11 mayo 2017

Bastenier, maestro tuitero

Me sorprendió la muerte de Miguel Ángel Bastenier el viernes 28 de abril porque hasta el día anterior publicó sus tuits. Era un tuitero perseverante, todos los días producía una decena, a veces más cuando polemizaba sobre algún tema.

Bastenier mantuvo a lo largo de su vida una amistad especial con algunos bolivianos, muy especialmente con mi primo Juan Carlos Gumucio, corresponsal de guerra en Líbano y en Irán, de quien se consideraba “amigo íntimo”, según me confió en uno de nuestros intercambios de tuits privados.

Cuando murió, Bastenier publicó un bello obituario en El País: “Me lo había dicho con la más absoluta convicción: acabaré como un perro, solo, abandonado por todos (…) Juan Carlos Gumucio había cumplido 52 años, su manera de ser boliviano comprendía la humanidad entera y en ella hallaba espaciosa cabida lo español”. Más adelante decía: “Era un hombretón generoso, que nunca tuvo nada porque lo regalaba todo, consiguiendo, por añadidura, que uno no sintiera -no puedo pensar que exista mayor delicadeza- que le estaba haciendo un favor.”

Con periodistas de El País
Tuvo una larga carrera de periodista en El País, en él desempeñó los cargos de subdirector de Información y subdirector de Relaciones Internacionales.
Paralelamente ejerció de profesor de periodismo internacional en la Escuela de Periodismo del diario y fue profesor en la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano de Cartagena de Indias: “Parte del año en Cartagena y Bogotá, pero hasta junio estaré en Madrid, donde los restaurantes son, como sabes, insuperables”, me decía en uno de los últimos intercambios.



“Nunca he visto a nadie —a nadie, con alguna excepción— que tuviera más pulsaciones a la máquina que Miguel Ángel Bastenier; pocas veces he visto (diría que ninguna) a nadie hacer crucigramas con la velocidad que tiene Bastenier en esa tarea de alta precisión; de nada he visto a hablar a nadie con tanta rapidez, y con tanto conocimiento de causa, como a este hombre que, además, puede hablar como un nativo francés, francés con acento belga, inglés, inglés con acento norteamericano”, escribió Juan Cruz en El País.

Bastenier descubrió su vocación de tuitero como instrumento para educar a la nueva generación de periodistas en todo el mundo, desde su computadora.

Sus breves textos estaban cargados de enseñanzas. Su intención al escribirlos era transmitir en pocas palabras su larga experiencia como periodista. Las frases de sus tuits eran siempre completas y contundentes. Detestaba los tuits mal escritos, que deforman el lenguaje para calzar alguna idea en 140 caracteres. Él podría expresar las suyas perfectamente en unas pocas palabras. Se convirtió en un maestro en ello, aunque por cuestiones generacionales no le hubiera correspondido.

Combinaba en sus tuits una ética intransigente y una estética de la expresión, que lo llevaba a rechazar cualquier distorsión del lenguaje, de esas que son tan típicas en las redes virtuales con el argumento pedestre de ahorrar caracteres: “Ké tu aze”, por ejemplo. Era implacable contra los barbarismos, las faltas ortográficas y las palabras mal usadas por los propios colegas periodistas.

Bastenier con García Márquez
Seguía de cerca y con genuina pasión los acontecimientos en todo el mundo y solía tuitear compulsivamente sobre aquellos que más le interesaban. No carecía de posición política, pero la expresaba con elegancia.  En la primera vuelta de las elecciones francesas, lanzó un tuit que resumía su perspectiva: “Macron el oportunismo; Le Pen el hastío, Fillon el descreimiento; Mélenchon la fe”.

Escribía comentarios tan certeros como equilibrados. No se excedía con adjetivos ni expresaba emociones. Yo solía guardar los mejores: “Leer periódicos de joven es una educación y visión del mundo”, “La juventud ya no lee periódicos pero ¿para qué se matriculan en periodismo?”, “Las redes, como sabe cualquier periodista, no son fuentes sino solo medios de transporte. Por sí mismas no garantizan nada”, “!Ay que me he despistado y he ido hoy a trabajar dejándome la ética periodística en casa! Vuelvo de inmediato a recogerla.”

Cuando retuiteaba ayudaba a entender mejor un mal tuit o un tuit limitado, aumentándole un par de palabras orientadoras para complementar la información y orientar al lector.

Bastenier, fotografiado por José Ramón
Pocos días antes de su muerte rectificaba así a algún improvisado periodista: “‘Acid test’, traducido como la desfachatez de 'prueba ácida'”. Para expresar mejor su indignación añadió cinco minutos después: “Traducir 'acid test' como 'prueba ácida' no es solo analfabetismo sino un desprecio a la propia cultura.” Y cuando le consultaron cómo debía decirse en castellano respondió: “Hay varias, pero una obvia es 'la hora de la verdad', o 'el momento decisivo'”.  Ya era el momento decisivo que él estaba viviendo entonces, pero quienes lo leíamos asiduamente no lo sabíamos.

El 25 de abril despidió con estas palabras a Joaquín Prieto, un colega que acababa de fallecer: “Sabíamos que era el final. Gran periodista y mejor compañero”.

Quizás Bastenier no era consciente aún de que su propio fin estaba ya muy cerca, a apenas 36 horas.
___________________________________________   
El tuit es como el breve del breve, el torrefacto completo,
claro y sencillo, de lo que queremos decir.
—Miguel Ángel Bastenier


07 mayo 2017

Línea y nivel (en cintura)

Curiosa ciudad 'maravillosa' y caótica. Nadie respeta las normas que existen y no hay autoridad capaz de hacerlas respetar. Pero la decimos bella, sorprendente, magnífica…

Nuestra ciudad está en un proceso de metástasis, es un cáncer que se extiende sobre las laderas, donde cada quien avasalla terrenos y construye casas y edificios como le da la gana, sin dejar un centímetro de espacio entre las construcciones y desafiando las leyes de gravedad con el delicado equilibrio de los ladrillos mal colocados.

La única ‘norma’ de facto es el ladrillo visto, pero no uno decorativo como el de los hermosos edificios de Bogotá, sino un ladrillo de seis huecos que pide a gritos que lo cubran con revoque y pintura, pero la gente no lo hace para no pagar impuestos.  La trampa, siempre la trampa en nuestra sociedad tramposa.

El ‘estilo’ arquitectónico de El Alto se impone cada vez más, y no me refiero a los llamados ‘cholets’ que exhiben los nuevos ricos con su mezcla china-andina, sino a cualquier construcción que a partir del segundo nivel extiende su superficie sobre el ancho de la acera, algo que debería estar prohibido, si no lo está ya.

Después, cuando los deslizamientos se llevan esas construcciones precarias, todo el mundo lloriquea y el gobierno municipal tiene que invertir en las víctimas para salvarlas.  Víctimas, en muchos casos (no en todos) de su propio accionar ilegal y trucho.

Basta tomar el teleférico de la línea roja, amarilla o verde para constatar cómo está construida (y destruida) esta ciudad. Bastaría que inspectores de la municipalidad tomaran el teleférico, para sacar fotografías de edificaciones que violan todas las normas habidas y por haber, y chantar las multas correspondientes. Pero los municipios no tienen capacidad de controlar la ilegalidad y hay mucha corrupción. Se necesitan inspectores incorruptibles, pero en estas épocas sin ética, eso no es fácil.

En El Alto la mitad de los propietarios de inmuebles no paga los impuestos que debe cancelar,  según declaraciones de la propia directora de Asesoría Jurídica y Cobranza Coactiva de la Alcaldía. Supongo que en La Paz sucede lo mismo.

El boom de la construcción es un fenómeno que involucra mucho dinero, y en muchos casos dinero mal habido a través del contrabando o del narcotráfico. Nada mejor que ‘blanquear’ dólares sucios comprando casas, departamentos y autos. Es cada vez más frecuente que alguna gente adquiera departamentos con maletas llenas de dinero en efectivo, sin pasar por el sistema bancario. Hay países donde está estrictamente prohibido pagar en efectivo más de 10 mil US$.

Las nuevas construcciones avasallan el espacio público, porque ponen cercas de calamina que invaden las aceras y bloquean el paso de peatones dejando piedras, ladrillos, fierro y otros materiales en la propia calle. ¿No hay normas para esto? ¿Por qué no interviene la alcaldía?

Tampoco se respeta la altura que deben tener los edificios de acuerdo a las calles donde se construyen. Siempre la trampa de ganarle uno o dos pisos más, con el aval de algún inspector corrupto. Se construyen edificios sin parqueos suficientes, de modo que los automóviles estacionan en las calles, en lugares prohibidos o incluso sobre las aceras. La lista de distorsiones es larga porque los constructores quieren maximizar el uso del espacio sin importarles las consecuencias y sin sentido de estética.

Esperemos que todo eso acabe con la nueva Ley 233 de Fiscalización Técnica Territorial que entró en vigencia a principios de abril, una normativa que complementa la Ley Municipal de Uso de Suelos de 2012. Se supone que ahora el Gobierno Municipal será estricto y castigará como se debe a los que violan las normas. 

Los ciudadanos quisiéramos colaborar con el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz (GAMLP) denunciando los abusos que vemos día a día, pero la Alcaldía lamentablemente no tiene un buen sistema de admisión de denuncias ciudadanas. Uno no sabe a quién llamar o escribir, falta un mecanismo eficiente y bien promocionado para que podamos plantear las denuncias sin pasar por esos formularios burocráticos de internet que lo único que hacen es desanimar al usuario. 

La única manera de lograrlo es aplicando multas drásticas y parando construcciones que no cumplan con las normas. Castigo a arquitectos y a constructores irresponsables. Es hora de poner en cintura a los violadores de la ciudad.
________________________________________ 
La ciudad se está desmoronando,
no puede durar mucho más; su tiempo ha pasado.
Es demasiado vieja...
—Le Corbusier