10 septiembre 2017

El Gordo

Tuve que buscar su nombre de pila porque no recordaba que se llamaba Jorge. Lo conocíamos como el Gordo Mendoza, el periodista más emblemático del Palacio de Gobierno. Fue allí corresponsal de Presencia más de tres décadas y en las fotografías todos los presidentes parecían chiquitos a su lado.

Jorge "Gordo" Mendoza 
Entraba al palacio como Pedro por su casa y desde los Colorados de Bolivia que cuidan la puerta hasta los presidentes que bajaban las escalinatas centrales, todos lo saludaban con familiaridad. En su maletín cargaba la grabadora de casete que era su instrumento de trabajo, con la que recogió tanto tiempo voces que decidían los destinos del país. ¿Dónde estarán esas cintas? Probablemente las borró para poder utilizarlas de nuevo, como hacíamos todos en esa época.

Un día el Gordo desapareció de las fotos y de las calles, y no supe más de él hasta que descubrí hace un año que era mi vecino, vivía en la Torre Zafiro, a media cuadra de mi casa, y solíamos coincidir muy temprano los fines de semana cuando yo salía a trotar y él daba la vuelta a la esquina con un pequeño perro al que sacaba a pasear y a desahogarse.

Lo encontré bien, como siempre sonriente y bonachón, con esa voz que no se alteraba, con el traje gris que le colgaba por todas partes como saco de payaso, demasiado grande para su cuerpo que se había reducido con los años. Probablemente tenía que ajustar su cinturón y hacerle nuevos agujeros para que no se le cayeran los pantalones, pues ya no tenía la enorme panza de antes.  El Gordo era ahora flaco.

Humberto Vacaflor, Gonzalo López Muñoz, Juan Pereda Asbún y Jorge Mendoza
Cada vez que nos veíamos me reclamaba las fotos con dirigentes políticos que habíamos entrevistados juntos, cuando formamos equipo en el programa radial Facetas primero en Radio Cruz del Sur y luego en Radio Stentor, con Humberto Vacaflor, Sandra Aliaga, Minil Ordóñez, Gonzalo López Muñoz, Juan León Cornejo, Luis Minaya y Carlos Arze Castedo, que era el director de orquesta.

Nunca estaba el grupo completo, éramos cuatro o cinco compartiendo el micrófono. Fue una época que recuerdo bien porque me incorporé a Facetas apenas regresé de Francia a fines de 1977. A veces yo hacía comentarios de cine, como la película cuyo estreno causó escándalo: “Emmanuelle, más manoseada que la salida al mar”.

Siles Zuazo, Oscar Eid y otros dirigentes de la UDP
Entrevistamos a Siles Zuazo y a Juan Pereda Asbún, entre otros.  Tengo las fotos que me reclamaba el Gordo y que varias veces compartí con él pero creo que las extraviaba. También conservo fotos de alguna parrillada, probablemente en el jardín de la casa de Gonzalo López Muñoz (director de IPE). Yo nunca aparezco en esas fotos porque era el único que se preocupaba de registrar el momento. 

Según una tesis universitaria de la época, después de la huelga iniciada por las mujeres mineras, que se extendió por el país llegando a sumar dos mil personas, Facetas habría sido uno de los factores que precipitaron la caída de la dictadura.

A principios de este año, en nuestros encuentros matinales nos prometíamos vernos y conversar sobre los viejos tiempos, pero como tantas cosas en la vida eso no se pudo concretar porque a Jorge Mendoza Zegarra se le ocurrió morirse sin avisar el martes 20 de junio de 2017, a la edad de 83 años.

Gonzalo López Muñoz, Juan Pereda Asbún y el Gordo Mendoza
Me enteré recién por el Gato Salazar, otro tupiceño, para quien el Gordo “Era un apasionado cazador de noticias, con un gran olfato para detectar las novedades, sobre todo las grandes ‘pepas’. Si lo veías llegar a la radio o al Café La Paz con una enorme sonrisa, era que había encontrado alguna donde nadie la había visto. Fuimos amigos de juventud, en nuestra natal Tupiza. Lo perdí de vista durante muchos años, hasta que nos reencontramos en La Paz, donde nos hicimos periodistas, él en Altiplano y yo en Fides”.

Mario Castro era director de Radio Altiplano cuando trabajó allí el Gordo haciendo sus primeras armas con el olfato que lo caracterizó siempre. Mario recuerda que ya le decían “el Gordo” desde entonces, por su volumen y quizás también por su carácter bonachón.

La escritora Verónica Ormachea fue corresponsal en el palacio y allí lo conoció: “El Gordo, como casi todos los gordos era bonachón. Él trabajaba en Presencia y yo en  Última Hora. Ambos cubríamos Palacio de Gobierno. Nos veíamos en la Sala de Prensa y él, como viejo lobo de mar, me daba una mano en mi primera experiencia como periodista. De vez en cuando íbamos al Rayito de Luna a tomar un café, el boliche de los periodistas. El Gordo dejó huella. Es inolvidable”.

El Gordo Mendoza y Gonzalo López Muñoz
Sandra Aliaga le guarda cariño y agradecimiento: “Nuestros mundos eran muy distintos pero ¡cómo nos hemos querido!  Facetas fue mi mejor escuela y en ella eras y serás por siempre mi Gordo amado. Te reías de mi ímpetu revolucionario, me llamabas ‘pone bombas’ y creías en mí.  Yo admiraba tu experiencia, aprendí mucho de ti.  Eras el capo de las fuentes militares, policiales y demás uniformados.  Eras un buen cazador de noticias”.

Para Luis Minaya, que también estuvo en el equipo de Facetas: “El Gordo Mendoza fue una figura aparte. Un provinciano bonachón y carismático, que con su sencillez y autenticidad humana les ganaba a todos. Leal al doctor Paz, que lo quería y respetaba por esa autenticidad porque Paz también era un provinciano.  Varias veces el Gordo hizo que yo lo acompañara  a casas donde, por uno u otro motivo, los jefes del MNR estaban recluidos; estos jefes lo recibían de inmediato para preguntarle por las novedades. El Gordo fue un gran patriota, consecuente y colaborador nato con su gente. Fue lo que puede decirse ‘un intelectual orgánico’ de todo lo bueno que en su momento representaba el MNR. El Gordo tenia un instinto enorme para ubicar la noticia. Sin poses intelectuales, porque no las necesitaba, fue un auténtico reportero, la etapa superior del periodista”.

Parrillada entre periodistas 
Uno de los últimos directores de Presencia, Armando Mariaca, recuerda que el Gordo se jubiló un par de años antes del cierre definitivo del diario: “Era buen amigo, buen reportero, dinámico, jovial y respetuoso con todos”.

He pedido estos comentarios especialmente a quienes conocieron de cerca al Gordo Mendoza, porque sé que le hubiera gustado saber lo que los amigos pensábamos de él y que quizás nunca tuvimos la oportunidad de expresarlo de viva voz. 

La memoria de los bolivianos es débil. Nos olvidamos de lo malo y de lo bueno. Algunos hechos históricos permanecen más o menos frescos a fuerza de hablar sobre ellos, pero el recuerdo de muchas personas valiosas se pierde rápidamente. Por ello, este breve tributo al Gordo Mendoza.

(Una versión corta de este texto se publicó en Página Siete, el sábado 26 de agosto de 2017)
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Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. —Ryszard Kapuscinski


07 septiembre 2017

La historia es un baile

La Cinemateca Boliviana me invitó a participar el 26 de agosto pasado en su ciclo “La mejor película del mundo”, que Diego Gulco organiza desde hace varios años. Diego me puso en el aprieto de elegir una sola película entre tantas que considero extraordinarias en la historia del cine. De hecho, tengo una lista de cien films que comencé a elaborar en la época en que estudiaba cinematografía en Francia y seguí enriqueciendo cuando ejercía regularmente como crítico cinematográfico en Última Hora, en El Nacional, en el semanario Aquí, y en unas veinte revistas internacionales.

Esa lista no ha crecido mucho en las dos últimas décadas porque veo poco cine y para hacer una lista con cierto nivel de exigencia hay que conocer todo el mejor cine que se produce en el mundo. Las razones por las que veo poco cine tienen que ver en parte con la falta de tiempo, y con el hecho de que detesto el comportamiento de los espectadores que usan sus celulares, hablan y roen enormes cantidades de pop corn con olor a mantequilla rancia. Ni la Cinemateca Boliviana, que es el único lugar donde se puede ver buen cine en una pantalla grande, se libra de ese tipo de espectadores.

De cualquier forma, presionado por Gulco esta vez escogí un film muy diferente a todos los que la gente normalmente suele ver.  Les presento Le bal (1983) de Ettore Scola.

No es lo mismo una película muda que una película sin palabras. Quizás por ello Le bal se considera como uno de los films más bellos de la filmografía de Scola, donde sin decir una palabra dice muchísimo sobre la historia europea, la vida y las relaciones humanas.

Cada film de Scola es un regalo. Uno queda extasiado con Marcello Mastroianni y Sofía Loren en Un día particular (1977), con Nino Manfredi en Feos, sucios y malos (1976) mal traducido al castellano como Brutos, feos y malos; Nos amábamos tanto (1974) con el gran Vittorio Gassman, Marcello Mastronianni, Manfredi y Stefania Sandrelli La noche de Varennes (1982), La terraza (1980), La familia (1987) y otros títulos para quedar encantados con su cine.

Scola no hizo solamente películas de ficción, sino que entre sus 42 títulos figuran muchos documentales, el último de los cuales, tres años antes de morir el 19 de enero de 2016, estaba dedicado a su maestro y amigo Federico Fellini, a quien le dedica en Nos amábamos tanto, una reconstrucción genial de la escena de la fontana de Trevi en La dolce vita. Es una escena de antología, el mejor homenaje a Fellini, con el gran director en su propio papel.  

Le bal obtuvo tres premios César en 1984 (Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Música), el equivalente al Oscar en Francia. La premisa del film es aparentemente sencilla: narrar medio siglo de la historia de Francia, de 1936 a 1983 y hacerlo sin palabras y en un solo ambiente: un salón de baile subterráneo donde mujeres solas y hombres solos van a juntarse en parejas para bailar, nada más que bailar.

El punto de partida es una magnífica obra de teatro, escrita y dirigida por Jean-Claude Penchenat, con quien Scola escribió el guion y estableció inmediatamente lazos de amistad. Infarto de por medio, Scola retomó el proyecto un par de años después y filmó en Roma, a donde se trasladaron los actores del Theatre du Campagnol que dirigía Penchenat y su esposa, Genevieve Rey.

El film comienza en el presente porque es importante ubicar al hilo conductor que se remonta al pasado, como una madeja que hay que desentrañar hacia atrás, como Penélope destejiendo el sudario destinado a Laertes. De pronto, cuando la máquina para hacer cappuccino se cubre de vapor, damos un salto atrás de cincuenta años, a la época del Frente Popular de Leon Blum, 1936.

De ahí otra vez para adelante, los grandes periodos de la historia contemporánea de Francia: la Segunda Guerra Mundial, la ocupación nazi, la Liberación, el Plan Marshall, la Guerra de Argelia, Mayo de 1968 y otra vez el presente.

Todo esto, sin una sola palabra, porque todo lo dice la música, las canciones, el vestuario, el lenguaje corporal de los actores (la escena en que una de las mujeres pinta la raya de una media de seda inexistente), y algunos efectos especiales, como los que aluden a los bombardeos de París durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el salón de baile se convierte en refugio.

La música es un personaje fundamental en esta película sin palabras, porque el recorrido de 50 años es perfectamente comprensible gracias a ella.  Las canciones de Charles Aznavour, de Charles Trenet, la Marsellesa, “Lili Marleen”, Irving Berlin, Stephane Grapelli, Django Reinhardt, “Only you”, “La vie en rose” y tantos otros sitúan al espectador en medio de esa pista de baile donde la historia baila.

Hay canciones que fueron y son todavía emblemáticas de los periodos que el film aborda, por ejemplo “J’attendrai” (1938) que dice mucho de los que partieron a la guerra. Por eso, en ese episodio, en la sala de baile solo hay mujeres que bailan entre ellas, todos los hombres se fueron a la guerra o a los maquis.

Cada personaje representa algo, en cada época, y algunos lo hacen de una manera magistral aunque a veces caricatural: el personaje parecido a Jean Gabin, ídolo instantáneo cuando desciende la escalinata de la sala de baile subterránea, o el colaboracionista de los nazis, que en otro episodio después de la liberación aparece vendiendo en mercado negro licor y otras cosas.

Basta ver la cara y la gestualidad de cada mujer, de cada hombre, para darse cuenta de lo que esperan y sienten. Algunos actores interpretan personajes similares en los diferentes periodos históricos, como si fueran una reproducción  de perfiles de la sociedad francesa. Pocos directores pueden meter al espectador en una atmósfera tan íntima.

La fotografía del argentino Ricardo Aronovich es diferente para cada época y logra lavar el color de las imágenes hasta convertirlas casi en blanco y negro en las escenas de 1936, lo que permite destacar el rojo de las pañoletas, símbolo del socialismo de la época.

Otros personajes con derecho propio son los decorados y el vestuario. Cada cambio de época está marcado claramente no solo por la música y las canciones, sino por la luz, los objetos, los trajes que visten hombres y mujeres.

Y no podría uno olvidar el humor, un hilo conductor que recorre todo el film con los pasos del encargado de la sala y del bar (Francesco De Rosa), el único personaje que tiene derecho a envejecer en esta historia.

Este es un cine sin prisas, un cine para ver holgadamente, para leer las imágenes como se lee un libro, con ese mismo placer sin apuros. Frase por frase.
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El cine es un espejo pintado.
—Ettore Scola