13 junio 2021

Pensar la obra de Sanjinés

Lo que sigue es una adaptación resumida del prólogo que escribí para el libro de David Wood sobre Jorge Sanjinés, publicado en 2017 luego de años de investigación.  

Pocos estudios se han atrevido a abordar la obra de Jorge Sanjinés en Bolivia, por varias razones, entre ellas por la propia personalidad del cineasta y las pocas oportunidades de ver su cine. Las nuevas generaciones no conocen el cine de uno de los mayores autores del nuevo cine latinoamericano. Me ha tocado hablar en Bolivia en auditorios con varios centenares de estudiantes de comunicación que nunca habían visto Ukamau, Yawar Mallku, El coraje del Pueblo o La nación clandestina, para no citar sino algunas de las más emblemáticas.  

Las dificultades para ver el cine de Sanjinés y para escribir sobre él las ha salvado David Wood a lo largo de varios años de paciente investigación. Wood es un estudioso nacido en Inglaterra y radicado en México, cuyos trabajos destacan por el rigor metodológico, el exhaustivo acopio de información y una aguda capacidad de análisis. Su trabajo sobre Sanjinés pone en relieve esas tres virtudes del estudioso que no ha abordado desde lejos la cinematografía de uno de los más importantes cineastas bolivianos, sino que se ha tomado el trabajo de llegar a Bolivia al menos en tres ocasiones (2003, 2008 y 2014), de empaparse del contexto y de revisar en la Cinemateca Boliviana muchas horas de material fílmico.   

Como todo investigador que se respeta y que respeta el ámbito que investiga, David ha invertido mucha energía y tiempo en este proceso. Desde septiembre de 2008, cuando coincidimos en México, me ha hecho parte de su aventura de pensar el cine de Jorge Sanjinés, compartiendo el proceso de investigación y las versiones sucesivas de este libro estructurado en cinco capítulos y un epílogo abierto, a través de los cuales reconstruye de modo analítico la trayectoria excepcional, diversa y a veces contradictoria del cineasta boliviano.  

El recorrido de David Wood es profundo en la medida en que no se limita a las películas, sino también a las ideas expresadas por Sanjinés en sus textos de reflexión sobre la visión de “autor” cinematográfico en el sentido europeo, que Sanjinés rechaza enfáticamente, aunque cada vez más se afirma en los hechos como tal. En todas sus películas su ideología y su visión plástica como realizador se impone de manera contundente.  

Para desarrollar su análisis tomando en cuenta el contexto personal de Sanjinés, Wood se remonta a fines de la década de 1950 cuando el cineasta boliviano todavía en borrador transita por los estudios de filosofía y por los impulsos literarios hasta decidirse definitivamente por el cine, aunque sus primeros cortometrajes producidos en el marco del aprendizaje del cine en Chile, no se han conservado.  

La emergencia del cineasta boliviano no se explicaría sin el movimiento del nuevo cine latinoamericano que inician los cineastas brasileños (Nelson Pereira dos Santos), cubanos (Tomás Gutiérrez Alea, Julio García Espinosa) y argentinos a fines de la década de 1950 y en los primeros años de 1960. A ellos se sumarían rápidamente desde 1964 cortometrajes de Mario Handler (Uruguay), Raúl Ruiz (Chile), y del propio Jorge Sanjinés, entre otros muchos que le darían cuerpo al nuevo cine latinoamericano.  

No solamente de ese contexto imprescindible se ocupa David Wood sino también de la trayectoria del cine boliviano que intersectó Sanjinés al comenzar a trabajar en Bolivia, muy particularmente el cine pionero de Jorge Ruiz, que es su precedente más inmediato tanto por sus preocupaciones sociales, como por una estética donde la ficción de enriquece con una mirada documental sobre la realidad a través de la participación de actores naturales.  

En el plano de la teoría Wood subraya en los primeros escritos de Sanjinés las lecturas de teóricos europeos, para mostrar que desde el inicio de su actividad el cineasta optó por desarrollar su propia reflexión sobre la estética y la política del quehacer cinematográfico.  

Película tras película, David Wood se enfrasca en un análisis meticuloso de los argumentos, la estética, el impacto político social y la crítica que en su momento o más tarde se acercó a cada una de las obras, sin dejar a un lado las anécdotas y testimonios narrados por quienes vivieron de cerca cada etapa. Sin complacencia y con mucha integridad intelectual el estudioso de la trayectoria de Sanjinés esboza un panorama de luces y sombras.  Esta es una obra de análisis crítico, según demuestra en cada página.  

Jorge Sanjinés y Beatriz Palacios 

En el octavo piso de la vida Jorge Sanjinés no ha dejado de dirigir cine. A partir de Insurgentes su cercanía con el gobierno de Evo Morales le ha permitido montar proyectos cinematográficos ambiciosos con apoyo oficial. El largometraje más reciente estrenado, Juana Azurduy, guerrillera de la patria grande aborda un episodio histórico fundamental en la creación del Estado republicano.  

Para David Wood el desafío continúa porque analizar el conjunto de la obra de un cineasta cuya actividad no ha culminado podría entrañar el riesgo de dejarse llevar por los acontecimientos políticos y sociales más recientes, sin tomar la distancia critica y analítica necesaria en un trabajo tan abarcador como este.   

La garantía de que esto no suceda es el rigor científico del investigador que se aproxima a la realidad sin prejuicios, con compromiso pero también con distancia, con el único propósito de contribuir en la creación de nuevo conocimiento que permita a las nuevas generaciones recuperar la memoria tantas veces extraviada.  

(Publicado en Página Siete el domingo 2 de mayo 2021)  

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El cine nunca es arte.
Es un trabajo de artesanía, de primer orden a veces,
de segundo o tercero lo más.
—Luchino Visconti 

07 junio 2021

Vacunados de espanto

Titulares: “La tercera ola supera dos picos previos”, “UTI están saturadas”, “Caos hospitalario y crisis funeraria”, “La cepa brasileña mata en dos o tres días”, “No solo enferman ancianos sino jóvenes y niños”, “Médicos trabajan sin percibir salarios”, “Siete regiones sin oxígeno”, “Sin distanciamiento en aviones y flotas”…. 

Arce Catacora empezó cojeando y echándole la culpa al empedrado. Eso escribí el 12 de diciembre en el artículo titulado “El cojo”. Han pasado casi seis meses y Arce sigue obrando como si viviera en un mundo paralelo donde los zalameros que lo rodean lo aíslan de las noticias bolivianas.  

Antes de las elecciones subnacionales chantajeó a la ciudadanía: no les daría vacunas si no votaban por el MAS. Hizo contratos con cláusula secreta para que no conozcamos el precio, como si el costo saliera de su bolsillo. El presidente “de todos los bolivianos” convertido en un vulgar propagandista del MAS. Igual perdió porque el dedazo no se lo tragó nadie. Ni el MAS.  

Como Arce está desesperado por fabricar una imagen propia que sea distinta a la del cacique mayor, aumentó el presupuesto de propaganda en lugar de comprar vacunas a tiempo. Ahora que ya están llegando, el dinero de “comunicación” es malgastado en enaltecer la figura del presidente más gris de nuestra historia —ese rellenito guitarrista anónimo, en lugar de utilizarse en mensajes educativos que promuevan la salud y la urgencia de vacunarse. Cada vez que llega un lote, está el presidente para la foto con el puño en alto, como si las vacunas las pagara el MAS. El uso de recursos del Estado para seguir en campaña proselitista es indignante.  

Arce esperó hasta el 24 de mayo para vacunarse: qué ejemplar mandatario, qué liderazgo. En la foto le están midiendo la saturación y la presión, cosas a las que los comunes mortales de este país no tienen derecho. Además, escogió una vacuna segura, en lugar de someterse a la vacuna china Sinopharm (la de menor efectividad), que él ha recetado para la mayoría de los bolivianos y que no ha sido aprobada ni por la Agencia Europea de Medicamentos, ni por la FDA de Estados Unidos. Del vicepresidente, nada se sabe, seguramente tiene un chuño en el bolsillo para cualquier emergencia.  

Bolivia es el país más retrasado de la región en identificar las nuevas variantes de coronavirus, pero Arce sigue levantando un puño triunfante. Sin plan para contener el virus, el gobierno central deja la responsabilidad a los gobernadores y estos a los alcaldes. Como resultado, tan solo el 10% (1.185.725) de los bolivianos recibieron una dosis de vacuna, y menos del 3% las dos dosis. El gobierno menciona una “población meta” de 7 millones, pero somos 11 millones y ahora sabemos que en la tercera ola mueren también jóvenes y niños. El único que no lo sabe, es Arce.  

Mientras se apilan los cadáveres en depósitos insalubres porque los crematorios ya no dan abasto, y la gente se muerte por falta de oxígeno y medicinas indicadas para el Covid, el gobierno hace conferencias de prensa diciendo que no falta nada, que todo anda bien.  

Algunos alcaldes toman medidas para contener la tercera ola, pero el alcalde de La Paz, de quien se esperaba más, retrasa la toma de decisiones porque quiere complacer a transportistas y a gremiales, con los que pactó para llegar donde está. El COED solo prohíbe las fiestas en lugares públicos y el expendio de alcohol desde las 10 de la noche durante una semana, lo cual no sirve para nada. Son medidas timoratas en un momento de emergencia. A pesar del aumento diario de contagios y de muertes, El Negro Arias se hace el sueco y dice que confía en el “autocuidado” ciudadano. ¿Cree que los minibuseros y vendedores de la calle respetan medidas de distanciamiento y bioseguridad? Háganos reír un poco más, alcalde.  

Hay muertos, hay llanto, hay pobreza, hay desesperación, pero nada de esto parece afectar a las autoridades nacionales y locales, que no toman las decisiones que deben tomar. Pontifican sobre el “equilibrio” necesario entre la economía y la salud, y dicen que sin trabajo la gente “se muere de hambre”. Lo que no entienden es que si la gente se enferma no habrá quien pueda trabajar. Desde ya, vean las instituciones públicas: en los ministerios la mitad de los funcionarios está con contagio, no hay quien atienda.   

(Publicado en Página Siete el sábado 29 de mayo de 2021)

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Le pareció que la fuga del tiempo se había detenido, como un encanto roto. El torbellino se había hecho en los últimos tiempos cada vez más intenso, y después repentinamente nada, el mundo se estancaba en horizontal apatía y los relojes corrían inútilmente.

—Dino Buzzati 

03 junio 2021

Peter Beard, fotógrafo de la belleza salvaje

Peter Beard ©AlfonsoGumucio

Peter Beard apareció muerto en un bosque de Nueva York, luego de 19 días de estar desaparecido. Era famoso por sus fotografías de la vida salvaje en África, y de hermosas mujeres para revistas de moda. Tenía 82 años de edad cuando falleció el 19 de abril de 2020. La familia dijo: "Murió donde vivió: en la naturaleza”.  

Ha pasado un año desde entonces. Ya estábamos en plena pandemia cuando me enteré de su muerte a través de unas pocas líneas que encontré por casualidad en una búsqueda de internet durante mi confinamiento colombiano. La muerte de Peter Beard me impactó por la manera como ocurrió y porque lo conocí en París el año 1996. Atesoro uno de sus libros de fotografía, que me dedicó no solamente con una felicitación por la Navidad que se aproximaba, sino con el dibujo que hizo rápidamente de una palmera y un elefante, y nada menos que su huella digital impresa sobre el dibujo. Todavía vivía en Kenia, pues añadió a la dedicatoria su dirección postal.  

Su cuerpo fue hallado en un bosque cercano a su residencia en la localidad de Montauk, en el extremo oriente de Long Island, a tres horas de Manhattan. Aunque en ese momento el jefe de la policía de East Hampton, Christopher Anderson, dijo que no se había determinado aún la causa del fallecimiento, y no descartó ni un suicidio ni un acto criminal, pero luego se supo que murió probablemente de un ataque cardiaco mientras se extraviaba voluntariamente en el bosque, como lo había hecho tantas veces anteriormente.  

Aunque en los últimos años de su vida sufrió de demencia senil, yo lo conocí lúcido, en el apogeo de su carrera, cuando le llovían reconocimientos y el Museo Nacional de la Fotografía, en París, montó una retrospectiva de su obra: “Carnets Africains”. Era una persona encantadora, de esas que combinan en su trayectoria la pasión por el arte y por la aventura. También era consciente del mito que había labrado a lo largo de varias décadas, de modo que cuando le hice algunos retratos adoptaba las poses adecuadas. Tenía entonces 58 años de edad, pero seguía siendo un hombre sumamente apuesto, de rasgos finos y una sonrisa encantadora. Diez años después de nuestro encuentro, la editorial de libros de arte Taschen le dedicó una monumental monografía de 616 páginas, consagrándolo definitivamente. Esa edición que es un ítem de coleccionista, cuesta ahora 12 500 dólares. La cuarta edición, de 2020, cuenta con 770 páginas de fotografías.  

Nacido el 22 de enero de 1938 en una familia acomodada de Manhattan, gozó de una educación de alto nivel pues se graduó en la Universidad de Yale en 1961, donde tuvo como compañeros de estudio al artista Josef Albers y a Vincent Scully, experto en historia del arte. Hizo su primer viaje a África cuando tenía 17 años y al terminar sus estudios universitarios, viajó a Dinamarca donde fotografió a Karen Blixen, la autora de la novela Out of Africa que tuvo un impacto en su carrera como fotógrafo. Años después compró en Kenia 18 hectáreas (que bautizó como Hog Ranch), que colindaban con la plantación de café en la que la escritora danesa había vivido durante su estadía en África. El escritor Bob Colacello lo describió como “medio Tarzán, medio Byron”, y otros lo comparaban con Casanova o Hemingway, porque tenía un poco de todos ellos: aventurero, poeta de la imagen y seductor de mujeres bellas.  

Beard obtuvo reconocimiento internacional por sus fotos de la vida salvaje en África, donde trabajó durante décadas mientras vivía en un campamento en Kenia, donde aprendió a hablar Swahili. Tuvo varios accidentes a raíz de su pasión por fotografiar de cerca a los animales. Un elefante lo atropelló partiéndole la pelvis en cinco.  

Parte de su obra fotográfica africana se publicó en el libro The End of the Game (1965) cuyo título tiene un doble sentido, ya que “game” significa al mismo tiempo “juego” y “cacería”. Defensor de los animales y de la naturaleza, en las fotos seleccionadas para su libro mostraba la belleza de África, pero también la tragedia de sus especies en peligro de extinción, especialmente el elefante, como el que dibujó rápidamente en la dedicatoria de otro libro.  

Sus fotografías y más de un centenar de diarios con fotos, recortes, manchas, etiquetas de productos, insectos y objetos incrustados, son obras de arte con las que hizo la crónica de la destrucción de los bosques, de los humedales y de las sabanas, así como la muerte de miles de elefantes y otros animales que llamaban hogar a esos hábitats. “Lo que más me sorprende”, dijo alguna vez, “es que estamos tan dispuestos a perder cosas que nunca podremos recuperar; más aún, parecemos empeñados en nuestra propia destrucción. Es fascinante “.  

Beard se mantuvo en parte a través de encargos para revistas como Vogue, tomando fotos de Naomi Sims en la espalda de un cocodrilo y de Veruschka von Lehndorff atando a un rinoceronte. Fotografió a los Rolling Stones de gira y solía consumir cocaína con Keith Richards.  

En la última etapa de su vida artística, realizaba complejos foto-montajes en los que a veces incluía recortes de periódicos y su propia sangre para subrayar la violencia. Le interesaba mucho la pintura, y compartía esa afición con su vecino de Montauk el cineasta y pintor Julian Schnabel, quien a su muerte pintó seis cuadros en memoria de Beard.

Era un bon vivant que durante muchos años frecuentó a personajes del jet set internacional, como Andy Warhol, Jonas Mekas, Francis Bacon, Truman Capote, Salvador Dalí o los Rolling Stones. No solo fotografiaba animales salvajes, sino mujeres bellas. Estuvo casado con la modelo Cheryl Tiegs y tuvo romances con varias otras mujeres, como Lee Radziwill, la hermana de Jacqueline Kennedy, a raíz de su trabajo como fotógrafo para las revistas de moda: “lo último que queda en la naturaleza es la belleza de las mujeres”, dijo alguna vez.  

En la naturaleza vivió y murió. “Tenía la esperanza de que nunca lo encontraran”, dijo en una entrevista su sobrino Alex Beard. “Ese habría sido el epitafio perfecto”.   

(Publicado en Página Siete el domingo 18 de abril de 2021)

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La fotografía es un secreto de un secreto.
Cuanto más te dice, menos sabes.
—Diane Arbus 


 

28 mayo 2021

Como si nada

Este país no tiene remedio. Estamos ingresando a la tercera ola de contagios de coronavirus, esta vez con las nuevas cepas que vienen de Brasil. El mapa lo muestra clarito: crecen los contagios en Santa Cruz, luego en Cochabamba y después en La Paz. Tres semanas antes, menos de mil, y el viernes 14 de mayo 2.356 casos y 64 fallecidos, el doble que la semana anterior. Para los demás departamentos fuera del “eje” será cuestión de días. Esas son las cifras oficiales, porque de los contagios no reportados y de los entierros clandestinos no sabemos.  

Las Unidades de Cuidado Intensivo (UTI) de Santa Cruz y Cochabamba al 100% de su capacidad, y La Paz al 80%. Los trabajadores de salud no dan abasto y las sirenas de ambulancias se escuchan en las ciudades de día y de noche, frente a una ciudadanía indiferente e indolente.  

Salí a trotar un domingo en la sur de La Paz, con barbijo puesto y gel en el bolsillo. Fui por la Costanera y el sendero que lleva al parque Bartolina Sisa, con la esperanza de encontrar poca gente en el camino, pero no fue así: todo parecía “normal” como si en “este país tan solo en su agonía” (Vásquez Méndez) no pasara nada y no hubiera coronavirus.  

Ni al gobierno (nacional y municipal), ni a los ciudadanos parece importarles un comino esta situación. La indolencia es generalizada.  

Canchas de fútbol como en tiempos normales, con jugadores intercambiando gotas de saliva como si nada. Es obvio que en deportes de contacto no se puede mantener distancia, por eso en países donde hay gobiernos responsables, están cerrados los espacios deportivos.  

Hacia Aranjuez me crucé a las 10:20 de la mañana con Samuel Doria Medina y tres acompañantes: ninguno de ellos llevaba barbijo. Bonito ejemplo para la población. Quizás él y su entorno ya estaban vacunados (incluso antes de tiempo), pero si leyeran un poco sabrían que, aunque uno esté vacunado, debe continuar usando barbijo.  

Me crucé con otro ciudadano no mayor de 40 años con la cara descubierta. Le grité que se ponga barbijo, pero se dio la vuelta y me hizo una seña de que ya estaba vacunado. ¿Cómo? Claro, por las irregularidades y la falta de organización en los servicios de vacunación. No quiero usar la palabra “campaña” porque lo que correspondería es: caos.  

Ese tipo, al igual que Doria Medina, entran en la categoría de “egoístas”. Solo piensan en ellos, no en los demás. No se dan cuenta de que, en primer lugar, ninguna vacuna ofrece una protección de 100%, y en segundo lugar, si bien los vacunados no se enfermarán, igual pueden ser portadores y transmisores del virus a personas que no están vacunadas.  

Esa “normalidad” me espantó. Tanto el parque Bartolina Sisa como el de Las Cholas estaban abiertos y las familias llegaban por montones, como si nada. Llegan, comen, juegan, se olvidan de los barbijos y del distanciamiento social, y se contagian. Son los que llevan el coronavirus a sus casas, donde los abuelos se cuidan, pero de nada sirve porque su progenie los contagia y los mata).  

Luego, todos lloriquean en la puerta de los hospitales, pidiendo cupo para sus abuelos, padres o hermanos. Se oyen lastimeros “¡Ay!, pobrecita mi abuela, se ha muerto. ¿Por qué tenía que tocarle a ella, si ni siquiera salía de la casa?”, dicen los culpables. “¡Qué mala suerte tuvo!”, como si no supiéramos que el virus entra solamente por tres lugares: boca, nariz y ojos. La gente se olvida siempre de los ojos, saluda con los nudillos de la mano y luego se restriegan los párpados.  

Las nuevas cepas de Brasil contagian rápidamente también a los más jóvenes, incluso niños, pero el gobierno no tiene planes para vacunarlos. Solamente vacunará a los mayores de 18 años. Su meta no supera los 7.167.789 de bolivianos (pero somos más de 11 millones). En lugar de tocar guitarra y hacerse propaganda, Arce debería leer más informaciones científicas.  

La irresponsabilidad y la desidia comienza con el gobierno central, que no tiene estrategia de ninguna clase y con los gobiernos municipales que permiten que la “normalidad” suceda antes de resolver el problema. Son indolentes. Viva la pepa. Como si nada.  

(Publicado en Página Siete el sábado 15 de mayo de 2021)

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La idiotez es una enfermedad extraordinaria,
no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás.
—Voltaire  

22 mayo 2021

Esperando a Robert Capa

Cuando comencé a leer “Waiting for Robert Capa”, la novela de Susana Fortes que me envió Raúl Teixidó, me fascinó el lenguaje poético y la sonoridad que hace tiempo no había encontrado en una novela en inglés.  Entonces hice algo que no suelo hacer: mirar la contratapa para saber más sobre la autora. Así supe que es española y me entró la duda: ¿por qué mi proveedor habitual de buenas lecturas, me envió desde Cataluña un libro en inglés de una autora de lengua castellana? Aventuro una hipótesis: la traducción de Adriana V. López es tan buena, que (colijo) preserva la riqueza de la versión original y brilla en inglés sin quitarle un ápice de placer a la lectura.  

No podía sino interesarme una novela que habla de la vida de dos personajes históricos maravillosos: Robert Capa y Gerda Taro, la pareja que cruzó las trincheras de la guerra de España dejando miles de fotografías emblemáticas. Gerda murió en la contienda contra el fascismo, y Capa años después, en 1954 cerca de Hanoi, en otra guerra que transformó el mundo.  

Quien no conozca un poco de historia no disfrutará la novela en toda su dimensión, pero quien tenga las referencias mínimas, gozará la recreación de personajes entrañables, esta pareja enamorada, que amó la justicia y la libertad al extremo de ofrendar sus vidas. Es el retrato, también, de una especie valiente en proceso de extinción: los reporteros de guerra. Y es que las guerras ya no son lo que eran, y como dice Fortes en el epílogo, la de España fue “la última guerra romántica”, la última donde todavía se podía elegir el bando.  

Gerda Taro 

Hay biografías de estos personajes, pero la novela añade el relato de la intimidad imaginada. A través de Gerda, Fortes se remonta al origen mismo de la emigrante judía Gerta Pohorylle y del húngaro André Friedmann, que en pocos pero intensos años se convertirán en Gerda Taro y Robert Capa. La primera parte sitúa a ambos en París de 1935, un año fundamental y una ciudad clave, porque frente al ascenso del nazismo en Alemania, la ciudad luz recibe el reflujo de miles de inmigrantes judíos y gitanos, comunistas o anarquistas, escritores, artistas, periodistas, fotógrafos que encuentran refugio en Francia antes de la ocupación nazi. La pareja de Gerta y André alterna con Picasso, Man Ray, Cartier-Bresson, Aragon, Breton, Buñuel, Hemingway, Matisse o Walter Benjamin, para no citar sino a algunos que pululan por los famosos cafés de Saint Germain: La Coupole, Café de Flore, Le Dome o Les Deux Magots.  

Gerda fotografiada por Robert Capa 

Aún cuando los tambores de guerra se escuchan muy cercanos, la bohemia parisina tiene un encanto creativo y una vitalidad que marca la época. El placer de la novela radica no solo en la capacidad de tejer las relaciones afectivas de los personajes detrás de sus figuras de pedestal, sino en el acierto de darle vida cotidiana a una ciudad que se convierte en el ombligo de Europa. Son estupendas las escenas que muestran la solidaridad entre nómadas sin país, la amistad y el respeto que contrastan con la intolerancia creciente en los países de los que huyen. Comunistas, surrealistas o libertarios sobreviven unidos contra el fascismo con la seguridad de que su papel en la historia con gran hache los hará trascender. Para quien ha vivido París como una ciudad íntima, recorrer las calles o visitar los cafés cargados de historia deviene un placer memorioso adicional. Es como el doble disfrute de “Rayuela” de Cortázar cuando se lee la novela en París.  

La ficción tiene esa ventaja sobre la historia pura y dura: añade la dimensión humana, las pasiones amorosas y las desventuras, las contradicciones y los conflictos, las pulsiones personales y las circunstancias que las conectan a los grandes movimientos históricos. Estos personajes de carne y hueso son los hacedores colectivos de la historia fundacional que transmiten los libros.  

Robert Capa 

Como las buenas novelas basadas en hechos reales, esta es el resultado de una investigación meticulosa que se enriquece con la mención de lugares y momentos específicos. Los 24 breves capítulos son escenas de una película que se desarrolla frente a nuestros ojos. Los detalles le otorgan verosimilitud a la ficción, sin que por ello abunden y saturen la lectura.  

El estallido de la Guerra de España cambia la línea de la vida de los personajes que de manera tan entrañable describe Susana Fortes. Unidos por el amor y la amistad, Taro y Capa asumen sus nuevas identidades para la nueva y definitiva etapa de sus vidas. Eran tiempos en que no era difícil procurarse una nueva identidad y papeles. Hasta el recibo de un restaurante podía servir para atravesar fronteras sin levantar sospechas.  

Para los intelectuales revolucionarios en Francia, las noticias de los levantamientos fascistas en España evocaban las imágenes de los cuadros negros de Goya, según anota Gerda al enterarse de los fusilamientos sumarios en Sevilla, Valladolid y Navarra. Mientras la guerra civil se desarrolla en España con injerencia directa de Alemania e Italia, la Europa “democrática” —Francia en primer lugar, pero también Inglaterra, se mantiene al margen como si no sucediera nada. Pagará las consecuencias unos años más tarde porque España, en ese momento, era el bastión de la resistencia mundial en la lucha por la libertad y la democracia.  

Gerda Taro 

Obreros, intelectuales, inmigrantes y refugiados de toda Europa, comunistas o libertarios, se unen a las brigadas internacionales para luchar por España. Es la solidaridad de los pueblos por encima de los intereses de los países. En Madrid, en la casona de la Alianza Antifascista de Intelectuales, se cruzan Rafael Alberti, Miguel Hernández, Luis Cernuda, Pablo Neruda, León Felipe y César Vallejo. En medio de esa lucha están las relaciones entre Gerda y Capa, un amor basado en la independencia de ambos y el respeto por las decisiones de cada uno, y la amistad de oro con David “Chin” Seymour.  

Las descripciones de la guerra retienen el aliento, en especial cuando se trata del bombardeo de Guernica, población indefensa reducida a cenizas en tres horas por los aviones Junker 52 y Hinkel 51 de Hitler, que descargan más de 3 mil bombas de aluminio y 550 incendiarias, más la metralla “sobre todo lo que se movía”. Capa siente que la fotografía fija no es suficiente para describir la tragedia, y comienza a filmar con una pequeña Eyemo.  Algo sustancial en el relato es la reconstrucción que hace Gerda de la foto más emblemática de Robert Capa, una imagen que le produjo un “profundo odio por su ocupación y quizás por sí mismo”. En el cerro Muriano, el 5 de septiembre de 1936 a las 5 de la tarde, Capa fotografía la caída del miliciano de Alcoy que lo haría famoso. No fue una instantánea sino un ensayo que terminó trágicamente con un ataque sorpresivo. “Todos los fotógrafos detestan las imágenes que los persiguen como fantasmas por el resto de sus vidas…”  

El domingo 25 de junio de 1937 Gerda escribe en su diario: “Cuando pienso en toda la gente extraordinaria asesinada en el curso de esta guerra, parece que de una u otra manera es injusto permanecer aun viva”.  Esa misma tarde sería aplastada por un tanque T-26 y moriría un mes después. Tenía 26 años.  

(Publicado en Página Siete el domingo 11 de abril de 2021)

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Si tus fotografías no son lo suficientemente buenas
es porque no estás lo suficientemente cerca.
—Robert Capa