31 agosto 2022

El suplicio de viajar a Europa

(Publicado en Página Siete el sábado 25 de junio de 2022)

 Entre 1880 y 1930, más de doce millones de europeos empobrecidos desembarcaron en América Latina con una mano atrás y otra adelante, en su mayoría analfabetos que apenas sabían escribir su nombre. Descendían de barcos abarrotados, buscando refugio sin documentos de identidad ni recursos para sobrevivir, huyendo de la miseria de una Europa incapaz de alimentarlos y de darles trabajo, sobre todo de Italia, Portugal y España, los países subdesarrollados del viejo continente.

 Fueron acogidos en Argentina, Brasil, Uruguay, Cuba o Venezuela, y siguieron su tránsito a otros países donde se instalaron, tuvieron descendencia y algunos hicieron fortuna. Sin educación, pero con la voluntad de progresar se dedicaron al comercio o a la agricultura y se mezclaron en el crisol de identidades que hoy constituye la población diversa de nuestra región.

 Sé esto no solo por la información histórica disponible, sino porque por el lado de mi madre tuve abuelos de Italia y Francia que fueron parte de esa gran ola de migrantes que supuso una presión demográfica muy superior a la de los latinoamericanos que, un siglo más tarde, buscan viajar a Europa, pero no son recibidos con la misma generosidad sino con displicencia.

 El trámite para solicitar una visa a Europa es una pesadilla para los bolivianos, ya que nuestro pasaporte es uno de los más devaluados. Según el informe de la consultora internacional Henley & Partners, el pasaporte boliviano es uno de los peores del mundo, en la misma categoría de Haití y Cuba. Somos los palestinos de América.

 En diplomacia hay un principio fundamental: la reciprocidad, que en los hechos no se practica. Para viajar a Europa, los bolivianos tenemos que realizar engorrosos y humillantes trámites que pueden durar semanas o meses, pero no sucede lo mismo a la inversa.  

 Bolivia debería exigir los mismos requisitos a los europeos que nos visitan: a) que paguen por adelantado 100 Euros (sin la certeza de que la visa será otorgada), b) que compren un seguro médico internacional a un costo altísimo (por cada día de estadía), c) que demuestren que tienen reservaciones de alojamiento y de transporte, d) que justifiquen sus ingresos y recursos para todo el tiempo de su estadía (cuentas bancarias certificadas, tarjetas de crédito e incluso documentos de sus propiedades en su país de origen). Todo lo anterior, además de vacunas y pruebas de Covid. Y cuando regresen a su país, que muestren en el consulado el pasaporte y sellos que prueban que no se quedaron más tiempo que el autorizado por la visa.

 ¿Cumplen esos requisitos los europeos que llegan a Bolivia? Para nada, pero a los bolivianos nos piden todo eso. Los europeos siguen llegando como Pedro por su casa, como lo hicieron cien años antes, sin que nadie les exija las “pruebas” que ellos imponen con aire de superioridad a los bolivianos que quieren cruzar “el charco” (Unamuno) en dirección opuesta.

 El 31 de mayo pasado, en una reunión de embajadores europeos con el canciller del régimen del MAS, se especuló sobre la “flexibilización” de requisitos para la visa Schengen (la visa “chinguen”), pero en realidad fue un besamanos diplomático más que otra cosa. Con un gobierno digno, la politiquería cómplice no estaría por encima de la defensa de derechos consagrados en los artículos 2, 7 y 13 (y otros) de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Me es particularmente molesto enfrentar la indolente burocracia europea (en concreto francesa), ya que tengo tres hijos y cuatro nietos europeos, he vivido en Europa más de doce años, mi primera esposa es francesa, he cruzado “el charco” más de 60 veces, he publicado dos libros en importantes editoriales francesas, he sido invitado especial en más de treinta festivales de cine y congresos de comunicación, he estado en el directorio de instituciones de cooperación y de publicaciones académicas, y he recorrido Europa más que la mayoría de los europeos. Solía viajar dos o tres veces al año y el trámite de visa no era la pesadilla que es ahora. Si yo hubiese querido, tendría un pasaporte europeo desde hace cuatro décadas. Si hubiese querido, viviría en París, como mis colegas latinoamericanos que estudiaron allá conmigo en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC), la mejor escuela de cine en esa época.

 A principios de 1981 me indigné con los requisitos que tuve que llenar para viajar como periodista invitado a la Unión Soviética. Lo atribuí al autoritarismo de los países comunistas, pero hoy veo que el autoritarismo y la discriminación se han extendido a uno y otro lado del charco.

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Europa no debería tener tanto miedo de la inmigración:
todas las grandes culturas surgieron a partir de formas de mestizaje.
—Günther Grass 

28 agosto 2022

Un libro sabroso

(Publicado en Letra Siete, suplemento de Página Siete, el domingo 19 de junio de 2022)

 Sobre la comida como expresión de la cultura se han escrito libros que son resultado de investigaciones históricas, que profundizan en las costumbres, en el origen de los preparados y de los productos y en las influencias de otras culturas. En Bolivia, un ejemplo de acuciosidad en la indagación y de abundancia de información es sin duda el trabajo de la historiadora Beatriz Rossells, con la monumental “Antología de la gastronomía boliviana” (2019) publicada por la Biblioteca Boliviana del Bicentenario, y “La gastronomía en Potosí y Charcas: siglos XVII, XIX y XX” (2003).

 Otros textos sobre culinaria son los que transmiten impresiones de primera mano, y se asemejan a los actuales programas de televisión de viajeros como Anthony Bourdain, que se desplazan por diferentes latitudes en un plan de descubrimiento sensorial. A esta categoría pertenece un libro muy peculiar, “Lo que se come en Bolivia” de Luis Téllez Herrero, uno de cuyos méritos es que se trata del primer libro sobre cocina publicado en Bolivia en 1945, una obra agotada que volvió a la vida 67 años más tarde, en 2014, en una edición de bajo costo del ministerio de Culturas, cuidada por Benjamín Chávez, que es también autor del prólogo a la segunda edición.

 Se mantiene el prólogo a la primera edición, firmado por Gamaliel Churata, seudónimo literario del peruano Arturo Peralta Miranda, quien no duda en elevar a la cúspide sus elogios, calificando a Téllez de “descubridor de la cocina boliviana” (lo cual por supuesto es una exageración). Churata añade que el libro revela a Bolivia mejor que un libro de geografía y “crea los elementos para una nueva apreciación de la sociología boliviana”. Sin embargo, no olvida señalar que todos los platillos que se mencionan en el libro son “típicamente bolivianos”, pues con otros nombres y ligeras variantes se encuentran en otros países de la región y además muchos proceden de la cocina española.

 Benjamín Chávez ha realizado un trabajo formidable corrigiendo los errores de redacción de la edición original (que desconozco), salvando los problemas de “ortografía, sintaxis, puntuación y gramática”, además de ofrecer un contexto detallado de la nueva edición.

Luis Téllez Herrero

 El libro es algo así como un “road movie” culinario, donde el autor y su “secretario” se lanzan a recorrer diferentes ciudades de Bolivia en busca de los platillos típicos de cada lugar, pero más allá de comerlos y describirlos, amplían el panorama sensorial con descripciones de los lugares que visitan y de las personas que conocen en su itinerario. Todo ello en un lenguaje picaresco y lleno de humor. Por su francofilia sabemos que Téllez se expresa a través del lente de la cocina francesa y con el refinamiento del lenguaje de esa lengua que domina en su calidad de profesor.

 El libro tiene mejor comienzo que final. A medida que uno pasa sus páginas se produce un fenómeno de aceleración y cansancio del autor en su periplo por la geografía culinaria de Bolivia.  Las descripciones de los primeros capítulos son más ricas, y en los capítulos finales más apresuradas y superficiales, como si los platos de resistencia se concentraran en el altiplano y se fueran debilitando mientras se desciende a otros pisos ecológicos. Inspirado por los “comilones célebres” (todos franceses), en la primera parte el autor consuma jornadas pantagruélicas y parece insaciable, mientras que hacia el final parece que no encuentra la variedad de comida que quisiera encontrar, y da muestras de saciedad y cansancio.

 El comienzo tiene mayor calidad literaria: “La gastronomía es como la música. Así como hay partituras que convienen a ciertos estados de ánimo, así como hay trozos musicales que se adaptan a los días alegres de la vida y a otros tristes, del mismo modo la gastronomía, que es también arte en sus variadísimas manifestaciones, se recomienda según los momentos y hasta según el temperamento de las personas”.

 Antes de ingresar a la comida nacional, esboza un panorama de la comida “en el mundo” (europea, en realidad), y desde su perspectiva y experiencia francesa subraya la pobreza que atribuye a la cocina alemana, inglesa o rusa. Incluso sobre Italia hace un breve apunte poco favorable, lo que demuestra su conocimiento limitado de otras culturas gastronómicas. Incluso cuando aborda territorio latinoamericano, despacha rápidamente la gastronomía de México, Chile, Brasil, Argentina y Perú, mostrando similar desconocimiento.

 Al final, lo que realmente interesa en el libro es su experiencia personal en territorio boliviano, sus apuntes sobre las ciudades y provincias que visita, su contacto con las personas, el recuento de platillos artesanales e ingredientes que con el tiempo han ido desapareciendo lamentablemente. Su testimonio, en ese sentido es valioso. Al menos comercialmente ha desaparecido el q’ausillo o mascaje, una raíz que se mastica como “un chewing gum norteamericano”. Menciona varios peces del lago Titicaca que se han extinguido, así como el escabeche de nuez verde en Tarija.

 Ya en esos años el autor se espanta del “siglo de la rapidez y del movimiento”, contrario a la buena cocina que se basa “justamente en la lentitud y la tranquilidad”. Ya entonces la comida de los hoteles le parecía “sin alma, sin personalidad”. ¿Qué diría hoy de la comida chatarra y de los alimentos ultra procesados que han enterrado la culinaria tradicional?

 La crónica itinerante por el país es lo que le otorga riqueza literaria y testimonial a la obra, narrada en primera persona. Hay descripciones idílicas de ciudades que antes eran habitables y hoy están llenas de basura, erosionadas por décadas de mal manejo del medio ambiente y la explosión poblacional. Idílicas, también sus entusiastas descripciones de algunos platillos, puesto que compara el chairo con un manjar del Olimpo. Habla de las “200 variedades de papas” que clasificó Manuel Vicente Ballivián, y alcanza a nombrar una docena. Si visitara un mercado de hoy, probablemente encontraría menos de diez tubérculos, incluyendo ocas y afines. En fin, sus elogios se extienden patrióticamente al “mejor café de América”. 

 Uno disfruta en el relato no solamente las descripciones de ingredientes y platillos, sino los lugares donde se sirven esos platos, los nombres de los restaurantes y de sus dueños, haciendo al lector partícipe de cierta intimidad. Muchas de las quintas a las que se dirige acompañado por sus anfitriones, se encuentran extramuros, por ejemplo, Miraflores, en La Paz, era un destino alejado del centro. La manera como se transporta es también interesante: para llegar a Copacabana se embarca en el puerto de Guaqui en el vapor Inca, para llegar a Tarija lo hace por Villazón, y en las ciudades se desplaza a veces en los desaparecidos tranvías.  Cada tramo es una aventura telúrica recompensada por la llegada a una nueva etapa gastronómica.

 El autor reconoce cierta “superficialidad” en su libro, que no deja de ser agradable por los apuntes que hace, incluso muy íntimos, sobre su relación con Titina, una simpática joven camba. La escena de la degustación de ambaiba es de un erotismo delicioso, que combina muy bien con la veta de humor que recorre la obra.

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El descubrimiento de un nuevo plato
es de más provecho para la humanidad
que el descubrimiento de una estrella.
—Jean Anthelme Brillat-Savarin 


25 agosto 2022

Fronteras

(Publicado en Página Siete el domingo 15 de mayo de 2022)

 Toda película latinoamericana que llega precedida por una oleada de noticias, nominaciones, premios y comentarios, llama la atención. Es el caso de “Karnawal” opera prima del argentino Juan Pablo Félix, estrenada en 2020 y presentada ahora en medios locales como una coproducción boliviana (la participación de Gerardo Guerra y Londra Films), aunque en la pantalla la presencia boliviana es mínima, porque aparte de las imágenes iniciales en Villazón todo lo demás sucede en territorio argentino. Tres de los actores principales son argentinos y uno chileno, y el equipo técnico y artístico principal es igualmente argentino.

 Desde el punto de vista de financiamiento, una lluvia de apoyos, inclusive desde Noruega, sugieren que la producción no padeció ningún tipo de carestía, como suele ser el caso de las producciones bolivianas, todo lo contrario.

 Algo que no se mencionan en los comentarios es que Abra Pampa (Jujuy), donde fue filmada, y todo el norte argentino es culturalmente más boliviano que rioplatense. La pampa es una continuidad de nuestro altiplano, y la gente de la calle habla con acento argentino, pero tiene facciones bolivianas.

 Todo lo anterior es para decir que este es un film fronterizo, así, como se llamaba aquel famoso grupo de música de Salta, “Los fronterizos”, precisamente para reivindicar esa condición de mezcla cultural. “Antes que amanezca / por esta región / porque yo mañana / paso a Villazón / Me voy a Bolivia…” como dice la composición de Arsenio Aguirre.

 Después de ver la película he leído breves comentarios que hablan de un “road movie”, o de un “western argentino”, y “una fusión de varios géneros” (dice el propio director). Es cierto que puede tener un poco de todo, pero esa es la epidermis.

 Siempre hay muchas maneras de abordar una obra, sobre todo si se pretenda profundizar en ella. En la lectura más superficial, “Karnawal” puede ser un thriller nocturno ambientado en Jujuy, en época carnavalera, que muestra a cuatro personajes embarcados en una aventura delincuencial, sin querer queriendo.

 Está “El Corto” con licencia de salida de la cárcel donde ya ha cumplido una sentencia de siete años, está su hijo muy joven, “Cabra”, que zapatea el malambo como nadie y aspira a consagrarse en un concurso nacional, está su madre, Rosario, que tiene que lidiar cada día con la presencia o ausencia de los tres hombres más importantes de su vida, y está Eusebio, gendarme argentino que hace pareja con ella y se ve arrastrado en el torbellino de amores y desamores.

 En esa lectura meramente argumental del film de acción, importa el hecho de que Cabra cruzó a Villazón para pasar a La Quiaca una pistola escondida en su mochila, importa también que su padre chileno es un delincuente relacionado con otros delincuentes, que trata de robar cisternas de combustible. Importa que Eusebio es gendarme y se vea en el dilema de ayudar a El Corto, e importa que Rosario, como madre, esposa y amante, arriesgue su pellejo por todos los otros.

 Hay otras lecturas posibles. Me siento más cercano a una lectura sociológica y sicológica de los personajes, que llevan mi interpretación a las fronteras del ser humano, de más difícil tránsito que las fronteras territoriales, porque no hay policía ni contrabandistas, solo hay memoria y heridas de aquello que ha sido vivido, e incertidumbre sobre lo que queda por vivir.

 Este es un film de fronteras, pero no la que separa a La Quiaca de Villazón, anecdótica y sórdida por todos los tráficos que allí concurren, sino la que separa (y también une) a los personajes. Es esa densidad sicológica la que me ha interesado, a tal punto que pienso que las relaciones entre los cuatro personajes podrían desarrollarse en un escenario de teatro, sin acudir a otros subterfugios llamativos.

 Me parece que la riqueza de “Karnawal” radica más en la profundidad de las fronteras humanas, a veces infranqueables, difíciles de expresar, como muestran los personajes de esta obra, cada uno enclaustrado en su propia soledad. Los actores expresan con maestría el bloqueo emocional de los personajes que interpretan, incapaces de mostrar amor, mudos y tercos en sus soledades, apenas cómplices en una situación de emergencia. La estupenda caracterización de los cuatro personajes revela, además de la trayectoria actoral individual, la calidad de la dirección de actores. 

 Alfredo Castro (El Corto), no es solamente actor sino autor y director de teatro, lo cual le permite prestar al personaje esa densidad sin grandilocuencia de un personaje que vive contradicciones profundas, en el límite de lo que le resta de vida. Desde 2006 lo hemos visto en más de 30 largometrajes interpretando personajes muy diferentes, lo cual es indicativo de su versatilidad para metabolizar personajes. El caso del protagonista Martín López Lacci (Cabra) es diferente, porque carece de trayectoria actoral anterior y sin embargo ha sabido transformar su condición de bailarín experto en malambo, en un personaje convincente, contenido, silencioso, pero muy expresivo a través de la mirada. Cabra es el narrador, la historia se mira desde sus ojos.  Para Mónica Lairana (Rosario), quien también tiene experiencia en dirección, este puede ser su papel más desafiante, que habla de las separaciones, como la que abordó antes en “La cama” en su calidad de directora y guionista.  Diego Cremonesi (Eusebio) hizo mucha televisión y teatro, de calidad variable, pero desde 2005 ha alternado esas actividades con las de actor de cine. Si bien su papel no es espectacular, lo encarna con mucha propiedad.

 Me ha quedado marcada esa capacidad de los cuatro actores de ocupar completamente la piel de los personajes, sin ningún asomo de falsedad o de impostura.

 Desde este lugar del mundo, no puede uno pasar por alto cierto exotismo de exportación que ayuda en la distribución y en los festivales: los vistosos trajes de carnaval que parecen esconder a personajes misteriosos, ayudan a crear una atmósfera mágica, tensa y saturada, aunque no sean esenciales en la historia, porque la música que aquí importa es la del bombo y del zapateo del malambo, en nada relacionado con los bronces carnavaleños. La música omnipresente, a veces se satura en estratos donde se mezcla la música que uno ve (el carnaval o el malambo), con una música incidental invisible demasiado presente.

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A ver quiaqueños / vamos a cantar / a ver quiaqueños / vamos a bailar / Antes que amanezca / por esta región / porque yo mañana / paso a Villazón / Me voy a Bolivia / luego iré al Perú / me alejo pensando / en la Cruz del Sur.

—Arsenio Aguirre (“El quiaqueño”, interpretada por Los Fronterizos)

 

22 agosto 2022

La guerra del trigo

(Publicado en Página Siete el sábado 11 de junio de 2022)

Me he resistido a escribir sobre la salvaje invasión de Rusia a Ucrania porque abundan los analistas y expertos de toda suerte, muchos que no conocen siquiera los países en guerra. No quiero contribuir a esa hemorragia verbal, ya que abunda información, sino reflexionar sobre los desequilibrios mundiales en la distribución de granos, principalmente el trigo.

 Toda guerra de por sí es algo perverso porque conlleva muertos y heridos, millones de desplazados, violaciones de los derechos humanos, incluyendo la salud, la educación, la identidad y otros aspectos de la vida cotidiana. Pero esta guerra, en particular, tiene un componente que influye en la alimentación no solo de aquellos directamente afectados por las bombas y abusos, sino de una buena parte de la población mundial.

 Desde mis décadas de trabajo en Naciones Unidas me he interesado en el tema de la alimentación, al punto que desde 2014 soy parte de un equipo de investigación de doctorado sobre cultura alimentaria, con la UNAM de México.

 Hace más de tres décadas, a principios de 1988, una de mis consultorías me llevó a Etiopía, cinco años antes de la independencia de Eritrea. Sacudía la buena conciencia del mundo la situación de hambruna de Etiopía y Somalia, con imágenes de niños famélicos y moribundos. El famoso rockero irlandés Bob Geldof había organizado Live Aid, dos gigantescos conciertos de rock para recaudar fondos para Etiopía, uno en Inglaterra y otro en Estados Unidos: participaron 56 bandas y solistas entre los más importantes del mundo. 

 Durante mi corta misión de evaluación volé al norte de Etiopía y otros lugares que me impactaron: si bien el norte y el este eran áridos, el sur era un vergel en el que florecían sembradíos. El dictador Mengistu Haile Mariam desplazaba por la fuerza comunidades enteras hacia el fértil sur, sin éxito, porque regresaban caminando a su entorno original. Allí encontré una cruel paradoja: mientras poblaciones en el norte sufrían la hambruna que impresionaba al mundo, Etiopía exportaba trigo a Europa.

 Aquella vez se hicieron trizas las certezas que yo tenía de Etiopía, y ahora la “guerra del trigo” me abre de nuevo los ojos sobre una realidad que desconocía: el tercer mundo depende del trigo de Rusia y de Ucrania.

 Parece un contrasentido y un absurdo que países sometidos a largos inviernos sean los proveedores de granos del hemisferio sur, pero así es, según demuestran estudios y estadísticas, y también la realidad de la hambruna que se avecina en la mismísima Europa.  En mayo el gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, predijo “apocalípticos aumentos de precios de los alimentos a nivel mundial”, que van a generar “una hambruna global”.

 Las estadísticas nos dicen que países como Benín y Somalia dependen en un 100% del trigo de Ucrania y Rusia, y Laos, Egipto, Sudan, Congo, Senegal y Tanzania, en más del 64%. Las exportaciones de granos (principalmente trigo, maíz y cebada), de los dos países en guerra representan hasta el 28% de la seguridad alimentaria mundial. África, en particular, importa todo su trigo de cinco países europeos, además de Canadá y Estados Unidos.

 Aunque se trate de cifras y datos duros, las estadísticas me producen indignación. ¿Cómo es posible que en el sur global seamos incapaces de alimentarnos? Se supone que el sur alimenta al norte, pero en la realidad nos hemos convertido en proveedores de materias primas, destruyendo bosques, envenenando ríos, avasallando áreas protegidas y comunidades indígenas, mientras somos incapaces de alimentarnos.

 Mi padre decía que aún en la agricultura, tenemos una “mentalidad minera”, es decir, extractivista y de corto plazo, sin pensar en los daños al planeta y en lo que pagarán las generaciones futuras. En lugar de alentar la agricultura familiar (importamos hasta la papa que comemos), las políticas de Estado apuestan por grandes plantaciones de soya para biodiesel o pastizales para ganadería vacuna, todo lo que contribuye a hacernos más dependientes de otras economías.

 Tenemos más extensión de tierra cultivable que los países europeos, y más diversidad de pisos ecológicos, pero las políticas de Estado, nuestra baja productividad laboral y nuestra organización como sociedad nos hace vulnerables. 

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Tres tristes tigres trillaron trigo en un triste trigal.  

30 julio 2022

A la mesa con Rubén Darío

(Publicado en Letra Siete, suplemento de Página Siete, el domingo 27 de marzo de 2022)

Hay libros de grandes autores que a veces pasan desapercibidos. Ediciones especiales y obras que no alcanzan mucha resonancia pero que para el propio autor son el resultado de un empeño amoroso, un divertimento o la prolongación centrífuga de otra obra anterior.

 Es el caso del libro “A la mesa con Rubén Darío”, del nicaragüense Sergio Ramírez Mercado, una obra deliciosa en la que se mezcla el testimonio personal con la culinaria y por supuesto con la admiración por otro gran escritor de Nicaragua.

 No conocería este libro de colección si no me lo hubiera obsequiado el propio autor apenas unas semanas antes del estallido de la pandemia, durante una cena literaria en su honor, que tuvo lugar a fines de enero de 2019 en el patio de ese hermoso palacio tropical que es la Casa del Marqués de Valdehoyos, sede alterna de la cancillería de Colombia en la ciudad de Cartagena.

 El ambiente era tan propicio, que además de la presencia del libro y de su autor, el menú ofrecido durante la cena estaba estrechamente vinculado al texto. Fue una de esas ocasiones inolvidables, que me permitió saludar de nuevo a Sergio Ramírez después de varios años de haber coincidido en otro evento en Antigua, Guatemala, cuando presentó “Adiós muchachos”, su relato sobre el proceso sandinista de la década de 1980, transfigurado en dictadura por Daniel Ortega y su tenebrosa pareja.

 En “A la mesa con Rubén Darío” se juntan dos placeres: el de escribir y el de comer, y de esa manera el autor hace del oficio de escribir algo privilegiado, una alquimia de imágenes, sabores, colores y aromas que se desprenden de las páginas de una obra muy cuidada, con detalles sabrosos: más de 200 grabados antiguos, citas de autores (Walter Benjamin, Carl Sandburg, Michel Onfray, Michael Alten, George Sand, entre otros) recetas de cocina y profusión de anécdotas. La primera cita de autor, de Joseph Conrad, marca el tono de la obra:

 “De todos los libros creados desde tiempos remotos por el talento y la industria humanos, solo los que tratan de cocina escapan, desde un punto de vista moral, a toda sospecha. Podemos debatir, y hasta desconfiar, de la intención de todos los pasajes en prosa, pero el propósito de un libro de cocina es único e inconfundible. Es inconcebible que su objetivo sea otro que acrecentar la dicha de la humanidad”.

 La obra nos habla tanto de los gustos de Rubén Darío, un sibarita notorio, como del propio Sergio Ramírez, unidos por el cordón umbilical de la cocina de su país natal, pero también de aquella de otros países visitados por ambos. La edición de Trilce auspiciada por la Universidad Autónoma de Sinaloa y la Universidad Autónoma de Nuevo León (ambas mexicanas), se consume como un platillo especial de 360 páginas. En la contratapa destaca otro detalle de diseño en forma de una lata de conserva: “Darío puro preparado por Sergio Ramírez”.

 Rubén Darío (Félix Rubén García Sarmiento), el poeta modernista que sirvió como diplomático —sin plantearse dilemas éticos— a varios gobiernos autoritarios de Nicaragua, inclusive el de Anastasio Somoza, es el tema por segunda vez de una obra de su coterráneo Sergio Ramírez, ahora el escritor vivo más importante de su país. Si en la novela “Margarita está linda la mar” Ramírez abordaba la vida de Darío en su dimensión literaria y social, aquí adopta el tono coloquial de la crónica para sentarse a disfrutar las costumbres culinarias del vate modernista.

Rubén Darío 

 Hay un encanto especial en este tipo de libros que rescatan la historia desde el testimonio, para que el lector reviva episodios como si estuviera presente, sentado a la mesa de los dos escritores, entre aromas y sabores. Es tan ameno el libro, que la segunda parte, 120 páginas de recetas de cocina, se deja leer como una continuación de la crónica e invita a recrear los platillos de Darío comentados por Sergio Ramírez.  

 Aunque Rubén Darío es el eje de la obra, Ramírez acude a 63 fuentes bibliográficas que amplifican el horizonte de la crónica desde Fray Luis de León hasta Marvin Harris, pasando por Balzac, Cervantes y Neruda, entre otros. La conversación de sobremesa con Darío cubre la importancia literaria de la culinaria y del buen comer. Cocinar y comer: dos actos culturales.

 La cocina como arte se reivindica desde las primeras páginas donde rememora el juicio por homosexualidad a Oscar Wilde, cuando éste lo afirma frente a una audiencia victoriana que recibe con risas la aseveración. Han cambiado mucho las cosas con el tiempo.

 Al otro lado del canal de La Mancha, en Francia, la sociedad era más abierta y cocinar era una de las bellas ates mucho antes. El placer de comer exigía perfección y cultura. La “décima musa” ya había sido consagrada por Brillat-Savarin en 1826 como un arte de complicidad entre el gourmet que cocina y el que degusta. Y a veces puede convertirse en un vicio que lleva a la muerte como mostró magistralmente Marco Ferreri en su sorprendente largometraje “La grande bouffe”.

 Honoré de Balzac, admirador de Brillat-Savarin lo expresó con enorme calidad: “Todos los hombres comen; pero son pocos los que saben comer. Todos los hombres beben; pero menos aún son los que saben beber. Hay que distinguir los hombres que comen y beben para vivir, de los que viven para comer y beber. Hay infinidad de matices delicados, profundos, admirables entre esos dos extremos…”

 Ramírez no se ocupa de la vulgaridad de la obesidad sino de la noción artística del comer, no exenta de excesos, pero caracterizada por la elegancia. Escribir sobre culinaria en este mundo donde los pobres mueren obesos por ingerir comida chatarra podría parecer un acto de indiferencia hacia una sociedad en crisis civilizatoria, pero en realidad es un aporte a la cultura de vivir en armonía con la naturaleza, o por lo menos a la picaresca de saber vivir con placer y dignidad, en lugar de sobrevivir masticando mecánicamente alimentos ultraprocesados.

 Darío era gourmet, pero no gourmand, nos dice Sergio Ramírez. La comida tenía que ver mucho con su proximidad al poder. Durante su estadía en Chile comenzó su costumbre de vestir y comer como si fuera rico, que no era. Era un hombre de fortuna en el sentido de que sus amistades le conseguían trabajos en la prensa y en la diplomacia desde que tenía apenas 20 años y su experiencia se reducía a ser una persona culta que hacía gala de sus lecturas y con ello impresionaba a los demás.

 En Chile, se hizo amigo cercano de la familia del presidente Balmaceda y comió en su mesa muchas veces. En su época, para viajar de Centroamérica a Chile o Argentina la vía más rápida era por Europa, en barco. Darío logró que el gobierno de Colombia (y no el suyo) lo nombrara cónsul en Buenos Aires, algo impensable hoy. Más tarde se hizo nombrar cónsul de Nicaragua en París y embajador del presidente Santos Zelaya en Madrid. De ese modo estuvo décadas frecuentando a personajes en posiciones de poder. Y comiendo muy bien, que era una de sus aficiones.

Sergio Ramírez 

 Sergio Ramírez salpica el guiso literario con sabrosas anécdotas como la de los patos numerados de la Tour d’Argent, el restaurante más famoso y caro de París, hasta el día de hoy. Darío, en compañía del pianista y compositor chileno René López Mascayano y del poeta argentino Eugenio Díaz Romero, “oficiaron” ante el pato No. 32388. Sergio Ramírez apunta: “No se sabe quién de los tres pagó la cuenta”.

 Ramírez no se erige en crítico de la frivolidad evidente de Rubén Darío, pero entrelíneas cualquier lector avezado llega a la conclusión de que Darío era un oportunista y vividor que dejaba deudas por todas partes escudándose detrás de los laureles que su extraordinaria poesía le proporcionó.

 París era el objetivo de vida de Darío, pero una vez allí comenzó a detestar la ciudad luz, marcada por la excepcional Exposición Universal. Era el lugar del mundo donde había que estar en 1900. Como testimonio quedan hasta ahora monumentos que trascendieron al tiempo como la Torre Eiffel o el Grand Palais, entre otros emblemáticos de la capital francesa. Darío escribió para La Nación crónicas sobre aquellos monumentos históricos recién creados.

 No se puede culpar tanto a Rubén Darío por exaltar la frivolidad de la ciudad que en ese momento se prestaba como nunca al goce de todos los sentidos. El mundo occidental parecía vivir uno de sus mejores momentos de paz y de progreso, aunque la pobreza de los desposeídos existía —casi invisible para los privilegiados— y sería el caldo de cultivo de la guerra que estallaría apenas unos años más tarde, en 1914. Mientras el cronista habla de morcillas, faisanes y langostas, en el mismo párrafo menciona “en las calles asaltos y asesinatos con más furia y habilidad que nunca”.

 La biografía gastronómica de Ramírez sobre Darío no avanza en procesión cronológica sino con saltos de tiempo hilados por la temática, siempre en torno a la idea de que el gourmet come con talento, mientras el gourmand lo hace por glotonería, una idea que desarrolla Michel Onfray en “El vientre de los filósofos”.

 Los apuntes de Ramírez y Darío se confunden en esta crónica cómplice. Los gordos “no dan entrada a la mal aconsejadora melancolía. Casi siempre están de buen ánimo y saben el precio de la vida. Ríen de verdad, con la risa franca y sabrosa (…) Raro, rarísimo, será el gordo suicida”.

 Hay apuntes estupendos sobre las cocinas de los conventos, “laboratorios de la mejor de las alquimias, que es la comida”. Cuando enviudaban, las señoras ricas se retiraban a los claustros acompañadas por las cocineras de familia, que producían maravillas. No se quedaban atrás los monjes, hábiles sobre todo para producir vinos y licores, como Dom Pérignon, Bénédictine o amaretto Disaronno.

 Darío bebía mucho, era alcohólico. Durante ciertos periodos de su vida se recluía en propiedades de amigos ascetas para tratar de curarse, pero nunca lo logró. Aunque rechazaba la etiqueta de “bohemio” elogió en su juventud a los grandes poetas consumidores de ajenjo, el “demonio verde” que producía alucinaciones y podía enloquecer a algunos. A Verlaine lo conoció en 1893 en el café D’Harcourt, tan ebrio que no pudo sostener una conversación con él. Darío no fue ajeno al ajenjo, como sugiere Valle Inclán en una escena de “Luces de bohemia” donde el nicaragüense aparece como personaje en el café Colón de Madrid.

 Ramírez regala abundantes disquisiciones propias, relacionadas o no con Darío, pero sí con mitos y costumbres culinarias que recoge en múltiples lecturas. Es el caso del carnero, su carne y sus cuernos en las representaciones a través del tiempo, algunas vinculadas al diablo y a la religión, a la mesa o a la cama. 

 En sus crónicas de bon vivant, de las que bien vivía en París, Darío no podía ignorar los quesos de Francia, uno para cada día del año, como enorgullece a los franceses. Lo interesante es que los compara con nostalgia con los quesos de su tierra, y menciona al pasar la pobreza campestre en la que creció, elogiando la leche de “exquisito sabor” porque las vacas se alimentaban de coyol, “fruto mucilaginoso y pegajoso que da una palmera de la cual se saca aceite…”

 Ramírez contribuye con su propia memoria. De los pocos quesos de Nicaragua había en esa época menciona uno “queso duro y seco, de partir con serrucho, salado a más no poder para que pudiera durar, y cubierto por el propio estiércol de la vaca que, al secarse, formaba una coraza…”

 La lectura de un especialista contemporáneo de la alimentación, Marvin Harris, ayuda a Ramírez a echar una mirada actual sobre las costumbres culinarias de Rubén Darío y de su época, y opone a Darío la gran cultura y experiencia refinada del mexicano Alfonso Reyes. Darío era un diletante algo irresponsable, ya que por una compensación monetaria aceptada encargos que otros escritores hubieran rechazado. Publicó por entregas una novela que nunca terminó, titulada “El oro de Mallorca”, basada en su corta vivencia en la isla, con diálogos y personajes que allá conoció, incorporándose incluso como personaje cuando le faltaba un narrador que pudiera decir cosas inconvenientes. Entre 1913 y 1914 entregó capítulos que no daban para construir una historia con argumento.

 Sergio Ramírez extiende las páginas de su crónica mencionando los viajes y peripecias literarias de Darío, aunque no se vinculen directamente a sus prácticas gastronómicas. El propio Darío solía llenar páginas con largos párrafos descriptivos de un lienzo, por ejemplo, haciendo literatura de la pintura y desplegando su enriquecido vocabulario modernista. Los higos abiertos le sugerían el sexo femenino, analogía bien escogida por el tamaño, el color y la textura.

 Como todo en la vida acaba, y sobre todo la vida misma, el regreso triunfal de Darío a Nicaragua en 1908 lo hace descubrir quesos, frutos, animales, platillos y bebidas que lo devuelven a su infancia y que antes no había apreciado en justa medida o no tenía los instrumentos literarios necesarios para describir. El maíz es parte de ese “inventario sentimental” de Darío, pero también de Sergio Ramírez. A ratos ambas voces se confunden.

 Viajes y honores por donde iba, Sergio Ramírez describe bien al poeta laureado hasta en su manera pomposa de vestir, su atuendo con ribetes dorados: “La literatura comenzaba a ser un espectáculo…”

 Más de 120 páginas de “recetas darianas” poco convencionales, sazonadas con comentarios literarios, cierran este libro fascinante. No hay que buscar en ellas la unidad de un recetario de cocina, aunque estén divididas en categorías. Es más bien un recetario intercultural que muestra que el mundo de la gastronomía es ancho y ajeno.

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La boca es el lugar de la historia,
Y la historia no es más que un perpetuo recomenzar…
—Michel Onfray 

 

24 julio 2022

Agnès por Agnès

(Publicado en Página Siete el domingo 20 de mayo de 2022)

 El 29 de marzo de 2019, al inicio de la pandemia, falleció a los 90 años de edad la cineasta Agnès Varda, que hasta el final de sus días mantuvo esa cara de niña y esa sonrisa de picardía. Tuvo el mérito singular de ser la única mujer en la primera fila de realizadores de la Nouvelle vague francesa, aunque a lo largo de su extensa carrera en el cine no realizó más de diez películas de distribución comercial entre las 61 obras que dirigió o que se filmaron con ella como personaje.

 En su filmografía, sobresalen las películas más conocidas, como “Cléo de 5 a 7” que catapultó su fama en 1962, seguida de “La felicidad” en 1965, “Las criaturas” en 1966, “Daguerrotipos” en 1975, “Mur murs” en 1981, “Sin techo ni ley” en 1985, “Les glaneurs et la glaneuse” en 1990, “Las playas de Agnès” en 2008 y su última película, “Caras y lugares” en 2017.

 En medio de esas obras mayores hay otras que hay que ver, decenas de cortometrajes que ponen en evidencia su espíritu inquieto y su compulsión por la imagen. Ya sea sobre temas trascendentes o sobre hechos cotidianos, su cine se caracteriza por la refrescante mirada con que describe situaciones y personajes.

 Toda la obra documental de Agnes Varda es en primera persona, pero no siempre autobiográfica. La realizadora aparece en la imagen y en la narración, y con ello reafirma que no improvisa. Hasta la obra más breve y aparentemente menos elaborada, está planificada. Hay documentales que se resuelven en la etapa de edición, como Chris Marker que solía encerrarse años para editar como ebanista que va limando las asperezas de una pieza hasta conseguir su mejor expresión. En Varda, una obra parece estar completa desde el inicio, por muy sencilla que sea la idea y que parezca la película terminada. Hay algo de Godard, pero sin la pretensión intelectual.

 Es el caso de un breve trabajo de cinco minutos, casi desconocido, “La petite histoire de Gwen la bretonne”, donde narra su encuentro casual con una francesa que había conocido años antes. Gwen Deglise se fue a Los Ángeles para comenzar una nueva vida, y perdió todo al principio, menos una bicicleta en la que circula por las calles de la ciudad. Su vida se encamina en parte gracias a los filmes de Agnès y de Jacques Demy, que exhibe primero en un pequeño cineclub y librería de barrio, antes de adquirir responsabilidades de programación en la Cinemateca Americana, instalada en el emblemático Teatro Egipcio. Mientras cuenta la historia de Gwen, cuenta la propia durante el tiempo que estuvo en Los Ángeles. A pedacitos, con otros breves documentales que hizo sin aparato de producción sofisticado, reconstruye en una parte de su propia vida, una memoria en el estilo de un diario de las personas que encuentra en su camino, a las que enriquece y las que la enriquecen o al menos despiertan su curiosidad.

 Como la pintura de Frida Kahlo, el cine de Varda es autorreferencial, aunque no descarnadamente revelador de la intimidad, como las obras de la artista mexicana. La diferencia es que Varda disfruta de una vida sin grandes conflictos personales, y mira todo con un espíritu positivo, alegre, como una niña que se maravilla ante todo lo que se le cruza por el camino.  No es casual la frecuencia de los espejos en sus obras, en parte para reflejarse a sí misma y en parte para indicar que el cine es solamente un reflejo de la realidad, filtrado por los sentidos y la interpretación.

 Varda fue pionera de la nueva ola del cine francés, con cortos que precedieron al movimiento renovador de las décadas de 1950 y 1960. Por su experiencia en la fotografía, su cine se regodea en bellos encuadres y selección de colores, de manera que visualmente es siempre un placer. Como García Márquez o Cortázar, cualquier tema es bueno para crear belleza.

 El documental “Agnès par Agnès” es una síntesis excepcional de su cine y de su filosofía de la vida. Es un placer ver esta obra de más de dos horas de duración que repasa las etapas de su actividad creativa, con una propuesta de mostrar las cosas con el ojo que caracteriza a sus trabajos: inspiración, creación y compartir son las palabras que resumen su visión del cine. El documental incluye representaciones de su familia, de sus amigos, una intimidad sin embargo precavida, donde lo más recóndito parece ser su relación y la muerte de Jacques Demy, su esposo, también cineasta.

Cleo de 5 a 7 

 Varda cuenta que “Cléo de 5 a 7” nació de su percepción del miedo colectivo por el cáncer, y la manera como fluye la historia con el personaje principal fue también un resultado de la necesidad de filmar en un día, por razones presupuestarias. El resultado es mágico, fresco, auténtico. Meticulosa, la directora no deja nada al azar. En sus obras más “documentales” todo está calculado. Esta es otra prueba de la borrosa frontera que existe entre la ficción y el documental, al extremo de que debería abolirse esa distinción impuesta por los distribuidores comerciales.

 En “Daguerrotipos” filma a la gente de la calle donde vive, como si fuera un pequeño pueblo incrustado en la ciudad, donde todos se conocen. Los personajes son reales: la panadera, el carnicero, los comerciantes, la gente que hace filas, esa “mayoría silenciosa” que atrae el ojo de la cineasta. Su proximidad afectiva logra algo que no es fácil: filmar a la gente mientras continua con sus labores cotidianas, sin que la cámara (y el equipo detrás de la cámara), modifique los comportamientos. Varda habla de “la empatía del amor por la gente que uno filma”.

Lions love 

 En la diversidad de su obra se alternan las películas realizadas en Francia y en estados Unidos. Su documental sobre los Black Panther, el grupo radical marxista-leninista de afroamericanos que lucharon contra el “establishment” en la década de 1960, es un retrato de la “minoría enfurecida” de los negros pero también de las mujeres. Varda se declara feminista y mantiene hasta el final de su vida esa visión de la igualdad y la justicia. Lo aborda en “Mi cuerpo es mío”, la vida de dos jóvenes mujeres, filmadas con diez años de distancia, donde hace el relato de una resistencia que no ha terminado, y para ello usa todo tipo de recursos: teatro, música, o muñecos. Todo tiene una referencia cultural sin estridencia, con buen humor y alegría.

 Adolescente todavía, la actriz Sandrine Bonnaire tuvo su primer rol protagonista en “Sin techo ni ley” (1985) de Agnès Varda, donde interpreta a Mona, una joven de 17 años enojada con el mundo, un “road movie” que incluye 13 travellings de un minuto o más, una experiencia creativa complicada en esos años en que no existía la tecnología actual.

 Se acaba el espacio, quedan muchos filmes de la pequeña Agnès Varda en mis notas. Hay que ver su cine, no tiene desperdicio. Este apretado texto es una invitación.

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J'ai peu d'argent, mais le luxe, c'est de tourner à mon rythme, en alternant tournage et montage, en repartant tourner après avoir monté, en évoluant dans l'aléatoire, mais toujours avec des options de cinéma.
—Agnès Varda 

 

18 julio 2022

Los libros nos hacen libres

(Publicado en el Letra Siete, Página Siete, el domingo 15 de mayo de 2022)

Una página con cinco citas abre este extraordinario libro. Una de ellas, de Emilio Lledó, habla de los libros y la libertad: “El libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo. Una prodigiosa trampa con la que la inteligencia y la sensibilidad humana vencieron esa condición efímera, fluyente, que llevaba la experiencia de vivir hacia la nada del olvido”.

 Otra, poética, de la autora mozambiqueña Mia Couto, expresa la magia: “Parecen dibujos, pero dentro de las letras están las voces. Cada página es una caja infinita de voces”.

 Adentrarse en El infinito en un junco de la joven escritora zaragozana es un viaje no solamente por la historia de los libros, sino del lenguaje que hace a la inteligencia humana. Este es un ensayo de esos que se leen como una novela, apasionante de principio a fin, deliciosamente escrito. El placer de la lectura pasa por delante de la abundancia de información, sin menoscabo de esta.

 Como toda investigación, este ensayo partió de algunas preguntas: ¿Cuál es la historia secreta de los libros? Al comenzar la investigación hay cierta angustia por lo que ha podido perderse a lo largo de miles de años: “¿Qué se perdió por el camino, y qué se ha salvado? ¿Por qué algunos de ellos se han convertido en clásicos? ¿Cuántas bajas han causado los dientes del tiempo, las uñas del fuego, el veneno del agua? ¿Qué libros han sido quemados con ira, y qué libros se han copiado de forma más apasionada? ¿Los mismos?

 Con mucho acierto Vallejo señala una paradoja: “Lo curioso es que aún podemos leer un manuscrito pacientemente copiado hace más de diez siglos, pero ya no podemos ver una cinta de video o un disquete de hace apenas unos años, a menos que conservemos todos nuestros sucesivos ordenadores y aparatos reproductores, como un museo de la caducidad, en los trasteros de nuestras casas”.

 La memoria es frágil, y los soportes que conservan la memoria del mundo con mayor eficacia son paradójicamente los más antiguos: los papiros con cinco mil años de antigüedad, los pergaminos y finalmente el papel, mientras que todo lo que es electrónico o en “la nube” es tan frágil que todavía no sabemos si puede durar una década o menos.

 Desde la primera página de la primera parte (Grecia), Vallejo le pone el tono a su relato: una propuesta tentadora de adulterio, narrada con jovialidad, en la ciudad luminosa de Alejandría, por entonces más importante que Roma.

 Entre historias de sábanas y reinados, la narración nos lleva de la mano, pero no a ciegas, donde la autora quiere: al gozo de la historia de los libros. Para sellar su romance con Cleopatra, Marco Antonio llevó de regalo a Alejandría 200 mil libros para la gran biblioteca que hoy es parte de nuestros sueños más remotos. La biblioteca de Alejandría recibió su nombre de Alejandro Magno, uno e los personajes más increíbles de la historia antigua, capaz de crear un imperio sin límites cuando tenía 25 años de edad. Obsesivo, imparable, era llevado por la fuerza del pothos, es decir, la búsqueda insaciable de lo inalcanzable, que es lo que suele motivar a todos los grandes hombres y mujeres que ha dado la humanidad.

Irene Vallejo ©Silvia P. Cabeza 

 Este es un libro de historia con gran H, pero también un libro muy personal, que mezcla las anécdotas de la historia con las de la propia autora, en un tejido seductor. Es un homenaje a la literatura de todos los tiempos, pero también a la creatividad humana, al cine, al teatro, al humor. Alejandro quería ser mito y leyenda para las generaciones futuras, y sabía que solo podía serlo en la memoria de los libros que se escribieran sobre él, por eso aparece en la Biblia y en el Corán, para no citar sino dos textos considerados sagrados.

 Hay expresiones magníficas que cautivan, porque el lenguaje de investigación se teje con formas de expresión llenas de poesía: las palabras “son apenas un soplo de aire”. Solamente aire hasta que no se escriben sobre una tabla de barro, sobre la corteza de un árbol (como los corazones de los enamorados), o sobre madera, piel o papel.

 Esta historia se desenvuelve como un pergamino de más de mil metros de largo. Aunque hemos tenido noticias por diferentes fuentes históricas, Vallejo nos hace vivir casi como si fuéramos testigos el esplendor de Alejandría, el ombligo del mundo occidental antiguo, gracias al museo y a la biblioteca que hizo construir Ptolomeo para honrar la memoria de Alejandro. La importancia otorgada entonces a la cultura no tiene punto de comparación con nada que hayamos visto en el mundo contemporáneo. Cuando la cultura es el centro de una civilización, se nota demasiado.

 Egipto exportaba papiro para escribir 3 mil años antes de Cristo. No es poca cosa. Rollos de más de tres metros de longitud, entre 13 y 30 centímetros de alto, viajaban por todo el mundo como uno de los bienes más preciados. El más largo que se conserva mide 42 metros y se encuentra en el Museo Británico. Es uno de los muchos testimonios de aquella maravillosa “médula de una planta acuática” que dio cobijo para siempre a las palabras. En alguna parte leí (aunque Irene Vallejo no lo menciona), que la Biblioteca Británica imprime sobre papiro sus documentos más preciados, porque sabe que pueden conservarse durante miles de años, más que el papel o que cualquier otro soporte. Para los que se encandilan con las nuevas tecnologías, eso puede ser una sorpresa.

 La biblioteca de Alejandría no era solamente una biblioteca a la que acudían desde todos los rincones de occidente, sino un centro de investigación y de creación de conocimiento, a donde fueron llevadas las mentes más brillantes de la Antigüedad, para vivir y trabajar allí en condiciones envidiables, como no ha vuelto a suceder después en la historia. Alejandría era como la reproducción de Atenas, pero concentrada y potenciada, un laboratorio de los saberes del mundo conocido. La propia palabra “faro” que tanto significado tiene en el lenguaje contemporáneo, procede de Alejandría, de la isla donde se construyó esa maravilla arquitectónica que guiaba a los navegantes. Era la luz del mundo y se dice que el lente que tenía en su cúspide permitía ver a lo lejos a Constantinopla.

Irene Vallejo ©Silvia P. Cabeza

 Irene Vallejo nos hace soñar página tras página con un mundo donde el pensamiento y los valores eran importantes. Nos habla del ritual de “leer”, que no era un acto mecánico y utilitario como puede serlo ahora para muchos. La lectura de los rollos de papiro requería de una destreza especial porque mientras se desenrollaba el papiro con la mano derecha para descubrir nuevas columnas verticales de símbolos, se lo iba enrollando con la izquierda. Posteriormente había que regresarlo a su posición original para que otros pudieran repetir ese acto casi mágico.

 Los apuntes autobiográficos de la autora hacen que el ensayo sea aún más agradable de leer. Todas las fuentes bibliográficas y las citas están al final, de manera que nada distrae de ese recorrido suave como el viaje en un velero. Leer a Vallejo me recordó el placer de leer a Octavio Paz o Juan Villoro, o en inglés los ensayos de Mark Kurlansky o de Jared Diamond.

 Entre esos apuntes autobiográficos está la descripción de su experiencia estudiosa en Oxford, donde la biblioteca secreta y subterránea se extiende debajo de una inmensa extensión, preservando así la memoria del mundo. Cada día esa biblioteca incorpora mil nuevos títulos que hay que clasificar inmediatamente para recibir los del día siguiente. Es sin duda el equivalente de la biblioteca de Alejandría de nuestra era.

 Al describir esa su aventura de descubrimiento, la autora nos regala piezas de hermosa literatura: “En la bruma de cada mañana, cuando me aventuraba a las calles borrosas, sentía que la ciudad entera gravitaba sobre un mar de libros, igual que una alfombra mágica en pleno vuelo”.

 En estos tiempos en que talibanes de allá y de aquí tratan de destruir el pasado para que su mediocridad se disimule mejor por falta de puntos de comparación, Vallejo nos recuerda: “que todos podamos amar el pasado es un hecho profundamente revolucionario”.

 Del papiro al pergamino (de Pergamon, que he tenido la fortuna de visitar en Turquía), fue un salto tecnológico como de la máquina de escribir a la computadora. El objeto-libro se hizo más manejable, acrecentando el fetichismo “librario”, que no es lo mismo que el fetichismo literario. Nos puede gustar la lectura, pero también nos gusta sostener en la mano un buen libro, un objeto precioso que tiene forma, textura y olor. Más allá del texto, este fetichismo hace que nos cueste mucho a los de mi generación reemplazar un libro por un lector digital.

 Entre que describe a libros y autores, Irene Vallejo nos presenta a extraordinarios personajes de la Antigüedad, como el erudito Dídimo, que escribió más de 3 mil libros a lo largo de su vida, aunque a veces olvidaba lo que había escrito en ellos (me pasa lo mismo, sin haber escrito tantos).

Homero

 Por supuesto, uno de los personajes más seductores es Homero (“el que no ve”), el gran poeta sin biografía, del que hasta hoy no se sabe si era una persona o un personaje colectivo, creado por su propia obra, en tiempos en que la poesía estaba socializada, porque se construía día a día a través de su transmisión oral y su enriquecimiento progresivo. No fue sino cuando a alguien se le ocurrió plasmar en caracteres las obras de Homero, que estas dejaron de enriquecerse y de evolucionar, pero antes habían pasado durante muchos años de una boca a otra, a veces en el conciliábulo de los “simposios” que no eran sino reuniones en las que se bebía e inventaba literatura colectivamente.

 El libro nos ilustra no solamente sobre la invención de los libros sino del acto de leer y de comunicar lo leído. Al no existir copias de los textos, estos se transmitían de memoria hasta aterrizar en un nuevo pergamino o rollo de papiro. Homero es anterior a la escritura, del tiempo de “las palabras aladas” que recorrían enormes distancias. Por eso hasta hoy existe la duda si realmente existió una persona con el nombre de Homero que fue el autor de “La Ilíada” y de “La Odisea”.

 Solo a partir del alfabeto podemos tener algunas certezas. Para los recalcitrantes, el aterrizaje de la palabra alada en la letra muerta era un retroceso, pero no había otra manera de trascender en el futuro. Lo que pasó con los 15 mil versos de “La Ilíada” y los 12 mil versos de “La Odisea” fue una manera de que fijarlos para que no se siguieran moviendo indefinidamente.

 Contrariamente a lo que podría creerse, no fue la poesía lo que inició la escritura, sino el comercio, las listas de bienes, las cuentas: “Empezamos escribiendo inventarios y después invenciones (primero las cuentas; a continuación los cuentos)”, dice Vallejo. Más allá de contar historias, la escritura pronosticó el nacimiento del espíritu crítico, cruzado por un doble filo: perder el ejercicio de la memoria y de la oralidad. 

 La historia del alfabeto es tan fascinante como la del soporte material de los libros. Hebreo, árabe, indio, arameo, griego o latino, todos estos alfabetos son hijos de la misma raíz fenicia, mil años antes de Cristo. Es el origen de la unidad cultural occidental.

 Mucho se ha perdido, no sabemos cuanto sino gracias a los primeros catálogos bibliográficos. El primer bibliotecario de la historia, Calímaco de Cirene, dejó listas meticulosas que nos permiten saber hoy lo que se ha perdido, papiros y pergaminos comidos por el tiempo. La búsqueda de esas huellas, sugiere Vallejo, es tan fascinante como el dolor por lo que se ha desvanecido.

 Vallejo rescata referencias de los primeros escritores y nos quita el velo de la ignorancia cuando afirma que la primera escritora fue mujer, Enheduanna, que ejerció la poesía con su nombre, 1500 años antes de “La Ilíada”, en un mundo dominado por filósofos y literatos varones, que por supuesto no la mencionan para nada en sus obras. La renombrada democracia ateniense era “cosa de hombres”, excluía por igual a esclavos, extranjeros y mujeres.

 No todo era mieles y progreso intelectual en la Antigüedad. El propio Platón (“espalda ancha”) pretendía crear una “policía poética” para controlar lo que se escribía, una suerte de censura previa.

 Cuando parece que ya se va agotando Grecia, la segunda parte del libro está dedicada a Roma, que es otro descubrimiento para el lector. Los romanos no eran tan creativos, pero eran políticos sagaces. Pasaban la mayor parte de su tiempo librando guerras imperiales, pero tomaron lo mejor de los griegos en lugar de destruirlo, como harían hoy los talibanes de toda suerte. Capturaban esclavos, pero si eran griegos e ilustrados, les daban privilegios, los trataban como presos de lujo. Roma significó el fin del monopolio aristocrático sobre las bibliotecas y la aparición de lectores anónimos, gracias a la reproducción acelerada de los libros. Legiones de esclavos con buena caligrafía se encargaban de esa tarea. Era además una buena costumbre de los millonarios romanos legar su patrimonio a escritores y filósofos (ojalá hicieran algo similar los acaudalados de ahora).

 Tampoco eran épocas de armonía para todos. Marcial, Ovidio y otros escritores rebeldes que satirizaban la opulencia padecieron el exilio, y la mala costumbre de destruir y quemar libros se ha mantenido desde los papiros hasta los mensajes en TikTok. La persecución de las ideas no es otra cosa que una expresión de la ignorancia y el miedo a la inteligencia, como podemos ver en los gobernantes actuales en todo el mundo autoritario. La censura es el lenguaje de los mediocres y la autocensura es el silencio de los cobardes.

 Soy un lector lento porque a veces patino en las páginas y mi pensamiento salta por el borde al vacío. Me gusta releer algunas frases y a veces marco aquellas que me seducen. Los libros que pasan por mis manos están marcados para siempre, y siento cierta frustración cuando no puedo hacer lo propio con libros prestados, ya que soy de los tontos que devuelven. Con “El infinito en un junco” he tenido una nueva historia de amor por los libros, no solamente por la literatura, sino también por el alfabeto, por el papel, por la tinta, por las bibliotecas y sus celosos guardianes.

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De niña creía que los libros habían sido escritos para mí,
que el único ejemplar del mundo estaba en mi casa.
—Irene Vallejo