20 marzo 2017

Facetas de la vida de Luis Espinal

Hoy, después de 37 años, Luis Espinal. El grito de un pueblo se presentará por primera vez en Bolivia y será el 21 de marzo, justo el día en que se recuerda el asesinato del jesuita.

por Anahí Cazas (Página Siete)

“Un par de semanas después del secuestro y asesinato de Luis Espinal, Gregorio Iriarte y Julio Tumiri, de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, me pidieron coordinar un libro sobre él,  considerando la amistad que teníamos”, cuenta Alfonso Gumucio Dagron.

Después de  recibir  la solicitud, Gumucio Dagron recibió la ayuda de Xavier Albó, quien abrió las puertas de la casa en la que vivía con Espinal, en Miraflores. “Allí me metí varias semanas entre los documentos, cartas, artículos y fotos de Lucho Espinal”, recuerda el crítico de cine. 

Fue un trabajo titánico, pero Gumucio Dagron  cumplió el desafío. "No fue una tarea fácil porque afectivamente yo estaba muy involucrado con el tema, pero al cabo de un tiempo pude terminar el encargo y le entregué a Gregorio Iriarte el libro completo, con capítulos de Xavier Albó, de Antonio Peredo, del propio Gregorio Iriarte  y míos, además de una selección que hice de textos de Luis Espinal, fotografías y homenajes. Y, por supuesto, el protocolo de la autopsia”, revela.  

El   poeta incluso se  encargó del diseño de la tapa con un  retrato tomado por Antonio Eguino. “Y en   la contratapa, puse una foto mía donde se ve a Lucho en medio de una multitud”, contó. 

Pero al poco tiempo de entregar el libro, vino el 17 de julio de 1980, el cruento golpe militar de García Meza. Entonces,  la edición del libro, bautizado como Luis Espinal. El grito de un pueblo, no pudo hacerse en Bolivia sino en Perú y un año después en España.

Hoy, después de 37 años,  el libro Luis Espinal. El grito de un pueblo se presentará por primera vez en Bolivia el martes 21 de marzo,  justo el día en que se recuerda el asesinato de Luis Espinal Camps. La cita se realizará en el auditorio de la Asociación de Periodistas de La Paz (avenida 6 de Agosto, 2577).  

¿Cómo surge  la idea de reeditar el libro Luis Espinal. El grito de un pueblo?

Me parece increíble que no hayamos pensado en una edición boliviana antes. Han pasado 37 años desde que se publicó la primera edición en Perú y la segunda edición en España. El libro era prácticamente desconocido en Bolivia hasta ahora.

La idea de volver a editar Luis Espinal, el grito de un pueblo nació a mediados de febrero en una conversación de café con Rolando Costa Arduz, mi amigo escritor que además es médico y ejerció como forense en la autopsia de Luis Espinal, que era también su amigo.

Estábamos conversando sobre aquel despropósito de un fiscal que quería exhumar los restos de Espinal para hacer una nueva autopsia, algo a lo que nos opusimos todos sus amigos  y todos los defensores de los derechos humanos. Rolando me agradeció por haber enviado el protocolo de la autopsia, que estaba publicado en el libro, porque gracias a ese documento se demostró que no era necesario exhumar los restos.

En ese momento se me ocurrió llamar a Xavier Albó, que estaba en Cochabamba, y le propuse que publicáramos el libro, que cómo no se nos había ocurrido hacerlo en tantos años. Inmediatamente Xavier aprobó la idea y se puso en contacto con la fundación que lleva su nombre, mientras yo lo hacía con José Antonio Quiroga, de Plural.

¿Ha sido difícil iniciar este  proyecto? ¿Con qué problemas se han tropezado?

La tarea era grande y el tiempo escaso: había que escanear el texto, pues no existía una versión digital, y buscar los originales de las fotos, así como restablecer los nombres de los autores que por razones de seguridad no se habían publicado en las primeras dos ediciones.

¿Cómo describe el libro Luis Espinal. El grito de un pueblo?

Este es un libro que trata de describir las diferentes facetas de la vida de Luis Espinal: su carácter religioso, su trabajo como periodista y como cineasta, y las horribles condiciones de su muerte. Además, reúne muchos textos de él y sobre él.

¿Qué nos revela el libro de todo lo que ya se conoce hasta ahora de Luis Espinal?

Ahora sabemos mucho más sobre Luis Espinal, pero en esa época lo que se sabía de él era poco. Se sabía que era un sacerdote que dirigía el Semanario Aquí, que había participado en la huelga de hambre que contribuyó a la caída de la dictadura de Banzer, que escribía valientes editoriales y que amaba el cine. Creo que el libro aporta con un análisis más íntimo de su personalidad, del origen de su vocación social y de su compromiso político.

¿Qué recuerda de su amistad con Luis Espinal? ¿Cómo lo recuerda como amigo y crítico de cine?

La culpa de que yo sea crítico de cine y cineasta la tiene Luis Espinal. Cuando él recién llegó a Bolivia yo empezaba a improvisarme como crítico de cine, de manera que me interesé en los cursillos que dictaba. Asistí a dos de ellos: "Aproximación a la crítica cinematográfica” y "Grandes directores de cine”, que me sirvieron mucho para crecer en el oficio de ver y comentar cine. Él daba esos cursillos ayudado de fotogramas de películas que había acumulado a lo largo de muchos años o que fotografiaba de revistas de cine. Eran épocas en las que no teníamos las facilidades que tenemos ahora. Todo era más difícil.

Nos hicimos amigos desde entonces, porque éramos los únicos que escribíamos crítica cinematográfica en Bolivia, además de Julio de la Vega y ocasionalmente Pedro Shimose. Tanto Carlos D. Mesa como Pedro Susz empezaron a escribir un poco más tarde. Amalia de Gallardo y Renzo Cotta también lo hacían, además de otros que de vez en cuando escribían sobre cine, como Raúl Salmón y Marcos Kavlin.

¿Qué es lo que más destaca de  su amistad con Luis Espinal?

Lucho me animó a viajar a Europa para estudiar cine.  Desde Francia le enviaba revistas de cine e intercambiábamos cartas. Pude regresar recién en 1975 a Bolivia porque mi padre estaba enfermo, casi clandestino durante la dictadura de Banzer. Visité a Lucho Espinal varias veces y tuvimos largas conversaciones sobre cine. Me ofrecía un vaso de whisky y conversábamos sobre mi proyecto de escribir la historia del cine en Bolivia.

En esa época Antonio Eguino estaba preparando el largometraje Chuquiago, la película más taquillera del cine boliviano. Lucho escribió la primera historia, la de "Isico” y yo escribí la cuarta historia, la de "Patricia”. Le puse el nombre al personaje como alusión a la hija de Banzer.  Nos reuníamos en la oficina de Ukamau con Antonio y con Cacho Soria, frente a la UMSA. Allí llegó un día un joven mochilero italiano con dos chicas también italianas: era Paolo Agazzi, que se quedó desde entonces en nuestro país. 

Cuando terminé mis estudios en Francia regresé a Bolivia y retomé los lazos de amistad con Lucho en varios frentes. Dábamos clases en la UMSA, con mi mala suerte de que a él le tocaba una hora antes.  Cuando yo entraba a dar mi clase, era un desastre por comparación, ya que Lucho era un excelente profesor y orador. 

También me uní al equipo del Semanario Aquí, que fue otro de los factores que precipitó la caída de Banzer.

¿Cuál es la anécdota que más ha evocado de sus encuentros con Luis Espinal?

Uno recuerda muchas cosas y olvida muchas más, lamentablemente. Me ha sucedido alguna vez que otros amigos me "cuentan” anécdotas mías que yo ya he olvidado. Pero una que recuerdo tiene que ver con los tallados en madera que hacía Lucho. Como estaba en reposo, tallaba piezas con temas sociales, entre ellas su famoso crucifijo con una hoz y un martillo, y cada vez que lo visitaba me ofrecía uno de sus tallados, para que escogiera, ya que todos sus amigos tenían alguno. Pero yo le decía que no había apuro, que ya le iba a pedir algo especial para mí. Se lo dije la última vez antes de viajar a Nicaragua en marzo de 1980  y pocos días después lo asesinaron. Así que soy quizás el único amigo cercano que no tiene uno de sus tallados.

¿Por qué se ha incluido en el libro Luis Espinal. El grito de un pueblo el  protocolo de  la autopsia de Luis Espinal?

Fue una decisión de Gregorio Iriarte que considero muy acertada, más aún ahora que hubo una maniobra para exhumar los restos de Espinal, probablemente con la intención de retrasar el juicio que se les sigue a los autores intelectuales y materiales de su asesinato.  Por suerte me acordé que habíamos publicado el protocolo en el libro, y también una foto del cuerpo donde claramente se observan los orificios de las balas.

¿Qué otras miradas se han incluido en la publicación?

Mientras yo preparaba la primera edición del libro, le pedí a Antonio Peredo que escribiera sobre la labor periodística de Lucho, a Xavier Albó sobre su trayectoria religiosa y a Gregorio Iriarte sobre las razones de su asesinato y la manera cómo lo mataron. También incluí en la sección de homenajes poemas de Coco Manto (Jorge Mancilla), de Matilde Casazola, de Jaime Nisttahuz y de otros amigos de Lucho. En la edición boliviana es la primera vez que aparecen todos los nombres de los autores, aunque hay un par de textos breves que no recuerdo quién los escribió.

Desde su mirada como crítico de cine y director, ¿cuál ha sido el principal aporte de Luis Espinal al cine boliviano?

Luis Espinal llegó a Bolivia con una sólida formación como cineasta y como crítico de cine.  Era un hombre ávido y muy bien informado, gracias a que devoraba las revistas de cine francesas en una época en que Francia estaba en la vanguardia de la crítica de cine, gracias a revistas como Cahiers du Cinéma, fundada por André Bazin y donde escribía nada menos que la generación de cineastas que fundó la nouvelle vague (la nueva ola) del cine francés. Para los que hacíamos crítica de cine fue estimulante recibir a un colega del que podíamos aprender mucho. 

Su aporte como director de documentales con contenido social en la naciente televisión estatal, y como guionista en varias películas de la época, no es menos importante. Era un hombre de actividad incesante, totalmente entregado a Bolivia como lo prueba el hecho de que al poco tiempo de llegar a nuestro país ya hizo los trámites para adquirir la nacionalidad boliviana. Sabía que viviría por el resto del tiempo en Bolivia.
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Finalmente, no hemos hecho una huelga de hambre tú o yo; ha sido todo un pueblo, hemos sido uno más dentro de la corriente. No he hecho nada extraordinario: era algo que simplemente había que hacer. —Luis Espinal


16 marzo 2017

Carnaval Oruro-Iztacalco

Para muchos bolivianos el documental de Sergio Sanjinés El carnaval de Oruro en Iztacalco será una revelación, como lo fue para mí. Quién puede creer que en un barrio de los más tradicionales y antiguos de la gigantesca Ciudad de México, sus habitantes organizan desde hace 20 años una versión del carnaval de Oruro y lo hacen con una devoción sorprendente hacia la Virgen del Socavón. No es raro que en ciudades donde hay comunidades numerosas de bolivianos, se organicen fiestas que les permiten reconstruir prácticas rituales que se llevaron de Bolivia. Lo maravilloso, en el caso de Iztacalco, es que los habitantes mexicanos de ese barrio se hayan apropiado de la tradición de una manera que trasciende lo folklórico e interpela sentimientos religiosos y emociones muy profundas.

El mérito del documental de Sergio Sanjinés radica en esa manera de adentrarse en la intimidad de los personajes, en lugar de quedarse en la mera descripción de las formas folklóricas que caracterizan a la festividad.

Se han hecho a lo largo de las últimas décadas muchos documentales vistosos sobre el Carnaval de Oruro, que muestran su ritmo vertiginoso, sus trajes coloridos, su música y sus bailes que maravillan a propios y a extraños. Se ha escrito mucho sobre esa festividad que es Patrimonio de la Humanidad por determinación de la Unesco. Abunda la literatura laudatoria y algo de aproximaciones críticas que subrayan los cambios absurdos (máscaras de diablo de plástico, cuernos con humo y luces de navidad) que ponen en riesgo la manifestación cultural.

Sin embargo, no habíamos visto antes un documental que nos transporte en un ir y venir de Iztacalco a Oruro para presenciar en imágenes entrelazadas el arraigo del carnaval, y que explore su historia, sus orígenes, los personajes que lo hicieron posible, aquellos que desarrollaron y mantienen la tradición.

Conozco a Sergio desde hace décadas y nos hemos cruzado muchas veces en México, en La Paz y en algún aeropuerto.  Es un cineasta boliviano radicado en México desde 1981, cuando inició sus estudios en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC).  Ha trabajado en este proyecto durante varios años, casi sin apoyo externo, dedicándole su tiempo, sus propios recursos y su compromiso con Bolivia y con México. Sergio ha sido contagiado por la motivación de los personajes que retrata, cuya característica común es la devoción por una virgen de otras tierras, que llegó a sus vidas en un momento para ellos muy significativo.

Todo comenzó con un médico orureño, el Dr. Ivar Rocha, que tenía una imagen de la virgen del socavón en su casa en Iztacalco, una virgen de grandes ojos almendrados. Estela Vázquez de Domínguez, mexicana casada con otro médico boliviano, pasaba entonces por una delicada situación de salud que superó según ella gracias a su devoción por la virgen boliviana. Cuando el Dr. Rocha decidió regresar a Bolivia, ella le pidió que dejara la imagen de la virgen a su cuidado.

Alrededor de estos hechos casi fortuitos se desarrolló la festividad del Carnaval de Oruro en Iztacalco, donde los principales actores son ahora mexicanos. La particularidad del documental de Sergio es indagar las motivaciones que tuvieron ellos para mantener viva una tradición de fe que los une ahora indisolublemente con Bolivia y es parte de su identidad.

La cultura se incorpora en la identidad, es decir, le da cuerpo a la identidad. Por eso afirma Itzel Carpio Pavón, una joven antropóloga de Iztacalco: “Puedo ser yo en todas mis dimensiones”, aludiendo a la manera como ha integrado en su vivencia una tradición que en principio le era ajena.

El documental crece progresivamente desde la propia historia de Iztacalco, que alguna vez fue un pueblo con canales de agua que unían el centro de Ciudad de México con Xochimilco. Los canales se secaron, las chinampas dejaron de producir las legumbres que alimentaban a los pobladores. El golpe final a esa vida de armonía con la naturaleza llegó con la expropiación de tierras en 1974, privando a Iztacalco de la agricultura familiar que mantenía a sus habitantes.

Lo que no se perdió en esa comunidad que ahora es una de las 16 delegaciones de Ciudad de México y alcanza casi medio millón de habitantes, es un profundo sentido de religiosidad que por simbiosis o sincretismo cultural se ha transferido a la boliviana Virgen del Socavón.

Entretejiendo imágenes de los bailes en Iztacalco y en Oruro, el director del documental nos lleva hacia la culminación de un proceso que todos los mexicanos involucrados en la tradición esperan: bailar en el carnaval de Oruro, y en Oruro. El film narra ese proceso, no exento de dificultades, por el que pudieron lograr su cometido, a pesar de un paro de transportes que paralizó a Bolivia aquel año y que obligó a las bailarinas mexicanas a llegar desde La Paz en una avioneta rentada.

Sentimientos muy fuertes se desatan en los principales personajes entrevistados en el documental cuando ofrecen su testimonio sobre lo que significó bailar en Oruro y luego de cinco horas llegar a la iglesia del Socavón para arrodillarse frente a la virgen. 

Los testimonios Itzel Carpio Pavón y de Teresa Ortega Guerrero, dos jóvenes mexicanas que logran su objetivo, son particularmente emotivos y transmiten al espectador su sensibilidad y orgullo identitario. Durante su estadía en Oruro y luego de haber cumplido con la promesa de bailar para la Virgen del Socavón, ambas mujeres se presentan de nuevo en la iglesia vestidas con hermoso trajes típicos mexicanos, como una manera de decir que en Bolivia son mexicanas y en México son bolivianas de adopción.

Este documental es una reflexión sobre la interculturalidad en una escala mayor a la que normalmente nos interpela, es decir, más allá de las fronteras nacionales. “Aquí pasó algo…” dice uno de los entrevistados, algo que tiene de magia, de identidad y de amor: “una fuerza que te mueve, que sale del corazón”.

Sergio Sanjinés Franck nació en La Paz Bolivia, y realizó estudios de arquitectura, ciencias de la comunicación y cinematografía. Ha colaborado muchos años con la Organización de las Naciones Unidas para a Agricultura y la Alimentación (FAO), en la producción de materiales audiovisuales y documentales. Produjo más de sesenta programas y series educativas en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), así como documentales y películas de largometraje.
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Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial y goza
y ríe en la fiesta del Carnaval.
—Rubén Darío

(Publicado inicialmente en Página Siete el 26 de febrero 2017)