30 noviembre 2021

Bolivia Siglo XXI: disección colectiva

(Publicado en Página Siete el domingo 19 de septiembre de 2021)

Si bien “Bolivia Siglo XXI” (2021) no es un título muy “sexy”, el subtítulo es algo más llamativo: “De la república al Estado plurinacional”. ¿Cómo cubrir un terreno tan vasto? Mediante la mezcla de seriedad académica y habilidad narrativa de 21 autores que abordan todos los aspectos de la vida nacional, bajo la batuta de Eduardo Quintanilla Ballivián, del Harvard Club de Bolivia.

Los tres grandes bloques que componen esta obra sólida y trascendente de 586 páginas, son un repaso urgente del contexto histórico, de la economía y la política, y de la cultura y la comunicación. Por supuesto que aún así no abarca todo, pero el libro basta para entender la Bolivia contemporánea, gracias a autores de mucha trayectoria y calidad profesional.

Hay textos más académicos y densos que otros, unos más entretenidos y creativos que otros, unos más provocadores que otros… pero el conjunto permite apreciar el conocimiento compartido. Los capítulos pueden leerse como Rayuela, en orden o en desorden, porque el orden de los factores no altera el producto (dirían los matemáticos).

Cada persona lee el mismo libro con ojos diferentes. Al recorrer las mismas páginas y las mismas palabras, cada lector tamiza y selecciona “lo que le conviene”, es decir, lo que resuena en su pensamiento, ya sea por afinidad o por oposición. De ahí que comentar esta suma de ensayos es también un ejercicio de creación: mi lectura desafía las interpretaciones de otros veinte autores sentados en círculo mirando la misma fogata bajo una noche estrellada.

Cuando se aborda un libro tan amplio en su contenido y tan vasto en su extensión no queda más recurso que dar cuenta de lo que motiva o incomoda en la temática y en el estilo de la escritura. Quienes digan que “faltan” textos tienen razón, pero no se puede escribir una obra del tamaño del país (como el mapa en el cuento “Del rigor en la ciencia”, de Borges), y los críticos deberían tratar de emprender esa titánica tarea, si pueden. He estado por lo menos tres veces a cargo de tareas similares, y no ha sido nada fácil.

Como dice José Antonio Quiroga en el prólogo, la obra genera reflexiones en paralelo a uno de los periodos más largos de nuestra historia: “…bajo el mando de una sola organización política y de un solo caudillo, coincidente con el ciclo de mayor y más prolongada bonanza económica derivada de los precios altos de sus materias primas. Pero esa permanencia en el poder, lejos de ser una expresión de estabilidad institucional, se convirtió ella misma en fuente de otra crisis política que comenzó a gestarse con el desconocimiento gubernamental de los resultados del referéndum del 21 de febrero de 2016 (21f) y culminó al finalizar el año 2019 con la inédita movilización ciudadana que obligó a Morales a renunciar y salir precipitadamente del país”.

Dibujo de Abecor, en Página Siete

Si bien casi todos los autores destacan por su convicción democrática, las miradas sobre ese periodo difieren. Cada quien describe la fiesta como le ha tocado bailarla, a algunos les tocó bailar con la más fea y otros se acomodaron entre bambalinas.

De ahí que algunos omitan convenientemente referirse al autoritarismo, en bien de la imagen de un país “en paz”, y otros tomen el toro por las astas y llamen las cosas por su nombre. Unos miran las cifras macro para describir la economía y la sociedad, y los más optan por indagar cómo vive la gente en la realidad. El denso capítulo de Enrique García que abre la primera parte y se ocupa fundamentalmente de la economía, evita emitir juicios y señalar responsabilidades, es un sesudo ejercicio de caminar por la orilla sin mojarse. 

El capítulo “Coronavirus: América Latina, el día después” de Gustavo Fernández, es un texto brillante de introspección, un fascinante ejercicio de síntesis, ágil y eficiente, que no ha perdido actualidad a pesar de que fue escrito al comenzar la pandemia. Es un ensayo desafiante porque el autor se ve obligado a especular ante lo desconocido, imaginando escenarios posibles como en una película de ciencia ficción. Su capacidad analítica haría quedar como párvulos a casi todos los “analistas” de la televisión. El autor no se somete al pragmatismo de la neutralidad, sino que toma posición inequívocamente. Fernández escribe como economista, sociólogo, politólogo, experto en relaciones internacionales y brujo improvisado.

El expresidente Carlos D. Mesa cierra el primer bloque con un recuento detallado de la batalla que se perdió en La Haya, y lo hace con la responsabilidad de quien fue parte de ese proceso, aún sin comulgar con el régimen del MAS. Mesa considera que la derrota fue inesperada porque había “fundadas esperanzas” de que el fallo fuera favorable a Bolivia. El valor de su testimonio personal es insustituible, se eleva por encima de la politiquería barata y de las kilométricas banderas azules que pretendían servir causas personales antes que nacionales. No es posible olvidar la patética foto de Morales y su cohorte levantando el puño en los estrados de La Haya, sonrientes y empachados -por adelantado- de un rédito político que no les tocó. Mesa no analiza los entretelones de ese triunfalismo teñido de cálculo oportunista. Su relato es técnico y sobrio (demasiado para mi gusto, porque la historia no es únicamente lo que aparenta ser).

En la sección sobre “Estado, economía y política” diez autores abordan con profundo conocimiento de causa una variedad de temas que definen la situación de Bolivia luego de la bonanza económica de 2005-2015.

Wanderley, Vera y Benavidez firman un capítulo que abre los ojos sobre la otra cara de la moneda del “éxito económico”, cuando analizan el extractivismo salvaje, la (in)justicia social y los daños al medio ambiente. La deforestación, la pérdida de la biodiversidad y de los recursos naturales “en contra ruta a los avances legales y normativos”, ponen en evidencia la enorme contradicción de un gobierno que de boca para afuera (o en el papel, que todo resiste) se proclama defensor acérrimo de la Pachamama, mientras el 21% del total de especies (aves, mamíferos y anfibios) está amenazado de extinción. Narcotráfico, minería salvaje, agroindustria y ganadería son factores coadyuvantes. El extractivismo parece no preocupar al gobierno del socialismo del Siglo XX, pero tampoco a la empresa privada ni a los ciudadanos, ni siquiera a la mayoría de indígenas que antes defendía su territorio 

Con 84% de su población económicamente activa en la informalidad, Bolivia encabeza la lista en la región, además de tener el menor índice de productividad por trabajador. Nuestro país es el que menos invierte en investigación y educación de calidad. Muchos otros datos contradicen el discurso triunfalista de gobiernos que no tienen control alguno sobre la economía subterránea del país. Ecuador y Bolivia retrocedieron más que el resto, a pesar de su discurso político. Hay que decirlo: este es un capítulo deprimente. La ilegalidad abierta o disfrazada atraviesa todas las actividades e involucra no solo a mafias internacionales sino a empresarios locales que se enriquecen a costa de hipotecar el futuro.

Cecilia Requena, analiza las perversas políticas de desarrollo que han provocado la crisis climática actual, un círculo vicioso alimentado por la deforestación y la pérdida de hábitats, la contaminación del agua, aire, suelos y alimentos, la pérdida de suelos y desertización, entre otras. Hasta el Banco Mundial se preocupa por la situación creada por el extractivismo salvaje y recomienda impulsar energías renovables, la eficiencia energética, la recuperación de tierras contaminadas, el tratamiento de aguas y la infraestructura para vehículos eléctricos. Este panorama apocalíptico parece no inmutar a la empresa privada ni a los gobiernos. “La trama de la vida” es para ellos un lujo del que habría que ocuparse después de exprimir al máximo a la naturaleza, hasta dejarla agotada, muerta.

Los capítulos de Juan Antonio Morales y de Carlos Miranda Pacheco profundizan el análisis sobre las políticas de Estado del gobierno del MAS, causantes de un descalabro anunciado. J.A. Morales recuerda oportunamente que el MAS no alteró el modelo neoliberal anclado en el Decreto 21060 de 1985. A pesar de la retórica agresiva “los hechos no fueron tan lejos como las palabras”. La supuesta nacionalización de hidrocarburos, tan publicitada, no nacionalizó activos como en 1938 y en 1969, sino que solamente aumentó la participación del Estado en los ingresos. La errática política frente a la empresa privada dio lugar a un “capitalismo de camarilla”, añade. Las empresas públicas deficitarias recibieron préstamos del Estado, pero no despegaron. El Banco Central, se convirtió en caja chica de esas empresas. El número de empleados públicos aumentó en 12 años de 237 mil a casi 403 mil. Un Estado más frondoso, pero menos eficiente.

Miranda hace apuntes breves pero contundentes poniendo en relieve las mentiras sobre la “nacionalización”, las supuestas reservas de gas, el fracaso de las nuevas perforaciones, la poca capacidad de almacenamiento, el rendimiento bajo de las refinerías obsoletas, el fiasco de la planta de urea, la disminución de exportación de gas, etc. Se trata de otro texto demoledor.

Fascinantes también las reflexiones de Carlos Hugo Molina sobre “Vivir en las ciudades”, algo cada vez más pertinente en la medida en que la población mundial abandona las áreas rurales para instalarse en áreas urbanas que no soportan la presión poblacional. El 75% de la población boliviana vive en las ciudades, un dato que desnuda el discurso del Estado “originario, indígena, campesino” del MAS. El año 2032 el 90% de la población boliviana será urbana. Carlos Hugo es uno de los que más ha reflexionado sobre la importancia de las ciudades intermedias para un desarrollo humano equilibrado. El gobierno del MAS “en su infinita inocencia” no tiene la menor idea del problema de la migración a las ciudades, no tiene planes ni proyecciones hacia el futuro. Las reflexiones sobre la participación popular son imprescindibles, ya que Carlos Hugo Molina fue uno de sus artífices. Aunque el MAS quiso echar barro sobre la Ley 1551 del 20 de abril de 1994, Molina demuestra que sin ella Evo Morales no habría podido concentrar tanto poder.

Es difícil abarcar todo lo que este libro ofrece a lectores que quieren ejercer su pensamiento crítico. Raúl Peñaranda aborda la libertad de expresión desde los convenios internacionales que, aunque firmados y ratificados por el gobierno del MAS, no han sido respetados. A pesar de que la Constitución Política del Estado (2009) constituye un avance con respecto al derecho a la comunicación y a la información, el hostigamiento del gobierno de Evo Morales a periodistas y medios contradice en los hechos lo que está en el papel. La falta de transparencia de las instituciones del Estado, la arbitrariedad en la asignación de publicidad, la difamación y calumnia a través de medios estatales, agravan la situación. 

Es una situación similar la de la violencia contra las mujeres, la trata y tráfico de personas, y la supuesta “paridad de género”. A pesar de una batería de leyes, disposiciones y normas, la situación ha empeorado. Elizabeth Salguero se ocupa de la despatriarcalización en su capítulo, pero se cuida de subrayar el machismo y la misoginia en el MAS. En la realidad, la paridad es decorativa, no existe educación sexual y reproductiva, el trabajo infantil está legalizado, y persiste la pobreza en hogares encabezados por mujeres.

SUMI (Foto: La Razón)

El capítulo de Guillermo Aponte Reyes Ortiz sobre los servicios de salud, demuestra con mucho detalle estadístico que no se avanzó durante el gobierno del MAS. El gasto en salud como porcentaje del PIB es parecido al de África, y desde el punto de vista de las políticas no se superó las bases creadas el año 2002 con el Seguro Universal Materno Infantil (SUMI) y con el Seguro de Salud para el Adulto Mayor. La Ley 1152 de 2019 con la que se creó el Servicio Universal de Salud (SUS) no aportó ni un peso más al sistema, fue una medida publicitaria, demagógica y electoralista. El gobierno de transición de Añez tuvo que enfrentar la pandemia sin recursos, con el Decreto 4272 de junio de 2020, que elevó al 10% el aporte del Presupuesto General del Estado.

La tercera y última parte del libro agrega capítulos sobre comunicación y cultura, empezando por el mío sobre comunicación y desarrollo, que no voy a comentar. Lupe Cajías escribe sobre prensa y poder develando las amenazas contra la libertad de expresión, la concentración de medios en manos del MAS y las presiones sobre los periodistas. En términos de transparencia gubernamental, el país retrocedió diez años.

El capítulo de Cecilia Barja sobre la confianza analiza factores difíciles de cuantificar porque están ligados a las percepciones. Su propuesta por el optimismo y la ética ciudadana quedan sin respuesta, como una utopía lejana. Por su parte, Pedro Susz hace un recuento apretado y muy eficiente de la cronología del cine en Bolivia desde sus inicios hasta la proliferación actual, no siempre acompañada de calidad conceptual y técnica.

Con su estilo característico Oscar García aborda, en “Territorios sonoros”, la música desde sus orígenes en Bolivia y lo hace rompiendo mitos como el del “lenguaje universal”, para dar cabida a todo tipo de sonidos cuyos códigos no se pueden compartir porque no hay para ellos lecturas fáciles. Su intento de revisión exhaustiva deja a un lado algunos nombres importantes.

Ana Rebeca Prada aborda en “Hurgar el olvido” el rescate de autores y obras literarias que quedaron en la penumbra del tiempo, un esfuerzo colectivo que parece demostrar que en Bolivia se escribía mejor hace cien años. El rescate y reedición de obras del siglo XIX y principios del siglo XX marca la “era de los rescatiris” como un acto de justicia académico. “Tal vez el pasado, efectivamente, nos dice más”. En su contextualización, no rehúye posicionarse críticamente con relación tanto al “desierto neoliberal” como a la “mentira populista” del MAS. 

Carlos Villagómez y Roberto Valcárcel defienden respectivamente la “estética chola” sui generis y posmoderna de la arquitectura de los cholets (“arquitectura de rasgos confusos y delirantes”, “obra de comerciantes y contrabandistas”), y el arte contemporáneo en contra de la masificación de la cultura, con el argumento de que los críticos de ambos no están preparados para entender esas expresiones revolucionarias y novedosas, aunque en la realidad como fenómenos artísticos no son tan innovadores. El primero sucumbe a la fascinación populista y el segundo reniega de todo el arte anterior que “contamina” a los observadores, como si la historia no ofreciera múltiples ejemplos de revoluciones artísticas cada cierto tiempo, todas “contemporáneas” en su momento. También en periodos anteriores se culpó al observador “deformado” por el pasado o por su educación, y por no tener “subjetividad propia”. Cien años después de “La fuente” de Duchamp, los argumentos parecen repetidos y gastados. Warhol o Basquiat, incluso Banksy (a su pesar), son construcciones comerciales del arte, más que los surrealistas o dadaístas que en su momento lograban de verdad “épater la burgeoisie”.

Este es un país que no lee, eso ya lo sabíamos. Lo más grave es que tampoco leen sus autoridades. Este libro, un espejo frío que nos confronta a nuestra indiferencia, es una suma de conocimiento que haría mucho bien a cualquier tomador de decisiones que genuinamente sienta preocupación por el futuro de Bolivia en lo que resta del siglo.

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Qué extraños lectores son ustedes,
qué extraño país es éste.
—Orhan Pamuk 


27 noviembre 2021

Recuerdo de Mario Velarde Dorado

 (Publicado en Página Siete el domingo 12 de septiembre de 2021)

Cómo se puede explicar que una persona con trayectoria política, varias veces ministro de Estado y diplomático, autor de obras de narrativa, transite a través del espejo que lleva de esta vida a la otra sin que nadie se percate en su propio país, al que sirvió durante varias décadas.

Cuando me avisaron que había fallecido, busqué la noticia en internet, y no encontré nada, absolutamente nada. Lo único que hallé en las redes fue un tuit de Carlos D. Mesa: “Lamento la muerte de Mario Velarde Dorado, político y diplomático comprometido con el país, ministro de RREE del presidente Siles en el tiempo de la conquista de la democracia. Mi solidaridad con su familia”.  Por lo demás, silencio.

Berlin 1976

Recuerdo que Mario y yo nos vimos en el exilio en 1976. Lo fui a visitar a Berlín, donde él y otros amigos bolivianos, como Oscar Zambrano y Ronald Grebe, radicaban. De ese Berlín anterior a la caída del muro conservo muy pocos recuerdos, entre ellos unas imágenes de Ronny en su casa, de Oscar en la calle, y un par de fotos mías en “check-point Charly”, el paso fronterizo controlado por Estados Unidos para pasar el muro entre Alemania Oriental y Alemania Occidental. Esa fue la única vez que vi a Mario fuera de Bolivia, y él se acordaba más que yo de aquel encuentro.

Mario Velarde Dorado (Foto: Alfonso Gumucio)


Muchos años más tarde lo volví a ver en Santa Cruz, donde residía. Lo entrevisté sobre mi padre, de quien tenía un alto concepto pues gracias a él había iniciado su carrera en el Estado: “En 1961, por recomendación del doctor Paz en su segundo período, don Alfonso me nombró director de la Oficina de Propiedad Industrial del Ministerio de Economía. El doctor Paz, muchos años después, cuando lo visité en San Luis en noviembre del 92, me dijo que lo había hecho movido por un asunto de su propia juventud, cuando se desempeñó como abogado y tramitador para el registro de marcas y patentes. (…) Cuando el ministro recibió mi informe, lo aprobó de inmediato y con una firmeza digna de los grandes administradores. Así, se multiplicaron los ingresos en favor del Tesoro General de la Nación, en medio de amenazas de demandas de inconstitucionalidad. El presidente apoyó al ministro y las cosas cambiaron hasta tal punto que la embajada norteamericana me entregó pasajes de ida y vuelta a Washington donde representé al país en un Congreso Internacional de Propiedad Industrial. Don Alfonso ordenó los viáticos y de este modo pude conocer la capital del imperio.”

Siles Zuazo y Paz Estenssoro

Ese fue el inicio de la carrera de Mario Velarde en el servicio público: “A mi retorno, gracias a don Alfonso, la Oficina cobró importancia y hasta notoriedad, a tal extremo que don Alfonso hizo aprobar un Decreto Supremo nombrando la Comisión de Revisión del Derecho Industrial e Intelectual (colegios de abogados, universidades, etc.) que tuve el honor de presidir. En enero del 62, el ministro Fellmann me invitó para desempeñar el puesto de Director General de Organismos Internacionales de la Cancillería, donde inicié la carrera a tanta velocidad, particularmente por mi especialidad en materia de relaciones con Chile (ya era catedrático de Derecho Internacional), que ya a fin de año, antes de cumplir 30 años de edad, fui embajador representante permanente en la ONU”.

Mario era una persona buena, generosa y honesta. Intervino en política sin pretender nada más que servir a Bolivia. Fue próximo a Paz Estenssoro y a Siles Zuazo, en cuyos gobiernos ocupó varios cargos dentro y fuera de Bolivia.

Fue también catedrático en la Universidad Católica de La Paz, en la Universidad Mayor de San Andrés  (UMSA) y en la Escuela de Altos Estudios Nacionales Eduardo Avaroa, así como director general de Organismos Internacionales en el Ministerio de Relaciones Exteriores, entre 1961 y 1962, embajador delegado de Bolivia en la Comisión Económica y Financiera de la ONU de 1963 a 1964, embajador Representante Permanente Alterno de Bolivia ante la ONU y en 1964 embajador de Bolivia ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Su carrera en el servicio público se prolongó todavía veinte años más. Durante el gobierno del general Juan José Torres fue ministro Secretario General de la Presidencia (1970-1971) y ministro interino de Relaciones Exteriores y de Educación en el mismo año. Ese periodo terminó con el golpe militar de Banzer. De 1982 a 1983, al retornar la democracia a Bolivia con el presidente Hernán Siles Zuazo, fue canciller de la república. Fue electo diputado nacional (1983-1986), y presidió las comisiones de Defensa y Policía Judicial. Finalmente, de 1987 a 1989, fue embajador de Bolivia en Moscú. 

Una faceta menos conocida de Mario Velarde Dorado es su actividad literaria. Según recuerda Giancarla de Quiroga, Mario ya había publicado el cuento “Sin sueños fue la vida de Amadeo” en 1958, muy probablemente en la revista Cordillera. Pero su obra más ambiciosa fue la novela de 477 páginas, “Benigno Arosa, de madre chola” (2017), una edición al cuidado de su sobrino Jaime Taborga, publicada por la Editorial 3600.  

Mantuve correspondencia esporádica con Mario a lo largo de varios años. En uno de sus mensajes, que guardo con especial aprecio, se refiere de esta manera a mi padre: “El visionario Alfonso Gumucio Reyes, incorruptible y decoroso, que quedó a cargo de la planificación del Oriente en general y de Santa Cruz en particular, diseñó́ el proyecto de la región integrada de cien kilómetros de largo por veinte de ancho, desde la ciudad de Santa Cruz de la Sierra hasta más allá́ de Montero y Portachuelo. Se instaló el Ingenio Guabirá́, se mecanizó mediante subsidios la agricultura, se trajeron “colonizadores” collas para sembrar caña de azúcar y todo cambió en Santa Cruz. Se terminó de construir la carretera asfaltada de Cochabamba a Santa Cruz y se trazó y construyó la firme y sólida carretera al norte. Las autoridades edilicias de esta ciudad, malagradecidas, no han rendido ningún homenaje real a este paradigma de patriota. Hasta hoy no existe, por ejemplo, ninguna buena calle, plaza o avenida que lleve el nombre de don Alfonso. Inconcebible, como también resulta increíble que Alfonso Gumucio Reyes muriera en la pobreza, zurcido el cuello de la camisa, después de haberse desempeñado como presidente y gerente general de la Corporación Boliviana de Fomento, titular por muchos años del ministerio de Economía Nacional y por último embajador en España para que descansara y terminase de actualizarse pues, según Paz Estenssoro, Gumucio en 1964 sería su sucesor en la presidencia. Como si se tratase de algún médico, sólo en Montero hay un hospital que lleva su nombre”. 

Muchos lo habrán olvidado pero los amigos tendremos presente a Mario. Falleció en Santa Cruz, la noche del sábado 28 de agosto. Unas pocas líneas para que quede algo en la memoria de los bolivianos, tan dados al olvido.

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La historia nunca dice adiós.
Lo que dice siempre es un hasta luego.
—Eduardo Galeano


24 noviembre 2021

Papelito habla

(Publicado en Página Siete el domingo 7 de febrero 2021)

Para quienes escribimos, el papel impreso tiene una importancia que los más jóvenes distan de apreciar. Lo que está en internet (en una “nube” en San Francisco o Hyderabad) se lo lleva el viento y con el tiempo muere porque cambian los URL (enlaces) o las plataformas desaparecen en la feroz competencia por el espacio cibernético. Nos pasó hace años a los que teníamos, por ejemplo, una página web en Geocities que los dueños de Yahoo decidieron aniquilar, dejándonos en el aire a millones de usuarios.

Un correo electrónico se pierde en la selva de ceros y unos y hace extrañar las cartas escritas a mano o en máquina de escribir. Un chat de amor electrónico es más frío que un cubo de hielo, aunque llegue acompañado de un corazoncito prediseñado que millones más utilizan. Si alguien conserva una nota de amor escrita y dibujada con la mano, conoce la diferencia. Los demás no lo pueden entender, peor para ellos.

Cada vez valoro más los libros y los recortes de periódicos que guardé durante décadas, no desaparecen como tantas páginas web en las que deposité mis escritos y mi confianza. Internet es útil para muchas cosas y encandila sobre todo a los que nacieron con computadoras y teléfonos más inteligentes que ellos, pero solo el papel tiene memoria de largo plazo.

No se sabe cuánto pervive la memoria digital. Hemos pasado del floppy disk, al minidisk 3.5, a los discos CD, DVD, BluRay, HDD (Hard Drive), USB y SSD (Solid State), y eso seguirá mutando aceleradamente. Perderemos todo lo anterior a menos que repetidamente copiemos nuestros documentos escritos y audiovisuales en los nuevos soportes que la industria impone. No en vano el Archivo Nacional de Gran Bretaña decidió imprimir los documentos más importantes de su colección en papiro, porque ese antiguo soporte vegetal ha podido resistir más de 2 mil años, mientras que ningún soporte digital dura más de 20 años.

La memoria de internet es como la memoria de la televisión y de la radio: lo que hoy vemos y escuchamos se desvanece en pocas semanas debido a nuestra frágil capacidad de retención. Lo olvidamos por completo o deformamos el recuerdo, que queda como la borra púrpura arenosa en el fondo de una botella de mal vino. Para saber lo que pasó hace años, solo queda acudir a los diarios, que con el tiempo aumentan su valor testimonial porque los periodistas y editorialistas trasladan por la palabra escrita una vivencia que tiene un lugar y un tiempo concretos. Podrá parecer una provocación de ateo, pero un diario tiene más valor testimonial que el Nuevo Testamento de la Biblia, que empezó a escribirse 170 años después de ocurridos los (supuestos) hechos, es decir: una novela sin base histórica fiable.

Estas reflexiones me vienen cada vez que entre mis archivos encuentro algún recorte o periódico guardado durante décadas o años, o incluso unos pocos meses. Si no los tuviera, no podría buscarlos en internet. Una de las grandes mentiras es que en la red “está todo”. Diarios como La Razón solo suben una parte de las noticias de su edición impresa, lo demás se pierde. Los diarios más influyentes del mundo no permiten acceso a sus archivos completos si uno no paga. La digitalización de sus ediciones diarias data de apenas 20 años, solo queda ir a una biblioteca, lo cual en Bolivia es doloroso, pues las colecciones no están completas o han sido brutalmente cortadas con Gillette por más de un imbécil. O una imbécil, para usar el lenguaje políticamente correcto.

Para una persona interesada en la política (ya no digamos la historia), la revisión de un periódico impreso le permitirá recuperar la memoria de dichos y hechos de personajes que con el tiempo sufrieron un proceso de metamorfosis, pretendiendo borrar con el codo lo que habían dicho o hecho apenas unos años antes.

Página Siete del 26 de agosto de 2019 

En estos días revisé ejemplares en papel de diarios conservados en meses anteriores a la pandemia: son una mina de oro cuando se los lee con este tiempo de distancia. Por ejemplo, el ejemplar del 26 de agosto 2019 de Página Siete, incluso anterior al fraude electoral del MAS, excepcionalmente tiene dos tapas (anterior y posterior) porque se ocupa de dos temas nacionales importantes: la inauguración de la ruta del PumaKatari de San Pedro a Achumani, (donde los vecinos tuvieron que defenderse y defender al medio de transporte público de las agresiones salvajes de los choferes), y los incendios forestales en la Chiquitanía, autorizados y avivados por el Decreto 3973 de Evo Morales.

Seis páginas (incluida la portada) se ocupan del primer tema: “Vecinos abren paso al Puma ante choferes vandálicos” y “Choferes ebrios, con piedras y gases muestran su peor cara”, entre otras notas, además de un dibujo de Abecor que pinta a los choferes de cuerpo entero, en minibuses destartalados, sucios y sin medidas de seguridad, a pesar de que, como se descubrió más tarde, los choferes recibían del gobierno por debajo de la mesa un porcentaje jugoso de los peajes. ¿También nos hemos olvidado de eso?

La contraportada hace alusión a una tragedia y lleva el titular: “Evo no solicita ayuda internacional y desoye clamor de afectados”. El diario de esa día le dedica al tema nada menos que 15 notas y 4 columnas de opinión: “Francisco expresa su preocupación por los incendios”, “Hay 1.817 familias afectadas por el incendio, según el gobierno”, “Suma rechazo a DS 3973 que autoriza quemas controladas”, “Marchas piden ayuda internacional”, y las opiniones “Supertanker busca apagar el miedo presidencial” de Javier Diez de Medina Valle, “Demostrado: son falsos pachamamistas” de Alejandro Núñez, “EvBolsonaro: depredadores y pirómanos” de Iván Arias, y “El MAS hace historia con el incendio” de Rafael Sagárnaga. 

Hay mucho más en esa edición. La doble página central está dedicada a “Bolivia: en 2018 se registraron 65 ataques a la prensa, el Estado es el principal agresor”, con profusión de datos concretos sobre las violaciones de la libertad de expresión en varios países latinoamericanos, según un informe sobre el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda para 2030 de las Naciones Unidas.

Otra nota ese mismo día informa sobre el fallecimiento de Genaro Flores, fundador y líder histórico de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia y la elección del Mallku como ejecutivo de la CSUTCB anti-oficialista y crítica al gobierno del MAS. Desde todo punto de vista, es una edición que no se lleva el viento fácilmente, pero ¿cuántos se acuerdan de ella si les preguntamos? Probablemente ni los propios periodistas y editores de Página Siete.

Y podríamos tomar al azar cualquier otro diario independiente para, de pronto, recuperar la memoria sobre un día o una semana de la vida política y social de nuestro país.

Mi consejo: guarden diarios o recortes de noticias que llaman la atención, como el anuncio triunfalista del gobierno (14 de enero) de que en abril de 2021 habría vacunas para todos los bolivianos. Falta menos de tres meses, veremos cómo cambia la historia en tan breve plazo.

(Después de publicado ese artículo, pasó abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre, octubre y… estamos a la cola en América del Sur con apenas 34% de vacunación completa).

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La ciencia y la tecnología revolucionan nuestras vidas,
pero la memoria, la tradición y el mito cercan nuestra respuesta.
—Arthur Schlesinger

21 noviembre 2021

La lucidez de Carlos Miranda

(Publicado en Página Siete el sábado 16 de octubre de 2021)

Hace dos años, en septiembre de 2019, poco tiempo antes de las elecciones generales y del fraude electoral organizado por el MAS, Carlos Miranda Pacheco publicó uno de sus lapidarios artículos sobre las mentiras que propagaba a voz en cuello el gobierno de Evo Morales.

En el artículo “Del gigantismo al masismo” desnuda (como en muchas ocasiones anteriores) la falsedad de una “nacionalización” de hidrocarburos que nunca existió, y al mismo tiempo pone el dedo en la llaga sobre las exploraciones fallidas a lo largo de los tres periodos presidenciales de Evo Morales, que no arrojaron ningún resultado positivo.

Además de declarar a Bolivia como “futuro centro energético de América Latina”, el régimen del MAS ventilaba anuncios grandilocuentes sobre los también “futuros” grandes hallazgos de “gigantescas reservas”, pero a pesar de entregar los contratos de exploración a multinacionales y en áreas protegidas, no encontró absolutamente nada.

Sobre el cacareado pozo Boyuy X2, escribió Carlos Miranda: “El mencionado pozo llegó a 8.000 metros de profundidad. Para las autoridades actuales la espectacularidad de que sea el pozo más profundo de América Latina fue más importante que el hecho de no haber descubierto ni un solo pie cúbico de gas adicional”.

Con precisión y conocimiento de causa Carlos ponía en su lugar a los vendedores de ilusiones, siempre dispuestos a seguir mintiendo con tal de ganar una próxima elección con los votos de los ingenuos y de los obsecuentes.

Recomiendo su capítulo, “Los hidrocarburos bolivianos. Primeros 20 años del siglo XXI”, publicado en el libro “Bolivia Siglo XXI: De la república al Estado plurinacional” del Club de Harvard, coordinado por Eduardo Quintanilla Ballivián. Allí, con profusión de cuadros, mapas y datos duros que no dejan lugar a dudas, hace pedazos los discursos triunfalistas sobre reservas de gas inexistentes, nuevas perforaciones fracasadas, poca capacidad de almacenamiento para hidrocarburos que no se pueden exportar porque el mercado exterior se cierra, bajo rendimiento de las refinerías obsoletas por falta de inversión, además del fiasco de la planta de urea, sobre la que señala que fue instalada “en el lugar menos indicado, en el Chapare, zona de altas temperaturas y una constante humedad por encima de 80%, por tanto, la producción de urea que se hidrata muy fácilmente, se ha vuelto un problema porque toneladas de producción se solidifican y tienen que ser pulverizadas perdiendo valor en el mercado”.

Así escribe alguien que conoce su tema, dejando en ridículo al barón de la coca que no piensa en términos técnicos cuando improvisa decisiones que sobrepasan su capacidad de entendimiento. Pero como el cocalero se rodea de lambiscones y oportunistas, difícilmente le van a decir que es un desacierto crear empresas del Estado condenadas a la quiebra y a la malversación. Peor aún, se benefician de ello.

Carlos Miranda Pachecho (Foto: archivo Página Siete)

El mejor homenaje que podemos hacer a Carlos Miranda Pacheco es releer sus columnas en Página Siete. Desde el 22 de abril de 2016, publicó 107 notas editoriales sobre temas energéticos (alojadas en el portal digital del diario), que es imprescindible leer para estar bien informado sobre las barbaridades cometidas en el campo energético durante los gobiernos del MAS.

Me sumo de esta manera, al dolor de los amigos de Carlos, fallecido el 11 de octubre a los 89 años de edad. Era una excelente persona, además de comprometida con el país. No dejó de participar en la vida pública ni siquiera en los últimos años en que lo veíamos cansado y con la salud disminuida. A pesar de su sordera, de su dificultad para caminar y de sus problemas de la vista, seguía lúcido como se puede constatar en sus artículos, y no perdía la oportunidad de participar en algún acto público, la presentación de un libro o algún homenaje.

Conservo un grato recuerdo de ocasionales charlas, que también tuve con su hermano Mario, el "Mono" Miranda, con quien coincidí en nuestro exilio en México. Ambos eran intelectuales de mucho peso, valía y valor ciudadano.

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El mundo es un lugar peligroso,
no a causa de los que hacen el mal
sino por aquellos que no hacen nada para evitarlo.
—Albert Einstein

19 noviembre 2021

En los pulmones de Kafka

(Publicado en Página Siete el domingo 3 de octubre de 2021)

La angustia y el sentimiento de lo inexorable dominan los relatos que Raúl Teixidó presenta en Con permiso de Franz, inspirado en la figura literaria y humana de Kafka, quizás la que más influencia ha tenido en su propia personalidad de escritor. La misma coherencia entre Kafka y sus personajes, que son la extensión de su ser, se refleja en la obra de Teixidó. En ambos casos se trata de una unidad indisociable.

Se trata de personajes que atraviesan la vida en trayectos que podrían ser sencillos o por lo menos llevaderos para los comunes mortales, pero para ellos se convierten en pesadillas diurnas, túneles interminables, complejos itinerarios donde los personajes se desdoblan entre su vida interior y su apariencia externa, algo como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y otros ejemplos de la literatura que rayan en la esquizofrenia.

En Kafka y en Teixidó el desdoblamiento de los personajes no es solo un trastorno bipolar de personalidad, como se le llama ahora, sino una manera de caminar en la cuerda floja del destino, un sino demasiado pesado para los personajes que en la mayoría de los relatos soportan la vida estoicamente y en otros deciden abandonarla sin gestos espectaculares, como una consecuencia lógica de lo vivido. En esos casos la muerte es como acabar la última página de un libro que no será leído nuevamente.

Los personajes se sienten acosados por la sociedad y se refugian en un mundo interior enriquecido por la reflexión, lo que les otorga cierta superioridad sobre los demás a la hora de enfrentar la muerte.

Raúl Teixidó 

La manera de narrar es precisa, cada palabra cortada con bisturí para que nada sobre. No hay en las descripciones regodeo en el lenguaje ni malabarismos innecesarios, solo economía de palabras y un derrotero lineal hacia la resolución de cada historia narrada. La condición humana se expresa casi en silencio. El estilo del lenguaje e también de época porque el narrador está empapado de la manera de expresarse de Kafka. No en vano le pide “permiso” desde el título, y en ningún momento esconde su intento de forjar una amistad literaria tan imposible como reconfortante.

Un hilo autobiográfico se teje con la ficción, en algunos relatos más reconocible que en otros, al menos para quienes conocen al autor, o diríamos mejor: a los autores, pues Teixidó escribe sobre Kafka con profundo conocimiento de la vida y de la obra, y la lectura de los relatos de Teixidó pasa también por un doble conocimiento. Son autobiográficos, por ejemplo, sus apuntes sobre el cine, una pasión que Teixidó ha alimentado a lo largo de su vida: “Las relaciones con mi entorno se reducen a lo estrictamente indispensable: mientras existiese el cine no necesitaba para nada la vida real”. Otro relato, “La velada”, se inspira en una sesión de Las Flaviadas, aunque pocos podrían establecer la relación sin haber vivido esa experiencia.

La habilidad del narrador consiste en trasladar la dimensión de tiempo y lugar a las de Kafka. Las vivencias de Teixidó en Sucre, Barcelona o La Paz aparecen transfiguradas en los relatos, transportadas a lugares donde Kafka pasó etapas de su vida.

A medida que avanza, de los relatos más breves con final sorpresivo a otros más extensos que parecen truncados sin final, el lector siente la complicidad e intimidad entre Kafka y Teixidó, algo que el escritor bohemio (de nacimiento únicamente) nunca pudo experimentar en su corta vida. Como si estuviera sentado en la misma mesa de trabajo que Franz, Raúl escribe lo que podría ser el preludio de “La metamorfosis”: la última frase de “El señor Samsa” es el inicio del emblemático cuento de Kafka. Como Kafka, Teixidó también sueña.

Aunque Teixidó ejerció poco o nada su profesión de abogado, hay una impronta de esa formación en algunos relatos que se asemejan a los de Kafka, basados en su experiencia como burócrata de un sistema opresivo. Teixidó usa esa experiencia para subrayar las arbitrariedades del sistema de justicia y señalar a sus administradores indolentes y torcidos.

La muerte ronda en todos los relatos como rondó siempre el frágil estado físico de Kafka. Los personajes de Teixidó son producto de esa sensación de fragilidad agravada por los tiempos de pandemia y la soledad cuyo peso se siente más en una sociedad confinada y disociada por el miedo.

No puede dejar uno de pensar que este libro es también un libro de adioses: cada relato está dedicado a una relación familiar o de amistad que ha tenido mayor o menor influencia en la vida de Teixidó. Es como si el autor considerara que su libro más reciente puede ser el último.

La última página del breve libro de Teixidó es una de las más bellas. A manera de describir quién fue Franz Kafka, elabora un perfil que no solamente es preciso sobre el autor de “El castillo”, sino que además está escrito con un inmenso cariño, como quien escribe sobre un amigo íntimo del que ha recibido muchas enseñanzas:

“Calle de los Alquimistas, al pie del castillo. Un hombre escribe a la luz de una lámpara, con letra diminuta y presurosa. Es-el-que-vive-de-noche. El-que-cierra-los-ojos-para-ver. El que busca la luz y el guardián de las tinieblas, a un mismo tiempo, en lucha sin cuartel. La vida de Franz Kafka es comparable a la de un personaje mitológico (Sísifo, Prometeo) sobre el que pesa una condena desproporcionalmente cruel, que ha de cumplir hasta las últimas consecuencias. Su “absoluta necesidad de pureza, de verdad y de perfección” (según sus propias palabras) no le bastaron para remontar el muro infranqueable de sus condicionamientos personales. Desbordante de nobleza y humanidad, extraordinariamente dotado para la introspección y la paradoja (en mayor medida que cualquier otro escritor conocido), Kafka fue, sin embargo, un hombre acorralado que encontró la definitiva liberación sólo a través de la muerte”.

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Toda revolución se evapora y deja atrás
sólo el limo de una nueva burocracia.
—Franz Kafka

 

 

10 noviembre 2021

El gris

El guitarrista

No entiende la expresión “otra cosa es con guitarra”.  Tomó la frase literalmente y creyó que llegó al gobierno para guitarrear. No tiene ni objetivos claros ni una política de desarrollo. Todo sucede al paso, con parches y sin planificación, mientras él se desplaza por el país como sonámbulo, bailando una cueca por allá y cantando ante una audiencia cautiva la canción de los exiliados (él, que se acomodó con todos los gobiernos). 

Aunque vista de rojo para mimetizarse con los residuos del PS1, sigue siendo gris. Aunque reclame la memoria de Marcelo Quiroga Santa Cruz y pretenda recordar jornadas de lucha que nunca vivió, es un burócrata gris que hizo carrera en gobiernos neoliberales, militares y autoritarios, y que gracias al alza de los precios internacionales y a la bonanza económica de 2005-2015, se colgó el rótulo de economista milagrero. Dilapidó la mayor riqueza que haya recibido otro gobierno de la historia republicana, y dejó al Estado con empresas públicas quebradas y deudas millonarias. Pero hay justicia poética: ahora le toca bailar con la loca, es decir, con el desastre económico que él mismo creó, agravado por la pandemia que no sabe manejar. 

Por mucho que repita como mantra, que “la culpa la tiene Añez”, no puede cambiar la historia. El cojo le echa la culpa al empedrado, pero ya nadie cree en las excusas de quien fue responsable de la economía durante 14 años y dejó a la deriva el sector de salud y de educación. Con tantos recursos y tanto tiempo en el poder, hasta el gobierno más incapaz hubiera invertido en el futuro, pero el MAS no lo hizo, solo malversó la riqueza que le tocó sin mérito propio.  

Hoy, su gobierno es un remolino de aguas negras, y él un inepto que no toma decisiones. Carece de liderazgo y de estrategia para combatir la pandemia. Por ello Bolivia es el país de América del Sur con menor porcentaje de vacunación completa: apenas llegó a 30% esta semana, solo está peor Venezuela, y Paraguay. Todos nuestros vecinos nos superan: Chile (76%), Perú (45%), Brasil (53%), Colombia (40%), Argentina (56%), Ecuador (56%), Uruguay (70%). 

La propaganda mentirosa, en febrero 2021

Sin embargo, el hombre gris se gasta una gran bocota, con un alto costo para Bolivia. A fines de febrero prometió que en septiembre todos estarían completamente vacunados, pero ahora que termina octubre, estamos lejos. El anuncio de febrero era pura demagogia a diez días de la segunda vuelta en las subnacionales. En esas mismas fechas lanzó la “vacunación masiva”, cuando en realidad solo había en el país 25 mil dosis de vacunas rusas que se prestó de Argentina. 

La semana anterior a las elecciones gastó muchas horas de vuelo (eso costó más que las vacunas) para fotografiarse en todo el país con el personal de salud que recibió los primeros pinchazos, pero no dijo que las dosis no alcanzaban siquiera para el personal de primera línea. Sabemos lo que vino después: un desastre sanitario. El hombre gris siguió en plan de demagogo, haciéndose filmar con el puño en alto cada vez que llegaban vacunas, pero ahora está presionando para colocar la “tercera dosis” antes del domingo 31, la fecha de vencimiento.

Hizo administrar la vacuna AstraZeneca 60 días después de completar la segunda dosis, cuando en el resto del mundo el refuerzo solo se coloca cinco o seis meses más tarde (según recomienda el propio fabricante). Más aún, la profesora Sarah Gilbert, de la Universidad de Oxford, quien participó en la creación de la vacuna, declaró que no era necesaria una tercera dosis porque las dos primeras daban protección suficiente. Se vacuna de nuevo a los ya vacunados, para que no se note la pésima gestión y la ausencia de una estrategia, como la tienen otros países. 

El no-presidente en funciones

Además de gris es miedoso, incapaz de enfrentar una conferencia de prensa abierta a todos.  Solo habla a los medios que controla, para evitar preguntas incómodas. Por eso prefiere, como su jefe, viajar todos los días para inaugurar obras de alcalde en cualquier rincón del país, gastando en viajes más de lo que cuestan esas obras.  

Este hombre gris es incapaz de producir una idea que sorprenda o una frase que la historia pueda registrar. Solo ejerce el poder por procuración y por tiempo limitado. El verdadero dueño es el “jefazo”, que nombra embajadores, responde al Parlamento Europeo, hace visitas oficiales a Perú o a México, o se inventa el ridículo “Runasur” con los despojos del “Socialismo del Siglo XXI”. 

Ni una legión de guerreros digitales, mercenarios que apenas saben escribir, logra hacer menos opaca la imagen del hombre gris.

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Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota,
pero no se deje usted engañar,
es realmente un idiota.
—Groucho Marx 

30 octubre 2021

La crítica de cine y el espectador

(Publicado en Página Siete el domingo 12 de mayo de 2019)

Mi hermano menor me reprochó hace algún tiempo que en uno de mis comentarios sobre cine yo había contado “el final” de la película, y eso le había quitado las ganas de verla. Me puse a reflexionar sobre el tema y llegué a la conclusión de que los críticos no siempre tenemos claro para quien escribimos. 

Love story (1970)

En mi caso, lo hago para los que leen críticas de cine, que son una parte insignificante de la población de lectores de diarios o de internet. Además, escribo para los que leen críticas de cine sobre películas que la mayoría considera “raras”, es decir, que no son las que copan la cartelera de los cines comerciales. Escribo, entonces, para gente que tiene curiosidad por el buen cine y que se interesa más en la calidad de una narrativa, que en la historia misma.

Hubo una época en mi trayectoria de comentarista de cine, que también escribía sobre las películas más taquilleras, para desmontar de manera crítica su armado, sus mensajes subliminales y explícitos, y develar los elementos que hacen que los espectadores las miren embobados, abstraídos de la realidad, sin mantener la “distancia” consciente que aconsejaba Bertolt Brecht con respecto a las obras de teatro.

Entre 1972 y 1980 publiqué en el suplemento Semana de Ultima Hora sendos análisis de una o dos páginas del vespertino, sobre las películas “más taquilleras del año” como “Love story” (1970) de Arthur Hiller, “Terremoto” (1974) de Mark Robson, “Aeropuerto 75” (1974) de Jack Smight, “Juggernaut” (1974) de Richard Lester, “Rocky” (1976) de John Avildsen, “Encuentros cercanos de tercer tipo” (1977) de Steven Spielberg, y “La fiebre del sábado por la noche” (1977) de John Badham, entre varias otros.

Mi crítica a “Love story” hizo que el escritor Augusto Céspedes, que era un gran aficionado al cine en su juventud, añadiera al final de una de las cartas que me envió: “No quedaría tranquilo si no escribiese estas líneas más, para decirle que Ud. es un crítico, aunque lo niegue, y de lo mejor. Lo hice constar ante Mariano Baptista cuando leí su precioso comentario a Love story, en que puso Ud. de relieve la inmensa estupidez de la cultura de masas impuesta por el establishment…”

Algunos de esos filmes que solía comentar, sobre todo los de catástrofe interpretados por Charlton Heston, me hacían recordar la frase célebre de Groucho Marx: “Nunca voy a ver películas donde el pecho del héroe es mayor que el de la heroína”.

Mi intención en esa época era que el espectador que me leía aprendiera a desmenuzar una película y desarrollara de esa manera su propio sentido crítico. No era mi intención convencerlo de mi propia posición o análisis, sino de proporcionar ciertos instrumentos para que cada quien pudiera llegar a sus propias conclusiones, pero de manera lúcida y crítica.

Incluso publiqué en mayo de 1979 un artículo con el título “Sobre estos criterios también se debe juzgar un film”, en el que ofrecía ciertas pistas sobre la publicidad engañosa que rodeaba a las películas taquilleras, que orientaban la manera de pensar de los espectadores incluso antes de ver la obra.

Me refería, por ejemplo, a los afiches de los films taquilleros, que representaban a veces escenas que ni siquiera estaban en la película, para atraer a los incautos. También me refería a las deficiencias de los subtitulados, pero sobre todo de los doblajes, absolutamente arbitrarios (todavía lo son). Finalmente aludía a los diferentes formatos de las películas, donde la relación entre la base y la altura del cuadro de alguna manera determinan su espectacularidad. Películas de densidad sicológica, como las de Hitchcock, solían filmarse en una relación de 1:33 (4:3, el formato clásico de la película de 35mm), mientras que las más espectaculares tendían a formatos apaisados (1:85 o 2:39).

Hitchock, que no veía mucho cine, era un maestro intuitivo. ¿Qué sería de la historia de “Rope” (1948) o de “Psicosis” (1960) en manos de un director novato? Lo mismo podríamos decir por extensión de obras literarias: ¿Las historias de “Cien años de soledad” podrían ser contadas por otro escritor que no fuera Gabriel García Márquez, o las de “Rayuela” por otro que no fuera Julio Cortázar? Es impensable.

En otro artículo de 1979 usé el título “Hemos visto la película, pero no la misma”, para significar que la percepción del espectador es siempre diferente, lo cual es legítimo. Toda obra de arte tiene múltiples lecturas. De hecho, la obra de arte existe solamente en relación con quien la observa. Más allá de las intenciones del creador, su obra adquiere significado sólo en relación con los demás, y cada persona puede tener una lectura propia, más o menos informada.

Romeo + Juliet (1996)

Este último aspecto es fundamental: para apreciar mejor una obra es conveniente conocer el lenguaje del arte, o del cine en este caso. La lectura de una obra cinematográfica pasa por conocer el lenguaje del cine. Es lo mismo que sucede con la escritura y la lectura: el lector tiene que saber leer para abordar un texto, y mientras más conozca el idioma, más podrá disfrutar la riqueza de una obra literaria.

El prestigioso diario The Washington Post (que tanto irrita a Donald Trump porque pone en evidencia sus mentiras) publicó en 2015 una lista de las diez mejores películas sobre Romeo y Julieta, la historia escrita por William Shakespeare que todos conocemos por adelantado, pero que vemos cada vez con ojos nuevos dependiendo de quién la haya adaptado al cine. 

Romeo y Julieta (1968)

En esa lista aparecen representaciones tan diversas como la de 1936 dirigida por George Cukor con la interpretación de Norma Shearer y Leslie Howard en los papeles principales, o “Romeo debe morir” (2000) de Kharen Hill, con Russell Wang y Jet Li. No importa si la obra original es muy occidental (Shakespeare, inglés, escribe sobre una historia que sucede en Verona), porque cada cineasta tiene la libertad de hacer su propia lectura. La obra original, por su riqueza, permite todas esas transfiguraciones. 

Romeo y Julieta (1936)

 La crítica que escribimos los críticos de cine es para que la gente se aproxime a la narrativa de una obra, no solamente a la historia. Todos conocen la historia de Romero y Julieta, y hay unas 50 versiones diferentes en el cine, pero la gente va a una sala a ver la versión de Zeffirelli, o "West Side Story" o "Shakespeare in love" aunque ya sepa "como termina" la historia. Lo que va a ver es cómo está contada, cómo el realizador cuenta la historia, porque ninguno la cuenta de la misma manera. Lo mismo sucede con las novelas, no importa tanto la historia sino la manera de narrar. 

   

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Un mal escritor puede llegar a ser un buen crítico,
por la misma razón que un pésimo vino
también puede llegar a ser un buen vinagre.
—François Mauriac

26 octubre 2021

Oscar Danilo Ortiz: Cineasta de Nicaragua en el exilio

(Publicado en Página Siete el domingo 19 de septiembre de 2021)

La situación política en Nicaragua se deteriora día a día. La represión desatada por la dictadura de Ortega-Murillo alcanza por igual a dirigentes políticos de la oposición, periodistas, médicos, militantes históricos del sandinismo, como Dora María Téllez o escritores de relieve internacional como Sergio Ramírez. Al aferrarse con las uñas al poder, la dictadura ya ha superado con creces aquella de Anastasio Somoza.

También el cine y los cineastas son víctimas de la persecución. Es el caso de Oscar Danilo Ortiz, realizador de documentales que fue mi estudiante de cine en 1980, y que luego construyó una larga trayectoria profesional en Nicaragua y en otros países. Para sortear la represión, debido a las opiniones vertidas contra la dictadura, tuvo que huir de Nicaragua en agosto de 2021. Cruzó clandestinamente la frontera hacia Honduras, y luego de pedir ayuda a las autoridades de ese país siguió su viaje hacia Irlanda, donde se encuentra.

La carrera de cineasta de Oscar Danilo Ortiz comenzó hace 37 años en Managua. Lo recuerdo como un joven muy flaco, casi adolescente, cuando participó como delegado de la Juventud Sandinista en el Taller de Cine Súper 8 que impartí durante varios meses en 1980, en la Central Sandinista de Trabajadores (CST), con el apoyo de la oficina de Naciones Unidas y el Ministerio de Planificación. Del grupo de estudiantes, todos enviados por organizaciones sociales sandinistas, él fue el más persistente en su voluntad de hacerse cineasta.

Hasta entonces su experiencia se reducía a la fotografía, especialmente al trabajo con lentes, pero durante el taller hizo sus primeros ejercicios de cine, un breve documental de 3 minutos y luego asistencia de dirección en “Cooperativa Sandino”, la película con la que culminamos el periodo de aprendizaje. Más adelante perfeccionó su conocimiento y adquirió más experiencia en un proyecto auspiciado por TV holandesa VPRO y el grupo Tercer Cine, esta vez en video, una tecnología cuya calidad era todavía precaria, pero de menor costo en comparación con cine Súper 8. A partir de allí su trabajo de cineasta se entretejió con el de comunicador para el desarrollo, en numerosos proyectos institucionales que involucraron también actividades de radio y televisión dirigidas a comunidades.

Dirigió el documental “Testigos” (1987) siguiendo la trayectoria de un joven y su familia durante los tres años de su servicio militar en Nicaragua. Otro documental, “Son en sí menor”, aborda los esfuerzos de entidades gubernamentales, con el apoyo de UNICEF, para implementar iniciativas de desarrollo rural en beneficio de la infancia. Y en “Sinfonía en gris mayor” (2001) recogió testimonios de pobladores y organismos de cooperación internacional en la reconstrucción de las comunidades afectadas por el huracán Mitch, que azotó a Nicaragua. Realizó también “Angola, nome de mulher” sobre las iniciativas desarrolladas por el gobierno de Angola y la sociedad civil para disminuir la mortalidad materna e infantil.

Por otra parte, asistió en su calidad de asistente y técnico audiovisual en el documental “Papa ¿peregrino de la paz?” (1983) sobre los polémicos acontecimientos durante la visita de Juan Pablo II a Nicaragua (producción de Channel Four de Inglaterra); “La otra invasión” (1984) sobre la brigada de médicos norteamericanos voluntarios que visitan las zonas de guerra para brindar atención a las comunidades (producción de la televisión pública de Los Ángeles); “Granja abierta” (1985) sobre la experiencia de reos convictos en granjas de readaptación de régimen abierto (para la televisión canadiense); “Reboluta” (1985) sobre los movimientos juveniles en la década de los años 1980 en Nicaragua (para la televisión suiza); y “Chicas de la calle” (1992) sobre un grupo de niñas indigentes adictas a drogas en el mercado Oriental (para Unicef).

Fue coordinador de Movilización Social y representante de la universidad Johns Hopkins, director ejecutivo de la fundación Centro para Programas de Comunicación en Nicaragua y posteriormente director de Comunicación y Movilización Comunitaria del proyecto Servicios Esenciales de Salud en la Republica de Angola. Supervisó el desarrollo de estrategias de comunicación y movilización para incrementar conocimientos, actitudes y practicas positivas en agua y saneamiento, salud sexual y reproductiva, y entretenimiento educativo. Como consultor contribuyó con múltiples instituciones de cooperación internacional.

Sin duda su participación como miembro del Comité Nacional de la Coalición Nacional de Nicaragua y su asistencia técnica a la Unidad Nacional Azul y Blanco en la elaboración de la estrategia de comunicación, lo pusieron también en la mira del gobierno de Ortega-Murillo.

Desde la década de 1990 la producción de cine en Nicaragua fue desapareciendo: “No se ha contado con auspicio y mucho menos interés por la promoción de la producción nacional, ha habido una que otra iniciativa con mucho esfuerzo, por ejemplo, Gloria Carrión con ‘Memorias del viento’, y ‘Pantalla desnuda’ de la cineasta franco-nicaragüense Florence Jaugey”, apunta Oscar Danilo Ortiz.

Al igual que en Bolivia, la dictadura de Nicaragua “ha centrado todos sus esfuerzos en imponer su narrativa de golpe de Estado y de estigmatizar a la oposición política como terroristas. No es casual que haya adquirido estaciones de televisión y 19 radio emisoras. El problema es que el gobierno Ortega-Murillo esta desfasado en términos de manejo de comunicación y ha estructurado todo un marco jurídico para judicializar a cualquier voz disidente o denuncie las atrocidades que ha cometido. Existe una ley de cyberdelitos que sanciona con cárcel a quienes denuncian la falta de transparencia o de atención frente a la pandemia del COVID19”, añade Ortiz. La semejanza con Bolivia salta a la vista.

La situación de la pandemia está rodeada de mentiras oficiales, gente sin vacunar, centenares de casos y muertes sin registro. Las directrices de organismos internacionales destacan la importancia de mantener una información actualizada, frecuente y transparente con la sociedad, y una fuerte participación de las comunidades para que el sistema responda de forma segura a las necesidades esenciales, pero “el gobierno hace todo lo contrario y está a nivel mundial en segundo lugar de los países que no comparten información epidemiológica con la OMS, menos con la población”.

El cineasta nicaragüense vivió la dictadura de Somoza y asegura que los Ortega-Murillo lo han superado en los niveles de atrocidades cometidas, todas documentadas por expertos: “Ortega está entre los diez millonarios de Centroamérica y ha declarado que no va a dejar el poder por nada del mundo. Un alto porcentaje de la resistencia cívica en contra de la dictadura proviene de sectores que históricamente estaban vinculados al sandinismo, ese sandinismo desapareció, solo ha quedado una dictadura familiar déspota y sin escrúpulos”.

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Todas las dictaduras, de derechas y de izquierdas, practican la censura y usan el chantaje, la intimidación o el soborno para controlar el flujo de información. Se puede medir la salud democrática de un país evaluando la diversidad de opiniones, la libertad de expresión y el espíritu crítico de sus diversos medios de comunicación.
—Mario Vargas Llosa