20 julio 2021

Signos de vida

(Publicado en Página Siete el domingo 11 de julio de 2021). 

Este 14 de julio se inauguró la exposición virtual “Signos de vida”, coordinada por Gilka Wara Libermann, con obras Tony Suarez, Juan Cristóbal MacLean, Marco Alandia, Guido Bravo, Mamani Mamani y ella misma. Acepté su invitación para escribir unas palabras como amateur del arte, es decir, los que se acercan a las obras para dialogar con ellas y, con suerte, sienten lo que Jean Paul Sartre llamó “alegría estética”.  

La alegría estética no sucede siempre, porque es el resultado de una interacción sensorial entre la obra y su interlocutor. Ni siquiera el artista cuenta, porque una vez que libera su obra (o la abandona, como decía Picasso), ya no le pertenece, aunque pueda extraer de ella un valor monetario. Cada obra adquiere vida porque hay un interlocutor que la aprecia, que la juzga, que le hace el amor o que la rechaza.  

Para sentir un alborozo interior frente a la obra de arte (como frente a la propia naturaleza), no se necesita ser un experto, sino tener sensibilidad hacia las expresiones humanas, y saber distinguir aquellas que son resultado de procesos internos complejos y a veces dolorosos, de aquellas que están orientadas solamente hacia el mercado, objetos sin alma.  

Solo pinté un par de cuadros en mi vida, cuando no había cumplido 20 años de edad, pero he cultivado la fotografía y el cine durante más de cincuenta años, no para vivir de ello sino para que me den vida. Algo he aprendido de la plástica, del color y de la mirada: los sentidos son el tamiz que me permite acercarme a esta muestra y sentir sus pulsaciones. O no sentirlas.  

Esta exposición virtual me provoca tres reflexiones: la temática, la virtualidad y la pandemia que nos enmarca a todos. Los tres temas están más ligados que nunca, pero no son necesariamente interdependientes como se podría pensar.   

Un nombre no es elegido al azar  

Gilka Wara Libermann 

La propuesta de nombrar a la muestra “Signos de vida” tiene mucho sentido en un mundo que está a pocas décadas de llegar a lo que la ciencia llama el “punto sin retorno” o tipping point, es decir, el umbral a partir del cual el proceso de deterioro del planeta será irreversible, no habrá capacidad de regenerar la vegetación, de limpiar el agua del mar y de los ríos, ni devolver la vida a las especies desaparecidas.  

Todo esto no es verso libre ni elucubración intelectual, aunque los poetas y los filósofos abordan cada vez con mayor profundidad el tema, con una preocupación similar a la de los científicos. Solo los políticos y los economistas sin visión de futuro, anclados en un presente oportunista, le dan la espalda a una realidad apabullante, a un horizonte gris para la humanidad.  

La virtualidad engaña  

Guido Bravo 

En un mundo cuya naturaleza tiene los días contados, se impone paradójicamente la tecnología. La virtualidad en el arte tiene más de medio siglo de desarrollo, con experimentos que nacen del audiovisual. Por ejemplo, el artista coreano Nam June Paik, fue un pionero de la virtualidad a través del video, mucho antes de que internet permitiera la intangibilidad física del arte.  

Grandes museos del mundo, tan extensos como el Ermitage en San Petersburgo (que tuve que recorrer al trote durante seis horas), el Louvre o el Prado (donde iba a sentarme un par de horas los domingos), ofrecen virtualmente lo principal de sus colecciones, como lo hacen ahora las galerías y los artistas individualmente. Cualquiera puede tener su galería personal y sentir que existe en el universo infinito de lo virtual.  

Lo mismo sucede con los libros, con el cine y otras artes. Para quienes estábamos acostumbrados a aproximarnos físicamente para “oler” los libros o mirar de cerca la trama de las obras plásticas, esta es una experiencia diferente a la que tendremos que acostumbrarnos. ¿De qué tamaño es esa obra? Me pregunto cuando veo algo en la computadora, y aunque allí se indiquen las dimensiones, no es lo mismo que verla a dos metros de distancia, en un espacio abierto o cerrado que integra la obra a la visión de su interlocutor.  

La pandemia revela y oculta  

Tony Suarez 

La tercera reflexión que provoca esta muestra es el posicionamiento de los artistas en tiempos de pandemia. El confinamiento obligatorio nos obliga a los creadores a ser más reflexivos con nuestra obra, y por lo tanto a ser más conscientes de las condiciones del entorno. Todo aquello que está al otro lado de la ventana es un mundo exterior que hemos aprendido a sentir y a valorar de una manera nueva.  

Ahora que sabemos que el origen de la pandemia es la deforestación salvaje y el avasallamiento irracional de la mancha urbana sobre el hábitat natural de otras especies, me pregunto qué tan conscientes de ello son estos artistas.    

Marco Alandia 

Algunos han aprovechado el encierro para mirar el exterior del mundo o el interior de sí mismos con ojos más perspicaces e inquisidores. Es extraordinario que un fotógrafo como Tony Suarez le dedique horas, días, meses y años (incluso antes de la pandemia), a retratar todos los rostros posibles del Illimani, una montaña que se transfigura constantemente sin moverse. Que Gilka Wara muestre su dolor por la degradación de la naturaleza a través de obras llenas de color y de nostalgia visionaria (con ecos del aduanero Rousseau), denota un compromiso profundo con la humanidad. Las formas orgánicas de Guido Bravo contagian la sensación de angustia y presión sobre el cuerpo humano confinado, aunque no fuera esa su intención. Entre las manchas caóticas en tinta china de MacLean se teje la complejidad de la caligrafía japonesa y la tauromaquia de Picasso. Las abstracciones de Marco Alandia me transportan a la capilla de Mark Rothko en Houston, que alguna vez visité acompañado por don José María Velasco Maidana.  

Se trata de artistas y de obras muy diferentes entre sí, lo cual le resta unidad a la muestra. No todos dan los mismos “signos de vida”. Quizás la pandemia ha sido tan dura, que alguno ha preferido refugiarse en un espacio y un tiempo desconectado del mundo, y en lugar de plasmar sus sentimientos más íntimos ha optado por ignorar el conflicto en el que vivimos. Es decisión de cada quien practicar el oficio a su manera, como es el derecho de un observador como yo, sentir (o no) la alegría estética que transmiten obras del espíritu creativo, independientemente de las intenciones de cada artista. Lo que cuenta es la obra y quien la observa.

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El arte es el hombre agregado a la naturaleza.
—Vincent van Gogh