10 octubre 2011

Efraín Recinos (1928-2011)


Que acabe este año de una vez, ya no lo soporto, me duele. Uno tras otro, casi sin respiro, he ido perdiendo amigos cuya memoria me marca: el 30 de abril, en Panamá, murió Raúl Leis; en Havelock se extinguió Ted Córdova el 10 de mayo; el 13 de julio, en Quito se fue Nicole Adoum; el 22 de agosto, en Cochabamba, Raúl Lara; y en Puebla, el 10 de septiembre, Renato Prada Oropeza. Ahora me entero con una semana de retraso de la partida de Efraín Recinos, el domingo 2 de octubre, en Ciudad de Guatemala.  

Tengo tanto que decir sobre Efraín, que me cuesta decirlo, la emoción traba el tintero y la memoria hierve a borbotones. Las burbujas mezclan imágenes de los múltiples momentos que compartimos, ya sea en su estudio en el Teatro Nacional, en los paseos que hicimos para que lo filmara frente a sus esculturas y relieves regados por la ciudad, en el Conservatorio Nacional de Música, en la Biblioteca Nacional, o en casa con Mario Monteforte Toledo, su gran amigo. Aquí van, fragmentos.

Conservo varias horas de entrevistas que le hice en video a lo largo de cinco o seis años, con la intención de armar un documental sobre su vida y su obra. Ese proyecto se fue postergando por esa idea absurda de que la vida se estira a medida de que la vamos viviendo, con la peregrina esperanza de que durará mientras nos mantengamos activos. Es lo que creían Efraín Recinos y Mario Monteforte, cuando hasta el último día ponían a prueba su energía y su creatividad. Es lo que creemos todos.

Efraín tenía su taller -su nido más bien- en el Teatro Nacional, en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, que él mismo diseño como arquitecto e ingeniero, y cuya construcción vigiló día a día, pasando por infinidad de peripecias que me contó en detalle. Allí guardaba todo lo que era importante en su vida, desde los dibujos que hizo cuando niño, celosamente conservados por su padre, hasta los discos de música clásica que atesoraba.    

Cada vez que llegaba a visitarlo lo encontraba escuchando música, mientras trabajaba ya sea en el fondo del taller, donde tenía su caballete, el banquito manchado de pintura que le servía de paleta y las maquetas de sus obras; o en la parte de adelante, junto a la ventana, donde una amplia mesa soportaba sus apuntes, sus bocetos, y papeles de toda suerte cuyo orden solamente él conocía. Alguna vez le sugerí que permitiera que alguien lo ayudara a ordenar todos esos documentos, pero creo que la idea no le gustó.

Conocía mucho de música, al igual que Mario Monteforte, y sus gustos eran variados. Le gustaba, por ejemplo, George Antheil, el autor de “Le ballet mecanique” (que ahora vuelvo a escuchar para recordarlo) y de numerosas composiciones para cine. En uno de mis viajes me pidió que le trajera la autobiografía del compositor: “The bad boy of music”, que disfruté leyendo en el avión.

De una curiosidad desbordante, cada vez que pintaba a un personaje se tomaba el tiempo de investigar su historia, para entenderlo mejor. En una oportunidad me dijo que quería pintar a mujeres notables de la independencia de América Latina, y me pidió que en mi próximo viaje a Bolivia le trajera una biografía sobre la guerrillera Juana Azurduy de Padilla, y datos sobre la heroína colombiana Policarpa Salvarrieta, fusilada por los españoles en 1817. Cumplí con esos encargos alentado por el placer de verlo sonreír cuando recibiera la encomienda.

La galería de personajes que pintó para el Conservatorio Nacional de Música es digna de un capítulo especial. El día que lo filmé allí, rodeado de todos esos personajes, me explicó cuales habían sido los motivos para incluir a cada uno de ellos, incluso a algunos (o “alguna”, diremos), que ocupaba un lugar especial en su corazón.

A medida que pasaban y pesaban los años, permanecía más tiempo escribiendo o dibujando sobre la mesa junto a la ventana, y menos tiempo en el fondo del taller de pintura. Más de una vez lo encontraba dormitando, sentado, con el lápiz en la mano, y entonces cerraba la puerta con cuidado y me iba. Encorvado sobre un cuaderno, escribía con mano temblorosa, dibujando cada palabra, relatos o guiones para las películas que soñaba hacer, y que hizo, por ejemplo Los Visitantes, un film de animación donde incluyó a los personajes que más admiraba, desde Leonardo da Vinci –su referente más importante- y la Mona Lisa, hasta Marilyn Monroe y Grace Kelly, pasando por sus arquitectos predilectos, Mies van der Rohe y Le Corbusier.


Una mañana que lo visité en el Teatro Nacional me leyó partes del guión mientras me mostraba los dibujos de caracterización de cada personaje, y el vehículo que él había imaginado los transportaría por las calles de Ciudad de Guatemala. De eso se trataba la película, de mirar su país, que tanto le dolía, a través de los ojos de esos ilustres visitantes.

Sus gruesos anteojos quizás ya no le servían de mucho para ver de cerca, aunque todavía se aventuraba a manejar en las calles de Ciudad de Guatemala, en el auto rojo que le regaló Pepo Toledo, el sobrino de Mario Monteforte.

Entre 1971 y 1978, durante los años que duró la construcción del Teatro Nacional, Efraín tenía un escarabajo Volkswagen de esos que ya no se fabrican, que al final quedó estacionado frente al teatro mientras el tiempo daba cuenta con él y el metal adquiría color de esqueleto. Cuando en 2008 se concretaba el proyecto del parque escultórico que lleva su nombre, en Santo Domingo el Cerro, cerca de la salida de Antigua, Efraín tuvo la ingeniosa idea de convertir a su viejo automóvil en una escultura.  Le sentó encima una risueña y colorida guatemalita, el personaje que aparece en muchas de sus obras, y lo plantó en el parque como un caballo chúcaro que levanta las patas delanteras.  

Disfruté muchas veces del fino humor de Efraín, que solía por ejemplo contar La Caperucita Roja al revés, es decir, invirtiendo las sílabas de cada palabra, de modo que la historia era la de “Tacirupeca” y así sucesivamente. Se sabía el cuento entero al revés, y lo decía imitando las voces de la “tacirupeca” y del “bolo”, lo cual además de ingenio era una prueba adicional del privilegio de la memoria que lo caracterizaba.

Era vegetariano y tempranero, por lo que declinaba cortésmente las invitaciones a cenar, pero varias veces tuvimos la suerte de que nos visitara en la casa. Tener a Efraín Recinos y a Mario Monteforte juntos, era un regalo, por el ingenio de ambos y por la riqueza del diálogo que sostenían. 

En una de sus visitas, en junio del 2003 dejó su huella en un cuaderno: hizo un dibujo en el que aparezco con una cámara de cine. En otra oportunidad, en enero del 2004, estuvo en casa con otros artistas e intelectuales guatemaltecos cuando recibimos a Carlos D. Mesa, quien acababa de asumir la presidencia de Bolivia, y llegaba a Guatemala para asistir a la toma de posesión de Oscar Berger. 

Como todos los que lo conocieron, recordaré a Efraín con sus zapatos manchados de pintura, sus manos finas temblorosas y los chalecos que lucía. Alguna vez le pregunté cuantos chalecos tenía, y no supo decirme, eran tantos que no llevaba la cuenta. Recordaré sus "guatemalitas" de rostro amable y aquellas mujeres piernudas y sensuales que le gustaba pintar. Recordaré a Efraín en la colina sobre la que se asienta el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, su obra magna, los paseos que hacíamos entre los árboles de jacaranda, florecidos de intenso violeta, y el edificio en construcción de lo que iba a ser otro de sus sueños, el Museo de la Marimba.
   


03 octubre 2011

Fundación del horizonte


Una de las imágenes más bellas en La Habana es la caída del sol vista desde el malecón. Centenares de jóvenes se dan cita cada tarde en ese largo paseo frente al mar, para admirar el disco enrojecido del sol que se hunde en las aguas del horizonte.

Ese y otros horizontes son importantes para los cubanos, por ejemplo el horizonte del cine. Pocas veces he conocido a un pueblo tan motivado por la actividad cinematográfica, tan amante del cine.

Uno de los primeros decretos del gobierno de Fidel Castro al triunfo de la Revolución, en 1959, fue la creación del Instituto de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), que no solamente ha sido motor fundamental para alentar durante cinco décadas la producción de cine cubano, sino que ha apoyado a centenares de cineastas de toda la región para que puedan concluir sus películas, gracias al apoyo generoso del ICAIC y de otras instituciones dedicadas al cine.

Cuando en el mes de diciembre se realiza cada año el festival de cine, la ciudad entera se convierte en una pantalla cinematográfica, las salas de cine se llenan de gente, la actividad es incesante. El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana es una gran fiesta para los sentidos. Allí se puede ver lo mejor de la producción de cine en la región. De todos los festivales en los que participé, el 7º fue el mejor regalo, por la cantidad y calidad de películas y colegas que participaron, y por el ambiente extraordinario que vivimos. Allí se otorgó ex aequo el Gran Premio Coral a Frida-Naturaleza Viva de Paul Leduc (México) y a Tangos – El exilio de Gardel de Fernando Solanas (Argentina).

Eso fue en 1985, y tuve la suerte de estar en el Teatro Karl Marx la noche de clausura, el 15 de diciembre, cuando en un discurso de casi cinco horas Fidel mostró su conocimiento y su pasión por el cine, y anunció la creación de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños (EICTV) y de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL).

Quinta Santa Bárbara, sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano
La Quinta Santa Bárbara, sede de la Fundación, es un espacio emblemático por varias razones, entre ellas porque fue allí que Tomás Gutiérrez Alea, uno de los grandes del cine cubano, filmó “Los sobrevivientes”. En el acto de inauguración de esta sede, el 4 de diciembre de 1986, Gabriel García Márquez, Presidente de la Fundación, afirmó: “Pocas casas como esta podrían ser tan propicias para emprender desde ella nuestro objetivo final, que es nada menos que el de lograr la integración del cine latinoamericano. Así de simple, y así de desmesurado. Y nadie podría condenarnos por la simpleza sino más bien por la desmesura de nuestros pasos iniciales…”.
La Fundación ha sido desmesurada durante los 25 años que han seguido a las palabras inaugurales de Gabo, y se ha convertido en un referente indispensable en el cine latinoamericano, la casa de todos los cineastas y estudiosos del cine de la región. Al ritmo de la dulce batuta de Alquimia Peña, los trabajadores de la Fundación hacen actos de magia cotidianos para mantener ese espacio lleno de actividad.  El centro de documentación es un ejemplo de ello, como lo es el Portal del Cine y el Audiovisual Latinoamericano y Caribeño y su boletín semanal.  Uno admira aún más la riqueza de contenido de este boletín cuando conoce las dificultades que enfrenta Cuba en materia de conectividad de internet.
Lola Calviño, Julio García Espinosa, Nora de Izcue, Fernando Birri,
Alfonso Gumucio, Alquimia Peña
Sin duda, la Fundación es uno de los cuatro pilares sobre los que se asienta el festival de cine, la gran fiesta del cine latinoamericano. Los otros tres pilares son el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), y la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) en San Antonio de los Baños.
De la Escuela Internacional de Cine se han graduado varias generaciones de cineastas latinoamericanos, pero también europeos, norteamericanos, africanos o asiáticos. Cinco lustros después de su creación, me dio mucho gusto retornar a la escuela a fines de julio pasado, para asistir a la graduación de la 20ª promoción de nuevos cineastas, y volver a encontrar a Fernando Birri, quien fuera el primer director, a Julio García Espinosa, a Orlando Senna, a Lola Calviño, y a otros grandes animadores de la escuela.

Cine comunitario en América Latina: grupo de investigadores
Pero el motivo principal de la visita a La Habana fue participar en una reunión de investigadores de cine, convocados por la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano para abordar un proyecto de investigación sobre el cine comunitario en América Latina y El Caribe, que recibió el apoyo del Fondo de la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de Expresiones Culturales de la Unesco. Por invitación de Alquimia Peña acepté coordinar al equipo de investigadores, en consulta también con Octavio Getino, que coordina a su vez investigaciones para el Observatorio del Cine y del Audiovisual Latinoamericano y Caribeño.
La investigación sobre cine comunitario cubrirá una selección de procesos participativos en el campo audiovisual, desde el año 2000, que se caracterizan por producciones y acciones lideradas por los propios sujetos comunitarios.  En otras palabras, nos concentraremos en los procesos de cine y video gestionados por la propias comunidades, incluyendo producciones de ficción, documentales, de animación, etc. Es una primera aproximación a un tema poco estudiado.

26 septiembre 2011

Renato Prada Oropeza


En 1969 fue el primer escritor boliviano que obtuvo el prestigioso Premio Casa de las Américas, por su novela Los fundadores de alba.  El libro ganó ese mismo año el Premio Nacional de Novela Erich Guttentag en Bolivia, consagrando a Renato Prada Oropeza como uno de los principales narradores de su generación.

Alejo Carpentier, el gran escritor cubano, dijo en nombre del jurado del Premio Casa de las Américas: “El jurado de novela hubo de considerar, este año, numerosas obras enviadas al concurso. Pronto, la atención de los jurados se fijó en el texto de Los fundadores del alba. Era evidente que en Los fundadores del alba un tema nuevo irrumpía en el epos de la novela latinoamericana: el tema de las guerrillas revolucionarias -en este caso, de las guerrillas bolivianas, dramáticamente actualizadas ante la expectación mundial, aunque en fecha todavía reciente, por el extraordinario documento histórico que es el Diario del comandante Ernesto Che Guevara. El propósito era interesante en extremo, aunque bien sabíamos que en literatura no bastan buenos propósitos para hacer obra buena. La lectura y relectura del manuscrito entero no tardó en convencernos, sin embargo, que nos hallábamos ante una obra de muy alta calidad, enriquecida por grandes aciertos de factura”.

Lo interesante es que Renato empezó a escribir la novela antes de que se supiera que el Ché estaba en la guerrilla boliviana.

Otro miembro del jurado, Mario Vargas Llosa, escribió: “Era fácil caer en la demagogia estilística y en el maniqueísmo al abordar un tema como el de las guerrillas, pero el autor, pienso, ha sorteado bien esas tentaciones, esforzándose por mostrar las motivaciones y convicciones íntimas de todos los personajes, de una manera objetiva y equilibrada”.

Si Renato hubiera empezado a publicar unos pocos años antes, sin duda hubiese sido considerado parte del “boom” de la literatura latinoamericana junto a los dos grandes autores citados anteriormente, y a muchos otros de esa generación.

De esa época, siento especial preferencia o debilidad por Ya nadie espera al hombre, que obtuvo en 1968 el Premio Nacional de Cuento Edmundo Camargo. Los cuentos de ese libro impactaron a mi generación. 

Lovaina, 1972
Lo que vino después es una carrera literaria y de investigación muy sólida que llevó a Renato Prada de Cochabamba a Roma (donde completó un doctorado en filosofía en 1972), de Italia a Lovaina (donde hizo un doctorado en lingüística en 1976), y de Bélgica a Xalapa, México, donde fue durante 35 años investigador y profesor en la Universidad Veracruzana y en la Universidad Autónoma de Puebla.  

Un itinerario de más de 40 años a través de 30 obras publicadas: 5 novelas, 8 libros de cuentos, 2 poemarios, 15 estudios sobre teoría literaria, además de muchos ensayos breves, cuentos dispersos en revistas y antologías, traducciones, ponencias y conferencias magistrales en evento, y guiones de cine para su hijo Fabrizio. La lista de premios y distinciones recibidas es también amplia. Todo eso está en su página web, desde donde nos mira fijamente a los ojos.

Alfonso Gumucio y Renato Prada, 1972

Para volver a encontrar el inicio de mi amistad con Renato tengo que perderme en el pasado, y sumar sin pudor unas cuatro décadas. Conservo unas fotos en blanco y negro que nos tomamos en su casa en Heverlee, en las afueras de Lovaina, Bélgica, cuando lo visité en noviembre de 1972. Las dedicatorias que conservo en sus libros son testimonio de otros encuentros en otras latitudes.

En mi primer libro, Provocaciones (1977) incluí una conversación en la que Renato habló de su temprana vocación literaria: “Había leído más de diez veces Martín Fierro, y era el libro que me gustaba más. Impresionado por la novela fácil de Hugo Wast, por ejemplo Miriam la conspiradora, empecé a escribir una novela. Creo que llegué a las cien páginas, pero lamentablemente no se concretó; seguramente no tenía ningún valor literario, pero por lo menos un valor sentimental para mí. Esto pasó cuando tenía aproximadamente doce o trece años, lo recuerdo bien porque escribí durante toda una vacación de invierno y pensaba terminar la novela para la vacación final, pero se me olvidó como tantos otros proyectos.”

Se refirió también a la presencia permanente de la muerte en su narrativa: “Es un denominador común en casi toda mi obra porque pienso que la muerte es una constante del hombre. Si hablo en este instante es porque defiendo una actitud de cara a la muerte. En cuanto a las otras preocupaciones, son las que nos distraen de la idea de la muerte, que es la esencial. No quiero decir que debamos andar vestidos de negro pensando en que la vida ya no tiene solución, sino que lo importante es jugar el juego de la vida con sus limitaciones, luchando por el ordenamiento de la sociedad, la justicia social radical, etc. Una forma de luchar contra esta amenaza individual que es la muerte es unirse en sociedad.”

Renato Prada en Xalapa, Veracruz, en 1982
Cuando le pregunté cómo quería que su obra fuera valorada expresó: “Yo quisiera que mi aporte, al lado del de otros escritores, fuera fundar una narrativa boliviana con caracteres universales, a partir de una temática nacional, pero con un lenguaje que sea comprensible a cualquier hombre.”

Diez años después de aquellas fotos borrosas de Lovaina, en 1982, fotografié de nuevo a Renato en Xalapa, México, y una de esas fotos mexicanas fue la que escogí para incluirlo en la serie de 50 retratos de escritores, artistas y políticos que exhibí en La Paz y Cochabamba el año 1990, con el título “Retrato Hablado”.

Renato Prada Oropeza en la UNAM, México, en 2009
Tantas idas y venidas, como dice la cueca, y volvimos a coincidir en México en 2009. En ocasión de una conferencia que dio en la Universidad Nacional Autónoma de México, lo fotografié esta vez con el telón de fondo del edificio de la biblioteca de la UNAM, completamente cubierta por un mural en mosaico de Juan O’Gorman.

El 30 de junio vino a casa y su visita quedó plasmada en una foto delante de un cuadro de Raúl Lara, (quien falleció hace pocas semanas). Ese día nos dejó una nota hermosa, unos versos: “Los dedos de la lluvia / –inocentes y tiernos- / tamborilean en los cristales / en la amplia y acogedora sala / desde el marco de un cuadro / nos escruta el rostro severo de Van Gogh / la ternura de Katy / la siempre fiel amistad de Moro / todo me cobija con el nido de la amistad / Esa escena con cuatro actores / quedará en mi memoria / como un tiempo que vence / al tiempo”. 

Renato hizo la mayor parte de su vida literaria y académica fuera de Bolivia, como les ha tocado a otros escritores bolivianos que han encontrado fuera del país las oportunidades de investigar, escribir y publicar que nunca tuvieron en Bolivia. Nuestro país no es generoso con la cultura y el arte, y no es agradecido con sus grandes artistas e intelectuales. Tantos son los que de haber tomado la decisión de dejar el país, se hubieran salvado del olvido. 

Todo Lo anterior importa porque Renato Prada Oropeza, amante de la literatura y del cine, amigo entrañable, nos ha dejado. Murió en Puebla, México, el viernes 10 de septiembre, rodeado por Elda, su esposa durante 45 años, y sus hijos Ingmar el científico, Fabrizio el cineasta e Ixchel la artista creativa, quien llegó urgentemente desde Londres. Apenas sintió su mano, Renato supo que estaba completo, dejó rodar una lágrima y se fue en paz.



18 septiembre 2011

Petite planète y Simone Lacouture


A principios de 1981, treinta años atrás, fue publicado en Francia mi libro Bolivie cuyas pruebas de página había corregido en septiembre de 1980 en condiciones estimulantes en algún sentido y deprimentes en otro, ya que me encontraba como asilado político en la residencia de la Embajada de México, en la calle 5 de Obrajes, en La Paz, luego de haber pasado un par de semanas en la clandestinidad a raíz del golpe militar del General de Caballería Luis García Meza. Pero no es el episodio político que quiero recordar ahora, sino la pequeña historia del pequeño libro publicado en la colección “Petite Planète » (Pequeño Planeta) de la editorial francesa Le Seuil. 

De cómo llegué a publicar en esa colección tiene su propia historia detrás de bastidores, porque yo no era más que un estudiante de cine en el IDHEC (Instituto de Altos Estudios de Cinematografía), por entonces la principal escuela de cine de Europa, y como escritor solamente había publicado en Bolivia dos libros de poemas (Antología del asco y Razones técnicas), uno de conversaciones con escritores (Provocaciones), unos cuentos en un libro colectivo (Seis nuevos narradores bolivianos) y un ensayo sobre cine latinoamericano (Cine, censura y exilio en America Latina) resultado de un breve periodo de clases que impartí en la Universidad Mayor de San Andrés. 

Los libros mencionados salieron antes que Bolivie en Francia, es decir, antes de 1981, pero cuando yo logré el contrato con Le Seuil en 1977, tenía 26 años y no había publicado ninguno. Era nada más un aprendiz de brujo, con más entusiasmo que otra cosa. 

Me gustó tanto la colección “Petite Planète” cuando la vi en librerías, que me propuse escribir el libro sobre Bolivia. Cada uno de esos volúmenes de menos de 200 páginas era una deliciosa introducción al país del que se ocupaba. El texto era conciso, fácil de leer, y llevaba ilustraciones en casi todas las páginas.  Hoy es común encontrar ese diálogo visual entre texto e imágenes a todo color en colecciones tan bellas como las que publica “La Découverte” en Francia, pero en esa época “Petite Planète” estaba en la vanguardia. 

La directora de la colección era Simone Lacouture, autora, además, del libro sobre Egipto, país que conocía muy bien. Simone no era tan conocida entonces –ni ahora- como su marido, Jean Lacouture, biógrafo de personalidades como De Gaulle, Nasser, Blum, Mauriac, Montesquieu, Stendhal y Malraux, entre otros, que se suman a medio centenar de libros fundamentales sobre los países árabes y sobre la política francesa. 

Para conseguir una primera cita con Simone, acudí a mi buen amigo Pierre Kalfon, que había escrito el tomo sobre Argentina, donde fue corresponsal de “Le Monde” durante varios años. Pierre escribió un libro lleno de humor y a la vez agudo, capaz de capturar la esencia de Argentina y de los argentinos. Él le pidió a Simone que me recibiera, y lo primero que ella me dijo es que el libro de Pierre sobre Argentina era un modelo para ella: “Es el mejor de toda la colección”, afirmó. 

Pero inmediatamente después me bajó los ánimos cuando me dijo: “Pero usted no puede ser autor de esta colección, por dos razones: la principal es que usted es boliviano, y hemos evitado que los autores escriban sobre sus propios países, preferimos una mirada desde afuera, menos subjetiva. Y segundo, la lengua francesa no es su lengua materna, de modo que no podría usted escribir el libro en francés”. 

En los dos puntos tenía razón. Mi francés era aún precario cuando conversamos por primera vez a mediados de 1975, y con mi nacionalidad no había mucho que hacer, estaba en mis genes. Pero entonces mi determinación me llevó a hacerle una propuesta. Le dije que iba a escribir 2 o 3 capítulos del libro, sin compromiso editorial alguno, y que se los iba a presentar en francés en un par meses, después del verano. Aceptó la idea insistiendo en que no comprometía para nada a la editorial "Le Seuil", una de las más importantes en ese momento. 

Un tiempo después le presenté los capítulos.  Me había entusiasmado escribirlos, y lo hice de un tirón, seleccionando al mismo tiempo las ilustraciones (por ejemplo, dibujos que le pedí especialmente a mi amigo Luis Zilveti). Aunque escribí algunas partes directamente en francés, especialmente los títulos de los capítulos y algunas expresiones, me ayudó en la traducción definitiva mi amiga Monique Roumette, profesora de castellano que maneja ambos idiomas sin la menor dificultad. 

Luego de leerlos, Simone Lacouture puso el contrato frente a mi.  Le había gustado el texto sobre todo porque se podía leer como si fuera una narración cinematográfica. Estaba muy contenta con el resultado. De ese modo me convertí en el único autor -de toda la colección de más de un centenar de libros- que escribió sobre su propio país. Y el libro se publicó con el número 63 en la colección, en un primer tiraje de 30 mil ejemplares, que para la época era mucho. Como tapa utilizaron una foto de Alain Mesili, otro amigo. Resta decir que es el único libro con el que he ganado algo de dinero. Todo lo demás ha sido amor al arte. 

Lo anterior viene a cuento no solamente porque se han cumplido ahora 30 años de la publicación del libro, hoy agotado y jamás publicado en castellano, sino porque estuve en París hace dos semanas, visité a mi amigo Pierre Kalfon, y durante la conversación salió el nombre de Simone Lacouture. “Acaba de morir hace unas semanas, en julio”, me dijo Pierre, y otra vez sentí, como tantas otras veces este año, que una parte de mi propia historia se había muerto. 

“Murió tranquila –añadió Pierre- puso música de Mozart y se fue a su cama a dormir. Y ya no despertó más”. 


06 septiembre 2011

Los 100 de Mario Monteforte


Fui muy cercano a Mario Monteforte Toledo durante los años finales de su vida, y este 15 de septiembre en que celebraría su cumpleaños número 100, quiero recordarlo.

Mario fue uno de los grandes de la literatura de Guatemala, junto a Miguel Ángel Asturias (el del Premio Nóbel), a Tito Monterroso (el del dinosaurio) y a Luis Cardoza y Aragón (el de "la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre"). Ellos eran los cuatro mosqueteros de una generación fundamental de las letras de Guatemala. Los cuatro vivieron una parte importante de sus vidas fuera de su país; Asturias entre Francia, Argentina y otros destinos diplomáticos, mientras Monterroso, Cardoza y Aragón y Monteforte desarrollaron gran parte de su obra en México. Solo Mario regresó a Guatemala luego de los años de exilio, y allí murió el 4 de septiembre del 2003, pocos días antes de cumplir 92 años.
Monteforte estuvo de paso por La Paz, Bolivia, el año 1971, para pedir al gobierno del General Juan José Torres la liberación de Regis Debray. Por entonces yo era un incipiente periodista que escribía en “El Nacional”, el diario del gobierno. Lo entrevisté en el Hotel Sucre, en la Avenida 16 de Julio (el Prado); nos sentamos a conversar sobre su obra que yo no conocía porque era imposible conseguir sus libros en Bolivia. Para entonces ya había publicado novelas tan importantes como Anaité (1948), Entre la piedra y la cruz (1948), Donde acaban los caminos (1952), Una manera de morir (1958), y Llegaron del mar (1966).  
Quién iba a pensar, cuando lo entrevisté en La Paz, que seríamos amigos 30 años después. Por esas vueltas que da la vida, me tocó aterrizar en Guatemala a fines de 1997 y tropezarme con él en una recepción de esas que celebraban el retorno del país a la vida democrática, en las que participaban lado a lado autoridades del gobierno y exguerrilleros como Rolando Morán (Ricardo Ramírez de León) a quien conocí en esa misma ocasión. Allí reanudé la relación con Mario y se inició una amistad que solamente quedó interrumpida con su muerte.

Sobre todo durante los dos años últimos de su vida, vi a Mario con frecuencia. Lo visitaba en su casa o él venía a la nuestra (alguna vez con Maco Quiroa, otras con Efraín Recinos, Alan Mills, y otros), o salíamos al cine o a pasear. Caminaba sobre sus queridos zapatos Clarks, ingleses, envejecidos pero cómodos, no los cambiaba por otros. En el cine protestábamos al unísono por el comportamiento poco civilizado de la audiencia, incapaz de mantener silencio para ver una película.  Mario decía que la burguesía guatemalteca de antes, en los años cuarenta, era por lo menos culta, leía mucho, sabía de música, de teatro: “La de hoy es de una ignorancia lamentable, mucho dinero y muy poco en la cabeza”.

El cine le encantaba, y no solamente verlo. Pocas veces lo vi tan entusiasmado como cuando se hizo la película basada en su novela y guión Donde acaban los caminos. Lo acompañé varias veces a Antigua para asistir a la filmación, que dirigía el mexicano Carlos García Agraz. No quería perderse nada, se involucró tanto, que en los créditos aparece como Productor Ejecutivo.  

Solía acompañar a Mario a montar caballo, una de sus pasiones. Esperado era el nombre que le había puesto a su caballo andaluz de pelaje blanco. ¿Qué habrá pasado con Esperado? Mario lo acariciaba, le llevaba zanahorias y dulces para consentirlo. En mis viajes yo sabía lo que debía traer de regalo para Mario: dulces típicos de los países que visitaba.  Cuando traje de Camboya unos pedazos de chancaca (piloncillo o panela), los recibió alborozado: “Está muy rico, no sé si va a quedar algo para Esperado”, me dijo.

En su departamento sosteníamos largas conversaciones en las que a mi me interesaba más escuchar que hablar. Sacaba una botella de tequila Don Julio (que acabó regalándome) o un té especial que guardaba celosamente. Me mostraba su colección de dagas o los cuadros que empezó a pintar en la última etapa, o mencionaba los tiempos en que fue campeón de esgrima. Yo escuchaba, lo grababa y filmaba cuando me lo permitía. Y cuando no lo grababa, al regresar a casa escribía una síntesis de lo que me había contado. La vida de Mario era fascinante, porque la literatura no era sino una de sus facetas.

Sociólogo y abogado de profesión, tuvo una intensa vida política desde 1944. Como militante destacado del Partido Unificado de la Revolución, fue elegido diputado en 1944 tras el derrocamiento del dictador Jorge Ubico. En 1946 fue nombrado embajador de Guatemala en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y, dos años después, accedió a la vicepresidencia de la República, durante el gobierno de Juan José Arévalo. También desempeñó la presidencia del Congreso Nacional. 

El escritor Gore Vidal visitó Guatemala en esa época y Mario lo acogió.  Años después Vidal escribiría que Monteforte Toledo era en esa época” la persona más interesante dentro y fuera de Guatemala”. 

En 1956, poco antes de la llegada al poder del General Castillo Armas gracias a un golpe militar fraguado por la CIA, Monteforte se fue a México. No estaba de acuerdo con la manera como Jacobo Arbenz había llegado a la presidencia, rodeado por un grupo “de pícaros”.  

Durante una larga estancia en Ecuador construyó una amistad entrañable con Guayasamín (quien pintó su retrato) y con los Adoum (Jorgenrique, Nicole, Alejandra). A la muerte de Mario, Jorgenrique escribió: “No sé a quien darle el pésame, como no fuera a mi mismo”. 

Estuvo 35 años exiliado. Dio clases en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), publicó numerosos libros y escribió regularmente durante 16 años en la revista “Siempre”. 

Al regresar a Guatemala, no dudó en dar el salto de la máquina de escribir a la computadora, lo cual a su edad era un gesto de audacia. Decía: “Odio y amo la computadora, pero me sirve”.  Me llamaba por teléfono con voz de urgencia: “Se me ha borrado todo el artículo que estaba escribiendo para El Periódico, ¿qué hago ahora?”. Le explicaba que si no apretó la tecla “delete”, no había perdido nada.  Bastaba que mantuviera la computadora encendida hasta que yo llegara a su casa para resolver el problema.

Entre las muchas virtudes y habilidades de Mario, me maravillaba su dicción en inglés, perfecta, con un acento británico impecable. Era una delicia escucharlo repetir de memoria el soliloquio de Hamlet: “To be or not to be”, tanto que alguna vez le pedí que lo dijera frente a mi cámara de video.  

Su conocimiento profundo de las lenguas le permitía traducir tanto a Pessoa como a Joyce. Como recuerda Jorgenrique Adoum: “Una muestra insólita de su talento literario fue el artículo ‘Finnegans Wake: Presentación y algunas páginas’, publicado en La cultura en México, suplemento de Siempre: se trata de nueve cuartillas de su traducción de la obra de Joyce. Leerla es una hazaña casi igual a la de escribirla: publicada en 1939, Finnegans Wake es una «estela funeraria bajo la cual se han abandonado a la putrefacción los restos de toda la literatura anterior». Pero Mario, ‘con optimismo de boy-scout’, creía, como Poe, que todo lo que ha sido creado por la mente del hombre puede ser comprendido por la mente del hombre”.  




















Como toda memoria, la mía sobre Mario Monteforte está hecha de muchos fragmentos de conversaciones, textos, anécdotas e imágenes. De todas las fotos que atestiguan los momentos que pasamos en compañía de Mario, hay una por la que tengo especial predilección. En ella aparece también Efraín Recinos, el gran artista guatemalteco, uno de sus amigos más queridos. Esa foto me gusta porque Mario y Efraín, a pesar de la diferencia de edad, fueron los mejores amigos que tuve en Guatemala. Ambos estaban más allá del bien y del mal, por encima de las pequeñeces cotidianas típicas de un pueblo chico que no ve más allá de sus fronteras. Un hábil artesano de Antigua hizo a partir de la foto una escultura en cerámica, que conservo como uno de mis bienes más preciados.


26 agosto 2011

Raúl Lara (1940-2011)


¿Por dónde empezar? Los sentimientos se atropellan y entremezclan. Es difícil escribir sobre los amigos cercanos, más sobre aquellos cuya obra uno admira, y más aún cuando los recuerdos de diferentes épocas se disputan el primer plano, resistiéndose al olvido.  

Es lo que me pasa con Raúl Lara, el gran pintor boliviano fallecido muy temprano el lunes 22 de agosto (y muy temprano en la vida), rodeado por su familia, Lidia su esposa, y sus hijos Fidel y Ernesto, cuyos nombres dicen de qué lado estuvo siempre el corazón de Raúl en el espectro ideológico.  

¿Por dónde empezar? ¿Por su obra que tengo ahora frente a mis ojos, por su historia personal, por las visitas que le hice en Cochabamba y en Oruro, por las fotos que le tomé y las veces que lo filmé? Esta no debería ser una nota triste, me digo, pero quizás lo sea. Triste en parte por esa sensación de deuda que me deja la partida de Raúl. Entonces empiezo por allí.

La desaparición de Raúl Lara deja un vacío porque nadie puede llenar el espacio de un artista de esa dimensión, nadie puede continuar una obra de esa naturaleza.  No es como un edificio o un puente, no es tampoco la catedral de Gaudí o el film póstumo de Kubrick o de Pasolini, que otros pueden concluir con las indicaciones dejadas por el autor.

Bolivia estará siempre en deuda con Raúl y con otros creadores de arte. Este es un país ingrato, con dirigentes políticos indolentes, incapaces de comprender la grandeza de los artistas y de apoyarlos. Todo lo que se hace en materia de arte y cultura en Bolivia es “a puro pulmón”, para usar una expresión trillada.  Y se hace a pesar del Estado, a pesar de quienes se llenan la boca de discursos, pero hacen poco o nada por aquellos que desarrollan una obra que trascenderá en el tiempo. No trascenderán los discursos del presidente de turno, pero sí los cuadros de Raúl Lara.

También yo quedé en deuda con Raúl, porque hace muchos años sigo su trayectoria con la intención de escribir sobre él, y no he podido hacerlo, aparte de pocas cosas y muy breves. Lo haré sin falta, me digo ahora, pero él ya no estará para verlo. He fotografiado y filmado a Raúl muchas veces, y quiero hacer un libro y un documental donde su propia voz lleve la narración. Lo haré, lo haré, si el tiempo me lo permite.  

Los Lara son una familia de artistas plásticos. Una decena de hermanos y hermanas, nacidos en diferentes campamentos mineros, a medida que su padre, Estanislao Lara, perforista en interior mina, era trasladado de una mina a otra: Augusto, Gustavo, Walter, Blanca, Roberto, Jaime, Judith, Raúl, Ramiro, Néstor, José Antonio… Gustavo, a su vez un gran pintor, fue el mentor de Raúl y de los otros hermanos artistas. El hijo de Gustavo, Fabricio, se ha sumado con la madurez de su obra al prestigio de Gustavo y Raúl, y de otros Lara cuyo trabajo –menos conocido- continua en Argentina. Conservo la foto de todos los hermanos, sin fecha, que me regalaron Raúl y Gustavo.    

En una anterior vida de pareja tuve varias obras de Raúl, ahora solamente tengo un gran cuadro, una litografía, y varios dibujos, entre los cuales los 6 que hizo para mi libro “Sentímetros”, que cuenta también con dibujos de Gustavo. Una de las últimas veces que lo visité en Cochabamba me alojé una noche en su casa en la calle Los Pinos No. 136, en Tiquipaya, y en la habitación había un dibujo que me miraba. Al día siguiente la generosidad de Raúl y de Lidia me permitieron llevármelo bajo el brazo.

El año 2003, cuando Raúl estaba pintando su serie de homenaje a Vincent van Gogh, Katherina y yo lo visitamos en su casa y taller, y quedamos hechizados con uno de los cuadros, un hermoso desnudo. Van Gogh pintando un desnudo (pintó muy pocos entre sus 900 cuadros), y no cualquier desnudo: una sensual mujer de piel morena. Decidimos comprarlo inmediatamente, sin esperar la exposición. Por ello este cuadro no se mostró ni aparece en el catálogo de “Vincent van Gogh en Oruro”.  El otro desnudo de la serie de van Gogh se lo llevaron Carlos Mesa y Elvira Salinas.

La muestra sobre van Gogh constituye un punto culminante en la carrera pictórica de Raúl Lara. Los cuadros son magníficos como pintura, como lo es el concepto creativo: colocar a Van Gogh en el horizonte boliviano y hacerlo de manera que interactúa con el paisaje y con la gente. ¿No es maravilloso ver a van Gogh en medio del carnaval de Oruro, caminando solitario por el altiplano o pintando el desnudo de una sensual mestiza boliviana? Nada de esto ocurrió en la vida del gran pintor holandés, pero ya existe puesto que Raúl lo pintó.

Pero hay mucho más que la pintura y el catálogo; Raúl escribió textos para a Vincent, y compuso música que fue utilizada por sus hijos Fidel y Ernesto para realizar un hermoso video de 14 minutos. En suma, un festín completo que pone en relieve la riqueza de la personalidad artística de Raúl Lara.

Las cartas narran la visita sorpresiva que un excéntrico pintor holandés “con olor a mil caminos y a trementina” hace a la casa de Raúl Lara en Oruro, portador de una carta del su hermano Jaime. Van Gogh dice haber encontrado la luz del sol que le hacía falta, y Raúl encuentra a través de Vincent un conducto para comunicarse con Jaime y para explosionar su arte de color y sensualidad.

Las cartas de Jaime hablan de una época anterior, los 14 años que Raúl y sus hermanos vivieron en Jujuy, Argentina. Los colores eran más sombríos y no aparecía aún la pista del erotismo, las formas sensuales. No es para menos, era la época marcada por la dictadura militar. Raúl representa ese contexto de terror, de soledad, de aislamiento, de desconfianza, pintando a personajes cuyos rostros no se ven, muchas veces de espalda, enmarcados o atravesados por barras de metal cromado, que se convierten en un leitmotiv de esa serie. Son cuadros duros, que hablan de la muerte sin regodearse en ella, sin ser explícitos ni grotescos.

En una nota titulada “Los mitos populares en la pintura de los hermanos Lara”, que escribí para la DPA (Agencia Alemana de Prensa) a principios de los 1980, cuando no teníamos computadoras, Raúl me decía: “Era una etapa de catarsis, de una pintura adolorida, un poco tenebrista. Esto tuvo que ver en parte con la desaparición de nuestro hermano a los pocos meses de llegar al poder el gobierno militar. Cierta noche se llevaron a Jaime Rafael y nunca más supimos de él.  Ello influyó notablemente en nuestra expresión plástica. Yo quería entonces expresar al hombre víctima de la máquina, transmitir una sensación de opresión”.


Confieso mi absoluta debilidad por los desnudos y las representaciones de mujeres sensuales en la obra de Raúl Lara. Mujeres voluptuosas, de hermosas piernas y nalgas, que alternan con cholos toscos, gruesos matarifes que bailan en la morenada, mestizos que esconden los ojos detrás de gafas oscuras. La representación que hace Raúl Lara de los personajes de Oruro es fabulosa, en el sentido de fábula y de mito, porque a través de su pintura sobre las fiestas orureñas ha creado una mitología de seres tan cotidianos como fantásticos, inspirados en la realidad. El enorme tríptico “El carnaval de Oruro” es un ejemplo extraordinario donde todo lo anterior convive, y en el centro está van Gogh, perfectamente integrado.

Raúl Lara y Graciela Rodo Boulanger fueron los únicos pintores bolivianos invitados a colaborar con una iniciativa continental de gran ambición, “PerioLibros”, que en su momento dirigió Germán Carnero Roqué, desde la oficina de la Unesco en México.

Lara y Rodo Boulanger colaboraron junto a maestros de la talla de Francisco Toledo, Oswaldo Guayasamín, José Luis Cuevas, Rufino Tamayo, Fernando Botero, Antoni Tapiés, Vicente Rojo y Roberto Matta, entre otros. Los 62 artistas escogidos ilustraron relatos de grandes escritores como Rulfo, Cortázar, Carpentier, García Márquez, Borges, Icaza, Darío, Roa Bastos, Sábato, Vargas Llosa, Neruda, Pessoa, Fuentes, Sabines, Alberti, Onetti, Saramago, Bioy Casares, y el boliviano Oscar Cerruto, entre otros.

Era un “festín de la mirada”, como lo describió Fernando Savater en la introducción del libro que recogió la obra pictórica y acompañó la exposición itinerante que durante tres años fue acogida en 24 museos de America Latina, España, Francia y Estados Unidos. Un cuadro de Raúl Lara y varios dibujos suyos ilustraron las páginas de “Naturaleza muerta con cachimba”, de José Donoso, el narrador chileno. Cachimba quizás ya premonitora de la que usaba Vincent van Gogh.  

Casualidades o paradojas de la vida y de la muerte, acabo de encontrar una agenda de 1999 que me regaló Raúl, “Iberoamérica Pinta”, publicada por la Unesco y el Fondo de Cultura Económica de México como acompañamiento a la exposición itinerante del gran proyecto cultural “PerioLibros”. Busco semana tras semana en la agenda el cuadro de Raúl y lo encuentro, premonitoriamente en la misma página en la que figura el 22 de agosto, la fecha en que murió.  

Tenemos en casa el retrato que le hice en Oruro, el 30 de enero de 1990, y ahora que lo miro de nuevo, encuentro una mirada triste o nostálgica, pero no es él, es mi propia mirada la que entristece su foto.