(Publicado en “Ideas” de Página Siete el domingo 20 de junio de 2021)
Muchos hablan ahora del “legado” intelectual de
Martín-Barbero, una palabra adecuada en términos académicos, pero yo prefiero
hablar del “regalo” que nos dejó: su manera de pensar el mundo, no solamente
sus libros. Hay quienes leen a autores seminales como si fueran pergaminos que
si se tocan se deshacen en mil capas de cebolla. Pero los grandes autores
contemporáneos nunca quisieron eso, porque ellos mismos fueron ante todo
lectores críticos y cuestionadores. Así como Marx dijo alguna vez que no era
marxista y Lacan espetó a sus estudiantes “no soy lacaniano”, creo que Jesús
Martín-Barbero hubiera dicho lo mismo a los profesores y estudiantes que leen
su obra, especialmente “De los medios a las mediaciones”, como si estuviera
escrita en bronce.
Perdería espacio y tiempo explicando aquí
quién era Jesús Martin-Barbero. Doy por sentado que su obra es tan importante
que forma parte de la cultura latinoamericana en el más alto nivel. Y si hay
quienes no saben quien es, mejor busquen en San Google o en Wikipedia, donde
encontrarán miles de referencias. O quizás el número especial de la revista
Chasqui de Ciespal (No. 102, junio 2008) pueda servir para desasnar a muchos. Aquí
no voy a repetir lo que ya se sabe, voy a describir mi vínculo personal y lo
que me deja Jesús Martín-Barbero, algo que nadie más podría hacerlo desde mi
experiencia, sentimiento y pensamiento.
Lazos de amistad
Su muerte el sábado 12 de junio de 2021 me impactó,
porque todavía teníamos varias citas pendientes. Lo visité en su casa por
última vez un par de meses antes de la declaración de pandemia. Llegar a ese
espacio tan suyo era siempre un privilegio. Recibía a sus amigos más cercanos
enfundado en una bata de felpa gris que lo protegía del clima húmedo de Bogotá.
Rodeado de estanterías de libros, conservaba toda la extensión de las puertas
de un armario empotrado para algo muy especial: un inmenso collage de recortes
y fotografías, una cartografía de su vida que quizás solamente él podría
descifrar en su integridad, aunque a pedido, solía explicar la procedencia de
las imágenes.
En ese collage mural, que continuamente
enriquecía y alteraba (como quien reescribe una página de un libro), Jesús
armaba el relato de su memoria y de sus afectos. Por supuesto estaba Elvira muy
presente, la compañera de toda su vida que falleció insospechadamente antes que
él, el 13 de agosto de 2019. Esa muerte golpeó duramente a Jesús, que no podía
referirse a Elvira sin que se le humedecieran los ojos.

La generosidad de Jesús era la de aquellos
seres humanos que están más allá de las pequeñeces y mezquindades que animan a
los pobres de espíritu, los que solamente pueden avanzar poniendo zancadillas a
otros. Jesús era abierto con su pensamiento y con sus pertenencias, nunca
celoso de sus ideas ni de sus posesiones. Me sorprendió en una de las visitas
que hice a su casa en Bogotá, cuando hablando de su nuevo libro de poemas, “El
guerrero y el árbol” (2019), sacó un ejemplar de su primer poemario, “Río
Cauca” (1968), publicado en Ávila medio siglo antes, y me lo regaló con una
dedicatoria llena de humor: “Declaro que las anotaciones de este libro son
mías”. Y es que el ejemplar estaba
corregido de su puño y letra. Había versos nuevos y palabras tachadas, estrofas
marcadas como si las considerara superiores a otras, y flechas para llevar una
palabra de un verso a otro. Le dije que ese ejemplar era el suyo, puesto que
tenía esas marcas tan íntimas, pero no le dio importancia: “Es el único ejemplar
que me queda, llévatelo”.

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Jesús Martín Barbero y Alfonso Gumucio |
Fui también destinatario de su generosidad apabullante
en ocasión de la presentación de la edición en castellano de mi “Antología de
comunicación para el cambio social: lecturas históricas y contemporáneas”
(2008, en coautoría con Thomas Tufte). El acto tendría lugar en el último piso
de El Ático, el emblemático edificio de la Universidad Javeriana de Bogotá. Consulté
con Jesús si aceptaría ser uno de los presentadores, pero había un problema no insignificante:
Jesús había salido de la Facultad de Comunicación de la Javeriana dando un
portazo, debido a desacuerdos internos que no viene al caso recordar ahora. “Me
había propuesto no pisar más esa universidad -me dijo- pero lo voy a hacer
tratándose de tu libro”. El 3 de marzo de 2009 estuvo allí junto a Jürgen
Horlbeck (decano de la facultad) y Amparo Cadavid, los otros dos presentadores.
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| Jesús Martín Barbero y Jürgen Horlbeck (2009) |
Entre las cosas que dijo: “Este
libro es un tejido de voces múltiples, pero con una enorme presencia y potencia
del pensamiento latinoamericano y esto es clave, realmente clave desde nuestros
países hacia el resto del mundo”. Añadió que “el libro trae dos apuestas: la
primera pensar en la transformación de la sociedad y la segunda, pensarla desde
la comunicación no como técnica -que hoy es la obsesión de la inmensa mayoría
de las facultades de comunicación en América Latina, que le están haciendo caso
al mercado quien les dice descaradamente cómo formar a los comunicadores. Para
mi y los que llevamos casi 40 años luchando por esta causa, encontrar que hay
un libro mundial, global en el mejor sentido de la palabra, que pone como
claves el cambio social y el tejido de las realidades de que está hecha la
comunicación, tanto más que de los medios, es una enorme alegría”.
Fui testigo privilegiado de un re-encuentro
personal muy grato durante el XIII Encuentro Latinoamericano de Facultades de
Comunicación Social (FELAFACS) en La Habana, a mediados de octubre de 2009, cuando
luego de muchos años de no haber estado juntos, Jesús Martín Barbero y Luis
Ramiro Beltrán se fundieron en un abrazo, renovando sus lazos de amistad.
Tuvimos varios encuentros en eventos de
comunicación en México y en Colombia, pero desde mediados de la década pasada
Jesús ya no quería viajar sin Elvira, y declinó muchísimas invitaciones que le
hicieron quienes además de conocer su obra, querían escucharlo de manera
presencial, sin mediaciones tecnológicas como las que ahora son
(ineluctablemente) necesarias.
El arte de preguntar
Toda la obra de Martín Barbero está permeada
de una idea fundamental: saber hacer preguntas, interrogarse e interrogar a
otros. Si los investigadores universitarios de hoy, que los hay por miles en
las torres de marfil, supieran formular preguntas, tendríamos muchos más
aportes originales como los que nos dejaron aquellas generaciones de pensadores
de la comunicación de las décadas de 1970, 1980 y 1990. Parece que el nuevo
siglo se caracterizara más por la cantidad que por la calidad de las
propuestas.

Jesús Martín-Barbero (que los gringos nombran
“Barbero” igual que le dicen “Márquez” a García Márquez), escribió su libro más
conocido a pulso, con tres tintas: negra para los párrafos informativos, verde
para los planteamientos metodológicos, y roja para “las peleas”, como él mismo
decía. Esos párrafos en tinta roja eran los que él sabía que podían provocar
debate, y por lo tanto eran los más apreciados, porque a Jesús le gustaba
debatir. Debatía con los demás y consigo mismo. Escribió “De los medios a las
mediaciones” debatiendo con lecturas de Adorno o de Benjamin, y muchos otros a
los que podía cuestionar cuando filtraba sus escritos y afirmaciones a través
de la realidad latinoamericana, ese continente que adoptó dejando atrás su
lejana Ávila, donde nació.

El libro surgió como una necesidad íntima a
partir del impulso de estudiar “la estética de los medios”. Esto coincidió con
un feliz cambio en su carrera académica en Cali, cuando el filósofo pasó de
enseñar semiótica a enseñar estética. Allí surgió la pregunta que los haría
investigar y escribir algo revolucionario: “¿con qué estética mira la gente a
los medios?” La sensibilidad del que mira, del que percibe, del que se enfrenta
a una obra, asumía de pronto una importancia que le había sido negada: el
sujeto era más importante que el objeto, y los procesos de interlocución con
los medios (las mediaciones) definían más que los contenidos aislados.
Tan importante como la escritura del libro,
que se prolongó durante ocho años (1977-1985), fueron las lecturas diversas y
abundantes que Martín-Barbero desmenuzó para desentrañar conceptos relacionados
con “lo masivo y lo popular”, que en principio parecía una contradicción de
términos. El título inicial de la obra, “Imaginario popular e industria
cultural”, no fue aceptado por Miquel de Moragas que dirigía la colección de la
Editorial Gustavo Gili. El libro ganó
con el título con el que finalmente fue publicado.
El lector de Martín-Barbero se siente
inteligente. El autor no trata de enredarlo en palabras rebuscadas ni
acomplejarlo con el peso de su conocimiento, sino que comparte sus hallazgos de
manera clara y desenvuelta, algo que encontramos también en los ensayos de
Octavio Paz y de Juan Villoro, entre otros. En lugar de cubrirse las espaldas
escupiendo citas de autores, como hacen los principiantes, Martín Barbero
procesa sus lecturas, las mastica y saborea lentamente, luego las cuestiona,
las revisa, las contradice si es necesario para generar una idea renovada.
En su trabajo de investigador el “proceso” es
fundamental, porque significa llevar adelante el diálogo con otros autores de
manera ininterrumpida. Eso hace un intelectual que piensa por sí mismo y no se
arrellana en la comodidad del pensamiento de otros que lo precedieron. El
desafío es ir más lejos, no repetir lo que ya está dicho, porque nada está
escrito en piedra, nada es definitivo, el cuestionamiento permanente es lo que
hace avanzar el pensamiento.

Quizás por su formación de filósofo, Jesús
quería “pelearse” con todo, y lo hacía apasionadamente, con una vehemencia en
la que entraba en juego el lenguaje corporal. Agitaba los brazos y levantaba la
voz histriónicamente, como si estuviera debatiendo asuntos de vida o muerte.
Sobre el escritorio de su estudio de trabajo había siempre revistas y
periódicos que subrayaba para destacar alguna frase o párrafo que había llamado
la atención. Una frase podía dar pie a una digresión enriquecedora sobre la
política de Colombia o del mundo, sobre la comunicación o sobre el arte.
Su gran habilidad era establecer relaciones,
era como un ejercicio intelectual que realizaba cotidianamente para mantenerse
en forma. Bastaba que uno le diera dos temas aparentemente inconexos, para que
Jesús indagara en las posibles relaciones de los objetos y sujetos. Trátese de
Teodoro Adorno, de la literatura de cordel, de los pasillos de Benjamin o la
música de Calle 13, Martín-Barbero podía tejer un entramado de relaciones que
no se basaban solo en la lógica filosófica sino en la creatividad artística.

Por ello asistir a sus conferencias era tan
estimulante. Lo conocí en una de ella, probablemente en Medellín, y tal como
sucedió aquella primera vez, siempre lo vi desarrollando su pensamiento “en
vivo” con la misma pasión, mientras se hacía preguntas y se respondía a sí
mismo. Jesús empezaba al trote y terminaba al galope sus conferencias. Ya no
escribía textos, de ahí que muchos de los ensayos que publicaba eran el
resultado de la transcripción de las conferencias que ofrecía. Digo que
empezaba “al trote” porque necesitaba cierto tiempo de calentamiento, mientras
analizaba los objetos de su disertación y los convertía en procesos vivos. Y
eso le permitía adquirir velocidad y certeza en la expresión de sus ideas,
hasta terminar “al galope” su conferencia con alguna frase memorable que
acababa de crear.
Martín-Barbero no dejó de estar al tanto de
los movimientos de los jóvenes y de las novedades tecnológicas, tratando de
explicarlas y de analizarlas de manera crítica, sin caer en la fascinación que
producen las nuevas tecnologías. En “Reconfiguraciones comunicativas de lo público”
(Análisis, 26. Barcelona, 2001), habló de esto: “Estamos ante la más tramposa
de las idealizaciones, ya que en su celebración de la inmediatez y la
transparencia de las redes cibernéticas lo que se está minando son los
fundamentos mismos de ‘lo público’, esto es, los procesos de deliberación y de
critica, al mismo tiempo que se crea la ilusión de un proceso sin interpretación
ni jerarquía, se fortalece la creencia de que el individuo puede comunicarse
prescindiendo de toda mediación social, y se acrecienta la desconfianza hacia
cualquier figura de delegación y representación”.

En 2017 se cumplieron 30 años de la primera
edición de “De los medios a las mediaciones”. Numerosos homenajes se
organizaron por el mundo, y tuve la oportunidad de contribuir en dos
publicaciones especiales celebratorias de aquel acontecimiento. Por una parte,
el número especial de la Revista de la Cátedra Libre Marcelo Quiroga Santa Cruz
(Año 4, No. 4, noviembre 2017) que dirige con mucho acierto Mirko Orgaz en la
Universidad Mayor de San Andrés (La Paz, Bolivia). Por otra, algo similar que
publicó poco después el Instituto de Comunicación de la Universidad Autónoma de
Barcelona (InCom-UAB, N.14) bajo la coordinación de Miquel de Moragas, José
Luis Terrones y Omar Rincón.
En aquella ocasión escribí: “El libro termina
en seco al borde de un abismo, el abismo de las preguntas, como una novela
interrumpida, que carece de desenlace o un ensayo sin conclusiones. Ahí radica
su mayor provocación, en su naturaleza de texto sin respuestas. Si mantiene
vigencia hasta hoy es precisamente porque se empaña el espejo de las respuestas
y se empeña en pulir el cristal de las preguntas”.
Dejaré la poesía de Jesús para otro texto, ya
que no es ajena al proceso evolutivo de su pensamiento y de su vida consecuente.
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Una cosa es la visión correcta y otra cosa es la visión
verdadera,
una cuestión que hace temblar el espíritu al cuestionarlo
sobre lo que entiende por esencia.
—Jesús Martín Barbero