16 junio 2021

Llenar la huella

(Publicado en Página Siete el domingo 9 de mayo de 2021)  

En varias oportunidades he criticado, con la mayor honestidad, algunos aspectos de la gestión del ex alcalde Luis Revilla, en particular: a) no haber aprovechado el primer año de pandemia (sin tráfico) para terminar a tiempo las obras viales de Miraflores y Sopocachi, b) no hacer respetar las reglamentaciones de construcción, dando pie a edificaciones fuera de norma, o que las violan mediante autorizaciones “truchas” de la propia Alcaldía, c) no haber podido despejar a los comerciantes que ocupan las calles con sus puestos, impidiendo el paso de peatones y vehículos (en vano se hizo “peatonal” la calle Comercio, hoy es un asco), d) no haber limpiado los ríos mediante un sistema de saneamiento y reciclaje permanentes, y sanciones a los infractores, e) no haber detenido y procesado a loteadores que aplanan los cerros que rodean la ciudad, alterando su fisonomía y poniendo en peligro la estabilidad del suelo f) no habernos librado de la maraña de cables que saturan los postes y que suelen aniquilar los árboles públicos, salvajemente mutilados por las empresas para dar prioridad a sus cables sobre el bienestar colectivo de la ciudad.  

Sin embargo, sería injusto dejar de reconocer aquello que ha sido positivo en una década de gestión continua del alcalde Revilla, del Concejo Municipal (con gente extraordinaria como Pedro Susz), y de todos los trabajadores del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz (GAMLP). Se ha hecho mucho, ha sido una de las mejores alcaldías que ha tenido esta ciudad.   

Lo más evidente, aquello que los ciudadanos disfrutamos más, es el Puma Katari, el servicio de autobuses municipales con paradas fijas, limpios y cómodos. El resultado del Puma Katari no es solamente un mejor transporte público, que gradualmente debería remplazar a los desordenados y caóticos minibuses privados, sino además su impacto sobre la educación y la cultura ciudadanas, algo similar a lo que sucedió desde 1995 en Medellín, cuando se inauguró el metro: los ciudadanos aprendieron a hacer fila, a mantener limpio el espacio público y, sobre todo, a respetarse entre sí. Ese es un logro irreversible. En tiempos de pandemia, con ocupación del 50%, el Puma Katari se convirtió en el transporte ideal para quienes queremos cuidarnos del virus. Los ciudadanos lo defendimos contra el vandalismo organizado del MAS, nunca sancionado por las leyes.  

Las ideas buenas hay que adoptarlas. Así como el Puma Katari se inspira en el Transmilenio colombiano que se ha replicado en un centenar de ciudades de América Latina, también se adoptaron en La Paz algunas iniciativas de cultura ciudadana de uno de los mejores alcaldes que tuvo Bogotá, Antanas Mockus, para alentar creativamente la educación vial, tanto de conductores como de peatones. El programa de las cebras es innovador y ha sido replicado con particularidades propias en otras ciudades de Bolivia, aunque no con el mismo éxito. Incluso en La Paz, queda mucho por hacer con las cebritas, que no siempre están donde son necesarias.  

Las cebras significaron empleo para muchos jóvenes, al igual que los espacios de estacionamiento en zonas determinadas de la ciudad. En lugar de colocar parquímetros automáticos, la alcaldía privilegió el empleo de jóvenes y generó recursos para pagarles. Así logró que los conductores entendieran que el espacio público tiene un costo, no es cuestión de dejar el vehículo en cualquier lado. A ello se sumaron iniciativas como el Día del Peatón (una vez al año es muy poco) o los domingos de ciclovías, aunque éstas con una extensión muy limitada (Bogotá tiene 550 kilómetros de ciclo rutas permanentes y 117 kilómetros de ciclovías temporales, creadas en plena pandemia).  

Se han hecho esfuerzos de educación ciudadana a través de la separación de basura, aunque en muy pequeña escala. Los contenedores grandes eran indispensables, así como un sistema de recolección y separación eficiente. ¿Cómo pudimos vivir sin ello tantos años? Se han creado plantas industriales para procesar desechos orgánicos y convertirlos en abono, de desechos sólidos para reciclarlos, y de desechos de construcción para producir losetas. La ciudad se ha modernizado con empresas municipales como EmaVerde y Emavías, así como el sistema de hospitales del municipio (que han sido indispensables durante la pandemia).  

Los “barrios de verdad” no solo generaron empleo temporal, sino que embellecieron sectores abandonados que carecían de infraestructura mínima. Se pavimentaron calles, mejoraron servicios públicos, construyeron infinitas gradas para integrar los barrios al centro de la ciudad, habilitaron espacios deportivos y culturales. La crítica que se le hace al programa es que legalizó (de hecho) construcciones fuera de norma y premió a los loteadores que terminan saliéndose con la suya, y que la alcaldía no sanciona porque no actúa de oficio, sino solo cuando hay denuncias.  

Desde mi perspectiva de ciudadano cercano a las artes, el sector de la cultura recibió un apoyo nunca antes visto en la historia del gobierno municipal. Además de los concursos que proporcionaron fondos semilla para la producción artística, la Secretaría Municipal de Culturas (SMC) coordinó e impulsó la realización de actividades culturales en todos los ámbitos, gracias a la visión y carisma de Andrés Zaratti Chevarría y de su predecesor, Walter Gómez.  

Una de las joyas en la corona de laureles de la cultura municipal es la revista Jiwaki, que con tanto amor produce Fernando Lozada, animador cultural por excelencia. El contenido y el diseño de la revista (de distribución gratuita) pueden competir con cualquier revista cultural en el mundo. Cada página de la edición está producida con especial esmero. Y no se queda atrás la “mini” agenda Jiwaki, el programa de bolsillo de actividades culturales que cada mes nos permitía acceder a toda la oferta cultural de la ciudad, no solo aquella de la alcaldía.  

Fue también un acierto el liderazgo de Mabel Franco en el ámbito de las artes escénicas. El teatro ha sido lastimosamente una obra de titanes en Bolivia, pero gracias al impulso que se le ha dado en estos años en La Paz los escenarios estaban siempre ocupados con obras de interés. Esa gestión se cierra con broche de oro al bautizar el Teatro de Cámara del Teatro Municipal con el nombre de Norma Merlo.  

En un plano más personal, el Gobierno Municipal honró a mi padre en 2014 con el título póstumo de Hijo Predilecto de la ciudad de La Paz (la segunda vez que esa distinción se otorgaba a una persona), colocó una placa conmemorativa junto a su tumba en el Cementerio General (otro espacio embellecido por la gestión municipal) y en la plaza que lleva su nombre en la calle 22 de Achumani. En el Salón Rojo del Palacio Consistorial se presentó la biografía que escribí sobre mi padre, El ingeniero descalzo, en una sesión de honor con palabras del alcalde Luis Revilla y de mi amigo Carlos Mesa. En 2019, fui honrado junto a otros artistas y productores de la cultura con la Tea de la Libertad.  

Los resultados de una gestión de diez años superan con creces las deficiencias. Revilla entrega una alcaldía modernizada, con una batería infinita de normas y reglamentos, que son como las bóvedas de los ríos, obras escondidas que no atrapan la mirada como las plazas, puentes y espacios de esparcimiento, pero sirven como fundamentos de una mejor ciudadanía. Es cierto, también le entrega a Iván Arias una alcaldía con deudas, en parte atribuibles a la pandemia.  

Ahora que Revilla culminó su mandato y que el Negro Arias asumió la Alcaldía, queda sugerirle a este último que con humildad y sabiduría sepa llenar la huella que dejó el primero, y si es posible, hacerla más grande como desafío para las próximas gestiones. Más allá de cualquier color partidario, los chalecos amarillos inspiran el respeto de los ciudadanos. No se debe abolir ese símbolo.

_____________________________________           
Otros siguiendo tus huellas, frescas recorrerán tu camino palmo a palmo,
pero tú mismo no debes distinguir la derrota de la victoria
no debes renunciar ni a una brizna de ti mismo.
—Boris Pasternak 

13 junio 2021

Pensar la obra de Sanjinés

Lo que sigue es una adaptación resumida del prólogo que escribí para el libro de David Wood sobre Jorge Sanjinés, publicado en 2017 luego de años de investigación.  

Pocos estudios se han atrevido a abordar la obra de Jorge Sanjinés en Bolivia, por varias razones, entre ellas por la propia personalidad del cineasta y las pocas oportunidades de ver su cine. Las nuevas generaciones no conocen el cine de uno de los mayores autores del nuevo cine latinoamericano. Me ha tocado hablar en Bolivia en auditorios con varios centenares de estudiantes de comunicación que nunca habían visto Ukamau, Yawar Mallku, El coraje del Pueblo o La nación clandestina, para no citar sino algunas de las más emblemáticas.  

Las dificultades para ver el cine de Sanjinés y para escribir sobre él las ha salvado David Wood a lo largo de varios años de paciente investigación. Wood es un estudioso nacido en Inglaterra y radicado en México, cuyos trabajos destacan por el rigor metodológico, el exhaustivo acopio de información y una aguda capacidad de análisis. Su trabajo sobre Sanjinés pone en relieve esas tres virtudes del estudioso que no ha abordado desde lejos la cinematografía de uno de los más importantes cineastas bolivianos, sino que se ha tomado el trabajo de llegar a Bolivia al menos en tres ocasiones (2003, 2008 y 2014), de empaparse del contexto y de revisar en la Cinemateca Boliviana muchas horas de material fílmico.   

Como todo investigador que se respeta y que respeta el ámbito que investiga, David ha invertido mucha energía y tiempo en este proceso. Desde septiembre de 2008, cuando coincidimos en México, me ha hecho parte de su aventura de pensar el cine de Jorge Sanjinés, compartiendo el proceso de investigación y las versiones sucesivas de este libro estructurado en cinco capítulos y un epílogo abierto, a través de los cuales reconstruye de modo analítico la trayectoria excepcional, diversa y a veces contradictoria del cineasta boliviano.  

El recorrido de David Wood es profundo en la medida en que no se limita a las películas, sino también a las ideas expresadas por Sanjinés en sus textos de reflexión sobre la visión de “autor” cinematográfico en el sentido europeo, que Sanjinés rechaza enfáticamente, aunque cada vez más se afirma en los hechos como tal. En todas sus películas su ideología y su visión plástica como realizador se impone de manera contundente.  

Para desarrollar su análisis tomando en cuenta el contexto personal de Sanjinés, Wood se remonta a fines de la década de 1950 cuando el cineasta boliviano todavía en borrador transita por los estudios de filosofía y por los impulsos literarios hasta decidirse definitivamente por el cine, aunque sus primeros cortometrajes producidos en el marco del aprendizaje del cine en Chile, no se han conservado.  

La emergencia del cineasta boliviano no se explicaría sin el movimiento del nuevo cine latinoamericano que inician los cineastas brasileños (Nelson Pereira dos Santos), cubanos (Tomás Gutiérrez Alea, Julio García Espinosa) y argentinos a fines de la década de 1950 y en los primeros años de 1960. A ellos se sumarían rápidamente desde 1964 cortometrajes de Mario Handler (Uruguay), Raúl Ruiz (Chile), y del propio Jorge Sanjinés, entre otros muchos que le darían cuerpo al nuevo cine latinoamericano.  

No solamente de ese contexto imprescindible se ocupa David Wood sino también de la trayectoria del cine boliviano que intersectó Sanjinés al comenzar a trabajar en Bolivia, muy particularmente el cine pionero de Jorge Ruiz, que es su precedente más inmediato tanto por sus preocupaciones sociales, como por una estética donde la ficción de enriquece con una mirada documental sobre la realidad a través de la participación de actores naturales.  

En el plano de la teoría Wood subraya en los primeros escritos de Sanjinés las lecturas de teóricos europeos, para mostrar que desde el inicio de su actividad el cineasta optó por desarrollar su propia reflexión sobre la estética y la política del quehacer cinematográfico.  

Película tras película, David Wood se enfrasca en un análisis meticuloso de los argumentos, la estética, el impacto político social y la crítica que en su momento o más tarde se acercó a cada una de las obras, sin dejar a un lado las anécdotas y testimonios narrados por quienes vivieron de cerca cada etapa. Sin complacencia y con mucha integridad intelectual el estudioso de la trayectoria de Sanjinés esboza un panorama de luces y sombras.  Esta es una obra de análisis crítico, según demuestra en cada página.  

Jorge Sanjinés y Beatriz Palacios 

En el octavo piso de la vida Jorge Sanjinés no ha dejado de dirigir cine. A partir de Insurgentes su cercanía con el gobierno de Evo Morales le ha permitido montar proyectos cinematográficos ambiciosos con apoyo oficial. El largometraje más reciente estrenado, Juana Azurduy, guerrillera de la patria grande aborda un episodio histórico fundamental en la creación del Estado republicano.  

Para David Wood el desafío continúa porque analizar el conjunto de la obra de un cineasta cuya actividad no ha culminado podría entrañar el riesgo de dejarse llevar por los acontecimientos políticos y sociales más recientes, sin tomar la distancia critica y analítica necesaria en un trabajo tan abarcador como este.   

La garantía de que esto no suceda es el rigor científico del investigador que se aproxima a la realidad sin prejuicios, con compromiso pero también con distancia, con el único propósito de contribuir en la creación de nuevo conocimiento que permita a las nuevas generaciones recuperar la memoria tantas veces extraviada.  

(Publicado en Página Siete el domingo 2 de mayo 2021)  

__________________________________________         
El cine nunca es arte.
Es un trabajo de artesanía, de primer orden a veces,
de segundo o tercero lo más.
—Luchino Visconti 

07 junio 2021

Vacunados de espanto

Titulares: “La tercera ola supera dos picos previos”, “UTI están saturadas”, “Caos hospitalario y crisis funeraria”, “La cepa brasileña mata en dos o tres días”, “No solo enferman ancianos sino jóvenes y niños”, “Médicos trabajan sin percibir salarios”, “Siete regiones sin oxígeno”, “Sin distanciamiento en aviones y flotas”…. 

Arce Catacora empezó cojeando y echándole la culpa al empedrado. Eso escribí el 12 de diciembre en el artículo titulado “El cojo”. Han pasado casi seis meses y Arce sigue obrando como si viviera en un mundo paralelo donde los zalameros que lo rodean lo aíslan de las noticias bolivianas.  

Antes de las elecciones subnacionales chantajeó a la ciudadanía: no les daría vacunas si no votaban por el MAS. Hizo contratos con cláusula secreta para que no conozcamos el precio, como si el costo saliera de su bolsillo. El presidente “de todos los bolivianos” convertido en un vulgar propagandista del MAS. Igual perdió porque el dedazo no se lo tragó nadie. Ni el MAS.  

Como Arce está desesperado por fabricar una imagen propia que sea distinta a la del cacique mayor, aumentó el presupuesto de propaganda en lugar de comprar vacunas a tiempo. Ahora que ya están llegando, el dinero de “comunicación” es malgastado en enaltecer la figura del presidente más gris de nuestra historia —ese rellenito guitarrista anónimo, en lugar de utilizarse en mensajes educativos que promuevan la salud y la urgencia de vacunarse. Cada vez que llega un lote, está el presidente para la foto con el puño en alto, como si las vacunas las pagara el MAS. El uso de recursos del Estado para seguir en campaña proselitista es indignante.  

Arce esperó hasta el 24 de mayo para vacunarse: qué ejemplar mandatario, qué liderazgo. En la foto le están midiendo la saturación y la presión, cosas a las que los comunes mortales de este país no tienen derecho. Además, escogió una vacuna segura, en lugar de someterse a la vacuna china Sinopharm (la de menor efectividad), que él ha recetado para la mayoría de los bolivianos y que no ha sido aprobada ni por la Agencia Europea de Medicamentos, ni por la FDA de Estados Unidos. Del vicepresidente, nada se sabe, seguramente tiene un chuño en el bolsillo para cualquier emergencia.  

Bolivia es el país más retrasado de la región en identificar las nuevas variantes de coronavirus, pero Arce sigue levantando un puño triunfante. Sin plan para contener el virus, el gobierno central deja la responsabilidad a los gobernadores y estos a los alcaldes. Como resultado, tan solo el 10% (1.185.725) de los bolivianos recibieron una dosis de vacuna, y menos del 3% las dos dosis. El gobierno menciona una “población meta” de 7 millones, pero somos 11 millones y ahora sabemos que en la tercera ola mueren también jóvenes y niños. El único que no lo sabe, es Arce.  

Mientras se apilan los cadáveres en depósitos insalubres porque los crematorios ya no dan abasto, y la gente se muerte por falta de oxígeno y medicinas indicadas para el Covid, el gobierno hace conferencias de prensa diciendo que no falta nada, que todo anda bien.  

Algunos alcaldes toman medidas para contener la tercera ola, pero el alcalde de La Paz, de quien se esperaba más, retrasa la toma de decisiones porque quiere complacer a transportistas y a gremiales, con los que pactó para llegar donde está. El COED solo prohíbe las fiestas en lugares públicos y el expendio de alcohol desde las 10 de la noche durante una semana, lo cual no sirve para nada. Son medidas timoratas en un momento de emergencia. A pesar del aumento diario de contagios y de muertes, El Negro Arias se hace el sueco y dice que confía en el “autocuidado” ciudadano. ¿Cree que los minibuseros y vendedores de la calle respetan medidas de distanciamiento y bioseguridad? Háganos reír un poco más, alcalde.  

Hay muertos, hay llanto, hay pobreza, hay desesperación, pero nada de esto parece afectar a las autoridades nacionales y locales, que no toman las decisiones que deben tomar. Pontifican sobre el “equilibrio” necesario entre la economía y la salud, y dicen que sin trabajo la gente “se muere de hambre”. Lo que no entienden es que si la gente se enferma no habrá quien pueda trabajar. Desde ya, vean las instituciones públicas: en los ministerios la mitad de los funcionarios está con contagio, no hay quien atienda.   

(Publicado en Página Siete el sábado 29 de mayo de 2021)

________________________________               

Le pareció que la fuga del tiempo se había detenido, como un encanto roto. El torbellino se había hecho en los últimos tiempos cada vez más intenso, y después repentinamente nada, el mundo se estancaba en horizontal apatía y los relojes corrían inútilmente.

—Dino Buzzati 

03 junio 2021

Peter Beard, fotógrafo de la belleza salvaje

Peter Beard ©AlfonsoGumucio

Peter Beard apareció muerto en un bosque de Nueva York, luego de 19 días de estar desaparecido. Era famoso por sus fotografías de la vida salvaje en África, y de hermosas mujeres para revistas de moda. Tenía 82 años de edad cuando falleció el 19 de abril de 2020. La familia dijo: "Murió donde vivió: en la naturaleza”.  

Ha pasado un año desde entonces. Ya estábamos en plena pandemia cuando me enteré de su muerte a través de unas pocas líneas que encontré por casualidad en una búsqueda de internet durante mi confinamiento colombiano. La muerte de Peter Beard me impactó por la manera como ocurrió y porque lo conocí en París el año 1996. Atesoro uno de sus libros de fotografía, que me dedicó no solamente con una felicitación por la Navidad que se aproximaba, sino con el dibujo que hizo rápidamente de una palmera y un elefante, y nada menos que su huella digital impresa sobre el dibujo. Todavía vivía en Kenia, pues añadió a la dedicatoria su dirección postal.  

Su cuerpo fue hallado en un bosque cercano a su residencia en la localidad de Montauk, en el extremo oriente de Long Island, a tres horas de Manhattan. Aunque en ese momento el jefe de la policía de East Hampton, Christopher Anderson, dijo que no se había determinado aún la causa del fallecimiento, y no descartó ni un suicidio ni un acto criminal, pero luego se supo que murió probablemente de un ataque cardiaco mientras se extraviaba voluntariamente en el bosque, como lo había hecho tantas veces anteriormente.  

Aunque en los últimos años de su vida sufrió de demencia senil, yo lo conocí lúcido, en el apogeo de su carrera, cuando le llovían reconocimientos y el Museo Nacional de la Fotografía, en París, montó una retrospectiva de su obra: “Carnets Africains”. Era una persona encantadora, de esas que combinan en su trayectoria la pasión por el arte y por la aventura. También era consciente del mito que había labrado a lo largo de varias décadas, de modo que cuando le hice algunos retratos adoptaba las poses adecuadas. Tenía entonces 58 años de edad, pero seguía siendo un hombre sumamente apuesto, de rasgos finos y una sonrisa encantadora. Diez años después de nuestro encuentro, la editorial de libros de arte Taschen le dedicó una monumental monografía de 616 páginas, consagrándolo definitivamente. Esa edición que es un ítem de coleccionista, cuesta ahora 12 500 dólares. La cuarta edición, de 2020, cuenta con 770 páginas de fotografías.  

Nacido el 22 de enero de 1938 en una familia acomodada de Manhattan, gozó de una educación de alto nivel pues se graduó en la Universidad de Yale en 1961, donde tuvo como compañeros de estudio al artista Josef Albers y a Vincent Scully, experto en historia del arte. Hizo su primer viaje a África cuando tenía 17 años y al terminar sus estudios universitarios, viajó a Dinamarca donde fotografió a Karen Blixen, la autora de la novela Out of Africa que tuvo un impacto en su carrera como fotógrafo. Años después compró en Kenia 18 hectáreas (que bautizó como Hog Ranch), que colindaban con la plantación de café en la que la escritora danesa había vivido durante su estadía en África. El escritor Bob Colacello lo describió como “medio Tarzán, medio Byron”, y otros lo comparaban con Casanova o Hemingway, porque tenía un poco de todos ellos: aventurero, poeta de la imagen y seductor de mujeres bellas.  

Beard obtuvo reconocimiento internacional por sus fotos de la vida salvaje en África, donde trabajó durante décadas mientras vivía en un campamento en Kenia, donde aprendió a hablar Swahili. Tuvo varios accidentes a raíz de su pasión por fotografiar de cerca a los animales. Un elefante lo atropelló partiéndole la pelvis en cinco.  

Parte de su obra fotográfica africana se publicó en el libro The End of the Game (1965) cuyo título tiene un doble sentido, ya que “game” significa al mismo tiempo “juego” y “cacería”. Defensor de los animales y de la naturaleza, en las fotos seleccionadas para su libro mostraba la belleza de África, pero también la tragedia de sus especies en peligro de extinción, especialmente el elefante, como el que dibujó rápidamente en la dedicatoria de otro libro.  

Sus fotografías y más de un centenar de diarios con fotos, recortes, manchas, etiquetas de productos, insectos y objetos incrustados, son obras de arte con las que hizo la crónica de la destrucción de los bosques, de los humedales y de las sabanas, así como la muerte de miles de elefantes y otros animales que llamaban hogar a esos hábitats. “Lo que más me sorprende”, dijo alguna vez, “es que estamos tan dispuestos a perder cosas que nunca podremos recuperar; más aún, parecemos empeñados en nuestra propia destrucción. Es fascinante “.  

Beard se mantuvo en parte a través de encargos para revistas como Vogue, tomando fotos de Naomi Sims en la espalda de un cocodrilo y de Veruschka von Lehndorff atando a un rinoceronte. Fotografió a los Rolling Stones de gira y solía consumir cocaína con Keith Richards.  

En la última etapa de su vida artística, realizaba complejos foto-montajes en los que a veces incluía recortes de periódicos y su propia sangre para subrayar la violencia. Le interesaba mucho la pintura, y compartía esa afición con su vecino de Montauk el cineasta y pintor Julian Schnabel, quien a su muerte pintó seis cuadros en memoria de Beard.

Era un bon vivant que durante muchos años frecuentó a personajes del jet set internacional, como Andy Warhol, Jonas Mekas, Francis Bacon, Truman Capote, Salvador Dalí o los Rolling Stones. No solo fotografiaba animales salvajes, sino mujeres bellas. Estuvo casado con la modelo Cheryl Tiegs y tuvo romances con varias otras mujeres, como Lee Radziwill, la hermana de Jacqueline Kennedy, a raíz de su trabajo como fotógrafo para las revistas de moda: “lo último que queda en la naturaleza es la belleza de las mujeres”, dijo alguna vez.  

En la naturaleza vivió y murió. “Tenía la esperanza de que nunca lo encontraran”, dijo en una entrevista su sobrino Alex Beard. “Ese habría sido el epitafio perfecto”.   

(Publicado en Página Siete el domingo 18 de abril de 2021)

______________________________
La fotografía es un secreto de un secreto.
Cuanto más te dice, menos sabes.
—Diane Arbus 


 

28 mayo 2021

Como si nada

Este país no tiene remedio. Estamos ingresando a la tercera ola de contagios de coronavirus, esta vez con las nuevas cepas que vienen de Brasil. El mapa lo muestra clarito: crecen los contagios en Santa Cruz, luego en Cochabamba y después en La Paz. Tres semanas antes, menos de mil, y el viernes 14 de mayo 2.356 casos y 64 fallecidos, el doble que la semana anterior. Para los demás departamentos fuera del “eje” será cuestión de días. Esas son las cifras oficiales, porque de los contagios no reportados y de los entierros clandestinos no sabemos.  

Las Unidades de Cuidado Intensivo (UTI) de Santa Cruz y Cochabamba al 100% de su capacidad, y La Paz al 80%. Los trabajadores de salud no dan abasto y las sirenas de ambulancias se escuchan en las ciudades de día y de noche, frente a una ciudadanía indiferente e indolente.  

Salí a trotar un domingo en la sur de La Paz, con barbijo puesto y gel en el bolsillo. Fui por la Costanera y el sendero que lleva al parque Bartolina Sisa, con la esperanza de encontrar poca gente en el camino, pero no fue así: todo parecía “normal” como si en “este país tan solo en su agonía” (Vásquez Méndez) no pasara nada y no hubiera coronavirus.  

Ni al gobierno (nacional y municipal), ni a los ciudadanos parece importarles un comino esta situación. La indolencia es generalizada.  

Canchas de fútbol como en tiempos normales, con jugadores intercambiando gotas de saliva como si nada. Es obvio que en deportes de contacto no se puede mantener distancia, por eso en países donde hay gobiernos responsables, están cerrados los espacios deportivos.  

Hacia Aranjuez me crucé a las 10:20 de la mañana con Samuel Doria Medina y tres acompañantes: ninguno de ellos llevaba barbijo. Bonito ejemplo para la población. Quizás él y su entorno ya estaban vacunados (incluso antes de tiempo), pero si leyeran un poco sabrían que, aunque uno esté vacunado, debe continuar usando barbijo.  

Me crucé con otro ciudadano no mayor de 40 años con la cara descubierta. Le grité que se ponga barbijo, pero se dio la vuelta y me hizo una seña de que ya estaba vacunado. ¿Cómo? Claro, por las irregularidades y la falta de organización en los servicios de vacunación. No quiero usar la palabra “campaña” porque lo que correspondería es: caos.  

Ese tipo, al igual que Doria Medina, entran en la categoría de “egoístas”. Solo piensan en ellos, no en los demás. No se dan cuenta de que, en primer lugar, ninguna vacuna ofrece una protección de 100%, y en segundo lugar, si bien los vacunados no se enfermarán, igual pueden ser portadores y transmisores del virus a personas que no están vacunadas.  

Esa “normalidad” me espantó. Tanto el parque Bartolina Sisa como el de Las Cholas estaban abiertos y las familias llegaban por montones, como si nada. Llegan, comen, juegan, se olvidan de los barbijos y del distanciamiento social, y se contagian. Son los que llevan el coronavirus a sus casas, donde los abuelos se cuidan, pero de nada sirve porque su progenie los contagia y los mata).  

Luego, todos lloriquean en la puerta de los hospitales, pidiendo cupo para sus abuelos, padres o hermanos. Se oyen lastimeros “¡Ay!, pobrecita mi abuela, se ha muerto. ¿Por qué tenía que tocarle a ella, si ni siquiera salía de la casa?”, dicen los culpables. “¡Qué mala suerte tuvo!”, como si no supiéramos que el virus entra solamente por tres lugares: boca, nariz y ojos. La gente se olvida siempre de los ojos, saluda con los nudillos de la mano y luego se restriegan los párpados.  

Las nuevas cepas de Brasil contagian rápidamente también a los más jóvenes, incluso niños, pero el gobierno no tiene planes para vacunarlos. Solamente vacunará a los mayores de 18 años. Su meta no supera los 7.167.789 de bolivianos (pero somos más de 11 millones). En lugar de tocar guitarra y hacerse propaganda, Arce debería leer más informaciones científicas.  

La irresponsabilidad y la desidia comienza con el gobierno central, que no tiene estrategia de ninguna clase y con los gobiernos municipales que permiten que la “normalidad” suceda antes de resolver el problema. Son indolentes. Viva la pepa. Como si nada.  

(Publicado en Página Siete el sábado 15 de mayo de 2021)

______________________________________     
La idiotez es una enfermedad extraordinaria,
no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás.
—Voltaire