14 octubre 2010

Pocho Álvarez, cineasta ecuatoriano

Nos volvimos a encontrar 25 años después, lo cual me sucede cada vez con mayor frecuencia, debe ser porque últimamente los años están pasando más rápido.

Pocho Alvarez y Alfonso Gumucio 
Pocho Álvarez y yo nos habíamos conocido en Cuba, en 1985, en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, que era en ese tiempo el más importante de nuestra región. Cuando nos vimos hace algunas semanas en Quito con motivo del cumpleaños de Alejandra Adoum, Pocho se acordaba perfectamente de nuestro anterior encuentro, yo no.

Recordó por ejemplo que ambos fuimos miembros del jurado internacional de documental convocado por el ICRT que en ese tiempo dirigía Manelo, y que declaramos desierto el primer premio, lo cual no gustó a los amigos cubanos.

A mi turno recordé que aquel festival me quedó grabado como el mejor de todos a los que asistí en Cuba, ya que ese año el Gran Coral premió ex aequo dos grandes películas: “Frida” de Paul Leduc y “Tangos, el exilio de Gardel” de Fernando Solanas. Fue el festival en que la generosidad cubana permitió que centenares de cineastas, productores, actores, directores de revistas y críticos de cine, nos reuniéramos en una verdadera fiesta de la creatividad latinoamericana. En la clausura escuchamos de pie a Fidel, que habló de cine durante cinco horas, con conocimiento de causa y sin aburrirnos.

Pocho no ha parado de hacer cine, como lo prueban algunos de los documentales que me regaló. Y lo ha hecho “por amor al arte” casi sin recursos, invirtiendo su tiempo y compromiso social en cada proyecto. No es un cineasta que viva de su cine, sino uno que hace vivir al cine documental testimonial. A diferencia de muchos otros cineastas preocupados por el “mercado” y celosos de la circulación de copias de sus películas, Pocho invita a “piratear” su propia obra, a veces de manera explícita: “La reproducción y distribución de este documental en su totalidad es un deber ciudadano”.

Su más reciente obra es “Jorgenrique” (2010 - 118 min) un hermoso testimonio del poeta Jorge Enrique Adoum (fallecido en julio del 2009), a quien entrevistó junto a su hija Alejandra durante varios meses (febrero a mayo del 2007). Este extracto de las 40 horas grabadas constituye un legado extraordinario para el Ecuador, de su poeta más importante, quien habla con tanta sabiduría como modestia del “camino maldito de la literatura” (pero también dice que “la poesía es el nivel más alto de la humanidad”), y rememora desde su linaje libanés y su infancia en el Ambato de 1926, hasta su visión crítica más actualizada del país, pasando por etapas importantes que le tocó vivir, ya sea muy joven en Chile como secretario privado de Neruda, como funcionario internacional en China o Japón, o como poeta en el exilio en el París que alumbró la revolución de los jóvenes en Mayo de 1968. Allí lo conocí yo a principios de los 1970s.

Como Pocho Álvarez es un poeta de la imagen, el tema le vino como anillo al dedo, pues no hay nada mejor que tratar la poesía con poesía. La fotografía es cuidadosa, límpida (aunque se notan las texturas diferentes del proceso de filmación y el enflaquecimiento del personaje), y la edición es precisa e ingeniosa, con el leit motiv de las teclas de una antigua máquina de escribir Remington Rand que permite rescatar del discurso o de los poemas algunas palabras clave.

Todo ello sembrado de fotografías de las épocas aludidas, tanto de espacios urbanos como de personajes que han sido importantes en la vida de Jorgenrique (Neruda, Gallegos Lara, César Dávila Andrade o Guayasamín), incluyendo por supuesto a Nicole, su compañera hasta el final de la vida, y Alejandra, la hija, pivote de este testimonio.

“A cielo abierto – derechos minados” (2009 – 78 minutos) es un extraordinario y emotivo testimonio de las comunidades que en Ecuador resisten pacíficamente pero a riesgo de sus vidas a la penetración de compañías mineras. “El agua vale más que el oro, vale más que el cobre”, esgrimen quienes se oponen a los proyectos extractivos. Se enfrentan con palos y piedras a paramilitares y militares enviados por las empresas mineras y por el gobierno que a pesar de su discurso de “revolución ciudadana”, es cómplice y reprime a quienes se ponen.

Además de violar la propia Constitución Política del Estado que promovió, el gobierno de Correa aprueba sin  debate ciudadano una “Ley de Minería” que favorece a las grandes empresas, sin respeto por el medio ambiente ni por los derechos de las comunidades afectadas.  El propio Alberto Acosta, ex Presidente de la Asamblea Constituyente, afirma que la participación en el debate fue un “sainete”, y que se está “instaurando un esquema autoritario”.

Álvarez ha hecho un seguimiento minucioso de las luchas de resistencia, revelando la fuerza de dirigentes locales muy lúcidos y comprometidos con sus pueblos. La cámara establece una relación solidaria con la gente y de enamoramiento con la naturaleza amenazada.

En “Tóxico Texaco Tóxico” (2007 - 35 minutos) Pocho se une al Frente de Defensa de la Amazonía para denunciar y apoyar el juicio que durante 14 años se lleva adelante en contra de la empresa petrolera Texaco, responsable de uno de los grandes desastres ecológicos de América del Sur, al haber contaminado durante casi 30 años las tierras y los ríos de la amazonía ecuatoriana, en el norte del país. La codicia de las empresas y de los gobiernos de turno durante las “fiebre del oro negro” dejó sin protección a comunidades indígenas que entre 1964 y 1992 padecieron enfermedades y pobreza por causa del desastre ambiental.

La tierra “agria” contaminada por 18 mil millones de galones de aguas tóxicas, cubierta por una capa espesa y pegajosa de petróleo, y las piscinas de desechos que la Texaco construyó y nunca limpió, dejaron inermes a los indígenas cofanes y de otras comunidades de la zona cercana a la frontera colombiana. Como un monumento fatídico a la indiferencia y prepotencia de la empresa petrolera, quedan todavía los “mecheros” que queman indefinidamente el gas superficial.

Más de 177 mil páginas tienen los legajos del proceso a la Texaco, sin que se haya hecho justicia. Pero Pocho Álvarez preserva la memoria de esa lucha y registra con una cámara amiga los rostros y las voces de quienes padecen y luchan.

“Forajido – El legado de abril” (2005 - 24 minutos), muestra las manifestaciones del pueblo de Quito que acabaron con el régimen autoritario del Coronel Lucio (“Sucio”) Gutierrez. Al grito de “que se vayan todos” los quiteños le pusieron fin a una clase política corrupta que durante 25 años usufructuó del poder. “Yo también soy forajido” gritan jóvenes y viejos, amas de casa y monjas en la calle, emulando a quienes en mayo de 1968 en París gritaban “yo también soy judío-alemán” (en alusión a Daniel Cohn-Bendit).

Sin otro comentario que algunos intertítulos poéticos aludiendo a las “lunas” de los cambios sociales, este documental en blanco y negro empieza como un testimonio nocturno que poco a poco muestra destellos de color en la medida en que las esperanzas reunidas en los espacios públicos se expresan con manojos de flores o banderas al viento. Queda para la memoria como un ejemplo de cómo se castiga a los dirigentes cuya arrogancia en el poder les hace dar la espalda a los pueblos.

02 octubre 2010

Lenguas en Resistencia

Un frío excepcional nos recibió en Resistencia, ciudad hermanada a Corrientes, ambas situadas frente a frente en las riberas del Río Paraná, en el Chaco argentino, a unos mil kilómetros al norte de Buenos Aires. El día anterior el intenso frío proveniente del Polo Sur había paralizado los vuelos en el desorganizado y caótico aeropuerto nacional de Aeroparque, en la capital argentina. Miles de personas en largas filas durante diez horas, protestando, pidiendo información que nadie daba porque Aerolíneas Argentinas es el ejemplo de una empresa que funciona mal.

Resistencia suele padecer cada año calores de 46 o 48 grados, de modo que estos fríos excepcionales no eran ni esperados ni bienvenidos por los organizadores y participantes del I Congreso Internacional sobre Lenguas y Dinámicas Identitarias en el Bicentenario, realizado del 19 al 22 de julio 2010. El local donde se llevó a cabo el evento estaba dotado de grandes ventiladores y techos altos, ideales para enfrentar las olas de calor, pero ahora en las salas estábamos todos ateridos de frío, valga el pleonasmo.

Que una ciudad se llame Resistencia es de por si un atractivo, lo es más cuando el tema del evento tiene que ver con las lenguas indígenas que resisten a la aplanadora de las lenguas oficiales y hegemónicas.

En las conferencias plenarias y en los bloques temáticos se abordó una amplia gama de preocupaciones que tienen que ver con una agenda a favor de la diversidad. “Lengua, identidad y construcción de lo común, “Lenguas indígenas: representaciones de la relación lengua/identidad”, “Las lenguas indígenas y su rol en el sistema escolar”, “Políticas lingüísticas estatales”, “Arte verbal, mitos, narrativa y literatura en contextos multilingües y multiculturales”, y “Multilingüismo y representaciones sociales”, fueron algunos de los 14 bloques temáticos del congreso.

Emilio José Chuaire, de la Secretaría de Interculturalidad y Plurilingüismo de la Provincia del Chaco, y Susana Schlack de la Universidad Nacional del Nordeste, me invitaron para participar en un panel-debate sobre “Lengua, memoria e identidad”, donde presenté mi ponencia Identidad, pluralidad y comunicación participativa, en la que afirmo que frente a la concentración de medios masivos y a la homogenización cultural que promueven, la participación de las poblaciones indígenas en los medios comunitarios, con una perspectiva intercultural y ética, son el único recurso para promover el reconocimiento efectivo de la pluralidad y de la diferencia.

Durante los cuatro días del congreso hubo además conferencias magistrales, charlas, talleres y mesas redondas que convocaron a numerosos participantes a pesar del intenso frío. Los organizadores tienen planes de publicar en breve una selección de los textos presentados durante el evento. Mientras tanto, un blog no muy prolijo permite acceder a algunas informaciones.

Muchas historias de vida fueron presentadas y algunas estremecedoras, como la de Cristina Calderón, que vive en la Isla Navarino, cerca de Puerto Williams (Chile). Nos dijeron que ella es la última hablante de la lengua Yahgan. Tiene 82 años ahora, y cuando muera, no habrá nadie más que hable esa lengua, muy pronto sumada a las desaparecidas. La Unesco dice que de las 6 mil lenguas que todavía enriquecen la comunicación entre la humanidad, una desaparece cada semana. Por esa y otras razones, por Cristina Calderón y tantas otras como ella, este evento en Resistencia fue tan importante.

Daniel Prado y Alfonso Gumucio Dagron

Como suele suceder en estos congresos, parte del encanto está en los encuentros y los reencuentros. Volví a ver a Daniel Prado, de Unión Latina, que es uno de los animadores de la Red Mundial para la Diversidad Lingüística, con quien congeniamos en un evento anterior en Barcelona.

Todo esto fue el pasado mes de julio, así de rápido pasan los días y no queda más que convencerse de que la influencia de la Resonancia Schumann en el paso del tiempo no es ningún cuento.



23 septiembre 2010

El sabor tricolor

Mexicanos, al grito de guerra… salieron a las grandes avenidas, a todas las plazas de todas las ciudades, de todas las delegaciones, de todos los pueblos para celebrar en grande los 200 años del “grito” y los 100 años de la Revolución Mexicana.  Basta decir el “grito” para que cualquier mexicano entienda, porque no hay sino un grito que tiene apellido, el grito del cura Hidalgo al encender la mecha de la independencia de México en el pueblo de Dolores.

Las celebraciones quisieron ser apoteósicas, empezando por la factura del gobierno federal: cerca de 200 millones de dólares (uno por cada año de independencia), pero no lo fueron del todo. Cierto, hubo acrobacias y fuegos artificiales impresionantes en el Zócalo de la Ciudad de México, donde el Presidente Felipe Calderón salió cinco minutos para tocar la campana, dar el grito y cantar el himno nacional. El desfile de comparsas que ocupó toda la Avenida Reforma no fue tan majestuoso aunque colorido sí, hasta colorinche, a la manera de un desfile de Disney o de la parada anual de Macy’s en Nueva York.

México no es ni el primero ni el último país de la región que celebra el Bicentenario de los estallidos independentistas, ya hemos visto varios en 2009, 2010 y seguiremos con las celebraciones en 2011, pero por la magnitud de México y de su historia, este destaca más que los otros, aunque no llega en buen momento y se celebra cuando el país vive una precaria situación económica y de seguridad, con decenas de asesinatos todos los días, por obra y gracia del narcotráfico. Muchos ya lo dijeron: no hay nada que celebrar.

Yo sí lo celebré, a mi manera, en la avenida Reforma pero de espalda al espectáculo público, concentrándome en el platillo que tenía frente a mi, un clásico de la cocina de Puebla y un emblema de la mexicanidad: los chiles en nogada, cuyo origen se remonta a 1821, a Agustín de Iturbide y su Ejército Trigarante. No importa la historia en este caso, sino el resultado.

Los chiles en nogada tienen su época anual que dura solamente tres meses, de modo que ahora es el momento de saborear este sofisticado plato que se presenta con los colores de la bandera mexicana: rojo, blanco y verde.  El verde del chile, el blanco de la crema que lo baña y el rojo de los granos de granada desgranada sobre el chile poblano.  Da pena meterle cuchillo y tenedor, de tan bonito que se mira pero hay que hacerlo para llegar a lo que no se ve: el relleno. Todo lo demás es agradable a la vista, pero en el relleno está la ciencia culinaria.

El relleno de los chiles en nogada representa el sincretismo culinario. Varias culturas se expresan en esa mezcla de sabores intensos, basta reconstruir los pasos en la historia de los múltiples ingredientes: carne de res y de cerdo, nueces, almendras, clavo y canela, ajo y cebolla, duraznos, peras, manzanas, plátano macho, tomates (“jitomates”, como les dicen en México), jerez dulce o vino blanco seco, según los gustos.

Todo ello envuelto en la carne verde del chile poblano despojado de sus venas y semillas picantes, y despellejado para que sea más sabroso, y bañado en la crema blanca de crema natural y nuez de nogal, con un ramo de perejil en un extremo. En esta época del año, el homenaje se le hace a los chiles en nogada, más que a la bandera.

15 septiembre 2010

Expreso de Oriente

Tenía 13 o 14 años de edad cuando leí –más bien devoré- las 54 novelas de Agatha Christie que se habían publicado hasta entonces, entre ellas “Asesinato en el Orient Express” (1934). A pesar de que en la novela Estambul es apenas el punto de partida de Hércules Poirot y la trama sucede íntegramente en el tren de regreso a Viena, la sola mención de la antigua Constantinopla hizo que su nombre se adhiriera para siempre a mi imaginario.

Graham Greene escribió “Stamboul Train” (1932), donde el personaje es también el Expreso de Oriente y  la aventura policial termina cuando el tren llega a la mítica ciudad turca que une Europa con Asia. Estambul quedó desde entonces en mi horizonte como un destino que algún día tendría que alcanzar.

En la primera oportunidad que se presentó a principios de los años 1970s, tomé (solamente hasta Milán) el Expreso de Oriente, el tren con nombre mágico que desde 1883 viajaba de noche entre París y Estambul. De ese viaje recuerdo los antiguos vagones de madera, los pasamanos de bronce y los ronquidos de dos turcos que me robaron el sueño.

El lujo sobrio de los vagones contrastaba con los trenes más modernos que acabaron por remplazar en 1977 al Expreso de Oriente. Años después renació como un ave fénix de lujo, para satisfacer a los turistas ávidos de viajar por esa ruta célebre, pero con el mayor confort. En 2009 murió definitivamente.

El paso del tiempo aleja los horizontes que uno se propone. Con retraso -porque el tren de la vida dio muchas otras vueltas por otros territorios- recién pude conocer en julio de este año la antigua Bizancio o Constantinopla, la capital de dos imperios durante 1500 años, la bisagra entre dos continentes. Ni las novelas policiales ni las historias de espías y traficantes de armas –verdaderas e inventadas- que transcurren en esta ciudad mítica, lo preparan a uno para el descubrimiento de Estambul. Es una ciudad abigarrada, con 13 millones de habitantes y con siete colinas como Roma, repleta de magníficos palacios, 2500 mezquitas, 157 iglesias cristianas, 19 sinagogas y 10 monasterios.

Las calles de Estambul son avenidas de la diversidad cultural por donde circulan ciudadanos asiáticos, árabes, europeos, africanos de costumbres muy diversas. Del golfo pérsico llegan visitantes musulmanes, a veces mujeres cubiertas de negro de la cabeza a los pies, donde apenas se distinguen los ojos presos detrás de la burka (pero el marido, muy fresco, en bermudas y chancletas), y otras de países menos fanáticos del Islam, cuyas mujeres agraciadas llevan solamente el velo que cubre sus cabezas.

Me alojaron a media cuadra del tradicional Hotel Pera Palace, que abrió sus puertas en 1892 para acoger a los pasajeros del Orient Express. En la habitación 411 escribió Agatha Christie su famosa novela (Hitchcock, Hemingway y Greta Garbo figuran entre otros célebres personajes que se alojaron en ese hotel).  Sin duda la gran dama del misterio también caminó por la calle peatonal Istiklal, una cuadra más arriba, que un antiguo, lento y solitario vagón de tranvía recorre de ida y vuelta sobre una vía única, abriéndose paso entre un hormiguero de visitantes de todo el mundo, que recorre el corazón de la ciudad hasta la Torre Galata o para tomar el Túnel.

La Torre Galata, legado de la comunidad genovesa en 1348, erguida sobre la ciudad con una vista magnífica de 360 grados sobre el Bósforo y el Golden Horn, parecía vigilar mis movimientos nocturnos con dos ojitos de luz. Caminé a su alrededor varias veces de noche y de día por las retorcidas callejuelas y pasajes donde me tomaba una copa de vino (que los hay excelentes en Turquía) o por 2 Liras Turcas un gran vaso de zumo de toronja o de naranja.

El “Túnel”, cerca de allí, es uno de los trenes subterráneos más antiguos del mundo, jalado por un cable empinado que une solamente dos estaciones, una en lo alto de Beyoglu y la otra en las orillas del Cuerno de Oro, el estuario que divide Estambul. Al otro lado está Sultanhamet, la península en la que se fundó la ciudad, y allí se concentran los monumentos más emblemáticos de Estambul, cuyo conjunto es Patrimonio de la Humanidad desde 1985 (¿por qué tardaron tanto?). Muchos de ellos fueron obras del arquitecto del imperio otomano, Mimar Sinan, a quien Suleyman el Magnífico le dio el poder y los recursos para realizar las 477 obras que se le atribuyen.

En pocas horas es posible recorrer innumerables edificios emblemáticos, como la gigantesca Santa Sofía, extraordinaria por dentro y por fuera; la Mezquita Azul con sus seis minaretes y sus bellos azulejos; el Palacio de Topkapi, el Museo de Arqueología y la Basílica Cisterna, extraña construcción bajo tierra, un gigantesco depósito de agua que alguna vez sirvió para alimentar la ciudad, con 336 columnas que emergen del agua, algunas sostenidas por cabezas de Medusa. En el Museo Arqueológico impacta la belleza del “Sarcófago de Alejandro”, llamado así no porque haya sido esculpido para Alejandro Magno, sino porque en sus frisos de mármol aparece vencedor contra los persas.

En Topkapi impresionan las dimensiones del Harem (que en árabe significa “prohibido”), un conjunto de 300 habitaciones en las que el Sultán guardaba celosamente a sus concubinas y a su familia. Además de ellos, sólo podían entrar a prestar servicios los eunucos negros, que eran revisados periódicamente para comprobar la eficacia de sus castraciones. Una de las habitaciones tiene dos gigantescas camas donde el Sultán podía jugar con diez concubinas al mismo tiempo. En Topkapi hay mucho que ver, pero me quedo con la imagen de la hermosa daga de oro y esmeraldas (1741) que se hizo famosa en una película con Melina Mercouri y Peter Ustinov.

Muy cerca de allí está el Gran Bazar, una ciudadela de estrechas callejuelas techadas, con 18 puertas de entrada y 4 mil tiendas, donde se concentra la producción artesanal, que es tan rica como la variedad de especias de todos los sabores y colores que se venden en el otro mercado cercano, el Bazar de las Especias (1660). Uno puede pasar horas en estos bazares repletos de gente, ya sea para mirar o para comprar hermosas piezas de cerámica, de trabajos en metal o en cuero, antigüedades o dulces típicos.

No pude resistir la tentación de pasar unas horas de relajamiento en un baño turco; Cagaloglu Hamami fue el lugar indicado, con su inmenso hararet (cuarto caliente), pero no salí completamente satisfecho con el tratamiento tradicional de masajes, sauna y exfoliación…. El Sultán Mahmut I construyó este hammam en 1741 y por aquí pasaron Franz Listz, Omar Sharif, Rudolf Nureyev, y Florence Nightingale, entre otros. No es extraño que se haya convertido en un atractivo turístico.

El Estrecho del Bósforo que une el Mar de Mármara con el Mar Negro, no solamente separa en dos a Estambul, sino que separa a Europa de Asia, pero el largo puente Bogazici inaugurado en 1973 une al mismo tiempo los dos continente.  Basta tomar ese puente (o el tren subterráneo que pasará en breve debajo del estrecho) para pasar de un continente a otro. La ciudad tiene ese aire doble, esa atmósfera de leyenda donde se mezcla la cultura europea y asiática.

En las esquinas de Estambul, como en toda Turquía, abundan las fotos de Ataturk (“padre de los turcos”) fundador y primer presidente de la nación.  En pocos países se rinde tributo de manera tan unánime a un líder político como a Ataturk en Turquía; y con razón, pues fue quien modernizó el país y lo acercó a Europa.

Este 2010 Estambul es la Capital Europea de la Cultura (un concepto creado por Melina Mercouri el año 1983, cuando era Ministra de Cultura de Grecia). Durante todo el año, y sobre todo en la época de verano, las actividades culturales se multiplican como para convencer a cualquiera de algo que por la historia y la leyenda es desde ya evidente: que esta es una gran ciudad, una de las ciudades más dinámicas, sorprendentes y mágicas del mundo.


06 septiembre 2010

De Afrodisias a Pergamon

Al ingresar por el extremo este del enorme estadio vacío de Afrodisias, no pude menos que imaginar el rugido de 30 mil espectadores que alentaban a sus atletas… dos mil años atrás. Cuando uno tiene la suerte de visitar este lugar en solitario, aprecia más su intensa historia. El estadio de 262 metros de largo es imponente y uno de los mejor conservados en la cuenca mediterránea a pesar del terremoto que destruyó Afrodisias en el siglo VII.


No es lo único que ofrece Afrodisias. A diferencia de Éfeso, el antiguo puerto donde todo parece concentrarse en torno a una calle troncal, en Afrodisia los edificios emblemáticos están dispersos en una vasta superficie y caminar hacia ellos bajo un sol de plomo se justifica plenamente por la satisfacción que se siente al llegar ya sea al ágora, al Sebastión, a los baños de Adriano, al odeón o al teatro. Se han encontrado en las excavaciones más de dos mil inscripciones en mármol que cuentan la historia de la ciudad.

  

El arqueólogo Kenan Erim le dedicó gran parte de su vida a Afrodisias, y como reconocimiento a su labor está enterrado en el propio sitio arqueológico, muy cerca del monumental portal conocido como Tetrapilón. Las esculturas y relieves que rescató Erim durante las excavaciones se encuentran en el museo de Afrodisias, uno de los más ricos de Turquía. Los relieves que eran parte del Sebastión (el templo de Augusto) son de una gran belleza plástica y están bien conservados, verlos es un placer. Dan ganas de tocarlos, pero no se puede.

Qué diferencia con la capital del reino de Pergamon, que los alemanes saquearon hasta dejar solamente el esqueleto. Su antiguo esplendor solamente puede apreciarse en un dibujo. De Pergamon se llevaron las piezas más ricas a Berlín, estructuras enteras como el Gran Altar, estatuas y miles de objetos de las excavaciones, algo que los turcos no están resignados a aceptar.  El Museo de Pergamon en Berlín es considerado como uno de los mejores de esa ciudad, un gran monumento al pillaje del patrimonio histórico de Turquía.

A los pies de la colina sobre la que se erigió Pergamon está el santuario de Esculapio, un lugar emblemático para la historia de la medicina. Una avenida de tres kilómetros de largo, bordeada de columnatas, unía Pergamon a este centro de salud de la antigüedad, donde los enfermos venían tanto a curarse en aguas milagrosas como a orar en el templo de Esculapio. Aquí atendía Galeno, cuyo nombre designa hoy a toda la profesión, antes de trasladarse a Roma para ser el médico personal de Marco Antonio.

La riqueza de sitios arqueológicos en Turquía es tan amplia, que uno corre el riesgo de saturarse de belleza. Ya le dediqué tres notas a Nemrut Dag, a Éfeso (y Troya), y a Pamukkale y Hierápolis (que son parte de un mismo conjunto histórico). Podría extenderme más y sumar comentarios sobre otros sitios patrimoniales, pero me limitaré a mencionar en pocas líneas lo que observé en algunos de esos lugares.

En Letoon, que es Patrimonio de la Humanidad junto a Xanthos, y también en Patara, encontré “ruinas nuevas”, es decir, algo que ya había visto en Pattadakal (India), hace unos años: un afán pernicioso por “reconstruir” las ruinas para atraer al turismo, algo que la UNESCO no avala. Siempre ha habido la discusión sobre si un sitio arqueológico se debe reconstruir, como sucedió con Machu Pichu, o si solamente se debe “consolidar”, como he visto que se hacía en Angkor (Camboya). Generalmente se acepta que la consolidación de estructuras es justificada para evitar que se sigan deteriorando, pero no la fabricación de estatuas, columnas o edificios con fines de embellecimiento.

Patara tiene la desventaja de estar junto a una extensa playa de arena blanca, por lo que se ha convertido en un destino turístico del cual las ruinas son una especie de telón de fondo para los bañistas que pasan indolentes frente a las volquetas, las grúas de construcción y los bloques de mármol con los que se está reconstruyendo el teatro de este sitio histórico, seguramente para ofrecer espectáculos a los turistas de playa.

En cambio, solo (aunque rodeado de tortugas) en las colinas pedregosas de Pinara me perdí varias horas tratando de alcanzar las extrañas tumbas talladas en la roca de la montaña. No se habla mucho de Pinara y ni siquiera figura por si misma en la lista indicativa de propuestas para el Patrimonio Mundial, pero es un lugar fascinante de la cultura Licia.  En las escarpadas laderas de la montaña se han cavado en la roca tumbas que me recordaron las dos veces que estuve en Petra (Jordania). El paisaje es aqui diferente, hay árboles y agua, y las tumbas no son ciertamente tan impresionantes y grandes como las de Petra, pero tienen su propio encanto mediterráneo. 

28 agosto 2010

Cuando el doctor no sabe

Luego de un largo proceso, como suele ser el caso de la publicación de revistas académicas serias que cuentan con comités y mecanismos científicos de evaluación, finalmente recibí mis ejemplares del número Número 31 (Época II • Volumen XVI • Verano, 2010) de "Estudios sobre las Culturas Contemporáneas - Revista de investigación y análisis" que publica la Universidad de Colima, en México.

Dirige la publicación Jorge González (CEIICH-UNAM) y la edición está a cargo de Genaro Zenteno Bórquez. El Comité Directivo cuenta con el apoyo de especialistas como Guadalupe Chávez (Universidad de Colima) y Jesús Galindo (GUCOM), entre otros, y entre los asesores internacionales destacan Noé Jitrik (Argentina), James Lull (USA), Jesús Martín Babero (Colombia), José Márques de Melo (Brasil), Philip Schlesinger (Escocia), y mi colega Thomas Tufte (Dinamarca).

Culturas Contemporáneas es integrante de la Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal, así como de la Red Iberoamericana de Revistas de Comunicación y Cultura, y de LatAm-Studies (Estudios Latinoamericanos), un servicio de información que promueve y difunde miles de textos integrales de la producción científica sobre América Latina.

Este número de más de 300 páginas está dedicado al tema de la comunicación para la salud en las Américas. Allí se publica mi artículo “Cuando el doctor no sabe”, en el que hago una crítica de algunos enfoques y prácticas de la comunicación aplicada a los programas de salud. El número especial se abre con un texto introductorio de José Ramiro Caballero Hoyos y de Ma. Guadalupe Chávez Méndez, seguido por “Comunicación para la salud del pueblo: una revisión de conceptos básicos”, de Luis Ramiro Beltrán, con su habitual densidad y meticulosidad.

Una entrevista con José Marques de Melo, un análisis de la estrategia educativa del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), una estrategia de educación popular para promover la participación comunitaria y otros textos de producción colectiva enriquecen este número de Culturas Contemporáneas.

Si bien los colaboradores son en su mayoría de México, casualmente este número cuenta con cuatro textos de autores bolivianos: Beltrán, Torres Goitia, Torrico y Gumucio.

La sección de reseñas de libros incluye el comentario de Erick R. Torrico Villanueva sobre la “Antología de Comunicación para el Cambio Social” (2008), obra que co-edité con Thomas Tufte y cuya versión en inglés se había publicado el año 2006.

Erick señala: “No hay duda, por tanto, de que la Antología constituye un documento multidisciplinario de referencia insoslayable para quien desee conocer en profundidad y en un amplio espectro el campo de la Comunicación para el Desarrollo y el Cambio Social, a fin de orientar con mayor fundamento su actividad investigativa, formativa, planificadora o práctica. A la vez, representa el producto de un esfuerzo paradigmático para impulsar, en los hechos y en las orientaciones, el ejercicio del Derecho a la Comunicación”.

Algo que uno agradece a Culturas Contemporáneas y a otras publicaciones especializadas de América Latina es la posibilidad de acceder en línea y de manera gratuita a los textos completos de los artículos. En esto hay una gran diferencia con las prácticas de publicaciones de Estados Unidos o de Europa, donde las revistas científicas son vertientes de negocios y las grandes editoriales como SAGE o Routledge, llevadas por una codicia extrema, suelen cobrar por la descarga de un artículo mucho más de lo que han pagado a los autores.

19 agosto 2010

Castillo de algodón

 

La palabra turca Pamukkale significa “castillo de algodón” y nombra a uno de los sitios de la antigua Turquía que en simbiosis con las ruinas de la antigua Hierápolis, reúne la doble condición de Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad, designado así por la Unesco en 1988.

Es difícil describir la magia de este paisaje de cascadas blancas petrificadas, bosques minerales y espejos de agua de intenso azul que se alzan sobre la planicie de Denizli. Las formaciones de piedra caliza y travertino se remontan a la antigüedad y son el resultado de muchos siglos durante los cuales las aguas termales sobresaturadas de carbonato de calcio han ido formando piscinas naturales.

Hace más de dos mil años este lugar fue un “spa” de privilegio de los reyes de Pérgamo, quienes hicieron construir en lo alto de la colina el balneario de Hierápolis, para pasar allí temporadas de descanso. Un terremoto ocurrido a principios de nuestra era destruyó la ciudad, que fue reconstruida con un diseño romano.

Pamukkale y Hierápolis siguieron recibiendo a través de los siglos cientos de miles de peregrinos que llegaban en busca de curas milagrosas a sus enfermedades. No todos conseguían curarse, de ahí que en las ruinas de Hierápolis hay tres necrópolis, cementerios con más de 1200 tumbas, túmulos y sarcófagos de muy diversas características, algunos en forma de casas, monumentales referencias a la civilización licia que se desarrolló en la región de la antigua Anatolia, pero también a los periodos helenístico, romano y cristiano.

La afluencia de turistas maleducados y de comerciantes hoteleros estuvo a punto de acabar con el encanto de Pamukkale y Hierápolis.  Se construyeron hoteles en medio de las ruinas, y las cascadas naturales ya no podían soportar la cantidad de visitantes que venían a bañarse en sus aguas carbonatadas. Cuando la Unesco le puso el ojo al lugar, el gobierno se tomó en serio el sitio patrimonial, demolió los hoteles y prohibió el ingreso de bañistas a las antiguas cascadas de piedra caliza. Ahora las mira uno desde cierta distancia, aunque todavía es posible mojarse los pies en piscinas de más reciente formación.

Los antiguos baños romanos de Hierápolis albergan hoy un museo con piezas extraordinarias, pero además se conserva a su lado, junto al restaurante, una piscina natural en cuyo fondo se distinguen columnas romanas y otros restos. Allí todavía es posible bañarse.

Si bien todo el conjunto que forman Hierápolis y Pamukkale es inolvidable, me gustó en especial el anfiteatro construido 200 años antes de nuestra era, uno de los mejor conservados de Turquía, que originalmente podía albergar a 20 mil espectadores.  Mientras la mayor parte de los teatros que visité fueron reducidos por el tiempo a sus graderías semi-circulares, el de Hierápolis mantiene las columnas y estatuas del proscenio y de la escena, entre las cuales uno espera que en cualquier momento aparezcan los actores del pasado.

Estos trayectos memoriosos por las antiguas ciudades de Turquía los hice en compañía de mi amiga turca Sevda Alankus, profesora en la Universidad de Esmirna, a quien le debo algunas de las fotos en las que aparezco feliz de estar en su extraordinario país. 

13 agosto 2010

Éfeso (y Troya)

Sobre Nemrut Dag me salieron unos versos.  Y no es que Éfeso no se merezca un poema, pero prefiero describir en prosa esta antigua ciudad porque recorrer sus calles fue quizás la experiencia más estimulante en un itinerario que me llevó también a otras ciudades turcas de la antigüedad: Afrodisias, Hierápolis, Pamukkale, Pérgamo, Patara, Pinara, Xanthos, Letoon, Troya, Tlos, Fethiye y Saklikent Gorge (que no es una ciudad sino una cañada de río, donde me partí una rodilla, por lo que merece recordarse).

La Biblioteca de Celso
De todas las ruinas de la antigua Turquía, resultado de yuxtaposiciones de culturas e imperios, Éfeso conquistó mis sentidos cuando la visité envuelta en esa luz del atardecer del Mediterráneo que no tiene par. Éfeso es la que mejor conserva su aspecto de ciudad y la que luce edificaciones en mejor estado de conservación.

Destaca entre ellas una joya, la Biblioteca de Celso, majestuosa con dos pisos con columnas y estatuas que representan la sabiduría (Sofia), el conocimiento (Episteme), la inteligencia (Ennoia) y la virtud (Arete). Pero no es lo único, su anfiteatro es magnífico y también la calle Curetes con sus losetas de mármol, que sube desde la biblioteca hasta los Baños de Varius, pasando por Latriana (letrinas públicas), por el prostíbulo, el Templo de Adriano, la Fuente de Trajano, la Puerta de Hércules, el Odeon y la Calle de las Columnatas.

No he visto en otras ciudades antiguas de Turquía un prostíbulo, y menos situado en un lugar tan prominente, casi frente a la Biblioteca de Celsus. Más interesante aún es que en la calle que viene del teatro, hay una loseta de mármol que, según se dice, es el primer ejemplo de publicidad de un prostíbulo en la historia. La piedra muestra el grabado de una figura de mujer, junto a la huella de un pie izquierdo, como indicando el camino a seguir.

Aunque fundada inicialmente por los griegos hace tres mil años, lo que conocemos actualmente de la ciudad de Éfeso data de unos 400 años antes de nuestra era, cuando la ocupó Lisímaco, sucesor de Alejandro Magno. Los griegos adoraban aquí a Artemisa, la diosa de múltiples senos. Pero fueron los romanos los que convirtieron a Éfeso en el puerto más importante sobre el Mar Egeo. Con los años el mar retrocedió, dejando al puerto lejos del agua y de la bonanza económica, pero continuó siendo una ciudad de referencia para el cristianismo, e incluso se afirma que María, la madre de Jesús, vivió aquí sus últimos años. Por ahí está la casa donde supuestamente vivió, pero me dio pereza visitarla.


en la calle Curetes de Éfeso
La extensa historia de Troya nos habla de nueve ciudades superpuestas, pero el peso de todas ellas ha reducido el lugar a unos pocos escombros. La destrucción, que incluye la causada por arqueólogos como el alemán Heinrich Schliemann, no ha dejado piedra sobre piedra.  En vez, un gigantesco caballo de madera, de construcción reciente, recibe a los turistas al estilo Disneylandia.

Paradójicamente (probablemente gracias a “La Iliada” de Homero), Troya fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998, y sin embargo Éfeso y Afrodisias figuran solamente en la lista tentativa, mientras Pérgamo, Pinara o Tlos ni siquiera aparecen.

07 agosto 2010

ISTR en Turquía

Generalmente mi participación en eventos internacionales privilegia aquellos que tienen que ver con los campos en que desarrollo mi actividad, ya sea la comunicación, el cine o la literatura. Sin embargo del 7 al 10 de julio de 2010 tuve la oportunidad de conocer un ámbito diferente cuando asistí en Turquía a la “9th International Conference of the International Society for Third-Sector Research (ISTR)”, en la Universidad Kadir Has de Estanbul, una antigua fábrica de cigarrillos convertida en centro académico.


La Sociedad Internacional para la Investigación del Tercer Sector (que así se traduciría al castellano ISTR), fundada en 1992, es una amplia asociación de investigadores que promueve la investigación y la educación en el campo de la filantropía, de la sociedad civil y de las organizaciones sin fines de lucro, tanto ONGs como movimientos sociales.

ISTR publica dos revistas, por una parte Voluntas, que en 20 años ha publicado 72 números (4 por año, salvo en los primeros años) recoge textos vinculados a las investigaciones; por otra Inside ISTR, un boletín de 14 páginas sobre las actividades de la asociación y de sus miembros, que se publica también cuatro veces al año desde 1992.

El congreso contó con la participación de 600 delegados, y casi igual número de ponencias y presentaciones, distribuidas en la impresionante cantidad de 300 paneles, lo que significaba que en todo momento del evento los grupos temáticos sesionaban en paralelo en 13 salas.

El programa del congreso constituye un festín para cualquier investigador que se interese en temas de gobernanza y gobernabilidad, democracia, políticas de Estado, participación, sector privado, cooperación norte-sur, prácticas solidarias, responsabilidad corporativa, crisis, pobreza, educación, salud… y tantos otros temas que pueden consultarse en esta página web. Fue imposible digerir tanto durante el evento.

Hay un componente latinoamericano en ISTR que si bien no tiene una enorme influencia en la red y no es suficientemente representativo de la región, incluye investigadores de, Perú, Uruguay, Argentina, Brasil y sobre todo de México. Alguien que ha asistido varias veces a estos congresos, me decía durante una pausa que tradicionalmente la asociación ha sido dominada por hombres, europeos y norteamericanos.

Gumucio
Fowler
Biekart

No había otro boliviano en el evento. Como parte del panel “Civic Driven Change and the Political Interface”, compartí con mis colegas Alan Fowler (ex presidente de ISTR) y Kees Biekart (del Instituto of Social Studies, La Haya), y presenté mis reflexiones sobre “sociedad civil, participación política y el derecho a la comunicación”, bajo el título “The ubiquitous nature of struggle” (en castellano sería: “La ubicuidad de la lucha”).  Probablemente esta y otras ponencias sean publicadas por ISTR, pero esas cosas suelen tardar meses, a veces años. Cuando suceda, lo haré saber aquí.


02 agosto 2010

Pepe Ballón

Hay pocos hombres como Luis Alberto Ballón y generalmente se los reconoce cuando ya no están con nosotros. Yo recuerdo a Pepe con sus ojillos pequeños, brillosos, con esa mirada que era una mezcla de melancolía y de picardía, aunque era difícil saber cuando era cual. Llevaba con frecuencia una cachucha de cuero y una mantilla de vicuña.

Hurgando en mis archivos memoriosos encuentro una foto tomada en junio de 1984, en la puerta del Cine 6 de Agosto. De derecha a izquierda: Pepe Ballón, Oscar “Cacho” Soria Gamarra, Alfonso Gumucio Dagron y Julio de la Vega.

Julio de la Vega, Alfonso Gumucio, Oscar Soria, Pepe Ballon

Todo esto me viene a la mente a raíz de la exposición “Cultura en libertad: homenaje a Pepe Ballón” que presentó el Espacio Simón I. Patiño en La Paz, montada por Michela Pentimalli con el concurso de Leni Ballón, la hija de Pepe, custodia de su memoria. La muestra reúne algunos objetos personales que tienen que ver con su vida de promotor de la cultura: discos, libros, recortes de prensa, así como pintura y dibujos de pintores amigos, que le regalaban sus obras, porque querían dejarlas con él mejor que con un comprador cualquiera.

Esta colección personal incluye obras de Enrique Arnal, Gil Imaná, Jorge Carrasco Núñez del Prado, Luis Zilveti, Antonio Toro… Completan la muestra dos retratos pintados por Gustavo Lara y Agnes Ovando, una serie de Luis Luksic, gran amigo del exilio caraqueño, y por supuesto obras de Walter Solón Romero, con quien solíamos coincidir en los sótanos de la Imprenta Universitaria de la UMSA, para pasar un rato con Pepe.

Luis Alberto Ballón es de esos grandes seres humanos, como Liber Forti, que tienen espíritu de tinta y papel. Suelen ser seres extremadamente cultos y respetuosos, porque están a lo largo de sus vidas en contacto con los libros, y aman los libros.

Pepe fundó la Imprenta y Editorial BuriBall con Don Ernesto Burillo (con quien tuve que ver varias veces en aventuras editoriales). Durante su segundo exilio en Venezuela Pepe Ballón trabajó en la Galería del Libro y en 1982 me hizo “la gauchada” de publicar una nueva edición de mi libro “El cine de los trabajadores”, que había salido un año antes en Nicaragua, como parte del trabajo que hice con la Central Sandinista de Trabajadores.

De julio a julio: Pepe nació un 23 de julio de 1918, y falleció un 9 de julio de 1997, un Leo raro, porque no le gustaba brillar, era un hombre modesto y sencillo, incapaz de imponerse sobre los demás. Pero claro, por mucho esfuerzo que hacía para no aparecer, su valor no podía esconderse.

Entre las muchas cosas buenas que logró en su vida, quizás aquella que lo hizo trascender como gran promotor cultural fue la Galería y la Peña Naira, un espacio de cultura en momentos en que La Paz carecía de ellos.

La Galería Naira ofreció cursos y premios de dibujo, de pintura, de teatro, de música, de baile. En la Galería Naira expusieron los artistas más importantes del momento. La foto de la inauguración muestra a un grupo selecto: Enrique Arnal, Gil Imaná, Luis Zilveti, María Esther Ballivián, Jorge Carrasco Núñez del Prado, Fausto Aoiz, Inés Ovando, Alfredo La Placa, entre otros.

La Peña Naira promovió el folklore boliviano, cuando nadie más lo hacía. Allí se consolidaron artistas de la talla de Alfredo Domínguez, Ernesto Cavour, Gilbert “el Gringo” Favre… Los Jairas fue el nombre legendario del grupo de música folklórica que representó a Bolivia en el mundo entero, el que abrió la brecha para tantos otros que vinieron después. Íbamos a la Peña Naira, estrecha, pequeña, y nos sentábamos en esas sillas rústicas que habían hecho los presos del Panóptico de San Pedro, codo a codo sobre la mesitas incómodas de madera donde no cabía un codo más.

Años después Pepe me contaba anécdotas que adornaban la historia de la Peña Naira, como fue la llegada en tren desde Chile de Violeta Parra, enamorada hasta el tuétano del Gringo Favre. Violeta expuso dibujos en la Galería Naira, y permaneció un tiempo en La Paz. Esta y otras historias figuran en el video “Naira en el corazón”, producido por la Fundación Patiño, realizado por Rodny Montoya bajo la dirección general de Michela Pentimalli y con el concurso de Leni Ballón.

No podía haber mejor complemento para la exposición en homenaje a los 13 años del fallecimiento de Pepe Ballón. El video es rico en fotografías de Pepe y del mundo artístico que generó a su alrededor. A través de entrevistas con Rolando Costa Arduz, Miguel Ballón, Alfredo La Placa, Jorge Medina, Wálter Navia y la propia Leni Ballón se reconstruye la trayectoria de Pepe, y sobre todo se dibuja su personalidad solidaria, su compromiso con la cultura y con Bolivia.

El documental incluye referencias a los exilios de Pepe Ballón en Venezuela –donde lo acogió su gran amigo Aquiles Nazoa, como Pepe lo había acogido antes en Bolivia- y en México donde consolidó su estrecha amistad con la familia de Marcelo Quiroga Santa Cruz, a poco tiempo del asesinato del líder socialista.

En esa época Pepe y yo intercambiamos cartas que aún conservo, escritas cuando él estaba en Caracas y yo en Nicaragua, primero, y en México después.  Son cartas de varias páginas, escritas con una letra pulcra en papel rayado. En todas Pepe muestra su gran corazón solidario, en cada una incluye bajo su abrazo fraterno a los que lo rodean en Caracas y a quienes estábamos en México, como afirmándose en ese valor supremo que es la amistad.

Así se despide en una de esas cartas: “Chau, me voy al teatro, les beso con cariño, a esta muestra de afecto se suman Leni, María, Mauricio, Pachi, Pajarito y otras aves” y más abajo: “Saludos cordiales a todos los cumpas, especiales a Coco, René, Alma, Bascopé. Especialísimos a Cristina, Marisol, Mauricio. También supe que andaba por esos pagos Enrique Arnal, si aún está por allá otro abrazo, y esta vez me despido hasta pronto y fin”.

En otra empieza: “Que sino dramático, trágico, nos ha señalado la vida a los sencillos altiplánicos que somos nosotros, que hace tantísimo tiempo venimos dando tumbos, caídas, traspiés y vamos errantes por este mundo adverso, queriendo abrevar nuestra descomunal sed de justicia, de paz y amor; pero felizmente aún hay infinita belleza en esta tierra y hay abrevaderos como la fuente de la amistad que ustedes me dan…”  Y más adelante en la misma carta: “En resumen les digo ¡Viva la vida! Y ¡Vivan ustedes!

Así era Pepe.