10 agosto 2017

Los itinerarios de Mesili

Tres libros recientes de Alain Mesili
La reciente exposición fotográfica de Alain Mesili en La Paz y los tres libros de fotografía que tuvo la generosidad de regalarme hace unos meses, me dan la oportunidad de escribir ahora sobre los itinerarios aventureros de este fotógrafo, escritor y montañista con tantos años de experiencia y tanta voluntad de descubrimiento.

Conozco a Alain Mesili desde hace cuatro décadas aunque nos hemos perdido de vista muchas veces por culpa de los mapas: los mapas de exilios y aventuras que nos ha tocado vivir en otros puntos del planeta.

La vida de Alain, que pocos conocen, está salpicada de anécdotas y vinculada a hechos excepcionales. Nació de madre francesa y padre argelino, un pied noir que desde muy joven vivió la lucha de liberación argelina hasta la independencia del país en 1962. Luego el mundo se abrió para ese joven adolescente que emigró a París.

Alain Mesili
François Masperó, el gran editor francés de izquierda, fue para él una especie de padre protector que contribuyó en su formación política y le permitió conocer  a grandes intelectuales que vivían en París, entre ellos Simone de Beauvoir y Julio Cortázar, que le dio sus primeras lecciones de fotografía. A partir de allí Alain peregrinó por varios países hasta recalar en Bolivia, que adoptó definitivamente como su patria, a pesar de algunos intermedios facilitados por las dictaduras militares.

Uno de esos intermedios lo llevó al Perú donde se involucró con un sector de la extrema izquierda, y de allí a Estados Unidos donde lo esperaba la cárcel. Completó su periodo con un año de prisión en La Paz, compartiendo con Álvaro García Linera una celda en el Panóptico. Otro itinerario lo llevó a vivir durante dos años en las selvas del Beni con la comunidad de los Chacobos, junto al río Yata y allí quizás nació el sueño que tiene de irse a vivir y a navegar por los ríos del Beni.

Illimani, cara norte
Sin embargo Alain es más conocido por todos como montañista que ha coronado todos los picos de nuestro país. Durante décadas fue guía de grupos de andinistas y en ese ejercicio descubrió y habilitó nuevas rutas de exploración y de acceso, sobre todo en el Illimani, la montaña que domina La Paz (y que le otorga a la ciudad la belleza que por sí sola ya no tiene), pero también rutas en el salar de Uyuni, los ríos Manuripi, Madre e Dios y Río Negro, y en el Parque Nacional de Madidi (que durante las dictaduras  militares fue lugar de confinamiento de militantes políticos).

Alain ha visto y fotografiado el Illimani, al igual que Tony Suarez, desde todos los ángulos y a todas horas. La diferencia entre ambos grandes fotógrafos es que Alain lo ha hecho desde más cerca, con los pies en el propio nevado. Esa experiencia visual privilegiada le ha permitido acumular a lo largo de décadas miles de imágenes que en los últimos años han visto la luz en libros lujosos que lo posicionan como uno de nuestros fotógrafos de naturaleza más importantes.

Cuando recuerdo a Alain todavía vislumbro a un joven poeta cuyo primer libro de poemas, Poemas al extremo (1980) publiqué en la serie Palabra Encendida, junto a otros títulos de Jaime Nisttahuz y míos. Mucho agua ha corrido desde entonces, sobre todo las de nuestra montañas que van perdiendo cada año su cobertura de hielos perpetuos.

Illimani, fotografiado desde El Alto
Por esa catadura de explorador y aventurero (heredada de los exploradores europeos del siglo XIX) Alain conoce Bolivia mejor que la gran mayoría de los bolivianos que dicen amar a su país. Quizás (en un cálculo optimista) uno de cada diez mil bolivianos ha recorrido tanto territorio nuestro como Alain Mesili.

La exposición que presentó frente al atrio de la Universidad Mayor de San Andrés es apenas un botón de muestra de sus mejores fotografías del Illimani, pero sus libros reflejan mejor la extensión y calidad de su obra. Comento brevemente tres de ellos, los más recientes: Miradas (2012), La Paz entre cielo y tierra (2013) y Ayer Los Andes (2015), publicados con el apoyo de la Vicepresidencia de la República.

Miradas es una síntesis de la naturaleza boliviana, desde los altos picos andinos hasta los llanos, pero también un panorama de la naturaleza humana. Las tres primeras fotos del libro así lo anuncian: llano, montaña y gente. Es una pena que las fotografías no estén debidamente identificadas, siempre queda la duda de dónde y  cuando se tomó la foto.

Illimani, cara este
La luz del altiplano es especial, de eso no cabe duda.  Los contrastes son dominantes en este y los otros libros, y también son parte del estilo del fotógrafo. La ciudad de La Paz, las montañas que la rodean, el lago Titicaca y otros paisajes andinos ocupan la primera parte, que se prolonga luego en los valles altos con sus manchas de agua y vegetación que dan respiro a sus habitantes.

No es solamente La Paz el objeto de la mirada, sino también Potosí, el Salar de Uyuni, los mineros, las caprichosas formas de la sal, la fauna esquiva, etc.  A medida que uno pasa las páginas el color invade las fotografías. El fotógrafo sigue el trayecto de un grupo de llamas desde las alturas hasta el Parque nacional de Madidi para descubrir la otra Bolivia, tropical e inexplorada. Hay también imágenes de Santa Cruz, de Cochabamba, de Tarija… un recorrido completo que concluye con mapas que permiten ubicarse en la geografía del país.

La Paz entre cielo y tierra repite la fórmula en el sentido de visitar los mismos espacios, pero en un estilo totalmente diferente, ya que combina lo que el lente ha capturado, con el trabajo técnico que se puede realizar en una computadora para realzar ciertos aspectos visualmente. Este es un libro expresionista, cuyas fotos han sido muy trabajadas en el proceso de edición, para saturar los colores y destacar así a la ciudad y sus alrededores.

Alfonso Gumucio y Alain Mesili
Las fotos de la ciudad son impresionantes, así como las de la arquitectura colonial que a veces pasa desapercibida para quienes transitan delante de esos magníficos monumentos. La sección siguiente está dedicada a las fiestas y las máscaras, muy bellas, pero la parte del libro que más me ha motivado es la de la cultura urbana, con fotografías de murales callejeros o cholitas luchadoras. Ameritaba que esta sección fuera más amplia en lugar de reincidir en el Madidi o la Cordillera Real.

Todo lo opuesto es el tercer libro, Ayer Los Andes, donde todas las fotografías son en blanco y negro, lo que le otorga una expresividad diferente.  La crudeza de los contrastes en los rostros y en los paisajes parece remontarnos al pasado, si bien se trata de fotografías recientes.  Hay un cierto aire de decadencia y abandono que el fotógrafo ha capturado muy bien.
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La fotografía es, antes que nada, una manera de mirar.
No es la mirada misma. —Susan Sontag

07 agosto 2017

México, tuna y espina

No deja de sorprenderme cada vez que regreso. He vivido allí casi una década en dos periodos de mi vida y suelo retornar un par de veces cada año desde que dejé el país en 2012. Creo que lo conozco bastante bien, he recorrido su geografía física y humana, sufrido sus problemas y disfrutado sus ventajas.

Como sugiere la canción, México es la tuna que espina la mano. Dulce y jugosa por dentro pero con una piel gruesa y espinosa que se defiende de los depredadores y de las adversidades, que son muchas.

Durante mis dos largas estadías he probado el particular dulce de su pulpa y las invisibles espinas que irritan la piel. La primera, forzada por el exilio de García Meza, de 1980 a 1986 (con un paréntesis de un año en Nicaragua), y la segunda entre 2009 y 2012, en mejores condiciones.

María Marta González, Hugo Fernández
y Antonio Peredo (México 1980)
De la primera etapa tengo el recuerdo de la solidaridad de amigos periodistas, cineastas y fotógrafos mexicanos, bolivianos y uno italiano radicado en México, quien me prestó sin pensarlo dos veces el pequeño estudio donde vivía cuando no andaba fotografiando el quetzal en la selva de Chiapas o un millón de aves en una isla desierta de Baja California. Otro me prestó un colchón cuando compartimos con Antonio Peredo y María Marta González Quintanilla un departamento vacío en Tacubaya, donde teníamos a penas una mesa y unas sillas de madera heredadas de algún otro exiliado que ya había podido pasar a una situación económica más digna.

Colegas periodistas como Juan Carlos “Gato” Salazar y Jorge Mancilla Torres (Coco Manto) facilitaron mi ingreso a la sección internacional del diario Excelsior, que no solo me permitió sobrevivir los primeros meses sino también viajar en diciembre de 1980 como invitado de la agencia Tass a la Unión Soviética, un viaje frío e inolvidable no solo por la experiencia de descubrimiento sino por la solidaridad que me rodeó.

En el exilio, despojado de bienes pero productivo
En el avión a Moscú el colega argentino Ignacio González Janzen, de Radio Educación, me prestó uno de sus dos abrigos al ver que yo no llevaba más que una chompa y un lluchu para enfrentar el crudo invierno ruso. Otro compañero de Excelsior me había prestado sus botas y el diario me proporcionó una cámara con tres rollos de 36 exposiciones, que supe administrar con suma austeridad. En ese viaje memorable estaba también José Luis Alcázar, éramos los únicos periodistas bolivianos.

Ciudad de México, la tuna y la laguna, vivía en esos primeros años de la década de 1980 problemas de violencia y contaminación que parecían irreversibles. Los años siguientes mostraron las complejas imbricaciones de la polítiquería, las políticas de Estado, la corrupción generalizada, pero también el crecimiento de la sociedad civil y de la esperanza.

Tres décadas más tarde hay cambios, para bien y para mal. El valle de México sigue sufriendo contingencias ambientales periódicas pero si comparo con 1985 cuando me sangraba la nariz y regresaba a casa con los puños y el cuello renegridos, siento que la situación ha mejorado con políticas públicas que fueron aplicadas en el Distrito Federal por tres gobiernos consecutivos de izquierda, que mejoraron notablemente el transporte público y sacaron a las fábricas de la ciudad. La avenida Insurgentes que era antes un túnel de humo con miles de minibuses desordenados, es ahora un paseo agradable gracias al Metrobús que recorre sus 28 kilómetros.

Lo que ha empeorado es la violencia, que se ha vuelto generalizada, aleatoria y muy cruel. Ya nadie está a salvo porque golpea como una lotería perversa en cualquier lugar, cubriendo a la sociedad de un barniz de temor e inseguridad. Paralelamente, sin embargo, emergen nuevos movimientos sociales, sobre todo jóvenes, que construyen otro horizonte desde la calle y contra el sistema.

Sumas y restas pero es siempre estimulante regresar a México por motivos académicos y para ver a los muy queridos amigos que ahora tengo allí. “El rincón de la lechuza”, “Las tortas de Don Polo”, el “Café Habana”, “El Péndulo”… Pocas ciudades tienen una oferta gastronómica y cultural tan gigantesca: cine, teatro, museos, música, bibliotecas, comida y todo aquello que compensa el riesgo de vivir allí. Espinas y tunas.

(Publicado en Página Siete, el sábado 3 de junio 2017) 
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México es un país herido de nacimiento, amamantado por la leche del rencor, criado con el arrullo de la sombra. —Carlos Fuentes