05 marzo 2021

Al-qāḍī


Como otras palabras del castellano que comienzan con “al”, la palabra “alcalde” viene del árabe. Al-qāī significa “juez” y denomina a personalidades con criterio, experiencia, amplios conocimientos y elevada autoridad moral para gobernar una comunidad. Esa superioridad moral y ética quisiéramos ver en los próximos alcaldes de Bolivia, país caracterizado por la corrupción generalizada, la desidia y el abandono, particularmente en las alcaldías rurales donde no existe fiscalización alguna.

Lo más próximo al ciudadano son las alcaldías, de ahí que es tangible lo que hacen y lo que dejan de hacer. Por ejemplo, en La Paz tenemos nuevos hospitales, puentes y un buen servicio de transporte público (y educativo) como el PumaKatari —además del Teleférico que es obra del gobierno central.  Estos últimos sirven como pedestal de campaña a dos candidatos a la alcaldía.

Las elecciones subnacionales del 7 de marzo, se presentan como un rompecabezas donde las piezas no encajan. Iré a votar con pesimismo, en un ambiente enrarecido por la demagogia barata y el transfugio político, la carencia de ideales y las propuestas ridículas.

Alcaldía de La Paz 

A uno de los candidatos se le ocurre ofrecer autobuses PumaKatari de dos pisos, como en Londres, lo que supondría talar árboles en las aceras, pues los actuales de un piso apenas pasan debajo. Parece que el sujeto no entiende que el problema no es de espacio, sino de frecuencia y de rutas, es decir, de número de unidades, no de capacidad.

Otro candidato, que fue gerente del Teleférico (donde todas las cabinas tenían como sello de propiedad el rostro de Evo Morales), utiliza el apoyo presidencial en su favor, omitiendo que el proyecto fue realizado con sobreprecio y que es económicamente insostenible. Este candidato fue ilegalmente habilitado por un Tribunal Electoral pusilánime y entregado al gobierno.

Los barrios “de verdad” en las laderas de La Paz han mejorado en años recientes, lo cual tiene dos filos: se ven más bonitos con sus gradas pintadas de colores chillones y sus canchas de deportes, pero por otro lado así se legalizan asentamientos de avasalladores y construcciones fuera de norma, dotando de servicios de agua potable y electricidad a barrios enteros sin planimetría. Basta tomar el Teleférico, para descubrir debajo una ciudad caótica de ladrillo de construcción sin revoque, donde no hay ni un centímetro entre los edificios y las casas. La complicidad es una estrategia electoral, no de desarrollo urbano.

Los grandes proyectos de urbanismo y vialidad de la administración saliente nunca se terminaron en los plazos prometidos inicialmente. La excusa manida es el periodo de lluvias y la más reciente la pandemia, pero precisamente el periodo de confinamiento permitió a otros alcaldes de América Latina terminar obras viales de importancia, ya que no había circulación de vehículos. Bogotá (donde nunca cesa de llover) hizo más: aumentó 80 kilómetros de ciclovías y embelleció áreas verdes. En La Paz “maravillosa” ni siquiera repintaron los pasos de cebra, pero dejaron a las compañías de cable arrancar árboles de cuajo.

En un acto de burda demagogia electoral en favor de su frustrado heredero, el alcalde saliente de La Paz ofrece destinar recursos del gobierno municipal para comprar 250 mil vacunas y priorizar su destino a conductores de minibús y gremiales, algo que ningún país del mundo haría cuando aún no se ha vacunado al personal de salud. La cruel paradoja es que esos dos sectores mafiosos son los que hicieron la vida difícil a la ciudadanía de La Paz, mientras en sus diez años de gestión el alcalde Revilla (por quien voté) cedió al chantaje, incapaz de actuar con firmeza y sabiduría.

Hay muchas áreas grises en la gestión municipal, y parece que no será diferente gane quien gane, porque no se ve determinación para acabar con la corrupción. ¿Alguien propone fiscalizar de oficio las construcciones que se hacen para lavar dinero en efectivo proveniente del narcotráfico y del contrabando? Hay más de 8 mil departamentos vacíos en La Paz, pero los edificios continúan elevándose sin dejar un mínimo espacio para jardines y colapsando los servicios de agua y electricidad. Ningún candidato se atreve a tocar el tema.

¿Alguien ha propuesto formalizar el transporte privado de las mafias sindicales? ¿Alguien propone limpiar las vías de puestos de venta de contrabando, que ocupan no solamente las aceras sino hasta la mitad de las calles? ¿Alguien ha propuesto salvar al rio Choqueyapu y sancionar a los que lo saturan de basura? ¿Alguien se ha comprometido a eliminar la maraña de cables que arruinan el paisaje urbano y controlar a las compañías que no retiran los cables inservibles?

Así como a nivel nacional estamos condenados con un gobierno de mentira, me temo que en los niveles departamentales y locales no tenemos tampoco esperanza.

(Publicado en Página Siete el sábado 20 de febrero de 2021)

 

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Tenemos un Cielo tan piadoso,
que nos envía el daño sin el remedio.
Pedro Calderón de la Barca

01 marzo 2021

Los Forqué en pandemia

Los organizadores de los Premios José María Forqué me invitaron de nuevo como jurado de la categoría “Largometrajes latinoamericanos”. No hay cambios de procedimiento con relación a ediciones anteriores, ya que el visionado y la votación se realizan a través de una plataforma virtual, pero hay diferencias en la calidad de las películas, ya que muchas se filmaron antes de la pandemia y se editaron durante el confinamiento.

Nuevo orden (México) de Michel Franco 

En 2020, solo cuatro fueron pre-seleccionadas en la categoría “Largometrajes latinoamericanos” por un jurado invisible que dejó a un lado filmes importantes como Chaco (Bolivia) o La llorona (Guatemala), para favorecer a dos largometrajes menos trascendentes, lo cual apunta a la necesidad de promover la industria, antes que la calidad de la expresión artística. La tensión entre el cine como espectáculo de distracción evasiva y como representación de la vida y de la historia, se agudiza cada vez más. No es imposible un equilibrio, como demuestran grandes obras, pero lamentablemente algunas apuestan solo al negocio.

Voté por la mejor de las cuatro películas en la recta final de la 26 Edición de los Premios Forqué: la mexicana Nuevo orden (2020) de Michel Franco, que podría describirse como una fábula descarnada sobre la política y la corrupción en América Latina. Esto lo escribí antes de que se conociera el resultado de la votación (en enero), y no me equivoqué, pues la película fue premiada. El relato avanza de manera vertiginosa a partir de las primeras escenas de tensa “normalidad”, donde se celebra el matrimonio de la hija de un ricachón en su lujosa mansión. De pronto se producen hechos que parecen salidos de una pesadilla diurna pero que no son otra cosa que la violencia social que toca a la puerta de quienes nunca la viven como víctimas: una insurrección popular deriva en un sistema político militarizado y corrupto, aún más cruel y sangriento porque se instala como una forma de vida permanente.

Nuevo orden (México) de Michel Franco 

Nuevo orden apabulla por cuanto que el terror que describe no es una ficción cinematográfica sino parte de la realidad cotidiana que no suele mostrarse a la luz de forma tan brutal, pero está en el sótano oscuro de la sociedad: corrupción, asaltos, torturas, asesinatos, chantajes y delaciones son los ingredientes de un caos social que permite al ejército instaurar una dictadura de terror. Los pocos personajes motivados por ideales de solidaridad y justicia son descartados a balazos sin mayor trámite. El toque de queda y la represión permite a los militares hacer jugosos negocios, a la manera de un cartel de narcotraficantes. El “nuevo orden” es un poder fáctico sombrío que controla todo sin piedad.

Uno de los niveles de lectura del film ahonda en las relaciones sociales y de interdependencia entre la burguesía corrupta y sus empleados, leales al extremo de dar su vida. En esa escala de clases sociales que conviven en frágil equilibrio hay ecos de Parásitos, la extraordinaria película de Bong Jong-ho, aunque sin profundizar, como hace la cinta coreana, en los niveles simbólicos.

El olvido que seremos (Colombia-España) de Fernando Trueba

Cerca de la película premiada está en mi preferencia la colombiana El olvido que seremos (2019) dirigida por el español Fernando Trueba y con el protagonista interpretado por el también español Javier Cámara. El filme se basa en el libro de Héctor Abad Faciolince, periodista, escritor y traductor colombiano, que narra la vida y el asesinato de su padre Héctor Abad Gómez, profesor universitario, médico y defensor de los derechos humanos, cuya muerte no ha sido completamente esclarecida, pero se atribuye a las autodefensas (paramilitares al servicio de grandes hacendados).

Hay dos protagonistas en El olvido que seremos: Abad Gómez, personaje amante de la verdad y de la vida, y su hijo, que narra desde su perspectiva de niño y joven la vida familiar con atisbos a la política de las décadas de 1970 y 1980. Durante la primera parte del filme la violencia parece ausente porque el adolescente no la ve o no la entiende. Por eso su entorno, como lo representa Trueba, es de vivos colores, un mundo Kodachrome que subraya la felicidad y armonía de la familia Abad-Faciolince. Pero cuando el joven regresa de estudiar en Italia y comienza a entender el drama de Colombia, las imágenes se tornan en blanco y negro, porque la tragedia de la violencia así lo determina. Hay en esas imágenes contrastadas una referencia a las fotos de prensa, a la crónica roja en blanco y negro, y a las magníficas fotos de Jesús Abad Colorado, cuya muestra tuve la suerte de ver en Bogotá.

El olvido que seremos (Colombia-España) de Fernando Trueba

El film evita la victimización a la que podría prestarse el drama. Por el contrario, muestra a un personaje cuyo compromiso social contagia entusiasmo y alegría. Consecuente con un comportamiento ético antes que una ideología política, Abad Gómez conoce los riesgos pero no está dispuesto a abandonar su labor social ni dejar de expresar públicamente lo que piensa. Asume sin amargura su expulsión de la universidad y los ataques verbales de la sociedad pacata y conservadora de Medellín, donde gobiernan finqueros que se apropian de las tierras de campesinos empobrecidos. Abad Gómez se rige por valores humanos y por la necesidad de cuestionar a una sociedad injusta y discriminadora. Su misión es “enseñar a pensar con libertad” porque “el mero conocimiento no es sabiduría”. Solo eso lo convierte en un marxista subversivo, “aunque nunca leí a Marx”, según confiesa en una entrevista. El filme de Trueba es importante no solo como testimonio del pasado sino del presente.

El robo del siglo (Argentina) de Ariel Winograd 

Sigue en mi lista El robo del siglo (2020) del argentino Ariel Winograd, con un título grandilocuente, diríamos “porteño”. Basado en hechos reales, empieza y termina con una tonada parecida a la de las películas de James Bond. Los asaltantes de un banco son pequeños trúhanes que no quieren hacerle daño a nadie, pero esperan hacerse suficientemente ricos como para vivir bien el resto de sus días.

El guion y los diálogos son precarios, se esfuerzan en afincar la tesis del ladrón bueno que roba a los ricos bajo la premisa atribuida a Bertolt Brecht (explicitada en una escena): “robar un banco es un delito, pero más delito es fundarlo”. Con eso, los Robin Hood de Winograd quedan perdonados de antemano para que el espectador simpatice con ellos. El filme le debe ideas a la saga de Ocean eleven, pero una cosa es la vocación comercial y otra la pretensión de llegar a las ligas mayores del cine, por mucho que quiera pisar las huellas de fortuna de La odisea de los giles (2019), cuyo trasfondo es más político. Este remedo no le aporta mucho al arte del cine, pero quizás a la industria.

Ni el risueño personaje que planea el robo, ni las peripecias familiares de los seis miembros del grupo, ni las torpezas que cometen, convencen, a pesar de las reiteradas referencias cinematográficas que quieren darle legitimidad de “buen cine” mostrando, al pasar, un afiche de Ciudadano Kane.

Agente topo (Chile) de Maite Alberdi

La cuarta película, la sobrevalorada Agente topo (2020) de la chilena Maite Alberdi podría ser el capítulo de un programa de televisión sobre la tercera edad, pero es inexplicable como candidata en un premio que busca calidad cinematográfica. Con la fachada de “documental”, muestra la vida en el interior de un asilo de ancianos donde uno de ellos actúa como “espía” (topo) para informar si son maltratados. La película sensibiliza sobre las condiciones de la vejez y de la soledad en el último tramo de la vida, y en un segundo nivel de lectura presenta una mirada sobre quienes saben que los están filmando desde la cuarta pared invisible que los involucra y exige un determinado comportamiento. Surge una cuestión ética: ¿sensibilización sobre la vejez o invasión impúdica de la privacidad? 

(Publicado en Página Siete el domingo 21 de febrero 2021)

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Un buen vino es como una buena película:
dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria;
es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas,
nace y renace en cada saboreador.
—Federico Fellini 

 

24 febrero 2021

La otra cara del viento

Orson Welles dejó huellas profundas en el arte desde muy joven y después de muerto. Tenía apenas 23 años cuando saltó a la fama con “La guerra de los mundos” de H.G. Welles, un programa radial que provocó olas de pánico en oyentes que de verdad creyeron que los marcianos estaban desembarcando en la tierra. Y apenas tres años más tarde, su primera película “Ciudadano Kane” se consagró hasta ahora como la más importante en la historia del cine.

A partir de allí, Welles podía hacer todo lo que quisiera, y lo hizo. Incluso, dejar incompleta una última película para que fuera conocida recién 35 años después de su muerte: “La otra cara del viento”, una obra extraña, armada con pedazos filmados por muchas cámaras diferentes para que parezca un reportaje improvisado, pero planificada de principio a fin como una sátira implacable.

A Welles siempre le fascinó el relato sobre la falsedad, consciente de que todo cineasta es un mentiroso, grande o pequeño. En plena guerra hizo “Todo es verdad” (1941), donde casi nada es verdad porque el film es una mezcla de imágenes documentales y escenas dramatizadas. Fue el perfecto Falstaff en el cine y en la vida real, como si Shakespeare hubiera creado para él ese personaje. Y en el documental filmado en España “F for fake” (“F de falso”) construye una suerte de homenaje a un gran falsario, Elmyr de Hory, capaz de engañar a los mayores expertos en arte con sus falsificaciones de obras de Picasso, Matisse, Modigliani y Renoir. Orson Welles se incluye en ese documental, como parte del ambiente donde la frontera entre la verdad y la mentira se ha borrado.

John Huston, Orson Welles y Peter Bogdanovich 

“La otra cara del viento” es una secuencia lógica de esa fascinación por la falsedad creativa. La película fue producida en complicidad con Oja Kodar, compañera de Welles durante los últimos 20 años de su vida, y Peter Bogdanovich, director que llevó el falso documental a buen puerto luego de 40 años de iniciar la aventura. El gran John Huston fue otro cómplice al encarnar el personaje de un director de cine caprichoso y dictatorial, que celebra su cumpleaños número 70 con una película a medio terminar, llena de escenas banales y con poco argumento, y luego de una noche larga y estresante muere en un accidente automovilístico (ciertamente suicida).

El film es una mina de oro para explorar. Tiene muchos niveles de lectura, muchos guiños cinéfilos y apariciones sorprendentes como las de Susan Strasberg, Norman Foster, Dennis Hopper, Claude Chabrol, Paul Mazursky, Henry Jaglom, Gregory Sierra, Lilli Palmer, Cameron Mitchell y tantos otros cómplices en una aventura con incierto futuro, cuyos nombres no dirán mucho a los que no saben de cine, pero harán las delicias de los cinéfilos. Gracias a Netflix, el film se estrenó en 2018.

Espectadores acostumbrados a la narrativa lineal de las producciones de Hollywood, abstenerse. Este es un film para los que quieren sentir energía estética usando al mismo tiempo su cerebro para no perderse los detalles.

Welles-Kodar-Bogdanovich-Huston son el cuarteto conductor de una gran burla sobre la verdad y la mentira en el cine, y de quienes lo viven delante y detrás de la cámara. La parábola está armada como una historia dentro de otra historia dentro de otra historia… varios niveles de construcción dramática, a la manera de “El manuscrito encontrado en Zaragoza”, otra obra referencial por su estructura gótica y laberíntica.

En el filme de Welles el director Jake Hannaford (John Huston) está a punto de terminar una película experimental, que en lo esencial narra la relación misteriosa entre una mujer muy bella de origen indígena (interpretada por la propia Oja Kodar), y un actor desconocido cuyo emblemático nombre (real) es Bob Random (“random” significa cualquiera, en este caso). La relación erótica entre ambos se desarrolla con planos fragmentados en sets cinematográficas abandonados, donde la falsedad de las fachadas se hace evidente.

Orson Welles y Oja Kodar 

La banalidad de la película-dentro-de-la-película contrasta con la trama que gira en torno al director esa noche de cumpleaños. Por una parte, angustiado por la desaparición del protagonista “John Dale”, con quien faltaba aún filmar algunas escenas, por otra, angustiado porque no tiene dinero para terminar el film y los productores le dan la espalda. Su viejo equipo de fieles asistentes lo acompaña, al igual que su “biógrafo” Brooks Otterlake (Bogdanovich) confidente con el que mantiene una relación tensa.

La fiesta que organiza en su casa para celebrar sus 70 años y el supuesto cierre de la filmación tiene un sabor agridulce: el director-estrella está rodeado de gente que lo conoce bien, tolera sus manías y lo quiere, pero también de estudiantes, periodistas y paparazzi que no lo dejan tranquilo y giran a su alrededor como moscas, con más de 20 cámaras curiosas. Este recurso plástico es fundamental en el film, ya que la suma de todas esas imágenes, ángulos y texturas permite editar un complejo collage en color y blanco y negro, con reflejos, contrastes y tonalidades muy diferentes, planos borrosos, saturados o muy cortos, una narrativa “amateur” que refuerza el falso testimonio con una riqueza que podía conseguirse con los formatos y calidades de película que se usaba en la década de 1970. Un rompecabezas para volver locos a los críticos y cinéfilos. Welles se divierte, ellos que interpreten.

Welles y Kodar 

Lo importante es que cada una de esas texturas es un punto de vista. El director, Hannaford, quiere conectarse con la juventud sicodélica de los años setenta, rodeado por adoradores incondicionales, por amigos de larga data que posan sobre él una mirada crítica, y por los que buscan sonsacarle algún dato todavía desconocido. El tejido es complejo, pletórico en referencias sobre el mundillo cruel de Hollywood, una suerte de venganza póstuma de Welles, que a su vez rinde homenaje a la creatividad del cine europeo de la nueva ola.

El director es un demiurgo que decide sobre la vida de los demás dentro y fuera de la pantalla. “Filmas grandes lugares y gente linda. Todas esas muchachas y muchachos. Los filmas hasta matarlos”, dice su voz en la última secuencia del film.

De más de cien horas filmadas, Welles y Bogdanovich dejaron este falso documental que quita la respiración por su ritmo y tensión narrativa. La mayoría de los actores falleció sin ver la película terminada. Hoy es como encontrar un tesoro tapiado en el muro de una casa en demolición. Es como el regalo de los secretos del gran Houdini, sellados durante 50 años después de su muerte.

Los nuevos cineastas convencidos de que hacen un cine “de ruptura” (cuando están apenas descubriendo lo básico del séptimo arte) deberían estudiar a fondo esta película de un viejo cineasta con espíritu joven, un rebelde que deja armada una bomba de tiempo antes de morir.  

Welles murió a los 70 años (mi edad) el 10 de octubre de 1985. Escribir sobre “La otra cara del viento” a los 35 años de su fallecimiento, es la mejor manera de recordarlo y reconocer lo mucho que uno aprende de los grandes genios.

(Publicado en Página Siete el domingo 1 de noviembre de 2020)

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Tener o no un final feliz depende
de dónde decidas detener la historia.
—Orson Welles

18 febrero 2021

La mirada de Gil

Cada vez que he ido a Sucre he tratado de visitar, en el Colegio Junín, los murales del Grupo Anteo, que Walter Solón Romero formó en 1950 aglutinando jóvenes artistas plásticos como Lorgio Vaca y los hermanos Jorge y Gil Imaná, además de varios poetas. El Colegio Junín era, y es todavía pero ya no como antes, el más emblemático de la ciudad blanca desde su fundación en 1621. Allí estudiaron y/o enseñaron escritores y artistas como Ricardo Mujía, Ricardo Jaimes Freyre, Carlos Medinaceli, Nicolás Ortiz Pacheco, Agar Peñaranda, Octavio Campero Echazú y Claudio Peñaranda, entre otros cuyos nombres dirán poco a los ignaros y mucho a los que cultivan un mínimo de cultura general.

Marcha a futuro (detalle), de Gil Imaná

De todas las visitas que hice a ese lugar emblemático, dos ocupan un lugar especial en mi memoria. En una oportunidad fui con el propio Walter Solón Romero, en un paseo hermoso que hicimos por la ciudad mientras él me mostraba toda la obra que había realizado allí (algo similar hice con Lorgio Vaca años después en Santa Cruz).

Siempre me embargó la emoción de ver esos murales pioneros, más aún debido a la amistad que mantuve durante tantos años con Walter, Lorgio y Gil. A Jorge Imaná lo conocí cuando vino a Bolivia en 2014, pero no cultivamos una amistad tan duradera porque falleció a principios de diciembre del mismo año en Estados Unidos (donde residía).

Por todo lo anterior, me dio un gusto enorme regresar al Colegio Junín el 26 de septiembre de 2019 para visitar una vez más los murales y constatar que —a diferencia de una visita anterior, cuando la Asamblea Constituyente ocupó torpemente el establecimiento para el trabajo de sus comisiones, en 2019 los salones donde se encuentran los murales del Grupo Anteo estaban bien cuidados, limpios y despejados de muebles. Habían sido restaurados, según me explicó el joven profesor de historia, quien supo apreciar el valor de lo que ese colegio representa y alberga.

La admiración de este profesor, dedicado y comprometido con la educación de sus estudiantes, por aquellos artistas que no conocía personalmente, me impulsó en el momento mismo de la visita, a hacer dos llamadas para que él pudiera saludar a Lorgio Vaca en Santa Cruz y a Gil Imaná en La Paz. Fue una ocasión inolvidable para él y también para mí, porque sorprendí a mis amigos Lorgio y Gil: “¿Adivina dónde estoy en este momento?” Y ante su respuesta perpleja: “Estoy frente a tu mural en el Colegio Junín de Sucre, y quiero que te salude el profesor de historia, quien es celoso guardián de tu obra”. Y así el profesor pudo saludar a ambos maestros.

Al regresar a La Paz visité a Gil Imaná. Solía ir a su casa con cierta frecuencia y lo hice hasta poco antes de la pandemia, para conversar de muchas cosas que nos motivaban a ambos. El país, el arte, la memoria de encuentros anteriores, nuestros amigos comunes, su trayectoria pictórica, o el origen de su ceguera, cuyo responsable tiene nombre y apellido…

De esas conversaciones, que muchas veces grabé y filmé, me queda bastante información para escribir sobre Gil y hacer un documental sobre él, pero sobre todo quiero recordar ahora dos cosas: su manera suave y pausada al hablar, y la extraordinaria precisión de su memoria. Quizás por la ceguera que lo había acorralado durante años progresivamente, Gil Imaná recuperó los archivos de todos los rincones de su memoria de una manera envidiable.

Nuestra amistad se remonta a muchas décadas, probablemente medio siglo cuando nos vimos en París a mediados de la década de 1970 o antes cuando yo lo iba a visitar al taller que tenía en el segundo piso de una casa patrimonial en la esquina de la calle Ayacucho y Potosí, frente a la oficina de correos. Esa casa fue destruida para levantar el palacio fálico del megalómano presidente Morales, un monumento a la fealdad y al autoritarismo. Menos mal que Gil ya no podía ver el resultado de tan ominosa destrucción del paisaje urbano del casco histórico 

Gil se parecía en su generosidad a otros grandes amigos pintores como los hermanos Gustavo y Raúl Lara, y Ricardo Pérez Alcalá. Cada vez que los visitaba o me visitaban, dejaban un recuerdo, un dibujo hecho sobre la marcha sin levantar la pluma (Gustavo), un desnudo (Raúl), varias caricaturas (Ricardo). 

Lo mismo sucedía con Gil Imaná, de quien conservo varios cariños de papel. Décadas atrás me regaló un anagrama con las primeras letras de mi nombre y apellido y me dibujó de perfil.  Otra vez me dio un librito de alasitas con los “Pensamientos chiquitos” de Ernesto Cavour, cuya portada y contraportada llevan sus dibujos. En una de las visitas en su casa de la calle Nardín Rivas, me regaló algo excepcional: uno de los dibujos que hizo de memoria, sin poder ver los trazos que realizaba porque su ceguera ya estaba muy avanzada. Se trata del perfil armonioso y sensual de una mujer desnuda. Atesoro ese presente que me dio el 19 de junio de 2016, fecha en la que estampó una dedicatoria guiando la pluma que llevaba en una mano, con el dedo índice de la otra: “Para Alfonso, intelectual ilustre, con admiración”. 

A principios de julio de 2014, junto a Matilde Casazola, Ernesto Cavour, Alberto Villalpando, David Mondacca, Norma Merlo, David Santalla, Erasmo Zarzuela, Gil Imaná, Alfredo La Placa, Lorgio Vaca y Quico Arnal, entre otros, tuve el honor de recibir del Ministerio de Educación el título oficial de Maestro de las Artes, un reconocimiento que tiene mayor valor para mi por la lista de recipientes, todos ellos grandes creadores en distintas disciplinas (música, artes plásticas, cine, teatro…) y amigos de muchos años. Lamento no tener más que una fotografía de aquella circunstancia tan especial. 

No enumeraré las exposiciones y los viajes de Gil e Inés a lo largo de la rica vida que compartieron desde el arte y hacia el mundo, pero quiero mencionar su última retrospectiva en el Museo Nacional de Arte, que abrió sus puertas el 30 de agosto de 2019 y se mantuvo hasta el 31 de diciembre, cuando el coronavirus ya se había desatado en Wuhan. Es decir, dos meses antes de que nuestras vidas cambiaran para siempre.

Lo que me importa retener de esa gran muestra, es que además de ser un último homenaje a Gil y a Inés, fue la ocasión propicia para anunciar oficialmente la donación de todos sus bienes artísticos al museo que llevará sus nombres, y que será instalado en la casa que poseen en la Avenida 20 de Octubre, esquina con la calle Aspiazu. Me consta el desprendimiento de Gil y la generosidad con que tomó esa decisión. Estuve varias veces en su casa mientras técnicos del Ministerio de Culturas catalogaban una por una no solamente la obra de ambos artistas, sino otras magníficas piezas que habían acumulado a lo largo de su vida.

La donación que hicieron a la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB) es inmensa. El inventario realizado incluye 6.553 piezas, entre las cuales destacan 3.948 dibujos, 1.048 obras de pintura, 244 en platería, 226 en metal, 136 esculturas, 248 grabados, 372 trabajos en cerámica, 181 piezas de joyería, 92 fotografías, 100 textiles, 162 objetos arqueológicos de su colección privada. El valor cultural y económico de esa donación es incalculable. Solo espero que la Fundación Cultural, convertida (como nunca antes) en botín político, cumpla con su parte del compromiso. Estaremos pendientes, no quitaremos el dedo del renglón, por si se les “olvida”.

Gil vivió en gran soledad durante sus últimos años. Las visitas que recibía eran raras. Nunca me topé con otros amigos en su casa. A veces nos sentábamos en la sala y a veces en su dormitorio, para conversar. En la mañana del 28 de enero recibí la noticia de su muerte. Lo había llamado semanas antes pero ya no podía contestar el teléfono. No pudimos despedirnos. Puta pandemia.

Otra amistad de medio siglo se cierra como el pesado telón de un antiguo teatro. Esta vez le tocó a Gil Imaná, uno de los últimos grandes artistas plásticos de su generación.

(Publicado en Página Siete el domingo 7 de febrero 2021) 

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A veces hay que estropear un poquito el cuadro
para poder terminarlo.
—Eugène Delacroix

15 febrero 2021

Cero en conducta

El bochornoso inicio de clases muestra las consecuencias de la desidia de Arce Catacora, el ex ministro de Finanzas que durante 14 años (10 de bonanza económica) negó a la educación el presupuesto vital necesario para mejorar la calidad de la enseñanza. Tampoco se puede esperar mucho del actual ministro del ramo, cuya ortografía es tan exótica como su manera de vestir.  

El “plan” educativo del gobierno es no tener plan. Bastó una semana para darnos cuenta de la pobreza de la propuesta semipresencial y virtual. Otro año lectivo perdido: el primero porque la pandemia nos tomó de sorpresa y el segundo por incapacidad. Las clases por televisión son lamentables, plagadas de errores que provocan burlas en las redes virtuales.

El satélite Tupaj Katari, que hizo lloriquear a García Linera, sirvió para que en todos los rincones del país se viera al "jefazo" jugando fútbol y dando rodillazos, presumiendo el Nº 10 en la camiseta. No sirvió para que en áreas rurales hubiera internet ni para mejorar la inclusión. El gobierno que más dinero tuvo en la historia de Bolivia, fue el que menos asignó a la educación.

Sin embargo, bastaría que los genios del ministerio aprendan a copiar de otros países. Hagan “chanchullo”, no importa, pero copien bien. Hay buenas experiencias.

Plagien el Plan Ceibal, que pone en manos de cada niño uruguayo una computadora, pero no en las condiciones canallas de Evo Morales, cuyo gobierno distribuyó 220 mil computadoras a un costo de 410 US$ (con foto del “jefazo” como si fuera regalo de su bolsillo), insuficientes para 968 mil estudiantes de secundaria, y no fue capaz de generar contenidos de calidad, ni crear un sistema integral. Hubo denuncias sobre computadoras deshuesadas para vender las partes, ya que su tiempo de vida era muy corto debido a la baja calidad del producto. La empresa Quipus, otro elefante azul del MAS, solo pudo ensamblar 10 mil computadoras en 2019.

Ahora veamos el Plan Ceibal, que tuve la suerte de visitar. Desde 2017 cubrió a la totalidad de escuelas públicas de Uruguay, a un costo de 100 US$ por computadora (y sin la foto de Tabaré Vásquez).  Se entregó en propiedad una laptop a cada niño y a cada profesor, para que trabajen en sus casas. El plan incluye conectividad gratuita en todas las escuelas, bibliotecas y plazas públicas. El sistema MESH garantiza la conexión en red a través de otras computadoras.

El Plan Ceibal es más: creación continua de contenidos de calidad diseñados para educación a distancia, capacitación de maestros, sistema de consultas, programas de televisión y un sistema de apoyo técnico y reparaciones gratuitas. La computadora XO es una joya de tecnología educativa, resultado de la creatividad del matemático sudafricano Seymour Papert y de Nicholas Negroponte, científico de origen griego, ambos del MIT. Viene cargada con programas para escribir textos, realizar operaciones de diseño de imágenes y tablas, animaciones interactivas, tomar fotografías, filmar y editar, acceder a autores nacionales en la biblioteca virtual, conocer la geografía de Uruguay, navegar en internet, descargar juegos y música, chatear y enviar mensajes, o crear mapas mentales para el aprendizaje.

Sólo una visión de largo plazo y una política honesta puede explicar el éxito obtenido en la mejora de la calidad educativa en Uruguay. A diferencia de Bolivia, Uruguay no anda destruyendo bosques ni envenenando ríos con la minería salvaje, pero se ha convertido en pocos años en país exportador de software para todo el mundo. Su principal capital: una educación de calidad.

En la primaria y secundaria tuve excelentes profesores, cuando educar era una misión. Varios fueron y son amigos: Oscar Rivera Rodas, Pedro Shimose, Carlos Rosso y Carlos Coello, además de Mary Imm y Tony Fantillo (canadienses), que no enseñaban “cosas”, sino a pensar.

Nuestros mayores estudiaron en prestigiosos colegios fiscales como el Ayacucho, el Bolívar, el Díaz Villamil, el Liceo de Señoritas Venezuela. Si bien era un privilegio estudiar en un colegio privado, el pensamiento educativo en la educación pública tenía destacados maestros y de gran nobleza: Guido Villagómez, Hugo Dávila, Heriberto Guillén, Humberto Quezada, Elodia de Lijerón, Delia Gambarte, Etelvina Villanueva, Félix Eguino Zaballa, Néstor Peñaranda, Ernesto Aliaga y, por supuesto, Avelino Siñani y Elizardo Pérez.

Hoy, muchos profesores no saben escribir; entraron como remplazos y se anclaron con ítems vitalicios. Cuando a fines del siglo pasado la Reforma Educativa propuso exámenes y cursos de actualización, los maestros hicieron huelgas, para que no se les viera las orejas de burro. El régimen del MAS “abolió” la Reforma y en 14 años se negó a aplicar la prueba PISA, porque pondría en evidencia la baja calidad educativa. La pésima ortografía que muestra en las redes la generación que se educó en ese periodo, es una prueba clara del abandono.

(Publicado en Página Siete el sábado 6 de febrero de 2021)

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El maestro que intenta enseñar
sin inspirar en el alumno el deseo de aprender
está tratando de forjar un hierro frío.
—Horace Mann