28 mayo 2019

Ciudad colapsada

Deslizamiento en Llojeta 
Sucedió de nuevo en La Paz: otro deslizamiento se llevó al barranco 68 viviendas, afectó otro centenar y dejó a la intemperie a 188 familias. 

Inmediatamente se hicieron trabajos de estabilización y recuperación con el concurso de instituciones del Estado (Defensa Civil, Alcaldía de La Paz, etc.) y de nuevo despertó  la solidaridad de la población, siempre generosa para atender a las víctimas, aunque sean avasalladores. Los jóvenes, sensibles al maltrato de animales domésticos, se organizaron para rescatar mascotas y acogerlas. 

Ya hemos vivido otras veces este escenario y ocurrirá de nuevo, como una crónica de desastres anunciados. ¿Queremos seguir viviendo así, en una ciudad siempre al borde del colapso? ¿Por qué no entendemos de una vez por todas que la ciudad ya no aguanta más? 

La Paz ya no soporta más peso encima. Ya no soporta más edificios. Ya no soporta más presión sobre el abastecimiento de agua. Ya no soporta más basura.  Ya no soporta más tráfico vehicular. Ya no soporta más ruido. Ya no soporta más marañas de cables. Ya no soporta más habitantes. 

Lo sucedido en Llojeta debería servir para revisar las normas y cómo se aplican. Sólo 15 viviendas tenían catastro y 41 estaban fuera de planimetría. El desastre natural debería hacer que la Alcaldía de La Paz se ponga los pantalones de una vez y apruebe un estricto reglamento de uso de suelos que no admita trampas ni excepciones, que castigue la corrupción drásticamente y establezca la fiscalización de oficio en toda La Paz. La ciudad está asentada sobre más de 350 ríos. Ese dato por sí solo indica que es una bomba de tiempo. Ya no es sensato seguir autorizando edificios cuyo peso puede desmoronar zonas enteras. 

Pareciera que no se aprende de las lecciones tan duras que nos da la topografía. Meses atrás la Alcaldía tuvo que invertir sus propios recursos (los nuestros) para reparar el daño ocasionado en la calle 5 de Obrajes debido a construcciones de edificios que no respetaron las normas (pero tenían en regla sus “autorizaciones”). Como resultado, se hundieron varias casas, entre ellas la hermosa residencia de la Embajada británica. Sucedió lo mismo en la calle 17, cuando la construcción del Edificio Mario Mercado afectó la residencia de la Embajada de Francia. 

No se trata de echar culpas a la actual gestión municipal, porque estas prácticas depredadoras de la ciudad vienen de mucho antes, a pesar del estudio de suelos muy completo que se hizo en la gestión de Ronald MacLean Abaroa. Este es el momento de exigir respuesta a preguntas que valen tanto para Llojeta como para cualquier otro lugar de la ciudad: 

1. ¿En qué momento los terrenos municipales pasan a manos privadas? 
2. ¿Por qué no se castiga a avasalladores que consiguen documentos truchos de propiedad?
3. ¿Por qué se autoriza construcciones en suelos clasificados como deleznables y de riesgo? 
4. ¿Por qué no se verifica la planimetría y se sanciona las irregularidades? 
5. ¿Por qué no se fiscaliza de oficio (antes de los desastres) el uso de suelos? 
6. ¿Por qué la Alcaldía provee de calles y servicios a barrios construidos ilegalmente? 

Da ira que los gobiernos municipales no actúen con vigor para prohibir drásticamente asentamientos en zonas de riesgo. Me subleva que sigan otorgando autorizaciones “excepcionales” contra las normas, o modificando las normas para beneficiar a los especuladores de la construcción que blanquean dinero en efectivo proveniente del narco y del contrabando. 

Durante el feriado de Semana Santa, Pablo Solón denunció, con fotos, que maquinaria pasada estaba aplanando cerros y haciendo movimiento de tierras en la parte alta de Sopocachi. La Alcaldía “notificó” y ordenó parar los trabajos, como siempre hace, pero luego no pasa nada y los avasalladores siguen provocando desastres, derribando árboles y aplanando terrenos. 

Construcciones que no respetan normas
Las denuncias a la Alcaldía no sirven para un carajo (para decirlo científicamente). Siete meses tardaron en responder a una demanda de los vecinos de la calle 10 de Calacoto por construcciones fuera de norma. Y cuando lo hicieron, resulta que los perpetradores tenían autorizaciones de la misma Alcaldía para construir más pisos, para no respetar el retiro, el número de parqueos y otras normas. 

Esta suerte de complicidad con loteadores y especuladores de la burbuja inmobiliaria terminará por destruir nuestra frágil ciudad aunque sigan pintando graditas y adornando parques. 

(Publicado en Página Siete el 4 de mayo 2019) 
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La ciudad se está desmoronando, no puede durar mucho más; 
su tiempo ha pasado. Es demasiado vieja... 
—Le Corbusier 

24 mayo 2019

No estaba muerta

Murales de Solon Romero y Alandia Pantoja
en el Monumento a la Revolución
 La ciudad no estaba muerta, andaba de parranda… cultural.

Los ciudadanos se volcaron a las calles y plazas y ocuparon el espacio público como si fuera suyo, porque la verdad es que aunque es suyo, se lo han arrebatado. Esa noche tan especial, se apropiaron de las calles ávidos de satisfacer la dieta cultural (y también alimenticia) que despierta su imaginario de colectivo ciudadano. Hay algo mágico en la Larga Noche de Museos (la primera tuvo lugar en Berlín en 1997), un evento mundial que con el paso de los años ha ido creciendo como para demostrar que los ciudadanos quieren más oportunidades para hacer suya la ciudad, para desplazar por unas horas la carga negativa de la política y su coyuntura perversa, y la frustración del medio ambiente enrarecido en el sentido a la vez literal y metafórico.


Carrera de Artes en la UMSA
En La Paz se respira poco oxígeno, hace frío y es habitualmente una ciudad aburrida, replegada sobre sí misma y vacía a partir de las 9 de la noche. Ir al teatro al cine de noche es un calvario. Hay vida nocturna, pero no se caracteriza precisamente por su esplendor. No faltan "artilleros" que se alcoholizan hasta quedar tirados como bultos, y grupos jóvenes que reciben y ejercen presión de pares para auto-convencerse de que se divierten y de que la pasan bien recogiéndose en la madrugada con pasos tambaleantes y tufo de “pucha, otra vez se me fue la mano”, mientras sus padres y madres (los que ejercen como tales), no duermen hasta no recibir el mensaje esperado: “ya estoy regresando a la casa”. 

Ramiro Soriano y el coro de la Universidad Católica
No, nada que ver con esas noches ófricas y frívolas.  La noche del 18 de mayo fue diferente. La convocatoria lanzada por el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz ofrecía 200 espacios abiertos a la curiosidad de los paceños. Algo similar pasaba en otras ciudades de Bolivia y del mundo.

Los museos siempre están allí, no se mueven, pero en la Larga Noche de Museos hay oportunidad de ver cosas que habitualmente están cerradas al público. Si bien muchos de los museos ofrecen más de lo mismo (pero gratis), hay otros espacios cuya oferta es irresistible. Por ejemplo, quien no quiere conocer la “segunda entrada” lateral del emblemático Teatro Municipal, la puerta “solo para locos” que lleva detrás de bastidores para conocer los secretos de la maquinaria que se esconde detrás del escenario.

Museo de Rosita Ríos en la Calle Jaén
Cerca de allí, la empedrada Calle Jaén, el reducto más antiguo de la ciudad, que ha conservado parte de sus encantos coloniales para beneplácito de los turistas. Esta estrecha vía bullía de gente por razones comprensibles: en una sola estrecha cuadra empedrada hay una decena de museos históricos y galerías de arte. Yo solo quería conocer el más nuevo de todos: el Museo de Rosita Ríos, donde la actriz fallecida un año atrás tenía su tienda de golosinas y abarrotes. En la puerta de su tienda tuvimos algunas veces breves pláticas cuando yo regresaba de dar mis clases en la Escuela Andina de Cinematografía en el Parque Riosinho. Sin embargo,  imposible entrar ahora al Museo de Rosita Ríos: la fila se extendía hasta el final de la cuadra y avanzaba muy lentamente. Para compensar hice escala un poco más abajo en la galería Jiwitaki Art de Edgar Arandia, donde saludé a este y otros amigos artistas, músicos y escritores: Fabricio Lara, César Junaro, Jaime Nisttahuz.

Anticuchos: de todo coazón 
Toda la calle Indaburo entre la Pichincha y la Genaro Sanjinés estaba ocupada por una fila de anticucheras que ofrecían ese emblemático ensartado de corazón y papa a la parrilla, cada una con su salsa secreta que hace la diferencia. Tuve que pasar rápido para que el olor a tentación no retrasara mi itinerario planeado.

La fila era de tres cuadras para visitar la sede de la Gran Logia de Bolivia, la sociedad secreta abría por primera vez sus puertas a la población. Yo estaba más interesado en el Museo de la Policía, cerca de allí, que siempre está cerrado por falta de personal, pero encontré otra larga fila que me disuadió.  Quedé con las ganas y el recuerdo de alguna vez que lo visité décadas atrás en la Plaza Murillo y descubrí lo que hasta entonces formaba parte de un mito (o yo creía que lo era), la camisa que Melgarejo hizo fusilar mientras afirmaba con su vehemencia habitual: “confianza ni en mi camisa”. La camisa baleada existe, y pocos lo saben.

En resumidas cuentas no pude visitar ni el Museo de Rosita Ríos, ni la entrada “para locos” del Teatro Municipal, ni el Museo de la Policía, que eran mis tres escalas programadas en el centro histórico de la ciudad, pero disfruté el ambiente que se vivía y resbalé en un par de lugares que no había incluido en mi agenda: el Hotel Torino, uno de los más antiguos de la ciudad, abierto de par en par con remembranzas de La Paz de antaño, y en una tónica similar la muy antigua Foto Gismondi, aunque en este evento fue la excepción por su propósito comercial y un letrero anacrónico: “Prohibido tomar fotos”, qué vergüenza.

Interminables filas de gente le daban varias vueltas a la Plaza Murillo y a las calles aledañas para visitar el emblemático Palacio Quemado que fue la sede del gobierno hasta que la megalomanía de Evo Morales hizo construir en 2018 su espantoso adefesio personal de 28 pisos detrás del histórico palacio inaugurado por el Presidente Isidoro Belzu en 1853. Las filas eran largas para uno como para el otro, pues hay quienes están motivados por su interés en la historia y otros por la novedad kitsch mussoliniana (cuyos arquitectos no hacen ningún alarde de su obra, es más, sus nombres son casi un secreto).

Hotel Torino
El Parque Riosinho, la Plaza Murillo, el Prado, el atrio de San Francisco, la Plaza Abaroa, la Plaza España y otros espacios abiertos estaban literalmente tomados por la gente: familias enteras, abuelos, hijos y nietos, grupos de jóvenes, parejas de enamorados. Nunca vi la ciudad tan llena, y es que mucha gente llegó también de El Alto para participar en el festejo cultural. En cada una de esas plazas había presentaciones de grupos de música, proyecciones de películas, artistas que pintaban en público, y por supuesto puestos de comida.

Un aspecto que me parece digno de atención es la participación en la Larga Noche de Museos de la “nueva ola” de cafés con vocación cultural.  Se sumaron al evento por derecho propio ya que en sus actividades regulares ofrecen actividades culturales: música en vivo, proyecciones de películas, exposiciones de arte, etc. Es un fenómeno relativamente nuevo que incluye espacios tan interesantes como Thelonius, Typica, Wayruru, Equinoccio, Ciclick, Magik, Retrato, Sultana, entre otros. Los café-cultura no eran tan frecuentes en La Paz como en otras ciudades de América Latina.


Las Flaviadas
Y mientras enfilaba mis pasos por la Avenida Ecuador hacia la Casa de las Flaviadas y la Fundación Solón Romero, el reloj me decía que se acercaban las 12 campanadas que ponen fin a la Larga Noche de los Museos. No es tan “larga” finalmente: es imposible ver un 5% de la oferta, y menos aún si en alguna de las estaciones de la vía cultural hay que hacer fila media hora o más. Por eso en alguna ciudades de Europa se conoce como la Noche Blanca, y las actividades duran, así, hasta el amanecer. 

En síntesis, una experiencia estimulante por su carácter colectivo, por la recuperación del espacio público urbano, y por la posibilidad que ofrece de descubrir algunas instituciones culturales que en lo cotidiano un tanto esquizofrénico de esta ciudad, no son sino puertas cerradas durante todo el año.
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La noche tiene mil ojos, el día uno sólo.
--Francis William Bourdillon


16 mayo 2019

Todo cine es político

Sergio Zapata, Alfonso Gumucio Dagron, Santiago Espinoza y Andrés Laguna

Del 25 al 29 de marzo tuvo lugar el coloquio II Jornadas de Cine Boliviano organizado por el Centro Cultural de España en la Cinemateca Boliviana. Participé en el panel sobre "Cine y política: Imaginarios políticos en el cine boliviano" junto a Andrés Laguna y a Santiago Espinoza. 

Abordar el “cine político” es como patinar en una tautología. Sobra decirlo: todo cine es político, por acción o por omisión. No existe un cine neutro por la sencilla razón de que no existe un cine fuera de la realidad. La ficción más delirante permite niveles de lectura crítica que develan conexiones con un imaginario que tuvo el poder de desencadenar el proceso creativo. 

Jean-Luc Godard
Política significa acción pública, desde su origen etimológico tiene que ver con la ciudad (o el Estado) y el lugar donde cada uno de los ciudadanos se posiciona. En términos epistemológicos, la acción pública del cineasta o del artista en general, es un acto político porque desarrolla un discurso que  se organiza a partir de una interpretación y segmentación de la realidad. El solo hecho de seleccionar un espacio para la mirada, desarrollar un argumento, elegir una locación, un elenco de actores y por supuesto cada encuadre y cada movimiento de cámara, constituye una forma de posicionarse política y éticamente sobre y desde la realidad. La decisión de un desplazamiento de cámara hizo decir alguna vez a Jean-Luc Godard que “un travelling es una decisión moral”. 

"La chinoise", de Jean-Luc Godard
Del lado del espectador tampoco hay impunidad porque quien observa participa con su carga propia de sentidos y significados que buscan establecer una relación dialéctica, ya sea por afinidad o por negación. Quien analiza críticamente una película es partícipe de un acto colectivo con una trama de complejidad en la que se tejen impresiones, sensaciones, ideas y creencias. La riqueza de una obra está en su capacidad de ofrecer niveles de lecturas que van más allá de la imagen en dos dimensiones. En los márgenes de la pantalla hay un imaginario construido por cada espectador. 

El cine boliviano ofrece, como cualquier otro cine, esas posibilidades. En el plano creativo, no hay nada especial en el cine boliviano actual que lo haga diferente a otras cinematografías en la región. Esto no fue siempre así porque los niveles de desarrollo económico y tecnológico de la cinematografía latinoamericana fueron distintos en la época formativa de los cines nacionales. 

Jorge Sanjinés y miembros del Grupo Ukamau
Durante las décadas de 1960 y 1970 la emergencia del llamado “Nuevo Cine Latinoamericano”, de características explícitamente políticas, permitió el surgimiento de obras y teorías que indagaron sobre las necesidades nacionales y regionales de un cine que contribuya a la construcción de identidades y culturas propias, frente al avasallamiento de la industria cultural importada. La razón de ser del “Tercer Cine” fue la negación de un “primer cine” dominado por la industria y de un “segundo cine” de autor. La frase de Marx (Karl, no Groucho), guiaba el pensamiento de la época: “No basta interpretar el mundo, hay que transformarlo”.  

“No hay en América Latina espacio para la expectación ni para la inocencia. Una y otra son solo formas de complicidad con el imperialismo” leemos en la Primera declaración del Grupo Cine Liberación (Solanas y Getino), en 1968. Hoy podríamos parafrasear esa postura radical con una más adaptada a la realidad que vivimos: “No hay espacio para la pasividad ni para la indiferencia. Una y otra con formas de complicidad con el conformismo”. 

Lo que más debemos temer es el conformismo y la indiferencia, es decir, una manera de ver el barrio, la ciudad, el país o el mundo con ojos nublados, como si no pasara nada. El conformismo sigue siendo una forma de complicidad. 

Parecía más definible la lucha de las décadas de 1960 y 1970 contra el imperialismo o el colonialismo económico y cultural. La polarización simplificaba la toma de posiciones, la línea divisoria era más clara.  Sin embargo, los problemas actuales no son menos importantes: corrupción extendida en todas las capas de la sociedad, narcotráfico, contrabando, feminicidios, violencia contra los niños, extractivismo y depredación del medio ambiente… problemas que nos afectan cotidianamente y que están a punto de llevar a un punto sin retorno que pone en riesgo la existencia misma de la estabilidad social y ecológica. 

"Citizen Kane", de Orson Welles
El debate sobre el cine explícitamente político ha sido superado porque el mundo ha evolucionado hacia sociedades formalmente más democráticas (aunque no participativas), y porque las transformaciones tecnológicas y económicas plantean nuevos retos no solo desde la perspectiva de los creadores, sino también desde las percepciones del público o de los “consumidores” de las industrias culturales. 

No se puede aislar a Bolivia de las corrientes mundiales. Los mecanismos de coproducción con intervención de múltiples actores económicos alientan el desarrollo de un cine de autor, con ventajas (y limitaciones) que no teníamos tres o cuatro décadas antes. La proliferación de fondos de apoyo va de la mano con la multiplicación de festivales y la facilidad de hacer disponibles la obras digitalmente. Las oportunidades nunca fueron mayores para los nuevos cineastas. Una película puede ser fácilmente enviada a 50 o 60 festivales, y hasta por cálculo de probabilidades obtener varios premios, aunque no sea en los eventos internacionales de mayor prestigio. 

"Averno" de Marcos Loayza y "Muralla" de Gory Patiño
En ese contexto, hablar de un cine “de ruptura” sería una especulación bastante lejana de la realidad.  Lo que sucede en Bolivia como en otros países, es un fenómeno de multiplicación favorecido por las nuevas tecnologías y por las nuevas oportunidades de financiamiento. Se multiplican los cineastas y se multiplican los films.  En mi base de datos tengo carpetas sobre 227 cineastas bolivianos que han realizado al menos una película (largo, documental o cortometraje). 

Sería artificioso hablar de un “nuevo cine boliviano” que no existe sino como segmentación generacional y no por características narrativas o estéticas. Al contrario, hay una continuidad que puede ser rescatada como una virtud de la nueva generación. No se puede trazar una línea: “a partir de aquí empieza el nuevo cine en Bolivia”, porque no hay hitos para definir esa frontera. 

"Algo quema" de Mauricio Ovando y "Eugenia" de Martin Boulocq
El cine boliviano ha crecido como un árbol, sobre raíces muy sólidas y un tronco de obras fundamentales del que han crecido ramas en diferentes direcciones, incorporando a la mirada social y política del cine una diversidad de temas y expresiones. Hay ramas de ese árbol que son más débiles que otras, y quizás siguen siendo las más sólidas las que se ocupan de problemas que afectan al país, pero no son las únicas que describen el imaginario colectivo de los bolivianos. 

Ese panorama debería estar acompañado por análisis y desarrollos conceptuales ya sea producto de los propios cineastas o de los centros de estudio especializados, que se dedican demasiado a los aspectos técnicos y muy poco a la reflexión teórica. ¿Qué tanto piensan los cineastas bolivianos cuando hacen una película? ¿Cuáles son sus motivaciones? ¿Cómo expresan sus reflexiones sobre la realidad nacional? ¿Para qué hacemos cine? ¿Para quién? ¿Qué aportamos con el cine? 

(Publicado en Página Siete el domingo 31 de marzo 2019) 
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No escribo como hablo, no hablo como pienso,
no pienso como debería pensar,
y así sucesivamente hasta las más profundas tinieblas. 
-—Franz Kafka 

12 mayo 2019

Leonardo, polímata misterioso

 Hace 500 años,  cuando murió el 2 de mayo, Leonardo da Vinci era un hombre de 67 años de edad. Joven, en los términos de hoy, pero anciano en la época del Renacimiento, cuando la esperanza de vida bordeaba los 35-40 años. El extraordinario polímata destacó no solamente en las artes sino también en las ciencias, poniendo su conocimiento y su imaginación al servicio del futuro de la humanidad. 

Sería el colmo que, encerrados en estas montañas ajenas al mundo mundial, no lo recordemos con agradecimiento por sus aportes científicos, algunos de los cuales contribuyeron a lo que siglos más tarde sería la fotografía y el cine. 

Mucho de lo que sabemos sobre su espíritu científico y su inagotable curiosidad se debe a su famosos cuadernos en los que escribía siempre con caligrafía a la inversa, de manera que sus textos solo pudieran leerse reflejados en un espejo. Esa argucia del espejo, era ya la comprobación de un hecho científico. 

Leonardo heredó de su tío Francesco la curiosidad científica y de su abuelo la costumbre de registrar en cuadernos todo lo que pasaba por su mente. No son exactamente diarios, aunque algunos incluyen banalidades de todos los días, como una listas de productos del mercado, pero también maravillosos dibujos y descripciones de sus inventos y sus proyecciones científicas cuya precisión maravilla aún hoy, cuando las computadoras hacen los cálculos que los hombres ya no tienen tiempo de realizar. 


Las máquinas voladoras de Leonardo precedieron en varios siglos e inspiraron a los primeros aviadores de la historia. Sus apuntes sobre anatomía son tan exactos que podrían ilustrar cualquier tratado moderno. No hubo ciencia que desestimara: astronomía, física, química o mecánica, metalurgia, entre otras. Y como buen polímata, entendió que las disciplinas se enriquecen entre sí, y que de otra manera se encierran en un círculo sin oxígeno que les impide avanzar. La interdisciplinariedad que hoy promovemos en equipos de especialistas, estaba concentrada en el propio Leonardo da Vinci, que tenía la extraordinaria capacidad de hacer dialogar las disciplinas científicas con las artísticas. 

Están íntimamente relacionadas sus investigaciones sobre la luz y la óptica, con el ejercicio de la pintura.  Da Vinci no sería el maravilloso pintor que conocemos si no hubiera desarrollado en profundidad sus pesquisas sobre el color, las sombras, la reflexión y la refracción a través de cristales, y si no hubiera explorado hasta el mínimo detalle la estructura del ojo y de la visión humana. 

Sus biógrafos nos cuentan que fue estimulado en su curiosidad científica primero por su maestro Verrochio y luego por Piero della Francesca, otro de los grandes renacentistas. Del primero no solamente aprendió mucho sobre los pigmentos de color, sino sobre los materiales que se podían utilizar en las artes plásticas, incluyendo la arquitectura, el uso del yeso para modelar, de la química para alterar los pigmentos, de la metalurgia para los armazones. Y del segundo aprendió el dibujo lineal, esa precisión asombrosa que caracteriza toda su obra y que destaca, por ejemplo, en su autorretrato del año 1512. 


En un interesante ensayo publicado en “Proceedings of the Royal Society of Medicine” (mayo 1955), el doctor K.D. Keele sostiene que el interés de Leonardo por la visión y la luz era “la de un artista cuya pasión era la observación”, y añade que fueron los artistas del Renacimiento y no los filósofos, los que probaron que “la observación aguda era necesaria para la fundación de ciencia como la anatomía”. 


Si bien es cierto que desde la antigüedad filósofos como Demócrito, Platón o Aristóteles habían especulado sobre las propiedades del ojo, y 300 años antes de nuestra era Herófilo de Calcedonia había descrito en detalle la anatomía del globo ocular, Leonardo aportó sobre las funciones de la visión, avanzando el concepto de los haces corpusculares de luz que penetra en el ojo, a “círculos de aire luminoso” que se repiten infinitamente sumándose para crear imágenes. 

Hoy podemos comparar esos hallazgos extraordinarios porque hay ediciones de los libros que antes se copiaban a mano, hasta la invención de la imprenta. Pero ¿cuánto acceso tenía Leonardo a los manuscritos de la antigüedad? Mucho que de lo que investigó y creó fue producto de su propio pensamiento o de referencias vagas sobre quienes lo precedieron. 

Basado en las observación del médico árabe Alhazen (Siglo XI), Leonardo desarrolló no solamente sus conceptos desde la perspectiva de la anatomía y la física de la luz, sino también desde la fisiología. Para estudiar el globo ocular Leonardo aconsejaba hervirlo en clara de huevo hasta que adquiriera un estado sólido (como un huevo duro), para poder diseccionarlo sin que perdiera su contenido de humor acuoso. Estamos hablando hace más de 500 años… es sencillamente extraordinario. 

Aunque no todos sus experimentos fueran exitosos (nunca lo fueron en ningún hombre de ciencia), Leonardo comparó la función del ojo con la cámara oscura que debido a la manera como los rayos de luz se intersectan, invierte la imagen al pasar por el orificio del iris. Estaba fascinado por el funcionamiento del ojo, por la manera como el iris automáticamente controlaba la cantidad de luz que penetraba, o por la flexibilidad del lente de la cornea para adaptar la precisión del enfoque del ojo a distancias variables. 


Describió también la fotofobia y la manera como la pupila reacciona frente a un haz de luz que repentinamente aumenta de intensidad. 

Todos estos experimentos son los que retomarían siglos después los inventores de la fotografía y del cinematógrafo, para impresionar imágenes en material sensible a la luz, para crear lentes apropiados para diferentes distancias, y el dispositivo del obturador que permitía controlar el tiempo de entrada de luz a la cámara. 

Humanistas como Leonardo fueron investigadores devotos de la ciencia, que a lo largo de la historia aportaron con descubrimientos sin los cuales hoy no existiría ni el cine ni la fotografía, y más allá de los aspectos técnicos, abrieron el camino para el uso de la luz, del color y los pigmentos, de las reglas de composición, de las proporciones y perspectivas de los objetos. Su “Hombre de Vitruvio”, en ese sentido, es una de las más bellas representaciones de la dimensión humana. 


(Publicado en Página Siete el 28 de abril de 2019)
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Aunque la naturaleza comienza con la razón y termina en la experiencia, es necesario que hagamos lo contrario, es decir, comenzar con la experiencia y, a partir de ahí, investigamos la razón. —Leonardo da Vinci


29 abril 2019

Régimen racista

  No tengo memoria de otro periodo en la vida política nacional donde se haya exacerbado tanto el racismo como durante los 13 años del gobierno de Evo Morales. Antes de la  Guerra del Chaco y de la Revolución de 1952 el racismo era algo común en la sociedad boliviana por su carácter feudal, pero el país no había vivido desde entonces una polarización como la que vemos ahora. 

Morales, Choquehuanca, Félix Cárdenas y comparsa se han encargado de convencernos de que estamos divididos entre indígenas y blancos, algo aberrante ya que el grado de mestizaje es tal, que ahora muy pocos se reconocen a sí mismos como indígenas, según quedó demostrado en el Censo de Población que el gobierno se ha esforzado en esconder. 

Los resultados del Censo de 2012 dejaron el ojo en tinta al gobierno porque muestran que un porcentaje minoritario de la población se identifica como indígena. El informe oficial relega esos datos a la página 50, y los excluye deliberadamente del análisis en la parte sustancial del documento. La cifra es contundente: sobre la población censada de 6.916.732 habitantes (mayores de 15 años), 4.032.014 NO se consideran indígenas. Apenas 1.281.116 se auto-identifican como quechuas, y solo 1.191.352 como aimaras. En otras palabras: Bolivia no es un país mayoritariamente indígena sino mestizo. 

Después de 1952 el color de la piel no era lo que dividía a los bolivianos. Podía dividirnos la ideología, la política, la cultura, la economía, pero no la piel. En los históricos sindicatos mineros y campesinos que tuvimos durante la última mitad de siglo pasado, a nadie se le ocurría dividir a los dirigentes entre blancos, mestizos o indígenas.  No preocupaba el origen racial de Federico Escobar, Simón Reyes, Casiano Amurrio o Juan Lechín. Por el contrario, era estimulante en términos políticos contar con una Central Obrera Boliviana y una Federación de Mineros donde codo a codo marchaban dirigentes del Partido Comunista, del MIR, MNR, PCB, POR y partidos indigenistas. 

En los enfrentamientos callejeros contra las dictaduras nadie cuestionó jamás que  Marcelo Quiroga Santa Cruz o Genaro Flores lucharan por las mismas causas. En la vida cotidiana y en el trabajo no teníamos en la cabeza el chip del racismo que ahora le ha metido este gobierno al pueblo boliviano mediante una perversa cirugía. 

La paradoja es que mientras el discurso de Evo Morales y de sus seguidores más obsecuentes alienta la división racial (a falta de debate ideológico) su gabinete y los principales puestos del aparato del Estado lo ostentan “culitos blancos” (según una de las expresiones racistas preferidas por el régimen). El vicepresidente, la presidenta de la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP), los ministros y ministras de Gobierno, Defensa, Finanzas, Minería, Hidrocarburos, Comunicación, Educación, Salud, de Desarrollo Económico, el Presidente del Banco Central de Bolivia, y muchos otros funcionarios no encajan en la definición de “gobierno indígena” que pretende instalar el régimen en su discurso demagógico de exportación. 

Para compensar ese déficit tenemos a la presidenta del Tribunal Supremo Electoral (TSE) o al Canciller, que han trocado sus ropas occidentales por otras con símbolos indígenas, para que se los contabilice como tales. La Ministra de Culturas, en cambio, hace todo lo posible para parecer lo más occidental que puede por su vestimenta y su maquillaje, renegando de su apellido Alanoca Mamani. Las carteras más importantes no están en manos de indígenas, y muchos de los “clasificados” como tales por la política de segregación racial no hablan idiomas nativos (como tampoco los habla el presidente Morales a pesar de un certificado trucho que lo acredita). 

Ministros del gobierno de Bolivia, 2019 
No es menos problemática la representación parlamentaria. El gobierno considera “indígenas” a una pléyade de levantamanos solícitos, que no cumplen más función que la de empujar la aplanadora legislativa. Rara vez hablan o proponen iniciativas de ley, y son malos representantes de sus departamentos. Sucede lo mismo con la representación femenina del MAS: solo números que calientan sillas y dormitan en la Asamblea, aunque estadísticamente hagan quedar bien al gobierno en términos de paridad de género. 

Esa flagrante contradicción con el discurso del “país indígena” contra el “país blancoide” nos divide de manera dolorosa, sacando a flote resentimientos que permanecían agazapados. Para muchos debe ser un dilema cotidiano y un trauma sicológico mirarse en el espejo y decidir si les conviene más declararse “indígena” o “blanco” en función de los favores que pueden recibir del “jefazo”.  A ese extremo llega la polarización propiciada desde el gobierno. 

Curiosamente, la zonificación espacial entre “indígenas” y “blancoides” es cada vez menos evidente. Cuando funcionarios del MAS aluden despectivamente a la “zona sur” de La Paz, olvidan que en años recientes miles de viviendas en Calacoto, Achumani, San Miguel, Irpavi o Cota Cota han sido adquiridas por familias que tienen sus negocios y casas en El Alto o alrededor de la avenida Buenos Aires. La proliferación de ventas de automóviles de lujo sobre la Avenida Ballivián de Calacoto no se debe a que las familias tradicionales del barrio cambien de vehículo cada año, sino a que los mismos que adquieren casas y departamentos con maletas llenas de dólares, hacen lo propio con vehículos de toda marca. 

(Publicado en Página Siete el sábado 20 de abril 2019)
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La política es el sucio juego de la discriminación entre amigos y enemigos.
—Jacques Derrida

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24 abril 2019

La gran vida del pequeño Pepe

 La foto que mejor representa a Pepe Ballón es donde aparece con un sombrero de copa alta. No me gusta la foto porque la chistera lo presente más señorial ni lo pinte de oligarca, sino porque su rostro refleja cómo se divierte con ese símbolo de opulencia que está muy lejos de representar lo que Pepe fue en su vida. 

Lo recuerdo con sus ojillos pequeños, brillosos, con esa mirada que era una mezcla de melancolía y de picardía, aunque era difícil saber cuándo era cual. Llevaba con frecuencia una cachucha de cuero y una mantilla de vicuña. 

Pepe era pequeño pero era grande. Daba la impresión de fragilidad, pero tenía adentro un corazón que ocupaba todo su pecho y bombeaba una energía contagiosa. Con esa su manera sencilla y humilde era capaz de articular grandes causas y de facilitar puentes entre la gente. Si era militante político en una etapa de su vida, fue más por vocación de rebeldía que por formar parte de un aparato burocrático. 

Entre las muchas cosas buenas que hizo, aquella que lo hizo trascender como gran gestor cultural fue la Galería y Peña Naira, el espacio de arte más emblemático cuando La Paz tenía muy pocos. En la Galería Naira expusieron los artistas más importantes de entonces y de ahora. La foto de la inauguración muestra a Enrique Arnal, Gil Imaná, Luis Zilveti, María Esther Ballivián, Jorge Carrasco Núñez del Prado, Fausto Aoiz, Inés Ovando, Alfredo La Placa, y otros. Naira ofreció cursos y premios de dibujo, de pintura, de teatro, de música, de baile. Alguna vez participé allí dando una conferencia sobre la historia del cine boliviano, cuando recién empezaba a investigar el tema. 


Pepe Ballón rodeado por artistas plásticos, entre ellos Luis Zilveti, Enrique Arnal, Gil Imaná, Alfredo La Placa,
Inés Ovando, María Esther Ballivián, Jorge Carrasco Núñez del Prado, Fausto Aoiz.  
La peña musical de la calle Sagárnaga promovió el nuevo folklore boliviano, cuando nadie más lo hacía. Allí se consolidaron artistas como Alfredo Domínguez, Ernesto Cavour, Gilbert “el Gringo” Favre… Los Jairas fue el nombre legendario del grupo de música folklórica que representó a Bolivia en el mundo y que abrió la brecha para tantos otros que vinieron después. 

Solíamos ir a la Peña Naira, estrecha, pequeña, y ocupábamos esas bancas rústicas hechas por los presos del Panóptico de San Pedro. Nos sentábamos codo a codo alrededor de mesitas de madera noble, simple. 


Violeta Parra
Años después, Pepe me contaba anécdotas como la llegada en tren desde Chile de Violeta Parra, enamorada hasta el tuétano. Violeta aparecía como un fantasma: desgarbada y con una obsesión en el rostro: el Gringo Favre. Asistía a todos los recitales de los Jairas, se quedaba allí toda la noche esperando el final para estar con Favre. Su aspecto mostraba su desesperación bajo el embrujo que ejercía sobre ella el músico suizo-boliviano. Violeta expuso dibujos en la Galería Naira, y permaneció bastante tiempo en La Paz, persiguiendo un amor que ya era imposible porque no era ya recíproco como alguna vez lo había sido. 

Eso me contaba Pepe sobre esa relación que ha hecho correr tanta tinta, pero no era el tema principal de nuestras conversaciones que transcurrían en su oficina de la imprenta universitaria, en un sótano debajo del Monoblock de la Universidad Mayor de San Andrés donde solíamos caerle los amigos para charlar de arte y de política. Walter Solón Romero era de los más asiduos, y en esas visitas se consolidó también mi amistad con él. 


Una imprenta es siempre un lugar mágico, y la gente asociada a las imprentas siempre ha ejercido sobre mí una seducción especial. Líber Forti y los linotipos de plomo humeante, don Ernesto Burillo con las prensas en las que imprimíamos la Revista nacional de Cultura, las prensas de Excélsior donde trabajé como periodista cuando estuve exiliado en México. Ese mundo de plomo y tinta negra me fascinaba del mismo modo que fascinaba a Pepe Ballón. 

Con Don Ernesto Burillo (con quien tuve varias aventuras editoriales) fundó la Imprenta y Editorial BuriBall. Pepe apoyaba proyectos con un desprendimiento que no se notaba, pues ese era su arte: ayudar sin que él apareciera como el hombre grande y generoso que era. 

Durante su gestión en la imprenta universitaria nos regaló 6 nuevos narradores bolivianos a René Bascopé, a Manuel Vargas, a Jaime Nisttahuz, a Ramón Rocha Monroy, a Félix Salazar y a mí. Esa colección de cuentos primerizos fue nuestro bautizo como grupo generacional. 

Durante su segundo exilio en Venezuela trabajó en la Galería del Libro y en 1982 me hizo “la gauchada” de publicar en Caracas una edición de mi libro El cine de los trabajadores, que había salido un año antes en Nicaragua, como producto del trabajo que hice con la Central Sandinista de Trabajadores. 


Retrato de Agnes Franck
En la época de nuestros exilios intercambiamos cartas, enviadas cuando él estaba en Caracas y yo en Managua y luego en México. Las suyas son cartas de varias páginas, escritas con una letra pulcra sobre papel rayado. En todas abre su corazón solidario, en cada una incluye los abrazos fraternos de los quienes lo rodeaban en Caracas y hacia quienes estábamos en México, afirmándose en ese valor supremo que es la amistad. 

Así se despide en una de esas cartas: “Chau, me voy al teatro, les beso con cariño, a esta muestra de afecto se suman Leni, María, Mauricio, Pachi, Pajarito y otras aves” y más abajo: “Saludos cordiales a todos los cumpas, especiales a Coco, René, Alma, Bascopé. Especialísimos a Cristina, Marisol, Mauricio. También supe que andaba por esos pagos Enrique Arnal, si aún está por allá otro abrazo, y esta vez me despido hasta pronto y fin”. 

En otra empieza: “Que sino dramático, trágico, nos ha señalado la vida a los sencillos altiplánicos que somos nosotros, que hace tantísimo tiempo venimos dando tumbos, caídas, traspiés y vamos errantes por este mundo adverso, queriendo abrevar nuestra descomunal sed de justicia, de paz y amor; pero felizmente aún hay infinita belleza en esta tierra y hay abrevaderos como la fuente de la amistad que ustedes me dan…” 


Julio de la Vega, Alfonso Gumucio, Oscar Soria, Pepe Ballón
en la puerta del Cine 6 de Agosto
En mis archivos encuentro una foto tomada al regreso del exilio, en junio de 1984, en la puerta del Cine 6 de Agosto: Pepe Ballón, Oscar “Cacho” Soria Gamarra, Julio de la Vega y yo.  Duele ser el único que queda. 

No hay muchos hombres como Pepe Ballón y generalmente se los reconoce cuando ya no están con nosotros. Luis Alberto Ballón era de esos grandes seres humanos, como Liber Forti, que tienen espíritu de tinta y papel. Son seres cultos y humildes, porque a lo largo de sus vidas aman los libros. 

Pepe nació un 23 de julio de 1918, y falleció un 9 de julio de 1997, un Leo raro, porque no le gustaba brillar, era un hombre modesto y sencillo. Pero por mucho esfuerzo que hiciera su valor no podía esconderse. A cien años de su nacimiento, su memoria se impone en quienes lo conocimos y quisimos. 

(Publicado en “Jiwaki, Revista Municipal de Culturas” nº66, en algún momento de 2018)
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Yo voy sembrándote,
por dondequiera que voy,
para que te sea amiga la vida.
—Edmundo Aray