16 julio 2015

Aire para una tarde de sol

El domingo 12 de julio a media tarde, cuando amigos y colegas despedían a Luis Ramiro en el Cementerio Jardín de La Paz, mi primo hermano Mariano Baptista Gumucio leyó este texto como yo le pedí que lo hiciera en nombre mío. Tuvo que leerlo dos veces, porque la primera lectura la hizo sin micrófono y pocos escucharon.




Aire para una tarde de sol

En este mundo pocos respiran.

El aire es con frecuencia violeta
demasiado mezquino y enrarecido.
No lo queremos compartir.
Peleamos por parcelas de aire.
Matamos por parcelas de miedo.

Hacemos como que vivimos,
pero en realidad estamos vegetando a medias
habitantes desorientados
en una construcción de engaños.
Respirar no es solamente inhalar
y expulsar el aire,
sino renovarlo y purificarlo para todos
es un servicio público.

Es lo que hacía a Luis Ramiro especial:
su manera de respirar era ética.
En otras palabras: inspiraba cuando respiraba.

Era un hombre generoso
y comprometido y apasionado y alegre
y contagioso.

Luis Ramiro era peligrosamente contagioso
por su integridad y su aire quijotesco.
Este país sería mejor
con unos cuantos contagiados.

Quiso enseñarnos a ser buenos.
No solamente buenos investigadores,
buenos científicos sociales,
buenos comunicadores y buenos ciudadanos,
sobre todo buenas personas,
dotadas de nobleza, solidaridad y compromiso.

Al Moro mayor del Moro menor,
su discípulo y su amigo.

Moro Gumucio






12 julio 2015

Partió el Moro mayor

No sé por dónde empezar.  Tampoco sé por dónde terminar.  Frente a la pantalla en blanco estoy en blanco. Cada vez me cuesta más escribir sobre los amigos que se van, cada vez siento yo mismo el cansancio.  Y es quizás más fácil escribir sobre un amigo con el que uno ha compartido en diez o veinte ocasiones, que con un amigo que uno ha frecuentado un centenar de veces a lo largo de varias décadas.

Luis Ramiro Beltrán Salmón
La muerte es algo que todos esperamos, y hay casos en los que nos decimos a nosotros mismos que estamos preparados para recibirla. Pero nunca estamos realmente armados del coraje suficiente para soportar la muerte de los amigos más queridos. Estos últimos años han sido para mi experiencia personal demasiado duros. Sin ir más allá de nuestras fronteras, en pocos años hemos perdido a Ricardo Pérez Alcalá, a Líber Forti, a Jorge Ruiz, a los hermanos Raúl y Gustavo Lara, a Cecilia Quiroga, a Rubén Vargas y ahora a Luis Ramiro Beltrán, entre varios otros, para no mencionar sino a los bolivianos. Es demasiado.  Golpe sobre golpe.  Piedra negra sobre una piedra blanca, como dice el título del soneto de César Vallejo que habla de morirse un día de aguacero. No hay nada extraño en la muerte, salvo que nos vamos quedando solos. 

El tiempo se puso triste en La Paz el viernes cuando Luis Ramiro fue internado en el Hospital Arco Iris, en Villa Featima. Al día siguiente los cerros aparecieron inusualmente blancos porque el frío y el agua juntaron fuerzas en su estrategia de maravillarnos. Y ahora esos cerros siguen blancos para lastimar la retina del recuerdo.

Luis Ramiro con Nohora
Pienso en Luis Ramiro y se viene la avalancha de momentos fragmentados. Las imágenes se pelean, en desorden, para  entrar en el callejón de los recuerdos, como ovejas asustadas.  Digo “Moro Mayor” en voz alta para sentir mejor su presencia. Pocos saben que Luis Ramiro es también Moro, nuestro primer eslabón de identidad. A ambos nos pusieron Moro cuando éramos pequeños, a él su padre porque era hijo de “la morita”, doña Becha, y a mí porque llevaba ya nacido unos cuantos meses y no me habían bautizado. A falta de ser “cristiano”, seguía siendo moro. En Bolivia, mientras no se pruebe lo contrario, solo hay dos moros (además de algunos caballos), el Moro mayor que acaba de partir, y el Moro menor que se queda huérfano. Las escenas de la infancia podrían ser la más antiguas, aunque entonces no sabíamos que nuestros destinos se irían a cruzar tantas veces.

Pugna ahora por salir otro recuerdo. Veo a Luis Ramiro en el cementerio Jardín, llorando desconsoladamente y tratando de echarse sobre la fosa donde acaba de bajar el ataúd de doña Becha, su madre, a quien idolatró toda su vida. Es un día de sol, los amigos lo retienen. Doña Betshabé Salmón de Beltrán le dejó a su Morito un legado enorme. Un ejemplo de entereza y fuerza de voluntad. Su historia es otra historia, enorme, muy rica.

Algo hicimos juntos sobre doña Becha. Cuando yo dirigía CIMCA (Centro de Integración de Medios de Comunicación Alternativa) publicamos un libro sobre Feminiflor, la pionera revista feminista que ella había creado y dirigido en Oruro en la década de 1920. Y un documental: Dos mujeres en la historia.

Durante ese periodo Luis Ramiro era asesor regional de comunicación de la Unesco con sede en Quito, y cuando supo de los esfuerzos que hacíamos en CIMCA como la única institución no gubernamental de Bolivia exclusivamente dedicada a la comunicación participativa para el desarrollo, nos apoyó con un fondo semilla que nos permitió hacer muchas cosas importantes, con muy poco dinero.

Con Lupe Cajías organizamos en noviembre de 1988 el primer “Simposio internacional realidad y futuro de las emisoras mineras de Bolivia”, y lo hicimos en Potosí, donde debía hacerse, con participación de trabajadores de las radios mineras y de colegas que las habían estudiado y apoyado. Pocos meses después Lupe y yo publicamos Las radios mineras de Bolivia, el primer libro sobre el tema, recogiendo los testimonios y artículos de todos los que en aquel momento tenían algo que decir sobre la experiencia pionera de la comunicación participativa. A Luis Ramiro le debemos ese impulso.

En materia de trabajo era qonana, o sea obsesivo compulsivo. A pesar de su trayectoria y su amplio conocimiento de la comunicación, cuando tenía que preparar un artículo o una ponencia, empezaba con varios meses de anticipación recolectando todas las referencias disponibles. Su proceso de escritura era lento, ya que nunca pudo dar el salto de la máquina de escribir a la computadora, de modo que descansaba esa responsabilidad en Nohorita o en alguna secretaria que conocía un poco más que él de computación. Escribía a mano o dictaba.

Quiroga, Aliaga, Beltrán, Claure, Herrera y Arroyo
En todos los puestos que ocupó, allí donde estuvo, se esmeró en apoyar a quienes hacían cosas interesantes. Varias generaciones de colegas dedicados a la comunicación están en deuda con su generosidad. Tan generoso que yo solía decirle: “eres una chica fácil”, pues era incapaz de decir “no” a nadie. Le pedían presentaciones, prólogos, entrevistas y el siempre aceptaba, aunque ello le tomaba cada vez más tiempo y energía, y lo obligaba a postergar su principal proyecto: la investigación y libro sobre su padre, su madre y la guerra del Chaco. Yo mismo fui uno de los hinchabolas que le pidió una vez un texto de presentación, y fue tan generoso que estuvimos a punto de pelearnos cuando le pedí que rebajara los elogios excesivos que hacía de mi trabajo.

Gumucio, Uranga, Gerace, Beltrán, Díaz Bordenave y Prieto Castillo en Santa Fé (Argentina), mayo 2005
Mientras pudo sostenerse sobre sus piernas fue un seductor de hombres y mujeres, fiestero y bailarín. Su esposa Nohorita Olaya, compañera de tantos años, puede dar fe de esa manera que tenía de dejar la formalidad a un lado y con sus canciones y chistes alegrar a quienes lo rodeaban. Cantaba en quechua, aimara y hasta en guaraní con su querido amigo del alma Juan Díaz Bordenave. Con ambos y otros colegas (Washington Uranga, Daniel Prieto Castillo, Francisco Gutiérrez y Frank Gerace) pude compartir una semana memorable en Santa Fe, Argentina, el año 2005.  Nunca habíamos estado antes todos juntos como en esa ocasión.

Exeni, Aliaga, Beltrán, Gumucio, Peñaranda y Aguirre
Durante varios meses en el año 2013, José Luis Aguirre y yo estuvimos grabando en video a Luis Ramiro, con la intención de hacer un libro que pudiera completar aquel que se quedó en Mis primeros 25 años. Todos los jueves por la tarde venía Luis Ramiro a mi casa, se sentaba en un sillón frente a nosotros, y comenzábamos a interrogarlo, avanzando cronológicamente para ubicar mejor la evolución de su pensamiento. Teníamos en mano su tesis de maestría y su tesis de doctorado, cuyos directores fueron nada menos que David Berlo y Everett Rogers. Una formación de lujo la que tuvo en Estados Unidos con esos pensadores tan importantes a los que, sin embargo, cuestionó con un pensamiento renovado. Poco antes de morir Rogers expresó en una entrevista su deuda con Luis Ramiro y otros pensadores latinoamericanos que con su pensamiento crítico lo ayudaron a revisar su posición “difusionista”.  

Luego de una docena de sesiones de una hora, José Luis y yo decidimos suspender la grabación porque Luis Ramiro se cansaba y él mismo nos decía que su memoria ya no le permitía recordar los detalles que le estábamos preguntando. No era justo someterlo a esa presión.

Estos tres últimos años en la vida de Luis Ramiro estuvieron llenos de homenajes y reconocimientos, lo cual nos alegró profundamente.  No es frecuente ser profeta en su propia tierra, pero Luis Ramiro obtuvo el reconocimiento merecido, ya sea con la publicación de obras con selecciones de sus textos, o con honores, diplomas y medallas que recibía humildemente agradecido.

Su último libro importante fue La comunicación antes de Colón (2009) una investigación pionera que realizó junto a Karina Herrera-Miller, con el apoyo de Esperanza Pinto y Erick Torrico.

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Y en la fina agonía se levanta
Con anhelos de vida, mi otra vida,
Erguida sombra en medio a mi desierto.
—Dora Isella Russell   

02 julio 2015

La nariz del diablo

En materia de narices hay todo tipo de expresiones que van desde “meter las narices” donde no te llaman hasta aquel “érase un hombre a una nariz pegado”, el maravilloso verso del soneto de Quevedo. Y ahora esta “nariz del diablo”. Como no he visto al diablo en persona (aunque sí algunos de la misma calaña pero de poca monta), no sé qué tipo de nariz tenga. Sin embargo, en Alausí, la Nariz del Diablo tiene connotaciones históricas vinculadas a la integración territorial de Ecuador. Veremos de qué se trata.

Mi visita a Alausí no estaba prevista cuando llegué a Ecuador a mediados de junio para incorporarme al Comité de Selección de Fomento a la Producción Cinematográfica y Audiovisual Intercultural del Consejo Nacional de Cine (CnCine), pero cuando Pocho Álvarez y Pecas Corral me invitaron a acompañarlos para participar en la apertura de la primera sala de cine de Alausí, no pude sino regocijarme y saborear el viaje.

Dumas Mora y Alexandra Cusmi
En el sediento vehículo del Pecas atravesamos el páramo neblinoso, a 3.800 metros de altitud, que se extiende a los pies del Chimborazo, donde exactamente 40 años atrás, también en junio, participé como asistente de dirección del largometraje Fuera de aquí de Jorge Sanjinés. Solo la niebla me remontó a esa época, todo lo demás ha cambiado. Mi memoria era en blanco y negro y la realidad es ahora en color. Dicho esto en un sentido tanto literal como simbólico.

Llegamos al anochecer, directamente al estreno de la sala y a la proyección de Ale y Dumas, el documental de Pocho Álvarez, en presencia de los protagonistas que llegaron  de la costa el día anterior, Alexandra Cusmi y Dumas Mora, personajes “de película”, sobre todo Dumas que a sus 90 años y su caminar frágil sigue haciendo las delicias de quien quiera escuchar sus ocurrentes y picarescas frases rimadas.

Cuando el cine llega por primera vez a un lugar, hay magia. En realidad, antes existió una sala de cine en Alausí, pero hace tantas décadas, que ya nadie la recuerda. Esta vez, se trata de una sala enorme y cómoda en el propio edificio de la alcaldía, institución presidida por un indígena, Manuel Vargas, que participó orgulloso en los actos de inauguración. Con el apoyo de la Cinemateca Nacional del Ecuador y del Consejo Nacional de Cine (CnCine), habrá en la sala de cine de Alausí una programación permanente de películas de calidad, así como exposiciones fotográficas, visitas de cineastas y otras actividades que serán parte del Sistema nacional de Difusión del Cine Nacional, un proyecto ambicioso que pretende cubrir todo el territorio de Ecuador.

Viaje al pasado con Pocho, Dumas, Ale y Pecas
Con Ale y Dumas, con Pocho y Pecas, fuimos temprano al día siguiente a visitar la Nariz del Diablo. Entre Alausí y Sibambe el tren zigzaguea en las faldas de la montaña para hacer menos agresiva a la pendiente. En dos ocasiones entra a una vía cuyos rieles se extienden solamente unos metros, para permitir a la locomotora y sus cuatro vagones de pasajeros dar marcha atrás y seguir el camino de descenso. De esa manera salva los niveles que llevan de las alturas de Alausí a Sibambe. Quién diría, al ver la pequeña y desierta estación de trenes de Sibambe, que alguna vez este lugar fue la bisagra entre la costa y la sierra, un lugar de enorme importancia geopolítica.

Taladros, barrenos y cartuchos de dinamita pero sobre todo miles de hombres armados de picos y palas de los cuales más de mil, según algunos, dejaron sus huesos en el esfuerzo vencieron la distancia vertical de roca que separa a la sierra de la costa. Dado que los indígenas kichwa de la zona trabajaban como peones en las haciendas, la empresa constructora trajo negros de Jamaica, que luego permanecieron en Ecuador y se instalaron en Guayaquil, uno de los dos extremos de la pionera red ferroviaria. 

La Nariz del Diablo
Para nivelar el paso del tren en la montaña hubo que extraer alrededor de 90 mil metros cúbicos de roca por cada kilómetro y medio de recorrido. Entre 1875 y 1895 se construyó una vía entre Durán y Yaguachi, y otra entre Bucay y Chimbo, pero fue con la llegada al gobierno de Eloy Alfaro que en junio de 1897 se contrató a la empresa Guayaquil & Quito Railway Company y se optó por una ruta que sigue el valle que recorre el río Chanchán y luego sube abruptamente en zigzag por la montaña conocida hoy como la Nariz del Diablo. No fue sino en 1901 que pudo superarse ese tramo y un año más tarde, el 8 de septiembre, el tren llegó a Alausí. De allí a Quito sobre el espinazo de la sierra era cuestión de tiempo, no de dificultad.  

La Nariz del Diablo recibe el nombre porque la montaña representó en ese momento el desafío más grande, como si la roca se negara a dar paso a esa conexión vital entre la sierra y la costa, y como si una maldición diabólica cayera en forma de pesadas rocas sobre las cabezas de los trabajadores que osaban hincar sus palas y picos en la montaña. Sin embargo el esfuerzo y la voluntad de integración lo lograron.

Alausí se convirtió así en la puerta de la sierra, o si se quiere, en la salida a la costa, según se vea el trayecto desde Guayaquil o desde Quito. Un eslabón entre dos pisos ecológicos. El clima saludable de Alausí convirtió a la pequeña ciudad no solamente en un lugar de paso, sino en residencia temporal para quienes huían del extremo calor y humedad de la costa, y de enfermedades tropicales como la malaria.

En Alausí el tren pasa todavía en medio de filas de casas pintadas de vivos colores, pero ya no sobre el Puente Negro cuya estabilidad ponen a prueba los peatones que cruzan de un lado al otro de la quebrada. El pueblo conserva un aire nostálgico del pasado y el orgullo de su cocina local: el hornado de cerdo, que en el mercado es donde mejor lo sirven, según pudimos constatar.

El círculo de la historia se cierra aquí. El arribo de un tren a La Ciotat (Lumière, 1895) y la llegada del cine a Alausí se funden en un abrazo.

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La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren.
—Francis de Croisset


24 junio 2015

Los amigos de Pedro

Los amigos de Pedro me invitaron al Cafélibro en Quito para pasar con él unas horas, recordando el primer año de su partida. Le hicieron una fiesta, como se merece, y le pusieron tanto cariño a la preparación, que Pedro estaba allí sonriente y seductor haciendo guiños a todos los presentes. Así vale la pena tener amigos.

Pedro Saad Herrería fue muchas cosas a lo largo de su vida, pero para sus amigos fue sobre todo alguien que los hacía soñar. Dos de ellos, que son también míos, recuerdan esa capacidad que tenía de evocar proyectos que iban más allá de la utopía, que no solamente permitía avanzar hacia un horizonte siempre en movimiento, sino que eran tan improbables como hermosos.

Para quienes no lo conocieron de cerca quizás quede en los anales de la memoria colectiva aquellos que Saad representaba a través de sus acciones públicas: excelente analista de muchos temas (es decir todólogo librepensador), autor de algunas obras de teatro, perpetrador de libros instantáneos que reflejan coyunturas políticas explosivas, cineasta y actor ocasional. “Escritor, dramaturgo, cineasta, político, diplomático, ministro, historiador, poeta, intelectual y periodista…” dice Wikipedia, a lo que habría que añadir masón y “orador consumado y suscitador”, según leemos en una crónica necrológica.

Unos y otros recordarán una de sus últimas piruetas de visibilidad pública, cuando él mismo pidió aparecer en las cajetillas de cigarrillos como ejemplo de aquello que no se debe hacer: fumar hasta cuatro cajetillas diarias al extremo de quedar sin pulmones y sin oxígeno. Durante sus últimos años Pedro Saad tuvo que estar amarrado a un tanque de oxígeno, no sé si arrepentido pero al menos consciente de que se le había acabado el aire en la vida.

Para los bolivianos Pedro Saad es alguien sin que lo sepamos. Pocos lo identifican entre los actores de Fuera de aquí, el largometraje de Jorge Sanjinés, donde aparece encarnando a un ejecutivo de la compañía Minex que trata de venderles a los indígenas de una zona minera, la panacea de una vida mejor. Para Pocho Álvarez, que es uno de esos amigos, la situación en Ecuador se repite cuarenta años más tarde, cuando Rafael Correa, el presidente extractivista, sostiene el mismo discurso.

Los amigos llegaron el lunes 22 de junio al Cafélibro armados de cariño memorioso y de frutos creativos. La extraordinaria Ilonka, primera esposa de Pedro Saad organizó todo hasta el mínimo detalles, junto a su hijo Pedro Saad tercero a su hija Adulcir y a su nieto Pedro Saad cuarto, con quien se prolonga la dinastía de los Saad dedicados al teatro y a la música.

Pedro Saad cuarto,. y "Adiós Nonino"
Pocho Álvarez preparó para la ocasión un sencillo corto de homenaje, usando la entrevista en video que filmó Roberto Barriga, donde Pedro Saad habla de su infancia y juventud, adelanto de un proyecto de mayor aliento. Los hijos de Pedro prepararon la lectura, junto a Isabel, la hermana de Pedro, (que nos regaló además un hermoso texto sobre su niñez), de una escena de la obra de teatro “29 de mayo”, que recuerda la masacre de estudiantes en la universidad de Guayaquil, en 1969. Pedro, el nieto, tomó el acordeón para interpretar “Adiós Nonino” de Piazzola, que el propio abuelo le había pedido que tocara en su entierro.

Hijo de padre cabezón (comunista) y de madre trotskista, no podía ser Saad indiferente al destino de su país, un Ecuador rico y empobrecido. Sus tomas de posición como escritor y analista eran como trombas huracanadas. En dos semanas escribió, cual corresponsal de guerra, libros que daban cuenta de procesos de descomposición de la política nacional, como La caída de Abdalá o La caída de Mahuad (ambos, curiosamente, de origen árabe) y La caída de Lucio: corajudos, jóvenes y forajidos, publicados junto a otros libros suyos en la editorial El Conejo que él animaba. Impulsivo, escribía artículos, obras de teatro y libros en pocos días, motivado por la pasión de expresarse y de intervenir con urgencia en el debate político del que no quería ser un ausente. 

Adulcir, Pedro Saad tercero, y la hermana en "29 de mayo"
Apasionado en el amor y en la vida cotidiana, según él mismo por la sangre árabe que recorría sus venas, Saad intervino en el mundo intelectual de Ecuador como un francotirador ajeno a las camisas de fuerza ideológicas, aunque alguna vez se puso la camiseta de una agrupación política, por ejemplo durante los gobiernos de Rodrigo Borja y de Alfredo Palacio, como secretario de Información, embajador en la Unión Soviética y asesor presidencial. No siempre sus elecciones políticas fueron buenas, pero no será recordado por ellas sino por su manera de ser.

Alejandra Adoum, confidente suya, lo recuerda como un gran conversador con el que podía pasar noches en blanco, de la cena al desayuno, hablando sin parar. Pocho Álvarez escribió sobre las incursiones de Pedro Saad en el cine: “Nunca su ser creativo dudó en colaborar con la causa rebelde de la imagen en movimiento desde todos los espectros posibles de la creación… Fue actor, stunt o doble de acción, narrador, guionista y director, mil oficios de la imagen y su proceso de creación… Incursionó alguna vez haciendo cámara y edición… pero sobre todo fue un suscitador de búsquedas”.

Hermosa constatación la que hice esa noche entre los amigos de Pedro: cada quien tiene de él recuerdos diferentes, cada quien recuerda a un Pedro distinto, cada amigo y cada amiga se emocionan con un Pedro Saad propio e intransferible, como si él hubiera decidido darle a cada quien algo especial y único de sí mismo. Me hizo recordar los versos de Walt Whitman: “¿Que me contradigo? / Pues bien, me contradigo. / (Soy grande, contengo multitudes)”.
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Vamos a andar, vamos a volar, vamos a escribir, vamos a leer, vamos a amar, vamos a seguir construyendo, a seguir avanzando, a seguir colaborando, a seguir esforzándonos porque el futuro sea mejor cada vez.

—Pedro Saad

14 junio 2015

La niña de 73 años, Sebastiana

Sebastiana hoy y ayer
Volvió Sebastiana, la tuvimos unos días en La Paz y pudimos conversar con ella. Llegó porque la vida es dura y a veces un homenaje tardío puede traducirse en algo de dinero para alimentarse durante unos meses. Le han hecho homenajes antes, pero este era con una medalla, que ella sostenía entre sus manos un tanto extrañada, quizás preguntándose cual era el valor real, no el simbólico, de ese objeto circular, dorado y pesado. A sus 73 años (nació en 1942), poco les están importando los honores, pero sí los recursos para mantenerse. Simplemente lo necesario para no pasar penurias, que allá en su comunidad chipaya pasa con frecuencia, sobre todo cuando las ovejas no tienen ya donde pastar.

Hago hincapié en esto porque ella me lo dijo varias veces durante nuestra conversación. En pocas palabras expresa lo obvio, lo que tantas veces le han preguntado: su participación, cuando era una niña de diez años, en la emblemática película de Jorge Ruiz: Vuelve Sebastiana. Los recuerdos de esa experiencia que tuvo hace 63 años son escasos, o quizás le da pereza volver a repetir las mismas cosas.

"Me prestó el maestro..."
“Me prestó el maestro, por mis buenas notas”, dice, como si en aquel tiempo todo lo que tenía que hacer era obedecer. No recuerda cuanto duró la filmación “una semana, dos semanas ¿o un mes será?”. Todo eso que importa tanto a los cinéfilos, a ella la tiene sin cuidado. Si viene a La Paz es con la esperanza de regresar a su comunidad con algo de dinero contante y sonante, no con  bellas palabras.

No recuerda sino tres momentos de la filmación: las escenas donde estaba pastoreando ovejas, aquellas que se filmaron en Sabaya, y luego la escena de la muerte del abuelo que se aventura en el altiplano para buscarla. Cuando le pregunto sobre la muerte del abuelo, me dice que lloró de verdad, no fingió. “De verdad he llorado, pues”.  ¿Por qué? le pregunto. “Porque se ha muerto”, responde. Pero si no ha muerto de verdad, insisto. “Igual he llorado. Vas a llorar me han dicho, entonces he llorado”.

La vida de Sebastiana no es glamorosa, aunque a nosotros nos parezca glamoroso tenerla en La Paz, en el escenario de la Cinemateca o de la Asamblea Plurinacional donde por iniciativa del diputado Santos Paredes de la Comisión de Naciones y Pueblos Indígena Originario Campesinos, Cultura e Interculturalidad de la Cámara Baja, se la ha homenajeado con la medalla.

Una gran medalla dorada
Sebastiana no había visto una película en su vida, cuando filmó una como actriz a los diez años de edad. La primera vez que estuvo en un cine fue tres años más tarde y curiosamente no fue para ver Vuelve Sebastiana, sino otra película que no recuerda.

Ahora regresó a La Paz con su única hija mujer. Además tiene un hijo varón y diez nietos. Dos de ellos viven en Antofagasta, a donde ha ido a visitarlos varias veces. De allá trae algo de dinero para comprar arroz en Oruro.

Vive de las 25 ovejas que tiene: “Yo sigo pastoreando, llorando, llorando”, dice. Hace queso de la leche de las ovejas, pero en marzo la tierra se seca y las ovejas ya no dan leche. Los meses buenos son de junio a febrero, cuando llueve. Luego las ovejas se secan.

Jorge Ruiz, con quien conversé tantas veces, me decía: “En toda mi carrera de cineasta, sólo he hecho, unas cuatro películas de mi propia voluntad, todas las demás han sido encargos”. Entre ese puñado de películas propias, Ruiz citaba Vuelve Sebastiana considerada por muchos su obra más importante.

Comparando celulares
“Bolivia Films” financió esta película de 31 minutos, realizada sobre un guión de Ramiro Beltrán, y con el asesoramiento de Jean Vellard, con quién Ruiz había trabajado antes en la película Los Urus.  Vuelve Sebastiana es también resultado de esa primera experiencia de cine en una de las más antiguas comunidades de América Latina. Augusto Roca colaboró con Ruiz en la fotografía en color, y una vez terminado el montaje se añadió la música de Jorge Eduardo, de los Hermanos Aramayo y de Nicolás García, además de un comentario leído por Eduardo Lafaye y Armando Silva.  El film no existiría sin Sebastiana Kespi, la niña chipaya protagonista, y sin Esteban Lupi, Paulino Lupi, Irene Lázaro y otros miembros de la comunidad chipaya.

Ruiz era joven, tenía todavía el impulso de juventud que lo animaba a hacer cine escogiendo sus propios temas, preocupándose por el contenido, por la estructura, por lo que representaba como búsqueda y como descubrimiento en un país que había que revelar porque la gente de la ciudad no lo conocía, más bien lo ignoraba. Ruiz pasó de sus balbuceos iniciales, a una obra mayor, el film social- antropológico que crearía un nuevo referente para el cine boliviano.

El estilo de filmación es el de un film etnológico que centra su atención en una comunidad chipaya, mostrando su habitat, su organización familiar y sus costumbres sociales. Esta “penetración” a través del cine fue posible gracias a la sencillez de medios cinematográficos que utilizó Ruiz, a la manera de los pioneros del cine directo. Ruiz llegó a Santa Ana de Chipaya con Augusto Roca y el chofer que los conducía, nadie más. Cuenta que “no se podía filmar así nomás, había que vivir un tiempo allí, hablar solamente aimara, sacar poco a poco la cámara para pasearla por la comunidad, pero sin filmar”. Todo esto hasta lograr un clima de confianza, período que además servía para recolectar información adicional, historias que los chipaya transmitían oralmente. Luego, la filmación se hizo en apenas una semana.

Durante la proyección de la película Sebastiana se mantiene atenta, con la vista fija en la pantalla. Al finalizar le pregunto qué impresión tiene ahora al ver de nuevo la cinta, y me responde: “Ahí vive mi papá, ahí vive mi mamá, por eso estoy llorando”. Sus padres viven todavía en la pantalla.  Para ella, eso es magia.

Sebastiana retoma el hilo de la conversación que más le interesa. “Algunos me dicen, usted tendría que tener sueldo, por qué no tiene sueldo”.  Es difícil responderle.  “No tengo sueldo, quiero morir”, me dice, pero riéndose.
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Quien busque la injusticia
no necesitará lámpara.
—Lichtenberg