06 febrero 2022

Madurar en la guerra

(Publicado en Página Siete el domingo 9 de enero de 2022)

 “No se dejen influenciar por un entusiasmo juvenil. No permitan que eso les lleve a tomar una decisión de la cual ustedes después se van a arrepentir. Van a dejar atrás a sus padres, a sus madres, a sus hermanos, a sus hermanas, a sus amigos, a sus novias. Toda la vida que ustedes han conocido hasta ahora se va a quedar aquí. En el Chaco escasea el agua, no hay comida, a veces hasta la munición falta. Ustedes van a ir a pasar hambre y sed, van a ver morir a sus camaradas, a sus amigos al lado suyo en manos del enemigo. Queridos cadetes voluntarios, y solo voluntarios, que quieran ir a combatir a la guerra del Chaco, dar tres pasos al frente”. 

Es enternecedor y convincente el énfasis en las palabras del oficial del Colegio Militar, el Mayor Flavio Palenque (Francisco Ayala) que trata de disuadirlos antes de que los 162 cadetes den los tres pasos al frente y cuando los dan, les vuelve a hacer la pregunta, casi rogándoles paternalmente que desistan, pero todos, sin la menor duda en su decisión, vuelven a dar otros tres pasos como voluntarios.

Esa es una de las escenas más vibrantes de la película “Tres pasos al frente” (2020, 147 minutos) de Leonardo Pacheco, joven cineasta de Cochabamba, que con 20 años de edad emprendió el desafío de realizar un largometraje histórico. Lo hizo luego de una investigación rigurosa sobre ese hecho histórico y sobra la época de la guerra del Chaco, con enorme cuidado por los detalles, hasta el grosor de las telas de los uniformes, pero sin adentrarse en la crítica del enorme absurdo que constituye toda guerra y en especial la del Chaco, aunque lo sugiere a través de las frases de corte machista de algunos jefes militares.    

Eran casi niños en 1933, adolescentes flacos y desgarbados, el uniforme les quedaba grande. Querían ser militares porque en esa época la carrera militar tenía prestigio. No era una escalera para enriquecerse, como lo fue desde 1964 cuando los militares obtuvieron privilegios, riqueza y la prepotencia que todavía se mantiene. En la década de 1930 el uniforme militar inspiraba respeto, simbolizaba patriotismo y compromiso con el país. En las familias tenía que haber un militar (y una monja). Esos cadetes menores de edad eran la generación de reserva que Bolivia preparaba en el Colegio Militar para tener oficiales de categoría en caso de que la guerra fuera a prolongarse. Pero el tiempo venció los pronósticos y las derrotas en el frente de la guerra del Chaco precipitaron la necesidad de contar con combatientes más jóvenes. 

 Este es un film sobre la inocencia perdida. También la del director, que con 20 años emprendió la tarea de filmar el largometraje. Eso tiene mérito, 137 actores y un equipo en total de más de 300 personas es un desafío para cualquier cineasta, más aún para uno muy joven con poca experiencia previa. El desafío fue mayor toda vez que el guion pasó por las manos del ejército, que lo aprobó antes de dar el apoyo que los productores necesitaban. El Regimiento Tumusla para las escenas exteriores, la Escuela de Armas, la Escuela del Estado Mayor, fueron los escenarios para la recreación histórica.

 Uno de los episodios se inspira en anécdotas de los abuelos del director, que escuchaba desde su niñez y que fueron abriendo su apetito por narrar. Su consejo, ahora, es que los jóvenes no se contenten con ver la película, sino que busquen en los libros las fuentes de la memoria histórica.

 “Tres pasos al frente” se suma a otras películas sobre la Guerra del Chaco, entre las cuales hasta ahora la que más me ha convencido es “Chaco” de Diego Mondaca, sobre la que ya escribí anteriormente. En 2022 tendremos el estreno de la película de Jorge Sanjinés, con la que Bolivia habrá sumado en apenas seis años cinco largometrajes que revisan uno de los hechos históricos más importantes del siglo pasado, ya que de la Guerra del Chaco surgió la generación que habría de cambiar los destinos del país, transformando a Bolivia de un país feudal a un Estado revolucionario y reformista, con todas las limitaciones que ello tuvo y las imposturas que se sumaron a los procesos de resistencia contra las dictaduras militares y de lucha para reconquistar espacios democráticos.

 La película de Pacheco tiene muchos defectos y debilidades que es importante señalar, aunque probablemente el propio director ya es bien consciente de ellos. Una de las mayores debilidades está en la dirección de actores. Trabajar con actores sin experiencia profesional conlleva siempre ese riesgo. Aquí vemos actores muy jóvenes con extraordinario talento, y otros que contribuyen a desplomar el nivel general de interpretaciones. La sobreactuación del actor que representa, por ejemplo, al general Kundt, es insoportable. Los acentos “paraguayos” muy poco convincentes. Al final de cuentas, hay más frescura en los más jóvenes, para quienes la filmación fue como un juego de descubrimiento, aunque hay escenas de melodrama exacerbado, poco verosímiles.

 En otros niveles, la producción es precaria quizás por falta de recursos. Las grandes producciones bolivianas suelen tenerlos para hacer en el exterior el trabajo de posproducción, sobre todo en estudios de sonido que corrigen todas las fallas de la banda sonora. Gracias a expertos y equipos especializados.  No ha sido aquí el caso, por ello se nota demasiado los desniveles en el sonido, mal calibrado, o la música incidental tan invasiva, que adquiere protagonismo propio y saca al espectador de su estado de concentración en la progresión dramática. La música no debería nunca distraer al espectador de lo que está en la pantalla. Cuando la mucha se nota demasiado, es mala señal.

 En general, la progresión argumental es lenta. Casi no sucede nada esencial para la historia en la primera hora del largometraje, pero hay que reconocer que esa primera hora sirve para adentrarse en la personalidad de los principales protagonistas y quizás constituye el mayor acierto del director, muy intuitivo para retratar a los adolescentes, y menos afortunado para darle vida a personajes tan acartonados como “históricos”.

 A tres de meses de haber visto el film un par de veces, no he retenido en la memoria las escenas de combates en el frente de guerra, ni el heroísmo de los combatientes. Se me han grabado más los rostros lozanos que dialogan, que se quieren y que se apoyan. Las relaciones humanas entre los jóvenes oficiales están mejor representadas que las escenas espectaculares donde los diálogos son pobres y las actuaciones grandilocuentes, teatrales. Es en el cotidiano de los personajes donde el director logra un desarrollo convincente.

 En resumen, la obra es otra prueba de que es mejor decir poco, pero decirlo bien, que pretender abarcar mucho y no poder lograrlo.

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Preferiría la paz más injusta a la más justa de las guerras.
—Cicerón