07 enero 2022

Autorretrato con Jesús Martín-Barbero

(Publicado en Ideas de Página Siete el domingo 20 de junio de 2021)

 Muchos hablan ahora del “legado” intelectual de Martín-Barbero, una palabra adecuada en términos académicos, pero yo prefiero hablar del “regalo” que nos dejó: su manera de pensar el mundo, no solamente sus libros. Hay quienes leen a autores seminales como si fueran pergaminos que si se tocan se deshacen en mil capas de cebolla. Pero los grandes autores contemporáneos nunca quisieron eso, porque ellos mismos fueron ante todo lectores críticos y cuestionadores. Así como Marx dijo alguna vez que no era marxista y Lacan espetó a sus estudiantes “no soy lacaniano”, creo que Jesús Martín-Barbero hubiera dicho lo mismo a los profesores y estudiantes que leen su obra, especialmente “De los medios a las mediaciones”, como si estuviera escrita en bronce.

 Perdería espacio y tiempo explicando aquí quién era Jesús Martin-Barbero. Doy por sentado que su obra es tan importante que forma parte de la cultura latinoamericana en el más alto nivel. Y si hay quienes no saben quien es, mejor busquen en San Google o en Wikipedia, donde encontrarán miles de referencias. O quizás el número especial de la revista Chasqui de Ciespal (No. 102, junio 2008) pueda servir para desasnar a muchos. Aquí no voy a repetir lo que ya se sabe, voy a describir mi vínculo personal y lo que me deja Jesús Martín-Barbero, algo que nadie más podría hacerlo desde mi experiencia, sentimiento y pensamiento.

Lazos de amistad

 Su muerte el sábado 12 de junio de 2021 me impactó, porque todavía teníamos varias citas pendientes. Lo visité en su casa por última vez un par de meses antes de la declaración de pandemia. Llegar a ese espacio tan suyo era siempre un privilegio. Recibía a sus amigos más cercanos enfundado en una bata de felpa gris que lo protegía del clima húmedo de Bogotá. Rodeado de estanterías de libros, conservaba toda la extensión de las puertas de un armario empotrado para algo muy especial: un inmenso collage de recortes y fotografías, una cartografía de su vida que quizás solamente él podría descifrar en su integridad, aunque a pedido, solía explicar la procedencia de las imágenes.

 En ese collage mural, que continuamente enriquecía y alteraba (como quien reescribe una página de un libro), Jesús armaba el relato de su memoria y de sus afectos. Por supuesto estaba Elvira muy presente, la compañera de toda su vida que falleció insospechadamente antes que él, el 13 de agosto de 2019. Esa muerte golpeó duramente a Jesús, que no podía referirse a Elvira sin que se le humedecieran los ojos.

 La generosidad de Jesús era la de aquellos seres humanos que están más allá de las pequeñeces y mezquindades que animan a los pobres de espíritu, los que solamente pueden avanzar poniendo zancadillas a otros. Jesús era abierto con su pensamiento y con sus pertenencias, nunca celoso de sus ideas ni de sus posesiones. Me sorprendió en una de las visitas que hice a su casa en Bogotá, cuando hablando de su nuevo libro de poemas, “El guerrero y el árbol” (2019), sacó un ejemplar de su primer poemario, “Río Cauca” (1968), publicado en Ávila medio siglo antes, y me lo regaló con una dedicatoria llena de humor: “Declaro que las anotaciones de este libro son mías”.  Y es que el ejemplar estaba corregido de su puño y letra. Había versos nuevos y palabras tachadas, estrofas marcadas como si las considerara superiores a otras, y flechas para llevar una palabra de un verso a otro. Le dije que ese ejemplar era el suyo, puesto que tenía esas marcas tan íntimas, pero no le dio importancia: “Es el único ejemplar que me queda, llévatelo”.

Jesús Martín Barbero y Alfonso Gumucio 

 Fui también destinatario de su generosidad apabullante en ocasión de la presentación de la edición en castellano de mi “Antología de comunicación para el cambio social: lecturas históricas y contemporáneas” (2008, en coautoría con Thomas Tufte). El acto tendría lugar en el último piso de El Ático, el emblemático edificio de la Universidad Javeriana de Bogotá. Consulté con Jesús si aceptaría ser uno de los presentadores, pero había un problema no insignificante: Jesús había salido de la Facultad de Comunicación de la Javeriana dando un portazo, debido a desacuerdos internos que no viene al caso recordar ahora. “Me había propuesto no pisar más esa universidad -me dijo- pero lo voy a hacer tratándose de tu libro”. El 3 de marzo de 2009 estuvo allí junto a Jürgen Horlbeck (decano de la facultad) y Amparo Cadavid, los otros dos presentadores. 

Jesús Martín Barbero y Jürgen Horlbeck (2009)

 Entre las cosas que dijo: “Este libro es un tejido de voces múltiples, pero con una enorme presencia y potencia del pensamiento latinoamericano y esto es clave, realmente clave desde nuestros países hacia el resto del mundo”. Añadió que “el libro trae dos apuestas: la primera pensar en la transformación de la sociedad y la segunda, pensarla desde la comunicación no como técnica -que hoy es la obsesión de la inmensa mayoría de las facultades de comunicación en América Latina, que le están haciendo caso al mercado quien les dice descaradamente cómo formar a los comunicadores. Para mi y los que llevamos casi 40 años luchando por esta causa, encontrar que hay un libro mundial, global en el mejor sentido de la palabra, que pone como claves el cambio social y el tejido de las realidades de que está hecha la comunicación, tanto más que de los medios, es una enorme alegría”.  

 Fui testigo privilegiado de un re-encuentro personal muy grato durante el XIII Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social (FELAFACS) en La Habana, a mediados de octubre de 2009, cuando luego de muchos años de no haber estado juntos, Jesús Martín Barbero y Luis Ramiro Beltrán se fundieron en un abrazo, renovando sus lazos de amistad.

 Tuvimos varios encuentros en eventos de comunicación en México y en Colombia, pero desde mediados de la década pasada Jesús ya no quería viajar sin Elvira, y declinó muchísimas invitaciones que le hicieron quienes además de conocer su obra, querían escucharlo de manera presencial, sin mediaciones tecnológicas como las que ahora son (ineluctablemente) necesarias.

El arte de preguntar

 Toda la obra de Martín Barbero está permeada de una idea fundamental: saber hacer preguntas, interrogarse e interrogar a otros. Si los investigadores universitarios de hoy, que los hay por miles en las torres de marfil, supieran formular preguntas, tendríamos muchos más aportes originales como los que nos dejaron aquellas generaciones de pensadores de la comunicación de las décadas de 1970, 1980 y 1990. Parece que el nuevo siglo se caracterizara más por la cantidad que por la calidad de las propuestas.

 Jesús Martín-Barbero (que los gringos nombran “Barbero” igual que le dicen “Márquez” a García Márquez), escribió su libro más conocido a pulso, con tres tintas: negra para los párrafos informativos, verde para los planteamientos metodológicos, y roja para “las peleas”, como él mismo decía. Esos párrafos en tinta roja eran los que él sabía que podían provocar debate, y por lo tanto eran los más apreciados, porque a Jesús le gustaba debatir. Debatía con los demás y consigo mismo. Escribió “De los medios a las mediaciones” debatiendo con lecturas de Adorno o de Benjamin, y muchos otros a los que podía cuestionar cuando filtraba sus escritos y afirmaciones a través de la realidad latinoamericana, ese continente que adoptó dejando atrás su lejana Ávila, donde nació.

 El libro surgió como una necesidad íntima a partir del impulso de estudiar “la estética de los medios”. Esto coincidió con un feliz cambio en su carrera académica en Cali, cuando el filósofo pasó de enseñar semiótica a enseñar estética. Allí surgió la pregunta que los haría investigar y escribir algo revolucionario: “¿con qué estética mira la gente a los medios?” La sensibilidad del que mira, del que percibe, del que se enfrenta a una obra, asumía de pronto una importancia que le había sido negada: el sujeto era más importante que el objeto, y los procesos de interlocución con los medios (las mediaciones) definían más que los contenidos aislados.

 Tan importante como la escritura del libro, que se prolongó durante ocho años (1977-1985), fueron las lecturas diversas y abundantes que Martín-Barbero desmenuzó para desentrañar conceptos relacionados con “lo masivo y lo popular”, que en principio parecía una contradicción de términos. El título inicial de la obra, “Imaginario popular e industria cultural”, no fue aceptado por Miquel de Moragas que dirigía la colección de la Editorial Gustavo Gili.  El libro ganó con el título con el que finalmente fue publicado.

 El lector de Martín-Barbero se siente inteligente. El autor no trata de enredarlo en palabras rebuscadas ni acomplejarlo con el peso de su conocimiento, sino que comparte sus hallazgos de manera clara y desenvuelta, algo que encontramos también en los ensayos de Octavio Paz y de Juan Villoro, entre otros. En lugar de cubrirse las espaldas escupiendo citas de autores, como hacen los principiantes, Martín Barbero procesa sus lecturas, las mastica y saborea lentamente, luego las cuestiona, las revisa, las contradice si es necesario para generar una idea renovada.

 En su trabajo de investigador el “proceso” es fundamental, porque significa llevar adelante el diálogo con otros autores de manera ininterrumpida. Eso hace un intelectual que piensa por sí mismo y no se arrellana en la comodidad del pensamiento de otros que lo precedieron. El desafío es ir más lejos, no repetir lo que ya está dicho, porque nada está escrito en piedra, nada es definitivo, el cuestionamiento permanente es lo que hace avanzar el pensamiento.

 Quizás por su formación de filósofo, Jesús quería “pelearse” con todo, y lo hacía apasionadamente, con una vehemencia en la que entraba en juego el lenguaje corporal. Agitaba los brazos y levantaba la voz histriónicamente, como si estuviera debatiendo asuntos de vida o muerte. Sobre el escritorio de su estudio de trabajo había siempre revistas y periódicos que subrayaba para destacar alguna frase o párrafo que había llamado la atención. Una frase podía dar pie a una digresión enriquecedora sobre la política de Colombia o del mundo, sobre la comunicación o sobre el arte.

 Su gran habilidad era establecer relaciones, era como un ejercicio intelectual que realizaba cotidianamente para mantenerse en forma. Bastaba que uno le diera dos temas aparentemente inconexos, para que Jesús indagara en las posibles relaciones de los objetos y sujetos. Trátese de Teodoro Adorno, de la literatura de cordel, de los pasillos de Benjamin o la música de Calle 13, Martín-Barbero podía tejer un entramado de relaciones que no se basaban solo en la lógica filosófica sino en la creatividad artística.

 Por ello asistir a sus conferencias era tan estimulante. Lo conocí en una de ella, probablemente en Medellín, y tal como sucedió aquella primera vez, siempre lo vi desarrollando su pensamiento “en vivo” con la misma pasión, mientras se hacía preguntas y se respondía a sí mismo. Jesús empezaba al trote y terminaba al galope sus conferencias. Ya no escribía textos, de ahí que muchos de los ensayos que publicaba eran el resultado de la transcripción de las conferencias que ofrecía. Digo que empezaba “al trote” porque necesitaba cierto tiempo de calentamiento, mientras analizaba los objetos de su disertación y los convertía en procesos vivos. Y eso le permitía adquirir velocidad y certeza en la expresión de sus ideas, hasta terminar “al galope” su conferencia con alguna frase memorable que acababa de crear.

 Martín-Barbero no dejó de estar al tanto de los movimientos de los jóvenes y de las novedades tecnológicas, tratando de explicarlas y de analizarlas de manera crítica, sin caer en la fascinación que producen las nuevas tecnologías. En “Reconfiguraciones comunicativas de lo público” (Análisis, 26. Barcelona, 2001), habló de esto: “Estamos ante la más tramposa de las idealizaciones, ya que en su celebración de la inmediatez y la transparencia de las redes cibernéticas lo que se está minando son los fundamentos mismos de ‘lo público’, esto es, los procesos de deliberación y de critica, al mismo tiempo que se crea la ilusión de un proceso sin interpretación ni jerarquía, se fortalece la creencia de que el individuo puede comunicarse prescindiendo de toda mediación social, y se acrecienta la desconfianza hacia cualquier figura de delegación y representación”.

 En 2017 se cumplieron 30 años de la primera edición de “De los medios a las mediaciones”. Numerosos homenajes se organizaron por el mundo, y tuve la oportunidad de contribuir en dos publicaciones especiales celebratorias de aquel acontecimiento. Por una parte, el número especial de la Revista de la Cátedra Libre Marcelo Quiroga Santa Cruz (Año 4, No. 4, noviembre 2017) que dirige con mucho acierto Mirko Orgaz en la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz, Bolivia). Por otra, algo similar que publicó poco después el Instituto de Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona (InCom-UAB, N.14) bajo la coordinación de Miquel de Moragas, José Luis Terrones y Omar Rincón.

 En aquella ocasión escribí: “El libro termina en seco al borde de un abismo, el abismo de las preguntas, como una novela interrumpida, que carece de desenlace o un ensayo sin conclusiones. Ahí radica su mayor provocación, en su naturaleza de texto sin respuestas. Si mantiene vigencia hasta hoy es precisamente porque se empaña el espejo de las respuestas y se empeña en pulir el cristal de las preguntas”.

 Dejaré la poesía de Jesús para otro texto, ya que no es ajena al proceso evolutivo de su pensamiento y de su vida consecuente.

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Una cosa es la visión correcta y otra cosa es la visión verdadera,
una cuestión que hace temblar el espíritu al cuestionarlo
sobre lo que entiende por esencia.
—Jesús Martín Barbero