17 diciembre 2020

La otra guerra

Augusto Céspedes publicó un solo poema en su vida, y es el que introduce los cuentos de Sangre de mestizos, que figura entre los mejores libros de narrativa sobre la guerra del Chaco. “Terciana muda” (así titula el poema), es todo lo que no nos cuentan de la guerra, de la misma manera que lo es Chaco (2019) el largometraje de Diego Mondaca. 

Cuando hace varios años Diego compartió conmigo su guion original, la lectura del texto no me hizo suponer que la película resultante sería espléndida. Al verla he quedado convencido de que se trata de la mejor representación cinematográfica de la guerra, muy cercana al espíritu de Augusto Céspedes y de quienes vivieron esa parte oculta: la derrota contra el enemigo invisible.

Se trata de una obra compleja y narrada con una voz muy personal por el autor de La chirola y de Ciudadela. Sin duda, es su obra de madurez. Nada sobra y nada falta en esta película que podría representar dignamente a Bolivia en cualquier escenario mundial. Si en lo personal Mondaca despierta recelos en su generación por diferentes motivos, nada de ello le hace mella a Chaco, obra lúcida y ambiciosa.

El filme habla de la “otra guerra”. Aunque su título nos remita a la guerra del Chaco que sostuvieron Paraguay y Bolivia, la parábola narrada por Mondaca podría aplicarse a todas las guerras donde los combatientes son llevados a enfrentarse por la irracionalidad de los políticos.

La guerra que libran es con frecuencia una guerra contra un enemigo invisible, al que no ven, con el que se identifican como peones de jugadas que se deciden en salones donde nunca accederán. El verdadero enemigo, el que aprieta fuerte, el que desespera, el que enloquece a los soldados y oficiales, es un enemigo más hostil que un balazo: el hambre, la sed, la incertidumbre, el aislamiento o la desorientación física.

Los personajes de Mondaca, como los de Céspedes, han perdido la guerra sin haberla librado. Deambulan entre arbustos espinosos a la deriva, hacia un horizonte que se aleja y los enrosca como una serpiente de fuego.

Mondaca construye su parábola a través de un pequeño grupo representativo: un capitán alemán, dos tenientes bolivianos, y la tropa, veinte en total. Todos ellos sufren las mismas condiciones, aunque el militar extranjero se obstine al principio en mantener ciertos privilegios: una silla para sentarse y loza de porcelana dorada para tomar el té (además de una enorme muñeca que aparece como una alegoría de sus recuerdos más entrañables).

En esa escuadra extraviada, que busca improbablemente la ruta hacia el fortín Nanawa, se tejen relaciones humanas que nos dicen mucho más de la guerra que los disparos, los cañonazos y las escenas espectaculares de gente volando por los aires. Aquí, en verdad, solo salen dos disparos de las armas del pequeño destacamento, solo dos disparos en toda la película (minuto 62), y son los de la desesperación de dos soldados que toman la decisión extrema de suicidarse. “El suicidio es un asesinato tímido”, escribió un autor que no recuerdo ahora.

Las imágenes iniciales del filme parecen de esperanza: una lluvia copiosa baña a los soldados cuya sed se confunde con la esperanza. Pero a partir de allí el camino será muy difícil, circular y sin horizonte.

El realizador ha hecho un trabajo de investigación meticuloso, pero no ha dejado que los datos o las cifras invadan su mirada cinematográfica. No hay nada peor que una película de ficción que pretende contenerlo todo y convertirse en un sesudo ensayo. La referencia de Chaco es la literatura, la fotografía y el mismo séptimo arte. No es la primera película en la historia del cine que habla de soldados extraviados y acosados por un entorno hostil, pero es la que nos toca de más cerca y la que nos muestra códigos reconocibles: la manera de hablar, las relaciones sociales entre oficiales citadinos y soldados aimaras o quechuas, la bola de hoja de coca en el carrillo, la lealtad entre compañeros de infortunio, o el valor de la sobrevivencia.

Ciertas imágenes evocan las fotografías del Chaco que Luis Bazoberry convirtió en postales (todavía conservo un juego de la edición original). Mondaca tradujo en color las imágenes de los “fortines” que no eran otra cosa que campamentos miserables: una trinchera, alambrada de púas, una carpa y una tricolor boliviana colgada en el palo más alto que se podía encontrar.

Cero espectacularidades, porque para eso está el cine comercial, el que quiere vender explosiones aparatosas. Aquí son importantes los silencios y entre ellos adquieren mayor relevancia las palabras que cruzan los soldados. El agotamiento es tan grande, que apenas pueden hablar, no hay espacio para discursos grandilocuentes. Lo entiende el capitán alemán y el último soldado raso, entre quienes se teje una complicidad que crece con la proximidad de la muerte. Cada quien cumple con el papel que le ha impuesto la historia, y parte de ese rol es seguir adelante, aunque ya no quede un ápice de esperanza. “Yo tuve un ejército de 80 mil hombres”, dice el capitán en su delirio.

Los gestos simbólicos se mantienen: izar la bandera cada día, el ascenso del soldado a cabo, la voluntad de no desfallecer y de avanzar (aunque sea en círculos). En realidad, todos saben que nada de eso tiene sentido en medio de la agonía colectiva, pero el ritual alarga un poco la sobrevivencia. Los uniformes raídos y sucios, el tintineo de las cantimploras abolladas y vacías, las ojotas en vez de botas… todo es verosímil, tan real que nos parece sentir el olor de los cadáveres descompuestos en la escena que muestra la llegada a un campamento abandonado. Solo la bandera boliviana parece recién salida de la tintorería.

La crítica a la irracionalidad de la guerra, de todas las guerras, se hace a través del discurso de las imágenes, evitando cualquier recurso retórico que empobrecería una obra cuya elocuencia no descansa en las palabras. Chaco no tiene un discurso heroico pero muestra la cotidianeidad de los héroes reales que vagan por el laberinto de la soledad. El heroísmo resignado de los soldados constituye la esencia de toda guerra: no tienen otra opción, nadie les preguntó. En ese espacio del Chaco fronterizo, sin tiempo ni brújula, el resto del mundo parece lejano y remoto: “Todos hemos terminado en el mismo pozo”.

Además de su talento como realizador (la dirección y posproducción son impecables, y la música de Alberto Villalpando es hermosa), Mondaca muestra su habilidad como productor (obtuvo apoyo de innumerables instituciones y fondos concursables (Intervenciones Urbanas, INCAA, Cine Argentino, Color Monster, Ibermedia, etc), y promotor, ya que supo recorrer el calendario de festivales aún en tiempos de pandemia, obteniendo en los primeros meses, antes del estreno en Bolivia, media docena de reconocimientos internacionales. 

(Publicado en Página Siete el domingo 13 de diciembre 2020)

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Chaco,
 infierno pálido y lejano
que te aproximas a mi lámpara
quiero hallar
tu corazón absorto bajo el beso del polvo
o tal vez muerto
en la alambrada de una lluvia negra.
—Augusto Céspedes 

15 diciembre 2020

Obras son horrores

Publiqué este artículo antes de las elecciones del 18 de octubre de 2020, cuando todo parecía indicar que tendríamos un gobierno que haría prevalecer la justicia. No ha sido así, pero creo que el análisis sigue siendo válido porque lo principal es no dejar que manipulen nuestra memoria.

La desmemoria es insultante para quienes hemos sufrido dictaduras, incluida la de Evo Morales. No ayuda que carecemos de una justicia que nos inste a recordar. La ausencia de justicia independiente y proba es parte del problema. Y otra parte es la falta de valores y ética en los bolivianos. 

Gracias a 10 años de bonanza por los altos precios de las materias primas en los mercados internacionales (2005-2015), el régimen autocrático de Morales captó más recursos que todos los gobiernos durante los 100 años anteriores. No es una exageración: antes de 1952 el Estado recibía migajas por el estaño mientras Patiño era uno de los más ricos del mundo. Después de 1952 mendigamos ayuda internacional durante dos décadas hasta que la dictadura de Banzer se benefició de los altos precios de hidrocarburos, minerales y ciertos rubros agrícolas como el algodón, cuya sobreexplotación dejó nada más que dunas de arena y una obesa burguesía cruceña.

Banzer dilapidó y endeudó al país durante 7 años de corrupción y negociados familiares, pero los recursos malversados representan pipocas comparados con los que despilfarró el emperador Morales: las reservas llegaron a 16 mil millones de dólares y con la misma facilidad se esfumaron, dejando una deuda contratada de 8 mil millones de US$, una cruz para las futuras generaciones.

El impostor que posaba como faraón en Tiwanaku, se dedicó a gastar, pero no a invertir y crear empleo. En complicidad con el títere que funge de candidato del MAS (antes oscuro funcionario en gobiernos neoliberales), Morales firmaba contratos millonarios sin estudios de factibilidad y sin licitaciones, abriendo la puerta a la corrupción y a los elefantes blancos.

Refresquemos la memoria de quienes cierran ojos y oídos sobre el periodo del jefazo, donde las “obras son horrores” (y no amores como dice el dicho). Bastaría una docena de casos emblemáticos para que Morales y sus exministros pasen el resto de su vida presos, pero hay mucho más.

La planta de urea en Bulo Bulo, paradigma de ausencia de planificación, es una de las joyas corruptas de la corona del autócrata. El ingenio de San Buenaventura que tuvo que prestarse caña para moler, es otro ejemplo monumental. El satélite Tupaj Katari, con sobreprecio y una vida útil que no le permitirá amortizar su costo. La sede de UNASUR en Cochabamba, ahora tragada por la maleza. El aeropuerto de Chimoré diseñado para el narcotráfico y los de Oruro, Monteagudo, Ixiamas, Apolo y otros que nunca operaron. Las empresas estatales Quipus, Papelbol, Enatex y otras quebradas por la mala administración y la corrupción.

En otro nivel de enorme significado simbólico están los gastos de la megalomanía de Morales. El lujoso museo de Orinoca, en un pequeño pueblo sin alcantarillado. El fálico palacio de gobierno de 28 pisos del que huyó en helicóptero horas antes de renunciar. El teleférico de La Paz, muy colorido pero insostenible debido a su sobreprecio, tendrá que ser subvencionado durante toda su vida útil hasta que caiga en pedazos. El lujoso avión presidencial que estaba destinado a un multimillonario equipo de fútbol europeo. El hangar presidencial de El Alto que costó más de dos millones de dólares con jacuzzis y habitaciones lujosas. El edificio del Congreso, la residencial presidencial en Sucre, etc.  

A ello se suma “Bolivia cambia, Evo cumple”, apropiación de 600 millones de dólares anuales asignados al ministerio de la Presidencia de libre disponibilidad para uso del tirano, su caja chica de “gastos sin reserva” y propaganda electoral permanente: desde las carreteras que no se terminaron, hasta la escuelita más pequeña, pasando por los coliseos y mil canchas de césped sintético que no se usan, más los complejos urbanos de “vivienda social” que están en pleno abandono.

Se debe investigar la corrupción en Jindal, CAMC, Fondo Indígena, Quiborax, Banco Unión, Neurona Consulting, Codesur, Dakar, ENTEL, ANAPOL, barcazas chinas, YPFB, Río Negro, Lucianita, TV Abya Yala, Ecebol, Gravetal, Lamia, EPSAS, EMAPA, Vías Bolivia, UELICN, narcotráfico y contrabando. Donde se ponga el dedo salta la podredumbre sin parangón con otro gobierno en la historia de Bolivia.  

La profesión más requerida en los próximos años será la de auditor, porque en cada uno de los proyectos sin licitación hubo corrupción y mala ejecución. Empezó el primer año del régimen, con un cheque en blanco que extendió Morales a Santos Ramírez, su compinche de cama y rancho, para que se enriqueciera en YPFB, y no terminó hasta que el autócrata huyó (llevándose dinero) luego del fraude electoral, aterrorizado cuando el ejército y la policía se negaron a disparar contra las “pititas”.

Las escuelas y canchas (cuya inauguración costó más que la propia obra), se caen en pedazos. Carreteras como la de Copacabana fueron abandonadas por empresas “accidentales” que se llevaron el dinero. Estadios, mercados y coliseos son depósitos inutilizables para los fines originales.

Morales y su ministro de Finanzas, Arce Catacora, tendrían que responder por cada uno de esos gastos arbitrarios. Para ello sería imprescindible que en el futuro, con un gobierno democrático, una misión de la ONU contra la corrupción (como fue la CICIG en Guatemala) investigue los 14 años de malos manejos. 

(Publicado en Página Siete el sábado 3 de octubre de 2020)

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La estabilidad de los gobiernos autoritarios depende
de la capacidad que tengan de excluirnos de la realidad,
de hacer creíble la realidad fabricada en la que ellos viven.
—Hannah Arendt 

 

11 diciembre 2020

No están solos

El Premio Nobel de la Paz de 2020 fue concedido al Programa Mundial de Alimentos (PMA). Muy merecido, por cierto, y desde hace mucho tiempo, pero parece un contrasentido en un año marcado por el coronavirus, donde los premiados deberían ser los que estuvieron en la primera línea de combate. Es decir, miles de personas, no una organización, ni dos o tres personas.

¿Quiénes merecían más el Premio Nobel de la Paz?

Lo que primero viene a mi pensamiento son cientos de miles de médicos, enfermeras, choferes de ambulancias, personal de limpieza de hospitales, todos enfundados en batas azules, verdes, blancas o amarillas, con mascarillas y guantes, que incansablemente y a riesgo de sus propias vidas estuvieron tratando pacientes infectados de COVID-19 en los momentos más difíciles de la pandemia (momentos de crisis que espero no sean olvidados el próximo año).

En todo el mundo, ese personal de salud ha tenido una actitud heroica no solamente por su dedicación absoluta y por la recuperación del juramento hipocrático de manos de los comerciantes de la salud, sino porque además tuvieron que enfrentar a enemigos egoístas y violentos, además del virus. No están solos, los respetaos y los admiramos.

Tuvieron que hacer su trabajo a pesar de gobiernos indolentes como el de Estados Unidos, el de Brasil, el de México y otros países que minimizaron la pandemia y esperaron más de un mes en declarar medidas de cuarentena, o no le declararon en absoluto.  Mientras esos políticos negacionistas se reían de la “suave gripita” (Bolsonaro y Trump), o esgrimían estampitas y billetes de 2 dólares para la protección milagrosa (López Obrador), el personal de salud ya obraba en esos países salvando vidas, y no obedecía las consignas de seguir en las calles repartiendo abrazos envirusados. 

Esos trabajadores de la salud tuvieron que enfrentar agresiones físicas y verbales de algunos sectores de la población que los discriminó: no lo dejaban regresar a sus domicilios, no les permitían tomar taxis, los repudiaban en el transporte público por llevar zapatos blancos y batas. En la India o en El Alto, vimos imágenes donde eran apedreados salvajemente por una población embrutecida. A todos los que discriminaron, ojalá los haya infectado el virus y no hayan tenido quien los atienda. No merecen otra cosa.

Entonces, ¿Nobel de la Paz a todo el personal de salud del mundo? Por supuesto, aunque sería difícil otorgarlo a tantos de batas blancas, pero no son los únicos que se lo merecen. No solo están las batas, sino también las botas. Es decir, la policía, el ejército, los bomberos, las brigadas de desinfección, los recolectores de basura de las alcaldías, que realizaron trabajos de vigilancia, de contención de multitudes enardecidas, de orden en los supermercados, en los bancos, y de desinfección en las calles. 

Ellos también expusieron sus vidas, trabajando al principio sin los implementos necesarios, porque había que hacerlo de todas maneras para mantener la seguridad ciudadana y combatir no solo al virus, sino también a los criminales que se aprovecharon de la pandemia para delinquir.

Cómo no reconocer a los voluntarios de todo tipo, los que se organizan para cocinar ollas populares o repartir bolsas con alimentos esenciales para los más vulnerables que no tienen qué comer porque su trabajo era ambulante, y no pudieron salir porque si lo hacían iban a contagiarse y contagiar a otros. Voluntarios que cosieron millones de mascarillas en sus casas, que inventaron con impresoras 3D y plásticos desechables protectores faciales cuando los gobiernos estaban recién pensando cómo fabricarlos o importarlos. ¿Ya los hemos olvidado?

También se debe premiar a los trabajadores de los supermercados, los repartidores que llevaron en moto o bicicleta la comida a las casas, los que atienden farmacias o transportan en camiones desde el campo hasta las ciudades las legumbres y frutos que consumimos, y los campesinos que las producen.

Y por supuesto, la comunidad científica que, a pesar de presidentes incalificables como Trump, Bolsonaro o López Obrador y otros de la misma calaña que en Francia y en España se fueron de vacaciones en plena pandemia, hacen un trabajo de investigación que permitirá tener vacunas y remedios que sirvan a todo el mundo, sin fronteras económicas y migratorias.

Global Citizen, una iniciativa de la sociedad civil, un concierto mundial de 8 horas de duración, donde artistas de todo el mundo regalaron sus canciones y sus mensajes de apoyo a todos los que he mencionado más arriba, y su apoyo también a la OMS, tan vilipendiada por el tramposo Trump, que no puede vivir sin echarle a otros la culpa de sus propios errores.  Ese concierto (y miles de otros que hemos podido ver a través de internet en las plazas vacías o en los balcones), confirmó la conciencia que debemos tener de unidad frente a la actual adversidad, pero también de cambiar el mundo cuando superemos este periodo. No queremos un mundo como el de antes. Hay una ciudadanía global harta de politiquería e hipocresía.  

¿O no habremos aprendido nada? Quizás no aprenderemos nunca. 

(Publicado en Página Siete el sábado 17 de octubre de 2020) 

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El mejor médico es el que mejor inspira la esperanza.

—Samuel Taylor Coleridge.

16 octubre 2020

Oficio de sabotajes

Por el "silencio electoral" y la cautela editorial esta nota no pudo publicarse en Página Siete el 17 de octubre.  Pero no hay quien impida que circule en las plataformas virtuales y espero que tenga más lectores. 

Hasta el más obtuso sabe que un voto por Luis Fernando Camacho podría hacer que el MAS gane en la primera vuelta en las elecciones del domingo 18 de octubre. Y la propuesta engañosa del "voto cruzado" solo le quitaría fuerza a Carlos Mesa en una Asamblea Plurinacional dominada por el MAS. La incapacidad de un simple cálculo numérico muestra la desorientación de quienes podrían favorecer al autócrata que gobernó catorce años aunque crean que votan por un líder regionalista (de limitado alcance intelectual). 

A ese escenario irracional vaticinado por las encuestas, se suma la incertidumbre por las acciones que el MAS puede cometer para aferrarse al poder mediante medidas desesperadas. Hay suficientes señales y se puede esperar lo peor de un cacique autoritario que manejó el país como señor feudal, incapacitado para la vida democrática, pero ducho en provocar caos y zozobra. 

Los actos de desestabilización no han cesado desde el fraude del 20 de octubre de 2019: la gente que gritaba "ahora sí, guerra civil" agitando dinamitas o bombas molotov en Senkata y Sacaba, era parte de esa estrategia. Además del audio de Evo Morales (verificado por expertos internacionales) donde ordena cercar ciudades y provocar actos de sedición, sus "guerreros digitales" han estado muy activos durante todo este tiempo pandémico, fabricando noticias falsas difundidas a través de redes virtuales y han intentado hackear o bloquear cuentas oficiales o de políticos. Otros sabotean desde el mismo Estado donde aún trabajan, como pasó en el ministerio de Salud con las adquisiciones para el Covid-19. 

Los organismos de seguridad han capturado a militantes masistas con explosivos, armas y dinero. Por las permeables fronteras de Bolivia el MAS está metiendo los "insumos" para sabotear las elecciones. En el Chapare sus seguidores han secuestrado a policías y amenazado a pobladores, y los dirigentes cocaleros han dicho abiertamente que no aceptarán los resultados de la elección si no gana su partido. Si bien el candidato del MAS mantiene una actitud de corderito degollado, el verdadero dueño del circo, Evo Morales, prepara actos que le permitirán clamar que hubo "fraude" o "irregularidades". 

El Tribunal Supremo Electoral (TSE) nos asegura que la cadena de custodia será impecable, así como todo el proceso electoral, pero las fuerzas de seguridad del Estado deberían tomar previsiones para que no se produzcan atentados y sabotajes. Por ejemplo, antes y durante el acto de votación, militantes del MAS podrían intentar secuestrar o quemar urnas para invalidad mesas, por ello es imperativa la presencia de la fuerza pública además de los propios ciudadanos para defender su voto. 

Al final de la jornada del domingo 18 el MAS podría intentar interrumpir el conteo rápido saboteando torres de electricidad o cables de internet que proveen el servicio necesario a las salas de cómputo. Los guerreros digitales del MAS intentarán también hackear los servidores del Órgano Electoral Plurinacional (con la pericia que han demostrado durante el fraude de 2019). Para prevenir esto, el OEP debe tomar medidas: generadores de electricidad de inicio automático y servicio de internet blindado, con capacidad inmediata de recurrir a un proveedor alterno en caso de fallas. La policía y el ejército deben resguardar las torres de electricidad y las fuentes de internet.

Después de la votación también pueden producirse hechos violentos que intenten invalidar el proceso electoral. Ya vimos en 2019 la furia masista que incendió Tribunales Electorales Departamentales (TED), estaciones policiales y otras instituciones públicas. El resguardo de recintos del Estado es fundamental para frenar esos actos de terrorismo que podrían afectar los resultados. Finalmente, no debe excluirse la posibilidad de que el MAS fabrique "pruebas" de un supuesto fraude como ya anuncian sus portavoces, entre ellos la ex ministra del sombrero, experta en manipular a la opinión pública. 

El papel de los observadores electorales de organismos internacionales es crucial. No debería limitar su trabajo a las ciudades y quedarse en una zona de confort. Su presencia es más necesaria en los lugares donde sabemos que puede existir confrontación y conflicto. Pero no bastan los observadores electorales, ni el despliegue de organismos de seguridad, ni todas las previsiones que ojalá haya tomado del Tribunal Supremo Electoral: la ciudadanía debe estar alerta y cuidar su voto en todo el país.

El riesgo de sabotajes es inminente, y el único partido político que tiene interés en algo así es el MAS. Su desesperación es peligrosa. Nadie dude de ello. 


25 septiembre 2020

Muertos en el closet

Técnicamente se llama “exceso de muertes” pero yo les llamo “muertos en el closet”, y no me refiero a los que pesan sobre los 14 años de autoritarismo de Evo Morales, sino a los fallecidos no contabilizados desde que comenzó la pandemia del coronavirus. No es un tema exclusivamente boliviano, sino global como la pandemia: durante meses las mediciones sobre contagios y muertes por Covid-19 han sido mentirosas porque los gobiernos solo contaban a los pacientes detectados, mientras en asilos de ancianos y en casas particulares los fallecidos quedaban escondidos en el closet de la estadística. Los cementerios estaban abarrotados y los carpinteros ya no tenían madera para fabricar ataúdes. Las familias enterraban a sus muertos en cementerios clandestinos o simplemente los dejaban envueltos como paquetes en los parques para que los recogieran los servicios municipales de salud. Nos conmovieron las imágenes de Guayaquil pero, para ser justos, lo mismo sucedió en otros países.
La gente se muere en su casa, y como no tiene acceso a pruebas de Covid-19, las causas de mortalidad son atribuidas a cualquier falla orgánica, como si de pronto a todos se le hubiera ocurrido morirse al mismo tiempo por afecciones a los riñones o al corazón. Los operadores de crematorios y cementerios revelan que se ha multiplicado por cinco el número de muertos con relación al año anterior. Son muertos sin etiqueta. Los gobiernos no los cuentan.
Para rechazar críticas, algunos gobiernos dicen que se conocen más casos porque se hacen más pruebas, pero no es cierto: España ha realizado tantas pruebas como Portugal (por millón de habitantes), pero tiene tres veces más muertes por Covid-19 que su vecino país. Se habla del “milagro” sueco que venció el coronavirus sin confinamiento, pero no es cierto, pues el país nórdico tiene 580 fallecidos (por millón de habitantes), igual que Italia o México, y cien muertos más que Francia o que Colombia. En número de contagios, Chile y Perú tienen alrededor de 23 mil (por millón), más que Brasil, aunque las cifras totales hacen aparecer a Estados Unidos, India y Brasil encabezando la lista de la ignominia. El cristal estadístico es siempre tramposo, porque depende de cómo se mira.
Para Bolivia es un
grave problema estar acorralada entre los países que más contagios diarios han tenido en semanas recientes, como Argentina donde el número aumenta exponencialmente. Las fronteras permeables con Brasil, Perú, Chile y Argentina ponen a nuestro país en un riesgo muy grande, porque no hay manera de controlar varios centenares de pasos fronterizos clandestinos por los que circulan contrabandistas y narcotraficantes portadores del virus. Somos el caso diametralmente opuesto de Nueva Zelanda, que no tiene casos porque es una isla. El subregistro de muertes era tan grosero, que universidades y otras instituciones científicas decidieron comparar todas las muertes con estadísticas de años anteriores en las mismas fechas. Recién ahora los gobiernos han aceptado “revisar” sus cifras de muertos por Covid-19 que, como ahora se sabe, no afecta solo a los pulmones con su “hipoxia silenciosa”, sino a cualquier órgano del cuerpo. Los países están “sincerando” sus cifras con base en modelos estadísticos. La verdadera curva de muerte es la que proyecta, entre otros, el estudio realizado por la Red de Epidemiólogos EuroMOMO, difundida por el New York Times y The Economist, que han medido el “exceso de muertes”. Es decir, han comparado el número de muertes totales de un país en el periodo del coronavirus, con las muertes totales de los tres años anteriores. El resultado es escalofriante, porque el incremento de muertes en algunos países de Europa llega a 350%.
Países con dirigentes políticos irresponsables, como Estados Unidos, Reino Unido, Brasil y México se negaron a imponer medidas drásticas y por ello muestran una escalada de contagios. España y Francia relajaron las medidas de confinamiento para pasar buenas vacaciones de verano y ahora vemos las consecuencias, porque el virus no toma vacaciones. Hay un nuevo tipo de vandalismo en el mundo, que no se limita a los que organizan “fiestas Covid” para contagiarse y contagiar a otros. La irresponsabilidad radica también en los “normales”, en esos miles de manifestantes en Alemania o Estados Unidos que se niegan a usar tapabocas. Si ellos fueran los únicos afectados, qué importa que se mueran, pero el problema es que infectan a otros que tratan de cuidarse. Lo único claro en esta pandemia de la que aprendemos todos los días, es que el virus entra por la boca, la nariz y los ojos, y si uno actúa con responsabilidad y se cubre esas tres mucosas, las posibilidades de contagiarse en la calle, en la casa o en el trabajo, son mínimas.
(Publicado en Página Siete el sábado 19 de septiembre 2020)

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La turbulencia de los demagogos derriba los gobiernos democráticos.
—Aristóteles


11 septiembre 2020

El club de Paulo Abrão


A mis 10 años, en el garaje de mi casa en Obrajes, tenía un “club de detectives” con tres amigos del barrio. Nos reuníamos dentro de una enorme caja de madera que quedó de un traslado, para leer a la luz de una candela las novelas de Enid Blyton (famosa por la serie “El club de los 5”, que vendió 600 millones de ejemplares)  y para inventar inocentes conspiraciones. 

Recuerdo eso cuando pienso en Paulo Abrão, hasta ahora Secretario Ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), quien pasó su gestión inventando con su club de amigos conspiraciones nada inocentes, más bien dañinas para la paz y la convivencia en la región latinoamericana. Recientemente, cuando la OEA no quiso renovar su contrato, hizo un berrinche de adolescente y movió todos sus contactos para conseguir apoyos de instituciones como CLACSO, venida a menos desde su adhesión al peronismo conservador.
 
Gente como Paulo Abrão, con una carrera meteórica que logró trepando con escalera gracias a apoyos políticos, suele luego hacer maromas para prorrogarse en sus cargos.
 
Por eso mismo nunca respondió a la consulta que le hicieron repetidas veces sobre el intento de prórroga de Evo Morales, contra lo que dice la Constitución Política del Estado. Años después de que le hicieran esa pregunta me queda claro que Abrão no respondió porque estaba planeando su propia prórroga, su última posibilidad de ocupar un alto cargo en la burocracia internacional. A partir de aquí, lo que le espera en un camino de bajada. 

La mala fe de Abrão la señalé en otro artículo en estas mismas páginas: convirtió a la CIDH en un club de amigos que responden obsecuentemente a las decisiones que él toma de manera inconsulta.
 
Su ojeriza con la democracia boliviana y su defensa del régimen corrupto y autoritario de Evo Morales son bien conocidas. La CIDH no censuró las violaciones de derechos humanos y las arbitrariedades cometidas por el “jefazo”, con quien Abrão mantenía afinidades temperamentales. De 115 solicitudes de medidas cautelares, la CIDH solo aceptó tres en 14 años de régimen autoritario. Se pasó por el arco la masacre del hotel Las Américas y la de El Porvenir, la represión en Chaparina y de los discapacitados, o el hostigamiento hasta la muerte del Ingeniero Bakovic, entre otros casos que, a lo largo del régimen de Morales, suman cerca de 150 fallecidos. 

 
Cuando el pueblo boliviano se rebeló contra el fraude electoral y el autócrata pedófilo escapó de Bolivia después de renunciar públicamente a su cargo, Abrão pulió su microscopio para observar cualquier desliz que pudiera cometer el gobierno constitucional provisional que asumió el poder para garantizar elecciones libres, transparentes y democráticas.
 
Desde el fraude de octubre 2019, Abrão miraba la realidad boliviana con un solo ojo.  Con una lupa agrandaba los hechos que dañan al proceso de retorno a la vida democrática y cerraba el otro ojo para no ver los actos de terrorismo que alienta Evo Morales en plena pandemia, para impedir las elecciones generales y crear un clima de zozobra y miedo en Bolivia.
 
Paulo Abrão no es trigo limpio, no es una persona en la que se puede confiar.  Es un arribista manipulador, cuya estrategia ha sido sumarse a quienes crean inestabilidad social en Bolivia. 

 Ni siquiera consultaba con otros en la CIDH: en pocas horas exigió “medidas cautelares” para la actual Defensora del Pueblo, que ya lleva meses prorrogándose en el cargo (como el propio Abrão quiso hacer). Cuando visitó Bolivia, diputados del MAS lo llevaron de la mano para mostrarle lo que a ellos les convenía que viera: Senkata, donde hubo un enfrentamiento entre grupos violentos que al grito de “ahora sí, guerra civil” trataban de impedir el abastecimiento de combustible para la ciudad de La Paz y atacaban la planta de gasolina y gas, que de estallar habría afectado un radio de 5 kilómetros.
 
Del mismo modo, Abrão exigió proteger a cocaleros del Chapare que subieron hasta Sacaba para cercar la ciudad de Cochabamba y fueron repelidos por la población y por las fuerzas del orden. 

Ninguna de esas razones figura en el expediente que justifica la salida de Abrão de la CIDH, sino su vergonzosa actitud con funcionarios de esa misma institución, que se quejaron públicamente del acoso de que han sido objeto por parte del oportunista secretario a quien se acusa también de manipulación de contrataciones. En total, 61 denuncias documentadas.
 
Señor Abrão, ya no me escriba un mensaje privado, como hizo la vez pasada, tratando de justificarse y de explicarme lo honesto que es, porque su comportamiento dentro y fuera de la CIDH demuestra todo lo contrario. 


 

(Publicado en Página Siete el sábado 5 de septiembre 2020)

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Llénalos de noticias incombustibles.

Sentirán que la información los ahoga,

pero se creerán inteligentes.

Les parecerá que están pensando,

tendrán una sensación de movimiento sin moverse.

—Ray Bradbury

30 agosto 2020

Trucos en ALADI

Algo sospechoso sucede en la Asociación Latinoamericana de Integración: estamos cerca de la elección de un nuevo Secretario General del organismo regional, pero todo aparece rodeado de misterio. Si uno revisa la página web de ALADI, no hay mención de la elección donde hay solo dos candidatos: el uruguayo Sergio Abreu y la boliviana Karen Longaric. 

El candidato uruguayo fue canciller el siglo pasado y ha sido desenterrado del cementerio diplomático. Simple y llanamente, es un abuso del país sede, pues Uruguay ya tuvo a Didier Opertti y antes a Juan José Real en la Secretaría General. En los últimos tres lustros el cargo ha sido rotado como en una puerta giratoria entre Uruguay, Argentina y Paraguay. Ninguno, ni el actual Secretario General, contribuyó a resucitar a ALADI, que tiene muy poco oxígeno a 40 años de su creación.  

Karen Longaric
El argumento manoseado por Uruguay es un contra-argumento: que la Secretaría General debe ir (¿otra vez?) a un uruguayo porque la sede de ALADI está en Montevideo.  Eso es como decir que el Secretario General de las Naciones Unidas debería ser gringo, o que el Director Ejecutivo de la FAO debería ser italiano, porque la sede está en Roma. 

Entonces, ¿qué tan “regional” es un organismo donde el país sede quiere controlarlo? El pequeño país, con una población que es la tercera parte de Bolivia, ya tiene funcionarios en altos niveles de organismos internacionales, como el propio Luis Almagro en la OEA. ¿Cuál es el afán de acaparar más? ¿Se quiere repetir la maniobra que favoreció a México en 2017? 

Como denunció en 2017 la Agencia Latinoamericana de Información (ALAI), México impuso a su candidato sin respetar las reglas del juego. El investigador Rubén Armendáriz escribió: “El mexicano Alejandro de la Peña será de facto nuevo Secretario General de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), sin haberse siquiera instalado el XVIII Consejo de Ministros de Relaciones Exteriores, tal como lo exige la normativa. Es decir, en ALADI se produjo un acto de magia donde se sacó a un conejo de un sombrero inexistente”. 

Los argumentos de la candidatura de Bolivia en cambio muy sólidos, pero eso no parece importar a quienes actúan sin transparencia. 

En primer lugar, el cargo le corresponde a la región andina ya que el actual Secretario General de ALADI representa a los países de América Central y los anteriores fueron uruguayos, argentinos o paraguayos. Esta es una oportunidad para la Comunidad Andina, si es que los países de dicha comunidad actúan como los “hermanos” que dicen que son. En un gesto coherente Ecuador ya ha dado por escrito su voto por Bolivia, y también lo ha hecho Brasil, demostrando que no está de acuerdo con la imposición que intenta Uruguay. 
En segundo lugar, Bolivia nunca ha ocupado la Secretaría General de ALADI. Esta sería la primera vez que nuestro país ocupa la Secretaría General del organismo regional en 40 años. 

En tercer lugar, por primera vez tendríamos en la Secretaría General a una mujer, con lo que se rompería la tradición machista del organismo regional.  Y no cualquier mujer, sino una mujer especializada en temas regionales, que traería al organismo vientos de renovación que buena falta le hacen. 

Está en manos de Perú y de Colombia tomar una decisión que ponga por delante su pertenencia a la región andina por encima de cálculos políticos que no ayudarán a consolidar otros organismos regionales (CAN, Prosur, Pacto de Leticia) donde la Bolivia democrática ha mostrado su mejor voluntad de apoyo. 

Entre los 13 países de ALADI, sería lógico que se diera la unidad en el bloque andino, que Venezuela abandonó. A este bloque podría sumarse Chile, que comparte la cordillera de Los Andes. Pero además de un bloque andino, es también Amazónico, pues tanto Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, comparten la cuenca amazónica con Brasil. 

Quedan en minoría: Argentina, Cuba, México y Venezuela, que no tienen candidato propio pero que por su apoyo al ex autócrata Morales podrían hacer bloque. México le negaría su voto a Bolivia para ajustar cuentas por el conflicto de los delincuentes asilados en su Embajada en La Paz, pero esperemos que los otros países amigos no le hagan el juego. La buena vecindad y la historia deberían permitir que el voto de Paraguay favoreciera a Bolivia, y quedaría Panamá como incógnita. 

En toda lógica democrática, Bolivia debería ganar la Secretaría General de ALADI, pero en estos tiempos de hiperpolítica y trucos debajo de la mesa, el resultado de la elección, al momento de escribir estas líneas, es impredecible. 

(Publicado en Página Siete el sábado 22 de agosto 2020)

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Los diplomáticos son personas
a las que no les gusta decir lo que piensan.
A los políticos no les gusta pensar lo que dicen.
—Peter Ustinov

 

23 agosto 2020

Jorge Gumucio Granier

Constructor del servicio exterior 

El jueves 20 de agosto por la noche recibí una de esas noticias que uno no quisiera recibir, aunque las probabilidades de recibirla sean mayores a medida que pasa el tiempo: mi primo Jorge Gumucio Granier había fallecido en Pittsburgh, en el exilio al que fue empujado hace años por el régimen autocrático del MAS que lo persiguió con la saña que hostigó a tantos otros, vaciando la Cancillería de su personal diplomático más calificado. 

Jorge era un diplomático de carrera que muchos califican como constructor del servicio exterior de Bolivia. Su gestión en la Cancillería, en los puestos que ocupó, dejó una huella profunda en todos quienes trabajaron con él cuando fue Viceministro de Relaciones Exteriores (en varias ocasiones), o embajador en Naciones Unidas y en Perú, y en quienes aprendieron de él en la Academia Diplomática.

 

La cancillería de Bolivia está impregnada de su ejemplo, y de su paso por esos salones de altos y señoriales techos queda mucha obra y mucha generosidad. No solamente fue el artífice del edificio anexo que ahora alberga la mayor parte de las direcciones de nuestro servicio diplomático, una construcción que respetó la estructura clásica del edificio original (cuyo espacio físico ya era insuficiente), sino que además se ocupó de los mínimos detalles: en los pasillos del segundo piso donde se encuentran los despachos más importantes del ministerio (despacho de la Ministra, viceministerios, protocolo y ceremonial del Estado), están los retratos que donó de ilustres predecesores de la diplomacia de Bolivia.

 

Llegó al servicio exterior boliviano con su amplia experiencia como doctor en Sociología e investigador de la realidad boliviana, que había enriquecido durante los años que estuvo en IBEAS (Instituto Boliviano de Estudio y Acción Social) donde investigó y publicó varios ensayos y formó a nuevas generaciones de investigadores. El servicio exterior boliviano necesitaba el perfil de personas comprometidas con la realidad del país, con músculo académico y una visión de futuro de las relaciones regionales e internacionales. En esa medida jerarquizó las funciones diplomáticas rodeándose de profesionales del más alto nivel. 


Era meticuloso en todo lo que investigaba: Ocupación y desocupación urbana (IBEAS 1967), Estudio regional del noreste boliviano (IBEAS 1966). Sus libros sobre la cuestión marítima figuran entre los más serios y documentados: Estados Unidos y el mar boliviano (1985), El enclaustramiento marítimo de Bolivia en los foros del mundo (1993), Perú-Bolivia: forjando la integración (1995), Orígenes del enclaustramiento de Bolivia y del Tratado de 1904  (2013), Apuntes para una historia diplomática de Bolivia y Ley del servicio exterior (1993), y Diplomacia presidencial entre Bolivia y el Perú, son algunos de sus aportes.

 

En la familia Gumucio había dos primos especialistas de la genealogía familiar, que podían casi de memoria revisitar la trayectoria de todos nuestros antepasados. Uno era Fernando Baptista Gumucio y el otro Jorge Gumucio Granier. Conversar con ambos era una delicia. Tuve oportunidad de grabarlos para la investigación que hice para la biografía sobre mi padre. Jorge proporcionó información invalorable, matizada con jugosas anécdotas que enriquecían su relato.

 

Uno de los episodios más conocidos en la vida de Jorge Gumucio fue su dura experiencia como rehén del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). Todo comenzó con el asalto armado a una recepción diplomática el 17 de diciembre de 1996 en la Embajada de Japón en Lima, con cerca de 800 invitados del mundo diplomático, pero también de instituciones culturales. Yo me enteré el 18 de diciembre de 1996 cuando, por mera casualidad, estaba en Bilbao visitando a los antepasados españoles, la familia Gumuzio del país vasco, que Jorge también había visitado. Uno de ellos acababa de escuchar la noticia en la radio. Pasaron los meses y me encontraba en Haití el 23 de abril de 1997 cuando una acción militar acabó con el grupo de secuestradores y logró rescatar con vida a 71 de los rehenes. Jorge recibió minutos antes el aviso de que se iba a producir el ataque y pasó la voz a los rehenes para que se tiraran al piso.

 

Al cabo de unas semanas del asalto a la embajada los captores del MRTA dejaron salir a muchos rehenes, pero conservaron a 72 que tenían un peso político mayor, entre ellos Jorge Gumucio, que padeció hora por hora los 126 días de su cautiverio, aquejado por una dolencia cardiaca que mantenía su salud en un estado de extrema fragilidad. Meses después Jorge ofreció su propio relato de esa experiencia cuya noticia dio la vuelta al mundo, y alguna vez me comentó con tristeza que el gobierno de Sánchez de Lozada no había hecho lo suficiente para gestionar su salida de esa situación tan riesgosa para su salud.

 

En una entrevista con Anna Infantas Soto publicada en Los Tiempos el 10 de diciembre de 2006, reconoció que una salida negociada hubiera sido imposible dada la determinación de los guerrilleros del MRTA, y habló de las conversaciones que sostuvo durante su cautiverio con el jefe del comando, Néstor Cerpa Cartolini:

 

“Cerpa era un dirigente con mucha experiencia sindical en Perú. Conversamos sobre Bolivia, había vivido en Santa Cruz y en Chapare. Tenía papeles de ciudadano boliviano, de Uyuni, que le permitían mimetizarse como colla. Me mostró su carnet de identidad. Su señora también vivió en Bolivia, y fue ella la que, cuando sucedió el secuestro de Samuel Doria Medina, llevó el dinero a Perú. Cerpa conocía bastante bien el país. Era parte de sus estrategias, aunque tenía problema de habla… hablaba como limeño. (…) Él vino en busca de nombres de empresarios para secuestrar. Elaboró una lista. Tenía gente de Santa Cruz y de La Paz, pero al final optaron por Doria Medina, porque vieron que era el más joven y por quien el padre podía pagar. Algo que me dijo es que cuando se secuestra a un empresario mayor, los hijos lo venden para cobrar el seguro. Por eso, prefirieron a un joven, porque el padre siempre da todo para salvar a su hijo”.

 

Antes de morir, Jorge expresó su voluntad de ser cremado y de que sus cenizas fueran esparcidas en el océano Pacífico, un acto simbólico que debería ser acto de Estado. 

 

No dudo que todo gobierno democrático en el futuro mantendrá vigente el reconocimiento y la memoria de Jorge Gumucio Granier, que murió lejos de la patria a la que sirvió con grandeza y humildad, hasta que la ignorancia y torpeza arbitraria del MAS lo apartó del camino.

 

(Publicado en Página Siete el sábado 22 de agosto 2020)

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¿Cómo se puede decir a un hombre que tiene una patria

cuando no tiene derecho a una pulgada de su suelo?

—Henry George

18 agosto 2020

Gabo y Gaba

  El texto que sigue lo escribí pocos días después de la muerte de Gabriel García Márquez, y estaba seguro de que lo había publicado en alguna parte, pero parece que se quedó, como tantos otros, en el archivo de los recuerdos (y de los olvidos). 

Ahora es el momento de publicarlo, porque este sábado 15 de agosto falleció en México la Gaba, Mercedes Barcha, la compañera de uno de los escritores más queridos de América Latina. Digo bien “querido”, porque más allá de su obra enorme, Gabo era, como Julio Cortázar, uno de esos seres humanos de los que uno se enamora instantáneamente.

 

Así va este texto, con algunas variantes, que rescaté en el arcón de los secretos:

 

Ahora que ya pasó el tsunami de homenajes póstumos a Gabriel García Márquez, quiero decir un poco de lo mucho que significó para mi su existencia y sus obras. Cada quien tiene su Gabo, hay un Gabo para todos, nos permite apropiarnos de él, tanto de su obra como del personaje.

 

Y quiero hablar también de la Gaba, que fue según el propio Gabo lo más importante que le pasó en la vida: Mercedes Barcha, la mujer sin la cual García Márquez no sería lo que fue ni como persona ni en la literatura.

 

En una carta de 1950 que Gabo escribió a su amigo Francisco Padilla antes de casarse con Mercedes Barcha, estaba este hermoso párrafo: “La tengo aquí, atravesada como un venablo en la bomba circulatoria, en una terrible cosa entre tiempo y espacio, viento y marea, que no sé si sea amor o muerte. De todos modos, es algo tan tenebroso que no habrá más remedio que disolverlo en una buena pócima matrimonial, con cucharaditas suministradas tres veces al día, hasta la hora de la muerte, amén”.

 

Me remonto a la década de 1960, cuando éramos jóvenes con pretensiones de escribir, ávidos lectores en cualquier caso, todavía no deformados por la televisión que iba a aparecer recién en Bolivia a fines de esa década.

 

Esperábamos como una revelación mística cada obra de los escritores del “boom” de la literatura latinoamericana. Cada libro nuevo de García Márquez, de Cortázar, de Carlos Fuentes y de Vargas Llosa lo adquiríamos y lo compartíamos con algarabía, pero también las novelas y los cuentos de Guimarães Rosa, de Alejo Carpentier, y otros que aprendimos a querer como si fueran hermanos mayores.

 

Para alguien que a sus diez años se leyó la colección completa de novelas de Agatha Christie, descubrir durante la década de 1960 El coronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1962) o Los funerales de la mama grande (1962) de García Márquez constituía un inmenso placer. Recibíamos cada libro de “los nuestros” con genuino entusiasmo: Todos los fuegos el fuego (1966) de Cortázar, las novelas de Vargas Llosa de esa década, La ciudad y los perros (1963) o La casa verde (1966), y la narrativa de Carlos Fuentes con Aura (1962), Cantar de ciegos (1964), Zona sagrada (1967) y Cambio de piel (1967).

 

En mi caso, sentía la misma excitación cuando salía un nuevo disco de The Beatles, precisamente en esos mismos años.  Qué gran década para la literatura y para la música.

 

Tener la primera edición de esos libros era como adquirir un tesoro, y no por el valor, insospechado entonces, que tienen hoy esas ediciones, sino por la fortuna que sentíamos de poder contarnos entre los primeros lectores de libros que tantas generaciones han venerado después.

 

Solíamos reunirnos con Jaime Nisttahuz, Manuel Vargas, y Pedro Shimose (unos años mayor que nosotros), en la trastienda de la Librería y Editorial Difusión, que tenía en la Avenida Mariscal Santa Cruz nuestro querido Jorge Catalano, a quien le debe tanto la literatura de Bolivia.

 

Cuando en 1967 se produjo la explosión deslumbrante de Cien años de soledad sus chipas nos llovieron como un regalo de los dioses. Sentimos tanta alegría estética y entusiasmo literario como el que habíamos sentido cuando cuatro año antes, en 1963, nos llegó Rayuela, de Julio Cortázar, una obra que no tenía comparación con ninguna otra en la literatura latinoamericana. Teníamos la primera edición (las mías desaparecieron entre exilios y asaltos) de esas grandes obras que nos deleitaban y nos desafiaban.

 

Puedo decir que mi generación mamó de la teta literaria de esos grandes escritores que no solamente nos hicieron gozar la literatura sino que nos abrieron los ojos sobre la realidad de nuestra región.

 

A Gabo lo vi varias veces en Cuba, casi siempre en diciembre cuando aparecía con o sin Fidel en las actividades desarrolladas alrededor del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Muy pocas de esas muchas veces tuve oportunidad de saludarlo, aunque cuando lo hice siempre se mostró amable y cordial, a diferencia de otros (Benedetti, por ejemplo).

 

Una de sus últimas apariciones públicas fue la noche que se inauguró el Museo Soumaya, un evento al que solamente se podía entrar con invitación (sobre el que escribí una nota para la DPA). Allí estuvo Gabo con Mercedes, junto Larry King y cerca del anfitrión y dueño del museo, Carlos Slim. 

 

La última vez que vi a Gabo fue con Gaba, y eso me parece importante decirlo. Gaba me invitó a su casa en el No. 144 de la calle Fuego en el Pedregal de San Ángel, una calle estrecha, larga y tranquila a pesar de encontrarse a espaldas muy cerca del Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria de la UNAM.

 

Era una mañana soleada a fines de enero de 2013, que compartimos con Jaime Muñoz Baena, amigo de Gabo y Gaba. No era la primera vez que visitaba a Mercedes, pero en las anteriores Gabo no se había dejado ver.

 

Luego de conversar con Jaime y Mercedes, apareció Gabo que acababa de desayunar y se sentó junto a nosotros luego de preguntarme de dónde era yo. No olvidaré lo que me dijo cuando le comenté que era boliviano: “Aahh, menos mal”.  Nunca supe que quiso decir con eso.

 

(Publicado en Página Siete el 17 de agosto 2020)

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Estar enamorado es como tener dos almas y eso es maravilloso.

—Gabriel García Márquez