26 mayo 2012

Mónica Rina Mamani


Mónica Rina Mamani

En la constelación de artistas plásticos de Bolivia tenemos una nueva figura que se suma con calidad, humildad y compromiso. Mónica Rina Mamani es una pintora muy joven, muy talentosa y muy seria. Pinta desde 2005, guiada por su maestro Ricardo Pérez Alcalá, y sólo ahora que tiene en su haber una obra sólida y numerosa, la ha comenzado a mostrar.

Conozco a Mónica desde hace varios años, y la he encontrado muchas veces en el taller de Ricardo en Aranjuez, siempre atenta al ejemplo de nuestro gran acuarelista. No la he visto pintar, porque creo que eso lo hace en El Alto, donde vive. En la casa y taller de Ricardo, Mónica aprende, observa, se empapa de las enseñanzas del maestro, para luego plasmar sus propios trabajos.

En pocos meses el nombre y la obra de Mónica Rina Mamani se han hecho familiares. Tres datos, como ejemplo. Expuso en marzo pasado en la Galería Altamira junto a la obra de Julio César Téllez, fallecido en noviembre del 2009. En el número 101 del quincenario Nueva Crónica y Buen Gobierno, se incluyó una muestra de su obra (19 cuadros). Y durante todo el mes de mayo, 41 cuadros de ella se exhiben en dos salas del Museo Tambo Quirquincho de la ciudad de La Paz, bajo el título “Mi tiempo”. 

Mónica Rina Mamani y Ricardo Pérez Alcalá
Estuve la noche de la inauguración, acompañando a Mónica y a Ricardo, que ofreció palabras entusiastas sobre su alumna. Ricardo escribió un breve texto donde destaca que se trata de una artista “que en medio de la avalancha y el vértigo que llaman modernidad, logra una ruptura, por ser fiel a su técnica soberbia y su imaginación insondable.” Para Pérez Alcalá, la obra de la pintora alteña “es una reflexión acerca del desamparo, que la artista retrata paradójicamente, haciendo hincapié en los objetos que funcionan como símbolos de eternas esperas, solo descifrables en el realismo mágico”.   

De alguna manera, Ricardo habla de sí mismo cuando se refiere a la obra de Mónica en estos términos: “A nuestra artista le interesa la técnica que es parte de su lenguaje, el tiempo, las matemáticas, la geometría, la botánica. Le importa el mundo de los aromas, la cocina. En su formación futura está la arquitectura, sin embargo no se aparta del dibujo que es la columna vertebral de su trabajo.”

Alcachofas, de Mónica Rina Mamani
Cuando uno observa los cuadros de Mónica Rina Mamani no puede menos que constatar la influencia de su maestro. En la técnica alcanza la excelencia, tanto en acuarela como en óleo, al igual que Ricardo. La finura del detalle en cuadros como “Alcachofas” es impresionante. Mónica huye de todo facilismo, que en el fondo supondría arrogancia. 

Las mazorcas de maíz, los viejos baúles de cuero, las camas que parecen ceder con el peso de la memoria, los paisajes bucólicos, el brillo intenso de los frutos en una naturaleza viva aunque estática, guían el recorrido por la muestra.

Podría decirse que Mónica prolonga la obra plástica de Pérez Alcalá, pero yo creo que la identidad entre ambos artistas es aún mayor y sugiere una comunión filosófica, una visión común del mundo. Mónica no se inspira solamente en los cuadros de Ricardo, sino en su entorno y en sus ideas. La técnica no es sino el complemento de una afinidad ética y estética más amplia.

El gran pintor con más de 70 años de edad, y su alumna aplicada y brillante, que no termina aún de recorrer la segunda década de su vida, muestran un ejemplo hermoso de generosidad y complicidad en el arte. No dudo que al mismo tiempo que Mónica se empapa de la vida y obra de Ricardo, éste a su vez aprende algo de Mónica, aunque ella es extremadamente modesta y reservada.  

Mónica empieza bien, pero aún empieza. Quiero decir con esto que su trayectoria está en los albores o primeros hervores.  Sobre la solidez que ha mostrado en su pintura hasta ahora, tendrá que ir construyendo paulatinamente una obra propia, como un gajo independiente que brotará en el terreno fértil que ha abonado Pérez Alcalá. Imagino que ambos son conscientes de que el tiempo los irá separando estilísticamente, hasta que Mónica vuele con alas propias y elija sus temas y su manera personal y única de mirar la realidad.   

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El arte es el placer de un espíritu que penetra en la naturaleza
y descubre que también ésta tiene alma.
—Auguste Rodin

22 mayo 2012

Haraganes


“Si el trabajo da salud, que trabajen los enfermos…” es el lema del club Los Haraganes, que cumplió hace poco nada menos que 50 años de existencia. Han pasado cinco décadas desde que en 1962, los de la generación “Borrachos” (la categoría “B” para que no suene de modo escandaloso), comenzaron a reunirse en la plaza principal del barrio de Obrajes, en La Paz, Bolivia, y crearon la leyenda.

A fines de abril nos volvimos a reunir en esa misma plaza. Fueron apareciendo uno a uno amigos que no se habían visto hace dos, tres o cuatro décadas. Todas las generaciones de Haraganes se fundieron en abrazos memoriosos. Ahí estuvieron además de los fundadores, las otras categorías con nombres igualmente provocadores.  Mi categoría, la segunda, los “Descartuchados” (DC), los “Cartuchos” (C), los “Cagaleches” (CL), y “Macucus” (M). De las últimas tres categorías, los viejos haraganes apenas nos acordamos. Están también las “Ulupicas” (U), las mujeres.

Fueron cuatro días de festejos, que empezaron una noche con la misa en la que recordamos con solemnidad a los fallecidos... y la verbena, inmediatamente después, en la que recordamos sin solemnidad, con alegría y mariachis, a esos mismos amigos. Al día siguiente, domingo 29 de abril, en la misma plaza, tuvimos la salteñada con banda y una “marcha bloqueo y paro” que detuvo por breves minutos el tráfico sobre la avenida principal. Celebramos en grande en la fiesta de gala en el Hotel Calacoto, el lunes 30, donde algunos nos vimos por primera vez encorbatados. Y los festejos culminaron el martes 1º de mayo cuando fue develada una nueva placa conmemorativa.

Los mayorcitos, los fundadores, la categoría "B" (Borrachos) 
Entre una y otra celebración, entre encuentros que a veces comenzaban “ya no me reconoces, soy el….”, y diálogos en el estilo “te acuerdas de…” fuimos desgranando esa mazorca de la memoria que nos vincula a través del tiempo. Y eso que por razones de exilio yo me perdí casi toda la década de 1970, y parte de la de 1980.  

Agitadores principales: "Huevo" Morató y "Tavo" Portocarrero
Las actividades que organizaban los Haraganes eran proverbiales: guitarreadas, serenatas, magníficos carnavales que duraban dos semanas, carreras de antorchas, campeonatos de fútbol, Olimpiadas Haraganas (los Juegos Deportivos, cinco veces) y otras actividades que hacían vibrar a todo el barrio de Obrajes. De los Haraganes salieron campeones nacionales del deporte, como Jaime Aponte, Rolando Pastor, Jorge Navajas, José Pastor, Edgar Aracena, Gerardo Sarmiento, Omar Eid, entre otros.

Pero además los Haraganes organizaban actividades comunales para cuidar los árboles de la avenida Hernando Siles y de las dos plazas, mejorar el alumbrado público y la condición de las escuelas Juan Herschel, Max paredes y el Hogar de Niños Villegas.

Los carnavales eran preparados con especial cuidado, desde el diseño de las invitaciones, que cada año eran más originales. Las fiestas con banda de música competían con otros clubs de la ciudad de La Paz, el Splendid o el Country, con los que se alimentaba una rivalidad que algunas veces llegó a los golpes.

El relevo de las nuevas generaciones no es fácil, porque los Haraganes tuvieron su momento de gloria en las décadas de 1960 y 1970, cuando Obrajes era todavía un barrio tranquilo donde todos nos conocíamos y tejíamos día a día ese entramado de relaciones que se ha mantenido a través del tiempo y de la distancia. Casa a casa, puerta a puerta, todavía recordamos con absoluta claridad dónde vivían los hermanos Morató (nada menos que siete), los Portocarrero, los Pastor, los Arispe, los Aponte, los Burgoa, los Bacigalupo, los Pucci, las Crispieri, la farmacia, el frial o la tienda de la Hilde. Todo eso ha cambiado mucho, hay edificios donde antes vivían los Vásquez o los Gumucio, y algunas casas se han convertido en oficinas.

Volver a ver a los amigos luego de tantísimos años reconforta porque renueva la sensación de que a pesar de que el mundo se desplaza a veces en una dirección que no nos gusta, arrasando a su paso valores y tradiciones, hay algo que queda porque sobrevive en la medida en que une a un grupo de seres humanos por el nexo de la amistad y la camaradería.

Cuatro Morató (en medio) y dos Gumucio (en los extremos)
Recuerdo el microcosmo de la cuadra, que ya no del barrio. Nosotros vivíamos en la calle 6 de Obrajes, No. 259, “hacia el río”, y en un radio de cien metros había cualquier cantidad de amigos, Haraganes o no. Junto a la que fue nuestra casa está todavía la de los Fiorillo y detrás de ambas estuvo la Fábrica de Aluminio FANAL, donde vivían los Arraya. En la esquina de la calle 6 sobre la Héctor Ormachea, estaba la casa de los hermanos Morató, y junto a ellos la de los Uzeda, el restaurante “del chileno” y la casa de los Perales. A media cuadra de allí la casa de los Arispe, muy cerca de la Embajada de Alemania y de la cárcel de mujeres que estaba justo al lado. Un poquito más lejos Vesty Pakos, y sobre la avenida los Otero, Oroza, etc. Todos nos conocíamos.

Borrachos, descartuchados o cartuchos, los nombres que los mayores daban a las nuevas generaciones que iban apareciendo, se mantienen hoy como palabras amables y cariñosas. En realidad, la puesta al día de la nostalgia nos muestra que todos han sido en sus vidas hombres y mujeres de bien, que la norma ha sido la honestidad y el trabajo, a pesar de nuestro provocador lema y de los gritos de “Muera el trabajo” que dimos en la plaza de Obrajes hace unos días, el 1º de Mayo.

Al cabo de tres o cuatro décadas, además de las anécdotas y la nostalgia por tiempos solidarios, lo que queda es, como siempre, la amistad invariable. 


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Mira si será malo el trabajo,
que deben pagarte para que lo hagas.

—Facundo Cabral 

15 mayo 2012

La última sorpresa de Fuentes


Apenas ha pasado un año desde que, en una firma de libros en la Librería Gandhi, en México, le extendí a Carlos Fuentes un ejemplar de Todas las familias felices (2006).  Me preguntó “¿para quién?”. “Para Bolivia” le dije. A su lado una representante de la Editorial Santillana comentó: “¿Para todo el país?” mientras Fuentes dibujaba un mapa de América del Sur para ubicar exactamente a Bolivia en el corazón del continente. “¿Le gusta mi mapa?”, me dijo al devolverme el libro.

Le pregunté si su amor por el cine, compartido con García Márquez, había influenciado su narrativa. “Me gusta mucho el cine, conozco bien la época de la década de 1930 a 1950, pero pienso que la literatura se basta a sí misma; la imagen literaria es más poderosa que la del cine, porque le permite al lector imaginar, en tanto que en el cine el espectador está condenado a ver lo que está en la pantalla”, respondió.

Fuentes acaba de morir a los 83 años, luego de toda una vida como escritor. Desde 1954, cuando tenía 26 años, publicó 25 novelas, 15 ensayos, 11 libros de cuentos, 5 obras de teatro y 2 guiones. En otras palabras, un promedio de un libro por año. No cesó nunca de escribir y de sorprendernos con un plan de obras que fueron componiendo el rompecabezas de la sociedad mexicana, y también latinoamericana.

Debo confesar que cuando le dieron el Premio Nóbel de Literatura a Mario Vargas Llosa, tuve sentimientos encontrados. Me alegré, porque el premio reconoció a uno de los grandes escritores latinoamericanos, y me entristecí porque pensé que Carlos Fuentes –mayor que Vargas Llosa- tendría que esperar unos 8 o 10 años a que el premio completara otro circuito por el planeta, antes de caer nuevamente en nuestra región.

Ha sucedido tal cual. Ahora no podremos sumar el nombre de Carlos Fuentes al Nóbel de literatura, aunque se lo tenía más que merecido. Su nombre honraría al premio sueco, que algunas veces ha mostrado miopía y un precario sentido de las prioridades.

Se equivocan quienes dicen que Fuentes tuvo un “periodo revolucionario” y que luego se hizo conservador. En realidad mantuvo en su posición política una gran coherencia a lo largo de su vida, coherencia basada en su profundo respeto por la democracia, por las libertades individuales y colectivas y marcada por un sentido profundo de la ética. No se dejó encandilar por dirigentes que ofrecían más de lo que podían dar, y no dudó en criticar a quienes, a su parecer, actuaban de manera demagógica o irresponsable.

Cuando lo vi en la firma de libros, hace un año, estaba en forma, con toda su energía y lucidez. Fuentes siguió trabajando todos los días hasta el final. En una entrevista reciente con Francisco Peregil, de El País, realizada durante la Feria del Libro de Buenos Aires, anunció que había entregado a su editor su novela más reciente Federico en su balcón, donde el personaje es Nietzsche resucitado, y que se aprestaba a continuar con El baile del centenario, otra vez sobre la historia de México de principios del siglo XX, de la que ya tenía “muchos capítulos, notas y personajes”.    

En la librería Gandhi le pregunté algo que hoy tiene una resonancia dramática: “Hay escritores que escriben libros y los publican, y otros escritores que escriben con un plan para desarrollar una obra completa. Usted es de estos últimos. ¿Cuándo concluye ese plan?”

No dudó un segundo: “En la muerte. Espero escribir hasta el final, no tengo otra cosa que hacer. Una obra no se completa nunca. Balzac no completó la suya, por qué la voy a completar yo. Siempre se quedan cosas en el tintero”.

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La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte. Sabemos que un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es.          —Carlos Fuentes

06 mayo 2012

Uniminuto


Para quienes no son colombianos, la abreviatura Uniminuto suena rara, más aún si no se conoce la historia de la Universidad Minuto de Dios, a la que la sigla se refiere. Una universidad con nombre católico no es nada que sorprenda, abundan en América Latina entre las más prestigiosas, pero lo del “minuto de dios” no deja de llamar la atención, a menos que conozcamos su historia.

El origen de la universidad se remonta a “El minuto de Dios”, programas de radio y posteriormente de televisión, que el padre Rafael García Herreros, sacerdote eudista, comenzó a producir en 1946 y mantuvo a lo largo de su vida, durante 46 años. Sus programas duraban un minuto, en los que él condensaba mensajes de lo que podríamos llamar “evangelización aplicada”. A tiempo de hablar de dios, este cura progresista hablaba de la realidad social colombiana, y sobre la necesidad de terminar con la violencia y alcanzar una paz definitiva. Para ello no dudó en llamar al diálogo a personajes como el narcotraficante Pablo Escobar y al entonces jefe de la guerrilla del ELN, el cura Manuel Pérez.

Su programa tuvo un éxito enorme a nivel nacional y derivó en programas de desarrollo social que favorecían a los más necesitados, como la construcción de barrios para familias de bajos recursos, en Cali y en Bogotá. La iniciativa creció hasta convertirse en una enorme corporación que conservó el nombre del programa original como emblema, pero que se extendió para abarcar programas sociales muy ambiciosos, uno de ellos la universidad.

Todo esto viene a cuento porque a fines de abril tuve oportunidad, una vez más, de participar en las actividades de la Universidad Minuto de Dios, en su campus central de Bogotá y en la sede de Villavicencio, en el departamento del Meta. A invitación de la Facultad de Comunicación, cuya decana es mi colega y amiga Amparo Cadavid, participé durante tres apretados días en varias actividades académicas.

Como miembro que soy del comité técnico curricular de la Maestría de Comunicación en Desarrollo y el Cambio Social participé en la sesión que revisó el documento de justificación de la maestría, que será aprobado según los mecanismos previstos, primero en la propia universidad y luego por el Ministerio de Educación de Colombia. El procedimiento es exigente pero no burocrático: se trata de que las maestrías que se aprueban en Colombia pasen una serie de filtros académicos que garantizan la excelencia y calidad de los estudios de posgrado. En Colombia esto es una garantía porque una vez que el Estado certifica una maestría, es porque esta tiene todas las condiciones para consolidarse.

Lo anterior es alentador porque Colombia está ahora en la vanguardia de los estudios de posgrado con énfasis en comunicación para el desarrollo y el cambio social. Uniminuto no es la única universidad que ofrece a los estudiantes de Colombia y de América Latina la posibilidad de especializarse en este campo tan importante como necesario, también hay otras maestrías de similar contenido en la Universidad del Norte (en Barranquilla) y en la Universidad Santo Tomás (Bogotá).

Y el interés es creciente, como pude comprobar cuando me invitaron a pasar el día en la sede de Uniminuto en Villavicencio (“Villavo”, para los amigos), donde tuve un conversatorio frente a 200 estudiantes interesados en el tema.

Fue una oportunidad, además, para conocer el departamento del Meta, que faltaba en mi mapa personal de Colombia. Esta es una región muy rica en petróleo, agricultura y ganadería, situada en las estribaciones de la montaña como una puerta hacia los extensos llanos que se prolongan hasta la frontera venezolana. La carretera que baja a Villavo serpentea entre montañas de vegetación y humedad abundante, atravesando cinco túneles, uno de los cuales mide casi siete kilómetros de largo. A pesar de que Villavicencio está a solamente 86 kilómetros de Bogotá, el viaje se hace largo y pesado por la cantidad de camiones cisterna que avanzan lentamente por la carretera con su cargamento de gasolina y otros derivados de petróleo.

Poco a poco el clima tropical del llano y los colores de la naturaleza dejan atrás la sobriedad lluviosa de Bogotá, que a veces parece una fotografía en blanco y negro, solamente surcada por las líneas rojas del Transmilenio, el excelente sistema de transporte urbano que ahora han adoptado tantas otras ciudades de la región. Ya en Villavicencio al calor del ambiente se sumó la cordialidad de los anfitriones, más aún cuando la ciudad estaba en plenas celebraciones de su 172 aniversario.

A los estudiantes y profesores de Uniminuto en Villavicencio les dije lo mismo que he dicho a estudiantes y profesores en otras oportunidades: que hagan la distinción entre información y comunicación, entre periodistas y comunicadores, entre mensajes y procesos… Les dije que el mundo de la comunicación es mucho más amplio y desafiante que el mundo del periodismo, y que sin desmerecer el oficio de periodista, del que soy parte desde que tenía 16 años de edad, deben considerar la posibilidad de hacerse comunicadores para comprometerse en el desarrollo y los cambios sociales tan necesarios en la región y en el mundo.

En Bolivia, con tantas necesidades de desarrollo, no parece que los estudiantes de comunicación tengan mucho interés en el tema. Es más, ni siquiera conocen el país. Hace poco pregunté a un grupo de estudiantes de la cátedra de comunicación para el desarrollo de la Universidad Católica Boliviana, cuantos habían estado en algún centro minero: ninguno.

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 Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo 
de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
—Jorge Luis Borges 


27 abril 2012

Corazón de Cedrón


Me dicen Tigre porque parece
que de chico yo era un poco rayado.
Jorge Cedrón

Este 25 de abril Jorge Cedrón habría cumplido 70 años. Pero no pudo. No le alcanzó la vida.

No pudo porque 32 años antes, el 1º de junio de 1980, el “Tigre” Cedrón entró a un baño en la Prefectura de Policía de París y no volvió a salir. Minutos después lo encontraron moribundo, con una navaja Laguiole en la mano derecha. Cedrón era zurdo, pequeño detalle. Suicidio, dijo la policía francesa, como si alguien pudiera darse una tras otra cuatro puñaladas en el corazón. Tenía recién 38 años, una vida intensa, 2 hijos (Julián y Lucía), 5 hermanos, y 7 películas en su haber, entre ellas la emblemática Operación masacre que hizo “para entender el peronismo”.

Esa noche el cineasta argentino había acompañado a su esposa, Marta Montero, que acababa de regresar de Buenos Aires, a un interrogatorio en las dependencias policiales de la isla de la Cité. Estuvieron prestando declaraciones hasta que amaneció. La policía francesa, informada por la embajada de la dictadura argentina, quería que Marta dijera lo que sabía sobre el secuestro de su padre una semana antes. Saturnino Montero Ruiz, ex presidente del Banco Ciudad de Buenos Aires y ex intendente de Buenos Aires bajo el gobierno de Alejandro Lanusse (1971-1973), había sido secuestrado en París el 24 de mayo de 1980 y sus captores exigían un millonario rescate. Se pensó que era una operación de los Montoneros.

Jorge Cedrón en París, octubre 1978
El rechazo visceral de Jorge Cedrón a las dictaduras militares y sus vínculos con el movimiento Montoneros lo hacían sospechoso, aunque mantenía distancia crítica de estos últimos, porque consideraba que su comportamiento no era ético. Por ahí, en París, rondaba en esos días un personaje que se reveló siniestro tiempo después, Rodolfo Galimberti, exjefe montonero que en 1974 secuestró a los empresarios Juan y Jorge Born y los liberó a cambio de 60 millones de dólares (y se volvió “empresario” y socio de sus secuestrados años después). “El Loco” Galimberti se había separado de los Montoneros al mismo tiempo que Juan Gelman, y operaba por cuenta propia. Algunos testimonios lo vinculan a la dictadura argentina, a la que años más tarde el propio Saturnino Montero Ruiz atribuyó su secuestro. Pocas horas después de la muerte del “Tigre”, y aunque la noticia no había trascendido todavía, Galimberti abandonó París precipitadamente. Montero Ruiz fue liberado dos días después sin que se hubiera pagado el rescate.

Tantos años han pasado, pero todo ha quedado en una nebulosa. La policía francesa dice que “se han perdido” los archivos del caso, como si el “Tigre” Cedrón no hubiera existido jamás. De testimonio en testimonio, queda claro que fue la represión argentina, en complicidad con algunos montoneros renegados, la que organizó el secuestro de Montero Ruiz. Esos mismos personajes fueron responsables de la muerte del “Tigre” Cedrón.  Hay alguien que sabe lo que realmente pasó, pero el hombre se calló la boca: el poeta Juan Gelman, quien nunca quiso decir lo que sabía, ni siquiera al hermano mayor del “Tigre”, el Tata Cedrón, de quien era amigo y colaborador.

Todo esto está explicado a través de una cadena de testimonios en El cine quema: Jorge Cedrón, donde su autor Fernando Martín Peña, hizo una reconstrucción extraordinaria de la vida y muerte del “Tigre” a través de las voces de los hermanos, esposas, hijos, amigos y conocidos, menos Gelman quien ni siquiera respondió al pedido de colaboración. Pero gracias a los otros testimonios Martín Peña pudo reconstruir lo que pasó, minuto a minuto.

En noviembre del 2003 Teresa Toledo me regaló un ejemplar del libro, durante un evento en Casa de América, en Madrid. Lo primero que noté en la tapa fue la foto del “Tigre”, que le tomé en octubre de 1978 en su departamento de la Rue du Fer-a-Moulin. Vivía con Marta a una cuadra de la Rue Geoffroy Saint-Hilaire, donde estaba el departamento que fue durante muchos años el centre d’accueil de los bolivianos que llegaban a París, entre ellos yo. El “Tigre” llegó exiliado en 1976, y nos vimos sobre todo durante 1978, dos años antes de su muerte. Marta siguió viviendo en París en un departamento en la Rue Censier Nº 31.  

El “Tigre” no era un amigo cercano, pero nos vimos varias veces en su casa, y alguna en una parrillada que organizó Juan “Tata” Cedrón, su hermano músico, en su casa de Villejuif, en las afueras de París. La música del Cuarteto Cedrón estaba en esos años en su mejor momento con obras como La cantata del gallo y las canciones con Paco Ibáñez sobre poemas de Neruda. Algunas de mis canciones preferidas del cuarteto son Milonga de la ganzúa, El caballo de la calesita, Eche veinte centavos en la ranura (poema de Raúl González Tuñón), y Balada del hombre que se calló la boca (poema de Juan Gelman).  

Los hermanos Cedrón “son como el chocolate, siempre van en barra”, decían sus amigos de la infancia. Y era cierto. Los une la amistad más allá de la sangre. Julio Cortázar les hizo un homenaje, con nombres y apellidos, en “Lucas, sus amigos”, del libro Un tal Lucas. “Tratarlos por separado ya es cosa seria, pero cuando se les da por juntarse y te invitan a comer empanadas entonces son propiamente la muerte en tres tomos”, escribió Cortázar-Lucas sobre Juan el músico, Jorge el cineasta y Alberto el pintor. Los otros son Roberto, Rosa y Osvaldo, el mellizo de Jorge.  


Mientras fumaba compulsivamente, el “Tigre” hablaba de sus películas y proyectos, de la dictadura y del exilio. En su departamento de la Rue du Fer-a-Moulin lo fotografié en dos ocasiones. Incluí una imagen de esa serie en mi exposición “Retrato Hablado”, entre otras cincuenta fotos de gente de la cultura y de la política de Bolivia, América Latina, y más allá. En un breve texto que acompañaba la foto de Jorge, escribí que “llevaba su ideales en la sangre, hacía sus películas con pasión”.

Antes de regresarme a Bolivia, le pedí su testimonio para el capítulo “Argentina: una enorme caja de censura” de mi libro Cine, censura y exilio en América Latina (1979), que ya contaba con los aportes de otros dos amigos cineastas, Octavio Getino y Fernando “Pino” Solanas. El “Tigre” me habló del panorama desolador del cine argentino en 1978, una época de dictadura en la que los cineastas más importantes estaban en el exilio, y otros habían sido asesinados, como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti o Raymundo Gleyzer. 

Todavía golpeado por su salida precipitada de Argentina, me dijo: “Cuando uno piensa en todos los muertos que han quedado detrás de uno, no es fácil seguir haciendo cine, no es fácil salir de nuevo a trabajar. Esa es, al menos, mi experiencia personal. Para mi fue necesario un tiempo para llorar a los muertos. Estuve así unos seis meses, encerrado en casa. Pero ese tiempo fue también tiempo de reflexión sobre lo que había sucedido allá. Reflexión que no había tenido tiempo de hacerla allí, porque desde mis quince años había estado metido no solamente en el cine, sino también en el teatro, en revistas, en música, sin parar”.

Publiqué el libro a fines de 1979, en Bolivia, con una tapa que Luis Zilveti dibujó especialmente para mostrar la violencia de la represión contra los cineastas latinoamericanos. Cinco meses después murió Jorge Cedrón, víctima de la locura represiva, que a veces no conoce fronteras. A él y a Luis Espinal les dediqué la segunda edición del libro, que se publicó en México en 1984.

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No hay mercancía más singular que los libros: 
son impresos, vendidos, reseñados y a veces escritos 
por gente que no los entiende.
Lichtenberg





23 abril 2012

La máscara del gorila


Levanté la cabeza y se me vinieron encima exactamente 30 años. Sobre la pared al lado del escritorio tengo colgado el diploma de Instituto Nacional de Bellas Artes de México, que recibí de manos del poeta Edmundo Valadés el 23 de abril de 1982, cuando gané el Premio Nacional de Literatura del INBA, por mi libro testimonial La máscara del gorila, sobre el golpe militar de García Meza en 1980.

Fue significativo entonces, no solamente por el prestigio de un premio otorgado por la institución más importante de la cultura mexicana, sino porque llegó en un momento que lo necesitaba para sentirme mejor. La clandestinidad primero, el largo asilo en la embajada mexicana, seguido por mi fuga rocambolesca a Perú y finalmente el exilio en México, son cosas que veo ahora con distancia pero que en su momento fueron difíciles de vivir.

Algún día quizás me anime a relatar esos días, pero por ahora me limito a recordar que para salir clandestinamente de Bolivia conté con el apoyo y la solidaridad de varios amigos que leerán estas líneas. Un sinnúmero de anécdotas pequeñas coinciden en un rompecabezas que mi memoria arma y desarma con piezas sueltas que tienen que ver con la política, la represión, la amistad, el amor, la creación literaria y también con la familia, en particular la separación de mis hijos y la muerte de mi padre en 1981, cuando yo no podía todavía regresar a Bolivia.

con René Bascopé, en México 1982
Con René Bascopé, mi amigo y colega de aventuras literarias, empezamos a escribir a cuatro manos una primera versión de La máscara del gorila, mientras estábamos asilados en la Embajada de México en La Paz. René quería escribir un recuento histórico de las intervenciones militares en la política boliviana, y yo escribí un texto testimonial en tono poético, breves imágenes de lo que fue el golpe del 17 de julio de 1980. Enviamos el libro al concurso Casa de las Américas, y no tuvimos suerte. Eduardo Galeano –quien fue miembro del jurado- nos explicó más tarde que las dos partes que habíamos escrito eran muy distintas, y que mejor sería que cada uno hiciera un libro por su lado.

Siguiendo ese consejo René decidió revisar su texto y yo presenté el mío, 68 viñetas testimoniales, al premio del INBA, y gané. En el jurado que otorgó el premio estaba el poeta Jaime Labastida, quien dirigía entonces la revista literaria Plural, en la que luego colaboré varias veces (hoy es director de la Editorial Siglo XXI), el escritor guatemalteco José Luis Balcárcel y la novelista mexicana Silvia Molina.

La Editorial Oasis publicó el libro en su colección “Lecturas del milenio”, con esta dedicatoria: “A la memoria de mi padre que padecido el exilio  murió en el exilio interno de la soledad”. Recuerdo que tuve que pedir a la editorial que re-imprimiera la tapa del libro porque habían omitido mi segundo apellido, con el que siempre firmo mis libros.

La edición mexicana, 1982
Jaime Labastida hizo el prólogo y el poeta Saúl Juárez el comentario de la contratapa. Jaime escribió: “Testimonio, pues, testimonio de los hechos; relación verídica de los acontecimientos.  Nunca invención, sino siempre la relación ordinaria de los hechos.  Pero, para aprehender en su veracidad los hechos, hay que inventarlos: quiero decir, traducirlos a las palabras en las que ellos, por sí mismos, no están.  Y esto es lo que ha logrado, con un altísimo nivel de calidad, Gumucio Dagron. Quiero, además, decir que hay algo en este libro que llama, de inmediato, la atención.  Se abre como el guión de una película, porque el autor piensa lo mismo en palabras que en imágenes, igual en conceptos que en realidades plásticas.  La imagen, para él, dice tanto o más que las palabras; o las palabras se conjugan con la imagen.”

Y Saúl Juarez: “Por momentos, las alternativas que el hombre tiene para ejercer su libertad se reducen. Sin duda, la literatura es una respuesta, una ruta subterránea. Llevar hasta las últimas consecuencias el oficio resulta, entre otras cosas, un camino de búsqueda. La máscara del gorila representa un testimonio de tiempos y lugares específicos en el desarrollo de la lucha de un pueblo. La riqueza del lenguaje, la psicología de personajes, el ritmo de la prosa y la propia estructuración, convierten a la obra en un asunto universal.”

La edición y la editorial se agotaron en los años siguientes, de modo que en 1989, ya de regreso en Bolivia, decidimos publicar una nueva edición en CIMCA, cuya portada diseñada por Carlos Villagómez me gusta más que la de la primera edición mexicana. La presentación, a cargo de Pablo Ramos, entonces rector de la Universidad Mayor de San Andrés, se hizo en el Salón de Honor de la UMSA, donde estuvimos rodeados por el mural de Wálter Solón Romero, cuyo proceso filmé meses antes. También estuvo ese día el Agregado Cultural de la Embajada de México, Lic. Lázaro Cárdenas Batel, nieto del expresidente mexicano y posteriormente Gobernador de Michoacán.

Edición boliviana, 1989
A los textos de Labastida y Juárez, añadí en las solapas dos comentarios de Eduardo Langagne y de Juan Domingo Argüelles, publicados en la prensa mexicana. Langagne, Premio Casa de las Américas en 1980, escribió: “El testimonio que nos presenta Gumucio es claramente visual. Parece que a pinceladas va conformando la psicología de sus personajes. Son tomas, acercamientos, diversos planos cinematográficos que configuran las situaciones que se nos plantean. No en balde Gumucio, además de escritor, es un buen trabajador y estudioso del cine. Sus ideas muy comúnmente se traducen en bellas imágenes que no pierden la fuerza de su significado. Enfrentar La máscara del gorila es también enfrentar una suerte de tejido de actos y hechos que a todos los latinoamericanos nos compete. El asunto no es sólo boliviano, no, se trata de un asunto universal. La literatura es universal. La lucha de un pueblo tiene también esa calidad. El arte trasciende su referente real, la literatura es memoria y es acción. Toda buena novela, o poema, o cuento, es un producto estético dinámico que cambia conforme avanza el calendario. La obra de Alfonso Gumucio Dagron atraviesa fronteras y queda ahí, moviéndose y denunciando a tiempo lo que todos debemos saber."

Por su parte, Juan Domingo Argüelles publicó en El Día: “Gumucio Dagron se convierte en la lengua de su tribu; recoge e interpreta todas esas señales que su pueblo lanza hacia un espacio que no es un vacío o más bien que deja de ser un vacío en el momento en que Gumucio Dagron aprehende, comprime y vuelca con gran prosa no una queja sino una exigencia. Creo que lo más importante del libro es que el testimonio en ningún momento se convierte en un llanto sino muy por el contrario es una acusación que va más allá del sentimiento. Gumucio Dagron se para en un momento frío aunque lleve todavía frescas las manchas de sangre de su pueblo que los militares hicieron correr en esos días oscuros.  Tanta es la frialdad  -tanta es la necesidad de un análisis, tanta es la urgencia de un balance-  con que el escritor mira los hechos desde la clandestinidad, que puede darse el lujo de un leve hilo de humor que, apenas perceptible, enseña una fuerza de optimismo que no está dispuesta a flaquear.”

No todo fue de plácemes. En el propio diario Excelsior -donde yo trabajaba entonces gracias a las gestiones de los amigos periodistas “Gato” Salazar y Coco Manto- se publicó una breve nota tan quejosa como anónima, protestando porque le habían dado el premio “a un extranjero”. Antes como hoy, les cuesta mucho a algunos mexicanos dejar su chauvinismo bajo llave. Pero bueno, ahí está La máscara del gorila, y todavía no ha desaparecido en la hojarasca.

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Un poema debe tener poco de poesía y mucho de poema.
— Dylan Thomas





21 abril 2012

Tembladerani


Ignoro la razón por la que el barrio de Tembladerani en las laderas de La Paz, en Bolivia, lleva ese nombre, pero sería el apropiado para la ciudad de México desde el 20 de marzo pasado, en que se produjo un sismo de 7.8 grados en la escala de Richter (horas más tarde degradado con ignominia a solamente 7.4 grados). 

Desde entonces, se han registrado 520 réplicas, y ya habrá más cuando el lector abra esta nota, porque no hay día que no sume entre 10 y 15 nuevos movimientos sísmicos, en su mayoría menores a 5.0 grados, pero algunos de una magnitud superior a 6.0 grados, como las réplicas del 26 de marzo, y las del 2, 11 y 12 de abril.

Dicen que los sismos se sienten más en Ciudad de México porque la capital está asentada sobre un gigantesco colchón de agua. En el piso 15, estos sacudones no solamente se notan, sino que duplican su duración, ya que el edificio continúa bamboleándose después de que ha terminado el movimiento sísmico. Los marcos de las ventanas crujen, las puertas se abren y cierran solas, los cuadros se balancean en las paredes, las campanas que tenemos en la cocina hacen música sin que nadie las toque, y el sapito de cuentas de color que me regaló mi sobrino, que tengo suspendido sobre mi escritorio, se mece de un lado a otro. Inmediatamente después de los sacudones fuertes suele cortarse internet y saturarse las líneas telefónicas durante unos minutos. 

Terremoto,  de Botero
El primero en reaccionar cuando hay sismos es Marcelo Ebrard, Presidente del Gobierno de la Ciudad de México (y probable candidato a la presidencia del país en seis años más), cuya eficiencia impresiona e inspira confianza. Cinco minutos después del fuerte temblor del 20 de marzo, Ebrard ya estaba twiteando desde un helicóptero, mientras sobrevolaba la ciudad para evaluar los daños. “Tenemos sismo”, fue el primer pío-pío que envió, y en los minutos siguientes siguió informando: “Estoy ya al aire en helicóptero”, “Servicios estratégicos funcionando”, “Sistema de aguas sin fallas”, “Metro sin novedad”, “Numerosos edificios evacuados en orden”, “No tengo reportado daño serio en escuelas”, “Aeropuerto en condición normal”, “Iniciamos revisión de cuarteaduras u otros efectos en edificios”, “Revisadas 3000 escuelas sin daño mayor”, “Hospitales sin novedad”, “7.6 nos informa sismológico nacional”, “Otra replica”… entre otros mensajes igualmente breves y concisos que llegaban cada dos o tres minutos. Siguiendo los protocolos de evacuación y las indicaciones del gobierno del Distrito Federal, la gente sale ordenadamente de los edificios y se instala en lugares predeterminados en los parques y en las amplias avenidas de la ciudad, hasta que termina la contingencia. Luego, la calma, otra vez.  

México, 1985
La capacidad de respuesta del gobierno de izquierda en la Ciudad de México tiene mucho que ver con el trauma que para todos significó el terremoto del 19 de septiembre de 1985, que destruyó varias zonas de la ciudad (Tlatelolco, Centro Médico, entre otras), y arrojó un saldo de fallecidos que hasta hoy es secreto de Estado, pero que se estima entre 15 y 25 mil víctimas mortales. Lo que sucedió entonces dejó fuera de juego a las autoridades federales y a las de la ciudad capital, que no atinaron a responder hasta varias horas después. Por ello, la gente se organizó y con palas y picos se dio cita en los edificios colapsados, para tratar de rescatar a los sobrevivientes que quedaron atrapados entre los escombros. Hay analistas que afirman que fue entonces que nacieron los movimientos independientes de la sociedad civil mexicana que años después contribuiría a alejar al PRI del poder.

En 1985 no me encontraba en el país sino en Holanda, en un evento que concluyó precisamente el día del terremoto. En el aeropuerto, al regresar, de las dos palabras en un titular a cinco columnas en holandés sólo pude reconocer una: “México”, pero fue suficiente, no podía tratarse de un golpe de Estado. La otra palabra era “terremoto” (aardbeving). Por supuesto no hubo manera de regresar hasta tres días después, cuando las aerolíneas comerciales normalizaron sus vuelos.

La sucesión de sismos en el mes posterior al 20 de marzo no solamente ha sido cotidiana, sino que se ha extendido en el mapa sobre el Pacífico, desde Chiapas en el extremo sur, hasta Baja California en el extremo norte. En otras palabras, no se trata de simples réplicas, sino de sismos en diferentes puntos al sur de la falla de San Andrés. Si unimos los puntos en el mapa, aparece una costura que bordea peligrosamente la costa pacífica mexicana. Debajo, mar adentro, uno puede adivinar la violencia con que chocan las placas tectónicas de Cocos y de Rivera, disputándose el espacio. 


Todos estos sismos y temblores, los de antes y los de ahora, más frecuentes, me llevan a pensar en la fragilidad de nuestro pequeño planeta. Es tan extensa la herida, que asoma en el pensamiento la imagen de la tierra partida en dos, como un fruto. ¿Tendrá todo esto que ver con las exhalaciones de "Don Goyo" en los últimos días? Lo cierto es que el volcán Popocátepetl anda manifestando su incomodidad. En la madrugada del viernes 20 de abril registró 62 exhalaciones de mediana intensidad con un penacho de vapor de dos kilómetros de largo, gases, cenizas y fragmentos incandescentes. Como dice mi amigo Jesús Galindo, "Don Goyo se expresa, algo nos dice, no sé con claridad lo que quiere, pero lo enuncia de forma magnífica y elegante."

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Cuando uno lo abre, el libro despierta.
                                        —Ralph Waldo Emerson

16 abril 2012

El Tajín


La impresión de que El Tajín lo mira a uno, y no al revés, me invadió desde que ingresamos al sitio arqueológico. El Tajín nos mira desde el pasado y desde unos ojos profundos y oscuros como la propia historia.

No suelo escribir sobre los lugares que visito, salvo sobre aquellos que despiertan en mi algún interés que va más allá de la contemplación artística y turística. El Tajín es uno de esos sitios ceremoniales, ligado íntimamente a los voladores de Papantla y a la cultura totonaca, pero también el lugar en el que cada año se realiza una cumbre cultural internacional. Además, y no es poca cosa, la Unesco inscribió El Tajín como Patrimonio Mundial de la Humanidad, en 1992.

No visité El Tajín (“lugar del trueno” o “ciudad del rayo” en lengua totonaca) durante mi exilio mexicano en la década de 1980, porque una buena parte del complejo arqueológico estaba fuera de límites debido a los trabajos de excavación y consolidación de estructuras. Es al arqueólogo Jorge García Payón al quien se le deben 39 años de dedicación (de 1939 hasta su muerte en 1977), toda una vida que invirtió para que el complejo arqueológico emergiera de la selva. Su trabajo fue continuado de 1984 a 1994 por Jürgen K. Brüggemann, quien logró rescatar 35 estructuras más. A pesar de esos enormes esfuerzos, la mitad de la extensión original de El Tajín está todavía cubierta de tierra y maleza, pero los edificios más importantes ya han sido restaurados. Las dificultades de la restauración no son pocas, dado que el núcleo de las estructuras es de tierra, a diferencia de la mayoría de las pirámides mayas.

En 1785, un militar de nombre Diego Ruiz, que andaba en busca de plantaciones clandestinas de tabaco, dio por primera vez con la Pirámide de los Nichos y el complejo arqueológico totonaca. Tuvo que pasar medio siglo antes de que el arquitecto alemán Charles Nebel se ocupara de dibujar y describir en detalle la “Pirámide de Papantla”, como llamó a la que se conoce hoy como Pirámide de los Nichos.

La magnificencia de El Tajín salta a la vista. La antigua capital del estado totonaca llegó a su apogeo entre los años 800 y 1150, y se supone que era una de las ciudades más importantes de Mesoamérica en aquella época. Alguna vez todos estos edificios de nichos y cornisas voladas estuvieron cubiertos de estuco y pintados. Sus calles estaban llenas de gente, los mercados bullían de actividad.

La Pirámide de los Nichos es el edificio emblemático de El Tajín. Dicen los arqueólogos que en su tiempo estaba pintada de rojo oscuro y de negro el interior de los nichos, para subrayar el contraste. Como los mayas, los totonacas no dejaban nada al azar, es así que la pirámide cuenta con 365 nichos, uno por cada día del año en el calendario solar. Los nichos eran considerados pasajes hacia el inframundo habitado por los dioses. En la cima de la pirámide se encontraron losas con bajorrelieves representando grotescas serpientes y otros animales.  

La Pirámide de los Nichos
Las excavaciones y el proceso de restauración permitieron identificar 17 juegos de pelota, algunos de los cuales están adornados con relieves esculpidos en la piedra, en los que se muestra, por ejemplo, a un jugador de pelota siendo decapitado. Al margen del riesgo que suponía ser deportista en aquellos tiempos, es interesante que el juego de pelota fuera común en varias de las culturas de entonces, tanto entre los totonacas como entre los mayas, lo que indica que existía entre las grandes ciudades contactos e intercambios, y que no estaban aisladas entre sí a pesar de las distancias que aún hoy parecen enormes.  

Todo en esta vida tiene sus luces y sombras, también el espectáculo nocturno de luz y sonido, “Tajín Vive”, más cercano a un alarde de Las Vegas que a la cultura totonaca. Es alarmante la arrogancia y la incapacidad de los burócratas ladinos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) para entender las culturas indígenas y para respetar los sitios arqueológicos en lugar de convertirlos en espectáculos estridentes para turistas gringos. Durante el día, delante de los majestuosos edificios totonacas, quedan las cajas negras y los tendidos de cables eléctricos del show nocturno, afeando el paisaje.

Un motivo adicional para hablar ahora del Tajín es que tuvimos la oportunidad de estar en la Cumbre Tajín 2012, una iniciativa cultural gigantesca que se realiza desde hace 12 años en las fechas del equinoccio de primavera, en el Parque Takilhsukut, a apenas un kilómetro del sitio arqueológico. La Cumbre Tajín tiene el objetivo de preservar y dar a conocer la riqueza cultural de las tradiciones totonacas (los voladores de Papantla, las artesanía, los rituales, etc.), al mismo tiempo que lleva hasta ese rincón de Veracruz a artistas de todo el mundo para participar en conciertos nocturnos que atraen miles de personas de México y de otros países. Esta inmensa actividad cultural es el resultado del esfuerzo tesonero de Salomón Bazbaz Lapidus, un antropólogo que tiene que estar necesariamente un poco loco para llevar adelante semejante empresa. 

Durante los cinco días de la Cumbre Tajín, las horas diurnas están dedicadas a un millar actividades creativas: música, danza, pintura, culinaria, artesanía, filosofía, lenguas, etc. Más de cincuenta talleres funcionan en paralelo, donde los visitantes aprenden a hacer desde alebrijes y globos de cantoya, hasta perinolas de bellotas y papalotes, o participan en clases de tango, jazz y zapateado jarocho. 

La Aldea de la Paz, la Casa del Algodón, la Casa de las Danzas, la Casa del Reciclaje y la Palapa de Fuego, son algunos de los espacios que uno puede recorrer a lo largo del día. El enorme Parque Takilhsukut está dividido en “nichos” en alusión a la principal pirámide de El Tajín. 

En el centro, en la Plaza del Volador se pueden ver grupos de danzantes que llegan de diferentes lugares de México; en el Nicho de Aromas y Sabores se degusta comida veracruzana y de todo el país; en el Nicho de la Purificación se hacen ceremonias y terapias curativas, y en el enorme Nicho de la Música es donde en las noches se realizan los grandes conciertos, que este año incluyeron a los grupos mexicanos Café Tacvba y Caifanes, así como a los músicos internacionales Willy Chirino y Bjork, que estuvo a cargo de la clausura. En ediciones anteriores, se contó con Miguel Bosé, Lila Downs, Julieta Venegas, Calle 13, y muchos más.

El Tajín y su cumbre multicultural son experiencias que la memoria atesora.

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            Hay cierta gloria en no ser comprendidos. 
                                             -Baudelaire



11 abril 2012

Voladores de Papantla


Vestidos con sus mejores trajes de colores vivos, los cinco voladores totonacas suben hasta la parte más alta de un palo que puede tener entre 18 y 38 metros de altura. Una vez arriba, sobre una pequeña plataforma giratoria, se realiza un ritual, marcado por el sonido dulce de una flauta y un tambor que toca el caporal del grupo, en el centro, de pie sobre la punta del palo, mientras los otras cuatro están sentados en los puntos cardinales. Y luego se descuelgan atados de los pies imitando el vuelo de los pájaros, y giran 13 vueltas alrededor del palo (las 52 semanas del año) mientras las cuerdas se desenrollan hasta llegar al ras del suelo. Todo está calculado a la perfección, pero no es un espectáculo de maromas, no es un número circense de acrobacia, sino una tradición profundamente arraigada no solamente en la población totonaca de Veracruz, sino en muchas otras comunidades indígenas de México y de Centroamérica.

Tenemos la fortuna de ver a los voladores de Papantla todos los días desde el balcón del departamento, sobre el bosque de Chapultepec, cuando realizan una y otra vez el ritual frente al magnífico Museo Nacional de Antropología, pero la oportunidad de viajar -a fines de marzo pasado- a Papantla y a El Tajín, en Veracruz, nos permitió apreciar en toda su dimensión esta manifestación cultural excepcional. Vimos voladores adultos y voladores niños, quienes durante la Cumbre Tajín 2012 o en la propia entrada del parque arqueológico, mantienen la tradición fuertemente arraigada en sus comunidades.

El vuelo no es sino la culminación majestuosa de un ritual que tiene varias etapas. Además de la muy exigente preparación física y espiritual de los voladores, el ritual incluye el cosido y bordado de la vestimenta, que es enriquecida a medida que los voladores adquieren más experiencia. Así, un volador con más años de experiencia viste un traje con bordados más elaborados y más bellos.

El ritual, tal como se practicaba antiguamente, comienza en un bosque, donde se selecciona el árbol y se pide permiso al dios de la montaña para cortarlo. Hoy, sin embargo, en muchos casos se remplaza el tronco natural con un mástil metálico plantado en una base de cemento. Esta licencia que se explica por la dificultad de encontrar árboles de gran altura en una región que acaba aceleradamente con sus bosques, no ha modificado los aspectos rituales de la tradición.

Antes de encaramarse en el palo los voladores reciben la bendición de los ancianos, algo que realizan con mucha devoción porque no faltan cada año accidentes que dejan heridos de gravedad o muertos a algunos voladores. 

La Unesco inscribió en 2009 la ceremonia ritual de los voladores como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por tratarse de una danza asociada a la fertilidad, que expresa “el respeto profesado hacia la naturaleza y el universo espiritual, así como la armonía entre ambos”.

Según el documento que fue presentado a la Unesco, en la región totonaca de México hay más de 33 grupos registrados de voladores, además de tres asociaciones y tres escuelas de voladores para niños. En todo México se han identificado 56 troncos o mástiles metálicos, más de la mitad en territorio totonaca. Si bien es en Veracruz y concretamente en Papantla donde la tradición es más fuerte porque los totonacas han asumido la paternidad de la danza, hay otros grupos de voladores en las comunidades de teeneks en San Luis Potosí, entre los nahuas de Hidalgo, los ñanhús de Puebla, y más allá de las fronteras mexicanas, en algunas comunidades mayas kiché y kachiquel de Guatemala, e incluso entre los piples de Nicaragua, lo cual es una indicación de que esta práctica ritual tiene raíces muy antiguas en la región mesoamericana. 

El ritual se practica normalmente durante las fiestas patronales, en los equinoccios y solsticios, en las fiestas relacionadas con el día de los muertos, y en aquellas vinculadas a las siembra y a la cosecha.  Sin embargo, debido al interés de los visitantes, la parte final del ritual, el momento en que se descuelgan de los mástiles, suele presentarse como una exhibición separada del conjunto. El turismo puede ser depredador también en ese sentido, porque resquebraja las tradiciones, adaptándolas a los caprichos del consumo instantáneo. 

Como tantas otras tradiciones, la de los voladores corre el riesgo de perderse o de sufrir un proceso de erosión continuo, que acabaría por convertirla en una muestra folklórica congelada y si espíritu.

La poca atención que el gobierno mexicano le presta a las culturas indígenas no contribuye al mantenimiento y desarrollo de ellas, pero la inclusión de los voladores en la lista de patrimonio mundial intangible de la Unesco, así como iniciativas privadas como la Cumbre Tajín, dejan un margen de esperanza. 

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yapa: 

      La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida.           __  Octavio Paz