07 septiembre 2017

La historia es un baile

La Cinemateca Boliviana me invitó a participar el 26 de agosto pasado en su ciclo “La mejor película del mundo”, que Diego Gulco organiza desde hace varios años. Diego me puso en el aprieto de elegir una sola película entre tantas que considero extraordinarias en la historia del cine. De hecho, tengo una lista de cien films que comencé a elaborar en la época en que estudiaba cinematografía en Francia y seguí enriqueciendo cuando ejercía regularmente como crítico cinematográfico en Última Hora, en El Nacional, en el semanario Aquí, y en unas veinte revistas internacionales.

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Esa lista no ha crecido mucho en las dos últimas décadas porque veo poco cine y para hacer una lista con cierto nivel de exigencia hay que conocer todo el mejor cine que se produce en el mundo. Las razones por las que veo poco cine tienen que ver en parte con la falta de tiempo, y con el hecho de que detesto el comportamiento de los espectadores que usan sus celulares, hablan y roen enormes cantidades de pop corn con olor a mantequilla rancia. Ni la Cinemateca Boliviana, que es el único lugar donde se puede ver buen cine en una pantalla grande, se libra de ese tipo de espectadores.

De cualquier forma, presionado por Gulco esta vez escogí un film muy diferente a todos los que la gente normalmente suele ver.  Les presento Le bal (1983) de Ettore Scola.

No es lo mismo una película muda que una película sin palabras. Quizás por ello Le bal se considera como uno de los films más bellos de la filmografía de Scola, donde sin decir una palabra dice muchísimo sobre la historia europea, la vida y las relaciones humanas.

Cada film de Scola es un regalo. Uno queda extasiado con Marcello Mastroianni y Sofía Loren en Un día particular (1977), con Nino Manfredi en Feos, sucios y malos (1976) mal traducido al castellano como Brutos, feos y malos; Nos amábamos tanto (1974) con el gran Vittorio Gassman, Marcello Mastronianni, Manfredi y Stefania Sandrelli La noche de Varennes (1982), La terraza (1980), La familia (1987) y otros títulos para quedar encantados con su cine.

Scola no hizo solamente películas de ficción, sino que entre sus 42 títulos figuran muchos documentales, el último de los cuales, tres años antes de morir el 19 de enero de 2016, estaba dedicado a su maestro y amigo Federico Fellini, a quien le dedica en Nos amábamos tanto, una reconstrucción genial de la escena de la fontana de Trevi en La dolce vita. Es una escena de antología, el mejor homenaje a Fellini, con el gran director en su propio papel.  

Le bal obtuvo tres premios César en 1984 (Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Música), el equivalente al Oscar en Francia. La premisa del film es aparentemente sencilla: narrar medio siglo de la historia de Francia, de 1936 a 1983 y hacerlo sin palabras y en un solo ambiente: un salón de baile subterráneo donde mujeres solas y hombres solos van a juntarse en parejas para bailar, nada más que bailar.

El punto de partida es una magnífica obra de teatro, escrita y dirigida por Jean-Claude Penchenat, con quien Scola escribió el guion y estableció inmediatamente lazos de amistad. Infarto de por medio, Scola retomó el proyecto un par de años después y filmó en Roma, a donde se trasladaron los actores del Theatre du Campagnol que dirigía Penchenat y su esposa, Genevieve Rey.

El film comienza en el presente porque es importante ubicar al hilo conductor que se remonta al pasado, como una madeja que hay que desentrañar hacia atrás, como Penélope destejiendo el sudario destinado a Laertes. De pronto, cuando la máquina para hacer cappuccino se cubre de vapor, damos un salto atrás de cincuenta años, a la época del Frente Popular de Leon Blum, 1936.

De ahí otra vez para adelante, los grandes periodos de la historia contemporánea de Francia: la Segunda Guerra Mundial, la ocupación nazi, la Liberación, el Plan Marshall, la Guerra de Argelia, Mayo de 1968 y otra vez el presente.

Todo esto, sin una sola palabra, porque todo lo dice la música, las canciones, el vestuario, el lenguaje corporal de los actores (la escena en que una de las mujeres pinta la raya de una media de seda inexistente), y algunos efectos especiales, como los que aluden a los bombardeos de París durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el salón de baile se convierte en refugio.

La música es un personaje fundamental en esta película sin palabras, porque el recorrido de 50 años es perfectamente comprensible gracias a ella.  Las canciones de Charles Aznavour, de Charles Trenet, la Marsellesa, “Lili Marleen”, Irving Berlin, Stephane Grapelli, Django Reinhardt, “Only you”, “La vie en rose” y tantos otros sitúan al espectador en medio de esa pista de baile donde la historia baila.

Hay canciones que fueron y son todavía emblemáticas de los periodos que el film aborda, por ejemplo “J’attendrai” (1938) que dice mucho de los que partieron a la guerra. Por eso, en ese episodio, en la sala de baile solo hay mujeres que bailan entre ellas, todos los hombres se fueron a la guerra o a los maquis.

Cada personaje representa algo, en cada época, y algunos lo hacen de una manera magistral aunque a veces caricatural: el personaje parecido a Jean Gabin, ídolo instantáneo cuando desciende la escalinata de la sala de baile subterránea, o el colaboracionista de los nazis, que en otro episodio después de la liberación aparece vendiendo en mercado negro licor y otras cosas.

Basta ver la cara y la gestualidad de cada mujer, de cada hombre, para darse cuenta de lo que esperan y sienten. Algunos actores interpretan personajes similares en los diferentes periodos históricos, como si fueran una reproducción  de perfiles de la sociedad francesa. Pocos directores pueden meter al espectador en una atmósfera tan íntima.

La fotografía del argentino Ricardo Aronovich es diferente para cada época y logra lavar el color de las imágenes hasta convertirlas casi en blanco y negro en las escenas de 1936, lo que permite destacar el rojo de las pañoletas, símbolo del socialismo de la época.

Otros personajes con derecho propio son los decorados y el vestuario. Cada cambio de época está marcado claramente no solo por la música y las canciones, sino por la luz, los objetos, los trajes que visten hombres y mujeres.

Y no podría uno olvidar el humor, un hilo conductor que recorre todo el film con los pasos del encargado de la sala y del bar (Francesco De Rosa), el único personaje que tiene derecho a envejecer en esta historia.

Este es un cine sin prisas, un cine para ver holgadamente, para leer las imágenes como se lee un libro, con ese mismo placer sin apuros. Frase por frase.
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El cine es un espejo pintado.
—Ettore Scola