13 abril 2021

Los cuentitos de Elking

Los críticos literarios tienen la mala costumbre de ejercer su oficio casi siempre sobre libros cuya popularidad asegura la lectura de los mismos y la redundancia de otros comentarios. Pocas veces corren el riesgo (o encuentran el espacio en publicaciones) de comentar libros poco conocidos, casi secretos. El oficio de descubrimiento no suele ser una prioridad y por eso muchos libros, demasiados, que sin embargo tienen méritos suficientes, pasan desapercibidos.

Además, hay “clases” sociales en la literatura, categorías que imponen los editores en su afán de modelar el gusto de los lectores y de seguirle la corriente al mercado. Novela se escribe con mayúscula, cuento con minúscula, y mini-relato o microcuento en letras menudas, que requieren la asistencia de una lupa. Los hermanos menores de la literatura son maltratados por los mayores porque no se venden bien.

Muchos libros aparecen en ediciones de autores, como es el caso de “Sin pelos en la lengua (ni en otras partes)” (2017) de Elking Araujo, cuentista ecuatoriano al que conocí en noviembre de 2018 en Quito, y me pasó este librito muy suyo que llevé conmigo como un As que podía sacar de la manga en cualquier momento para leerlo de a poquito para que dure más.

Aunque está publicado por la editorial Cactus Pink, me pincha que es una edición tan casera como “Palabra Encendida”, la de mis primeros cuatro poemarios. Eso no le quita mérito, simplemente reduce su circulación inmerecidamente.

Unos atribuyen a Mark Twain y otros a Karl Marx la frase: “Lamento escribirte una carta tan larga, pero no tengo tiempo de hacerla más corta”. Todo escritor lo sabe, independientemente de quien lo haya expresado antes: escribir de manera concisa y precisa es más difícil que explayarse en largas parrafadas. Una amiga novelista sufre con ese problema: “Ya tengo 800 páginas, ¿qué hago?”, me dice angustiada. “Poda”, le digo, recordando el decálogo de Horacio Quiroga: “El cuento es una novela depurada de ripios”.

Elking Araujo no sufre las angustias de escribir largo sino las de escribir corto, para que sus microcuentos salgan del tamaño preciso cuando aparecen en su cabeza, bajan por los nervios del cuello y el brazo derecho hasta salpicar el papel. Sin saberlo a ciencia cierta, imagino que los escribe a mano, en minúsculas libretas, para que no desborden, o en servilletas de papel en algún café que frecuenta (pero esto es cuento mío). La tijera abierta que aparece en el centro de la tapa de su libro parece que hizo su trabajo de podar todo lo que sobraba.

Son brevísimos porque a Elking le gusta jugar con palabras y frases sueltas. Toma de la cola un dicho y lo agita en el aire hasta sacarle un grito. Las expresiones vivas que usamos cotidianamente casi sin darnos cuenta, las convierte en relatos misteriosos, nos hace pensar en ellas, en su origen, en sus escondidas intenciones.

Frases hechas como “el príncipe azul”, o cuando las cosas que se ponen “color hormiga”, “darle una mano” a alguien (y correr el riesgo de que no te la devuelvan), “perder la paciencia” o “a diestra y siniestra”, entre otras, adquieren una nueva dimensión en el pequeño libro de grandes sorpresas porque el cuentista usa las palabras como pie para elaborar una variación.  Es como un músico de jazz que a partir de un acorde musical improvisa una paleta de variaciones temáticas.

Como en cualquier colección de textos, hay unos más buenos que otros, pero todos ofrecen el intento de subvertir el lenguaje y de manipular incluso físicamente su contenido.

Algunos se meten con frases, otros con palabras sueltas, a veces con letras e incluso con la puntuación. Nada escapa a su mirada inquisidora sobre el lenguaje. En “Anorexia alfabética” parte de una “O” bien rellena que pasa a convertirse en una “d” alargada , luego en una “q” desnutrida para terminar en una “y” enfermiza. En “Puntito” se toma el trabajo de elaborar una historia de infidelidad quitándole los puntos finales a las oraciones, e incluso los puntos a la “i” y a las jotas. Y claro, no alcanza a ponerle punto final a la historia que narra.

Como suele suceder en estos ejercicios saltarines, hechos de precisión puntiaguda, el humor está siempre presente.  El microcuento es casi inexorablemente bromista, se burla de todos y de sí mismo. De ello es un buen ejemplo el que se dice más corto de todos, el de Monterroso, que introduce un dinosaurio que ya no está. En los de Elkin Araujo no hay dinosaurios, pero hay algunos ratones que fabrican bolas de billar y muchas sutilezas del lenguaje: “Sabía que había llegado a la madurez gramatical porque tenía los verbos conjugados en amarillo, los adjetivos superlativos de dureza y los sustantivos antepuestos de perfume y primavera. Solo le faltaba descubrir en qué fruto rojo, azul o dorado, se convertirían los puntos suspensivos que encontró al final”.

“Perder la paciencia” puede ser peligroso, porque luego de buscarla “bajo la cama, en los rincones de los sofás, en los bolsillos minúsculos de las carteras, terminó finalmente perdiendo la razón”.

El humor está muchas veces relacionado con el absurdo, y así como Cortázar, en un cuento, observaba científicamente a la mosca que volaba de espaldas, Elkin se complica la vida regando las plantas… de los pies de la gente con la que se topa.

En estas épocas en que cada vez son menos los que leen libros y donde las bibliotecas han desaparecido de las casas para convertirse en repositorios intimidantes que solo visitan los nostálgicos del libro-objeto, o estudiantes frustrados porque no pudieron encontrar en internet lo que buscaban, libros como este de Elkin Araujo pueden devolver el placer de la lectura.

(Publicado en Página Siete el domingo 14 de marzo 2021)

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Un cuento es una novela depurada de ripios.
—Horacio Quiroga

 

31 marzo 2021

El día de la peste

¿Dónde estabas cuando asesinaron a Kennedy? ¿Qué estabas haciendo cuando cayeron las torres gemelas en Nueva York? ¿Recuerdas el día que supiste del asesinato del Che?

Para todos los que tenemos la edad suficiente, esos tres momentos de los últimos 50 años son imborrables. Sí me acuerdo del asesinato de Kennedy porque estaba en Maryland y escuché en la radio el momento en que le dispararon en Texas y lo que vino después. Estaba en Guatemala cuando una mañana temprano vi en la televisión, en vivo y en directo, la caída de las dos torres gemelas. Y claro que recuerdo aquel día que mataron al Che y la portada inmensa de la edición especial de Presencia, que aún conservo.

Ahora, nosotros hasta que nos toque la hora, y las generaciones nacidas en este siglo, recordarán con precisión el día que se declaró la pandemia de coronavirus en el mundo. No olvidaremos nunca ese primer día de incertidumbre y escepticismo, que luego se convirtió en la certeza de que estábamos viviendo a nivel global una de las calamidades más importantes que haya sufrido la humanidad en toda su historia.

Claro que hubo dos guerras “mundiales” que ocurrieron en Europa y afectaron de distinta manera al resto del mundo, pero no hubo muertos en nuestra región. Por supuesto que hubo antes la pandemia de la gripe española, pero no nos alcanzó. Duró dos años, de febrero de 1918 a abril de 1920, infectó a 500 millones de personas y tuvo una letalidad estimada entre 20 a 50 millones de personas, pero no fue global.

Esta vez y de aquí en adelante, las pandemias (la gripe española no lo fue, aunque recibió el mismo nombre), endemias y sindemias del futuro serán globales. Tenemos que saberlo y tener la certeza de que volverá a suceder.  Esto no se termina con la vacunación que avanza a marchas forzadas en algunos países como Chile y Estados Unidos, y como tortuga en Bolivia.

Por eso es sano que todos recordemos el instante en que supimos (y quizás no creímos) que nuestras vidas iban a cambiar definitivamente.

En mi caso, era un día soleado y caluroso. Me encontraba en Cartagena de Indias, como invitado en el Festival Internacional de Cine que había comenzado oficialmente tres días antes, el 10 de marzo. Los ecos de la pandemia originada en China eran todavía débiles, aunque ya se habían detectado los primeros casos en Colombia (como en otros países de la región). Nadie sabía todavía que un grupo de turistas italianos había contagiado ya, el 4 de marzo, al taxista Arnold de Jesús Ricardo Iregui, que los recogió del aeropuerto y que moriría el 16 de marzo. Sería la primera víctima mortal en Colombia 

Werner Herzog 

El Festival transcurría normalmente. El miércoles 11 por la tarde, luego de aterrizar, caminé del hotel a la inauguración en el clásico Teatro Heredia, donde un mes antes había asistido a la conmemoración de los 50 años de la Comunidad Andina de Naciones. Al día siguiente, el jueves 12 en la mañana tuve un encuentro memorioso con Caroline Champetier, invitada especial del Festival, colega cineasta que estudió conmigo en el IDHEC en los años 1970 y se convirtió en la más importante jefe de fotografía de cine en Francia. Tomamos un café mientras resumíamos nuestras vidas respectivas y escuchábamos despreocupados la noticia de que el gobierno colombiano había limitado a 400 personas el aforo en espectáculos públicos en todo el país.

En la tarde no me perdí el conversatorio con Werner Herzog, otro invitado especial, en el patio del Claustro de Santo Domingo, atestado de gente, y luego en una sala de altos techos, la conferencia del viceministro Felipe Buitrago sobre economía naranja. Hablé con él sobre la posibilidad de que viniera a Bolivia, mientras nos llegaba la noticia de que ahora el aforo en eventos se había reducido a 50 personas. Todavía asistí en la noche a una invitación del consulado de México para degustar mezcal y escuchar música de Jalisco en el hotel.

Al día siguiente, viernes 13 (fecha fatídica), se acabó todo. En la mañana alcancé a participar en una sesión de Patrimonio Fílmico Colombiano donde estrenaron la versión restaurada de una película del pintor Enrique Grau, conversé con mi amigo Rito Alberto López, subdirector de Patrimonio Fílmico y allí llegó la noticia de que el festival se había suspendido porque Colombia había declarado la cuarentena en todo el territorio nacional. Cambiar los boletos para el vuelo, correr al aeropuerto para regresar a Bogotá, son las últimas imágenes del día que llegó la peste a nuestras vidas. 

(Publicado en Página Siete el sábado 20 de marzo de 2021)

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No hay que temer nada en la vida, solo hay que entenderlo.
Ahora es el momento de entender más, para que podamos temer menos.
—Marie Curie     

26 marzo 2021

Norma, entre bastidores

No hay muchas personas que hayan atravesado transversalmente el cine boliviano de la manera que lo hicieron Luis Espinal y Norma Merlo. Desde que llegó a Bolivia hasta que lo asesinaron salvajemente en 1980, Espinal abrazó el cine boliviano en la producción, la crítica, la investigación, la cátedra y como promotor de actividades de cineclub. Norma Merlo, nacida en Argentina, llegó a Bolivia para convertirse en una actriz multifacética que transitó como merlo en el agua en obras de teatro y de cine, y fue además una dinámica impulsora de la Cinemateca Boliviana en su primera etapa, imprescindible en ese ambicioso proyecto.

Ahora que el 21 de marzo se conmemora el Día del Cine Boliviano en homenaje a Luis Espinal, me parece justo incluir a Norma Merlo, quien falleció este 14 de marzo, apenas una semana antes, habiendo regalado a Bolivia todo lo que sabía y todo lo que era como persona, mujer y artista.

Más allá de las obras de teatro y de cine en las que participó, en mi memoria se han fijado dos imágenes de Norma relacionadas con el inmenso apoyo que brindó a la naciente cinemateca: la veo en la boletería y en la pequeña oficina de la calle Pichincha y también la veo personificando a Charlot en las jornadas de lucha por la Ley de Cine o cuando era necesario hacer campaña en busca de fondos para la construcción de la nueva Cinemateca. Mientras Pedro Susz, introvertido e indescifrable, proyectaba su pensamiento en un horizonte lleno de desafíos, Norma se exhibía extrovertida y alegre para reclutar a esos amigos que tanto necesitaba el proyecto. La Cinemateca de La Paz (luego Cinemateca Boliviana), no existiría sin su trabajo tesonero.

Otro recuerdo más reciente viene a mi memoria: en julio de 2014, junto a artistas amigos de muchos años como Gil Imaná, Jorge Sanjinés, Antonio Eguino, Erasmo Zarzuela, Lorgio Vaca, Matilde Casazola, Quico Arnal, Luis Ramiro Beltrán, Alfredo La Placa, Guillermo Aguirre y David Mondacca, entre otros, Norma y yo recibimos una vistosa medalla y el título de Maestro de las Artes, que nos otorgó el Ministerio de Educación de Bolivia. En la imagen publicada en algún diario, ella aparece bromeando con los demás, distraída y despreocupada, sin fijar la vista en la cámara, como una niña que no se queda quieta el día de la foto para el anuario del colegio.

Sabíamos que Norma estaba enferma desde hace mucho tiempo y que su salud se había agravado en semanas recientes, pero no medimos la dimensión de su ausencia hasta que Pedro anunció que ese proceso tan largo y penoso había concluido. Antes de partir, Norma se vio rodeada del enorme cariño que manifestaron, durante varias semanas antes de su fallecimiento, todos los que la conocimos, tanto sus colegas del teatro y del cine, como sus amigos y los amigos de Pedro. Norma deja una hermosa huella de alegría y sorpresa.

Con el paso de los años uno tiende a olvidar la riqueza de los detalles que hacen de una persona un ser excepcional. Al compartir la hoja de vida de Norma, Pedro nos ayudó a recordar la amplitud de su obra artística.

Desde 1960, cuando comenzó su carrera artística en Argentina, participó en más de cincuenta obras de teatro, interpretando complejos personajes de Jean Anouilh, Bertolt Brecht, Jacques Prévert, Ionesco, Tennessee Williams, Oswaldo Dragún, García Lorca, Darío Fo, Auguste Strindberg o William Shakespeare, bajo la dirección de directores como Pedro Asquini, Andrés Canedo, David Mondacca, Marta Monzón, Carlos Cordero, Mabel Rivera, Maritza Wilde, Rose Marie Canedo y la querida Tota Arce, entre otros.

Luego de su llegada a La Paz en 1975 cruzó la calle del cine, y allí son memorables sus breves interpretaciones en largometrajes representativos de nuestra cinematografía, como “Amargo mar” de Antonio Eguino, “Cuestión de fe” de Marcos Loayza, “El día en que murió el silencio” de Paolo Agazzi y  “El Atraco” del mismo director. Sin embargo, es un proyectos pequeños e independientes, y por tanto menos conocidos, donde Norma se explayó como actriz. En “El piso 24” de Pedro Susz, en “La ciega” de José Marchiori y en “Elegía” de Gioconda De Benedetti, tuvo papeles protagónicos que dejaron huella.

Para mi, no importa el soporte (sea celuloide, video o digital), sino las obras en las que contribuyó con cineastas que comenzaban sus trayectorias y que en parte gracias a Norma obtuvieron los premios de aliento que otorgaba en esos años la alcaldía municipal de La Paz. “Recorrer esa Distancia” (1988) de Francisco Ormachea, “Enigma de Fulgor” (1989) de Iván Rodrigo, “Don Quijote en la Ciudad de La Paz” (1989) de Jean Claude Eiffel, “Cuando tu te hayas ido” (1990) de Marcos Loayza y “Ese Sordo del Alma” (1990) de Raquel Romero, son algunas de las obras sobre las que escribí en un libro (todavía inédito) en aquella época pionera.

Recuerdo en particular su trabajo en el cortometraje de Marcos Loayza, “Cuando tú te Hayas Ido (Me envolverán las sombras)”. El bolero “Sombras” de Rosario Sansores y Carlos Brito Benavidez, así como “La Voz Humana” de Jean Cocteau y las “Memorias” de Olga Guillot, aparecen como una abultada bibliografía de respaldo para una idea simple, pero que no por ser sencilla es menos importante: llevar adelante la propuesta dramática en un solo plano fijo a lo largo del cual, delante de la cámara o fuera del encuadre, habla un personaje interpretado por Norma Merlo. Desde que este personaje pone en funcionamiento la cámara hasta que comete suicidio al final, transcurren 18 minutos en los que con pericia y madurez Norma Merlo logra mantener en vilo al espectador. Su personaje elabora, revive y expresa con profundidad un monólogo que deja sentir su dolor (o su ira), para refrescar su memoria, demasiado consciente de que lo hace por última vez.

Toda la obra descansa en la interpretación. El espectador entiende muy pronto que el personaje no se dirige verdaderamente a la persona ausente que ama. La cámara deja de importarle a la mujer, que olvida el aparato para acordarse de sí misma, y en múltiples ocasiones abandona el campo visual, pero sabemos que está allí por su voz que continúa ejercitando ese último derecho de réplica.

El mundo exterior está sugerido en el video por luces de color que parpadean en la ventana, por el sonido de los vehículos que transitan en la calle y por un televisor encendido en el fondo de la habitación. Pero la mujer se ha aislado de ese mundo exterior, lo necesita solamente como un ruido de fondo que, quizás, la hace sentir menos sola en su soledad existencial. Si bien uno de los méritos de la obra es haberla filmado en un plano fijo (que se echa a perder al final), su mayor fuerza radica en la solidez interpretativa de Norma Merlo. Ella sostiene la acción y la tensión que atraviesa el video. Con una actriz menos experimentada, hubiera sido un gran riesgo.

Norma se fue, pero entre bastidores, está mirando con una sonrisa traviesa a los que seguimos bregando en el escenario de la vida. Ella está más allá de nuestros afanes y nuestras pequeñeces. 

(Publicado en Página Siete el domingo 21 de marzo de 2021)   

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El teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana.
—Federico García Lorca 

22 marzo 2021

Puerco diplomático

Mayta

Me cuentan que el ministro de Relaciones Exteriores, tan flamante como poco transparente, reaccionó como energúmeno en un canal de televisión donde fue interrogado sobre la masacre blanca de diplomáticos: más de 150 profesionales de carrera (el 92%), burdamente remplazados casi en secreto, por nueve allegados a Evo Morales, mientras 29 embajadas y 36 consulados siguen descabezados.

Decir que los despedidos son “diplomáticos de nariz respingada, que les gustaba ir a los salones a doblar el dedo meñique mientras se dedicaban a cócteles” dice mucho sobre la garrafal ignorancia de Mayta sobre las relaciones internacionales y la carrera diplomática, que sí existe, muy a su pesar.

De la Academia Diplomática salieron generaciones de excelentes profesionales que han servido a diferentes gobiernos, incluyendo al MAS. Lo sé bien porque tengo amigos que estudiaron allí, pero además porque mi primo Jorge Gumucio (muy respetado por cualquier diplomático boliviano o extranjero que lo haya conocido), fue uno de sus directores. Es más, Jorge fue el gestor del edificio anexo de la cancillería, y de muchas reformas importantes de las que ahora se beneficia un personaje resentido y mediocre. Jorge fue también embajador en Naciones Unidas y en Perú, donde pasó siete meses en la embajada de Japón como rehén de un grupo terrorista con el que el actual canciller quizás simpatiza.

Puedo decir con orgullo que varios en mi familia han ejercido funciones diplomáticas. Mi hermano Pedro fue despedido por Choquehuanca después de dos décadas en Cancillería, habiendo ejercido en China, Suiza, Brasil, y en la Plaza Murillo. Mi primo hermano Mariano Baptista Gumucio fue digno embajador en Estados Unidos y Cónsul General en Chile. Mi padre fue embajador en Uruguay y luego en España. Todos dejaron el nombre de Bolivia en alto.

No se puede decir lo mismo de diplomáticos del MAS que ocuparon altos puestos no por sus méritos profesionales sino por cuotas de poder. Son comidilla los embajadores masistas que llevaban su colchón y su anafe a las oficinas para no gastar en alquileres. Uno que estuvo en Italia, no tuvo mejor idea que meterle tijera a un antiguo gobelino porque cubría un interruptor de luz. No sé si fue el mismo que encontré en una reunión de la FAO en Roma, donde llegó al cóctel de clausura vestido con un saco con listones andinos, copia fiel del jefazo. A los pocos meses leí que el propio MAS lo había echado y cambiado las llaves de la embajada para que no pudiera ingresar, ya que no aceptaba su cese de buena gana.

En Colombia, amigos diplomáticos recordaban a un embajador boliviano, cooperativista minero, que había bromeado con el embajador ruso: “Nosotros también tenemos a nuestro ‘putín’ en Bolivia”. He sabido de embajadores del MAS que tenían botellas de whisky (etiqueta azul, claro) en sus escritorios y las usaban en horas de oficina. En un país andino, el embajador boliviano llevó a la residencia oficial a varias jóvenes venezolanas necesitadas de techo y cama. Y así, hay otros ejemplos para el anecdotario.

Los embajadores del MAS se relacionaban solo con los diplomáticos del ALBA y contribuyeron al aislamiento de Bolivia por sus dislates, torpezas y angurria: comprarse un vehículo liberado para revenderlo con ganancia o hacer un negocio en beneficio personal. 

Cuando Mayta difama a diplomáticos nombrados por la canciller Karen Longaric, olvida que la principal tarea de ellos a lo largo de nueve meses fue ocuparse de los vuelos de repatriación y de los bolivianos en situación de emergencia. No hubo cócteles porque las fiestas nacionales y los eventos culturales y comerciales se hacían de manera virtual durante la pandemia.

Propios y ajenos se refieren en broma al cuerpo diplomático como “puerco diplomático”, no solo en Bolivia. Lo cierto es que, como en cualquier gremio, los hay buenos y los hay malos. Lo que el advenedizo canciller no sabe todavía, es que él es de los malos y carece de visión y de experiencia en relaciones internacionales como para calificar a nadie.

Al improvisado canciller el cargo le queda demasiado grande, como traje de pepino de carnaval. Ha sido puesto ahí para ser de fácil manejo político, no por méritos personales ni experiencia. El que manda es Choquehuanca, que también hace tres lustros despidió a casi todos los diplomáticos de carrera y dejó a un solo embajador en Europa. Al igual que Mayta, Choquehuanca tiró a la basura el escalafón diplomático que había sido establecido con la cooperación de Naciones Unidas, institución que ahora calla en sus seis idiomas oficiales.

(Publicado en Página Siete el sábado 6 de marzo de 2021)

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Se puede hacer mucho con la diplomacia,
pero desde luego se puede hacer mucho más
si la diplomacia está respaldada por la imparcialidad y la fuerza.
—Kofi Annan

 

09 marzo 2021

Despedida de Michel

Apenas han pasado dos semanas desde que un mensaje de Monette atravesó el Atlántico en medio de la noche desde Francia y aterrizó en mi insomnio para decirme que Michel, finalmente, decidió despedirse el viernes 26 de febrero a las 5 de la tarde.

Michel, Liber y Monette 

Se fue tranquilo (“sans angoisse ni souffrance”), sedado, sin dolor, con la cercanía de ella, de Frederick y de Alain, sus dos hijos. La bajada de las gradas de la vida (“la descente des marches chaque jour, comme il disait”) se aceleró en los últimos días, desde la última vez que hablamos (dos semanas antes).  

Así terminó un trayecto penoso de más de seis años de lucha contra un cáncer invasivo. Michel se apagó en su casa en Saint-Mary y descansará definitivamente desde el martes 2 de marzo en el cementerio de Lussac.

Michel y Monette Servant fueron amigos por muchos años, no solo amigos míos y de Liber Forti, Eduardo Quintanilla, Jorge Lazarte, Alain Mesili, entre otros que estamos (o estaban) en estas montañas, sino también amigos querendones de Bolivia, país difícil y malagradecido que ellos aprendieron a amar durante su estadía de siete años entre 1973 y 1980 (casi todo el periodo de la dictadura militar de Banzer), mientras Michel estaba a cargo de un programa de investigación científica de ORSTOM (Office de la recherche scientifique et technique outre-mer).

París, octubre de 2011

Su amor por Bolivia creció de varias maneras a través de Frederick, que vivió 17 años en La Paz dedicado a actividades teatrales y tiene una hija boliviana. En 2009 los Servant donaron al Museo Nacional de Arte su colección de 58 dibujos y dos cuadros de Arturo Borda.

Su amistad con Liber fue amorosamente intensa, lo recibieron allá en Saint-Mary en su último viaje por Europa.

Estuve con Monette y Michel cuando todavía vivían en París, en Rue de la Montagne Sainte Geneviève, la última vez en 2011, pero ya no pude visitarlos en Saint-Mary como era mi deseo. Iré a ver a Monette cuando las circunstancias lo permitan. Hay amistades que nos enriquecen, esta es una de ellas.

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L'une sort du matin et chante avec l'aurore,
L'autre gémit le soir un triste et long adieu.
—Alphonse de Lamartine