18 junio 2017

El cubo de Kubrick

(La mitad de este texto se publicó en el diario Página Siete el domingo 4 de junio 2017)

Uno de los realizadores más enigmáticos de la historia del cine no podía sino ser sujeto de un homenaje excepcionalmente revelador sobre su obra, sobre sus ideas y sobre su vida. Y esta vez, con su ayuda, aunque él haya fallecido hace 18 años, en 1999.

“Stanley Kubrick: la exposición” es el resultado de un esfuerzo institucional colectivo que por primera vez incluye muchos objetos de la colección personal del director, abierta a la investigación el año 2003.


En mil metros cuadrados de exhibición, la muestra incluye más de 900 objetos provenientes del Archivo Stanley Kubrick de la Universidad de las Artes de Londres, del Museo Fílmico de Frankfurt, del año 2004, y de las colecciones privadas de Christiane Kubrick y Jan Harlan, con el concurso de cuatro gigantes de la industria del cine de Estados Unidos: Warner, Sony-Columbia, Universal y Metro Goldwyn Mayer.

La búsqueda perfeccionista del mejor ángulo
Tuve la oportunidad de visitar la exposición en la Cineteca Nacional de México, apenas unos días antes de que sea trasladada a Copenhague, donde abrirá sus puertas en septiembre. Estuvo en México de diciembre 2016 a mayo 2017, y ha estado rodando por el mundo desde el año 2004: Frankfurt, Berlín, Melbourne, Gante, Zúrich, Roma, París, Ámsterdam, Los Ángeles, Sao Paulo, Cracovia, Toronto, Monterrey, Seúl y San Francisco.

Resulta difícil encontrar un calificativo que corresponda a la grandiosidad de esta muestra. Podría decir que el espíritu de Kubrick se ha apropiado del espacio de la Cineteca Mexicana, que de por sí tiene el mérito de ser un edificio bello que parece desplegar sus alas de cemento y luz. Pero no basta decir eso.

Si puede ser escrito o pensado, puede ser filmado.
La exposición sobre Kubrick es un ejemplo formidable de trabajo museográfico porque no solo contiene sino que además proyecta. Una cosa es reunir objetos en un espacio determinado y otra muy diferente es crear un recorrido armónico y sorprendente a cada paso. Todos los amantes del cine hemos visto una o varias veces las extraordinarias obras cinematográficas de Kubrick, pero todos sentiremos que las descubrimos de nuevo.

Mi mente asocia la filmografía de Kubrick al cubo de Rubik (de ahí el título de este texto), el polifacético juego de inteligencia y habilidad manual, un desafío casi mágico para quienes lo conocimos por primera vez el año 1974. Cada componente, de un color diferente, puede armarse hasta completar un todo perfecto.


La silla del director
La diferencia estaría en que cada filme de Kubrick es también un todo perfecto, y eso es lo que esta extraordinaria exposición nos permite descubrir, gracias a la creatividad de la museografía. En cada una de las ciudades donde ha estado antes se ha montado con las mismas características, de manera cronológica, aunque a veces con más objetos o protegiendo mejor algunos de ellos, como en México.

“Si puede ser escrito o pensado, puede ser filmado”, decía Kubrick. Los cuatro pisos de la exposición en la Cineteca Nacional demuestran que no solamente puede ser filmado, sino filmado con una perfección que apabulla. Kubrick no permitía que ningún detalle escapara a su atención. Como prueba de ello la exhibición incluye no solamente los guiones con anotaciones personales muy precisas, sino también agendas, dibujos, bocetos, cartas, fotografías con notas y, lo más impresionante, escaletas de producción que muestran el maniático detalle de cada toma.

En la exposición de la Cineteca Nacional el visitante es llevado de la mano al complejo universo de Kubrick para entenderlo y amarlo más. Cada una de sus películas en una sala dedicada a mostrar desde las claquetas de producción (por las que siento añoranza), hasta el vestuario y la utilería, pasando por proyecciones de secuencias de cada película, y elementos del decorado que recrean la misma atmósfera de cada filme. Es sencillamente maravilloso.

Desde la entrada a la Cineteca Nacional el visitante es recibido con una amplia muestra fotográfica en las rejas exteriores del predio, sobre la calle Real Mayorazgo de Coyoacán. Luego, al ingresar, hay una réplica de la famosa puerta blanca de El resplandor que Jack Nicholson hiende con un hacha de largo mango para asomar su rostro maravillosamente enloquecido. Uno puede tomarse allí fotos para el recuerdo, como yo lo hice.

A  medida que uno asciende a los pisos superiores de la galería siente cómo el mundo de Kubrick invade el espíritu. A medida que uno avanza en la exposición, se hace más grandiosa, como su filmografía.

Extras numerados en Espartaco
Decía Kubrick que la única película sobre la que no había tenido control artístico absoluto fue Espartaco (1960), y esto fue por varias razones. La primera porque la producción ya estaba en marcha bajo la dirección de Anthony Mann cuando Kirk Douglas, el principal actor del film y además productor del mismo, lo despidió y contrató a Kubrick, con quien había trabajado antes en La patrulla infernal (1957). El rol de Kubrick se reducía entonces a dirigir un guion que no era suyo y donde el personaje de Espartaco le parecía sin matices. La relación entre ambos fue conflictiva a lo largo del rodaje, tanto que ambos fueron a ver a un sicólogo para poder seguir trabajando juntos. Quizás ello permitió mantener en adelante una relación cordial, como se desprende de una carta que le envía Douglas a “Stan”, donde firma como Espartaco.  

Apuntes para una escena clásica de 2001 odisea del espacio
Cada sala tiene una museografía que se adecúa a cada película. En la sección dedicada a Paths of glory (Patrulla infernal), el decorado recrea las trincheras de la guerra, con barricadas de madera y alambrados de púas. Los dibujos de la serie “La guerra” de Otto Dix se exhiben en esa sala como testimonio de una influencia que el propio Kubrick admitía. Un hombre con una vasta cultura como él, no podía ser ajeno a la producción artística de cada momento histórico en el que ambienta sus películas.  

Las salas dedicadas a Lolita, 2001 Odisea del espacio, Barry Lyndon y La naranja mecánica, son excepcionales también por la meticulosidad de la investigación que hizo personalmente a tiempo de escribir los guiones.  Por ello todos sus guiones están llenos de anotaciones manuscritas y para cada filmación hay pruebas de escenografía, de vestuario, de maquillaje, que Kubrick hacía previamente. Para Espartaco, cada uno de los extras (y eran muchos), tenía un número de identificación de manera que el director pudiera dar instrucciones precisas.

Lolita, una hermosa provocación
Lolita (lo recuerdo muy bien) fue un sonado escándalo a pesar de que el film  es de una castidad visual impecable. Como siempre los hipócritas comisarios de la moral cristiana se manifestaron contra el film y enviaron cartas incendiarias a Kubrick instándolo a abandonar el proyecto incluso antes de haber filmado un metro de película. La hermosa novela de Nabokov venía precedida de la fama de ofrecer una visión “degenerada” de la relación entre un hombre maduro y una joven adolescente. Esas cartas originales también se exhiben, así como fotos y correspondencia con Nabokov.

Como homenaje complementario al perfeccionismo de Kubrick, la museografía de cada sala es especial y se adecua a la atmósfera de sus films con un detallismo extremo. El espacio dedicado a Barry Lyndon está iluminado con candelabros, como la película y en la sala de Eyes wide shut predomina la oscuridad y un ambiente lúgubre y misterioso, enriquecido por las magníficas máscaras venecianas.

Con HAL 9000, ahora bajo control
El ambiente de 2001, odisea del espacio ya no sorprende hoy, pero era absolutamente visionario y futurista cuando se hizo la película 33 años antes de la fecha de su título emblemático. Su afición por el ajedrez se refleja en algunas escenas que parecen compuestas sobre un tablero. HAL 9000, la supercomputadora de inteligencia artificial puede parecer ahora un juguete obsoleto pero aún impresiona ese ojo rojo y la voz suave con que resistía a las órdenes de los tripulantes: “Lo siento Dave, me temo que no puedo hacer eso”.

En esa misma sala está el Oscar que le dieron al film en 1969 por Efectos Especiales, como si se tratara solamente de trucos. Ese mismo año el Oscar a la mejor película se lo dieron a Lawrence de Arabia y el Oscar al mejor director se lo llevó David Lean. Kubrick no asistió a la ceremonia. Habría que ver cuál de las dos obras aguanta mejor el paso del tiempo.

Los muchos nombres de Dr Strangelove 
“No es un mensaje que yo hubiera querido transmitir en palabras. 2001 es una experiencia no verbal. Intenté crear una experiencia visual, una experiencia que evite el encasillamiento verbalizado y que penetre directamente en el subconsciente con un contenido emocional y filosófico”, dijo sobre su film, que ha dado origen a varios libros con intentos de interpretación.

Su obsesión compulsiva por la perfección es también evidente en la sala dedicada a Dr. Strangelove, donde Peter Sellers interpreta tres personajes extraordinarios. Allí se exhibe una hoja de papel, donde con su puño y letra Kubrick escribió 15 títulos posibles para la película.  Las tres palabras que más se repiten son “bomb”, “Dr. Strangelove” y “doomsday” (Día del juicio final, el día final). Al final eligió un título compuesto bastante largo: Dr. Strangelove o como aprendí a no preocuparme más y amar la bomba, que en España, donde los distribuidores de cine tienen poco cerebro y la mala costumbre de alterar los títulos de las películas, tradujeron como: ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú.   

Claqueta original de El resplandor
En el espacio que reconstruye el ambiente de El resplandor se exhiben muchas fotos de la filmación, y algunos objetos valiosos: los vestidos de las niñas y la chompa del niño, dos hachas, la maqueta del laberinto, la famosa puerta quebrada con la palabra REDRUM que el niño escribe con el lápiz labial de su madre y que al revés se lee MURDER (asesinato), y la máquina de escribir en la que compulsivamente el escritor enloquecido escribía obsesivamente páginas y más páginas con una misma frase: “All work and no play makes Jack a dull boy”.  Uno puede alzar una de esas hojas para llevárselas de recuerdo.   


El preciosismo obsesivo de Kubrick lo llevó a inventar la tecnología que requería cada película. Me impresionó una sala donde se exhiben 49 lentes cinematográficos que utilizó en sus películas, algunos de ellos modificados o creados especialmente para él, porque buscaba un efecto visual único.

Una de sus primeras fotos publicadas
Sus inicios como fotógrafo de la revista Look fueron sin duda una gran escuela para mirar la vida a través de la cámara. Desde ese tiempo sus imágenes tienen puesta en escena, no son simples disparos al aire, como lo prueba la primera foto que publicó el 26 de junio de 1945, con motivo de la muerte del presidente Franklin D. Roosevelt: el retrato sombrío de un vendedor de periódicos. Sus fotos de Frank Sinatra y de tantos otros personajes y situaciones capturadas desde ángulos atrevidos, muestran que Kubrick no apretaba el disparador impunemente.

El perfeccionismo de Kubrick rivalizaba con la claridad meridiana que tenía de ser un genio cinematográfico, y ello empezaba desde la escritura del guion literario, cuando se enviaba a sí mismo por correo los guiones que iba escribiendo, para dejar constancia de sus derechos de autor.

Una de las últimas salas está dedicada a mostrar los tres proyectos que nunca pudo realizar. Probablemente la palabra “proyecto” se queda corta, porque se trata de obras trabajadas con tanto detalle, que solo faltaba filmarlas. Es el caso de Napoleón, Inteligencia artificial (que fue realizada con su autorización por Steven Spielberg) y Aryan papers. En los tres casos Kubrick había desarrollado no solamente el guion literario y el guion técnico, sino una escaleta completa para la filmación, con el acostumbrado detalle sobre cada imagen.

Encuentra a Nina, si puedes
Hay mucho más en esta exposición extraordinaria que ojalá siga girando por el mundo hasta que todos puedan verla. Muchas fotografías desconocidas hasta ahora, tanto las tomadas por Kubrick como las que le tomaron a él. Los dibujos de Al Hirschfeld, el gran dibujante del New York Times, retratan algunas de las películas de Kubrick. Este dibujante tenía la costumbre de esconder el nombre de su hija, NINA, entre los trazos de sus dibujos.  Los que conocemos la historia no podíamos sino tratar de descubrirlo, quizás pasando por alto el valor del dibujo mismo.  

Pocos directores pueden decir que cada una de las películas que realizó es objeto de culto, y cada una por razones diferentes. Salvo el perfeccionismo, no hay nada en común temáticamente o técnicamente entre los 13 largometrajes que hizo. De Lolita (1962) a Eyes wide shut (1999), pasando Dr. Strangelove (1964), 2001 odisea del espacio (1968),  La naranja mecánica  (1971), Barry Lyndon (1975), El resplandor (1980) y Full metal jacket (1987), cada una es un mundo y un desafío para el espectador.
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La prueba de una obra de arte es, finalmente, nuestro afecto por ella, no nuestra capacidad para explicar por qué es buena. —Stanley Kubrick


15 junio 2017

Sobre "Luis Espinal, el grito de un pueblo"

Generoso comentario de Hugo José Suárez sobre la tercera edición de mi libro "Luis Espinal, El grito de un pueblo". Es la primera edición boliviana y la primera en la que aparecen los nombres de los autores, que en 1980-1981 no podían aparecer por razones de golpe mayor. Los interesados pueden adquirir ejemplares en las librerías de Plural en La Paz y Cochabamba.



09 junio 2017

Policías inútiles

Nunca he visto a un policía de tránsito en Bolivia multar a un conductor que no lleva su cinturón de seguridad puesto, que habla por teléfono celular mientras conduce, que se estaciona sobre la acera, que da una vuelta en “U” donde está prohibido o no se detiene ante un paso de cebra para que dar prioridad a los peatones. Si hay un policía cerca, simplemente se queda mirando, baboso e impávido.

Y cuando los minibuseros mañudos bloquean las “mil esquinas” de la ciudad para oponerse a la reglamentación de la Alcaldía, ¿qué hacen los inútiles policías? Desaparecen por arte de magia.

Los que antes llamábamos “varitas” o “pacos” no tienen buena reputación ahora, y hay muchas razones para ello. ¿Por qué? Porque la policía de tránsito en este país es completamente inútil, no sirve para nada. Solo se presenta cuando hay algún accidente con heridos, muertos y autos destrozados. No tiene capacidad o voluntad de prevenir.

Circunstancialmente aparece en los principales cruceros en horas punta, para que fluya el tráfico, pero inmediatamente después se los ve en grupos comiendo en algún puesto callejero, o desaparecen detrás de escritorios o en las cantinas de sus cuarteles.

Bolivia cuenta con reglamentación similar a la de otros países, normas sobre la obligatoriedad de usar los cinturones de seguridad en los asientos delanteros, respetar los pasos de cebra aunque no haya un semáforo, no usar celulares mientras se conduce, no estacionar en lugares prohibidos… pero aquí nada se cumple, todo es arbitrario, empezando por la policía de tránsito que no cumple con sus deberes y los mandos superiores que se hacen los ciegos.

Por suerte tenemos una policía municipal eficiente pero al parecer no está autorizada para poner multas, por lo que se limita a realizar acciones “didácticas”: remolca los vehículos mal estacionados, ocasionalmente retira las placas de minibuses infractores, o promueve educación vial. Ojalá la policía municipal, más eficiente y mejor organizada que la policía de tránsito, pudiera poner multas y sancionar severamente a los malos conductores. Mientras tanto podría tomar una medida que ha dado resultado en otras ciudades: pegar sobre el parabrisas delantero de los que no respetan las normas un letrero difícil de despegar, que diga en letras grandes: INFRACTOR.

Los conductores infractores (que son una mayoría aplastante en Bolivia) solo entienden a palos, es decir, con sanciones y no con buenas palabras, pues carecen de un mínimo de conciencia ciudadana y educación. Estacionan sus vehículos delante de las paradas de transporte público o junto a los letreros que dicen, claramente, “No estacionar”.  O lo hacen en doble fila, o sobre las aceras o delante de la puerta de garajes privados. Tocan bocina delante de hospitales y aceleran al llegar a un paso de cebra, especialmente si ven un peatón a punto de cruzar. Frente a los pasos de cebra son ciegos, parece que no los vieran, creen que el paso de cebra solo es válido con un semáforo.

Los infractores contumaces en nuestras ciudades son los choferes de minibuses, para quienes no parece existir ninguna norma.  A esos hay que ponerlos en raya de una vez por todas. La solución sería que desaparezcan introduciendo un mejor transporte municipal.

Solo los bolivianos que han vivido en el exterior en ciudades con gente educada y civilizada, respetan las señales de tránsito, usan cinturón de seguridad y disminuyen la velocidad al llegar a un paso de cebra porque saben que estadísticamente las normas de seguridad evitan accidentes. La diferencia entre civilización y barbarie es que ser "civilizados" significa saber vivir en comunidad, en armonía y con responsabilidades ciudadanas. En la selva son más civilizados que en las ciudades bolivianas.

Muchas familias evitarían el luto si respetaran las normas existentes. Sería más sencillo respetarlas que llorar a moco tendido lamentando el fallecimiento de un ser querido en un accidente porque no llevaba puesto el cinturón, o hablaba por teléfono.

He estado varias veces a punto de ser atropellado porque no me da la gana de cederle el paso a un vehículo cuando estoy atravesando un paso de cebra. Al igual que la policía de tránsito que no aplica las normas, hay conductores que conocen las reglas pero no las cumplen, al menos en territorio boliviano. En las ciudades fronterizas con Brasil sucede algo curioso: apenas cruzan al lado brasileño los choferes se ajustan el cinturón de seguridad y los motoristas se colocan el casco reglamentario. Se “civilizan” instantáneamente.

La Policía Nacional es incapaz de preservar la seguridad ciudadana, y esto vale no solamente para la policía de tránsito. Lo uniformados siempre están diez pasos detrás de los infractores y de los malhechores, o lo que es peor, codo a codo con ellos con la complicidad de jueces fáciles de sobornar y fiscales chantajistas. Los reincidentes son muchos porque los sueltan a las pocas horas de aprehenderlos.

Sin duda, hay policías honestos y conscientes de sus responsabilidades y deberes, pero no los cumplen porque están insertos en una maquinaria donde reina la arbitrariedad, la desidia y la corrupción.Pero, hay que decirlo, en la medida en que hacen la vista gorda y socapan a los malos policías, son también cómplices y culpables por encubrimiento. 
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El primer signo de la corrupción en una sociedad que todavía está viva
es "el fin justifica los medios”. —Georges Bernanos

27 mayo 2017

Catalano y la cueva iluminada

El 8 de mayo se cumplieron 30 años del fallecimiento de Jorge Catalano y por supuesto, como suele ser en este país desmemoriado, pocos lo recuerdan. Una vez al mes yo suelo detenerme unos minutos frente a su nicho en el Cementerio General de La Paz, después de dejarle flores a mi padre, que descansa a escasos metros.

Aquí quiero recordar a Jorge Catalano con cariño, como amigo y colega, como editor de libros valiosos de nuestra literatura, como autor de cuentos, poemas y biógrafo, como librero que amaba su oficio, como melómano y como director de la revista Difusión.

Empiezo con una necesaria introducción para quienes no lo conocen. Jorge nació de padre italiano y madre boliviana en el suburbio parisino de Antony, a 14 kilómetros al sur de la capital francesa, el 25 de noviembre de 1928 y falleció en La Paz el 8 de mayo de 1987. El año 1938, cuando tenía apenas 10 años de edad viajó en barco a América del Sur a través del Canal de Panamá e ingresó a Bolivia acompañado del reverendo José María Sempere.

Terminó sus estudios de primaria en Sucre, en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, y luego siguió la secundaria en Tupiza y Potosí, culminando esa etapa en La Paz, donde en 1955 siguió estudios universitarios en la carrera de Filosofía y Letras de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Contrajo matrimonio con Consuelo Ríos Gastelú y tuvieron tres hijos:  Ana María, María Beatriz y Fernando David.

Le pedí a su cuñado Mario Ríos Gastelú, periodista cultural, que escribiera unas líneas para este homenaje:

“Por muchos años llegaron hasta mis oídos sus palabras esperanzadas y  pronunciadas a media voz, pues nuestro diálogo siempre tuvo el fondo musical de los románticos del pentagrama. En sus años de juventud, soñaba tocar un piano. Esperaba escribir un libro sobre el compositor de su preferencia. Esbozaba versos inspirados en sus días de niñez. En su espíritu romántico y cargado de ensueños, latían inquietudes que  tomaron forma y sentido, hasta concretarse en obras literarias de profundo sentimiento, porque en las páginas de cada una, se transmite el amor a los niños, la pasión por la música y la ternura entregada a un hogar que levantó con pasión. A treinta años de su partida, su presencia se manifiesta en la evocación de sus palabras, siempre llevadas a ensalzar el arte.”

Tuve la fortuna de frecuentar a Catalano, de estar cerca de su labor como editor y de visitarlo muchas veces en su casa o en la librería que tenía en la Avenida Mariscal Santa Cruz, N° 1224. En la trastienda de la Librería Difusión nos reuníamos para elaborar la revista del mismo nombre.

Ahora todo es tan fácil. Una computadora, una impresora laser o una imprenta casera. Fabricar una revista no representa mayor problema técnico. El reto es que los colaboradores no fallen. Antes era lo contrario, nuestra necesidad de publicar era enorme, todos estaban dispuestos a escribir sin compensación alguna, pero las dificultades técnicas nos llevaban a producir de la manera más artesanal.

Por ello cuando Jorge Catalano nos ofreció hacer una revista, saltamos sobre esa oportunidad. Se llamaría Difusión, como su sello editorial, en el que publicaba pocos títulos pero tan importantes como la primera edición de Felipe Delgado de Jaime Sáenz, o la primera de El estudiante enfermo de Porfirio Díaz Machicao, con esa foto sensual y entonces provocadora de Freddy Alborta en la tapa que fue un escándalo para la época. Cuando lo entrevisté, don Porfirio tenía la foto enmarcada en su escritorio, muy orgulloso del éxito que había tenido la novela, éxito del cual la tapa había sido un factor no despreciable.

Cada libro era una proeza. Luis H. Antezana cuenta en uno de sus libros que Jaime Sáenz y Jorge Catalano tuvieron malentendidos durante el proceso de publicación de Felipe Delgado.  Lo que yo recuerdo es que para Difusión era un riesgo comercial grande, dadas las 712 páginas de la novela y el hecho de que Jaime era conocido como poeta pero no como novelista. Además, Sáenz no era entonces el mito dionisíaco en el que lo han convertido después de su muerte. Era un poeta de carne y hueso, bastante excéntrico en su vida cotidiana, pero accesible y buen conversador.

La primera edición tuvo problemas, según recuerda Cachín Antezana, porque se retrasó al punto que la tipografía de la primera parte (en ese tiempo se imprimía con caracteres de plomo) fue fundida, de manera que tuvo que optarse por una tipografía parecida, pero no igual, para terminar el libro. No dudo que eso le cayó mal a Jaime, que era tan cuidadoso con sus ediciones.  Él mismo diseñaba hasta las tapas de sus poemarios, de los que conservo varios que me obsequió.

Al final, salió una primera edición maltrecha, una rareza bibliográfica, porque se considera la “verdadera” primera edición la que apareció poco más tarde, en 1979, con texto de solapa escrito por Cachín Antezana, foto de portada de Javier Molina, e impresa en los Talleres Gráficos del Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana (CEUB).

Otros títulos seminales cuya primera edición publicó Jorge Catalano en esos años: Los deshabitados de Marcelo Quiroga Santa Cruz, Sombra de exilio de Arturo von Vacano, Ya nadie espera al hombre de Renato Prada Oropeza, Los réprobos de Fernando Vaca Toledo, y Poemas para un pueblo de Pedro Shimose.

La revista Difusión era un esfuerzo paralelo importante, pues había muy pocas revistas literarias en Bolivia. Aunque Jorge Catalano figuraba como director, el artífice era Pedro Shimose, aunque no figuraba sino como ilustrador en alguno de los números. Otros colaboradores cuyo nombres no aparecían en los créditos eran Jaime Nisttahuz, Carlos Coello, Oscar Rivera Rodas y Manuel Vargas, con quienes nos reuníamos en la trastienda de la librería mientras Jorge ponía música clásica a todo volumen.

Jaime Nisttahuz, a quien también le pedí unas líneas para esta ocasión, escribió:

“Me presentó al editor, librero y escritor Jorge Catalano, el amigo poeta Pedro Shimose. Lo asesoraba literariamente. Ilustró e hizo  hermosas tapas de los libros que editó Jorge.  Nos distanciamos una vez por nuestro temperamento ríspido. Fue uno de los testigos de mi matrimonio civil. Con la franqueza que lo caracterizaba, me dijo: No te doy un regalo. Te doy este dinero. Es lo que más vas a necesitar. No era uno más de los comerciantes de libros, como la mayoría, que lo mismo podrían vender salchichas o ladrillos.  El leía y sabía de libros y autores. Varias de mis lecturas se las debo. Fumaba como un condenado. No era mujeriego. Ganas no le faltaban y merodeadoras tampoco. Dicen que una de ellas le cambió el vicio de fumar. Más emprendedor que Jorge, no conozco todavía. “  

Pedro Shimose entrevista a Mario Monteforte Toledo
A partir del número 5-6 aparecíamos varios “corresponsales”: Primo Castrillo en Estados Unidos, Renato Prada en Bélgica, Silvia Mercedes Ávila en Chile, yo en España, y Pedro Shimose como autor de las ilustraciones. Dibujó varios retratos de Jorge Amado, Helder Cámara, y Joao Guimaraes Rosa para un texto de Fernando Vaca Toledo sobre Jorge Amado.

Don Ernesto Burillo, a quien tuve el privilegio de frecuentar en su imprenta muchas veces, se hacía cargo de imprimir Difusión y aparecía de manera prominente en los créditos de la revista como “Cooperativa E. Burillo Ltda”. Los dos primeros números tenían 12 páginas (36 x 27 cms), los dos siguientes 16 páginas, el número doble 5-6 tuvo 24 páginas y el último volvió a 16.

La página 2 de la revista estaba invariablemente dedicada a breves notas sobre la actividad cultural, bajo el título de “La cueva iluminada”, que escribía Pedro Shimose. La idea de Pedro era demostrar que a pesar de que nuestro país estaba “encuevado” entre montañas, sucedían cosas en el campo de la cultura que iluminaban la cueva. Las notas eran siempre atemporales, no tenían fecha, pero daban cuenta de presentaciones de libros, exposiciones, películas, etc.

En la sección “De la nuez | del ruido” (dos páginas), que apareció a partir del cuarto número, ofrecíamos breves comentarios bibliográficos sobre libros en su mayoría bolivianos. Sin ningún celo, en Difusión hablábamos de las ediciones de Camarlinghi, de Isla, de la UMSA, Los amigos del libro, Juventud, Burillo, etc.

Jorge Catalano publicó un par de artículos, sobre Stravinsky y sobre Albinoni, aunque su músico favorito, que escuchaba en su librería todo el día y todos los días, era Chopin. Su biografía del músico polaco, Chopin: el esplendor del romanticismo (1985) es una obra monumental en tres tomos (1.627 páginas). Jorge fue el fundador de la Sociedad Federico Chopin, cuya actividad no prosiguió después de su muerte.

Colaboré con entusiasmo en las tareas de producción de la revista, hice comentarios bibliográficos y publiqué un par de cuentos y la entrevista con Porfirio Díaz Machicao, publicada en el cuarto número, donde lo más importante fue el poeta Evtuchenko. Mi cuento “El asalto” salió en el segundo número y en el siguiente otro cuento: “Uno, dos y tres”.

En mis notas correspondientes al domingo 13 de junio de 1971 escribí: “… estuve en casa de Jorge Catalano con Pedro y con Julio de la Vega, y J. Nisttahuz. Terminamos de diagramar el No. 4 de Difusión. El 3 ya está listo y quedó muy bonito.”

La poesía estaba siempre presente y cada vez con poemas inéditos de Jaime Nisttahuz, Oscar Cerruto, Silvia Mercedes Ávila, Héctor Borda Leaño, Matilde Casazola, Primo Castrillo, Julio de la Vega, Blanca Garnica y el famoso poema de Evtuchenko sobre el Ché. Mención aparte merece el poema “Las vísperas” de Néstor Paz Zamora, donde aparecen estos versos: “Morir por los amigos / llenar las manos / no secar las lágrimas / cesar el llanto / letanía de darse”.

Cada número de Difusión incluía algún espacio publicitario de la editorial de Catalano, algunos de estos anuncios “hechos en casa” muy simpáticos, como aquel del número doble 5-6 donde aparecen los dos niños varones, aún pequeños, de Pedro Shimose leyendo sentados en la trastienda de la librería Difusión en la Avenida Mariscal Santa Cruz 1224 (donde ahora se yergue el Palacio de telecomunicaciones).

Cosas de esos tiempos, ninguno de los números de Difusión otorga el crédito correspondiente a los autores de las fotografías, ni siquiera aquellas tomadas en el curso de las entrevistas o notas especiales con Evtuchenko, Mario Monteforte Toledo, Manuel Alvar, Juan José Coy, Porfirio Díaz Machicao o Mátyás Horanyi, pero según recuerdo casi todas las tomó Freddy Alborta, que figuraba como responsable de las fotos desde el primer número hasta el último (del 1 al 4 junto a Gerardo Garrón).  

La revista Difusión murió en el número 7 con el golpe de Bánzer. Ese número salió cuando Pedro Shimose y yo estábamos ya en el exilio en Madrid, compartiendo durante unos meses un departamento prestado por Inocencio Arias en el barrio del Pilar. El último número lo dejó preparado Pedro antes de salir al exilio, y Catalano lo hizo publicar.

En las notas de la sección “La cueva iluminada” de ese último número se habla de los eventos culturales sin fechas, como si fuera atemporales. Ninguna mención al golpe militar o a la represión. Quizás la intención era mantener en vida la revista a través de su neutralidad, pero en un momento crítico como ese no hay neutralidad posible, era mejor la muerte digna de la publicación.

La foto de la  tapa de ese número es emblemática: un aparapita carga tres fardos de botellas vacías de cerveza mientras mira de reojo al fotógrafo.

Como autor, Jorge Catalano no fue muy prolífico. Publicó un breve poemario con el título Linila (1976), luego el libro de cuentos Niños (1978) y finalmente su obra magna, resultado de una investigación de varias décadas, la biografía sobre Chopin mencionada anteriormente. Uno de los siete relatos de Niños, “La locomotora de Manuel”, está dedicado a Jaime Sáenz.
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¿Y cómo me doblo yo, y me encojo bien,
y me voy dentro de esta carta, a darte un abrazo?
—Edmundo Aray


 (Publicado en el suplemento Ideas de Página Siete el domingo 7 de mayo 2017)