27 junio 2010

Nicolás Ortiz Pacheco

Caminando con los dedos por los rincones menos explorados de mi biblioteca, encuentro un pequeño libro, folleto más bien, que había leído hace muchos años. “Anécdotas de Nicolás Ortiz Pacheco” compiladas por Carlos Castañón Barrientos, en base a los aportes periodísticos y crónicas de Augusto Guzmán, Martha Nardín de Urioste, Enrique Finot, Juan Guerra, Luis Ríos Quiroga, Porfirio Díaz Machicado, entre otros. El opúsculo fue publicado en 1975 por Antonio Paredes Candia.

Como saben los bolivianos que no son desmemoriados y que leen un poco, Nicolás Ortiz Pacheco fue uno de esos personajes ingeniosos y ácidos que ha dado la literatura y la sociedad boliviana en la primera mitad del siglo pasado. Ortiz Pacheco se caracterizo por su sentido de humor, los juegos de palabras, las tomaduras de pelo, y las críticas a las malas  a las “buenas” costumbres de la sociedad.

Pero no solamente.  Escribió excelentes poemas, y en especial uno que mi padre me recitaba de memoria, y que me sirvió para ponerle el título a mi primera película documental: “Señores Generales, Señores Coroneles”.  Como se puede inferir, el poema titulado “Apóstrofe” fue escrito con dedicatoria a los militares durante su actuación en la Guerra del Chaco. Sus primeros versos dicen así:

Señores Generales,
Señores Coroneles,
mientras en vuestra patria sólo hay males,
en vuestras altas vidas sólo hay mieles.


Y aunque llena de gloria,
muy breve es vuestra historia;
Tiempo y un cuartelazo… ¡General!
Tiempo y genuflexiones… ¡Coronel!

En sus memorias, Carlos Medinacelli (citado por Castañón) escribió que lo que iba a quedar de Nicolás Ortiz Pacheco en la posteridad era precisamente este poema, que también fue conocido como “Anatema contra los altos jefes”.

Mi amigo Luis Rico podría ponerle música a estos extraordinarios versos.
En una próxima nota regalaré el poema en su integridad, ahora quiero comentar la recopilación de anécdotas que hizo Castañón Barrientos, y añadir una que no está registrada, que solía contar mi padre:

A Ortiz Pacheco lo habían operado de hemorroides y se encontraba hospitalizado.  Recibió la visita de su amigo Gregorio Reynolds, poeta fino y delicado, quien lo saludó de esta manera: “Que buen semblante tienes Nicolasito”. A lo que el ácido poeta y cronista respondió estruendosamente: “No me han operado del semblante sino del culo, carajo”.

Una variante de esta anécdota figura en la recopilación, pero hay otras que destacan por su ingenio. El mismo Gregorio Reynolds fue víctima de otra humorada de Ortiz Pacheco, cuando le pidió su opinión sobre unos sonetos que había escrito: “¿Qué te parecen mis versos Nicolasito? –No me gustan Gregorio… -¿Pero por qué? Si son pura música. –Pues entonces ¿por qué no les pones letra?”, respondió Ortiz Pacheco.

Cuenta Castañón que Ortiz Pacheco, muy dado al alcohol, era muy indisciplinado como profesor en un colegio de Sucre donde enseñaba. La directora del establecimiento decidió enviarle una carta señalando que “en apenas siete días había cometido diez faltas”, a lo cual Ortiz Pacheco respondió que ella en su carta, en sólo diez líneas había incurrido “en más de siete faltas gramaticales”, lo cual tampoco estaba bien.

Así se suceden las anécdotas del autor de “Plenitud de plenitudes” (obra póstuma). Tanto el centenario del nacimiento –en 1893- de Ortiz Pacheco como los 50 años de su muerte –en 1953- pasaron casi desapercibidos. Ojalá se pudieran recopilar sus textos y poemas, para salvar -para la memoria de los que vendrán- la personalidad y la obra de este singular personaje.

19 junio 2010

Pequeño recuerdo de Monsiváis

Acaba de fallecer Carlos Monsiváis y se multiplicarán todos los homenajes, merecidísimos porque se trataba no solamente de un gran cronista de México y de un estupendo ensayista, sino que también era un provocador y promotor de la cultura mexicana.

Sus más de 50 libros, sus centenares de artículos periodísticos, sus biografías, sus colecciones, su amor por el cine… serán objeto de escrutinio y de nuevas valoraciones.

No lo frecuenté, no fui su amigo, solamente he sido un lector más entre los muchos que tuvo, pero me recibió una vez en su casa en 1984, es decir, hace unos pocos o muchos –según se mire- 26 años. Me llevó allá Rogelio Villareal, editor que apoyó y publicó un par de libros míos en México, la primera edición de “Sobras completas” y la segunda de “Cine, censura y exilio en América Latina”.

Monsiváis nos esperaba para ver en 16 mm la película “Conducta impropia”, realizada por Orlando Jiménez Leal y Néstor Almendros (quien fue mi profesor de fotografía de cine en París, cuando yo estudiaba en el IDHEC). Néstor era cubano (aunque nacido en España), uno de los directores de fotografía más notables del mundo, con un Oscar en su haber (y tres nominaciones en su "a ver") además de incontables otros premios. Trabajó con François Truffaut, con Eric Rohmer, con Mike Nichols o Martin Scorsese, y salió exiliado de Cuba en parte por su condición de homosexual, en una época en que la Revolución batía los récords de intolerancia en ese tema, y en parte por sus críticas al sistema.

Cuando “Conducta impropia” empezó a circular en 1984 causó un gran revuelo entre los intelectuales críticos y los incondicionales de la Revolución cubana. Carlos Monsiváis era de los primeros, es decir, un intelectual de izquierda, cuyas simpatías por la Revolución cubana no podían pasar por alto los errores, y entre esos errores la persecución de intelectuales y artistas homosexuales. Monsiváis lo era, y nunca lo escondió, de ahí que esa sesión en su casa, para ver por primera vez el documental de Almendros sobre la persecución de homosexuales en Cuba, era importante.

Recuerdo una casa llena de libros, periódicos y objetos de todo tipo, porque Monsiváis era un coleccionista de la cultura popular, y gracias a sus colecciones se han realizado en años recientes magníficas exposiciones.

Mentiría si  digo que me acuerdo algo más de esa tarde en su casa, pero probablemente tengo notas sobre ello en alguno de los cuadernos de esa época, guardados en algún depósito.

Sirva este pequeño recuerdo para tenerlo presente hoy, despedir su cuerpo y recibir al escritor que permanecerá en la memoria de las futuras generaciones, como bien señala Carlos Fuentes en una entrevista desde Londres: “No se pierde a Monsiváis: se ha ganado a Monsiváis para siempre”.

02 junio 2010

Memorias de la Revolución


Tuve oportunidad a fines de abril, en el marco del “Coloquio Internacional de Cine Mudo en América Latina”, de visitar con algunos de los participantes la Quinta los Barandales, en Ocoyoacac, en el Estado de México, camino a Toluca, donde se encuentra la sede de la Fundación Carmen Toscano –hija de Salvador Toscano- una institución familiar que preserva el acervo cinematográfico acumulado por Salvador Toscano, muy rico en imágenes de la Revolución Mexicana.

Lo primero que me impresionó es el lugar donde se encuentra la quinta Los Barandales, que ocupa una colina completa desde cuya altura se mira el pueblo de Ocoyoacac. El lugar es hermoso, la casa de hacienda –construida en 1896- está a la sombra de enormes árboles y rodeado de flores de todas clase, buganvillas que estallan de color, floripondios rosados, y otras que mi ignorancia no me permite nombrar. Hasta quinua cultivan en esta propiedad, una quinua californiana, de grano muy pequeño, que crece a esta altitud.

Octavio Moreno Toscano y Verónica Zárate Toscano organizaron esta visita a una de las colecciones de cine más emblemáticas de América Latina, pues en las bóvedas de la Fundación se conserva la memoria de la primera revolución social del continente.  Miles de metros de película permiten ver en movimiento a las figuras que hicieron historia en México: Francisco Villa, Emiliano Zapata, Francisco Madero, y tantos otros. Salvador Toscano realizó 46 películas entre 1898 y 1921, los primeros años dominados por “vistas” cortas sobre temas específicos y los últimos por producciones de mayor complejidad, donde las imágenes se organizan en torno a un discurso histórico. Pero además, acumuló miles de metros de película que otros camarógrafos filmaron hasta mediados del siglo pasado (las colecciones de Abitia, Liserio, Colín, entre otras).

La creación de la Fundación Carmen Toscano se hizo oficial el 11 de julio de 1992, cuando Manuel Moreno Sánchez –esposo de Carmen Toscano- abrió las puertas de Los Barandales: “En una época en que la moda es privatizar las cosas, nosotros decidimos desprivatizar estos bienes y dejarlos a disposición de la sociedad, para que quienes quieran trabajar en ciencias, espacios culturales, educación, bellas artes y artesanías, los utilicen y al hacerlo; aporten a los mexicanos de hoy y del futuro, los frutos de su talento y esfuerzo. Así seguiremos el ejemplo de Carmen y honraremos su inquietud.”

No ha sido fácil para los Toscano hacer realidad esta obra. La realidad política de México determinó que la Fundación adquiriera personalidad jurídica propia en ausencia de apoyo del Estado. Durante muchos años la familia Toscano ofreció al Estado mexicano  la colección de películas, para que las imágenes fueran conservadas en buenas condiciones y se hiciera el trabajo necesario de restauración y producción de nuevas copias.  Sin embargo, los sucesivos gobiernos mexicanos, enfrascados como siempre en la coyuntura política o en la visibilidad institucional en materia de cultura, no le prestaron atención a la oferta.  Luego de tocar muchas puertas que nunca se abrieron, la familia decidió crear la Fundación Carmen Toscano con esfuerzo propio, poniendo la quinta Los Barandales a disposición, aunque no cuenta todavía con las condiciones ideales para la conservación del material fílmico.

Además de los centenares de latas de película que uno encuentra en todos los rincones  (provisionalmente, hasta que la bóveda sea acondicionada), la Fundación ofrece a los visitantes muchos otros atractivos. Dispone de cámaras y proyectores de cine antiguos, así como una colección de carteles de cine y otros materiales de archivo que Salvador Toscano y sus herederos pacientemente reunieron a lo largo de sus vidas.

Un descubrimiento relativamente reciente permitió rescatar un guión fílmico que Toscano nunca logró materializar.  Se trata de dos cajas con más de 500 tarjetas que contienen apuntes y fotogramas de “Los últimos treinta años de México”, que es como se iba a llamar la película documental que preparaba Salvador Toscano hasta el mínimo detalle. Ese material, muy rico visualmente debido a la selección de fotogramas y a los comentarios de Toscano, probablemente sirvió de base para “Memorias de un mexicano”, que realizó Carmen Toscano en 1950 para preservar y difundir el legado de su padre.

Hoy, el mismo material de fichas y fotogramas contenidos en dos polvorientas cajas de cartón, ha sido la base para un hermoso libro, “Fragmentos - Narración cinematográfica compilada y arreglada por Salvador Toscano, 1900-1930”, recién salido del horno, un regalo que nos entregaron a los ponentes del coloquio sobre cine mudo. El libro, diseñado por Pablo Ortiz Monasterio e impreso con la mejor calidad, reproduce algunos de los fotogramas seleccionados por Toscano, y los acompaña de textos de los otros dos investigadores, Ángel Miquel y David Wood, que hicieron posible esta nueva iniciativa auspiciada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituo Mexicano de Cinematografía. Así da gusto investigar, con el apoyo decidido de instituciones.   


No es todo, hay más.  La Fundación ha habilitado varias salas para exhibir piezas arqueológicas de las culturas mexicanas. Es una colección formidable, que cuenta con algunas piezas extraordinarias, tan bellas como extrañas, que prueban una vez más la extraordinaria riqueza artística de las culturas mesoamericanas. La colección es un atractivo adicional para visitar la quinta Los Barandales, cuyo nombre se origina en el grupo que animaba la revista cultural “El Barandal” en los años 1930s, donde escribía Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia y un joven de 17 años llamado Octavio Paz. 

Desde 1983 la Cineteca Nacional de México otorga la Medalla Salvador Toscano al mérito cinematográfico, con la que se ha reconocido a personalidades mexicanas de larga trayectoria en el cine, como Luis Alcoriza, Emilio García Riera, Tomás Pérez Turrent, Manuel González Casanova, Felipe Cazals, Vicente Leñero, entre otros.

Last but not least… en Los Barandales se realizan regularmente seminarios, cursos de capacitación, encuentros, talleres de guión, y otras actividades que se detallan en los informes anuales de la Fundación Carmen Toscano, además de las que se realizan en el resto del país e internacionalmente. La quinta cuenta con espacios para alojarse, un comedor –donde nos dieron a probar quesadillas de quinua, un nuevo aporte culinario- y una sala de cine.


24 mayo 2010

Teoría general de la estrategia

Valió la pena la larga espera, porque finalmente me llegó el libro “Hacia una teoría general de la estrategia – el cambio de paradigma en el comportamiento humano, la sociedad y las instituciones”, de Rafael Alberto Pérez y Sandra Massoni, donde los autores incluyeron un texto que me pidieron hace un par de años, “Modelo estratégico de comunicación para el cambio social y el desarrollo”.

El libro de Pérez y Massoni es impresionante no solamente por sus 558 páginas, sino porque es un trabajo ambicioso y de mucha sustancia teórica. Es muy interesante constatar que en la propuesta original que tenían en mente ambos autores, allá por 1990, Sandra hablaba de la necesidad de una “nueva teoría de la comunicación estratégica”, mientras que Rafael Alberto hacía la propuesta de una “nueva teoría estratégica reformulada desde la comunicación”. Además, el trabajo de investigación giraba en torno al Foro Iberoamericano sobre Estrategias de Comunicación (FISEC) y a una cantidad de investigadores que se ocupan de la comunicación desde diferentes perspectivas.

La perspectiva de los autores fue evolucionando a través del tiempo, y la comunicación se vio desplazada del título y en alguna medida del contenido de la obra, para dar paso a una perspectiva centrada en la teoría de la estrategia en sí, sin adjetivos.  En ese sentido no solamente es un aporte innovador, sino sembrado de provocaciones intelectuales a partir de las cuales es posible especular y elaborar pensamiento.

El libro es fascinante por la riqueza de la información que contiene, las referencias a múltiples autores, y el planteamiento teórico-práctico. La primera parte se ocupa de analizar los paradigmas existentes de la teoría estratégica para plantear una nueva; la segunda parte –otros cinco capítulos- aborda la filosofía que sustenta el “cambio en la mirada”, paralelo a los cambios que ha sufrido el mundo en décadas recientes; cambios no solamente en el paradigma mismo, sino en el sujeto, en la organización social, en el objeto y en la matriz de estudio.

Finalmente la tercera parte, con tres capítulos y artículos de nueve autores españoles y latinoamericanos, es el aterrizaje de la teoría en la práctica de cambiar el mundo. Aquí, la comunicación vuelve a ocupar un lugar central.

En la presentación del libro escribió Enrique Iglesias: “Soy consciente de que «una nueva teoría basada en un nuevo paradigma» puede sonar algo alejado del interés directo de los hombres de acción, pero el lector no debería equivocarse. Una teoría es una explicación, y los hombres necesitamos explicaciones para poder adoptar decisiones problemáticas y prever, con mayor o menor probabilidad, sus resultados.”

Conozco a Sandra Massoni desde hace algún tiempo, pues  incluí un texto suyo en mi “Antología de Comunicación para el Cambio Social – Lecturas Históricas y Contemporáneas”, y Sandra además participó en el Congreso de ALAIC en Porto Alegre (2006), en el Grupo Temático sobre Comunicación para el Cambio Social, del cual soy Coordinador. Son razones adicionales para alegrarme por la aparición de este libro que hay que leer detenidamente, con cuidado.

17 mayo 2010

Entrevista un poco resfriada

Cuando en agosto de 2009 me invitaron a Fortaleza, Brasil, para dar la conferencia de cierre del VII Encontro Nacional da História da Mídia, conocí a Flaminio Araripe, periodista interesado en temas de comunicación para el cambio social, quien me entrevistó para Globo Universidade.

Hablamos largamente de las nuevas tecnologías de la información, de las redes sociales, de participación y medios comunitarios, de libertad de expresión, y otros temas.  Un resumen de esa entrevista se ha publicado recién ahora, en portugués, y puede leerse en la página web de Globo Universidade.

Hay otras entrevistas interesantes publicadas en los dos últimos meses en la misma página, con Bertrand Badie, Ibrahim Saleh, César Ades, y Robert Stam. A este último, especialista del cine latinoamericano de la Universidad de New York, lo conocí hace treinta años y no he vuelto a verlo desde entonces.

El programa de Globo Universidade, creado en 1999, apoya las actividades de los estudiantes de comunicación mediante acuerdos con varias universidades de Brasil y de otros países. Promueve intercambios, seminarios y ofrece becas de investigación. Todas sus actividades son gratuitas.

13 mayo 2010

Dos notas de familia




Mi hija Alejandra cumplió hoy 22 años y quiere que todos vean este video que acaba de hacer, con la colaboración de su red de amigos y amigas, para participar en el concurso de FaceCoop. Alejandra persigue desde hace varios años una carrera en la que pueda explotar su creatividad (y yo espero que sea literal: una explosión). Ha acumulado estudios y experiencia primero en diseño de modas, luego en diseño gráfico y en publicidad, en Italia y en Bolivia, y encamina sus pasos hacia la dirección de arte.

Y ahora otro Gumucio. No es fácil que se apague la memoria de mi primo Juan Carlos Gumucio Quiroga, fallecido en 2002. Ramón Rocha, que anda escribiendo semblanzas de 200 personajes de Cochabamba, publica en La Prensa del jueves 13 de mayo un adelanto con el título “Encomio de Juan Carlos Gumucio”, en el que recuerda la trayectoria fascinante de “JC” como corresponsal internacional en zonas de guerra en Medio Oriente. La nota se publicó también en Bolpress.

Ramón fue condiscípulo de Juan Carlos en la escuela, y me mandó una foto en la que se ve a ambos, de corta edad, con los mismos rasgos faciales inconfundibles. No pongo esa foto aquí porque seguramente Ramón ya tiene otros planes para ella. Pero tengo a mano otra foto de Juan Carlos, que le tomé en las calles de New York en septiembre de 1981, cuando trabajaba en la Associated Press y no deseaba otra cosa que salir de allí, como corresponsal.

07 mayo 2010

Cine mudo bajo el volcán

Solía decir Henri Langlois, el celoso dragón que cuidaba el acervo de la Cinemathéque Française, que para reconocer una buena película prefería verla sin sonido. Es una buena manera de homenajear al cine mudo, donde la imagen tiene que decirlo todo, sin mayores artificios.

Volví a mi oficio de historiador de cine a fines de abril, cuando participé en Ciudad de México como ponente en el “Coloquio Internacional de Cine Mudo en Iberoamérica: naciones, narraciones, centenarios”, invitado por David Wood, investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y por Aurelio de los Reyes, el más importante historiador del cine mudo mexicano.

El cine mudo es en esencia cine pionero, es el cine primigenio, la semilla y su eclosión original, es el nacimiento de un nuevo arte, el séptimo, cuando pudo ser apenas un espectáculo más entre muchos. Sin duda, es la etapa más fascinante de la historia del cine mundial, cuando el cine era uno solo y empezó, poco a poco, a mostrar tendencias y diferencias, a la par que rápidos progresos técnicos. Todo estaba por descubrirse entonces, y todo se hacía con las manos, de la manera más artesanal, desde la vuelta de la manivela para avanzar la película, hasta el revelado en una tina de baño.

De eso, en parte, hablé en mi ponencia “Cine mudo y cine silenciado: la obra de Velasco Maidana”, en la que me referí a las tres primeras décadas del cine mudo en Bolivia, a sus pioneros y principales películas, como un adelanto de la biografía de José María Velasco Maidana que estoy escribiendo. 

Un tema central en mi texto, así como en el que presentó Aurelio de los Reyes sobre el cine documental mexicano después de la Revolución, es el papel de la censura. Puede parecer increíble, pero en ambos países –y sin duda en muchos otros- mientras las cinematografías nacionales luchaban por desarrollarse, la censura se aplicaba con saña sobre los pioneros cineastas. Siempre, la intolerancia, la ignorancia y la incomprensión han caracterizado a los enemigos de las culturas. Ayer como hoy.

No pudo llegar, de París, Paulo Antonio Paranagua, ni otros invitados europeos, porque la nube de ceniza del volcán islandés Eyjafjalla (suena a trabalenguas), impidió que tomaran sus vuelos a México. Pero en cambio volví a encontrar a colegas que no veía hace casi tres décadas y conocer a otros nuevos. Entre los de antes, el maestro Manuel González Casanova -quien publicó mi “Historia del Cine Boliviano” en 1983, cuando era Director de la Filmoteca de la UNAM-  y colegas que trabajaron allí, como Fernando Osorio o Eduardo de la Vega Alfaro.


Entre los nuevos, la historiadora del cine peruano Violeta Núñez Gorriti, el portorriqueño Paul A. Schroeder Rodríguez especialista en cine latinoamericano, y los mexicanos Ángel Miquel, Álvaro Vázquez Mantecón, Juan Solis y Ángel Martínez, todos ellos acuciosos estudiosos del cine.

Me dijo Aurelio de los Reyes, que cuando él y yo hacíamos nuestras investigaciones sobre la historia del cine -él desde los 1960s y yo en los 1970s- no teníamos las condiciones que tienen ahora los nuevos investigadores.  En esa época no conocíamos las películas, dábamos por perdidas a muchas de ellas, nuestras principales fuentes eran los diarios de principios del siglo pasado, y algunos sobrevivientes “históricos”. No había fotocopiadoras, ni video, y por supuesto tampoco Internet ni la web para facilitar la investigación.  Ahora es fácil decir que hace 30 o 40 años -él, yo y otros- nos equivocamos en una fecha o un dato puntual.

El coloquio sobre cine mudo tuvo lugar en el auditorio del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (cuya sigla suena como un beso: MUAC), en el centro Cultural Universitario de la UNAM. Cada día, al finalizar la jornada de mesas y debates, la Filmoteca de la UNAM nos ofreció un regalo: la exhibición de películas del cine mudo latinoamericano, recién restauradas, con acompañamiento de música en vivo.

Así pudimos disfrutar de la película brasileña “Límites” (1931) de Mario Peixoto, una verdadera película de vanguardia, en la que el director le saca el jugo a todo lo que una cámara de cine podía ofrecerle en ese momento. Esta sesión estuvo animada en vivo por el Ensemble Cine Mudo que dirige José María Serralde Ruiz, quien tuvo la virtud de combinar los ecos de Satie, Debussy, Ravel que Peixoto había escogido originalmente, con Villalobos y otros compositores brasileños contemporáneos, que Peixoto había curiosamente obviado. 

El segundo día vimos documentales de la época del Porfiriato en México, títulos como “México ante los ojos del mundo”, “Inauguración del tráfico internacional por el Istmo de Tehuantepec”, “Peregrinación a Chalma”, y “Temporada de ópera del Centenario”, todos ellos rescatados para la memoria de los mexicanos y musicalizados en esta ocasión por el piano de Deborah Silberer, en vivo.

27 abril 2010

Oaxaca, todo cielo

Volver a Oaxaca luego de más de dos décadas puede ser peligroso para la ilusión. Mi memoria había preservado de Monte Albán y de Mitla un escenario diferente al que encontré esta vez, sobre todo en Mitla, que hoy descubro apretujada en medio del pueblo del mismo nombre, víctima de su propio éxito entre los turistas.


Aunque más cerca de Oaxaca, Monte Albán se beneficia de su aislamiento en lo alto de un cerro -varios cerros en realidad, donde siguen los descubrimientos- manteniendo su señorial soledad. Más seco y menos verde que en mi memoria, pero igualmente majestuoso y dominante sobre la ciudad que ha crecido a su alrededor. No puede uno dejar de pensar que este fue durante más de mil años (500 a.C. | 800 d.C.) el centro de la cultura zapoteca, cuya influencia fue enorme en el istmo de Tehuantepec.

De las cosas más interesantes en Monte Albán, son los bajorrelieves conocidos como “los danzantes”, personajes cuyas posturas extrañas han generado diversas especulaciones sobre su origen. Alfonso Caso pensaba en 1947 que las lápidas representaban a guerreros y prisioneros de guerra; esa tesis fue desarrollada por Michael Coe en 1962. Mario Pérez Ramírez sugirió en 1963 que no se trata de la representación de personas que bailan, ni de prisioneros torturados y castrados, sino de casos patológicos, es decir, personas enfermas y con deformidades: un hombre barbado que se agarra el estómago, otro que eyacula, una mujer que da a luz… La disposición de estas estelas, una al lado de otra contra un muro, dan a pensar que quizás se trató de una exposición “fotográfica” de aquella época.

Aunque me cuentan que hay una serie de negociados por detrás, lo cierto es que el centro colonial de Oaxaca lleva varios años en proceso de remodelación y está quedando muy lindo con sus calles peatonales y las manifestaciones culturales que tienen lugar todos los días. Bailes y conciertos callejeros van y vienen en las inmediaciones del parque central o de Santo Domingo, que es una joya como ninguna otra, con el techo del sotocoro completamente cubierto de figuras policromadas. Santo Domingo no es solamente una iglesia, sino un centro cultural enorme. Su explanada anterior se ha beneficiado del diseño propuesto por Francisco Toledo, el gran pintor juchiteco.

El maestro Toledo es un referente tan importante en Oaxaca como Santo Domingo o los moles. Y lo es por todo lo que ha aportado a la ciudad pero además por el Centro de Artes que creó en una antigua fábrica de textiles en San Agustín Etla, a unos 20 kilómetros de Oaxaca. El edificio del Centro de Artes parece un palacio, antes que una fábrica. Sus espacios son magníficos y están muy bien aprovechados para presentar exposiciones, como la actual retrospectiva  de cerámica de Gustavo Pérez, en el segundo piso, bellísima.

Oaxaca tiene muchos años de historia, y quizás eso se ve en el gigantesco ahuehuete de Santa María de Tule, un ciprés (taxodium mucronatum), inscrito en la lista tentativa de Patrimonio Mundial de la UNESCO y árbol nacional del país desde 1910. Este ahuehuete tiene cerca de dos mil años, y sigue ofreciendo una generosa sombra. Pesa 636 toneladas, mide 14 metros de diámetro y 58 de circunferencia, lo que equivale a unas 38 personas agarradas de las manos a su alrededor, un gran abrazo que uno no puede darle porque hace algunos años pusieron una valla de hierro a su alrededor.

Quien dice Oaxaca dice “la tierra de los siete moles”. La competencia entre Puebla y Oaxaca es cerrada, pero ganan los oaxaqueños por la variedad: mole negro, mole almendrado, mole chichilo, mole amarillo, mole verde, mole coloradito y mole mancha manteles… a cual más rico, aunque más dulzones y menos espesos que los poblanos. En la Hacienda Santa Martha uno puede darse un atracón sin piedad por solo 120 pesos mexicanos que cuesta el buffet, con el añadido de una “sopa de guía” (la planta trepadora del calabacín), un helado de leche quemada y un mezcal minero. Hasta probé una pizca de chapulines, insectos bandera de la gastronomía oaxaqueña, pero sentí más el sabor del limón que el de los saltamontes.

Regresé de Oaxaca con un galón del mejor mezcal casero, que me tenía reservado Carlos Plascencia Fabila, activista de todas las causas justas, desde las radios comunitarias hasta el derecho al agua.  Este mezcal blanco o “minero” es el que sale directito del alambique, la más pura destilación de la penca del agave. Es fuerte porque es puro y hay que libarlo con el bello colibrí de Zaachila, con mesura pero repetidas veces.

19 abril 2010

Comunicación e interculturalidad


Pasé la última semana de marzo en Sao Paulo, para participar en el 3er Simposio Internacional de Comunicación y Cultura en América Latina, organizado por CELAAC, invitado por Dennis de Oliveira para participar en el panel sobre medios y culturas alternativas. Mi ponencia, “Interacción cultural y medios alternativos” desarrolló la perspectiva de que los medios participativos y comunitarios son esenciales para la interculturalidad y para el mantenimiento y la expresión de la diversidad cultural. El texto podrá leerse -con un poco de suerte- en la página del evento.

Otras mesas abordaron temas como “Periferia, nuevas prácticas en la producción cultural”, “El papel del Estado y la acción del capital”, y “Patrimonio cultural material e inmaterial: identidad, historia y media ambiente”. Además, tres grupos se reunieron en paralelo para presentar trabajos y dialogar sobre “Globalización y cultura”,  “Industria cultural y políticas culturales” y “Experiencias de medios alternativos en la cultura”. No sólo se habló de cultura, sino que se programaron muestras de pintura, baile, además de las sesiones de cine documental, de ficción y de animación de Televisión America Latina (TAL), que preside el cineasta Orlando Sena.

Emir Sader, eminente sociólogo y analista político brasileño, ofreció en la penumbra (la luz se cortó más de una hora) la conferencia magistral de apertura del evento. Iluminó a la audiencia con una visión optimista de los procesos de integración latinoamericanos en base a nuevas alianzas en las que los gobiernos privilegian el enfoque social sobre el mercantilismo en la relaciones económicas. Sader se expresó con idealismo y bastante romanticismo sobre la situación regional, destacando los cambios políticos en Venezuela, Bolivia y Ecuador aunque sin profundizar en las contradicciones y riesgos de las posturas autoritarias de sus gobernantes.

Lo triste en estos eventos donde la inscripción es gratis, es que de los 400 o 500 participantes que se registran, la mitad ni siquiera retira sus credenciales y las salas rara vez se llenan.

Sin embargo, siempre hay un saldo positivo: los encuentros y reencuentros con colegas y amigos. Volví a ver a José Marques de Melo y a Cicilia Peruzzo en casa de esta última; con ellos suelo coincidir en reuniones y ambos son autores que seleccioné con Thomas Tufte para nuestra Antología de Comunicación para el Cambio Social.

En el simposio conocí también a varios colegas con cuyo trabajo puedo identificarme: Susana Sel que enseña cine en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y Ricardo Tena, Director de Investigación del Politécnico Nacional (México).

El Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Cultura y Comunicación (CELAAC), que coordinan María Nazareth Ferreira y Dennis de Oliveira (con él compartí una mesa redonda en Fortaleza en 2009), es un núcleo de investigación de la Escuela de Comunicación y Artes (ECA) de la Universidad de Sao Paulo (USP), creado en 1995 para favorecer la integración latinoamericana en los estudios de comunicación y cultura, mediante seminarios, investigaciones, publicaciones y otras actividades académicas y de intercambio.

El simposio tuvo lugar en el Memorial de América Latina, institución emblemática no solamente por los objetivos con los que se creó hace 21 años por iniciativa de Darcy Ribeiro, sino porque el conjunto arquitectónico –que consta de teatro, biblioteca, museo, galerías, salas de reuniones- fue diseñado por Oscar Niemeyer (Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho), el longevo arquitecto brasileño, comunista toda su vida, que cumplió 102 años en diciembre pasado, y que es el autor de obras tan importantes como el conjunto de edificios públicos de la ciudad de Brasilia, el edificio de las Naciones Unidas en New York, o el Museo Niterói de Arte Moderno en Río de Janeiro.

Tengo que decir algo sobre Sao Paulo, una ciudad donde la cultura de mantenimiento parece inexistente. Las calles se caracterizan por el descuido, con aceras rotas, escombros y profusión de basura. No es un placer caminar por el centro histórico de la ciudad, como lo es en otras grandes ciudades de nuestra región. La Plaza de Zé, el ombligo urbano donde se encuentra la catedral del mismo nombre, está invadida por la marginalidad y la suciedad. Abunda la vigilancia policial, lo que no impide que en el área acampen decenas de pordioseros que muestran la cara deprimente de esta gran metrópoli. ¿Y el gobernador Serra quiere ser el próximo presidente de Brasil?

08 abril 2010

Eric y Lucho

Días de tristeza y memoria. Me acabo de enterar casualmente -leyendo en internet el diario Cambio- de la muerte de Eric de Wasseige, cura dominico, gran persona, siempre solidario, amigo de muchos años y de muchas luchas. El viernes 2 de abril por la mañana, a sus 78 años de edad le falló el gran corazón que había usado tanto para los demás.

Por otra parte, no he dejado de pensar en estas semanas sobre el 30 aniversario del asesinato de Luis Espinal, otro amigo entrañable, cura jesuita, que se hizo boliviano y luchó por nuestro país hasta el final.

Tanto Eric Wasseige como Luis Espinal fueron pivotes del semanario Aquí.  Lucho fue su fundador y director hasta su muerte, y Eric fue quien sostuvo la segunda época, cuando los de Aquí regresamos de “allá” (del exilio) y volvimos a publicar el semanario bajo la dirección de René Bascopé y luego de Antonio Peredo y Remberto Cárdenas.

Eric no aparecía mucho, era discreto, pero los de Aquí sabíamos de su apoyo solidario que permitía al semanario mantenerse. Esa solidaridad de Eric fue uno de sus rasgos salientes en las épocas duras y en las maduras. Durante la dictadura de Bánzer fundó Justicia y Paz, precedente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos; a su instancia alguna vez hice de correo para traer de Francia dinero para los presos políticos. En marzo de 1975 la dictadura banzerista lo expulsó al Perú,  junto a Jorge Wavreille, cura oblato; al regresar, siguió con su trabajo a favor de los perseguidos y oprimidos. Cuando hace unos años el ex dirigente campesino Genaro Flores enfrentaba una enfermedad y carecía de recursos económicos, Eric activó la red de amigos para ayudarlo.

Intercambiábamos mensajes electrónicos de vez en cuando, Eric siempre parco, breve. Yo le llamaba “Eric le Rouge” y le dejaba mensajes en la grabadora que yo mismo le había transferido tiempo antes. Le anunciaba mi llegada a La Paz y nos dábamos cita para comer salteñas en la Plaza del Estudiante. Hablábamos de política, de amigos comunes.  Apoyaba decididamente el proceso llevado adelante por Evo Morales y estaba de acuerdo con algunas de mis opiniones críticas, pero prefería pasar por alto las debilidades del proceso en función de lo que consideraba eran sus fines últimos. Yo no estaba de acuerdo con él en eso de que “el fin justifica los medios”, porque significaba entrar en contradicción con principios por los que habíamos luchado muchos años. Y además, “el fin”, está cada vez menos claro, y los “medios” asustan.

Era muy reservado con su vida privada, alguna vez mencionó a sus familiares en Bélgica, y las vacaciones que tomaba para visitarlos. Nunca conocí su casa, solamente la oficina de OSAP en el Edificio Brasilia. No encuentro ahora ni una foto de él, y creo que no debe haber muchas.

Eric nació el 20 de febrero de 1932 en Namur, Bélgica, sus padres eran André de Wasseige y Beatrice de Witte; tenía tres hermanos: Antoinette, Baudoin y Xavier. Su familia se trasladó a Bogotá, Colombia, donde él estudió la secundaria en el Liceo Louis Pasteur, hasta hoy uno de los mejores. En Lovaina obtuvo una licenciatura en ciencias comerciales y en 1960 ingresó a la Orden de los Dominicos. Estudió teología en Friburgo y obtuvo su licenciatura en 1967. A partir de allí, su vida fue Bolivia, hasta el final.

Sobre Luis Espinal he escrito muchas veces. Esbocé su vida y su muerte en mi libro “Luis Espinal y el cine”, y en “Lucho, el grito de este pueblo” (que coordiné pero se publicó sin los nombres de los autores en tiempos de la dictadura de García Meza), y en muchos artículos por ahí dispersos, de manera que hoy solamente quiero recordar que el día de su asesinato yo no estaba en Bolivia sino en Nicaragua, donde a él le hubiera gustado estar, en la Plaza de la Revolución, presenciando la partida de miles de muchachos y muchachas alfabetizadores, con un pañuelo rojinegro anudado al cuello, dispuestos a trabajar durante nueve meses en las comunidades más recónditas para tratar de eliminar el analfabetismo en su país. Ese día recibí en Managua la noticia del asesinato, y sentí esa mezcla de dolor por la pérdida para Bolivia y de regocijo por el proceso sandinista, que entonces no estaba maleado como ahora.

Poco antes de mi viaje a Nicaragua Lucho me había ofrecido uno de sus tallados de madera: “Eres el único amigo que no se ha llevado uno”, dijo, o algo parecido.  Mientras nos tomábamos un whisky en su casa, le dije que escogería uno de sus tallados a mi regreso.  No sucedió. Ahora, al ver sus fotos caigo en cuenta de algo que me sorprende.  No encuentro ninguna foto mía con Lucho, a pesar de que estuvimos juntos tantas veces y a pesar de que yo le tomé muchas fotos a él.

Semanas atrás, cuando estuve en La Paz, me entrevistó Claudio S ánchez en Radio Cristal. En el blog de Cine con Cristal se puede escuchar la entrevista sobre Luis Espinal.