21 agosto 2008

Cape Coast

No había estado en Ghana en los últimos tres lustros, probablemente desde 1993, cuando todavía vivía y trabajaba en Nigeria. Y entonces, venía a reuniones de trabajo de UNICEF que no me dejaban tiempo para conocer algo más. De ahí que esta oportunidad de regresar al país que acaba de cumplir 50 años de independencia, no podía desaprovecharla, sino más bien sumar las visitas a Elmina, Cape Coast y a un par de radios comunitarias.


Cape Coast fue la ciudad más importante de Ghana, el centro administrativo de los ingleses hasta 1877 cuando Accra lo sustituyó. La ciudad está muy venida a menos pero todavía conserva algunos símbolos de su pasado glorioso. Su castillo, que es más bien un fuerte, es imponente con sus hileras de cañones que se alzan amenazantes sobre el Golfo de Guinea. Este es uno de los once fuertes y castillos de Ghana declarados en 1979 Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y se lo merece, no solamente porque su estructura es imponente, sino porque su historia está llena de símbolos.


El castillo de Cape Coast fue uno de los centros del tráfico de esclavos durante la época colonial. Los esclavos ghaneses, capturados por los ashante, eran entregados a los traficantes ingleses a cambio de alcohol y armas. Mientras esperaban a ser embarcados hacia América, eran encerrados por centenares en habitaciones oscuras y sin ventilación, que hoy se pueden visitar, donde muchos morían asfixiados. Debilitados, enfermos y hambrientos, otros morían durante la larga travesía a través del Atlántico o llegaban casi muertos al otro lado.


Un estrecho túnel comunicaba las cámaras en las que encerraban a los hombres con aquellas donde estaban las mujeres, y cada seis meses les permitían reunirse. Luego, los esperaba la puerta sobre la playa, que ostentaba el letrero "Puerta sin Retorno"; pero años atrás los descendientes de esclavos colocaron del lado de afuera de la puerta un nuevo letrero: "Puerta del Retorno".


Desde lo alto del castillo de Cape Coast uno se pone a pensar en la historia de los esclavos africanos, en la historia de Africa y de América, en nuestra historia, en suma.


En días de sol radiante, como los que me tocaron, el castillo de Cape Coast refulge sobre el telón de fondo del mar. A sus pies, centenares de pescadores establecen el contraste enre el blanco del castillo y el azul del mar, con los abigarrados colores de sus barcas y el verde de sus redes.


16 agosto 2008

Cachuela Esperanza

Estuve hace un mes en Cachuela Esperanza, cuyo nombre está ligado a una historia llena de magia. Cachuela Esperanza es una de esas poblaciones extraviadas en un lugar remoto de la selva, que en un momento de su historia vivió la gloria de ser epicentro de una intensa actividad económica y social. Me hizo pensar en Mompox, sobre el Río Magdalena, pero a diferencia de esa ciudad colombiana que ha conservado su nobleza, su arquitectura y su belleza, en Cachuela Esperanza no hay sino un caserío polvoriento y abandonado.


Poco queda allí que recuerde esa época dorada en la que el dinero producto de la explotación de la goma, circulaba a raudales y el nombre de Nicolás Suárez, el rey del caucho, resonaba a uno y otro lado de la frontera con Brasil. Cachuela Esperanza tenía entonces un teatro con un proyector de cine, una iglesia que aún sigue en pie sobre una loma rocosa, y un hospital que al parecer era uno de los más modernos de América Latina, con el primer equipo de Rayos X de Bolivia. Según se cuenta, acudían a él en hidroplanos privados ciudadanos adinerados de ciudades tan distantes como Río de Janeiro y Sao Paulo.


Nicolás Suárez no fue el primero en llegar a Cachuela Esperanza, pero fue quien se estableció allí y convirtió el pequeño poblado en la sede de su imperio. En 1846 el explorador José Agustín Palacios Pinto descubrió las cachuelas del Río Beni, pero pasaron más de 30 años hasta que el doctor Edwin Heat, en un viaje de exploración por los ríos Madre de Dios y Beni, llegara nuevamente al lugar nombrándolo como Cachuela Nueva Esperanza. El nombre sugiere que si los forasteros lograban pasar las cachuelas (rápidos del río) tenían esperanza de seguir con vida.


En 1882 el industrial Nicolás Suárez llegó con la intención de dedicarse a la compra de goma y venta de mercaderías de ultramar, pero se entusiasmó al ver la posición estratégica del lugar y decidió instalarse y dedicarse a la explotación de la goma. Cachuela Esperanza está situada a pocos kilómetros de la confluencia de los ríos Beni y Mamoré, ambos afluentes del río Madeira, que delimita la frontera con Brasil y a través del cual la Amazonía se comunica con el Océano Atlántico, navegando por el Amazonas.


Cachuela Esperanza se convirtió el centro del complejo industrial de la Casa Suárez. Desde allí se realizaban todas las transacciones con el continente europeo a través de sus propias oficinas en Londres. “La empresa tenía más de mil ochocientos empleados, que trabajaban en grandes talleres, barracas y oficinas dotadas de energía eléctrica y permanente comunicación telegráfica. No era raro ver contadores ingleses trabajando en la sede central de la empresa y se construyó un pequeño ferrocarril para evitar las cachuelas que atravesaban el río Madera. En los años de mayor expansión económica, la Casa Suárez tenía enormes propiedades cercanas a los cinco millones de hectáreas y un capital superior a los dos millones y medio de libras esterlinas”, cuenta Rodolfo Pinto Parada en su libro Rumbo al Beni.


En las primeras dos décadas del siglo veinte Cachuela Esperanza era un hervidero de buscadores de fortuna y de trabajo. Los precios de la goma eran muy altos en el mercado internacional, la fortuna sonreía a esa zona tan aislada del país, pero a pesar de las condiciones de aislamiento y los altos costos de transporte, Cachuela Esperanza se llenó de “fastuosas residencias construidas por arquitectos franc

eses y equipadas con muebles venecianos. Proliferaron las canchas de tenis, los jardines y los establos con caballos árabes directamente traídos desde Andalucía”.


Después de la Primera Guerra Mundial, el colapso en los precios de la goma en el mercado internacional por la fuerte competencia de Malasia, determinaron el proceso de decadencia de la explotación de la goma y de las empresas de Suárez.


Cachuela Esperanza es también un espectáculo natural sobre el Río Beni, por sus formaciones rocosas que aceleran las corrientes del río formando rápidos que hacen de la navegación una actividad riesgosa, pues hay hasta once metros de diferencia de elevación entre la parte superior e inferior de las cachuelas.


Lamentablemente esta reserva natural

corre el riesgo de ser destruida por la probable construcción de tres hidroeléctricas brasileñas sobre el Río Madeira, que se sumarían a los daños que actualmente produce el uso de químicos como el mercurio y el dragado que hacen los explotadores brasileños de oro causando trastornos ambientales, creando promontorios de sedimentos en los ríos de modo que se alteran los cursos de agua y los reflujos de la corriente causan inundaciones en la zona. Otro paraíso terrestre a punto de perderse.



09 agosto 2008

Breve reencuentro con Shimose

Un encuentro de cinco minutos es mejor que un desencuentro de varios años. Eso me pasó con Pedro Shimose el pasado 18 de julio.


Llegué a Riberalta para una reunión de trabajo y me enteré casualmente que Pedro estaba allí, en su casa de familia, el Hotel Shimose (y no en Madrid donde reside desde que salió exiliado hace 37 años). Allí en Riberalta se inspiró Pedro al escribir muchos de sus poemas, y también canciones como “Sombrero de Saó”, por la que muchos en Bolivia lo conocen más que por sus libros. “A mi pelada yo le regalaré…” suena por todas partes y seguro que a él le llegan apenas migajas por derechos de autor.


Supuestamente, yo tenía un par de horas por delante antes de tomar el vuelo de Aerocon de regreso a La Paz, de manera que contaba con ello para ponerme al día con mi amigo, pero las circunstancias conspiraron en contra: justo esa mañana aterrizaron en el aeropuerto de Riberalta los aviones presidenciales de Lula, de Hugo Chávez y de Evo Morales. Con tal motivo el aeropuerto quedó cerrado por razones de seguridad y en la aerolínea me dijeron a último momento que debía regresar inmediatamente a Guayaramerín (desde donde había llegado al medio día). Hice el trayecto en un taxi a 150 kilómetros por hora sobre el camino de tierra, y llegué a tiempo para tomar el pequeño avión Fairchild Metro 23 de regreso a La Paz, pero eso significó que a Pedro no le pude dar sino un abrazo y decirle hola y ciao en la puerta de su casa.


Con Pedro Shimose tenemos una amistad que se remonta a los años sesenta. Hemos estado metidos en proyectos que acarician la memoria, como la revista “Difusión” que publicábamos con el apoyo desinteresado y juguetón de Jorge Catalano. Creo que apenas llegamos al número 10, pero cada número era un acontecimiento literario. En uno de ellos apareció por primera vez el poema sobre el Ché que escribió directamente en castellano el poeta ruso Evtushenko luego de su visita a La Higuera. Evtushenko aparece cuan largo es, tirado sobre la estrecha cama de Pedro, en su departamento de la calle Rosendo Gutiérrez, en La Paz. Ya en 1962 la revista Time le dedicó a Evtushenko su portada. Era el poeta ruso más conocido.


También compartimos en el exilio el departamento que le prestó en el Barrio del Pilar de Madrid su amigo Chencho Arias, por entonces Agregado Cultural de España en Bolivia, y más tarde jefe de la Agencia de Cooperación Española y Embajador de su país en Las Naciones Unidas, de donde salió a raíz de unas declaraciones poniendo en duda implicación de España en la guerra de Irak, ante la inexistencia de “armas de destrucción masiva”.


Allí, Pedro y yo escribíamos poesía. El libro que él terminó, “Quiero escribir pero me sale espuma”, le valió el Premio Casa de las Américas 1972. Yo mismo recibí la noticia en un telegrama de La Habana, que aterrizó en mi casilla postal en Cibeles, lo único que me pertenecía en España. Mi poesía de esa época dio para tres libritos que se fueron publicando en 1979, 1980 y 1984.


Mucho más podría decir del camino recorrido con Pedro en el exilio, y de los encuentros que hemos tenido después, en Bolivia o en España, donde sus hijos se hicieron adultos y donde él trató siempre de poner a Bolivia al frente de su trabajo literario y de sus investigaciones.


30 julio 2008

Recuerdo de Buñuel

Parece increíble que hayan pasado 25 años desde la muerte de Luis Buñuel. Lo conocí de la manera más casual en México en 1982, meses antes de su muerte. Un día, en la esquina de mi casa en la Colonia del Valle vi a un señor mayor, caminando solito por la calle Félix Cuevas. Su rostro de ojos saltones era inconfundible. Me acerqué y cuando le dije que era cineasta boliviano abrió aún más los ojos saltones y me dijo con una expresión de sorpresa: “Vaya, no he encontrado a ningún boliviano desde que estuve exiliado en Paris durante la guerra”, o algo parecido. Le ofrecí un ejemplar de mi Historia del Cine Boliviano y de mi libro Bolivie (1981) que publicó en Francia la Editorial Le Seuil en la colección Petite Planete. Me dio la dirección de su casa en la Cerrada de Félix Cuevas, número 27, a dos cuadras de mi propia casa, y al día siguiente le hice llegar los ejemplares prometidos.

Una semana más tarde llamó su mujer, para invitarnos -con Eva mi esposa de entonces- a “tomar un té” con Don Luis. Jeanne, que en la intimidad llamaba a Buñuel “mi moro” (interesante casualidad), me hizo por teléfono estrictas recomendaciones: que Luis nos recibiría solamente una hora, que estaba muy cansado, que nunca recibía a nadie, etc.

Sin embargo las cosas sucedieron de otra manera, porque una vez en su casa, nos embarcamos en una agradable conversación que duró más de dos horas y no en torno a una taza de té, sino de unos vasos de whisky y de dry martini, su bebida favorita. Me contó cosas sorprendentes, “que nunca las he comentado con nadie antes, porque usted es el primer boliviano que conozco”, que luego publiqué en un artículo en el diario Excelsior de México, y que lamentablemente no tengo a mano. Ojalá que no se pierda, porque es parte de mi memoria, y ahora cuando escribo 25 años más tarde, temo no ser fiel a la experiencia vivida.

Buñuel sentía cierta fascinación por Bolivia y en un momento dado de la charla me sorprendió: “Yo he sido boliviano…” Al ver mi cara sorprendida explicó que cuando vivía en Francia, indocumentado, en 1937 durante la Guerra Civil de España, la única delegación diplomática que lo ayudó con un pasaporte fue la de Bolivia. Añadió que nunca llegó a usarlo, pero que se sintió desde entonces agradecido hacia Bolivia.

Había revisado los libros que le dejé y comentó sobre Bolivia y sobre el cine boliviano. Me dijo que quería regalarme uno de los primeros ejemplares de su autobiografía, “Mon dernier soupir”, que acababa de publicarse en Francia. Todavía no existía la edición en castellano. Me pidió que lo acompañara al segundo piso de su casa para buscar el ejemplar del libro en su dormitorio. Pocas veces he visto un ambiente más sencillo y austero. Una estrecha cama, nada en los muros, ningún otro objeto a la vista. Buñuel vivía como un monje de claustro. Me hizo pensar en Don Juan Lechín, que vivía con esa misma sobriedad.

La imagen del lugar donde Buñuel dormía me ha quedado grabada; y su gesto de llevarme a su espacio íntimo lo he valorado aún más cuando leí un comentario de Carlos Fuentes en el que afirma que a pesar de ser un estrecho amigo de Don Luis, y de haberlo visitado regularmente todas las semanas durante muchos años, nunca conoció su dormitorio.

Con motivo de los 25 años de su muerte se están publicando numerosos artículos sobre su vida y su obra, que se extiende a lo largo de 32 películas, desde “Un chien andalou” (1928) hasta “Ese oscuro objeto del deseo” (1977), pasando por “El Ángel Exterminador” (1962), de su etapa mexicana, por la que tengo una debilidad especial. Buñuel no veía sus propias películas una vez terminadas. Me dijo que muy rara vez iba al cine a ver películas de otros.Desde todo punto de vista era un ave rara en el cine mundial.

No era frecuente que hiciera comentarios sobre cine, pero cuando los hacía eran memorables: “Una película debe defender y comunicar indirectamente la idea de que vivimos en un mundo brutal, hipócrita e injusto… Debe producir tal impresión en el espectador que éste, al salir del cine, diga que no vivimos en el mejor de los mundos.”


23 julio 2008

Matilde Casazola

Luego de varios años de no vernos, estuve con Matilde Casazola en Sucre. Sigue tan activa en la poesía como en la música. Su último disco, “Y tu la estrella”, es una prueba de ello.

Sus libros de poemas están haciendo fila india para ver la luz, porque Matilde no deja de escribir. La lista de los ya publicados se remonta a 1967, año en que salieron, uno tras otro, Los ojos abiertos, Los cuerpos, Una revelación. Más tarde siguieron otros títulos: Los racimos (1985), Amores de alas fugaces (1986), Estampas, meditaciones, cánticos (1990) y El espejo del ángel (1991), Canciones del Corazón para la Vida (1998), La Carne de los Sueños (2004)… Probablemente olvido muchos otros.

Quienes no tienen sus libros pueden leer poemas sueltos en muchas páginas de internet. Basta buscar en Google con su nombre, donde tiene más de nueve mil referencias. Yo mismo incluí algunos de sus poemas en una selección que hice para BoliviaWeb.

Matilde es un referente fundamental en la poesía boliviana, y una personalidad particular como compositora e intérprete. Su voz, lejos de ser melodiosa, es desgarradora y nos recuerda un poco a la voz de Violeta Parra. Sus canciones han sido interpretadas por Emma Junaro, Jenny Cárdenas y Luis Rico, entre muchos otros.











1975: Cuando éramos jóvenes, felices e indocumentados.


Volver a ver a Matilde me trajo recuerdos de fines de los años 1970s y principios de los 1980s cuando un grupo de escritores “jóvenes” (entonces lo éramos) organizábamos en El Prado de La Paz ferias de autores, donde la única condición era que cada autor se presentara con sus propios libros. Vendíamos más ejemplares en una mañana de domingo que en seis meses en una librería, y lo más importante era el contacto directo con los lectores. En esas ferias estábamos regularmente René Bascopé (a quien se llevó la parca demasiado temprano), Jaime Nisttahuz, Manuel Vargas, y Matilde Casazola; habíamos creado el grupo “Puerta Abierta” y publicábamos algunos de nuestros libros bajo un sello propio, “Palabra Encendida”.

Feria de autores en 1980: Matilde Casazola, Alfonso Gumucio Dagron, René Bascopé y Jaime Nisttahuz.

15 julio 2008

Recobrando a Danielle Caillet

Visité la retrospectiva de esculturas de Danielle Caillet en el Espacio Simón I. Patiño, en La Paz. Lo hice porque desde que Danielle falleció el 1 de noviembre de 1999 no he vuelto ha tener noticias de ella, y me alegró que Antonio Eguino, quien fue su pareja tantos años, hubiera montado esta muestra de homenaje, que rescata los valores artísticos de Danielle como escultora, pero también como fotógrafa y como cineasta.


Recuerdo a Danielle con ese rostro dulce de ojos claros, una expresión apacible y risueña que ofrecía a los demás, y una sonrisa con un dejo de ironía. Pocas veces la vi alterada o enojada, y una de las pocas fue cuando no le gustó lo que escribí sobre “Chuquiago” (tampoco le gustó a Antonio y a Oscar “Cacho” Soria). Por lo demás Danielle tenía para los amigos un carácter llevadero y suave.


En alguna de mis anteriores reencarnaciones de pareja tuve un par de pequeñas esculturas de Danielle, de la serie de amantes. Las perdí como perdí cerca de cincuenta cuadros, grabados y dibujos de pintores bolivianos… pero esa es otra historia. Las esculturas en bronce de Danielle me gustaron porque me maravilló la capacidad de la artista de transmitir sensualidad en un material tan duro como el bronce. Claro que si uno lo piensa bien, las obras más sensuales de la escultura mundial están hechas en materiales duros: piedra (o mármol) y metal.


La obra escultórica de Danielle atravesó varias etapas, reconocibles en la exposición retrospectiva. Luego de un primer intento que le debe demasiado a Marina Nuñez del Prado, Danielle empieza a volar con alas propias. Su escultura de los años setenta tiene ya los rasgos de sensualidad y ternura que son esenciales en su obra. A mediados de los años 1980s explora otras superficies más rugosas y menos táctiles, y formas geométricas y abstracciones que no dejan de ser frías, como si quisiera tomar distancia consigo misma. Esta etapa es de una búsqueda formal, alejada –a mi juicio- de la alegría estética.


A fines de esa misma década y los primeros años de los 1990s regresa con las figuras humanas, muy humanas, en continuidad con su primera obra de los años 1970s. Otra vez esa mezcla de superficies lisas, tersas como la piel, en contraste con espacios de sombra rugosos: sus maternidades, amantes y mujeres son para mí lo mejor de su obra.


A partir de 1992 la escultura de Danielle se hace conceptual, sin dejar el naturalismo. Sus referencias son concretas pero cruzadas con elementos simbólicos. La representación de la flecha adquiere diferentes sentidos según atraviese una cabeza humana, una manzana o dos pájaros. Danielle traduce refranes en volúmenes y formas: “le costó un ojo” de la cara, o “gato encerrado”, o “dos pájaros de un tiro” o “le entró por una oreja” y le salió por otra…


A partir de allí, hay como un retorno a la que fue su segunda época de superficies rugosas y figuras humanas sumidas en el bronce, apenas distinguibles porque aquí y allá aparece una mano que indica un abrazo.


Su etapa final, hasta 1997, es de ruptura y de dolor. Utiliza superficies planas, metal recortado en ángulos agudos y punzantes, para reclamar “espacio vital” y representar algunos temas religiosos, un arcángel o un Cristo.


En suma, Danielle aportó con amor y creatividad al arte en Bolivia. Por ello esta retrospectiva de homenaje es tan justa.

05 julio 2008

Matrimonio: quinua y chocolate

Las exportaciones no tradicionales de Bolivia han aumentado. En un país cuya economía ha estado lamentablemente ligada desde siempre a la extracción de recursos no renovables, como la plata, el estaño o el gas, es una buena noticia saber que producimos y exportamos otras cosas.

Tengo en mis manos, por ejemplo, una tableta de chocolate muy fino, marca Moulin des Moines, producido en Alsacia, que es nada menos que un chocolate negro “au quinoa soufflé”, es decir, con quinua reventada, o "pasanqalla" de quinua (Chenopodium quinoa). El producto está certificado como “chocolate biológico” y “orgánico”. No dice de donde procede la quinua, pero yo quiero creer que es de Bolivia, aunque podría ser también de Peru o Ecuador.

En todo caso, me lo estoy comiendo con mucho placer.

Las exportaciones paceñas de quinua subieron en 198% desde el pasado año, según leemos en los diarios. Ahora La Paz exporta 1.497 toneladas métricas, por valor de 2.3 millones de dólares. Son excelentes noticias.




20 junio 2008

Derechos humanos en pantalla

Acabo de regresar de Sucre, la capital de Bolivia, donde participé en el IV Festival Internacional de Cine de los Derechos Humanos, una iniciativa muy meritoria de Humberto Mancilla, gestor cultural quien desde el Centro Pukañawi impulsa proyectos quijotescos como este. Y lo hace, como suelen hacerse estas cosas, a puro pulmón, sin apoyo de las autoridades departamentales o de la ciudad, y apenas con el sostén solidario del Vice-Ministerio de Culturas del gobierno nacional, es decir, de Pablo Groux. Toda la familia de Humberto está involucrada, sus tres hijas, su esposa, sus amigos cercanos.

El festival ya es parte de una red internacional de veinte festivales de cine sobre derechos humanos, lo cual es un reconocimiento al esfuerzo de Mancilla. Este año, entre los miembros del jurado internacional, estaba la directora de un festival similar en Bologna, Italia, Giulia Grassilli; Vincent Carelli cineasta brasileño creador de Video nas Aldeias; el cineasta alemán Manfred Vosz; la estadounidense Marianne Dugan, y tres bolivianos: Inés Pérez de Amnistía Internacional, Hugo Cordero, actor y director de teatro de Cochabamba, y el periodista chuquisaqueño Gabriel Peláez Gantier. Me tocó ejercer como Presidente de ese jurado, y fue un ejercicio llevadero y estimulante por la calidad de los colegas que me acompañaron.

Más de setenta producciones de corto, medio y largometraje se exhibieron a lo largo de una semana, celebrando los 60 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, 42 de ellas en concurso. Las exhibiciones se hacían en el Teatro 3 de Febrero, en el Archivo Nacional y en la casa de la Libertad.

La miopía provinciana de las autoridades de la Universidad Mayor de San Xavier impidió que además se usara para el festival el patio de la facultad de derecho, como en años anteriores. Pero no hizo falta, pues el festival desplegó las alas y las películas se exhibieron en espacios muy significativos: el centro de salud PROVIDA que acoge a ancianos sin recursos, un cuartel militar en Lajastambo, el mercado central o el psiquiátrico Pacheco. A una de las sesiones en el teatro 3 de Febrero, asistió un destacamento de la policía, con su comandante. Fue muy interesante, porque la película que se exhibió era “Lucio”, la vida de un anarquista español, gran tipo.

El nivel de todas las películas presentadas fue muy bueno, con representación de no menos de 30 países, y los premios reconocieron la excepcional calidad de unas cuantas procedentes de Perú, Ecuador, Guatemala, Chile, Brasil, Estados Unidos, Holanda, España, Corea del Sur y Bolivia. En otro lado he escrito sobre el detalle de esos premios. Por primera y única vez, los ciudadanos de Sucre pudieron ver películas que no tienen oportunidad de ver ni en la televisión, ni en las pobres pantallas cinematográficas de la ciudad.

09 junio 2008

Regalo de JEA

Digamos que ya no estoy en la edad en que espero ansiosamente un regalo, y menos si se trata de mi cumpleaños o la Navidad, pero cuando un regalo me llega sin esperarlo, es agradable, pero lo es en mayor medida cuando se trata de un regalo muy especial, enviado por alguien que aprecio.

Es así que abriendo uno de esos sobres con libros y revistas que aterrizan en mi escritorio cada cierto tiempo, me llevé la sorpresa de encontrar el poemario más reciente de Jorgenrique Adoum (JEA): “mayo de 1968 (siglo XXI?)”. El título aparece también en francés en la tapa, ya que se trata de una edición bilingüe, editada y traducida por la persona que mejor conoce a JEA, puesto que comparte su vida con él, Nicole Rouan.

El envío del libro es una travesura de Alejandra Adoum, queridísima amiga y cómplice, que quería sorprenderme y lo logró con creces. Su travesura incluye una generosa dedicatoria de JEA, a quien conocí en París a principios de los años 1970s por intermedio de un amigo común, el poeta español Luis López Álvarez, cuando ambos trabajaban en la UNESCO, y yo también, sólo que ellos haciendo cosas interesantes y yo seguramente fotocopias. El caso es que López Álvarez tenía una brevísima revista de poesía, “Desquicio” se llamaba, y tanto JEA como yo colaborábamos con poemas.

He leído verso a verso el libro mientras volaba sobre Ecuador esta semana, precisamente a unos siete mil metros sobre la cabeza de JEA en Quito, mientras sonaban en mis audífonos los acordes de Pachebel, Scarlatti, Corelli y Marcello. El trayecto entre San José y Lima es suficiente para disfrutar las cien páginas, con las dos versiones de los poemas, y apreciar así la calidad de la versión que hizo Nicole.

Curiosamente, hay versos que parecen haber sido escritos primero en francés, o pensados en francés para hacer posible una traducción que es a la vez un texto original. Por ejemplo, “Paris by le désir” (“Paris bajo el deseo”) o “Je nous revois de loin, quand nous prenions encore des décisions” (“Yo nos veo a lo lejos, cuando aún teníamos decisiones ”). Pero en algunos casos, un verso extraordinario resulta intraducible, como este: “no supe cuantos soy porque estoy uno” (“je n’ai pas su combien je suis puisque je suis seul”).

Como en mucha de la obra poética y narrativa de Adoum, este libro ofrece un vaivén entre la política y el amor. De alguna manera esta es más una evocación de la relación amorosa, que de los hechos políticos de Mayo 68 que sirven de telón de fondo. Mayo es la excusa para hablar de agosto, y la revuelta social es la excusa para abordar la insurgencia amorosa y sacársela del pecho donde anida desde hace cuatro décadas.

Adoum rescata ese secreto instante en que Paris vibraba de emociones. Esta es su vuelta y re-vuelta al pasado, para que Mayo 68 no quede petrificado, momificado en el folclore revolucionario. Por supuesto, este itinerario melancólico está lleno de guiños a quienes vivieron en Paris en esos años, hay un código de señales que escaparía de otro modo a quienes no hubieran pertenecido a ese momento: desde la sopa de cebolla en Le Marais hasta “los pordioseros rubios que iban a ser genios” y la “juventud marxista pesimista”, pasando por la huelga de barrenderos y por los puentes de Paris que son siempre emblemáticos.

El poeta está atravesado por las calles de la ciudad, como en la contratapa del libro. Los referentes muy fuertes son el Sena (que “avanza tan cansado”) o el puente de Alma de los encuentros y desencuentros. Esta ciudad que se rebeló contra “la calma algodonosa” (“Francia se aburre”, escribió poco antes del estallido Pierre Vianson-Ponte), es el escenario recobrado de las pasiones, políticas y amorosas. “La política sucede en la calle”, es decir, fuera de uno, es “lo otro” que pasa por el espíritu. Y el poeta es en ese contexto un espectador solitario de los acontecimientos (“no soy de aquí…”) que no puede disociar de la revuelta política su vivencia amorosa y erótica (“sus tajadas de muslo mordible…”).

Al final, lo que queda de esta conversación memoriosa es lo mismo que quedó de la revuelta de Mayo 68: la poesía en la vida cotidiana, la de los muros y la íntima, y el deseo trascender la mediocridad y el aburrimiento.