29 octubre 2011

Desde nuestros acentos


Armand Mattelart y Alfonso Gumucio
“Desde nuestros acentos” es una buena manera de nombrar el Encuentro de Radio Universitaria de Latinoamérica y el Caribe que tuvo lugar en Ciudad de México del 5 al 7 de octubre 2011, donde fui invitado para participar en la plenaria del primer día, en la mesa redonda “Función social de la radio universitaria”, junto a Armand Mattelart y a Manuel Alejandro Guerrero, de la Universidad Iberoamericana. Coincidimos los tres en que la radio universitaria no debe recluirse en el espacio académico, pues desde el momento en que es escuchada por una audiencia más amplia, puede contribuir en el desarrollo de una ciudadanía crítica y participativa.

La mesa fue moderada por Guillermo Gaviria, quien preside la Red de Radio Universitaria de Latinoamérica y elCaribe (RRULAC), organización que convocó al encuentro. Antes de comenzar el diálogo se proyectó en pantalla un saludo en video enviado por Federico Mayor Zaragoza, quien fuera Director de la Unesco entre 1987 y 1999, invitado también a la mesa redonda, aunque no pudo viajar a México. También Eduardo Galeano envió un mensaje, que en su habitual estilo dice: “Ojalá significa, en árabe, que Dios quiera. Ojalá que las radios universitarias se multipliquen en cantidad y en calidad en toda América Latina. Y si Dios no quiere, pues que se multipliquen también, aunque nada mal vendría esa ayuda desde el Más Allá a la difusión de estas voces necesarias en el Más Acá. Las radios universitarias son un producto de primera necesidad en países como los nuestros, donde los medios dominantes de comunicación usurpan el espacio público para vender automóviles o guerras, para mentir la realidad y para desalentar la esperanza”.  

Enrique Fernandez Fassnacht (UAM), Guillermo Gaviria (RRULAC), José Narro (UNAM), 
Katherine Grigsby (Unesco), José Morales Orozco (Universidad Iberoamericana)
La inauguración del evento contó excepcionalmente con la asistencia de los tres rectores de las universidades de Ciudad de México que cuentan con radios universitarias, José Narro de la UNAM, José Morales Orozco, rector de la Universidad Iberoamericana, Enrique Fernández Fassnacht, rector general de la Universidad Autónoma Metropolitana; además de Katherine Grigsby, directora de la Unesco en México, Guillermo Gaviria, presidente de RRULAC y  Wim Jansen, director del Departamento Latinoamericano de Radio Nederland (RNW).

El principal objetivo del evento era “analizar y proponer estrategias para reforzar la función social de la radio de las instituciones universitarias y de educación superior”, y para coadyuvarlo se diseñaron objetivos específicos, muy concretos, vinculados a realizar actividades de capacitación, estudios de audiencia, concursos para estimular la producción, encuentros entre guionistas y productores, alianzas internacionales, etc.

Radio UNAM transmitió en directo las sesiones plenarias de las mañanas, a un centenar de emisoras universitarias en América Latina y el caribe, que son parte de la red. Radio Nederland en castellano, que dirige José Zepeda, hizo lo propio en video y radio, a través de su centro de producción en Hilversum, Holanda.

El programa del evento de tres días consistió en conversatorios y mesas redondas en las sesiones plenarias de las mañanas, en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); y en la tardes, “Jornadas académicas”, “Sesiones de Trabajo” y “Talleres de Coproducción” en Radio UNAM y otras sedes universitarias de Ciudad de México.

Fue interesante la intervención en la última plenaria del evento, del escritor Antonio Skármeta, quien habló de su larga relación afectiva con la radio, desde que era niño, y su experiencia de adulto como productor del programa “El show de los libros”, donde trató de presentar la literatura mediante un formato de entretenimiento. El autor de Ardiente paciencia, que fue la base del film El cartero de Neruda, mostró su capacidad histriónica y su buen sentido del humor.

Octavio Getino, Michelle Mattelart, Alfonso Gumucio y Armand Mattelart
Como siempre, estos encuentros sirven para hacer nuevos amigos y para volver a encontrar a viejos conocidos. No había compartido una mesa redonda con Armand Mattelart desde que estuvimos juntos en La Habana, el año 1985, en un diálogo en el que también participaron Herbert Schiller, Octavio Getino, Luiz Fernando Santoro y Michelle Mattelart. Conservo una sola foto que alguien tomó de ese encuentro, aunque no aparecen sino unos cuantos de los mencionados.

Esta vez pasamos más tiempo con Armand, y al día siguiente de la clausura del evento visitamos dos museos de reciente creación: el Museo Soumaya con su magnífica colección de Rodin, Renoir, Dalí y tantos otros grandes artistas, y el Museo Memoria y Tolerancia cuya magnífica museografía permite apreciar los horrores de la intolerancia y de la discriminación, los genocidios del holocausto en Alemania, de Pol Pot en Camboya, de los militares guatemaltecos contra la población maya, o de tutsis contra hutus en Ruanda, entre otros que pertenecen a la galería de la vergüenza de nuestra humanidad.

“Desde nuestros acentos” queda como un primer intento de hacer de la radio universitaria una radio pública, que cumpla la función de estimular la participación en el debate sobre el presente y el futuro político y social de América Latina. 

21 octubre 2011

Movimientos y cambios sociales



Hace casi tres años mencioné aquí mismo la publicación en inglés del libro Civic Driven Change, editado por mis colegas Kees Biekart y Alan Fowler. Ahora contamos finalmente con la versión en castellano, El cambio dirigido por la acción cívica (2011), título no del todo afortunado, pero así sucede a veces con las traducciones de términos que son difíciles de traducir. 

No es fácil verter al castellano un concepto que en inglés suena tan certero, en parte porque “acción cívica” evoca la jerga que utilizaron en los años 1960 en América Latina algunos programas de desarrollo mediante los cuales las Fuerzas Armadas querían limpiar o mejorar su imagen. En cualquier caso, de lo que aquí se trata es de cambios sociales promovidos por movimientos de la sociedad civil. El libro analiza el poder de los ciudadanos en las transformaciones sociales, y revisa de manera crítica el papel que cumple la cooperación externa. 

El cambio dirigido por la acción cívica (285 páginas) fue traducido por Bertha Pancorvo y de Susana Ojeda, y publicado en la colección Antrazyt de Icaria Editorial, de Barcelona, especializada en ciencias sociales. Esta editorial independiente cuenta con un frondoso catálogo de 960 títulos, en 26 colecciones, de las cuales esta es la más nutrida. 

Alan Fowler y Kees Biekart
El libro es el resultado de un proceso de investigación y de diálogo intelectual que comenzó en 2007 con el apoyo de varias ONGs holandesas con amplia experiencia de trabajo en el tercer mundo, y con el auspicio del Institut of Social Studies (ISS) de La Haya, que entonces dirigía otro gran colega y amigo, Louk de la Rive Box. En mi caso, fui invitado para integrar el grupo de investigadores hacia el final, poco antes de que el libro entrara a imprenta. El culpable, a quien agradezco esa oportunidad, fue Alan Fowler, mi colega en el directorio internacional de PSO, quien me pidió el capítulo sobre comunicación para "ayer". En dos semanas se lo entregué, trabajando a todo vapor, y un mes más tarde ya estábamos presentando esta obra colectiva en La Haya. Recuerdo que Alan y Kees no aceptaron fácilmente el título de mi capítulo, “Six degrees and butterflies”, aparentemente aún más confuso en castellano, “Seis grados y mariposas”, pero como dicen ambos en el prólogo a la edición española “una pauta que siguieron los autores fue la producción de estudios que no pretendían ser excesivamente académicos, sino por el contrario buscaron redactar ensayos que se basaban en su compromiso personal con el tema”.

Reconozco que tengo debilidad por los títulos sugerentes, que a veces desconciertan, pero en este caso se explica en el contexto del artículo, al referir que en materia de comunicación para el cambio social, todo está vinculado y todo tiene algún impacto, como en la analogía poética del matemático y meteorólogo Edward Lorenz, padre de la teoría del caos, cuando se preguntaba si el aleteo de una mariposa en Brasil podía provocar un tornado en Tejas. 
Atardecer en Scheveningen: Biekart, Fowler, Gumucio
Lo de los “seis grados” de separación no se explica en el texto pero alude a la teoría bastante conocida de que el mundo es en realidad tan pequeño que todo individuo en la tierra está conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. El tema, claro, es descubrir esas conexiones; cómo saber que la persona que se sienta a mi lado en el tranvía en La Haya conoce a alguien en Ámsterdam que a su vez conoció en Londres a un indio que tiene un hermano en Bangalore que trabaja en nuevas tecnologías con un gringo de San Francisco que estudió en la Universidad de Stanford donde enseña mi primo Marcelo Gumucio que vive en Menlo Park y no tiene idea de todo esto. 

15 octubre 2011

Hablando de Roma


La comunicación para el desarrollo sigue haciendo camino desde hace medio siglo, y no es un camino fácil, a pesar de que su función en el desarrollo sostenible y en los procesos participativos está fuera de toda duda. Durante cinco décadas ha tenido que enfrentar la predilección de las agencias de cooperación por la visibilidad institucional, su debilidad por los medios de difusión masiva y su fascinación por los instrumentos que ofrecen las llamadas “nuevas tecnologías”.

La verdadera razón por la que el concepto es resistido por las burocracias institucionales, es porque alienta la participación en la toma de decisiones y la apropiación de los procesos de comunicación por parte de las comunidades. En otras palabras, es subversivo porque promueve la democracia en el ejercicio del poder, un poder que las burocracias no están dispuestas a compartir.

Luego de más de 60 años de desperdicio de los modelos desarrollistas, las grandes instituciones que han fracasado siguen formulando metas que no podrán alcanzar –por mucho dinero que inviertan- si no es con la participación de todos aquellos ciudadanos involucrados en los procesos de desarrollo. Y esa participación solamente es posible a través de la comunicación participativa, algo que las instituciones se niegan a reconocer, empeñadas como están en las campañas de información o, peor aún, en la propaganda institucional.

James Deane (BBC) y Mario Lubetkin (IPS)
De esto y mucho más se habló a mediados de septiembre en Roma, en la “Consulta de Expertos sobre Comunicación para el Desarrollo”, una reunión convocada por la FAO, con el propósito múltiple de revisar el marco conceptual de la comunicación para el desarrollo en nuestros días, particularmente en el sector del desarrollo rural, analizar los desafíos y las oportunidades para institucionalizar la disciplina en las agencias para el desarrollo rural y en los gobiernos nacionales, y conformar alianzas entre instituciones para poder avanzar en el tema.

Fue bueno que esto sucediera precisamente en Roma, y en la misma FAO, donde en 2006 nos reunimos más de mil delegados participantes en el Congreso Mundial de Comunicación para el Desarrollo (CMCD).

Equipo de coordinación de la Consulta de Expertos de la FAO
Esta vez, la FAO me pidió coordinar la consulta de expertos, para lo cual preparé un documento de antecedentes que presenté el primer día de la reunión, y al cabo de la consulta otro documento que fija la posición de los participantes y de la FAO, y recoge las recomendaciones principales. Estos documentos deberían servir a los propios encargados de comunicación para el desarrollo de la FAO, los colegas Mario Acunzo y Riccardo del Castello, a fortalecer su unidad en el interior de una institución que, lamentablemente, no ha sabido mantener el liderazgo que tuvo durante varias décadas en este tema.

Efectivamente, tanto la FAO como la Unesco fueron líderes en comunicación para el desarrollo durante las décadas de 1970 y 1980.  La Unesco produjo el Informe MacBride, Un solo mundo, voces múltiples, (que irritó tanto al gobierno de Estados Unidos que decidió dejar la organización), y la FAO bajo el liderazgo de Colin Fraser desarrolló una enorme capacidad de ejecución para demostrar que la comunicación para el desarrollo era indispensable en la perspectiva de un desarrollo sostenible y a largo plazo.

Esa conciencia –y quizás nostalgia- del pasado planeó inevitablemente sobre la Consulta de Expertos, más aún cuando los enfoques de moda impulsados desde el Banco Mundial hacen hincapié en las nuevas tecnologías antes que en el desarrollo humano, y algunas agencias del sistema adaptan su lenguaje a los nuevos tiempos, negociando los puntos más conflictivos de la agenda pendiente, como es el derecho a la comunicación. La FAO no está al margen de esas influencias, ahora disfrazadas con el discurso de “gestión de conocimiento” (que muchos confunden con diseminación de información) o con el sofisma “sistemas de innovación”, un pozo donde todo cabe con tal de revivir el desprestigiado extensionismo rural que Paulo Freire criticó acertadamente hace 40 años.

La ventaja de esta Consulta de Expertos es que además de algunos funcionarios con poca experiencia concreta en el terreno y poca capacidad para articular ideas, había también colegas con enorme capacidad de reflexión proveniente de su experiencia directa de muchos años de trabajo en comunicación para el desarrollo y el cambio social. Así, me dio gusto volver a coincidir con Bruce Girard, Ricardo Ramírez y Rafael Obregón, además de aquellos que desde el ámbito académico promueven la comunicación para el desarrollo, como Nabil Dajani en la American University de Beirut (Líbano), Helen Hambly en la Universidad de Guelph (Canadá) o Cleofé Torres en la Universidad de Filipinas en Los Baños. Las intervenciones de Silvia Balit, James Deane y Mario Lubetkin, con larga experiencia institucional (FAO, BBC e IPS respectivamente), enriquecieron sin duda el nivel de los intercambios. Aquí se pueden ver algunas fotos.

Ricardo Ramirez
Me llamó la atención, durante la reunión, la angustia que sienten algunos colegas de instituciones porque sus superiores o los donantes a los que quieren convencer sobre la utilidad de la comunicación para el desarrollo, “no entienden” lo que es. Estos colegas se colocan en una posición subalterna y se esfuerzan en encontrar un lenguaje “simple”, que les permita “vender” en “dos minutos” la comunicación para el desarrollo a aquellos importantísimos y muy ocupados burócratas que no están dispuestos a conceder sino una fracción de su precioso tiempo para que les expliquen, como a niños bobos, lo que es la comunicación para el desarrollo y el cambio social. 

Con dedicatoria para esos ejecutivos que apenas se dignan aparecer durante cinco minutos en nuestras reuniones sobre comunicación, Wendy Quarry y Ricardo Ramírez escribieron Communication for Another development: Listening before telling (2009), en el que explican de la manera más didáctica posible a tomadores de decisión, administradores y planificadores la importancia de la comunicación para un desarrollo con dimensión humana. Quarry y Ramírez no banalizan el lenguaje de la comunicación ni lo rebajan para explicar aquello que no es tan difícil de entender. 

Venus Jennings, de Unesco
Coincido plenamente con ellos en que no es necesario colocarse en una posición subalterna. Si algunos donantes o funcionarios que ocupan posiciones de privilegio no entienden los conceptos de diálogo, participación, comunicación horizontal, etc., no es porque sean tontos, sino porque no les interesa. De modo que aunque reduzcamos las descripciones y definiciones de comunicación para el desarrollo a lo más obvio y pedestre, a un par de frases destinadas a la “conversación en el ascensor”, no van a escuchar aquellos que no quieren escuchar. No hay peor sordo que el que no quiere oír... Lo cierto es que si una mujer analfabeta de la India o un campesino aymara del altiplano de Bolivia entienden perfectamente lo que es la comunicación para el desarrollo, no veo qué dificultad tendrían aquellos burócratas que, muy pagados de sí mismos, dicen que “no entienden” o que “no tienen tiempo”.


10 octubre 2011

Efraín Recinos (1928-2011)


Que acabe este año de una vez, ya no lo soporto, me duele. Uno tras otro, casi sin respiro, he ido perdiendo amigos cuya memoria me marca: el 30 de abril, en Panamá, murió Raúl Leis; en Havelock se extinguió Ted Córdova el 10 de mayo; el 13 de julio, en Quito se fue Nicole Adoum; el 22 de agosto, en Cochabamba, Raúl Lara; y en Puebla, el 10 de septiembre, Renato Prada Oropeza. Ahora me entero con una semana de retraso de la partida de Efraín Recinos, el domingo 2 de octubre, en Ciudad de Guatemala.  

Tengo tanto que decir sobre Efraín, que me cuesta decirlo, la emoción traba el tintero y la memoria hierve a borbotones. Las burbujas mezclan imágenes de los múltiples momentos que compartimos, ya sea en su estudio en el Teatro Nacional, en los paseos que hicimos para que lo filmara frente a sus esculturas y relieves regados por la ciudad, en el Conservatorio Nacional de Música, en la Biblioteca Nacional, o en casa con Mario Monteforte Toledo, su gran amigo. Aquí van, fragmentos.

Conservo varias horas de entrevistas que le hice en video a lo largo de cinco o seis años, con la intención de armar un documental sobre su vida y su obra. Ese proyecto se fue postergando por esa idea absurda de que la vida se estira a medida de que la vamos viviendo, con la peregrina esperanza de que durará mientras nos mantengamos activos. Es lo que creían Efraín Recinos y Mario Monteforte, cuando hasta el último día ponían a prueba su energía y su creatividad. Es lo que creemos todos.

Efraín tenía su taller -su nido más bien- en el Teatro Nacional, en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, que él mismo diseño como arquitecto e ingeniero, y cuya construcción vigiló día a día, pasando por infinidad de peripecias que me contó en detalle. Allí guardaba todo lo que era importante en su vida, desde los dibujos que hizo cuando niño, celosamente conservados por su padre, hasta los discos de música clásica que atesoraba.    

Cada vez que llegaba a visitarlo lo encontraba escuchando música, mientras trabajaba ya sea en el fondo del taller, donde tenía su caballete, el banquito manchado de pintura que le servía de paleta y las maquetas de sus obras; o en la parte de adelante, junto a la ventana, donde una amplia mesa soportaba sus apuntes, sus bocetos, y papeles de toda suerte cuyo orden solamente él conocía. Alguna vez le sugerí que permitiera que alguien lo ayudara a ordenar todos esos documentos, pero creo que la idea no le gustó.

Conocía mucho de música, al igual que Mario Monteforte, y sus gustos eran variados. Le gustaba, por ejemplo, George Antheil, el autor de “Le ballet mecanique” (que ahora vuelvo a escuchar para recordarlo) y de numerosas composiciones para cine. En uno de mis viajes me pidió que le trajera la autobiografía del compositor: “The bad boy of music”, que disfruté leyendo en el avión.

De una curiosidad desbordante, cada vez que pintaba a un personaje se tomaba el tiempo de investigar su historia, para entenderlo mejor. En una oportunidad me dijo que quería pintar a mujeres notables de la independencia de América Latina, y me pidió que en mi próximo viaje a Bolivia le trajera una biografía sobre la guerrillera Juana Azurduy de Padilla, y datos sobre la heroína colombiana Policarpa Salvarrieta, fusilada por los españoles en 1817. Cumplí con esos encargos alentado por el placer de verlo sonreír cuando recibiera la encomienda.

La galería de personajes que pintó para el Conservatorio Nacional de Música es digna de un capítulo especial. El día que lo filmé allí, rodeado de todos esos personajes, me explicó cuales habían sido los motivos para incluir a cada uno de ellos, incluso a algunos (o “alguna”, diremos), que ocupaba un lugar especial en su corazón.

A medida que pasaban y pesaban los años, permanecía más tiempo escribiendo o dibujando sobre la mesa junto a la ventana, y menos tiempo en el fondo del taller de pintura. Más de una vez lo encontraba dormitando, sentado, con el lápiz en la mano, y entonces cerraba la puerta con cuidado y me iba. Encorvado sobre un cuaderno, escribía con mano temblorosa, dibujando cada palabra, relatos o guiones para las películas que soñaba hacer, y que hizo, por ejemplo Los Visitantes, un film de animación donde incluyó a los personajes que más admiraba, desde Leonardo da Vinci –su referente más importante- y la Mona Lisa, hasta Marilyn Monroe y Grace Kelly, pasando por sus arquitectos predilectos, Mies van der Rohe y Le Corbusier.


Una mañana que lo visité en el Teatro Nacional me leyó partes del guión mientras me mostraba los dibujos de caracterización de cada personaje, y el vehículo que él había imaginado los transportaría por las calles de Ciudad de Guatemala. De eso se trataba la película, de mirar su país, que tanto le dolía, a través de los ojos de esos ilustres visitantes.

Sus gruesos anteojos quizás ya no le servían de mucho para ver de cerca, aunque todavía se aventuraba a manejar en las calles de Ciudad de Guatemala, en el auto rojo que le regaló Pepo Toledo, el sobrino de Mario Monteforte.

Entre 1971 y 1978, durante los años que duró la construcción del Teatro Nacional, Efraín tenía un escarabajo Volkswagen de esos que ya no se fabrican, que al final quedó estacionado frente al teatro mientras el tiempo daba cuenta con él y el metal adquiría color de esqueleto. Cuando en 2008 se concretaba el proyecto del parque escultórico que lleva su nombre, en Santo Domingo el Cerro, cerca de la salida de Antigua, Efraín tuvo la ingeniosa idea de convertir a su viejo automóvil en una escultura.  Le sentó encima una risueña y colorida guatemalita, el personaje que aparece en muchas de sus obras, y lo plantó en el parque como un caballo chúcaro que levanta las patas delanteras.  

Disfruté muchas veces del fino humor de Efraín, que solía por ejemplo contar La Caperucita Roja al revés, es decir, invirtiendo las sílabas de cada palabra, de modo que la historia era la de “Tacirupeca” y así sucesivamente. Se sabía el cuento entero al revés, y lo decía imitando las voces de la “tacirupeca” y del “bolo”, lo cual además de ingenio era una prueba adicional del privilegio de la memoria que lo caracterizaba.

Era vegetariano y tempranero, por lo que declinaba cortésmente las invitaciones a cenar, pero varias veces tuvimos la suerte de que nos visitara en la casa. Tener a Efraín Recinos y a Mario Monteforte juntos, era un regalo, por el ingenio de ambos y por la riqueza del diálogo que sostenían. 

En una de sus visitas, en junio del 2003 dejó su huella en un cuaderno: hizo un dibujo en el que aparezco con una cámara de cine. En otra oportunidad, en enero del 2004, estuvo en casa con otros artistas e intelectuales guatemaltecos cuando recibimos a Carlos D. Mesa, quien acababa de asumir la presidencia de Bolivia, y llegaba a Guatemala para asistir a la toma de posesión de Oscar Berger. 

Como todos los que lo conocieron, recordaré a Efraín con sus zapatos manchados de pintura, sus manos finas temblorosas y los chalecos que lucía. Alguna vez le pregunté cuantos chalecos tenía, y no supo decirme, eran tantos que no llevaba la cuenta. Recordaré sus "guatemalitas" de rostro amable y aquellas mujeres piernudas y sensuales que le gustaba pintar. Recordaré a Efraín en la colina sobre la que se asienta el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, su obra magna, los paseos que hacíamos entre los árboles de jacaranda, florecidos de intenso violeta, y el edificio en construcción de lo que iba a ser otro de sus sueños, el Museo de la Marimba.
   


03 octubre 2011

Fundación del horizonte


Una de las imágenes más bellas en La Habana es la caída del sol vista desde el malecón. Centenares de jóvenes se dan cita cada tarde en ese largo paseo frente al mar, para admirar el disco enrojecido del sol que se hunde en las aguas del horizonte.

Ese y otros horizontes son importantes para los cubanos, por ejemplo el horizonte del cine. Pocas veces he conocido a un pueblo tan motivado por la actividad cinematográfica, tan amante del cine.

Uno de los primeros decretos del gobierno de Fidel Castro al triunfo de la Revolución, en 1959, fue la creación del Instituto de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), que no solamente ha sido motor fundamental para alentar durante cinco décadas la producción de cine cubano, sino que ha apoyado a centenares de cineastas de toda la región para que puedan concluir sus películas, gracias al apoyo generoso del ICAIC y de otras instituciones dedicadas al cine.

Cuando en el mes de diciembre se realiza cada año el festival de cine, la ciudad entera se convierte en una pantalla cinematográfica, las salas de cine se llenan de gente, la actividad es incesante. El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana es una gran fiesta para los sentidos. Allí se puede ver lo mejor de la producción de cine en la región. De todos los festivales en los que participé, el 7º fue el mejor regalo, por la cantidad y calidad de películas y colegas que participaron, y por el ambiente extraordinario que vivimos. Allí se otorgó ex aequo el Gran Premio Coral a Frida-Naturaleza Viva de Paul Leduc (México) y a Tangos – El exilio de Gardel de Fernando Solanas (Argentina).

Eso fue en 1985, y tuve la suerte de estar en el Teatro Karl Marx la noche de clausura, el 15 de diciembre, cuando en un discurso de casi cinco horas Fidel mostró su conocimiento y su pasión por el cine, y anunció la creación de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños (EICTV) y de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL).

Quinta Santa Bárbara, sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano
La Quinta Santa Bárbara, sede de la Fundación, es un espacio emblemático por varias razones, entre ellas porque fue allí que Tomás Gutiérrez Alea, uno de los grandes del cine cubano, filmó “Los sobrevivientes”. En el acto de inauguración de esta sede, el 4 de diciembre de 1986, Gabriel García Márquez, Presidente de la Fundación, afirmó: “Pocas casas como esta podrían ser tan propicias para emprender desde ella nuestro objetivo final, que es nada menos que el de lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado. Y nadie podría condenarnos por la simpleza sino más bien por la desmesura de nuestros pasos iniciales…”.
La Fundación ha sido desmesurada durante los 25 años que han seguido a las palabras inaugurales de Gabo, y se ha convertido en un referente indispensable en el cine latinoamericano, la casa de todos los cineastas y estudiosos del cine de la región. Al ritmo de la dulce batuta de Alquimia Peña, los trabajadores de la Fundación hacen actos de magia cotidianos para mantener ese espacio lleno de actividad.  El centro de documentación es un ejemplo de ello, como lo es el Portal del Cine y el Audiovisual Latinoamericano y Caribeño y su boletín semanal.  Uno admira aún más la riqueza de contenido de este boletín cuando conoce las dificultades que enfrenta Cuba en materia de conectividad de internet.
Lola Calviño, Julio García Espinosa, Nora de Izcue, Fernando Birri,
Alfonso Gumucio, Alquimia Peña
Sin duda, la Fundación es uno de los cuatro pilares sobre los que se asienta el festival de cine, la gran fiesta del cine latinoamericano. Los otros tres pilares son el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), y la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) en San Antonio de los Baños.
De la Escuela Internacional de Cine se han graduado varias generaciones de cineastas latinoamericanos, pero también europeos, norteamericanos, africanos o asiáticos. Cinco lustros después de su creación, me dio mucho gusto retornar a la escuela a fines de julio pasado, para asistir a la graduación de la 20ª promoción de nuevos cineastas, y volver a encontrar a Fernando Birri, quien fuera el primer director, a Julio García Espinosa, a Orlando Senna, a Lola Calviño, y a otros grandes animadores de la escuela.

Cine comunitario en América Latina: grupo de investigadores
Pero el motivo principal de la visita a La Habana fue participar en una reunión de investigadores de cine, convocados por la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano para abordar un proyecto de investigación sobre el cine comunitario en América Latina y El Caribe, que recibió el apoyo del Fondo de la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de Expresiones Culturales de la Unesco. Por invitación de Alquimia Peña acepté coordinar al equipo de investigadores, en consulta también con Octavio Getino, que coordina a su vez investigaciones para el Observatorio del Cine y del Audiovisual Latinoamericano y Caribeño.
La investigación sobre cine comunitario cubrirá una selección de procesos participativos en el campo audiovisual, desde el año 2000, que se caracterizan por producciones y acciones lideradas por los propios sujetos comunitarios.  En otras palabras, nos concentraremos en los procesos de cine y video gestionados por la propias comunidades, incluyendo producciones de ficción, documentales, de animación, etc. Es una primera aproximación a un tema poco estudiado.

26 septiembre 2011

Renato Prada Oropeza


En 1969 fue el primer escritor boliviano que obtuvo el prestigioso Premio Casa de las Américas, por su novela Los fundadores de alba.  El libro ganó ese mismo año el Premio Nacional de Novela Erich Guttentag en Bolivia, consagrando a Renato Prada Oropeza como uno de los principales narradores de su generación.

Alejo Carpentier, el gran escritor cubano, dijo en nombre del jurado del Premio Casa de las Américas: “El jurado de novela hubo de considerar, este año, numerosas obras enviadas al concurso. Pronto, la atención de los jurados se fijó en el texto de Los fundadores del alba. Era evidente que en Los fundadores del alba un tema nuevo irrumpía en el epos de la novela latinoamericana: el tema de las guerrillas revolucionarias -en este caso, de las guerrillas bolivianas, dramáticamente actualizadas ante la expectación mundial, aunque en fecha todavía reciente, por el extraordinario documento histórico que es el Diario del comandante Ernesto Che Guevara. El propósito era interesante en extremo, aunque bien sabíamos que en literatura no bastan buenos propósitos para hacer obra buena. La lectura y relectura del manuscrito entero no tardó en convencernos, sin embargo, que nos hallábamos ante una obra de muy alta calidad, enriquecida por grandes aciertos de factura”.

Lo interesante es que Renato empezó a escribir la novela antes de que se supiera que el Ché estaba en la guerrilla boliviana.

Otro miembro del jurado, Mario Vargas Llosa, escribió: “Era fácil caer en la demagogia estilística y en el maniqueísmo al abordar un tema como el de las guerrillas, pero el autor, pienso, ha sorteado bien esas tentaciones, esforzándose por mostrar las motivaciones y convicciones íntimas de todos los personajes, de una manera objetiva y equilibrada”.

Si Renato hubiera empezado a publicar unos pocos años antes, sin duda hubiese sido considerado parte del “boom” de la literatura latinoamericana junto a los dos grandes autores citados anteriormente, y a muchos otros de esa generación.

De esa época, siento especial preferencia o debilidad por Ya nadie espera al hombre, que obtuvo en 1968 el Premio Nacional de Cuento Edmundo Camargo. Los cuentos de ese libro impactaron a mi generación. 

Lovaina, 1972
Lo que vino después es una carrera literaria y de investigación muy sólida que llevó a Renato Prada de Cochabamba a Roma (donde completó un doctorado en filosofía en 1972), de Italia a Lovaina (donde hizo un doctorado en lingüística en 1976), y de Bélgica a Xalapa, México, donde fue durante 35 años investigador y profesor en la Universidad Veracruzana y en la Universidad Autónoma de Puebla.  

Un itinerario de más de 40 años a través de 30 obras publicadas: 5 novelas, 8 libros de cuentos, 2 poemarios, 15 estudios sobre teoría literaria, además de muchos ensayos breves, cuentos dispersos en revistas y antologías, traducciones, ponencias y conferencias magistrales en evento, y guiones de cine para su hijo Fabrizio. La lista de premios y distinciones recibidas es también amplia. Todo eso está en su página web, desde donde nos mira fijamente a los ojos.

Alfonso Gumucio y Renato Prada, 1972

Para volver a encontrar el inicio de mi amistad con Renato tengo que perderme en el pasado, y sumar sin pudor unas cuatro décadas. Conservo unas fotos en blanco y negro que nos tomamos en su casa en Heverlee, en las afueras de Lovaina, Bélgica, cuando lo visité en noviembre de 1972. Las dedicatorias que conservo en sus libros son testimonio de otros encuentros en otras latitudes.

En mi primer libro, Provocaciones (1977) incluí una conversación en la que Renato habló de su temprana vocación literaria: “Había leído más de diez veces Martín Fierro, y era el libro que me gustaba más. Impresionado por la novela fácil de Hugo Wast, por ejemplo Miriam la conspiradora, empecé a escribir una novela. Creo que llegué a las cien páginas, pero lamentablemente no se concretó; seguramente no tenía ningún valor literario, pero por lo menos un valor sentimental para mí. Esto pasó cuando tenía aproximadamente doce o trece años, lo recuerdo bien porque escribí durante toda una vacación de invierno y pensaba terminar la novela para la vacación final, pero se me olvidó como tantos otros proyectos.”

Se refirió también a la presencia permanente de la muerte en su narrativa: “Es un denominador común en casi toda mi obra porque pienso que la muerte es una constante del hombre. Si hablo en este instante es porque defiendo una actitud de cara a la muerte. En cuanto a las otras preocupaciones, son las que nos distraen de la idea de la muerte, que es la esencial. No quiero decir que debamos andar vestidos de negro pensando en que la vida ya no tiene solución, sino que lo importante es jugar el juego de la vida con sus limitaciones, luchando por el ordenamiento de la sociedad, la justicia social radical, etc. Una forma de luchar contra esta amenaza individual que es la muerte es unirse en sociedad.”

Renato Prada en Xalapa, Veracruz, en 1982
Cuando le pregunté cómo quería que su obra fuera valorada expresó: “Yo quisiera que mi aporte, al lado del de otros escritores, fuera fundar una narrativa boliviana con caracteres universales, a partir de una temática nacional, pero con un lenguaje que sea comprensible a cualquier hombre.”

Diez años después de aquellas fotos borrosas de Lovaina, en 1982, fotografié de nuevo a Renato en Xalapa, México, y una de esas fotos mexicanas fue la que escogí para incluirlo en la serie de 50 retratos de escritores, artistas y políticos que exhibí en La Paz y Cochabamba el año 1990, con el título “Retrato Hablado”.

Renato Prada Oropeza en la UNAM, México, en 2009
Tantas idas y venidas, como dice la cueca, y volvimos a coincidir en México en 2009. En ocasión de una conferencia que dio en la Universidad Nacional Autónoma de México, lo fotografié esta vez con el telón de fondo del edificio de la biblioteca de la UNAM, completamente cubierta por un mural en mosaico de Juan O’Gorman.

El 30 de junio vino a casa y su visita quedó plasmada en una foto delante de un cuadro de Raúl Lara, (quien falleció hace pocas semanas). Ese día nos dejó una nota hermosa, unos versos: “Los dedos de la lluvia / –inocentes y tiernos- / tamborilean en los cristales / en la amplia y acogedora sala / desde el marco de un cuadro / nos escruta el rostro severo de Van Gogh / la ternura de Katy / la siempre fiel amistad de Moro / todo me cobija con el nido de la amistad / Esa escena con cuatro actores / quedará en mi memoria / como un tiempo que vence / al tiempo”. 

Renato hizo la mayor parte de su vida literaria y académica fuera de Bolivia, como les ha tocado a otros escritores bolivianos que han encontrado fuera del país las oportunidades de investigar, escribir y publicar que nunca tuvieron en Bolivia. Nuestro país no es generoso con la cultura y el arte, y no es agradecido con sus grandes artistas e intelectuales. Tantos son los que de haber tomado la decisión de dejar el país, se hubieran salvado del olvido. 

Todo Lo anterior importa porque Renato Prada Oropeza, amante de la literatura y del cine, amigo entrañable, nos ha dejado. Murió en Puebla, México, el viernes 10 de septiembre, rodeado por Elda, su esposa durante 45 años, y sus hijos Ingmar el científico, Fabrizio el cineasta e Ixchel la artista creativa, quien llegó urgentemente desde Londres. Apenas sintió su mano, Renato supo que estaba completo, dejó rodar una lágrima y se fue en paz.



18 septiembre 2011

Petite planète y Simone Lacouture


A principios de 1981, treinta años atrás, fue publicado en Francia mi libro Bolivie cuyas pruebas de página había corregido en septiembre de 1980 en condiciones estimulantes en algún sentido y deprimentes en otro, ya que me encontraba como asilado político en la residencia de la Embajada de México, en la calle 5 de Obrajes, en La Paz, luego de haber pasado un par de semanas en la clandestinidad a raíz del golpe militar del General de Caballería Luis García Meza. Pero no es el episodio político que quiero recordar ahora, sino la pequeña historia del pequeño libro publicado en la colección “Petite Planète » (Pequeño Planeta) de la editorial francesa Le Seuil. 

De cómo llegué a publicar en esa colección tiene su propia historia detrás de bastidores, porque yo no era más que un estudiante de cine en el IDHEC (Instituto de Altos Estudios de Cinematografía), por entonces la principal escuela de cine de Europa, y como escritor solamente había publicado en Bolivia dos libros de poemas (Antología del asco y Razones técnicas), uno de conversaciones con escritores (Provocaciones), unos cuentos en un libro colectivo (Seis nuevos narradores bolivianos) y un ensayo sobre cine latinoamericano (Cine, censura y exilio en America Latina) resultado de un breve periodo de clases que impartí en la Universidad Mayor de San Andrés. 

Los libros mencionados salieron antes que Bolivie en Francia, es decir, antes de 1981, pero cuando yo logré el contrato con Le Seuil en 1977, tenía 26 años y no había publicado ninguno. Era nada más un aprendiz de brujo, con más entusiasmo que otra cosa. 

Me gustó tanto la colección “Petite Planète” cuando la vi en librerías, que me propuse escribir el libro sobre Bolivia. Cada uno de esos volúmenes de menos de 200 páginas era una deliciosa introducción al país del que se ocupaba. El texto era conciso, fácil de leer, y llevaba ilustraciones en casi todas las páginas.  Hoy es común encontrar ese diálogo visual entre texto e imágenes a todo color en colecciones tan bellas como las que publica “La Découverte” en Francia, pero en esa época “Petite Planète” estaba en la vanguardia. 

La directora de la colección era Simone Lacouture, autora, además, del libro sobre Egipto, país que conocía muy bien. Simone no era tan conocida entonces –ni ahora- como su marido, Jean Lacouture, biógrafo de personalidades como De Gaulle, Nasser, Blum, Mauriac, Montesquieu, Stendhal y Malraux, entre otros, que se suman a medio centenar de libros fundamentales sobre los países árabes y sobre la política francesa. 

Para conseguir una primera cita con Simone, acudí a mi buen amigo Pierre Kalfon, que había escrito el tomo sobre Argentina, donde fue corresponsal de “Le Monde” durante varios años. Pierre escribió un libro lleno de humor y a la vez agudo, capaz de capturar la esencia de Argentina y de los argentinos. Él le pidió a Simone que me recibiera, y lo primero que ella me dijo es que el libro de Pierre sobre Argentina era un modelo para ella: “Es el mejor de toda la colección”, afirmó. 

Pero inmediatamente después me bajó los ánimos cuando me dijo: “Pero usted no puede ser autor de esta colección, por dos razones: la principal es que usted es boliviano, y hemos evitado que los autores escriban sobre sus propios países, preferimos una mirada desde afuera, menos subjetiva. Y segundo, la lengua francesa no es su lengua materna, de modo que no podría usted escribir el libro en francés”. 

En los dos puntos tenía razón. Mi francés era aún precario cuando conversamos por primera vez a mediados de 1975, y con mi nacionalidad no había mucho que hacer, estaba en mis genes. Pero entonces mi determinación me llevó a hacerle una propuesta. Le dije que iba a escribir 2 o 3 capítulos del libro, sin compromiso editorial alguno, y que se los iba a presentar en francés en un par meses, después del verano. Aceptó la idea insistiendo en que no comprometía para nada a la editorial "Le Seuil", una de las más importantes en ese momento. 

Un tiempo después le presenté los capítulos.  Me había entusiasmado escribirlos, y lo hice de un tirón, seleccionando al mismo tiempo las ilustraciones (por ejemplo, dibujos que le pedí especialmente a mi amigo Luis Zilveti). Aunque escribí algunas partes directamente en francés, especialmente los títulos de los capítulos y algunas expresiones, me ayudó en la traducción definitiva mi amiga Monique Roumette, profesora de castellano que maneja ambos idiomas sin la menor dificultad. 

Luego de leerlos, Simone Lacouture puso el contrato frente a mi.  Le había gustado el texto sobre todo porque se podía leer como si fuera una narración cinematográfica. Estaba muy contenta con el resultado. De ese modo me convertí en el único autor -de toda la colección de más de un centenar de libros- que escribió sobre su propio país. Y el libro se publicó con el número 63 en la colección, en un primer tiraje de 30 mil ejemplares, que para la época era mucho. Como tapa utilizaron una foto de Alain Mesili, otro amigo. Resta decir que es el único libro con el que he ganado algo de dinero. Todo lo demás ha sido amor al arte. 

Lo anterior viene a cuento no solamente porque se han cumplido ahora 30 años de la publicación del libro, hoy agotado y jamás publicado en castellano, sino porque estuve en París hace dos semanas, visité a mi amigo Pierre Kalfon, y durante la conversación salió el nombre de Simone Lacouture. “Acaba de morir hace unas semanas, en julio”, me dijo Pierre, y otra vez sentí, como tantas otras veces este año, que una parte de mi propia historia se había muerto. 

“Murió tranquila –añadió Pierre- puso música de Mozart y se fue a su cama a dormir. Y ya no despertó más”. 


06 septiembre 2011

Los 100 de Mario Monteforte


Fui muy cercano a Mario Monteforte Toledo durante los años finales de su vida, y este 15 de septiembre en que celebraría su cumpleaños número 100, quiero recordarlo.

Mario fue uno de los grandes de la literatura de Guatemala, junto a Miguel Ángel Asturias (el del Premio Nóbel), a Tito Monterroso (el del dinosaurio) y a Luis Cardoza y Aragón (el de "la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre"). Ellos eran los cuatro mosqueteros de una generación fundamental de las letras de Guatemala. Los cuatro vivieron una parte importante de sus vidas fuera de su país; Asturias entre Francia, Argentina y otros destinos diplomáticos, mientras Monterroso, Cardoza y Aragón y Monteforte desarrollaron gran parte de su obra en México. Solo Mario regresó a Guatemala luego de los años de exilio, y allí murió el 4 de septiembre del 2003, pocos días antes de cumplir 92 años.
Monteforte estuvo de paso por La Paz, Bolivia, el año 1971, para pedir al gobierno del General Juan José Torres la liberación de Regis Debray. Por entonces yo era un incipiente periodista que escribía en “El Nacional”, el diario del gobierno. Lo entrevisté en el Hotel Sucre, en la Avenida 16 de Julio (el Prado); nos sentamos a conversar sobre su obra que yo no conocía porque era imposible conseguir sus libros en Bolivia. Para entonces ya había publicado novelas tan importantes como Anaité (1948), Entre la piedra y la cruz (1948), Donde acaban los caminos (1952), Una manera de morir (1958), y Llegaron del mar (1966).  
Quién iba a pensar, cuando lo entrevisté en La Paz, que seríamos amigos 30 años después. Por esas vueltas que da la vida, me tocó aterrizar en Guatemala a fines de 1997 y tropezarme con él en una recepción de esas que celebraban el retorno del país a la vida democrática, en las que participaban lado a lado autoridades del gobierno y exguerrilleros como Rolando Morán (Ricardo Ramírez de León) a quien conocí en esa misma ocasión. Allí reanudé la relación con Mario y se inició una amistad que solamente quedó interrumpida con su muerte.

Sobre todo durante los dos años últimos de su vida, vi a Mario con frecuencia. Lo visitaba en su casa o él venía a la nuestra (alguna vez con Maco Quiroa, otras con Efraín Recinos, Alan Mills, y otros), o salíamos al cine o a pasear. Caminaba sobre sus queridos zapatos Clarks, ingleses, envejecidos pero cómodos, no los cambiaba por otros. En el cine protestábamos al unísono por el comportamiento poco civilizado de la audiencia, incapaz de mantener silencio para ver una película.  Mario decía que la burguesía guatemalteca de antes, en los años cuarenta, era por lo menos culta, leía mucho, sabía de música, de teatro: “La de hoy es de una ignorancia lamentable, mucho dinero y muy poco en la cabeza”.

El cine le encantaba, y no solamente verlo. Pocas veces lo vi tan entusiasmado como cuando se hizo la película basada en su novela y guión Donde acaban los caminos. Lo acompañé varias veces a Antigua para asistir a la filmación, que dirigía el mexicano Carlos García Agraz. No quería perderse nada, se involucró tanto, que en los créditos aparece como Productor Ejecutivo.  

Solía acompañar a Mario a montar caballo, una de sus pasiones. Esperado era el nombre que le había puesto a su caballo andaluz de pelaje blanco. ¿Qué habrá pasado con Esperado? Mario lo acariciaba, le llevaba zanahorias y dulces para consentirlo. En mis viajes yo sabía lo que debía traer de regalo para Mario: dulces típicos de los países que visitaba.  Cuando traje de Camboya unos pedazos de chancaca (piloncillo o panela), los recibió alborozado: “Está muy rico, no sé si va a quedar algo para Esperado”, me dijo.

En su departamento sosteníamos largas conversaciones en las que a mi me interesaba más escuchar que hablar. Sacaba una botella de tequila Don Julio (que acabó regalándome) o un té especial que guardaba celosamente. Me mostraba su colección de dagas o los cuadros que empezó a pintar en la última etapa, o mencionaba los tiempos en que fue campeón de esgrima. Yo escuchaba, lo grababa y filmaba cuando me lo permitía. Y cuando no lo grababa, al regresar a casa escribía una síntesis de lo que me había contado. La vida de Mario era fascinante, porque la literatura no era sino una de sus facetas.

Sociólogo y abogado de profesión, tuvo una intensa vida política desde 1944. Como militante destacado del Partido Unificado de la Revolución, fue elegido diputado en 1944 tras el derrocamiento del dictador Jorge Ubico. En 1946 fue nombrado embajador de Guatemala en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y, dos años después, accedió a la vicepresidencia de la República, durante el gobierno de Juan José Arévalo. También desempeñó la presidencia del Congreso Nacional. 

El escritor Gore Vidal visitó Guatemala en esa época y Mario lo acogió.  Años después Vidal escribiría que Monteforte Toledo era en esa época” la persona más interesante dentro y fuera de Guatemala”. 

En 1956, poco antes de la llegada al poder del General Castillo Armas gracias a un golpe militar fraguado por la CIA, Monteforte se fue a México. No estaba de acuerdo con la manera como Jacobo Arbenz había llegado a la presidencia, rodeado por un grupo “de pícaros”.  

Durante una larga estancia en Ecuador construyó una amistad entrañable con Guayasamín (quien pintó su retrato) y con los Adoum (Jorgenrique, Nicole, Alejandra). A la muerte de Mario, Jorgenrique escribió: “No sé a quien darle el pésame, como no fuera a mi mismo”. 

Estuvo 35 años exiliado. Dio clases en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), publicó numerosos libros y escribió regularmente durante 16 años en la revista “Siempre”. 

Al regresar a Guatemala, no dudó en dar el salto de la máquina de escribir a la computadora, lo cual a su edad era un gesto de audacia. Decía: “Odio y amo la computadora, pero me sirve”.  Me llamaba por teléfono con voz de urgencia: “Se me ha borrado todo el artículo que estaba escribiendo para El Periódico, ¿qué hago ahora?”. Le explicaba que si no apretó la tecla “delete”, no había perdido nada.  Bastaba que mantuviera la computadora encendida hasta que yo llegara a su casa para resolver el problema.

Entre las muchas virtudes y habilidades de Mario, me maravillaba su dicción en inglés, perfecta, con un acento británico impecable. Era una delicia escucharlo repetir de memoria el soliloquio de Hamlet: “To be or not to be”, tanto que alguna vez le pedí que lo dijera frente a mi cámara de video.  

Su conocimiento profundo de las lenguas le permitía traducir tanto a Pessoa como a Joyce. Como recuerda Jorgenrique Adoum: “Una muestra insólita de su talento literario fue el artículo ‘Finnegans Wake: Presentación y algunas páginas’, publicado en La cultura en México, suplemento de Siempre: se trata de nueve cuartillas de su traducción de la obra de Joyce. Leerla es una hazaña casi igual a la de escribirla: publicada en 1939, Finnegans Wake es una «estela funeraria bajo la cual se han abandonado a la putrefacción los restos de toda la literatura anterior». Pero Mario, ‘con optimismo de boy-scout’, creía, como Poe, que todo lo que ha sido creado por la mente del hombre puede ser comprendido por la mente del hombre”.  




















Como toda memoria, la mía sobre Mario Monteforte está hecha de muchos fragmentos de conversaciones, textos, anécdotas e imágenes. De todas las fotos que atestiguan los momentos que pasamos en compañía de Mario, hay una por la que tengo especial predilección. En ella aparece también Efraín Recinos, el gran artista guatemalteco, uno de sus amigos más queridos. Esa foto me gusta porque Mario y Efraín, a pesar de la diferencia de edad, fueron los mejores amigos que tuve en Guatemala. Ambos estaban más allá del bien y del mal, por encima de las pequeñeces cotidianas típicas de un pueblo chico que no ve más allá de sus fronteras. Un hábil artesano de Antigua hizo a partir de la foto una escultura en cerámica, que conservo como uno de mis bienes más preciados.