02 marzo 2019

Flota

  No me refiero a los corchos que flotan con todos los gobiernos…No quiero hablar esta vez de política sino de políticas y normas, o de la ausencia de ellas. 

En el título aludo a la “flota”, como se llaman los autobuses interdepartamentales en Bolivia, y a su carácter mortífero:  cada año causan más muertes que todas las dictaduras de Bolivia, que la “guerra del gas”, que los muertos de Evo Morales en Huanuni o El Porvenir. 

Sin embargo, los choferes se fugan (cuando no mueren ) y no hay ninguno en la cárcel, no hay sanciones para los propietarios de las empresas, no hay control de las gobernaciones ni de los municipios ni del gobierno central. No hay nada más que muerte y más luto. 

Los accidentes que se producen solo son consecuencia de la irresponsabilidad. Concedamos que las muertes que se producen todas las semanas en el camino a Yungas puedan deberse, en parte, a las curvas peligrosas del antiguo camino y a la falta de visibilidad (a pesar de los “semáforos humanos” que hay en la ruta). Pero no cualquiera cae al vacío: se precipitan los que van demasiado rápido, los que se distraen, los que no tienen los frenos en buen estado. 

En la carretera La Paz-Oruro, y la de Oruro-Potosí, que están en buen estado, no hay otra causa que la irresponsabilidad temeraria de los conductores, particularmente de las flotas, que sobrepasan a otros vehículos en curva (como se puede ver en videos difundidos en las redes) para recuperar el tiempo perdido en las salidas. 

Ninguna flota sale a la hora, ninguna cumple su itinerario como está establecido. En las terminales de autobuses de La Paz, de Oruro o cualquier otra, las empresas son a cual peor organizada, a cual más irresponsable. Para el viajero que quiere utilizar ese servicio, no hay protocolos. Todo es caos, viveza criolla, retrasos y peligros en la ruta. 

Los bolivianos están acostumbrados porque no tienen punto de comparación, salvo los que han vivido en otros países. Para los extranjeros  que nos visitan, es una pesadilla y una tensión permanente por el riesgo de perder la vida. 

Veamos un viaje típico desde La Paz a Oruro o a Potosí, tal como lo he vivido muchas veces (así que no estoy contando un cuento prestado). Cuando uno llega a la terminal hay personas que gritan “La Paz-Oruro, ya sale, ya sale”. Por supuesto, no sale nunca. Los horarios son “aproximados”, con 30 o 40 minutos de retraso. Para convencer a potenciales clientes el autobús avanza unos metros hacia la salida y se vuelve a detener. Incluso se detiene fuera de la terminal donde, para llenar los espacios, se venden los boletos a menor precio. El control municipal o policial es totalmente ineficiente: los choferes se hacen los sordos. 

Para salir de La Paz yo suelo ir en teleférico hasta El Alto y luego tomar allí la flota que esté a punto de salir.  Son las mismas que llegan desde la terminal de La Paz, y que hacen paradas de otros 30 minutos. Antes de salir de El Alto ya se ha perdido fácilmente una hora y media entre el retraso en La Paz, la subida por la autopista y la espera en El Alto. 

Cuando finalmente sale el autobús, viene la segunda parte de la pesadilla. Los vehículos son viejos y sucios, con frecuencia tienen vidrios rotos y goteras, sin aire acondicionado.  Los asientos huelen a comida o a orines y a veces no se reclinan. Cuando hay, los baños son asquerosos. La película de pésima calidad en pantallas precarias suena a todo volumen aunque algunos pasajeros no deseen verla. Los choferes, a veces alcoholizados, recogen en el camino a gente que vende comida y a otros pasajeros (dinero no fiscalizado) hasta que las gradas junto a las puertas de salida quedan bloqueadas por personas y bultos. 

Hay que cuidar las pertenencias entre las piernas, porque los rateros abundan, a veces en complicidad con los choferes, mientras la flota avanza a velocidades no autorizadas bamboleándose a izquierda y derecha peligrosamente, sobrepasando a camiones y otras flotas aún en curvas o circunstancias en que la potencia de sus motores no se lo permite. Las fallas mecánicas me han dejado varias veces varado una o dos horas en plena carretera. 

Así se producen esos horribles accidentes. Solo en las últimas semanas: 26 muertos el 18 de febrero en choque frontal entre la flota Trans El Inca y una volqueta en la carretera Oruro-Potosí.  Otros 22 muertos (y 37 heridos) en la misma carretera el 19 de enero en choque frontal entre las flotas Trans Azul y Trans Imperial. Y así, todo el tiempo, con empresas de nombres pomposos pero pésima administración y sin seguros para los pasajeros. Las fotos de cadáveres entre los hierros retorcidos son espeluznantes. 

Condolencias y lamentaciones, pero no acciones concretas 
Los muertos suman centenares. Los dueños y choferes de las flotas deberían estar presos por homicidio culposo, y las licencias de funcionamiento de las empresas suspendidas por 6 meses, un año, o definitivamente en caso de reincidencia.  Pero estamos en Bolivia y aquí no pasa nada, no hay sanciones. “Métanle nomás”, como en todo. 

¿Cuándo podremos tener autobuses como los de México, con terminales impecables que parecen aeropuertos, puntualidad al minuto, choferes uniformados, autobuses flamantes, servicio amable a los viajeros?  Al subir, las azafatas entregan una botella de agua, unas galletas y un par de audífonos para escuchar música o ver la película. ¿Cuándo seremos un país mejor? 

(Publicado en Página Siete el sábado 23 de febrero 2019) 
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Éstos son los únicos momentos en que siento la soledad verdadera:
cuando uno se enfrenta a la violencia impune.
—Ryszard Kapuscinski