28 noviembre 2022

Para seguir caminando

(Publicado en el suplemento Ideas de Página Siete el domingo 2 de octubre de 2022)

 Dicen que lo bueno viene siempre en envases pequeños. Es el caso de “Un cafetal del tamaño de Bolivia y su relación con el turismo y las ciudades intermedias” (2022) de Carlos Hugo Molina que, a pesar de la grandilocuencia de su título, es un ensayo destilado gota a gota.

 La obra publicada por el Centro para la Participación y el Desarrollo Humano Sostenible (CEPAD), con apoyo de la Fundación Solydes, Aexcid y Acodam, cuenta con apenas 104 páginas, pero su contenido es inmenso: toda una propuesta de futuro para Bolivia, con aroma de café.

 En esta época en que muchos como yo se sienten sumidos en la depresión por la situación de desesperanza que vive el país en su caída libre hacia la nada, el optimismo recalcitrante de Carlos Hugo señala un horizonte posible, en el que se conjugan de manera sintética y propositiva tres ejes principales que nos devuelven algo de energía.

 El autor viene trabajando desde hace varios años en estos ejes, cultivando como una mata de café en sombra la filosofía que sustenta su pensamiento, tejiendo un entramado de ideas que hacen de la propuesta algo posible y plausible en una situación de democracia y de compromiso con Bolivia. Una democracia que todavía no hemos reconquistado de manos del autoritarismo y la injusticia.

 Los tres ejes centrales, como surcos que confluyen, son el turismo, las ciudades intermedias y el café. Tres propuestas que se conjugan como las piezas finales de un rompecabezas que completa un panorama de desarrollo con sentido humano, con racionalidad y con pasión.

 Muchos países viven enteramente de la industria sin chimeneas, pero Bolivia carece de la infraestructura y de la educación necesarias para atender adecuadamente a los turistas, porque no nos damos cuenta de su importancia y despreciamos no solamente a los extranjeros sino a los propios bolivianos que quisieran conocer mejor el territorio. Seguimos encuevados en un chauvinismo provinciano y un resentimiento social acumulado que no nos ayuda.

 Me tocó ver hace años en Potosí cómo un grupo de jóvenes escupía las espaldas de una pareja de turistas que transitaba con mochilas por nuestra emblemática ciudad colonial. Ese escupitajo de desprecio, lanzado con aire de triunfalismo, se quedó grabado en mi memoria como una expresión de barbarie. De alguna manera eso nos define en el tema del turismo.

 “El turismo es un acto de reconocimiento de nuestro territorio, ligado a la autoestima” escribe Carlos Hugo, y también al respeto a la diferencia, además de lo que representa como cadena de valor para a economía.

 Por eso es tan absurdo que la violencia “esa parte obscura de nuestra conducta colectiva”, sea predominante en los conflictos, antes que el diálogo o la reflexión. ¿Cómo pues vamos a desarrollar el turismo con escupitajos, con chauvinismo y una ignorancia lamentable que lleva a quemar los hermosos domos que había en el salar de Uyuni?

 Cuatro mil millones de dólares podrían entrar al país si existiera una política pública seria sobre el turismo, pero hasta ahora lo que hay son pequeñas iniciativas privadas que deben enfrentarse a las rivalidades locales, los celos y el avasallamiento, esa forma naturalizada de obtener cosas que pertenecen a otros.

 El eje de las ciudades intermedias me fascina en particular, porque es innovador y sintetiza todo lo que hemos aprendido o debemos aprender sobre un futuro mejor para todos. Creo que muy pocos bolivianos tienen conciencia de su importancia. Es un fenómeno internacional: el espacio rural se ha ido vaciando en el último medio siglo, mientras la marginalidad urbana crece como un cáncer que envenena el agua y el aire, y produce basura que no podemos reciclar.

 Las ciudades intermedias son una alternativa atractiva, sobre todo después de la pandemia que nos enseñó a trabajar a distancia, a convivir más con la familia, a cuidar la salud y el medio ambiente. Una mejor calidad de vida en armonía con la naturaleza es posible si se cuenta con los servicios públicos indispensables descentralizados y en línea. La vida en ciudades intermedias nos ofrece la posibilidad de redimirnos, de enmendar el desastre creado durante un siglo de estupidez colectiva. Las relaciones humanas se benefician y también la productividad. La megalomanía del centralismo a ultranza no ha hecho sino crecer los cordones de miseria en las grandes ciudades.

 El tercer eje, el café, es un sueño todavía, pero como demuestra la obra de Carlos Hugo, no es un sueño imposible. Requiere por supuesto de una condición: abandonar la mentalidad “minera” que se extiende incluso sobre la agricultura, es decir, el extractivismo salvaje.

 Carlos Hugo aborda la cultura del café no solamente desde la raíz etimológica de la palabra “cultura”, que significa cultivar (por asociación: cultivar la tierra), sino también en términos sociológicos, subrayando la importancia de cultivar las relaciones sociales, es decir, fortalecer el sentido de comunidad entre personas que habitan un mismo espacio territorial.

 La dimensión de sembrar y cosechar que propone en el libro no es la de empresas que lo hacen de manera mecánica y ajena a la condición de la tierra, sino de familias que usan sus manos en el proceso productivo. El planteamiento coincide con aquello que la FAO promueve como política pública y que no ha tenido eco en los gobiernos del MAS: la agricultura familiar en armonía con el medio ambiente, para generar empleo local y frenar la migración desesperada hacia los grandes centros urbanos.

 Cuando Carlos Hugo usa la palabra “café”, se refiere al símbolo de una cadena de valor sustentable que incluye la castaña, la almendra, los arándanos y otros productos que pueden asociarse al cultivo del café. Concuerda con lo que mi padre llamaba la “mentalidad minera” en la agricultura, de quienes exigen a la tierra beneficios inmediatos, aunque no sean sostenibles.

 Contra el discurso ideológico de odio y confrontación que ha promovido el MAS durante más de tres lustros, Carlos H. Molina nos habla de un país unido, que se reconoce mestizo desde las trincheras de la Guerra del Chaco, donde comenzó a construirse un sentido común de ciudadanía y convivencia.

 Este libro no es un ensayo formal que describe en detalle la propuesta, sino una bitácora del proceso que ha seguido el propio autor, una colcha de retazos con ideas, información estadística, testimonios y un entramado de sueños.

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La fortuna llovida del cielo corrompe y arruina. Es común la idea falsa de que la agricultura y la industria exigen para desenvolverse fuertes capitales. Lo contrario es lo cierto. Lo que dura y prospera y perdura es lo que nació humildemente y se fue nutriendo de su propia sustancia.
—Rafael Barrett 
 

25 noviembre 2022

Robo chico y robo grande

(Publicado en Página Siete el sábado 3 de agosto de 2022)

 A un ciudadano del Chapare le robaron uno de sus teléfonos celulares (en julio pasado), y se armó un revuelo nacional que oscureció otro robo más importante también relacionado con las nuevas tecnologías: las computadoras Kuaa que fabrica la empresa estatal Quipus.

 Uno de los propósitos del robo del celular, es obviamente mantener el nombre del ciudadano en los titulares. Pero, para curarse en salud, el sujeto empezó a salpicar acusaciones con ventilador: la CIA, la DEA, el ministro de Gobierno, el imperialismo, la oposición, etc., y por si acaso, dijo que cualquier “montaje” que se hiciera con el contenido de su celular, no era otra cosa que una maniobra política para dañar su imagen.

 Conociendo al personaje, nadie duda que su celular debe guardar documentos importantes, al menos por la preocupación que hizo trascender en lugar de minimizar el asunto. Probablemente el ciudadano chapareño tiene varios celulares, uno para asuntos políticos, con números privados de personajes que ni siquiera sospechamos. Otro celular para conspirar, que contiene llamadas como la que hizo desde México a Faustino Yucra instruyéndole cercar las ciudades y dejarlas sin alimentos (dos peritajes, en Perú y Colombia, probaron la autenticidad de esa llamada), otro celular para “asuntos del Chapare”, y quizás un tercer celular para guardar fotos de sus amigas quinceañeras, como las fotos que dio a conocer Noemí, uno de sus amores primaverales.

 ¿Cuál de esos celulares le robaron? ¿Será el que tiene las listas de contactos con militares, jueces, fiscales, magistrados, ministros, vocales electorales…? ¿Será el que contiene conversaciones con dirigentes de base dispuestos a actuar inmediatamente bajos sus órdenes? ¿Será un celular que lo compromete por su conocimiento de todo lo que sucede alrededor de la producción de coca y cocaína del Chapare? Me resisto a cree que sea el celular donde guarda fotos de sus quinceañeras, ese lo debe tener bien pegado a su cuerpo.

 En las redes virtuales yo hice una sola pregunta: ¿qué marca es el celular robado? ¿Es de la empresa Quipus (nacional), o Huawei (China), o iPhone (imperialismo gringo)? Si existiera coherencia, debería ser uno de la gama Quipus, pero nadie supo responder a mi pregunta.

 Eso me lleva a hablar de las computadoras Quipus. Apenas se supo que el municipio de Santa Cruz compró nada menos que 19.635 computadoras Kuaa surgieron las críticas, bien fundamentadas. Por un parte, el precio de adquisición es astronómico, pues cada computadora cuesta 2.796 Bolivianos (US$ 403 dólares). Por comparación, un modelo similar que fue distribuido a todas las escuelas públicas de Uruguay en el marco del Plan Ceibal, costó cuatro veces menos (100 US$), además de ser parte de un programa que incluye contenidos, formación de profesores, mantenimiento de equipos, conectividad en todas las escuelas y parques. Una verdadera estrategia educativa.

 “Guardadas, obsoletas por falta de mantenimiento, sin conexión de internet ni ítems para garantizar su funcionamiento, así se encuentran las computadoras portátiles Kuaa, ensambladas por la empresa Quipus, que se entregaron en 2017 a los colegios”, según información ampliamente difundida desde hace varios años.  Las computadoras de Quipus ya no sirven, fueron distribuidas sin capacitación, muchas ni siquiera salieron de sus cajas (cajas con la foto del ciudadano del Chapare, como si fueran un regalo personal, ahora aparece la foto del Alcalde de Santa Cruz, que no las pagó con sus ahorros, semejante pillo).

 Muchas de las computadoras que fueron entregados hace años a las escuelas aparecieron deshuesadas en basureros. No existe el menor control sobre la propiedad de las mismas, por lo que se alienta un tráfico ilegal. Las que han sido adquiridas por la alcaldía cruceña están cargadas con el sistema Windows 10, no con software libre, lo que significa dependencia de Microsoft para renovar las licencias de futuras actualizaciones.

 Gastar por gastar, esa parece ser la consigna. Sin plan ni estrategia educativa. Deberían aprender del Plan Ceibal de Uruguay, pero no les interesa. Este robo (por el sobreprecio y la mala calidad del producto), es mucho más grave que el robo del celular del dirigente cocalero que se desespera por permanecer vigente en los titulares.

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Los hombres no son formados en el silencio,
son formados en la palabra, en el trabajo, en la acción, en la reflexión.
—Paulo Freire


 

 

21 noviembre 2022

De la crónica a la ficción poética

(Publicado en Página Siete el domingo 7 de agosto de 2022)

 Que esta sea la primera incursión en la ficción de Juan Carlos Salazar del Barrio no significa que se trate de un ejercicio primerizo. Por el contrario, es una obra madura, trabajada como quien pule una escultura de mármol hasta limar todas sus asperezas. No me sorprende la destreza que caracteriza a “Figuraciones” (2021), porque a lo largo de 50 años de periodismo, el “Gato” Salazar ha cultivado la crónica, un género más cercano a la literatura que al periodismo: se nutre de hechos reales para convertirlos en el lenguaje universal de la narrativa de ficción.

 Sobran ejemplos de escritores que desde la crónica han derivado en la mejor literatura. Hemingway o García Márquez son ejemplos emblemáticos, pero hay muchos más. La misma experiencia vital que nutre la crónica de un periodista acucioso, desarrolla la creatividad de un narrador para quien el lenguaje no es un desafío, sino un río sobre el que navega con despreocupada soltura.

 La brevedad del libro (62 páginas) recuerda la precisión en el lenguaje que caracteriza los cuentos de Borges o de Rulfo, quienes se admiraban mutuamente (como sabemos a raíz de un encuentro entre ambos). En los relatos de Juan Carlos Salazar, existe esa misma voluntad: no utilizar más palabras que las necesarias. Hay escritores que estiran sus textos para ocupar más páginas y otros que hacen lo contrario para concentrar la esencia.

 Estos cuentos que tienen valor intrínseco como ficciones, serán mejor disfrutados por lectores que conocen la historia reciente de América Latina, aquella que el cronista-cuentista ha vivido de cerca. La lectura será aún más beneficiosa si el lector reconoce los hechos que inspiran a Juan Carlos Salazar. Tenemos ventaja quienes hemos vivido en México y Centroamérica y podemos reconocer el cuento que nos habla al oído sobre la guerrilla salvadoreña o los zapatistas, entre otros guiños contextuales que se inscriben a la par en la historia personal y en la Historia grande, además de una complicidad etaria, por así decirlo, con los lectores que están en el séptimo piso de la vida.

 Hay un orden temporal en el libro. El primer cuento, “Casilda”, apela a la memoria más remota, las historias vividas en la infancia, rodeadas de misterio y fascinación. El autor podría escribir un libro entero con las memorias rumiadas en el subconsciente durante décadas, pero prefiere contenerse, por el momento, con este relato que tiene brochazos costumbristas y un toque de realismo mágico.

 El segundo cuento, “El Triste Pizarro”, aborda una etapa de juventud en la que lectores de la misma edad podemos reconocernos en los eucaliptos que rodean el pueblo, las lecturas de Emilio Salgari, los enamoramientos prematuros y clandestinos, entre otras señales que van trazando un camino que inevitablemente lleva lejos del lugar donde uno vivió de niño y joven.

 Debo confesar mi debilidad por “¿Acaso crees en Dios?”, por la magistral narración de una historia en dos tiempos paralelos. Atrás quedó la Tupiza (no mencionada explícitamente) y ahora estamos en el México del Púas, el famoso campeón de boxeo con conciencia social, un ídolo mexicano. También el México de la pasión de Cristo en Iztapalapa, una tradición cultural que crece cada año más. El cuento teje la violencia simbólica religiosa y la violencia real del bajo mundo en un personaje cuyo nombre emblemático es Jesús Salvador. Un gran cuento.

 “Los lugares son como la ropa, sientan bien o mal a las personas…”. Aunque el narrador evita sistemáticamente nombrar países, ciudades o lugares que inspiran sus relatos, es inevitable reconocerlos y reconocerse en ese ir y venir entre México y Bolivia.

 Precisamente un cuento, “El santo prestado”, vincula ambos países a través de una historia de narcotráfico que sucede en el Chapare (que tampoco se menciona). Aquí también la cultura popular, que se expresa en creencias religiosas y mitos urbanos, marca la lectura, mejor aprovechada por quienes tienen antecedentes sobre Jesús Malverde, el santo clandestino de los narcos. La influencia del narcotráfico mexicano en el boliviano es irrefutable, muy lejos de las inocentes influencias culturales que hace cincuenta años se limitaban a las películas de Jorge Negrete y Cantinflas, o a la proliferación de la música de mariachis. Ahora dominan los nuevos “valores” que descomponen la sociedad: la ostentación del oro y de la muerte. No digo más sobre este cuento que describe esa involución a través de un personaje emblemático: Jacinto.

 Disfruto cuando el autor me convierte en cómplice de su experiencia literaria. Me sucedió también con “Quitapesares”, las muñequitas de tela que hacen los mayas, y que cumplen una función similar a los “atrapasueños” de los indígenas ojibwa (hilos tejidos en un aro con plumas de ave, que se cuelgan sobre la cama para proteger de las pesadillas). De entrada, con las menciones de Jacmel, La Habana, Chiapas, París y Madrid, me sentí pisando territorio conocido, y más aún con los guiños a la Maga de Cortázar (a quien no menciona porque sería redundante hacerlo). Hemos caminado pasos similares en más de cuatro décadas lejos de Bolivia, y eso es algo que nutre la memoria compartida. El cuento es una delicada historia de amor, que nace en tierra zapatista.

 “Aquí vive la muerte” subraya la intolerancia y absurdo de ciertos movimientos armados que ajustician a sus propios camaradas, como sucedió con el poeta Roque Dalton en la guerrilla salvadoreña. No es necesario que se mencione el apellido para reconocer su impronta en este relato que contiene descripciones poéticas hermosas, que me hubiera gustado citar aquí. 

 El libro se cierra con “El espejo”, sensible relato en primera persona del guerrillero más emblemático en sus últimos minutos de vida, antes de ser acribillado a balazos. Si no fuera por el dibujo de Luis Zilveti, quedaría en el aire ese famoso apodo de tres letras que ha sido inmortalizado en tantos filmes, ensayos, cuentos y poemas. La perspectiva subjetiva supera a otros relatos sobre lo sucedido en la escuelita de La Higuera.

 En “Figuraciones” Juan Carlos Salazar infiere que el lector es un cómplice informado, cultivado y sensible. Como en la poesía, el autor no precisa ofrecer todos los detalles, sino que invita a recorrer el espacio imaginario compartido que representa toda lectura.  

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Las apariencias son realidades que se visten de poesía para burlar los sentimientos.
—Juan Carlos Salazar del Barrio
 

15 noviembre 2022

Demorragia

(Publicado en Página Siete el sábado 15 de octubre de 2022)

 Los medios de información se han llenado en días recientes de opiniones y notas especiales recordando los 40 años de “recuperación de la democracia”. Aunque con palabras diferentes todos terminemos expresando lo mismo: nuestra democracia ha sido malversada por el MAS.

 Frente a esa saludable abundancia de expresiones sobre el estado calamitoso de la democracia en tiempos del autoritarismo, el gobierno no ha tenido la capacidad de reclamar ningún espacio propio, aunque haya emitido algún comunicado para no quedar atrás en la conmemoración.

 Lo cierto es que ninguno de los principales impostores que gobiernan ahora puede decir “yo luché por la democracia”. Uno tocaba trompeta y pateaba pelotas en el Chapare, otro medraba en una ONG que hoy ataca, y el tercero era un oscuro burócrata en gobiernos neoliberales. Esos tres y muchos otros se beneficiaron de la lucha de ciudadanos que se enfrentaron a las dictaduras, esas mismas que ahora son protegidas por el secreto cómplice del régimen y por la reserva de los archivos militares. 

 La profusión de recordatorios sobre las luchas por la democracia y los reconocimientos (incluso del órgano electoral) que hoy reciben algunos luchadores de larga data, irrita a los oportunistas que gobiernan. Lamentablemente, nada de esto le importa mucho al 99% de los jóvenes que son incapaces de determinar (sin ayuda de sus celulares) si el Che Guevara fue un guerrillero, un futbolista o un narcotraficante. No exagero: esa ignorancia supina salta a la vista en las aulas de nuestras mejores universidades, entre estudiantes que pronto serán flamantes profesionales y quizás (el diablo nos lleve) funcionarios del Estado, pero desconocen quién fue Marcelo Quiroga Santa Cruz o Luis Espinal, dos de las víctimas de 1980.

 Los que hemos vivido exilios, represión o censura durante las dictaduras militares, y los pocos jóvenes (apenas el 1%) que se han informado sobre nuestra historia reciente, sabemos lo que representa vivir en democracia y luchar por las libertades y los derechos.

 Eso no aprenden los funcionarios del gobierno del MAS, partido nacido con el virus del autoritarismo (¿será por la sigla comprada a la Falange?), que en 16 años ha hecho retroceder al país alineándose vergonzosamente detrás de las peores dictaduras del mundo (Rusia, Irán) y de América Latina (Venezuela, Nicaragua), e implantando en Bolivia un régimen impostor, corrupto y depredador, y por supuesto un sistema de judicialización de la política y represión de la protesta social.

 La democracia de partido hegemónico que controla todos los poderes del Estado es en realidad una “demorragia”, porque desangra lentamente y letalmente los fundamentos de la democracia participativa, sustituyéndola por la prepotencia del autoritarismo, sin contrapesos en el Estado, solamente en la sociedad civil que se encuentra acorralada por disposiciones burocráticas tanto como por presiones directas que mellan la independencia de sus organizaciones.

 ¿Qué clase de Estado democrático es aquel que pone como requisito a todos sus funcionarios hacerse militantes del partido de gobierno? Esto parece una reedición criolla del nacional socialismo de Hitler. Aquí también los funcionarios públicos son obligados a asistir a las concentraciones convocadas en apoyo al gobierno, agitan banderas azul y negro, pagan cuotas para uniformes, ceden parte de su salario para el partido, recogen fichas para certificar que estuvieron con el puño en alto, aunque en su pecho sientan la humillación de ser obligados a hacerlo para conservar su puesto.

 El avasallamiento del Estado por el MAS es abierto y descarado. La repartición (y venta) de cargos en el poder judicial da la medida de la inexistente independencia del sistema de justicia en el país. Solo las pugnas internas marcan los resquicios entre los que se filtra a veces alguna decisión justa.

 Entonces, a 40 años de la recuperación de la democracia, menos los 16 años de autoritarismo masista de partido único en el Estado, solo podemos conmemorar 24 años de libertades y juego democrático, que acabaron en 2006 cuando comenzó la demorragia de los valores y de los derechos humanos.

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La diferencia entre una democracia y una dictadura
consiste en que en la democracia puedes votar
antes de obedecer las órdenes.
—Charles Bukowski

 

11 noviembre 2022

Rebelión y pensamiento crítico

(Publicado en el suplemento Ideas de Página Siete el domingo 31 de julio de 2022)

 Qué triste es vivir en un país que ha sido reducido a añicos y aún no lo sabe. A esa conclusión llegué al leer “La rebelión ciudadana: Bolivia enfrenta al régimen populista autoritario” (2021, CIDES-UMSA, 128 pág.), obra de tres académicos y activistas, Guillermo Mariaca Iturri, Marco Antonio Gandarillas y Gonzalo Rojas Ortuste, coordinada por este último, investigador del CIDES-UMSA.

 Este es un nuevo aporte a la reflexión y el conocimiento de los hechos políticos de octubre y noviembre de 2019 en Bolivia, a partir de la crisis generada por el fraude electoral de Evo Morales. Los tres autores, cada uno en su estilo y con énfasis en temáticas que conocen bien, contradicen con información dura, reflexiones y análisis, la versión del masismo no solo sobre esos acontecimientos, sino sobre el origen de la crisis y sus antecedentes. Contra los discursos demagógicos y superficiales que se reducen a consignas y etiquetas, aquí se eleva el razonamiento y los hechos irrebatibles.

 El libro está dirigido a quienes no le tienen miedo a la honestidad del pensamiento crítico, a quienes valoran la memoria y el testimonio histórico y, por simple que parezca, a los que no tienen miedo de leer (ese ejercicio intelectual que se ha vuelto tan raro como exquisito).

 No será fácil para los “teólogos” del MAS (antes que teóricos), rebatir a estos autores que dibujan de cuerpo entero el caudillismo nefasto en el que ha sido sumida Bolivia desde la aparición en escena de Evo Morales, un hombre al que le falta formación ética e intelectual, y le sobra demagogia y autoritarismo. Quienes por no tener otro palo donde ahorcarse creyeron que en 2006 llegaba el salvador de la patria, se llevaron un gran chasco y se partieron la boca en la caída.

 En la primera parte, escrita por Gonzalo Rojas Ortuste, abundan las referencias a textos de varios autores que han analizado el “hiperpresidencialismo” autoritario y el caudillismo como una patología. Las citas de mexicanos sobre el porfiriato calzan como anillo al dedo al caso boliviano donde también se “representó hábilmente la farsa liberal sobre fondo de gobierno absolutista”. No se necesita explicar mucho para entender la inicial eclosión del populismo mesiánico, porque desde Weber hasta autores latinoamericanos recientes, los rasgos que definen el endiosamiento de los caciques nacionales están claramente estudiados y establecidos. Quienes no quieren verlo es porque el fanatismo y la impostura de lo “políticamente correcto” nubla su capacidad crítica.

 La gran habilidad de los populistas es hacer creer que son una “creación del pueblo” cuando en realidad son producto de una gigantesca manipulación de masas desorientadas y fáciles de convencer con discursos que apelan a emociones ancestrales (la “madre tierra” en Bolivia como la “madre patria” en la Rusia de Putin).

 La “majadería del supuesto golpe” en 2019 se desmonta con un conciso pero demoledor resumen de los hechos, con dedicatoria a los desmemoriados obsecuentes o involuntarios. El análisis del clientelismo y del rasgo corporativo de la sujeción política de muchos sectores es una pieza brillante en esta primera parte. Las 43 referencias bibliográficas permiten a Rojas Ortuste dedicar un buen párrafo a la ausencia de literatura crítica en las universidades públicas, donde apenas se lee. Su capítulo es un buen ejemplo de anclaje teórico con aterrizaje en la realidad social concreta.

 La segunda parte, un texto vigoroso y creativo escrito por Guillermo Mariaca, comienza con una frase de demoledora desesperanza: “Un país cuyos intelectuales y cuyos políticos fuimos incapaces de reconstruir el enamoramiento entre Estado y sociedad del 52 es, sesenta y nueve años más tarde, un país triste, un país de costumbres avejentadas y nostalgias heroicas”.

 Frente a la pérdida de representatividad del Estado pareciera que solo hay preguntas sin respuesta. Mariaca distingue el tiempo del entusiasmo revolucionario de las décadas de 1950, 1960 y 1970, seguido por el tiempo de la cautela y la negociación, y finalmente “el tiempo del indio, el tiempo del que parecía indio y no había sido tal”.  Y añade: “Ese indio privilegiado es el indio mutado en cocalero, en cooperativista, en gremialista, en transportista, en contrabandista, en bachiller que no sabe leer. El indio que ha renegado de su corazón bárbaro para vivir con un corazón posmoderno”.

 Hay un tono pesimista al establecer el contraste entre lo viejo y lo nuevo, donde el oportunismo campea y la gente se acomoda a los “valores” de lo inmediato. “Estos reaccionarios están saltando del autoritarismo al fascismo como resultado de una autorización política que hace del derecho al odio y a la eliminación del otro un sentido común…”

 El discurso populista-indigenista es el inicio de la “pérdida final, la caída al abismo”. La política es reducida a la guerra de confrontación, una suerte de retorno a las cavernas y pérdida de lo que el Estado había logado construir como ciudadanía. El “daltonismo ético” borra los matices, como en la visión de los perros, y es sustituido por el olfato oportunista y el instinto autoritario. Mariaca atribuye la sumisión en el voto y en el comportamiento ciudadano a la despolitización a través del prebendalismo y la coerción del linchamiento.

 Bajo el subtítulo “Cómo liberarnos del tirano” aparecen ocho consideraciones ingeniosas, porque “un tirano no aparece de la noche a la mañana, estaba ahí desde el principio”, aunque muchos fueron obnubilados y se enamoraron de él. Ahora, en pleno adormecimiento, la única manera de liberarse del tirano es “expulsándolo de nuestras entrañas”, un exorcismo amargo.

 Gandarillas, en la última parte, se enfoca en lo que conoce como pocos: la aplanadora extractivista con su desesperada misión de usufructuar de los recursos naturales para producir más dinero, pero no para invertirlo en el futuro. Aunque le regala al régimen del MAS la etiqueta de “progresista” al principio del texto, pronto demuestra que es todo lo contrario. La contradicción flagrante entre el discurso de la “madre tierra” y las políticas extractivistas deliberadas queda al desnudo. El control de los indígenas mediante la represión y el prebendalismo derivó en la imposición de “líderes transgénicos” corruptibles.

 Aunque el más breve, no deja de ser un capítulo contundente, respaldado por referencias específicas a leyes y decretos, y una abundante bibliografía.

 El análisis de los tres autores se hace desde una posición progresista y libertaria que corresponde a una izquierda que ya no existe, vaciada de contenido por la impostura del “socialismo del siglo XXI”, prebendal y corrupto. Imposible discutir en este nivel con masistas, enclaustrados en la dicotomía macho/hembra, en los golpes que sustituyen a las palabras, y en una supina ignorancia sobre el estado general de las cosas.

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La única manera de lidiar con este mundo sin libertad es volverte tan absolutamente libre que tu mera existencia sea un acto de rebelión.
― Albert Camus