Técnicamente se llama “exceso de muertes” pero yo les llamo “muertos en el closet”, y no me refiero a los que pesan sobre los 14 años de autoritarismo de Evo Morales, sino a los fallecidos no contabilizados desde que comenzó la pandemia del coronavirus. No es un tema exclusivamente boliviano, sino global como la pandemia: durante meses las mediciones sobre contagios y muertes por Covid-19 han sido mentirosas porque los gobiernos solo contaban a los pacientes detectados, mientras en asilos de ancianos y en casas particulares los fallecidos quedaban escondidos en el closet de la estadística. Los cementerios estaban abarrotados y los carpinteros ya no tenían madera para fabricar ataúdes. Las familias enterraban a sus muertos en cementerios clandestinos o simplemente los dejaban envueltos como paquetes en los parques para que los recogieran los servicios municipales de salud. Nos conmovieron las imágenes de Guayaquil pero, para ser justos, lo mismo sucedió en otros países.
25 septiembre 2020
Muertos en el closet
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Gumucio
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7:07 p.m.
11 septiembre 2020
El club de Paulo Abrão

Gente como Paulo Abrão, con una carrera meteórica que logró trepando con escalera gracias a apoyos políticos, suele luego hacer maromas para prorrogarse en sus cargos.
Por eso mismo nunca respondió a la consulta que le hicieron repetidas veces sobre el intento de prórroga de Evo Morales, contra lo que dice la Constitución Política del Estado. Años después de que le hicieran esa pregunta me queda claro que Abrão no respondió porque estaba planeando su propia prórroga, su última posibilidad de ocupar un alto cargo en la burocracia internacional. A partir de aquí, lo que le espera en un camino de bajada.
La mala fe de Abrão la señalé en otro artículo en estas mismas páginas: convirtió a la CIDH en un club de amigos que responden obsecuentemente a las decisiones que él toma de manera inconsulta.Su ojeriza con la democracia boliviana y su defensa del régimen corrupto y autoritario de Evo Morales son bien conocidas. La CIDH no censuró las violaciones de derechos humanos y las arbitrariedades cometidas por el “jefazo”, con quien Abrão mantenía afinidades temperamentales. De 115 solicitudes de medidas cautelares, la CIDH solo aceptó tres en 14 años de régimen autoritario. Se pasó por el arco la masacre del hotel Las Américas y la de El Porvenir, la represión en Chaparina y de los discapacitados, o el hostigamiento hasta la muerte del Ingeniero Bakovic, entre otros casos que, a lo largo del régimen de Morales, suman cerca de 150 fallecidos.
Cuando el pueblo boliviano se rebeló contra el fraude electoral y el autócrata pedófilo escapó de Bolivia después de renunciar públicamente a su cargo, Abrão pulió su microscopio para observar cualquier desliz que pudiera cometer el gobierno constitucional provisional que asumió el poder para garantizar elecciones libres, transparentes y democráticas.
Desde el fraude de octubre 2019, Abrão miraba la realidad boliviana con un solo ojo. Con una lupa agrandaba los hechos que dañan al proceso de retorno a la vida democrática y cerraba el otro ojo para no ver los actos de terrorismo que alienta Evo Morales en plena pandemia, para impedir las elecciones generales y crear un clima de zozobra y miedo en Bolivia.
Paulo Abrão no es trigo limpio, no es una persona en la que se puede confiar. Es un arribista manipulador, cuya estrategia ha sido sumarse a quienes crean inestabilidad social en Bolivia.
Ni siquiera consultaba con otros en la CIDH: en pocas horas exigió “medidas cautelares” para la actual Defensora del Pueblo, que ya lleva meses prorrogándose en el cargo (como el propio Abrão quiso hacer). Cuando visitó Bolivia, diputados del MAS lo llevaron de la mano para mostrarle lo que a ellos les convenía que viera: Senkata, donde hubo un enfrentamiento entre grupos violentos que al grito de “ahora sí, guerra civil” trataban de impedir el abastecimiento de combustible para la ciudad de La Paz y atacaban la planta de gasolina y gas, que de estallar habría afectado un radio de 5 kilómetros.Del mismo modo, Abrão exigió proteger a cocaleros del Chapare que subieron hasta Sacaba para cercar la ciudad de Cochabamba y fueron repelidos por la población y por las fuerzas del orden.
Ninguna de esas razones figura en el expediente que justifica la salida de Abrão de la CIDH, sino su vergonzosa actitud con funcionarios de esa misma institución, que se quejaron públicamente del acoso de que han sido objeto por parte del oportunista secretario a quien se acusa también de manipulación de contrataciones. En total, 61 denuncias documentadas.Señor Abrão, ya no me escriba un mensaje privado, como hizo la vez pasada, tratando de justificarse y de explicarme lo honesto que es, porque su comportamiento dentro y fuera de la CIDH demuestra todo lo contrario.
(Publicado en Página Siete el sábado 5 de septiembre 2020)
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Llénalos de noticias incombustibles.
Sentirán que la información los ahoga,
pero se creerán inteligentes.
Les parecerá que están pensando,
tendrán una sensación de movimiento sin moverse.
—Ray Bradbury
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Gumucio
hora
10:49 p.m.
30 agosto 2020
Trucos en ALADI
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| Karen Longaric |
Los argumentos de la candidatura de Bolivia en cambio muy sólidos, pero eso no parece importar a quienes actúan sin transparencia.
En tercer lugar, por primera vez tendríamos en la Secretaría General a una mujer, con lo que se rompería la tradición machista del organismo regional. Y no cualquier mujer, sino una mujer especializada en temas regionales, que traería al organismo vientos de renovación que buena falta le hacen.
Quedan en minoría: Argentina, Cuba, México y Venezuela, que no tienen candidato propio pero que por su apoyo al ex autócrata Morales podrían hacer bloque. México le negaría su voto a Bolivia para ajustar cuentas por el conflicto de los delincuentes asilados en su Embajada en La Paz, pero esperemos que los otros países amigos no le hagan el juego. La buena vecindad y la historia deberían permitir que el voto de Paraguay favoreciera a Bolivia, y quedaría Panamá como incógnita.
(Publicado en Página Siete el sábado 22 de agosto 2020)
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Gumucio
hora
8:59 p.m.
23 agosto 2020
Jorge Gumucio Granier
Constructor del servicio exterior
El jueves 20 de agosto por la noche recibí una de esas noticias que uno no quisiera recibir, aunque las probabilidades de recibirla sean mayores a medida que pasa el tiempo: mi primo Jorge Gumucio Granier había fallecido en Pittsburgh, en el exilio al que fue empujado hace años por el régimen autocrático del MAS que lo persiguió con la saña que hostigó a tantos otros, vaciando la Cancillería de su personal diplomático más calificado.
Jorge era un diplomático de carrera que muchos califican como constructor del servicio exterior de Bolivia. Su gestión en la Cancillería, en los puestos que ocupó, dejó una huella profunda en todos quienes trabajaron con él cuando fue Viceministro de Relaciones Exteriores (en varias ocasiones), o embajador en Naciones Unidas y en Perú, y en quienes aprendieron de él en la Academia Diplomática.
La cancillería de Bolivia está impregnada de su ejemplo, y de su paso por esos salones de altos y señoriales techos queda mucha obra y mucha generosidad. No solamente fue el artífice del edificio anexo que ahora alberga la mayor parte de las direcciones de nuestro servicio diplomático, una construcción que respetó la estructura clásica del edificio original (cuyo espacio físico ya era insuficiente), sino que además se ocupó de los mínimos detalles: en los pasillos del segundo piso donde se encuentran los despachos más importantes del ministerio (despacho de la Ministra, viceministerios, protocolo y ceremonial del Estado), están los retratos que donó de ilustres predecesores de la diplomacia de Bolivia.
Llegó al servicio exterior boliviano con su amplia experiencia como doctor en Sociología e investigador de la realidad boliviana, que había enriquecido durante los años que estuvo en IBEAS (Instituto Boliviano de Estudio y Acción Social) donde investigó y publicó varios ensayos y formó a nuevas generaciones de investigadores. El servicio exterior boliviano necesitaba el perfil de personas comprometidas con la realidad del país, con músculo académico y una visión de futuro de las relaciones regionales e internacionales. En esa medida jerarquizó las funciones diplomáticas rodeándose de profesionales del más alto nivel.
Era meticuloso en todo lo que investigaba: Ocupación y desocupación urbana (IBEAS 1967), Estudio regional del noreste boliviano (IBEAS 1966). Sus libros sobre la cuestión marítima figuran entre los más serios y documentados: Estados Unidos y el mar boliviano (1985), El enclaustramiento marítimo de Bolivia en los foros del mundo (1993), Perú-Bolivia: forjando la integración (1995), Orígenes del enclaustramiento de Bolivia y del Tratado de 1904 (2013), Apuntes para una historia diplomática de Bolivia y Ley del servicio exterior (1993), y Diplomacia presidencial entre Bolivia y el Perú, son algunos de sus aportes.
En la familia Gumucio había dos primos especialistas de la genealogía familiar, que podían casi de memoria revisitar la trayectoria de todos nuestros antepasados. Uno era Fernando Baptista Gumucio y el otro Jorge Gumucio Granier. Conversar con ambos era una delicia. Tuve oportunidad de grabarlos para la investigación que hice para la biografía sobre mi padre. Jorge proporcionó información invalorable, matizada con jugosas anécdotas que enriquecían su relato.
Uno de los episodios más conocidos en la vida de Jorge Gumucio fue su dura experiencia como rehén del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Todo comenzó con el asalto armado a una recepción diplomática el 17 de diciembre de 1996 en la Embajada de Japón en Lima, con cerca de 800 invitados del mundo diplomático, pero también de instituciones culturales. Yo me enteré el 18 de diciembre de 1996 cuando, por mera casualidad, estaba en Bilbao visitando a los antepasados españoles, la familia Gumuzio del país vasco, que Jorge también había visitado. Uno de ellos acababa de escuchar la noticia en la radio. Pasaron los meses y me encontraba en Haití el 23 de abril de 1997 cuando una acción militar acabó con el grupo de secuestradores y logró rescatar con vida a 71 de los rehenes. Jorge recibió minutos antes el aviso de que se iba a producir el ataque y pasó la voz a los rehenes para que se tiraran al piso.
Al cabo de unas semanas del asalto a la embajada los captores del MRTA dejaron salir a muchos rehenes, pero conservaron a 72 que tenían un peso político mayor, entre ellos Jorge Gumucio, que padeció hora por hora los 126 días de su cautiverio, aquejado por una dolencia cardiaca que mantenía su salud en un estado de extrema fragilidad. Meses después Jorge ofreció su propio relato de esa experiencia cuya noticia dio la vuelta al mundo, y alguna vez me comentó con tristeza que el gobierno de Sánchez de Lozada no había hecho lo suficiente para gestionar su salida de esa situación tan riesgosa para su salud.
En una entrevista con Anna Infantas Soto publicada en Los Tiempos el 10 de diciembre de 2006, reconoció que una salida negociada hubiera sido imposible dada la determinación de los guerrilleros del MRTA, y habló de las conversaciones que sostuvo durante su cautiverio con el jefe del comando, Néstor Cerpa Cartolini:
“Cerpa era un dirigente con mucha experiencia sindical en Perú. Conversamos sobre Bolivia, había vivido en Santa Cruz y en Chapare. Tenía papeles de ciudadano boliviano, de Uyuni, que le permitían mimetizarse como colla. Me mostró su carnet de identidad. Su señora también vivió en Bolivia, y fue ella la que, cuando sucedió el secuestro de Samuel Doria Medina, llevó el dinero a Perú. Cerpa conocía bastante bien el país. Era parte de sus estrategias, aunque tenía problema de habla… hablaba como limeño. (…) Él vino en busca de nombres de empresarios para secuestrar. Elaboró una lista. Tenía gente de Santa Cruz y de La Paz, pero al final optaron por Doria Medina, porque vieron que era el más joven y por quien el padre podía pagar. Algo que me dijo es que cuando se secuestra a un empresario mayor, los hijos lo venden para cobrar el seguro. Por eso, prefirieron a un joven, porque el padre siempre da todo para salvar a su hijo”.
Antes de morir, Jorge expresó su voluntad de ser cremado y de que sus cenizas fueran esparcidas en el océano Pacífico, un acto simbólico que debería ser acto de Estado.
No dudo que todo gobierno democrático en el futuro mantendrá vigente el reconocimiento y la memoria de Jorge Gumucio Granier, que murió lejos de la patria a la que sirvió con grandeza y humildad, hasta que la ignorancia y torpeza arbitraria del MAS lo apartó del camino.
(Publicado en Página Siete el sábado 22 de agosto 2020)
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¿Cómo se puede decir a un hombre que tiene una patria
cuando no tiene derecho a una pulgada de su suelo?
—Henry George
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Gumucio
hora
12:20 p.m.
18 agosto 2020
Gabo y Gaba
El texto que sigue lo escribí pocos días después de la muerte de Gabriel García Márquez, y estaba seguro de que lo había publicado en alguna parte, pero parece que se quedó, como tantos otros, en el archivo de los recuerdos (y de los olvidos).
Ahora es el momento de publicarlo, porque este sábado 15 de agosto falleció en México la Gaba, Mercedes Barcha, la compañera de uno de los escritores más queridos de América Latina. Digo bien “querido”, porque más allá de su obra enorme, Gabo era, como Julio Cortázar, uno de esos seres humanos de los que uno se enamora instantáneamente.
Así va este texto, con algunas variantes, que rescaté en el arcón de los secretos:
Ahora que ya pasó el tsunami de homenajes póstumos a Gabriel García Márquez, quiero decir un poco de lo mucho que significó para mi su existencia y sus obras. Cada quien tiene su Gabo, hay un Gabo para todos, nos permite apropiarnos de él, tanto de su obra como del personaje.
Y quiero hablar también de la Gaba, que fue según el propio Gabo lo más importante que le pasó en la vida: Mercedes Barcha, la mujer sin la cual García Márquez no sería lo que fue ni como persona ni en la literatura.
En una carta de 1950 que Gabo escribió a su amigo Francisco Padilla antes de casarse con Mercedes Barcha, estaba este hermoso párrafo: “La tengo aquí, atravesada como un venablo en la bomba circulatoria, en una terrible cosa entre tiempo y espacio, viento y marea, que no sé si sea amor o muerte. De todos modos, es algo tan tenebroso que no habrá más remedio que disolverlo en una buena pócima matrimonial, con cucharaditas suministradas tres veces al día, hasta la hora de la muerte, amén”.
Me remonto a la década de 1960, cuando éramos jóvenes con pretensiones de escribir, ávidos lectores en cualquier caso, todavía no deformados por la televisión que iba a aparecer recién en Bolivia a fines de esa década.
Esperábamos como una revelación mística cada obra de los escritores del “boom” de la literatura latinoamericana. Cada libro nuevo de García Márquez, de Cortázar, de Carlos Fuentes y de Vargas Llosa lo adquiríamos y lo compartíamos con algarabía, pero también las novelas y los cuentos de Guimarães Rosa, de Alejo Carpentier, y otros que aprendimos a querer como si fueran hermanos mayores.
Para alguien que a sus diez años se leyó la colección completa de novelas de Agatha Christie, descubrir durante la década de 1960 El coronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1962) o Los funerales de la mama grande (1962) de García Márquez constituía un inmenso placer. Recibíamos cada libro de “los nuestros” con genuino entusiasmo: Todos los fuegos el fuego (1966) de Cortázar, las novelas de Vargas Llosa de esa década, La ciudad y los perros (1963) o La casa verde (1966), y la narrativa de Carlos Fuentes con Aura (1962), Cantar de ciegos (1964), Zona sagrada (1967) y Cambio de piel (1967).
En mi caso, sentía la misma excitación cuando salía un nuevo disco de The Beatles, precisamente en esos mismos años. Qué gran década para la literatura y para la música.
Tener la primera edición de esos libros era como adquirir un tesoro, y no por el valor, insospechado entonces, que tienen hoy esas ediciones, sino por la fortuna que sentíamos de poder contarnos entre los primeros lectores de libros que tantas generaciones han venerado después.
Solíamos reunirnos con Jaime Nisttahuz, Manuel Vargas, y Pedro Shimose (unos años mayor que nosotros), en la trastienda de la Librería y Editorial Difusión, que tenía en la Avenida Mariscal Santa Cruz nuestro querido Jorge Catalano, a quien le debe tanto la literatura de Bolivia.
Cuando en 1967 se produjo la explosión deslumbrante de Cien años de soledad sus chipas nos llovieron como un regalo de los dioses. Sentimos tanta alegría estética y entusiasmo literario como el que habíamos sentido cuando cuatro año antes, en 1963, nos llegó Rayuela, de Julio Cortázar, una obra que no tenía comparación con ninguna otra en la literatura latinoamericana. Teníamos la primera edición (las mías desaparecieron entre exilios y asaltos) de esas grandes obras que nos deleitaban y nos desafiaban.
Puedo decir que mi generación mamó de la teta literaria de esos grandes escritores que no solamente nos hicieron gozar la literatura sino que nos abrieron los ojos sobre la realidad de nuestra región.
A Gabo lo vi varias veces en Cuba, casi siempre en diciembre cuando aparecía con o sin Fidel en las actividades desarrolladas alrededor del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Muy pocas de esas muchas veces tuve oportunidad de saludarlo, aunque cuando lo hice siempre se mostró amable y cordial, a diferencia de otros (Benedetti, por ejemplo).
Una de sus últimas apariciones públicas fue la noche que se inauguró el Museo Soumaya, un evento al que solamente se podía entrar con invitación (sobre el que escribí una nota para la DPA). Allí estuvo Gabo con Mercedes, junto Larry King y cerca del anfitrión y dueño del museo, Carlos Slim.
La última vez que vi a Gabo fue con Gaba, y eso me parece importante decirlo. Gaba me invitó a su casa en el No. 144 de la calle Fuego en el Pedregal de San Ángel, una calle estrecha, larga y tranquila a pesar de encontrarse a espaldas muy cerca del Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria de la UNAM.
Era una mañana soleada a fines de enero de 2013, que compartimos con Jaime Muñoz Baena, amigo de Gabo y Gaba. No era la primera vez que visitaba a Mercedes, pero en las anteriores Gabo no se había dejado ver.
Luego de conversar con Jaime y Mercedes, apareció Gabo que acababa de desayunar y se sentó junto a nosotros luego de preguntarme de dónde era yo. No olvidaré lo que me dijo cuando le comenté que era boliviano: “Aahh, menos mal”. Nunca supe que quiso decir con eso.
(Publicado en Página Siete el 17 de agosto 2020)
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Estar enamorado es como tener dos almas y eso es maravilloso.
—Gabriel García Márquez
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Gumucio
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10:58 a.m.
09 agosto 2020
MAS terrorismo
El MAS cometió crímenes durante 14 años dentro del gobierno y ahora los sigue cometiendo fuera del gobierno. Lo que hemos visto en Bolivia en estos días no puede tener otra calificación que la de terrorismo.

Dibujo de Abecor en Página Siete
Quienes en medio de una pandemia mortífera bloquean carreteras para que no pasen las ambulancias y las apedrean, los que impiden el paso de camiones con tubos de oxígeno para salvar vidas, los que cercan las plantas de distribución de gas licuado y de gasolina, son verdaderos criminales y tienen que ser procesados por esas acciones.
Ni siquiera en los peores momentos de la guerra en Líbano o en Irak (donde estuvo como corresponsal mi querido primo Juan Carlos Gumucio), se impedía el paso de la Cruz Roja, ambulancias y personal de salud, como está sucediendo en Bolivia por órdenes del MAS y sus huestes: lumpen sin conciencia de clase que aprovecha toda oportunidad de desorden para saquear camiones de transporte o fábricas.
Estos criminales han causado muchas muertes en hospitales que no reciben el oxígeno y las medicinas que necesitan para tratar a los enfermos de Covid-19. La lógica perversa del MAS es provocar un estado de caos que hunda a nuestra sociedad en el desconcierto y la desesperanza.
Mientras el “jefazo” está a sus anchas en Buenos Aires, sus operadores en Bolivia empujan a la gente a las calles no solo para que se contagien colectivamente y contagien a sus familias hasta colapsar los servicios de salud, sino también en búsqueda de muertos. En la medida en que provoquen enfrentamientos con las fuerzas del orden y haya muertos y heridos, podrán nuevamente hablar de “masacre” y de “mártires” que ellos mismos empujaron a la calle.
No sería nada sorprendente que uno de esos operadores terroristas sea el capitán Juan Ramón Quintana desde la Embajada de México, gracias a la permisividad cómplice de esa misión diplomática. Quintana, quien alguna vez dijo “alguien tiene que hacer el trabajo sucio”, es el equivalente de otro capitán, Luis Arce Gómez, que sirvió los intereses más oscuros de las dictaduras militares.
En la situación de crisis sanitaria y económica, el MAS se aprovecha de la debilidad de la gente que no tiene nada que perder, para lanzarla a la muerte. Con todo el dinero que se llevó el MAS del Banco Central días antes de la fuga de Evo Morales, están pagando a los que bloquean y organizan manifestaciones violentas. Circulan videos donde se ve cómo pagan 100 Bs a los “ponchos rojos” para que, contra toda norma de seguridad y bioseguridad, causen zozobra entre la población. Eso me recuerda un artículo que publiqué en Nueva Crónica en 2009, “Mi carpintero, poncho rojo” donde contaba cómo mi carpintero hacía mejor negocio pagado por el MAS para ponerse un poncho rojo en manifestaciones, que con su noble oficio de trabajar la madera.
El resultado de esa plata que corre por debajo son los cien lugares de bloqueo en todo el país. Los disciplinados y bien pagados bloqueadores son trasladados de un lugar a otro en camiones contratados para ese fin, tal como sugería Evo Morales en el audio en el que instruía crear caos.
La cancillería boliviana ha elevado a la Organización de las Naciones Unidas, a la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (Acnudh), al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), a la Organización de los Estados Americanos (OEA), la Unión Europea (UE) y al Parlamento Europeo una denuncia sobre los sectores impulsados por el MAS que impiden la movilidad de los trabajadores médicos, la circulación de ambulancias, y el transporte de insumos médicos.
También envió una carta a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh), pero no hay mucho que esperar de este organismo que dirige Paulo Abrão, falto de ética y de profesionalismo, quien le debe su carrera arribista a los gobiernos del llamado “socialismo del siglo XX” y ha convertido en una célula del PT brasileño la oficina que apoya las movidas del MAS y protege a Evo Morales. Con la coartada de “progresista” Abrão es en realidad un oportunista autoritario y conservador.
El gobierno debe tener mucho cuidado en no caer en provocaciones que podrían costar vidas, porque eso sería pisar el palito que le ha puesto Evo Morales, acusado de terrorismo y sedición, sin que veamos que ese proceso -que merece la tarjeta roja de Interpol, avanza en la justicia boliviana.
(Publicado en Página Siete el sábado 8 de agosto 2020)
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El terrorismo es inmune,
se nutre de los minutos de silencio multitudinarios.
Sólo la resistencia individual le contraría.
—Fernando Savater
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Gumucio
hora
11:49 a.m.
26 julio 2020
De golpe
“Ya han pasado 40 años, estamos viejos”, le digo a un amigo. “Hablá por ti, yo estoy joven…” replica con picardía. Cuatro décadas, pero no parece. “Parece ayer”, decimos al unísono, y así lo sentimos, porque la memoria -siempre selectiva, ha grabado esos momentos con fuego y parecen muy cercanos en el tiempo.
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| Paramilitares |
El terrorista era yo. Un terrorista libertario sin partido ni aparato de protección ni armas de fuego, un francotirador solitario que lanzaba palabras en lugar de granadas. Mis crímenes estaban a la luz del día en las páginas del semanario Aquí, donde escribía junto a Luis Espinal y otros compañeros tan o más peligrosos por su pluma.
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| General García Meza y Coronel Arce Gómez, golpistas |
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| Marcelo Quiroga Santa Cruz |
Nos acusaban de provocar a los militares pero en realidad, solo publicábamos lo que todos sabían que iba a suceder más temprano que tarde debido a la terquedad de las fuerzas políticas para unirse frente al autoritarismo. ¿Suena conocido cuatro décadas más tarde?
Estuve escondido hasta que no quise seguir arriesgando a mis amigos, y entonces pedí asilo en México. Ximena Iturralde, amiga y vecina en Obrajes, me recogió y me dejó en la puerta de la embajada mexicana, donde junto a más de un centenar de asilados me acogió el embajador y ex militar Plutarco Albarrán, quien despejó todos los ambientes de su residencia en la calle 5 de Obrajes, menos su dormitorio, para que pudiéramos dormir codo a codo sobre el suelo.
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| Luis Rico y Alfonso Gumucio asilados en la Embajada de México |
No supe hasta semanas más tarde que en manos de Arce Gómez había una lista de seis nombres: “Estos que se pudran, no les vamos a dar salvoconducto”, habría dicho el ministro del Interior en la cúspide de su brutal arrogancia. Y entonces decidí que no debía darle gusto, y monté una operación clandestina de fuga hacia Perú, con la complicidad de varios amigos dentro y fuera de la embajada de México.
Pero esa ya es otra historia, mucho más larga.
(Publicado en Página Siete el sábado 25 de julio 2020)
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Gumucio
hora
10:00 a.m.
24 julio 2020
Hounkonnou
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| Dominique Hounkonnou en Utrecht, febrero del 2007 |
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| P.N. Vasanti, Dominique Hounkonnou, Alan Fowler, Margo Kooijman y Alfonso Gumucio en La Haya, 2012 |
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| Vasanti, Hounkonnou y Gumucio en La Haya |
Los amigos se van, pero lo importante es dejar testimonio de ellos y preservar su memoria.
Posted by
Gumucio
hora
9:19 p.m.































