(Publicado en el suplemento Letra Siete de Página Siete el domingo 29 de enero de 2023)
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| Laurence Debray |
Pocas veces he tomado tantas notas mientras leía una
obra testimonial, una autobiografía precoz, a la manera de la que publicó el
poeta ruso Yevtushenko cuando tenía 30 años de edad. “Fille de revolutionnaires” (2017),
escrita a los 40 años por Laurence Debray, hija de Regís Debray y de Elizabeth
Burgos (cuyas vidas están indisolublemente ligadas a Bolivia) es una suerte de
exorcismo que pretende cerrar una etapa para pasar a otra que no esté marcada
por el peso de la herencia familiar.
Conocí a Laurence en mi exilio durante la dictadura
de Banzer, seguramente ella no tendría más de uno o dos años de edad cuando yo
visitaba a Elizabeth en su departamento de la rue Cherche-Midi en París.
De su madre Laurence heredó un país, Venezuela, y un
proceso político que terminó con el idilio revolucionario. Vivió de cerca la
llegada de Chávez, el discurso de la impostura y las frases vaciadas de
contenido. Nadie le contó esa historia, la vivió de cerca. De su padre, heredó una
leyenda que se convirtió en fardo desde su más tierna infancia. El joven
intelectual francés apresado y juzgado por los militares bolivianos por su
participación en la guerrillera del Che, determinó el futuro de Laurence aún
nueve años antes de que naciera.
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Desde el inicio y sin tapujos aborda esa memoria
precoz que la hizo intuir a su más corta edad que sus padres no le querían
contar lo que sucedió, algo que poco a poco tuvo que descubrir por sí misma. La
mantuvieron al margen supuestamente para protegerla, sin saber que la niña y
adolescente tenía una sensibilidad especial para captar las señales de todo lo
que le era escamoteado. Desde su más tierna infancia fue acumulando preguntas
sobre la juventud de su padre y madre, una suerte de conspiración de silencio
la rodeaba, a pesar del enorme cariño recibido tanto en la familia venezolana
como en la francesa: “Cuando yo abordaba la juventud de mis padres, me topaba
contra un muro. Todo se hacía entonces más enigmático: mis abuelos se mostraban
reticentes, mis padres cambiaban de conversación.”
Quizás porque no fue adoctrinada y vivió desde niña
con relativa libertad, se interroga sobre la militancia castrista de su padre y
madre, que no logra comprender quizás porque no entiende que en esa época la
neutralidad no era una opción y mirarse en el espejismo de la revolución
significaba estar del lado de los buenos. Desde la perspectiva de este siglo,
esa militancia pura y dura de las décadas de 1960 y 1970 le parece absurda,
aunque poco a poco en el libro entiende las motivaciones.
Culpa a los ideales revolucionarios el destino que
fue marcado para sus padres, aunque obviamente sin esa participación histórica
no hubieran llegado a ser lo que fueron: “En los años sesenta, mis padres eran
jóvenes, seductores, brillantes y revolucionarios… y perdieron todo con la
revolución. O quizás es lo contrario: ganaron en sabiduría -y notoriedad- más
rápido que otros que no se ‘mojaron’, que se quedaron debatiendo
confortablemente sobre política en los cafés del bulevar Saint-Germain”.
El proceso de indagación sobre la vida de sus
padres, vivos aún pero mudos, se convierte en una tarea indispensable para
conocerse a sí misma y poder continuar su vida libre de las amarras que la
mantenían pegada a un puerto como un barco imposibilitado de separarse del
muelle de una historia que no es enteramente suya, aunque la beneficia: “Tuve
el privilegio de conocer el fin de la historia y de haber frecuentado personas
y lugares que son parte esencial de esta aventura de novela”. Sin embargo, siente no haber sido parte de
una época en que “las estrellas no eran los presentadores de televisión o los
jugadores de fútbol, sino los intelectuales comprometidos…”
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| Elizabeth y Laurence |
El relato de Laurence conjuga hábilmente la pequeña
y la gran historia, es decir la intimidad revelada descarnadamente y la mirada
sobre los grandes hechos y protagonistas, desde una perspectiva generacional
novedosa. Por el lado de la madre descubre una bella historia de migrantes
españoles que se instalan en Venezuela en 1630, uno de cuyos descendientes,
Carlos Brandt Tortolano, adquiere notoriedad como periodista, escritor y
científico. Exiliado por el dictador Juan Vicente Gómez por defender la
libertad de prensa, funda el movimiento vegetariano y publica “El fundamento de
la moral” con prólogo nada menos que de Albert Einstein. Pero más cerca en ese
linaje familiar, una abuela que pasó por tres abandonos y quedó con seis hijos
a su cargo, la mayor Elizabeth Burgos, cuyo traslado a Europa en 1959 cambiará
su vida radicalmente. De ese primer itinerario europeo retengo su encuentro en Múnich
con el boliviano Jorge Vásquez Viaña, quien sería asesinado en 1967 durante la
guerrilla del Che. Allí comienza el profundo vínculo de Elizabeth con Bolivia.
El pasado no siempre es bienvenido por la memoria:
“A medida que avanzo en mi búsqueda, me doy cuenta de que hay cosas que
prefiero no saber”, escribe Laurence.
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| Régis y Laurence Debray |
Por el lado de su padre, Régis Debray, un legado de
caminos que divergen: los ideales revolucionarios de un intelectual voraz de
experiencias, que busca huir del seno confortable de una familia burguesa
acomodada. La madre de Régis cautiva a Laurence desde niña. Janine es una mujer
emprendedora y militante política próxima a De Gaulle, su fortaleza y dignidad
inspiran a Laurence durante toda su juventud. Régis dudaba si seguiría estudios
de filosofía o de cine. Quizás su aparición, muy joven, en aquella película
seminal de Jean Rouch y de Edgar Morin, “Chronique d’un été”, lo hizo interesarse en
el cine, pero su camino fue siempre el de la reflexión.
Laurence reconstruye, muchos años más tarde, el
primer encuentro entre Régis y Elizabeth, propiciado por Oswaldo Barreto en
Caracas. Régis ya lo había registrado en 1975 en su libro “L’indesirable” (“El
indeseable”), dedicado inicialmente a Elizabeth (pero la dedicatoria
desapareció de las ediciones más recientes). La importancia de Elizabeth en la
vida de Régis es mucho mayor de lo que muchos suponen. Laurence alude el
“turismo político” de su padre en Venezuela, que pudo superar gracias a la
actividad política militante de Elizabeth. En esa etapa venezolana, la
conspiración, la clandestinidad, la compartimentación y los riesgos políticos
unen a ambos como pareja, más allá de la militancia en la guerrilla venezolana.
Ese secretismo conspirativo, según Laurence, será un rasgo permanente de sus
progenitores, aún en espacios de democracia y legalidad.
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| Elizabeth Burgos y Régis Debray |
Un periplo de miles de kilómetros lleva a la pareja
a refugiarse en otros países de América Latina. En Quito el gran Guayasamín no solo
los acoge en su casa, sino que además pinta los retratos de ambos, un
privilegio. El itinerario continúa por Perú, donde son arrestados durante unos
días, y luego a Chile y a Bolivia, que se convertirá para Elizabeth en “su país
de adopción y de corazón”. En nuestro país, gracias a la acogida de Líber Forti
y Juan Lechín, entre otros, se introducen en el mundo del sindicalismo minero,
ejemplar en toda América Latina (y no la pantomima servil que es hoy).
Consciente de que los lectores más jóvenes suelen
ignorar incluso capítulos muy recientes de la historia, la autora no escatima
esfuerzos para contar, en paralelo con su autobiografía, el desarrollo de los
eventos más importantes, sin los cuales sería difícil situar hechos y
personajes citados. Quienes vivimos aquella etapa reconocemos esos parámetros,
pero los más jóvenes tendrán que leer mucho más sobre Vietnam, Palestina, la
lucha por la legalización del aborto, los conflictos raciales, el feminismo, y
otros movimientos que marcan las décadas que ella revive, aunque no las vivió.
Los apuntes sobre la relación entre sus padres y Fidel Castro son fascinantes.
El líder cubano los recibe como huéspedes ilustres, los instala en una casa de
protocolo para vigilarlos mejor mientras estudiaban para graduarse como
guerrilleros y espías profesionales: estrategia militar, contrainteligencia,
entrenamiento físico y sicológico…
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| Che Guevara y Fidel Castro |
La génesis del libro “Revolución en la revolución”
(1967) que hace famoso a Régis Debray está allí, en las conversaciones que
sostenía con Fidel durante noches enteras. Régis escribió el libro que Fidel
quería que escribiera. El presidente cubano leía y corregía el manuscrito de la
obra que se convirtió en una especie de catecismo para aprendices guerrilleros.
Es muy interesante la distinción que establece Laurence entre la actitud casi
sumisa del joven Debray frente al “padre de todos los cubanos” y la de Elizabeth
Burgos, desenvuelta, incontrolable, llena de dudas y preguntas incómodas. La
consecuencia lógica de esa etapa de preparación en Cuba fue el apoyo brindado
por Régis a la guerrilla del Che. “Sin fusil, mala pluma; sin pluma, mal
fusil”, solía repetir, según Laurence, para indicar que su papel de intelectual
no era suficiente si no pasaba a la acción. Elizabeth, con más olfato y
experiencia política, no estaba convencida de esa decisión, y el tiempo le
daría la razón.
Laurence revela una anécdota fascinante que subraya
la diferencia entre su padre y su madre. Antes de partir a Bolivia, ambos
visitan la oficina vacía del Che, que se había desvanecido dos años antes.
Elizabeth abre un cajón del escritorio y encuentra un cuaderno del Che con su
diario del Congo, que nadie conocía hasta entonces (y que luego fue publicado
en versión censurada). Escandalizado al ver que su compañera revisaba el
cuaderno, Régis la increpa para que devuelva el diario a su lugar: “Ella estaba
al acecho de elementos de análisis mientras que mi padre se quedaba en la
admiración devota. Para él el mito era intocable; para ella era deconstruible”.
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| Debray preso en Camiri |
El 24 de abril de 1967 los padres de Régis llegan a
La Habana para un evento internacional y se enteran que su hijo no está ahí estudiando
filosofía. El embajador de Francia les muestra un cable de la AFP que acaba de
llegar de Bolivia, donde se afirma que un francés “de apellido Debray o Lebray”
habría fallecido en combate en una guerrilla recién inaugurada. El golpe para
ellos fue inmenso. Su primer encuentro con Elizabeth, de quien Régis nunca les
había hablado, da inicio a una complicidad afectiva que más tarde heredará
Laurence.
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Eric Pittard, Regis Debray y Alfonso Gumucio Dagron en la filmación de “Señores generales, señores coroneles" |
De Gaulle escribe a Barrientos a instancias de la
madre de Régis, que mueve además todos sus contactos internacionales en favor
de su hijo preso en Camiri. Laurence concluye esa parte de su testimonio con un
comentario que contrasta con los jóvenes de estos tiempos. Sus padres “apenas
tenían 27 años pero ya habían vivido varias vidas”. El “proceso Debray” tuvo
repercusiones mundiales. Los bolivianos lo vivimos de cerca y supimos después
de las torturas sicológicas a que fue sometido Régis (simulacros de
fusilamiento), y las manipulaciones mediáticas de las que fue objeto. Algo de
eso me contó cuando lo entrevisté en 1975 para mi largometraje documental
“Señores generales, señores coroneles”. Laurence no pudo conocer muchos
detalles porque su padre ha guardado sobre ese tema un mutismo casi absoluto.
Lo que sabe del periodo de prisión en Camiri es lo que se ha publicado. Yo me
pregunto si Debray tiene un libro inédito que no ha querido publicar todavía.
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El papel de Elizabeth durante la prisión de Régis es
enfatizado. Más allá de la enorme y exitosa campaña internacional que organizó
en Europa, de la que sabemos por las grandes firmas que apoyaron, Laurence
destaca el papel fundamental de su madre en la estabilidad sicológica y
emocional de Régis. Su matrimonio en Camiri, sin testigos ni fotografías (el 14
de febrero de 1968), permitió visitas maritales “en dosis homeopáticas” cada
tres meses, a las que Elizabeth llegaba cargada de libros y cartas, escondiendo
algunos mensajes cifrados en sus botas. Eran visitas controladas y humillantes
para la pareja recién casada: en cuatro años pudieron estar apenas un total de
seis horas juntos. “Ella era su ventana al mundo y a la vida”.
La revisión crítica que hace la autora sobre sus
progenitores antes de su nacimiento, encuentra eco en quienes sin ser “pro
imperialistas” supieron en esa etapa histórica distanciarse de la lucha armada
que algunos presentaban como el único camino. Laurence atribuye a ese fanatismo
lo que ella es ahora: “Ellos hicieron de mí una persona totalmente hermética a
las utopías”.
Sobre las acusaciones de que Debray habría filtrado
información de la guerrilla a los militares bolivianos y a la CIA, Laurence
reitera lo dicho por su padre en su momento: “Solo pido una cosa: que publiquen
mis interrogatorios, todo lo que he dicho desde que fui interrogado por agentes
de la CIA, y así se darán cuenta de que yo sé cien veces menos cosas que
ellos”.
En sus memorias el coronel Federico Arana Saucedo
revela que el general Alfredo Ovando le habría instruido liquidar “al francés”,
y cómo él logró disuadirlo. Laurence rinde homenaje a Rubén Sánchez (militar) y
a su hermano Gustavo, quienes protegieron la vida de su padre y de otras
personas, arriesgando a veces la propia. La historia de ambos está por
escribirse.
La verdadera actividad de Debray en apoyo a la
guerrilla del Che no la conocían los militares bolivianos, aunque estaba
delante de sus narices: apenas dos meses antes de la llegada del Che, en
septiembre de 1966, Régis estuvo en Bolivia levantando información poblacional
y cartográfica en dos zonas donde estimaba que era conveniente iniciar el movimiento
guerrillero: el Chapare y Alto Beni. A último momento los comandantes del Che
eligieron la zona de Ñancahuazú, insalubre y aislada: “Por comparación, la
Sierra Maestra era una colonia de vacaciones”, apunta Laurence. Había alrededor
de cien libros en el campamento de apenas medio centenar de guerrilleros… “más
que medicinas”. Años después Líber Forti le dijo a Régis delante de Laurence:
“El Che era médico. Podía haber llegado a Bolivia con jeringas y una valija de
medicinas, en lugar de armas. Sin duda los campesinos lo habrían recibido
mejor”.
Para escribir su testimonio Laurence no se limitó a
recoger lo que le contaron (poco), sino que llevó adelante una rigurosa
investigación histórica de diversos archivos oficiales del Estado francés: “Los
archivos no mienten”, apunta. En el ministerio de Relaciones Exteriores
encontró los cables intercambiados con la embajada de Francia en La Paz, una
mina de oro para explorar. Para adelantar su pesquisa la autora viajó a Bolivia
a conocer los lugares donde habían transitado sus padres, y visitar la celda
donde estuvo Régis en Camiri, convertida por Evo Morales en una estación del
circuito turístico sobre el Che. Sus impresiones de Bolivia difieren de las de
su madre, y son lapidarias. No comparte el mismo cariño, por el contrario se
refiere al “odio en la mirada de los indios bolivianos”, manifiesta su
repulsión por las sopas “cocidas durante horas a base de tubérculos”, y afirma
que la luna le parece un lugar más acogedor que nuestro país. Basa su comparación
en su experiencia en el Caribe de colores intensos, donde la gente es
espontánea y expresiva. En otras páginas ratifica su aversión: “Puedo sentirme
en casa en cualquier parte” -si libros s su disposición- “menos en Bolivia”.
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| Régis Debray y Salvador Allende |
El libro desgrana numerosos apuntes críticos sobre
Regís quien, liberado de Bolivia hacia el Chile de Allende, mantenía una terca
hostilidad incluso contra aquellos que habían contribuido a su supervivencia y
liberación. “Estaba encerrado en la imagen de Danton -su nombre de guerra. En
lugar de deconstruirla la habitaba plenamente. ¿Tenía elección? Había adquirido
un nombre y una reputación de revolucionario antes de haber escrito una obra o
construido un pensamiento personal”.
No todo es política y vida pública en el libro. Laurence
introduce en el texto páginas que ilustran la vida familiar, para ella
fundamental, por ejemplo, el cariño que le tenía su abuelo Georges Debray y la
indiferencia o frialdad con que Régis se relacionaba con él.
Para ella, su llegada al mundo en 1976 es como un
símbolo de la reinserción de su padre y madre en el ámbito francés, y el
principio de un adiós a “les lendemains que chanten” (un futuro color rosa,
triunfalista). Si la primera mitad del libro le sirve para establecer de dónde
viene y con qué pesada carga llega al mundo, la segunda mitad, luego del
exorcismo, es su propia ruta, sin por ello renegar de sus raíces. Es como si hubiera
escrito el libro en dos tiempos distintos, como si la primera parte fuera el
mosto añejado para la segunda: “Si antes de mí fue increíble, conmigo fue torpe
y caótico”.
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| Elizabeth, Laurence y Régis |
A partir de la premisa de que “nadie puede robarse
los recuerdos”, Laurence desafía en su autobiografía precoz la memoria
selectiva y caprichosa de su padre, que en el documental “Carnet de route”
omite o disminuye la importancia de algunas personas en su vida. Esa revisión
de su pasado no satisface a su hija, que tiene su propia historia que contar,
desde que nació y la llamaron Laurence por sugerencia de Yves Montand y su
madrina Simone Signoret. Caída “como un pelo en la sopa” en medio de esa
relación de pareja estilo Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, a Laurence le
toca percibir desde muy niña su condición de hija y nieta de personalidades
públicas y famosas (aunque “fama” es una palabra triste).
Ya había pasado una década desde el movimiento
estudiantil de mayo de 1968, pero muchos seguían viviendo con nostalgia una
vida cotidiana de rebeldía contra todas las reglas, y entre ellos, los
progenitores de Laurence. El concepto de “familia” era todavía considerado
demasiado burgués y el libertinaje seguía de moda. La militancia que antes
había unido a Régis y Elizabeth comenzó a separarlos, “¿o fueron las
diferencias culturales?”, se pregunta Laurence, tratando de reconstruir esos
años de su infancia: “Mis padres se volvieron disonantes”. No era fácil crecer
con un padre “encerrado en su personaje”, “ícono del intelectual comprometido,
cuyo bigote le servía de logo y las diatribas encendidas de forma de
comunicación”.
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| Laurence Debray |
En remplazo de la presencia parental una red de
personalidades acuerpó a Laurence desde niña (Jane Fonda, Julio Cortázar,
Roberto Matta, Alfonso Guerra…) Si bien eso la reconforta, al mismo tiempo la
llena de preguntas sobre su propia identidad.
Subraya con emoción los momentos felices son Régis,
su padre ausente y ocasional. Pasaba temporadas con él en un pequeño departamento
de la Rive Gauche donde todo funcionaba bien gracias a Angela, la ama de llaves
panameña, anticastrista y antisandinista, con cierta ascendencia sobre el
propio Régis, ya que se convirtió en su ayuda indispensable. Esas cortas
estadías le permiten a Laurence esbozar un retrato singular de su ubicuo padre:
“seductor con las mujeres, serio con mi madre, incómodo con sus padres,
deprimido o exaltado con sus amigos, despistado y gentil conmigo”.
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| François Mitterand y Régis Debray |
Con la llegada de François Mitterrand a la
presidencia de Francia en 1981, los padres de Laurence subieron al carro del
poder, aunque sin abusar de privilegios, como otros del tren socialista que
esperaban esa oportunidad de “cambiar la vida”. Con sorna, Laurence Debray
apunta que primero cambiaron las suyas, ocupando en París departamentos más
espaciosos o adquiriendo residencias secundarias en regiones soleadas.
Mientras
Régis oficiaba como asesor presidencial en cuestiones internacionales,
Elizabeth dirigía la Casa de América Latina. Su libro sobre Rigoberta Menchú
fue un éxito que llevó a la indígena guatemalteca hasta el premio Nobel de la
Paz, y a un reconocimiento mundial que nunca tuvo en su propio país. El poco
agradecimiento de Rigoberta con Elizabeth le permite a Laurence entender mejor
las bifurcaciones de las buenas causas cuando se cruzan con el poder: “Yo,
desarrollé una desconfianza hacia aquellos representantes mediáticos de los más
desposeídos”.
Tenía apenas diez años de edad, pero se daba
perfecta cuenta de lo que significaba tener un padre que era una figura
pública. En el patio de la escuela, a través de la radio, se enteraba de las
polémicas que encendía Régis, que no juzgaba necesario comentar con su hija: “…
los medios se encargaban de nuestra comunicación interna”.
Probablemente sus reflexiones sobre lo que significó
para ella el ejercicio del poder de sus progenitores no fueron tan precoces,
sino producto de un análisis posterior. Citando a Alfonso Guerra se refiere a
la “presbitocracia”, es decir, “la vista cansada que engendra el poder”, que
impide ver la realidad y pierde de vista los principios que antes eran
defendidos, así como a las personas más cercanas.

“No tengo ningún recuerdo de mis padres haciendo
juntos algo conmigo o para mi”, una sensación de vacío familiar la invade desde
niña, aunque Elizabeth fue el verdadero sostén y una familia solidaria más
amplia cubría los vacíos. Amigos de diferentes países se ocupaban de ella con
cariño. Menciona con afecto a Eduardo Arauco (sin citar el apellido), el
estudiante boliviano que le enseñó a montar bicicleta, algo que Régis nunca
hizo. Conozco esa anécdota porque Eduardo estuvo alojado en mi casa varias
semanas, cuando recién aterrizó en París. Líber Forti, exiliado en París,
enseñó a Laurence a contar hasta diez en castellano, aunque Régis no quería que
aprendiese esa lengua.
Recuerda que “… había tantos exiliados chilenos y
bolivianos que pasaban por la casa, que yo estaba perdida. Todos tenían de
todas maneras los mismos problemas: persecución, papeles, exilio”. De tanto exiliado
latinoamericano que pasaba por su casa Laurence fue desarrollando desde niña un
sentimiento antimilitarista y una repulsa generalizada por todos los uniformes.
De ahí que su experiencia en un campo de pioneros en Varadero (Cuba) la marcó
tan negativamente. Vivió casi un año de calvario, una suerte de castigo
inmerecido. Los ejercicios militares en las mañanas y el adoctrinamiento
político (culto a Fidel) por las tardes contribuyen, a su corta edad de diez
años, a ver claramente aquello que no quiere en su vida. El fusil era casi más
largo que ella y cuando le daban el mismo plato de comida todos los días se
preguntaba por qué en Cuba, que está rodeada por el mar, no se come pescado.

Por ello su regreso a Europa fue un bálsamo. Durante
los cuatro años que vive con su madre en Sevilla, ciudad protagonista del la
Exposición Universal en 1992, es una adolescente que absorbe todo como una
esponja. Por primera vez se siente ella misma, a nadie le importa quienes son
sus padres: “El alivio fue inmenso. A fuerza de no ser nadie, me convertí en
alguien”. Vivir su propia vida significó también irse a vivir y a trabajar a
Estados Unidos en la banca, algo que no podía estar más lejos de la actividad
de Régis o de Elizabeth, e interesarse (esto desde su adolescencia) en el
controvertido personaje del rey Juan Carlos de España, sobre quien publicó un
primer libro (y viene mucho más). De alguna manera, el retorno a Francia y a la
escritura es también un acto maduro de reconciliación. A medida que desarrolla su propia personalidad y se lanza por el mundo con sed
de descubrimiento, se parece más a sus progenitores cuando jóvenes, aunque con
un espíritu abierto, no domesticado por opciones ideológicas. El testimonio
rebelde de Laurence Debray es el de una generación que rechaza ese mundo
polarizado de las décadas de 1960 y 1970 (prolongado hasta hoy por la política
vaciada de ideología pero pletórica de oportunismo).
Pasar de la negación y el secreto impuesto por la
vigencia política de sus progenitores, a una suerte de catarsis literaria que
tiene también algo de ajuste de cuentas, es un acto valiente y finalmente
amoroso, un acto de liberación. Eso es este libro.
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Crecí en un mundo binario, donde no
había lugar para el gris,
y donde los tibios eran denigrados.
—Laurence Debray