06 mayo 2020

Contando muertos

 Estoy convencido de que la estadística es una de las ciencias menos exactas. Está hecha de caucho: puede doblarse en todos los sentidos. 

He seguido con un estrés que no me atrevo a ocultar, la evolución de la pandemia de coronavirus a través de todos los canales de información documental y estadística que he podido encontrar. Al principio tuve un comportamiento obsesivo: cada hora revisaba el incremento de casos y fatalidades en el mundo. Además, guardé cada día los cuadros estadísticos de Worldometers (lo que más se aproxima a cifras creíbles), para comparar la pandemia en países con mayor y menor población, y sobre todo con políticas públicas diferentes.

A lo largo de dos meses me quedó claro que los países cuyos dirigentes se rieron de la pandemia calificándola como una “gripita” (Bolsonaro, López Obrador, Trump, Boris Johnson, etc) fueron los que en pocas semanas mostraron las más graves consecuencias. Por fortuna los servicios de salud y la población de esos países no hizo caso a sus irresponsables mandatarios. 

Es obvio que no tiene sentido comparar cifras absolutas, sino cifras relativas a la población y al periodo de incubación del virus. En cifras relativas, nos sorprendería saber que los Estados con más contagios con relación a su población son los más pequeños: San Marino, El Vaticano, Andorra, o Islandia. En cifras relativas de fallecidos, los mismos países aparecían en lo alto de la lista, pero ahora Italia, Reino Unido y España les pisan los talones. 

Pero las estadísticas son mentirosas. En países de reducida población es más fácil registrar los casos y llevar una estadística completa. Algo que hemos aprendido es que los países con mayor población solo han reportado casos “confirmados” de muertes hospitalarias. Es decir: no entran en la estadística miles que mueren en su casa de enfermedades pulmonares o cardiacas atribuibles al COVID-19, pero no tomadas en cuenta porque no fueron confirmadas por pruebas virales. 

Los Estados que más pruebas de COVID-19 han realizado con relación a su población, son las Islas Faroe, los Emiratos Árabes, Gibraltar, Islandia, San Marino, Estonia, Brunei, Malta… Y entre los de mayor población: Italia, Alemania y España, con más de 30 mil pruebas por millón de habitantes. Bolivia figura en la lista de la vergüenza: solo ha realizado 496 pruebas por millón, y está por debajo de todos los demás países de América del Sur, incluso debajo de Suriname y Guyana. 

Ecuador es un ejemplo escandaloso, porque el país reconoce oficialmente solo 1.063 muertes, pero en dos semanas de abril fallecieron 6.700 mil solo en la provincia de Guayas, víctimas de “enfermedades respiratorias” que el gobierno no quiso sumar a las cifras oficiales de fallecidos por COVID-19. Los cadáveres se acumulaban en calles de Guayaquil, pero no en las estadísticas oficiales. 

Para poner al desnudo las trampas estadísticas detrás de las que se escudan los gobiernos, la Red de Epidemiólogos EuroMOMO, así como los prestigiosos New York Times y The Economist, están midiendo el “exceso de muertes”, es decir: comparando el número de muertes totales de un país en el periodo del coronavirus, con las muertes totales de años anteriores. El resultado es escalofriante, porque el incremento en algunos países llega a 350%. 

Desde marzo hay informes de especialistas en cuidados intensivos y autopsias que indican que la neumonía -tratada con respiradores mecánicos- no es la única causa de muerte, sino múltiples microtrombosis letales para cualquier órgano, no solo para los pulmones. Contrariamente a las directivas todavía vigentes, se pueden tratar muchos casos con anticoagulantes y antiinflamatorios. 

Una lectura “de comprensión” de las estadísticas, demuestra que no hay solo un indicador válido, pero las pruebas de COVID-19 son fundamentales. No resulta extraño que los países que figuraban con más casos y una tasa mayor de mortalidad, fueran aquellos que realizaron más pruebas de COVID-19. Los otros, simplemente escondieron en el closet a los muertos, colocándoles etiquetas tramposas: “enfermedad pulmonar”, “embolia”, “trombosis múltiple”, “infarto”, y otras. De pronto, a todos se les ocurrió morirse al mismo tiempo. Bochornoso. 

(Publicado en Página Siete el sábado 2 de mayo 2020)  
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La estadística es una ciencia que demuestra que
si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno,
los dos tenemos uno.
—George Bernard Shaw


20 abril 2020

La mancuerna MAS-CIDH

 Estoy tentado de incluir esta ironía como anécdota en el libro de Ripley porque “aunque usted no lo crea”, nunca se había visto antes una mancuerna tan perversa entre la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que depende de la OEA, y un partido político de un país de la región: el Movimiento al Socialismo (MAS), que gobernó Bolivia durante 14 años dejando el saldo lamentable que conocemos. 


Hay una explicación para todo, y es que Paulo Abrão, que funge como Secretario Ejecutivo de la CIDH, le debe toda su carrera profesional a los gobiernos del llamado “socialismo del Siglo XX”, que en paz descanse. Abrão era un joven ambicioso (ya no es joven, pero sigue siendo ambicioso) que se unió al Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil para obtener sus primeros cargos. 

Aunque suele esconder la fecha de su nacimiento en su hoja de vida pública, no había terminado todavía su doctorado en Derecho cuando asumió el cargo de presidente de la Comisión de Amnistía de Brasil, en 2007. El año 2011 fue nombrado por el gobierno de Dilma Rousseff, Secretario Nacional de Justicia en Brasil, cargo que ejerció solo hasta 2014 cuando se presentó la oportunidad de dar un salto al cargo de Secretario Ejecutivo del Instituto del Instituto de Políticas Públicas en Derechos Humanos (IPPDH) del Mercosur, en 2015, con apoyo de los gobiernos de Cristina Kirchner, Nicolás Maduro y José Mujica. 


Apenas duró un año en ese cargo, porque con su habitual estilo de trampolín logró el apoyo de la región para ser nombrado, en julio del 2016, Secretario Ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Desde allí, ha hecho todo menos cumplir con los criterios que supuestamente fundamentaron su nombramiento: “independencia y autoridad moral”. 

Es importante conocer la trayectoria de Abrão porque la CIDH no funciona como un organismo independiente sino como una célula partidaria donde Abrão toma las decisiones, a veces en apenas un par de horas, sin consultar con nadie. 


Así como nunca respondió al requerimiento de instituciones bolivianas que preguntaron a la CIDH si la “reelección indefinida” de Evo Morales era un “derecho humano”, en cambio tardó menos de dos horas en dictar medidas cautelares contra el gobierno de la presidenta Añez cuando, en los difíciles días de los ataques violentos en Senkata, decretó que el ejército estaba autorizado para poner orden. Ese corto lapso de tiempo indica que los miembros de la CIDH ni siquiera se reunieron. 

La CIDH de Abrão ha manejado con mala leche su relación con Bolivia. Mientras estuvo el gobierno del MAS en el poder, no objetó para nada las constantes violaciones de derechos humanos, ni dio paso a investigaciones pendientes sobre los hechos en El Porvenir, el Hotel Las Américas, Panduro, Challapata, La Calancha, Caranavi, Chaparina, los esposos Andrade, el ingeniero Bakovic, Analí Huaycho, Jacob Ostreicher, y tantos otros. 


En cambio, ha trabajado en mancuerna con funcionarios del MAS (senadores, exministros, Defensora del Pueblo, etc.) contra el gobierno de transición de la presidenta Añez, repartiendo como pasankalla medidas cautelares, por cualquier motivo o sin motivo, siempre en defensa del MAS y del sistemático sabotaje de Evo Morales desde su exilio voluntario. 

La gota que derrama el vaso es el informe que publicó recientemente la CIDH, malicioso y sesgado, que no menciona las acciones terroristas que realiza el partido de Evo Morales para sabotear el proceso democrático, pero tergiversa las medidas del gobierno boliviano para mantener la paz en el país con miras a elecciones libres, más aun en tiempos en que los bolivianos enfrentan la pandemia del coronavirus con un sistema de salud desmantelado, heredado del gobierno del MAS. 


El informe de Paulo Abrão mereció en días pasados una respuesta contundente y documentada del gobierno boliviano —a través del Embajador ante la OEA, Jaime Aparicio— donde en seis apretadas páginas se desmonta el accionar de la CIDH, aunque sin referirse explícitamente a quien maneja a esa instancia como si fuera su changarro. Lo hago ahora, para que quede claro. 

La respuesta del Embajador Aparicio, sumada a tantos reclamos anteriores de instituciones bolivianas defensoras de derechos humanos, partidos políticos, abogados y personas naturales, debería bastar para que los países miembros de la OEA retiren su confianza al ambicioso Abrão, por haber parcializado a la CIDH contra Bolivia. No vaya a ser que, con su trampolín a cuestas, ya esté preparando el próximo salto de su ambiciosa carrera poco profesional. 

(Publicado en Página Siete el sábado 18 de abril 2020)
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Quien calla una palabra es su dueño;
quien la pronuncia, su esclavo.
—Karl Kraus

31 marzo 2020

Mi festival francés

(Con motivo de la pandemia de coronavirus y la cuarentena en una docena de países, se ha abierto nuevamente la posibilidad de ver películas en MyFrench Film Festival Stay Home Edition). 

Más de 70 mil películas de largo metraje se producen cada año en el mundo para distribución comercial, un promedio de 200 cada día, sin contar con una suma aún mayor de documentales, cortometrajes y películas independientes que nunca llegan a las salas de cine ni a la televisión. 

Los países de mayor producción son bien conocidos: India (Bollywood) produce cerca de 1300 largometrajes por año, Estados Unidos (Hollywood y otros), aproximadamente 800 filmes, en Nigeria (Nollywood) no se producía nada cuando yo viví allá a principios de la década de 1990, pero ahora se ha convertido en la máquina de hacer cine africano, con más de 1000 películas por año. China está por encima de 600 filmes, Japón cerca de 500, y cada país europeo suma a todo lo anterior entre 200 y 300 largometrajes anuales. 

En América Latina la producción ha crecido notablemente por las mismas razones que en otras regiones del mundo: más de 500 largometrajes al año porque el cine ya no es solo una expresión de los autores, sino una industria que da mucho dinero. Esto se debe a que hay mejores posibilidades técnicas de hacer filmes gracias a la tecnología digital, más fondos de ayuda a la producción, mayor número de “consumidores” de productos audiovisuales, y una expansión notable de los espacios de exhibición: la gran pantalla de las salas de cine compite con la caja boba de la televisión (ahora plana y estilizada) y con plataformas como YouTube, Vimeo, y tantas otras que pueden ser accedidas desde una computadora o un teléfono celular. 

Los festivales de cine se han multiplicado también en décadas recientes. Además de los más conocidos de Europa (Venecia, Cannes, Berlín, San Sebastián) y los más notorios en América Latina (Cartagena, La Habana, Guadalajara), hay tantos otros, que en una misma semana del año se suman 70 festivales en el mundo, es decir, diez veces más que días del año. De ese modo, si un cineasta independiente es hábil para mover su obra, hasta por cálculo de probabilidades puede obtener algún premio en algún rincón del planeta. Es más, cada festival otorga generalmente una docena de distinciones a la mejor película, al mejor director, a la mejor fotografía, etc.


Abordaré ahora un festival que no tiene lugar en un país concreto, sino en “la nube”, es decir en el espacio virtual de internet. Es un festival competitivo, pero sobre todo una plataforma inteligente para promover el cine de un país, Francia. Se trata de “My French Film Festival”, al que se puede tener acceso a través de un código que permite ver en línea películas francesas de años recientes. No se muestran allí las producciones que han tenido una carrera comercial importante, pero sí aquellas obras que merecen un mayor reconocimiento por su calidad artística. 

Cada año el enlace que permite acceder a “My French Film Festival” ofrece una selección de alrededor de 40 largometrajes argumentales, documentales y cortometrajes interesantes, todos ellos con subtítulos en varios idiomas. No he tenido tiempo de ver todos, pero quiero comentar algunos que me han impresionado por su calidad temática y formal. Voy a referirme a ellos en orden de preferencia, sin ánimo de desestimar otros que no alcancé a ver. 

Les confins du monde (2018) de Guillaume Nicloux
La película que más me gustó fue “Les confins du monde” (2018) de Guillaume Nicloux, una historia situada durante la ocupación francesa en Indochina, en 1945. El soldado Robert Tassen (Gaspard Ulliel) sobrevive a una masacre en la que muere su hermano, y jura vengarse del responsable. Todo el film es una aventura de sobrevivencia en la selva y de tensiones que se crean en las relaciones del protagonista con quienes lo rodean, entre ellos un curioso personaje, Saintonge, interpretado por un Gérard  Dépardieu cada vez más gordo y menos interesante como actor. 

La ambientación del filme es extraordinaria, porque combina la belleza natural de la península (que hoy comparten Vietnam, Camboya y Laos), con la crudeza de una guerra de ocupación que no sólo se reduce al juego mortífero de matar y morir, sino que involucra relaciones humanas conflictivas con la población local: amor, odio, traición, poder, prostitución, decadencia, etc. Aunque el punto de vista del realizador es el del protagonista francés, no se puede obviar la posición de la población invadida, la resistencia de los vietnamitas, sus argucias para lidiar con los franceses por la fuerza o con engaño. Es un film sumamente interesante, desconocido en América Latina. 

Exfiltrés (2018) de Emmanuel Hamon 
También se relaciona a la guerra, el largometraje “Exfiltrés” (2018) de Emmanuel Hamon, conocido por el título en inglés “Escape from Raqqa”. El argumento se basa en una historia real: en 2015, durante la guerra en Siria, Faustine, la esposa de Sylvain, un enfermero francés, lo abandona en París sin confesarle que se dirige con el hijo 5 años de edad a Raqqa para unirse al tenebroso ejército islamista de ISIS (o Daesh), que tiene su base fuerte en esa ciudad. 

Muy pronto, Faustine se da cuenta en el problema que se ha metido por su conversión al islamismo. Se encuentra atrapada en un grupo de fanáticos donde la mujer no tiene ningún otro derecho que el de servir a los hombres. También descubre que el discurso de los más fanáticos está lleno de hipocresía, y que el islamismo no es sino una máscara para cometer abusos de todo tipo. 

Encerrada, sin comunicación con el exterior, maltratada y con su vida y la de su hijo en riesgo de muerte, logra pedir auxilio a su esposo. Dos amigos activistas que trabajan en organizaciones humanitarias, montan una arriesgada operación de extracción clandestina de Faustine y su hijo Noah a través de la frontera con Turquía. La tensión narrativa sin respiro muestra el absurdo de la guerra y la complejidad política de la situación más allá de la religión: el mapa de medio oriente afectado por los intereses económicos occidentales, tanto de Estados Unidos y Europa, como de Rusia. 

Les hirondelles de Kaboul (2018) de Breitman y Gobbé-Mévellec
Me gustó mucho, tanto como las anteriores, “Les hirondelles de Kaboul” (2018) de Zabou Breitman y Eléa Gobbé-Mévellec, basada en la novela “Las golondrinas de Kabul” (2009) del escritor argelino Yasmina Khadra, que tuve la fortuna de leer hace años gracias a Raúl Teixidó, mi “proveedor” de lecturas especiales. 

Lo que maravilla en esta película es que está realizada en animación, con una calidad de dibujo y movimiento sorprendente, al extremo de que el espectador olvida por momentos que los personajes no son reales. La animación es siempre un desafío extraordinario, y en este caso aún más porque se trata de reflejar una situación de guerra que transcurre en la capital de Afganistán, una ciudad destruida por los enfrentamientos bélicos contra los talibanes que dominaban el país en 1998. 

Una joven pareja, formada por Zunaira (artista plástica) y Mohsen (historiador), lleva la narración a lo largo del filme, para mostrar un ambiente de fanatismo donde las expresiones individuales son reprimidas, donde el arte, los libros, y la información en general son prohibidas en virtud de creencias religiosas extremistas. Las escuelas y bibliotecas han sido cerradas, y la educación se reduce a clases ofrecidas clandestinamente por profesores que arriesgan su vida para hacerlo. Los libros se intercambian en secreto como si se tratara de armas o droga. Las ejecuciones públicas, la lapidación de mujeres condenadas por cualquier hecho, son cosa de todos los días y se realizan frente a niños que se acostumbran así a la crueldad de quienes dominan invocando a un dios sin misericordia. 

Les fauves (2018) de Vincent Mariette 
La concepción visual del filme es magnífica, e incluye escenas retrospectivas que muestran cómo era la sociedad antes de la guerra y la ocupación de los talibanes. Una obra magnífica. 

No alcanza el espacio para hablar de otro largometraje interesante, “Les fauves” (2018) de Vincent Mariette, con la actuación de Lily-Rose Depp (hija de Johnny Depp y Vanessa Paradis), una historia de relaciones conflictivas, suspenso y muerte en un campamento de vacaciones en Francia. 

Varios cortometrajes me dejaron con ganas de ver más de este festival virtual: “Le chant d’Ahmed” (2018) de Foued Mansour, “Gronde marmaille” (2018) de Clementine Carrié, “La traction des pôles” (2018) de Marine Levéel, y “Pile poil” (2018) de Lauriane Escaffre, Yvonnick Muller, entre otras. 

(Publicado en Página Siete el domingo 15 de marzo de 2020)
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Un filme es una cosa viva. No soy de los directores que se atienen a lo que hay escrito.
Mis películas cambian enormemente durante el rodaje.
—François Truffaut




27 marzo 2020

Espinal

 Solamente vivió 12 años en Bolivia, pero 40 años después de su muerte el legado de Luis Espinal no deja de crecer. Tenía apenas 35 años cuando llegó a nuestro país el 6 de agosto de 1968, y 47 cuando fue secuestrado, torturado y asesinado, por haberse convertido en el emblema del periodismo independiente y combativo. 

Desde las páginas del semanario Aquí Lucho nos dio a un grupo de periodistas jóvenes la oportunidad de decir lo que pensábamos sobre el país y de luchar contra los afanes golpistas, contra la corrupción y contra el abuso de poder. 

Fue nuestra escuela no solo de periodismo, sino nuestra escuela de ética. Bajo su dirección y gozando el privilegio de su amistad, nos sentíamos seguros de que era correcto lo que hacíamos, de que valía la pena arriesgarlo todo para decir la verdad y revelar lo que los medios de información excesivamente cautos no se atrevían a publicar. 

Nunca retrocedimos ante el peligro, ni cuando nos pusieron una bomba en las oficinas a principios de 1980, ni cuando asesinaron a Lucho durante la noche del 21 al 22 de marzo de ese mismo año. Seguimos con el trabajo mientras se pudo, imprimiendo el semanario en una imprenta clandestina, con el apoyo de miembros de la Asamblea de Aquí que hacían el enorme trabajo de plegar los ejemplares durante la madrugada y distribuirlos. Erick de Waseige y Amparo Carvajal, entre muchos otros, fueron pilares en esas etapas difíciles que vivimos hasta el golpe artero del General García Meza el 17 de julio de 1980. 

El tiempo nos juega con frecuencia triquiñuelas. Llevo 40 años recordando aquella noche fatídica, cuatro décadas recordando el profundo compromiso con Bolivia de ese joven cura español que eligió nuestro país como destino final. El tiempo se comprime cuando uno ha vivido los hechos de cerca. Para otros, parece un pasado remoto. Para nosotros, algo que todavía tenemos a flor de piel, como si hubiera sucedido hace muy poco tiempo. 

A pesar del trágico desenlace que tuvo la vida de Luis Espinal, yo conservo sobre todo gratos recuerdos de su amistad. No nos unía solamente el compromiso en el semanario Aquí, sino también el cine. En buena medida él me impulsó para ir a estudiar cine a Europa y fue gracias a los primeros cursillos sobre cine que dio en La Paz que yo empecé a escribir regularmente sobre cine como lo sigo haciendo hasta ahora. 

Creamos junto a Pedro Susz, Julio de la Vega y Carlos Mesa una Asociación de Críticos de Cine de Bolivia (CRIBO) de corta duración, pero nuestras recomendaciones sobre películas se publicaban en el semanario Aquí. Lucho y yo participamos junto a Oscar “Cacho” Soria en la escritura de los primeros guiones de “Chuquiago” de Antonio Eguino. Luis escribió la historia de “Isico” y yo la de “Patricia”. 

Solía visitarlo en su casa en Miraflores para tomarnos un whisky mientras me mostraba sus tallados de madera y hablábamos de cine, nuestra pasión común. Bolivia le quedaba chica en ese sentido, por eso sentía el deber de ejercer como pedagogo del cine, ya sea en la Universidad Mayor de San Andrés (donde daba su clase justo antes que yo), en sus cursillos, en colegios y a través de su colección de pequeños libros de cine que ahora se reeditarán con un prólogo que me ha pedido escribir la Editorial Don Bosco. 

Durante cuatro décadas he escrito dos libros e infinidad de artículos sobre Luis Espinal. Cada vez que visito la tumba de mi padre en el Cementerio General de La Paz, dejo un clavel en el nicho de Lucho. Nunca le faltan flores frescas. 

Lucho está presente en mi vida cotidiana y en mis decisiones. Siento su presencia constantemente. Cada vez que miro nuestro país me pregunto cuál sería su comentario sobre la situación social y sobre los personajes de nuestra política. Imagino que al igual que Xavier Albó y que tantos otros, se hubiera decepcionado de un “proceso de cambio” corrupto y mentiroso, que ha vaciado al país de sus recursos naturales y ha endeudado a varias generaciones futuras. 

No lo dudo, Lucho estaría otra vez luchando en la trinchera de la verdad y de la ética, contra la impostura y el oportunismo. 

(Publicado en Página Siete el sábado 21 de marzo 2020)
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La lucidez con que hemos pensado jugarnos la vida en algún momento,
me trae un instante de suprema serenidad:
la vida es para esto, para gastarla... por lo demás.
Luis Espinal
 

22 marzo 2020

El mundo al revés

Dibujo de Abecor 
 En esta campaña electoral donde el MAS parece seguir manejando tanto dinero como antes, el eje del discurso parece anclarse en supuestos éxitos económicos de sus 14 años de desgobierno, cuando la realidad claramente demuestra todo lo contrario. 

Estamos viviendo la ficción del mundo al revés: el partido de Evo Morales reclama lauros que precisamente fueron la causa del descalabro económico, social, político y cultural que dejó como legado luego de 14 años de administración corrupta e ineficiente. 

El candidato masista, quiere aparecer ahora como un genio de las finanzas y quizás lo era pero en reversa: transformó la riqueza más grande acumulada por Bolivia en toda su historia republicana, en una estrategia económica prebendal que no generó empleo (el 67% de la población boliviana es informal y “autoempleada”), contribuyó a destruir la industria nacional, a quebrar empresas estatales mal concebidas, y malgastar en elefantes blancos que hoy se cubren de maleza. 

Arce Catacora, candidato de Evo Morales
Rey Midas al revés, Arce Catacora, que era un oscuro y mediocre funcionario durante los gobierno neoliberales, convirtió el oro en dolo, poniendo las arcas del Estado a servicio de los caprichos de un presidente megalómano y narcisista. 

Ni en periodos de dictaduras militares se gobernó tanto por decreto, aún con mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa Plurinacional y en todos los poderes del Estado. Miles de contratos sin licitación pública favorecieron el enriquecimiento de empresas fantasma que generalmente se creaban con la seguridad de que iban a obtener esos contratos, empresas que luego subcontrataban a otras porque no tenían capacidad de ejecutar obras. Las empresas “accidentales” crecieron en número y desaparecieron cuando ya no obtenían contratos mediados por la corrupción. 

Dibujo de Abecor 
Los sobreprecios y las coimas eran cosa “normal” en las obras contratadas por el Estado a empresas privadas a las que no supervisaba. De ahí las carreteras, los puentes, las escuelas, los aeropuertos, los edificios y conjuntos de vivienda social, y las mega-obras mal concebidas, mal ejecutadas y mal localizadas, que hoy son monumentos a la ineficiencia y a la corrupción. 

Una auditoria de las obras del gobierno del MAS, una por una, terminaría rápidamente con el discurso de supuestos éxitos. Bastaría tomar una docena de ejemplos emblemáticos para demostrar que los recursos de los bolivianos fueron malversados, como lo hemos denunciado en esta columna a lo largo de muchos años. 

Dibujo de Abecor 
El asalto al Fondo Indígena, la corrupción en YPFB con Santos Ramírez y otros pillos, la compra de aviones y helicópteros, de autos de lujo blindados, los desfalcos en el Banco Unión, el caso Quiborax, las barcazas chinas, la minería ilegal, el contrabando de oro y de todo, el narcotráfico como negocio floreciente y el masivo lavado de dólares ilícitos en el “boom” de la construcción… todo lo anterior constituye la verdadera esencia del “milagro económico” que reclama el candidato del gobierno depredador de Evo Morales. 

Depredador de la madre tierra al constituirse en campeón mundial de la deforestación per cápita, además de los 8 millones de hectáreas calcinadas en la Chiquitanía, el gobierno engañó sobre todo en el exterior a quienes creyeron en el discurso del presidente supuestamente indígena que agitaba con falsedad la bandera de la pachamama, mientras autorizaba por decreto la explotación y exploración minera y gasífera en parques nacionales y reservas indígenas. 

Dibujo de Abecor 
Además de las obras grotescas como el Palacio de Evo detrás del antiguo Palacio Quemado en la Plaza Murillo, del museo de Orinoca a la gloria del autócrata, está el malgasto del satélite Tupaj Katari cuya inversión jamás podrá ser recuperada durante su vida útil, la quiebra de Enatex, Papelbol, Quipus, San Buenaventura, Cartonbol, y otras “empresas estatales” truchas que desde su nacimiento tenían el virus de la corrupción. 

Es tan grande la dimensión de la corrupción durante el gobierno de Evo Morales, que el próximo gobierno que triunfe en las elecciones bolivianas deberá tomar como primera medida un acuerdo para constituir en Bolivia una misión especial de Naciones Unidas contra la corrupción, como se hizo en Guatemala con la CICIG, la Comisión Internacional contra la Impunidad de Guatemala. Con urgencia necesitamos una comisión similar en Bolivia.

(Publicado en Página Siete el sábado 7 de marzo 2020) 
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Muchos de ellos, por complacer a tiranos, por un puñado de monedas,
o por cohecho o soborno están traicionando
y derramando la sangre de sus hermanos.
—Emiliano Zapata