26 diciembre 2020

Cría cuervos

Dice el dicho: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”. En la política boliviana puede aplicarse con holgura.

Es lo que está sucediendo en el interior de esa masa amorfa que compró la sigla falangista Movimiento al Socialismo (MAS) para entrar en la política de este siglo, y es un ejemplo de lo que ocurre luego de casi tres lustros de desgobierno donde, por una parte, regía el absolutismo de un cacique que se hacía amarrar los cordones de los zapatos, y por otra, una licencia tácita que disparó el contrabando y el narcotráfico para crear la sensación de “hay plata, estamos bien”.

El heredero de esa era oscura no es un delfín sino un cuervo: fue criado durante catorce años como responsable del manejo de la bonanza económica. La propaganda oficial lo presenta como el autor de la estabilidad, mientras colapsaba la industria nacional y el país perdía millones por el contrabando, debido al espejismo de un dólar anclado en 7 Bolivianos. La historia pondrá en su lugar al responsable de haber convertido el oro en latón.

Dibujo de Abecor en Página Siete

El efecto de esos 14 años se sentirá durante otros 14 años, por lo menos. Pero las consecuencias políticas dentro del movimiento que gobierna ya se están sintiendo: los cuervos se están arrancando los ojos a silletazos y no dudan en amenazar a su creador, el omnipresente Jefazo, que con dedazos sigue tomando decisiones. La concepción de que el Estado es un botín impera en la mentalidad masista en todos los niveles. En el partido que gobierna hay una bomba de tiempo que podría implosionar.

Por mucho que el flamante presidente quiera lavarse la cara y presentar una máscara nueva de tecnócrata preocupado por la suerte económica del país, está rodeado de miles de militantes que exigen cuotas y no dudan en enfrentarse entre ellos mismos en disputa por la escalera que sube a los puestos de poder. “Aunque sea me consigues un puestito de portera”, se escucha en la grabación filtrada de la conversación telefónica de una ex funcionaria del MAS.

Los “intensos debates” en el MAS...

La confrontación entre azules no tiene que ver con corrientes ideológicas ni principios. Una nueva ola de masistas, germinada en la nueva burguesía chola durante el largo periodo de autoritarismo, reclama su derecho a una tajada de la torta del poder.

El mismo día de la posesión del primer gabinete de ministros nombrado por el nuevo presidente Luis Arce Catacora, empezó la disputa por pegas dentro del Movimiento al Socialismo (MAS):

El Movimiento Al Socialismo (MAS) de la ciudad de El Alto, manifestó su desacuerdo por la conformación del gabinete de Arce. Un dirigente amenazó que exigirán el carnet de militancia a las nuevas autoridades ya que se pretende ‘sacar a las manzanas podridas’ de las filas del partido de gobierno.

Dibujo de Abecor en Página Siete

Cada “movimiento social” exigía 4 o 5 ministerios, al extremo de que el propio presidente electo declaró que necesitaría medio centenar de ministerios para satisfacer a todos. Ahora que ya han sido repartidos, los militantes masistas están enfrascados en la pelea por otros puestos: embajadas, viceministerios, direcciones y candidaturas para las elecciones subnacionales que están a la vuelta de la esquina. 

Los grupos de poder están divididos en tres corrientes lideradas por personajes del anterior gobierno: la figura tutelar, Evo Morales, será la piedra en el zapato de Arce Catacora, que tiene sus propios seguidores, pero también está David Choquehuanca con su discurso místico-originario. A García Linera no le quedó más que seguir pegado como lapa a Morales, pues no tiene futuro político propio. 

Cuatro cosas tienen en común las tres tendencias de la militancia azul: la angurria por el poder, la falta de ética, el odio revanchista y la ausencia de ideología. Lo demás es puro discurso hueco.

El discurso anti-imperialista que reivindica un falso relato de izquierda que se vende bien, no hace sino esconder bajo un barniz “políticamente correcto” la naturaleza violenta del movimiento azul que ha regresado más sediento de poder que antes.

(Publicado en Página Siete el sábado 28 de noviembre de 2020)

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Quien vota a los corruptos los legitima, los justifica
y es tan responsable como ellos.
—Julio Anguita

 

 

20 diciembre 2020

Cuando los autocines quedan solos


 En septiembre, después de décadas, viví la experiencia inusual de ir a un autocine, nada menos que para ver el estreno en Colombia de "Cuando los hombres quedan solos" de Fernando Martínez y Viviana Saavedra. La cinta boliviana fue presentada por uno de sus actores, el colombiano Toto Vega (actor muy conocido en la televisión colombiana) , y a mi me pidieron que diga unas palabras para inaugurar el acto. En vez de aplausos se encendían las luces de los vehículos y se escuchaban bocinas. Fue una rara sensación de hablarle a una cantidad de autos sin poder ver a las personas.  Es otro de los rasgos curiosos de la pandemia. 


Bajo una fina llovizna y evitando enfangarse en el terreno resbaloso del Autocine Cajicá, medio centenar de autos con bolivianos y colombianos participaron en la experiencia. Ahora que las salas de cine comienzan a abrir sus puertas con restricciones de bioseguridad, los días de los autocines están contados. De ahí que la experiencia fue interesante, aunque no necesariamente cómoda. 

No voy a abundar sobre "Cuando los hombres quedan solos" el primer largometraje que aborda el golpe militar de García Meza desde la mirada de los paramilitares, porque ya publiqué mi comentario a principios de 2020, antes de la pandemia. Solo quiero añadir que se trata de una coproducción entre Bolivia y Colombia, y que en las coproducciones radica la posibilidad de seguir haciendo cine en América Latina ya que podamos ver nuestro cine en varios países, sin depender de las grandes distribuidoras controladas desde Estados Unidos.

Hubo una década de oro, cuando eclosionó en el mundo el Nuevo Cine Latinoamericano y vientos de intercambio favorecieron el desarrollo de nuestras incipientes cinematografías. No solo en nuestra región, también en Europa, en América del Norte, en Asia y en África, se comenzó a construir una nueva cinematografía más cercana a la problemática social y política. Había una enorme curiosidad por conocer esas nuevas experiencias y esos nuevos cineastas de la Nouvelle Vague francesa, del Neorrealismo italiano, del Free Cinema inglés, del Cinema Novo de Brasil, del naciente cine cubano, de las experiencias atrevidas en los países del bloque socialista, que desafiaban a la censura.

En las décadas de 1960 y 1970 el interés mundial de los espectadores por un cine emergente coincidió con una sociedad ampliamente progresista, alineada con las grandes tendencias de cambio social y la utopía de un mundo mejor. Por ello, los estrenos en Europa de películas latinoamericanas, africanas o asiáticas atraían mucho público y eran pate de las prácticas cotidianas de estar comprometido en favor de la justicia social, de los movimientos feministas o del medio ambiente, y contra las guerras de ocupación, contra las dictaduras militares y las formas de censura y represión.

 En los propios países, el público se presentaba como avalancha en las salas de cine para ver películas propias, y organizaba manifestaciones callejeras cuando la censura militar o municipal se abatía sobre alguna producción del cine nacional. No se explica de otra manera el éxito inédito en salas comerciales de “Chuquiago” de Antonio Eguino, con medio millón de espectadores en un país que entonces no tenía más de 6 millones de habitantes.

Pero eso no duró más de un par de décadas. La fascinación por las grandes producciones de Hollywood volvió a imponerse, apoyada por el surgimiento de centros comerciales con tiendas, patios de comida y multicines con 24 o más salas, a lo que se sumó la llegada de las nuevas tecnologías que alentó el consumo en casa de las películas taquilleras y una piratería galopante que permitió el acceso a miles de películas que las salas de cine comerciales no estrenaban porque no era negocio.

El público le dio la espalda a las producciones nacionales aunque la calidad técnica de éstas se superó paulatinamente y las ayudas a la producción se multiplicaron. Si antes se hacía en Bolivia, con mucho esfuerzo, un largometraje que costaba 100 o 200 mil dólares, ahora no es raro que los films se beneficien de presupuestos de desarrollo, preproducción, postproducción, distribución, etc, que alcanzan a veces un millón de dólares. Y a pesar de ello, no aumenta el público para el cine nacional.

La pandemia no ha hecho sino agravar una situación que ya existía y postergar las posibilidades de recuperación. Se ha puesto de moda la retórica de una “nueva normalidad”, pero no está acompañada necesariamente de la creatividad que requiere para que los cambios necesarios lleven a una mejor situación. En el dominio de la producción y distribución cinematográfica, quizás regresemos simplemente a la vieja normalidad descrita más arriba, con el añadido de los gigantes de distribución como Netflix, Disney y otros, que harán que la gente se quede cada vez más en la casa para ver películas y series cómodamente arrellanados en sus sillones, con el celular a la mano.

Por ello los autocines tendrán una vida corta y es una experiencia que vale la pena vivir alguna vez en la vida. Los emprendedores que en este periodo pandémicos han invertido en ellos lo saben, por eso no han exagerado en gastos. Muchos de estos autocines se han instalado en grandes estacionamientos de centros comerciales o en lotes de terrenos baldíos en las afueras de las ciudades, sin ofrecer todo que lo los atocine de las décadas de 1940 o 1950 ofrecían. Ahora las pantallas LED son mejores, más brillantes y llamativas, y el sonido se transmite a través de una frecuencia modulada (FM) de radio en cada automóvil.

Apenas empezaron a funcionar en varios países, se anunciaron las medidas de apertura de las salas normales, a veces con medidas de distanciamiento y bioseguridad obligatorias, y a veces irresponsablemente, como en Europa, donde los casos de contagio por coronavirus han vuelto a multiplicarse por miles.

No nos engañemos, esta experiencia de autocine, atractiva porque retoma algo que ya se había perdido en caso todo el mundo, no significa un retorno al pasado, sino un incipiente intento de recuperar pantallas públicas para espectadores cada vez más encerrados sobre sus plataformas digitales. Ese camino es el que no tiene retorno.

Estamos lejos de los autocines del siglo pasado. El primero del que se tiene noticia se creó en 1915 en Nuevo México y tuvo corta duración.  A principios de la década de 1930 se depositaron varias patentes para autocines en diferentes lugares de Estados Unidos, que solían fracasar por problemas técnicos, sobre todo de sonido. En realidad, la eclosión se produce después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la reactivación de la economía de Estados Unidos implicaba la expansión del consumo de enseres domésticos y carros. La necesidad de vender más vehículos y activar una industria automotriz que llegó a ser la más grande del mundo, llevó a “reinventar” entonces necesidades innecesarias para estimular el consumo. Así, la venta masiva de automóviles se apoyaba en la posibilidad de hacer muchas cosas sin bajarse del vehículo: comprar hamburguesas o pizza, sacar dinero de un cajero, pasar por una farmacia y, por supuesto, ir al autocine.

Hoy son tiempos diferentes porque la pandemia ha traído todo a la casa con ayuda de las plataformas digitales y las entregas a domicilio. Las transacciones bancarias y comerciales se solucionan en la pantalla del celular o de la computadora (ya ni siquiera por teléfono), las teleconsultas médicas o la educación a distancia también llegaron para quedarse, y por supuesto el cine en la casa. Ahora si que el cine se está reinventando, y los autocines no son sino una experiencia pasajera.

(Publicado en Página Siete el domingo 4 de octubre de 2020)

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En la civilización del espectáculo, el intelectual sólo interesa
si sigue el juego de moda y se vuelve un bufón.
—Mario Vargas Llosa 

17 diciembre 2020

La otra guerra

Augusto Céspedes publicó un solo poema en su vida, y es el que introduce los cuentos de Sangre de mestizos, que figura entre los mejores libros de narrativa sobre la guerra del Chaco. “Terciana muda” (así titula el poema), es todo lo que no nos cuentan de la guerra, de la misma manera que lo es Chaco (2019) el largometraje de Diego Mondaca. 

Cuando hace varios años Diego compartió conmigo su guion original, la lectura del texto no me hizo suponer que la película resultante sería espléndida. Al verla he quedado convencido de que se trata de la mejor representación cinematográfica de la guerra, muy cercana al espíritu de Augusto Céspedes y de quienes vivieron esa parte oculta: la derrota contra el enemigo invisible.

Se trata de una obra compleja y narrada con una voz muy personal por el autor de La chirola y de Ciudadela. Sin duda, es su obra de madurez. Nada sobra y nada falta en esta película que podría representar dignamente a Bolivia en cualquier escenario mundial. Si en lo personal Mondaca despierta recelos en su generación por diferentes motivos, nada de ello le hace mella a Chaco, obra lúcida y ambiciosa.

El filme habla de la “otra guerra”. Aunque su título nos remita a la guerra del Chaco que sostuvieron Paraguay y Bolivia, la parábola narrada por Mondaca podría aplicarse a todas las guerras donde los combatientes son llevados a enfrentarse por la irracionalidad de los políticos.

La guerra que libran es con frecuencia una guerra contra un enemigo invisible, al que no ven, con el que se identifican como peones de jugadas que se deciden en salones donde nunca accederán. El verdadero enemigo, el que aprieta fuerte, el que desespera, el que enloquece a los soldados y oficiales, es un enemigo más hostil que un balazo: el hambre, la sed, la incertidumbre, el aislamiento o la desorientación física.

Los personajes de Mondaca, como los de Céspedes, han perdido la guerra sin haberla librado. Deambulan entre arbustos espinosos a la deriva, hacia un horizonte que se aleja y los enrosca como una serpiente de fuego.

Mondaca construye su parábola a través de un pequeño grupo representativo: un capitán alemán, dos tenientes bolivianos, y la tropa, veinte en total. Todos ellos sufren las mismas condiciones, aunque el militar extranjero se obstine al principio en mantener ciertos privilegios: una silla para sentarse y loza de porcelana dorada para tomar el té (además de una enorme muñeca que aparece como una alegoría de sus recuerdos más entrañables).

En esa escuadra extraviada, que busca improbablemente la ruta hacia el fortín Nanawa, se tejen relaciones humanas que nos dicen mucho más de la guerra que los disparos, los cañonazos y las escenas espectaculares de gente volando por los aires. Aquí, en verdad, solo salen dos disparos de las armas del pequeño destacamento, solo dos disparos en toda la película (minuto 62), y son los de la desesperación de dos soldados que toman la decisión extrema de suicidarse. “El suicidio es un asesinato tímido”, escribió un autor que no recuerdo ahora.

Las imágenes iniciales del filme parecen de esperanza: una lluvia copiosa baña a los soldados cuya sed se confunde con la esperanza. Pero a partir de allí el camino será muy difícil, circular y sin horizonte.

El realizador ha hecho un trabajo de investigación meticuloso, pero no ha dejado que los datos o las cifras invadan su mirada cinematográfica. No hay nada peor que una película de ficción que pretende contenerlo todo y convertirse en un sesudo ensayo. La referencia de Chaco es la literatura, la fotografía y el mismo séptimo arte. No es la primera película en la historia del cine que habla de soldados extraviados y acosados por un entorno hostil, pero es la que nos toca de más cerca y la que nos muestra códigos reconocibles: la manera de hablar, las relaciones sociales entre oficiales citadinos y soldados aimaras o quechuas, la bola de hoja de coca en el carrillo, la lealtad entre compañeros de infortunio, o el valor de la sobrevivencia.

Ciertas imágenes evocan las fotografías del Chaco que Luis Bazoberry convirtió en postales (todavía conservo un juego de la edición original). Mondaca tradujo en color las imágenes de los “fortines” que no eran otra cosa que campamentos miserables: una trinchera, alambrada de púas, una carpa y una tricolor boliviana colgada en el palo más alto que se podía encontrar.

Cero espectacularidades, porque para eso está el cine comercial, el que quiere vender explosiones aparatosas. Aquí son importantes los silencios y entre ellos adquieren mayor relevancia las palabras que cruzan los soldados. El agotamiento es tan grande, que apenas pueden hablar, no hay espacio para discursos grandilocuentes. Lo entiende el capitán alemán y el último soldado raso, entre quienes se teje una complicidad que crece con la proximidad de la muerte. Cada quien cumple con el papel que le ha impuesto la historia, y parte de ese rol es seguir adelante, aunque ya no quede un ápice de esperanza. “Yo tuve un ejército de 80 mil hombres”, dice el capitán en su delirio.

Los gestos simbólicos se mantienen: izar la bandera cada día, el ascenso del soldado a cabo, la voluntad de no desfallecer y de avanzar (aunque sea en círculos). En realidad, todos saben que nada de eso tiene sentido en medio de la agonía colectiva, pero el ritual alarga un poco la sobrevivencia. Los uniformes raídos y sucios, el tintineo de las cantimploras abolladas y vacías, las ojotas en vez de botas… todo es verosímil, tan real que nos parece sentir el olor de los cadáveres descompuestos en la escena que muestra la llegada a un campamento abandonado. Solo la bandera boliviana parece recién salida de la tintorería.

La crítica a la irracionalidad de la guerra, de todas las guerras, se hace a través del discurso de las imágenes, evitando cualquier recurso retórico que empobrecería una obra cuya elocuencia no descansa en las palabras. Chaco no tiene un discurso heroico pero muestra la cotidianeidad de los héroes reales que vagan por el laberinto de la soledad. El heroísmo resignado de los soldados constituye la esencia de toda guerra: no tienen otra opción, nadie les preguntó. En ese espacio del Chaco fronterizo, sin tiempo ni brújula, el resto del mundo parece lejano y remoto: “Todos hemos terminado en el mismo pozo”.

Además de su talento como realizador (la dirección y posproducción son impecables, y la música de Alberto Villalpando es hermosa), Mondaca muestra su habilidad como productor (obtuvo apoyo de innumerables instituciones y fondos concursables (Intervenciones Urbanas, INCAA, Cine Argentino, Color Monster, Ibermedia, etc), y promotor, ya que supo recorrer el calendario de festivales aún en tiempos de pandemia, obteniendo en los primeros meses, antes del estreno en Bolivia, media docena de reconocimientos internacionales. 

(Publicado en Página Siete el domingo 13 de diciembre 2020)

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Chaco,
 infierno pálido y lejano
que te aproximas a mi lámpara
quiero hallar
tu corazón absorto bajo el beso del polvo
o tal vez muerto
en la alambrada de una lluvia negra.
—Augusto Céspedes 

15 diciembre 2020

Obras son horrores

Publiqué este artículo antes de las elecciones del 18 de octubre de 2020, cuando todo parecía indicar que tendríamos un gobierno que haría prevalecer la justicia. No ha sido así, pero creo que el análisis sigue siendo válido porque lo principal es no dejar que manipulen nuestra memoria.

La desmemoria es insultante para quienes hemos sufrido dictaduras, incluida la de Evo Morales. No ayuda que carecemos de una justicia que nos inste a recordar. La ausencia de justicia independiente y proba es parte del problema. Y otra parte es la falta de valores y ética en los bolivianos. 

Gracias a 10 años de bonanza por los altos precios de las materias primas en los mercados internacionales (2005-2015), el régimen autocrático de Morales captó más recursos que todos los gobiernos durante los 100 años anteriores. No es una exageración: antes de 1952 el Estado recibía migajas por el estaño mientras Patiño era uno de los más ricos del mundo. Después de 1952 mendigamos ayuda internacional durante dos décadas hasta que la dictadura de Banzer se benefició de los altos precios de hidrocarburos, minerales y ciertos rubros agrícolas como el algodón, cuya sobreexplotación dejó nada más que dunas de arena y una obesa burguesía cruceña.

Banzer dilapidó y endeudó al país durante 7 años de corrupción y negociados familiares, pero los recursos malversados representan pipocas comparados con los que despilfarró el emperador Morales: las reservas llegaron a 16 mil millones de dólares y con la misma facilidad se esfumaron, dejando una deuda contratada de 8 mil millones de US$, una cruz para las futuras generaciones.

El impostor que posaba como faraón en Tiwanaku, se dedicó a gastar, pero no a invertir y crear empleo. En complicidad con el títere que funge de candidato del MAS (antes oscuro funcionario en gobiernos neoliberales), Morales firmaba contratos millonarios sin estudios de factibilidad y sin licitaciones, abriendo la puerta a la corrupción y a los elefantes blancos.

Refresquemos la memoria de quienes cierran ojos y oídos sobre el periodo del jefazo, donde las “obras son horrores” (y no amores como dice el dicho). Bastaría una docena de casos emblemáticos para que Morales y sus exministros pasen el resto de su vida presos, pero hay mucho más.

La planta de urea en Bulo Bulo, paradigma de ausencia de planificación, es una de las joyas corruptas de la corona del autócrata. El ingenio de San Buenaventura que tuvo que prestarse caña para moler, es otro ejemplo monumental. El satélite Tupaj Katari, con sobreprecio y una vida útil que no le permitirá amortizar su costo. La sede de UNASUR en Cochabamba, ahora tragada por la maleza. El aeropuerto de Chimoré diseñado para el narcotráfico y los de Oruro, Monteagudo, Ixiamas, Apolo y otros que nunca operaron. Las empresas estatales Quipus, Papelbol, Enatex y otras quebradas por la mala administración y la corrupción.

En otro nivel de enorme significado simbólico están los gastos de la megalomanía de Morales. El lujoso museo de Orinoca, en un pequeño pueblo sin alcantarillado. El fálico palacio de gobierno de 28 pisos del que huyó en helicóptero horas antes de renunciar. El teleférico de La Paz, muy colorido pero insostenible debido a su sobreprecio, tendrá que ser subvencionado durante toda su vida útil hasta que caiga en pedazos. El lujoso avión presidencial que estaba destinado a un multimillonario equipo de fútbol europeo. El hangar presidencial de El Alto que costó más de dos millones de dólares con jacuzzis y habitaciones lujosas. El edificio del Congreso, la residencial presidencial en Sucre, etc.  

A ello se suma “Bolivia cambia, Evo cumple”, apropiación de 600 millones de dólares anuales asignados al ministerio de la Presidencia de libre disponibilidad para uso del tirano, su caja chica de “gastos sin reserva” y propaganda electoral permanente: desde las carreteras que no se terminaron, hasta la escuelita más pequeña, pasando por los coliseos y mil canchas de césped sintético que no se usan, más los complejos urbanos de “vivienda social” que están en pleno abandono.

Se debe investigar la corrupción en Jindal, CAMC, Fondo Indígena, Quiborax, Banco Unión, Neurona Consulting, Codesur, Dakar, ENTEL, ANAPOL, barcazas chinas, YPFB, Río Negro, Lucianita, TV Abya Yala, Ecebol, Gravetal, Lamia, EPSAS, EMAPA, Vías Bolivia, UELICN, narcotráfico y contrabando. Donde se ponga el dedo salta la podredumbre sin parangón con otro gobierno en la historia de Bolivia.  

La profesión más requerida en los próximos años será la de auditor, porque en cada uno de los proyectos sin licitación hubo corrupción y mala ejecución. Empezó el primer año del régimen, con un cheque en blanco que extendió Morales a Santos Ramírez, su compinche de cama y rancho, para que se enriqueciera en YPFB, y no terminó hasta que el autócrata huyó (llevándose dinero) luego del fraude electoral, aterrorizado cuando el ejército y la policía se negaron a disparar contra las “pititas”.

Las escuelas y canchas (cuya inauguración costó más que la propia obra), se caen en pedazos. Carreteras como la de Copacabana fueron abandonadas por empresas “accidentales” que se llevaron el dinero. Estadios, mercados y coliseos son depósitos inutilizables para los fines originales.

Morales y su ministro de Finanzas, Arce Catacora, tendrían que responder por cada uno de esos gastos arbitrarios. Para ello sería imprescindible que en el futuro, con un gobierno democrático, una misión de la ONU contra la corrupción (como fue la CICIG en Guatemala) investigue los 14 años de malos manejos. 

(Publicado en Página Siete el sábado 3 de octubre de 2020)

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La estabilidad de los gobiernos autoritarios depende
de la capacidad que tengan de excluirnos de la realidad,
de hacer creíble la realidad fabricada en la que ellos viven.
—Hannah Arendt 

 

11 diciembre 2020

No están solos

El Premio Nobel de la Paz de 2020 fue concedido al Programa Mundial de Alimentos (PMA). Muy merecido, por cierto, y desde hace mucho tiempo, pero parece un contrasentido en un año marcado por el coronavirus, donde los premiados deberían ser los que estuvieron en la primera línea de combate. Es decir, miles de personas, no una organización, ni dos o tres personas.

¿Quiénes merecían más el Premio Nobel de la Paz?

Lo que primero viene a mi pensamiento son cientos de miles de médicos, enfermeras, choferes de ambulancias, personal de limpieza de hospitales, todos enfundados en batas azules, verdes, blancas o amarillas, con mascarillas y guantes, que incansablemente y a riesgo de sus propias vidas estuvieron tratando pacientes infectados de COVID-19 en los momentos más difíciles de la pandemia (momentos de crisis que espero no sean olvidados el próximo año).

En todo el mundo, ese personal de salud ha tenido una actitud heroica no solamente por su dedicación absoluta y por la recuperación del juramento hipocrático de manos de los comerciantes de la salud, sino porque además tuvieron que enfrentar a enemigos egoístas y violentos, además del virus. No están solos, los respetaos y los admiramos.

Tuvieron que hacer su trabajo a pesar de gobiernos indolentes como el de Estados Unidos, el de Brasil, el de México y otros países que minimizaron la pandemia y esperaron más de un mes en declarar medidas de cuarentena, o no le declararon en absoluto.  Mientras esos políticos negacionistas se reían de la “suave gripita” (Bolsonaro y Trump), o esgrimían estampitas y billetes de 2 dólares para la protección milagrosa (López Obrador), el personal de salud ya obraba en esos países salvando vidas, y no obedecía las consignas de seguir en las calles repartiendo abrazos envirusados. 

Esos trabajadores de la salud tuvieron que enfrentar agresiones físicas y verbales de algunos sectores de la población que los discriminó: no lo dejaban regresar a sus domicilios, no les permitían tomar taxis, los repudiaban en el transporte público por llevar zapatos blancos y batas. En la India o en El Alto, vimos imágenes donde eran apedreados salvajemente por una población embrutecida. A todos los que discriminaron, ojalá los haya infectado el virus y no hayan tenido quien los atienda. No merecen otra cosa.

Entonces, ¿Nobel de la Paz a todo el personal de salud del mundo? Por supuesto, aunque sería difícil otorgarlo a tantos de batas blancas, pero no son los únicos que se lo merecen. No solo están las batas, sino también las botas. Es decir, la policía, el ejército, los bomberos, las brigadas de desinfección, los recolectores de basura de las alcaldías, que realizaron trabajos de vigilancia, de contención de multitudes enardecidas, de orden en los supermercados, en los bancos, y de desinfección en las calles. 

Ellos también expusieron sus vidas, trabajando al principio sin los implementos necesarios, porque había que hacerlo de todas maneras para mantener la seguridad ciudadana y combatir no solo al virus, sino también a los criminales que se aprovecharon de la pandemia para delinquir.

Cómo no reconocer a los voluntarios de todo tipo, los que se organizan para cocinar ollas populares o repartir bolsas con alimentos esenciales para los más vulnerables que no tienen qué comer porque su trabajo era ambulante, y no pudieron salir porque si lo hacían iban a contagiarse y contagiar a otros. Voluntarios que cosieron millones de mascarillas en sus casas, que inventaron con impresoras 3D y plásticos desechables protectores faciales cuando los gobiernos estaban recién pensando cómo fabricarlos o importarlos. ¿Ya los hemos olvidado?

También se debe premiar a los trabajadores de los supermercados, los repartidores que llevaron en moto o bicicleta la comida a las casas, los que atienden farmacias o transportan en camiones desde el campo hasta las ciudades las legumbres y frutos que consumimos, y los campesinos que las producen.

Y por supuesto, la comunidad científica que, a pesar de presidentes incalificables como Trump, Bolsonaro o López Obrador y otros de la misma calaña que en Francia y en España se fueron de vacaciones en plena pandemia, hacen un trabajo de investigación que permitirá tener vacunas y remedios que sirvan a todo el mundo, sin fronteras económicas y migratorias.

Global Citizen, una iniciativa de la sociedad civil, un concierto mundial de 8 horas de duración, donde artistas de todo el mundo regalaron sus canciones y sus mensajes de apoyo a todos los que he mencionado más arriba, y su apoyo también a la OMS, tan vilipendiada por el tramposo Trump, que no puede vivir sin echarle a otros la culpa de sus propios errores.  Ese concierto (y miles de otros que hemos podido ver a través de internet en las plazas vacías o en los balcones), confirmó la conciencia que debemos tener de unidad frente a la actual adversidad, pero también de cambiar el mundo cuando superemos este periodo. No queremos un mundo como el de antes. Hay una ciudadanía global harta de politiquería e hipocresía.  

¿O no habremos aprendido nada? Quizás no aprenderemos nunca. 

(Publicado en Página Siete el sábado 17 de octubre de 2020) 

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El mejor médico es el que mejor inspira la esperanza.

—Samuel Taylor Coleridge.

16 octubre 2020

Oficio de sabotajes

Por el "silencio electoral" y la cautela editorial esta nota no pudo publicarse en Página Siete el 17 de octubre.  Pero no hay quien impida que circule en las plataformas virtuales y espero que tenga más lectores. 

Hasta el más obtuso sabe que un voto por Luis Fernando Camacho podría hacer que el MAS gane en la primera vuelta en las elecciones del domingo 18 de octubre. Y la propuesta engañosa del "voto cruzado" solo le quitaría fuerza a Carlos Mesa en una Asamblea Plurinacional dominada por el MAS. La incapacidad de un simple cálculo numérico muestra la desorientación de quienes podrían favorecer al autócrata que gobernó catorce años aunque crean que votan por un líder regionalista (de limitado alcance intelectual). 

A ese escenario irracional vaticinado por las encuestas, se suma la incertidumbre por las acciones que el MAS puede cometer para aferrarse al poder mediante medidas desesperadas. Hay suficientes señales y se puede esperar lo peor de un cacique autoritario que manejó el país como señor feudal, incapacitado para la vida democrática, pero ducho en provocar caos y zozobra. 

Los actos de desestabilización no han cesado desde el fraude del 20 de octubre de 2019: la gente que gritaba "ahora sí, guerra civil" agitando dinamitas o bombas molotov en Senkata y Sacaba, era parte de esa estrategia. Además del audio de Evo Morales (verificado por expertos internacionales) donde ordena cercar ciudades y provocar actos de sedición, sus "guerreros digitales" han estado muy activos durante todo este tiempo pandémico, fabricando noticias falsas difundidas a través de redes virtuales y han intentado hackear o bloquear cuentas oficiales o de políticos. Otros sabotean desde el mismo Estado donde aún trabajan, como pasó en el ministerio de Salud con las adquisiciones para el Covid-19. 

Los organismos de seguridad han capturado a militantes masistas con explosivos, armas y dinero. Por las permeables fronteras de Bolivia el MAS está metiendo los "insumos" para sabotear las elecciones. En el Chapare sus seguidores han secuestrado a policías y amenazado a pobladores, y los dirigentes cocaleros han dicho abiertamente que no aceptarán los resultados de la elección si no gana su partido. Si bien el candidato del MAS mantiene una actitud de corderito degollado, el verdadero dueño del circo, Evo Morales, prepara actos que le permitirán clamar que hubo "fraude" o "irregularidades". 

El Tribunal Supremo Electoral (TSE) nos asegura que la cadena de custodia será impecable, así como todo el proceso electoral, pero las fuerzas de seguridad del Estado deberían tomar previsiones para que no se produzcan atentados y sabotajes. Por ejemplo, antes y durante el acto de votación, militantes del MAS podrían intentar secuestrar o quemar urnas para invalidad mesas, por ello es imperativa la presencia de la fuerza pública además de los propios ciudadanos para defender su voto. 

Al final de la jornada del domingo 18 el MAS podría intentar interrumpir el conteo rápido saboteando torres de electricidad o cables de internet que proveen el servicio necesario a las salas de cómputo. Los guerreros digitales del MAS intentarán también hackear los servidores del Órgano Electoral Plurinacional (con la pericia que han demostrado durante el fraude de 2019). Para prevenir esto, el OEP debe tomar medidas: generadores de electricidad de inicio automático y servicio de internet blindado, con capacidad inmediata de recurrir a un proveedor alterno en caso de fallas. La policía y el ejército deben resguardar las torres de electricidad y las fuentes de internet.

Después de la votación también pueden producirse hechos violentos que intenten invalidar el proceso electoral. Ya vimos en 2019 la furia masista que incendió Tribunales Electorales Departamentales (TED), estaciones policiales y otras instituciones públicas. El resguardo de recintos del Estado es fundamental para frenar esos actos de terrorismo que podrían afectar los resultados. Finalmente, no debe excluirse la posibilidad de que el MAS fabrique "pruebas" de un supuesto fraude como ya anuncian sus portavoces, entre ellos la ex ministra del sombrero, experta en manipular a la opinión pública. 

El papel de los observadores electorales de organismos internacionales es crucial. No debería limitar su trabajo a las ciudades y quedarse en una zona de confort. Su presencia es más necesaria en los lugares donde sabemos que puede existir confrontación y conflicto. Pero no bastan los observadores electorales, ni el despliegue de organismos de seguridad, ni todas las previsiones que ojalá haya tomado del Tribunal Supremo Electoral: la ciudadanía debe estar alerta y cuidar su voto en todo el país.

El riesgo de sabotajes es inminente, y el único partido político que tiene interés en algo así es el MAS. Su desesperación es peligrosa. Nadie dude de ello. 


25 septiembre 2020

Muertos en el closet

Técnicamente se llama “exceso de muertes” pero yo les llamo “muertos en el closet”, y no me refiero a los que pesan sobre los 14 años de autoritarismo de Evo Morales, sino a los fallecidos no contabilizados desde que comenzó la pandemia del coronavirus. No es un tema exclusivamente boliviano, sino global como la pandemia: durante meses las mediciones sobre contagios y muertes por Covid-19 han sido mentirosas porque los gobiernos solo contaban a los pacientes detectados, mientras en asilos de ancianos y en casas particulares los fallecidos quedaban escondidos en el closet de la estadística. Los cementerios estaban abarrotados y los carpinteros ya no tenían madera para fabricar ataúdes. Las familias enterraban a sus muertos en cementerios clandestinos o simplemente los dejaban envueltos como paquetes en los parques para que los recogieran los servicios municipales de salud. Nos conmovieron las imágenes de Guayaquil pero, para ser justos, lo mismo sucedió en otros países.
La gente se muere en su casa, y como no tiene acceso a pruebas de Covid-19, las causas de mortalidad son atribuidas a cualquier falla orgánica, como si de pronto a todos se le hubiera ocurrido morirse al mismo tiempo por afecciones a los riñones o al corazón. Los operadores de crematorios y cementerios revelan que se ha multiplicado por cinco el número de muertos con relación al año anterior. Son muertos sin etiqueta. Los gobiernos no los cuentan.
Para rechazar críticas, algunos gobiernos dicen que se conocen más casos porque se hacen más pruebas, pero no es cierto: España ha realizado tantas pruebas como Portugal (por millón de habitantes), pero tiene tres veces más muertes por Covid-19 que su vecino país. Se habla del “milagro” sueco que venció el coronavirus sin confinamiento, pero no es cierto, pues el país nórdico tiene 580 fallecidos (por millón de habitantes), igual que Italia o México, y cien muertos más que Francia o que Colombia. En número de contagios, Chile y Perú tienen alrededor de 23 mil (por millón), más que Brasil, aunque las cifras totales hacen aparecer a Estados Unidos, India y Brasil encabezando la lista de la ignominia. El cristal estadístico es siempre tramposo, porque depende de cómo se mira.
Para Bolivia es un
grave problema estar acorralada entre los países que más contagios diarios han tenido en semanas recientes, como Argentina donde el número aumenta exponencialmente. Las fronteras permeables con Brasil, Perú, Chile y Argentina ponen a nuestro país en un riesgo muy grande, porque no hay manera de controlar varios centenares de pasos fronterizos clandestinos por los que circulan contrabandistas y narcotraficantes portadores del virus. Somos el caso diametralmente opuesto de Nueva Zelanda, que no tiene casos porque es una isla. El subregistro de muertes era tan grosero, que universidades y otras instituciones científicas decidieron comparar todas las muertes con estadísticas de años anteriores en las mismas fechas. Recién ahora los gobiernos han aceptado “revisar” sus cifras de muertos por Covid-19 que, como ahora se sabe, no afecta solo a los pulmones con su “hipoxia silenciosa”, sino a cualquier órgano del cuerpo. Los países están “sincerando” sus cifras con base en modelos estadísticos. La verdadera curva de muerte es la que proyecta, entre otros, el estudio realizado por la Red de Epidemiólogos EuroMOMO, difundida por el New York Times y The Economist, que han medido el “exceso de muertes”. Es decir, han comparado el número de muertes totales de un país en el periodo del coronavirus, con las muertes totales de los tres años anteriores. El resultado es escalofriante, porque el incremento de muertes en algunos países de Europa llega a 350%.
Países con dirigentes políticos irresponsables, como Estados Unidos, Reino Unido, Brasil y México se negaron a imponer medidas drásticas y por ello muestran una escalada de contagios. España y Francia relajaron las medidas de confinamiento para pasar buenas vacaciones de verano y ahora vemos las consecuencias, porque el virus no toma vacaciones. Hay un nuevo tipo de vandalismo en el mundo, que no se limita a los que organizan “fiestas Covid” para contagiarse y contagiar a otros. La irresponsabilidad radica también en los “normales”, en esos miles de manifestantes en Alemania o Estados Unidos que se niegan a usar tapabocas. Si ellos fueran los únicos afectados, qué importa que se mueran, pero el problema es que infectan a otros que tratan de cuidarse. Lo único claro en esta pandemia de la que aprendemos todos los días, es que el virus entra por la boca, la nariz y los ojos, y si uno actúa con responsabilidad y se cubre esas tres mucosas, las posibilidades de contagiarse en la calle, en la casa o en el trabajo, son mínimas.
(Publicado en Página Siete el sábado 19 de septiembre 2020)

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La turbulencia de los demagogos derriba los gobiernos democráticos.
—Aristóteles


11 septiembre 2020

El club de Paulo Abrão


A mis 10 años, en el garaje de mi casa en Obrajes, tenía un “club de detectives” con tres amigos del barrio. Nos reuníamos dentro de una enorme caja de madera que quedó de un traslado, para leer a la luz de una candela las novelas de Enid Blyton (famosa por la serie “El club de los 5”, que vendió 600 millones de ejemplares)  y para inventar inocentes conspiraciones. 

Recuerdo eso cuando pienso en Paulo Abrão, hasta ahora Secretario Ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), quien pasó su gestión inventando con su club de amigos conspiraciones nada inocentes, más bien dañinas para la paz y la convivencia en la región latinoamericana. Recientemente, cuando la OEA no quiso renovar su contrato, hizo un berrinche de adolescente y movió todos sus contactos para conseguir apoyos de instituciones como CLACSO, venida a menos desde su adhesión al peronismo conservador.
 
Gente como Paulo Abrão, con una carrera meteórica que logró trepando con escalera gracias a apoyos políticos, suele luego hacer maromas para prorrogarse en sus cargos.
 
Por eso mismo nunca respondió a la consulta que le hicieron repetidas veces sobre el intento de prórroga de Evo Morales, contra lo que dice la Constitución Política del Estado. Años después de que le hicieran esa pregunta me queda claro que Abrão no respondió porque estaba planeando su propia prórroga, su última posibilidad de ocupar un alto cargo en la burocracia internacional. A partir de aquí, lo que le espera en un camino de bajada. 

La mala fe de Abrão la señalé en otro artículo en estas mismas páginas: convirtió a la CIDH en un club de amigos que responden obsecuentemente a las decisiones que él toma de manera inconsulta.
 
Su ojeriza con la democracia boliviana y su defensa del régimen corrupto y autoritario de Evo Morales son bien conocidas. La CIDH no censuró las violaciones de derechos humanos y las arbitrariedades cometidas por el “jefazo”, con quien Abrão mantenía afinidades temperamentales. De 115 solicitudes de medidas cautelares, la CIDH solo aceptó tres en 14 años de régimen autoritario. Se pasó por el arco la masacre del hotel Las Américas y la de El Porvenir, la represión en Chaparina y de los discapacitados, o el hostigamiento hasta la muerte del Ingeniero Bakovic, entre otros casos que, a lo largo del régimen de Morales, suman cerca de 150 fallecidos. 

 
Cuando el pueblo boliviano se rebeló contra el fraude electoral y el autócrata pedófilo escapó de Bolivia después de renunciar públicamente a su cargo, Abrão pulió su microscopio para observar cualquier desliz que pudiera cometer el gobierno constitucional provisional que asumió el poder para garantizar elecciones libres, transparentes y democráticas.
 
Desde el fraude de octubre 2019, Abrão miraba la realidad boliviana con un solo ojo.  Con una lupa agrandaba los hechos que dañan al proceso de retorno a la vida democrática y cerraba el otro ojo para no ver los actos de terrorismo que alienta Evo Morales en plena pandemia, para impedir las elecciones generales y crear un clima de zozobra y miedo en Bolivia.
 
Paulo Abrão no es trigo limpio, no es una persona en la que se puede confiar.  Es un arribista manipulador, cuya estrategia ha sido sumarse a quienes crean inestabilidad social en Bolivia. 

 Ni siquiera consultaba con otros en la CIDH: en pocas horas exigió “medidas cautelares” para la actual Defensora del Pueblo, que ya lleva meses prorrogándose en el cargo (como el propio Abrão quiso hacer). Cuando visitó Bolivia, diputados del MAS lo llevaron de la mano para mostrarle lo que a ellos les convenía que viera: Senkata, donde hubo un enfrentamiento entre grupos violentos que al grito de “ahora sí, guerra civil” trataban de impedir el abastecimiento de combustible para la ciudad de La Paz y atacaban la planta de gasolina y gas, que de estallar habría afectado un radio de 5 kilómetros.
 
Del mismo modo, Abrão exigió proteger a cocaleros del Chapare que subieron hasta Sacaba para cercar la ciudad de Cochabamba y fueron repelidos por la población y por las fuerzas del orden. 

Ninguna de esas razones figura en el expediente que justifica la salida de Abrão de la CIDH, sino su vergonzosa actitud con funcionarios de esa misma institución, que se quejaron públicamente del acoso de que han sido objeto por parte del oportunista secretario a quien se acusa también de manipulación de contrataciones. En total, 61 denuncias documentadas.
 
Señor Abrão, ya no me escriba un mensaje privado, como hizo la vez pasada, tratando de justificarse y de explicarme lo honesto que es, porque su comportamiento dentro y fuera de la CIDH demuestra todo lo contrario. 


 

(Publicado en Página Siete el sábado 5 de septiembre 2020)

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Llénalos de noticias incombustibles.

Sentirán que la información los ahoga,

pero se creerán inteligentes.

Les parecerá que están pensando,

tendrán una sensación de movimiento sin moverse.

—Ray Bradbury