kubrick había desarrollado no solamente el guion literario y el guion técnico, sino una escaleta completa para la filmación, con el acostumbrado detalle sobre cada imagen.

Encuentra a Nina, si puedes
Hay mucho más en esta exposición extraordinaria que ojalá siga girando por el mundo hasta que todos puedan verla. Muchas fotografías desconocidas hasta ahora, tanto las tomadas por Kubrick como las que le tomaron a él. Los dibujos de Al Hirschfeld, el gran dibujante del New York Times, retratan algunas de las películas de Kubrick. Este dibujante tenía la costumbre de esconder el nombre de su hija, NINA, entre los trazos de sus dibujos.  Los que conocemos la historia no podíamos sino tratar de descubrirlo, quizás pasando por alto el valor del dibujo mismo.  

Pocos directores pueden decir que cada una de las películas que realizó es objeto de culto, y cada una por razones diferentes. Salvo el perfeccionismo, no hay nada en común temáticamente o técnicamente entre los 13 largometrajes que hizo. De Lolita (1962) a Eyes wide shut (1999), pasando Dr. Strangelove (1964), 2001 odisea del espacio (1968),  La naranja mecánica  (1971), Barry Lyndon (1975), El resplandor (1980) y Full metal jacket (1987), cada una es un mundo y un desafío para el espectador.
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La prueba de una obra de arte es, finalmente, nuestro afecto por ella, no nuestra capacidad para explicar por qué es buena. —Stanley Kubrick


15 junio 2017

Sobre "Luis Espinal, el grito de un pueblo"

Generoso comentario de Hugo José Suárez sobre la tercera edición de mi libro "Luis Espinal, El grito de un pueblo". Es la primera edición boliviana y la primera en la que aparecen los nombres de los autores, que en 1980-1981 no podían aparecer por razones de golpe mayor. Los interesados pueden adquirir ejemplares en las librerías de Plural en La Paz y Cochabamba.



09 junio 2017

Policías inútiles

Nunca he visto a un policía de tránsito en Bolivia multar a un conductor que no lleva su cinturón de seguridad puesto, que habla por teléfono celular mientras conduce, que se estaciona sobre la acera, que da una vuelta en “U” donde está prohibido o no se detiene ante un paso de cebra para que dar prioridad a los peatones. Si hay un policía cerca, simplemente se queda mirando, baboso e impávido.

Y cuando los minibuseros mañudos bloquean las “mil esquinas” de la ciudad para oponerse a la reglamentación de la Alcaldía, ¿qué hacen los inútiles policías? Desaparecen por arte de magia.

Los que antes llamábamos “varitas” o “pacos” no tienen buena reputación ahora, y hay muchas razones para ello. ¿Por qué? Porque la policía de tránsito en este país es completamente inútil, no sirve para nada. Solo se presenta cuando hay algún accidente con heridos, muertos y autos destrozados. No tiene capacidad o voluntad de prevenir.

Circunstancialmente aparece en los principales cruceros en horas punta, para que fluya el tráfico, pero inmediatamente después se los ve en grupos comiendo en algún puesto callejero, o desaparecen detrás de escritorios o en las cantinas de sus cuarteles.

Bolivia cuenta con reglamentación similar a la de otros países, normas sobre la obligatoriedad de usar los cinturones de seguridad en los asientos delanteros, respetar los pasos de cebra aunque no haya un semáforo, no usar celulares mientras se conduce, no estacionar en lugares prohibidos… pero aquí nada se cumple, todo es arbitrario, empezando por la policía de tránsito que no cumple con sus deberes y los mandos superiores que se hacen los ciegos.

Por suerte tenemos una policía municipal eficiente pero al parecer no está autorizada para poner multas, por lo que se limita a realizar acciones “didácticas”: remolca los vehículos mal estacionados, ocasionalmente retira las placas de minibuses infractores, o promueve educación vial. Ojalá la policía municipal, más eficiente y mejor organizada que la policía de tránsito, pudiera poner multas y sancionar severamente a los malos conductores. Mientras tanto podría tomar una medida que ha dado resultado en otras ciudades: pegar sobre el parabrisas delantero de los que no respetan las normas un letrero difícil de despegar, que diga en letras grandes: INFRACTOR.

Los conductores infractores (que son una mayoría aplastante en Bolivia) solo entienden a palos, es decir, con sanciones y no con buenas palabras, pues carecen de un mínimo de conciencia ciudadana y educación. Estacionan sus vehículos delante de las paradas de transporte público o junto a los letreros que dicen, claramente, “No estacionar”.  O lo hacen en doble fila, o sobre las aceras o delante de la puerta de garajes privados. Tocan bocina delante de hospitales y aceleran al llegar a un paso de cebra, especialmente si ven un peatón a punto de cruzar. Frente a los pasos de cebra son ciegos, parece que no los vieran, creen que el paso de cebra solo es válido con un semáforo.

Los infractores contumaces en nuestras ciudades son los choferes de minibuses, para quienes no parece existir ninguna norma.  A esos hay que ponerlos en raya de una vez por todas. La solución sería que desaparezcan introduciendo un mejor transporte municipal.

Solo los bolivianos que han vivido en el exterior en ciudades con gente educada y civilizada, respetan las señales de tránsito, usan cinturón de seguridad y disminuyen la velocidad al llegar a un paso de cebra porque saben que estadísticamente las normas de seguridad evitan accidentes. La diferencia entre civilización y barbarie es que ser "civilizados" significa saber vivir en comunidad, en armonía y con responsabilidades ciudadanas. En la selva son más civilizados que en las ciudades bolivianas.

Muchas familias evitarían el luto si respetaran las normas existentes. Sería más sencillo respetarlas que llorar a moco tendido lamentando el fallecimiento de un ser querido en un accidente porque no llevaba puesto el cinturón, o hablaba por teléfono.

He estado varias veces a punto de ser atropellado porque no me da la gana de cederle el paso a un vehículo cuando estoy atravesando un paso de cebra. Al igual que la policía de tránsito que no aplica las normas, hay conductores que conocen las reglas pero no las cumplen, al menos en territorio boliviano. En las ciudades fronterizas con Brasil sucede algo curioso: apenas cruzan al lado brasileño los choferes se ajustan el cinturón de seguridad y los motoristas se colocan el casco reglamentario. Se “civilizan” instantáneamente.

La Policía Nacional es incapaz de preservar la seguridad ciudadana, y esto vale no solamente para la policía de tránsito. Lo uniformados siempre están diez pasos detrás de los infractores y de los malhechores, o lo que es peor, codo a codo con ellos con la complicidad de jueces fáciles de sobornar y fiscales chantajistas. Los reincidentes son muchos porque los sueltan a las pocas horas de aprehenderlos.

Sin duda, hay policías honestos y conscientes de sus responsabilidades y deberes, pero no los cumplen porque están insertos en una maquinaria donde reina la arbitrariedad, la desidia y la corrupción.Pero, hay que decirlo, en la medida en que hacen la vista gorda y socapan a los malos policías, son también cómplices y culpables por encubrimiento. 
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El primer signo de la corrupción en una sociedad que todavía está viva
es "el fin justifica los medios”. —Georges Bernanos