23 septiembre 2022

CIDH, la sombra del poder

(Publicado en página Siete el sábado 20 de agosto de 2022)

 ¿Habrá alguien, en alguna parte, que todavía festeje la “revolución del 21 de agosto” que encabezó el coronel Banzer y que dio inicio a su dictadura? Ha pasado más de medio siglo, 51 años para ser exactos, y todavía recordamos el reguero de sangre y corrupción que quedó. Las consecuencias de ese periodo autoritario las sentimos todavía.

 Pero hoy, luego de tres lustros de autoritarismo del MAS, tenemos nuevas persecuciones, nuevas represiones, avasallamientos y hostigamientos. ¿Cuántos años vamos a esperar para que la comunidad internacional lo reconozca así?

 La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) es una sombra de lo que alguna vez fue. Nació para promover y proteger los derechos humanos en la región, particularmente contra los abusos de gobiernos autoritarios, pero no siempre cumple con su mandato, al menos no en el caso de Bolivia. Ahora que ya es demasiado tarde, la CIDH se pronuncia de manera crítica sobre Nicaragua o sobre Venezuela, pero hubo que esperar mucho tiempo para que lo haga, y esa lentitud para pronunciarse (lentitud política, no técnica), hizo que la vulneración de los derechos humanos en Nicaragua y en Venezuela se deteriorara sumando muertos, presos, perseguidos, amenazados, etc. Allí no se libra nadie, ni siquiera la iglesia.

 Bolivia va por el mismo camino que Nicaragua, pero la CIDH camina con anteojeras que le impiden ver el panorama completo. La naturalización de la represión y la persecución en Bolivia debería agitar las alarmas de la CIDH, pero no pasa nada debido a la complicidad política que existe con el gobierno del MAS. A la CIDH no le importa que existan informes documentados, como los de UNITAS, que describen de manera cualitativa y cuantitativa, con absoluta precisión y abundante información, las vulneraciones a las libertades elementales (666 casos en 2021). No pasa nada, prima la indolencia y la complicidad ideológica.

 La CIDH se negó a responder durante años a una simple pregunta: si Evo Morales tenía derecho a la reelección en contra de lo que establece la Constitución Política del Estado. Al dilatar esa respuesta incumplió con sus deberes y precipitó una crisis que se tradujo en muertos y heridos, ataques armados e incendios, y zozobra en la sociedad civil que se manifestaba de manera pacífica en las calles de las principales ciudades de Bolivia. Por ello, la CIDH tiene también responsabilidad en los hechos ocurridos. No puede ser juez porque es parte involucrada.

 A pedido de Evo Morales y con la connivencia de Paulo Abrão (mercenario internacional que, por suerte, ya dejó su cargo de Secretario Ejecutivo), la CIDH elaboró un extenso informe cortado a la medida del gobierno del MAS, donde existe el claro sesgo de criminalizar a la sociedad civil y defender los intereses de los grupos de choque del MAS que provocaron terror y enfrentamientos en Sacaba y Senkata, siguiendo consignas de Morales de cercar las ciudades. El verdadero “Relato de un pueblo” no es el que redactaron burócratas internacionales del GIEI, sino la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, en el libro que lleva ese título.

 La semana del 15 de agosto estuvo en La Paz Bruce Barnaby, consultor de la CIDH encargado de la mesa de seguimiento (MESEG) de las recomendaciones del informe del GIEI. Bien intencionado, Barnaby logró reunirse con más de veinte organizaciones de la sociedad civil, lideradas por la Asamblea Permanente de derechos Humanos de Bolivia (APDHB) y el Comité Nacional de Defensa de la democracia (CONADE). Esas reuniones seguramente le abrieron los ojos sobre una realidad inobjetable: el régimen del MAS no ha cumplido siquiera con las recomendaciones de un informe hecho a su medida, y ahora dice que tardará “dos años más”, con una sagaz perspectiva electoralista.

 Mientras tanto los abusos del régimen se multiplican (en nombre de las recomendaciones del GIEI) contra organizaciones de la sociedad civil a las que se pretende despojar de su personería jurídica o de los espacios en los que funcionan. Las amenazas, el amedrentamiento y los abusos son propiciados directamente desde el ministerio de Gobierno y el ministerio de Justicia. Mal gobierno y mala justicia, que una parte de la comunidad internacional no quiere mirar.  

 A la CIDH no le queda otro camino que denunciar esa realidad y hacer responsable al gobierno. Si no lo hace, estará postergando el caso de Bolivia como lo hizo durante tanto tiempo con Nicaragua y Venezuela. Y dentro de diez años lamentará no haber actuado a tiempo. 

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La peor forma de injusticia es la justicia simulada.
—Platón 

18 septiembre 2022

El valle de Edgar

(Publicado el domingo 17 de julio de 2022 en el suplemento Ideas de Página Siete)

Edgar Claure Paz 

 El 30 de junio cumplió 86 años de edad, pero los amigos no pudimos abrazarlo porque desde hacía seis meses luchaba minuto a minuto sobre la delgada cuerda floja que une la vida y la muerte. Su cuerpo ya no pudo. Edgar Claure falleció en la mañana del sábado 9 de julio de 2022, a la misma edad de su buen amigo Luis Ramiro Beltrán, y fue puesto en tierra el 11 de julio, la misma fecha en que falleció Luis Ramiro en 2015, a dos metros de él, en el mismo camposanto.

 General de brigada en retiro, uno de los militares más honestos y progresistas de Bolivia, fue jefe de la Casa Militar durante la presidencia de Hernán Siles Zuazo, y vivió de cerca la experiencia surrealista del secuestro del primer mandatario, que narró junto a Gary Prado Salmón en el libro “Han secuestrado al presidente” (lo he comentado en enero en estas mismas páginas).

 En su libro más querido, “El valle encantado” (1997), reunió sus recuerdos de infancia en Capinota, su tierra natal. Meses atrás comenté una obra similar de Pablo Ramos Sánchez, “Cuando se aleja el tren”, que por el estilo, asocio al que Edgar me obsequió con una dedicatoria en la que alude a sus “recuerdos y nostalgias”.

 Además de mi amistad con el autor, era difícil resistir la tentación de leer un libro con prólogo y solapa de Luis Ramiro Beltrán, y un texto de contratapa de Armando Soriano Badani, otros dos amigos dilectos. La nostalgia del lector se une con la del autor al recordar a esos compañeros.

“Este no es un libro de cuentos. Es una amena relación de realidades. Su autor no ha querido inventar nada ni ha tratado de hacer literatura. Simplemente ha transcrito con naturalidad, en la taquigrafía del cariño, las voces que regresan de la infancia cuando el sol aborda las espaldas”, escribe Luis Ramiro Beltrán.

 Con la edad, a medida que el ovillo de la vida llega al otro extremo del cabo, la memoria recupera los momentos más gratos de la infancia.  Esto sucede sobre todo en quienes conservan la imagen de un ambiente rural y bucólico, que ha permanecido intacto en el recuerdo, aunque en la realidad sin duda ha cambiado, generalmente para mal. La reminiscencia de la infancia domina las páginas del relato con un sabor dulce de añoranza por los huertos familiares, los árboles frutales donde los niños roban peras o duraznos, las escapadas de exploración a cerros tan cercanos como desconocidos, los ríos de aguas limpias, los intensos olores de la comida, de los animales, de la fruta. “No había huerta que se libre de mis incursiones”, escribe Edgar.

 La sintonía es perfecta para quienes podemos remontarnos medio siglo atrás y rememorar episodios similares. En mi propia ciudad, recuerdo en los años de 1960 los cauces de riachuelos que bajaban de Alto Obrajes, por entonces una pampa vacía. En el camino había huertas de las que hurtábamos fruta hasta que nos corrían con hondazos, y una vez arriba atravesábamos la planicie para llegar a los cerros del fondo, donde había túneles que miraban a Irpavi.

 Impresiones similares son las de Edgar Claure, con una impronta rural marcada. El dolor del cambio está presente, como en la anécdota de aquel alcalde imbécil que cortó en la plaza principal de Capinota un frondoso Chillijchi “que cuando florecía dejaba una enorme alfombra roja a sus pies”. El tronco era tan grueso, que se necesitaba seis personas tomadas de las manos para rodearlo. Nadie pudo impedir la salvajada del alcalde, ni la maestra doña Mercedes que desde entonces vistió de negro.

 Como en toda infancia, hay fantasmas y casas encantadas. Quién no lo ha vivido en su barrio, y más aún en áreas rurales y en poblaciones pequeñas. En su relato sobre el “bulto del juturi” (juturi, manantial), describe la escena entre jocosa y temible del regreso de noche al pueblo, cuando una empleada es poseída por una fuerza extraña: “… todos se detuvieron sorprendidos y asustados y, al darse la vuelta, vieron con asombro a la imilla dando enormes saltos: caía, se levantaba, giraba en el aire y volvía a caer como en una increíble acrobacia. Parecía bailar una brutal danza que, a la luz lunar, era macabra”. Un tío va a socorrerla y es presa de las mismas convulsiones: “… empezó a dar saltos, de frente y de espaldas, cayendo y rebotando, perdiéndose entre las nubes de polvo del camino, girando y aullando por largos minutos”.

 Otro relato narra la misteriosa aventura fantasmal de Elvira, la única mujer negra del valle, “no morena oscura sino negra total, casi azul de tan negra”, que desaparece luego de contar su encuentro con fantasmas.

 En “El galope” hay otra historia de fantasmas como aquel que produce extraños sonidos en la noche sobre las vías del tren. El único valiente del pueblo salió a ver, se plantó en medio de los rieles con un látigo en la mano, “única arma temida por los demonios”, pero fue atropellado por el monstruo y lanzado sobre las piedras. Desde entonces, anduvo enfermo de t’uku, sin hablar, con la mirada fija en el vacío, dando alaridos de rato en rato. El desenlace es menos mágico: se trataba simplemente de un tren de carga nocturno. 

 Hay otros personajes insólitos como los inmigrantes polacos, Herbert Lusinsky y Joseph Willmer, instalados en ese pueblo tan remoto desde la segunda gran guerra europea, dedicados al comercio.

 El imaginario de la infancia quizás agranda los hechos, todo lo que transcurre en la vida cotidiana tiene un aurea de misterio y de aventura. El autor registra tradiciones que se han perdido o venido a menos, como el tinku del látigo, donde ganaba siempre el más hábil y no el más fuerte de Capinota, el Tata Facundo.

 En las elecciones cada voto contaba, porque en esa época anterior a 1952 solo votaban los varones que sabían leer y escribir, eran muy pocos los que votaban para elegir a candidatos que se invertían en campañas políticas recorriendo los pueblos.

 Los relatos son precisos, sin ripio (como diría Horacio Quiroga), no hay relleno sino un estilo de narración directo. No todo sucede en Capinota, hay algunos relatos que ocurren en Siglo XX y Catavi, donde sus padres fueron trasladados por trabajo.

 Al igual que en los relatos testimoniales de Pablo Ramos, y otros que describen esa época, la importancia del tren es fundamental. La estación de trenes, por las que pasa ocasionalmente alguno, se convierten en espacios de interacción social donde no solamente llegan los viajeros. Había que ir hasta la estación para proveerse de los diarios, por ejemplo, la única forma de estar al tanto (y con retraso) de lo que sucedía en el país. 

 El relato “El más importante” es una construcción ingeniosa a seis voces sobre un joven todavía menor de edad, que se hace indispensable en el pueblo porque es de los pocos que saben leer y escribir bien. En su lecho de muerte, le preguntaron a Edgar qué es lo que más le gustaba hacer, y con voz débil respondió: “Leer y escribir”. Fue lo último que dijo.

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La niñez es la etapa en que todos los hombres son creadores.
—Juana de Ibarbourou 

10 septiembre 2022

Memoria de la piedra

(Publicado en el suplemento Letra Siete, de Página Siete, el domingo 21 de agosto de 2022)

 El 21 de agosto de 1971, hace 51 años, se inició el golpe militar del coronel Hugo Banzer Suárez y su dictadura de siete años. El 23 de diciembre del mismo año fue apresado en Santa Cruz un joven militante del ELN, José Carlos Trujillo (bautizado así en homenaje a Mariátegui), y el 2 de febrero de 1972 desapareció de su celda en la cárcel de El Pari. Hasta el día de hoy.

 Esta es la historia de “Jó”, ese joven de 22 años y la búsqueda de justicia que a lo largo de medio siglo ha llevado adelante la familia de Gladys Oroza y Walter Solón Romero. El libro “El Jó en la piedra” de Pablo Solón (2012, 326 páginas), publicado hace diez años por la Fundación Solón, recoge abundantes testimonios, fotografías y reproducciones de obras de Walter Solón Romero que tejen no solamente los cortos 22 años de vida de José Carlos Trujillo, sino los siguientes cuarenta años de búsqueda de la verdad, una epopeya enorme de la que fue principal protagonista la madre, Gladys.

 El título del libro puede parecer extraño para quien no conoce el impacto que tuvo ese hecho en la familia. Mi amistad con Walter Solon Romero y por tanto con Gladys y el resto de la familia me ha permitido vivir de cerca ese prolongado drama, de manera que la lectura de este libro no puede ser fría y con distancia. Este año, 2022, ya fallecidos Walter Solón Romero y Gladys Oroza, los hijos han decidido cerrar ese episodio que duró medio siglo. Por eso me parece pertinente escribir sobre el legado de una larga lucha.

 La biografía aborda tres partes o periodos: “La esperanza nace con la vida, 1949-1972”, sobre los 22 años de vida de José Carlos, “No hay dolor inútil, 1972-1992”, sobre la búsqueda de justicia en tiempos de dictadura y de inestabilidad política, y “Hoy es todavía, 1992-2011”, la lucha por la memoria y la justicia en tiempos de “democracia” entre comillas.

José Carlos Trujillo 

 José Carlos nació un año antes que yo, éramos contemporáneos. No nos conocimos, pero quizás alguna vez cruzamos nuestros pasos en 1970 cuando ambos éramos estudiantes de la carrera de Filosofía y Letras de la UMSA. Vivimos los mismos tiempos en los que la indiferencia no era una opción. El se comprometió con la lucha armada contra la dictadura de Banzer, y yo salí al exilio, donde conocí brevemente a su padre biológico, Alberto Trujillo, en París, a través de don Juan Lechín y del grupo de exiliados bolivianos a los que me sumé.

 El primer dato del libro es la nota de prensa del 4 de febrero de 1972 (El Deber), donde el jefe del DIP, Ernesto Morant, informa que José Carlos Trujillo Oroza, Carlos López Adrián y Alfonso Toledo Rosado habrían sido puestos en libertad. Era, por supuesto, todo lo contrario: habían sido asesinados después de un mes de torturas. Pero esa nota de pocas líneas inaugura una búsqueda de cuatro décadas y sufrimiento infinito.

 Todo el relato del libro está armado como un rompecabezas con testimonios, cartas, declaraciones, noticias de prensa, fragmentos, fotografías, dibujos y textos de Pablo Solón que van hilvanando los episodios para construir la historia. Las voces de las víctimas se tejen con las de los victimarios, porque al final, lo único quería Gladys era que le dijeran dónde estaban los restos de su hijo, para darles descanso y descansar ella misma. Pablo afirma que la familia llegó a acumular dos metros lineales de documentos, mientras que José Carlos, de estatura pequeña, medía 1.68 metros.

 La obra tiene la particularidad de abordar a un personaje que vive una vida suspendida en el tiempo y el espacio, un presente permanente con un futuro improbable alimentado por la esperanza. Una vida apenas vivida adquiere en estas páginas una dimensión simbólica que se convierte en una alegado general sobre la violencia política y la injusticia.

 La parte más dramática es la que reconstruye minuciosamente el periodo de apenas 16 días en que Gladys visita a su hijo en la cárcel de El Pari en Santa Cruz. Lo ve de cerca durante cinco minutos, pero no puede hablar con él porque se lo han prohibido, apenas intercambia algunos gestos y miradas cada vez que le lleva la comida, dos veces al día, y ropa limpia. El hijo esconde las manos porque los torturadores le han arrancado dos uñas de la mano derecha y una de la mano izquierda.

 Lo que viene después de la desaparición, durante cuarenta años, es igualmente doloroso. El cinismo y las mentiras de las autoridades de gobierno, de los jueces que exigen a la familia “pruebas” de que José Carlos existió realmente. El peregrinaje de la madre parece no terminar nunca, entre pequeñas ventanas de esperanza y grandes reveses y humillaciones, hasta que se le secan todas las lágrimas. El padre, Walter, dibuja y pinta, y lo más importante de su obra representa escenas de injusticia inspiradas en el drama familiar, pero proyectadas con una dimensión social más amplia. Sus quijotes son un legado imprescindible.

 Todos los detalles están consignados. Si los libros pudieran contener, además, olores y sabores, éste los tendría: el olor del hospital donde nació o de las celdas donde estuvo preso, el sabor de la leche materna o de la sangre torturada.

 Las anécdotas abundan en la primera parte para darle espesor a una vida apenas vivida. Pablo escribe con profundo cariño sobre el hermano que no conoció.  Si Gladys es quien lleva adelante durante décadas la lucha por la justicia, Pablo es el guardián de la memoria, y Walter quien hace que las piedras se expresen en su obra como soles o testigos.

 El texto de Pablo, generalmente sobrio, tiene a veces destellos literarios valiosos. Es imposible resistir, por ejemplo, a la analogía que emerge entre la descripción del pesebre navideño y el niño Jesús que cada año aparece con los dedos rotos, y las escenas de José Carlos con las manos torturadas en El Pari. En la Noche Buena de 1971 una vela quema accidentalmente un costado de la canastilla del niño Jesús. La familia no sabe todavía que unas horas antes Jó ha sido apresado en Santa Cruz. Esa Noche Buena trágica duraría cuarenta años y más, sin alegría ni respiro.

 El libro incluye muchas páginas sobre el contexto histórico, aquello que pasaba en el ámbito de la política mientras la familia llevaba adelante su búsqueda de justicia. Poco a poco se consiguen avances en la tipificación de los crímenes y la identificación de los culpables, que nunca serán debidamente castigados. La mayoría muere en libertad. No es menos culpable Chato Peredo, “jefe” inconsciente y ajusticiador del ELN, a quien Rodríguez Ostria atribuye una forma de “autismo”.

 A Gladys no le gustaba que sus hijos le dijeran “conana”, pero ese bolivianismo sugiere su temperamento machacón y persistente, sinónimo de entereza y de compromiso hasta su muerte.

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Los desaparecidos sobreviven a sus asesinos cuando habitan en nuestra memoria. Su vida se extiende más allá del límite natural. La única muerte que pueden sufrir es el olvido.
—Pablo Solón
 

07 septiembre 2022

Búmeran justiciero

(Publicado en Página Siete el sábado 9 de julio de 2022)  

No hay justicia en Bolivia, pero sí un búmeran justiciero que está girando de regreso para segar las cabezas de fiscales y jueces corruptos. En su trayectoria está también desbaratando las mentiras de dirigentes del MAS que pensaron que el ardid del “golpe” iba a ser funcional a sus intereses de revancha. Se equivocaron, por mucho que gasten en la maquinara de propaganda.

 Los bolivianos conocen, incluidos los masistas, que en 2019 hubo un vacío de poder por abandono de funciones. Saben que Evo Morales instruyó renunciar a las directivas masistas de senadores y diputados para abrir el camino a una sucesión con Añez a la cabeza (circula un video donde él mismo justifica esa argumentación), y que arregló con México su fuga de Bolivia horas antes de que la COB, la Defensoría del Pueblo o los militares sugieran respetuosamente su renuncia. Todos sabemos que su descabellada idea de regresar en hombros, fracasó estrepitosamente.

 Aunque los oportunistas que lo rodean le hagan creer que su olfato político se traduce en estrategias astutas, lo cierto es que el máximo dirigente del MAS ha trastabillado de error en error. Desde su asilo voluntario en México, hizo llamadas a Bolivia incitando a la violencia. Una de esas llamadas, en la que ordenaba cercar las ciudades y dejarlas sin alimentos, fue filmada por un hijo de quien la recibió y ha circulado ampliamente como una prueba de que el asalto masista sobre Senkata y Sacaba fue obra del mismo Evo Morales, con el resultado trágico que conocemos. Varias pericias técnicas confirman su autenticidad. 

Salvatierra y Rivero en reunión
para la sucesión constitucional

 El “jefazo” quiere cubrir sus errores políticos y trata desesperadamente de librarse de un juicio de responsabilidades que llegará cuando haya democracia. Desde su refugio en la tierra-de-nadie del Chapare ha construido una cortina de humo membretada como “Caso Golpe I” y “Caso Golpe II” para perseguir y encarcelar a quienes no hicieron otra cosa que asumir su responsabilidad en la conducción del país frente al abandono del poder.

 Añez es la víctima más visible de esa virulencia judicial que no respeta ninguna norma ni ley, pero también hay muchos otros perseguidos políticos que están en prisión, en el exilio, en clandestinidad o privados de trabajo. Todas las arbitrariedades imaginables se cometen contra estos ciudadanos, vulnerando sus derechos fundamentales.

 Es una ironía que los fiscales y jueces que llevan los casos sean personajes de dudosa competencia profesional y ética, casi todos ellos acusados en el pasado de corrupción y prevaricato. Lourdes Zabala, Omar Mejillones, Rudy Terrazas, Harold Jarandilla, Omar Michel, Edwin Blanco y otros que en este momento detentan el poder de juzgar, son verdaderos hampones. Basta poner sus nombres en Google para encontrar información que los incrimina: acusaciones, denuncias y procesos que están pendientes todavía porque entre bomberos no se pisan la manguera.

 A la cabeza de la podrida pirámide judicial está otro personaje siniestro, el fiscal general Juan Lanchipa, quien ha flotado como corcho durante varios gobiernos, acomodándose a las manipulaciones. A fines de febrero de 2020 Lanchipa recibió en mano propia el resultado del peritaje que expertos de la fiscalía de Colombia realizaron sobre el audio de Evo Morales incitando a la violencia. El resultado confirmó dos peritajes anteriores: la voz es la del jefe del MAS. ¿Qué hizo Lanchipa? Escondió hasta ahora ese documento que debería servir para poner al cacique del Chapare en el banquillo de los acusados.

Lanchipa con Evo Morales y Arce Zaconeta

 En este proceso judicial amañado y corrupto destaca otra aberración notable: nunca se ha citado como testigos a las supuestas “víctimas” del supuesto “golpe”. Ni Morales, ni García Linera, ni otros dirigentes del MAS han declarado ante los jueces. El 4 de julio la ex diputada Lidia Patty, una suerte de muñeco de ventrílocuo, se salió del guion al pedir que se cite como testigos a Adriana Salvatierra (Lady Tractores) y a Susana Rivero (Miss Gravetal), que estuvieron en la reunión de pacificación con la iglesia católica y la Unión Europea (y varios dirigentes políticos), que permitió una solución constitucional luego de la fuga de Evo Morales.

 Los giros inesperados del búmeran están poniendo cada día más nervioso al cacique del Chapare, y mientras más se irrita, más mete la pata. Ni sus asesores ni su bocaza lo ayudan.

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La política es casi tan emocionante como la guerra y no menos peligrosa.
En la guerra podemos morir una vez; en política, muchas veces.
—Winston Churchill  


03 septiembre 2022

Rina en movimiento

(Publicado en Página Siete el domingo 10 de julio de 2022)

 La pintura de Mónica Rina Mamani es cinematográfica. Sus acuarelas tienen movimiento. Aún en las naturalezas muertas, siempre hay un elemento que le otorga vida y vuelo. Como nunca antes, las 30 obras de Rina Mamani que se exhiben en la Galería Altamira vuelan muy alto, tienen una fuerza onírica y poética que enamora, una magia que subyuga por encantamiento.

 Lo anterior expresa lo que siento por la obra de Rina, una admiración y un respeto que pocos artistas plásticos bolivianos han despertado en mi. Sin dudarlo coloco su trabajo pictórico en el mismo nivel que su maestro y mentor, mi querido amigo Ricardo Pérez Alcalá, quien estaría orgulloso de ver como su discípula más cercana ha crecido en su trabajo.

 Mónica (Rina) aprendió con Ricardo. Absorbió como una esponja no solamente la técnica sino su visión de la acuarela. El hecho de que la mejor obra de acuarela de Rina y de Ricardo esté plasmada en las “tablitas” recubiertas de yeso no es mera coincidencia, sino el resultado de un hallazgo lúcido. Más de una acuarela de esta serie le rinde directamente homenaje de cariño y nostalgia al maestro, por ejemplo, aquella obra que representa con el fondo del Illimani dos marraquetas y una tetera azul de porcelana, similar a la que había en casa de Ricardo, cuando desayunaban juntos.

 Ricardo solía explicarme el valor de la acuarela sobre tabla de yeso en comparación a la acuarela sobre papel, donde el agua no permite hacer gala de precisión. El yeso de la tabla atrapa las pinceladas más delicadas, los detalles más íntimos, con una luminosidad que supera incluso la del óleo sobre tela. Los colores tienen a la vez transparencia y consistencia, es como si capturaran la luz para retenerla definitivamente sin que pierda fuerza.

 No me alcanzan las palabras para definir mejor ese objeto conceptual que encierra la acuarela sobre tabla de yeso. No he visto pintar a Rina como sí he visto pintar a Ricardo, pero imagino que en la soledad de su casa y taller en El Alto, nuestra artista se desafía a sí misma en cada obra como solía hacerlo Ricardo. Para ninguno de los dos hay atajos. En ambos admiro el rigor tan poco frecuente en otros artistas, aquellos que con unos cuantos brochazos terminan una nueva obra. En Rina, como en Ricardo, hay trabajo, un trabajo tan fino como el de las tejedoras de j’allqa.

 No es gratuita la mención de las tejedoras que he conocido en Chuquisaca, gracias al magnífico proyecto ASUR que inició décadas atrás Verónica Cereceda. El parentesco entre las obras de Rina y la de esas mujeres no se limita al domino de la técnica, sino al vuelo creativo, a la capacidad de introducirnos en un mundo (o submundo) de magia y poesía, donde cada elemento adquiere un valor simbólico inusitado y sorprendente.

 No todas las obras de Rina responden a esta voluntad de soñar y hacernos soñar. No es extraño que Rina, al igual que Ricardo, sea más conservadora en su obra sobre papel, donde los artistas parecen estar convocados a una tradición “clásica”, con menos osadía. En el trabajo sobre tabla de yeso, en cambio, la imaginación se desata. Una de las obras que me ha fascinado es aquella en la que una vieja casa de adobe se eleva en el cielo jalada por una bandada de golondrinas.

 Tengo ocho obras de Rina, todas acuarelas sobre tablero. Si mis finanzas estuvieran mejor, no dudaría en adquirir otras, sobre todo las que están en exhibición en la Galería Altamira. Son magníficas, aunque es legítimo preferir a unas sobre otras.

 Al leer el título general de la muestra, “Todo de papel”, pensé que se trataba de acuarela sobre papel, pero por suerte fui engañado en dos sentidos: casi todas las piezas expuestas son tableros, y el “papel” es el leitmotiv de la exposición, algo que le otorga unidad pero que además revela la importancia de lo testimonial (los recortes de diarios) y vincula el mundo onírico con la realidad cotidiana.

 Ahí están los detalles que otorgan nuevos significados. Lo que parecer ser (y lo es) un homenaje a los girasoles de Van Gogh, es mucho más que eso si uno se acerca a observar las cuatro mariposas que se ubican a los lados del florero de vidrio transparente: las alas de esas mariposas son de papel periódico, con fragmentos de titulares que, con un mínimo de atención y de memoria, nos remiten a hechos reales. Una de las mariposas “habla” de “desaparición”, otra contiene la palabra “denuncia”, y otra “regularización”. Detrás de cada titular hay una historia.

 En otra naturaleza muerta, descubrimos un código secreto que une con hilo invisible unas cartas manuscritas y billetes sobre los que descansan una sandía, un zapallo y dos alcachofas, con la luna llena que encierra en su círculo palabras clave de un titular: “Como seguir una vida sin…”

 El movimiento está sugerido incluso en las obras más estáticas, como la que representa tres peras sobre una canastilla de mimbre, donde el pedículo de cada una flamea al viento una bandera blanca. O aquella otra donde carnosos higos abiertos flotan sobre una nube de papel. No es menos impresionante, por su resonancia nostálgica, esa acuarela (esta vez sí sobre papel) de la iglesia de San Francisco como si fuera el decorado fantasmal de un paisaje rural recorrido por el viento.

 Si bien la impronta de Ricardo Pérez Alcalá es aún muy fuerte en la vida y en la obra de Mónica Rina Mamani, esta nueva muestra sugiere que la valiosa artista ha encontrado un camino de expresión propia, donde la técnica absolutamente impecable se combina con el vuelo de sus sueños.

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Ahora me siento como el paisaje, puedo ser audaz
e incluir todos los tonos de azul y rosa: es encantador, es delicioso.
—Claude Monet 
 

31 agosto 2022

El suplicio de viajar a Europa

(Publicado en Página Siete el sábado 25 de junio de 2022)

 Entre 1880 y 1930, más de doce millones de europeos empobrecidos desembarcaron en América Latina con una mano atrás y otra adelante, en su mayoría analfabetos que apenas sabían escribir su nombre. Descendían de barcos abarrotados, buscando refugio sin documentos de identidad ni recursos para sobrevivir, huyendo de la miseria de una Europa incapaz de alimentarlos y de darles trabajo, sobre todo de Italia, Portugal y España, los países subdesarrollados del viejo continente.

 Fueron acogidos en Argentina, Brasil, Uruguay, Cuba o Venezuela, y siguieron su tránsito a otros países donde se instalaron, tuvieron descendencia y algunos hicieron fortuna. Sin educación, pero con la voluntad de progresar se dedicaron al comercio o a la agricultura y se mezclaron en el crisol de identidades que hoy constituye la población diversa de nuestra región.

 Sé esto no solo por la información histórica disponible, sino porque por el lado de mi madre tuve abuelos de Italia y Francia que fueron parte de esa gran ola de migrantes que supuso una presión demográfica muy superior a la de los latinoamericanos que, un siglo más tarde, buscan viajar a Europa, pero no son recibidos con la misma generosidad sino con displicencia.

 El trámite para solicitar una visa a Europa es una pesadilla para los bolivianos, ya que nuestro pasaporte es uno de los más devaluados. Según el informe de la consultora internacional Henley & Partners, el pasaporte boliviano es uno de los peores del mundo, en la misma categoría de Haití y Cuba. Somos los palestinos de América.

 En diplomacia hay un principio fundamental: la reciprocidad, que en los hechos no se practica. Para viajar a Europa, los bolivianos tenemos que realizar engorrosos y humillantes trámites que pueden durar semanas o meses, pero no sucede lo mismo a la inversa.  

 Bolivia debería exigir los mismos requisitos a los europeos que nos visitan: a) que paguen por adelantado 100 Euros (sin la certeza de que la visa será otorgada), b) que compren un seguro médico internacional a un costo altísimo (por cada día de estadía), c) que demuestren que tienen reservaciones de alojamiento y de transporte, d) que justifiquen sus ingresos y recursos para todo el tiempo de su estadía (cuentas bancarias certificadas, tarjetas de crédito e incluso documentos de sus propiedades en su país de origen). Todo lo anterior, además de vacunas y pruebas de Covid. Y cuando regresen a su país, que muestren en el consulado el pasaporte y sellos que prueban que no se quedaron más tiempo que el autorizado por la visa.

 ¿Cumplen esos requisitos los europeos que llegan a Bolivia? Para nada, pero a los bolivianos nos piden todo eso. Los europeos siguen llegando como Pedro por su casa, como lo hicieron cien años antes, sin que nadie les exija las “pruebas” que ellos imponen con aire de superioridad a los bolivianos que quieren cruzar “el charco” (Unamuno) en dirección opuesta.

 El 31 de mayo pasado, en una reunión de embajadores europeos con el canciller del régimen del MAS, se especuló sobre la “flexibilización” de requisitos para la visa Schengen (la visa “chinguen”), pero en realidad fue un besamanos diplomático más que otra cosa. Con un gobierno digno, la politiquería cómplice no estaría por encima de la defensa de derechos consagrados en los artículos 2, 7 y 13 (y otros) de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Me es particularmente molesto enfrentar la indolente burocracia europea (en concreto francesa), ya que tengo tres hijos y cuatro nietos europeos, he vivido en Europa más de doce años, mi primera esposa es francesa, he cruzado “el charco” más de 60 veces, he publicado dos libros en importantes editoriales francesas, he sido invitado especial en más de treinta festivales de cine y congresos de comunicación, he estado en el directorio de instituciones de cooperación y de publicaciones académicas, y he recorrido Europa más que la mayoría de los europeos. Solía viajar dos o tres veces al año y el trámite de visa no era la pesadilla que es ahora. Si yo hubiese querido, tendría un pasaporte europeo desde hace cuatro décadas. Si hubiese querido, viviría en París, como mis colegas latinoamericanos que estudiaron allá conmigo en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC), la mejor escuela de cine en esa época.

 A principios de 1981 me indigné con los requisitos que tuve que llenar para viajar como periodista invitado a la Unión Soviética. Lo atribuí al autoritarismo de los países comunistas, pero hoy veo que el autoritarismo y la discriminación se han extendido a uno y otro lado del charco.

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Europa no debería tener tanto miedo de la inmigración:
todas las grandes culturas surgieron a partir de formas de mestizaje.
—Günther Grass 

28 agosto 2022

Un libro sabroso

(Publicado en Letra Siete, suplemento de Página Siete, el domingo 19 de junio de 2022)

 Sobre la comida como expresión de la cultura se han escrito libros que son resultado de investigaciones históricas, que profundizan en las costumbres, en el origen de los preparados y de los productos y en las influencias de otras culturas. En Bolivia, un ejemplo de acuciosidad en la indagación y de abundancia de información es sin duda el trabajo de la historiadora Beatriz Rossells, con la monumental “Antología de la gastronomía boliviana” (2019) publicada por la Biblioteca Boliviana del Bicentenario, y “La gastronomía en Potosí y Charcas: siglos XVII, XIX y XX” (2003).

 Otros textos sobre culinaria son los que transmiten impresiones de primera mano, y se asemejan a los actuales programas de televisión de viajeros como Anthony Bourdain, que se desplazan por diferentes latitudes en un plan de descubrimiento sensorial. A esta categoría pertenece un libro muy peculiar, “Lo que se come en Bolivia” de Luis Téllez Herrero, uno de cuyos méritos es que se trata del primer libro sobre cocina publicado en Bolivia en 1945, una obra agotada que volvió a la vida 67 años más tarde, en 2014, en una edición de bajo costo del ministerio de Culturas, cuidada por Benjamín Chávez, que es también autor del prólogo a la segunda edición.

 Se mantiene el prólogo a la primera edición, firmado por Gamaliel Churata, seudónimo literario del peruano Arturo Peralta Miranda, quien no duda en elevar a la cúspide sus elogios, calificando a Téllez de “descubridor de la cocina boliviana” (lo cual por supuesto es una exageración). Churata añade que el libro revela a Bolivia mejor que un libro de geografía y “crea los elementos para una nueva apreciación de la sociología boliviana”. Sin embargo, no olvida señalar que todos los platillos que se mencionan en el libro son “típicamente bolivianos”, pues con otros nombres y ligeras variantes se encuentran en otros países de la región y además muchos proceden de la cocina española.

 Benjamín Chávez ha realizado un trabajo formidable corrigiendo los errores de redacción de la edición original (que desconozco), salvando los problemas de “ortografía, sintaxis, puntuación y gramática”, además de ofrecer un contexto detallado de la nueva edición.

Luis Téllez Herrero

 El libro es algo así como un “road movie” culinario, donde el autor y su “secretario” se lanzan a recorrer diferentes ciudades de Bolivia en busca de los platillos típicos de cada lugar, pero más allá de comerlos y describirlos, amplían el panorama sensorial con descripciones de los lugares que visitan y de las personas que conocen en su itinerario. Todo ello en un lenguaje picaresco y lleno de humor. Por su francofilia sabemos que Téllez se expresa a través del lente de la cocina francesa y con el refinamiento del lenguaje de esa lengua que domina en su calidad de profesor.

 El libro tiene mejor comienzo que final. A medida que uno pasa sus páginas se produce un fenómeno de aceleración y cansancio del autor en su periplo por la geografía culinaria de Bolivia.  Las descripciones de los primeros capítulos son más ricas, y en los capítulos finales más apresuradas y superficiales, como si los platos de resistencia se concentraran en el altiplano y se fueran debilitando mientras se desciende a otros pisos ecológicos. Inspirado por los “comilones célebres” (todos franceses), en la primera parte el autor consuma jornadas pantagruélicas y parece insaciable, mientras que hacia el final parece que no encuentra la variedad de comida que quisiera encontrar, y da muestras de saciedad y cansancio.

 El comienzo tiene mayor calidad literaria: “La gastronomía es como la música. Así como hay partituras que convienen a ciertos estados de ánimo, así como hay trozos musicales que se adaptan a los días alegres de la vida y a otros tristes, del mismo modo la gastronomía, que es también arte en sus variadísimas manifestaciones, se recomienda según los momentos y hasta según el temperamento de las personas”.

 Antes de ingresar a la comida nacional, esboza un panorama de la comida “en el mundo” (europea, en realidad), y desde su perspectiva y experiencia francesa subraya la pobreza que atribuye a la cocina alemana, inglesa o rusa. Incluso sobre Italia hace un breve apunte poco favorable, lo que demuestra su conocimiento limitado de otras culturas gastronómicas. Incluso cuando aborda territorio latinoamericano, despacha rápidamente la gastronomía de México, Chile, Brasil, Argentina y Perú, mostrando similar desconocimiento.

 Al final, lo que realmente interesa en el libro es su experiencia personal en territorio boliviano, sus apuntes sobre las ciudades y provincias que visita, su contacto con las personas, el recuento de platillos artesanales e ingredientes que con el tiempo han ido desapareciendo lamentablemente. Su testimonio, en ese sentido es valioso. Al menos comercialmente ha desaparecido el q’ausillo o mascaje, una raíz que se mastica como “un chewing gum norteamericano”. Menciona varios peces del lago Titicaca que se han extinguido, así como el escabeche de nuez verde en Tarija.

 Ya en esos años el autor se espanta del “siglo de la rapidez y del movimiento”, contrario a la buena cocina que se basa “justamente en la lentitud y la tranquilidad”. Ya entonces la comida de los hoteles le parecía “sin alma, sin personalidad”. ¿Qué diría hoy de la comida chatarra y de los alimentos ultra procesados que han enterrado la culinaria tradicional?

 La crónica itinerante por el país es lo que le otorga riqueza literaria y testimonial a la obra, narrada en primera persona. Hay descripciones idílicas de ciudades que antes eran habitables y hoy están llenas de basura, erosionadas por décadas de mal manejo del medio ambiente y la explosión poblacional. Idílicas, también sus entusiastas descripciones de algunos platillos, puesto que compara el chairo con un manjar del Olimpo. Habla de las “200 variedades de papas” que clasificó Manuel Vicente Ballivián, y alcanza a nombrar una docena. Si visitara un mercado de hoy, probablemente encontraría menos de diez tubérculos, incluyendo ocas y afines. En fin, sus elogios se extienden patrióticamente al “mejor café de América”. 

 Uno disfruta en el relato no solamente las descripciones de ingredientes y platillos, sino los lugares donde se sirven esos platos, los nombres de los restaurantes y de sus dueños, haciendo al lector partícipe de cierta intimidad. Muchas de las quintas a las que se dirige acompañado por sus anfitriones, se encuentran extramuros, por ejemplo, Miraflores, en La Paz, era un destino alejado del centro. La manera como se transporta es también interesante: para llegar a Copacabana se embarca en el puerto de Guaqui en el vapor Inca, para llegar a Tarija lo hace por Villazón, y en las ciudades se desplaza a veces en los desaparecidos tranvías.  Cada tramo es una aventura telúrica recompensada por la llegada a una nueva etapa gastronómica.

 El autor reconoce cierta “superficialidad” en su libro, que no deja de ser agradable por los apuntes que hace, incluso muy íntimos, sobre su relación con Titina, una simpática joven camba. La escena de la degustación de ambaiba es de un erotismo delicioso, que combina muy bien con la veta de humor que recorre la obra.

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El descubrimiento de un nuevo plato
es de más provecho para la humanidad
que el descubrimiento de una estrella.
—Jean Anthelme Brillat-Savarin 


25 agosto 2022

Fronteras

(Publicado en Página Siete el domingo 15 de mayo de 2022)

 Toda película latinoamericana que llega precedida por una oleada de noticias, nominaciones, premios y comentarios, llama la atención. Es el caso de “Karnawal” opera prima del argentino Juan Pablo Félix, estrenada en 2020 y presentada ahora en medios locales como una coproducción boliviana (la participación de Gerardo Guerra y Londra Films), aunque en la pantalla la presencia boliviana es mínima, porque aparte de las imágenes iniciales en Villazón todo lo demás sucede en territorio argentino. Tres de los actores principales son argentinos y uno chileno, y el equipo técnico y artístico principal es igualmente argentino.

 Desde el punto de vista de financiamiento, una lluvia de apoyos, inclusive desde Noruega, sugieren que la producción no padeció ningún tipo de carestía, como suele ser el caso de las producciones bolivianas, todo lo contrario.

 Algo que no se mencionan en los comentarios es que Abra Pampa (Jujuy), donde fue filmada, y todo el norte argentino es culturalmente más boliviano que rioplatense. La pampa es una continuidad de nuestro altiplano, y la gente de la calle habla con acento argentino, pero tiene facciones bolivianas.

 Todo lo anterior es para decir que este es un film fronterizo, así, como se llamaba aquel famoso grupo de música de Salta, “Los fronterizos”, precisamente para reivindicar esa condición de mezcla cultural. “Antes que amanezca / por esta región / porque yo mañana / paso a Villazón / Me voy a Bolivia…” como dice la composición de Arsenio Aguirre.

 Después de ver la película he leído breves comentarios que hablan de un “road movie”, o de un “western argentino”, y “una fusión de varios géneros” (dice el propio director). Es cierto que puede tener un poco de todo, pero esa es la epidermis.

 Siempre hay muchas maneras de abordar una obra, sobre todo si se pretenda profundizar en ella. En la lectura más superficial, “Karnawal” puede ser un thriller nocturno ambientado en Jujuy, en época carnavalera, que muestra a cuatro personajes embarcados en una aventura delincuencial, sin querer queriendo.

 Está “El Corto” con licencia de salida de la cárcel donde ya ha cumplido una sentencia de siete años, está su hijo muy joven, “Cabra”, que zapatea el malambo como nadie y aspira a consagrarse en un concurso nacional, está su madre, Rosario, que tiene que lidiar cada día con la presencia o ausencia de los tres hombres más importantes de su vida, y está Eusebio, gendarme argentino que hace pareja con ella y se ve arrastrado en el torbellino de amores y desamores.

 En esa lectura meramente argumental del film de acción, importa el hecho de que Cabra cruzó a Villazón para pasar a La Quiaca una pistola escondida en su mochila, importa también que su padre chileno es un delincuente relacionado con otros delincuentes, que trata de robar cisternas de combustible. Importa que Eusebio es gendarme y se vea en el dilema de ayudar a El Corto, e importa que Rosario, como madre, esposa y amante, arriesgue su pellejo por todos los otros.

 Hay otras lecturas posibles. Me siento más cercano a una lectura sociológica y sicológica de los personajes, que llevan mi interpretación a las fronteras del ser humano, de más difícil tránsito que las fronteras territoriales, porque no hay policía ni contrabandistas, solo hay memoria y heridas de aquello que ha sido vivido, e incertidumbre sobre lo que queda por vivir.

 Este es un film de fronteras, pero no la que separa a La Quiaca de Villazón, anecdótica y sórdida por todos los tráficos que allí concurren, sino la que separa (y también une) a los personajes. Es esa densidad sicológica la que me ha interesado, a tal punto que pienso que las relaciones entre los cuatro personajes podrían desarrollarse en un escenario de teatro, sin acudir a otros subterfugios llamativos.

 Me parece que la riqueza de “Karnawal” radica más en la profundidad de las fronteras humanas, a veces infranqueables, difíciles de expresar, como muestran los personajes de esta obra, cada uno enclaustrado en su propia soledad. Los actores expresan con maestría el bloqueo emocional de los personajes que interpretan, incapaces de mostrar amor, mudos y tercos en sus soledades, apenas cómplices en una situación de emergencia. La estupenda caracterización de los cuatro personajes revela, además de la trayectoria actoral individual, la calidad de la dirección de actores. 

 Alfredo Castro (El Corto), no es solamente actor sino autor y director de teatro, lo cual le permite prestar al personaje esa densidad sin grandilocuencia de un personaje que vive contradicciones profundas, en el límite de lo que le resta de vida. Desde 2006 lo hemos visto en más de 30 largometrajes interpretando personajes muy diferentes, lo cual es indicativo de su versatilidad para metabolizar personajes. El caso del protagonista Martín López Lacci (Cabra) es diferente, porque carece de trayectoria actoral anterior y sin embargo ha sabido transformar su condición de bailarín experto en malambo, en un personaje convincente, contenido, silencioso, pero muy expresivo a través de la mirada. Cabra es el narrador, la historia se mira desde sus ojos.  Para Mónica Lairana (Rosario), quien también tiene experiencia en dirección, este puede ser su papel más desafiante, que habla de las separaciones, como la que abordó antes en “La cama” en su calidad de directora y guionista.  Diego Cremonesi (Eusebio) hizo mucha televisión y teatro, de calidad variable, pero desde 2005 ha alternado esas actividades con las de actor de cine. Si bien su papel no es espectacular, lo encarna con mucha propiedad.

 Me ha quedado marcada esa capacidad de los cuatro actores de ocupar completamente la piel de los personajes, sin ningún asomo de falsedad o de impostura.

 Desde este lugar del mundo, no puede uno pasar por alto cierto exotismo de exportación que ayuda en la distribución y en los festivales: los vistosos trajes de carnaval que parecen esconder a personajes misteriosos, ayudan a crear una atmósfera mágica, tensa y saturada, aunque no sean esenciales en la historia, porque la música que aquí importa es la del bombo y del zapateo del malambo, en nada relacionado con los bronces carnavaleños. La música omnipresente, a veces se satura en estratos donde se mezcla la música que uno ve (el carnaval o el malambo), con una música incidental invisible demasiado presente.

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A ver quiaqueños / vamos a cantar / a ver quiaqueños / vamos a bailar / Antes que amanezca / por esta región / porque yo mañana / paso a Villazón / Me voy a Bolivia / luego iré al Perú / me alejo pensando / en la Cruz del Sur.

—Arsenio Aguirre (“El quiaqueño”, interpretada por Los Fronterizos)

 

22 agosto 2022

La guerra del trigo

(Publicado en Página Siete el sábado 11 de junio de 2022)

Me he resistido a escribir sobre la salvaje invasión de Rusia a Ucrania porque abundan los analistas y expertos de toda suerte, muchos que no conocen siquiera los países en guerra. No quiero contribuir a esa hemorragia verbal, ya que abunda información, sino reflexionar sobre los desequilibrios mundiales en la distribución de granos, principalmente el trigo.

 Toda guerra de por sí es algo perverso porque conlleva muertos y heridos, millones de desplazados, violaciones de los derechos humanos, incluyendo la salud, la educación, la identidad y otros aspectos de la vida cotidiana. Pero esta guerra, en particular, tiene un componente que influye en la alimentación no solo de aquellos directamente afectados por las bombas y abusos, sino de una buena parte de la población mundial.

 Desde mis décadas de trabajo en Naciones Unidas me he interesado en el tema de la alimentación, al punto que desde 2014 soy parte de un equipo de investigación de doctorado sobre cultura alimentaria, con la UNAM de México.

 Hace más de tres décadas, a principios de 1988, una de mis consultorías me llevó a Etiopía, cinco años antes de la independencia de Eritrea. Sacudía la buena conciencia del mundo la situación de hambruna de Etiopía y Somalia, con imágenes de niños famélicos y moribundos. El famoso rockero irlandés Bob Geldof había organizado Live Aid, dos gigantescos conciertos de rock para recaudar fondos para Etiopía, uno en Inglaterra y otro en Estados Unidos: participaron 56 bandas y solistas entre los más importantes del mundo. 

 Durante mi corta misión de evaluación volé al norte de Etiopía y otros lugares que me impactaron: si bien el norte y el este eran áridos, el sur era un vergel en el que florecían sembradíos. El dictador Mengistu Haile Mariam desplazaba por la fuerza comunidades enteras hacia el fértil sur, sin éxito, porque regresaban caminando a su entorno original. Allí encontré una cruel paradoja: mientras poblaciones en el norte sufrían la hambruna que impresionaba al mundo, Etiopía exportaba trigo a Europa.

 Aquella vez se hicieron trizas las certezas que yo tenía de Etiopía, y ahora la “guerra del trigo” me abre de nuevo los ojos sobre una realidad que desconocía: el tercer mundo depende del trigo de Rusia y de Ucrania.

 Parece un contrasentido y un absurdo que países sometidos a largos inviernos sean los proveedores de granos del hemisferio sur, pero así es, según demuestran estudios y estadísticas, y también la realidad de la hambruna que se avecina en la mismísima Europa.  En mayo el gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, predijo “apocalípticos aumentos de precios de los alimentos a nivel mundial”, que van a generar “una hambruna global”.

 Las estadísticas nos dicen que países como Benín y Somalia dependen en un 100% del trigo de Ucrania y Rusia, y Laos, Egipto, Sudan, Congo, Senegal y Tanzania, en más del 64%. Las exportaciones de granos (principalmente trigo, maíz y cebada), de los dos países en guerra representan hasta el 28% de la seguridad alimentaria mundial. África, en particular, importa todo su trigo de cinco países europeos, además de Canadá y Estados Unidos.

 Aunque se trate de cifras y datos duros, las estadísticas me producen indignación. ¿Cómo es posible que en el sur global seamos incapaces de alimentarnos? Se supone que el sur alimenta al norte, pero en la realidad nos hemos convertido en proveedores de materias primas, destruyendo bosques, envenenando ríos, avasallando áreas protegidas y comunidades indígenas, mientras somos incapaces de alimentarnos.

 Mi padre decía que aún en la agricultura, tenemos una “mentalidad minera”, es decir, extractivista y de corto plazo, sin pensar en los daños al planeta y en lo que pagarán las generaciones futuras. En lugar de alentar la agricultura familiar (importamos hasta la papa que comemos), las políticas de Estado apuestan por grandes plantaciones de soya para biodiesel o pastizales para ganadería vacuna, todo lo que contribuye a hacernos más dependientes de otras economías.

 Tenemos más extensión de tierra cultivable que los países europeos, y más diversidad de pisos ecológicos, pero las políticas de Estado, nuestra baja productividad laboral y nuestra organización como sociedad nos hace vulnerables. 

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Tres tristes tigres trillaron trigo en un triste trigal.