13 marzo 2011

Vargas Llosa, actor


No me incluyo en el grupo patético de quienes desprecian a Mario Vargas Llosa por su posición política y pretenden así disminuir su estatura de escritor. Considero a Vargas Llosa un gran novelista y ensayista, y disfruto la lectura de sus libros al mismo tiempo que admiro su disciplina como investigador y escritor, su seriedad en el oficio de la literatura, y si bien discrepo con alguna de sus posiciones políticas, el tiempo mismo le está dando la razón continuamente sobre muchas de ellas.  

Las rabietas que algunos despistados hacen sobre Vargas Llosa son similares a las que vertían sobre Octavio Paz o Jorge Luis Borges, cuya obra y nombre por supuesto sobrevivirá en la memoria de todos mucho más que la obra y nombre de sus mediocres detractores. Comisarios políticos como estos ha habido en todas las épocas, y por suerte desaparecen en la hojarasca.

En días pasados, un funcionario, creo que director de la Biblioteca Nacional de Argentina, cuyo nombre no había escuchado antes ni recuerdo ahora (ni me interesa recordar), escribió una carta virulenta a Cristina Kirchner pidiendo que Vargas Llosa fuera vetado en la Feria del Libro que se inaugurará en Buenos Aires en abril. La Presidenta lo mandó a pasear, como debía ser. Lo peor que podría pasarle a la cultura es que los censores se salgan con su gusto.

Lo anterior viene a cuento porque tuve la oportunidad de asistir en México a un par de actos de acceso restringido donde Vargas Llosa fue el protagonista.  Estuve en el hermoso Alcázar de Chapultepec cuando el Presidente Felipe Calderón le otorgó la condecoración del Águila Azteca, la más alta distinción que puede merecer un ciudadano extranjero, y al día siguiente, el sábado 5 de marzo, gracias a mi condición de colaborador de la DPA (Agencia Alemana de Prensa), asistí a la primera de dos exclusivas representaciones de su adaptación “Las mil noches y una noche”, en el imponente y recientemente renovado Palacio de Bellas Artes; en presencia, otra vez, del Presidente Calderón.

La novedad de esta obra, a diferencia de “Al pie del Támesis” que vi y comenté hace exactamente dos años cuando asistí a los ensayos en Lima, es que el propio Vargas Llosa actúa interpretando al legendario rey Sahrigar.

Entre las pasiones recurrentes del Premio Nobel de Literatura 2010, al menos dos destacan: el teatro y el erotismo. Desde “Pantaleón y las visitadoras” a “Travesuras de la niña mala”, pasando por “Elogio de la madrastra” y “Los cuadernos de Don Rigoberto”, el erotismo y la sexualidad constituyen un leit-motif en la obra del escritor peruano y muestran la inclinación del autor por un mundo de erotismo y sexualidad donde la transgresión es un aspecto central.

Los episodios que Vargas Llosa escogió adaptar en “Las mil noches y una noche” , estrenada inicialmente en España en julio del 2008, no son los más conocidos del clásico de la literatura oriental, pero son aquellos que más tienen que ver con las propias pasiones del escritor.

A través de los personajes representados por el propio Vargas Llosa y por Vanessa Saba -los únicos actores con diálogo en la obra- se describen no solamente las relaciones de infidelidad que están en el origen de las historias del rey Sahrigar y la bella Sherezada, sino otras transgresiones y picardías sexuales que son parte del imaginario del escritor.

Las relaciones entre hijos y madres, los cambios de identidad sexual, los amores clandestinos, y esa vecindad constante y estrecha entre el amor y la muerte, eros y tánatos (que son las dos caras de una misma moneda), acercan al espectador a aquel territorio de sombra donde todo es posible sin que ello tenga necesariamente que escandalizar las buenas conciencias.

Cuando Sherezada logra mantener despierto, hasta el amanecer, el interés del rey Sahrigar, noche tras noche durante mil noches y una noche, no solamente logra salvar su cuello de la implacable cimitarra que ha decapitado a tantas antes que ella, sino que también consigue despertar el erotismo dormido del rey como de los espectadores de la obra, y estimular su imaginación.

Porque ciertamente de lo que se trata a través de este contar historias interminable, es despertar el fuego doble del deseo por el erotismo y por la fantasía. Y eso es precisamente lo que Vargas Llosa reivindica como esencia de la literatura: contar –y hacer vivir- historias que estimulan los sentidos del lector o espectador, y estimulan su sensualidad hacia lo bello que tiene la vida.

Aunque el propio Vargas Llosa afirma que su adaptación de la obra es “minimalista”, el montaje escénico del director Luis Llosa, su primo, es por el contrario frondoso, con coreografías de bellas bailarinas orientales, un horizonte con proyecciones cinematográficas sugerentes y poéticas, efectos de luces que marcan las transiciones del día y de la noche, la música oriental interpretada en escena, y algunos personajes extraños que aparecen ocasionalmente.

El peso de la puesta en escena reside en las interpretaciones de Vanessa Saba y de Vargas Llosa; la primera destaca por su versatilidad cada vez que cambia de personaje: con sólo dar dos pasos en otra dirección, adopta otra voz, otra postura y otra actitud. No se puede decir lo mismo de Vargas Llosa; aunque también asume personajes diferentes lo hace en todos los casos sin pretender diferenciarlos. Su interpretación es lo más cercano al minimalismo.

Vargas Llosa dice que esta obra narra “la evolución de un ser brutal en un ser humano" a través de "la inteligencia y la destreza narrativa" de Sherezade. Es más que eso: el amor y la sensualidad rescatan a los seres humanos. Frente “al fuego del amor, la ciencia es inútil” dice el astrólogo, uno de los personajes narrados, y podríamos parafrasear la afirmación para decir que frente al mundo de la creatividad literaria, la racionalidad es inútil. La literatura de la imaginación y su mundo onírico, de picardía y divertimento, son una fuerza ante la cual es mejor rendirse y disfrutar.

08 marzo 2011

El ojo de Cristóbal


La fotografía es el arte de representar la realidad en imágenes y muchos suponen que se trata solamente de reproducirla. Antes de existir la fotografía, la pintura cumplía esa función: representar la realidad, no solamente copiarla. La creatividad de los pintores, aún los que hacían pintura realista, permitía plasmar miradas diferentes sobre los mismos temas: un paisaje, una naturaleza muerta, un retrato. No en vano cada pintor realista tenía su sello inconfundible, no es lo mismo Manet que Degas, Courbet que Corot.

La tecnología ha avanzado tanto y tan rápido en décadas recientes, y su accesibilidad se ha ampliado tanto, que hoy cualquier persona que posee una cámara fotográfica sofisticada, se considera fotógrafo. Y sin embargo, entre millones de instantáneas que se disparan cada hora en el mundo, siguen siendo muy pocas, un porcentaje ínfimo, las destinadas a trascender como expresión artística.

Es una verdad de Perogrullo –diría Quevedo si viviera hoy- que la cámara no hace al fotógrafo. La fotografía es obra de luz y de composición, y la tecnología por sí sola no puede hacer nada si no es por el ojo del fotógrafo.  Y por “ojo” entendemos obviamente lo que hay detrás, la experiencia, la sensibilidad y creatividad artística, y la capacidad de mirar la realidad como algo que tiene muchas dimensiones y una profundidad que el ojo común no puede ver.

Lo que precede es para hablar de Cristóbal Corral, el “Pecas”, fotógrafo ecuatoriano al que volví a encontrar luego de varías décadas. Nos conocimos en Ecuador en 1975 durante la filmación del largometraje “Fuera de aquí” de Jorge Sanjinés, donde trabajé como asistente de dirección, y nos volvimos a encontrar 35 años más tarde gracias a nuestra amiga común Alejandra Adoum y al cineasta Pocho Álvarez. Con ellos tres, unidos por una amistad a toda prueba, estuve de nuevo en Quito a fines de febrero.

El Pecas me regaló su libro “Ecuador, el camino del sol”, una hermosa edición con textos de Pocho Álvarez, a través de cuyas páginas ambos hacen un recorrido por el país que tanto quieren y conocen. Los textos de Pocho no solamente ofrecen información sobre cada fotografía, sino que también muestran un enorme conocimiento y respeto por las culturas y tradiciones, por la naturaleza y las amenazas que se ciernen sobre ella, por los hombres y mujeres –siempre nombrados e identificados- que hacen lo que es hoy el Ecuador.

Cristóbal Corral se alimentó de fotografía desde niño y aún recuerda la magia del laboratorio que su padre instaló en la casa y las visitas a la Botica Central del doctor Sojos, en Cuenca, donde adquiría los químicos y reactivos para revelar y fijar los negativos en blanco y negro.  Desde entonces el Pecas vivió con la fotografía y el cine, y encaminó su carrera profesional hacia la fotografía documental, la que más estrechamente ligada está a la memoria y a la realidad.

La mirada estética de Cristóbal Corral se complementa con la mirada ética del fotógrafo, porque la fotografía no es simplemente apretar un botón impunemente sino comprometerse con la realidad.  El fotógrafo no solamente descubre la diversidad, sino que asume un papel de interlocutor entre la gente, desde la realidad de cada quien.

Dice bien Esteban Michelena en el prólogo del libro, cuando afirma que las fotos de Corral provocan al mismo tiempo sensaciones de “alegría y regocijo desbordantes al ver la ternura, la vitalidad, la inocencia, la tenacidad y otros dignos materiales con los que, día a día, el país de nuestra gente se va haciendo, se va tejiendo, inventando y construyendo”; pero también la tristeza por la incertidumbre, porque “no existe certeza de hasta cuando va a sobrevivir ese país festivo, lleno de vida, bañado de colores y bendito de luz”.

Las 115 fotografías del libro son la síntesis de un largo itinerario de Cristóbal Corral, cuya gran versatilidad le permite fotografiar por igual paisajes, naturaleza, personas, fiestas populares, oficios o poblaciones indígenas.

De ahí la importancia del ojo del fotógrafo, el ojo que es la ventana de la sensibilidad, de la cultura, de la memoria.
  

01 marzo 2011

Ciespal, comunicación y desarrollo

Estuve en Quito a fines de febrero para participar en la Mesa Redonda sobre Comunicación para el Desarrollo, organizada por el Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (Ciespal) y la Unesco.

Volver Ciespal en esta nueva etapa de la institución, bajo la conducción de Fernando Checa, fue muy grato porque no se puede olvidar que Ciespal fue durante varias décadas la casa de la comunicación de todos los latinoamericanos interesados en el tema. Las décadas de 1970 y 1980 permitieron resultados emblemáticos, tanto en el área de capacitación (mediante una alianza importante con RNTC), como en las investigaciones y publicaciones, entre ellas la revista Chasqui y las colecciones de libros que inspiraron a las nuevas generaciones de comunicadores.

Pero sobre todo, ese elevado hongo de cemento donde se encuentra Ciespal en la Avenida Diego de Almagro en Quito, fue el gran lugar de encuentro de tantos especialistas de comunicación para el desarrollo, una comunicación con perspectiva de derechos, de la cual América Latina ha sido pionera.

Una segunda razón para sentirse “en casa” durante el evento, fue el auspicio de Unesco, la agencia líder de comunicación en el sistema de Naciones Unidas, sin duda la única que a lo largo de su historia se ha tomado la comunicación en serio, tanto, que a principios de los años 1980 su posicionamiento estratégico a favor de un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación (NOMIC), provocó la salida de Estados Unidos y de Inglaterra de la organización.

Mi presencia en Quito tuvo que ver precisamente con un trabajo de análisis del papel que cumple la comunicación para el desarrollo en el ámbito de las organizaciones del sistema de las Naciones Unidas en Ecuador. Unesco ha realizado este tipo de estudios en varios países (yo conduje otro ejercicio similar en Uruguay a fines del 2010), como un aporte al proceso de preparación de la 12ª Mesa Redonda de Comunicación para el Desarrollo que tendrá lugar en la India en noviembre de 2011.

Además de mi estudio, Ciespal y Unesco encomendaron dos más a especialistas ecuatorianos. Elianor Franco se ocupó de analizar el mundo de las ONGs desde la perspectiva de la comunicación para el desarrollo, y lo propio hizo Rubén Bravo con las instituciones del Estado.

Nuestras constataciones, y también las de quienes comentaron nuestras presentaciones (José Ignacio López Vigil, Marco Encalada y Francisco Ordóñez respectivamente), son similares: con algunas excepciones honrosas, la comunicación para el desarrollo no está en la agenda ni del Estado, ni de las organizaciones no-gubernamentales, ni de la mayor parte de agencias del sistema de Naciones Unidas.

En general, esos tres sectores carecen de políticas, estrategias y acciones que específicamente se enmarquen en el concepto de comunicación para el desarrollo, en cambio muestran una inclinación a promover la difusión de información y la visibilidad institucional.

Y sin embargo, muchos documentos políticos y estratégicos tanto del Estado ecuatoriano, así como del sistema de Naciones Unidas, se ocupan de subrayar la importancia de la participación social en los procesos de desarrollo, desde una perspectiva de derechos. La nueva constitución ecuatoriana establece, por ejemplo, importantes consideraciones en torno al “buen vivir” o sumak kawsay, que lamentablemente no se traducen en políticas de participación en las que la comunicación para el desarrollo tendría un papel central.

En el mismo Ciespal, abierta al público esta vez, me tocó ofrecer una conferencia sobre comunicación para el cambio social que fue transmitida en vivo a través de la página web de Ciespal

Queda mucho por hacer (no solamente en Ecuador) para cambiar esa percepción de que la comunicación es lo mismo que la difusión de informaciones o –peor aún- una mera actividad de visibilidad y posicionamiento institucional. De eso hablé en una entrevista que Carlos Rabascall me hizo en CN Plus.

22 febrero 2011

Replicante, navegante editorial

Ya está en circulación, navegando en el océano tumultuoso e infinito de la red, el número más reciente de “Replicante: ideas para un país en ruinas”, revista electrónica que edita en México Rogelio Villareal Macías. La edición de febrero 2011 está dedicada a un tema que me entusiasma: “Erotismo y Pornografía”, y entre los muchos textos que recoge, incluye uno mío: “El origen del mundo”, que presenté hace tiempo en un congreso sobre Sexualidad y Literatura en Monterrey.

El subtítulo de la revista no le hace honor a su contenido, ya que al referirse a México, “un país en ruinas”, restringe de inicio el enorme campo que abarca la publicación, para nada limitada a un país. “Replicante” no tiene fronteras, tal como el contenido de este número y de los anteriores lo demuestra. Más aún este número, que aborda desde tantos ángulos interesantes uno de los temas más antiguos de la humanidad, y precisamente uno que no reconoce límites.

Cada nuevo número de “Replicante” es para una lectura de disfrute que puede durar varias horas, porque al margen de los artículos principales, que no son pocos, cada uno contiene o remite a otros vínculos que la curiosidad impide pasar por alto. Además, las barras de navegación ofrecen varios blogs de colaboradores permanentes (Rubén Bonet, Carina Maguregui, Tania Tagle, Marisol Rodríguez, Héctor Villareal, Enrique Olmos, y el propio Rogelio Villareal, entre otros), y secciones que son como ventanas a otros jardines sin muros: “Apuntes y Crónicas”, “Artes”, “Literatura”, “Pensamiento y Reflexión”, “Agenda”…  

pintura de Daniel Lezama
El editorial recuerda acertadamente que “el erotismo y la pornografía han desafiado desde tiempos antiguos al estatus y ha causado el enojo de reyes y poderosos. Aún ahora las derechas y las izquierdas en el poder, igualmente conservadoras, ven a la pornografía como un peligro y no como una instancia liberadora”.

Hay en el índice de “Replicante” más de un centenar de artículos, relatos, poemas, comentarios de libros y otros textos bellamente ilustrados, para disfrutar sin prisa. Desde un artículo sobre la “estrella porno intelectual”, Sasha Grey, hasta la extensa revisión bibliográfica que hace Jorge Rueda en “La biblioteca del erotómano”, pasando por los deliciosos textos de Pierre Louÿs, y una entrevista reveladora con el coleccionista de literatura y arte eróticos Adolfo Llamas, cuyo acervo hace humedecer la boca. El artículo de Susana Moo sobre los orígenes del cine porno en España tiene vínculos a dos de las películas más antiguas del género en ese país “El confesor” (1920) y “El ministro” (1930), un regalo adicional.
 
Conocí a Rogelio Villareal Macías, el editor de “Replicante” a principios de los años 1980, cuando se ocupaba de una empresa familiar, la Federación Editorial Mexicana. Allí se publicó mi tercer libro de poemas, “Sobras completas”, y también la segunda edición de “Cine, censura y exilio en América Latina”, dos de mis cuatro libros editados en México. Rogelio me introdujo a colegas del Consejo Mexicano de Fotografía, fundado y presidido por Pedro Meyer, que hoy dirige “Zona Zero”, portal especializado en fotografía.  Fue una época estimulante para mí y la recuerdo con gusto.


17 febrero 2011

La estrella de ASUR

Cuando alguien que viaja a la ciudad de Sucre por primera vez me pregunta qué es lo que vale la pena visitar allí, mi consejo –sin pensarlo dos veces- siempre es: ASUR.


ASUR (Antropólogos del Surandino) es un proyecto y un proceso cultural del cual los bolivianos se pueden sentir orgullosos. Ha permitido a lo largo de 25 años no solamente dar a conocer el extraordinario arte del tejido de las comunidades indígenas en los alrededores de Potolo, al oeste de Sucre, sino además rescatar y mejorar sustancialmente ese arte y generar al mismo tiempo ingresos para las comunidades.

Ahora resulta que un efímero gobernador de Chuquisaca, hinchado de demagogia y oportunismo político, pretende que la Casa Capellánica, el inmueble donde funciona ASUR, sus talleres, su museo y su tienda, sea devuelto a la gestión gubernamental, con el argumento de que se trata de una fundación “privada” y que debería ser administrada “por los beneficiarios”. Esto significaría la aniquilación de un proyecto emblemático porque la casa donde funciona ASUR ya es hace muchos años una referencia nacional e internacional.

La historia de ASUR es una historia de curiosidad científica y amor por el arte. Todo empezó en 1985 cuando los antropólogos chilenos Verónica Cereceda y Gabriel Martínez, y el etnólogo boliviano Ramiro Molina, hicieron un recorrido por comunidades indígenas a 50 kms de la ciudad de Sucre, en busca de aquellas mujeres que habían sido capaces de producir los tejidos maravillosos que desde hace años aparecían en el acervo de coleccionistas internacionales.

Lo que encontraron fue lamentable, una enorme pobreza, índices de mortalidad y morbilidad infantil muy altos, desorganización social y desánimo en las comunidades, cuyos pobladores fueron despojados poco a poco de lo más valioso que tenían: los tejidos heredados de padres y abuelos, algunos con antigüedad centenaria, vendidos por cuatro pesos para poder mantenerse en una precaria sobrevivencia.

Más aún, los nuevos tejidos que producían ya no eran ni tan finos ni tan creativos como los antiguos.  La figuras se habían simplificado y se repetían, no mostraban la variedad y complejidad que alguna vez tuvieron. La tradición se estaba perdiendo rápidamente, y el tráfico de los valiosos textiles hacia el extranjero, iba a dejar a esas comunidades en la última pobreza, aquella en la que se ha perdido todo, incluso la identidad.

A partir de esa constatación nace ASUR y Verónica Cereceda se convierte en principal impulsora, con una dedicación incansable y una entrega total. Nada podía augurar el éxito de un proceso de rescate y de recuperación de una tradición en vías de extinción, pero la apuesta fue el compromiso con las comunidades.  En tan solo dos décadas lo que se ha logrado es digno de admiración y elogio.

Incluso para quienes no somos expertos en el arte de los tejidos, salta a la vista que las obras que hacen actualmente las mujeres de las comunidades Jalq’a son incluso mejores, más ricas en su diseño, que las que se hacían antiguamente. Cuando se comparan los tejidos que se exhiben en el museo de ASUR con los que se pueden adquirir en la tienda, se aprecia que este es uno de los raros casos donde el arte textil ha renacido como ave fénix para ser incluso más imponente que antes.

Y esto ha sido posible gracias a una visión estratégica que busca fortalecer a las comunidades indígenas en su cultura y en su capacidad de gestión, “aportando, con sus valores y conocimientos, a la construcción de la identidad nacional”. ASUR a permitido a esas comunidades económicamente deprimidas por las limitaciones de su producción agrícola de subsistencia, generar recursos suplementarios para el bienestar de las familias. Para ello, se han fijado precios justos para la venta de los tejidos, precios que reflejan el tiempo y dedicación que requiere la fabricación manual, única y personalizada de cada uno de ellos.

Además de generar oficios en el proceso de producción artística y artesanal, y de favorecer el fortalecimiento interno de las comunidades para lidiar con el comercio y el turismo, la labor de ASUR ha llamado la atención sobre la riqueza cultural de las comunidades, ha fomentado la investigación y contribuido a aumentar la vigilancia de los organismos del Estado sobre la exportación ilícita de tejidos antiguos que son patrimonio nacional. La lista de libros publicados con el sello de la Fundación ASUR es una prueba más de su eficiencia y de la seriedad del trabajo realizado.

El proyecto permanente de renacimiento del arte textil indígena incluye hoy más de mil mujeres tejedoras Jalq’a de las provincias Chayanta y Oropeza, que tejen con vellón natural de alpaca y oveja, y de Tarabuco, que utilizan lana de oveja y algodón para sus tejidos.

ASUR ha generado otras iniciativas que benefician a las comunidades, como el proyecto de capacitación de 200 hombres tejedores que producen propuestas nuevas, diversificadas, en tapices, mantas y alfombras. A ello se suma la producción de accesorios de cuero de camélidos con inserciones textiles, y un taller de alfarería fina donde se producen vajillas y adornos de cerámica.   

Me siento orgulloso de tener en mi casa varios aqsus Jalq’a que he adquirido en ASUR, extraordinarias representaciones de khurus animales imaginarios e improbables, ecos del inframundo, saxra,  que no podemos entender quienes somos ajenos a esa cultura milenaria. Son maravillosas obras de la imaginación con profundo anclaje en la cultura y la tradición, además de productos de una destreza manual muy fina. Para cada una de estas obras de arte, las mujeres tejedoras emplean varios meses de trabajo, dependiendo del tamaño.  Por ello tienen el orgullo de poner sus fotos y sus nombres junto a cada obra terminada. 

La Fundación ASUR honra a Bolivia y honra a Sucre, su capital. Sería lamentable que por la mala disposición de algún funcionario que está de paso por el poder, se le retirara el derecho de ocupar un inmueble adecuado a sus necesidades y a las de los visitantes.


10 febrero 2011

Niño Pa

Niño de las Mariposas, Niño de los Olivos, Niño de la Abundancia, Niño Desata Nudos, Niño de las Palomas, Niño Marinero, Niño de la Cosecha, Niño San Miguel de los Milagros, Niño Jaguar, Niño de las Uvas, Niño Chinelo, Niño Salvador del Mundo, Niño del Amor, Niño Juan Diego, Niño de Atocha, Niño Pescador, Niño Ángel de la Guardia, Niño Médico, Niño Futbolista…

La lista suma y sigue, pero todos esos niños son uno solo, el Niño Pan o Niño Pa (Niño Padre), también llamado Niño el Pueblo, Niño Peregrino de los Barrios o Niño Viajero, que se venera durante la fiesta de La Candelaria en la Iglesia de San Bernardino de Siena, en Xochimilco, al sur de la ciudad de México. Como tantas tradiciones mexicanas, esta se expresa cada año con mayor fuerza, subrayando una identidad cultural local, única, distinta; producto del sincretismo religioso cristiano e indígena.

Junto a la iglesia se ha instalado una feria extensa donde se fabrican, reparan y venden niños de yeso de todos los tamaños.  Sobre las mesas aparecen como llegaron al mundo, desnudos, de piel oscura o clara, de ojos celestes o marrones, chicos y grandes. 

A partir de allí las opciones se diversifican, la oferta de trajes y accesorios es amplia, para que cada niño adquiera una identidad diferente y un nombre entre los mencionados más arriba. Los trajes son lujosos, ampulosos, de seda o terciopelo, bordados de encajes, y junto a los accesorios, simbolizan la identidad que se quiere otorgar a cada figura. 
  
Una espiga de trigo, una espada, una calavera, un harpa, una corona de estrellas, un pescado, un billete de 500 pesos, monedas, uvas, una mariposa, una paloma, la imagen bordada de la Virgen de Guadalupe, una mitra papal, un sombrero de chinelo, o un estetoscopio, son los accesorios que sirven para destacar los símbolos que caracterizan a cada figura. 

Al niño Pa se le piden favores, como a todas las figuras de devoción.  Durante el año pasa varios meses trasladándose a hospitales y a hogares donde su sola presencia, según la tradición, tiene efectos milagrosos. La iglesia católica juega muy bien con estas tradiciones, no certifica ni niega los poderes de sanación, pero perpetúa los cultos que atraen a los fieles (y a los curiosos) a las iglesias.  

Se supone que el niño, nacido el 25 de diciembre, ya es robusto, ha cumplido 40 días de vida, y la tradición quiere que cada 2 de febrero, el Niño Pa de Xochimilco cambie de casa, como lo ha estado haciendo durante más de cuatro siglos. 


El sistema de mayordomía se cumple estrictamente, las familias se anotan con años de anticipación para venerar en sus casas, durante un año, la figura original que fue esculpida en el siglo XVI en palo de colorín (madera con la que se fabricaban los violines de los mariachis) por un indígena de Xochimilco que la hizo de manera que las articulaciones de sus miembros se muevan, para que pueda estar sentada o recostada. La figura de 43 centímetros de altura pesa apenas medio kilo sin sus ropas, y es tan frágil por el tipo de madera, que desde 1995 ha sido restaurada cada año. 

Al Niño Pa se lo trata como a un niño de verdad.  Dicen que se lo desviste cada noche para acostarlo en su moisés, y que a la mañana siguiente lo despiertan cantándole “Las Mañanitas”. Dicen también que ha acumulado a través del tiempo y de las donaciones de sus fieles, un ajuar tan abundante que cuando se traslada cada año de una familia de mayordomos a la siguiente, lo preceden varios camiones cargando sus muebles, sus ropas, sus joyas, sus enseres personales.  Todo eso suena a despropósito, pero así son algunas tradiciones.

El mero mero Niño Pa
La lista de futuros mayordomos es tan larga, que llega al año 2036 y ha sido cerrada por el momento; varios morirán antes de lograrlo. La familia del barrio de Tlacoapa que entregó este año, había esperado 35 años para gozar del privilegio, y la familia Poblano Hernández que se lo llevó ahora al barrio de Caltongo, tuvo que esperar aún más. Por eso la población en general, que no tiene esperanzas –ni dinero- de acceder a la mayordomía, se conforma con las miles de reproducciones que aparecen en la iglesia en esta ocasión, diferenciadas por sus múltiples identidades, trajes y accesorios.

Como casi todas las manifestaciones religiosas mexicanas, esta es una muestra más de sincretismo. Los indígenas que veneraron al Niño Pa lo asocian desde su origen con Huitzilopochtli, “el colibrí del sur”. 

La música diversa que se escucha durante la fiesta del Niño Pa es otra muestra de hibridación de la cultura mexicana: los chinelos enmascarados representan a los moros, la banda de viento trae ecos de lo rural, los mariachis son propiamente urbanos a pesar de su origen charro, y las estudiantinas representan el resabio español.

Chinelo
Ahí estuve, metido entre las dos hileras de chinelos, fotografiando de cerca sus rostros fijos, sin poder penetrar hasta los ojos que sin duda me miraban detrás de las caretas.

Todo esto sucede en medio de Xochimilco, un pueblo colonial donde aún se conservan los canales cuya red se extendía siglos atrás hasta el mismo centro de Ciudad de México, y que sorprendió a los conquistadores españoles a su llegada a Tenochtitlán. Alrededor de las chinampas con sus hileras de erguidos ahuejotes (“árbol del agua”), y de los canales sobrevivientes, serpientes de agua por donde circulan las “trajineras” pintadas de colores vivos, sigue creciendo una de las urbes más grandes del mundo.

Xochimilco, el paraíso de las flores, el lugar de la milpa, la sementera del valle de México, Patrimonio de la Humanidad, donde Quirino Mendoza compuso “Cielito Lindo”, ha quedado con su sabor a pueblo en medio de vías de alta velocidad, grandes avenidas y la locura cotidiana.


29 enero 2011

Cantar de ciegos

Hace poco leí Ensayo sobre la ceguera, de Saramago y quedé absolutamente deprimido con las descripciones de ese mundo de oscuridad donde los sobrevivientes que no murieron de hambre deambulan temerosos por calles llenas de basura, excrementos y cadáveres en descomposición.

"Les amants" de Rene Magritte
El profundo mensaje filosófico que encierra el libro me dejó pensando en el poco valor que le damos a todo lo que tenemos, y el mal uso que hacemos de los recursos, de la electricidad, del agua, de los alimentos y por supuesto de nuestros sentidos. El desperdicio caracteriza a nuestras sociedades, la arrogancia y superficialidad en el comportamiento nos ciega, nos impide ver en qué nos hemos convertido.

En el Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato, que leí hace muchos años en su monumental Sobre héroes y tumbas, los ciegos eran los otros, los subterráneos, los que conspiran desde la oscuridad contra la vida del narrador.  Pero en Saramago los ciegos somos todos, es más terrible. Todos somos protagonistas de la oscuridad, humanos que no merecemos ver porque no hemos sabido valorar la claridad, vivir en la luz.

Todo esto y el título que me presta el libro de cuentos de Carlos Fuentes, viene al caso porque hace un tiempo en La Paz conocí a un grupo de ciegos en el marco de la evaluación que hice de los proyectos de comunicación apoyados por la WACC en varios países de América Latina. Qué es la WACC? Una organización que dispone de pocos recursos, pero los pone allí donde pueden ser mejor utilizados: el derecho a la comunicación, para generar cambios sociales a través de la participación y el compromiso de los actores.

Alfonso Gumucio y José Luis Aguirre
En este caso, el proyecto apoyado por la WACC ha sido llevado a buen término por el SECRAD (Servicio de Capacitación en Radio y Televisión para el Desarrollo, de la Universidad Católica Boliviana San Pablo) que dirige mi amigo José Luis Aguirre, uno de los más importantes especialistas de la comunicación para el desarrollo en Bolivia, aguerrido defensor del derecho a la comunicación, un concepto que a muchos les suena subversivo.

El SECRAD desarrolló el proyecto “Formación de comunicadores con discapacidad, para la construcción de sus derechos a la comunicación”, un taller de producción de programas de radio dirigido en especial a un grupo de ciegos, que tuve oportunidad de conocer. Lo primero que llamó mi atención es que no se andan con rodeos, se autodenominan ciegos y reivindican esa palabra en lugar de otras expresiones políticamente correctas, como invidentes o personas con discapacidad visual.
Roxana Roca

El grupo, asistido por Roxana Roca y el equipo técnico del SECRAD, escogió los temas y los formatos radiofónicos (noticiario, radionovela, documental, entrevista), elaboró los guiones y grabó los programas con sus propias voces. La experiencia de capacitación abrió para cada uno de los participantes una nueva perspectiva de vida.

“Yo aspiro a ejercer la comunicación, ser comunicador social y un actor, no solamente un receptor de mensajes. El derecho a la comunicación significa ejercer las decisiones sobre la comunicación, no solamente consumiendo información.  Ser actores significa que nosotros vamos a emitir los mensajes, para mostrar en qué podemos ser útiles a la sociedad”, dice Rubén Pomacahua.

Alfonso Gumucio y Rubén Pomacahua
Rubén me sorprende por la facilidad con que maneja la computadora portátil que lo acompaña a todas partes. Ha instalado en ella programas de voz que le permiten escribir y leer con la misma solvencia que lo hace una persona que goza del sentido de la vista. Mientras teclea rápidamente una voz repite lo que acaba de escribir. Sus dedos vuelan sobre el teclado, la voz se acelera al punto que le pido que la haga más lenta, para entender mejor.  Él ya está acostumbrado a exigirle a esa voz automatizada el máximo de velocidad. 

Rubén y sus otros compañeros ciegos me piden que les envíe textos sobre el derecho a la comunicación, tema que les interesa sobremanera. ¿Textos?  “Sí, textos en Word o en PDF, nuestras computadoras pueden leerlos perfectamente” me responden.

Ruth Aguirre
Para Ruth Aguirre, el curso de capacitación en radio transformó su entorno familiar: “Además de lo que aprendí sobre comunicación, ha cambiado la manera de comunicarme con mis hijos, que es algo que yo quería lograr, para poder ayudarlos. Algunas barreras que enfrentaba en mi vida ya no me limitan”.

El proceso de aprendizaje, en todos los participantes, está unido al deseo de emplear lo aprendido para ayudar a otros. Ruth, al igual que sus otros compañeros, lo tiene muy claro: “Quisiera trabajar en radio, para poder expresar los pensamientos y sentimientos de las personas con discapacidad visual, para ayudarlos en su vida.  Me gustaría hacer sociodramas para dar algunas enseñanzas y sensibilizar a las personas que conocen poco sobre la discapacidad.”

Amílkar Castillo
Amilkar Castillo, quien perdió la vista ya adulto, me cuenta que hasta entonces trabajaba en el Hotel Sheraton de La Paz (hoy Radisson). Le pregunto si conoció a mi madre, quien también trabajó allí. Sí, claro, se acuerda de ella. Este punto de la conversación con Amílcar me trae a la memoria que a principios de los años 1960 mi madre le dedicaba parte de sus fines de semana al servicio social en el Albergue de Ciegos que entonces quedaba en la curva de Obrajes, a pocas cuadras de mi casa. Ambos recordamos también a Alberto Zubieta, a quien mi madre apreciaba mucho. Alberto me reconoció por la voz cuando, muchos años después, lo encontré en la Calle Comercio, vendiendo billetes de lotería junto a la puerta de Museo Nacional de Arte.

“Nosotros hemos perdido el sombrero, pero no la cabeza. Hemos perdido la luz, pero nuestros otros sentidos están intactos”, me dice Amilkar. Y con esa frase quiero cerrar esta nota.

24 enero 2011

Divorce over the toothpaste

Mi colega y amigo Alan Fowler, un intelectual inglés que vive en un rancho en Sudáfrica y divide su tiempo entre sus cultivos y sus asesorías internacionales, me metió hace unos meses en una nueva aventura: escribir sobre las ONGs y la comunicación para su libro NGO Management, que se publicó recientemente en Europa,  editado en colaboración con Chiku Malunga.

Alan Fowler
Alan Fowler y yo, junto a Dominique Hounkonnou de Benin, Louk de la Rive Box de Holanda y Vasanti Rao de India, somos miembros del Consejo Asesor Internacional de PSO, una organización holandesa de cooperación, especializada en desarrollo de capacidades de organizaciones de la sociedad civil en países en desarrollo. PSO nos ha dado la oportunidad de reunirnos cada año en La Haya para debatir entre nosotros y con el personal de PSO, temas de desarrollo, cooperación internacional, sociedad civil y comunicación.   

El capítulo que escribí para este nuevo libro de Alan Fowler y Chiku Malunga, “NGOs and Communications: divorce over the toothpaste” (o sea, “Las ONGs y la comunicación: divorcio por la pasta dental”) se puede leer en los archivos de Scribd o de A.nnotate, y se puede adquirir el libro entero pidiéndolo a la editorial Earthscan, que además tiene un catálogo extraordinario para quienes se interesan en las ciencias sociales. 

Más allá de mi análisis sobre la pobreza o inexistencia de la comunicación en el trabajo interno y externo de las ONGs, el libro de Fowler y Malunga contiene en sus 450 páginas más de 30 contribuciones de 40 autores de universidades, institutos de investigación y ONGs de Europa y Norteamérica, y algunos de África, Asia y Australia. Parece que soy el único latinoamericano en el paquete y uno de los ocho que estrenaron textos nuevos en el libro.

Los capítulos abordan desde múltiples ángulos la problemática de las ONGs en el mundo del desarrollo y el cambio social. Para ello los autores han dividido el libro en nueve partes, cada una con dos o más textos, a través de los cuales se cubre el espectro completo del trabajo de las organizaciones no gubernamentales como espacios organizados de interacción en la sociedad civil.  Las partes principales tratan las relaciones de las ONGs con la sociedad civil, sus estrategias, enfoques y aplicaciones, su desarrollo organizacional, los resultados y las formas de evaluarlos, los liderazgos, las trayectorias de aprendizaje, y la sostenibilidad.

Aunque se escribe y se publica mucho a nivel nacional e internacional sobre el mundo de la ONGs, y en todos los idiomas, lo cierto es que son muy pocos los libros que tienen esta intención de abarcarlo todo, es decir, de ser una guía de lectura (un “reader” dicen en inglés) que permite abordar todos los aspectos, inclusive la comunicación, lo cual es muy raro en la literatura sobre las ONGs (que los autores prefieren llamar ONGD, añadiendo una “D” de desarrollo para diferenciarlas de aquellas que solamente acuden en situaciones de urgencia para realizar trabajos humanitarios.

En la introducción los compiladores del libro colocan los temas que no han sido suficientemente abordados en los capítulos individuales, por ejemplo contribuyen a esclarecer el tema de la identidad de las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo, así como los desafíos que enfrentan en el plano de la economía política, y de la búsqueda de eficiencia y transparencia.

Muchas veces las ONGs operan con una excesiva confianza en sí mismas, como si fueran intocables e incuestionables, como si su virtud original (de nacimiento) fuera suficiente para justificar todo su accionar. Este libro es un espacio de reflexión colectiva que muestra que los buenos propósitos iniciales que animan a la mayoría de las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo, pueden ser debatidos y cuestionados como está sucediendo actualmente en Haití (ver el artículo de Blanche Petrich en La Jornada), y que las propias ONGs o si se quiere ONGDs, deben darse el tiempo necesario para reflexionar internamente y mirar de manera autocrítica sus acciones.

11 enero 2011

Mujeres con hambre

Conocí en la ciudad de El Alto a varias mujeres bolivianas con extraordinario hambre de justicia, y dotadas de todo lo necesario para hacerla prevalecer: inteligencia, honestidad, entusiasmo, decisión, y compromiso.

El Alto está tan cerca de La Paz y tan lejos de todo.  Es la ciudad boliviana que ha crecido más rápidamente (más mal que bien), en apenas tres décadas, y que no termina de sufrir problemas de crecimiento, como un adolescente torpe y desgarbado. Las calles llenas de polvo y de basura, la ausencia de árboles, el paisaje urbano espantoso que cuando no ostenta colores chillones expone meramente el ladrillo de construcción, el cemento, las varillas de metal desnudas. La desidia de sus autoridades y de su población, los altos índices de criminalidad, prostitución, tráfico y fabricación de drogas, hacen que los problemas sociales sean agudos y que mucha de la gente que vive allí pertenezca al rango de la ciudadanía informal.

Y sin embargo, ese mismo espacio urbano feo y descuidado, es compartido por una cantidad respetable de proyectos, organizaciones no gubernamentales y asociaciones culturales que desarrollan un trabajo social incesante, muy a pesar de todo lo que acabamos de describir.

Una de esas instituciones es el Centro de Educación y Comunicación para Comunidades y Pueblo Indígenas (CECOPI), que fundó en 1997 Donato Ayma, destacado comunicador aymara y exministro de educación, y que ahora dirige su hija Tania Ayma. Visité CECOPI y Radio Atipiri en el marco de una evaluación que hice hace unos meses de los programas de la WACC en Bolivia, Perú y Ecuador, y no pude sino maravillarme de los resultados, más de aquellos inesperados que de los previstos en la propuesta del proyecto original, aunque los inesperados son sin duda consecuencia de los previstos.

Hablé con varias mujeres de El Alto, de Tiwanaku y de Santiago de Callapa que participaron en los cursos de capacitación impartidos por CECOPI y dirigidos por la propia Tania Ayma, y todas coincidieron en que desde entonces sus vidas habían cambiado rápidamente. Mujeres que vivían antes entregadas a las labores domésticas, encerradas en sus comunidades, padeciendo el machismo que es prevalente en el mundo aymara y que les negaba una participación política activa, de pronto descubrieron nuevos horizontes.

Es el caso de Porfiria Quispe Pérez, Lidia Apaza Queso, Juana Quispe Choque, Sonia Alejo Ramos y de Marthina Cruz Osco, quienes me contaron sus historias de vida. “Antes yo no salía de mi casa y me dedicaba a labores de agricultura, pero desde que empecé a trabajar con la radio, mi vida ha cambiado, mi participación en las organizaciones de mujeres ha sido mayor, y ahora estoy en la Federación de Mujeres Bartolina Sisa, he sido elegida dirigente provincial de Pacajes”, dice Lidia.

“Yo era muy tímida –me dijo Marthina- quería perder el miedo a hablar frente al público, o de visitar una oficina, y en eso el curso me ha ayudado mucho. Ahora digo ‘pido la palabra’ y digo lo que tengo que decir”. Sonia confirma: “Mi vida ha cambiado en algunos aspectos, tengo más facilidad de palabra, ya no me quedo callada, he perdido el miedo.”

Las trayectorias de Lidia, Marthina y Sonia corren en paralelo.  Luego del curso se convirtieron en dirigentes de su comunidad, y poco más tarde fueron electas en cargos político-sindicales provinciales. “Tenemos derecho a la tierra, derecho a la política, a tomar decisiones.  Ahora tenemos el trabajo de fortalecer a las mujeres, vamos municipio por municipio para que sepan los derechos que tenemos”, dice Sonia.

Le pregunté a Sonia: “¿Dónde te ves en diez años?”  Sin pensarlo dos veces respondió: “Ministra de Justicia”.

03 enero 2011

Elogio del ombligo

Hay libros que releo sin recordar que ya los leí antes. Estoy en la página 20, o en la mitad de un libro, y recién caigo en cuenta de que ya lo había leído. Sucede con mayor frecuencia cuando son libros que no me han impresionado, que no me habían dejado huella alguna en la memoria. Por ello, de un tiempo a esta parte adquirí la costumbre de escribir, en la última página, la fecha en que termino de leerlos.

Sin contar esos errores de desmemoriado, no soy de los que releen libros, no hay tiempo en la vida para eso.  Salvo la poesía a la que uno puede regresar varias veces porque los buenos versos son como amaneceres luminosos que uno puede regalarse a cualquier hora del día.  Con los ensayos hago excepciones, quizás porque algunos tienen un vuelo poético que estimula.

Una de esas excepciones -que me he reservado con fruición para empezar este nuevo año- es “El ombligo como centro erótico” de Gutierre Tibón, que leí por primera vez hace un par de décadas en la colección de Lecturas Mexicanas editada por el Consejo Nacional de Cultura (CONACULTA) y el Fondo de Cultura Económica (más de 200 títulos publicados, asequibles al precio dos tacos al pastor), y que me produce el mismo placer ayer y hoy.

Este es un ensayo delicioso, escrito por uno de los grandes especialistas en estudios onfálicos, es decir, estudios sobre el ombligo. No es broma, el ombligo es una cosa muy seria, es el centro del cuerpo humano, pero también el referente del centro en muchas culturas. Gutierre Tibón se interesó precisamente por el ombligo cuando se enteró que en Náhuatl, la palabra México significa “el ombligo de la luna”. A partir de allí escribió varios libros que abordan desde la investigación histórica la relación del ombligo con la religión, el arte, y hasta la culinaria. El ombligo, dice, es “la puerta del misterio de nuestro nacimiento que se cierra cuando llegamos al mundo”.

“Estaba lejos de imaginar que el ombligo, además de centro cósmico, geográfico, arquitectónico, psíquico, tuviese también tantas implicaciones sexuales. Mi punto de partida fue un versículo del Cantar de los Cantares; con él se enlazan alusiones del Kama Sutra y de Las mil y una noches. Los  mitos de Onfalia y de la Venus Cipria me abrieron nuevos horizontes; la leyenda boloñesa de Venus y el tortelín me dejó con la sonrisa en los labios; los ritos de Carnac y la umbigada brasileña llamaron mi atención sobre aspectos netamente eróticos”, dice Gutierre Tibón.

Desde “tu ombligo, como cáliz redondo, al que nunca le falta licor”, un verso en el Cantar de los Cantares, hasta la luna como el “ombligo del cielo” en Leopoldo Lugones, la sensualidad ha invadido la poesía y la literatura desde siempre, y este texto de Gutierre Tibón condensa muy bien ese recorrido.  El ombligo unido a la idea del placer más sublimado, más delicado: “Su ombligo podría contener una onza de almizcle, el más suave de los aromas” dice Scherezade en Las mil y una noches. Y en el Kama Sutra se habla de los besos que se dan a las mujeres “en las junturas de los muslos, de los brazos y en el ombligo”.

Y cuando leo esas referencias que rescata Gutierre Tibón de la India, no puedo sino recordar los templos eróticos de Khajuraho, donde centenares de mujeres esculpidas en piedra, todas en diferentes posturas, parecen envueltas en seda y sus ombligos parece que tiemblan cuando uno se acerca.

Hay mucho más en el libro y en la genealogía artística y política del ombligo, como por ejemplo que para el Inca Garcilazo de la Vega, la etimología del Cusco tiene también el mismo significado: “ombligo de la tierra”, es decir, centro del imperio. Y la isla de Pascua, denominada Te pito o te henua por sus habitantes originarios, no quiere decir otra cosa que “el ombligo del mundo”.

Una de las representaciones más atractivas del ombligo, que reafirma la sensualidad no solamente ligada al sexo pero también a otras formas de disfrute, es el ombligo que se come, es decir, la “onfalofagia”.

Gutierre Tibón ha encontrado referencias en la cultura turca sobre unos pastelitos deliciosos que reciben el nombre de “ombligo de mujer”, pero sobre todo nos recuerda que la forma de los tortellini italianos está inspirada en el ombligo de Venus (o de Lucrecia de Borgia, según otras versiones). No es lo mismo, por eso, comerse unos raviolis que unos tortellini. En el primer caso uno come pasta, en el segundo, uno come un símbolo sensual.

Gutierre Tibón se divierte clasificando los ombligos por su forma.  Nos habla del ombligo vertical, como un sexo femenino en miniatura, depilado, que denomina “ojo de gato”; se refiere al ombligo “grano de café” como el de “la actriz de cine yanquiboliviana” Raquel (Tejada) Welch y a otros ombligos que a lo largo de la historia han inspirado a poetas, pintores y fotógrafos.



También yo escribí un breve poema sobre el ombligo en mi libro “Sentímetros” (1990) y lo dediqué -como debía ser- a Gutierre Tibón:


Cuarto creciente
pez entre dos aguas
clave trascendente en la playa astral
nudo desnudo que se anula
orilla ciega, sutura sorprendida
donde la vida termina
para comenzar,
marea pálida y nocturna
al más leve tacto se capturan
todos sus temblores.