15 agosto 2017

La fiera del libro

Se aproxima por los pasillos dispuesta a saltar sobre su presa.  Los ojos le brillan codiciosamente mientras recorre con la vista la oferta de papel y tinta. Sabe que tiene que escoger bien, que no le alcanza el bolsillo ni la vida para leer todo. Acaricia las ediciones al pasar, como diciéndoles “ya volveré por ti”. En un acto casi sexual le da la vuelta a un libro para leerle la espalda y le abre las piernas para oler su costura. Finalmente cae sobre su presa con una mirada devoradora. 

Así es la fiera del libro, un animal de extraordinaria inteligencia y sensibilidad, acostumbrado a alimentar su imaginación con signos impresos sobre papel, que su cerebro decodifica y convierte en imágenes únicas, que nadie más puede recrear. La fiera sabe que cada vez que adquiere un libro se lleva más que un objeto de papel y tinta, se lleva una manera de ver el mundo que ni siquiera es la del autor, sino la suya, diferente a todas las demás. 

En la imaginación febril de la fiera del libro, el galeón español “rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana…” que de pronto descubre al despertar José Arcadio Buendía no es el mismo galeón que imaginó García Márquez. Cada lector, cada fiera, lo reconstruye a su manera. Cada uno de nosotros es propietario de ese galeón, diferente, especial, único que de pronto de dibuja en nuestra imaginación. Esa es la magia de la lectura cuyo secreto conocen las fieras del libro. 

El juego de palabras me distrae mientras firmo unos pocos libros en la nueva edición de la Feria Internacional del Libro de La Paz, todo un acontecimiento en esta ciudad de pocas y dispersas librerías. Una vez al año, se desmoronan sus muros y dialogan a uno y otro lado del pasillo.  Libreros y editores se abrazan, se interrogan “¿cómo te está yendo?”, mientras no quitan el ojo de las mesas donde las fieras circulan. No vaya a ser que alguna se lleve un libro sin pagar.

En el espacio generoso de Plural Editores
Pensándolo bien, que la gente robe libros para leerlos no es descabellado, y a los autores no les desagrada tanto como a sus editores. Otra cosa es que los roben para venderlos, como quien roba una joyería. Pero si los editores quisieran vigilar mejor sus productos, podrían ponerse de acuerdo con la Cámara del Libro para colocar en la entrada principal al Campo Ferial Chuquiago Marka detectores magnéticos como los que hay en todas las librerías del mundo, en lugar de dañarse el estómago con gastritis o úlceras, con esa ansiedad que dura dos semanas. (Me cuentan que señoras "de buen aspecto" y aparentemente "respetables" fueron pilladas en el momento de llevarse libros sin pagar). 

Confieso que soy de los despistados que publican sus libros en cualquier momento del año, cuando se caen del árbol porque están maduros. No tengo el sentido de la oportunidad, no se me ocurre que un buen momento para estrenar es una feria del libro, pero prometo enmendar ese error.

Con el "Gato" Salazar y su "best seller" sobre el Ché 
En cualquier caso, ahí estuve casi todos los días, ya sea como lector-fiera en busca de algo nuevo, como presentador del escritor homenajeado del año 2017 (mi primo hermano Mariano Baptista Gumucio) o firmando libros en el espacio de Plural, que ha publicado nueve de mis obras gracias a su director José Antonio Quiroga.

Vender palabras es más interesante que vender ropa usada, no solamente porque no hay lugar al regateo sino porque quienes adquieren ese libro están convencidos de que encierra algo mágico y misterioso.

El encuentro con los lectores es una de las experiencias más gratificantes para el escritor. Tengo fresco el recuerdo de las ferias de autores que lanzamos hace cuatro décadas en El Prado junto a René Bascopé, Matilde Casazola, Jaime Nisttahuz, Manuel Vargas y otros amigos. Dos horas bajo el sol dominguero con nuestras rústicas ediciones nos permitían ganar más y mejor, porque al precio se añadía la conversación con los lectores.

En estos cuarenta años de soledad hay más gente en el mundo pero menos lectores proporcionalmente. Se publican más títulos pero gracias a las nuevas técnicas de impresión han disminuido los tirajes y desaparecen las bibliotecas personales. Dicen las estadísticas que las horas dedicadas a la televisión y a los teléfonos “inteligentes” centuplica fácilmente el tiempo dedicado a la lectura.

Si bien hay menos lectores, que lo hay los hay… Son pocos pero valiosos como los personajes del relato de Ray Bradbury que deambulan entre los árboles aprendiendo de memoria los libros que fueron quemados. Por ello conversar con estas fieras del bosque es enriquecedor. Los padres y madres que llevan a sus hijos a las ferias de libros renuevan mi convicción de que la lectura importa.

En estos días tuve varios encuentros estimulantes. Un papá joven se acercó con dos gemelas, realmente idénticas, de unos 9 o 10 años de edad, ambas con gafas que denotan que usan sus ojos para algo más que para ver televisión. ¿Ustedes leen libros?, les pregunté, y respondieron al unísono como si estuvieran coordinadas por un cordón umbilical imaginario, con una sonrisa de orgullo.

Emilio Salgari
Otros niños que venían en busca de poesía me decían que estaban leyendo El principito, hermoso comienzo para quienes quizás no conocen las aventuras vividas por aquel extraordinario escritor y piloto nocturno. Mis primeras lecturas de libros fueron Emilio Salgari, Agatha Christie, Alejandro Dumas, Rex Stout, Earl Stanley Gardener… bastante ecléctico cuando tenía 11 o 12 años. Extraño esas viejas ediciones amarillentas que se fueron extraviando entre traslados voluntarios y exilios forzosos.

Se me acercó también una mujer joven que me pidió dedicarle uno de mis poemarios a su hija. Le pregunté la edad de la niña: “Siete meses”, respondió. Y al ver mi asombro añadió: “Le he leído poesía desde que estaba en mi vientre”. 

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Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mi me enorgullecen las que he leído.
—Jorge Luis Borges

 (Versión completa del artículo publicado en Página Siete, el sábado 12 de agosto 2017) 

10 agosto 2017

Los itinerarios de Mesili

Tres libros recientes de Alain Mesili
La reciente exposición fotográfica de Alain Mesili en La Paz y los tres libros de fotografía que tuvo la generosidad de regalarme hace unos meses, me dan la oportunidad de escribir ahora sobre los itinerarios aventureros de este fotógrafo, escritor y montañista con tantos años de experiencia y tanta voluntad de descubrimiento.

Conozco a Alain Mesili desde hace cuatro décadas aunque nos hemos perdido de vista muchas veces por culpa de los mapas: los mapas de exilios y aventuras que nos ha tocado vivir en otros puntos del planeta.

La vida de Alain, que pocos conocen, está salpicada de anécdotas y vinculada a hechos excepcionales. Nació de madre francesa y padre argelino, un pied noir que desde muy joven vivió la lucha de liberación argelina hasta la independencia del país en 1962. Luego el mundo se abrió para ese joven adolescente que emigró a París.

Alain Mesili
François Masperó, el gran editor francés de izquierda, fue para él una especie de padre protector que contribuyó en su formación política y le permitió conocer  a grandes intelectuales que vivían en París, entre ellos Simone de Beauvoir y Julio Cortázar, que le dio sus primeras lecciones de fotografía. A partir de allí Alain peregrinó por varios países hasta recalar en Bolivia, que adoptó definitivamente como su patria, a pesar de algunos intermedios facilitados por las dictaduras militares.

Uno de esos intermedios lo llevó al Perú donde se involucró con un sector de la extrema izquierda, y de allí a Estados Unidos donde lo esperaba la cárcel. Completó su periodo con un año de prisión en La Paz, compartiendo con Álvaro García Linera una celda en el Panóptico. Otro itinerario lo llevó a vivir durante dos años en las selvas del Beni con la comunidad de los Chacobos, junto al río Yata y allí quizás nació el sueño que tiene de irse a vivir y a navegar por los ríos del Beni.

Illimani, cara norte
Sin embargo Alain es más conocido por todos como montañista que ha coronado todos los picos de nuestro país. Durante décadas fue guía de grupos de andinistas y en ese ejercicio descubrió y habilitó nuevas rutas de exploración y de acceso, sobre todo en el Illimani, la montaña que domina La Paz (y que le otorga a la ciudad la belleza que por sí sola ya no tiene), pero también rutas en el salar de Uyuni, los ríos Manuripi, Madre e Dios y Río Negro, y en el Parque Nacional de Madidi (que durante las dictaduras  militares fue lugar de confinamiento de militantes políticos).

Alain ha visto y fotografiado el Illimani, al igual que Tony Suarez, desde todos los ángulos y a todas horas. La diferencia entre ambos grandes fotógrafos es que Alain lo ha hecho desde más cerca, con los pies en el propio nevado. Esa experiencia visual privilegiada le ha permitido acumular a lo largo de décadas miles de imágenes que en los últimos años han visto la luz en libros lujosos que lo posicionan como uno de nuestros fotógrafos de naturaleza más importantes.

Cuando recuerdo a Alain todavía vislumbro a un joven poeta cuyo primer libro de poemas, Poemas al extremo (1980) publiqué en la serie Palabra Encendida, junto a otros títulos de Jaime Nisttahuz y míos. Mucho agua ha corrido desde entonces, sobre todo las de nuestra montañas que van perdiendo cada año su cobertura de hielos perpetuos.

Illimani, fotografiado desde El Alto
Por esa catadura de explorador y aventurero (heredada de los exploradores europeos del siglo XIX) Alain conoce Bolivia mejor que la gran mayoría de los bolivianos que dicen amar a su país. Quizás (en un cálculo optimista) uno de cada diez mil bolivianos ha recorrido tanto territorio nuestro como Alain Mesili.

La exposición que presentó frente al atrio de la Universidad Mayor de San Andrés es apenas un botón de muestra de sus mejores fotografías del Illimani, pero sus libros reflejan mejor la extensión y calidad de su obra. Comento brevemente tres de ellos, los más recientes: Miradas (2012), La Paz entre cielo y tierra (2013) y Ayer Los Andes (2015), publicados con el apoyo de la Vicepresidencia de la República.

Miradas es una síntesis de la naturaleza boliviana, desde los altos picos andinos hasta los llanos, pero también un panorama de la naturaleza humana. Las tres primeras fotos del libro así lo anuncian: llano, montaña y gente. Es una pena que las fotografías no estén debidamente identificadas, siempre queda la duda de dónde y  cuando se tomó la foto.

Illimani, cara este
La luz del altiplano es especial, de eso no cabe duda.  Los contrastes son dominantes en este y los otros libros, y también son parte del estilo del fotógrafo. La ciudad de La Paz, las montañas que la rodean, el lago Titicaca y otros paisajes andinos ocupan la primera parte, que se prolonga luego en los valles altos con sus manchas de agua y vegetación que dan respiro a sus habitantes.

No es solamente La Paz el objeto de la mirada, sino también Potosí, el Salar de Uyuni, los mineros, las caprichosas formas de la sal, la fauna esquiva, etc.  A medida que uno pasa las páginas el color invade las fotografías. El fotógrafo sigue el trayecto de un grupo de llamas desde las alturas hasta el Parque nacional de Madidi para descubrir la otra Bolivia, tropical e inexplorada. Hay también imágenes de Santa Cruz, de Cochabamba, de Tarija… un recorrido completo que concluye con mapas que permiten ubicarse en la geografía del país.

La Paz entre cielo y tierra repite la fórmula en el sentido de visitar los mismos espacios, pero en un estilo totalmente diferente, ya que combina lo que el lente ha capturado, con el trabajo técnico que se puede realizar en una computadora para realzar ciertos aspectos visualmente. Este es un libro expresionista, cuyas fotos han sido muy trabajadas en el proceso de edición, para saturar los colores y destacar así a la ciudad y sus alrededores.

Alfonso Gumucio y Alain Mesili
Las fotos de la ciudad son impresionantes, así como las de la arquitectura colonial que a veces pasa desapercibida para quienes transitan delante de esos magníficos monumentos. La sección siguiente está dedicada a las fiestas y las máscaras, muy bellas, pero la parte del libro que más me ha motivado es la de la cultura urbana, con fotografías de murales callejeros o cholitas luchadoras. Ameritaba que esta sección fuera más amplia en lugar de reincidir en el Madidi o la Cordillera Real.

Todo lo opuesto es el tercer libro, Ayer Los Andes, donde todas las fotografías son en blanco y negro, lo que le otorga una expresividad diferente.  La crudeza de los contrastes en los rostros y en los paisajes parece remontarnos al pasado, si bien se trata de fotografías recientes.  Hay un cierto aire de decadencia y abandono que el fotógrafo ha capturado muy bien.
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La fotografía es, antes que nada, una manera de mirar.
No es la mirada misma. —Susan Sontag

07 agosto 2017

México, tuna y espina

No deja de sorprenderme cada vez que regreso. He vivido allí casi una década en dos periodos de mi vida y suelo retornar un par de veces cada año desde que dejé el país en 2012. Creo que lo conozco bastante bien, he recorrido su geografía física y humana, sufrido sus problemas y disfrutado sus ventajas.

Como sugiere la canción, México es la tuna que espina la mano. Dulce y jugosa por dentro pero con una piel gruesa y espinosa que se defiende de los depredadores y de las adversidades, que son muchas.

Durante mis dos largas estadías he probado el particular dulce de su pulpa y las invisibles espinas que irritan la piel. La primera, forzada por el exilio de García Meza, de 1980 a 1986 (con un paréntesis de un año en Nicaragua), y la segunda entre 2009 y 2012, en mejores condiciones.

María Marta González, Hugo Fernández
y Antonio Peredo (México 1980)
De la primera etapa tengo el recuerdo de la solidaridad de amigos periodistas, cineastas y fotógrafos mexicanos, bolivianos y uno italiano radicado en México, quien me prestó sin pensarlo dos veces el pequeño estudio donde vivía cuando no andaba fotografiando el quetzal en la selva de Chiapas o un millón de aves en una isla desierta de Baja California. Otro me prestó un colchón cuando compartimos con Antonio Peredo y María Marta González Quintanilla un departamento vacío en Tacubaya, donde teníamos a penas una mesa y unas sillas de madera heredadas de algún otro exiliado que ya había podido pasar a una situación económica más digna.

Colegas periodistas como Juan Carlos “Gato” Salazar y Jorge Mancilla Torres (Coco Manto) facilitaron mi ingreso a la sección internacional del diario Excelsior, que no solo me permitió sobrevivir los primeros meses sino también viajar en diciembre de 1980 como invitado de la agencia Tass a la Unión Soviética, un viaje frío e inolvidable no solo por la experiencia de descubrimiento sino por la solidaridad que me rodeó.

En el exilio, despojado de bienes pero productivo
En el avión a Moscú el colega argentino Ignacio González Janzen, de Radio Educación, me prestó uno de sus dos abrigos al ver que yo no llevaba más que una chompa y un lluchu para enfrentar el crudo invierno ruso. Otro compañero de Excelsior me había prestado sus botas y el diario me proporcionó una cámara con tres rollos de 36 exposiciones, que supe administrar con suma austeridad. En ese viaje memorable estaba también José Luis Alcázar, éramos los únicos periodistas bolivianos.

Ciudad de México, la tuna y la laguna, vivía en esos primeros años de la década de 1980 problemas de violencia y contaminación que parecían irreversibles. Los años siguientes mostraron las complejas imbricaciones de la polítiquería, las políticas de Estado, la corrupción generalizada, pero también el crecimiento de la sociedad civil y de la esperanza.

Tres décadas más tarde hay cambios, para bien y para mal. El valle de México sigue sufriendo contingencias ambientales periódicas pero si comparo con 1985 cuando me sangraba la nariz y regresaba a casa con los puños y el cuello renegridos, siento que la situación ha mejorado con políticas públicas que fueron aplicadas en el Distrito Federal por tres gobiernos consecutivos de izquierda, que mejoraron notablemente el transporte público y sacaron a las fábricas de la ciudad. La avenida Insurgentes que era antes un túnel de humo con miles de minibuses desordenados, es ahora un paseo agradable gracias al Metrobús que recorre sus 28 kilómetros.

Lo que ha empeorado es la violencia, que se ha vuelto generalizada, aleatoria y muy cruel. Ya nadie está a salvo porque golpea como una lotería perversa en cualquier lugar, cubriendo a la sociedad de un barniz de temor e inseguridad. Paralelamente, sin embargo, emergen nuevos movimientos sociales, sobre todo jóvenes, que construyen otro horizonte desde la calle y contra el sistema.

Sumas y restas pero es siempre estimulante regresar a México por motivos académicos y para ver a los muy queridos amigos que ahora tengo allí. “El rincón de la lechuza”, “Las tortas de Don Polo”, el “Café Habana”, “El Péndulo”… Pocas ciudades tienen una oferta gastronómica y cultural tan gigantesca: cine, teatro, museos, música, bibliotecas, comida y todo aquello que compensa el riesgo de vivir allí. Espinas y tunas.

(Publicado en Página Siete, el sábado 3 de junio 2017) 
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México es un país herido de nacimiento, amamantado por la leche del rencor, criado con el arrullo de la sombra. —Carlos Fuentes