04 febrero 2020

Cuando los paramilitares se reciclan

 Luego de verla por segunda vez, aquello que más me interesó en la película “Cuando los hombres quedan solos” (2018, estrenada en 2019) de Fernando Martínez, es su manera de sugerir que la historia es cíclica, y que no siempre nos ayuda a profundizar la democracia. 

Fernando Martínez (derecha) con el equipo técnico
Filmada durante el periodo del llamado “proceso de cambio”, la tesis del film es que aquellos dispositivos de represión que sostienen los golpes militares y los regímenes autoritarios, se reciclan y se mantienen intactos de un gobierno a otro, en una macabra sucesión que opera en las sombras. Como diría Juan Ramón Quintana, el poderoso brazo derecho de Evo Morales: “En todo gobierno, alguien tiene que hacer el trabajo sucio”.

Este es un proyecto que tuvo un largo periodo de gestación, interrumpido y postergado varias veces, y una de esas veces nada menos que por la muerte accidental de su director, cuando recién había concluido la filmación del largometraje. Esa tragedia no impidió que la productora ejecutiva, Viviana Saavedra, concluyera el proceso de posproducción de acuerdo al guion y a las indicaciones originales del director. Hay quienes, habiendo visto el primer corte, me dicen que en el proceso de edición de imagen (Daniel Moya), sonido (Ramiro Fierro) y música (Mau Montero), Viviana Saavedra se constituyó en artífice de la obra.

Jorge Jamarlli (Arturo), Raúl Beltrán (Alberto) y Ariel Vargas (Carlos)
Hay maneras diferentes de contar la dictadura militar de García Meza. Hice en 1982 un libro que ganó el Premio Nacional de Testimonio del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) en México, y hay otros libros publicados sobre el tema, pero si mi información es correcta esta es la primera película argumental donde se aborda ese periodo histórico tan violento como absurdo, producto de la ambición personal de un militarote torpe y corrupto.

El inicio es documental porque se trata de situar el momento histórico: julio de 1980, golpe militar de Luis García Mesa y de su brazo derecho, Luis Arce Gómez. Sobre el sonido del discurso inaugural del dictador, se tejen imágenes de tanques, soldados, paramilitares y víctimas como Luis Espinal y Marcelo Quiroga Santa Cruz, de quienes sabremos más a pedida que se desarrolla el largometraje.

Aunque no se especifica un orden cronológico preciso, (porque una de las virtudes del film es ir alternando 1980 con mediados de la década de 2010 sin una progresión lineal), la acción argumental comienza con el asesinato de Luis Espinal, cuyo cuerpo acribillado es abandonado en un basural de Achachicala. Ese primer acto nos permite conocer a los tres paramilitares que guían la narración: Carlos Camacho (Ariel Vargas, en la versión “joven”), Alberto (Raúl Beltrán) y Arturo, un convincente Jorge Jamarlli en el papel del paramilitar argentino que no tiene nada que perder, que parece disfrutar su pequeña parcela de poder como torturador y asesino, y que envejece menos que quienes lo rodean.

Para quien no conozca la historia reciente de Bolivia quizás muchas escenas y personajes pasen desapercibidos (o percibidos como episodios simbólicos antes que reales), sin embargo los directores (Martínez y Saavedra) se han preocupado de reproducir con mucha fidelidad, con base en testimonios, tanto el mencionado asesinato de Luis Espinal, como el asalto a la central Obrera Boliviana y asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz, la tortura en la caballeriza del Estado Mayor del Ejército en Miraflores y la masacre de militantes del MIR en la calle Harrington, que se muestra desde la perspectiva de la única sobreviviente, Gloria Ardaya. Estos son datos históricos concretos que impactan a quienes los hemos vivido en 1980.

Entre los personajes claramente identificados está Luis Arce Gómez (el polifacético Luigi Antezana) con su tristemente célebre amenaza a los que denunciamos y nos opusimos al golpe militar, de que debíamos caminar con “el testamento bajo el brazo”. El sujeto se pudre ahora en la cárcel de Chonchocoro luego de cumplir 30 años de condena por narcotráfico en Estados Unidos (algo que podría suceder con los narcotraficantes vinculados al régimen de Evo Morales).

Los espectadores desmemoriados o poco conocedores de nuestra historia, pasarán por alto la presencia de Klaus “Barby” entre los asaltantes a la COB, o del propio General Banzer (Cacho Mendieta) en la escena de torturas del Estado Mayor. Estos guiños son para confirmar lo que la historia ha demostrado desde los años 1970: Banzer estuvo detrás de todos los golpes militares de derecha.

Sin embargo, el filme no se limita a la reconstrucción de la historia con gran H. Está también la historia (esta vez inventada) de la familia de Carlos Camacho, uno de los paramilitares, aparentemente el que más dudas tiene sobre el “trabajo” que realiza, pero resulta depositario de los archivos de la dictadura (que esconde en un cuartucho en su casa), a la vez una bomba de tiempo y un pasaporte a la impunidad. Su esposa, cuyo padre ha sido perseguido por la dictadura, se exilia en España dejando a Carlos con dos niños varones que, al crecer hasta la época actual, desarrollan personalidades y opciones de vida diferentes.

Una cortina de animación previa al título de la película, permite un salto en el tiempo, explicando en dibujitos la evolución de la familia, y luego tenemos a lo largo del filme suficientes flash back a 1980 que explican los hechos históricos acaecidos.

David Santalla
La trama de la historia familiar de Carlos Camacho (David Santalla), el abuelo paramilitar, tiene algo en común con la vida del paramilitar joven: la misoginia y el maltrato hacia la mujer. La mujer es la ausente, la que abandona, la que no entiende que todo es válido para la sobrevivencia, es la birlocha, o en el mejor de los casos el objeto sexual.

Bajo la influencia del envejecido paramilitar, sus dos hijos varones se debaten entre reproducir ese modelo o rechazarlo. Carlos, el hijo “bueno” (Fernando Arze) es un policía reprobado que se emplea como guardia de seguridad privada en un mercado callejero, mientras que su hermano Armando, es un policía “exitoso” porque está envuelto en redes de corrupción. Es, además, misógino y machista como su padre, mal hablado, mal ejemplo para su sobrina y sobrino.

Cuando la sobrina pregunta qué rostro tiene su madre, él le muestra una revista de moda y le dice que elija el rostro que quiera, porque da lo mismo. La presunción es que la madre también abandonó a sus hijos, aunque sabemos que lo hizo para buscar un mejor destino para ellos en España, y que nunca dejó de escribirles y de enviarles regalos que fueron alevosamente escondidos por el abuelo paramilitar. La historia tiene algunos giros de sorpresa que contribuyen a confirmar que los paramilitares nunca dejan de serlo ni se arrepienten: en un momento del presente, Arturo (el argentino) y Carlos (el abuelo) “eliminan” a “Don Alberto”, el tercer paramilitar, amigo de cama, rancho y crímenes, quien, aunque hizo fortuna, nunca fue feliz (si se puede concebir tal cosa en un asesino alevoso).

Hay agujeros en el guion, escenas de marcado melodrama, lugares comunes (como el bar de mala muerte donde los viejos “paracos” se emborrachan),  y algún personaje sobrante (como el caricatural abogado “Hugo Boss”, pésimamente sobre-interpretado), pero en general la película se sostiene gracias a la fotografía, a las actuaciones de los demás personajes, a las referencias históricas y a la narración no lineal, que es la que permite en última instancia realizar la analogía entre el totalitarismo militar y el civil del “proceso de cambio”: el mismo Luigi Antezana, no por casualidad, interpreta a un ministro de Defensa “plurinacional” con un discurso parecido al de las dictaduras, mientras los paramilitares se reciclan y los archivos de las dictadura no se desclasifican, por mucha “Comisión de la Verdad” que se ponga como pantalla de propaganda.

(Publicado en Página Siete el domingo 19 de enero de 2020)           

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La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios
sino sobre las faltas de los demócratas. —Albert Camus

31 enero 2020

El señor feudal

 Bolivia vivió un proceso de “africanización” impresionante (con perdón de aquellos países africanos donde la democracia y el apego a las leyes son norma). El señor feudal


Exactamente como en los otros países de África donde hay dictadores a veces “electos” (Obiang de Guinea Ecuatorial (40 años), Paul Biya de Camerún (38 años), Museveni de Uganda (34 años), Omar Al-Bashir de Sudán (30 años), Idriss Déby de Chad (30 años) y poco antes Mugabe de Zimbabwe (37 años), Eduardo Dos Santos de Angola (37 años) y Blaise Campaore de Burkina Faso (27 años), Evo Morales convirtió a Bolivia en su feudo, gastó en obras faraónicas a su propia gloria, y se resistió hasta el final a dejar el trono apoyado por vasallos obedientes y agradecidos que lavan su ropa sucia y le amarran los zapatos, humillándose a cambio de cargos, prebendas y tráfico de influencias. 

Ahora empezamos a conocer más detalles sobre el despojo monumental que se hizo del Estado. Paradójicamente la propaganda del régimen decía que se habían eliminado los “gastos reservados” de los gobiernos “neoliberales”, pero el dinero en efectivo que manejó la camarilla de Morales supera con creces cualquier uso indebido de bienes del Estado. 


La señora asistente de Juan Ramón Quintana que fue aprehendida cuando viajaba a Argentina con 100 mil dólares en efectivo es apenas un detalle (aunque hizo 40 viajes similares en cuatro meses). Como ella hay decenas de obsecuentes servidores del MAS, que sin que podamos saberlo todavía, disponen de esas cantidades o mayores, y las llevan a Buenos Aires o las usan internamente para provocar zozobra en Bolivia. 

Baste recordar que el expresidente Morales disponía de aproximadamente 600 millones de dólares anuales (en el Ministerio de la Presidencia), un presupuesto mayor que el de los ministerios de Defensa o de Gobierno, y cuatro veces mayor que el de Salud o Educación, para su uso indiscriminado en propaganda y programas electorales como “Evo cumple”. Eso no es “caja chica”, ni “gastos reservados”, sino un asalto al erario, puesto que se disponía de esa enorme suma sin estudios de factibilidad, sin licitaciones, y en muchos casos en efectivo. El Banco Central y el Banco Unión todavía tienen que explicar cómo salieron los fondos en 4 camiones de seguridad dos días antes de la fuga de Morales y sus allegados. 


La corrupción, además del narcotráfico, fue el sello característico de los sucesivos gobiernos de Evo Morales, y por ambos pasará a la historia, además de las violaciones de derechos humanos y la destrucción de la naturaleza. 

Sin embargo, todo lo anterior fue posible porque se construyó la imagen de un señor feudal dueño del país y con impunidad absoluta para decidir todo. El culto a la personalidad que costó cientos de millones de dólares, permitió ese uso arbitrario de los bienes del Estado que ahora están siendo investigados. Se creó toda una cultura del abuso y la corrupción como algo “normal”. No es casual que ahora haya hasta ahora 592 ex autoridades del régimen de Morales con juicios para recuperar activos que fueron malversados. 

Aún faltan auditorías y juicios por el uso de recursos en el programa “Evo Cumple”, administrado a través de la UPRE (Unidad de Proyectos Especiales). Allí se dilapidó el dinero de los bolivianos de manera bochornosa y con resultados igualmente grotescos, ya que una mayoría de las obras y “mega obras” ejecutadas está ahora en situación de deterioro porque las cosas no se hicieron bien. En muchos casos se gastaba más en el montaje escénico para recibir a Morales, la repartija de vehículos a dirigentes y la transmisión por televisión nacional de los discursos del autócrata (cuatro o cinco cada día), que la refacción o construcción de una escuelita. 

Hay barrios enteros del programa de vivienda abandonados, aeropuertos que no se utilizan, escuelas cuyos techos se caen, y un sinfín de otras “obras” que se caen en pedazos, incluso la estatua de Juana Azurduy de Padilla en Buenos Aires, obra de latón que costó la friolera de un millón de dólares pagados a un escultor argentino. 

El grado de corrupción del régimen de Morales es aún ignorado por la mayoría de los bolivianos y aún más en el exterior, donde todavía se venera – en algunos ámbitos- los fragmentos de la imagen del ídolo de barro. 

(Publicado en Página Siete el sábado 11 de enero de 2020)
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Muchos de ellos, por complacer a tiranos, por un puñado de monedas,
o por cohecho o soborno están traicionando
y derramando la sangre de sus hermanos.
—Emiliano Zapata

29 enero 2020

Terrorismo y corrupción

 Las múltiples caras del terrorismo en este siglo muestran una distancia notable con lo que en el siglo anterior fueron sublevaciones armadas de pueblos que decidieron sacarse de encima a dictaduras militares y civiles que oprimían a la mayor parte de la población en beneficio de unos pocos. La legitimidad que tuvieron en su momento la Revolución Mexicana (1910-1917), luego la Revolución Nacional en Bolivia (1952), más tarde la Revolución Cubana (1959) y la Insurrección popular del Sandinismo (1979), se perdió luego en movimientos armados cuyas actividades se tejieron indisolublemente con actividades delincuenciales para asegurar el financiamiento de sus operaciones. 

La situación en este siglo se ha agravado. En días pasados tuvo lugar en Bogotá la III Conferencia Ministerial Hemisférica de Lucha Contra el Terrorismo, en la que participó la Canciller boliviana Karen Longaric. Desde Canadá hasta Argentina, 20 países enviaron sus representantes al más alto nivel, enviando con ello su señal de preocupación.

Obviamente, el régimen de Nicolás Maduro no estaba invitado a la cita, desde el momento en que aloja en su territorio a actores violentos que cometen atentados en territorio de países vecinos. Entre los terroristas que alberga Venezuela está Gustavo Aníbal Giraldo, del ELN, responsable directo del atentado con un camión de explosivos, que exactamente un año antes, el 17 de enero de 2019, mató a 22 estudiantes de la Escuela de Cadetes de Policía General Francisco de Paula Santander.

En conmemoración del aniversario de ese hecho, se fijó la fecha de la cumbre contra el terrorismo, y pudo ser una oportunidad para que el ELN pidiera perdón, como lo hizo con los 84 muertos de Machuca, en 1998, pero no hubo tal cosa para favorecer un ambiente para el diálogo, como el que se hizo antes con las FARC para firmar la paz. Como dijo en la ceremonia conmemorativa uno de los padres de los cadetes asesinados: “Yo perdono. ¿Pero a quién, si a mí nadie me ha pedido perdón? 

En la jornada anterior a la Conferencia Ministerial, los países asistentes suscribieron un comunicado elaborado por los equipos técnicos de los países. Cada uno fue aportando con sus dolorosas experiencias, desde Argentina que se refirió a los ataques terroristas en la embajada de Israel, en 1992 (22 muertos) y en la Asociación Mutual Israelita (AMIA) con 85 personas fallecidas, hasta México con las continuas desapariciones de periodistas y la violencia contra migrantes centroamericanos por parte de carteles de la droga.

El representante de México hizo constar su condición de mero "observador" en la Conferencia, quizás en coherencia con esa misma condición que mantiene dentro de sus fronteras, mientras el crimen organizado se desarrolla con toda su fuerza y se extiende hacia otros países.

Las dos constataciones más importantes de las delegaciones participantes, señalan primero que para el terrorismo no hay fronteras, y que los grupos terroristas están estrechamente vinculados a la corrupción.

En el primer aspecto, fueron claros los informes de varios países que han detectado en su territorio la actividad de terroristas que vienen de lejos. Como señala el comunicado final: “las organizaciones terroristas ISIS/Daesh y Al-Qaida, y sus organizaciones afiliadas, constituyen una amenaza a la seguridad colectiva, a la seguridad de los ciudadanos dentro y fuera de sus territorios, y a todas las personas dentro de sus respectivas jurisdicciones”. Más adelante expresaron “su preocupación por las actividades que redes de Hezbolá continúan realizando en algunas áreas del hemisferio occidental”. Aunque parezca difícil de creer, estos grupos operan en América Latina y son responsables, entre otros, de los atentados en Argentina.

El segundo aspecto señalado son los vínculos indisociables entre el terrorismo, el narcotráfico, la trata y tráfico, el lavado de dinero, la minería clandestina, los secuestros y chantajes, el tráfico de especies animales, la deforestación de zonas protegidas y los daños consecuentes al medio ambiente. Una cadena de crímenes conectados entre sí. Esa integralidad de las acciones y efectos de la delincuencia organizada constituyó la esencia de los debates entre los gobiernos, y ninguno se desmarcó del documento final:

“Destacaron la importancia de un enfoque holístico, que tenga en consideración los vínculos que existen entre el terrorismo y su financiamiento, los cuales pueden incluir diversas manifestaciones de la Delincuencia Organizada Transnacional. En tal sentido, reafirmaron la responsabilidad de los Estados de negar cobijo financiero, operacional o cualquier otro tipo de apoyo a los terroristas…”

La acción conjunta de los países puede frenar el terrorismo que no está motivado por la ideología sino por los negocios del crimen organizado. No solo son definidos como terroristas los que portan armas o bombas, sino redes de apoyo cada vez más complejas, que incluyen a quienes incitan verbalmente al terrorismo para cubrir operaciones delincuenciales.

Por ello los países “reconocieron que el terrorismo transnacional no conoce frontera geográfica, y en tal sentido, ratificaron el compromiso indeclinable de los Estados para que, denieguen refugio, asilo, albergue y/o cualquier tipo de apoyo a quienes financien, planifiquen o cometan actos terroristas, o a quienes les presten colaboración, de conformidad con las legislaciones nacionales, las obligaciones del derecho internacional, los tratados internacionales y las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas” (que son muchas y, como siempre, poco implementadas).

(Publicado en Página Siete el sábado 25 de enero 2020)   
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El terrorismo es inmune,
se nutre de los minutos de silencio multitudinarios.
Sólo la resistencia individual le contraría.
—Fernando Savater

26 enero 2020

Santa Clara: el pasado está adelante

 En “Santa Clara” (2019) dirigida por Pedro Antonio Gutiérrez el personaje principal, Santiago Moreno (interpretado con mucho acierto por Cristian Mercado), tiene la oportunidad y el desafío de buscar el pasado en su futuro inmediato. Lo que parece ser una contradicción de términos no lo es: el pasado no resuelto está siempre en el futuro, y en este caso como una posibilidad de reivindicación, saldar cuentas con uno mismo y con los demás. 

Santiago Moreno aún era niño y escapó con vida cuando un terrateniente sin escrúpulos mató a toda su familia. En las pampas del Beni se imponía y se impone todavía la ley de la fuerza: el sonido seco de los balazos define las relaciones de poder y el silencio cómplice de la gente es una mezcla de miedo y de egoísmo. Además, Santiago ha dejado en el camino un amor que su partida dejó en suspenso y sin más noticias. La oferta económica difícil de rechazar, de arrear dos mil vaquillas a Santa Clara, el lugar de donde emergen sus recuerdos más dolorosos, constituye la trama de una historia llena de intriga y sorpresas.

Sobre esa trama Pedro Antonio Gutiérrez construye un relato verosímil que algunos han llamado “el primer western amazónico boliviano” (aunque “Mina Alaska” de Jorge Ruiz podría también entrar en esa categoría). Las peripecias de ese viaje de una semana por las grandes extensiones del oriente boliviano, hacen de la película algo novedoso y su excelente factura (fotografía, música, interpretaciones, etc.) le dan a la obra dignidad y calidad expresiva. El cine boliviano demuestra una vez más que goza de una calidad profesional indudable.

Me acerqué al filme por razones afectivas atraído por la historia de las vaquillas, ya que mi padre fue el gestor, en la década de 1950, en la Corporación Boliviana de Fomento (CBF), de una empresa que algunos calificaron como “una locura”: arrear las primeras 600 vaquillas y 10 toros sementales de raza cebú (Nelore) desde Puerto Pailas sobre el Río Grande (Santa Cruz) hasta Reyes (en el departamento de El Beni).  En ese entonces eran más de mil kilómetros que recorrieron 34 arrieros comandados por Germán Vaca Rivera, en quien pareciera inspirarse el personaje de Santiago Moreno. Semejante aventura mereció un largo artículo de Nicole Maxwell en la revista Visión, el 17 de febrero de 1956.

La película está situada un poco más tarde, en la década de 1960, pero el eje narrativo es similar (excluyendo las muertes y amoríos). El director hace énfasis en la sicología del personaje principal, que tiene que enfrentarse a su pasado y a una persecución sañuda por parte de una banda de malhechores (que incluye a un policía corrupto), que pretende robar el ganado y matarlo.

Con todos estos elementos el viaje está lleno de suspenso y no resulta largo para el espectador.  La edición del film (realizada por Juan Pablo Richter) es precisa, no tiene momentos largos o aburridos. Por el contrario, apegado a la tradición del género ofrece numerosas escenas de conflicto en las que se muestra diferentes facetas de la naturaleza humana: la lealtad, la traición, el esfuerzo colectivo, la amistad, etc.

Hay algunos problemas en la representación del tiempo y de continuidad, pero no son mayores. Quizás la debilidad mayor de “Santa Clara” es un sesgo telenovelero que afecta los minutos finales de la película, cuando se “revela” que dos de los principales personajes supuestamente enemigos mortales son en realidad hermanos… Concesiones melodramáticas de ese tipo también estaban presentes en “Bárbara”, una anterior película del mismo director. La búsqueda de mercados internacionales a veces obliga a hacer concesiones.

Cada vez estoy más convencido de que los cineastas bolivianos tenemos dificultad en la concepción de cómo debe concluir una historia. Por lo general es hacia el final de las películas donde aparecen las debilidades de los guiones, los aspectos inverosímiles o las soluciones abruptas.


Hay varios aspectos que sobresalen en el largometraje. Uno de ellos es la música original, con composiciones del paraguayo Fran Villalba (compositor de la música de “Siete cajas”). La música inspirada en tradiciones locales le otorga una calidad especial a la banda sonora, que sin embargo no adquiere protagonismo, lo cual se agradece. En otras películas la música destaca tanto, que distrae la atención sobre la historia, pero no es el caso en “Santa Clara”.

La fotografía de André S. Brandao es en todo momento estupenda. Destacan los planos aéreos de centenares de vaquillas atravesando campos y ríos, magníficos atardeceres y escenas de noche. Es una fotografía que fluye sin altibajos, adecuada para la historia que se narra.

En la pantalla parece una producción costosa, pero comparada con otras películas latinoamericanas, los 400 mil dólares que costó no son mucho, aunque sabemos que no se recuperarán en el país debido a la apatía del público. Dice el director que solo en alimentar durante seis semanas a las 90 personas del equipo de filmación, se gastó 70 mil dólares.

El cine boliviano ha volcado por lo general su mirada sobre el altiplano, reproduciendo para el mundo la imagen de un país montañoso y austero. Es sano y agradable ver que existe otra mirada en películas producidas en años recientes, donde la geografía de un país más amplio y desconocido -para los propios bolivianos- ocupa la pantalla.

(Publicado en Página Siete el domingo 5 de enero de 2020) 

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Es el viaje y no el arribo el que importa.
 —T. S. Eliot

03 enero 2020

Las metamorfosis de Narciso

La obra de Salvador Dalí, “La metamorfosis de Narciso”, me gusta porque representa en estilo surrealista el mito griego del personaje que se enamora de su propio reflejo. Pero en lugar de concentrarse en ese reflejo, Dalí muestra dos figuras similares, lado a lado, pero diferentes en el detalle: la primera está acuclillada junto al agua con la cabeza apoyada sobre una rodilla en actitud humilde, y la otra es una mano erguida que sostiene un huevo en la punta de los dedos. 

En estos 14 años de autocracia he pensado a veces que esa obra representa al Narciso que tuvimos de presidente, transfigurado una y otra vez a medida que se enamoraba patológicamente de su reflejo proyectado en los medios de información serviles, para crear una imagen endiosada: un caso enfermizo de auto-culto a la personalidad, replicado al infinito por el aparato de propaganda estatal, financiado con fondos del erario.

Evo Morales, joven de corbata y uniforme militar
Esa transfiguración de Evo Morales sería digna de un estudio de sicología. Comienza con las imágenes de un joven con corbata o con uniforme de la Policía Militar, que no soñaba todavía en convertirse en reencarnación de las antiguas civilizaciones del altiplano, disfrazado en una ceremonia en Tiwanaku con un atuendo totalmente inventado para la ocasión, sin ninguna raíz histórica.

La vena histriónica de Evo Morales no ha sido suficientemente estudiada a pesar de que sigue funcionando con éxito en el exterior, convenciendo a ingenuos (y a otros no tan ingenuos) de que el expresidente fue echado del gobierno por “racismo” … (tardó 14 años en llegar a esa conclusión), o peor aún, por ser amigo de los pobres (un despropósito mayúsculo considerando que vivió en el fasto como ningún otro presidente en la historia de Bolivia).

El presidente “más humilde de América Latina” fue desde el principio un megalómano frívolo y calculador. Primero la chompita a rayas con la que conquistó al rey de España y a otros líderes de Europa poco antes de asumir su primera presidencia. Luego, la vestimenta creada especialmente para él por Beatriz Canedo, una de las diseñadoras de moda más cotizadas de la burguesía boliviana.

Evo Morales nunca dejó de sentir que su imagen en el espejo reflejaba a alguien más grande que sí mismo, alguien en quien tenía que convertirse por la fuerza. Hasta su cabellera supuestamente descuidada, que no deja adivinar cuántos dedos de frente tiene el sujeto, estuvo siempre muy cuidada, al extremo de que el 20 de enero de 2016 nada menos que el ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, apareció en la televisión nacional, junto al estilista Rodolfo Paz, para desmentir que el presidente había gastado 1.400 Bs del erario en un corte de cabello. Toda una cuestión de Estado…

En el documental “Cocalero”, filmado en 2005 por Alejandro Landes, hay dos escenas, a falta de una, donde se muestra al candidato a la presidencia frente al espejo de una peluquería, dando instrucciones precisas al estilista sobre su peinado. 

La construcción de Narciso-presidente ha sido costosa para el pueblo boliviano, sobre todo para quienes pagan impuestos (no es el caso de los cocaleros). Una vez establecido el personaje (indígena-pobre-magnánimo-generoso), todo fue posible sin crítica desde sus bases: a) carretera y edificación de un museo de 5 millones de dólares a su propia gloria (en su pueblo natal de 200 familias, sin alcantarillado ni hospital decente), b) la compra de un avión de lujo de 34 millones de Euros (Falcon 900 EX Easy, que estaba destinado al equipo de fútbol Manchester United), c) la erección de un fálico palacio de 28 pisos con lujosas suites presidenciales y helipuerto (que destruyó el casco histórico de La Paz), entre otros gustitos del autócrata que dejó atrás los autos blindados para usar exclusivamente aviones y helicópteros en sus desplazamientos.

Morales en el avión presidencial y en su museo en Orinoca 
En paralelo a su metamorfosis física está su transfiguración política. De ardiente defensor de la Pachamama pasó a convertirse en el más voraz depredador extractivista de la madre tierra, autorizando por decreto el ingreso de empresas mineras y petroleras a reservas forestales e indígenas, y culminando con la destrucción de 5 millones de hectáreas en la Chiquitanía para favorecer a soyeros, palmeros, ganaderos y cocaleros. Ningún gobierno en el planeta ha destruido en tan poco tiempo tanta extensión de bosques (per cápita) como el de Evo Morales.

Algo similar sucedió con la metamorfosis que sufrió en su confrontación con las organizaciones de derechos humanos de la sociedad civil, mientras convertía a la Defensoría del Pueblo en una agencia paraestatal controlada desde el ejecutivo.

Y por supuesto, su mayor transfiguración fue la violación de la Constitución Política del Estado que él mismo hizo aprobar entre gallos y media noche en 2009, garantizando su tercera presidencia consecutiva, su cuarto intento inconstitucional luego del desconocimiento del referendo del 21F, y el fraude electoral del 20 de octubre. 

Hay que reconocerle a Evo Morales su arte de prestidigitador, además de artista de la metamorfosis. Apenas la OEA emitió el informe preliminar sobre el fraude, Morales voló a la Terminal Presidencial de El Alto para dar la conferencia de prensa donde, sin mencionar a la OEA, anunció nuevas elecciones y la destitución del Tribunal Supremo Electoral. Era un implícito reconocimiento del fraude, pero tarde piace… las cartas ya estaban jugadas. A medida que pasaban las horas Narciso Morales hacía nuevas concesiones para aferrarse al poder, pero ya nadie creía en su reflejo engrandecido, ni siquiera él mismo. 

(Publicado en Página Siete el 28 de diciembre de 2019)  


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Hermano, que no entre comida a las ciudades.
Vamos a bloquear, (vamos a hacer) un cerco.

—Evo Morales