21 abril 2016

Teoría del desencanto

Hace un año conocí a Raúl Pérez Torres en Quito, cuando lo visité en su amplia oficina en la presidencia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y me obsequió dos libros suyos cuya lectura he disfrutado. Una edición reciente de su única novela, Teoría del desencanto publicada inicialmente en 1985, y Usted es la culpable (2015), donde reúne cuentos de amor, que mereció de Eduardo Galeano este comentario: “Me gusta tu manera de llamar a los toros de la realidad y aguantarles la embestida: no les tenés miedo, pero la tensión del estilo muestra que sabés lo que arriesgás”.

Quiteño, ha publicado siete libros de cuentos que figuran en varias antologías y por alguno de los cuales se ha hecho merecedor de premios tan prestigiosos como el Juan Rulfo, en 1995.

La novela es un retrato crítico de una época y de una generación joven que perdió el horizonte político y existencial. A través de una célula de guerrilla urbana bastante caótica, más bien un grupo de amigos (Manuel, Melba, Laura, Daniela, Fico, Raúl, Quijano…) Pérez Torres describe el vaivén entre la militancia y el nihilismo con un lenguaje poético, muy rico y sensorial. Es un relato que corresponde perfectamente a la década de 1970, aunque haya sido publicado más tarde.

Es detallado en su manera de situar al lector en el contexto de esos años, con indicaciones de observación (los letreros en las tiendas o la manera de vestir) y las referencias a las lecturas de este grupo con veleidades intelectuales y revolucionarias. Manuel, el protagonista, quiere ser escritor pero sufre de una parálisis subrayada por el grupo que lo rodea.  En realidad, todos están de alguna manera paralizados por sus historias individuales y por su manera de vivir entre alcohol y drogas, que les impide pensar seriamente en un proyecto (cualquier proyecto: amoroso, político o cultural).

La trama construye en paralelo las relaciones en el interior de ese grupo, con énfasis en las parejas que se hacen y deshacen con mucha facilidad, y un objetivo político más bien difuso, que atraviesa la novela como un leit motiv sin cuajar jamás en algo concreto. Lo más cerca que están de una acción de guerrilla urbana es la toma de la Embajada de Bolivia en ocasión del aniversario de la muerte del Ché, pero cuando están a punto de hacerlo, salen todos corriendo despavoridos al ver que se acerca un carro de la policía. Es una escena patética que mueve a la risa triste porque pinta de cuerpo entero a los supuestos guerrilleros urbanos.

El autor narra el desarraigo de sus personajes sin piedad, sin ninguna simpatía por ellos, porque los muestra inconstantes, dispersos, falsos en las relaciones que mantienen entre sí: “…el tiempo empezó a ser una telaraña empolvada y circular llena de humo de tabaco y cobardía…” (p 21) El espíritu del desarraigo podría parecerse al de los personajes de Rayuela, pero aquellos en París tienen una actitud más proactiva y viven su nostalgia con ganas de futuro.

Algo interesante y probablemente autobiográfico a lo largo del libro son las reflexiones del Manuel, el novel escritor, sobre el hecho de escribir. Una y otra vez aparecen frases sobre su dificultad para pasar a la acción (de escribir), al igual que tiene dificultades para definir sus relaciones amorosas y su participación política: “Necesito un gran escritorio y una silla blanda, papel blanco que no tenga arrugas, que no tenga manchas… (p. 12). Y más adelante: “Debo buscar las palabras más precisas. Las perlas del collar bajo el hilo conductor. No adornarme.” (p. 77) 

La muerte es una obsesión para todos ellos, y son varios los personajes que fallecen en el relato (Raulito, la madre de Manuel, el hijo de Melba), sin dejar mucha huella en quienes quedan porque “Todos estamos muertos de alguna manera” (p. 92) y “por ahí se desliza angustiado Caronte, el barquero infernal” (p. 210).

Los cuentos de Usted es la culpable (2015) son posteriores, por lo que el contexto ha cambiado pero también la madurez de la mirada, menos nihilista o quizás más cínica, adaptada a los nuevos tiempos. El humor es indicio de ello, pues marca una distancia con la novela comentada antes. Aquí se miran los hechos con sorna, a veces con alegría, e incluso la tristeza no es tan trágica.

Cada relato lleva como título el verso de algún bolero o canción popular, salvo los últimos dos. Los 14 monólogos muestran a personajes tan patéticos como los de la novela, y casi todos describen historias de encuentros y desencuentros de amor, sexo, frustración y muerte. Enamorados, aprovechadores, mujeriegos, bon-a-rien o mank’a gasto (come de balde) justifican sus vidas bajo la mirada condescendiente del autor, que no los juzga. Todos son hombres, salvo en “Marcorina”, cuyo final sorprende aunque el propio título lo estaba cantando.

La participación política, más como coartada que como compromiso de vida, sigue siendo el telón de fondo, pero en los cuentos la frustración de los personajes no viene de de ella sino de vidas que pareen girar en círculo, como perros persiguiendo su propia cola. Los personajes son cínicos: “todo lo que dura se pudre” o “todas las cosas son ajenas” (p. 59). Inescrupulosos, cuentan sus hazañas en cartas sin destinatario pero con remitente enajenado. Raúl Pérez los hace hablar como autor-psicoanalista.

Aunque los personajes son distintos en cada relato, la voz de su creador tiende a homogenizar el estilo narrativo, privando a ratos de independencia a cada uno de ellos. Todos comparten un “vacío ecuménico” (p. 93) que los hace atentar contra sí mismos, frente a cualquier posibilidad de salvación: “ya somos todo aquello contra lo que luchábamos a los veinte años” (p. 23).

Raúl Pérez es un narrador privilegiado porque maneja no solamente una amplia cultura literaria que le permite escribir con un vocabulario y un estilo delicioso, sino porque maneja muchos otros referentes de la cultura popular y de la historia de Ecuador y de América Latina (no faltan alusiones a Bolivia). Como muchos otros escritores de su generación, padece el efecto de la segregación que existe entre los cuentistas y los novelistas, y que favorece a esto últimos debido al supuesto editorial de que la novela pertenece a una categoría mayor que el cuento. En el cine, sucede lo mismo con el largometraje en relación al cortometraje, aunque paradójicamente se hayan producido maravillosos largometrajes basados en cuentos cortos.
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… ya se sabe que en nuestro país los escritores son invisibles, para la gente, para el Estado, para el poder, e irremediablemente se mueren de hambre, entonces se vuelven como las putas, venden su cuerpo y su sangre a una oficina, a un sueldo, a un gerente de mercadeo, a un mercachifle.

—Raúl Pérez Torres

13 abril 2016

El cine marginal de Diego Torres

Diego Torres es un marginal. Yo sé que para él eso no es un insulto sino un piropo. Se ha mantenido a lo largo de su vida en una posición que le hace el quite al arte comercial para persistir en una vía subterránea y alternativa, que es propia de quienes no quieren ser absorbidos por una sociedad cuyos valores rechazan.

La trayectoria de Diego Torres como cineasta me hace pensar algunas veces en la de Guillermo Lora como trotskista: uno puede estar o no de acuerdo con lo que hacen, pero no queda duda de que son coherentes con su forma de pensar y de vivir. Torres es y ha sido el pionero del cine experimental en Bolivia y sin duda el cineasta más constante en ese género poco desarrollado y poco apreciado en nuestro país.  

Como muchos artistas plásticos y cineastas que se resisten a las tecnologías digitales, Diego ha escogido la vía difícil, la de usar como soporte técnico y material de muchas de sus producciones el formato de cine súper 8, es decir, el más frágil de los soportes en celuloide. Mientras las grandes producciones comerciales en 35mm han desaparecido en años recientes y las producciones en 16mm del cine independiente también han pasado a mejor vida, hay un núcleo de artistas y activistas, comparable a una guerrilla creativa, que mantiene el súper 8 como formato de elección.

Si lo viéramos con la razón y no con la sensibilidad de estos artistas, el súper 8 tendría todas las de perder. Fue una opción importante para nosotros, jóvenes cineastas de fines de la década de 1970 y principios de los 1980, porque el video estaba recién en sus albores, ofrecía una pésima imagen y enormes dificultades de edición.

Por comparación, en aquella época, el súper 8 tenía ventajas. La primera: era cine. Y como alguien dijo (creo que Paolo Agazzi), el video era al cine lo que un kleenex a un pañuelo. Aún en su estrecho formato que incorporaba una fina banda magnética en uno de los bordes, el súper 8 podía proyectarse en una pantalla, tenía colores contrastados y una definición que hacía palidecer de envidia al video portátil de entonces (Betamax y VHS).

Con los años, por supuesto, eso cambió. El video desapareció al llegar la tecnología digital y las ventajas del súper 8 se convirtieron en debilidades: la fragilidad de tener un original que se dañaba al manipularlo, la limitación para revelar los rollos de apenas tres minutos de duración, de hacer copias y de difundir las películas. Había algo lúdico de “trabajo manual” en la edición, que estimulaba la creatividad para resolver problemas técnicos.

Confieso que fui uno de los testarudos que se invirtió en el súper 8 con pasión, y que perdí una caja de vino al apostar que sobreviviría más de diez años. Pero mientras duró la aventura fue hermosa, estuvimos en festivales de cine súper 8 en Canadá, Venezuela, México, Túnez, Bélgica, Francia y otros países que eran parte de una red internacional de superocheros. 

El súper 8 sobrevive en los hechos, aunque de una manera marginal, gracias a artistas como Diego Torres que tiene sus proveedores de película y laboratorios donde procesa lo que filma. La persistencia de Diego Torres en una forma de expresión que es rara en América Latina, y no digamos en Bolivia, lo honra. Ahora bien, lo que representan sus películas es un asunto de gustos y de complicidad.

Su producción más reciente, La saga de los poetas (2015) es una obra nostálgica de la marginalidad idealizada que parece revelarse más en sus formas que en su contenido, aunque el hilo conductor del film nos hable de la desaparición y de la recuperación de la democracia, representada por una joven punk que lleva ese nombre: Demokrazia.

El film evoca sin ambages una obra anteriores principales de Diego Torres, La calle de los poetas, e incluye imágenes de esa época que no habían sido incluidas en la edición anterior.  El hilo conductor y el puente entre ambas obras lo establece un poeta que duerme en las calles (Jorge Ortiz), “el hombre que habla solo” que hace las veces de narrador, prometiendo mostrar los “lugares mágicos” de la ciudad (aunque no los muestra, porque la ciudad está más bien ausente) o simplemente explicando lo que sucede en la trama.

La parca, personaje central de La calle de los poetas, reaparece en La saga de los poetas reencarnada en Utopía, una joven que llega para cumplir los mismos designios y seguir instrucciones precisas que recibe en una carta, además de una misteriosa maleta con la ropa y los implementos que debe usar.

Los designios de la parca no son los de la muerte (Átropos), en la acepción de la trilogía mitológica, sino más bien los del devaneo (Láquesis). En realidad, el personaje bastante narcisista se limita a hacer presencia devanando una lana roja, ejecutando pasos de baile y asustando de vez en cuando a alguien que amenace a “la pandilla”, que es el núcleo solidario de amigos. La misión de Utopía es proteger a la democracia, dar vida y no muerte.

Desde el punto de vista argumental Diego Torres no busca que sus personajes ¾mientras erran por calles y parques de Sopocachi o los paisajes de Llojeta¾ tengan el espesor sicológico de los personajes de un film de ficción. Aquí funcionan solo a nivel simbólico como representaciones de jóvenes que se expresan a través de grafiti y acciones callejeras, contra el autoritarismo y la energía nuclear (“Arte sí, nuclear no”).

La saga de los poetas no es solamente un film nostálgico de esas formas marginales de vida que eran más genuinas antes que ahora, sino también una obra nostálgica del cine. Muchos espectadores no se darán siquiera cuenta de ello, pero no es casual que la primera escena y otras en el film transcurran a las puertas de lo que fue la Cinemateca Boliviana en sus orígenes, en la estrecha calle Pichincha, en el casco viejo de la ciudad, que en el film aparece desolada y solitaria, abandonada por el tiempo, retratada con una estética otoñal. 

Esa nostalgia del “cine del ensueño” se refuerza con la aparición del personaje del viejo proyeccionista, Paradiso, y de los equipos de proyección en 35mm que solían utilizarse y que ahora son pieza de museo.

Por varias razones, este film nostálgico es una manera de cerrar una etapa en la cinematografía de Diego Torres, dejando abierta una ventana para que las nuevas generaciones tomen el relevo. Las notas tristes del saxo subrayan la atmósfera de añoranza en algunas escenas, pero se supone que el resto del film es el anuncio de un cambio generacional, con música punk metal, actores jóvenes y un hilo rojo de esperanza.  
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Es imposible hacer una buena película
sin una cámara que sea como un ojo
en el corazón de un poeta.
Orson Welles


10 abril 2016

Otra vez Marcelo

En la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), la principal universidad pública del país, donde la politiquería, la envidia y la mediocridad dominan y atentan contra la calidad académica, de vez en cuando hay algo bueno que merece la pena destacar.

Así como en la Facultad de Ciencias Sociales no saben escribir correctamente el apellido de René Zavaleta pero bautizan con su nombre un edificio (y en la placa de inauguración escriben “Zabaleta”), la Facultad de Humanidades ha decidido honrar la memoria de Marcelo Quiroga Santa Cruz con un museo que se despliega en los muros de ese espacio emblemático que es la Casa Montes en la Avenida 6 de Agosto.

Un museo que se precie de serlo debería contar con un edificio propio o por lo menos con salas especialmente adecuadas para cumplir con requisitos museográficos, pero sabemos que eso es un sueño en un país cuyas universidades públicas, en lugar de financiar meas investigación, usan los recursos del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH) –que no son pocos- para comprar muebles superfluos, más computadoras que las necesarias (pero sin ofrecer conexión libre de internet en el campus universitario) y pagar comidas y recepciones pomposas, en lugar de destinar más presupuesto a la investigación y al crecimiento intelectual de la comunidad universitaria. En otras palabras, la escasez de recursos ya no es una buena excusa, y es el destino poco sensato que se da a esos recursos lo que determina la calidad de las actividades que se desarrollan en nuestras universidades. 

Por eso es meritorio el esfuerzo realizado por la decanatura de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, que encabeza María Eugenia Pareja, de apoyar la iniciativa de Beatriz Rossells, historiadora en esa facultad, de rendir un homenaje a Marcelo Quiroga Santa Cruz con pocos recursos que se han puesto a su disposición.

El primer panel a la entrada explica el propósito y las condiciones de la exhibición: “La Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, instalada en la casa que lleva el nombre de Marcelo Quiroga Santa Cruz, ha querido rendir este homenaje a su memoria mediante un museo que recoge aspectos importantes de su vida familiar, intelectual y política. Este repositorio cumple también el propósito de mostrar el paso de las cinco décadas en las que transcurrió su existencia, a través de los hechos y personajes que sobresalieron en Bolivia y en el mundo desde 1930 hasta 1980. (…) El desafío era poder utilizar los espacios públicos de la casa sin interferir en las labores ordinarias de las oficinas. El Auditorio refleja la fulgurante y breve vida de Marcelo y su trágico, prematuro e injusto final. Las escaleras y los pasillos del segundo piso contribuyen también con sus imágenes a recrear la vida intelectual y política del mismo periodo”.

Marcelo Quiroga Santa Cruz y Cristina Trigo
Este un museo humilde (nada que ver con el museo de Orinoca que el jefazo de turno erige para su vana-gloria…) Más que un museo donde se recupere objetos personales de Marcelo para desplegarlos en ambientes adecuados para ese fin, lo que se ha hecho aquí es aprovechar los muros de la entrada, del auditorio, de la escalera y del pasillo del segundo piso, para exhibir paneles gráficos que no solamente nos hablan de la obra y de la participación política de Marcelo Quiroga Santa Cruz, sino también del contexto que vivía el país en las diferentes etapas de la vida del líder político asesinado en julio de 1980.

Marcelo y Cristina
Hay paneles referidos a Cochabamba en la época de la década de 1930 en que nació Marcelo, la minería del estaño (con fotos muy bellas de Jean-Claude Wicky), la familia, las guerrillas del Ñancahuazú y de Teoponte, la famosa interpelación el General Barrientos, su actividad intelectual en el periódico El Sol, sus mentores y amigos (José Luis Roca, José Ortiz Mercado, Augusto Céspedes, René Zavaleta, Luis Zilveti, René Bascopé, Sergio Almaraz, Mariano Baptista Gumucio, entre otros), su afición por el deporte y por las artes, su incursión en la política como máximo dirigente del Partido Socialista 1, la masacre de Tolata en tiempos del General Bánzer, el movimiento de intelectuales y artistas Whiphala, y muchos más. 

Dibujos de Clovis Díaz
Clovis Díaz dibujó especialmente para este museo la secuencia del asesinato de Marcelo el 17 de julio de 1980.

Por fin el auditorio que lleva el nombre de Marcelo Quiroga Santa Cruz contagia con su personalidad. Además del estupendo mural que ya existía (medio escondido detrás de una mesa enorme y algunos estandartes patrióticos), ahora los muros permiten un recorrido temático y también cronológico por las etapas de la vida de Marcelo. Esas paredes antes vacías, un tanto lúgubres por la deficiente iluminación, presentan ahora fotografías ampliadas y textos que dan cuenta del hombre de familia, del político y del creador cultural que fue Marcelo. Hay fotos que no se conocían y textos que han sido seleccionados con extremo cuidado por la curadora de esta muestra permanente.

Me ha sucedido varias veces en ocasión de conversatorios con estudiantes de universidades de nuestro país, que no tienen idea de quién fue Marcelo Quiroga Santa Cruz. Para muchos de ellos el año de su asesinato es una fecha demasiado remota. Lo es también para algunas autoridades de la Universidad Mayor de San Andrés cuya mirada sobre la historia es, por decir lo menos, bastante precaria. Pareciera que detestan el pasado en función de su militancia actual.

El trabajo sobre la memoria debería ser una de las prioridades en la facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, y ello no cuesta mucho. Lo que importa es una disposición de ánimo positiva para mirar el pasado con el objetivo de construir un mejor futuro. Los estudiantes que visiten este museo podrán aprender que hubo hombres de una sola pieza, íntegros, gracias a los cuales se conquistó la democracia y se estableció un ejemplo de ética en la política (algo que escasea en los actuales gobernantes).

Como su novela “Otra vez marzo”, la vida de Marcelo es una vida inconclusa. Su ausencia en la vida política y cultural de Bolivia se siente como una referencia obligada de ética y compromiso social. Nos referimos a Marcelo desde todos los ángulos del espectro político, e incluso ha tratado de recuperar su figura y su nombre el gobierno de Evo Morales con el que tengo la certeza de que Marcelo mantendría una distancia crítica, por decir lo menos.

Entonces, recuperar su memoria, su discurso, su figura, es una tarea de todos y que lo hace ahora la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UMSA constituye una excelente iniciativa.

(Una versión corta de este texto se publicó en Página Siete el sábado 9 de abril 2016)
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Un intelectual está en la obligación de advertir aquello que pasa inadvertido para los demás. Y cuando advierte esto -una asechanza, una amenaza cualquiera, cualquier hecho que pudiera poner en riesgo la vida de la comunidad y su futuro- está en la obligación de decirlo públicamente y con todo el valor civil del que sea capaz.
Marcelo Quiroga Santa Cruz