12 noviembre 2018

Una empresa rentable

 La propia información del gobierno analizada por expertos indica que la mayoría de las empresas que administra el Estado (existentes, nacionalizadas o creadas por Evo Morales), han fracasado por corrupción y mala gestión. Hay casos más visibles que otros, pero no son los más importantes.


El humilde Evo se inmortaliza
Por ejemplo, Bolivia es el único país del mundo que no tiene un servicio de correos porque quebró por exceso de personal y falta de una estrategia inteligente, aunque le echen la culpa a las nuevas tecnologías. Hay países pequeños en el mundo (Tonga, Hungría, Islandia, Namibia, entre otros), que desde hace muchos años, antes de internet, mantienen servicios de correo especializándose en estampillas para coleccionistas: series sobre la naturaleza (aves, peces, mamíferos, flores) o sobre tecnología (historia de la aviación), entre otros temas. (La foto de Evo no es muy atractiva en una colección de estampillas). 


Quipus: ni los masistas las usan
Empresas administradas por el Estado han quebrado o están subvencionadas y funcionan a pérdida, como Enatex, Papelbol, Ecobol, Quipus, el Teleférico y otras. El gobierno ni siquiera es bueno para supervisar, como es el caso de la Administradora Boliviana de Carreteras (ABC). La industria del gas (YPFB) funciona –a pesar de la corrupción- porque está en manos de multinacionales (¿cuál nacionalización?). Boliviana de Aviación (BOA) se mantiene a pesar de varios percances técnicos porque las compañías de seguros obligan a respetar estándar mínimos de seguridad. 


Percances de BOA, la aerolínea del Estado
Hay una empresa sumamente exitosa que no entra en la contabilidad del Estado pero sostiene la economía y ofrece a primera vista una impresión de bonanza. Vemos con hipócrita admiración cómo se elevan centenares de nuevos edificios en Santa Cruz o en La Paz, y aparecen grandes centros comerciales con tiendas donde se puede encontrar las marcas más “chic” y caras del mundo. Las avenidas principales de las ciudades están repletas de importadoras de vehículos, desde los más lujosos hasta los más baratos. 

Todo ello es el espejismo de una economía boyante, pero el Estado tiene poco que ver. En cambio el gobierno tiene mucho que ver, porque el 67% de la economía del país es informal, fuera del control del Estado, pero permitida y alentada por el gobierno porque precisamente produce ese espejismo de bienestar del que una buena parte de la sociedad es cómplice. 


El narcoamauta de Evo: ¿está preso?
La señora del mercado de Achumani que va dos veces al año a Nicaragua para traer ron Flor de Caña o el importador legal de Johnny Walker saben que son parte del engranaje paralelo de la economía boliviana que se nutre del contrabando y del narcotráfico, con mucho circulante verde en efectivo. 

En esa economía informal la cocaína es la que genera más recursos convenientemente “lavados y planchados” a través de construcciones, ventas de autos y otros negocios aparentemente legales, pero que no han sido objeto de auditorías porque no le conviene al gobierno hacerlas, ni a los dueños de esos negocios. En el fondo todos están felices de que las cosas sigan como están. En privado hablan pestes del gobierno, pero en los hechos son cómplices. 


Antes, se necesitaban 300 kilos de hoja de coca para producir un kilo de cocaína, pero ahora con las modernas lavadoras y secadoras ya no es necesario que unos pobres campesinos se quemen los pies pisando coca y químicos. Las “nuevas tecnologías” permiten sacar el mismo kilo de droga con apenas 100 kilos de hoja. 

La producción de 350 a 400 toneladas de cocaína por año indica que las capturas tan publicitadas no representan sino un mínimo porcentaje. Estados Unidos ya no es el principal mercado, sino Brasil, con una gran frontera permeable y buen poder adquisitivo (el Real sigue fuerte). 


Evo Morales y la coca como excusa
Callan vergonzosamente los organismos internacionales. El primer informe de la Unión Europea ratificaba que 6 mil hectáreas en Yungas eran suficientes para el consumo tradicional. Al gobierno de Evo Morales no le gustó ese informe, obligó a la Unión Europea a cambiar y duplicar el número de hectáreas.  Ahora estamos “oficialmente” en cuatro veces más, sin contar todas las hectáreas escondidas y todas aquellas que producen coca fuera de Yungas y del Chapare. 

El presidente Morales dijo que “anhelaba” que el mundo entero se pusiera a pijchar… Semejante estupidez pone su declaración a la altura (o bajura) de las de Trump.  ¿Acaso el mundo entero va a pijchar coca del Chapare? Ni a los indígenas bolivianos les gusta. 

(Publicado en Página Siete el sábado 20 de octubre de 2018)
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Cuando los que mandan pierden la vergüenza,
los que obedecen pierden el respeto.
—George C. Lichtenberg

07 noviembre 2018

Mayo 68, apuntes complementarios

 Quiero referirme a lo que escribí de manera testimonial en el Nº 40 de la revista académica Ciencia y Cultura (Vol 22, junio 2018) que publica la Universidad Católica Boliviana San Pablo, pero sin repetir lo que está en el artículo “Soñadores indocumentados”, pues no tendría sentido abundar en él y perder la esperanza de que lo lean, como se dice, “con sus propios ojos”. 

A medio siglo de mayo de 1968 creemos que ya lo sabemos todo sobre ese movimiento estudiantil revolucionario e ingenuo que derivó en la consolidación del orden hegemónico en Francia, al menos por un tiempo. 

Lacan lo llamó “movimiento histérico” según nos recuerda Juan Pablo Nery Pereyra en otro texto de la revista. Sin embargo, Sartre, Simone de Beauvoir, Jean Louis Barrault y muchos otros artistas e intelectuales se plegaron fervientemente al movimiento estudiantil, no con la intención de recuperarlo sino con el deseo de salir de sus cubículos y de los cafés de Montparnasse o de St. Germain, para sentirse útiles en la calle. 


“Quand la France s’ennuie”, escribió el 15 de marzo de 1968 Pierre Viansson-Ponté, respetado editorialista de Le Monde para describir una Francia aburrida y estancada en la mediocridad.  Entonces llegaron los estudiantes y crearon un nuevo horizonte. 

Plus ça change… dice una expresión francesa para indicar que nada cambió. ¿Nada cambió? No estemos tan seguros de ello. Contrariamente a lo que afirman cuatro o cinco décadas más tarde algunos intelectuales que no lo vivieron (qué fácil es opinar sin haberlo vivido), claro que cambió Francia, cambió la vida cotidiana y cambió la cultura de la gente. 

De no haber cambiado, no habría ahora tantos intelectuales que salpican sus textos de palabras muy inteligentes como “posmodernismo”, “post colonialismo” y otros post, con referencias jugosas a Bourdieu, su teoría del campo, o a la sociedad líquida de Baumann ,y tantas otras teorías que solo se pueden construir cuando hay experiencias reales, fuertes, como Mayo 1968. 


La política es de todos
París fue el lugar de eclosión de un malestar mundial: la Guerra de Vietnam, los Black Panther, la primavera de Praga, los movimientos ecologistas de nuevo cuño, la Guerrilla del Che Guevara, los movimientos de liberación sexual (Wilhelm Reich) , la diversidad sexual, la causa palestina, el aborto libre y gratuito, etc. Sobre la ola del aparente fracaso estratégico de los estudiantes aparecieron los “nuevos filósofos” para derechizar el pensamiento y estigmatizar a los revolucionarios de corazón y de acción. No todos: Daniel Cohn-Bendit siguió en una línea coherente y es diputado verde en el Parlamento Europeo.  Más valor tienen los textos críticos del momento, tanto desde la derecha (Malraux) como desde la izquierda (Pasolini). 

Los obreros que se plegaron al movimiento a pesar de sus partidos políticos, consiguieron en años siguientes ventajas salariales, menos horas de trabajo, mayor seguridad social, y pusieron en crisis al dogmatismo comunista y socialista, que no es poca cosa. 


En educación y en salud, Francia y otros países europeos ofrecen ahora la mejor calidad sin costo.  Por eso emigran de Estados Unidos a vivir allí, según vemos en “Sicko”, el documental de Michael Moore. O sea, no todo fue una llamarada de petate. Mayo 68 fue más revolución que otras porque si bien no cambió estructuras políticas y del Estado, cambio profundamente a las personas. Todo lo que avanzamos en 50 años sobre la tolerancia y la aceptación del otro, parte de allí. 

Para el gobierno de De Gaulle fue un momento de incertidumbre y desafío. No fue un paseo. No es que Mayo del 68 no le hizo ni cosquillas. A pesar de todo el respeto ganado después de la Segunda Guerra Mundial y la liberación de Francia ocupada por el nazismo, De Gaulle se vio afectado.  Ganó terreno en lo inmediato, pero perdió un par de años más tarde. 


Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir 
Foucault fue más lúcido que Lacan en esos momentos, porque reconoció que podía existir “otros saberes subversivos”, cosa que no gustaba a algunos intelectuales que ya habían establecido su reinado en cafeterías de St Germain de Pres o de Montparnasse. 

Lo importante es que los estudiantes que salieron a las calles en Mayo de 1968 no pensaban en el “análisis del discurso”, sino en cómo cambiar su vida cotidiana.  Y al hacerlo les dieron material a los intelectuales que se ocupan de hacer sesudos análisis del discurso. 

Los que transgredieron las normas fueron los estudiantes que querían cambiar la sociedad y no los académicos que gestaban pensamiento en sus cubículos, haciendo lecturas de lecturas de otras lecturas de sus colegas, con cierta incapacidad de articularse a la realidad social. 


Talleres Populares de Bellas Artes
Hay cierto oportunismo en eso de prolongarse como académicos usando los resquicios y matices que dejan otros en su accionar sobre la realidad social. Se ha calificado a Mayo 1968 como “sentido común” de lo “rústico” e “improvisado”, y culpable de la ola neoliberal… Si 10 años más tarde de 1968 se produce el giro hacia el neoliberalismo, no es culpa de los estudiantes sino del fracaso del comunismo que los propios estudiantes criticaron. Recordemos que Georges Marchais, futuro Secretario General del Partido Comunista, fue uno de los que se opuso y atacó al “anarquista alemán” Daniel Cohn-Bendit. 

Los partidos comunistas y socialistas se quedaron fuera y tuvieron que sumarse a la fuerza. No pudieron prevenirlo y menos dirigir el movimiento estudiantil. Eso mismo les pasó a los intelectuales, muchos quedaron descolocados porque habían perdido contacto con la realidad de Francia y del mundo. 


Daniel Cohn-Bendit 
Para desgañitarse contra esos estudiantes espontáneos llegaron al extremo, muchos años después (Zizek, 2011), de decir que Mayo d 1968 contribuyó a “renovar el capitalismo”… Sería como decir que el movimiento zapatista fortaleció al PRI y al PAN. Otra frase bastante maliciosa dice ahora que los estudiantes de Mayo 1968 “clamaban por un nuevo amo”… 

Cierto, como escribí en mi texto, el movimiento estudiantil fue una explosión fallida de vitalidad contenida, sin control vertical ni horizontal, pero se formaron redes horizontales, núcleos independientes en cada facultad, taller de arte, comunidad o barrio. 

Podríamos decir que los estudiantes de 1968 se parecen en mucho a los de ahora: los indignados, el movimiento mexicano Yo soy 132, los okupa, y otros de corta existencia.  Pero la diferencia es que Mayo de 1968 cambió la vida cotidiana de la sociedad, mientras que los otros movimientos citados no cambiaron ni a sus propios actores. 

Por eso, leer un hecho histórico desde la vivencia personal es muy diferentes a hacerlo desde lecturas críticas de otras lecturas de otros autores que a su vez elaboran a partir de sus lecturas… De ahí que el testimonio sigue siendo lo más genuino y auténtico cuando uno se refiere a episodios históricos. 

(Texto leído en la presentación de la revista Ciencia & Cultura, el miércoles 26 de septiembre de 2018)
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Dans une petite France presque réduite à l'Hexagone, qui n'est pas vraiment malheureuse ni vraiment prospère, en paix avec tout le monde, sans grande prise sur les événements mondiaux, l'ardeur et l'imagination sont aussi nécessaires que le bien-être et l'expansion.
—Pierre Viansson-Ponté

02 noviembre 2018

Eugenia, una mujer en construcción

 Detesto el masaje publicitario previo al estreno de una película. Es probablemente útil para las ganancias, pero triste porque no le deja al espectador el resquicio de pensar por sí mismo. 


Estos son tiempos en que los jóvenes hacen filas de tres cuadras para ver una película de estreno de la que ya saben casi todo: la trama, el desenlace, los actores y sobre todo, saben que es “un éxito”.  Entonces, ya que viene precedida de la rimbombante etiqueta del “éxito” comercial, se precipitan a verla como borregos bien disciplinados: hay que ver todas la películas que la publicidad nos dice que son taquilleras. En fin, es parte de la cultura urbana alienada. 

Mi reacción es siempre adversa: mientras más taquillera, menos posibilidades de que yo me tome la molestia de verla, y menos aún en una sala repleta de roedores de palomitas de maíz con olor a mantequilla rancia, celulares que suenan o proyectan las luces de sus pequeñas pantallas. Huyo de esos espectáculos frenéticos donde masas de jóvenes se rinden obnubilados frente los efectos especiales de alguna superproducción que suele repetirse cada dos años: “Rápido y furioso 9” o “La guerra de las galaxias 8” o “Terminator 6”… 

Las más taquilleras las veo por curiosidad meses después de su estreno, como fue el caso de “Titanic”. Nunca terminé de mirar pedazos de “Avatar” en la televisión, pero he visto en los aviones varios títulos de “Misión imposible” y de James Bond que siempre me atraen por la nostalgia de las primeras con Sean Connery. Hasta ahora no conozco “Avengers”, pero quizás la vea adormilado si la pasan durante un próximo vuelo. No se me ocurre pagar para verlas en una sala de cine. 


Todo el prolegómeno anterior, para hablar de una película muy diferente a esas que atraen multitudes: “Eugenia” del boliviano Martin Boulocq, que desde su título es una negación de lo espectacular, porque no dice “Eugenia la guerrillera”,  “La vida desesperada de Eugenia”, “El destino de Eugenia” y otras grandilocuencias de ese tipo.  Simplemente dice: “Eugenia”, algo que uno agradece cuando termina de ver el film. 

Lo bueno de no haber leído antes sobre una película, es que uno puede sorprenderse. No hay sensación más gratificante que la del descubrimiento, la posibilidad de estar frente a algo que uno no se esperaba. Yo no espera nada de “Eugenia”, es decir, no sabía qué es lo que iba a encontrar, aunque ya había visto antes dos películas de Boulocq que me habían interesado. 

Para comenzar, me sorprendió ver un film en blanco & negro porque requiere de agallas en estos tiempos de saturación colorinche, amarillo patito y verde limón que hacen chirriar los dientes. Y el blanco y negro no es solamente una elección caprichosa del director, sino que tiene un sentido de búsqueda plástica y a la vez de concentración en la historia narrada a través de los ojos del personaje principal, que en esa etapa de su vida ve el mundo en blanco y negro. Es también la estética del ejercicio de la memoria: aunque Eugenia (Andrea Camponovo) vive su presente, los espectadores lo vemos como un regreso al pasado, como una reconstrucción de su propia construcción como mujer, mientras que para el director es una construcción pausada de su film, andamio por andamio y sin prisas, dándose la oportunidad de observar al personaje sin zarandearlo, con cariño. 


No me parece que el tema central del film sea un alegato feminista (como he leído después), por el contrario, no hay nada heroico en esta joven mujer que con la mayor sencillez y autenticidad está buscando su camino en la vida, luego de haber sufrido la desilusión del matrimonio. Es alguien que se hace preguntas, muchas, y usa su intuición para no equivocarse de nuevo (vende su traje de novia). 

Las relaciones humanas son complejas. Eugenia ha vivido una ruptura en su vida de pareja como la que sus padres sufrieron años antes. No es el fin del mundo, es simplemente una nueva realidad que debe enfrentar con la decisión de fortalecerse. Su madre y su padre siguieron sus vidas, y ella decide hacer lo mismo aunque no sabe exactamente por donde ir. 

En el cartel de promoción de la película figura debajo del título la frase “Es hora de rebelarte”… En realidad, tanto para el personaje de Eugenia como para el director Boulocq, parece ser la hora de “revelarse” antes que rebelarse. Eugenia se revela porque su proceso es de búsqueda y descubrimiento antes que de rebeldía. 


No es casual que acepte interpretar en una película de amateur el papel de Tania, la guerrillera, porque ese segundo personaje de sí misma le permite imaginarse en una dimensión de rebeldía que ella no tiene. Eugenia, a diferencia de Tania, no provoca acontecimientos importantes en su vida, más bien se deja llevar por las oportunidades que se presentan, y las toma como quien abre ventanas para mirar desde diferentes ángulos los horizontes posibles. 

Eugenia no es feminista, no representa tampoco un símbolo de denuncia del machismo. Claro que todas esas interpretaciones son posibles (y abundan en los comentarios que leí después de ver el film), pero me parece que desvalorizan a un personaje que es que suficientemente rico por sí mismo sin necesidad de levantar otra bandera que el amor propio y su identidad de mujer: “Perdida, sin un punto fijo de mirada”. 

Lo que sí destaca y de manera muy bien llevada es la reflexión sobre las sexualidades, el personaje del amigo homosexual, la relación de su padre con una mujer más joven que no le es fiel, y la relación –de una gran ternura sexual, que Eugenia descubre con su amiga brasileña. 


Martin Boulocq 
Decía que no suelo leer comentarios sobre las películas antes de verlas, porque me gusta llegar fresco y abierto a las sorpresas.  Y me doy la razón cuando leo lo que se escribió sobre “Eugenia”, que parece una competencia de los críticos y del propio Boulocq por encontrar referencias culturalistas, desde Simone de Beauvoir hasta John Cassavetes, pasando por todo tipo de supuestos referentes del estilo y sobre todo del personaje. 

A mi juicio “Eugenia” no necesita de ningún referente, es en sí misma una obra sólida, con un personaje rico y creíble.  Es una obra honesta y sin dramatismos ni excesos y mucho menos concesiones. Es una historia que se narra en profundidad con mucho cariño y delicadeza. Todos los personajes tienen espesor y todas las actuaciones hacen honor a esos personajes, lo cual dice también de la capacidad de dirigir actores que tiene Boulocq: no hay uno solo que cojee. La película fluye dejando que la complejidad interior del personaje central atrape al espectador y lo haga cómplice. 


Martin Boulocq 
El guion y la realización son impecables. La fotografía voluntariamente “quemada” refuerza la sensación de observar un documento de reflexión testimonial antes que la vida de una heroína. Los encuadres y los movimientos de cámara, austeros y coherentes, le dan solidez a la narrativa. Solo me parecieron sobrar las imágenes filmadas en Italia, que interpreté como un “flash forward” del personaje, un “deja vu” del futuro que aún no ha sucedido. 

La atención se centra de tal manera en Eugenia y en las relaciones humanas, que lo demás parece desvanecerse o queda como guiños para los que quieran captarlos: la fiesta de Urkupiña, las comadres, el tradicional batán para moler maíz, y otras secuencias que sitúan el film en Bolivia sin forzar en lo más mínimo una lectura folclórica. 

(Publicado en Página Siete el 30 de septiembre de 2018)
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Si dejas salir tus miedos,
tendrás más espacio para vivir tus sueños.
—Marilyn Monroe


27 octubre 2018

Haya o no haya: igual

 Qué pereza me da escribir sobre La Haya. Apenas empiezo ya me duele el estómago. Es un tema que no he tocado nunca, aparte de algún tuit sarcástico. Ahora diré porqué. 

Corte Internacional de Justicia, en La Haya
En los medios de información importantes del mundo, la demanda contra Chile en el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya es una noticia menor, pero en Bolivia, una legión de comentaristas internacionalistas, especialistas, politólogos, historiadores y opinólogos de toda suerte han publicado mucho desde hace varios años, algunos tres, siete o veinte veces. 

Una opinión más o menos, la mía, no hace la diferencia, pero atendiendo el pedido de amigos del exterior, bolivianos y otros, ofrezco mi opinión por esta única vez. (Y como Groucho Marx podría decir: “Y si no les gusta, tengo otra”). 

El tema marítimo me ha llegado a la coronilla hace muchos años, es decir, a lo más alto (para no mencionar las partes pudendas). Desde que tengo memoria ha sido manoseado por gobiernos democráticos y dictatoriales por igual, para convocar a la “unidad del pueblo boliviano”, una demagogia que siempre me pareció ridícula y oportunista. 

Pobres estudiantes
Desde que estaba en colegio soporté a chilenos que venían a cantarnos “Yo quiero un mar, un mar azul, para Boliviaaaa…” mientras nos vendían algún jarabe de bacalao buenísimo para los huesos. Y en el Colegio Militar, donde el Capitán (más tarde Presidente de Bolivia) Guido Vildoso (a quien respeto mucho) era mi comandante, rompíamos filas gritando: “Viva Bolivia, muera Chile”. 

Ese patrioterismo de escarapela es grotesco, así como obligar a los escolares a marchar cada año con banderitas, y otras cosas peores. Mientras más sentimiento patriota querían inculcarnos, más falso me parecía. Algo así como una justificación anual de los militares por haber perdido esa y otras guerras, y por haber dejado colgados a los peruanos en la del Pacífico. 

Negocio entre "socialistas"...
Considero al expresidente Carlos D. Mesa uno de los genuinos defensores de la causa marítima, no en vano confrontó con valentía en Naciones Unidas al entonces presidente Lagos. En cambio Evo Morales, ahora abanderado y tamborilero del desfile escolar, ni siquiera mencionó el tema marítimo en la ONU durante los tres primeros años de su mandato, porque tenía la peregrina idea de que “charlando entre socialistas” (Bachelet y él), iba a resolver la cuestión. Hasta que le dieron atole con el dedo y optó por la demanda en La Haya. 

Para qué negarlo, La Haya le ha dado al autócrata boliviano réditos enormes. Como con el “servicio civil obligatorio” de Bánzer, no dejó a ex presidentes y ex cancilleres otra opción que apoyar a su gobierno en ese tema. Menos los perseguidos políticamente, los judicializados y exiliados, fueron plegándose casi todos los otros, siendo el ex presidente Rodríguez Veltzé el emblema de adhesión ferviente y remunerada. Al menos Carlos D. Mesa dejó claro desde el principio dos cosas: a) como portavoz no quería recibir un salario del gobierno, y b) no iba a cesar de criticar al régimen de Morales en otros temas, como el #21F. 

El "banderazo" mucha tela azul y mucha demagogia 
La Haya nunca me causó ni un estornudo, ni antes del fallo ni ahora. Desde el principio sabíamos (pero no queríamos verlo), que era una batalla simbólica y nada más. Lo máximo que podíamos lograr con un fallo a favor de Bolivia era el compromiso de Chile de sentarse a negociar, lo cual no quiere decir absolutamente nada: ningún gobierno chileno puede comprometer la soberanía de su territorio sin antes llamar a un referendo nacional, en el cual el 99% de los chilenos (incluso los que sienten simpatía por nuestro país) votarían en contra de ceder una franja de su territorio. (Además, Perú tendría que ser consultado). 

Entonces, para decirlo científicamente: son estupideces que si el fallo de La Haya era positivo ya estábamos “a un paso del mar”, como afirmaron en semanas recientes varios jerarcas del gobierno, con un triunfalismo enfermizo; palabras parecidas a las de Guillermo Gutiérrez Vea Murguía cuando dijo que traía “el mar en su bolsillo”. Y ahora que todo salió al revés, Morales, Pary o Montaño solo abren la boca para seguir diciendo estupideces. 

Cuatro payasos del apocalípsis 
La propaganda millonaria y presencia masiva de delegaciones no convenció a los jueces de La Haya (hoy vilipendiados por los obtusos que nos gobiernan), pero fue eficaz porque nos encandiló a todos, y también a los chilenos, tan seguros de perder que enviaron a La Haya una delegación de segundo nivel. 

Si Bolivia no se iba a beneficiar de verdad con un triunfo en La Haya, ¿para qué gastar entre 80 y 100 millones de dólares en propaganda machacona y viajes de delegaciones desproporcionadas acompañando al jefazo? Obviamente: para beneficiar a Evo Morales en su permanente campaña electoral. El hubiera sido el verdadero triunfador, no Bolivia. Ahora tiene que mascar polvo, pero no por ello está disminuido políticamente. Está acostumbrado a ganar aunque sea a rodillazos. 

(Este artículo fue publicado el 6 de octubre de 2018 en Página Siete)  
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La cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar.
—Karen Blixen

   

18 octubre 2018

Muralla y escombros

 Las murallas tienen pasajes secretos como la Muralla China. No son inexpugnables, como muestra la historia de Troya. Murallas que dividían el mundo acaban derrumbándose, como la de Berlín. Las murallas son en apariencia sólidas y permanentes, pero siempre tienen un flanco débil, permeable. 

Me parece muy acertado el nombre del personaje que es también el título del primer largometraje dirigido por Gory Patiño: Muralla.  Una sola palabra, muchos significados. La palabra tiene una sonoridad contundente y a la vez misterio. 

Como toda obra bien lograda, Muralla tiene varios niveles de lectura. Yo quiero referirme a dos: la narrativa que genera el personaje interpretado por Fernando Arze con mucha maestría, y el tema desgarrador del tráfico y trata de personas. 

Veinte años atrás Jorge “Muralla” Rivera era un tremendo arquero en el equipo de fútbol San José, en la ciudad de Oruro. Hasta que no. Hasta que la muralla que su cuerpo construía en el arco fue perforada. Es un sino de quienes llegan muy alto: la caída suele ser estrepitosa.  En la cultura occidental tenemos un rasgo malvado: esperamos que caigan ruidosamente los que más arriba llegaron. 

Muros y murallas 
Muralla cae dos veces, no una. En la primera se convierte en un marginal alcohólico. Los días de gloria se convierten en días de sobrevivencia como conductor de un minibús con amistades de dudosa calaña. Si pensó que había tocado fondo en esta perra vida, estaba equivocado: la segunda caída es más dura. El hijo de 10 años de Coco Rivera, lo más preciado que tiene en la vida, necesita con urgencia un trasplante de riñón y él está dispuesto a rebajarse a los infiernos para conseguirlo. 

Esta es una historia de doble redención. Muralla quisiera redimirse salvando a su hijo (que vive en un hogar decente con la madre), y sin embargo esas alas de redención no puede obtenerlas sin hacer un pacto con lo más odioso y bajo de la degradación, lo que supone que aún si salva a su hijo, tendrá que redimirse nuevamente de un crimen mucho mayor que el de haber caído en el alcoholismo y la irresponsabilidad como padre. 

Fernando Arze, "Muralla"
Ese dilema moral atormenta al personaje que con tanta autenticidad interpreta Fernando Arze, y es sin duda lo más valioso de la narrativa del film de Gory Patiño: construir un personaje de carne y hueso, que es malo y bueno al mismo tiempo, que tiene virtudes que ha relegado en favor de actos crueles que comete sin pensarlo dos veces. Esta vez, pasa los límites de lo que la memoria de aquel que alguna vez fue, puede soportar. 

A simple vista su vida no vale nada, pero si puede hacer una buena acción que lo redima, su vida recobra valor ante los ojos de su hijo y de las almas que se cruzan con él cargando pesados fardos de culpa. 

Uno agradece que esta no sea una película de Hollywood con un final feliz. Por el contrario, es una tragedia griega donde todo lo que podía salir mal, sale mal: el hijo muere, él se convierte en traficante de personas, asesino (aunque haga justicia por su propia mano), y víctima del linchamiento propiciado por su propio gremio de minibuseros, convertidos también en fieras asesinas. En el nivel simbólico no puede irle peor:  termina colgado en un arco de fútbol, como probablemente quedó metafóricamente colgado dos décadas antes. 

Este es un film oscuro, porque saca a relucir esa sombra negra que Muralla trae aprisionada en el pecho. Si bien todas las interpretaciones de los otros actores son normalmente buenas, la del personaje central tiene la capacidad de desnudar el conflicto sin paliativos, con sincera crudeza. 

Un final de tragedia: todos los hombres son lobos  
Uno agradece también que no haga concesiones folclóricas como tantos films bolivianos que con o sin disimulo nos muestran los paisajes turísticos de los que estamos saturados. La película de Patiño nos muestra la ciudad sucia, corrupta y marginal que no tiene ninguna magia ni encanto. Un mundo sórdido que nos rodea en las laderas sin que queramos verlo, porque siempre preferimos la vista del Illimani, lejano y límpido, para olvidar que nuestros pies están en el barro y en la basura. 

Y eso lleva a la lectura del tema: la trata y tráfico de personas. Para quienes piensen que esta es una película muy “dura”, muy “cruel”, muy “explícita”, muy “difícil de ver”… quizás no bastará el dato de que en América del Sur, Bolivia y Venezuela son los dos países con mayores índices de tráfico de personas, ya sea para prostitución o para arrancar órganos vitales que luego son vendidos por sumas astronómicas en redes internacionales. 

Pablo Echarri y Fernando Arze
La única concesión que hace el director, es que coloca como el más “malo” del casting a un cirujano argentino que con el mayor disfrute y frescura extirpa los riñones de sus víctimas, y no a un médico boliviano, que es lo que probablemente sucede en la realidad. Las estadísticas nos dejan siempre indiferentes hasta que un numerito nos toca en la lotería.  Por ello, deberíamos ser más conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor: no es casual que cada semana veamos pegados en los postes de la ciudad avisos con las fotos de jóvenes desaparecidos, que padres desesperados colocan con la esperanza de que se hayan fugado de casa, solamente, pero que no hayan caído en manos de estas redes de traficantes. 

Es una realidad que muerde el alma, no es solamente el argumento de un film de suspenso. A diferencia de otras películas recientes que apenas soban por encima temas como el machismo, la violencia de género, etc., esta entra hasta el fondo de un problema sobre el que las autoridades no actúan con decisión, en parte porque el negocio es también compartido por quienes deberían hacerlo desaparecer.  Exactamente igual sucede con el contrabando o el narcotráfico. 

Rodrigo "Gory" Patiño, director
Muralla tiene un tema importante y está muy bien hecha en casi todos los aspectos técnicos (menos, a veces, el doblaje de los diálogos), pero en un escenario mundial no podría competir con producciones similares de Estados Unidos o de Europa.  No creo que sea su objetivo y no importa, porque es una película honesta, hecha para un público exigente de Bolivia o América Latina.  No propone una experiencia cinematográfica nueva, no es una película para cineasta y cinéfilos, sino para un público amplio que necesita ver algo que lo haga pensar y no evadirse de los problemas. 

La apuesta en publicidad ha sido enorme, si comparamos con otras películas bolivianas. Los anuncios espectaculares en las calles no pasan desapercibidos. Esperemos entonces que el público reconozca el valor de este film y permita recuperar la inversión. 

(Publicado en Página Siete el domingo 14 de octubre 2018)
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Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie.
—Concepción Arenal


04 octubre 2018

El cacique no tiene quien le escriba

Evo Morales (foto @Platon)
  Está solo. No tiene amigos. No puede decir lo que siente. No confía en nadie porque sabe que solo está rodeado de servidores obsecuentes y oportunistas, tirasacos y chupamedias. 

Los que eran sus amigos se aprovecharon de él, lo hicieron quedar mal. Robaron descaradamente en su nombre. Hermanos de “cama y rancho” como Santos Ramírez acabaron en la cárcel, también narcotraficantes como el clan Terán tan cercano a él en el Chapare, su amante pálida y teñida que lo exprimió con un falso hijo que él mismo reconoció estampando su firma en el certificado de nacimiento, y dirigentes de “movimientos sociales” fácilmente corrompidos en el Fondo Indígena. Todos lo usan y él los deja hacer porque está enamorado del poder, un poder asentado en la corrupción.


No se da cuenta todavía, pero está acorralado.  Nadie le sopla las malas noticias. Quienes lo rodean lo endiosan públicamente aunque entre bambalinas hablen mal de él. Está acorralado en una espiral que solamente puede llevarlo al fondo del sumidero. No importa cuantos acólitos le amarren los zapatos y le dejen meter goles en los partidos. Está acorralado, pero no lo sabe todavía.



El clan Terán, cercano a Morales
Su corral es la historia. Todavía cree que puede saltar todas las trancas y controlar el país con propaganda masiva y muy costosa para el erario, discursos de plaza y gestos autoritarios. Descubrió maravillado que con un chasquido de dedos podía decidir la compra de un satélite millonario, construir un museo a su propia gloria o un lujoso palacio estilo neofascista del tamaño de su ego y de su resentimiento social, cada vez más alejado de la tierra firme que de niño pisó con abarcas. Para él el poder es una escalera que sube sin fin. 


Nuevo Palacio de Evo Morales
Está ahora encerrado y solitario en el piso 28 de su palacio, rodeado de lujos que son como espejos de su degradación personal. Un piso más arriba, el helipuerto. Listo para escapar todos los días a cualquier rincón del país o fuera del país, a un costo altísimo para los bolivianos. De allí saldrá algún día su último vuelo, cuando huya.

Repitió los gestos de los señores feudales, reprodujo la misma actitud arrogante de los militares cuando ocupaban el poder por la fuerza de las armas. No midió los alcances de sus exabruptos porque el círculo de obsecuentes celebra todo lo que dice y hace.



Bolivia ya le dijo NO
La historia le pasará la factura. Quizás no inmediatamente, sino en los tiempos en los que la historia camina y se escribe. Si quería dejar su nombre en letras doradas en algún libro, no sucederá. Toda la propaganda de ahora se la llevará el viento. Si pretendía estar por encima de los numerosos escándalos de corrupción y tráfico de influencias, de las repetidas represiones de comunidades indígenas, de la insolvencia en materia de derechos humanos y de la falta de respeto por la madre tierra (la manoseada "pachamama"), no lo ha logrado. Su discurso está vacío, no se verifica en la realidad de todos los días. La espiral de la historia lo atrapará.

Quizás esta sentencia parezca prematura, pero todavía hay que confiar en la memoria de aquellos que lucharon contra las dictaduras, aquellos que le tendieron la cama presidencial para que la ocupara con esa actitud arrogante y absolutista que es una mezcla de “todo me lo merezco” y “no me importa lo que piensen o digan”, y que ahora se dan cuenta del grave error.  



Sello personal en las obras del Estado
“Métanle nomás” dijo y dice todavía con prepotencia, llevándose por delante la Constitución y cualquier regla de juego existente, porque para él no existen reglas, solamente existe su propia voluntad autoritaria y los rodillazos con que se abre camino cada día que juega fútbol o que juega a la política politiquera. En ambos terrenos juega sucio.  

Ha convertido Bolivia en su feudo. A todo le pone el sello de su rostro, como una marca de propiedad. El mal manejo de las entidades públicas y la corrupción prevalente en las empresas vinculadas al Estado se han convertido en la “marca país” de Bolivia durante dos sexenios de desgobierno. Ese logo es ahora marca de oprobio, símbolo del abuso del poder, del uso indiscriminado de los bienes del Estado, de arrogancia personal e insolvencia moral. 



Doble blindaje: ¿a quién teme?
A la desconfianza que siente por quienes lo rodean se añade el miedo. Ningún mandatario del pasado –ni siquiera los dictadores militares, ha vivido rodeado de tanta seguridad, autos con blindaje doble, caravanas de vagonetas con luces de navidad y agentes con lentes oscuros y audífonos armados hasta los dientes, policías equipados como “robocops” rodeando una plaza Murillo cerrada como nunca antes por miedo a la gente, al pueblo en cuyo nombre habla siempre.   

En sus apariciones públicas apuesta a lo seguro, ya no se arriesga a un baño de masas, apenas de masistas. Solo entran en el perímetro de sus actuaciones públicas (donde discursea todos los días lo mismo), los de su partido político o funcionarios públicos con pases, obligados a aplaudirlo y a corearlo a riesgo de perder sus puestos. Los utiliza incluso incluso como delatores de quienes se filtran para gritarle en la cara #BoliviaDijoNo.    


Este hombre vive una gran soledad y tiene miedo. El cacique no tiene quien le escriba.    


(Artículo publicado en Página Siete el sábado 8 de septiembre 2018)

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Los caciques son parásitos de un sistema
de pura apariencia democrática.
—–Castelao