24 febrero 2021

La otra cara del viento

Orson Welles dejó huellas profundas en el arte desde muy joven y después de muerto. Tenía apenas 23 años cuando saltó a la fama con “La guerra de los mundos” de H.G. Welles, un programa radial que provocó olas de pánico en oyentes que de verdad creyeron que los marcianos estaban desembarcando en la tierra. Y apenas tres años más tarde, su primera película “Ciudadano Kane” se consagró hasta ahora como la más importante en la historia del cine.

A partir de allí, Welles podía hacer todo lo que quisiera, y lo hizo. Incluso, dejar incompleta una última película para que fuera conocida recién 35 años después de su muerte: “La otra cara del viento”, una obra extraña, armada con pedazos filmados por muchas cámaras diferentes para que parezca un reportaje improvisado, pero planificada de principio a fin como una sátira implacable.

A Welles siempre le fascinó el relato sobre la falsedad, consciente de que todo cineasta es un mentiroso, grande o pequeño. En plena guerra hizo “Todo es verdad” (1941), donde casi nada es verdad porque el film es una mezcla de imágenes documentales y escenas dramatizadas. Fue el perfecto Falstaff en el cine y en la vida real, como si Shakespeare hubiera creado para él ese personaje. Y en el documental filmado en España “F for fake” (“F de falso”) construye una suerte de homenaje a un gran falsario, Elmyr de Hory, capaz de engañar a los mayores expertos en arte con sus falsificaciones de obras de Picasso, Matisse, Modigliani y Renoir. Orson Welles se incluye en ese documental, como parte del ambiente donde la frontera entre la verdad y la mentira se ha borrado.

John Huston, Orson Welles y Peter Bogdanovich 

“La otra cara del viento” es una secuencia lógica de esa fascinación por la falsedad creativa. La película fue producida en complicidad con Oja Kodar, compañera de Welles durante los últimos 20 años de su vida, y Peter Bogdanovich, director que llevó el falso documental a buen puerto luego de 40 años de iniciar la aventura. El gran John Huston fue otro cómplice al encarnar el personaje de un director de cine caprichoso y dictatorial, que celebra su cumpleaños número 70 con una película a medio terminar, llena de escenas banales y con poco argumento, y luego de una noche larga y estresante muere en un accidente automovilístico (ciertamente suicida).

El film es una mina de oro para explorar. Tiene muchos niveles de lectura, muchos guiños cinéfilos y apariciones sorprendentes como las de Susan Strasberg, Norman Foster, Dennis Hopper, Claude Chabrol, Paul Mazursky, Henry Jaglom, Gregory Sierra, Lilli Palmer, Cameron Mitchell y tantos otros cómplices en una aventura con incierto futuro, cuyos nombres no dirán mucho a los que no saben de cine, pero harán las delicias de los cinéfilos. Gracias a Netflix, el film se estrenó en 2018.

Espectadores acostumbrados a la narrativa lineal de las producciones de Hollywood, abstenerse. Este es un film para los que quieren sentir energía estética usando al mismo tiempo su cerebro para no perderse los detalles.

Welles-Kodar-Bogdanovich-Huston son el cuarteto conductor de una gran burla sobre la verdad y la mentira en el cine, y de quienes lo viven delante y detrás de la cámara. La parábola está armada como una historia dentro de otra historia dentro de otra historia… varios niveles de construcción dramática, a la manera de “El manuscrito encontrado en Zaragoza”, otra obra referencial por su estructura gótica y laberíntica.

En el filme de Welles el director Jake Hannaford (John Huston) está a punto de terminar una película experimental, que en lo esencial narra la relación misteriosa entre una mujer muy bella de origen indígena (interpretada por la propia Oja Kodar), y un actor desconocido cuyo emblemático nombre (real) es Bob Random (“random” significa cualquiera, en este caso). La relación erótica entre ambos se desarrolla con planos fragmentados en sets cinematográficas abandonados, donde la falsedad de las fachadas se hace evidente.

Orson Welles y Oja Kodar 

La banalidad de la película-dentro-de-la-película contrasta con la trama que gira en torno al director esa noche de cumpleaños. Por una parte, angustiado por la desaparición del protagonista “John Dale”, con quien faltaba aún filmar algunas escenas, por otra, angustiado porque no tiene dinero para terminar el film y los productores le dan la espalda. Su viejo equipo de fieles asistentes lo acompaña, al igual que su “biógrafo” Brooks Otterlake (Bogdanovich) confidente con el que mantiene una relación tensa.

La fiesta que organiza en su casa para celebrar sus 70 años y el supuesto cierre de la filmación tiene un sabor agridulce: el director-estrella está rodeado de gente que lo conoce bien, tolera sus manías y lo quiere, pero también de estudiantes, periodistas y paparazzi que no lo dejan tranquilo y giran a su alrededor como moscas, con más de 20 cámaras curiosas. Este recurso plástico es fundamental en el film, ya que la suma de todas esas imágenes, ángulos y texturas permite editar un complejo collage en color y blanco y negro, con reflejos, contrastes y tonalidades muy diferentes, planos borrosos, saturados o muy cortos, una narrativa “amateur” que refuerza el falso testimonio con una riqueza que podía conseguirse con los formatos y calidades de película que se usaba en la década de 1970. Un rompecabezas para volver locos a los críticos y cinéfilos. Welles se divierte, ellos que interpreten.

Welles y Kodar 

Lo importante es que cada una de esas texturas es un punto de vista. El director, Hannaford, quiere conectarse con la juventud sicodélica de los años setenta, rodeado por adoradores incondicionales, por amigos de larga data que posan sobre él una mirada crítica, y por los que buscan sonsacarle algún dato todavía desconocido. El tejido es complejo, pletórico en referencias sobre el mundillo cruel de Hollywood, una suerte de venganza póstuma de Welles, que a su vez rinde homenaje a la creatividad del cine europeo de la nueva ola.

El director es un demiurgo que decide sobre la vida de los demás dentro y fuera de la pantalla. “Filmas grandes lugares y gente linda. Todas esas muchachas y muchachos. Los filmas hasta matarlos”, dice su voz en la última secuencia del film.

De más de cien horas filmadas, Welles y Bogdanovich dejaron este falso documental que quita la respiración por su ritmo y tensión narrativa. La mayoría de los actores falleció sin ver la película terminada. Hoy es como encontrar un tesoro tapiado en el muro de una casa en demolición. Es como el regalo de los secretos del gran Houdini, sellados durante 50 años después de su muerte.

Los nuevos cineastas convencidos de que hacen un cine “de ruptura” (cuando están apenas descubriendo lo básico del séptimo arte) deberían estudiar a fondo esta película de un viejo cineasta con espíritu joven, un rebelde que deja armada una bomba de tiempo antes de morir.  

Welles murió a los 70 años (mi edad) el 10 de octubre de 1985. Escribir sobre “La otra cara del viento” a los 35 años de su fallecimiento, es la mejor manera de recordarlo y reconocer lo mucho que uno aprende de los grandes genios.

(Publicado en Página Siete el domingo 1 de noviembre de 2020)

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Tener o no un final feliz depende
de dónde decidas detener la historia.
—Orson Welles

18 febrero 2021

La mirada de Gil

Cada vez que he ido a Sucre he tratado de visitar, en el Colegio Junín, los murales del Grupo Anteo, que Walter Solón Romero formó en 1950 aglutinando jóvenes artistas plásticos como Lorgio Vaca y los hermanos Jorge y Gil Imaná, además de varios poetas. El Colegio Junín era, y es todavía pero ya no como antes, el más emblemático de la ciudad blanca desde su fundación en 1621. Allí estudiaron y/o enseñaron escritores y artistas como Ricardo Mujía, Ricardo Jaimes Freyre, Carlos Medinaceli, Nicolás Ortiz Pacheco, Agar Peñaranda, Octavio Campero Echazú y Claudio Peñaranda, entre otros cuyos nombres dirán poco a los ignaros y mucho a los que cultivan un mínimo de cultura general.

Marcha a futuro (detalle), de Gil Imaná

De todas las visitas que hice a ese lugar emblemático, dos ocupan un lugar especial en mi memoria. En una oportunidad fui con el propio Walter Solón Romero, en un paseo hermoso que hicimos por la ciudad mientras él me mostraba toda la obra que había realizado allí (algo similar hice con Lorgio Vaca años después en Santa Cruz).

Siempre me embargó la emoción de ver esos murales pioneros, más aún debido a la amistad que mantuve durante tantos años con Walter, Lorgio y Gil. A Jorge Imaná lo conocí cuando vino a Bolivia en 2014, pero no cultivamos una amistad tan duradera porque falleció a principios de diciembre del mismo año en Estados Unidos (donde residía).

Por todo lo anterior, me dio un gusto enorme regresar al Colegio Junín el 26 de septiembre de 2019 para visitar una vez más los murales y constatar que —a diferencia de una visita anterior, cuando la Asamblea Constituyente ocupó torpemente el establecimiento para el trabajo de sus comisiones, en 2019 los salones donde se encuentran los murales del Grupo Anteo estaban bien cuidados, limpios y despejados de muebles. Habían sido restaurados, según me explicó el joven profesor de historia, quien supo apreciar el valor de lo que ese colegio representa y alberga.

La admiración de este profesor, dedicado y comprometido con la educación de sus estudiantes, por aquellos artistas que no conocía personalmente, me impulsó en el momento mismo de la visita, a hacer dos llamadas para que él pudiera saludar a Lorgio Vaca en Santa Cruz y a Gil Imaná en La Paz. Fue una ocasión inolvidable para él y también para mí, porque sorprendí a mis amigos Lorgio y Gil: “¿Adivina dónde estoy en este momento?” Y ante su respuesta perpleja: “Estoy frente a tu mural en el Colegio Junín de Sucre, y quiero que te salude el profesor de historia, quien es celoso guardián de tu obra”. Y así el profesor pudo saludar a ambos maestros.

Al regresar a La Paz visité a Gil Imaná. Solía ir a su casa con cierta frecuencia y lo hice hasta poco antes de la pandemia, para conversar de muchas cosas que nos motivaban a ambos. El país, el arte, la memoria de encuentros anteriores, nuestros amigos comunes, su trayectoria pictórica, o el origen de su ceguera, cuyo responsable tiene nombre y apellido…

De esas conversaciones, que muchas veces grabé y filmé, me queda bastante información para escribir sobre Gil y hacer un documental sobre él, pero sobre todo quiero recordar ahora dos cosas: su manera suave y pausada al hablar, y la extraordinaria precisión de su memoria. Quizás por la ceguera que lo había acorralado durante años progresivamente, Gil Imaná recuperó los archivos de todos los rincones de su memoria de una manera envidiable.

Nuestra amistad se remonta a muchas décadas, probablemente medio siglo cuando nos vimos en París a mediados de la década de 1970 o antes cuando yo lo iba a visitar al taller que tenía en el segundo piso de una casa patrimonial en la esquina de la calle Ayacucho y Potosí, frente a la oficina de correos. Esa casa fue destruida para levantar el palacio fálico del megalómano presidente Morales, un monumento a la fealdad y al autoritarismo. Menos mal que Gil ya no podía ver el resultado de tan ominosa destrucción del paisaje urbano del casco histórico 

Gil se parecía en su generosidad a otros grandes amigos pintores como los hermanos Gustavo y Raúl Lara, y Ricardo Pérez Alcalá. Cada vez que los visitaba o me visitaban, dejaban un recuerdo, un dibujo hecho sobre la marcha sin levantar la pluma (Gustavo), un desnudo (Raúl), varias caricaturas (Ricardo). 

Lo mismo sucedía con Gil Imaná, de quien conservo varios cariños de papel. Décadas atrás me regaló un anagrama con las primeras letras de mi nombre y apellido y me dibujó de perfil.  Otra vez me dio un librito de alasitas con los “Pensamientos chiquitos” de Ernesto Cavour, cuya portada y contraportada llevan sus dibujos. En una de las visitas en su casa de la calle Nardín Rivas, me regaló algo excepcional: uno de los dibujos que hizo de memoria, sin poder ver los trazos que realizaba porque su ceguera ya estaba muy avanzada. Se trata del perfil armonioso y sensual de una mujer desnuda. Atesoro ese presente que me dio el 19 de junio de 2016, fecha en la que estampó una dedicatoria guiando la pluma que llevaba en una mano, con el dedo índice de la otra: “Para Alfonso, intelectual ilustre, con admiración”. 

A principios de julio de 2014, junto a Matilde Casazola, Ernesto Cavour, Alberto Villalpando, David Mondacca, Norma Merlo, David Santalla, Erasmo Zarzuela, Gil Imaná, Alfredo La Placa, Lorgio Vaca y Quico Arnal, entre otros, tuve el honor de recibir del Ministerio de Educación el título oficial de Maestro de las Artes, un reconocimiento que tiene mayor valor para mi por la lista de recipientes, todos ellos grandes creadores en distintas disciplinas (música, artes plásticas, cine, teatro…) y amigos de muchos años. Lamento no tener más que una fotografía de aquella circunstancia tan especial. 

No enumeraré las exposiciones y los viajes de Gil e Inés a lo largo de la rica vida que compartieron desde el arte y hacia el mundo, pero quiero mencionar su última retrospectiva en el Museo Nacional de Arte, que abrió sus puertas el 30 de agosto de 2019 y se mantuvo hasta el 31 de diciembre, cuando el coronavirus ya se había desatado en Wuhan. Es decir, dos meses antes de que nuestras vidas cambiaran para siempre.

Lo que me importa retener de esa gran muestra, es que además de ser un último homenaje a Gil y a Inés, fue la ocasión propicia para anunciar oficialmente la donación de todos sus bienes artísticos al museo que llevará sus nombres, y que será instalado en la casa que poseen en la Avenida 20 de Octubre, esquina con la calle Aspiazu. Me consta el desprendimiento de Gil y la generosidad con que tomó esa decisión. Estuve varias veces en su casa mientras técnicos del Ministerio de Culturas catalogaban una por una no solamente la obra de ambos artistas, sino otras magníficas piezas que habían acumulado a lo largo de su vida.

La donación que hicieron a la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB) es inmensa. El inventario realizado incluye 6.553 piezas, entre las cuales destacan 3.948 dibujos, 1.048 obras de pintura, 244 en platería, 226 en metal, 136 esculturas, 248 grabados, 372 trabajos en cerámica, 181 piezas de joyería, 92 fotografías, 100 textiles, 162 objetos arqueológicos de su colección privada. El valor cultural y económico de esa donación es incalculable. Solo espero que la Fundación Cultural, convertida (como nunca antes) en botín político, cumpla con su parte del compromiso. Estaremos pendientes, no quitaremos el dedo del renglón, por si se les “olvida”.

Gil vivió en gran soledad durante sus últimos años. Las visitas que recibía eran raras. Nunca me topé con otros amigos en su casa. A veces nos sentábamos en la sala y a veces en su dormitorio, para conversar. En la mañana del 28 de enero recibí la noticia de su muerte. Lo había llamado semanas antes pero ya no podía contestar el teléfono. No pudimos despedirnos. Puta pandemia.

Otra amistad de medio siglo se cierra como el pesado telón de un antiguo teatro. Esta vez le tocó a Gil Imaná, uno de los últimos grandes artistas plásticos de su generación.

(Publicado en Página Siete el domingo 7 de febrero 2021) 

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A veces hay que estropear un poquito el cuadro
para poder terminarlo.
—Eugène Delacroix

15 febrero 2021

Cero en conducta

El bochornoso inicio de clases muestra las consecuencias de la desidia de Arce Catacora, el ex ministro de Finanzas que durante 14 años (10 de bonanza económica) negó a la educación el presupuesto vital necesario para mejorar la calidad de la enseñanza. Tampoco se puede esperar mucho del actual ministro del ramo, cuya ortografía es tan exótica como su manera de vestir.  

El “plan” educativo del gobierno es no tener plan. Bastó una semana para darnos cuenta de la pobreza de la propuesta semipresencial y virtual. Otro año lectivo perdido: el primero porque la pandemia nos tomó de sorpresa y el segundo por incapacidad. Las clases por televisión son lamentables, plagadas de errores que provocan burlas en las redes virtuales.

El satélite Tupaj Katari, que hizo lloriquear a García Linera, sirvió para que en todos los rincones del país se viera al "jefazo" jugando fútbol y dando rodillazos, presumiendo el Nº 10 en la camiseta. No sirvió para que en áreas rurales hubiera internet ni para mejorar la inclusión. El gobierno que más dinero tuvo en la historia de Bolivia, fue el que menos asignó a la educación.

Sin embargo, bastaría que los genios del ministerio aprendan a copiar de otros países. Hagan “chanchullo”, no importa, pero copien bien. Hay buenas experiencias.

Plagien el Plan Ceibal, que pone en manos de cada niño uruguayo una computadora, pero no en las condiciones canallas de Evo Morales, cuyo gobierno distribuyó 220 mil computadoras a un costo de 410 US$ (con foto del “jefazo” como si fuera regalo de su bolsillo), insuficientes para 968 mil estudiantes de secundaria, y no fue capaz de generar contenidos de calidad, ni crear un sistema integral. Hubo denuncias sobre computadoras deshuesadas para vender las partes, ya que su tiempo de vida era muy corto debido a la baja calidad del producto. La empresa Quipus, otro elefante azul del MAS, solo pudo ensamblar 10 mil computadoras en 2019.

Ahora veamos el Plan Ceibal, que tuve la suerte de visitar. Desde 2017 cubrió a la totalidad de escuelas públicas de Uruguay, a un costo de 100 US$ por computadora (y sin la foto de Tabaré Vásquez).  Se entregó en propiedad una laptop a cada niño y a cada profesor, para que trabajen en sus casas. El plan incluye conectividad gratuita en todas las escuelas, bibliotecas y plazas públicas. El sistema MESH garantiza la conexión en red a través de otras computadoras.

El Plan Ceibal es más: creación continua de contenidos de calidad diseñados para educación a distancia, capacitación de maestros, sistema de consultas, programas de televisión y un sistema de apoyo técnico y reparaciones gratuitas. La computadora XO es una joya de tecnología educativa, resultado de la creatividad del matemático sudafricano Seymour Papert y de Nicholas Negroponte, científico de origen griego, ambos del MIT. Viene cargada con programas para escribir textos, realizar operaciones de diseño de imágenes y tablas, animaciones interactivas, tomar fotografías, filmar y editar, acceder a autores nacionales en la biblioteca virtual, conocer la geografía de Uruguay, navegar en internet, descargar juegos y música, chatear y enviar mensajes, o crear mapas mentales para el aprendizaje.

Sólo una visión de largo plazo y una política honesta puede explicar el éxito obtenido en la mejora de la calidad educativa en Uruguay. A diferencia de Bolivia, Uruguay no anda destruyendo bosques ni envenenando ríos con la minería salvaje, pero se ha convertido en pocos años en país exportador de software para todo el mundo. Su principal capital: una educación de calidad.

En la primaria y secundaria tuve excelentes profesores, cuando educar era una misión. Varios fueron y son amigos: Oscar Rivera Rodas, Pedro Shimose, Carlos Rosso y Carlos Coello, además de Mary Imm y Tony Fantillo (canadienses), que no enseñaban “cosas”, sino a pensar.

Nuestros mayores estudiaron en prestigiosos colegios fiscales como el Ayacucho, el Bolívar, el Díaz Villamil, el Liceo de Señoritas Venezuela. Si bien era un privilegio estudiar en un colegio privado, el pensamiento educativo en la educación pública tenía destacados maestros y de gran nobleza: Guido Villagómez, Hugo Dávila, Heriberto Guillén, Humberto Quezada, Elodia de Lijerón, Delia Gambarte, Etelvina Villanueva, Félix Eguino Zaballa, Néstor Peñaranda, Ernesto Aliaga y, por supuesto, Avelino Siñani y Elizardo Pérez.

Hoy, muchos profesores no saben escribir; entraron como remplazos y se anclaron con ítems vitalicios. Cuando a fines del siglo pasado la Reforma Educativa propuso exámenes y cursos de actualización, los maestros hicieron huelgas, para que no se les viera las orejas de burro. El régimen del MAS “abolió” la Reforma y en 14 años se negó a aplicar la prueba PISA, porque pondría en evidencia la baja calidad educativa. La pésima ortografía que muestra en las redes la generación que se educó en ese periodo, es una prueba clara del abandono.

(Publicado en Página Siete el sábado 6 de febrero de 2021)

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El maestro que intenta enseñar
sin inspirar en el alumno el deseo de aprender
está tratando de forjar un hierro frío.
—Horace Mann 

11 febrero 2021

Artista de las esferas

El desconcierto y la incertidumbre nos rodean desde hace un año, de manera tan cruel, que podemos decir que todas las muertes pueden ser (justa o injustamente) atribuibles a la pandemia y el confinamiento. Los que mueren contagiados por el coronavirus y los que mueren por otras causas, son igualmente víctimas de una trampa que ha colapsado los sistemas de salud mundiales. Este es un mundo donde ir a un centro médico con el cuerpo sano es tan peligroso como ir cuando ya no queda más remedio.

Gonzalo Cardozo

Parece que no hay un solo día que pase sin que uno sienta muy cerca el aleteo de la parca, el espesor del aire cortado por su guadaña implacable.

Otra vez, tengo que hablar de un amigo que se fue. A través de Orlando Valdez me enteré de la partida definitiva de Gonzalo Cardozo Alcalá, artista orureño cuya obra escultórica y su filosofía de la vida giraban en torno a la forma esférica.

Gonzalo era un hombre entusiasta y cariñoso. Como tenía un gran corazón y lo prodigaba entre los amigos, tuvieron que remendarlo en 2017 para que pudiera seguir repartiendo generosidad. Lo que no supieron hasta más tarde, pocas semanas atrás, es que su armazón de hueso, como en sus esculturas de hierro, también estaba sufriendo las consecuencias de esa vida de entrega. Y cuando quisieron arreglarlo como se arregla uno de esos maniquís articulados de madera que usan los artistas para dibujar las proporciones, ya no hubo caso, porque aunque el armazón era resistente, la médula ósea se obstinaba en reproducir un mieloma que, a pesar de su nombre, no es nada dulce.

Al final, el Tata Cadozo dijo adiós en Cochabamba, el domingo 17 de enero a las 02:00 de la madrugada. Había nacido en Oruro el 29 de junio de 1954, de modo que no tenía sino 66 años de edad, que en nuestros tiempos es poco para vivir y mucho para hacer obra.

En Oruro, en la casa-taller Cardozo-Velásquez, en la calle Junín (entre dos calles de nombre emblemático: Iquique y Arica, ciudades que pertenecieron a Bolivia), vivía rodeado de seis mujeres que eran su vida.

Los nombres de sus cinco hijas se inspiraban en el mundo andino: Nayra, Wara, Lully, Tania Azul y Kurmi. Toda la familia vivía imbuida de luz andina. Su muerte fue celebrada por sus hijas según la tradición: “Para nosotros, en nuestro mundo andino, la muerte no existe, simplemente es un caminar hacia una transcendencia, una transformación. Ahora mi Tata es aire, es río, es fuego, es viento, es cielo... su espíritu va rodando como las esferas de forma perfecta y natural”. Y en la misma despedida las hijas parecen hablar con la voz del artista: “Estarás siempre presente en nuestras vidas, gracias por el tiempo compartido, los caballetes, los tórculos, los experimentos, las aventuras, las locuras, el trabajo con los niños, siempre estuviste ahí́, siempre nos cuidaste y guiaste, sé que ahora no será́ diferente, la Pachita te recibirá́ con toda generosidad porque con obra y tu trabajo nos enseñaste a cuidarla, a decirle tierra te quiero...

En el hermoso patio repleto de las locuras y aventuras de arte, no faltaba nunca una botella de cerveza, vino o singani para celebrar los encuentros. De hecho, tenía un lugar especial en la sombra para sentarse con los amigos a dialogar, y las charlas no tenían límite de tiempo porque el Tata no tenía prisa cuando se trataba de conversar. Bajo el sol despiadado de Oruro, se cubría con un sombrero de ala ancha para recibir a los visitantes. En ese patio, cada primer viernes de mes realizaba rituales de agradecimiento a la madre tierra. Lo hacía también cuando los amigos lo visitaban, aunque no fuera viernes. Tenía en el patio el lugar preparado para el sahumerio y la challa.

En la sala que hacía las veces de galería y museo tenían obra pictórica de sus hijas, pero también de amigos que cuando lo visitaban canjeaban su obra con la suya. Yo salí beneficiado en el canje, porque recibí una escultura de un niño que levanta en las manos el mundo, a cambio de tres tristes poemarios de papel.

Guardo de él los más lindos recuerdos porque era una persona sencilla y amable, y lo recordaré vestido como artista-obrero, con un overol azul que usaba para acometer sus obras de hierro y de piedra. Era un mago para convertir hierros usados y materiales duros descartados por otros, en obras de arte en las que con la fuerza de sus brazos y con máquinas apropiadas doblegaba la materia para darle una forma armónica y un significado trascendente.

Al igual que otro gran artista amigo, Ricardo Pérez Alcalá, Gonzalo Cardozo estudió arquitectura, pero a diferencia de Ricardo, no la ejerció, sino que prefirió hacerse artista plástico de manera autodidacta, especializándose en trabajar la madera, el hierro, la piedra y la cerámica. En una de sus visitas, luego del ritual acostumbrado, Ricardo le dejó esta nota: “Crear siempre hermanados en el camino del arte, nos queda seguir soñando despiertos… y es la esperanza”.

A lo largo de su carrera artística obtuvo reconocimientos, premios y menciones en numerosos concursos, y expuso en casi todas las capitales departamentales de Bolivia, y también en Alemania (varias veces entre 2001 y 2003), en Shanghái (2010) y otros países.

La esfera era para él el símbolo del universo y de la vida, el referente cosmogónico de la existencia misma de la humanidad y de la naturaleza. En el patio de su taller no terminaba uno de ver ni contar la cantidad de piezas que tenía acumuladas en todas las paredes y rincones.

En el fondo de su taller, un inmenso galpón que pocos conocían, guardaba infinidad de materiales inertes que algún día se iban a convertir con fuego y a golpes de mazo (como el martillo de Thor) en piezas de arte con alma.

(Publicado en Página Siete el domingo 24 de enero de 2021)

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Usas un espejo de cristal para ver tu cara;
usas obras de arte para ver tu alma.
—George Bernard Shaw

05 febrero 2021

Arqueología del cine de Posnansky

En la década de 1970 llegaron a mis manos varios ejemplares de un pequeño folleto publicado el año 1926 con el argumento de “La gloria de la raza”, la película de Arturo Posnansky, estrenada el jueves 16 de septiembre de ese año en el Teatro París. En un exceso de generosidad regalé los ejemplares, que llevaban un fotograma en la tapa, menos uno que todavía conservo.

Probablemente me los obsequió don Gastón Velasco (Bueno Bonito y Barato), quien también me dio una fotografía de Luis Castillo, cuyo rostro no había sido difundido hasta que lo reproduje en mi “Historia del cine boliviano”. Investigar en aquella época era una tarea muy ardua, ni siquiera había fotocopiadoras. Mis primeros 16 libros los redacté en máquina de escribir, en una Olivetti portátil que me acompañó hasta Europa.

La vida del ingeniero naval austriaco devenido arqueólogo y cineasta está rodeada todavía de misterio, pero no a la manera de B. Traven que quería esconderse del mundo, sino porque nadie le ha dedicado todavía tiempo y esfuerzo de investigación al personaje, y somos pocos los que nos hemos ocupado de su trabajo como cineasta. Como los monolitos de la Isla de Pascua que estudió y los de Tiwanaku que conoció a su llegada a Bolivia, la figura erguida y elegante de Posnansky esconde más de lo que revela (tengo una copia original que me regaló Germán Rojas, con sello de su estudio fotográfico).

Como bien apunta Claudio Sánchez en su breve libro “Arturo Posnansky y el cine: el argumento de «La gloria de la raza»”, durante el siglo XIX y principios del siglo XX, todos los exploradores que recorrieron nuestra América tenían algo de aventureros en busca de descubrimientos que pudieran consagrarlos como pioneros en un continente todavía abierto a ojos codiciosos. Fawcett es uno de los ejemplos más emblemáticos y con una vida de aventura sin corbata.

No es fácil para los investigadores del cine escribir sobre películas que se han extraviado, aunque haya evidencia de su existencia. Yo escribí mi “Historia del cine boliviano” cuando todavía no se había recuperado “Wara Wara” (1930) ni “La profecía del lago” (1925) de José María Velasco Maidana, y no se podían ver películas de nuestra historia cinematográfica de las que solo había frágiles copias sin digitalizar. La palabra “digitalizar” no existía en la década de 1970.

Amateur en la arqueología y también en el cine y la fotografía, Posnansky tuvo el mérito de arriesgar. No era una época en que todos los descubridores eran científicos universitarios, sólidamente formados como ahora.  Desde la perspectiva actual es demasiado fácil criticar a los arqueólogos o etnólogos improvisados de aquella época, pero eso debe equilibrarse con los aportes que hicieron, así sea a través de especulaciones que más tarde se probaron erróneas.

Posnansky, según dice Claudio Sánchez citando a Carlos Ponce Sanginés, visitó por primera vez las ruinas de Tiwanaku el 16 de noviembre de 1903, y a partir de allí se abriría en su vida la etapa de arqueólogo apasionado. Sus conocimientos de ingeniería sin duda ayudaron a formular preguntas sobre la proveniencia del material lítico del sitio arqueológico, las medidas y el peso de aquellas obras de arte, pero para la documentación fotográfica se apoyó en el italiano Gismondi (y posteriormente en el peruano Germán Rojas), y para el cine en Luis Castillo.

La visión romántica de muchos europeos en la América indígena hacía que se alinearan a teorías sobre la superioridad racial de la población ancestral local, cayendo de esa manera en la otra cara de la moneda de la valoración racial, otra forma de racismo.

Las comparaciones de Claudio Sánchez entre el guion de “La gloria de la raza” y “Wara Wara” de Velasco Maidana son interesantes, en la medida en que se guían por principios similares y anclan sus argumentos en fechas clave como la festividad del Inti Raymi (la celebración del sol, que aparece otras veces en películas bolivianas y peruanas de décadas posteriores). La recreación idealizada del pasado de las civilizaciones andinas es propia a ambas producciones.

Sánchez le dedica bastante espacio en su ensayo al contexto del cine en la década de 1920, no solamente en Bolivia sino también en Perú, ya que los cineastas operaban a ambos lados de la frontera, o llegaban de paso hacia otros países. Es el caso de Goytisolo o Goytizolo, que es lo mismo, porque los apellidos vascos toponímicos usan indistintamente la “z” o la “s”, o la “z” y la “c”, como es el caso de mi propio apellido Gumuzio o Gumucio. Otro caso emblemático es Manuel Ocaña, cuyo paso por Bolivia fue breve pero su desarrollo en el cine fue pionero en Ecuador. O Pedro Sambarino, que trabajó en Argentina antes de hacerlo en Bolivia.

El título del ensayo de Claudio Sánchez no es el más apropiado, ya que la mitad de su texto cubre el periodo del cine silente más que el film de Posnansky. La obra se enriquece con el contexto de la cinematografía de la época, tanto en aspectos de producción, exhibición y discurso narrativo, antes de concentrarse en “La gloria de la raza”. Es a partir del tercer capítulo que se adentra en el cine de Posnansky, que describí en detalle en mi historia publicada en 1982.

La “mestizofobia” y el “indianismo” que señala Claudio sobreviven incluso hoy en los países andinos: el indio es fundamentalmente bueno y el mestizo tiene las taras heredadas de los blancos. Esas son expresiones tan racistas como cualquier otra, aunque pretendan aludir en términos positivos a los indígenas. Sánchez cita a Pablo Stefanoni: “El indianismo de Posnansky marchaba en paralelo con la mestizofobia, especialmente referida a los mestizajes entre indígenas y blancos; no obstante, los operados entre indígenas los consideraba positivos para el mejoramiento racial.”

La importancia del folleto de “La gloria de la raza” quedará en vilo mientras no sepamos si la película existe en algún desván en condiciones que permitan restaurarla. Lo cierto es que el argumento se publicó antes de la producción de la cinta, quizás como un adelanto para obtener recursos adicionales. No sabemos si el resultado final corresponde a lo que se ofrecía en esa publicación impresa. Es más, las notas de prensa de la época dan a entender que la película de aproximadamente 30 minutos de duración, se estrenó con títulos diferentes en La Paz y en Oruro: “La gloria de la raza” y “El ocaso de una civilización”.

En mi investigación señalé que la crítica no fue benévola: El Diario publicó el 17 de septiembre de 1926 que el argumento de la película era “algo diluido” porque “quiere ser una evocación de la prehistórica ciudad de Tiahuanacu, pero no llega a concretarse y es en realidad una exhibición animada de objetos de museo”.

Una intensa y extensa investigación bibliográfica ha permitido armar como un rompecabezas la trayectoria de la película y la relación con el público, lo cual demuestra su existencia, pero la historia es algo que se construye continuamente, con aportes que corrigen y enriquecen lo investigado previamente. De eso se trata.

(Publicado en Página Siete el domingo 27 de diciembre de 2020)

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Quizá la más grande lección de la historia
es que nadie aprendió las lecciones de la historia.
—Aldous Huxley

 

01 febrero 2021

Freddy, el ojímetro

Habría que hacer una lista de los largometrajes bolivianos en los que no trabajó, porque hacer una lista de aquellos en los que contribuyó llevaría varias páginas. Freddy Delgado es fundamental en las últimas cuatro décadas de la cinematografía boliviana, colaborador por excelencia como asistente de cámara, foquista, técnico dispuesto a ejercer las múltiples labores que hacen que una película esté bien hecha.

Freddy Delgado, Alfonso Gumucio y Ramiro Valdez

Conmigo trabajó en dos oportunidades. La más reciente, en el largometraje documental Amanecer Chipaya (2018).  Junto a Ramiro Valdez (sonidista) me acompañó como camarógrafo a Santa Ana de Chipaya, y con el equipo más reducido que uno pueda imaginar en una producción cinematográfica (director, camarógrafo y sonidista), hicimos ese largo que solo se estrenó en la propia comunidad chipaya, con Sebastiana Kespi y Paulino Lupi (López) en la primera fila de la audiencia.

Muchos años antes, a principios de la década de 1980, Freddy y otros miembros de su grupo de amigos técnicos, colaboró conmigo en otro proyecto frustrado, mi película sobre Luis Espinal. En ese momento filmamos en 16mm y Freddy fue asistente de Armando Urioste en la cámara. Pasaron muchas cosas que no vienen a cuento aquí, y luego de tres intentos abandoné esa aventura.

Grupo La Escalera

Freddy siempre tuvo cara de niño y espíritu bonachón, desde que lo conocí colaborando con Antonio Eguino en la década de 1970 —cuando todavía su cuerpo hacía honor a su apellido— hasta que le disputó el mote de “Gordo” a otro gran amigo suyo y nuestro, Guillermo Aguirre, que también se fue sorpresivamente el 22 de mayo de 2016, mucho antes de esta pandemia aviesa, que si uno se descuida un minuto nos muerde el alma.   

Con el Gordo Aguirre, Ramiro Valdez, Daniel Quintana, Gaspar Vera, David Vargas, Guido Álvarez y Guillermo Barrios cultivaron una complicidad especial en la amistad y en el oficio, que los llevó a crear el grupo de cine La Escalera, por la que subieron a la realización cinematográfica sin depender de otros.  En ese periodo fértil hicieron varios cortometrajes. Hasta cuando (1978), que obtuvo el premio Cóndor de Plata en su primera edición. Se trata de un semi-documental en blanco y negro que en 13 minutos narra la historia de un niño de escasos recursos que admira a dos deportistas bolivianos y aspira a ganar una carrera para superarse en la vida. Una narrativa similar (voz en off, música de fondo, película en blanco y negro en 16 mm) tiene Dale Martín (1979), que también obtuvo el premio Cóndor de Plata, en 1980. Aquí, el personaje principal es un humilde artesano que, presionado por la falta de trabajo y oportunidades, pasa a engrosar las filas de los alcohólicos de las laderas de La Paz, los “artilleros” que beben hasta morir. El grupo La Escalera continuó luego unido por la amistad, hasta que la muerte los ha ido separando.

Durante la filmación de Chuquiago (foto @DanielleCaillet)

Freddy Delgado trabajó con los cineastas más importantes de Bolivia. En casi todas las películas de Antonio Eguino y Paolo Agazzi, pero también con Danielle Caillet, Mela Márquez, Silvia Rivera, Juan Carlos Valdivia, Carina Oroza y recientemente con Jorge Sanjinés, entre otros.  Su experiencia fue creciendo hasta hacerse indispensable en los rodajes. También trabajó en rodajes de directores de otros países que filmaron en Bolivia. Lo hizo en Blackthorn (2011) de Mateo Gil, Olvidados (2014) de Carlos Bolado, entre otras.

En Chuquiago con Antonio Eguino, Paolo Agazzi, Oscar Soria,
Danielle Caillet, Luis Espinal, entre otros. 

Antonio Eguino fue quien lo formó desde que era un adolescente de 15 años, a principios de la década de 1970, y luego trabajó en las películas de su maestro. Conocí a Freddy en la época de Chuquiago, sencillo y voluntarioso, siempre dispuesto a aprender y a trabajar. En las fotos de filmación del largometraje de Antonio Eguino, aparece junto a Luis Espinal, Paolo Agazzi, Julio César Paredes, Guillermo Aguirre, Tatiana Aponte, y otros que fueron parte de esa gran aventura: la película más vista del cine boliviano.

Antes de iniciarse en el cine, era ayudante en el estudio fotográfico de Antonio Eguino, en la Plaza del Estudiante: “Freddy trabajaba conmigo primero en la foto, y después en la productora de cine Ukamau. Siempre llevaba la iniciativa en el deseo de aprender y aportaba con su creatividad. Tuvo una amplia experiencia en el aprendizaje del cine para llegar a ser un gran fotógrafo y camarógrafo, pero además se fogueó en casi todas las otras labores del cine. Debo decir con mucho orgullo que Freddy, con algo de mi ayuda, llegó a ser un gran profesional y un hombre que todavía necesitaba más años para seguir trabajando en lo que más amaba: el cine”, recuerda Antonio Eguino.

Paolo Agazzi, Freddy Delgado y Antonio Eguino 

Su relación con Paolo Agazzi fue igualmente prolongada, se conocieron durante el rodaje de Chuquiago, en 1976: “Freddy era poco más que un adolescente ávido de aprender y sin embargo ya con la disciplina y la seriedad de un verdadero profesional. Posteriormente estuvo en todas mis películas, desde Mi socio hasta la más reciente Mi socio 2, con la misma profesionalidad, el mismo entusiasmo y la entrega de siempre. Cuando se habla de los autores de una película, generalmente se menciona el director o, en el mejor de los casos, el guionista, productor o actor principal… y se olvida que el cine es, en su esencia, un trabajo de equipo donde el aporte de personas como Freddy es fundamental y sustancial. Gracias Freddy y hasta siempre: nos dejas muchas películas y, sobretodo, muchos recuerdos imborrables”.

Con su amigo más cercano, Ramiro Valdez, hacían un dúo inseparable de cámara y sonido. Crecieron juntos en la actividad: “Freddy era un ser humano extraordinario, avanzamos juntos en nuestra profesión de manera empírica, sufrimos juntos nuestras penas y disfrutamos al máximo nuestras alegrías. Llegamos a ser un equipo que no necesitaba de la palabra, bastaba mirarnos para hacer nuestro trabajo de la manera más eficiente. El jueves 7 de enero a las 11:15 nos escribimos cuando ya estaba hospitalizado, y le dije: «Sé, querido Gordin, que saldrás de este problema victorioso y así se cumplirá mi deseo de darte nuevamente un abrazo. Te quiero mucho». Él respondió: «Gracias mi gran hermano, ya volveremos a las luchas» y añadió una manito con el pulgar hacia arriba.

Con Sebastiana Kespi en la filmación de
Amanecer chipaya (foto @AlfonsoGumucio)
 

Otro cineasta amigo, Milton Guzmán, recibió con el mismo pesar la noticia de la partida del “Gordo” Delgado: 

Las pausas en el rodaje de Los viejos soldados, el más reciente largometraje de Jorge Sanjinés eran la oportunidad de ponernos a conversar con Freddy, nos invadían las nostalgias de los rodajes en celuloide, con equipos de cine más reducidos, la Arri BL, la Eclair, la Bolex, y entrenar el ‘ojímetro’ para determinar el diafragma sin fotómetro. Donde nadie podía competir con él, era en el cálculo de la distancia, no fallaba, era de una precisión asombrosa, pero su valor humano fue mucho más grande, difícil de medir… Por eso nos dejas un vacío enorme, todos los rodajes te extrañarán querido amigo… hasta la próxima claqueta”.

Freddy Delgado con Mela Márquez

La directora de la Cinemateca Boliviana, realizadora cinematográfica, también trabajó con Freddy en uno de sus proyectos. Conoció al “Gordo” Delgado en la década de 1980, a través de Antonio Eguino, y lo recuerda así: “Yo hacía apenas las primeras armas en este oficio y tu muy a pesar de tu juventud ya te movías con enorme destreza entre las luces, las cámaras, los lentes y los chasis que cargabas como un mago en absoluta oscuridad. Pero en lo que eras ya un maestro era en ajustar el enfoque de los lentes de modo milimétrico. Fuiste mi compañero de viaje en muchos rodajes, siempre con tu sonrisa y esa calidez humana que traspasaba todas las barreras, el último metraje que corrimos juntos fue en el rodaje de Caída al cielo que seguro saldrá a la luz cuando tú ya estarás junto a Jaime Sáenz, listo para poner en foco a los ángeles, allá en lo alto del cielo”. 

En la filmación de Los viejos soldados (foto @MiltonGuzmán)

Con Jorge Sanjinés colaboró antes de la pandemia en el rodaje de la película sobre la guerra del Chaco todavía no estrenada, Los viejos soldados. Jorge recuerda que Freddy era “un hombre calmado, atento y cordial. Un ser que transmitía alegría y un profesional excepcional”.  Durante la filmación Milton Guzmán le tomó una foto emblemática en la que Freddy mira hacia la cámara y hace un gesto con la mano como si se estuviera despidiendo de nosotros.

Vivió el confinamiento del coronavirus como pudo, como todos nosotros, escarbando en sus archivos personales y encontrando joyas de la memoria, fotografías de los rodajes en los que había participado a lo largo de los años. Esas fotos están todavía en su cuenta de Facebook, que ojalá la familia y los amigos sigan alimentando.

Recibe de Pedro Susz un reconocimiento 
de la Alcaldía de La Paz 

El miércoles 6 de enero Freddy se indispuso y al día siguiente fue hospitalizado.  Estaba de buen ánimo, según le contó su hijo Daniel a Ramiro Valdez. Ese mismo jueves 7 de enero, poco antes de las 8 de la noche, Freddy falleció con insuficiencia pulmonar. En algún momento de descuido el coronavirus se metió en su cuerpo hasta derrumbarlo.  

La última iniciativa de Freddy Delgado fue realizar una película testimonial sobre su amigo y compañero de trabajo Guillermo Aguirre, para lo cual convocó en las últimas semanas a varios directores que podían ofrecer su testimonio, Paolo Agazzi y Antonio Eguino accedieron a ser entrevistados. Esperemos que ese documental, ahora bajo la responsabilidad de Ramiro Valdez, no quede truncado, y que por el contrario se convierta también en un homenaje al propio Freddy Delgado, a quien le debemos tanto compromiso y amor por el cine. 

(Publicado en Página Siete el domingo 10 de enero de 2021)

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El componente más importante de una cámara
está detrás de ella. —Ansel Adams