22 febrero 2025

Achachi 95

(Publicado el miércoles 12 de febrero de 2024 en Brújula Digital, Público Bo y ANF) 

Este martes 11 de febrero del 2025 Luis Ramiro Beltrán Salmón habría cumplido 95 años de edad. Diez años atrás, meses antes de su muerte, solía bromear sobre su edad con sus amigos: “ya soy achachi 85”. Tomaba su vejez con buen humor y sabiduría. Qué casualidad que este lunes 10 de febrero recién pasado, la Real Academia Española eligió como “palabra del día” precisamente el bolivianismo achachi, “persona de avanzada edad”.      

Dibujo de Pepe Luque

A sus 85 años estaba bastante disminuido, los últimos tiempos se desplazaba con dificultad, más flaco que nunca, sus trajes le quedaban demasiado grandes y era una pelea cotidiana convencerlo para que se alimente. Su esposa Nohorita Olaya sobrellevaba con el infinito amor de siempre las nuevas obsesiones de Luis Ramiro, su temor por la inseguridad o su extrema preocupación por la limpieza. Cerraba con doble llave todas las puertas de su departamento cuando salía, aunque fuera por un par de horas, y se limpiaba las manos con alcohol repetidas veces durante el día. Esto, cinco años antes de la pandemia del coronavirus. Probablemente hubiera sufrido mucho con la incertidumbre que nos tocó vivir a todos en 2020.     

Envejecer es siempre un proceso difícil, que unos viven con mejor fortuna que otros. La vejez nos cobra la factura de todo lo que hicimos mal o lo que no hicimos bien en la vida cuando podíamos hacerlo, y a veces cuando queremos comenzar a cuidar nuestro cuerpo en la recta final, ya no sirve de mucho. El organismo se deteriora, las tuberías fallan, los cimientos ceden y el sistema eléctrico hace corte circuito. 

Luis Ramiro fue un intelectual completo, un pensador acucioso, profundo y comprometido, cuyos aportes a los estudios sobre comunicación fueron fundamentales, sobre todo en el campo del desarrollo y de las políticas públicas. Su permanencia en la Unesco fue seminal por la contribución a las reuniones que derivarían a fines de la década de 1970 en la conformación de la comisión internacional encargada de elaborar el Informe MacBride, un monumental diagnóstico de la información global con 82 valientes recomendaciones que pusieron muy nerviosos a los grandes centros del poder mundial, sobre todo a Estados Unidos, que se retiró de la Unesco como represalia. Si bien Luis Ramiro no fue miembro de la comisión presidida por el premio Nobel de la Paz Sean MacBride, produjo insumos clave que fueron incorporados en el informe final, publicado en 1980. Gabriel García Márquez fue la cara latinoamericana en ese selecto grupo de 16 personalidades mundiales, junto al chileno Juan Somavía.  

Durante las más de tres décadas en que forjé mi estrecha amistad con Luis Ramiro, admiré siempre su dedicación absoluta al trabajo, su integridad a toda prueba y su minuciosidad en los detalles. En el tiempo que estuvo en Quito como asesor regional de Comunicación de la Unesco, apoyó numerosos proyectos innovadores, varios de ellos en Bolivia. No se limitaba a distribuir salomónicamente los pocos recursos con que contaba, sino que hacía un seguimiento esmerado del contenido y de la ejecución de cada uno de los proyectos. A ratos, era tan minucioso para que todo fuera correctamente implementado, que se convertía en un “pain in the ass”, locución gringa que es más expresiva que su equivalente en castellano: “dolor de cabeza”. Mi primo hermano Mariano Baptista Gumucio, otro gran amigo suyo desde la década de 1950, lo llamaba con cariño “fatiguillas”, en alusión a su perfeccionismo.           

Su nivel de exigencia y su perfeccionismo se fueron agudizando con los años. Cuando a mediados de la década de 1980 otorgó un pequeño apoyo a CIMCA (la institución que fundé en 1984 y dirigí hasta 1990) para realizar actividades de apoyo a las radios mineras de Bolivia, estuvo “encima” de nosotros desde Quito con una impaciente persistencia. Con los recursos que obtuvimos, hicimos en Potosí el primer Coloquio Internacional sobre las Radios Mineras de Bolivia, publicamos afiches, folletos y el primer libro sobre el tema: Las radios mineras de Bolivia (1989), que coordiné con Lupe Cajías. Luis Ramiro seguía cada paso y era tremendamente exigente con el rendimiento de cuentas: no debía faltar ni una factura original (en tiempos en que en las minas no era común que se extendieran facturas).        

Era igualmente riguroso y exigente consigo mismo, lo cual explica en parte la calidad de sus textos sobre comunicación, que siguen siendo un referente internacional para las nuevas generaciones de estudiantes y de estudiosos. Para escribir un nuevo artículo o ponencia para un evento, reunía meses antes toda la información sobre el tema. No quería dejar pasar ni un detalle o referencia. Cierta vez que iba a escribir sobre comunicación y desastres naturales (creo recordar que ese era el tema), me escribió con meses de anticipación para solicitar referencias que yo pudiera tener. Por suerte, ya era la época de San Google y pude enviarle algunas, sumadas a las que tenía entre mis papeles y libros. 

Ya he contado alguna vez en otro espacio lo que sucedió cuando su buen amigo Manuel Chaparro, profesor en la Universidad de Málaga, lo invitó a dar varias conferencias en España. Si preparar una conferencia significaba para Luis Ramiro meses de trabajo y mucho sufrimiento físico, varias conferencias se convertían entonces en un atentado a su salud. Al poco tiempo de viajar a España a mediados de noviembre de 2006, al cabo de la primera conferencia en Madrid, fue internado de emergencia y operado allá de una úlcera que había reventado. Nohorita tuvo que viajar de urgencia para acompañarlo.        

Era aún peor cuando se trataba de sus libros. En realidad, casi todos son colecciones de sus textos académicos dispersos, pero hay uno muy importante que desde su incepción fue pensado como libro: La comunicación antes de Colón (2009), concebido, investigado y escrito en estrecha colaboración con Karina Herrera-Miller y otros colegas bolivianos que participaron en el proyecto tangencialmente. También aquella vez me escribió para que le enviara desde Guatemala referencias sobre la comunicación en la sociedad maya precolombina. Le dedicó toda su energía a ese proyecto porque era consciente del enorme aporte que sería estudiar la comunicación en América Latina antes del desembarco de los españoles. A todas luces, es un libro valioso y es una pena que no haya tenido una nueva edición de lujo, con todas las ilustraciones que de manera modesta presentaba la primera. Viajamos juntos al XII Encuentro de Felafacs en La Habana, a fines del 2009, donde Luis Ramiro presentó el libro mientras yo presentaba la edición en castellano de la Antología de comunicación y cambio social (2008). Días después hicimos lo propio en Ciudad de México, lado a lado con dos importantes académicos mexicanos: Beatriz Solís Leree y Raúl Trejo Delarbre, que presentaron nuestras obras en el Centro Cultural Casa Lamm, una hermosa casa de 1911. 

Luis Ramiro pudo completar el proyecto y publicar la obra La comunicación antes de Colón en buena parte con el apoyo comprometido de Karina Herrera-Miller, pero nunca pudo culminar otro proyecto que era muy cercano a su vida personal: un libro donde iba a narrar la historia de la muerte de su padre durante la Guerra del Chaco en el fortín Florida y la búsqueda de sus restos que emprendió su madre, doña Becha, años después. Esta iba a ser quizás la obra más personal e importante para Luis Ramiro, a juzgar por el tiempo que le dedicó y la cantidad de información que reunió sobre la Guerra del Chaco. Una enorme sección de su biblioteca, en el departamento del piso 17 del edificio El Escorial, reunía centenares de libros y varios miles de artículos que debían servir de base para la escritura de esa obra tan íntimamente ligada a su existencia y a su forma de ser. Su pesquisa era equivalente a la de doña Becha cuando se lanzó a Paraguay hasta recuperar los restos de su marido. Pero Luis Ramiro nunca pudo terminar su libro más querido porque la obsesión por investigar los detalles fue retrasando la escritura misma de la obra y nunca llegó al final del camino.       

Karina Herrera-Miller y LR Beltrán 

Su paso como presidente del Tribunal Supremo Electoral de Bolivia le otorgó a ese organismo credibilidad y seriedad, pero a un costo muy alto para la salud de Luis Ramiro, que empezó a declinar desde entonces. Largas jornadas de trabajo y desagradables enfrentamientos con la politiquería cotidiana de baja ralea no podían resultarle indiferentes a un hombre cuya integridad estaba fuera de toda duda. Su cuerpo sufrió más porque no tenía una actividad física que pudiera compensar esas tensiones y presiones políticas.       

Aunque no practicaba ningún deporte ni hacía ejercicio, era un fiestero impenitente. Muchos que lo conocieron no saben que compuso con Raúl Shaw Moreno (orureño como él) el bolero “Contéstame”, que fue grabado por el puertorriqueño Johnny Albino y el Trío San Juan. Bastaba reunir a unos cuantos amigos para que empezaran a aparecer maracas, charangos minúsculos, zampoñas, quenas y percusiones de diversa índole, todos instrumentos artesanales porque lo importante era el ambiente que contribuía a crear Luis Ramiro como animador principal, intérprete y director de orquesta de la “jocoriza”. Su ocurrente conversación y su buen humor hacían las delicias de los amigos. Esas veladas inolvidables hablan de una faceta que complementa de manera armónica la figura del pensador y académico que fue. 

Gumucio, Beltrán y Martín-Barbero 

Algo que recordamos varias generaciones de amigos y discípulos suyos es su inmensa generosidad. Contrariamente al deporte nacional de “yo mimé conmigo” y a las capillas que se crean en el mundillo cultural de Bolivia a la manera de logias masónicas, Luis Ramiro abría las puertas de su casa y compartía todo lo que sabía y lo que tenía. Su voluntad de servicio a los demás y su apertura a las nuevas generaciones no tenía límite. Alguna vez lo he visto pasar días o semanas escribiendo el prólogo para el libro de alguien que apenas conocía. Lo hacía siempre con palabras generosas, como un regalo inmerecido.        

Nohora Olaya y LR Beltrán 

Luis Ramiro comenzó a escribir su propia biografía y llegó a publicar el libro Mis primeros 25 años. Memoria ilustrada y breve (2010) donde cubre menos de un tercio de su vida, hasta 1955, la época en que participó como guionista en la película de Jorge Ruiz, Vuelve Sebastiana (1953), y comenzó a vincularse con la comunicación para el desarrollo a través de su trabajo en el Servicio Agrícola Interamericano (SAI), mientras colaboraba como corresponsal para algunos medios y agencias de otros países. De ahí para adelante conocemos su vida profesional y la importancia de su trabajo teórico, reflejado en numerosas publicaciones y semblanzas escritas por colegas.        

Este año del bicentenario sería justo rendirle homenajes a Luis Ramiro Beltrán por todas las contribuciones que hizo en la poesía, en el cine y sobre todo en la comunicación para el desarrollo. 

El próximo 11 de julio se cumplirán diez años de su muerte. Con Karina Herrera-Miller estuvimos a su lado en el hospital Arco Iris hasta las últimas horas de la noche, cuando se despidió de Nohorita, su esposa, con una mirada silenciosa.

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Para ser periodista hace falta una base cultural importante, mucha práctica, y también mucha ética. 
Hay tantos malos periodistas que cuando no tienen noticias se las inventan.
—Gabriel García Márquez 
 

17 febrero 2025

BoA que cojea

(Publicado el sábado 8 de febrero en Brújula Digital, ANF y Público Bo) 

Tenemos un reptil que cojea, algo único en este zoológico exótico o corte de milagros en que el MAS ha convertido a Bolivia. 

Dibujo de Abecor 

BoA, la empresa Boliviana de Aviación, es un animal que está dando mucho de qué hablar. Desde su creación fue un absurdo, una medida demagógica y costosa para el país. Evo Morales quiso adornarse malgastando el dinero que en ese momento le sobraba, pero la “línea de bandera” nunca despegó, a pesar del dinero invertido, de las deudas acumuladas y de las medidas que tomaron para aniquilar a la competencia nacional e internacional.        

¿Por qué en estos tiempos en que se utiliza más el transporte aéreo que hace tres o cuatro décadas la empresa estatal se ha convertido en un despojo? ¿Por qué cuando teníamos una verdadera línea de bandera, el Lloyd Aéreo Boliviano (LAB), las cosas funcionaban mejor a pesar de que otras líneas aéreas competían en Bolivia? 

La explicación está en la incapacidad de gestión y en la corrupción imperante en todo el aparato del Estado boliviano desde la llegada del MAS al poder. Para comenzar, BoA sólo tiene un avión propio, los otros 21 son fletados, lo que significa un alto costo de operación. Como todas las demás empresas del Estado en la era masista, BoA tiene personal en exceso y de mediocre calidad. Mientras las empresas aéreas de otros países tienen un promedio de 80 a 100 empleados por avión en servicio (el cálculo se hace sobre el número de asientos), en BoA hay el doble de empleados. Esa burocracia de militantes tiene impacto sobre los altos costos de operación y la incapacidad de contar con un servicio eficiente. La representación de BoA en Madrid está en manos de bribones que hacen negociados con sobreprecios en los alquileres de aeronaves, sin que exista supervisión ni auditorías, a lo que se suman bochornosos incidentes de tráfico de droga (que no son hechos aislados): por cada caso que se descubre, hay veinte que pasan desapercibidos.       

Los problemas técnicos en los aviones son prueba fehaciente de que no se hace un buen mantenimiento de las naves, como lo ha reconocido el propio gerente general de BoA, Ronald Casso. Se han presentado innumerables anomalías técnicas y operacionales que se traducen todos los días en retrasos de los vuelos, cancelaciones frecuentes y algunos accidentes de pista sin consecuencias graves por el momento. El 7 de febrero cambiaron a Casso por Mario Borda, y mientras lo posesionaban se produjo otro percance de un vuelo que no pudo llegar a su destino y fue desviado a Cochabamba. Como regla general, desconfío de esos sujetos que juran a sus cargos levantando servilmente el puño izquierdo, porque eso indica que están allí por cuota política y no por capacidad técnica o experiencia en el rubro. ¿Está esperando el bailarín ministro de Obras Públicas (un demagogo inútil de marca mayor) que se produzca un accidente con víctimas mortales? Al paso que vamos, puede suceder cualquier día. Cambiar al gerente o cambiar al inservible ministro Montaño no sirve para nada, porque lo que tiene que cambiar de raíz es el gobierno masista y el deterioro del Estado.        

Para volar en el territorio nacional no hay opciones (aunque todos los días vuelan centenares de avionetas cargadas de droga y no funcionan los costosos radares que compraron). El gobierno del MAS, el peor gestor de empresas públicas que haya conocido el país, se empecina en cerrar los cielos de Bolivia a la libre competencia. No se da cuenta de que en cualquier país normal, el ingreso de otras líneas aéreas permite que cada empresa se esfuerce no solamente en ofrecer un mejor servicio, sino también mejores precios, más convenientes para los usuarios. En este momento, viajar dentro y fuera de Bolivia tiene un costo altísimo. Los descuentos de BoA son puro cuento, así como la reducción de 40% en tarifas para la tercera edad, que rara vez se aplica porque las supuestas “ofertas” son más baratas.          

La privatización no es la mejor idea, la experiencia de privatizar el LAB fue desastrosa. Parecen mejores soluciones los acuerdos de código compartido o la fusión entre aerolíneas, donde las empresas de mayor capacidad operativa absorben a otras. Hay experiencias en nuestra región de fusiones entre aerolíneas de América Central, Colombia, Brasil, Chile y Perú, entre otras. Latam, Taca, Avianca, Gol, han sobrevivido mediante ese tipo de fusiones. Lo mismo ha pasado en América del Norte y Europa. La fusión entre KLM y Air France, es otro ejemplo.       

No siempre las fusiones brindan un mejor servicio a los viajeros (por ejemplo, Avianca es ahora una de las peores aerolíneas), pero ofrecen más seguridad en el aire. Los servicios que prestan las líneas aéreas en esta parte del mundo es deplorable. Según los rankings internacionales, las peores están en el continente americano, las intermedias en Europa y las mejores en Asia y el golfo pérsico. Cada año las aerolíneas orientales copan la lista de las diez mejores del mundo, con alguna que otra línea europea. En el ranking de Skytrax World Airline Awards 2024, las mejores del mundo fueron Qatar Airways, Singapore Airlines, Emirates, All Nippon Airways, Cathay Pacific, Japan Airlines, Turkish Airlines, EVA Air, Air France y Swiss Air.

Dibujo de Abecor 

Todo eso parece tan lejano de Bolivia. Es como un mundo ideal al que no tenemos acceso. Somos cada vez los peores en todas las listas, por eso no es sorprendente la calificación crediticia de CCC que nos dio Fitch recientemente. No tenemos nada que pueda orgullecernos, estamos en franco declive en todos los campos de actividad. Hablamos de turismo, de nuestros bellos atractivos, pero no vemos los problemas: una línea aérea deplorable, pésimas instalaciones de turismo, y sobre todo, una actitud perversa de la gente hacia los turistas: el maltrato desde que aterrizan en Bolivia es proverbial y ha sido muchas veces denunciado. Amigos extranjeros que viajaron a Uyuni, a Sucre o a Potosí sufrieron vejaciones, y me las contaron mientras movían la cabeza con lástima, como diciendo: “pobre país este”.        

Durante los años que trabajé en Nigeria viví experiencias similares, al punto que a manera de catarsis escribí el libro The Nigerian Factor (que nunca publiqué, pero compartí con colegas que llegaban de otros países). Le dediqué un capítulo a los aviones y aeropuertos, donde narro anécdotas que parecen salidas de una película de suspenso. Eso fue hace 30 años, pero ahora los “influencers” viajeros que llegan a nuestro país publican videos en TikTok con similares apreciaciones críticas sobre Bolivia (cuando el internet, de pésima calidad, lo permite). A tal punto llegaba la incapacidad de los nigerianos para el mantenimiento de los aviones de sus cinco o seis líneas aéreas nacionales privadas (y una estatal), que tenían que contratar mecánicos de Filipinas para garantizar que sus aviones siguieran volando. Era una exigencia de las aseguradoras para concederles el permiso de volar. Creo que estamos llegando a ese punto en Bolivia, a un nivel de total incapacidad de mantenimiento y gestión de la línea aérea que tiene el monopolio sobre las rutas nacionales.         

Además de cielos abiertos y la cancelación de los privilegios de BoA (que tiene una deuda acumulada de 775 millones de bolivianos, de acuerdo al economista Julio Linares) creo que en el futuro debería existir una línea aérea como TAM, gestionada por la Fuerza Aérea, pero con estándares más altos. ¿Para qué sirve la Fuerza Aérea de Bolivia (FAB)? No sirve para nada por el momento, constituye un gasto inútil para los contribuyentes, pero podría servir para mantener una aerolínea que se ocupe de cubrir destinos nacionales abandonados, es decir, contar con una flota con aviones medianos que aterricen en las más de 50 pistas que hay en poblaciones de Bolivia a las que no llega nunca ningún vuelo. Recuerdo que la familia Canedo, pilotos de Cochabamba con larga tradición y experiencia, tenía un proyecto bien fundamentado para reactivar una flota de aviones Douglas DC-3, originales o convertidos a turbohélice, que podrían cubrir esas rutas a un costo más bajo. Hay otras iniciativas privadas que podrían prosperar, siempre y cuando exista seguridad jurídica en el país, y una supervisión adecuada. Cuando trabajé en Papúa Nueva Guinea me tocaba viajar de un lado a otro de la isla en aviones pequeños y avionetas, y realmente funciona, son rentables y permiten llegar a lugares remotos de difícil acceso, aislados por falta de caminos.            

BoA se arrastra y cojea. Ya no da más, es un fracaso total por su burocracia y su incapacidad técnica y de gestión. No parece haber solución en el mediano plazo, salvo abrir los cielos de Bolivia a la competencia y ofrecer seguridad jurídica para ello. 

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Los turistas no saben dónde han estado, 
los viajeros no saben a dónde van. 
—Paul Theroux   


12 febrero 2025

La memoria redimida

(Publicado el jueves 6 de febrero de 2025 en Brújula Digital, Público Bo y ANF) 

A fines de 2021 publiqué en Página Siete una primera reseña sobre La casa de sur (2020) película dirigida por Carina Oroza Daroca y Ramiro Fierro. Dije en aquella oportunidad que rara vez publicaba un comentario antes del estreno comercial de una obra cinematográfica, pero en ese caso quería hacer una excepción ya que, pandemia de por medio, la obra merecía el intento de despertar el interés de su público potencial para preparar el terreno para su exhibición en salas de cine. 

Carina Oroza y Ramiro Fierro

Era un momento de recuperación de los espacios ciudadanos por el regreso a una frágil normalidad. Tanto por la pandemia como por la evolución de la situación política, estábamos todos golpeados, acostumbrándonos de nuevo a vivir en comunidad. Creo que no lo hemos logrado, las circunstancias han pesado demasiado sobre los bolivianos, y una prueba de ello es que el estreno de La casa del sur se fue postergando hasta ahora. La película ha tenido un largo recorrido de silencio para finalmente estar a disposición de todos en las pantallas de cines de Bolivia, y desde estos humildes espacios en que nos expresamos todas las semanas, no quiero sino alentar a que los espectadores vean la obra y valoren el esfuerzo que significa hacer cine en Bolivia.      

En el caso de Carina Oroza Daroca, sólo el tesón, la constancia y una hermosa red tejida con familia, amigos y técnicos de cine ha permitido superar los desafíos que les puso delante la realidad. En la premiere de la película el martes 4 de febrero, sentí en el equipo de producción al mismo tiempo la emoción de haber finalmente llegado a la meta de ocupar las pantallas, y el cansancio y las ojeras por el largo y difícil camino recorrido. Tener una película guardada durante cinco años es como mantener a un recién nacido en la oscuridad durante ese tiempo, sin poder ver la luz y recibir los abrazos de las personas queridas. 

Condiciones similares afectaron la creación cinematográfica en todo el mundo, pero en Bolivia todo cuesta más, todo es más difícil, todo se agrava por este descenso vertiginoso de la pobreza a la nada, esta manera de vivir pendientes de un hilo que no sabemos en qué momento se cortará por el peso de las circunstancias. 

Piti Campos, Ernesto Fernández y Freddy Delgado

Dicho lo anterior, esta segunda oportunidad de ver la película y de compartir con los actores y con el equipo técnico, me hace redoblar el apoyo y expresar de manera más vehemente la invitación a ver el film en las salas de cine. La noche de la premiere Carina Oroza dijo algo impactante sobre la amarga condición de nacer en Bolivia y hacer cine, casi una maldición. Si volviera a nacer, dijo, probablemente usaría otros materiales más accesibles para expresarse. El largo trayecto ha agotado a la directora, pero la película es la prueba de que ha logrado el cometido de realizar una obra sensible, comprometida y necesaria para ayudarnos a reflexionar sobre la democracia, la libertad y la solidaridad, pero al mismo tiempo sobre sus sombríos contrarios: la violencia, la represión y el autoritarismo que tiene muchas caras feas.      

La casa del sur es un proyecto que Carina Oroza y Ramiro Fierro arrastraban desde 2010 y que se comenzó a filmar justo cuando se vino encima la pandemia. Guardé la nota de prensa del 11 de febrero de 2019 donde se anunció el inicio del rodaje, exactamente un mes antes del batacazo mundial. “Tenemos el gran desafío de aportar a la historia del cine nacional, llevando el foco de atención al sur de Bolivia y centrándose en historias de mujeres”, declaró en ese momento la directora y guionista, que anteriormente había dirigido el documental “Presentes en la historia” (2008).       

Esta es una historia de mujeres pero no se trata de un film intimista al margen de la historia del país, Bolivia, nombrado desde la primera secuencia para que el contexto sea claro. La narración está construida sobre dos ejes paralelos, separados por 25 años, que recorren los 89 minutos del filme en forma alternada: empieza en el presente (situado históricamente hacia el año 2005, aunque algunos detalles parecen posteriores), y de tiempo en tiempo nos devuelve al pasado de los mismos personajes, con la memoria desgarradora del cruento golpe militar de 1980, aunque podría ser de cualquier dictadura y gobierno autoritario, porque la violencia que ejercen es la misma.

David Mondacca

Esos 25 años de distancia están contenidos en un mismo espacio físico, ese enorme caserón de hacienda en Tarija, un espacio cargado de energías al mismo tiempo positivas y negativas. Dos patios y una puerta de salida al campo, a las viñas, a los árboles frutales, a los corrales que encierran secretos innombrables, además de conejos inocentes. Es como una salida a la libertad, con una continuidad hasta el rio que fluye llevándose todo lo que no conviene retener en el pecho. Desde el título de la obra el espacio físico en que transcurre la historia es uno de los elementos más importantes: la misma casa cargada de memorias dulces y violentas, memorias desgarradoras contenidas y reprimidas durante 25 años. Hay una estética visual que marca los dos tiempos narrativos: al principio de la obra las escenas que remontan al pasado aparecen teñidas de sombras azules, en contraste con los días soleados del presente, hasta que el espectador entiende que se trata de dos momentos vividos en un mismo espacio. Poco a poco, las secuencias del pasado adquieren más color, se acercan al presente en la medida en que los personajes sufren un proceso de reconciliación consigo mismos y con la memoria que los mantenía aprisionados.           

El punto de vista narrativo es el de Ana, una mujer que salió de Tarija un cuarto de siglo antes, huyendo no sólo de una dictadura militar sino de sus propios fantasmas. Con el tiempo se convirtió en una bloguera “famosa” (la fama efímera de internet, que “siempre miente”), cuyo blog se ocupa de la cultura culinaria en muchos lugares del mundo. Esta vez regresa a su tierra natal, porque recibe la noticia de que la hermana de su madre ha fallecido. Su propósito es vender la casa de la tía y permanecer el mínimo tiempo posible en Tarija. Pero en la vida los planes no se ajustan a la realidad: Ana no sabe lo que le espera a su regreso. Nicolás, fiel servidor y amigo de la familia (interpretado por ese actorazo que es David Mondacca), le envió la noticia de la muerte de la tía para que Ana vuelva tentada por la ambición de obtener dinero con la venta de la propiedad y para cerrar de una buena vez el ciclo de 25 años de memorias dolorosas para ambos. Mientras tanto, Ana publicará unas cuantas notas de su blog, por ejemplo, sobre el ají de fideo, sofisticadamente rebautizado como “macarroni andino” para impresionar a sus seguidores. 

Entre escenas de humor ligero y de introspección severa, poco a poco el blog deja de ser importante en la historia y en la vida del personaje central, porque al prolongarse —contra su voluntad— su estadía en la sombría casa del sur comienzan a asaltarla los recuerdos, primero como piezas sueltas de un rompecabezas, y luego, al final, al colocar la última pieza, como una foto entera de su existencia, no solamente de su vida. El mismo puzle, dado la vuelta peligrosamente para que no caigan las piezas, completa el eje del pasado, aún menos amable. Todo esto contado de manera tan natural que parece vivida (el relato está basado en recuerdos de la abuela de la directora), porque como la vida misma, teje momentos de alegría y de dolor, sentimientos encontrados, frustraciones pero también respiros de libertad (la música, por ejemplo).           

Las canciones compuestas para el personaje de la tía constituyen un aspecto narrativo esencial porque contribuyen a completar el rompecabezas de Ana como si la vieja guitarra sin cuerdas hubiera comenzado a hablarle. Pero en desmedro de ese plano musical perfectamente integrado en el relato, la música incidental (especialmente cuando se oyen violines en pleno diálogo entre dos personajes), resulta discordante porque ocupa el primer plano, como si se divorciara de la imagen. 

E. Fernández, Alejandra Lanza y F. Delgado

No creo que adelantar algo sobre la trama sea un “spoiler”, como se dice ahora en inglés (ya que la traducción española “destripar” que recomienda la RAE es una sandez). No revelaré más de lo que leí en el material de difusión de la productora: el filme se inspira en un hecho real sucedido durante la dictadura militar en una casa de hacienda donde Anita y su tía Lu (Alejandra Lanza) son retenidas por un capitán y su tropa que busca a supuestos guerrilleros y pruebas de la complicidad de la madre de Anita con ellos. Ana detesta a la tía que no ha visto en 25 años porque la culpa de algo que la marcó por el resto de su vida, pero intuimos desde el inicio que se quedará en Tarija más de lo que había planeado, y que la casa donde vivió de niña la atrapará afectivamente, pero no diremos cómo transcurre ese itinerario de reencuentro con el pasado y cómo se produce su propia redención. En toda historia de ficción que se respete, no importa tanto lo que se cuenta sino cómo se cuenta, porque toda historia se complementa en el lector-espectador. Los méritos de la película de Carina Oroza están precisamente en esa manera de contar lo que comenzó como un testimonio familiar. 

Alejandra Lanza y Arwen Delaine 

La casa-hacienda donde se filmó el largometraje es un espacio bucólico que lo mismo sirve para recrear el miedo y la violencia de la dictadura, que los momentos de armonía familiar. Es un espacio ideal para que se desarrollen las relaciones entre las mujeres protagonistas, una casa con frutales y viñedos que se extienden hacia el rio, un río que se ha secado (como ha sucedido en la realidad con tantos ríos en Bolivia), una metáfora del país que se deteriora gradualmente en su naturaleza y en sus valores. La estructura de montaje temporal en paralelo funciona de manera eficiente. Hay dos artífices para que ello ocurra: el editor de imagen y sonido, coproductor y codirector Ramiro Fierro, y el director de fotografía Ernesto Fernández Tellería.       

 

Cristian Mercado

Otra fortaleza es la dirección de actores, en la que Cristian Mercado parece haber aportado más que en su propio personaje de macho acomplejado sin matices: Ana en sus dos versiones temporales, niña y adulta (interpretadas respectivamente por Arwen Delaine y Piti Campos, excelentes en la sutileza de sus expresiones), el extraordinario Mondacca (Nicolás, guardián de la memoria y de la ética), Alejandra Lanza (la tía creativa que lleva por dentro la procesión) y Cristian Mercado (el capitán Suárez). Frente a actores tan profesionales, algunas escenas resultan caricaturales por la sobreactuación de actores secundarios que tienden a hacer la parodia teatral de sí mismos. Quizás la idea de la directora era contrastar el humor superficial y la extroversión atribuida a los chapacos, con la densidad de una historia marcada por el dolor en la que progresivamente nos adentramos para quedar atrapados.       

La casa del sur es la casa simbólica en la que nos ha tocado vivir a todos los que hemos pasado por dictaduras y gobiernos autoritarios. Resuena en lo más profundo de quienes han (hemos) sido víctimas de la persecución y del exilio, pero además interpela a las nuevas generaciones que han vivido otro tipo de autoritarismo: la autocracia del MAS que ha dinamitado los valores de la ética y moral de la misma manera que las dictaduras destruyeron los cimientos de la sociedad democrática. En ese sentido la película de Carina Oroza es muy actual, porque su recuperación del pasado engarza perfectamente con un presente sombrío y poco esperanzador.


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Aprende las reglas como un profesional, 
para que puedas romperlas como artista.
—Picasso 
 

08 febrero 2025

De fútbol y otros amores

(Publicado en Brújula Digital, Público Bo y ANF el jueves 30 de enero de 2025) 

¿Se puede todavía escribir novelas de amor? La pregunta es una provocación, como las que siguen. ¿Qué es el amor? ¿Existe todavía el amor? La respuesta a las tres interrogaciones sería compleja. De Shakespeare a García Márquez, de Ortega y Gasset a Erich Fromm, de Barthes a Baumann o de Paulo Coelho a Corín Tellado: sí, el amor puede ser formulado, recreado, definido y estudiado de muchas maneras, porque existe indudablemente eso que llamamos “sentimientos”, ya sea como mariposas en el pecho o como un cóctel de químicos que produce el organismo de los mamíferos.      

Aunque la palabra “amor” haya sido siempre bastante manoseada y haya perdido mucho de su brillo en la narrativa contemporánea, no cabe duda de que sigue vigente como tema, porque no hay tema malo para la literatura, sino maneras de desarrollarlo. En otras palabras: ¿qué culpa tiene el amor, cuando los culpables son los escritores? De todas maneras, es cierto que abordar el amor en la narrativa suele ser un riesgo para el escritor y para el lector exigentes. En mi caso, la experiencia del aburrimiento me ha quedado marcada en obras tan celebradas como El amor en los tiempos del cólera de García Márquez o La insoportable levedad del ser, de Kundera. Me declaro culpable de tedio en ambos casos. 

Por ello, no parece mala idea tejer el amor con otro tema que enciende pasiones y produce ingentes descargas de adrenalina: el fútbol. De ese modo, la trama se equilibra y el lector tiene dos hilos narrativos para alternar durante su indagación. Esa es la propuesta de Gonzalo Lema en su octava novela, Si tú encuentras a Mari Jó (2007) cuya segunda edición (La Hoguera, 2024) ha llegado a mis manos gracias a la generosidad de su autor. Quizás no hubiera sido mi primera elección si tuviera frente a mí todas las obras del progenitor del detective cochabambino Santiago Blanco, pero al mismo tiempo mi eclecticismo azaroso suele imponerse.      

Mi conocimiento del fútbol es tan limitado, que se reduce a haber jugado en la secundaria como delantero en el equipo del colegio, y haber asistido no más de cuatro o cinco veces en mi vida a un estadio, la más emblemática de ellas, al partido entre Bolivia y Argentina en el Campeonato Sudamericano de 1963, el 28 de marzo de ese año, en el estadio Hernando Siles. Hace unos años, instigado por Ricardo Bajo, perpetré dos cuentos sobre fútbol (“Descenso” en 2012 y “Tiro fallido” en 2014), escritos a cuatro manos con Carlos D. Mesa (que sí sabe de fútbol, y mucho). 

La cantidad de libros de cuentos y novelas de Gonzalo Lema me hace pensar si duerme de vez en cuando, o si ha encontrado la fórmula para escribir de dormido, ya que desde 1981 (cuando tenía apenas 22 años), ha publicado no menos de 10 libros de cuentos y 16 novelas, lo que lo convierte en el narrador boliviano más prolífico de los últimos 50 años. 

De entrada, en Si tú encuentras a Mari Jó está rayada la cancha, y esto no es una metáfora. El subtítulo es “Novela de fútbol y amor”, por si quedara alguna duda. Está rayada la cancha donde se juega el fútbol y la Cancha (el gran mercado urbano) donde se indaga sobre el amor. Afortunadamente ambas coexisten en Cochabamba, de modo que no hay que inventar más de la cuenta. Quizás la historia que narra esté también basada en personajes y hechos reales, pero eso no me importa, porque una obra narrativa tiene que sostenerse sola, sin apelar a anclajes históricos, aunque es imposible abstraerse a los dos filósofos que cita al comenzar la primera y la segunda parte de la novela: Menotti y Bilardo (mi cultura general me alcanza para entender ese dato). 

La historia se remonta a 1971, 1972 y 1973, según indican fechas en las primeras páginas (aunque luego esa manera de establecer la cronología se disipa y no vuelve a aparecer). Los personajes principales son Crisóstomo Martínez (el “Granuja”, joven jugador de fútbol que emerge de una barriada de la ciudad), y la escultural y sofisticada María Josefa (una mujer argentina que es la esposa del dueño de Jorge Wilstermann, el principal equipo de fútbol de Cochabamba). Entre el Granuja y Mari Jo se teje a lo largo de la novela una relación tan tormentosa como improbable, marcada por un símbolo que atraviesa la historia como hilo conductor y como nexo entre los dos mundos de los protagonistas: un Peugeot modelo 71 (es decir, último modelo), cuyo ronquido borra fronteras cuando es necesario, de principio a fin de la historia. Es como un transbordador, un túnel del tiempo que atraviesa dos dimensiones.       

No es spoiler dar algunos datos para ubicar al lector, primero porque la novela se publicó hace muchos años, y segundo porque no voy a contar el final. Basta saber que una noche de 1971 el vehículo que ruge como un animal llega inopinadamente a la barriada del cerro, donde está reunida la banda de díscolos de la que forma parte el Granuja, esperando realizar alguna fechoría porque sí, porque eso los hace más machos, más vengativos y más unidos. Del lujoso vehículo emergen y se posan sobre el empedrado “unas piernas largas, cubiertas con trasparentes medias de nylon con costura (…) y “tacones punta alfiler”. La descripción sigue en ese mismo registro: “graciosa cabeza rubia”, “cuerpo escultural, forrado con traje negro de fiesta”, “delicada mano blanca, con violentas uñas largas y rojas”, “bellos ojos verdes”, etc. El lector queda por unos minutos desconcertado frente a esa descripción de novela rosa, pero lo siguiente lo trae a una realidad cruda que aviva el deseo de seguir leyendo el relato: una violación grupal de manada, tan violenta como pueda el lector imaginarse, ya que la descripción misma no es morbosa. 

No bien se adentra el lector en el relato, se da cuenta de que el narrador está jugando con él como pelota de trapo, sembrando a propósito textos que parecen escritos por dos manos enemigas, una folletinesca y otra con conciencia social. ¿Qué pretende con ese tejido de textos tan disímiles? Por una parte, construir el personaje del Granuja: “por más fechorías que hubiera realizado en su corta vida, albergaba en su pecho un corazón inmenso de niño bueno”, y por otra, establecer que ni el amor ni el fútbol son cosa para débiles.       

No debe ser casual (y si lo es, mejor), que el personaje del joven futbolista se llame Crisóstomo Martínez, como aquel anatomista y grabador español (1638-1694) que dibujó los músculos del cuerpo humano con asombroso detalle. La constitución física del Granuja tiene mucho que ver con el fulminante amor que nace entre él y Mari Jo. Es más comprensible la atracción que puede ejercer ella sobre el joven del barrio marginal que se dedica a robar bicicletas y que no tiene ninguna perspectiva de futuro, que la que él puede despertar en la rubia despampanante y financieramente solvente. Pero “el amor”, como quiera que eso se coma, se presenta a veces de manera caprichosa y lo importante es que, en el marco de la narración, sea verosímil. ¿Lo es? 

El Granuja es detectado “casualmente” como potencial zaguero central de Wilstermann, lo que por una parte recompone su estatus social, lo hace viajar, tener admiradores, aparecer en los diarios, etc., y por otra lo mantiene en una situación de riesgo permanente por su relación con la mujer del dueño del equipo de fútbol. En algún momento, tendrá que escoger entre ambos, aunque en realidad, son los otros personajes que escogen por él, devolviéndolo a la marginalidad, “a donde corresponde” dirían los que nunca lo quisieron. 

Para el lector que no tiene clara la cronología de los partidos cruciales que le toca jugar al Granuja con San Lorenzo y River Plate, puede haber alguna confusión de fechas (que dejaron de aparecer), pero eso es irrelevante. Lo que importa es la progresión dramática, incluso la de los propios partidos narrados como si los estuviéramos escuchando en la radio. En la narrativa interesa sobre todo cómo se cuentan las cosas, y no solamente qué es lo que se cuenta.      

En ese sentido, el protagonista de esta historia es creíble, está hecho de una fibra que no solamente marca su pasado sino su futuro. Aunque sean tan favorables las condiciones en las que de pronto se encuentra en apenas unos meses de fama futbolística, su yo interno es autodestructivo e inseguro, y mientras menos seguro se siente más se dispara en el pecho y más se hunde en su propia debacle. Es como si el peso de la pobreza lo arrastrara de nuevo a un ámbito de sombra del que no puede salir. Lo que le dice su madre es digno de la sabiduría de los personajes de García Márquez: “¡No sabes cuidar nada! ¡Ni siquiera lo que no tienes!” El Granuja no sabe que su madre sabe tanto, a pesar de ser una sencilla lavandera de ropa ajena. La vida le ha enseñado a la madre a hacerse preguntas: “Nunca encontró explicación alguna sobre la conducta de la rubia. Su naturaleza femenina le bloqueaba las posibles respuestas ante las puntuales preguntas que surgían de la simple contemplación de la realidad: ¿Cómo se entendía semejante dispareja? ¿Qué recompensa vio ella en él? ¿Cuál era el secreto de su hijo?”

Mientras la madre y Soledad (hermoso personaje, tan fuerte dentro de su aparente fragilidad) son un cable a tierra para Crisóstomo, los otros son ficticios incluso para una novela. Por ello la elección de vida que se plantea el protagonista es también una elección entre una vida de ficción y una vida real. De alguna manera, al no poder resolver el dilema, es el autor de la novela, narrador omnipotente, el que lo hace en las páginas finales. 

En la literatura como en el cine, la verosimilitud es esencial: lo que leemos o vemos tiene que ser creíble dentro de los parámetros que se plantea una obra literaria o cinematográfica. Aún la temática más delirante tiene que desarrollarse en un marco de credibilidad o verosimilitud. La situación más corriente o la más descabellada, debe ser verificable en el marco de su propia realidad ficticia, es decir, en el universo acotado de la propia obra. Umberto Eco hace al respecto una reflexión interesante: podemos debatir si Jesús hizo milagros, pero nadie pone en duda que Clark Kent es Superman.     

De ahí que una vez declarado el (aparente) amor apasionado entre Mari Jo y el Granuja, el lector (como también la madre del protagonista) queda en espera de que eso sea verificado en los mecanismos internos de la novela y no quede como una apuesta del narrador omnipresente que decide el destino de sus personajes. Si María Josefa se enamora de “un muchacho construido con el suave material de los cristales, o una gota de lluvia colgada de un alero, un corazón tierno como el de los tibios gorriones”, eso tendría que ser verosímil en el relato. Esa declaración de júbilo amoroso llega todavía sin pruebas fehacientes. ¿Qué une a ambos personajes en tan poco tiempo de conocerse? Estamos en una nebulosa que bien podría ser un sueño del Granuja (en cuyo caso sería absolutamente verosímil). Hay entre ambos personajes un hecho que debería hacer “ruido”, por decir lo menos: la violación grupal de Mari Jo. Sin embargo, cuando ambos abordan el tema, lo despachan en dos líneas, como un trámite administrativo incómodo. ¿Puede no haber cicatrices o puede el amor superar un hecho tan violento? ¿Se le van de las manos? ¿Guarda una sorpresa escondida en la manga? ¿Duda el autor de los personajes de su propia creación? Como resguardo, interviene de vez en cuando desde arriba, como un titiritero: “Nada esencial sabían, en realidad, uno del otro. Abrazados, confundidos en una sola persona como todas las parejas de enamorados, fueron siempre dos. Pero eran dos sin tener la conciencia de serlo, y eso facilitaba tanto… La muchacha creía saber quién era su humilde amado y, en rigor, ignoraba todo. Él, igual”.

A veces el lector (que soy yo), retrocede las páginas pensando que pasó algo por alto, algún hecho que se deslizó sin preparación y sin anestesia, y que puede cambiar el rumbo de la historia. Por ejemplo, la relación entre el Granuja y Soledad, que se descuelga (como ella), por la ventana sorprendiendo no sólo al Granuja, sino a los lectores que no han entendido muy bien hasta ahora por qué el futbolista convertido de pronto en personaje famoso, decide quedarse en su humilde vivienda en el cerro. ¿Cómo y por qué acepta el Granuja esta relación cuando se supone que está profundamente enamorado de Mari Jo? Nuevamente, el tema de la verosimilitud: el protagonista es un misterio no sólo para los lectores, sino para el propio narrador que en otro momento interviene para afirmar que la relación “estaba construida sobre mentiras muy sólidas”. El autor de los días de los principales personajes (Crisóstomo, María Josefa, Soledad), no corta los hilos, no les deja la posibilidad de vivir en libertad, de ahí que sus acciones son inexplicables. Incluso si el Granuja estuviera inspirado en un personaje de la vida real, en un futbolista que existió, el lector tiene el derecho de dudar. Al hablar de la creación narrativa Umberto Eco plantea que, a diferencia de un ensayo científico, en la novela el autor está inerme y no puede defenderse de las interpretaciones que hagan sus lectores.       

Sin embargo, el autor puede defenderse por adelantado dentro de la misma novela, aunque su intervención como demiurgo no sea convincente. Esto sucede en una larga disquisición sobre las diferencias entre el amor de una mujer y de un hombre, y la profundidad de los sentimientos en las mujeres y la superficialidad en la expresión del sentimiento de los hombres. Convengamos que es una generalización, pero, ¿quién habla? Ese texto se descuelga a media novela (p.133-136), empieza con “Curioso que una mujer no esté segura de lo que afirma en materia amorosa”, y termina con “¿Creen los hombres en el destino?”. Son menos de tres páginas donde el autor de la novela se convierte en árbitro para descargar lo que piensa sobre la situación planteada: “Las mujeres no ‘dejan’: abandonan”, y otras en la misma línea. ¿Qué significa esa intervención en el relato y por qué esas reflexiones no pueden ser atribuidas a ninguno de los personajes o a sucesivos intercambios entre ellos? Es parte de una vieja discusión en la narrativa sobre el control que ejerce el autor omnipresente.

No todo gira en torno del amor. El fútbol es el otro eje que apasiona al autor, de modo que las descripciones de los partidos son absolutamente verosímiles. Aunque el lector no sepa de fútbol, disfruta los relatos sobre la cancha, no sólo vistos desde el público o desde la cabina de los que narran el partido, sino desde la misma grama, desde los roces y codazos entre los jugadores, las faltas que cometen y las cosas que se dicen en voz baja al cruzarse. Eso otorga una calidad de intimidad sabrosa a la descripción del partido entre Wilstermann y The Strongest, incluyendo la anécdota (real o inventada, pero verosímil), del fotógrafo que ingresa a la cancha justo a tiempo para frustrar un gol, dejando desconcertados a jugadores, espectadores y lectores por igual. Se trata de un relato magistral.      

No importa lo que uno pueda contar como lector sino la forma en que lo cuenta el autor. De eso se trata la literatura, por eso no hay spoilers posibles sobre las grandes obras como Rayuela o Cien años de soledad. Así conozcamos todos los detalles de la historia, nada remplaza el placer de su lectura. 

Digamos entonces que Si tú encuentras a Mari Jo no termina bien para ninguno de los personajes principales. Crisóstomo entra en un ciclo depresivo autodestructivo, como un adolescente que no sabe lo que quiere y tira a la basura por pura melancolía las oportunidades que se le presentan: falta a los entrenamientos y partidos, se emborracha una y otra vez, y en general se empeña en arruinarlo todo. María Josefa parece superarlo todo, es de esas mujeres que cada cierto tiempo inicia un nuevo ciclo de pasiones y luego lo abandona.  Y Soledad se va a Australia de sopetón (algo poco verosímil en el contexto de la obra) con un pedazo del Granuja. 

Esta una novela que parece escapar a la regularidad narrativa de otras obras de Gonzalo Lema. Muchas cosas suceden que pueden pasar desapercibidas para un lector que vuelca las páginas demasiado rápido. El relato exige un lector cuidadoso y lento (como yo), porque, aunque hay descripciones de momentos y de sentimientos que se reiteran en varios lugares del texto, hay otras que se dicen una sola vez y en una sola línea, como si no fueran importantes en el desarrollo del relato y sin embargo lo son.

Y todo termina donde empieza, en la Cancha… 

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En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, 
de partido político o de religión, 
pero no puede cambiar de equipo de fútbol.
—Eduardo Galeano 


01 febrero 2025

Presidente chiquito

(Publicado el sábado 25 de enero de 2025 en Brújula Digital, Público Bo, y ANF)

Hace varios años que no acudo al Parque Urbano Central para adquirir miniaturas en la fiesta de alasita, porque considero que es una tradición devaluada y que la Unesco debería revisar la calidad de la celebración para evaluar si debe o no mantenerla en su lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, donde fue inscrita el año 2017 al cabo de una ardua negociación diplomática. La gente se olvida que no es la feria de alasita propiamente dicha la que figura en esa prestigiosa lista de la Unesco sino, como dice la declaratoria, los “recorridos rituales en la ciudad de La Paz durante la Alasita”, que no es lo mismo. Es decir, la Unesco reconoció a “la comunidad de practicantes y depositarios de esta tradición cultural (que) abarca un número considerable de partes interesadas, y los habitantes de la capital boliviana (que) participan ampliamente en su celebración, sea cual sea su condición social”, pero se cuidó bien de no evaluar la festividad o la calidad de la artesanía, que ha bajado de manera continua a lo largo del tiempo.       

Dejé de ir a alasita cuando constaté que había más muñecas Barbie, más peluches, más gallos, tigres y sapos chinos, que artesanía boliviana. Cuando me contaron que los ekekos los fabricaban en Puno, tuve una reacción alérgica contra nuestros artesanos por flojos y faltos de creatividad. Sin embargo, aunque he dejado de ir al Parque Urbano Central, admito que suelo acercarme en la zona sur a la plaza de la iglesia de la Exaltación en Obrajes, donde también se mantiene esta costumbre descentralizada, al igual que en muchos otros barrios de esta ciudad que ha duplicado su población en tres décadas. 

Este año fui con el propósito específico de conseguir algo más valioso que diminutos quintales de azúcar, botellas de aceite o cholets de colores estrafalarios. Fui en busca de un presidente, uno chiquito, chiquito pero justo, chiquito pero honrado y honesto, chiquito pero confiable, chiquito pero decidido a brindarle al país mejores días sin mentirle a los bolivianos. Me regresé decepcionado porque a ningún artesano se le ocurrió crear esa figura que tanto necesitamos en Bolivia. Ni siquiera vi un solo ekeko tradicional, ni uno, para tomarle una foto. Ya no hay ekekos, así de simple. El dios de la abundancia que era el emblema principal de la tradición de alasita ha desaparecido y ha sido reemplazado por horribles culebras, sapos y gallos chinos, que la gente compra sin saber exactamente de qué se trata. Al ekeko lo enterraron esta vez para siempre, lo cual me hizo recordar una experiencia propia.        

Ekeko de la comunicación 

El año 2009 varios colegas organizamos un evento internacional sobre comunicación participativa y fue un evento importante ya que pudimos convocar a expertos de todos los países de la región y algunos de Europa. Se nos ocurrió contratar a un artesano para que fabricara 40 ejemplares de un “ekeko de la comunicación” que, en lugar de estar cargado con casas, autos, un colchón, fideos, harina, azúcar, aceite y dólares, llevara más bien objetos que simbolizan la comunicación: una radio, un periódico, un altavoz, una grabadora y una cámara fotográfica, para regalar a nuestros invitados internacionales. Aunque la comunicación como proceso humano no es tan fácil de representar como los medios de información, la idea fue bien recibida por los invitados extranjeros que se llevaron orgullosos a sus países respectivos el ekeko de la comunicación participativa.        

Supuse que el artesano de marras iba a tomar al vuelo nuestra idea y dedicarse a crear ekekos temáticos que sin duda tendrían éxito en la feria de alasita, no solamente con visitantes extranjeros sino también bolivianos. Imaginé al artesano elaborando un ekeko de la medicina, otro de la arquitectura, otro de la música, y uno sobre el deporte, en suma, un ekeko para cada profesión o sector de actividad. Sin embargo, mi suposición se reveló un sueño guajiro ya que probablemente ese mismo artesano dejó de fabricar ekekos por completo. 

El ekeko murió en su versión tradicional, de la misma manera que muchas de nuestras tradiciones están moribundas y ni siquiera se conservan como folklore, menos aún vivas. Sólo algunas iniciativas excepcionales, como la de Mujeres Creando, contribuyen a prolongar la tradición e innovarla, aún cuando las ekekas feministas, cuyo valor simbólico es indudable, no sean creaciones de notable habilidad artesanal. 

Lo que sí persiste y toma cada vez más fuerza en el país son las festividades bailables, las famosas “entradas” de carnaval, universitaria o del Gran Poder, porque generan muchísimo dinero (y toneladas de basura y centenares de borrachos tirados en las aceras como bultos hasta el día siguiente). Tampoco hay mucha creatividad en esas “entradas”, porque lo que parece importar es la “salida”, la borrachera colectiva. “Si me emborracho es con mi plata…” parece el nuevo himno nacional, coro general. En esos días de farra no se ve por ninguna parte la crisis económica, y los mismos gremialistas que se quejan por centavos en el aumento de algún producto, ostentan toda su riqueza de trajes y joyas en fiestas que duran varios días.       

Nuestra tradicional feria de alasita ha sido avasallada. Todo lo que queda ahora en miniatura son billetes, sobre todo dólares y euros, ya que la moneda boliviana se ha depreciado primero en el Banco Central de Bolivia, y luego en el imaginario colectivo. Para la alasita se imprimen billetes del mismo modo que lo hace el Estado para mantener la ilusión del cambio fijo. También se encuentra en abundancia pasaportes y pasajes para viajar al exterior porque en la situación en la que está el país yo también quisiera irme, y como les he dicho a mis amigos mi destino sería Bután, por dos razones: la primera porque es el único país del mundo que tiene un ministerio de la Felicidad, y la segunda, porque allá no tienen ni idea de que Bolivia existe. 

En fin, salí otra vez frustrado de la feria de alasita de este año, mi único consuelo hubiera sido comerme un diminuto anticucho con la poca carne que no exportamos a China y la papa que importamos del Perú (porque hasta eso somos incapaces de producir). Así, tristemente, terminaron otra vez mis ilusiones: no pude encontrar un presidente chiquito, por lo menos un candidato sin cola de paja para las próximas elecciones.       

El presidente que tenemos actualmente es minúsculo, se ha encogido por mediocre y mentiroso, y aunque sigue de vendedor de ilusiones por casi 20 años, ha llevado el país a la bancarrota con su demagogia barata. Ni siquiera sirve para economista de alasita. 

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Para crear debes estar consciente de las tradiciones, 
pero para mantener las tradiciones debes de crear algo nuevo.
—Carlos Fuentes