25 febrero 2020

Supranacionalidad

 La Unión Europea (UE) nació con el Tratado de Maastricht el 7 de febrero de 1992, por lo que cumplió en días pasados 28 años de existencia. La Comunidad Andina de Naciones (CAN) nació el 26 de mayo de 1969 con la entrada en vigor del Acuerdo de Cartagena. Este año cumple (y celebra, con justa razón) su cumpleaños número 50, y es el más antiguo sistema de integración regional supranacional del mundo. En muchos aspectos, la CAN se ha inspirado en medidas adoptadas por la Unión Europea, pero en otros se ha adelantado a ella. 

Fue en Cartagena de Indias, allí donde se fundó, que esta semana que termina se conmemoraron las cinco décadas de existencia de la CAN, que nació como Pacto Andino o Grupo Andino antes de adoptar su nombre actual. El dictador Augusto Pinochet retiró a Chile de la CAN en 1976, y lo propio hizo en 2006 el venezolano Hugo Chávez, mientras declaraba que la CAN ya estaba "muerta". 

Quizás la CAN andaba "de parranda" en alguna etapa de su vida, pero contra los deseos o suposiciones del entonces presidente venezolano, parece haberse fortalecido, mientras la Venezuela de Maduro se desmorona y se hace añicos con más 500 muertos, cuatro millones de exiliados y una crisis económica brutal, a pesar de la riqueza petrolera (o quizás por causa de ella). 


La Canciller Karen Longaric durante la reunión de la CAN en Cartagena
Bolivia tuvo la semana pasada un papel protagónico, pues ha ejercido la presidencia Pro Tempore desde mayo de 2019, que formalmente será entregada a Colombia en el encuentro entre presidentes que tendrá lugar en Bolivia en pocos meses. 

La Canciller de Bolivia, Karen Longaric, quien por su trayectoria académica conoce el tema en profundidad, expresó en su intervención que la integración "abarca mucho más que los aspectos económicos y comerciales" porque su fundamento “son los valores comunes, la cultura común y el férreo compromiso con la democracia". 

El Secretario General de la CAN, Jorge Hernando Pedraza, hizo un balance alentador. En cincuenta años se hubiera podido hacer más, pero lo que se hizo es ya significativo y beneficia a los 111 millones de ciudadanos de los países miembros. 


La zona de libre comercio ampliada, que elimina en 100% los aranceles en la región andina y fortalece los flujos comerciales, ha favorecido el crecimiento de la región. Los acuerdos migratorios, los acuerdos de aduanas, son algunos de los hitos. Hace 50 años la región tenía 45 millones de ciudadanos y el comercio era apenas de 53 millones de dólares, mientras hoy alcanza 9 mil millones de dólares. El ingreso per capita ha crecido 17 veces más. 

No es poca cosa, por ejemplo, que los ciudadanos andinos podamos desplazarnos de un país a otro sin necesidad de pasaporte, simplemente mostrando la cédula de identidad. Acuerdos académicos que se están gestando permitirán que los profesionales puedan ejercer en cualquier país miembros de la CAN.

Estos resultados concretos solo son posibles cuando hay acuerdos supranacionales como los que facilita la CAN, que nació con la vocación de promover el desarrollo y el bienestar de los ciudadanos de la región. 


El Presidente Iván Duque con cancilleres de Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú
La última de las 854 decisiones que ha tomado la CAN en su historia, es la anunciada esta semana en Cartagena: la norma que dentro de cinco meses permitirá iniciar el proceso de generar una tarifa liberada para roaming internacional en la región andina. Es decir, cualquier ciudadano podrá viajar y hacer llamadas dentro de la región sin costo adicional. 

Uno de los fundadores de la CAN, el Dr. Jorge Valencia, recordó que hace 50 años era una herejía hablar de "supranacionalidad", no solo en América Latina sino en el mundo, aunque ahora la integración regional es buscada y desarrollada en todo el planeta. 

No todo es agua de rosas, por supuesto. Chile prefiere mirar a través del Pacífico hacia Asia en lugar de integrarse más a la región, y Venezuela deberá recuperar la democracia para integrar de nuevo este organismo regional unido por la cordillera. Por otra parte, la CAN tiene un retraso notable en su adaptación a las nuevas tecnologías que permiten desarrollar plataformas digitales y gobiernos electrónicos. El futuro ya nos sacó una ventaja considerable. 

(Publicado en Página Siete el sábado 22 de febrero 2020)   
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El nacionalismo es la extraña creencia de que un país es mejor
que otro por virtud del hecho de que naciste ahí.
— George Bernard Shaw

20 febrero 2020

Y ahora Drummond

  Es considerado por muchos como el mayor poeta de Brasil. Una escultura de bronce lo muestra sentado con las piernas cruzadas en una banca sobre la playa de Copacabana en Rio de Janeiro, donde solía pasear, a tres cuadras de donde vivía en la Rua Conselheiro Lafayette, No. 60

Carlos Drummond de Andrade nació en 1902 y falleció en 1987, a la edad de 84 años. Pero, ¿qué tiene que ver con Bolivia? Ni siquiera tenemos noticia de que haya estado en nuestro país, y hasta donde llega mi entender, nunca conoció personalmente a un escritor boliviano (¿o quizás a Francovich, su contemporáneo que vivió en Brasil?), ni tuvo relación con nuestra literatura. Sin embargo, en estas páginas regresa a mi memoria un hecho que puso a nuestro país en la mirada de Drummond de Andrade. Es parte de un acontecer anecdótico, pero vale la pena rescatarlo por lo que significó para nosotros, más que para él. 

Aparte de su abundante producción poética, hay tres razones por las que me siento cercano al poeta brasileño. La primera, porque Drummond de Andrade y yo somos escorpiones en el mapa astrológico: nacimos el mismo día, un 31 de octubre, aunque él casi cinco décadas antes que yo. Curiosamente, compartimos también el signo Tigre en el calendario chino. Esa doble coincidencia la descubrí después y de ella nunca supo Drummond. 

La segunda razón, muy obvia, es que su poesía me parece grande y abarcadora de muchos temas, y como ejemplo de complicidad poética comparto al final de este texto su poema “A bunda”, sensual y delicioso por donde uno lo mire (por detrás, naturalmente). 

La tercera razón es la que marcó mi memoria cuando hacía mis primeras armas como periodista cultural: Drummond de Andrade y yo tuvimos un breve intercambio epistolar en abril de 1971, a raíz de un episodio de plagio que me tocó poner en evidencia y al que me voy a referir en detalle. 

El Nacional era el diario oficialista del gobierno progresista del general Juan José Torres (“Jota Jota”), en el que trabajé entre 1970 y 1971 bajo la dirección de Ted Córdova Claure. Fueron meses de lucha frontal contra la derecha golpista y disfruté cada día de ese trabajo combativo (junto a colegas como Coco Manto, Andrés Soliz Rada, Paulo Cannabrava, Álvaro Barros Lemez y otros) mientras la Asamblea del Pueblo, encabezada por don Juan Lechín, se reunía a pocos metros de la redacción del diario, en la Plaza Murillo. 

Además de escribir columnas sobre temas políticos y sociales, mi principal ocupación y preocupación era una página cultural diaria y un famélico suplemento literario dominical. Fue en ese suplemento que me vi en la obligación ética de exhibir a un médico boliviano con veleidades de poeta, Harry Trigoso Tapia, quien tuvo la desafortunada ocurrencia de plagiar el poema “Y ahora José” de Drummond de Andrade (un clic para ver y escuchar el poema en la voz del poeta en una versión con música de Paulo Diniz). 

Probablemente Trigoso -a quien nunca conocí personalmente- no fue plenamente consciente en ese momento de la arbitrariedad que había cometido al fusilar los versos de un poeta tan conocido, pero no se podía pasar por alto su osadía. Había mala fe en esa “adaptación” del poema brasileño a la realidad boliviana: los mismos versos, el mismo ritmo. Para demostrar que se trataba de un burdo plagio, publiqué lado a lado en una plana de El Nacional el poema original de Drummond de Andrade, su traducción al castellano (que me proporcionó el Agregado Cultural de la Embajada de Brasil), y la “versión” altiplánica de Trigoso. 

El plagio es de por sí un asunto sórdido, que ha dañado la reputación de grandes escritores, como sucedió con el peruano Bryce Echenique por unos artículos “alimentarios” para la prensa. En el caso de Trigoso, quien no tenía ninguna reputación literaria que defender, el incidente no tuvo mayores consecuencias en Bolivia, y menos aún en Brasil. 

Lo que me interesa de esta anécdota no es otra cosa que la carta que recibí de Drummond de Andrade unas semanas después, por intermedio de la Embajada de Brasil en La Paz. El gran poeta, más allá del bien y del mal, le restaba importancia a su plagiario y lo condecoraba generosamente. Esto me dice en su carta, traducida aquí al castellano: 
Rio de Janeiro, 19 de abril de 1971. 

Mi querido hermano Alfonso Gumucio Dagron: 

He leído sus artículos “Las malas de costumbres” y “Juzgue el lector...” en El Nacional. Vi en ellos, junto con un noble celo por las cuestiones relacionadas con la creación literaria, un toque de simpatía profunda por la obra de un poeta brasileño. Y como ese poeta soy yo, vengo a decirte que me ha tocado mucho su actitud espontánea y generosa. 

No me corresponde decidir sobre la cuestión suscitada, ya que, aún involuntariamente, soy parte de ella. El lector dirá, de hecho, la última palabra. Apenas, a modo de comentario, se me ocurre recordar la frase de Virgilio, a quien se censuraba el hecho de utilizar versos ajenos en su obra inmortal, y extraerlos incluso de poetas de menor categoría, como un tal Enio (cito en francés, porque la fuente y Saint-Beuve, en su “Étude sur Virgile”): “Je tire l’or du fumier de Ennius”. ¿El poeta que fue el blanco de sus críticas no estaría siguiendo ese ilustre ejemplo?... 

Cordialmente el abrazo, la admiración y el agradecimiento de 

Carlos Drummond de Andrade 
Rua Conselheiro Lafayette, 60. AP. 701 

Luego de muchos años vuelvo a leer detenidamente la carta como si fuera la primera vez, y entonces distingo los golpes gastados de la máquina de escribir, las minuciosas correcciones que hizo Drummond a mano con tinta negra para completar una letra que no se leía bien, o para colocar un acento que faltaba. La traduzco al castellano no porque suene mejor que en portugués, sino para compartir su contenido. Conservo con cariño inmenso estas líneas enviadas por “el animal menos epistológrafo del mundo”, como se definió a sí mismo ante Rodolfo Alonso, autor de una excelente selección y traducción de 45 poemas de Drummond: Antología (2005), publicada en Bogotá por Arquitrave. Lean, lectores, esos 44 poemas y un texto en prosa sobre Machado para aquilatar el valor de la poética de Drummond. 

Algún día conoceremos los tres poemarios inéditos que Drummond escribió a lo largo de la relación secreta que mantuvo con Lygia Fernandes, su amante durante 36 años, fallecida en 2003. Los manuscritos permanecen en custodia de la familia de ella. 

En una visita a Rio de Janeiro fui a la calle Rua Conselheiro Lafayette, 60 para mirar de frente el edificio donde vivía el poeta. Habían pasado 34 años desde que me envió la carta, para que en febrero del 2005 pudiera visitar y fotografiarme junto a su figura en bronce, sentado y pensativo en la rambla de la Avenida Atlántica, sobre la playa de Copacabana, en una banca que deja leer uno de sus versos: “No mar estava escrita uma cidade”. 

La escultura, inaugurada el 30 de octubre de 2002, en vísperas del centenario del nacimiento de Drummond, fue realizada por el escultor Leo Santana con base en una foto de Rogério Reis para la revista Veja. Al igual que la estatua de John Lennon en La Habana, la de Drummond ha sido víctima de compulsivos admiradores que le robaron los anteojos ocho veces desde su inauguración, cuatro desde octubre del 2007. En la última, el restaurador Valdeci Santos decidió soldar los lentes como para que no vuelva a suceder. 

No me cabe la menor duda de que en esa banca donde aparece con las piernas cruzadas y los antebrazos sobre las rodillas, nacieron los versos de este poema que no me atrevo a traducir: 

A bunda, que engraçada 

A bunda, que engraçada. 
Está sempre sorrindo, nunca é trágica. 

Não lhe importa o que vai 
pela frente do corpo. A bunda basta-se.
Existe algo mais? Talvez os seios.
Ora - murmura a bunda - esses garotos 
ainda lhes falta muito que estudar.

A bunda são duas luas gêmeas 
em rotundo meneio. Anda por si 
na cadência mimosa, no milagre 
de ser duas em uma, plenamente.

A bunda se diverte 
por conta própria. E ama. 
Na cama agita-se. Montanhas
avolumam-se, descem. Ondas batendo 
numa praia infinita. 

Lá vai sorrindo a bunda. Vai feliz
na carícia de ser e balançar 
Esferas harmoniosas sobre o caos. 

A bunda é a bunda
redunda. 

Carlos Drummond de Andrade 

(Artículo publicado en la revista municipal Jiwaki #60, La Paz, octubre de 2019) 


14 febrero 2020

Narco prestidigitación

Coronel René Sanabria
 Sabíamos de las estrechas relaciones entre el narcotráfico y Evo Morales, pero lo que se ha descubierto en semanas recientes sobrepasa la imaginación más febril. 

El gobierno del MAS estuvo metido hasta el cuello en el negocio ilícito. El caso más sonado durante el primer gobierno de Evo Morales fue el del coronel de la Policía Nacional, René Sanabria, director de la Fuerza Especial de Lucha contra el Narcotráfico (FELCN) entre 2007 y 2009. Es un chiste grotesco que “el mejor alumno de la DEA” traficaba toneladas de cocaína, fue atrapado fuera de Bolivia por la misma DEA, y cumple una condena en Miami. Evo Morales hizo que el asunto se olvidara. 


Valentin Mejillones, el narcoamauta
Otro caso de mucho significado para Evo Morales, que aprecia tanto los símbolos ancestrales, es Valentín Mejillones, el amauta que lo entronizó el año 2005 en Tiwanaku, en una ceremonia teatral que resonó en el mundo porque se convirtió en el símbolo del retorno de las culturas indígenas al poder “usurpado por los blancos”. Pues bien, tiempo después el sabio aymara fue sorprendido en su casa en El Alto con una fábrica de cocaína y dos “huéspedes” colombianos. 


Parte del clan Terán
Durante los 14 años de autocracia de Evo Morales el régimen no pudo ocultar las noticias sobre sus vínculos con el narcotráfico. Es el caso del clan de las hermanas Terán, una de las cuales (Margarita) fue pareja del expresidente. Las atraparon en 2008 con 147 kilos de cocaína, acusadas de la tortura y del asesinato de los esposos Andrade, procesadas por la justicia boliviana pero liberadas unos meses más tarde por influencias del soberano presidente. Ahora están prófugas, salvo Elba, capturada en enero con identidad falsa. En la investigación se le han encontrado hasta ahora una docena de lujosas casas en varias ciudades del país. 


Dora Vallejos, prófuga
El entorno íntimo de Evo Morales está vinculado al narcotráfico. Su partido político ha hecho titulares frecuentemente y los sigue haciendo. En el curso de la primera semana de febrero del 2020 fue identificada por el Ministerio de Justicia, una mujer cuyo nombre era hasta entonces desconocido: Dora Vallejos, militante del MAS vinculada al ex ministro de Gobierno Carlos Romero, dueño de Sport Boys (¿cuánto cuesta un equipo de fútbol?), y a otros personajes cercanos a Evo Morales. Esta señora puede batir records pues logró acumular “calladita” (sin hacerse notar), una fortuna de 250 millones de dólares (y probablemente mucho más, que aún se está investigando). 



Parientes de diputados y senadores de MAS, militantes y simpatizantes, familiares de dirigentes de “movimientos sociales” afines a Evo Morales, han ido cayendo por narcotráfico sin que el ex presidente parpadee siquiera. Se han incautado toneladas de cocaína, avionetas, pistas de aterrizaje, y exportaciones que ingeniosamente escondían droga. Todo ello, que ya es mucho, es apenas la punta del iceberg. 

Sin embargo, no debería extrañarnos. Según cifras ofrecidas en 2012 por César Guedes, Representante en Bolivia de la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC), el 94% de la hoja de coca en el Chapare (la zona de influencia de Evo Morales), se destina a la producción de cocaína. La UNODC basó su análisis en datos proporcionados por la Dirección General de Coca e Industrialización (DIGCOIN), es decir, por el propio gobierno de Evo Morales. 


No es casual que a lo largo del régimen de Evo Morales se haya deforestado masivamente en Bolivia para expandir los cultivos de coca. No es casual que Evo Morales haya hecho construir en Chimoré un enorme aeropuerto “internacional”, donde no aterriza ni una sola línea aérea comercial. Y no es casual que el expresidente quiera blindarse con un curul en el senado, de los juicios que, de todas maneras, le van a caer encima por corrupción y narcotráfico. 


(Publicado en Página Siete el sábado 8 de febrero 2020) 
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Nosotros creemos que el narcotráfico, no la droga,
el narcotráfico es el peor flagelo
que estamos soportando recientemente en América Latina.
—José Mujica

08 febrero 2020

El olor de los pobres

El extraordinario elenco de actores
 Lo malo de ver una película que llega precedida de tanta fama, es que uno no puede evitar la información que circula sobre ella, y eso corre el riesgo de influenciar el criterio de quienes escribimos sobre cine. Lo bueno, es que términos como “extraña”, “original”, “inclasificable” y otros similares tuvieron el efecto de provocar mi curiosidad por el filme, aunque antes de verla evité leer comentarios y críticas sobre “Parásitos” (2019) dirigida por el sudcoreano Bong Joon-ho. 

Al salir de la sala de cine, muchas ideas, y sobre todo sensaciones, daban vuelta vertiginosamente en mi cabeza, pero algo quedaba claro sobre todas las demás consideraciones: “Parásitos” es una gran metáfora sobre la lucha de clases en la sociedad de la información. 

En pocas palabras la línea argumental muestra a la familia Kim de cuatro personas (padre, madre, hijo e hija) que viven la pobreza más deprimente en un subsuelo de la ciudad donde incluso la taza de baño está encima de sus cabezas y tienen que trepar a ella como a un trono, ya sea para hacer sus necesidades o para “robar” la señal de wifi de algún vecino. La otra familia, los Park, también conformada por cuatro miembros, padece otro tipo de inseguridad que su bienestar familiar no permite resolver completamente. 

La familia de estrato bajo, por un azar del destino, logra poner un pie dentro de la casa de estrato alto, y en poco tiempo se apropia del funcionamiento de esa casa: el hijo empleado como profesor de inglés, el padre como chofer, la hija como profesora de arte y la madre como ama de llaves. Los cuatro desplazan gradualmente a los empleados anteriores, tendiéndoles trampas que terminan en su despido. 

La historia dista de ser simple, me recordó el cuento de Cortázar “Casa tomada”, donde una pareja de hermanos cuarentones en un caserón enorme, se ve progresivamente reducida por fuerzas invisibles, a una parte de la casa y luego expulsados.  No es solamente el tema que tiene afinidades con la película de Bong Joon-ho, sino la estructura misma del relato: la primera parte puede parecer anodina y descriptiva, mientras que la segunda desata una dimensión simbólica que desborda. 

La casa es también un personaje
Nada está librado al azar en “Parásitos”. La construcción de la casa de la familia pobre, en un subsuelo de la ciudad, y la casa de la familia rica, en la parte más alta, con un enorme jardín que parece más cerca del cielo, constituye uno de los decorados más elocuentes que recuerdo en mi vida de cinéfilo. Ambas casas hablan, dicen mucho de la distancia que media entre las clases sociales. Y no se trata solo de Corea del Sur, se trata de la humanidad, del mundo en que vivimos, porque la metáfora puede aplicarse a cualquier ciudad y país. 

La invasión de los “parásitos” de estrato bajo, que emergen prácticamente de las alcantarillas de la ciudad, se produce sin escollos hasta que el filme adquiere una dimensión inesperada y fantástica que en la segunda mitad descompone completamente las relaciones entre todos los personajes. 

Todo se precipita gracias a una lluvia torrencial, una de las secuencias más poderosas en cuanto a su narrativa y a su valor simbólico, porque en pocos minutos muestra de manera literal la caída de la familia de clase baja que huye de la moderna casa señorial hacia el subsuelo de la ciudad, que ha sido colapsado por la cantidad de agua de manera que las aguas servidas revientan las cañerías y marcan de la manera más gráfica la miseria humana en la que vive la familia que mediante el engaño, la seducción y la impostura trató de igualarse con la familia rica. Cuando los Kim huyen de la mansión descienden interminables calles y escaleras hasta el submundo de los pobres. 

¿Podemos inferir por tanto que la familia de estrato bajo representa a los “parásitos” del título de la película? ¿No son acaso tan parásitos los miembros de la familia rica y bondadosa que los emplea a su servicio? 

Los acontecimientos se precipitan con la misma violencia con que la torrencial lluvia se abate sobre la ciudad. La línea argumental parece evolucionar con vida propia de la mano de actores formidables que enfrentan situaciones extremas, una tras otra. No voy a describir aquí las escenas, porque el elemento sorpresa es fundamental en esta película que teje de manera imbricada e inseparable varios géneros: comedia, drama, tragedia, suspenso… 

Hay dos leitmotiv (temas recurrentes) importantes en el film. El primero tiene que ver con las nuevas tecnologías de la información, presentes desde la primera escena, cuando la familia de estrato bajo se desespera porque sus celulares han quedado sin wifi. La dependencia de la conexión permanente a internet es paradójica en el país que tiene, en el mundo, el servicio de internet más veloz y eficiente. Y el hecho de que solamente puedan captar señal “robada” aproximándose a la taza de baño donde hacen sus necesidades, no tiene nada de gratuito. 

Pero es la conexión de internet la que permite a la familia de astutos “perdedores” fraguar hasta en el más mínimo detalle su asalto a la fortaleza de los ricos, los ingenuos “triunfadores”. La tecnología del teléfono celular hace posible que sin plantearse problemas de conciencia, los Kim planifiquen una pequeña rebelión que equivale a una toma circunstancial del poder político. El único personaje aislado de esa tecnología, usa en el refugio antiaéreo en el que se esconde, el código morse para comunicarse con el exterior, lo cual no deja de ser fascinante porque ese sótano secreto está muy por encima del semisótano donde sobrevive la familia de clase baja. 

En todos y cada uno de los personajes, el dilema moral es permanente. Un poco menos en los Park, cuyo bienestar los mantiene viviendo en una burbuja que flota sobre cualquier consideración de culpa o remordimiento. 

El otro leitmotiv es el que sirve de título a esta columna: el olor de los pobres. En un momento dado los miembros de la familia rica comienzan a distinguir en la familia de estrato bajo un olor peculiar que los distingue y que los identifica como miembros no solo de una misma familia, sino de una comunidad desplazada del bienestar y del poder, una especie de casta de servidores, de vasallos. Por ello una de las escenas más sorprendentes ocurre precisamente como desenlace de un gesto de disgusto por ese olor, que en circunstancias muy dramáticas provoca la solidaridad de clase con un desenlace inesperado. 

Es a propósito que he sembrado este comentario de referencias crípticas. No es la intención confundir al lector sino por el contrario invitarlo a ver el largometraje de Bong Joon-ho, una de las propuestas cinematográficas más innovadoras que he visto en mucho tiempo

(Publicado en Página Siete el domingo 2 de febrero 2020)
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Un buen vino es como una buena película:
dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria;
es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas,
nace y renace en cada saboreador.
—Federico Fellini

04 febrero 2020

Cuando los paramilitares se reciclan

 Luego de verla por segunda vez, aquello que más me interesó en la película “Cuando los hombres quedan solos” (2018, estrenada en 2019) de Fernando Martínez, es su manera de sugerir que la historia es cíclica, y que no siempre nos ayuda a profundizar la democracia. 

Fernando Martínez (derecha) con el equipo técnico
Filmada durante el periodo del llamado “proceso de cambio”, la tesis del film es que aquellos dispositivos de represión que sostienen los golpes militares y los regímenes autoritarios, se reciclan y se mantienen intactos de un gobierno a otro, en una macabra sucesión que opera en las sombras. Como diría Juan Ramón Quintana, el poderoso brazo derecho de Evo Morales: “En todo gobierno, alguien tiene que hacer el trabajo sucio”.

Este es un proyecto que tuvo un largo periodo de gestación, interrumpido y postergado varias veces, y una de esas veces nada menos que por la muerte accidental de su director, cuando recién había concluido la filmación del largometraje. Esa tragedia no impidió que la productora ejecutiva, Viviana Saavedra, concluyera el proceso de posproducción de acuerdo al guion y a las indicaciones originales del director. Hay quienes, habiendo visto el primer corte, me dicen que en el proceso de edición de imagen (Daniel Moya), sonido (Ramiro Fierro) y música (Mau Montero), Viviana Saavedra se constituyó en artífice de la obra.

Jorge Jamarlli (Arturo), Raúl Beltrán (Alberto) y Ariel Vargas (Carlos)
Hay maneras diferentes de contar la dictadura militar de García Meza. Hice en 1982 un libro que ganó el Premio Nacional de Testimonio del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) en México, y hay otros libros publicados sobre el tema, pero si mi información es correcta esta es la primera película argumental donde se aborda ese periodo histórico tan violento como absurdo, producto de la ambición personal de un militarote torpe y corrupto.

El inicio es documental porque se trata de situar el momento histórico: julio de 1980, golpe militar de Luis García Mesa y de su brazo derecho, Luis Arce Gómez. Sobre el sonido del discurso inaugural del dictador, se tejen imágenes de tanques, soldados, paramilitares y víctimas como Luis Espinal y Marcelo Quiroga Santa Cruz, de quienes sabremos más a pedida que se desarrolla el largometraje.

Aunque no se especifica un orden cronológico preciso, (porque una de las virtudes del film es ir alternando 1980 con mediados de la década de 2010 sin una progresión lineal), la acción argumental comienza con el asesinato de Luis Espinal, cuyo cuerpo acribillado es abandonado en un basural de Achachicala. Ese primer acto nos permite conocer a los tres paramilitares que guían la narración: Carlos Camacho (Ariel Vargas, en la versión “joven”), Alberto (Raúl Beltrán) y Arturo, un convincente Jorge Jamarlli en el papel del paramilitar argentino que no tiene nada que perder, que parece disfrutar su pequeña parcela de poder como torturador y asesino, y que envejece menos que quienes lo rodean.

Para quien no conozca la historia reciente de Bolivia quizás muchas escenas y personajes pasen desapercibidos (o percibidos como episodios simbólicos antes que reales), sin embargo los directores (Martínez y Saavedra) se han preocupado de reproducir con mucha fidelidad, con base en testimonios, tanto el mencionado asesinato de Luis Espinal, como el asalto a la central Obrera Boliviana y asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz, la tortura en la caballeriza del Estado Mayor del Ejército en Miraflores y la masacre de militantes del MIR en la calle Harrington, que se muestra desde la perspectiva de la única sobreviviente, Gloria Ardaya. Estos son datos históricos concretos que impactan a quienes los hemos vivido en 1980.

Entre los personajes claramente identificados está Luis Arce Gómez (el polifacético Luigi Antezana) con su tristemente célebre amenaza a los que denunciamos y nos opusimos al golpe militar, de que debíamos caminar con “el testamento bajo el brazo”. El sujeto se pudre ahora en la cárcel de Chonchocoro luego de cumplir 30 años de condena por narcotráfico en Estados Unidos (algo que podría suceder con los narcotraficantes vinculados al régimen de Evo Morales).

Los espectadores desmemoriados o poco conocedores de nuestra historia, pasarán por alto la presencia de Klaus “Barby” entre los asaltantes a la COB, o del propio General Banzer (Cacho Mendieta) en la escena de torturas del Estado Mayor. Estos guiños son para confirmar lo que la historia ha demostrado desde los años 1970: Banzer estuvo detrás de todos los golpes militares de derecha.

Sin embargo, el filme no se limita a la reconstrucción de la historia con gran H. Está también la historia (esta vez inventada) de la familia de Carlos Camacho, uno de los paramilitares, aparentemente el que más dudas tiene sobre el “trabajo” que realiza, pero resulta depositario de los archivos de la dictadura (que esconde en un cuartucho en su casa), a la vez una bomba de tiempo y un pasaporte a la impunidad. Su esposa, cuyo padre ha sido perseguido por la dictadura, se exilia en España dejando a Carlos con dos niños varones que, al crecer hasta la época actual, desarrollan personalidades y opciones de vida diferentes.

Una cortina de animación previa al título de la película, permite un salto en el tiempo, explicando en dibujitos la evolución de la familia, y luego tenemos a lo largo del filme suficientes flash back a 1980 que explican los hechos históricos acaecidos.

David Santalla
La trama de la historia familiar de Carlos Camacho (David Santalla), el abuelo paramilitar, tiene algo en común con la vida del paramilitar joven: la misoginia y el maltrato hacia la mujer. La mujer es la ausente, la que abandona, la que no entiende que todo es válido para la sobrevivencia, es la birlocha, o en el mejor de los casos el objeto sexual.

Bajo la influencia del envejecido paramilitar, sus dos hijos varones se debaten entre reproducir ese modelo o rechazarlo. Carlos, el hijo “bueno” (Fernando Arze) es un policía reprobado que se emplea como guardia de seguridad privada en un mercado callejero, mientras que su hermano Armando, es un policía “exitoso” porque está envuelto en redes de corrupción. Es, además, misógino y machista como su padre, mal hablado, mal ejemplo para su sobrina y sobrino.

Cuando la sobrina pregunta qué rostro tiene su madre, él le muestra una revista de moda y le dice que elija el rostro que quiera, porque da lo mismo. La presunción es que la madre también abandonó a sus hijos, aunque sabemos que lo hizo para buscar un mejor destino para ellos en España, y que nunca dejó de escribirles y de enviarles regalos que fueron alevosamente escondidos por el abuelo paramilitar. La historia tiene algunos giros de sorpresa que contribuyen a confirmar que los paramilitares nunca dejan de serlo ni se arrepienten: en un momento del presente, Arturo (el argentino) y Carlos (el abuelo) “eliminan” a “Don Alberto”, el tercer paramilitar, amigo de cama, rancho y crímenes, quien, aunque hizo fortuna, nunca fue feliz (si se puede concebir tal cosa en un asesino alevoso).

Hay agujeros en el guion, escenas de marcado melodrama, lugares comunes (como el bar de mala muerte donde los viejos “paracos” se emborrachan),  y algún personaje sobrante (como el caricatural abogado “Hugo Boss”, pésimamente sobre-interpretado), pero en general la película se sostiene gracias a la fotografía, a las actuaciones de los demás personajes, a las referencias históricas y a la narración no lineal, que es la que permite en última instancia realizar la analogía entre el totalitarismo militar y el civil del “proceso de cambio”: el mismo Luigi Antezana, no por casualidad, interpreta a un ministro de Defensa “plurinacional” con un discurso parecido al de las dictaduras, mientras los paramilitares se reciclan y los archivos de las dictadura no se desclasifican, por mucha “Comisión de la Verdad” que se ponga como pantalla de propaganda.

(Publicado en Página Siete el domingo 19 de enero de 2020)           

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La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios
sino sobre las faltas de los demócratas. —Albert Camus

31 enero 2020

El señor feudal

 Bolivia vivió un proceso de “africanización” impresionante (con perdón de aquellos países africanos donde la democracia y el apego a las leyes son norma). El señor feudal


Exactamente como en los otros países de África donde hay dictadores a veces “electos” (Obiang de Guinea Ecuatorial (40 años), Paul Biya de Camerún (38 años), Museveni de Uganda (34 años), Omar Al-Bashir de Sudán (30 años), Idriss Déby de Chad (30 años) y poco antes Mugabe de Zimbabwe (37 años), Eduardo Dos Santos de Angola (37 años) y Blaise Campaore de Burkina Faso (27 años), Evo Morales convirtió a Bolivia en su feudo, gastó en obras faraónicas a su propia gloria, y se resistió hasta el final a dejar el trono apoyado por vasallos obedientes y agradecidos que lavan su ropa sucia y le amarran los zapatos, humillándose a cambio de cargos, prebendas y tráfico de influencias. 

Ahora empezamos a conocer más detalles sobre el despojo monumental que se hizo del Estado. Paradójicamente la propaganda del régimen decía que se habían eliminado los “gastos reservados” de los gobiernos “neoliberales”, pero el dinero en efectivo que manejó la camarilla de Morales supera con creces cualquier uso indebido de bienes del Estado. 


La señora asistente de Juan Ramón Quintana que fue aprehendida cuando viajaba a Argentina con 100 mil dólares en efectivo es apenas un detalle (aunque hizo 40 viajes similares en cuatro meses). Como ella hay decenas de obsecuentes servidores del MAS, que sin que podamos saberlo todavía, disponen de esas cantidades o mayores, y las llevan a Buenos Aires o las usan internamente para provocar zozobra en Bolivia. 

Baste recordar que el expresidente Morales disponía de aproximadamente 600 millones de dólares anuales (en el Ministerio de la Presidencia), un presupuesto mayor que el de los ministerios de Defensa o de Gobierno, y cuatro veces mayor que el de Salud o Educación, para su uso indiscriminado en propaganda y programas electorales como “Evo cumple”. Eso no es “caja chica”, ni “gastos reservados”, sino un asalto al erario, puesto que se disponía de esa enorme suma sin estudios de factibilidad, sin licitaciones, y en muchos casos en efectivo. El Banco Central y el Banco Unión todavía tienen que explicar cómo salieron los fondos en 4 camiones de seguridad dos días antes de la fuga de Morales y sus allegados. 


La corrupción, además del narcotráfico, fue el sello característico de los sucesivos gobiernos de Evo Morales, y por ambos pasará a la historia, además de las violaciones de derechos humanos y la destrucción de la naturaleza. 

Sin embargo, todo lo anterior fue posible porque se construyó la imagen de un señor feudal dueño del país y con impunidad absoluta para decidir todo. El culto a la personalidad que costó cientos de millones de dólares, permitió ese uso arbitrario de los bienes del Estado que ahora están siendo investigados. Se creó toda una cultura del abuso y la corrupción como algo “normal”. No es casual que ahora haya hasta ahora 592 ex autoridades del régimen de Morales con juicios para recuperar activos que fueron malversados. 

Aún faltan auditorías y juicios por el uso de recursos en el programa “Evo Cumple”, administrado a través de la UPRE (Unidad de Proyectos Especiales). Allí se dilapidó el dinero de los bolivianos de manera bochornosa y con resultados igualmente grotescos, ya que una mayoría de las obras y “mega obras” ejecutadas está ahora en situación de deterioro porque las cosas no se hicieron bien. En muchos casos se gastaba más en el montaje escénico para recibir a Morales, la repartija de vehículos a dirigentes y la transmisión por televisión nacional de los discursos del autócrata (cuatro o cinco cada día), que la refacción o construcción de una escuelita. 

Hay barrios enteros del programa de vivienda abandonados, aeropuertos que no se utilizan, escuelas cuyos techos se caen, y un sinfín de otras “obras” que se caen en pedazos, incluso la estatua de Juana Azurduy de Padilla en Buenos Aires, obra de latón que costó la friolera de un millón de dólares pagados a un escultor argentino. 

El grado de corrupción del régimen de Morales es aún ignorado por la mayoría de los bolivianos y aún más en el exterior, donde todavía se venera – en algunos ámbitos- los fragmentos de la imagen del ídolo de barro. 

(Publicado en Página Siete el sábado 11 de enero de 2020)
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Muchos de ellos, por complacer a tiranos, por un puñado de monedas,
o por cohecho o soborno están traicionando
y derramando la sangre de sus hermanos.
—Emiliano Zapata

29 enero 2020

Terrorismo y corrupción

 Las múltiples caras del terrorismo en este siglo muestran una distancia notable con lo que en el siglo anterior fueron sublevaciones armadas de pueblos que decidieron sacarse de encima a dictaduras militares y civiles que oprimían a la mayor parte de la población en beneficio de unos pocos. La legitimidad que tuvieron en su momento la Revolución Mexicana (1910-1917), luego la Revolución Nacional en Bolivia (1952), más tarde la Revolución Cubana (1959) y la Insurrección popular del Sandinismo (1979), se perdió luego en movimientos armados cuyas actividades se tejieron indisolublemente con actividades delincuenciales para asegurar el financiamiento de sus operaciones. 

La situación en este siglo se ha agravado. En días pasados tuvo lugar en Bogotá la III Conferencia Ministerial Hemisférica de Lucha Contra el Terrorismo, en la que participó la Canciller boliviana Karen Longaric. Desde Canadá hasta Argentina, 20 países enviaron sus representantes al más alto nivel, enviando con ello su señal de preocupación.

Obviamente, el régimen de Nicolás Maduro no estaba invitado a la cita, desde el momento en que aloja en su territorio a actores violentos que cometen atentados en territorio de países vecinos. Entre los terroristas que alberga Venezuela está Gustavo Aníbal Giraldo, del ELN, responsable directo del atentado con un camión de explosivos, que exactamente un año antes, el 17 de enero de 2019, mató a 22 estudiantes de la Escuela de Cadetes de Policía General Francisco de Paula Santander.

En conmemoración del aniversario de ese hecho, se fijó la fecha de la cumbre contra el terrorismo, y pudo ser una oportunidad para que el ELN pidiera perdón, como lo hizo con los 84 muertos de Machuca, en 1998, pero no hubo tal cosa para favorecer un ambiente para el diálogo, como el que se hizo antes con las FARC para firmar la paz. Como dijo en la ceremonia conmemorativa uno de los padres de los cadetes asesinados: “Yo perdono. ¿Pero a quién, si a mí nadie me ha pedido perdón? 

En la jornada anterior a la Conferencia Ministerial, los países asistentes suscribieron un comunicado elaborado por los equipos técnicos de los países. Cada uno fue aportando con sus dolorosas experiencias, desde Argentina que se refirió a los ataques terroristas en la embajada de Israel, en 1992 (22 muertos) y en la Asociación Mutual Israelita (AMIA) con 85 personas fallecidas, hasta México con las continuas desapariciones de periodistas y la violencia contra migrantes centroamericanos por parte de carteles de la droga.

El representante de México hizo constar su condición de mero "observador" en la Conferencia, quizás en coherencia con esa misma condición que mantiene dentro de sus fronteras, mientras el crimen organizado se desarrolla con toda su fuerza y se extiende hacia otros países.

Las dos constataciones más importantes de las delegaciones participantes, señalan primero que para el terrorismo no hay fronteras, y que los grupos terroristas están estrechamente vinculados a la corrupción.

En el primer aspecto, fueron claros los informes de varios países que han detectado en su territorio la actividad de terroristas que vienen de lejos. Como señala el comunicado final: “las organizaciones terroristas ISIS/Daesh y Al-Qaida, y sus organizaciones afiliadas, constituyen una amenaza a la seguridad colectiva, a la seguridad de los ciudadanos dentro y fuera de sus territorios, y a todas las personas dentro de sus respectivas jurisdicciones”. Más adelante expresaron “su preocupación por las actividades que redes de Hezbolá continúan realizando en algunas áreas del hemisferio occidental”. Aunque parezca difícil de creer, estos grupos operan en América Latina y son responsables, entre otros, de los atentados en Argentina.

El segundo aspecto señalado son los vínculos indisociables entre el terrorismo, el narcotráfico, la trata y tráfico, el lavado de dinero, la minería clandestina, los secuestros y chantajes, el tráfico de especies animales, la deforestación de zonas protegidas y los daños consecuentes al medio ambiente. Una cadena de crímenes conectados entre sí. Esa integralidad de las acciones y efectos de la delincuencia organizada constituyó la esencia de los debates entre los gobiernos, y ninguno se desmarcó del documento final:

“Destacaron la importancia de un enfoque holístico, que tenga en consideración los vínculos que existen entre el terrorismo y su financiamiento, los cuales pueden incluir diversas manifestaciones de la Delincuencia Organizada Transnacional. En tal sentido, reafirmaron la responsabilidad de los Estados de negar cobijo financiero, operacional o cualquier otro tipo de apoyo a los terroristas…”

La acción conjunta de los países puede frenar el terrorismo que no está motivado por la ideología sino por los negocios del crimen organizado. No solo son definidos como terroristas los que portan armas o bombas, sino redes de apoyo cada vez más complejas, que incluyen a quienes incitan verbalmente al terrorismo para cubrir operaciones delincuenciales.

Por ello los países “reconocieron que el terrorismo transnacional no conoce frontera geográfica, y en tal sentido, ratificaron el compromiso indeclinable de los Estados para que, denieguen refugio, asilo, albergue y/o cualquier tipo de apoyo a quienes financien, planifiquen o cometan actos terroristas, o a quienes les presten colaboración, de conformidad con las legislaciones nacionales, las obligaciones del derecho internacional, los tratados internacionales y las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas” (que son muchas y, como siempre, poco implementadas).

(Publicado en Página Siete el sábado 25 de enero 2020)   
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El terrorismo es inmune,
se nutre de los minutos de silencio multitudinarios.
Sólo la resistencia individual le contraría.
—Fernando Savater