10 julio 2014

Nos visita Jorgenrique

Parece increíble que ya hayan pasado cinco años desde que el 29 de junio de 2009, el día de su cumpleaños, decidió irse Jorge Enrique Adoum, o Jorgenrique (como firmaba en los últimos tiempos), o JEA (para diferenciarlo de JEFA, su padre), o el turquito como lo llaman cariñosamente Alejandra, su hija, y algunos amigos. Cinco años en los que a pesar de su salida silenciosa, ha estado muy presente entre los que lo queríamos, entre su gente en Ecuador y entre los lectores de poesía del mundo.

Por suerte nos dejó tantísimo. Su poesía para empezar y terminar, pero en medio de ella todo lo que fue como persona, como actor de hechos históricos y como amigo de sus amigos, que fueron una legión sin fronteras.

Juan Gelman y Jorge Enrique Adoum
En días pasados Alejandra compartió conmigo unas fotos donde junto a JEA aparecen en diferentes lugares del mundo Neruda (de quien fue secretario), Benedetti, Cortázar, Vargas Llosa, Carpentier, Galeano, Cardenal, Rulfo… tantos otros y por supuesto Guayasamín, su amigazo en vida y más allá de la muerte: las cenizas de ambos reposan lado a lado en vasijas de barro para hacer honor a la hermosa canción compuesta para Oswaldo por el propio JEA junto a Jorge Carrera Andrade, Hugo Alemán y Jaime Valencia, y la música de Gonzalo Benítez Gómez y Luis Alberto Valencia. Escuchar la versión original de esa canción mientras leemos el poema es un privilegio. 

Afortunadamente Pocho Álvarez realizó en 2007 con el propio Jorgenrique y con Alejandra un hermoso film documental, un largometraje de dos horas que muestra al enorme poeta ecuatoriano en plenitud de lucidez y memoria apenas dos años antes de su partida. Vuelvo a ver el film con alegría, porque hace vivir de nuevo una y otra vez la vida de JEA, su pensamiento y su poesía.

En estos días le rinden homenajes en Ecuador y vuelven a surgir sus imágenes, sus poemas y sus anécdotas que engrandecen su memoria. Sus amigos lo recuerdan ahora y leen sus poemas y ofrecen testimonios en el Cafélibro, mismo café donde durante un año, el último martes de cada mes, Jorgenrique leía y honraba con su voz a Vinicius de Moraes, a Yannis Ritsos, a Jacques Prévert, a Maiakovski, a Rilke, a Paul Valéry, o a Nazim Hikmet. “Era la locura –me cuenta Alejandra. En alguna ocasión tuvieron que poner parlantes hacia la calle porque el sitio no daba abasto.” 

No siempre han honrado en su propio país a Jorgenrique como se debe. A veces priman las mezquindades y los mediocres trepan la escalera de los poderes efímeros para evitar en lo alto la sombra de los grandes. Sucedió este mismo año, en febrero, cuando Ecuador fue el país invitado de honor a la XXIII Feria Internacional del Libro de La Habana, en Cuba. Resulta que Jorgenrique Adoum, el gran poeta, el mayor escritor de ese país, no figuró en el programa, a pesar de la inmensidad de su obra y a pesar de su estrecha amistad con la revolución cubana.

Los amigos se indignaron, y Pocho Álvarez escribió una protesta tan indignada como bella de la que rescato un párrafo: “Inexplicablemente en la memoria del programa del país honrado con la invitación, el poeta de Cuadernos de la Tierra, el autor de De cerca y de memoria, libro publicado por primera vez en 2002  por Editorial Arte y Literatura del Instituto Cubano del Libro y presentado en la Feria del Libro de Cuba de 2003, dedicada a la Comunidad Andina de Naciones y al poeta cubano Pablo Armando Fernández, ha sido olvidado por la memoria oficial de este Ecuador Amargo… Ni una sola mención ni un solo recuerdo a este entrañable y fiel amigo de Cuba y sus utopías”.

Alejandra y el Turquito
A Jorgenrique Adoum me llevan varios senderos que sería largo explicar aquí, pero puedo dar algunas pistas. Nos conocimos 40 años atrás en París, cuando él trabajaba en la Unesco y me lo presentó otro amigo poeta, el español Luis López Álvarez que dirigía la revista “Desquicio”, pequeña y hermosa. Luego, una elipse grande, de varias décadas, hasta que Mario Monteforte Toledo, mi querido amigo y escritor guatemalteco me conminó a visitar a Alejandra Adoum y a Jorgenrique cuando pasara por Quito. Así hice y de alguna manera y nunca más me fui completamente de ese edificio en la avenida Colón de Quito, donde en un piso vivía Alejandra y en otro Nicole y Jorgenrique.

Jorge Enrique y Nicole
La última vez que nos vimos en Quito fue a fines de enero del 2009, cinco meses antes de su partida. Como escribí ese año, lo encontré en buena salud, pero flaquito, le sobraba tela por todas partes. Arrellanado en un sillón de su departamento, con un vodka en una mano y un puro en la otra, seguía las conversaciones de Nicole, Alejandra y François Rochaix con una sonrisa que podía indicar que se sentía a gusto, o que su memoria se lo había llevado de regreso a quién sabe qué lugares donde sólo él tenía acceso.

Y dos años después se fue Nicole, por la misma puerta, también sin aspavientos. A ella pude verla varias veces más después de la partida de JEA, y por supuesto a Alejandra, que mantiene la vela encendida y el mástil con las velas al viento de esta amistad que es a la vez una red de amistades generosas.  

Cada vez que uno lee los versos de Jorgenrique Adoum crece el poeta y crece su poesía. Despliega alas, se eleva, eleva a los lectores en un viaje travieso por el lenguaje, donde el ingenio de las palabras es tan importante como el derrame del sentimiento. También crece uno mismo, porque la poesía es para eso.

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todo ha sido tan súbito tan corto
que aún me sobra amor y no sé dónde ponerlo
—Jorgenrique Adoum


05 julio 2014

Boni Grande y Boni Chico

Conocí a Bonifacio Barrientos Iyambae, el Capitán Grande y “Sombra Grande” de los guaraníes del Izozog, en 1979 y 1980 durante las visitas que hice a su comunidad, donde era el líder absoluto, respetado y querido por todos. Allí también conocí a su hijo, el Boni Chico, quien sustituyó a su padre en el liderazgo y de cuya muerte me acabo de enterar casualmente a través de varios artículos de prensa. 

Boni Chico
Al Boni Chico lo encontraron muerto el sábado 7 de junio en un terreno baldío y fue trasladado como “cadáver no identificado” a la morgue del hospital San Juan de Dios en Santa Cruz de la Sierra. “Solo cinco días después fue identificado por sus familiares, que lo buscaban desde el fin de semana, ya que no había regresado a su casa, de la que salió el viernes 6”, leo en un artículo de Maggy Talavera.

Qué triste muerte para el Boni Chico. Doble muerte, porque a la muerte de su cuerpo se suma la muerte de la memoria de quienes no saben, no se acuerdan o no quieren saber ni acordarse de quién era. 

Lo primero que llama la atención es la indiferencia de las autoridades nacionales tan ocupadas en las sonrisas calculadas de sus apariciones públicas y tan esmerados en los cálculos cínicos de la propaganda electoral. Mientras unos y otros se afanan en  establecer frágiles alianzas y en comprar voluntades, han relegado en el olvido al fallecido dirigente guaraní y al hacerlo le han dado la espalda a todos aquellos dirigentes de una gran integridad ética y moral, que vivieron toda su vida de adultos dedicados a su gente, sin aspavientos, sin demagogia, sin reclamar cargos políticos, sin pedir tajadas de poder o de dinero.

Roberto Ibargüen Chávez escribió el 14 de junio en el Semanario Aquí sobre los méritos de Boni Chico como Capitán Grande. Señaló que “desde una perspectiva occidental” los grandes aportes del Capitán Grande habían sido: la consolidación del territorio del Izozog como Tierras Comunitarias de Origen, la creación del parque nacional Kaa-Iya y la coadministración del mismo por la Capitanía del Izozog, y gracias a ello la obtención de recursos  económicos para obras de infraestructura con enfoque intercultural y administración compartida. Señala, además, otros méritos desde la perspectiva indígena, relacionados con la capacidad que tuvo Boni Chico para mantener durante tres décadas la frágil unidad de las comunidades que son parte de la Capitanía Grande, “para lo cual hay que tener mucho más que simple astucia” subraya Ibargüen Chávez.

Desde el establecimiento de la república los guaraníes han tenido que lidiar con la represión, el aislamiento político y los gobiernos (incluido el actual) para salvar y mantener su autonomía y preservar las relaciones sociales y políticas tradicionales en el seno de la Capitanía General y la unidad del pueblo guaraní más allá de las fronteras de Bolivia, en Paraguay, Brasil y Argentina. Uno de los logros fue la formación de la Central de Pueblos Étnicos de Santa Cruz (CPESC).

La actitud consecuente y el ejemplo cotidiano de los guaraníes y sus dirigentes permitió que quienes nos aproximamos a ellos en diferentes etapas de sus vidas y de las nuestras, entendiéramos más sobre su cultura y sus valores, y aprendiéramos no solamente a respetarlos, sino a cuestionar nuestros propios valores al contrastarlos con la filosofía de la naturaleza y de la convivencia de los guaraníes.

El Capitán Grande Bonifacio Barrientos y a su izquierda el Boni Chico, en 1979
Fue con el apoyo del Capitán Grande que el 3 de octubre de 1982, hace 32 años, los pueblos indígenas de las tierras bajas fundaron la Coordinadora Indígena del Oriente Boliviano (Cidob), movimiento indígena que poco a poco fue acogiendo a los grupos guaraní, ayoreo y chiquitano, entre otros. En el año 1990 la CIDOB organizó la primera marcha indígena desde Beni hasta la ciudad de La Paz que reveló al país la presencia viva y el valor cultural de los pueblos indígenas de las tierras bajas, ignorados y vilipendiados hoy por muchos dirigentes indígenas del altiplano, a pesar de que en 1990 parecían unidos. La politiquería y el oportunismo fue separando en años recientes a los indígenas andinos de los de las tierra bajas orientales, como puso en evidencia el TIPNIS.

Durante décadas los dirigentes del Izozog y de otros territorios guaraníes tuvieron que convertirse en hábiles negociadores de cara al Estado y a otros actores que actuaban en su territorio. Uno de esos actores, durante mucho tiempo, ha sido el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), donde yo trabajé a fines de la década de 1970. Fue gracias a CIPCA que pude conocer un poquito del mundo guaraní y de interactuar personalmente con el Capitán Grande Bonifacio Barrientos Iyambae (fallecido en 1986) y con el Boni Chico.

Bonifacio Barrientos, Capitán Grande
En mayo de 1979, en uno de los viajes al Izozog, filmé el documental Comunidades de trabajo donde evidentemente el Capitán Grande era el personaje central.  Recuerdo el enorme respeto que inspiraba, su sabiduría, su manera pausada de hablar sin exaltarse. Boni Chico estaba siempre a su lado, también con sombrero, tomando notas y apoyando a su padre en lo que fuera.

Años más tarde cuando presenté en La Paz y en Cochabamba mi exposición de fotografía “Retrato Hablado” (1990) decidí incluir al Capitán Grande entre los artistas, escritores, políticos y otras personalidades. En la foto aparece austero, con un bastón entre las manos y los cordones de las botas sin amarrar.  Junto a la foto, como era la característica de la exposición, incluí un breve texto:

“Bonifacio Barrientos, Capitán Grande de los guaraníes del Izozog, caminó desde Charagua hasta La Paz para pedir al Presidente Hernando Siles los títulos de propiedad colectiva de la tierra para las comunidades del Izozog.  Hizo el camino tres veces hasta lograr su objetivo durante el periodo de Gualberto Villaroel.  Era un hombre sabio, supo llevar a su pueblo hacia la organización sin abandonar en el camino su cultura.  Tenía una gran familia, sus hermanos guaraníes para quienes plantó las semillas de una vida más digna.  Su título tradicional de Capitán nada tiene que ver con la imagen de la prepotencia militar.  El Capitán Grande era sobre todo grande en su humanidad y en su sabiduría.  Su gente lo llamaba padre, rey y también sin dueño, porque era valiente ante los patrones y los presidentes”.

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La libertad no puede ser fecunda para los pueblos
que tienen la frente manchada de sangre.
—José Martí


28 junio 2014

Así nos ven, así nos vemos

Hace un año me encontré con Homero Carvalho en la feria Internacional del Libro en La Paz y muy rápidamente, al pasar, me contó que había escogido mi poema “Test” para una antología de literatura sobre Bolivia. Olvidé el asunto hasta que pocos días atrás supe que Homero acababa de publicar Bolivia en el sello Editorial 3600 que dirige Marcel Ramírez, con el apoyo de la Fundación Simón I. Patiño que tuvo la buena iniciativa de comprar por adelantado la mitad de la edición.

El libro se presentó primero en Santa Cruz y en La Paz el pasado 25 de junio, en el Espacio Patiño, en presencia de algunos de los autores seleccionados por Homero: Jorge Campero, Humberto Quino, Lupe Cajías, Gonzalo Mendieta y Ramón Rocha Monroy, quien hizo la presentación de la antología en su jocoso estilo habitual .

En 300 páginas Homero recogió poemas, cuentos y artículos de 55 autores, 36 bolivianos (entre los que yo incluyo a Cingolani) y 19 extranjeros. De los bolivianos, 16 nos esperan ya al otro lado del espejo de la vida y entre los extranjeros siete todavía son de este mundo.

Ramón Rocha Monroy y Homero Carvalho
Antologías hay muchas, pero esta tiene algo especial en esa mezcla arbitraria pero no menos interesante de autores y de géneros, unidos todos por el hecho de haber escrito específicamente sobre Bolivia. Muchos autores citaron a Bolivia en sus obras pero sus textos no aparecen en la antología de Homero, aunque se mencionan en el prólogo que escribió o en los artículos de Cingolani, Lupe Cajías y otros. Entre ellos los ilustres Julio Verne, James Joyce, Herman Melville, Paul Theroux, Henri Michaux, William Burroughs, León Felipe, Jean-Edern Hallier… entre otros.

Ni qué decir de los viajeros y aventureros, científicos y exploradores, aquellos que dejaron bellas páginas sobre Bolivia desde antes que el país se llamara así.  De los textos de esos viajeros ha dado cuenta in extenso mi primo Mariano Baptista Gumucio en nueve deliciosos volúmenes, uno sobre cada departamento del país, a los que alude Homero Carvalho en su prólogo, para explicar que esa parte ya estaba cubierta.

Quizás lo menos acertado es el título de la antología, al menos aquel que aparece solitario en la tapa, reducido solamente a una palabra: “Bolivia”, mientras que en la portadilla interior leemos “Tu voz habla en el viento”, un verso de Raúl Otero Reiche que hubiera dado realce poético al título.

De todos modos, lo que más me interesó de esta antología es la presencia de autores extranjeros con textos sobre Bolivia, algunos que conocíamos pero sin saber que tenían relación con Bolivia, como es el caso de “La vaca” el cuento del guatemalteco Augusto Monterroso, donde Bolivia no se menciona para nada pero según informa el antologador, fue escrito durante un viaje en tren entre La Paz y Oruro cuando Monterroso cumplía funciones consulares en nuestro país el año 1956.

Del premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, que vivió una parte de su juventud en Cochabamba, la antología de Homero Carvalho recoge dos artículos: “Italia no es Bolivia” y “Bolivia”. De otro Nobel de Literatura, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, que visitó La Paz luego de la Revolución de 1952, incluye el poema “Meditación frente al lago Titicaca”.

También Pablo Neruda, otro premio Nobel, escribió un poema-crónica sobre Bolivia, donde alude a un episodio que tuvo lugar cien años antes de la guerrilla del Ché, durante la dictadura del General Mariano Melgarejo. El poema “Melgarejo” vale para ese dictador y cualquier otro: “Bolivia muere en sus paredes / como una flor enrarecida: / se encaraman en sus monturas / los generales derrotados / y rompen el cielo a pistolazos.” A la muerte de Neruda circuló su poema “Las satrapías” en el que alude a otro dictador boliviano, Hugo Bánzer, considerado el último poema que escribió antes de morir.

El poema del cubano Nicolás Guillén, sonoro y galopante como muchos de los suyos, también alude a la política boliviana. “Guitarra en duelo mayor” le habla al soldado boliviano que combatió al Ché Guevara sin saber siquiera quién era: “Él fue tu mejor amigo, / soldadito boliviano”.

Del nicaragüense Rubén Darío figura el soneto “A Bolivia”, cuyo primer cuarteto es curioso: “En los días de azul de mi dorada infancia / yo solía pensar en Francia y en Bolivia; / en Francia hallaba néctar que la nostalgia alivia, / y en Bolivia encontraba una arcaica fragancia.

Pero más extraños son los versos del estadounidense Allen Ginsberg, prominente representante de la generación beat, en los que se refiere abiertamente a su homosexualidad pasiva. “Esfínter” es extraño por su título  y por los primeros versos que aluden a Bolivia: “Espero que mi viejo, que mi buen ojo de culo resista / En 60 años no se ha portado nada mal / Aunque en Bolivia una operación de fisura / Sobrevivió al hospital del altiplano”. Sobre ese viaje intenso (en drogas, alcohol y sexo) que hizo a Bolivia y Perú en 1960 escribió un interesante artículo el peruano Pedro Casusol, recordando que Ginsberg llegó al Perú cruzando el río Desaguadero con unas botas de minero boliviano que “le incomodaban y le sacaban ampollas”.

Del peruano Manuel Scorza, que murió en Madrid el 27 de noviembre de 1983 en un accidente aéreo en el que también fallecieron los intelectuales Ángel Rama, Marta Traba, Jorge Ibargüengoitia y Ernesto Sabater, la antología recoge “Canto a los mineros de Bolivia” donde dice: “Yo fui a Bolivia en el otoño del tiempo. / Pregunté por la Felicidad. / No respondió nadie. / Pregunté por la Alegría. / No respondió nadie.” Cruel, como un espejo. 

William Ospina, colombiano como su apellido indica, tan buen novelista como poeta, escribió “Bolivia”, del que me gustaron estos dos versos escritos frente al Titicaca: “Y el país dará forma a tierras íntimas / que debes inventar con el barro de tu alma.

Ramón Rocha, Homero Carvalho, Jorge Campero,
Benjamín Chávez y Alfonso Gumucio --- © 
foto Tony Suarez
Los relatos y cuentos de Mario Benedetti (“Un boliviano con salida al mar”), Juan Bosch (“El indio Manuel Sicuri”), Jorge Guzmán (“El capanga”) y Luis Sepúlveda (“El campeón”), y los artículos de José María Arguedas (“Una isla de humana hermosura”), Vicente Huidobro (“Un puerto para Bolivia”), y Miguel Sánchez-Ostiz (“Una atracción engañosa”), dicen mucho de cómo nos ven escritores de Uruguay, República Dominicana, Chile, Perú y España. 

Bolivianos y extranjeros, así nos vemos y así nos ven. ¿Qué dice más y mejor sobre Bolivia: la poesía, el relato o el ensayo? Esta antología es como un adelanto de lo mucho que podría encontrarse sobre Bolivia en la literatura. Por supuesto que también hay mucho sobre otros países, cada país podría hacer su antología para mirarse en el espejo. Todo lo que nos permita ver lo que somos nos interesa.
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Este país tan solo en su agonía,
tan desnudo en su altura,
tan sufrido en su sueño,
doliéndole el pasado en cada herida.

—Gonzalo Vásquez Méndez

22 junio 2014

Ciudades amigables

Toda comparación es odiosa, como leemos en El Quijote, pero a veces no hay otra manera de entender las cosas. Las distancias en la calidad de vida en las ciudades donde me ha tocado vivir o permanecer durante algún tiempo me obliga a hacer odiosas comparaciones. En días pasados, mis breves regresos a Milán, a París y a México me han llevado a apreciar los cambios observados en esas ciudades a lo largo del tiempo, en comparación al deterioro que veo en la ciudad donde vivo, La Paz.

El proceso de urbanización en el mundo ha sido implacable a lo largo de las cinco últimas décadas. A mediados del siglo pasado la población mundial era mayormente rural pero hoy esas cifras se han revertido: somos más los que vivimos en zonas urbanas que en zonas rurales.

La saturación de las zonas urbanas es un cáncer que pocas ciudades pueden absorber. El rápido crecimiento de la población pone una enorme presión sobre la calidad de vida. En primer lugar hace falta espacio y eso se traduce peligrosamente en la extinción de áreas verdes que son los pulmones que toda ciudad necesita para respirar. El espacio se encarece, se forman cordones de miseria donde las reglas de convivencia son más difíciles, de ahí que vemos con frecuencia avasallamientos y conflictos sociales, además de desastres naturales (inundaciones, derrumbes).

La Paz, saturada de tráfico y basura
En ciudades que no estaban preparadas para duplicar su población en 20 o 30 años, los servicios colapsan. La basura se acumula en todas partes, las construcciones salvajes se multiplican, el tráfico y la contaminación se vuelven insoportables, la violencia aumenta, la delincuencia común se convierte en un problema de seguridad cotidiano. Las ciudades que no planifican ese crecimiento se afean, se convierten en espacios que no facilitan la convivencia y el intercambio.

Pienso en La Paz como la viví medio siglo atrás y la ciudad en la que vivo ahora, dilapidada, sucia, rota, saturada, ruidosa. Solo vista de lejitos, desde arriba, parece una ciudad interesante, pero al ras de las calles es lamentable. Cada vez que hago el itinerario desde el aeropuerto de El Alto (precario, el peor de Latinoamérica) hasta la zona sur de la “hoyada” pienso en la fealdad que nosotros mismos propiciamos con nuestros actos cotidianos porque no queremos a nuestra ciudad.  A veces, solo a veces, actuamos con respeto en el barrio que nos cobija, el resto no nos importa.

Otras ciudades son amigables a pesar de enfrentar problemas de crecimiento similares. Este itinerario reciente me hizo notar los esfuerzos que se hacen para que los ciudadanos se sientan parte de un proyecto de vida con calidad en lugar de sentirse parte de un destino inevitable de deterioro y violencia urbana.

Las ciudades que piensan en sus ciudadanos desarrollan servicios a la medida de sus necesidades, y los ciudadanos que quieren a sus ciudades actúan con responsabilidad para que las necesidades de la comunidad sean satisfechas.  Esas necesidades no son solamente las básicas: agua, saneamiento, electricidad, limpieza, tráfico vehicular… sino también las necesidades de esparcimiento, fundamentales para mejorar la calidad de vida y sobre todo la convivencia ciudadana.

Sistema EcoBici de Ciudad de México
Las ciudades que se quieren a sí mismas desarrollan formas alternativas de transporte público para beneficio de los ciudadanos y de una mayor calidad de vida comunitaria, como el sistema de bicicletas de préstamo o alquiler que permite retirar una bicicleta en una base, usarla durante algún tiempo y dejarla en otra base. Estos sistemas de muy bajo costo para el usuario cuentan con carriles especiales que protegen a los ciclistas de los automovilistas descuidados. México (EcoBici), Milán (BikeMi) y París (Vélib), las tres ciudades que visité en este último periplo, cuentan con ese sistema, así como otras cien ciudades de Europa y Norteamérica. Milán y París tienen también un sistema similar de préstamo de pequeños vehículos impulsados por baterías recargables.

Sistema EQ Sharing en Milán
La ciudad de Curitiba fue pionera en 1977 en el desarrollo de un sistema innovador de transporte colectivo, luego siguió Bogotá con el Transmilenio, sistema de buses articulados con paradas fijas y carril exclusivo, que luego otras ciudades adoptaron. México cuenta con este sistema (Metrobus) que ha contribuido a reducir la contaminación y agilizar el tráfico. También Santiago de Chile (Transantiago), Quito (Metrobús Q), Ciudad de Guatemala (Transurbano) y otras.  

Aunque no es lo mismo porque no cuenta con un carril exclusivo, el sistema de Puma Katari es un intento de ordenar el transporte urbano de La Paz. A esto se suma el teleférico de El Alto que tiene antecedentes importantes en ciudades como Medellín, donde contribuyó incluso a reducir la violencia y mejorar el comportamiento ciudadano gracias a una campaña educativa muy eficiente.

Belvedere en lo alto del parque Buttes-Chaumont, París
Los espacios públicos, plazas y parques, son fundamentales para la calidad de vida.  Hace pocos días llevé a mis nietas a uno de los parques más bellos de París, Buttes-Chaumont, en cuya superficie de 247.316 m² hay lagos, bosques, juegos para niños y un belvedere desde cuya altura se divisa una buena parte de la ciudad. México tiene en el Bosque de Chapultepec, en plena ciudad, uno de los ejemplos más extraordinarios de espacio público con ocho museos y monumentos, fuentes, lagos y bosques, un zoológico y un jardín botánico, espacios para practicar deportes, juegos para niños y mucho más en sus 678 hectáreas. 

Una ciudad es vivible cuando puede ser caminada sin riesgos. Caminar por París y Milán es un regalo, sobre todo a esta altura del año cuando la luz del día se extiende hasta las 10 de la noche. En eso México no es el mejor ejemplo, pero ha mejorado notablemente desde que viví allí en la década de 1980. 

El "bosco verticale" de Stefano Boeri en Milán
La nueva arquitectura de Milan me sorprendió porque toma en cuenta las necesidades del ciudadano de a pie, organizando trayectos en altura, por encima del flujo vehicular. Los dos edificios “bosco verticale” diseñados por Stefano Boeri en el barrio de Isola consisten en jardines verticales cuyas terrazas y balcones muestran cascadas de vegetación. En ciudades como New York se ha puesto de moda habilitar jardines en los techos de los edificios. La vegetación recupera las ciudades, las hace menos grises, más amigables.

Hay iniciativas que comienzan los ciudadanos y que se extienden como reguero de pólvora por el mundo. El compromiso ciudadano es esencial y con frecuencia precede e inspira las acciones de las autoridades.  A un artista de San Francisco se le ocurrió un día poner una moneda de 25 centavos en un parking de paga, y en lugar de estacionar un auto colocó una banca y un árbol. Ahí nació el Park(ing) Day que hoy es un evento mundial que se realiza en cerca de 200 ciudades en 35 países.

Promenade Plantée, en París
En París regresé ahora a un lugar que me gusta: la Promenade Plantée, un paseo de  4.7 kilómetros de largo y más de seis hectáreas de superficie, a diez metros de altura sobre las calles de la ciudad. El espacio verde fue creado en 1988 cuando se construyó la moderna Ópera de la Bastilla en el lugar donde antes existía una estación de trenes (y mucho antes la famosa fortaleza y prisión tomada por asalto el 14 de julio de 1789 durante la Revolución Francesa). ¿Qué hacer con esos kilómetros de vías férreas sin uso? Alguien tuvo la idea brillante de convertir las vías en un paseo lleno de plantas y de flores, que se prolonga hasta el boulevard periférico. Parisinos y visitantes pueden trotar o caminar en ese espacio seguro y agradable.

Este tipo de obras que devuelven al ciudadano los espacios públicos son alentadoras. Las antiguas estaciones de trenes se convierten en museos (como el de Orsay en París), las antiguas prisiones se convierten en archivos y bibliotecas (como Lecumberri en México), las antiguas fábricas se convierten en centros culturales comunitarios (como la Usina do Gasometro en Porto Alegre o el Tate Modern en Londres). Son algunos pocos ejemplos de obras que hacen las ciudades más vivibles y agradables.

La Ciudad de México cuenta con 120 museos, más que ninguna otra en el mundo, y Buenos Aires cerca de 140 teatros.  La calidad de vida se mide también por esas opciones culturales, por la posibilidad de acceder a manifestaciones que alimentan el espíritu. De la sobrevivencia urbana a la convivencia social hay un trecho enorme.

Por todo ello vivir en La Paz no es exactamente un privilegio. Esta ciudad no se quiere, sus ciudadanos no la quieren. A pesar de algunos esfuerzos aislados realizados por las administraciones municipales en obras de infraestructura, queda mucho por hacer para que nuestra ciudad sea vivible y amigable.

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Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad
que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.
Así la poesía no habrá cantado en vano.
—Pablo Neruda