01 mayo 2014

Louis Beltran, oui Monsieur

Hablemos de tradiciones, traducciones y traiciones. Es bien conocido el adagio italiano traduttore traditore usado para enfatizar las enormes dificultades de traducir un texto de un idioma a otro, pero es aún más dramático el hecho de que muchos libros, muchos textos de gran importancia, nunca llegan a traducirse.

Luis Ramiro Beltrán ha sido, dentro de todo, afortunado porque el hecho de dominar el inglés le ha permitido escribir y publicar en ese idioma muchos de sus textos.  En  algunos casos los ha escrito primero en inglés antes de traducirlos al castellano, algo que también me ha sucedido muchas veces por eso de que nadie es profeta en su tierra. Algunos textos seminales de Luis Ramiro, entre ellos sus tesis de maestría y de doctorado, se escribieron en inglés cuando él estaba estudiando en la Universidad de Michigan guiado por pensadores tan importantes como Everett Rogers y David Berlo, tutores de sus dos tesis, respectivamente.

A diferencia de otros pensadores de la comunicación de América Latina que no tuvieron esa ventaja, Luis Ramiro logró que su pensamiento se conociera en el ámbito académico de Estados Unidos. Y no solamente eso: consiguió también  que sus ideas influenciaran positivamente a algunos de sus maestros, como es el caso de Everett Rogers, a quien lo unía una gran amistad y admiración, que era mutua.

La distancia que existe entre un idioma y otro es a veces insalvable. Si, como hemos visto, los textos de Beltrán tuvieron una buena entrada en inglés, no sucedió lo mismo en otros idiomas.  Por eso es tan importante que ahora, cuando Luis Ramiro ya ha cumplido más de ocho décadas de vida y se refiere a sí mismo como el “achachi 84”, podamos finalmente tener a disposición sus textos en francés, gracias al trabajo y a la persistencia de Isabel Guglielmone Urioste, que ha invertido varios años en la empresa de seleccionar y comentar los textos, y de promover su publicación en Presses Universitaires de Bordeaux, y a María Teresa Lema, que los ha traducido.

De cada cien habitantes del planeta uno tiene el francés como idioma materno, relativamente poco si se compara al castellano con más de 6 por ciento y al portugués con algo más de 3 por ciento. Si bien el francés no figura entre los idiomas más hablados del planeta su influencia en la cultura del mundo occidental es innegable, sobre todo a través de la literatura.

En la tradición de los estudios de comunicación contemporáneos hay muy pocos pensadores importantes, como Dominique Wolton, que escriben y publican en francés. Otros autores como Jacques Perriault, Pierre Musso, Erik Neveu, Robert Escarpit o Pierre Lévy han abordado las nuevas tecnologías, las redes de información y el periodismo desde una visión instrumental o política, antes que la comunicación como proceso de diálogo e interacción que puede contribuir al desarrollo.

En el tomo de 1400 páginas de la Antología de Comunicación para el Cambio Social que edité junto a mi colega Thomas Tufte en 2006 (en inglés) y 2008 (en castellano), apenas pudimos incluir tres autores de habla francesa, entre los 150 seleccionados, porque la producción teórica sobre comunicación es escasa en los países francófonos. Es una paradoja, además, que autores de importancia como Ignacio Ramonet y Armand Mattelart, publiquen sus obras primero en castellano, y no todas están traducidas al francés, a pesar de que ambos viven en París.
Jose Luis Aguirre, Alfonso Gumucio, Philippe Pasdeloup, Luis Ramiro Beltrán, Isabel Guglielmone y Antonio Vargas

Por todo ello me parece un aporte importante contar con los principales textos de Luis Ramiro Beltrán en francés, porque pienso –con optimismo quizás desmedido, que al tratarse de una edición muy bien pensada por Isabel Guglielmone y publicada además por una editorial universitaria de prestigio en Francia,  podría esperarse que se convierta en un texto de referencia en los estudios de comunicación en Francia, sobre todo en el campo de la comunicación para el desarrollo, que es donde más necesidades puedo identificar, porque los autores franceses están muy alejados de esa temática. 

Isabel ha recogido en el libro de 280 páginas diez textos de Luis Ramiro que son representativos de su abundante producción, estimada en varios centenares de artículos científicos o de divulgación. A través de esta selección se dibuja un itinerario intelectual que comienza en 1971 con el diagnóstico de la “incomunicación en América Latina” y concluye en 2005 con una breve reflexión sobre el Informe MacBride, a 25 años de su nacimiento, titulada pertinentemente “Les utopies sont toujours debout” (Las utopías siguen en pie).

Entre ambos polos se instalan otros ocho ensayos fundamentales en el pensamiento del autor, como “Adiós a Aristóteles” (1979), uno de los más difundidos, y “Las políticas de comunicación en América Latina” (1974), uno de los más necesarios. Parece increíble que después de cuarenta años de haber elaborado este documento todavía no tengamos en la mayoría de los países de la región políticas de comunicación adecuadas a las necesidades de desarrollo político, social, económico y cultural de cada uno de ellos.

En los textos seleccionados encuentro tres constantes principales, no temáticas sino de actitud. Por una parte la capacidad de reflexión crítica, sin ambages, que puebla la producción intelectual de Luis Ramiro. Por otra, el asidero de la teoría en el conocimiento que se adquiere en la práctica social comprometida. Y finalmente, la capacidad de dibujar una y otra vez el horizonte de la utopía, que tantas veces se nos hace escurridizo y difuso.

El ensayo con que Isabel Guglielmone abre el libro es indispensable para entender la obra de Luis Ramiro Beltrán y su influencia en el pensamiento latinoamericano en el campo de la comunicación. Contiene abundante citas, pocas lamentablemente de nuestra región que ha sido pionera en el tema de las políticas y de la comunicación para el desarrollo, pero realiza un recorrido fundamental por el pensamiento de Luis Ramiro, recordando que fue su propia vida el punto de partida de su contribución intelectual y no un simple interés académico.

Isabel se refiere a la escuela crítica de la comunicación en América Latina, el nuevo orden de la información y de la comunicación, el florecimiento de las experiencias de comunicación horizontal que en algún momento planteó Frank Gerace y también Luis Ramiro, y establece comparaciones con las tendencias y conceptos que están en vigor en Europa en la misma época. 

Quién mejor que Isabel para realizar un trabajo de esta naturaleza. Desde que llegó a La Paz en 1975, hace casi cuatro décadas, mantiene afectiva y académicamente un pie en Bolivia y otro en Francia. Su mitad boliviana está marcada por su matrimonio con con el artista plástico Reynaldo Urioste (de quien enviudó), el hijo de ambos, Sebastián, su experiencia académica en varias universidades y su vinculación a nuestras culturas y tradiciones.

En Francia ha desarrollado una carrera extensa en varias universidades y en proyectos de investigación sobre la comunicación. Desde 1990 enseña en el Departamento de Tecnología y Ciencias del Hombre en la Universidad de Tecnología de Compiegne.

Isabel reside en uno de los barrios más lindos de París, a dos pasos del Canal San Martin, que en esta época del año invita pasear y a detenerse  en innumerables restaurantes y cafés. Por ahí estuvimos Isabel y yo hace un par de años, en noviembre de 2011, mientras explorábamos la posibilidad de hacer un lanzamiento de este mismo libro (que tengo en brazos en la foto) en la sede de la Unesco, con presencia virtual de Luis Ramiro y de la propia directora de esa organización, Irina Bokova. Al final, esa presentación soñada no pudo ser. 
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L’accélération de la production et de la transmission
d’un nombre croissant d’informations
ne suffit plus à créer davantage de communication.

Dominique Wolton



17 abril 2014

Contra el silencio

Hay un cine que no vemos ni en las salas comerciales, ni en la televisión, ni en las cinematecas. Un cine que apenas asoma como la punta de un iceberg, del que conocemos en el mejor de los casos un 5% o 10% de su volumen, de todo lo que se produce. No es solamente cine independiente, es además cine documental, cine que irrita al poder, cine de resistencia, cine que molesta porque hace pensar, cine que cuestiona la violencia, la discriminación, la corrupción y la degradación del medio ambiente, y en cambio promueve la memoria colectiva, la convivencia pacífica y la justicia social. Hay muy pocos espacios para ver ese cine.

Mientras vivía en México tuve oportunidad de participar varias veces como espectador en el festival de cine “Contra el silencio, todas las voces”, pero ahora me invitaron a principios de abril como miembro del jurado de esta muestra que ha logrado llegar a la octava edición sin perder los principios que adoptó al nacer, entre ellos el de ofrecer todas las exhibiciones gratuitamente.

Más que un festival, este es un proyecto de defensa y promoción del cine documental, no solamente porque se especializa en este género maltratado por los distribuidores y por los que financian la producción, sino porque en cada edición ha logrado ampliar su radio de acción a través de más de un centenar de espacios de exhibición en centros culturales, iglesias, auditorios municipales y salas de cine no comerciales. De ese modo la población del distrito federal y del Estado de México, Puebla, Baja California, Aguascalientes, Coahuila, Durango, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Morelos, Oaxaca, Quintana Roo, Sinaloa, Sonora, Tamaulipas, Veracruz, Yucatán y otros estados de la federación, tiene la oportunidad de ver cine documental de Latinoamérica y de España que no podría ver de otra manera. Desde el año 2006 los documentales se difunden regularmente en TV UNAM, el canal de televisión de la Universidad Nacional Autónoma de México.

La oferta de películas ha crecido tanto, que este año los organizadores tuvieron que abrir una nueva categoría, “Arte y sociedad”, para acomodar 20 películas que no cabían en las otras nueve categorías especializadas en medio ambiente y desarrollo sustentable, mujeres, derechos humanos, fronteras, migraciones y exilios, indígenas, vida cotidiana, discapacidad, movimientos sociales y organización ciudadana, y prevención de las adicciones. En total 194 películas seleccionadas para la competencia y un total de casi 400 documentales en exhibición.
 
Cristian Calónico (tercero desde la izquierda) y algunos miembros del jurado internacional


Todo ese esfuerzo es obra de Cristián Calónico, cineasta independiente y profesor de cine en la Universidad Autónoma Metropolitana, quien ha logrado aglutinar a su alrededor a un pequeño grupo de colaboradores tan decididos y esforzados como él. El evento de cine no se limita a la exhibición de las películas sino que incluye un Encuentro hispanoamericano de cine y video independiente, además de varios foros y talleres.

En la sección “Movimientos sociales y organización ciudadana” tuvimos la oportunidad de ver testimonios y documentos que narran formas de lucha y de resistencia cultural en toda la región latinoamericana y en la península ibérica, donde la gente se organiza en comunidades espontáneamente para reclamar sus derechos y su lugar en una sociedad democrática. Los indignados en Catalunya, los estudiantes en Puerto Rico, la policía comunitaria en México, los campesinos en Argentina o los jóvenes anarquistas en Chile son algunas de las experiencias de participación popular que si no llegan a transformar la sociedad, por lo menos transforman a las personas que participan en los movimientos ciudadanos. 

Jurado de la sección "Movimientos sociales": Gumucio, Martí y Rovira
Como jurado me tocó analizar 15 obras de Argentina, Chile, México, Puerto Rico y España junto a mis colegas Guiomar Rovira y Salvador Marti, catalanes residentes en México. No tuvimos mayores dificultades para ponernos de acuerdo sobre las obras que preferíamos. Decidimos otorgar el premio a película gallega La huella de los abuelos de Xosé Abad y menciones a Montaje: caso bombas realización colectiva del Canal Barrial 3 (Chile) y a Javier Sicilia, en la soledad del otro de Luisa Riley (México).

En las otras secciones se otorgaron premios a D-construyendo parte de mi (España), Son duros los días sin nada (México),  El tigre y el venado (El Salvador), Espantapájaros (México), Azul intangible (México), El engaño (Nicaragua), Pepe el andaluz (España), Colapsos (México), México flamenco (España), Contagio (México), entre otros.

El festival fue una ocasión, además, para renovar lazos con colegas y amigos de varios países. Reencuentros con amigos mexicanos y nuevos vínculos con colegas de otros países de la región.

He sido jurado en varios festivales de cine en Montréal, Kelibia, La Habana, Cartago, Mannheim, La Paz, Tipasa, México y Málaga, entre otros. La tarea de decidir sobre los premios es a veces difícil. Hay películas que maravillan porque interpelan tanto las ideas como los sentimientos, y otras con las que uno siente la tentación de apretar el botón de fast forward para ver si más adelante hay algo que valga la pena rescatar. Al final, lo que realmente cuenta es la manera como una película dialoga con el espectador.  No importa solamente el tema sino el lenguaje cinematográfico que explora el tema.

Luis Lupone, Teófila Palafox, Oscar Menéndez y Guadalupe Ochoa
en uno de los debates sobre cine documental
Contra el silencio todas las voces” prueba que hay obras de mucha madurez conceptual y artística y otras donde la expresión cinematográfica está en último plano. No basta colocar la cámara frente a la “realidad”, el documental de cine es necesariamente un discurso estructurado, una obra de creación que implica investigación, planificación, pericia técnica y talento artístico para poner imágenes y sonidos de diversa procedencia y textura en diálogo con el espectador o participante. No se trata de mostrar simplemente un tema sino de construir un discurso coherente y atractivo.

El cine documental no está reñido ni con la belleza, ni con la técnica.  El talento de un director o de un colectivo de realización queda en evidencia tanto en un film de ficción como en un documental. Ambos son un discurso, una construcción argumental, una argumentación sustentada por un concepto y una filosofía personal o comunitaria.

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El cine es un espejo pintado.

—Ettore Scola

13 abril 2014

La Cecilia

De mi época parisina recuerdo vagamente una película de Jean Louis Comolli titulada La Cecilia (1976), la historia de una colonia anarquista italiana que decide establecerse en Brasil en 1890 para llevar una vida diferente en armonía con la naturaleza y lejos de cualquier imposición de la sociedad o del Estado. Es un retrato del espíritu libertario de gente que decide vivir sin patrón, sin policía, sin dinero y sin jerarquía.

Se me vino a la mente esa película cuando me senté a escribir sobre “la Cecilia”, la nuestra, Cecilia Quiroga San Martín, que el lunes 7 de abril emprendió un largo viaje a tierras desconocidas. Quizás pensé en aquel film por esa manera afectiva que tenemos en Bolivia de llamar a las personas que queremos, anteponiendo el artículo determinado “la” o “el” para denotar familiaridad, o quizás porque nuestra Cecilia era cineasta y una de sus primeras películas, A cada noche sigue un alba (1986), evoca también los movimientos anarquistas de los años 1920 en Bolivia.

Nora de Izcue y Cecilia Quiroga en La Habana, 2011
Nuestra Cecilia tenía unos ojos brillosos, mirada risueña y una sonrisa siempre dispuesta. Esto suena a lugar común pero no lo es: creo que todos los amigos de Cecilia la recordarán por su cara luminosa y ese su modo dulce de ser. Había algo de niña en ella, una manera un tanto tímida de estar con los demás.

Aunque su formación inicial era en sociología, tuvo mucha actividad en el campo del cine como guionista, productora y realizadora. Entre 1989 y 1990 estuvo a cargo de la producción audiovisual en el Centro Gregoria Apaza y más tarde fue directora ejecutiva del Consejo Nacional de Cine (CONACINE), entre 1996 y 1998.

El año 1987 realizó junto a Esperanza Pinto Intensos fulgores, una obra de ficción que retrata la vida cotidiana de una mujer de clase media en los años 1920 y establece una comparación con la época actual. En este video como en el anterior, Cecilia rescata para la memoria aspectos de la lucha de las mujeres que en los años veinte y treinta del siglo pasado estaban ya organizadas en movimientos y grupos feministas. Intensos Fulgores tiene dos tiempos: un pasado en el cual el personaje único, una mujer de clase media, se cuestiona sobre el rol que le asigna la sociedad de esos años y un presente, muy breve hacia el final, donde el personaje se incorpora a las luchas sociales. El film muestra el proceso de evolución del pensamiento de una mujer, la negación de los roles tradicionales impuestos y el crecimiento de una conciencia de participación social. En 1990 escribió el guión de Epílogo, que dirigió Sergio Calero. En la película aparece como intérprete, junto a Martha Nardín de Urioste, Flavio Machicado, Pedro Susz y el actor que interpreta el personaje principal, Luis Gómez. 

Cecilia Quiroga  y otros cineastas en La Habana durante el 25 Aniversario de la Escuela de Cine 
Cecilia y yo coincidimos muchas veces en los dos campos de actividad en que estuvimos involucrados: el cine y la comunicación. En años recientes trabajamos juntos en varias iniciativas. Cuando la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL) me pidió coordinar la primera investigación sobre el cine comunitario en América Latina y el Caribe invité a Cecilia a formar parte del equipo de seis investigadores para que se hiciera cargo de tres países: Bolivia, Chile y Perú. En el marco de ese proyecto nos reunimos en La Habana a fines de 2011 con la directora de la FNCL, Alquimia Peña, y otros colegas que se incorporaron al equipo de investigación: Pocho Álvarez (Ecuador), Vincent Carelli (Brasil), Idanea Licea y Jesús Guanche (Cuba).

En esos días se celebraba en Cuba el 25 aniversario de la creación de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños, donde se han formado varias generaciones de cineastas latinoamericanos, de modo que fuimos a San Antonio para sumarnos al festejo. De esa ocasión especial conservo una foto en la que Cecilia aparece junto a realizadores y grandes pioneros del nuevo cine latinoamericano como Julio García Espinoza (Cuba), Fernando Birri (Argentina), Nora de Izcue (Perú) y Orlando Sena (Brasil).

Cecilia Quiroga y Karina Herrera-Miller
La investigación sobre el cine comunitario de América Latina y el Caribe se hizo libro y se presentó a fines de 2012 en el 34 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana , el último que contó con la presencia de Alfredo Guevara. Ahora nos preparamos para una segunda edición del libro, que se publicará en Colombia y que estará dedicada a Cecilia Quiroga y a Octavio Getino, dos compañeros que acompañaron el proceso de investigación.

Cecilia fue una gestora cultural comprometida, ocupó durante muchos años la Coordinación de Comunicación de la Fundación Friedrich Ebert (FES-ILDIS) en Bolivia. Desde allí impulsó y apoyó numerosos proyectos importantes y en algunos solicitó mi concurso. Publicó la investigación ¿Del grito pionero… al silencio? (2006) de Karina Herrera-Miller, una actualización imprescindible sobre las radios sindicales mineras, un libro para el que Karina me pidió escribir el prólogo.

Como especialista en comunicación estuvo vinculada a la Asociación Boliviana de Investigadores de la Comunicación (ABOIC) desde 1999 cuando participó como ponente en la Mesa de Trabajo de Medios y Producción Audiovisual. Fue docente de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y docente titular del Taller Audiovisual de la Carrera de Artes de la Facultad de Arquitectura y Artes en la misma universidad.

En tiempos más recientes Cecilia me brindó la oportunidad de involucrarme en dos iniciativas interesantes.  Por una parte me incluyó como miembro de un panel de expertos que elaboró recomendaciones sobre el funcionamiento y contenidos del Canal TV Culturas del Ministerio de Culturas y Turismo, junto a Oscar Calasich, Reynaldo Yujra, Ramón Grimalt, Yeanet Villegas, Viviana Vargas y Germán Monje. Por otra, me pidió participar en unas jornadas de evaluación sobre el programa de televisión Bolivia Constituyente.

La discusión y aprobación de la nueva Constitución Política del Estado en 2009 fue el tema de su última producción documental. Junto a Javier Horacio Álvarez trabajó durante varios años en la realización de Por siglos despiertos – Voces de la Asamblea Constituyente (2013), donde recogió testimonios y analizó de manera exhaustiva la participación de los movimientos sociales en el proceso generado alrededor de la nueva constitución.

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Así como una jornada bien empleada
produce un dulce sueño, así una vida
bien usada causa una dulce muerte.

—Leonardo da Vinci

07 abril 2014

Querido Rubén

¿Quién dijo que las malas noticias vuelan? Recién ahora me entero, casualmente y con dos semanas de retraso, de la muerte de mi amigo Rubén Bareiro Saguier el martes 25 de marzo en Asunción, a los 84 años de edad. Como suele suceder en estos casos, se me viene a la memoria un torbellino de imágenes y momentos en los que coincidimos para renovar nuestra antigua y lejana amistad.

El hecho de que Paraguay esté pegadito a Bolivia y de que la historia de ambos países esté indisolublemente unida por una guerra entre hermanos, no ha hecho que nos conozcamos mejor. Muy lamentablemente. Es como si el Chaco fuera un mar de sed que nos ha mantenido aislados el uno del otro, incapaces de sostener el abrazo con el que dimos por concluida una guerra estúpida (como todas las guerras) en 1935.

Quizás por ello y por la espesa frontera que nos aparta pocos conocen en Bolivia acerca del poeta, narrador, estudioso y defensor de la lengua guaraní que ha sido Rubén Bareiro Saguier, el último gran escritor del exilio y sin duda el más importante después de Augusto Roa Bastos. Desde que ganó en 1952 el primer premio del Concurso Ateneo Paraguayo, cuando tenía escasos 22 años de edad, no cesó de trabajar arduamente para construir una obra sólida que incluye poemarios, ensayos y narrativa.

En 1971 cometió el pecado de obtener en Cuba el Premio Casa de las Américas por su libro de cuentos Ojo por diente. Tremenda afrenta para la dictadura de Stroessner que lo encarceló y etiquetó como “comunista”. Fue liberado luego de una campaña internacional que reunió las firmas de distinguidos intelectuales del mundo y de América Latina, desde Roland Barthes y Jean Paul Sartre hasta Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.

Rubén Bareiro Saguier en París, septiembre 1978
Le esperaba un largo destierro en París, donde nos conocimos y nos frecuentamos a mediados de los años 1970. El tenía entonces poco más de cuarenta años y yo poco más de la mitad, pero ambos habíamos llegado a la capital francesa siguiendo los senderos paralelos del exilio y eso acortaba la diferencia de edad. Nos veíamos en las plazas y callejuelas del barrio latino y a veces en su casa, donde hacía gala de excelente anfitrión, preparando él mismo la cena. 

Su vida sentimental fue siempre apasionada, lo cual algunas veces se tradujo en rupturas escandalosas. Me cuenta Elizabeth Burgos en un correo electrónico que entre risas y lágrimas Rubén le había confiado que una de sus mujeres, al separarse de él, cortó todas sus corbatas, un gesto de alto significado simbólico. 

En septiembre de 1978, poco antes de regresar a Bolivia, nos despedimos con un largo paseo por el Quartier Latin, donde le tomé una docena de fotos. Llevaba entonces barba y los mismos ojos saltones que volví a ver en visitas sucesivas a París, durante la década de 1980. Cuando en 1989 regresó a Paraguay, a la caída de la dictadura, participó en la elaboración de la constitución política del Estado de 1992.  Tantos años de exilio habían fortalecido y madurado su amor por Paraguay y por la lengua guaraní. Sus libros Literatura guaraní del Paraguay, De la literatura guaraní a la literatura paraguaya: un proceso colonial y De nuestras lenguas y otros discursos, son muestras de esa pasión. Otros títulos suyos: Pacte du sang, Biografía de ausente, A la víbora de la mar, El séptimo pétalo del viento, Cuentos de las dos orillas

Augusto Céspedes, Rubén Bareiro Saguier, Carlos Villagra,
Yolanda Bedregal y Alfonso Gumucio, La Paz, mayo 1990
Como él lo recordaba en una dedicatoria fechada poéticamente en un día inexistente, el 31 de junio, habíamos soñado juntos en París otros encuentros en territorio latinoamericano y mientras tanto habíamos recorrido algunas aventuras literarias en las páginas de la minúscula pero vigorosa revista Desquicio que dirigía nuestro común amigo Luis López Álvarez, poeta leonés a quien le perdí la pista en Puerto Rico hace muchos años.

En mayo de 1990 nos visitó en La Paz junto a Carlos Villagra, otro escritor y diplomático paraguayo. Organicé en mi casa una cena a la que invité a otros amigos escritores bolivianos: Augusto Céspedes, Yolanda Bedregal, Mariano Baptista Gumucio y Manuel Vargas, entre otros.

Dos años después regresó a París donde en varios de mis viajes me recibió con la misma sencillez y amistad como embajador de la democracia paraguaya en Francia, cargo que ocupó entre 1994 y 2003. Al dejar definitivamente la capital francesa, donde había escrito la mayor parte de sus libros, regresó a Paraguay y fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura el año 2005.  

Rubén Bareiro, Alfonso Gumucio y Ángel Yegros en Asunción, agosto 2009

​"Escribir es, para mi​, una necesidad. Cada vocablo, cada frase, cada poema o cuento, cada libro es el resultado de una profunda carga que se va a cumulando hasta que el peso de la misma desencadena la tormenta de la palabra. La necesidad de transponer  el asco y el rechazo ante la degradación de mi sociedad, da origen a parte de mi escritura. La infancia, la prisión y el exilio transitan por páginas y páginas y páginas. ¡Y el amor, esa dimensión absoluta de mi existencia!", escribió.

Nos vimos por última vez en Asunción, a principios de agosto del 2009, cuando fui a presentar unos de mis libros. Me acompañó a su casa el amigo escultor Ángel Yegros,  y allí encontré a Rubén fragilizado, algo tembloroso e inseguro de sus movimientos. Acababa de pasar por un problema de salud y aún no estaba completamente restablecido. Me dedicó su nuevo libro de relatos La Rosa Azul, en cuya introducción habla de las marcas que deja el exilio: “… luego de pasar un mes y tanto incomunicado en las mazmorras de la policía política, no pude pisar mi tierra durante 17 años. De 1972 a 1989 deambulé por el mundo con mi nostalgia a cuestas y mi combate sin tregua contra el sórdido tirano y su régimen corrupto”.

Las últimas fotos de Rubén que veo ahora en internet lo muestran con la mirada cansada, los ojos hundidos en las cuencas ensombrecidas como si la vida le hubiera dado certeros golpes de puño. El proceso de deterioro de su salud era al parecer irreversible, ya que el propio escritor había dejado instrucciones de ser enterrado en la Villeta de Guarnipitán, el lugar que lo vio nacer el 22 de enero de 1930.
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Que mi lengua se pegue al paladar
si pierdo tu recuerdo, Guarnipitán. 
-Rubén Bareiro Saguier