15 abril 2023

Ernaux a primera vista

(Publicado en el suplemento Letra Siete de Página Siete, el domingo 21 de febrero de 2023)

 No me apena confesar que no había leído nada de Annie Ernaux, la escritora francesa de 82 años reconocida a fines del 2022 con el Nobel de Literatura. Es más, su nombre no estaba en mi cabeza, no recuerdo haberlo escuchado antes, tuve que buscar en San Google algo de información para saber qué obras había publicado.

 Por casualidad, en el dormitorio de mi nieta mayor, en Paris, encontré “La place” (1983) que a pesar del premio Renaudot que obtuvo en 1984, no ha terminado de convencerme. Quizás sus obras anteriores ya la habían hecho tan famosa que era una apuesta comercial segura para sus editores.

 Me enteré que apenas diez años antes de esta obra publicó la primera, “Les armoires vides” (1974), y otras dos novelas autobiográficas en 1977 y en 1981. Después de “La place” otras diez obras, en su mayoría prolongaciones de su quehacer autobiográfico.

 Cuesta clasificar a “La place” como una novela. Es decir, podría ser perfectamente una novela si no supiéramos que es un relato ajustado a la realidad, una suerte de testimonio tardío sobre su padre, que murió en 1967 a los 67 años. Era un “brave type”, es decir, un buen hombre que surgió desde la pobreza más pronunciada entre las dos guerras mundiales (muy joven para participar en la primera y muy viejo para la segunda), y pasó de ser campesino como su padre, luego obrero con horario de salida y entrada, y finalmente pequeño comerciante, propietario de una tienda y café que atendía con su esposa.

 La propia autora da cuenta de cierta resistencia que sintió al principio para escribir una novela sobre su padre. Lo que hizo, una vez más, fue contar las cosas como la recordaba, con pocos adornos, sin metáforas, en un lenguaje directo y limpio, correcto pero carente de propuesta literaria: “… comencé una novela donde él era el personaje principal. Sensación de disgusto en la mitad del relato”. Poco después quedó claro que una novela era “imposible”.

 Por ello, la narración es una crónica de la memoria retenida o reinventada, donde sobresalen los detalles que sobre su padre percibió cuando era niña, y que ya adulta (y además profesora de literatura), procesó en forma narrativa, con cierto desapego del personaje, sin mucha pasión, como si hablara de un personaje inventado y ajeno.

 Me hice una pregunta a lo largo de la lectura: ¿qué hay de especial en esta vida que tantos europeos vivieron en las mismas circunstancias en la primera mitad del siglo pasado en miles de pueblos a los que uno podría referirse con una mayúscula inicial y tres puntos suspensivos? La respuesta es: ninguna. El personaje no tiene mayor trascendencia, representa a cientos de miles con ese mismo origen y con esa misma trayectoria de superación. Y el estilo de narración no hace más interesante el relato.

 Lo del pueblo natal con la letra Y y los puntos suspensivos es justamente una manera de referirse a un lugar cualquiera, que podría estar en cualquier punto del mapa de Europa, aunque por la biografía de la autora sabemos que se trata de Yvetot, en Normandía, entre Le Havre y Rouen. No nombrar el pueblo en el que sucede la mayor parte de la historia es una manera de decir que podría suceder en cualquier otra parte, del mismo modo que no llama por su nombre a su padre, porque es un hombre como cualquier otro en esa misma circunstancia.

 Entonces, lo que me queda de este relato biográfico es la caracterización de las clases sociales, que seguramente ya ha sido abordada en ensayos y novelas, pero no deja de contener apuntes interesantes, por ejemplo, los sentimientos de inferioridad que dominan a la familia a medida que asciende socialmente. Utilizo la palabra “asciende” con plena conciencia de que “en teoría” ser campesino no es mejor ni peor que ser obrero o comerciante, pero en la obra queda claro que lo es, porque así lo vive la familia.

 A medida que asciende en la escala social y mejora sus condiciones materiales en la vida cotidiana, predomina esa inseguridad que hace que el padre adopte una extrema cautela para interactuar con quienes pueden interpelarlo sobre su origen o sobre su educación. “¿Qué van a pensar de nosotros?”, es la pregunta que se hace íntimamente: “Regla: frustrar constantemente la mirada crítica de los demás, con amabilidad, con ausencia de opinión, con cuidado minucioso a los humores que corren el riesgo de alcanzarnos”, escribe Annie Ernaux.

 Surge así una suerte de manual de etiqueta no escrito, aprendido sobre la marcha, donde hay cosas que no se deben preguntar, lugares que no se deben mirar, visitas que no se deben hacer sin ser invitado. La curiosidad más inofensiva debe ser reprimida, por el riesgo de incomodar a otros. La prudencia se convierte en un suavizante en las relaciones con otros considerados de un estrato social superior. Aún en ese pueblo minúsculo de Normandía, hay clases sociales bien marcadas.

 Quizás otro aspecto interesante de la obra, ya que estamos en la tarea de rescatar lo bueno, es que incluye comentarios de la autora sobre el proceso mismo de escribir el libro, sobre todo al comenzar y cuando se acerca al final. El principio y el final se cierran como un círculo, ya que el relato comienza y termina con la descripción de la muerte del padre. Esos comentarios son una manera de aproximarse con confidencias al lector, atraído por la desenvoltura con que la autora lo hace partícipe de su intimidad creativa.

 Me aventuro a pronosticar que, como ha sucedido con más de la mitad de los premios Nobel de Literatura, dentro de algunos años pocos leerán la obra de Annie Ernaux.

 Un dato que llamó mi atención en su actividad creativa es la película “Los años Súper 8”, que realizó con su hijo David Ernaux-Briot y presentó en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes en 2022 (meses antes de la atribución del Nobel de Literatura). El film es un montaje de películas familiares en Súper 8 filmadas por su ex marido Philippe Ernaux, y lo más importante es que cuenta con un comentario revelador sobre la intimidad familiar, en la propia voz de Annie Ernaux. Las filmaciones corresponden (no es un dato menor) al tiempo en que Ernaux escribía su primera obra, “Los armarios vacíos”, que adelantan la crisis familiar que vivía.

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Si je ne les écris pas, les choses ne sont pas allées jusqu'à leur terme,
elles ont été seulement vécues.
—Annie Ernaux
 

09 abril 2023

Comandante Dos

(Publicado en Página Siete el sábado 17 de febrero de 2023)

 Entre los 222 presos políticos nicaragüenses que la dictadura de Ortega-Murillo envió al exilio el jueves 9 de febrero de 2023, está Dora María Téllez, una de las comandantes guerrilleras del sandinismo, también conocida como Comandante Dos. Tenía 22 años cuando participó en el asalto y captura del Palacio Nacional de Nicaragua junto a Edén Pastora, el Comandante Cero, exigiendo la libertad de los presos políticos. Ese fue el principio del fin de la dictadura de Somoza.

Dora María Téllez ©Foto Alfonso Gumucio 

 Conocí a Dora María Téllez en 1980 en Managua, en casa de Jaime Balcázar, en el barrio residencial de Las Colinas. Jaime era entonces representante de Naciones Unidas en Nicaragua, y apoyaba decididamente el proceso revolucionario que había ocupado el poder un año antes. Eran tiempos de entusiasmo y compromiso, y quienes no lo vivieron no pueden entender la diferencia que existe entre el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) del año 1979, y la cruel dictadura instaurada ahora por Daniel Ortega y Rosario Murillo, peores que la dinastía de Somoza.

 Dora María (Matagalpa, 1955) es cinco años menor que yo, de manera que aquella noche en casa de Jaime Balcázar, ella tenía apenas 24 años y como era menuda y esbozaba una cara soñadora y melancólica, parecía una adolescente en uniforme de fatiga, con una pistola al cinto y su escolta de seguridad afuera. No dudo que tuvo que escoger el uniforme más chico para que se ajustara a su cuerpo.

 Aún en esa juventud algo tímida, me impresionó su determinación tanto como su sencillez y su sinceridad. No se me olvida una de sus frases, que cito de memoria, tal como la recuerdo: “Cada día me levanto y me miro en el espejo, y me sorprendo de seguir viva”.

 Ahora, 43 años más tarde, cuando fue expulsada de Nicaragua por la dictadura danielista (que nada tiene que ver con el sandinismo original) luego de 605 días de estar presa y aislada, dijo en entrevista con El País: “Cada día que no me ahorcaba era un triunfo sobre Ortega”.

 Téllez integró durante la guerrilla una de las tres tendencias que buscaban el derrocamiento de la dictadura de Somoza. Pertenecía a la tendencia tercerista o insurreccional cuya Dirección Nacional estaba representada por tres comandantes: Daniel Ortega, Humberto Ortega y el mexicano Víctor Tirado López. Es una paradoja (o quizás no) que Daniel Ortega, de la misma tendencia, la haya perseguido con tanta crueldad. El hermano de Daniel, Humberto, uno de los empresarios más ricos de Costa Rica, está ahora enfrentado a la dictadura. En la tendencia Proletaria, estaban los comandantes Jaime Weelock, Luis Carrión y Carlos Núñez, y la tendencia de la Guerra Popular Prolongada, era dirigida por los comandantes: Bayardo Arce, Tomas Borge y Henry Ruiz.

 Los nueve comandantes de las tres tendencias se unieron en la jefatura del FSLN como comandantes de la Revolución, y tuve oportunidad de conocer a casi todos durante el año que trabajé en Nicaragua (1980-1981). La vida da muchas vueltas, varios de ellos se enriquecieron con la “piñata” y revelaron su condición de malas personas y corruptos (Borge, Bayardo, Ortega), y otros se han mantenido firmes en sus convicciones y su honestidad, entre ellos Henry Ruiz, “Modesto”, con quien tengo el orgullo de haber trabajado cuando era ministro de Planificación.

 De Dora María Téllez conservo las fotos que le tomé en la Plaza de la Revolución, el 23 de marzo de 1980, hace 43 años, el día del lanzamiento de la gran Campaña de Alfabetización. La foto la muestra pensativa y ojerosa, inclinada hacia adelante, apoyada sobre la baranda del podio improvisado para el acto, junto a otros comandantes guerrilleros. En su uniforme verde olivo y su gorra del Ejército Popular Sandinista (EPS) no lleva ni galones ni insignias, apenas su apellido sobre el bolsillo izquierdo, junto al corazón.  

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Siento que soy consecuente conmigo misma y con la joven que yo era. Me coloco frente a aquella joven guerrillera y siento que no la he defraudado.
—Dora María Téllez 
 

03 abril 2023

Documentales de Kitula Liberman

(Publicado en Página Siete el domingo 5 de febrero de 2023)

 La actividad cinematográfica de Kitula Liberman se conoce poco, y sin embargo desde el año 2005 ha realizado media docena de películas documentales que deberíamos conocer para incorporar su obra en nuestro mapa del cine boliviano de las décadas recientes.

Los ecos del fuego 

 Kitula realizó “Los ecos del fuego” (2005, 29 minutos), donde aborda un hecho relacionado con los hechos del “funesto febrero de 2003”, cuando se produjo el enfrentamiento entre la policía y el ejército en plena plaza Murillo de La Paz, y el vandalismo mezclado con el descontento político arrasó en El Alto con la alcaldía que los vecinos intentaron defender infructuosamente de un incendio provocado que destruyó sus instalaciones completamente.

 El documental aborda la violencia irracional de esos días (que lamentablemente está enraizada en las reacciones colectivas de los bolivianos cuando la masa se convierte en un curioso animal depredador), a través de un hecho que podría convertirse en una metáfora de salvación y sanación colectiva: los estudiantes de la Orquesta Municipal de El Alto, dirigida por Fredy Céspedes, arriesgan sus vidas para salvar los 200 instrumentos que estaban guardados en la Alcaldía.

Los ecos del fuego

 Los hechos reconstruidos, a veces con secuencias de ficción (no muy bien logradas en cuanto a la puesta en escena), se elevan a la categoría de símbolo con un mensaje de paz y racionalidad: el arte y la educación pueden salvar a la juventud de la violencia y el vandalismo.

 A través de entrevistas con profesores y estudiantes de música que vivieron esos momentos tan difíciles como incomprensibles, se comprueba que la nobleza de espíritu y el uso de la razón contra la violencia, se han incorporado como valores en aquellas personas que redimen a la sociedad en su conjunto a través del arte, en este caso a través de la música.

 El documental incluye imágenes (fotografía de Guillermo Ruiz) muy emotivas de los músicos de la Orquesta Municipal de El Alto, quienes luego del incendio continúan ensayando en los espacios destruidos de la alcaldía, reivindicando su derecho a la paz y al arte. La última secuencia muestra un concierto en una iglesia, prueba de que hay una juventud en El Alto que no está de acuerdo con el vandalismo y la delincuencia que en el imaginario colectivo caracteriza a esa ciudad.

Pan y forraje 

 La vida ha llevado a Kitula Liberman a vivir en otros países, y le ha permitido realizar películas en República Dominicana y en Haití, una isla donde me ha tocado vivir y trabajar durante tres años, y que conozco bastante bien. En “Pan y forraje” (2008, 28 min.), la cineasta aborda el testimonio de Luis Santiago Méndez, un carretero urbano que junto a su hijo “Pochi” recorre Santo Domingo vendiendo fruta del mercado. Ni la carreta ni el caballo le pertenecen, simplemente es un “conductor” que se ha ganado la confianza del dueño de los caballos y de la asociación de vendedores ambulantes. Es un hombre pobre que vive su cotidianeidad con enorme dignidad y reflexiona sobre su vida mientras recorre las calles con la cadencia lenta de la carreta.

Pan y forraje

Cada día, Luis trae a su casa el sustento para mantener una familia numerosa, pero no es solo ese esfuerzo y esa vida en el límite de la pobreza lo que hace interesante el documental, sino la dignidad del relato del personaje y su interacción con la sociedad que lo rodea. Luis dice que tiene cinco caras diferentes para enfrentar la vida. La primera es la cara familiar, que es la más íntima, la del padre cariñoso y dedicado. La segunda es la cara dura que usa para hacer su trabajo en el mercado, donde compra la fruta de los mayoristas. Su cara se transfigura en una cara amable para tratar con sus clientes más fieles, convertidos en amigos. Tiene otra cara para tratar con el dueño de los caballos, con el sindicato, etc. El relato está muy bien articulado porque Luis, a pesar de su pobreza y de su limitada educación, es una persona lúcida que procura inculcar valores humanos a sus hijos.

 El documental se prolonga quizás demasiado con las imágenes de la carreta en las calles, pero lo hace para no perder la calidad del testimonio. También incluye entrevistas con personal del gobierno municipal, de la asociación El Caballito. Luis es consciente de que el proceso de crecimiento y racionalización de la urbe acabará con las carretas tiradas por caballos, sabe que su testimonio quedará como uno de los últimos.

 En “Kullaka” (2018, 46 min.), Kitula Liberman aborda el testimonio de mujeres aimaras del altiplano de Bolivia que fueron catequizadas por monjas misioneras como María Pedro Bruce, que es el personaje referencial del documental, aunque no gira únicamente en torno a ella.

Kullaka

 Además de rescatar la figura de María Pedro y su dedicación a Bolivia, el documental hace énfasis en los procesos educativos que se desarrollan a lo largo de varias décadas, sobre todo con grupos de mujeres que se organizan en torno a actividades productivas o de comunicación, como es el caso de radio San Gabriel, a la que el film de Kitula le dedica varias secuencias en las que las mujeres, ya mayores, ofrecen su testimonio de cómo comenzaron a formarse y a formar a otras compañeras. El proceso de apropiación de la radio a través de mensajes, música, comentarios, radionovelas y finalmente planificación de la plataforma comunicacional, es característico de una comunicación participativa que empodera.

 Medio siglo de trabajo y de memorias transcurren en casi 50 minutos de entrevistas que se entrelazan con fotografías del pasado y también testimonios de una nueva generación que se benefició del crecimiento cultural y espiritual de sus progenitores.

Kullaka

 El relato articulador es el de la propia María Pedro Bruce, misionera de las Hermanas de Loreto. En junio de 1960 se fue a estudiar a Estrasburgo y regresó en 1966 a Bolivia para trabajar apoyando proyectos de capacitación en Viacha, Jesús de Machaca y Achacachi. La huella que dejó es reconocida por decenas de mujeres aimaras cuya vida cambió desde entonces. Si bien las misioneras catequistas tenían como papel principal la evangelización, no pudieron ser indiferentes a la realidad que exigía de ellas un mayor compromiso social. 

 Me interesó en particular el tejido de relaciones entre religiosas y religiosos de diferentes órdenes (jesuitas, maryknoll, oblatos, etc.) que trabajaban en coordinación con instituciones como CIPCA en diferentes comunidades del altiplano.

 Es difícil hacer cine en Bolivia cuando un cineasta no tiene la habilidad de conseguir recursos. Estas tres obras de Kitula Liberman son esfuerzos a puro pulmón.

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Todos los sacrificios que exigía la pobreza,
ellos los cumplían con resignación.
—Franz Kafka 
 

26 marzo 2023

Debray sobre Debray

(Publicado en el suplemento Letra Siete de Página Siete el domingo 29 de enero de 2023)

Laurence Debray

 Pocas veces he tomado tantas notas mientras leía una obra testimonial, una autobiografía precoz, a la manera de la que publicó el poeta ruso Yevtushenko cuando tenía 30 años de edad. Fille de revolutionnaires” (2017), escrita a los 40 años por Laurence Debray, hija de Regís Debray y de Elizabeth Burgos (cuyas vidas están indisolublemente ligadas a Bolivia) es una suerte de exorcismo que pretende cerrar una etapa para pasar a otra que no esté marcada por el peso de la herencia familiar.

 Conocí a Laurence en mi exilio durante la dictadura de Banzer, seguramente ella no tendría más de uno o dos años de edad cuando yo visitaba a Elizabeth en su departamento de la rue Cherche-Midi en París.

 De su madre Laurence heredó un país, Venezuela, y un proceso político que terminó con el idilio revolucionario. Vivió de cerca la llegada de Chávez, el discurso de la impostura y las frases vaciadas de contenido. Nadie le contó esa historia, la vivió de cerca. De su padre, heredó una leyenda que se convirtió en fardo desde su más tierna infancia. El joven intelectual francés apresado y juzgado por los militares bolivianos por su participación en la guerrillera del Che, determinó el futuro de Laurence aún nueve años antes de que naciera.

 Desde el inicio y sin tapujos aborda esa memoria precoz que la hizo intuir a su más corta edad que sus padres no le querían contar lo que sucedió, algo que poco a poco tuvo que descubrir por sí misma. La mantuvieron al margen supuestamente para protegerla, sin saber que la niña y adolescente tenía una sensibilidad especial para captar las señales de todo lo que le era escamoteado. Desde su más tierna infancia fue acumulando preguntas sobre la juventud de su padre y madre, una suerte de conspiración de silencio la rodeaba, a pesar del enorme cariño recibido tanto en la familia venezolana como en la francesa: “Cuando yo abordaba la juventud de mis padres, me topaba contra un muro. Todo se hacía entonces más enigmático: mis abuelos se mostraban reticentes, mis padres cambiaban de conversación.” 

 Quizás porque no fue adoctrinada y vivió desde niña con relativa libertad, se interroga sobre la militancia castrista de su padre y madre, que no logra comprender quizás porque no entiende que en esa época la neutralidad no era una opción y mirarse en el espejismo de la revolución significaba estar del lado de los buenos. Desde la perspectiva de este siglo, esa militancia pura y dura de las décadas de 1960 y 1970 le parece absurda, aunque poco a poco en el libro entiende las motivaciones.

 Culpa a los ideales revolucionarios el destino que fue marcado para sus padres, aunque obviamente sin esa participación histórica no hubieran llegado a ser lo que fueron: “En los años sesenta, mis padres eran jóvenes, seductores, brillantes y revolucionarios… y perdieron todo con la revolución. O quizás es lo contrario: ganaron en sabiduría -y notoriedad- más rápido que otros que no se ‘mojaron’, que se quedaron debatiendo confortablemente sobre política en los cafés del bulevar Saint-Germain”.

 El proceso de indagación sobre la vida de sus padres, vivos aún pero mudos, se convierte en una tarea indispensable para conocerse a sí misma y poder continuar su vida libre de las amarras que la mantenían pegada a un puerto como un barco imposibilitado de separarse del muelle de una historia que no es enteramente suya, aunque la beneficia: “Tuve el privilegio de conocer el fin de la historia y de haber frecuentado personas y lugares que son parte esencial de esta aventura de novela”.  Sin embargo, siente no haber sido parte de una época en que “las estrellas no eran los presentadores de televisión o los jugadores de fútbol, sino los intelectuales comprometidos…”

Elizabeth y Laurence

 El relato de Laurence conjuga hábilmente la pequeña y la gran historia, es decir la intimidad revelada descarnadamente y la mirada sobre los grandes hechos y protagonistas, desde una perspectiva generacional novedosa. Por el lado de la madre descubre una bella historia de migrantes españoles que se instalan en Venezuela en 1630, uno de cuyos descendientes, Carlos Brandt Tortolano, adquiere notoriedad como periodista, escritor y científico. Exiliado por el dictador Juan Vicente Gómez por defender la libertad de prensa, funda el movimiento vegetariano y publica “El fundamento de la moral” con prólogo nada menos que de Albert Einstein. Pero más cerca en ese linaje familiar, una abuela que pasó por tres abandonos y quedó con seis hijos a su cargo, la mayor Elizabeth Burgos, cuyo traslado a Europa en 1959 cambiará su vida radicalmente. De ese primer itinerario europeo retengo su encuentro en Múnich con el boliviano Jorge Vásquez Viaña, quien sería asesinado en 1967 durante la guerrilla del Che. Allí comienza el profundo vínculo de Elizabeth con Bolivia.

 El pasado no siempre es bienvenido por la memoria: “A medida que avanzo en mi búsqueda, me doy cuenta de que hay cosas que prefiero no saber”, escribe Laurence.

Régis y Laurence Debray

 Por el lado de su padre, Régis Debray, un legado de caminos que divergen: los ideales revolucionarios de un intelectual voraz de experiencias, que busca huir del seno confortable de una familia burguesa acomodada. La madre de Régis cautiva a Laurence desde niña. Janine es una mujer emprendedora y militante política próxima a De Gaulle, su fortaleza y dignidad inspiran a Laurence durante toda su juventud. Régis dudaba si seguiría estudios de filosofía o de cine. Quizás su aparición, muy joven, en aquella película seminal de Jean Rouch y de Edgar Morin, “Chronique dun été”, lo hizo interesarse en el cine, pero su camino fue siempre el de la reflexión.

 Laurence reconstruye, muchos años más tarde, el primer encuentro entre Régis y Elizabeth, propiciado por Oswaldo Barreto en Caracas. Régis ya lo había registrado en 1975 en su libro “L’indesirable” (“El indeseable”), dedicado inicialmente a Elizabeth (pero la dedicatoria desapareció de las ediciones más recientes). La importancia de Elizabeth en la vida de Régis es mucho mayor de lo que muchos suponen. Laurence alude el “turismo político” de su padre en Venezuela, que pudo superar gracias a la actividad política militante de Elizabeth. En esa etapa venezolana, la conspiración, la clandestinidad, la compartimentación y los riesgos políticos unen a ambos como pareja, más allá de la militancia en la guerrilla venezolana. Ese secretismo conspirativo, según Laurence, será un rasgo permanente de sus progenitores, aún en espacios de democracia y legalidad.

Elizabeth Burgos y Régis Debray

 Un periplo de miles de kilómetros lleva a la pareja a refugiarse en otros países de América Latina. En Quito el gran Guayasamín no solo los acoge en su casa, sino que además pinta los retratos de ambos, un privilegio. El itinerario continúa por Perú, donde son arrestados durante unos días, y luego a Chile y a Bolivia, que se convertirá para Elizabeth en “su país de adopción y de corazón”. En nuestro país, gracias a la acogida de Líber Forti y Juan Lechín, entre otros, se introducen en el mundo del sindicalismo minero, ejemplar en toda América Latina (y no la pantomima servil que es hoy).

 Consciente de que los lectores más jóvenes suelen ignorar incluso capítulos muy recientes de la historia, la autora no escatima esfuerzos para contar, en paralelo con su autobiografía, el desarrollo de los eventos más importantes, sin los cuales sería difícil situar hechos y personajes citados. Quienes vivimos aquella etapa reconocemos esos parámetros, pero los más jóvenes tendrán que leer mucho más sobre Vietnam, Palestina, la lucha por la legalización del aborto, los conflictos raciales, el feminismo, y otros movimientos que marcan las décadas que ella revive, aunque no las vivió. Los apuntes sobre la relación entre sus padres y Fidel Castro son fascinantes. El líder cubano los recibe como huéspedes ilustres, los instala en una casa de protocolo para vigilarlos mejor mientras estudiaban para graduarse como guerrilleros y espías profesionales: estrategia militar, contrainteligencia, entrenamiento físico y sicológico…

Che Guevara y Fidel Castro 

 La génesis del libro “Revolución en la revolución” (1967) que hace famoso a Régis Debray está allí, en las conversaciones que sostenía con Fidel durante noches enteras. Régis escribió el libro que Fidel quería que escribiera. El presidente cubano leía y corregía el manuscrito de la obra que se convirtió en una especie de catecismo para aprendices guerrilleros. Es muy interesante la distinción que establece Laurence entre la actitud casi sumisa del joven Debray frente al “padre de todos los cubanos” y la de Elizabeth Burgos, desenvuelta, incontrolable, llena de dudas y preguntas incómodas. La consecuencia lógica de esa etapa de preparación en Cuba fue el apoyo brindado por Régis a la guerrilla del Che. “Sin fusil, mala pluma; sin pluma, mal fusil”, solía repetir, según Laurence, para indicar que su papel de intelectual no era suficiente si no pasaba a la acción. Elizabeth, con más olfato y experiencia política, no estaba convencida de esa decisión, y el tiempo le daría la razón.

 Laurence revela una anécdota fascinante que subraya la diferencia entre su padre y su madre. Antes de partir a Bolivia, ambos visitan la oficina vacía del Che, que se había desvanecido dos años antes. Elizabeth abre un cajón del escritorio y encuentra un cuaderno del Che con su diario del Congo, que nadie conocía hasta entonces (y que luego fue publicado en versión censurada). Escandalizado al ver que su compañera revisaba el cuaderno, Régis la increpa para que devuelva el diario a su lugar: “Ella estaba al acecho de elementos de análisis mientras que mi padre se quedaba en la admiración devota. Para él el mito era intocable; para ella era deconstruible”.

Debray preso en Camiri 

 El 24 de abril de 1967 los padres de Régis llegan a La Habana para un evento internacional y se enteran que su hijo no está ahí estudiando filosofía. El embajador de Francia les muestra un cable de la AFP que acaba de llegar de Bolivia, donde se afirma que un francés “de apellido Debray o Lebray” habría fallecido en combate en una guerrilla recién inaugurada. El golpe para ellos fue inmenso. Su primer encuentro con Elizabeth, de quien Régis nunca les había hablado, da inicio a una complicidad afectiva que más tarde heredará Laurence.

Eric Pittard, Regis Debray y Alfonso Gumucio Dagron 
en la filmación de “Señores generales, señores coroneles"

 De Gaulle escribe a Barrientos a instancias de la madre de Régis, que mueve además todos sus contactos internacionales en favor de su hijo preso en Camiri. Laurence concluye esa parte de su testimonio con un comentario que contrasta con los jóvenes de estos tiempos. Sus padres “apenas tenían 27 años pero ya habían vivido varias vidas”. El “proceso Debray” tuvo repercusiones mundiales. Los bolivianos lo vivimos de cerca y supimos después de las torturas sicológicas a que fue sometido Régis (simulacros de fusilamiento), y las manipulaciones mediáticas de las que fue objeto. Algo de eso me contó cuando lo entrevisté en 1975 para mi largometraje documental “Señores generales, señores coroneles”. Laurence no pudo conocer muchos detalles porque su padre ha guardado sobre ese tema un mutismo casi absoluto. Lo que sabe del periodo de prisión en Camiri es lo que se ha publicado. Yo me pregunto si Debray tiene un libro inédito que no ha querido publicar todavía.

 El papel de Elizabeth durante la prisión de Régis es enfatizado. Más allá de la enorme y exitosa campaña internacional que organizó en Europa, de la que sabemos por las grandes firmas que apoyaron, Laurence destaca el papel fundamental de su madre en la estabilidad sicológica y emocional de Régis. Su matrimonio en Camiri, sin testigos ni fotografías (el 14 de febrero de 1968), permitió visitas maritales “en dosis homeopáticas” cada tres meses, a las que Elizabeth llegaba cargada de libros y cartas, escondiendo algunos mensajes cifrados en sus botas. Eran visitas controladas y humillantes para la pareja recién casada: en cuatro años pudieron estar apenas un total de seis horas juntos. “Ella era su ventana al mundo y a la vida”.

 La revisión crítica que hace la autora sobre sus progenitores antes de su nacimiento, encuentra eco en quienes sin ser “pro imperialistas” supieron en esa etapa histórica distanciarse de la lucha armada que algunos presentaban como el único camino. Laurence atribuye a ese fanatismo lo que ella es ahora: “Ellos hicieron de mí una persona totalmente hermética a las utopías”.

 Sobre las acusaciones de que Debray habría filtrado información de la guerrilla a los militares bolivianos y a la CIA, Laurence reitera lo dicho por su padre en su momento: “Solo pido una cosa: que publiquen mis interrogatorios, todo lo que he dicho desde que fui interrogado por agentes de la CIA, y así se darán cuenta de que yo sé cien veces menos cosas que ellos”. 

 En sus memorias el coronel Federico Arana Saucedo revela que el general Alfredo Ovando le habría instruido liquidar “al francés”, y cómo él logró disuadirlo. Laurence rinde homenaje a Rubén Sánchez (militar) y a su hermano Gustavo, quienes protegieron la vida de su padre y de otras personas, arriesgando a veces la propia. La historia de ambos está por escribirse.

 La verdadera actividad de Debray en apoyo a la guerrilla del Che no la conocían los militares bolivianos, aunque estaba delante de sus narices: apenas dos meses antes de la llegada del Che, en septiembre de 1966, Régis estuvo en Bolivia levantando información poblacional y cartográfica en dos zonas donde estimaba que era conveniente iniciar el movimiento guerrillero: el Chapare y Alto Beni. A último momento los comandantes del Che eligieron la zona de Ñancahuazú, insalubre y aislada: “Por comparación, la Sierra Maestra era una colonia de vacaciones”, apunta Laurence. Había alrededor de cien libros en el campamento de apenas medio centenar de guerrilleros… “más que medicinas”. Años después Líber Forti le dijo a Régis delante de Laurence: “El Che era médico. Podía haber llegado a Bolivia con jeringas y una valija de medicinas, en lugar de armas. Sin duda los campesinos lo habrían recibido mejor”.

 Para escribir su testimonio Laurence no se limitó a recoger lo que le contaron (poco), sino que llevó adelante una rigurosa investigación histórica de diversos archivos oficiales del Estado francés: “Los archivos no mienten”, apunta. En el ministerio de Relaciones Exteriores encontró los cables intercambiados con la embajada de Francia en La Paz, una mina de oro para explorar. Para adelantar su pesquisa la autora viajó a Bolivia a conocer los lugares donde habían transitado sus padres, y visitar la celda donde estuvo Régis en Camiri, convertida por Evo Morales en una estación del circuito turístico sobre el Che. Sus impresiones de Bolivia difieren de las de su madre, y son lapidarias. No comparte el mismo cariño, por el contrario se refiere al “odio en la mirada de los indios bolivianos”, manifiesta su repulsión por las sopas “cocidas durante horas a base de tubérculos”, y afirma que la luna le parece un lugar más acogedor que nuestro país. Basa su comparación en su experiencia en el Caribe de colores intensos, donde la gente es espontánea y expresiva. En otras páginas ratifica su aversión: “Puedo sentirme en casa en cualquier parte” -si libros s su disposición- “menos en Bolivia”.

Régis Debray y Salvador Allende 

 El libro desgrana numerosos apuntes críticos sobre Regís quien, liberado de Bolivia hacia el Chile de Allende, mantenía una terca hostilidad incluso contra aquellos que habían contribuido a su supervivencia y liberación. “Estaba encerrado en la imagen de Danton -su nombre de guerra. En lugar de deconstruirla la habitaba plenamente. ¿Tenía elección? Había adquirido un nombre y una reputación de revolucionario antes de haber escrito una obra o construido un pensamiento personal”.

 No todo es política y vida pública en el libro. Laurence introduce en el texto páginas que ilustran la vida familiar, para ella fundamental, por ejemplo, el cariño que le tenía su abuelo Georges Debray y la indiferencia o frialdad con que Régis se relacionaba con él.

 Para ella, su llegada al mundo en 1976 es como un símbolo de la reinserción de su padre y madre en el ámbito francés, y el principio de un adiós a “les lendemains que chanten” (un futuro color rosa, triunfalista). Si la primera mitad del libro le sirve para establecer de dónde viene y con qué pesada carga llega al mundo, la segunda mitad, luego del exorcismo, es su propia ruta, sin por ello renegar de sus raíces. Es como si hubiera escrito el libro en dos tiempos distintos, como si la primera parte fuera el mosto añejado para la segunda: “Si antes de mí fue increíble, conmigo fue torpe y caótico”.

Elizabeth, Laurence y Régis 

 A partir de la premisa de que “nadie puede robarse los recuerdos”, Laurence desafía en su autobiografía precoz la memoria selectiva y caprichosa de su padre, que en el documental “Carnet de route” omite o disminuye la importancia de algunas personas en su vida. Esa revisión de su pasado no satisface a su hija, que tiene su propia historia que contar, desde que nació y la llamaron Laurence por sugerencia de Yves Montand y su madrina Simone Signoret. Caída “como un pelo en la sopa” en medio de esa relación de pareja estilo Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, a Laurence le toca percibir desde muy niña su condición de hija y nieta de personalidades públicas y famosas (aunque “fama” es una palabra triste).

 Ya había pasado una década desde el movimiento estudiantil de mayo de 1968, pero muchos seguían viviendo con nostalgia una vida cotidiana de rebeldía contra todas las reglas, y entre ellos, los progenitores de Laurence. El concepto de “familia” era todavía considerado demasiado burgués y el libertinaje seguía de moda. La militancia que antes había unido a Régis y Elizabeth comenzó a separarlos, “¿o fueron las diferencias culturales?”, se pregunta Laurence, tratando de reconstruir esos años de su infancia: “Mis padres se volvieron disonantes”. No era fácil crecer con un padre “encerrado en su personaje”, “ícono del intelectual comprometido, cuyo bigote le servía de logo y las diatribas encendidas de forma de comunicación”.

Laurence Debray

 En remplazo de la presencia parental una red de personalidades acuerpó a Laurence desde niña (Jane Fonda, Julio Cortázar, Roberto Matta, Alfonso Guerra…) Si bien eso la reconforta, al mismo tiempo la llena de preguntas sobre su propia identidad.

 Subraya con emoción los momentos felices son Régis, su padre ausente y ocasional. Pasaba temporadas con él en un pequeño departamento de la Rive Gauche donde todo funcionaba bien gracias a Angela, la ama de llaves panameña, anticastrista y antisandinista, con cierta ascendencia sobre el propio Régis, ya que se convirtió en su ayuda indispensable. Esas cortas estadías le permiten a Laurence esbozar un retrato singular de su ubicuo padre: “seductor con las mujeres, serio con mi madre, incómodo con sus padres, deprimido o exaltado con sus amigos, despistado y gentil conmigo”. 

François Mitterand y Régis Debray

 Con la llegada de François Mitterrand a la presidencia de Francia en 1981, los padres de Laurence subieron al carro del poder, aunque sin abusar de privilegios, como otros del tren socialista que esperaban esa oportunidad de “cambiar la vida”. Con sorna, Laurence Debray apunta que primero cambiaron las suyas, ocupando en París departamentos más espaciosos o adquiriendo residencias secundarias en regiones soleadas. 

Mientras Régis oficiaba como asesor presidencial en cuestiones internacionales, Elizabeth dirigía la Casa de América Latina. Su libro sobre Rigoberta Menchú fue un éxito que llevó a la indígena guatemalteca hasta el premio Nobel de la Paz, y a un reconocimiento mundial que nunca tuvo en su propio país. El poco agradecimiento de Rigoberta con Elizabeth le permite a Laurence entender mejor las bifurcaciones de las buenas causas cuando se cruzan con el poder: “Yo, desarrollé una desconfianza hacia aquellos representantes mediáticos de los más desposeídos”. 

 Tenía apenas diez años de edad, pero se daba perfecta cuenta de lo que significaba tener un padre que era una figura pública. En el patio de la escuela, a través de la radio, se enteraba de las polémicas que encendía Régis, que no juzgaba necesario comentar con su hija: “… los medios se encargaban de nuestra comunicación interna”.

 Probablemente sus reflexiones sobre lo que significó para ella el ejercicio del poder de sus progenitores no fueron tan precoces, sino producto de un análisis posterior. Citando a Alfonso Guerra se refiere a la “presbitocracia”, es decir, “la vista cansada que engendra el poder”, que impide ver la realidad y pierde de vista los principios que antes eran defendidos, así como a las personas más cercanas.

 “No tengo ningún recuerdo de mis padres haciendo juntos algo conmigo o para mi”, una sensación de vacío familiar la invade desde niña, aunque Elizabeth fue el verdadero sostén y una familia solidaria más amplia cubría los vacíos. Amigos de diferentes países se ocupaban de ella con cariño. Menciona con afecto a Eduardo Arauco (sin citar el apellido), el estudiante boliviano que le enseñó a montar bicicleta, algo que Régis nunca hizo. Conozco esa anécdota porque Eduardo estuvo alojado en mi casa varias semanas, cuando recién aterrizó en París. Líber Forti, exiliado en París, enseñó a Laurence a contar hasta diez en castellano, aunque Régis no quería que aprendiese esa lengua.

 Recuerda que “… había tantos exiliados chilenos y bolivianos que pasaban por la casa, que yo estaba perdida. Todos tenían de todas maneras los mismos problemas: persecución, papeles, exilio”. De tanto exiliado latinoamericano que pasaba por su casa Laurence fue desarrollando desde niña un sentimiento antimilitarista y una repulsa generalizada por todos los uniformes. De ahí que su experiencia en un campo de pioneros en Varadero (Cuba) la marcó tan negativamente. Vivió casi un año de calvario, una suerte de castigo inmerecido. Los ejercicios militares en las mañanas y el adoctrinamiento político (culto a Fidel) por las tardes contribuyen, a su corta edad de diez años, a ver claramente aquello que no quiere en su vida. El fusil era casi más largo que ella y cuando le daban el mismo plato de comida todos los días se preguntaba por qué en Cuba, que está rodeada por el mar, no se come pescado.


 Por ello su regreso a Europa fue un bálsamo. Durante los cuatro años que vive con su madre en Sevilla, ciudad protagonista del la Exposición Universal en 1992, es una adolescente que absorbe todo como una esponja. Por primera vez se siente ella misma, a nadie le importa quienes son sus padres: “El alivio fue inmenso. A fuerza de no ser nadie, me convertí en alguien”. Vivir su propia vida significó también irse a vivir y a trabajar a Estados Unidos en la banca, algo que no podía estar más lejos de la actividad de Régis o de Elizabeth, e interesarse (esto desde su adolescencia) en el controvertido personaje del rey Juan Carlos de España, sobre quien publicó un primer libro (y viene mucho más). De alguna manera, el retorno a Francia y a la escritura es también un acto maduro de reconciliación. 

A medida que desarrolla su propia personalidad y se lanza por el mundo con sed de descubrimiento, se parece más a sus progenitores cuando jóvenes, aunque con un espíritu abierto, no domesticado por opciones ideológicas. El testimonio rebelde de Laurence Debray es el de una generación que rechaza ese mundo polarizado de las décadas de 1960 y 1970 (prolongado hasta hoy por la política vaciada de ideología pero pletórica de oportunismo).

 Pasar de la negación y el secreto impuesto por la vigencia política de sus progenitores, a una suerte de catarsis literaria que tiene también algo de ajuste de cuentas, es un acto valiente y finalmente amoroso, un acto de liberación. Eso es este libro.

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Crecí en un mundo binario, donde no había lugar para el gris,
y donde los tibios eran denigrados.
—Laurence Debray
 

20 marzo 2023

Freddy Alborta, instantáneas y octubres

(Publicado en Página Siete el domingo 30 de octubre de 2022)

 Un avión militar aterriza en la pista de Vallegrande el 10 de octubre de 1967. Cuatro fotógrafos y veinte periodistas descienden con los ojos bien abiertos, dispuestos a registrar cada uno algo distinto sobre un mismo hecho que la historia ya ha inscrito en su libro, de manera inmediata, sin el trámite de los historiadores: el Che Guevara ha muerto. Bolivia aparece ante los ojos del mundo como si no hubiera existido antes.

Freddy Alborta en 1972 ©Foto PeterGumucio

 En la misma pista estaba todavía el helicóptero que transportó desde la escuelita de La Higuera el cadáver tibio del Che con un rumbo que sería desconocido durante más de medio siglo. Un agente de la CIA, cubano al servicio de Estados Unidos, le tomó unas fotos. Todavía no se conocían los detalles del asesinato ni el nombre del obediente ejecutor, el sargento Mario Terán.

 Octubre es un mes para recordar al Che pero también a Freddy Alborta, uno de esos cuatro fotógrafos que llegaron para cubrir los despojos de una guerrilla derrotada. Freddy trascendió más que los otros porque hizo las tomas emblemáticas del cuerpo inánime del guerrillero argentino-cubano exhibido por los militares en la lavandería de la escuela.

 Otra vez octubre: Freddy habría cumplido 90 años de edad este 31 de octubre de 2022.  Varias razones lo traen ahora a mi memoria. 

 Primero, la complicidad profesional que nos unió, su amabilidad, su modo suave de ser, su figura espigada, su rostro con inconfundible bigote y la barbita de chivo que dejó crecer en una época, el marco grueso de la montura de sus lentes, y por supuesto Capri, su estudio fotográfico en la esquina de la calle Socabaya con Mariscal Santa Cruz donde yo pasaba a visitarlo para conversar con él unos minutos. De adultos, las edades se igualan, pero no siempre fue así. Freddy nació en la misma fecha que yo, el 31 de octubre, pero 18 años antes, en 1932. Hay varios otros mojones en nuestra historia común.

Visita de Paz Estenssoro a Kennedy, 1963 ©Foto FreddyAlborta

 Hasta que revisé su extraordinaria colección de negativos gracias a la generosidad de Mery, su esposa, yo no recordaba que habíamos viajado juntos en el avión presidencial Air Force 001 del presidente Kennedy, cuando su homólogo de Bolivia, Víctor Paz Estenssoro, hizo una visita de Estado, acompañado por dos de sus ministros, uno de ellos mi padre. Fue la última visita oficial que recibió el primer mandatario de la potencia del norte, un mes más tarde -el 22 de noviembre- fue asesinado en Dallas, Texas, y me tocó ver la experiencia del duelo que vivieron  muchos ciudadanos de su país. Freddy había tomado una fotografía mía en el avión, con mis casi 13 años de edad,  sentado, modosito y con corbata, en el avión Boeing 707 (modificado para volar largas distancias sin re-abastecerse de combustible) que nos fue a recoger a la base aérea de Pisco, en Perú. Es un recuerdo que nunca se ha borrado.

El Che fotografiado por Freddy Alborta

 La segunda razón tiene obviamente que ver con el Che, y esa casi todos la conocen, al menos la parte más icónica: las fotos extraordinarias que Freddy tomó del rostro del Che con los ojos abiertos, rodeado por militares que se ufanaban de su trofeo de guerra. “El cadáver del Che me impresionó porque parecía vivo”, solía recordar Freddy. Se desplazó por la lavandería del hospital, donde reposaba el cuerpo con el torso desnudo, tratando de buscar los mejores ángulos y encuadres. Tomó un centenar de fotos. Junto a él, Hugo Roncal operaba una Bolex de 16 mm. Al regresar a La Paz reveló los negativos y entregó copias a varios corresponsales. 

Freddy Alborta, Sebastián Peña, Carlos Soria Galvarro
©foto AlfonsoGumucio 

 La parte que pocos conocen es la reunión que hice en mi casa el 11 de abril de 1995, para recibir a uno de los dos mejores biógrafos del Che, mi amigo Pierre Kalfon, escritor y diplomático francés, que llegó a Bolivia para entrevistar a quienes habían tenido alguna relación con el Che. Invité a Freddy Alborta, a Loyola Guzmán, a Carlos Soria Galvarro, a Ted Córdova Claure, a Marcelo Quezada y a Amalia Barrón para que Pierre pudiera conversar con ellos. Pasamos una velada memorable intercambiando experiencias y testimonios que debí grabar entonces y no lo hice. Allí convino Pierre en adquirir los derechos de las fotos de Freddy sobre el Che para la edición de la biografía, que luego se publicó en varias lenguas.

 La tercera razón por la que quiero recordar a Freddy en la fecha de su cumpleaños, es por su labor extraordinaria de fotógrafo de prensa, pero también de fotografía artística, una faceta que se conoce menos. Sus archivos de prensa son inmensos, y deberían ser parte de un repositorio histórico como otros archivos que han sido adquiridos por la alcaldía de La Paz. Además de la visita oficial a Kennedy de Paz Estenssoro y su delegación, en la que estuvo mi padre, Freddy cubrió durante más de 30 años el acontecer político nacional para la prensa local (Ultima Hora, Presencia, Jornada) pero también para las agencias United Press International (UPI), Associated Press (AP),  Vis News, con una pequeña cámara filmadora de 16mm. Donde sucedía algo de importancia en Bolivia, estaba Freddy con su pesada Nikon, y a veces también con una pequeña filmadora.

 En su fotografía artística, a la que no tuvo todo el tiempo necesario para dedicarle su talento, destacan las imágenes en blanco y negro del altiplano y del lago Titicaca, así como de personajes indígenas a quienes se aproximó con respeto, sin la mirada exótica de los turistas.

 Entre las fotos de estudio siempre me impresionó la que hizo para la portada de la edición de “El estudiante enfermo” que publicó Jorge Catalano en la editorial Difusión, donde muestra el torso desnudo de una mujer, una  representación de delicado erotismo que sin duda ayudó mucho en las ventas de la novela de Porfirio Díaz Machicao. A pesar de mi persistente curiosidad, nunca quiso decirme quién había sido la modelo.

 Freddy murió el 18 de agosto de 2005, a los 72 años de edad, dejando un legado importantísimo de trabajo fotográfico que el Estado debería preocuparse de preservar y digitalizar para hacerlo accesible a investigadores y al país en general.

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El fotógrafo no puede ser un espectador pasivo,
no puede ser realmente lúcido si no está implicado en el acontecimiento. 
—Henri Cartier-Bresson