09 enero 2022

Torquemada, OAS y el jefazo

(Publicado en Página Siete el sábado 8 de enero de 2022)

 La saña con que el régimen persigue a sus opositores recuerda a las dictaduras militares. Los improvisados Torquemada del MAS, como el ministro Lima-limón, son tan selectivos como lo era el fundador de la Inquisición: mientras acosan a algunos con perversidad, socapan a otros.

 Todos sabemos de un sujeto que ha perpetrado innumerables crímenes: estupro (Gabriela, Noemí), uso indebido de bienes del Estado (museo Orinoca, caso Neurona, viajes), conducta anti-económica (contratos sin licitación), asociación delictuosa para asesinar (esposos Andrade, Hotel Las Américas), sedición, terrorismo y conspiración (cerco de ciudades y ataques a instalaciones del Estado), y otros que cualquier fiscal podría redactar en el lenguaje apropiado.

José María Bakovic

 Uno de sus crímenes más crueles resultó en la muerte de don José María Bakovic, ingeniero con impecable trayectoria internacional, que regresó a Bolivia con la peregrina idea de “servir al país”, lo cual le costó la vida el sábado 12 de octubre de 2013, cuando tenía 75 años de edad. Cuando dejó la presidencia del Servicio Nacional de Caminos (SNC) —hoy Administradora Boliviana de Carreteras (ABC)— desde el año 2006 el régimen masista lo acosó con 72 causas penales en diferentes juzgados del país, con el propósito de liquidarlo física y anímicamente. Evo Morales y Patricia Ballivián fueron directamente responsables de esa persecución política.

 El ingeniero Bakovic se veía obligado a viajar de un lado a otro, conminado a audiencias que se suspendían a último momento, a propósito, para joder al acusado, quien tenía que pagar sus propios pasajes, hotel, gastos de alimentación, así como los de su abogada. De los 4000 metros de altura de El Alto a los 400 metros de Santa Cruz de la Sierra, y otras ciudades bolivianas, las repetidas descompensaciones del corazón acabaron matando a Bakovic. De ese asesinato con premeditación y alevosía son responsables, además de la pareja citada, todos los fiscales, los médicos forenses de la Fiscalía y los jueces corruptos que llevaron adelante los 72 procesos.

Léo Pinheiro, ex presidente de OAS

 Bakovic no es una víctima fortuita. La saña con que fue perseguido tiene motivaciones claras, que se pueden resumir en tres letras: OAS, la empresa constructora brasileña con numerosos procesos judiciales por el trabajo esclavizado de sus obreros, por corrupción y por lavado de dinero. La gigantesca red de corrupción del caso Lava Jato llevó a la cárcel al presidente de OAS, Léo Pinheiro, hasta que decidió revelar información a la justicia, acogiéndose a la figura de “homologación” por la Corte Suprema de Brasil, para lo cual tuvo que confesar los negociados de su gestión, entre ellos, con Evo Morales.

 El País (España), publicó la información enviada por tres corresponsales (Rocío Montes, Jacqueline Fowks y Fernando Molina) donde se resumen las declaraciones de Pinheiro sobre sobornos a presidentes y políticos latinoamericanos. En el caso de Bolivia, implicó directamente a Evo Morales por los contratos para la construcción del tramo Tarija-Potosí, y la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos.

Evo Morales, el "jefazo"

 José María Bakovic tenía detalles de esos hechos de corrupción. Denunció 21 irregularidades en el contrato que se firmó con OAS por instrucciones directas de Evo Morales. Una de las más graves: el precio referencial de la obra escaló de 177 millones de dólares (que estimó el SNC), a 436 millones de dólares. El costo por kilómetro de la obra llegó a 1,4 millones de dólares, cuando el máximo en obras similares era la mitad: 692 mil dólares. Más aún, para la ruta por el Tipnis no se incluía el costo del asfalto. La única empresa proponente fue OAS, con el apoyo e intervención directa del presidente Lula da Silva, más tarde condenado y encarcelado por el caso Lava Jato.

 Según publicó el diario Folha do São Paulo, Léo Pinheiro, ex presidente de OAS, aseguró durante su juicio que Evo Morales le ofreció́ una compensación mediante la adjudicación de otras obras, si primero asumía la conclusión de la ruta deficitaria Tarija-Potosí́, abandonada por la también brasileña Queiroz Galvão. El negociado boliviano se preparaba desde antes: ya en 2005, Augusto César Ferreira e Uzeda, directivo de OAS, aparece en varias fotografías junto a Evo Morales en sus actos de campaña. Así, la corrupción llegó al gobierno del brazo del MAS, desde el inicio.

 Todo lo anterior es disimulado por los Torquemada de turno. Mientras unos son sometidos a la hoguera por su posición política, el principal criminal anda suelto y además sigue mandando en el país, como podemos constatar cada día.

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Voy a contar cómo fue al quemadero el inhumano que tantas vidas infelices consumió en llamas; que a unos les traspasó los hígados con un hierro candente; a otros les puso en cazuela bien mechados, y a los demás los achicharró por partes, a fuego lento, con rebuscada y metódica saña. Voy a contar cómo vino el fiero sayón a ser víctima; cómo los odios que provocó se le volvieron lástima, y las nubes de maldiciones arrojaron sobre él lluvia de piedad; caso patético, caso muy ejemplar, señores, digno de contarse para enseñanza de todos, aviso de condenados y escarmiento de inquisidores.
—Benito Pérez Galdós (Torquemada en la hoguera)

 

07 enero 2022

Autorretrato con Jesús Martín-Barbero

(Publicado en Ideas de Página Siete el domingo 20 de junio de 2021)

 Muchos hablan ahora del “legado” intelectual de Martín-Barbero, una palabra adecuada en términos académicos, pero yo prefiero hablar del “regalo” que nos dejó: su manera de pensar el mundo, no solamente sus libros. Hay quienes leen a autores seminales como si fueran pergaminos que si se tocan se deshacen en mil capas de cebolla. Pero los grandes autores contemporáneos nunca quisieron eso, porque ellos mismos fueron ante todo lectores críticos y cuestionadores. Así como Marx dijo alguna vez que no era marxista y Lacan espetó a sus estudiantes “no soy lacaniano”, creo que Jesús Martín-Barbero hubiera dicho lo mismo a los profesores y estudiantes que leen su obra, especialmente “De los medios a las mediaciones”, como si estuviera escrita en bronce.

 Perdería espacio y tiempo explicando aquí quién era Jesús Martin-Barbero. Doy por sentado que su obra es tan importante que forma parte de la cultura latinoamericana en el más alto nivel. Y si hay quienes no saben quien es, mejor busquen en San Google o en Wikipedia, donde encontrarán miles de referencias. O quizás el número especial de la revista Chasqui de Ciespal (No. 102, junio 2008) pueda servir para desasnar a muchos. Aquí no voy a repetir lo que ya se sabe, voy a describir mi vínculo personal y lo que me deja Jesús Martín-Barbero, algo que nadie más podría hacerlo desde mi experiencia, sentimiento y pensamiento.

Lazos de amistad

 Su muerte el sábado 12 de junio de 2021 me impactó, porque todavía teníamos varias citas pendientes. Lo visité en su casa por última vez un par de meses antes de la declaración de pandemia. Llegar a ese espacio tan suyo era siempre un privilegio. Recibía a sus amigos más cercanos enfundado en una bata de felpa gris que lo protegía del clima húmedo de Bogotá. Rodeado de estanterías de libros, conservaba toda la extensión de las puertas de un armario empotrado para algo muy especial: un inmenso collage de recortes y fotografías, una cartografía de su vida que quizás solamente él podría descifrar en su integridad, aunque a pedido, solía explicar la procedencia de las imágenes.

 En ese collage mural, que continuamente enriquecía y alteraba (como quien reescribe una página de un libro), Jesús armaba el relato de su memoria y de sus afectos. Por supuesto estaba Elvira muy presente, la compañera de toda su vida que falleció insospechadamente antes que él, el 13 de agosto de 2019. Esa muerte golpeó duramente a Jesús, que no podía referirse a Elvira sin que se le humedecieran los ojos.

 La generosidad de Jesús era la de aquellos seres humanos que están más allá de las pequeñeces y mezquindades que animan a los pobres de espíritu, los que solamente pueden avanzar poniendo zancadillas a otros. Jesús era abierto con su pensamiento y con sus pertenencias, nunca celoso de sus ideas ni de sus posesiones. Me sorprendió en una de las visitas que hice a su casa en Bogotá, cuando hablando de su nuevo libro de poemas, “El guerrero y el árbol” (2019), sacó un ejemplar de su primer poemario, “Río Cauca” (1968), publicado en Ávila medio siglo antes, y me lo regaló con una dedicatoria llena de humor: “Declaro que las anotaciones de este libro son mías”.  Y es que el ejemplar estaba corregido de su puño y letra. Había versos nuevos y palabras tachadas, estrofas marcadas como si las considerara superiores a otras, y flechas para llevar una palabra de un verso a otro. Le dije que ese ejemplar era el suyo, puesto que tenía esas marcas tan íntimas, pero no le dio importancia: “Es el único ejemplar que me queda, llévatelo”.

Jesús Martín Barbero y Alfonso Gumucio 

 Fui también destinatario de su generosidad apabullante en ocasión de la presentación de la edición en castellano de mi “Antología de comunicación para el cambio social: lecturas históricas y contemporáneas” (2008, en coautoría con Thomas Tufte). El acto tendría lugar en el último piso de El Ático, el emblemático edificio de la Universidad Javeriana de Bogotá. Consulté con Jesús si aceptaría ser uno de los presentadores, pero había un problema no insignificante: Jesús había salido de la Facultad de Comunicación de la Javeriana dando un portazo, debido a desacuerdos internos que no viene al caso recordar ahora. “Me había propuesto no pisar más esa universidad -me dijo- pero lo voy a hacer tratándose de tu libro”. El 3 de marzo de 2009 estuvo allí junto a Jürgen Horlbeck (decano de la facultad) y Amparo Cadavid, los otros dos presentadores. 

Jesús Martín Barbero y Jürgen Horlbeck (2009)

 Entre las cosas que dijo: “Este libro es un tejido de voces múltiples, pero con una enorme presencia y potencia del pensamiento latinoamericano y esto es clave, realmente clave desde nuestros países hacia el resto del mundo”. Añadió que “el libro trae dos apuestas: la primera pensar en la transformación de la sociedad y la segunda, pensarla desde la comunicación no como técnica -que hoy es la obsesión de la inmensa mayoría de las facultades de comunicación en América Latina, que le están haciendo caso al mercado quien les dice descaradamente cómo formar a los comunicadores. Para mi y los que llevamos casi 40 años luchando por esta causa, encontrar que hay un libro mundial, global en el mejor sentido de la palabra, que pone como claves el cambio social y el tejido de las realidades de que está hecha la comunicación, tanto más que de los medios, es una enorme alegría”.  

 Fui testigo privilegiado de un re-encuentro personal muy grato durante el XIII Encuentro Latinoamericano de Facultades de Comunicación Social (FELAFACS) en La Habana, a mediados de octubre de 2009, cuando luego de muchos años de no haber estado juntos, Jesús Martín Barbero y Luis Ramiro Beltrán se fundieron en un abrazo, renovando sus lazos de amistad.

 Tuvimos varios encuentros en eventos de comunicación en México y en Colombia, pero desde mediados de la década pasada Jesús ya no quería viajar sin Elvira, y declinó muchísimas invitaciones que le hicieron quienes además de conocer su obra, querían escucharlo de manera presencial, sin mediaciones tecnológicas como las que ahora son (ineluctablemente) necesarias.

El arte de preguntar

 Toda la obra de Martín Barbero está permeada de una idea fundamental: saber hacer preguntas, interrogarse e interrogar a otros. Si los investigadores universitarios de hoy, que los hay por miles en las torres de marfil, supieran formular preguntas, tendríamos muchos más aportes originales como los que nos dejaron aquellas generaciones de pensadores de la comunicación de las décadas de 1970, 1980 y 1990. Parece que el nuevo siglo se caracterizara más por la cantidad que por la calidad de las propuestas.

 Jesús Martín-Barbero (que los gringos nombran “Barbero” igual que le dicen “Márquez” a García Márquez), escribió su libro más conocido a pulso, con tres tintas: negra para los párrafos informativos, verde para los planteamientos metodológicos, y roja para “las peleas”, como él mismo decía. Esos párrafos en tinta roja eran los que él sabía que podían provocar debate, y por lo tanto eran los más apreciados, porque a Jesús le gustaba debatir. Debatía con los demás y consigo mismo. Escribió “De los medios a las mediaciones” debatiendo con lecturas de Adorno o de Benjamin, y muchos otros a los que podía cuestionar cuando filtraba sus escritos y afirmaciones a través de la realidad latinoamericana, ese continente que adoptó dejando atrás su lejana Ávila, donde nació.

 El libro surgió como una necesidad íntima a partir del impulso de estudiar “la estética de los medios”. Esto coincidió con un feliz cambio en su carrera académica en Cali, cuando el filósofo pasó de enseñar semiótica a enseñar estética. Allí surgió la pregunta que los haría investigar y escribir algo revolucionario: “¿con qué estética mira la gente a los medios?” La sensibilidad del que mira, del que percibe, del que se enfrenta a una obra, asumía de pronto una importancia que le había sido negada: el sujeto era más importante que el objeto, y los procesos de interlocución con los medios (las mediaciones) definían más que los contenidos aislados.

 Tan importante como la escritura del libro, que se prolongó durante ocho años (1977-1985), fueron las lecturas diversas y abundantes que Martín-Barbero desmenuzó para desentrañar conceptos relacionados con “lo masivo y lo popular”, que en principio parecía una contradicción de términos. El título inicial de la obra, “Imaginario popular e industria cultural”, no fue aceptado por Miquel de Moragas que dirigía la colección de la Editorial Gustavo Gili.  El libro ganó con el título con el que finalmente fue publicado.

 El lector de Martín-Barbero se siente inteligente. El autor no trata de enredarlo en palabras rebuscadas ni acomplejarlo con el peso de su conocimiento, sino que comparte sus hallazgos de manera clara y desenvuelta, algo que encontramos también en los ensayos de Octavio Paz y de Juan Villoro, entre otros. En lugar de cubrirse las espaldas escupiendo citas de autores, como hacen los principiantes, Martín Barbero procesa sus lecturas, las mastica y saborea lentamente, luego las cuestiona, las revisa, las contradice si es necesario para generar una idea renovada.

 En su trabajo de investigador el “proceso” es fundamental, porque significa llevar adelante el diálogo con otros autores de manera ininterrumpida. Eso hace un intelectual que piensa por sí mismo y no se arrellana en la comodidad del pensamiento de otros que lo precedieron. El desafío es ir más lejos, no repetir lo que ya está dicho, porque nada está escrito en piedra, nada es definitivo, el cuestionamiento permanente es lo que hace avanzar el pensamiento.

 Quizás por su formación de filósofo, Jesús quería “pelearse” con todo, y lo hacía apasionadamente, con una vehemencia en la que entraba en juego el lenguaje corporal. Agitaba los brazos y levantaba la voz histriónicamente, como si estuviera debatiendo asuntos de vida o muerte. Sobre el escritorio de su estudio de trabajo había siempre revistas y periódicos que subrayaba para destacar alguna frase o párrafo que había llamado la atención. Una frase podía dar pie a una digresión enriquecedora sobre la política de Colombia o del mundo, sobre la comunicación o sobre el arte.

 Su gran habilidad era establecer relaciones, era como un ejercicio intelectual que realizaba cotidianamente para mantenerse en forma. Bastaba que uno le diera dos temas aparentemente inconexos, para que Jesús indagara en las posibles relaciones de los objetos y sujetos. Trátese de Teodoro Adorno, de la literatura de cordel, de los pasillos de Benjamin o la música de Calle 13, Martín-Barbero podía tejer un entramado de relaciones que no se basaban solo en la lógica filosófica sino en la creatividad artística.

 Por ello asistir a sus conferencias era tan estimulante. Lo conocí en una de ella, probablemente en Medellín, y tal como sucedió aquella primera vez, siempre lo vi desarrollando su pensamiento “en vivo” con la misma pasión, mientras se hacía preguntas y se respondía a sí mismo. Jesús empezaba al trote y terminaba al galope sus conferencias. Ya no escribía textos, de ahí que muchos de los ensayos que publicaba eran el resultado de la transcripción de las conferencias que ofrecía. Digo que empezaba “al trote” porque necesitaba cierto tiempo de calentamiento, mientras analizaba los objetos de su disertación y los convertía en procesos vivos. Y eso le permitía adquirir velocidad y certeza en la expresión de sus ideas, hasta terminar “al galope” su conferencia con alguna frase memorable que acababa de crear.

 Martín-Barbero no dejó de estar al tanto de los movimientos de los jóvenes y de las novedades tecnológicas, tratando de explicarlas y de analizarlas de manera crítica, sin caer en la fascinación que producen las nuevas tecnologías. En “Reconfiguraciones comunicativas de lo público” (Análisis, 26. Barcelona, 2001), habló de esto: “Estamos ante la más tramposa de las idealizaciones, ya que en su celebración de la inmediatez y la transparencia de las redes cibernéticas lo que se está minando son los fundamentos mismos de ‘lo público’, esto es, los procesos de deliberación y de critica, al mismo tiempo que se crea la ilusión de un proceso sin interpretación ni jerarquía, se fortalece la creencia de que el individuo puede comunicarse prescindiendo de toda mediación social, y se acrecienta la desconfianza hacia cualquier figura de delegación y representación”.

 En 2017 se cumplieron 30 años de la primera edición de “De los medios a las mediaciones”. Numerosos homenajes se organizaron por el mundo, y tuve la oportunidad de contribuir en dos publicaciones especiales celebratorias de aquel acontecimiento. Por una parte, el número especial de la Revista de la Cátedra Libre Marcelo Quiroga Santa Cruz (Año 4, No. 4, noviembre 2017) que dirige con mucho acierto Mirko Orgaz en la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz, Bolivia). Por otra, algo similar que publicó poco después el Instituto de Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona (InCom-UAB, N.14) bajo la coordinación de Miquel de Moragas, José Luis Terrones y Omar Rincón.

 En aquella ocasión escribí: “El libro termina en seco al borde de un abismo, el abismo de las preguntas, como una novela interrumpida, que carece de desenlace o un ensayo sin conclusiones. Ahí radica su mayor provocación, en su naturaleza de texto sin respuestas. Si mantiene vigencia hasta hoy es precisamente porque se empaña el espejo de las respuestas y se empeña en pulir el cristal de las preguntas”.

 Dejaré la poesía de Jesús para otro texto, ya que no es ajena al proceso evolutivo de su pensamiento y de su vida consecuente.

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Una cosa es la visión correcta y otra cosa es la visión verdadera,
una cuestión que hace temblar el espíritu al cuestionarlo
sobre lo que entiende por esencia.
—Jesús Martín Barbero 
 

26 diciembre 2021

Raíz e identidad del cine boliviano

(Publicado en Página Siete el domingo 14 de noviembre de 2021)

 En un artículo anterior mencioné el evento “Representaciones transformativas de la identidad nacional: Expresiones artísticas y culturales bolivianas”, una serie internacional de conversaciones virtuales organizada por Carolina Scarborough, boliviana radicada en Estados Unidos, especialista en arte latinoamericano de la New York University (NYU).

 La última sesión nos reunió con Raquel Romero, Diego Mondaca, Marcos Loayza, para hablar del cine boliviano como un medio incipiente que lucha por adquirir vigencia nacional e internacional. Mi ponencia se refirió a la “Trayectoria social e identidad del cine boliviano”, partiendo del presupuesto de que todo el cine que se ha hecho en Bolivia, desde sus orígenes, ha estado marcado por la preocupación por nuestra sociedad y nuestra cultura. A continuación, un apretado resumen.

 La producción de cine en Bolivia ha mantenido a lo largo de un siglo:

a)    La impronta de un cine independiente, obra de cineastas que pueden arriesgarlo todo para hacer cine, aunque por ello no reciban ningún reconocimiento y menos aún compensación económica.

b)    El compromiso de los cineastas con la identidad nacional e indígena, que ha sembrado la historia del cine boliviano con obras que cuestionan la realidad de manera crítica, y por ello se convierten en películas polémicas y con frecuencia sujetas a la censura.

Cuando a principios de la década de 1970 comencé a investigar la historia del cine boliviano, no había fuentes escritas, apenas algunos artículos cortos cuya información tuve que verificar. Las fuentes sobre películas que se pensaban desaparecidas eran fundamentales, pero más lo fueron las conversaciones que tuve con los cineastas y actores que aún estaban vivos.

 En 1938, en un diario de Cochabamba se publicó un artículo de Raúl Montalvo, titulado “Lo que es cinematografía en Bolivia” donde el autor se refiere vagamente a los filmes de Luis Castillo, de José María Velasco Maidana y sobre todo se ocupa de “La Guerra del Chaco”, de Luis Bazoberry García. Ese texto, tiene la virtud de referirse al primer filme, prácticamente desconocido hasta entonces, de Velasco Maidana: “La profecía del lago”.

 Trece años más tarde, el 1º de enero de 1953, después del triunfo de la revolución de abril de 1952, el diario La Nación publicó el artículo de Raúl Salmón: “Auspiciosas perspectivas del cine nacional”. Se trata de la primera síntesis histórica del cine boliviano con informaciones que pude verificar. Salmón se refiere a Luis Castillo, Arturo Posnansky, Velasco Maidana, Bolivia Films, el Instituto Cinematográfico Boliviano, y a una serie de cortos publicitarios rodados entre 1948 y 1952.  El autor obtuvo sus datos directamente de Castillo, el pionero del cine boliviano que estaba vinculado como camarógrafo a casi todo el cine que se había hecho en Bolivia antes de 1940.  Wenceslao Monroy, Gastón Velasco y Luis Llanos Aparicio, fueron también consultados por Salmón.

La chirola, de Diego Mondaca

 En 1954 el flamante Instituto Cinematográfico Boliviano (ICB) editó un número único de la revista Warawara, en la que figura un artículo sin firma, titulado “Breve historia del Cine en Bolivia”.  No se avanza mucho sobre lo publicado anteriormente, por el contrario, el texto no toma en cuenta los datos importantes proporcionados en el artículo de Salmón. En julio de 1958 la revista de artes y letras Khana publicó una separata de 16 páginas: “Historia del cine y su desarrollo nacional” de Marcos Kavlin, representante de la firma Kodak en Bolivia y miembro del Consejo Municipal de Cultura.  A lo largo del artículo se amplía y actualiza el texto de Raúl Salmón, pero los nuevos aportes sobre el período histórico anterior a 1950 no son significativos.  Kavlin, que falleció en 1977, me contó dos años antes que había basado su artículo sobre el texto de Salmón sin confirmar los datos allí consignados.

 Podríamos decir que el cine boliviano nació al mismo tiempo que la censura. Si bien antes de 1925 se habían realizado algunos cortometrajes y sobre todo se habían filmado “vistas locales” de acontecimientos públicos, las primeras películas de ficción reconocidas como tales son “Corazón aymara” de Pedro Sambarino, estrenado el 14 de julio de 1925, “La profecía del lago” (aunque filmada en 1923, se estrenó diez días después del filme de Sambarino), y “La gloria de la raza” estrenada el 9 de septiembre del mismo año, de Arturo Posnansky y Luis Castillo.

Amanecer chipaya, de Alfonso Gumucio 

 Desde su título “Corazón aymara” indica su contenido social en favor de los indígenas. Un comentario publicado después del estreno lo dice claramente: “Corazón Aymara es uno de los innumerables gritos de aquel clamor que protesta contra la efectiva esclavitud de los indios, esclavitud que se manifiesta con las servidumbres feudales a que siguen obligados, con la indefensión, la incultura en que se han visto circunspectos deliberadamente, la extorsión de parte de patrones, corregidores, párrocos y otros elementos más que medran en las aldeas con el beneficio del esfuerzo indígena”.

 “La profecía del lago” no solamente es considerado como unos de los dos primeros largometrajes de ficción del cine boliviano, sino también el primer caso de censura, porque su argumento. Uno de sus actores, Donato Olmos Peñaranda, me comentó: “El tema es el de un señor millonario, con fincas cerca del lago, cuya mujer se enamora de un indio que cuida la casa.  En una escena de fiesta se veía a las señoras de la sociedad paceña.  Como el film escandalizó tanto el día de su estreno, no duró ni dos días en cartelera”. Un juez ordenó la incineración de la obra, que por suerte no se cumplió.

 La tercera obra estrenada en 1925 también aborda un tema que toca la identidad nacional, pues reconstruye visualmente episodios de la civilización de Tiwanaku. “La gloria de la raza” fue realizada por el arqueólogo Arturo Posnansky, lo cual lo coloca en una posición de autoridad científica para realizar una película sobre ese tema. Según las notas de prensa de la época, y sobre todo de un cuadernillo que se publicó con el guion del filme, el filme narra el encuentro en las aguas del lago Titicaca entre un arqueólogo y el último sobreviviente de la civilización uru. Una vez más, la preocupación por la identidad indígena constituye el eje central del cine pionero de Bolivia.

Raquel Romero

 Lo propio sucede con la última película del periodo mudo, una “superproducción” para la época: “Wara-wara” de José María Velasco Maidana, artista versátil (músico, cineasta y artista plástico), que supo aglutinar en torno al proyecto a lo mejor del mundo artístico. La película, estrenada a principios de 1930, reconstruye escenas de la civilización de Tiwanaku y el choque cultural que se produce a la llegada de los conquistadores españoles. Aquí también, la historia con “H” mayúscula se teje con la historia íntima de los amores de un capitán español con una joven ñusta indígena.

 Es difícil encontrar en los orígenes del cine en otros países de América Latina, una huella tan importante de la identidad nacional en absolutamente todas las películas de ficción producidas.

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El cine nunca es arte. Es un trabajo de artesanía,
de primer orden a veces, de segundo o tercero lo más.
—Luchino Visconti

 

22 diciembre 2021

MAS, nacional-socialismo

(Publicado en Página Siete el sábado 27 de noviembre de 2021)

 No solo porque compró su sigla y su bandera a la Falange Socialista Boliviana (FSB), sino por su forma de actuar y su estrategia de avasallar las instituciones del Estado, el MAS recuerda al nacional-socialismo que creció como la espuma en Alemania con Hitler y en Italia con Mussolini.

 Hitler adoptó la esvástica, el símbolo milenario hindú del bienestar y de la buena suerte, y lo convirtió en un símbolo del terror político, del mismo modo que el MAS retomó la bandera cuadriculada de siete colores de origen español (Sigo XVII), y la popularizó como la wiphala, bandera aymara que ahora simboliza la revancha social. Los símbolos cambian así de contenido, de acuerdo a quien los usa y abusa de ellos.

 Las camisas pardas de las milicias del nazismo, las azules de la Falange franquista, o las negras de los fascistas italianos identificaban a los grupos de choque militarizados, tal como ahora el azul flamea sobre los paramilitares del MAS o las rojas hacen reconocibles a las milicias bolivarianas de Nicolás Maduro.

 El nacional-socialismo creció como una ola imparable en la Alemania de la década de 1920 porque ofrecía inicialmente la promesa de mejores días para los obreros y para los oprimidos. También ellos fueron una “mayoría” de conversos, como una nueva religión que arrasa. Ya sabemos en qué terminó el nacional-socialismo. Basta leer un poquito sobre la llamada “Noche de los cristales rotos” en 1938, como un ejemplo emblemático de la violencia emergente en Alemania. Y cómo olvidar el holocausto, la barbarie de Mussolini o los fusilamientos de Franco.

 Estos son movimientos que en nombre de reivindicaciones sociales pretenden y consiguen el control absoluto del poder y de todas las instituciones del Estado, usando para ello consignas raciales y discursos de odio, como hemos visto en Bolivia durante tres lustros del MAS.

 Los discursos de resentimiento social, como los que esgrime Choquehuanca cada vez que echa espuma por la boca, han dividido al país como nunca antes. Y no lo han dividido entre “indios” y “blancos” como quieren hacernos creer. Primero, porque no existe una supuesta pureza racial en un país tan abigarrado y mestizo como el nuestro. Segundo, porque la disputa por el poder es entre un sector oportunista altiplánico contra el resto del país.

 La simplificación nos quiere hacer ver la lucha de opuestos entre “aymaras” y “cambas”, pero no hay tal. Ni el gobierno del MAS es “indígena” (basta ver el gabinete de ministros), ni los cambas representan una amenaza racial. Lo que está en disputa es el poder económico y político.

 Para lograr sus objetivos de controlar territorialmente el país, el MAS ha implementado desde hace años una estrategia de avasallamiento que opera de la misma manera al invadir tierras de áreas protegidas o propiedades agroindustriales, o espacios de poder político e institucional. Los incendios que destruyeron millones de hectáreas de bosque para allanar el ingreso de los llamados “interculturales” (especuladores de tierras), son parte de esa estrategia, como lo son los ataques de bandas encapuchadas y armadas que responden a las consignas del MAS y el copamiento torpe del poder judicial y electoral.

 Juan R Quintana, el remedo de Hermann Göring en el MAS, amenaza con crear un “ejército de Evo” para “los próximos 50 años”, siguiendo el modelo hitleriano de organizaciones paramilitares, y el ejército boliviano no dice ni pío, los generales se hacen pis de susto. Esos grupos de choque actúan con violencia tanto en áreas rurales como en las ciudades donde se desplazan a las zonas donde hay manifestaciones pacíficas para quebrarlas con apoyo de la policía, que se acomoda destruyendo de un plumazo el prestigio que intentó recuperar cuando se negó a reprimir a la población. Hoy los jefes policiales hacen gala de servilismo para ascender rápidamente, mientras en privado hablan pestes del MAS. Han perdido el último átomo de integridad moral.

 En la misma dirección va el control del aparato judicial, o los intentos de prescindir simplemente de él (como quiso imponer la Ley 1386), mediante allanamientos o apresamientos sin orden judicial, o escuchas telefónicas ilegales (que el presidente Arce solía disfrutar personalmente cuando era ministro de Evo Morales). De ese modo, se impone el régimen para-policial del MAS y el resurgimiento del nacional-socialismo latinoamericano, muy lejos en el tiempo y en el espacio de su modelo original europeo.

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El nacionalsocialismo no es ninguna doctrina de inactividad;
es una doctrina de lucha. No es una doctrina de goce,
sino una doctrina de esfuerzo y de lucha.
—Adolf Hitler