26 septiembre 2011

Renato Prada Oropeza


En 1969 fue el primer escritor boliviano que obtuvo el prestigioso Premio Casa de las Américas, por su novela Los fundadores de alba.  El libro ganó ese mismo año el Premio Nacional de Novela Erich Guttentag en Bolivia, consagrando a Renato Prada Oropeza como uno de los principales narradores de su generación.

Alejo Carpentier, el gran escritor cubano, dijo en nombre del jurado del Premio Casa de las Américas: “El jurado de novela hubo de considerar, este año, numerosas obras enviadas al concurso. Pronto, la atención de los jurados se fijó en el texto de Los fundadores del alba. Era evidente que en Los fundadores del alba un tema nuevo irrumpía en el epos de la novela latinoamericana: el tema de las guerrillas revolucionarias -en este caso, de las guerrillas bolivianas, dramáticamente actualizadas ante la expectación mundial, aunque en fecha todavía reciente, por el extraordinario documento histórico que es el Diario del comandante Ernesto Che Guevara. El propósito era interesante en extremo, aunque bien sabíamos que en literatura no bastan buenos propósitos para hacer obra buena. La lectura y relectura del manuscrito entero no tardó en convencernos, sin embargo, que nos hallábamos ante una obra de muy alta calidad, enriquecida por grandes aciertos de factura”.

Lo interesante es que Renato empezó a escribir la novela antes de que se supiera que el Ché estaba en la guerrilla boliviana.

Otro miembro del jurado, Mario Vargas Llosa, escribió: “Era fácil caer en la demagogia estilística y en el maniqueísmo al abordar un tema como el de las guerrillas, pero el autor, pienso, ha sorteado bien esas tentaciones, esforzándose por mostrar las motivaciones y convicciones íntimas de todos los personajes, de una manera objetiva y equilibrada”.

Si Renato hubiera empezado a publicar unos pocos años antes, sin duda hubiese sido considerado parte del “boom” de la literatura latinoamericana junto a los dos grandes autores citados anteriormente, y a muchos otros de esa generación.

De esa época, siento especial preferencia o debilidad por Ya nadie espera al hombre, que obtuvo en 1968 el Premio Nacional de Cuento Edmundo Camargo. Los cuentos de ese libro impactaron a mi generación. 

Lovaina, 1972
Lo que vino después es una carrera literaria y de investigación muy sólida que llevó a Renato Prada de Cochabamba a Roma (donde completó un doctorado en filosofía en 1972), de Italia a Lovaina (donde hizo un doctorado en lingüística en 1976), y de Bélgica a Xalapa, México, donde fue durante 35 años investigador y profesor en la Universidad Veracruzana y en la Universidad Autónoma de Puebla.  

Un itinerario de más de 40 años a través de 30 obras publicadas: 5 novelas, 8 libros de cuentos, 2 poemarios, 15 estudios sobre teoría literaria, además de muchos ensayos breves, cuentos dispersos en revistas y antologías, traducciones, ponencias y conferencias magistrales en evento, y guiones de cine para su hijo Fabrizio. La lista de premios y distinciones recibidas es también amplia. Todo eso está en su página web, desde donde nos mira fijamente a los ojos.

Alfonso Gumucio y Renato Prada, 1972

Para volver a encontrar el inicio de mi amistad con Renato tengo que perderme en el pasado, y sumar sin pudor unas cuatro décadas. Conservo unas fotos en blanco y negro que nos tomamos en su casa en Heverlee, en las afueras de Lovaina, Bélgica, cuando lo visité en noviembre de 1972. Las dedicatorias que conservo en sus libros son testimonio de otros encuentros en otras latitudes.

En mi primer libro, Provocaciones (1977) incluí una conversación en la que Renato habló de su temprana vocación literaria: “Había leído más de diez veces Martín Fierro, y era el libro que me gustaba más. Impresionado por la novela fácil de Hugo Wast, por ejemplo Miriam la conspiradora, empecé a escribir una novela. Creo que llegué a las cien páginas, pero lamentablemente no se concretó; seguramente no tenía ningún valor literario, pero por lo menos un valor sentimental para mí. Esto pasó cuando tenía aproximadamente doce o trece años, lo recuerdo bien porque escribí durante toda una vacación de invierno y pensaba terminar la novela para la vacación final, pero se me olvidó como tantos otros proyectos.”

Se refirió también a la presencia permanente de la muerte en su narrativa: “Es un denominador común en casi toda mi obra porque pienso que la muerte es una constante del hombre. Si hablo en este instante es porque defiendo una actitud de cara a la muerte. En cuanto a las otras preocupaciones, son las que nos distraen de la idea de la muerte, que es la esencial. No quiero decir que debamos andar vestidos de negro pensando en que la vida ya no tiene solución, sino que lo importante es jugar el juego de la vida con sus limitaciones, luchando por el ordenamiento de la sociedad, la justicia social radical, etc. Una forma de luchar contra esta amenaza individual que es la muerte es unirse en sociedad.”

Renato Prada en Xalapa, Veracruz, en 1982
Cuando le pregunté cómo quería que su obra fuera valorada expresó: “Yo quisiera que mi aporte, al lado del de otros escritores, fuera fundar una narrativa boliviana con caracteres universales, a partir de una temática nacional, pero con un lenguaje que sea comprensible a cualquier hombre.”

Diez años después de aquellas fotos borrosas de Lovaina, en 1982, fotografié de nuevo a Renato en Xalapa, México, y una de esas fotos mexicanas fue la que escogí para incluirlo en la serie de 50 retratos de escritores, artistas y políticos que exhibí en La Paz y Cochabamba el año 1990, con el título “Retrato Hablado”.

Renato Prada Oropeza en la UNAM, México, en 2009
Tantas idas y venidas, como dice la cueca, y volvimos a coincidir en México en 2009. En ocasión de una conferencia que dio en la Universidad Nacional Autónoma de México, lo fotografié esta vez con el telón de fondo del edificio de la biblioteca de la UNAM, completamente cubierta por un mural en mosaico de Juan O’Gorman.

El 30 de junio vino a casa y su visita quedó plasmada en una foto delante de un cuadro de Raúl Lara, (quien falleció hace pocas semanas). Ese día nos dejó una nota hermosa, unos versos: “Los dedos de la lluvia / –inocentes y tiernos- / tamborilean en los cristales / en la amplia y acogedora sala / desde el marco de un cuadro / nos escruta el rostro severo de Van Gogh / la ternura de Katy / la siempre fiel amistad de Moro / todo me cobija con el nido de la amistad / Esa escena con cuatro actores / quedará en mi memoria / como un tiempo que vence / al tiempo”. 

Renato hizo la mayor parte de su vida literaria y académica fuera de Bolivia, como les ha tocado a otros escritores bolivianos que han encontrado fuera del país las oportunidades de investigar, escribir y publicar que nunca tuvieron en Bolivia. Nuestro país no es generoso con la cultura y el arte, y no es agradecido con sus grandes artistas e intelectuales. Tantos son los que de haber tomado la decisión de dejar el país, se hubieran salvado del olvido. 

Todo Lo anterior importa porque Renato Prada Oropeza, amante de la literatura y del cine, amigo entrañable, nos ha dejado. Murió en Puebla, México, el viernes 10 de septiembre, rodeado por Elda, su esposa durante 45 años, y sus hijos Ingmar el científico, Fabrizio el cineasta e Ixchel la artista creativa, quien llegó urgentemente desde Londres. Apenas sintió su mano, Renato supo que estaba completo, dejó rodar una lágrima y se fue en paz.



18 septiembre 2011

Petite planète y Simone Lacouture


A principios de 1981, treinta años atrás, fue publicado en Francia mi libro Bolivie cuyas pruebas de página había corregido en septiembre de 1980 en condiciones estimulantes en algún sentido y deprimentes en otro, ya que me encontraba como asilado político en la residencia de la Embajada de México, en la calle 5 de Obrajes, en La Paz, luego de haber pasado un par de semanas en la clandestinidad a raíz del golpe militar del General de Caballería Luis García Meza. Pero no es el episodio político que quiero recordar ahora, sino la pequeña historia del pequeño libro publicado en la colección “Petite Planète » (Pequeño Planeta) de la editorial francesa Le Seuil. 

De cómo llegué a publicar en esa colección tiene su propia historia detrás de bastidores, porque yo no era más que un estudiante de cine en el IDHEC (Instituto de Altos Estudios de Cinematografía), por entonces la principal escuela de cine de Europa, y como escritor solamente había publicado en Bolivia dos libros de poemas (Antología del asco y Razones técnicas), uno de conversaciones con escritores (Provocaciones), unos cuentos en un libro colectivo (Seis nuevos narradores bolivianos) y un ensayo sobre cine latinoamericano (Cine, censura y exilio en America Latina) resultado de un breve periodo de clases que impartí en la Universidad Mayor de San Andrés. 

Los libros mencionados salieron antes que Bolivie en Francia, es decir, antes de 1981, pero cuando yo logré el contrato con Le Seuil en 1977, tenía 26 años y no había publicado ninguno. Era nada más un aprendiz de brujo, con más entusiasmo que otra cosa. 

Me gustó tanto la colección “Petite Planète” cuando la vi en librerías, que me propuse escribir el libro sobre Bolivia. Cada uno de esos volúmenes de menos de 200 páginas era una deliciosa introducción al país del que se ocupaba. El texto era conciso, fácil de leer, y llevaba ilustraciones en casi todas las páginas.  Hoy es común encontrar ese diálogo visual entre texto e imágenes a todo color en colecciones tan bellas como las que publica “La Découverte” en Francia, pero en esa época “Petite Planète” estaba en la vanguardia. 

La directora de la colección era Simone Lacouture, autora, además, del libro sobre Egipto, país que conocía muy bien. Simone no era tan conocida entonces –ni ahora- como su marido, Jean Lacouture, biógrafo de personalidades como De Gaulle, Nasser, Blum, Mauriac, Montesquieu, Stendhal y Malraux, entre otros, que se suman a medio centenar de libros fundamentales sobre los países árabes y sobre la política francesa. 

Para conseguir una primera cita con Simone, acudí a mi buen amigo Pierre Kalfon, que había escrito el tomo sobre Argentina, donde fue corresponsal de “Le Monde” durante varios años. Pierre escribió un libro lleno de humor y a la vez agudo, capaz de capturar la esencia de Argentina y de los argentinos. Él le pidió a Simone que me recibiera, y lo primero que ella me dijo es que el libro de Pierre sobre Argentina era un modelo para ella: “Es el mejor de toda la colección”, afirmó. 

Pero inmediatamente después me bajó los ánimos cuando me dijo: “Pero usted no puede ser autor de esta colección, por dos razones: la principal es que usted es boliviano, y hemos evitado que los autores escriban sobre sus propios países, preferimos una mirada desde afuera, menos subjetiva. Y segundo, la lengua francesa no es su lengua materna, de modo que no podría usted escribir el libro en francés”. 

En los dos puntos tenía razón. Mi francés era aún precario cuando conversamos por primera vez a mediados de 1975, y con mi nacionalidad no había mucho que hacer, estaba en mis genes. Pero entonces mi determinación me llevó a hacerle una propuesta. Le dije que iba a escribir 2 o 3 capítulos del libro, sin compromiso editorial alguno, y que se los iba a presentar en francés en un par meses, después del verano. Aceptó la idea insistiendo en que no comprometía para nada a la editorial "Le Seuil", una de las más importantes en ese momento. 

Un tiempo después le presenté los capítulos.  Me había entusiasmado escribirlos, y lo hice de un tirón, seleccionando al mismo tiempo las ilustraciones (por ejemplo, dibujos que le pedí especialmente a mi amigo Luis Zilveti). Aunque escribí algunas partes directamente en francés, especialmente los títulos de los capítulos y algunas expresiones, me ayudó en la traducción definitiva mi amiga Monique Roumette, profesora de castellano que maneja ambos idiomas sin la menor dificultad. 

Luego de leerlos, Simone Lacouture puso el contrato frente a mi.  Le había gustado el texto sobre todo porque se podía leer como si fuera una narración cinematográfica. Estaba muy contenta con el resultado. De ese modo me convertí en el único autor -de toda la colección de más de un centenar de libros- que escribió sobre su propio país. Y el libro se publicó con el número 63 en la colección, en un primer tiraje de 30 mil ejemplares, que para la época era mucho. Como tapa utilizaron una foto de Alain Mesili, otro amigo. Resta decir que es el único libro con el que he ganado algo de dinero. Todo lo demás ha sido amor al arte. 

Lo anterior viene a cuento no solamente porque se han cumplido ahora 30 años de la publicación del libro, hoy agotado y jamás publicado en castellano, sino porque estuve en París hace dos semanas, visité a mi amigo Pierre Kalfon, y durante la conversación salió el nombre de Simone Lacouture. “Acaba de morir hace unas semanas, en julio”, me dijo Pierre, y otra vez sentí, como tantas otras veces este año, que una parte de mi propia historia se había muerto. 

“Murió tranquila –añadió Pierre- puso música de Mozart y se fue a su cama a dormir. Y ya no despertó más”. 


06 septiembre 2011

Los 100 de Mario Monteforte


Fui muy cercano a Mario Monteforte Toledo durante los años finales de su vida, y este 15 de septiembre en que celebraría su cumpleaños número 100, quiero recordarlo.

Mario fue uno de los grandes de la literatura de Guatemala, junto a Miguel Ángel Asturias (el del Premio Nóbel), a Tito Monterroso (el del dinosaurio) y a Luis Cardoza y Aragón (el de "la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre"). Ellos eran los cuatro mosqueteros de una generación fundamental de las letras de Guatemala. Los cuatro vivieron una parte importante de sus vidas fuera de su país; Asturias entre Francia, Argentina y otros destinos diplomáticos, mientras Monterroso, Cardoza y Aragón y Monteforte desarrollaron gran parte de su obra en México. Solo Mario regresó a Guatemala luego de los años de exilio, y allí murió el 4 de septiembre del 2003, pocos días antes de cumplir 92 años.
Monteforte estuvo de paso por La Paz, Bolivia, el año 1971, para pedir al gobierno del General Juan José Torres la liberación de Regis Debray. Por entonces yo era un incipiente periodista que escribía en “El Nacional”, el diario del gobierno. Lo entrevisté en el Hotel Sucre, en la Avenida 16 de Julio (el Prado); nos sentamos a conversar sobre su obra que yo no conocía porque era imposible conseguir sus libros en Bolivia. Para entonces ya había publicado novelas tan importantes como Anaité (1948), Entre la piedra y la cruz (1948), Donde acaban los caminos (1952), Una manera de morir (1958), y Llegaron del mar (1966).  
Quién iba a pensar, cuando lo entrevisté en La Paz, que seríamos amigos 30 años después. Por esas vueltas que da la vida, me tocó aterrizar en Guatemala a fines de 1997 y tropezarme con él en una recepción de esas que celebraban el retorno del país a la vida democrática, en las que participaban lado a lado autoridades del gobierno y exguerrilleros como Rolando Morán (Ricardo Ramírez de León) a quien conocí en esa misma ocasión. Allí reanudé la relación con Mario y se inició una amistad que solamente quedó interrumpida con su muerte.

Sobre todo durante los dos años últimos de su vida, vi a Mario con frecuencia. Lo visitaba en su casa o él venía a la nuestra (alguna vez con Maco Quiroa, otras con Efraín Recinos, Alan Mills, y otros), o salíamos al cine o a pasear. Caminaba sobre sus queridos zapatos Clarks, ingleses, envejecidos pero cómodos, no los cambiaba por otros. En el cine protestábamos al unísono por el comportamiento poco civilizado de la audiencia, incapaz de mantener silencio para ver una película.  Mario decía que la burguesía guatemalteca de antes, en los años cuarenta, era por lo menos culta, leía mucho, sabía de música, de teatro: “La de hoy es de una ignorancia lamentable, mucho dinero y muy poco en la cabeza”.

El cine le encantaba, y no solamente verlo. Pocas veces lo vi tan entusiasmado como cuando se hizo la película basada en su novela y guión Donde acaban los caminos. Lo acompañé varias veces a Antigua para asistir a la filmación, que dirigía el mexicano Carlos García Agraz. No quería perderse nada, se involucró tanto, que en los créditos aparece como Productor Ejecutivo.  

Solía acompañar a Mario a montar caballo, una de sus pasiones. Esperado era el nombre que le había puesto a su caballo andaluz de pelaje blanco. ¿Qué habrá pasado con Esperado? Mario lo acariciaba, le llevaba zanahorias y dulces para consentirlo. En mis viajes yo sabía lo que debía traer de regalo para Mario: dulces típicos de los países que visitaba.  Cuando traje de Camboya unos pedazos de chancaca (piloncillo o panela), los recibió alborozado: “Está muy rico, no sé si va a quedar algo para Esperado”, me dijo.

En su departamento sosteníamos largas conversaciones en las que a mi me interesaba más escuchar que hablar. Sacaba una botella de tequila Don Julio (que acabó regalándome) o un té especial que guardaba celosamente. Me mostraba su colección de dagas o los cuadros que empezó a pintar en la última etapa, o mencionaba los tiempos en que fue campeón de esgrima. Yo escuchaba, lo grababa y filmaba cuando me lo permitía. Y cuando no lo grababa, al regresar a casa escribía una síntesis de lo que me había contado. La vida de Mario era fascinante, porque la literatura no era sino una de sus facetas.

Sociólogo y abogado de profesión, tuvo una intensa vida política desde 1944. Como militante destacado del Partido Unificado de la Revolución, fue elegido diputado en 1944 tras el derrocamiento del dictador Jorge Ubico. En 1946 fue nombrado embajador de Guatemala en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y, dos años después, accedió a la vicepresidencia de la República, durante el gobierno de Juan José Arévalo. También desempeñó la presidencia del Congreso Nacional. 

El escritor Gore Vidal visitó Guatemala en esa época y Mario lo acogió.  Años después Vidal escribiría que Monteforte Toledo era en esa época” la persona más interesante dentro y fuera de Guatemala”. 

En 1956, poco antes de la llegada al poder del General Castillo Armas gracias a un golpe militar fraguado por la CIA, Monteforte se fue a México. No estaba de acuerdo con la manera como Jacobo Arbenz había llegado a la presidencia, rodeado por un grupo “de pícaros”.  

Durante una larga estancia en Ecuador construyó una amistad entrañable con Guayasamín (quien pintó su retrato) y con los Adoum (Jorgenrique, Nicole, Alejandra). A la muerte de Mario, Jorgenrique escribió: “No sé a quien darle el pésame, como no fuera a mi mismo”. 

Estuvo 35 años exiliado. Dio clases en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), publicó numerosos libros y escribió regularmente durante 16 años en la revista “Siempre”. 

Al regresar a Guatemala, no dudó en dar el salto de la máquina de escribir a la computadora, lo cual a su edad era un gesto de audacia. Decía: “Odio y amo la computadora, pero me sirve”.  Me llamaba por teléfono con voz de urgencia: “Se me ha borrado todo el artículo que estaba escribiendo para El Periódico, ¿qué hago ahora?”. Le explicaba que si no apretó la tecla “delete”, no había perdido nada.  Bastaba que mantuviera la computadora encendida hasta que yo llegara a su casa para resolver el problema.

Entre las muchas virtudes y habilidades de Mario, me maravillaba su dicción en inglés, perfecta, con un acento británico impecable. Era una delicia escucharlo repetir de memoria el soliloquio de Hamlet: “To be or not to be”, tanto que alguna vez le pedí que lo dijera frente a mi cámara de video.  

Su conocimiento profundo de las lenguas le permitía traducir tanto a Pessoa como a Joyce. Como recuerda Jorgenrique Adoum: “Una muestra insólita de su talento literario fue el artículo ‘Finnegans Wake: Presentación y algunas páginas’, publicado en La cultura en México, suplemento de Siempre: se trata de nueve cuartillas de su traducción de la obra de Joyce. Leerla es una hazaña casi igual a la de escribirla: publicada en 1939, Finnegans Wake es una «estela funeraria bajo la cual se han abandonado a la putrefacción los restos de toda la literatura anterior». Pero Mario, ‘con optimismo de boy-scout’, creía, como Poe, que todo lo que ha sido creado por la mente del hombre puede ser comprendido por la mente del hombre”.  




















Como toda memoria, la mía sobre Mario Monteforte está hecha de muchos fragmentos de conversaciones, textos, anécdotas e imágenes. De todas las fotos que atestiguan los momentos que pasamos en compañía de Mario, hay una por la que tengo especial predilección. En ella aparece también Efraín Recinos, el gran artista guatemalteco, uno de sus amigos más queridos. Esa foto me gusta porque Mario y Efraín, a pesar de la diferencia de edad, fueron los mejores amigos que tuve en Guatemala. Ambos estaban más allá del bien y del mal, por encima de las pequeñeces cotidianas típicas de un pueblo chico que no ve más allá de sus fronteras. Un hábil artesano de Antigua hizo a partir de la foto una escultura en cerámica, que conservo como uno de mis bienes más preciados.


26 agosto 2011

Raúl Lara (1940-2011)


¿Por dónde empezar? Los sentimientos se atropellan y entremezclan. Es difícil escribir sobre los amigos cercanos, más sobre aquellos cuya obra uno admira, y más aún cuando los recuerdos de diferentes épocas se disputan el primer plano, resistiéndose al olvido.  

Es lo que me pasa con Raúl Lara, el gran pintor boliviano fallecido muy temprano el lunes 22 de agosto (y muy temprano en la vida), rodeado por su familia, Lidia su esposa, y sus hijos Fidel y Ernesto, cuyos nombres dicen de qué lado estuvo siempre el corazón de Raúl en el espectro ideológico.  

¿Por dónde empezar? ¿Por su obra que tengo ahora frente a mis ojos, por su historia personal, por las visitas que le hice en Cochabamba y en Oruro, por las fotos que le tomé y las veces que lo filmé? Esta no debería ser una nota triste, me digo, pero quizás lo sea. Triste en parte por esa sensación de deuda que me deja la partida de Raúl. Entonces empiezo por allí.

La desaparición de Raúl Lara deja un vacío porque nadie puede llenar el espacio de un artista de esa dimensión, nadie puede continuar una obra de esa naturaleza.  No es como un edificio o un puente, no es tampoco la catedral de Gaudí o el film póstumo de Kubrick o de Pasolini, que otros pueden concluir con las indicaciones dejadas por el autor.

Bolivia estará siempre en deuda con Raúl y con otros creadores de arte. Este es un país ingrato, con dirigentes políticos indolentes, incapaces de comprender la grandeza de los artistas y de apoyarlos. Todo lo que se hace en materia de arte y cultura en Bolivia es “a puro pulmón”, para usar una expresión trillada.  Y se hace a pesar del Estado, a pesar de quienes se llenan la boca de discursos, pero hacen poco o nada por aquellos que desarrollan una obra que trascenderá en el tiempo. No trascenderán los discursos del presidente de turno, pero sí los cuadros de Raúl Lara.

También yo quedé en deuda con Raúl, porque hace muchos años sigo su trayectoria con la intención de escribir sobre él, y no he podido hacerlo, aparte de pocas cosas y muy breves. Lo haré sin falta, me digo ahora, pero él ya no estará para verlo. He fotografiado y filmado a Raúl muchas veces, y quiero hacer un libro y un documental donde su propia voz lleve la narración. Lo haré, lo haré, si el tiempo me lo permite.  

Los Lara son una familia de artistas plásticos. Una decena de hermanos y hermanas, nacidos en diferentes campamentos mineros, a medida que su padre, Estanislao Lara, perforista en interior mina, era trasladado de una mina a otra: Augusto, Gustavo, Walter, Blanca, Roberto, Jaime, Judith, Raúl, Ramiro, Néstor, José Antonio… Gustavo, a su vez un gran pintor, fue el mentor de Raúl y de los otros hermanos artistas. El hijo de Gustavo, Fabricio, se ha sumado con la madurez de su obra al prestigio de Gustavo y Raúl, y de otros Lara cuyo trabajo –menos conocido- continua en Argentina. Conservo la foto de todos los hermanos, sin fecha, que me regalaron Raúl y Gustavo.    

En una anterior vida de pareja tuve varias obras de Raúl, ahora solamente tengo un gran cuadro, una litografía, y varios dibujos, entre los cuales los 6 que hizo para mi libro “Sentímetros”, que cuenta también con dibujos de Gustavo. Una de las últimas veces que lo visité en Cochabamba me alojé una noche en su casa en la calle Los Pinos No. 136, en Tiquipaya, y en la habitación había un dibujo que me miraba. Al día siguiente la generosidad de Raúl y de Lidia me permitieron llevármelo bajo el brazo.

El año 2003, cuando Raúl estaba pintando su serie de homenaje a Vincent van Gogh, Katherina y yo lo visitamos en su casa y taller, y quedamos hechizados con uno de los cuadros, un hermoso desnudo. Van Gogh pintando un desnudo (pintó muy pocos entre sus 900 cuadros), y no cualquier desnudo: una sensual mujer de piel morena. Decidimos comprarlo inmediatamente, sin esperar la exposición. Por ello este cuadro no se mostró ni aparece en el catálogo de “Vincent van Gogh en Oruro”.  El otro desnudo de la serie de van Gogh se lo llevaron Carlos Mesa y Elvira Salinas.

La muestra sobre van Gogh constituye un punto culminante en la carrera pictórica de Raúl Lara. Los cuadros son magníficos como pintura, como lo es el concepto creativo: colocar a Van Gogh en el horizonte boliviano y hacerlo de manera que interactúa con el paisaje y con la gente. ¿No es maravilloso ver a van Gogh en medio del carnaval de Oruro, caminando solitario por el altiplano o pintando el desnudo de una sensual mestiza boliviana? Nada de esto ocurrió en la vida del gran pintor holandés, pero ya existe puesto que Raúl lo pintó.

Pero hay mucho más que la pintura y el catálogo; Raúl escribió textos para a Vincent, y compuso música que fue utilizada por sus hijos Fidel y Ernesto para realizar un hermoso video de 14 minutos. En suma, un festín completo que pone en relieve la riqueza de la personalidad artística de Raúl Lara.

Las cartas narran la visita sorpresiva que un excéntrico pintor holandés “con olor a mil caminos y a trementina” hace a la casa de Raúl Lara en Oruro, portador de una carta del su hermano Jaime. Van Gogh dice haber encontrado la luz del sol que le hacía falta, y Raúl encuentra a través de Vincent un conducto para comunicarse con Jaime y para explosionar su arte de color y sensualidad.

Las cartas de Jaime hablan de una época anterior, los 14 años que Raúl y sus hermanos vivieron en Jujuy, Argentina. Los colores eran más sombríos y no aparecía aún la pista del erotismo, las formas sensuales. No es para menos, era la época marcada por la dictadura militar. Raúl representa ese contexto de terror, de soledad, de aislamiento, de desconfianza, pintando a personajes cuyos rostros no se ven, muchas veces de espalda, enmarcados o atravesados por barras de metal cromado, que se convierten en un leitmotiv de esa serie. Son cuadros duros, que hablan de la muerte sin regodearse en ella, sin ser explícitos ni grotescos.

En una nota titulada “Los mitos populares en la pintura de los hermanos Lara”, que escribí para la DPA (Agencia Alemana de Prensa) a principios de los 1980, cuando no teníamos computadoras, Raúl me decía: “Era una etapa de catarsis, de una pintura adolorida, un poco tenebrista. Esto tuvo que ver en parte con la desaparición de nuestro hermano a los pocos meses de llegar al poder el gobierno militar. Cierta noche se llevaron a Jaime Rafael y nunca más supimos de él.  Ello influyó notablemente en nuestra expresión plástica. Yo quería entonces expresar al hombre víctima de la máquina, transmitir una sensación de opresión”.


Confieso mi absoluta debilidad por los desnudos y las representaciones de mujeres sensuales en la obra de Raúl Lara. Mujeres voluptuosas, de hermosas piernas y nalgas, que alternan con cholos toscos, gruesos matarifes que bailan en la morenada, mestizos que esconden los ojos detrás de gafas oscuras. La representación que hace Raúl Lara de los personajes de Oruro es fabulosa, en el sentido de fábula y de mito, porque a través de su pintura sobre las fiestas orureñas ha creado una mitología de seres tan cotidianos como fantásticos, inspirados en la realidad. El enorme tríptico “El carnaval de Oruro” es un ejemplo extraordinario donde todo lo anterior convive, y en el centro está van Gogh, perfectamente integrado.

Raúl Lara y Graciela Rodo Boulanger fueron los únicos pintores bolivianos invitados a colaborar con una iniciativa continental de gran ambición, “PerioLibros”, que en su momento dirigió Germán Carnero Roqué, desde la oficina de la Unesco en México.

Lara y Rodo Boulanger colaboraron junto a maestros de la talla de Francisco Toledo, Oswaldo Guayasamín, José Luis Cuevas, Rufino Tamayo, Fernando Botero, Antoni Tapiés, Vicente Rojo y Roberto Matta, entre otros. Los 62 artistas escogidos ilustraron relatos de grandes escritores como Rulfo, Cortázar, Carpentier, García Márquez, Borges, Icaza, Darío, Roa Bastos, Sábato, Vargas Llosa, Neruda, Pessoa, Fuentes, Sabines, Alberti, Onetti, Saramago, Bioy Casares, y el boliviano Oscar Cerruto, entre otros.

Era un “festín de la mirada”, como lo describió Fernando Savater en la introducción del libro que recogió la obra pictórica y acompañó la exposición itinerante que durante tres años fue acogida en 24 museos de America Latina, España, Francia y Estados Unidos. Un cuadro de Raúl Lara y varios dibujos suyos ilustraron las páginas de “Naturaleza muerta con cachimba”, de José Donoso, el narrador chileno. Cachimba quizás ya premonitora de la que usaba Vincent van Gogh.  

Casualidades o paradojas de la vida y de la muerte, acabo de encontrar una agenda de 1999 que me regaló Raúl, “Iberoamérica Pinta”, publicada por la Unesco y el Fondo de Cultura Económica de México como acompañamiento a la exposición itinerante del gran proyecto cultural “PerioLibros”. Busco semana tras semana en la agenda el cuadro de Raúl y lo encuentro, premonitoriamente en la misma página en la que figura el 22 de agosto, la fecha en que murió.  

Tenemos en casa el retrato que le hice en Oruro, el 30 de enero de 1990, y ahora que lo miro de nuevo, encuentro una mirada triste o nostálgica, pero no es él, es mi propia mirada la que entristece su foto.


22 agosto 2011

Fulvio y el águila real

No hay símbolo nacional más poderoso en México, que el águila real, icono del poder político desde tiempos de los caballeros aztecas. El águila real está representada en la cerámica y la piedra labrada prehispánica, como lo está también en el centro mismo de la bandera mexicana. 

Aparece en piezas prehispánicas como las figuras de caballeros águila, y también durante el periodo novohispano y republicano en alegorías, monedas, cajas de cigarros, logos y sellos en documentos oficiales, esculturas, pistoleras, espadas, medallas conmemorativas, escudos, medallones, punzones, cómics, tatuajes e indumentaria.

Está labrada en el carruaje de gala del Emperador Maximiliano de Habsburgo, fusilado en 1867 y en un sillón presidencial de 1868, que más que sillón es un ostentoso trono; está impresa en la vajilla de los presidentes, se transparenta en los vitrales del Castillo de Chapultepec, aparece bordada en un pendón fechado entre 1857 y 1861, esculpida en la fachada del Palacio Nacional o pintada en murales de Diego Rivera y de José Clemente Orozco. El águila real está por todas partes en México, a veces encaramada sobre un nopal y a veces con una serpiente en el pico y las garras. 

El águila no solamente ha sido el símbolo de México  a través de sus culturas y periodos políticos, sino también de otras grandes civilizaciones de la humanidad, los griegos, los romanos, el imperio austro-húngaro, entre otros.

Lamentablemente en México sobreviven muy pocos ejemplares, quedan unas 70 parejas del águila real. Cierto, nunca hubo tantas como en Estados Unidos y Canadá; los pocos nidos que se han identificado en México están en el norte del país y con la expansión de la ganadería han sido víctimas de campañas de exterminio. 
Ahora, la fotografía de mi amigo Fulvio Eccardi va al rescate de este símbolo vivo. Cuarenta fotografías de gran formato muestran el hábitat y la naturaleza propia a esta ave majestuosa e imponente. Fulvio trabajó durante tres años en el sur de Zacatecas y en el norte de Jalisco, para lograr las imágenes que son parte de la exposición y del libro sobre el águila real.
La muestra está dividida en siete temas: “Descubrir al águila real”, “Nace un mito”, “Lecturas de una historia”, “Entorno y patrimonio”, “Maestra del vuelo”, “Presencia en la cultura popular” y “Rescate del símbolo vivo”. Además de las fotografías se incluyen múltiples objetos de valor histórico con representaciones del águila real, y pinturas de Carmen Parra. 
La exposición estuvo durante cinco meses en el Alcázar de Chapultepec, en Ciudad de México, y fue vista por 268 mil personas. Luego se trasladó a Oaxaca, donde se exhibe con un arreglo museográfico formidable, en el espacio del Centro Cultural Santo Domingo, uno de los museos más hermosos de México, cuyos jardines de cactus han sido diseñados por Francisco Toledo, el gran pintor oaxaqueño. 


Me ha dado mucho gusto regresar a Oaxaca con motivo de la muestra de Fulvio, y recorrer esa ciudad atractiva, renovada con sus calles peatonales y sus edificios emblemáticos recientemente restaurados.  A pesar de los agudos conflictos sociales que ha vivido en los últimos años, Oaxaca es un espacio de color y música, más aún en los días cercanos a la gran fiesta de la Guelaguetza. 


El águila real tiene características únicas, dice Fulvio Eccardi, quien además de fotógrafo es biólogo: “el águila real tiene la mejor vista del planeta, es como si nosotros pudiéramos leer un periódico a cien metros; puede enfocar con sus ojos dos lugares al mismo tiempo; los seres humanos tenemos en la retina unas 200 mil células visivas por milímetro cuadrado, las águilas más de un millón; el águila real se puede elevar en 45 segundos a 1.500 metros, y se deja caer sobre sus presas a una velocidad de 200 kilómetros por hora…”

Fulvio es de origen italiano y ha vivido en México toda una vida, y conoce la naturaleza del país mejor que la gran mayoría de los mexicanos, pues lo ha recorrido de punta a canto para fotografiarlo. Su archivo consta de aproximadamente 500 mil imágenes; es el primero que logró fotografiar en los años 1980 al huidizo quetzal, y para lograrlo tuvo que permanecer durante varias semanas en una carpa bajo la lluvia persistente que caía en El Triunfo, el bosque tropical húmedo en Chiapas.

Los magníficos libros de fotografía de Fulvio se van sumando desde hace más de dos décadas.  Cada uno es un proyecto extenso, complejo, al que Fulvio le dedica todo su energía. El libro Águila Real: símbolo vivo de México no es sino el más reciente.  Antes publicó Tierra del quetzal y del jaguar (1988); Las aves de México (1989); Il caffé, territori e diversitá (en 2002 la edición en inglés, 2003 portugués, 2005 japonés, 2006 hebreo, 2007 ruso, y 2011 chino); Animales de México en peligro de extinción (2003); México naturaleza viva (2003); México, valor de origen (2006); Tierra mexicana (2007); Biodiversidad y consumo responsable (2008); El Triunfo, la tierra de una leyenda viviente (2008), Ciudad de México (2009).

Sus exposiciones en México y en otros países se multiplican. He visto algunas, por ejemplo el año 2003 “México naturaleza viva”, 150 fotografías de gran formato sobre la diversidad de fauna y flora en México, colocadas en las rejas de Chapultepec, la galería abierta más extensa de Ciudad de México.  

Por todo lo anterior, volver a verme con Fulvio Eccardi y visitar su más reciente muestra fotográfica sobre el ave emblema de México, es un placer por doble partida. Conozco a Fulvio desde hace 30 años.  Ambos participábamos entonces en el circuito internacional de redes y festivales de cine Super 8, cuando el video era todavía un kleenex para echar a la basura, mientras que el cine, el celuloide, era lo que contaba. El cine Super 8 otorgaba un sello de nobleza a quienes no podían acceder a los costos de hacer cine en 16 mm o en 35 mm. Todo eso ha cambiado desde entonces.


Cuando llegué como refugiado a México a raíz del golpe militar de García Meza, Fulvio me prestó su nido en la calle Secreto número 4, en el antiguo pueblito empedrado de Chimalistac, uno de los barrios más íntimos de la gigantesca capital mexicana. Era un ambiente muy pequeño, con un segundo nivel abierto, tipo balcón, donde solamente había la cama. Ese estrecho lugar fue un espacio de solaz y de aventura para mí durante el tiempo que lo disfruté.  

Recuerdo que escribí textos para algunos reportajes fotográficos sobre los monasterios en Bucovina y Moldavia (Rumania), que Fulvio publicó en la revista Geografía Universal. Nos veíamos poco, nuestra amistad es una historia de curiosos desencuentros, pues cuando yo estaba en Ciudad de México él andaba escondido en la selva húmeda de El Triunfo o solitario en medio de 300 mil pájaros en una isla de Baja California. Nuestro contacto ocasional se producía gracias a la casilla de correo que compartíamos en San Ángel. Después de regresar a Bolivia en 1986 coincidimos alguna vez en New York, gracias a Tony Suárez que aún vivía allí, pero luego dejamos de vernos durante un par de décadas: gracias al águila real podemos seguir construyendo esta larga amistad.

16 agosto 2011

Profundidad de la memoria


Los libros viajan con extraordinaria lentitud, al menos aquellos que uno espera con impaciencia. En esta época de mensajes que circulan a la velocidad de la luz, los libros impresos son el equivalente de los veleros o los barcos de vapor, que toman su tiempo para llegar a buen puerto.

Es el caso de Profundidad de la memoria, antología de cuentos bolivianos contemporáneos compilada y prologada por Gaby Vallejo Canedo, que publicó la editorial Monte Ávila el año 2009, en Venezuela, pero que ha llegado a mis manos recién hace unas semanas, y no por cortesía de los editores, sino de mi colega Morelis Gonzalo, de la Universidad de Zulia.

La edición del libro es parte del “Plan Revolucionario de Lectura”, un proyecto ambicioso del Gobierno Bolivariano de Venezuela, que tiene el objetivo de ofrecer a la población millones de ejemplares de libros a un costo muy bajo. El plan cuenta con una gigantesca imprenta, “la más grande de América Latina después de la de Cuba”, según las noticias, capaz de producir anualmente 25 millones de ejemplares de libros, folletos y textos de estudio. No sabemos cuanto de esto es cierto y sostenible, pero sí sabemos que este libro en particular adolece de numerosas fallas de edición. 

Gaby Vallejo Canedo, a quien conozco hace muchos años, es narradora con una veintena de obras en su prontuario, entre ellas las novelas Los vulnerables (1974), Hijo de opa (1977), La sierpe empieza en cola (1991), Encuentra tu ángel y tu demonio (1998), Ruta obligada (2008), y varios libros de cuentos para niños. Es una escritora muy activa en redes bolivianas e internacionales, y ha sido presidenta de la filial boliviana de PEN Internacional.

En la antología se han dado cita 24 narradores convocados por la compiladora, nueve son mujeres. Figuran lado a lado escritores de tres generaciones, todos ellos reconocidos dentro de Bolivia y algunos internacionalmente. Adolfo Cáceres Romero, Renato Parada Oropeza, Raúl Teixidó, Giancarla de Quiroga, Néstor Taboada Terán y la propia Gaby Vallejo Canedo, alternan con la generación que los sigue, la de Homero Carvalho, Marcela Gutiérrez, Gonzalo Lema, Edmundo Paz Soldán, Ramón Rocha Monroy, Manuel Vargas y César Verdúguez, y estos con otros más jóvenes. Como en cualquier antología, no están todos los que son, pero esa decisión es un privilegio de cada compilador.

Gaby escogió para su antología mi cuento Interior mina, que ha tenido una larga trayectoria desde que nació. El cuento, que narra un episodio de la represión en las minas durante la dictadura del General René Barrientos, obtuvo una mención en el Concurso Internacional ‘La palabra y el hombre’, de la Universidad Veracruzana (México), en 1977, y se publicó por primera vez en “La palabra y el hombre”, revista emblemática de esa universidad.

Raquel Montenegro lo incluyó en Cuentos bolivianos. Antología para gente joven, que publicó Alfaguara en 1996. Luego el texto fue seleccionado por Sandra Reyes en su antología  Oblivion and Stone: A Selection of Contemporary Bolivian Poetry and Fiction”, que la Universidad de Arkansas publicó en 1998, en una traducción de John Du Val y Gastón Fernandez-Torriente.  También lo escogió Víctor Montoya para su antología El niño en el cuento boliviano, que salió en Suecia un año después, en 1999. 

Decíamos antes que el esfuerzo de realizar esta antología de 380 páginas se vio empañado por los problemas de gestión en la editorial Monte Avila, que ahora es empresa estatal. El libro tiene numerosas fallas y problemas de diseño, y la distribución es sumamente precaria a pesar de los 4.000 ejemplares con que cuenta la primera edición. Uno de los errores garrafales es la exclusión del cuento de Raúl Rivadeneira, aunque es mencionado en el prólogo. En cambio, aparece un cuento de José Antonio Valdivia, que no es mencionado en las páginas introductorias de la antología.

La circulación del libro parece limitarse a una parte del territorio venezolano. La compiladora de la antología recibió apenas unos cuantos ejemplares, y los autores incluidos en el libro tuvieron que hacer malabarismos para conseguir ejemplares en Venezuela, puesto que Monte Ávila ya no tiene una circulación latinoamericana que tuvo en sus buenos tiempos. 

10 agosto 2011

Cantinflas, 100 años


Da gusto ver cómo los mexicanos reconocen en vida, y también después, a sus figuras notables. Con motivo de cumplirse este 12 de agosto los 100 años del nacimiento de Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes, mejor conocido como Cantinflas, México ha organizado numerosos homenajes al gran cómico latinoamericano.

Cantinflas ya había sido inmortalizado en vida por Diego Rivera en el mural, en mosaico de vidrio veneciano, que hizo para el Teatro Insurgentes, donde representó al actor en el mero centro; y la Real Academia de la Lengua reconoce en su diccionario el verbo “cantinflear”: qué mejor manera de pasar a la inmortalidad que ser parte del lenguaje cotidiano.  

Este año, el Gobierno Federal emitió dos estampillas para celebrar el centenario del comediante, y la lista de eventos del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) despliega sus alas durante todo el mes: sus películas se exhiben en la Cineteca Nacional y en el Canal 22, cápsulas de sonido con su voz se escuchan en Radio Educación y en los vagones del metro. Además, mesas redondas, publicaciones especiales, conciertos…

En la Avenida Reforma, a lo largo de la galería abierta de las rejas del Bosque de Chapultepec, un sitio privilegiado para exposiciones fotográficas, se han instalado 126 enormes reproducciones de fotografías de Cantinflas en diferentes etapas de su vida privada y de su cine. Los carteles de sus películas más famosas –hizo más de medio centenar desde 1936- alternan con algunas imágenes poco conocidas de su vida.

Todo esto viene a cuento porque conservo unas fotos de él y con él, tomadas en 1984 cuando tuve la oportunidad de conocerlo y entrevistarlo. Incluí una de esas fotos en mi exposición “Retrato hablado”, el año 1990, con un breve texto recordando las circunstancias de aquel encuentro. 

Que quede claro: entrevisté a Mario Moreno, no a Cantinflas. Lo visité en la Avenida Insurgentes, en las oficinas de la fundación a través de la cual realizaba obra social a favor de los niños, algo que él se tomaba muy a pecho, por lo que pude constatar. Al entrar a su fundación dejaba el humor en la puerta. En alguna parte leí que Chaplin era así. Nos recibió un hombre serio, respondía con el mínimo de palabras a las preguntas, sin humor y sin ironía; entendí que en la pantalla y en la vida se trataba de dos personajes distintos. Apenas esbozó una tenue sonrisa para la foto .

Mi amigo Juan Carlos Gato Salazar, estaba conmigo y tomó una foto con Mario Moreno. Yo le quedé debiendo la que le tomé a él, que nunca pude encontrar entre mis archivos de diapositivas cuando regresé a Bolivia después del exilio. Otras cosas más le debo a Gato Salazar, quien estaba entonces a cargo de un nuevo Servicio de Reportajes Ilustrados de la DPA (Agencia Alemana de Prensa) del que fui uno de los primeros colaboradores, según recuerda él en el libro “De buena fuente” que coordinó con motivo del cincuentenario del Servicio Internacional en Español de la agencia.   

Gracias a la DPA que los distribuía a un centenar de diarios, revistas, agencias, redes de radio y televisión de América Latina y España, hice a mediados de los 1980 varios reportajes sobre personalidades de la cultura de México. Así conocí al extraordinario Emilio “Indio” Fernández, al jefe de fotografía Gabriel Figueroa, al escritor José Agustín, y otros más. Recuerdo con placer esa época.

Juan Carlos Salazar es uno de los periodistas más importantes que ha dado Bolivia, cubrió durante siete meses la Guerrilla del Ché y salió al exilio con el golpe de Bánzer. Gato trabajó siempre con la DPA, y sigue con la agencia como consultor externo ahora que está jubilado. Ha pasado cuatro décadas con la agencia, de modo que algunos consideran que ya es parte del inventario.

Pero regresemos a Cantinflas, para concluir. Los homenajes por el centenario de Mario Moreno están manchados por la disputa, que ya dura 18 años, desde la muerte del actor, entre el sobrino y el hijo adoptivo, al cual más aprovechador y codicioso. Ambos pretenden quedarse con la herencia del actor, y pelean encarnizadamente por ella mientras, a la mala, hacen negocio con la imagen de Cantinflas, sin haber hecho mérito alguno en sus vidas para merecer ese dinero que les llueve del cielo.

El hijo adoptivo no oculta su codicia cuando resume la lista de “productos” que tiene pensado lanzar al mercado: “juguetes, vajillas, camisetas, chocolates, cuadernos, juegos de sábanas, juegos de baño, ropa infantil, la línea de cocina, salsas y chile en polvo…” además de “una botella de agua que te quita las ansias de fumar”.

Pero, paradojas de esta historia, al final un pirata más grande, Columbia Pictures, se quedó con los derechos de distribución de 34 películas de Cantinflas, mientras sobrino e hijo adoptivo continúan disputándose las migajas.