05 octubre 2023

Brocha gorda

(Publicado en Brújula Digital el sábado 12 de agosto de 2023).  

Ser alcalde de La Paz es probablemente uno de los mayores desafíos de gobernabilidad en Bolivia. Por tanto, compadezco al Negro Arias por su ingrato trabajo (aunque parece que lo disfruta). He esperado que termine el mes festivo de la ciudad para publicar esto, lamentando que en plena celebración juliana la justicia manipulada por el gobierno del MAS haya citado a Arias como “testigo” en un caso de persecución política inventado por los rufianes que se apoderaron del poder el año 2006. Es la manera mezquina (propia de masistas) de aguar las fiestas de La Paz.   

Pero bueno, llega el momento de decir cosas que de repente no le gustan al alcalde (ya impermeable a la crítica), pero hay que decirlas. El aparato informativo de la Alcaldía se encarga de contarnos todas las cosas buenas de la gestión municipal, nosotros tenemos el deber de señalar los problemas que afectan día a día a los ciudadanos.

Arias dice que entregó centenares de “superobras” en julio. Reinauguró con fanfarria (por tercera vez) el doble embovedado del rio Choqueyapu (que heredó de Revilla y que se concluyó en diciembre de 2022), pero durante todo el mes, no vimos ni un solo trabajador en ese proyecto inacabado que debe convertirse en una ruta alterna hacia la zona sur de la ciudad. No es más de un kilómetro de asfalto, pero cualquiera diría que se trata de una obra colosal. Solo quedan en el lugar de la challa tres monigotes, pero ni la sombra de un avance de obra.   

Basta ya de festejar “el inicio” de proyectos: lo que queremos celebrar es el acabado de las obras. “Palabra empeñada, palabra cumplida” repite el alcalde en sus discursos, pero no cumple, aunque hace más promesas para su reelección. Un ejemplo: retiró a los muchachos que ordenaban el parqueo de autos en las calles y prometió parquímetros, pero no hay ni un indicio de eso y los jóvenes se quedaron sin empleo. Las cebras también han desaparecido (especie en extinción), con lo cual el caos vehicular es una pesadilla, porque además la Guardia Municipal es de una inutilidad pavorosa, incapaz siquiera de cuidar las paradas del PumaKatari o la seguridad peatonal en los pasos de cebra (que ahora dependen de los venezolanos que los pintan para ganar unas monedas). Necesitamos mejores paradas para el PumaKatari de manera que otros vehículos no se estacionen ahí, pero la alcaldía no hace nada.

Quisiéramos una Alcaldía que atienda los grandes problemas, como la limpieza del río Choqueyapu. Otras ciudades del mundo exhiben orgullosas los ríos que las atraviesan, mientras que aquí tratamos de ocultar con muros y embovedados la basura y el olor fétido de las aguas negras que riegan río abajo las verduras que consumimos. Es un asco, no hay otra palabra. No basta ocultar la cloaca abierta que cruza debajo de la ciudad, hay que impedir que el agua prístina que baja de las montañas se contamine. ¿Por qué no limpian los ríos en lugar de arreglar jardineras por enésima vez y volver a asfaltar calles que ya están asfaltadas? ¿Por qué no instalan basureros de plástico y no de lata, que se oxidan y no tienen capacidad? Se requiere basureros medianos en cada esquina, no solo grandes contenedores cada tres o cuatro cuadras.

No tenemos ciclovías, áreas peatonales y aceras donde se pueda caminar sin peligro de tropezar. Un cablerío enmarañado afea el paisaje urbano, las empresas privadas extienden cables como les da la gana, sin control. No basta aumentar las vías para los autos: cualquier planificador urbano sabe que mientras más se reducen los espacios verdes y más se amplían las vías para automóviles, más caótico es el tráfico. Vamos a contramano de las ciudades inteligentes.   

Queremos una alcaldía proactiva que haga agradable la vida cotidiana de los ciudadanos, no una de brocha gorda que solo se ocupa de arreglos cosméticos y colores chillones. Quisiéramos una alcaldía ágil que intervenga de inmediato (y no días después) cuando los comercios generan contaminación auditiva por encima de los decibeles permitidos, o suenan durante horas y sin motivo alarmas mal calibradas, o se satura el ambiente con bocinazos de conductores mal educados.

La Paz es una ciudad fea, ruidosa, desidiosa, sucia y maloliente. Cualquiera construye ilegalmente en un terreno, sin planos ni permisos municipales, sin preservar un metro para una jardinera o un árbol. La presión de tanta construcción sobre la red de agua potable, alcantarillado y electricidad es enorme (además de lo que significa como lavado de dinero sucio). Empresas constructoras bloquean las aceras con ladrillos y escombros impidiendo el paso peatonal, pero no aparecen inspectores para poner multas. Constructores abusivos no respetan las normas, y la propia Alcaldía promueve que excedan el número de pisos y violen otras disposiciones, porque luego “regularizan” pagando sumas ridículas o sobornando funcionarios.    

El teleférico ha permitido ver la ciudad por arriba y constatar el caos que reina en todas partes. El espacio público está avasallado por comerciantes informales (contrabandistas), que se instalan en parques y cruceros donde no se puede ya caminar y la basura se acumula, como en la calle 17 de Obrajes (para no mencionar el caos irreversible en los barrios populosos). En ciudades ordenadas, los informales huyen cuando llega la policía, pero en Bolivia la reciben con palos.

Y ahora sale el Negro Arias con la tontería de “renovar” la plaza Abaroa, un gasto insulso porque lo único que necesita esa plaza es que limpien los letreros que pintan en el piso para acomodar a la burocracia en los desfiles del 23 de marzo, y que luego se quedan todo el año sin que nadie los borre.   

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Ésta debe ser una tristeza urbana.
Los edificios no dialogan y el cansancio silba.
Niños piden limosna y no huelen a gardenia. Allí, secos.

Juan Gelman

 

21 septiembre 2023

Los corruptos tienen Neurona.

(Publicado en Brújula Digital y PúblicoBo el sábado 5 de agosto de 2023).

Otra vez revienta la cloaca del tráfico de influencias, de los mercenarios digitales y de la corrupción de los gobiernos del desprestigiado “socialismo del siglo XXI”, muy lejano a cualquier ideal de igualdad del socialismo original. Nuevamente está en la mira la empresa mexicana Neurona, que según los países donde operaba, podía llamarse Neurona Consulting o Neurona Comunidad, y empleaba a “consultores” locales para sus cochinadas.

Fui el primero en denunciar a esta empresa fantasma, a partir de sus oscuras actividades en Bolivia.  En diciembre del año 2018, salió del anonimato el mexicano César Hernández cuando se supo que el gobierno boliviano había gastado más de 12,4 millones de bolivianos por ocho contratos con Neurona. La información fue proporcionada por el propio ministro de Comunicación de Evo Morales, Manuel Canelas, poniendo al desnudo a su antecesora, Gisela López, quien firmó dichos contratos, uno de ellos para producir la película “El robo”, título muy apropiado para todo el esquema fraudulento, que involucra también a unos cuantos “comunicadores” (masistas, todos) que no han sido investigados todavía, porque este es el país de la impunidad. Canelas envió la información a la Contraloría, solicitando una auditoría, pero esa no prosperó. Por el contrario, los contratos que habían sido subidos a la página de SICOES (como establece la ley), fueron eliminados a principios de abril de 2019 para que no se pueda tener acceso a ellos.       

Neurona se constituyó en 2017 con un capital declarado de apenas 5.000 dólares, de acuerdo al Registro Público de Comercio de México. Un año más tarde ya estaba recibiendo del gobierno del MAS, esa cantidad multiplicada exponencialmente, para elaborar propaganda que bien podía haberla hecho una empresa de Bolivia, según declaró otra exministra de Evo Morales, Marianela Paco. Quizás ninguna empresa boliviana se hubiera prestado a un juego tan sucio, pero para eso tiene el propio ministerio de Comunicación semejante presupuesto y un inflado número de “guerreros digitales” (bastante ignorantes, pero igual les pagan).   

Desde el inicio me picó la curiosidad sobre esa empresa que jamás había escuchado mencionar durante mis años en México. Encontré la dirección en su página web y con ayuda de street view de Google Maps pude ver el lugar exacto donde se encontraban las supuestas oficinas: el Nº 107 de la calle Berlín en Coyoacán. Esperaba encontrar un alto edificio corporativo, pero encontré una casita de dos pisos sin letrero exterior. Pensé que había un error y pedí a una amiga que estaba en México que fuera a esa dirección para tomar fotos. El 25 de diciembre las recibí: San Google no se había equivocado, la empresa que obtuvo casi dos millones de dólares del gobierno boliviano estaba domiciliada en esa casa, en una diminuta oficina en el garaje.   

Nunca imaginé que el esquema criminal era tan amplio y que abarcaba otros países. Los tentáculos se extienden no solamente de México hacia Bolivia, España y Ecuador, sino otros países donde los mercenarios habrían asesorado (según su propia propaganda) a más de 200 campañas electorales. Las investigaciones en España y en México sobre la empresa de César Hernández Paredes, no han avanzado por razones obvias: el gobierno de López Obrador prefiere que no se mezcle en escándalos de corrupción a tres asesores personales vinculados a Neurona, y en España sucede lo propio con el pequeño poder que todavía tienen los residuos de Podemos y pícaros como Iglesias y Monedero.    

La nueva investigación realizada por la organización Mexicanos contra la Corrupción, publicada en Bolivia por El Deber, es sumamente reveladora. El trabajo se hizo con el concurso de periodistas de varias instituciones y países: Eduardo Buendía y Emiliano Fernández (MCCI), Siboney Flores (AnimalPolítico), Adrián González (Cazadores de Fake News), Isabela Ponce y SusanaRoa (GK), Carolina Méndez y Sabrina Lanza, periodistas independientes de Bolivia, Ares Biescas, periodista investigativa en Colombia/ España y Ángela Cantador (CLIP). Enlace al documento "Neurona, la fábrica de engaño para las izquierdas en América Latina”.  

Ellos revelan en detalle el esquema de fabricación, entre 2015 y 2019, de una red de 116 páginas web en varios países, “algunas creadas con minutos de diferencia”, como sitios de “información” que en realidad hacían exactamente lo opuesto: desinformar. Además, miles de perfiles falsos (bots, trolls) en plataformas digitales. Eran “cáscaras vacías, activándose en épocas cercanas a elecciones, con poca producción propia”. Desde que comenzaron a ser investigados, borraron portales y perfiles falsos, (incluso la página corporativa de Neurona fue eliminada) pero no contaron estos mercenarios digitales, que en internet siempre queda una huella que puede ser rastreada gracias a “way back machine”, uno de los instrumentos que usó el equipo de investigadores para desenmascarar a los sicarios de internet.  

La empresa Meta, dueña de Facebook, Instagram y otras plataformas digitales, eliminó miles de esas cuentas detectadas como “operaciones inauténticas coordinadas”. El informe reporta que la compañía cerró 1.041 cuentas, 450 páginas y 14 grupos en Facebook, así como 130 cuentas de Instagram. Cansa constatar la bajeza de las acciones pagadas por el MAS con dinero de los ciudadanos bolivianos, para engañar a los propios bolivianos a través de los mercenarios de Neurona que traficaron con grandes cantidades de dinero entre Bolivia, España y México.

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Cuando hay que pagar a los contratistas, el cielo es el límite.
Cuando hay que financiar las funciones básicas del Estado, las arcas están vacías.
—Naomi Klein
 

17 septiembre 2023

¿Y dónde está el policía?

(Publicado en Brújula Digital y PúblicoBo el sábado 29 de julio de 2023)

El título de la película “¿Y dónde está el piloto?”, una parodia de la estupidez humana, me sirve para referirme a la policía en Bolivia, pero ahora no a los altos mandos corruptos, a los represores, a los jefes narcotraficantes y a los robocop que controlan las manifestaciones públicas. Esta vez quiero referirme a los policías de la calle, que deberían garantizar que la vida cotidiana de los ciudadanos fluya sin problemas, pero que lamentablemente brillan por su ausencia cuando se los necesita.  

Pocos ciudadanos sabemos cuáles son las responsabilidades de la policía, porque confundimos a la Policía de tránsito, la Guardia Municipal, y otros uniformados que a veces vemos fuera de sus recintos. Pocos conocen cuáles son sus tareas, de modo que no me queda más remedio que ponerlos en el mismo saco de inútiles mank’a gasto (come-de-balde).

No sabía que había tantos policías hasta que, a fines de junio, bloquearon la avenida Costanera de La Paz para molestar a la ciudadanía. Interrumpieron el tráfico en esa arteria principal para desfilar y celebrar algo, en lugar de irse a algún lugar descampado donde nadie los vea, porque, la verdad es que dan vergüenza ajena. ¿Dónde se ocultan tantos policías en días normales?   

En días normales, no se los ve para nada, menos aun cuando se los necesita. Brillan por su ausencia porque están dormitando detrás de sus escritorios o encebándose en algún comidero cerca de su comando zonal.

Son tan inútiles que nos hacen extrañar a los “varitas” que antes dirigían el tráfico a sol y a sombra. Los conductores respetaban el silbato, dejaban pasar a peatones y pasos de cebra, no cometían tantas infracciones. Los varitas, por lo menos, amonestaban a los infractores y a veces se ofendían cuando un conductor quería pasarles una “coima”. Hoy estamos mucho peor con los inútiles que deshonran sus uniformes. Hay más normas de tránsito, pero nadie las respeta. 

En las narices de los policías los minibuses se pasan semáforos en rojo, estacionan en doble fila para recoger o dejar pasajeros, no respetan absolutamente nada y muchas veces ni siquiera tienen placas o licencia de conducir. Los vehículos particulares tampoco: se estacionan en las paradas del PumaKatari o sobre los pasos de cebra, sin mosquearse por los policías que ni siquiera los amonestan. Los mismos carros de la Policía lo hacen, sin pestañear. No es raro ver autos estacionados exactamente donde hay un letrero que dice “Prohibido estacionar”. Así es Bolivia, en lo pequeño y en lo grande. 

Camioneta de la Policía en plena parada del PumaKatari 

A apenas diez metros del Comando de Policía en la zona sur de La Paz, en la calle 8 de Calacoto, hay una parada de PumaKatari donde sistemáticamente se estacionan vehículos particulares y no hay un pinche policía que les ponga multa o siquiera un letrero de esos que se pegan sobre el vidrio frontal con la palabra INFRACTOR. Los policías de ese Comando, ociosos y panzones porque nunca hacen ejercicio, salen recién al medio día en grupos de tres o cuatro para comer en los puestos de comida que están en la misma acera, de espaldas a los atropellos que se cometen a pocos metros. Lo mismo sucede en otros puntos de la ciudad y en otras ciudades.  

Medidas elementales como el uso obligatorio del cinturón de seguridad o respetar a los peatones que cruzan un paso de cebra, son en Bolivia prácticas exóticas (aunque haya normas y reglamentos). Los taxistas aceleran cuando ven a un peatón que cruza un paso de cebra, o cuando un semáforo pasa de rojo a amarillo. Nunca he visto a un policía amonestar a un conductor por no respetar los pasos de cebra o no llevar ajustado el cinturón de seguridad. En ciudades civilizadas los camiones repartidores sólo pueden transitar en horarios especiales (muy temprano en la mañana) para no entorpecer el tráfico. Aquí hacen lo que les da la gana, a cualquier hora.   

Años atrás me atropelló un minibús (y se dio a la fuga) en la curva de la casa presidencial en San Jorge, donde los semáforos están de adorno, y nunca se ve a un policía que regule el tráfico que viene de cuatro puntos diferentes. Lo mismo sucede detrás de la Universidad Mayor de San Andrés, donde los peatones tienen que cruzar a la carrera entre los autos porque no hay un policía (y tampoco las difuntas “cebras”) para proteger a los de a pie.

Si a usted lo roban en la calle o en su casa, no pierda el tiempo llamando a las patrullas del 110. A pesar de toda la tecnología con la que cuentan, computadoras, vehículos y drones, probablemente no aparecerán hasta que pase más de una o dos horas (luego de mucha insistencia). En países civilizados, llegan al lugar de los hechos en pocos minutos. Los testimonios de frustración de quienes alguna vez han caído en manos la Policía del 110, son escalofriantes: ineficiencia y corrupción. Si no se les paga, no investigan. Un amigo encontró de casualidad su auto robado, en un estacionamiento de la propia Policía, cubierto con una lona para que no sea detectado.    

¿Qué hace la Policía de Tránsito y la Guardia Municipal? Creo que nada. Se los ve paseando y charlando en grupos, y a eso se reduce su presencia en las calles. No trabajan, no cumplen ninguna función y carecen de autoridad. En lugares muy concurridos, como la calle 17 de Obrajes, se instalan decenas de vendedoras ambulantes y nadie las saca de ahí. Probablemente les pasan “coima” a los encargados de mantener el orden. Los minibuses se estacionan en pleno cruce, y si de milagro hay un policía, se hace el ciego. En ciudades civilizadas las camionetas de la Policía decomisan la mercadería de los vendedores ambulantes, sin lugar a reclamo, y cámaras de seguridad capturan las placas de los vehículos infractores, y envían las multas a los dueños. Pero en este reino de documentos falsos, placas falsas y policías falsos, no pasa nada.    

¿Cuánto cuesta a los ciudadanos mantener a todos esos inservibles? Sería mejor liquidar de una vez la institución policial y dedicar los recursos a algo más útil para la sociedad. La policía no presta servicios a los ciudadanos y está permeada por la corrupción. Y si hay alguno que otro policía honesto, es también corrupto por complicidad y encubrimiento de sus colegas.

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Mi ideal es ya fundar la República del Bidasoa con este lema: Sin moscas, sin frailes y sin carabineros. Un pueblo sin moscas quiere decir que es un pueblo limpio: un pueblo sin frailes revela que tiene buen sentido, y un pueblo sin carabineros indica que su estado no tiene fuerza; cosas todas que me parecen excelentes.

—Pío Baroja 

 

13 septiembre 2023

La mochila del caminante

(Publicado en Brújula Digital y Público.bo el sábado 22 de julio de 2022) 

El 20 de julio murió en Quito Jaime Galarza Zavala, poeta, ensayista y político. Iba a cumplir 93 años el 28 de este mismo mes, pero ya no le ayudaron los pulmones. 

Con Jaime Galarza y Philip Agee, Paris 1975

Conocí al “Negro” Galarza en París, en 1975 cuando entrevisté al ex agente de la CIA Philip Agee sobre las actividades de la CIA en Bolivia, para mi documental Señores generales, señores coroneles (1976). Philip acababa de publicar ese mismo su Diario de la CIA, donde expuso las acciones encubiertas de la Agencia en América Latina. En pocos meses, ya había traducciones a más de 20 lenguas. Me dio información valiosa, que gracias a un colega de la agencia France Presse se difundió inmediatamente por el mundo, poniendo en apuros a los agentes de la CIA en Bolivia.   

Jaime Galarza se sumó a esa entrevista que filmé en 16mm, para que Agee le proporcionara detalles sobre operaciones de la CIA en Ecuador, que se publicaron en un número especial de la revista Nueva que dirigía Magdalena Adoum. Conservo todavía un ejemplar del libro El festín del petróleo, la edición venezolana de 1974 (que se deshoja como un árbol de otoño porque es precaria), que me obsequió Jaime en aquella oportunidad, y que es una de sus obras que tuvo mayor repercusión. 

La figura de Jaime era en su momento comparable a la de Marcelo Quiroga Santa Cruz en Bolivia. Ambos contemporáneos, ambos defensores de los recursos naturales, ambos escribieron importantes libros sobre petróleo y gas, pero además ambos tenían una faceta literaria que se expresaba a través de novelas y poemas. Ambos fueron ejemplares figuras humanistas, con profundo compromiso social y una honestidad a toda prueba.    

Jaime se unió a los 18 años de edad al Partido Comunista, y en 1960, junto con otras agrupaciones y militantes comunistas, conformó la Unión Revolucionaria de Juventudes Ecuatorianas (URJE), de donde fue expulsado por sus críticas. En la década de 1960 estuvo varias veces preso en el Penal García Moreno, por su actividad política y sus escritos. Fue fundador del Movimiento Segunda Independencia, que planteaba la recuperación de los recursos naturales de Ecuador y la expulsión de las bases militares de Estados Unidos de su territorio. Fue el primer ministro de Medio Ambiente durante el gobierno de Abdala Bucaram, una experiencia que no sería de las mejores en su vida pública.  

Publicó El yugo feudal (1962), El aire del hombre (1970), El festín del petróleo (1972), Los campesinos de Loja y Zamora (1973), Poesía revuelta (1974), Piratas del golfo (1974), Quienes mataron a Roldós (1982), Petróleo de nuestra muerte (1984), entre otros 20 títulos. También recogió en un folleto, la entrevista a Philip Agee que le hicimos en París y otros documentos relacionados con Agee y la CIA. 

La poesía también nos unía. Ambos contribuimos con poemas sobre el Che en un disco que publicó Casa de las Américas en La Habana, en 1978, a los diez años de la muerte del guerrillero. En una entrevista en 2017, en el conocido programa “Palabra suelta” de Xavier Lasso (que también me entrevistó a principios de 2009), Jaime manifestaba su apoyo crítico al proceso de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa, aunque puntualizaba que nunca fue militante de Alianza País y que mantenía su posición crítica, sobre todo en el plano de las políticas culturales, donde se había avanzado muy poco. Añadía que apoyaba a Lenin Moreno en aquel momento.    

En su cuenta de Twitter se describía así: “Soy un caminante, pero un caminante del pueblo… de la patria… de la justicia y un caminante de los sueños... para hacerlos realidad”.

Luego de varias décadas no volvimos a encontrar en Quito en ocasión de la presentación de uno de mis libros en la Feria Internacional del Libro. Los años no habían pasado en vano. El Negro era 20 años mayor que yo, y al verlo supe que había estado enfermo y que su cuerpo se había reducido en tamaño. 

Seguíamos compartiendo en líneas generales las mismas visiones sobre América Latina, sobre el medio ambiente y la dilapidación salvaje de los recursos naturales, pero él se había aferrado a la ideología del llamado socialismo del Siglo XX, y simplemente no veía que esos gobiernos eran los más depredadores y pasaba por alto que querían eternizarse en el poder por encima de la Constitución Política del Estado. Su mirada sobre Bolivia era romántica, convencido por el falso discurso indigenista.    

Más allá de esas diferencias, siempre quedaba la amistad que habíamos iniciado a mediados de la década de 1970 en París. 

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Mi partido es la vida. Mi doctrina: la insurrección de los rebaños 
mi programa político: derechos para el lobo y para el árbol 
un currículum vítae sin amarras, eso es todo el camino caminado 
y al llegar al poniente, en la hora cero, alcanzar a cantar un nuevo canto. 
-Jaime Galarza Zavala 

05 septiembre 2023

Los toros tiernos de Edgar Arandia.

(Publicado en Los Tiempos el domingo 25 de junio de 2023)

Estos toros tienen dignidad, son corpulentos y pueden infundir temor, pero su fuerza no radica en la violencia sino en su dignidad y en una mirada de ternura. Son toros que han sido víctimas de la violencia de los hombres, pero quieren establecer con ellos otra relación que no pasa sobre un charco de sangre.

Las obras que Edgar Arandia presenta en el Salón Municipal Cecilio Guzmán de Rojas, en La Paz, llevan por título general “Andromaquia”, lo que las coloca en el polo opuesto de los dibujos de Goya o de Picasso sobre tauromaquia. “Andromaquia”, la medida humana de los toros en la cultura andina, es una propuesta novedosa no solo por lo que simboliza, sino también por el trabajo en una técnica experimental que ha desarrollado el artista: brea y bíster sobre plancha de vinilo.

El bíster es una sustancia obtenida de las maderas resinosas quemadas, que se emplea como pigmento o tinta. El color negro o marrón se obtiene del hollín de la madera de haya y se ha utilizado en pintura y dibujo desde la Edad Media. Suele emplearse para crear tonos oscuros y sombreados, y puede mezclarse con otros pigmentos para crear distintas tonalidades. La brea o alquitrán, tiene una capacidad de adherencia muy alta, por lo que su utilización sobre el vinilo quirúrgico que usa Edgar Arandia, le otorga una resistencia definitiva:

“El bíster se fabrica desde el Medioevo para remplazar a la tinta china, y se fabrica hasta el día de hoy. Yo me traje varios frascos de Alemania, y he mezclado la tinta con brea a través de un tratamiento con trementina férrica. El papel no aguantaría ese castigo que le doy a cada obra con esos materiales tan resistentes. Lo he hecho porque coleccionistas de mi obra en Santa Cruz me han dicho que allá, debido a la humedad del ambiente, las obras sobre papel, ya sea dibujo o acuarela, no se conservan bien. Con este material extraordinario la duración puede ser de doscientos años”.

Los animales han sido durante muchos años una obsesión en la temática de Edgar Arandia. Mi primer libro de poemas, Antología del asco (1979), lleva en la portada el dibujo de un rinoceronte con traje y corbata, una suerte de burócrata topador, que Edgar expuso entonces en la Galería Emusa, en el Prado, como parte de una serie que tituló “Zoociedad”. En la tapa del poemario el dibujo está sobrepuesto a una carta del Servicio de Inteligencia del Estado (SIE) de la dictadura de Banzer, citándome en el “Departamento de Estadística” de donde probablemente hubiera salido mal parado.  

Un túnel del tiempo (han pasado más de cuatro décadas), trae el recuerdo de la muestra de 1979. Ahora son otros materiales, pero la misma expresión inconfundible de Edgar para dibujar los temas que le son caros: “Cuando yo era niño los llokallas de mi barrio, que eran mis mayores, me llevaron al matadero de Achachicala a tomar sangre de toro para ser, entre comillas ‘macho’. Cuando vi la manera como sacrificaban a los animales, me pareció horroroso. No me gustó en absoluto esa manera de sacrificar animales y desde esa época no como carne de res”.

Edgar cita de memoria a Borges para aludir a los artistas que a cierta edad suelen regresar a los viejos temas que los inquietaban en su juventud: “Por primera vez yo vi el wakathokori en Pillapi, el original. ¿Qué significa? Es la relación del ser humano que antropomorfiza al animal, lo vuelve ser humano, lo convierte a su compañero. Es una respuesta a la fiesta brava donde se humilla al toro. Para el indígena esa no es la manera de comportarse con los animales. Ellos consideran que la naturaleza es una totalidad, y los animales son sus crías, por eso le ponen nombre a cada uno, los adornan con flores o con monedas, los quieren”.

Una de las obras de la muestra, “Pase mortal”, es quizás la más explícita como reivindicación del toro frente al hombre: esta vez el animal ha plantado sus banderillas sobre el lomo de un ser humano arrodillado, pero la expresión del toro no es de triunfo, sino de lástima. Las otras obras son más sugerentes porque muestran toros portentosos y a la vez tiernos. Quizás la más emotiva es “Curar las cicatrices”, donde un toro que abraza a una mujer, ambos igualados en su desnudez y los cuernos.

La única obra sobre papel (gouache), destaca por su colorido en medio de la muestra de cerca de 20 obras que sólo usan tonalidades de marrón y negro: “El toro antropomorfizado celebra la vida, desfila precedido de dos mujeres lecheras, el torero que usa una peluca rubia y las hombreras de plata del siglo XVII, lleva en la mano una espada de madera, porque jugaban con el toro y el torero era solamente una figura decorativa. Ese ritual celebra la fecundidad y la fortaleza del animal”.

Las referencias que han inspirado a Arandia rescatan lo esencial de prácticas andinas que corren el riesgo de desaparecer en medio de un modelo de acumulación que minimiza la importancia de la tradición: “En la fiesta de la chakana, el 3 de mayo, dos hombres se ponen la yunta, se convierten en los hombres-toro y comienzan a arar en la fiesta del tinku. Representan la valentía y el poder fecundador del toro y del ser humano”.

La dignificación del toro es evidente en varias obras donde Edgar Arandia lo representa con alas, como un animal mitológico: “Toro alado”, “Torocóndor”, “Torogrifo” o “Más allá del mugido” son ejemplos de esos toros que a veces expresan dolor y otras, fortaleza.

Uno de los cuadros que más me sorprende y gusta es “Time for tea”, donde un toro aparece sentado muy sereno junto a una pequeña mesa redonda, esperando una taza de té como si no le importara la espada que tiene clavada en la espalda. Esa imagen estoica devuelve a mi memoria al joven Edgar Arandia que en 1979 fue baleado en la Pérez Velasco durante el golpe sangriento del coronel Natusch Busch y sus aliados políticos.

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La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas,
no el copiar su apariencia.
¾Aristóteles