30 noviembre 2010

Villa de Leyva, ciudad blanca

Lo que más impresiona en Villa de Leyva es la luz. La pequeña ciudad colonial, fundada en 1572 a 290 kilómetros de la capital colombiana, emana luz. La intensidad del blanco que cubre sus paredes hace apreciar más el poco color que aparece en los marcos de las puertas y ventanas, o en alguna bandera que flamea.

Aquí se filmó una parte de la película Cobra verde de Werner Hertzog, entre muchas otras, quizás porque la ciudad conserva su trazado original y su parte de su arquitectura colonial, aunque más de un historiador arguye que quedan muy pocas casas genuinamente coloniales. Quizás por ello no figura en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. De cualquier manera, es la historia de Villa de Leyva la que le otorga su prestigio y su fama.

El pintor Fred Andrade escogió como residencia las alturas que rodean a Villa de Leyva, allí instaló su taller y construyó un par de estudios para huéspedes deliciosamente decorados con sus obras. Los colores vivos de sus pinceles desbordan los cuadros que cuelgan de las paredes, se extienden sobre los muebles de madera de las habitaciones. Todo es color, quizás en contraste con la blancura de la ciudad que se puede ver desde allí a vuelo de pájaro. Allí me alojé, al final de un empinado camino, para disfrutar de la vista y del silencio.

La Plaza Mayor de Villa de Leyva tiene un cuadro trazado para lo que pudo ser una gran ciudad donde se erigirían edificios señoriales, catedrales y palacios como en otras ciudades coloniales de América.  Pero los delirios de grandeza de sus fundadores no se hicieron realidad, y hoy la iglesia de Nuestra Señora del Rosario no llega ni a proyectar su sombra sobre el empedrado de la plaza.


El empedrado no tiene más de cuatro o cinco décadas, pero ayuda a remontarse en el tiempo para escuchar los cascos de los caballos e imaginar a los caballeros levantando  el sombrero para saludar a las mozas reclinadas sobre los balcones floridos. Las calles son como pasillos infinitos donde el fulgor de las paredes blancas quema los ojos. El exceso de luz es matizado por los colores sobrios de los balcones, puertas y ventanas, por lo general verdes o azules.

Los patios interiores de las casas coloniales, con arcos de piedra, pasillos con bóvedas de cerámica o madera, fuentes de agua y cascadas de flores, alojan ahora tiendas de artesanía y restaurantes, algunos excelentes, como aquel -El Tomatino- donde me di el gusto de comer diversas preparaciones de róbalo, sumando a las degustadas en Cartagena un par de días antes (a las hierbas finas, al pesto, al ajillo, o a la mandarina y miel). Se come bien en Villa de Leyva.

Cerca de Villa de Leyva está el Puente de Boyacá, lugar famoso por la batalla en la que el 7 de agosto de 1819 el Ejército Libertador selló la independencia de Nueva Granada al derrotar al ejército realista. Bolívar, quien dirigió el ataque y entró triunfante en Bogotá el 10 de agosto, regresó a Villa de Leyva el 25 de septiembre, según informa una placa.  La llamada Ruta de los Libertadores incluye varios pueblos de la zona. Todo parece tan chiquito en la perspectiva de los años, incluso las bajas sufridas por ambos ejércitos (13 luchadores republicanos y un centenar de realistas).

A escasos seis kilómetros de la ciudad, el olivar donde se erige –esta palabra es la apropiada- el observatorio astronómico de Monquirá, conocido como “El infiernito”, parece haber sido en realidad un lugar de los muiscas para el culto a la fertilidad, a juzgar por medio centenar de falos de piedra –grandes y medianos- erectos verticalmente.

En franco contraste con el parque arqueológico de Monquirá, está el carácter pío y recogido de los monasterios que hay en la zona. Los curas vivían aislados, en retiro, pero en su aislamiento creaban las condiciones óptimas para servir a dios en armonía con la tranquilidad de sus espíritus y de sus estómagos. Los monasterios de Santo Ecce Homo y de La Candelaria se ubican en lugares apacibles, en medio de breves valles rodeados de colinas. Son construcciones de piedra, amplias y seguras, con bosques y terrenos de cultivo.

En Ecce Homo una placa de piedra en el comedor del monasterio deja leer una inscripción en latín: “Bibas ut Vivas non vivas ut biba”, que en castellano podría traducirse como “Bebe para vivir, no vivas para beber”. El vino se conjugaba bien con el rosario (o la Rosario, como en el chiste del párroco de pueblo).

Los frailes vivían rodeados de cristos tristes y espinosos, y santos sangrantes con la mirada perdida en el cielo, y se dice que ellos mismos se castigaban con látigos, quizás para equilibrar otras compensaciones terrenales (además de la promesa del cielo).

El año 1977 cerca de Villa de Leyva descubrieron los restos de un kronosaurus de siete metros de longitud y más de 100 millones de años, un reptil marino que nos da una idea de cómo habrá sido el fenómeno tectónico que elevó el lecho del océano para formar la Cordillera de los Andes.  El museo de El Fósil –que así se llama- es una empresa turística administrada por la Junta de Acción Comunal local.

Todo esto no está mal para un fin de semana de descanso, pero si me dan a escoger entre Villa de Leyva, Popayán y Mompox, las tres ciudades coloniales más emblemáticas de Colombia, sin pensarlo dos veces escogería Mompox, cuya condición remota entre dos brazos del Río Magdalena ha permitido que se preserve su magia y misterio a lo largo del tiempo.

Colombia tiene mucho para ver pero es un país desconocido, mal conocido, de alguna manera secreto para quienes no son colombianos, porque desde afuera solamente aparecen a la vista sus problemas.

24 noviembre 2010

ALAIC 2010 en Bogotá

Los eventos internacionales pueden ser buenos, regulares o malos, pero todos tienen una ventaja: son lugares de encuentros y reencuentros, tanto en el plano de los intercambios intelectuales como en el del desarrollo de complicidades amistosas.  En el caso del décimo congreso de ALAIC, la ventaja fue doble pues además de volver a ver a buenos amigos o de conocer otros, el evento fue de calidad y todos los que fuimos congregados durante tres días en la Universidad Javeriana de Bogotá, nos fuimos satisfechos.

Estuve con amigos estudiosos de la comunicación de varios países de la región, peruanos, argentinos, mexicanos, ecuatorianos, brasileños, chilenos, por supuesto colombianos… y también bolivianos, como José Luis Aguirre, Erick Torrico y Carlos Arroyo, entre los más destacados de mi país.
Me sumé al merecido homenaje que ALAIC le hizo a José Marques de Melo, volví a encontrar luego de 30 años a Héctor “Toto” Schmucler, y extrañé en cambio la presencia de Jesús Martín Barbero y de Omar Rincón, ausentes aunque ambos viven en Colombia.

Mi tarea específica en el X Congreso de ALAIC fue la coordinación del Grupo Temático sobre Comunicación y Cambio Social, como lo he hecho desde que este grupo fuera creado en 2006. Nuestro primero encuentro, en el VIII Congreso de ALAIC cerca de Porto Alegre, contó con la participación de doce personas, de cinco nacionalidades diferentes. Nos volvimos a reunir en el Tlanepantla, Estado de México, en 2008, y allí el grupo se renovó con un número parecido de participantes.

Foto: Irma Avila Pietrasanta
No sospechábamos sin embargo que en 2010 tendríamos 29 ponencias, más que cualquiera de los otros 21 grupos temáticos de ALAIC. Los participantes de ocho  países (Bolivia, Colombia, México, Chile, Brasil, Uruguay, Venezuela y Argentina) presentaron en su mayoría relaciones sobre experiencias de comunicación para el cambio social, y el estado de sus investigaciones académicas o de sus acciones concretas. Aunque con dificultades técnicas, se hizo la conexión vía Skype con una colega de Chile que no pudo viajar a Bogotá.

Nuestra sala estuvo repleta todas las tardes del evento no solamente con los expositores, como suele suceder en estos congresos de ALAIC, sino con otros colegas interesados en escuchar las presentaciones y participar en las discusiones. El grupo temático destacó no solamente por eso, sino además por ser el único que dispone de una página web propia y de una plataforma de diálogo en Google Groups, que nos permite intercambiar documentos, enviar mensajes a todo el grupo, y publicar noticias sobre los miembros del GT-CCS.

En Bogotá los participantes decidieron prolongar durante dos años más mi responsabilidad como coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social, y eligieron como co-coordinadora a Amparo Cadavid (Decana de Comunicación y Periodismo de UNIMINUTO), y como Secretaria Técnica a la joven investigadora colombiana Liliana Raigoso, quien fue mi brazo derecho en la organización del grupo en ALAIC 2010, tomando a su cargo la recepción de ponencias, las actualizaciones de la página web del grupo y la correspondencia con los participantes.

En apenas tres congresos, el Grupo Temático sobre Comunicación para el Cambio Social se consolidó, como una demostración más del interés creciente por una comunicación cuyo enfoque recoge no solamente las experiencias participativas y las prácticas comunitarias, sino que reflexiona sobre políticas y estrategias de comunicación para el desarrollo y el cambio social.

Pocos días antes del Congreso de ALAIC estuve en Cartagena de Indias, la hermosa ciudad amurallada y bañada por agua del Caribe, que ya tiene para mi un aire familiar por las veces que la he visitado en los últimos diez años.  Allí tuvo lugar el Encuentro Nacional de Estudiantes de Comunicación Social (ENECS), valioso porque logró crear una nueva asociación de estudiantes de comunicación, que ya no existía en Colombia porque la anterior había perdido su personería jurídica.

Los organizadores de ENECS me invitaron a hablar de la comunicación para el cambio social el día de la clausura del evento, y al igual que hicieron con otros conferencistas, tuvieron el detalle de elaborar un breve video de presentación. No sé cómo se dieron mañas para encontrar en internet fotos mías y toda la información biográfica que incluyeron en ese breve video que ahora se puede ver en YouTube.

Inmediatamente después de Cartagena, fui invitado a Bogotá para conversar en varias sesiones sucesivas con estudiantes y profesores de la carrera de comunicación social de UNIMINUTO y de la Facultad de Comunicación Social para la Paz de la Universidad Santo Tomás, ambos interesados en crear en 2011 especialidades o maestrías con énfasis en comunicación para el cambio social.

De esa manera en poco tiempo Colombia se convertiría en el país latinoamericano con más universidades interesadas en promover un enfoque especializado de comunicación para el desarrollo y el cambio social.

14 noviembre 2010

Julio de la Vega (1924-2010)

Paradojas de la vida y de la muerte (del paso del tiempo, en realidad), hace apenas tres meses cuando escribí recordando a Pepe Ballón, reproduje aquí mismo una foto en la que aparece también Julio de la Vega, que acaba de irse del mundo terrenal el jueves 11 de noviembre a sus 86 años de edad. Era un hombre sencillo, sobrio y de pocas palabras, sin ninguna pose ni ambición de figuración, tan propia en las nuevas generaciones.

“Camina encorvado, siempre caminó así. Mirando las piedras, la nada. Naciendo y renaciendo, sonriendo desde una lejanía intangible. Por eso todos aman a Julio: la familia, los amigos, los colegas, los alumnos. Y también los artistas consagrados o aficionados”, escribió hace cuatro años con mucho cariño su sobrina, la periodista y escritora Lupe Cajías, en un artículo acertadamente titulado “Todos te amamos, Julio”.

A Julio me unían por lo menos dos cosas: la poesía y el cine. Hubo una época a principios de los años 1970 en la que los quienes ejercíamos la crítica cinematográfica en Bolivia podíamos contarnos con los dedos de una sola mano. Julio era uno de los dedos, Luis Espinal otro. De ambos aprendí mucho, pues entonces con apenas tenía veinte años de edad, mientras que ellos tenían bastante kilometraje en el oficio.

Una vez se me ocurrió convocar a los cinco gatos que escribíamos crítica cinematográfica para conformar la Asociación Boliviana de Críticos de Cine (CRIBO) creada en febrero de 1979 con el objetivo de “contribuir al fortalecimiento de una corriente de cine desmitificador, desalienador, que contribuya a esclarecer la realidad nacional”.  El acta de fundación, firmada por Luis Espinal, Julio de la Vega, Pedro Susz, Carlos Mesa, y Alfonso Gumucio Dagron, señala que “el público boliviano necesita de una orientación que le permita adquirir sus propios instrumentos de crítica para poder ver cine como un hecho cultural y no de mera evasión”. Aparte de fundarnos, nunca llegamos a organizar ninguna actividad como colectivo, aunque cada quien siguió escribiendo sobre cine.

Durante los años que viví en Francia nos escribimos varias veces. Julio me hablaba con nostalgia de la temporada que pasó en París a principios de los 1950s, donde asistió como alumno libre a los cursos de Roland Barthes y se acercó a la emblemática revista de cine Cahiers du Cinema, tal como yo lo hice después en los años 1970:

“Descubrí la verdadera crítica cinematográfica en París, a mis veinticinco años. Tuve el privilegio de asistir prácticamente al nacimiento de la revista Cahiers du Cinema. Recuerdo bien el número 4, el primero que yo conocí. Esa crítica me interesó profundamente porque fusionaba precisamente el cine con la literatura. Conocí casualmente a André Bazin, que fue el mentor y creador de la revista. También a Lo Duca, Jacques Doniol Valcroze. No tuve amistad con ellos, pero sí un contacto con motivo del cine.”

Julo de la Vega fue parte de la segunda generación de poetas de Gesta Bárbara (cuando la poesía era todavía importante en Bolivia), grupo que publicó una obra colectiva: Trigo, estaño y mar. El Gran Premio de Poesía Franz Tamayo 1966 reconoció la calidad de Poemario de exaltaciones, donde al igual que en otras obras se muestra como un poeta moderno, de vanguardia, influenciado en su lenguaje y temática por el cine, la música y cuanto respira el poeta cuando se siente parte de la actualidad y no solamente de un pasado estanco.

En mi libro Provocaciones (publicado en 1977 y re-editado por Plural en 2006) incluí un capítulo dedicado a Julio, que titulé “Poesía con caudal de río” porque esa es la impresión que su poesía a borbotones produce en mí. “Su poesía es una poesía revuelta, sus poemas son extensos poemas-río salpicados de versos-sorpresa, ágiles y modernos”, escribí entonces.

De las cosas que me dijo, hay una que caracteriza a casi todos los escritores bolivianos:

“La única frustración que yo he conocido en mi trabajo de escritor se relaciona con esta imposibilidad de dedicar todo el tiempo de mi vida a escribir. La poesía que he escrito, las novelas que esbozo, las piezas de teatro que tengo en esquema... me parece que no he escrito casi nada de lo que puedo escribir y ésa es mi gran frustración. La literatura es de todas maneras una profesión, al menos por el tiempo que le dedico, y me molesta tener que robarle tiempo para ocuparme de otros menesteres que me permiten vivir.”

Años más tarde, ya en la era de internet, en la página de Bolivia Web hice una selección de diez poetas bolivianos, en la que incluí obviamente a Julio de la Vega, con su poema “Profeta se necesita”, donde aparecen estos versos: “Que sepa erguirse pleno / con el látigo de fuego entre las manos / para resucitar a golpes / no a la esperanza grande / sino, apenas al mínimo consuelo, / a la compensación / de que donde no hay pan / no haya tampoco odio”.

Además de la poesía y del teatro (desde 1991 hay un “festival de teatro de los barrios” que lleva su nombre), Julio se hizo novelista con tanto acierto que Matías, el apóstol suplente terminó integrando en 2009 la lista de las “diez novelas bolivianas fundacionales”, al cabo de una consulta (muy polémica, sobre todo por la ausencia notoria de Augusto Céspedes) que organizó el Ministerio de Culturas y la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz.

En Provocaciones me habló también de la muerte: “La muerte ha sido siempre otra preocupación evidente en mi poesía, aunque no pretendo darle trascendencia filosófica a través del poema. Escribo sobre la muerte abstractamente y en particular sobre ‘las muertes’ de amigos y familiares en la medida en que afectan mis sentimientos y en que han sido parte vital de mi existencia.”

Con ese mismo sentimiento escribo ahora sobre Julio de la Vega. La última vez que lo saludé fue en febrero 2009, cuando nos encontramos en el entierro de Francisco Cajías, su sobrino.

De izquierda a derecha:
Alberto Crespo Rodas, Lupe Cajías, Mario Frías Infante, Beatriz Rossels, Alfonso Gumucio Dagron, Julio de la Vega,
 Carlos Castañón Barrientos, Armando Soriano Badani, Mariano Baptista Gumucio y Eusebio Gironda
La Paz, el 7 de abril de 2001


11 noviembre 2010

De picaflor en Tarma

El trayecto a Tarma desde Lima es empinado, la carretera serpentea hasta Ticlio, a 4.818 metros de altitud sobre el nivel del mar, para luego bajar, en pocos minutos, mil metros hasta La Oroya, donde se encuentra el gigantesco centro minero de Cerro de Pasco, y unos 750 metros más abajo está Tarma, una ciudad pequeña encerrada entre flancos de montaña, con un microclima que hace olvidar la aridez de la región.

Este pequeño poblado peruano fundado en 1538 en las estribaciones de la Cordillera Oriental, a 230 kilómetros de Lima, es la cuna de Manuel Odría, el dictador que gobernó el Perú de 1948 a 1957, venerado localmente como el gobernante que más obras hizo en su pueblo natal. Los restos del “hijo predilecto de Tarma” descansan en la Catedral Santa Ana, construida durante su gobierno.

En los alrededores de Tarma -que sus ciudadanos nombran como “la perla de los Andes”, o “la ciudad de las flores”- hay atractivos naturales como las grutas de Huagapo, San Pedro de Cajas, Antipa Yarguna o Pacuhuayin, así como restos arqueológicos como los de Conchocan, Ticlan, Racashmarca, Anashpata o Huayiperga y los andenes o terrazas de cultivo construidos por los indígenas taramas y más tarde utilizados durante el imperio incaico.

Orgullosos de su música y de sus tradiciones, los tarmeños tienen como himno popular una canción emblemática y picaresca que dice así: “Picaflor tarmeño / por qué pues pretendes / picar a las flores / que ya tienen dueño”. El picaflor tarmeño es el símbolo de los valles circundantes, productores de flores y aparece representado monumentalmente en las plazas de los pueblos. Yo estuve, por así decirlo, de picaflor unos pocos días, libando de una estimulante experiencia de comunicación para el desarrollo.

Aparte de comer una “pachamanca” de cordero (que resultó por debajo de mis expectativas), muy poco de los atractivos turísticos pude disfrutar durante mi visita a Tarma, porque el objetivo era otro, conocer las actividades del proyecto Nexo y de su programa de televisión rural “Fortalezas TV”, y sus vínculos a algunos pueblos dedicados a la agricultura, Huaricolca, Acobamba o Palcamayo.

Ernesto Girbau, uno de los que se formaron en la escuela de video participativo de CESPAC, el emblemático proyecto que creó Manuel Calvelo en los años 1970, es el creador de Nexo, una organización cuyo objetivo es capacitar a jóvenes del área rural en la producción de video.  Hasta ahora lo ha logrado con creces, a juzgar por los documentales y ficciones que pude ver durante mi visita, todas ellas producidas por un trío de jóvenes emprendedores reclutados en comunidades vecinas: Yerson Ingaruca de Huaricolca, David Espinoza que cultiva flores en Picoy, y Leonel Hurtado músico en Calca.

El proyecto de Girbau, apoyado por la WACC (Asociación Mundial de Comunicación Cristiana), incluyó la capacitación de un grupo de jóvenes hombres y mujeres de las comunidades rurales, así como la producción de una serie documental sobre temas de interés de la población rural. “Fortalezas TV” recoge por una parte el saber local de la propia gente y por otra apela a especialistas de la salud o de la educación para enriquecer los contenidos de los programas, que incluyen segmentos sobre medio ambiente, agricultura, derechos humanos, educación o salud.

La pericia adquirida por el equipo de jóvenes capacitados por Girbau los ha llevado a experimentar con la ficción, y el resultado es de muy alta calidad, tanto por el contenido social como por la destreza técnica. El segundo y más reciente cortometraje argumental, “Corrupción”, está impecablemente realizado y es una demostración de que el proceso ha generado capacidades locales suficientes como para crear en la región un cine de características culturales propias.

En “Corrupción” los noveles cineastas narran la historia de un periodista, asesinado por las investigaciones que llevaba adelante para denunciar los lazos de corrupción que unen a políticos locales y a empresarios. El film fue seleccionado en el Festival Internacional FENACO Cusco 2010 en la categoría de estudiantes, un primer paso interesante para estos jóvenes que apenas un par de años atrás empezaron a formarse en producción de video, guiados por Ernesto Girbau para quien esta actividad no es solamente un proyecto, sino un proyecto de vida.

30 octubre 2010

Sexto piso

Llegamos al sexto piso en buen estado físico, pero con las advertencias que el cuerpo nos da como un jalón de orejas, mensajes a veces tan directos como una descarga eléctrica, y otras como lejanas señales de humo. En los escalones que vienen de los pisos inferiores fuimos aprendiendo que en cuestiones de salud casi todo lo que uno come hace daño.

Desde que heredé una hipertensión arterial supe que no debo consumir mucha sal, mejor sería si pudiera suprimirla por completo porque es sabido que el cloruro de sodio es el peor enemigo de la presión alta, además de que daña los riñones. Allá abajo en el cuarto piso me dijeron que para contrarrestar el sodio me convenía consumir almendras, brócoli, espinacas, lechugas, tomates y todos los alimentos ricos en potasio y en calcio.

Luego tuve úlceras por cortesía de los cuatro años pasados en Nigeria, y aprendí que para no irritar las llagas en el estómago y en el duodeno, debo evitar la cebolla cruda, el jugo claro de manzana que dan en los aviones, la miga de pan blanco porque contiene levadura, el café y los licores, entre otros. Desde entonces el pan integral y de múltiples granos se hizo mi amigo, el té remplazó al café, pero nada pudo remplazar a los licores que de todas maneras bebo sólo de vez en cuando.  Las cápsulas de omeprazol o magnesio quedaron en la gaveta del baño para ocasiones especiales, y ya no tuve que enmelarme la garganta y los dedos con el Bálsamo de Shostakovsky, un producto ruso para las úlceras, que solía comprar en la Farmacia Homeopática en la esquina de 23 y M de La Habana.

Ya en el quinto piso unos análisis de laboratorio revelaron que mis triglicéridos estaban altos, por lo que reduje la ingesta de azúcar, endulzando mi té matutino con estevia y limitando la mantequilla y las comidas grasas. Me dediqué con mayor empeño a las frutas y aprendí a comer ensaladas, por eso de la fibra, tanto que ahora disfruto comerlas tanto como hacerlas. Nunca me gustaron las bebidas gaseosas, y antes de que Evo Morales destapara cañerías con Coca-Cola, los jugos de fruta eran parte de mi alimentación, sobre todo la limonada de todos los días.

Uno de mis colesteroles (son varios y me confunden) dio un salto para arriba, y me obligó a moderar mi consumo de carne roja, de salchichas, de huevos y dejar las parrilladas y los mariscos para ocasiones especiales; me volví más cuidadoso con las mermeladas, los quesos curados y los helados que tanto me gustan. No fue difícil ya que la tortilla de maíz, el arroz, las pastas, las frutas, las verduras, el pollo y el pescado, eran más que suficientes para una dieta balanceada y sabrosa. Y el aceite de oliva coronó nuestros votos y anhelos, pues además de ser sano es delicioso (extra virgen, presión en frío).

En Brasil hace cinco años y en Guatemala hace tres, sufrí cólicos nefríticos con dolores de parto causados por cálculos en mis riñones (nada que ver con matemáticas, sino con piedras), pero no hice un buen esfuerzo para tomar dos o tres litros de agua al día y evitar alimentos con mucho calcio (¿no era bueno el calcio para la hipertensión?) Paradojas de la salud (o de la enfermedad): aquellos medicamentos antiácidos que tomaba para controlar la úlcera y los diuréticos que sirven para controlar la presión alta, contribuyen a la formación de piedritas en los riñones… Por donde uno lo vea, pierde.

Hasta ahí soporté bastante bien las nuevas realidades mientras avanzaba por el quinto piso; soy alguien que en general se da por satisfecho con una buena comida al día y puedo mantenerme sin problema con quesos, nueces, verduras y frutas.

Se dice que una persona sana es la que consume pocas carnes y muchas frutas, verduras, soya, pan integral, y otros alimentos naturales que proporcionan al organismo suficiente fibra y proteína para mantenerse en forma. Pero aquello de la pirámide nutricional resultó relativo con lo que pasó hace poco, cuando me convertí de una día para otro en el enemigo de los oxalatos. Un molesto cálculo en la vejiga y los análisis subsecuentes llevaron a la conclusión de que necesito, de ahora en adelante,  una dieta baja en oxalatos, pues todo indica que las piedras que mi organismo forma laboriosamente no son de calcio, sino de oxalato.

Esa palabreja no estaba en mi léxico de manera que usé internet para meterme en la red y averiguar de qué se trataba. Ahora sé tanto como un experto nutricionista y eso se reduce a que una dieta baja en oxalato significa dejar de ingerir casi todo lo que me gusta y que hasta ahora podía comer o tomar: lo poco que me quedaba para seguir sintiéndome normal.

Los oxalatos están en todas partes, son como dios, omnipresentes. Están en las dos tazas de té que tomo cada mañana, en las almendras, los pistachos, las nueces de macadamia y de la India que me gustan, y en los chocolates que forman parte de mis hábitos cotidianos.  También hay oxalatos en granos como la soya, el sésamo, el trigo y hasta el amaranto; en la estevia que uso para remplazar el azúcar, en condimentos como el orégano, la canela o la pimienta negra, en verduras como las espinacas, brócoli, pimentones, zanahorias (que se supone son buenas para la presión alta), en las aceitunas y el tomate (que era buenísimo para la próstata por su contenido de licopeno); en frutas como frambuesas, kiwi, higos, y en menor medida en naranjas, limones y papayas…

Así, con muchos oxalatos y relativo buen humor llego al sexto piso de la vida, y esto sucede en un mes especial, pues este octubre tuvo 5 viernes, 5 sábados y 5 domingos, lo cual sucede con poca frecuencia.

25 octubre 2010

Alebrijes

La Real Academia Española debería revisar su diccionario, pues define el mexicanismo alebrije como una “figura de barro pintada de colores vivos, que representa un animal imaginario”. En realidad los alebrijes no son de barro sino de madera (los pequeños),  y de alambre cubierto de papel maché y cartón (los grandes). Si bien solían representar animales imaginarios cuando fueron inventados en 1936 por Pedro Linares López, hoy son una forma de representación artística que no admite restricciones temáticas, incluye personajes reales o ficticios, y se mezcla –sobre todo en estas fechas próximas al Día de Muertos- con la calavera Catrina creada por José Guadalupe Posada.

Una prueba de ello está en el 4º Desfile de Alebrijes Monumentales, organizado por el Museo de Arte Popular, que ocupó la tarde del sábado 23 de octubre el trayecto desde el centro histórico, entre el Zócalo y la Avenida Reforma en la Ciudad de México.

Luego del desfile, los 164 alebrijes participantes, fueron estacionados a los dos lados de la amplia avenida, entre dos glorietas con mucha historia: la que ocupa la sensual Diana la Cazadora, y la del Ángel de la Independencia. Y esto no fue casual, pues este año los alebrijes tuvieron todo que ver con los 200 años del grito de la Independencia de México y con los 100 años de la Revolución Mexicana. Hay una manera oficial de celebrar las fechas, y una popular. Incluso cuando son instituciones oficiales las que promueven actividades como estas, los ciudadanos se apropian.

Cerca de dos centenares de grupos culturales y familias de artesanos se hicieron presentes con alegorías en las que aparecen versiones zoomorfas de Morelos, Hidalgo, Zapata, Villa, Madero y otros personajes icónicos de las gestas independentista y revolucionaria. Los mexicanos tienen entre sus muchas virtudes esas maneras de celebrar a sus héroes, despojándose de toda solemnidad y más bien acudiendo al humor y a la fantasía. Los Emiliano Zapata transfigurados en esqueletos, y las calaveras que adornan casi todos los alebrijes son una celebración de la muerte desde la vitalidad de la existencia.

Ese mismo espíritu picaresco está en el “pan de muerto” o en las calaveras de azúcar que están en todas las tiendas de alimentación, y por supuesto en los altares de muertos que en esta época elaboran desde las familias más empobrecidas hasta las empresas más grandes, pasando por todo museo que se respete. Uno de los más célebres altares se exhibe en la ex hacienda La Noria, el Museo Dolores Olmedo en Xochimilco, creado por la que fue amiga y modelo privilegiada de Diego Rivera. La colección permanente del museo incluye numerosas obras de Rivera, de Frida Kahlo y de otros grandes de la pintura mexicana.

“Llamas de libertad” (elaborado por un grupo de personas con discapacidad visual), “El que se comió mi historia”, “El Zapatije”, “Antorcha de la Revolución”, “Tierra y libertad”, “La güera Rodríguez”, “El último caudillo”, “La Adelita”, “Axolotl insurrecto”, “El relinchido chido del norte”, “Devorador del sueño de Revolución”, son los nombres de algunas de las obras, unas mejor acabadas que otras, pero todas evocando episodios de la historia mexicana y desafiando la imaginación con humor y color.

Y todo esto expuesto al aire libre, no entre los muros de un museo, sino en un espacio público y accesible para quien quiera, el magnífico Paseo de la Reforma, la amplia avenida cuya belleza y diseño supera con creces el cacareado renombre de los Campos Elíseos parisinos, y desde lejos la 5a Avenida de New York.

Pancho Villa con cuernos de carnero, Morelos transfigurado en dragón, el cura Hidalgo como insecto gigante y Zapata en todas las versiones posibles. Aquí no se salva nadie del humor ácido de los grupos de artistas que .

Las mujeres de la historia mexicana están mejor servidas, como la “Güera” Rodríguez o Adelita, la soldadera, ya que los artesanos se esfuerzan en mantener su belleza, probablemente inspirados en la representación femenina de la Nueva Democracia, de Siqueiros, en el Palacio de Bellas Artes, o aún más cerca, en las figuras emblemáticas del Angel de la Independencia o de la Diana Cazadora.

Esta es una de las muchas cosas que uno puede disfrutar en este país con una cultura tan rica y tan apropiada por los ciudadanos, además de apoyada y promovida desde las instituciones del Estado.

14 octubre 2010

Pocho Álvarez, cineasta ecuatoriano

Nos volvimos a encontrar 25 años después, lo cual me sucede cada vez con mayor frecuencia, debe ser porque últimamente los años están pasando más rápido.

Pocho Alvarez y Alfonso Gumucio 
Pocho Álvarez y yo nos habíamos conocido en Cuba, en 1985, en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, que era en ese tiempo el más importante de nuestra región. Cuando nos vimos hace algunas semanas en Quito con motivo del cumpleaños de Alejandra Adoum, Pocho se acordaba perfectamente de nuestro anterior encuentro, yo no.

Recordó por ejemplo que ambos fuimos miembros del jurado internacional de documental convocado por el ICRT que en ese tiempo dirigía Manelo, y que declaramos desierto el primer premio, lo cual no gustó a los amigos cubanos.

A mi turno recordé que aquel festival me quedó grabado como el mejor de todos a los que asistí en Cuba, ya que ese año el Gran Coral premió ex aequo dos grandes películas: “Frida” de Paul Leduc y “Tangos, el exilio de Gardel” de Fernando Solanas. Fue el festival en que la generosidad cubana permitió que centenares de cineastas, productores, actores, directores de revistas y críticos de cine, nos reuniéramos en una verdadera fiesta de la creatividad latinoamericana. En la clausura escuchamos de pie a Fidel, que habló de cine durante cinco horas, con conocimiento de causa y sin aburrirnos.

Pocho no ha parado de hacer cine, como lo prueban algunos de los documentales que me regaló. Y lo ha hecho “por amor al arte” casi sin recursos, invirtiendo su tiempo y compromiso social en cada proyecto. No es un cineasta que viva de su cine, sino uno que hace vivir al cine documental testimonial. A diferencia de muchos otros cineastas preocupados por el “mercado” y celosos de la circulación de copias de sus películas, Pocho invita a “piratear” su propia obra, a veces de manera explícita: “La reproducción y distribución de este documental en su totalidad es un deber ciudadano”.

Su más reciente obra es “Jorgenrique” (2010 - 118 min) un hermoso testimonio del poeta Jorge Enrique Adoum (fallecido en julio del 2009), a quien entrevistó junto a su hija Alejandra durante varios meses (febrero a mayo del 2007). Este extracto de las 40 horas grabadas constituye un legado extraordinario para el Ecuador, de su poeta más importante, quien habla con tanta sabiduría como modestia del “camino maldito de la literatura” (pero también dice que “la poesía es el nivel más alto de la humanidad”), y rememora desde su linaje libanés y su infancia en el Ambato de 1926, hasta su visión crítica más actualizada del país, pasando por etapas importantes que le tocó vivir, ya sea muy joven en Chile como secretario privado de Neruda, como funcionario internacional en China o Japón, o como poeta en el exilio en el París que alumbró la revolución de los jóvenes en Mayo de 1968. Allí lo conocí yo a principios de los 1970s.

Como Pocho Álvarez es un poeta de la imagen, el tema le vino como anillo al dedo, pues no hay nada mejor que tratar la poesía con poesía. La fotografía es cuidadosa, límpida (aunque se notan las texturas diferentes del proceso de filmación y el enflaquecimiento del personaje), y la edición es precisa e ingeniosa, con el leit motiv de las teclas de una antigua máquina de escribir Remington Rand que permite rescatar del discurso o de los poemas algunas palabras clave.

Todo ello sembrado de fotografías de las épocas aludidas, tanto de espacios urbanos como de personajes que han sido importantes en la vida de Jorgenrique (Neruda, Gallegos Lara, César Dávila Andrade o Guayasamín), incluyendo por supuesto a Nicole, su compañera hasta el final de la vida, y Alejandra, la hija, pivote de este testimonio.

“A cielo abierto – derechos minados” (2009 – 78 minutos) es un extraordinario y emotivo testimonio de las comunidades que en Ecuador resisten pacíficamente pero a riesgo de sus vidas a la penetración de compañías mineras. “El agua vale más que el oro, vale más que el cobre”, esgrimen quienes se oponen a los proyectos extractivos. Se enfrentan con palos y piedras a paramilitares y militares enviados por las empresas mineras y por el gobierno que a pesar de su discurso de “revolución ciudadana”, es cómplice y reprime a quienes se ponen.

Además de violar la propia Constitución Política del Estado que promovió, el gobierno de Correa aprueba sin  debate ciudadano una “Ley de Minería” que favorece a las grandes empresas, sin respeto por el medio ambiente ni por los derechos de las comunidades afectadas.  El propio Alberto Acosta, ex Presidente de la Asamblea Constituyente, afirma que la participación en el debate fue un “sainete”, y que se está “instaurando un esquema autoritario”.

Álvarez ha hecho un seguimiento minucioso de las luchas de resistencia, revelando la fuerza de dirigentes locales muy lúcidos y comprometidos con sus pueblos. La cámara establece una relación solidaria con la gente y de enamoramiento con la naturaleza amenazada.

En “Tóxico Texaco Tóxico” (2007 - 35 minutos) Pocho se une al Frente de Defensa de la Amazonía para denunciar y apoyar el juicio que durante 14 años se lleva adelante en contra de la empresa petrolera Texaco, responsable de uno de los grandes desastres ecológicos de América del Sur, al haber contaminado durante casi 30 años las tierras y los ríos de la amazonía ecuatoriana, en el norte del país. La codicia de las empresas y de los gobiernos de turno durante las “fiebre del oro negro” dejó sin protección a comunidades indígenas que entre 1964 y 1992 padecieron enfermedades y pobreza por causa del desastre ambiental.

La tierra “agria” contaminada por 18 mil millones de galones de aguas tóxicas, cubierta por una capa espesa y pegajosa de petróleo, y las piscinas de desechos que la Texaco construyó y nunca limpió, dejaron inermes a los indígenas cofanes y de otras comunidades de la zona cercana a la frontera colombiana. Como un monumento fatídico a la indiferencia y prepotencia de la empresa petrolera, quedan todavía los “mecheros” que queman indefinidamente el gas superficial.

Más de 177 mil páginas tienen los legajos del proceso a la Texaco, sin que se haya hecho justicia. Pero Pocho Álvarez preserva la memoria de esa lucha y registra con una cámara amiga los rostros y las voces de quienes padecen y luchan.

“Forajido – El legado de abril” (2005 - 24 minutos), muestra las manifestaciones del pueblo de Quito que acabaron con el régimen autoritario del Coronel Lucio (“Sucio”) Gutierrez. Al grito de “que se vayan todos” los quiteños le pusieron fin a una clase política corrupta que durante 25 años usufructuó del poder. “Yo también soy forajido” gritan jóvenes y viejos, amas de casa y monjas en la calle, emulando a quienes en mayo de 1968 en París gritaban “yo también soy judío-alemán” (en alusión a Daniel Cohn-Bendit).

Sin otro comentario que algunos intertítulos poéticos aludiendo a las “lunas” de los cambios sociales, este documental en blanco y negro empieza como un testimonio nocturno que poco a poco muestra destellos de color en la medida en que las esperanzas reunidas en los espacios públicos se expresan con manojos de flores o banderas al viento. Queda para la memoria como un ejemplo de cómo se castiga a los dirigentes cuya arrogancia en el poder les hace dar la espalda a los pueblos.

02 octubre 2010

Lenguas en Resistencia

Un frío excepcional nos recibió en Resistencia, ciudad hermanada a Corrientes, ambas situadas frente a frente en las riberas del Río Paraná, en el Chaco argentino, a unos mil kilómetros al norte de Buenos Aires. El día anterior el intenso frío proveniente del Polo Sur había paralizado los vuelos en el desorganizado y caótico aeropuerto nacional de Aeroparque, en la capital argentina. Miles de personas en largas filas durante diez horas, protestando, pidiendo información que nadie daba porque Aerolíneas Argentinas es el ejemplo de una empresa que funciona mal.

Resistencia suele padecer cada año calores de 46 o 48 grados, de modo que estos fríos excepcionales no eran ni esperados ni bienvenidos por los organizadores y participantes del I Congreso Internacional sobre Lenguas y Dinámicas Identitarias en el Bicentenario, realizado del 19 al 22 de julio 2010. El local donde se llevó a cabo el evento estaba dotado de grandes ventiladores y techos altos, ideales para enfrentar las olas de calor, pero ahora en las salas estábamos todos ateridos de frío, valga el pleonasmo.

Que una ciudad se llame Resistencia es de por si un atractivo, lo es más cuando el tema del evento tiene que ver con las lenguas indígenas que resisten a la aplanadora de las lenguas oficiales y hegemónicas.

En las conferencias plenarias y en los bloques temáticos se abordó una amplia gama de preocupaciones que tienen que ver con una agenda a favor de la diversidad. “Lengua, identidad y construcción de lo común, “Lenguas indígenas: representaciones de la relación lengua/identidad”, “Las lenguas indígenas y su rol en el sistema escolar”, “Políticas lingüísticas estatales”, “Arte verbal, mitos, narrativa y literatura en contextos multilingües y multiculturales”, y “Multilingüismo y representaciones sociales”, fueron algunos de los 14 bloques temáticos del congreso.

Emilio José Chuaire, de la Secretaría de Interculturalidad y Plurilingüismo de la Provincia del Chaco, y Susana Schlack de la Universidad Nacional del Nordeste, me invitaron para participar en un panel-debate sobre “Lengua, memoria e identidad”, donde presenté mi ponencia Identidad, pluralidad y comunicación participativa, en la que afirmo que frente a la concentración de medios masivos y a la homogenización cultural que promueven, la participación de las poblaciones indígenas en los medios comunitarios, con una perspectiva intercultural y ética, son el único recurso para promover el reconocimiento efectivo de la pluralidad y de la diferencia.

Durante los cuatro días del congreso hubo además conferencias magistrales, charlas, talleres y mesas redondas que convocaron a numerosos participantes a pesar del intenso frío. Los organizadores tienen planes de publicar en breve una selección de los textos presentados durante el evento. Mientras tanto, un blog no muy prolijo permite acceder a algunas informaciones.

Muchas historias de vida fueron presentadas y algunas estremecedoras, como la de Cristina Calderón, que vive en la Isla Navarino, cerca de Puerto Williams (Chile). Nos dijeron que ella es la última hablante de la lengua Yahgan. Tiene 82 años ahora, y cuando muera, no habrá nadie más que hable esa lengua, muy pronto sumada a las desaparecidas. La Unesco dice que de las 6 mil lenguas que todavía enriquecen la comunicación entre la humanidad, una desaparece cada semana. Por esa y otras razones, por Cristina Calderón y tantas otras como ella, este evento en Resistencia fue tan importante.

Daniel Prado y Alfonso Gumucio Dagron

Como suele suceder en estos congresos, parte del encanto está en los encuentros y los reencuentros. Volví a ver a Daniel Prado, de Unión Latina, que es uno de los animadores de la Red Mundial para la Diversidad Lingüística, con quien congeniamos en un evento anterior en Barcelona.

Todo esto fue el pasado mes de julio, así de rápido pasan los días y no queda más que convencerse de que la influencia de la Resonancia Schumann en el paso del tiempo no es ningún cuento.



23 septiembre 2010

El sabor tricolor

Mexicanos, al grito de guerra… salieron a las grandes avenidas, a todas las plazas de todas las ciudades, de todas las delegaciones, de todos los pueblos para celebrar en grande los 200 años del “grito” y los 100 años de la Revolución Mexicana.  Basta decir el “grito” para que cualquier mexicano entienda, porque no hay sino un grito que tiene apellido, el grito del cura Hidalgo al encender la mecha de la independencia de México en el pueblo de Dolores.

Las celebraciones quisieron ser apoteósicas, empezando por la factura del gobierno federal: cerca de 200 millones de dólares (uno por cada año de independencia), pero no lo fueron del todo. Cierto, hubo acrobacias y fuegos artificiales impresionantes en el Zócalo de la Ciudad de México, donde el Presidente Felipe Calderón salió cinco minutos para tocar la campana, dar el grito y cantar el himno nacional. El desfile de comparsas que ocupó toda la Avenida Reforma no fue tan majestuoso aunque colorido sí, hasta colorinche, a la manera de un desfile de Disney o de la parada anual de Macy’s en Nueva York.

México no es ni el primero ni el último país de la región que celebra el Bicentenario de los estallidos independentistas, ya hemos visto varios en 2009, 2010 y seguiremos con las celebraciones en 2011, pero por la magnitud de México y de su historia, este destaca más que los otros, aunque no llega en buen momento y se celebra cuando el país vive una precaria situación económica y de seguridad, con decenas de asesinatos todos los días, por obra y gracia del narcotráfico. Muchos ya lo dijeron: no hay nada que celebrar.

Yo sí lo celebré, a mi manera, en la avenida Reforma pero de espalda al espectáculo público, concentrándome en el platillo que tenía frente a mi, un clásico de la cocina de Puebla y un emblema de la mexicanidad: los chiles en nogada, cuyo origen se remonta a 1821, a Agustín de Iturbide y su Ejército Trigarante. No importa la historia en este caso, sino el resultado.

Los chiles en nogada tienen su época anual que dura solamente tres meses, de modo que ahora es el momento de saborear este sofisticado plato que se presenta con los colores de la bandera mexicana: rojo, blanco y verde.  El verde del chile, el blanco de la crema que lo baña y el rojo de los granos de granada desgranada sobre el chile poblano.  Da pena meterle cuchillo y tenedor, de tan bonito que se mira pero hay que hacerlo para llegar a lo que no se ve: el relleno. Todo lo demás es agradable a la vista, pero en el relleno está la ciencia culinaria.

El relleno de los chiles en nogada representa el sincretismo culinario. Varias culturas se expresan en esa mezcla de sabores intensos, basta reconstruir los pasos en la historia de los múltiples ingredientes: carne de res y de cerdo, nueces, almendras, clavo y canela, ajo y cebolla, duraznos, peras, manzanas, plátano macho, tomates (“jitomates”, como les dicen en México), jerez dulce o vino blanco seco, según los gustos.

Todo ello envuelto en la carne verde del chile poblano despojado de sus venas y semillas picantes, y despellejado para que sea más sabroso, y bañado en la crema blanca de crema natural y nuez de nogal, con un ramo de perejil en un extremo. En esta época del año, el homenaje se le hace a los chiles en nogada, más que a la bandera.

15 septiembre 2010

Expreso de Oriente

Tenía 13 o 14 años de edad cuando leí –más bien devoré- las 54 novelas de Agatha Christie que se habían publicado hasta entonces, entre ellas “Asesinato en el Orient Express” (1934). A pesar de que en la novela Estambul es apenas el punto de partida de Hércules Poirot y la trama sucede íntegramente en el tren de regreso a Viena, la sola mención de la antigua Constantinopla hizo que su nombre se adhiriera para siempre a mi imaginario.

Graham Greene escribió “Stamboul Train” (1932), donde el personaje es también el Expreso de Oriente y  la aventura policial termina cuando el tren llega a la mítica ciudad turca que une Europa con Asia. Estambul quedó desde entonces en mi horizonte como un destino que algún día tendría que alcanzar.

En la primera oportunidad que se presentó a principios de los años 1970s, tomé (solamente hasta Milán) el Expreso de Oriente, el tren con nombre mágico que desde 1883 viajaba de noche entre París y Estambul. De ese viaje recuerdo los antiguos vagones de madera, los pasamanos de bronce y los ronquidos de dos turcos que me robaron el sueño.

El lujo sobrio de los vagones contrastaba con los trenes más modernos que acabaron por remplazar en 1977 al Expreso de Oriente. Años después renació como un ave fénix de lujo, para satisfacer a los turistas ávidos de viajar por esa ruta célebre, pero con el mayor confort. En 2009 murió definitivamente.

El paso del tiempo aleja los horizontes que uno se propone. Con retraso -porque el tren de la vida dio muchas otras vueltas por otros territorios- recién pude conocer en julio de este año la antigua Bizancio o Constantinopla, la capital de dos imperios durante 1500 años, la bisagra entre dos continentes. Ni las novelas policiales ni las historias de espías y traficantes de armas –verdaderas e inventadas- que transcurren en esta ciudad mítica, lo preparan a uno para el descubrimiento de Estambul. Es una ciudad abigarrada, con 13 millones de habitantes y con siete colinas como Roma, repleta de magníficos palacios, 2500 mezquitas, 157 iglesias cristianas, 19 sinagogas y 10 monasterios.

Las calles de Estambul son avenidas de la diversidad cultural por donde circulan ciudadanos asiáticos, árabes, europeos, africanos de costumbres muy diversas. Del golfo pérsico llegan visitantes musulmanes, a veces mujeres cubiertas de negro de la cabeza a los pies, donde apenas se distinguen los ojos presos detrás de la burka (pero el marido, muy fresco, en bermudas y chancletas), y otras de países menos fanáticos del Islam, cuyas mujeres agraciadas llevan solamente el velo que cubre sus cabezas.

Me alojaron a media cuadra del tradicional Hotel Pera Palace, que abrió sus puertas en 1892 para acoger a los pasajeros del Orient Express. En la habitación 411 escribió Agatha Christie su famosa novela (Hitchcock, Hemingway y Greta Garbo figuran entre otros célebres personajes que se alojaron en ese hotel).  Sin duda la gran dama del misterio también caminó por la calle peatonal Istiklal, una cuadra más arriba, que un antiguo, lento y solitario vagón de tranvía recorre de ida y vuelta sobre una vía única, abriéndose paso entre un hormiguero de visitantes de todo el mundo, que recorre el corazón de la ciudad hasta la Torre Galata o para tomar el Túnel.

La Torre Galata, legado de la comunidad genovesa en 1348, erguida sobre la ciudad con una vista magnífica de 360 grados sobre el Bósforo y el Golden Horn, parecía vigilar mis movimientos nocturnos con dos ojitos de luz. Caminé a su alrededor varias veces de noche y de día por las retorcidas callejuelas y pasajes donde me tomaba una copa de vino (que los hay excelentes en Turquía) o por 2 Liras Turcas un gran vaso de zumo de toronja o de naranja.

El “Túnel”, cerca de allí, es uno de los trenes subterráneos más antiguos del mundo, jalado por un cable empinado que une solamente dos estaciones, una en lo alto de Beyoglu y la otra en las orillas del Cuerno de Oro, el estuario que divide Estambul. Al otro lado está Sultanhamet, la península en la que se fundó la ciudad, y allí se concentran los monumentos más emblemáticos de Estambul, cuyo conjunto es Patrimonio de la Humanidad desde 1985 (¿por qué tardaron tanto?). Muchos de ellos fueron obras del arquitecto del imperio otomano, Mimar Sinan, a quien Suleyman el Magnífico le dio el poder y los recursos para realizar las 477 obras que se le atribuyen.

En pocas horas es posible recorrer innumerables edificios emblemáticos, como la gigantesca Santa Sofía, extraordinaria por dentro y por fuera; la Mezquita Azul con sus seis minaretes y sus bellos azulejos; el Palacio de Topkapi, el Museo de Arqueología y la Basílica Cisterna, extraña construcción bajo tierra, un gigantesco depósito de agua que alguna vez sirvió para alimentar la ciudad, con 336 columnas que emergen del agua, algunas sostenidas por cabezas de Medusa. En el Museo Arqueológico impacta la belleza del “Sarcófago de Alejandro”, llamado así no porque haya sido esculpido para Alejandro Magno, sino porque en sus frisos de mármol aparece vencedor contra los persas.

En Topkapi impresionan las dimensiones del Harem (que en árabe significa “prohibido”), un conjunto de 300 habitaciones en las que el Sultán guardaba celosamente a sus concubinas y a su familia. Además de ellos, sólo podían entrar a prestar servicios los eunucos negros, que eran revisados periódicamente para comprobar la eficacia de sus castraciones. Una de las habitaciones tiene dos gigantescas camas donde el Sultán podía jugar con diez concubinas al mismo tiempo. En Topkapi hay mucho que ver, pero me quedo con la imagen de la hermosa daga de oro y esmeraldas (1741) que se hizo famosa en una película con Melina Mercouri y Peter Ustinov.

Muy cerca de allí está el Gran Bazar, una ciudadela de estrechas callejuelas techadas, con 18 puertas de entrada y 4 mil tiendas, donde se concentra la producción artesanal, que es tan rica como la variedad de especias de todos los sabores y colores que se venden en el otro mercado cercano, el Bazar de las Especias (1660). Uno puede pasar horas en estos bazares repletos de gente, ya sea para mirar o para comprar hermosas piezas de cerámica, de trabajos en metal o en cuero, antigüedades o dulces típicos.

No pude resistir la tentación de pasar unas horas de relajamiento en un baño turco; Cagaloglu Hamami fue el lugar indicado, con su inmenso hararet (cuarto caliente), pero no salí completamente satisfecho con el tratamiento tradicional de masajes, sauna y exfoliación…. El Sultán Mahmut I construyó este hammam en 1741 y por aquí pasaron Franz Listz, Omar Sharif, Rudolf Nureyev, y Florence Nightingale, entre otros. No es extraño que se haya convertido en un atractivo turístico.

El Estrecho del Bósforo que une el Mar de Mármara con el Mar Negro, no solamente separa en dos a Estambul, sino que separa a Europa de Asia, pero el largo puente Bogazici inaugurado en 1973 une al mismo tiempo los dos continente.  Basta tomar ese puente (o el tren subterráneo que pasará en breve debajo del estrecho) para pasar de un continente a otro. La ciudad tiene ese aire doble, esa atmósfera de leyenda donde se mezcla la cultura europea y asiática.

En las esquinas de Estambul, como en toda Turquía, abundan las fotos de Ataturk (“padre de los turcos”) fundador y primer presidente de la nación.  En pocos países se rinde tributo de manera tan unánime a un líder político como a Ataturk en Turquía; y con razón, pues fue quien modernizó el país y lo acercó a Europa.

Este 2010 Estambul es la Capital Europea de la Cultura (un concepto creado por Melina Mercouri el año 1983, cuando era Ministra de Cultura de Grecia). Durante todo el año, y sobre todo en la época de verano, las actividades culturales se multiplican como para convencer a cualquiera de algo que por la historia y la leyenda es desde ya evidente: que esta es una gran ciudad, una de las ciudades más dinámicas, sorprendentes y mágicas del mundo.